scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Cultura, texto y memoria : la construcción del espacio Euro Mediterráneo

Soro, Elsa

Abstract

En el marco teórico de la semiótica de la cultura, que reflexiona sobre las condiciones materiales de la significación tratamos el Mediterráneo como un espacio de sentido. Lo que es un espacio en semiótica prescinde de su ontología y se "reduce" a cuestión de método, una realidad que significa y que se presenta como una entidad multifuncional, un elemento activo que influye en la estructuración misma de la sociedad, formando parte del entramado simbólico en que los fenómenos sociales adquieren sentido y se desarrollan. Este enfoque permite considerar las múltiples atribuciones de sentido dadas al espacio Mediterráneo que lo configuran como un texto complejo, literalmente un tejido, una relación entre otros textos situados a un nivel jerárquico inferior que forman una realidad heteróclita de sentido que vale más de la suma de todas su partes.

Full text

RUTA (2011), Nº 03 E. Soro. Cultura, texto y memoria… Cultura, texto y memoria. La construcción del espacio Euro Mediterráneo Elsa Soro Universidad Autónoma de Barcelona Resumen: En el marco teórico de la semiótica de la cultura, que reflexiona sobre las condiciones materiales de la significación tratamos el Mediterráneo como un espacio de sentido. Lo que es un espacio en semiótica prescinde de su ontología y se “reduce” a cuestión de método, una realidad que significa y que se presenta como una entidad multifuncional, un elemento activo que influye en la estructuración misma de la sociedad, formando parte del entramado simbólico en que los fenómenos sociales adquieren sentido y se desarrollan. Este enfoque permite considerar las múltiples atribuciones de sentido dadas al espacio Mediterráneo que lo configuran como un texto complejo, literalmente un tejido, una relación entre otros textos situados a un nivel jerárquico inferior que forman una realidad heteróclita de sentido que vale más de la suma de todas su partes. Palabras claves: Semiótica de la cultura, texto, memoria. Datos de la autora: Elsa Soro es Master en “Discipline Semiotiche” por la Universidad de Bolonia. En estos momentos, realiza su Tesis Doctoral en el Departamento de Periodismo y Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, que lleva por título “La construcción cultural del espacio euro mediterráneo en los medios de comunicación” y dirigida por la Dra. Teresa Velázquez. Forma parte como investigadora doctoral del proyecto de referencia (CSO2008-01579/SOCI), titulado “La construcción social del espacio euro mediterráneo en los medios de comunicación. La información en prensa y televisión”, financiado por el Ministerio español de Ciencia e innovación (2009-2011). 0. Introducción En el presente articulo entendemos el área Mediterráneo como un espacio discursivo en construcción, atmósfera significativa que presenta las características del confine de la semiosfera, (Lotman, 1984), una zona dinámica donde se produce nueva información gracias al encuentro de mundos semióticamente diferentes. Con el objetivo de comprender desde el enfoque de la semiótica de la cultura la construcción discursiva del espacio euro mediterráneo realizada por los medios de comunicación y las estructuras de significado que propone, queremos abordad una propuesta de análisis del espacio urbano mediterráneo, enfocándonos en el caso de Barcelona, ciudad que debe su mediterraneidad a un proceso de re-semantización del entorno urbano, suponiendo una transformación profunda en el tejido morfológico y discursivo de la ciudad y alterando la experiencia de su fruición La “ciudad mediterránea” se presenta como una realidad de sentido plural y heterogénea, y se puede definir como modelo del espacio global “Euro Mediterráneo”, en cuanto la organización de la misma refleja la estructura del mundo en su totalidad gracias a su multilingüismo que comporta la presencia de varios sistemas semióticos utilizados al mismo tiempo. Esta tipología de ciudad, reproduciendo fractalicamente la estructura del espacio global euro mediterráneo, es una formación semiótica “glocal” (Sedda: 2008). Si tomamos como ejemplo la ciudad de Barcelona como sede del secretariado permanente de la Unión para el Mediterráneo (UPM), verificamos como se vea modificada en su representación interna y externa y en las prácticas que conforman su territorialidad. A la vez da su nombre a la institución aportando un carácter centrado en el lugar, que denota una implícita valorización del local por parte de un organismo que aspira a una dimensión internacional. 1. El sustrato teórico Desde un punto de vista epistemológico, la mirada semiótica se centra en el momento de cambio y de transformación de los fenómenos sociales que se propone analizar. Si, cómo plantea Magariños de Moratín, “La semiótica desde el punto de vista lógico, consiste en explicar, no ya e significado de los fenómenos sociales, sino, antes que nada, el proceso de producción, interpretación y transformación de tal o tales significaciones” (Magariños de Moratín, 2008, p. 406) Cada espacio, entendido de manera inmediata como espacio social, padece de un continuo proceso de atribuciones de sentido, renegociadas entre ellas, en las que una configuración de sentido se apropia de lo extraño a través de un mecanismo de traducción. Entender la semiótica como disciplina “fronteriza”, es decir posicionada en el punto de catástrofe/ transformación del sentido, establece una relación de isoformismo entre la misma postura teórica y el objeto de análisis. De aquí deriva un importante apuesta de la disciplina a priorizar los “temas que preocupan a la sociedad contemporánea, de manera que sea un campo científico que dé respuestas a la sociedad en la que basa sus reflexiones teóricas” (Velázquez, 2009, p. 16). Sin embargo esta tensión hacia el cambio y la transformación es un carácter intrínseco a la metodología semiótica que nace como “estudio de los fenómenos sociales sujetos a cambios y reestructuraciones” (Eco, 1977, p.67) En este sentido cada semiótica podría (y debería) ser una semiótica de la cultura, entendida como “condición material de la significación” (Lotman, 1982) En un sentido más especifico, la semiótica de la cultura ha explicitado su naturaleza fronteriza desarrollando y poniendo a prueba conceptos de confín y frontera, puntos cardinales de la semiosfera, la atmósfera significativa que en analogía con la biosfera de Verdansky permite abarcar toda cultura, todo social y describir los procesos de creación ( transformación ) de nueva información. Estas premisas teóricas encuadran los objetos de análisis y la relación entre sí. Por un lado queremos empezar por describir determinadas características de la ciudad mediterránea a través de la búsqueda de unas isotopías y, por el otro, ampliar la mirada hasta el espacio mediterráneo en su totalidad. 2. La ciudad mediterránea como modelo de complejidad Hemos elegido la complejidad como característica clave del espacio en examen: de aquí nace la exigencia de encontrar criterios de análisis complejos. Nos proponemos definir la relación entre la ciudad mediterránea y el espacio global que la incluye, el espacio “euro mediterráneo”, espacio que resulta de la suma de sus múltiples representaciones y al mismo tiempo las supera siendo algo diferente y más amplio y que puede ser descrito con el modelo de la semiosfera lotmaniana. Proponemos la categoría de “glocal” (Sedda 2009) como la más apropiada para definir la relación de isomorfismo (Lotman 1985) entre ciudad mediterránea y espacio euro-mediterráneo. La ciudad tiene al mismo tiempo una dimensión local, con respecto al espacio mediterráneo en su globalidad, y es a su interno una “globalidad “de sentido que contiene paradojas y contradicciones, centro y periferias. Nuestra hipótesis es que sean factores que hemos denominados “culturales” los que dan identidad al “euro mediterráneo” entendido como construcción discursiva. Las múltiples representaciones instauran, crean un diálogo bajtiniano (Bajtin 1975) con los medios de comunicación, lugares y escenarios de construcciones simbólicas extremadamente influyentes que crean una imagen multidimensional del espacio euro mediterráneo, espacio de contradicciones, fronteras y a la vez memoria común. De este espacio relacional somos ante todo destinatarios en cuanto ciudadanos y espectadores situados con punto de vista miope y parcial, somos a la vez “estrategia de enunciación” (Silva, 1992, p.39), Desde este posicionamiento hay que tener en cuenta que discurso sobre la ciudad y discurso de la ciudad son la misma cosa (Marrone, 2009) en cuanto recíprocamente se superponen y la identidad de una ciudad es lo que resulta de las múltiples correlaciones Para narrar una ciudad mediterráneas, pongamos el ejemplo de Barcelona, hace falta más de una línea de lectura, más que isotopía. Nuestro objeto de análisis, un espacio polilógico, presenta una complejidad intrínseca que debemos respectar al momento del análisis. Si hacemos referencias a las isotopías semánticas de las que habla Greimas (1976), o sea las tres principales dimensiones axiológicas que orientan la lectura de la ciudad, la isotopía racional, la estética y la política, veremos como las tres dimensiones se vayan cruzando entre si, sin que ninguna prevalga sobre las demás. Tomando como objeto de análisis la ciudad mediterránea en la que actualmente vivimos, Barcelona, hablando de isotopía racional, veamos como hay, por ejemplo, una Barcelona del negocio, una del turismo, una del deporte. Por otra parte hablar de la Barcelona gótica, modernista o posmoderna, significa individuar unas de las tantas vertientes artísticas que caracterizan la ciudad .Y por último, con la isotopía política, podemos individuar, al mismo tiempo, una Barcelona catalanista, independentista, o por ejemplo de los migrantes y intercultural (Cervelli, Sedda: 2006) Todos estos ejemplos corroboran la idea que la mirada de la semiótica de la cultura permita situarse en el punto de correlación entre las series, los puntos liminares en que una definición, una línea de lectura se cruza con otra sin que haya preeminencia sino compenetración. No es casual que Lotman hablara, en su definición de ciudad, de colisiones semiótica. Así: “Un complejo mecanismo semiótico generador de cultura, la ciudad puede cumplir su función sólo si en ella se mezclan un sinfín de textos y códigos heterogéneos, pertenecientes a diferentes lenguas y niveles. Precisamente el poliglotismo semiótico de cualquier ciudad la convierte en campo de diferentes colisiones semióticas, imposibles en otras circunstancias. Al unir códigos y textos diferentes en cuanto a estilo y significación nacional y social, la ciudad realiza hibridaciones, recodificaciones y traducciones semióticas que la transforman en un poderoso generador de nueva información”(Lotman, 2004, p. 3) Otro importante aspecto subrayado en esta compleja (y por lo tanto completa) definición es el aspecto diacrónico: “… las construcciones arquitectónicas, los rituales y ceremonias urbanos, el propio plan de la ciudad y miles de otros restos de épocas pasadas actúan como programas codificados que generan de nuevo permanentemente los textos del pasado histórico.” (Lotman, 2004, p. 4) Con el interés institucional en torno a la zona del Mediterráneo, pensemos en la Unión por el Mediterráneo, el Proceso Barcelona, las Políticas de Vecindad y la Alianza de Civilizaciones, el factor “memoria histórica” es central para la re-construcción de una pasado común, tema frecuente tanto de exposiciones, conferencias como de artesanía, comida, fiestas temáticas, etc.. “Ciudad y cultura se oponen al tiempo”, decía en este sentido el mismo Lotman (1985), y la inscripción de una memoria común llama en causa el factor de la traducción desde el pasado en forma de identificación o contraposición. La definición de Lotman se puede deconstruir para llegar a articular la función sígnica de la ciudad, o sea la relación recíproca entre dos planos, de manera que un plano no puede existir sin el otro y al revés, y la ciudad resulta de la relación entre una expresión y un contenido. Con Marrone (2009) podemos definir como expresión los espacios urbanos y su articulación, mientras lo social y su estructuración, valdría como contenido de la relación. El espacio a un nivel sería como un lenguaje plasmados por las modificaciones que sus habitantes le aportarían (Hammad, 2003), capaz de funcionar, según Lotman (1985) como meta descripción de la cultura a través de las oposiciones (por ejemplo interno / externo, centro / periferia) que lo articulan. Gracias a estas oposiciones, se inscriben en la ciudad varias atribuciones de sentido, como, por ejemplo, la división funcional en barrios y distritos que se precisa examinar. Pensemos por ejemplo al barrio barcelonés de El Raval, por un lado barrio céntrico por su posición logística y por el otro lleno de elementos típicos de la periferia (de la semiosfera), como la presencia de migrantes, y la necesitad de traducción entre culturas y prácticas. Si las oposiciones dividen, es sin embargo oportuna hablar en términos de intensidad, es decir, no hay fuertes discontinuidad sino acentuación de un carácter, hay zonas intensas y zonas menos intensas y la separación espacial (y funcional) se construye a partir de débiles procesos de mestizaje. Toda ciudad, en nuestra hipótesis de trabajo, se presenta, pues, como sistema complejo que determina su propia alteridad y de esta manera su propia identidad que resulta siempre relacional. El mecanismo lotmaniano de la frontera une y separa a la vez, y funciona como mecanismo paradójico que separando genera autoconciencia. A nivel de discurso cada ciudad construye su identidad oponiéndose a otra ciudad, (por ejemplo, Barcelona vs Madrid) y a nivel textual cada ciudad vive entre la tendencia hacia la uniformidad y la abertura hacia el exterior. La definición de texto, haciendo referencia a lo urbano, es pertinente si se puede entender la ciudad como universo de discurso que debe su coherencia a la creación discursiva resultante desde varias atribuciones de sentido. Según el enfoque de la semiótica de la cultura los textos tienen la función de una gramática, dan vida a varias metadescripciones de la cultura que introducen en ella el momento de unidad y de una cierta sobreorganización. Por ejemplo, los textos que institucionalizan el espacio “Euro Mediterráneo”, como por ejemplo las declaraciones de Unión para el Mediterráneo, el Proceso Barcelona, cumplen esta función, recompilando todo el material memorial y histórico de la precedente literatura material sobre el Mediterráneo Definimos como texto el tejido urbano por su bi-planaridad (expresión y contenido), su cierre, su estratificación por niveles de pertenencia. Ese texto es a la capaz de aberturas hacia el exterior, gracias a sus confines permeables. El texto ciudad reproduce la “fractalización” de la estructuración espacial y se presenta como una totalidad hecha de partes, o sea reproduce la estructura del espacio euro-mediterráneo en su globalidad. Como sugiere Lotman salta la distinción entre texto y contexto, porqué el contexto sigue siendo un texto (el espacio euro mediterráneo como texto) que junta en un conjunto sus parte. Decía Lotman (2004) que la ciudad “excéntrica”, como la ciudad mediterránea, está ubicada «en un extremo» del espacio cultural: a orillas del mar. Así: “Esta ciudad ha sido fundada en oposición a la Naturaleza y se encuentra en lucha con ella, así que cabe interpretarla en un doble sentido: por una parte, como victoria de la razón sobre los elementos y, por otra, como una perversión del orden natural. Alrededor del nombre de tal ciudad se concentrarán mitos escatológicos y profecías de destrucción, la idea de la perdición irremediable y de la grandiosidad de los elementos será inseparable de este ciclo de mitología urbana” (Lotman, 2004, p. 2). Las destrucciones son, en nuestro caso, las de sentidos que provocan cambios simbólicos en la ciudad que no deja de trasformarse, y así haciendo, a formar una identidad en continua evolución. Queremos definir la ciudad mediterránea como modelo del espacio global “euro mediterráneo”, en cuanto la organización de la misma refleja la estructura del mundo en su totalidad. Una de sus particularidades semióticas más esenciales es, por lo visto, desde el principio mismo de su historia, el multilingüismo o, en un sentido más general, la presencia de varios sistemas semióticos utilizados al mismo tiempo y en este espacio polilógico que precisa, por parte de quien se acerca analíticamente una visión estereoscópica. La ciudad mediterránea reproduciendo fractalicamente la estructura del espacio global euro mediterráneo, es una formación semiótica “glocal” (Sedda: 2008) en el sentido que se presenta como una formación local que reproduce a su interior la estructura de la globalidad. Hagamos referencia a Barcelona: nuestra ciudad es sede institucional de la Unión Euro Mediterránea: esto comporta que se vea modificada en su representación interna y externa y en las prácticas que conforman su territorialidad. A la vez da su nombre a la institución junto con una connotación local. Barcelona es testigo de la gran notoriedad mediática del “Mediterráneo”, a partir del homónimo proceso, un foco de crisis entre diferentes ambientes, culturas. 3. El espacio semiótico Habíamos adelantado que entendemos el Mediterráneo no como espacio geográfico sino como construcción cultural, resultante de varios y divergentes procesos de atribución de sentido. La concepción de espacio que utilizamos para hablar del área Euro Mediterráneo deriva de las teorías de la escuela greimasiana, o sea toda aquella semiótica que es herencia del estructuralismo, denominada Escuela de París, que intenta evitar definir ontológicamente el espacio para hacer de ello una cuestión de método. El objetivo de la semiótica, en este campo, es de lo reflexionar sobre la construcción del espacio, como realidad que significa y comprender la relación entre el hombre y el espacio, entre las formas espaciales y sus utilizaciones. El espacio se presenta como una entidad multifuncional, un elemento activo que influye en la estructuración misma de la sociedad, formando parte del entramado simbólico en que los fenómenos sociales adquieren sentido y se desarrollan A partir del ensayo fundacional de Greimas sobre la semiótica topológica (Greimas, 1976), la semiótica se ha acostumbrado a pensar la espacialidad como un lenguaje dotado de una significación propia, según Marrone (2001) la espacialidad es un leguaje a todo lo efecto ya que habla de otra cosa respecto a si mismo, es una de la principal manera de representación de la sociedad y se muestra como realidad de sentido. La operación lógicamente previa debe ser articular la función semiótica del espacio y el nudo teórico fundamental ha sido la articulación del plan de la expresión. Para que un sistema pueda ser considerado como una semiótica hace falta que la expresión esté relacionada a un contenido diferente de naturaleza heterogénea. El espacio según esta perspectiva habla de la sociedad, de las relaciones de poder, de la división funcional de los roles y al mismo tiempo inscribe códigos y funcionamiento social Ha sido útil en este sentido empezar con un asunto teórico de fondo de la semiótica a partir de la definición formal y no sustancial elaborada por Saussure según quien la expresión no es una datidad si una sustancia sino un funtivo de la relación con el plan del contenido, relación que no se basa sobre un código preexistente si no por selección de los rasgos contextualmente emergentes. Hemos hipotizado que la relación entre los dos plano sea la Eco denomina “ratio dificilis”, ya que se empieza con una hipótesis sobre el plan del contenido para definir el plan de pertinencia de la función sígnica y sólo a partir de esto que se determina el plan de la expresión. Esto comporta que la morfología no puede ser pensada como suporte material de los valores, si no como una configuración construida en su sentido a partir de prácticas y valores. Lo demuestra el hecho que puede cambiar el sentido de un lugar sin que cambien los espacios físicos La manera misma de percibir los espacios y de constituirlos como significantes depende de los valores e de los significados culturales que atribuíamos. No existe desde el punto de vista semiótico una morfología en sí, dada objetivamente, distinta de sus valores e de los comportamientos, de los discursos que están inscritos en ese mismo lugares. Nuestra impostación es considerar el espacio percibido como un todo orgánico, dotado de límites marcados que atribuyen una identidad relativamente estable, individuado por un nombre que lo define toponomásticamente. En una perspectiva semiótica el concepto de lugar se puede equiparar a lo de Actor. El problema ha sido lo de definir las características semánticas que contribuyen a construir el sentido. Sin dudas la configuración espacial no se puede separar de sus utilizos. Cada intervención humana, cada modifica constituye una operación cargada de nuevo sentido. Una vez que hayamos reconocido el nexo central que liga en la articulación el sentido de un lugar, las morfologías espaciales a las formas de vida, un punto central ha sido articular su recíproca interdependencia. ¿Cómo una morfología espacial orienta determinadas formas de utilizo? ¿Hasta qué punto pueden resultar transformadas, resemantizadas? ¿Existen líneas de resistencia propia de cada morfología que excluyen o favorecen determinadas prácticas o utilizo? Nuestra opinión es que todo lugar lleve inscrito un proyecto de uso: hay comportamientos previstos por la misma forma espacial, y aún así se dan resemantizaciones posibles; la relación entre espacios y comportamientos se puede entender en un doble sentido: por un lado los espacios proveen comportamientos y al mismo tiempo los comportamientos sirven para modificar los espacios a través de procesos que alteran las anteriores atribuciones de sentido y determinan nuevos valores. Este mecanismo se puede describir en términos de existencia semiótica, en cuanto las configuraciones espaciales prefiguran virtualidades, proyectos de uso y las formas de vida realizan estos proyectos con un cierto grado de libertad. Cuando se analiza un conjunto espacial la instancia de la enunciación deviene una cuestión compleja, no hay un único enunciador, sino que se ligan instancias e intencionalidades diferentes. Se trata, como en el caso de la descripción de una ciudad mediterránea, de una polifonía enunciativa Gracias al análisis de la relación espacio-tiempo hemos subrayado el peso del factor memoria (tiempo) en la definición de la identidad de un espacio. Hemos denominado la memoria como el proceso que trasforma la diacronía en sincronía, o sea integrando discursivamente el pasado en el presente. Es importante analizar como la gestión de la historia y de la memoria se ve interpretada, modificada. El pasado puede ser “museificado” o valorado de manera diferente, o puede ser reconstruido. En este sentido es importante el análisis diacrónico, como reconstrucción cultural compresiva. El sentido de un espacio conlleva la historia de sus propias transformaciones y sedimentaciones, constituyéndose como un sistema de sentido estratificado, resultado de la historia cultural. De esta manera hemos individuado una relación, interacción entre espacios y seres humanos y hemos marcado los límites discursivos antes que geográficos del espacio objeto de análisis. 4. El espacio euro mediterráneo La identidad del espacio Mediterráneo se ha construyendo a través de múltiples enfoques que a lo largo de los siglos han ido creando una imagen más o menos homogénea, pacifica, polarizada o plural del área. Los problemas de definición surgen porque el Mediterráneo no se configura como en espacio geográfico homogéneo ni como una entidad geopolítica definida, pese a que los acontecimientos políticos de los últimos diez años iban intentando crear institucionalmente este espacio. Nos preguntamos, entonces, gracias a que criterios definitorios se cierra tanto geográficamente, como institucionalmente este espacio y si existe una cultura mediterránea y cuales factores la crean. Un buen punto de partida ha sido analizar las narraciones sobre el Mediterráneo que ha constituido un corpus de caracteres definitorios, empezando por el trabajo definitivo y recopilatorio de Braudel (1997)impulsado, entre otras cosas, por el desafío de reducción de de la esencia heteróclita a una imagen coherente del espacio caracterizado por la trinidad “trigo, vite, olivo”. La obra maestra de Braudel se hace cargo de descripciones sobre el Mediterráneo, que a lo largo de los siglos ha fascinado a viajeros y antropólogos, hasta crear un Mediterráneo mítico fuertemente separado del mundo anglosajón. Recordamos en este punto la larga tradición de obras literarias, de viajes, y cuentos que refieren la imagen del viajero aristócrata, que realiza el Gran Tour, que aparece a partir del siglo XVI, y que se consolida en el siglo XIX que se consolida durante el Romanticismo. Es la antropología anglosajona con el método etnográfico y trabajos centrados en el estudio de comunidades locales, como los realizados por Cambell (1964) sobre los Karckasanus, lo de Pitt Rivers (1963) sobre la Sirenaica, la que ubica grandes hilos temáticos como por ejemplo el honor, la vergüenza, el clientelismo y el patronazgo intentando identificar afinidades con un proyecto comparativo de civilizaciones. El proyecto antropológico está centrado en el reconocimiento de un ethos mediterráneo a través de los estilos de vida, mientras que, por ejemplo, la geografía cultural hace referencia a los significados atribuidos por las experiencias de las poblaciones. El Mediterráneo no es una entidad definida, sino una realidad discursiva fuertemente cargada de sentido, un espacio simbólico y mítico, depósito de representaciones, temas, figuras estratificadas en el tiempo y en las diferentes culturas que forman parte del mismo. La mediterraneidad se forma pues de un vasto repertorio de estereotipos que forman una construcción cultural y discursiva, con el estatuto de autoridad semiótica resultado de un procedimiento de selección abstractivo de algunos semas (ethos) procedentes de configuraciones semánticas y posibles recorridos discursivos. Por remarcar la naturaleza construida de dicho espacio, hecho de piezas procedentes de narraciones / construcciones incluso en contradicción entre ellas que sin embargo produce su coherencia total (texto). Hablar de Mediterráneo como objeto semiótico permite subrayar su naturaleza cultural, dotada de un sentido o, mejor dicho, de muchos sentidos con-posibles Lo que nos interesa no es la especificidad de cada aporte, sino su posibilidad metodológica. Nuestra tesis es que el espacio euro mediterráneo, tanto si se presenta como fractura o una cuenca, se construye con la creación de un universo de valores, gracias a factores, que llamamos culturales como, por ejemplo, la memoria cultural e histórica o el ethos. Las instituciones que trabajan en torno al Mediterráneo han creado iniciativas y acciones culturales, pensemos por ejemplo a la fundación Anna Lindh, creada por los 35 países del Partenariado Euromediterráneo con el objeto de mejorar el conocimiento recíproco y la calidad del diálogo cultural entre las dos riberas del Mediterráneo. Estos aspectos ponen la cuestión cultural como elemento explicativo de las relaciones internacionales, por eso es útil poner la atención en las iniciativas culturales que las nuevas formaciones institucionales promueven para caracterizar el universo de valores que van creando y para verificar si contribuyen al entendimiento y a la reciprocidad, o por el contrario, dibujan un panorama conflictivo y polarizado. Los mismos textos de las declaraciones en sus fases preliminares recogen todo un retaje cultural e histórico que a lo largo de los siglos ha ido formando una imagen más o menos coherente del espacio mediterráneo y que se ha visto caracterizado por la búsqueda, el anhelo a la “mediterraneidad”. Todos estos documentos y declaraciones a los que nos hemos referidos señalan, en sus preámbulos, el diálogo y la comprensión mutua y crean discursivamente un espacio dividido entre dos partes, las "dos orillas", entre las cuales se pretende reconstruir un lazo y crear una memoria cultural compartida. El universo de valores de los textos se presenta como axiologizado: por un lado hay una esfera de valores positivos que se busca promover, como la democracia, los derechos humanos, las libertades fundamentales, el intercambio de información, el respeto a la diversidad y al pluralismo, el derecho a la autodeterminación, el respecto de la integridad territorial, y, por el otro, se construyen discursivamente anti-valores (Greimas: 1979), que