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Quaderns de Psicologia, 1990, 10, 143-160 1 LA RIGUROSIDAD METODOLÓGICA Y LA PRECARIEDAD TE~RICA EN PSICOLOGIA SOCIAL l Francisco J. ELEJABARRIETA* RESUMEN Se analiza la epistemología básica de producción de conocimiento en psicología social mediante el estudio del papel que los psicólogos sociales otorgan a la metodología. Se postula que esa epistemología básica descansa más bien sobre un interés por la sofisticación metodológica -sea en la búsqueda de rigurosidad de técnicas de obtención de información, sea en la complejificación de las técnicas de análisis de datosque en una preocupación por el incremento y la integración teórica de los modelos de la disciplina. Se discuten las consecuencias de este fenómeno a la luz del debate sobre la «crisis», afirmando la generación teórica como única posibilidad de lograr una transformación de las carencias de la epistemología básica de la psicología social. ABSTRACT The epistemological büsis of social psychological knowledge is analysed through the study of the role given to methodology by social psychologists. A central question is whether epistemological basis would be better based on a concern for methodological sophistication -be it in search of technical rigour in information seeking, or be it in the increasing complexity of data analysisor on a concern for the theoretical advance and integration of the discipline. The consequences of this phenomenon are discussed in the light of the alternative procedures in social * Departarnent de Psicologia de la Salut, Universitat Autonorna de Barcelona.
144 QUADERNS DE PSICOLOGIA psy'chology and in the light of the historical development of the debate over the «crisis» in the discipline. It is postulated that theory generation is the sole manner of improving shortcomings in the ep7Stemological basis o f social psychology. ACERCA DE LA TEORIA EN PSICOLOG~A SOCIAL Imaginemos por un momento que un psicólogo social desconocido, en una noche de lucidez sin precedentes en el terreno de las ciencias sociales, descubre cómo funciona el comportamiento social, consigue sistematizar su explicación y lo expresa en una teoría. Sigamos imaginando aún esta situación, similar a la que vivió Evariste Galois en la noche anterior al duelo que le conduciría a su muerte, al proponer la teoría de grupos en física. Este psicólogo social, Galileo y Newton del comportamiento, desaparece al día siguiente dejándonos un legado que contiene la clave para seguir desarrollando la(s) teoría(s), suponiendo que esto sea posible incluso en el mundo de la imaginación, capaz de explicar cómo la gente hace lo que hace, cómo la gente piensa lo que piensa, como la gente siente lo que siente. Si volvemos parcialmente a la realidad, no sería difícil «ver» el uso que harían los psicólogos sociales de este precioso regalo. La comunidad científica psicosocial se dedicaría, en primer lugar, a divulgar por todo el planeta el nuevo descubrimiento. Durante algún tiempo, en el mejor de los casos, esta teoría podría estar de moda en el ámbito académicocientífico. Pero su posibilidad de supervivencia más allá de diez años de su aparición, quedaría relegada a los tratados de historia de la disciplina, a manuales «desfasados» y a algunos defensores anclados en el pasado, a los que la falta de evolución impide observar el lógico progreso de la ciencia. Como mucho, algún investigador reminiscente podría retomar esta teoría 30 o 40 años después, en un alarde de reinterpretación. Ahora bien, ¿cuál es la probabilidad de que los psicólogos sociales se dieran cuenta del valor de esa(s) teoría(s), suponiendo siempre su posibilidad de existencia? Dicho de otra manera, ¿cómo sabemos ,que una teoría es mejor, más válida o más apta que otra?; ¿cuál es la epistemología de la que se hacen eco los psicólogos sociales para estimar o desestimar un modelo o unos postulados?
Es de temer que esta epistemología que utilizan los psicólogos sociales no tenga nada que ver con una posible epistemología social. El proceso de nacimiento, vida y muerte de las teorías en psicología social (IBÁÑEz, 1983b) es una especie de cultivo de rozas científico en el que lo que menos cuenta es el valor de la tierra, y lo que mantiene las teorías en el hit parade de las publicaciones resulta la tala y la quema de sus creadores. Disponemos de innumerables ilustraciones de este proceso. ¿Quién no ya trabaja, sino recuerda más allá de la anécdota histórica el ((efecto Zeirgarnik)), por ejemplo, que sirvió de base para que el mismísimo K. Lewin se inspirara en su concepción de la teoría del campo?; ¿cuál es el estatus psicosocial que se concede a esta misma teoría del campo, aparte del tópico recordatorio de «la conducta es función de la interación entre persona y ambiente))?; ¿dónde queda la teoría de la disonancia con todas sus revisiones, reformulaciones, reinterpretaciones y críticas si después de treinta años aún no ha podido demostrarse ni uno tan sólo de sus presupuestos fundamentales (MARKUS y ZAJONC, 1985), pero tampoco se ha demostrado lo contrario? Estos tres ejemplos, un efecto, una gran orientación teórica y una microteoría, entre otros muchos, describen una historia y presentan un panorama que no resulta muy halagüeño para el porvenir de la disciplina. Un porvenir en el que cualquier teoría, independientemente de su validez, corre el peligro de sufrir un proceso de desfertilización irreversible. Un porvenir en el que las teorías continúen eternamente desterradas de sí mismas. Visiones más optimistas del estado de teorización de la psicología social actual presentarían, no cabe duda, múltiples contraargumentos a esta idea. El primero de ellos podría ser que el estadio de la psicología social es protocientífico más que científico, esto es, que se encuentra en situación de gestación más que de desarrollo y progreso. Suele decirse que la física ha necesitado casi cinco siglos para llegar a un grado de sofisticación tan elevado como el de hoy, y que la ((psicología científica» apenas ha nacido en nuestro siglo. Sin poner en tela de juicio el progreso de la ciencia en general, no cabe duda de que no es éste el caso de la psicología social. Nada nos permite en estos momentos suponer que conocemos mejor la conducta social de lo que pudieron conocerla W. James, McDougall o Ross, gestadores de la disciplina. Es cierto que contamos con algunos datos; pero, haciendo balance global, debemos reconocer que lo poco que hemos aprendido sobre nuestro objeto se
146 QUADERNS DE PSICOLOGIA refiere al conocimiento de algunos errores cometidos en su estudio. El ocaso del conductismo o el auge o declive actual, según se mire, del cognitivismo nos muestran que nuestro conocimiento guarda relación más bien con el aprendizaje por ensayo y error que con un posible desarrollo científico de la disciplina. Si retomamos los ejemplos antes citados, no es que el efecto Zeigarnik haya sido sustituido por otro que dé cuenta de mayor cantidad de fenómenos, es simplemente que no se trabaja con él e, independientemente de su significación ante la sistematización teórica, ningún psicólogo social lo considera significativo dentro de la temática actualmente interesante. Por contra, una teoría contemporánea suya, la teoría del nivel de aspiración (RIJSMAN, 1983), resurge desempolvada con aureola capaz de dar cuenta de múltiples fenómenos en los próximos cinco años. Lo mismo podría decirse de la psicofísica con la detección de señales tan en boga, de las escalas de actitudes más clásicas ahora tratadas como modelos causales y de tantas otras cuestiones. El argumento de inmadurez científica no aporta luz alguna sobre posibilidades de progreso. Todo sucede, al contrario, como si el desarrollo de la psicología social fuera un dar palos de ciego hasta que alguien, por azar más que por necesidad, haga caer la manzana newtoniana. Pero, en ese caso, ¿cuál es la posibilidad de que los psicólogos sociales se dieran cuenta de su valor? LA SOFISTICACIÓN METODOLÓGICA SUPLE LA PRECARIEDAD TEÓRICA La hipótesis de progreso o desarrollo de la teorización en psicología social es difícilmente sostenible. Evidentemente no son los ejemplos antes citados, u otros similares, por sí solos, los que pueden invalidar esa hipótesis. De hecho, una hipótesis de esta naturaleza no puede invalidarse con una historiografía descriptiva tan simple, aunque por otra parte sea tan elocuente. En efecto, la debilidad de esa construcción teórica, la fragilidad en la cimentación de cualquier constructo teórico de la disciplina, es debido a que los psicólogos sociales hacen oídos sordos a una posible epistemología básica y fundamental para suplirla con «su propia epistemología)) y su propio saber hacer psicología social. Esta epistemología implícita del psicólogo social consiste, fundamentalmente, en sustituir la precariedad
LA RIGUROSIDAD METODOL~GICA EN PSICOLOG~A SOCIAL 147 teórica por la sofisticación metodológica; estriba básicamente en anteponer la validez del artefacto de producción empírico a la sistematización teórica. Que los orígenes de esta epistemología implícita, perfectamente consensuada por la comunidad de psicólogos sociales, se encuentren en la consciente conservación de un inductivismo ingenuo como forma de producción de conocimiento resulta difícil de imaginar. Por contra, si este inductivismo, desfasado e inoperante en cualquier otra área de la ciencia, se mantiene como un implícito paradigma (MCKENZIE, 1982) entre los psicólogos sociales por simple herencia del conductismo, es obvio que está resultando una de las herencias más obstrusivas y limitadoras que se puedan imaginar. No son necesarias extensas ilustraciones para mostrar que la importancia concedida a los aspectos metodológicos inclina desafortunadamente la balanza en detrimento del peso que se concede a la teorización, a la generación de hipótesis, a la integración y a la sistematización teórica. Es cierto que la ((obsesión dataísta)) no es patente de la psicología social, que no hace sino dejarse llevar por los tiempos que vivimos. Sin embargo, el valor concedido a los aspectos metodológicos, desde la fabricación de instrumentos de prueba hasta el análisis estadístico, sobrepasa, antecede y casi elimina el valor de los aspectos teóricos. Si supuestamente se piensa que son las teorías y las hipótesis las que han de pasar el tamiz impuesto para su contrastación, en la práctica, la consensuada epistemología implícita hace que las herramientas metodológicas se conviertan en una apisonadora de cualquier brote teórico. En lugar de constituirse en garantía de prueba de la teoría, los aspectos metodológicos se autojustifican y engullen el aparato conceptual de la disciplina. Es suficiente repasar las cinco revistas más prestigiosas y difundidas de la psicología social para observar que más del 95% de los artículos dedican 4/5 partes a los apartados «método» y «resultados». Del mismo modo, la reciente aparición en 1985 de una nueva edición del Handbook of Social Psychology nos ofrece un panorama semejante. El primero de sus dos volúmenes, que tiene más de 700 páginas, dedica la mitad del espacio a presentar en diversos capítulos el estado y las perspectivas metodológicas en psicología social. Es bastante difícil imaginar que el Handbook of Physics, por ejemplo, y sin ánimo de hacer de la física la ciencia modelo de ciencias, dedique una cuarta parte de su espacio a presentar «el método de la física)). Si esto es así en psicología social, la razón no es otra que la imperiosa necesidad de nuestra disciplina de una
148 QUADERNS DE PSICOLOGIA referencia continua a la metodología utilizada, para asegurarse una garantía de cientificiedad y salvaguardar el propio trabajo de los psicólogos sociales. Quizás esto fuera deseable en una disciplina con sólidos constructos teóricos y un utillaje conceptual fuertemente arraigado, pero bien sabemos que no es este el caso de la psicología social. Al contrario, estamos engañándonos si creemos que con ello creamos y construimos una ciencia empírica en tanto que sistema de teorías a modo y semejanza de ciencias como la física. Lo único que se construye con esta forma de producción de conocimiento es la irrealidad de una disciplina (IBÁÑEZ, 1983b), la falsa sospecha de que se cuenta con lo que en realidad no existe: las bases de la explicación de la acción social. POPPER (1980) denominaba teorías a las ((redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos mundo)). Para los psicólogos sociales esas redes son los experimentos, los cuestionarios o los procedimientos estadísticos. Algunos de ellos ni siquiera los utilizan directamente, pues como el antropólogo Frazer, «Dios les libre de convivir con los salvajes)) que tienen por objeto de conocimiento. Lo importante es que el sistema de explicación institucionalmente reconocido por la comunidad no depende de la metodología como herramienta, sino que es en sí mismo el proceso metodólogico el fin de la explicación. Ahora bien, ¿cómo se ha llegado a esta situación en la que el florecimiento y desarrollo de la disciplina se hace depender del fortalecimiento metodológico?; ¿de dónde proviene la generalizada idea de que el perfeccionamiento de los instrumentos de recogida y tratamiento de datos nos conduce a la acumulación del conocimiento?; ¿por qué se hace depender, en suma, la teoría de los aspectos metodológicos? La cuestión sobre el objeto de la psicología social Es inevitable, aunque aquí no sea nuestro objetivo, que nos remontemos a los orígenes de lo que se ha denominado la crisis de la psicología social para contestar estas preguntas. No entraremos en si se trataba de una crisis o no, si se ha superado o no, etc. Si nos interesa es porque comúnmente se acepta que los orígenes de la llamada crisis de la psicología social suelen situarse en el cuestionamiento de la experimentación, idea que se encuentra bastante extendida a la hora de situar sus comienzos (IBÁÑEz, 1982, 1983a).
LA RIGUROSIDAD METODOL~GICA EN PSICOLOGÍA SOCIAL 149 Suele decirse, en efecto, que los problemas planteados inicialmente por ORNE (1962) sobre la influencia de las características de la demanda en la situación experimental, y poco después por ROSENTHAL (1967, 1968) sobre el efecto de inducción de las hipótesis del experimentador en la tarea de los sujetos, marcaron el inicio de un cuestionamiento más general sobre la disciplina. Se sitúa pues en los años sesenta la premonición de una crítica más radical que vendría posteriormente en los años setenta, con el famoso artículo de GERGEN (1973): «La psicología social es historia)), y al que continuaron enconadas polémicas en torno a las características de la disciplina, como la suscitada por HARRE y SCHLENKER (1979, respectivamente). Si es cierto que la crítica al método experimental se ha utilizado como uno de los principales indicadores de una ((situación de crisis)), siendo estrictamente rigurosos, debemos admitir que esta crítica (exclusivamente reducida a la experimentación) no ha puesto en peligro en ningún momento el pacífico desarrollo de la disciplina. De hecho, salvo en la crítica efectuada por HARRE y SECORD (1972), inicialmente, no se estaba cuestionando la experimentación, simplemente se planteaba el problema de su perfeccionamiento técnico. Ni Orne ni Rosenthal ni Rosnow, por citar los autores más representativos de este movimiento, se preguntaron sobre la validez del método experimental, únicamente indicaron algunas de sus fallas y, al mismo tiempo, proponían sus formas de corrección. Esto resulta evidente tanto al observar los trabajos iniciales sobre el tema, como en su continuación (BARBER y SILVER, 1968; ADAIR, 1972; MILLER, 1972; RING, 1972; SCHULTZ, 1972; SIGALL, ARONSON y VAN HOOSE, 1972; WALSTER, 1972; KRUGLANSKI, 1975; CARLSMITH, ELLSWORTH y ARONSON, 1976; BERKOWITZ y DONNERSTEIN, 1982). Debemos, pues, separar las críticas al funcionamiento experimental que al tiempo pretenden corregir sus errores, de las críticas que se levantaron sobre la naturaleza del objeto de la psicología social, comenzadas por GERGEN (1973). Es por esta generalizada falta de distinción entre un tipo y otro de críticas por lo que suele resultar difícilmente asimilable la obra de HARRE y SECORD (1972) entre el señalamiento de los problemas del método experimental (ALVIRA et al. 1980). Habría que situar el trabajo de Harre y Secord entre las críticas al objeto de estudio, incluyendo también la forma de estudio, para que pueda comprenderse su alcance. Y sin embargo, esta conexión entre ambos tipos de crítica, los que se preguntan qué estamos analizando y los que se preguntan si es correcta
150 QUADERNS DE PSICOLOGIA la forma de estudio, tiene un motivo histórico. Puede decirse que hasta 1976 la llamada crisis se hallaba en estado incipiente. Es con la publicación ese año de un número monográfico del Personality and Social Psychology Bulletin, en el que colaboran destacados psicólogos sociales como Gergen, Deutsch, Schlenker o Secord, con lo que aparece propiamente dicha la explicitación de la crisis. No obstante, ni uno solo de los artículos que se publican en este número plantea problema alguno a la correcta utilización del método experimental. En efecto, en este número el centro de debate continúa siendo la hipótesis de historicidad de GERGEN (1973, 1976) y su enfrentamiento con SCHLENKER (1974, 1976). La mayor parte de los artículos se orientan así a discutir la naturaleza y las características de la disciplina (HARRIS, 1976; HENDRIX, 1976; MANIS, 1976; SECORD, 1976; THORNGATE, 1976), intentando otros hacer un balance histórico de la teoría psicosocial (DEUTSCH, 1976). Es un año más tarde, 1977, que la misma revista vuelve a publicar otro nuevo monográfico sobre la «crisis», cuando la gran parte de los artículos proponen como problema fundamental las cuestiones metodológicas, y la experimentación de laboratorio más concretamente. Curiosamente, recogen el material desde los comienzos de Orne y terminan proponiendo soluciones. De estos artículos podría destacarse el de SHERIF (1977). Entre un número y otro hay una gran distancia, la que separa dos interrogaciones de naturaleza radicalmente diferente: la primera se refiere a la discusión epistemológica y teórica inherente al contenido de la psicología social, la segunda atañe a la detección de los errores del procedimiento experimental, sea en su diseño, sea en la situación. Por supuesto, ambos tipos de crítica pueden yuxtaponerse, y en ocasiones, aunque muy pocas, se complementan o solapan. Con todo, su objetivo es radicalmente diferente, y puede ilustrarse de forma sencilla. Ha habido numerosas críticas a los famosísimos experimentos de MILGRAM (1973) sobre la obediencia a la autoridad. La mayor parte (BAWNRIND, 1972; MILLER, 1972; WALSTER et al., 1971), al igual que las defensas (CRAWFORD, 1972; MILGRAM, 1972a, 1972b), se han detenido en cuestiones de procedimiento. Los errores de procedimiento detectados son los que se nos señalan si relatamos el experimento a cualquier persona de la calle: características de la muestra en general o propias a los sujetos, calidad del engaño experimental o artificialidad de la situación, etc. Sin embargo, una de las críticas a este experimento tiene poco que ver en realidad con la experimentación. Consiste en preguntarse:
LA RIGUROSIDAD METODOL~GICA EN PSICOLOG~A SOCIAL 151 ¿qué explica en realidad Milgram sobre la obediencia? (DOISE, 1982). Quizás, el subtítulo del libro donde se publicaron («Un punto de vista experimental))) permite obviar, también en este caso, la explicación deseada sobre el fenómeno. El mismo planteamiento podríamos encontrar respecto al problema propuesto. De hecho, podemos suponer que la crítica a la experimentación en la detección de sus fallas es contraria en cierto modo al cuestionamiento del objeto. Si nos preocupamos por corregir el experimento de laboratorio y suponemos que esto ha sido uno de los principales problemas planteados en la crisis, esto implica que no debemos preocuparnos demasiado por qué hemos estado o estamos analizando, sino por cómo debemos estudiarlo. Al transformar la cuestión del objeto en un problema de método, se ha confundido la producción de las piezas con el arreglo de la maquinaria. Y no es que la maquinaria no deba corregirse o perfeccionarse, sino que en la producción de piezas hay problemas que han de solventarse antes, como, por ejemplo, de qué naturaleza son los materiales que estamos empleando o qué queremos producir. Durante los años en que suele situarse el debate más importante sobre la crisis de la psicología social, inicialmente debemos distinguir, por tanto, estos dos tipos de problemas. Incluso algunos autores, que se pretende fueran críticos de la experimentación, en aquellos momentos la revindicaban como una metodología más a utilizar (GERGEN, 1978). Subsumir gran parte de las cuestiones a problemas de procedimiento, o situarlas todas ellas sobre el mismo nivel de crítica, es no reconocer la gran diferencia que existe entre un intento de interrogación epistemológica y teórica y un propósito de mejoramiento metodológico. La unión entre ambos problemas, su situación en un mismo plano de interrogación, sólo puede entenderse si pensamos que mediante el perfeccionamiento metodológico de la experimentación ha intentado subsanarse la carencia y precariedad de la teorización. Si pensamos que mediante un control de las técnicas de manipulación de variables vamos a lograr un mejor conocimiento, el problema continúa siendo: ¿un mejor conocimiento de qué? Sobre la recíproca determinación entre teoría y método Para preguntarse por las razones que han conducido a amalgamar estos dos diferentes y diferenciables tipos de problemas, es necesario
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