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Recuerdos de un Sócrates catalán

Vigil, Jorge

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Vigil, Jorge

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RECUERDOS DE UN SÓCRATES CATALÁN Jorge VIGIL Ahora que ha vuelto a latir el pulso de la filosofía nacional catalana con tres o cuatro obritas ramplonas y un cruce de invectivas, no estará de más hilar unos recuerdos en memoria de alguien que realmente supo «hacer país» en filosofía. A pesar del título, adelanto al lector que estas 1íneas no tendrán la altura -ni la tediosidaddel escrito delenofonte. No voy a hablar aquí de Josep Maria Calsamiglia como filósofo, pues se me escapa todo lo esencial de la historia de la filosofía catalana y su entronque en ella; dejo para alguien que no sea un catalán advenido como yo el relato formal de aquel núcleo de la tizteligentsia catalana que se formó durante los años treinta en torno a figuras del tamaño de Bosch Gimpera, Vicens Vives o Joaquim Xirau, maestro este último de Josep Maria. Quiero constatar de paso la falta de un trabajo serio sobre la historia de la filosofía catalana, premisa de toda obra de recontrucción de la identidad cultural. Sería un trabajo útil como complemento a esa meritoria serie de clásicos del pensamiento filosófico en lengua catalana. El objeto de estas líneas es más bien hacer una glosa de Josep María Calsamiglia no como pensador ni como maestro de tantas generaciones de filósofos -dentro o fuera de la Universidadsino como persona. Se trata entonces de hacer un retrato vital del filósofo catalán, reuniendo los recuerdos dispersos que conservo después de dos años de asistir a las clases que impartía en la Universidad Autónoma de Barcelona, único título éste que me acredita para hablar de él. El ambiente de aquella facultad de filosofía de la Autónoma de finales de los setenta era, con el característico retraso de estas latitudes, un eco más o menos efervescente del 68 francés. Después de tanto anunciarlo, el caimán se había ido, había pasado a mejor (?) vida política, la política de la historia, y se abría un incierto, pero esperanzado, futuro. Los grafitti y los floridos motivos murales de la época dejaban constancia del heterogéneo magma de personas que poblaba aquel campus de hormigón. Gays, independentistas, comunistas de todas las fracciones, ácratas y republicanos publicaban sus proclamas, invectivas y convocatorias, en medio de algún anuncio de recital de Serrat y de otros mensajes más pragmáticos: ase pasan trabajos a máquina». Eran aquellos los tiempos entrañables y equívocos de los inicios de la transición, en que la policía todavía hacía alguna "batida" por las aulas -cierto que más bien para enseñar que para aprender-, todos corríamos y al fondo de una de las docenas de asambleas semanales, algún incendiado espontáneo instaba a la huelga general revolucionaria y la formación de un gobierno popular. Estábamos en pleno azote del sarampión marxista-estructuralista-psicoanalítico, el mal francés, y los alumnos de entonces estudiábamos como los de ahora, es decir, poco, pero nos divertíamos más. Ésta era la Autónoma que yo conocí y en la que se oía la voz lenta y apasionada de Josep María, a quien tildaban de «humanista» los revolucionarios de entonces, muchos de ellos convertidos hoy en funcionarios. Pienso que Josep Maria Calsamiglia se puede incluir fácilmente en esa larga tradición de filósofos que dejan huella no tanto por su filiación y defensa de un sistema de pensamiento como por su actitud. Se trata generalmente de maestros, más que de profesores de filosofía, que dan por bueno el clásico dtctum kantiano: lo esencial no es tanto el saber filosófico como el filosofar. Es hacer oficio de la pregunta, más que de la respuesta, ser -en términos de Kolakowskimás bufón que sacerdote, rehuir el código cerrado. Probablemente el origen remoto e ilustre de esta tradición estaría en Sócrates, quien instituyó el diálogo como expresión máxima del discurrir filosófico, y el ejemplo como la encarnación de la vida filosófica. Filósofos así no preparan las clases (¿alguien se imagina a Sócrates haciéndolo?), sino que las construyen, no escriben filosofía sino que la dicen, la muestran. Quien no les ha oído les ha perdido: su obra completa es su vida entera, más que producción es acción y acción ejemplar: estamos en el núcleo origipario de la filosofía, la filosofía como eu prattein, como buen obrar. Josep Maria solía hablar lentamente, entre cigarrillo prohibido y cigarrillo prohibido, marcando sus afirmaciones con frecuentes movimientos de las manos. Nunca fue una persona extremada o intolerante; incluso fue tolerante hasta el defecto: toleró que sus alumnos profanáramos su casa y biblioteca; que no abriéramos un libro; y toleró hasta que algunos radicales adolescentes le llamaran reaccionario, por la osadía de poner un comentario de texto de Berkeley. Entre tantas otras cosas nos explicaba Josep Maria el empeño antihegeliano del precozmente desaparecido Joan Crexells de escribir una historia de la filosofía al revés; un mundo al revés fue el que hizo posible -y, finalmente, imposibleque en los últimos años de su vida se le propusiera como catedrático extraordinario. Concuerdo con quienes lo hicieron imposible -aunque no estoy de acuerdo con ellosporque Josep Maria no tenía madera de funcionario ni, menos aún, de profesor. No fue un implacable esprit de systeme como Pere Lluís, ni un laborioso analista como Victoria Camps, sino un maestro, un patriarca de la filosofía. Ésa fue su debilidad y su grandeza como docente, el porqué le entendimos tan poco sus alumnos. Hay obras que requieren la perspectiva del tiempo para ser valoradas o dar frutos. La filosofía de Josep María Calsamiglia, que es una de ellas, fue la expresión de la aristotélica virtud de la prudencia. Probablemente fue un ejemplar puro de la más genuina tradición de la filosofía catalana, una filosofía no escrita: la filosofía del seny. Siguiendo la caracterología de los filósofos de WilliamJames, su división en talentos duros y blandos, Josep María fue más bien un tendermzitded character (idealista, racionalista, etc .), que un tough-minded(materialista, sensualista, etc.), y mantuvo siempre una actitud de distanciamiento crítico o reserva hacia sus propias posiciones, signo de vigor y profilaxis intelectual. Nunca ocultó las tres idées-force de su pensamiento: su preocupación humanista -probablemente de filiación cristiana-, su inquietud social y su fuerte sentimiento nacionalista. Buen conocedor y lector de Marx, fue un liberal de izquierdas, comprometido pero no encadenado, con toda seguridad, un intelectual inorgánico. No había reunión o conferencia de interés político o filosófico de la que estuviera ausente, a pesar de su salud cada vez más frágil. Sabía escuchar y dialogar, defendiendo sus ideas con pasión y rebatiendo las ajenas con ironía. Si se me permite el dislate, creo que era un hegelianokierkegaardiano. Pero no quiero forzar ya más el ditirambo ni la elegía; sólo me resta por decir a los que le conocimos y no le comprendimos, y a los que ya no le conocerán: hemos perdido a un hombre en el buen sentido de la palabra bueno.