Educación y deseo
Abstract
Millán, Sergio
Full text
DESEO Preocuparse por la educación consiste, en buena medida, en reflexionar sobre lo que merece ser conservado y, por tanto, transmitido. Sería vano reflexionar sobre la relación educativa si no se definen previamente el estatuto del educador y del educando. En este sentido, el aforismo aristotélico: «el hombre desea por naturaleza saber)), no nos dice más que «el hombre desea por naturaleza satisfacer su hambre)) o «el hombre tiene por naturaleza apetito sexual)); es decir, toda fundamentación de las relaciones humanas -la educativa es, sin duda, una de ellas y no precisamente la peorque se intente derivar de necesidades naturales, forzosamente entrará en colisión con las diversas formas que existen, y han existido, de satisfacerlas. Pero esas formas que coexisten en cada período histórico para satisfacer las necesidades naturales son, a menudo, contrapuestas y nos obligan, de nuevo, a formular la pregunta inicial: iqué merece ser conservado y transmitido? La pregunta desborda el ámbito de lo político en la medida que su formulación surge de las entrañas de la sociedad y presupone una eleccción entre términos conmensurables (iqué hombre actual, enfrentado a una infección, escogería al brujo en vez de los antibióticos?). Pero si desde ese punto de vista la elección parece clara, al examinarla desde otros no nos resulta tan diáfana. El hombre occidental ha abandonado los saberes pretéritos por los nuevos saberes (a la magia y al chamanismo por la ciencia), pero no ha variado sustancialmente su relación con el saber; al contrario, cuanto más poderoso se hacía el nuevo saber, más sucumbía ante él: más «creía» en él. Y en esto radica el impulso que permite el retorno de la brujería, de la magia, de la astrología, del oscurantismo en definitiva, sin que se perciba la contradicción con el saber actual. El descreimiento no conduce forzosamente al escepticismo; al contrario, lleva a la aceptación acrítica de todo tipo de saber, al caos. El mundo que la ciencia y la tecnología habían creado para proteger al hombre de la naturaleza, se torna tan opaco y misterioso como la misma naturaleza; la criatura devora a sus progenitores. Desde luego no se puede responsabilizar a la ciencia de tal desaguisado, pero sí a las ideologías y a los homt)res que permitieron, que permiten, la pervivencia de las viejas actitudes; que no supieron, o no quisieron, forjar los nuevos sisternas de valores que requerían los nuevos tiempos, en definitiva, que no ayudaron a alumbrar al nuevo hombre. Un repaso a las tendencias en boga, desde los aíios sesenta de este siglo hasta nuestros días, nos ofrece un espectáculo cuando menos sorprendente: el auge de los misticismos, el incremento de la demanda social de soluc.iones irracionales. Es el fracaso de la ciencia como religión, como nueva fe; anunciado ya en el fracaso de la religión según Comte. El incremento de la información, de los medios de comunicación entre países y culturas, no ha podido acabar con el analfabetismo moral en los países civilizados. La ciencia ha disparado sus pretensiones y se ha relegado a un papel secundario en la formación del nuevo concepto de hombre, y paralelamente, al hacerse más inaccesible al público medio, ha hecho el fuego a las fuerzas que se le oponen. La educación, las instituciones educativas, han sido víctimas de las ilusiones que, desde el Renacimiento, han imperado en la cultura occidental. La escuela se ha hecho eco de la «fe» en la ciencia y ha inoculado el virus del optimismo del conocimiento científico entre los jóvenes. Pero, y por ello, ha hecho del fracaso la meta de toda educación. Porque la escuela ofrece el espectáculo del mundo del conocimiento y les promete que él saciará su deseo; les presenta un banquete con tal cantidad de manjares que es imposible -tomarlos todos y cuando se apercibe de tal imposibilidad, les condena a la ignorancia. El paso por.la escuela les deja aún peor de lo que habían entrado, les deja resentidos contra un saber que se muestra orgulloso y no puede menos que regocijarse cuando notan cualquier debilidad o fallo en él. La extensión de la enseñanza ha sido, en este sentida, la extensión de la ignorancia y para convencerse de ello basta repasar las estadísticas oficiales sobre el fracaso escolar en los niveles de enseñanza primarios, secundarios y universitarios. Así, la escuela, al ofre-
cer un reto al cual nadie puede responder, y omitir cualquier otro valor que no sea la ingestión de conocimientos, se constituye en el principal centro deseducativo. La civilización del especialista, del técnico, de las parcelas del conocimiento (correlato ineludible de la imposibilidad de saberlo todo, que impone la escuela), nos reenvía al oscurantismo y cuanto más avancemos en la exaltación de la especialidad y en el estrecho parcelismo intelectual, más avanzaremos hacia el retorno al estado de segunda naturaleza que es el de la civilización degradada. Pero si la ciencia y sus necesidades internas se muestran ineficaces al intentar organizar, incluso en su provecho, la educación humana, deberemos apelar a otros valores que, asumiendo el valor objetivo de la ciencia, sirvan para constituir la guía rectora de la educación. De nuevo volvemos al punto inicial al atribuir la raíz del problema no a la ciencia, sino a la fe absoluta en ella. La necesidad de absolutos, de creer en ellos, es analizada por Freud en un magistral ensayo: El male~tar en la cultava. En él Freud afirma el escaso poder que el conocimiento científico ha tenido para la reforma cultural de la humanidad, y asocia el apego o la necesidad de absoluto con la situación de postración e indefensión en que se encuentra el niño y que le impele a demandar seguridad y protección de sus padres; sólo, pues, cuando el adulto venga al niño que hay en el individuo, se podrá estar razonablemente seguro de que los absolutos han dejado de ser útiles. Así, al hombre contemporáneo se le presenta un reto aún más importante y decisivo que vencer a la naturaleza: vencerse a si mismo. Que esa batalla debe ser librada, lo percibimos al comparar la obra desplegada por la ciencia con un individuo en tanto que obra de la humanidad. Si la lucha contra la naturaleza tiene algún significado es porque en cada batalla que se gana surge la posibilidad del individuo, del valor del individuo. La relación entre educador y educando sería, en su plenitud, la batalla que se libra por el nacimiento del individuo; nacimiento que sólo se puede auspiciar y anunciar desde las ruinas del antiguo sistema de valores, pues si hasta ahora la máquina, metáfora del saber científico y técnico, ha sido la prolongación del hombre, en un futuro no lejano puede ser la imagen misma del hombre y al igual que a Dorian Grey, a la humanidad puede horrorizarle su propio retrato.