Lengvi lietuvių kalbos sparnai
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NAGLIS KARDELIS
Vilniaus universitetas
Líneas de investigación: filosofía de la Antigüedad y la Edad Media, reflexión sobre la filosofía clásica en la filosofía contemporánea, filosofía del lenguaje, filosofía de la ciencia, filosofía de la religión, cultura antigua, literatura antigua, lenguas antiguas, historia de las civilizaciones.
LIGERAS ALAS DEL LITUANO
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Nosotros, los lituanos, no sentimos la lengua materna como una pesada carga impuesta por el destino sobre nuestros hombros, que nos doblega hacia el suelo como una roca. No: son alas ligeras, alas que nos elevan por encima de las de otras lenguas que aprendemos más tarde en la vida. Las alas de la lengua materna son más ligeras, porque no tenemos que ponérnoslas en los brazos como si fueran aviones: nos las ha dado la propia naturaleza y nos crecen desde los hombros; y, al elevarnos muy alto, no se derriten como la cera. Son un tesoro natural nuestro: alas que nos elevan hasta las alturas del espíritu y nos llevan hacia el horizonte más lejano de la imaginación.
Por desgracia, a menudo olvidamos que tenemos estas maravillosas alas del espíritu y arrastramos la lengua materna por el campo de la vida como si fuera una pesada roca. No solo la gente corriente, abrumada por las cargas de la vida cotidiana, sino también quienes se dedican al estudio científico de la lengua y la escritura —aquellos que deberían volar con las alas del lenguaje— suelen reflexionar sobre la lengua de manera demasiado cotidiana e instrumental, afirmando que esta es simplemente un medio de comunicación, pues esa sería precisamente su función principal. Basta reparar en que la palabra «comunicación», procedente del latín communicatio, ‘compartir, relacionarse, transmitir, comunicar’, revela lo sombría y superficial que es tal concepción de la naturaleza del lenguaje: la comunicación no es sino un intercambio formal de aquello a lo que no estamos comprometidos unos con otros; es como compartir algo que puede ser útil, pero hacerlo solo formalmente, sin el vínculo espiritual ni el compromiso que, por lo general, no sentimos cuando simplemente nos comunicamos. Además, reconocer o acentuar en exceso únicamente la función cognitiva, cognitiva, del lenguaje también sería quedarse corto: al limitar la importancia del lenguaje únicamente al ámbito del conocimiento, nosotros
1 Este artículo se publicó en la revista Metai, y algunos fragmentos se leyeron durante el desayuno de prensa del 8 de mayo de 2017. Acta Linguistica Lithuanica considera que este texto también merece publicarse en una revista de lingüística.
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no comprenderíamos adecuadamente la naturaleza del lenguaje ni valoraríamos la importancia de estas alas del espíritu para cada persona y para la nación.
Al reflexionar sobre el lenguaje desde un punto de vista ontológico y subrayar la necesidad de tomar conciencia de él, ya no hablamos simplemente de comunicación —de una interacción basada únicamente en la transmisión de información pura—, sino de comunión, es decir, de una auténtica y plena comunidad, de una unión entre personas en un nivel que nos compromete en todo nuestro ser y en toda la extensión de nuestra identidad espiritual. Esta es la verdadera comunión espiritual que experimentamos en el elemento de la lengua materna y de la que hablan, con palabras silenciosamente sabias y sin conceptos teóricos rebuscados, los autores de la antigua literatura lituana y los poetas y prosistas lituanos contemporáneos. Pero no me refiero solo a los escritores: en el corazón de cada lituano está muy vivo y muy cercano el entendimiento de la lengua como comunión en la lengua de todos nosotros y como ámbito de comunión de significados que nos acerca a todos.
Nuestro venerable filósofo Antanas Maceina señaló que cada lengua abre una perspectiva única sobre el mundo, un ángulo propio desde el que contemplarlo. Esta idea fue formulada por primera vez por el filósofo de la lengua alemana y eminente pensador Wilhelm von Humboldt, y más tarde desarrollada por A. Maceina, quien inició la tradición profesional de la filosofía de la lengua lituana. Precisamente A. Maceina, con sus obras dedicadas a la filosofía de la lengua lituana, mostró cuán original y profundamente es posible reflexionar sobre la lengua lituana desde una perspectiva filosófica, poniendo de relieve la singularidad del ángulo de visión del mundo que esta revela.
Pero esta vez quisiera reflexionar sobre otro asunto, no menos relacionado con la filosofía: la cercanía y la distancia respecto de la realidad no lingüística, situada más allá del lenguaje, que nos muestra la lengua materna, así como sobre algunos otros problemas de especial y dolorosa actualidad relacionados con el destino de la lengua materna.
Empezaré señalando que la lengua es, al mismo tiempo, un organismo innato (natural, propio de la naturaleza) y cultural. La relación de la lengua con la naturaleza se hace evidente cada vez que pronunciamos la expresión lituana «lengua materna», tan querida y valiosa para todos nosotros. El carácter innato es un rasgo esencial de la lengua materna. Más aún, la lengua es también el medio más universal para la existencia de todos los significados culturales. La singularidad de la lengua materna y, diríamos, su rasgo ontológico distintivo, vital para la existencia de cada persona, consiste en que la lengua materna, en la experiencia de quien la habla, une las dimensiones natural y cultural de una manera que ninguna lengua no materna podría lograr, pues esta llega a nuestro mundo únicamente desde la cultura pura y a través de la cultura.
Sin embargo, también es importante tomar conciencia de que no solo todo aquello que tradicionalmente asociamos con la cultura, la creación cultural y el progreso cultural, sino también las propias cosas de la naturaleza, debemos considerarlas no tanto como datos de la existencia que se dan por sentados, sino como tareas: como aquello que, habiendo recibido de la naturaleza y teniendo por naturaleza, debemos seguir cultivando y difundiendo con nuestros propios esfuerzos personales,
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con empeño y trabajo perseverante, para que los brotes de la naturaleza lituana florezcan en nuestras vidas y se conviertan en admirables flores de la cultura lituana.
El carácter natural de la lengua materna determina también que solo ella sea capaz de revelarnos la autenticidad absoluta de la experiencia mediada lingüísticamente y la naturalidad de la actitud existencial personal de cada uno de nosotros. Precisamente la lengua materna, por ser el medio universal en el que nacen y existen todos los significados culturales, es la única capaz de proporcionarnos el contexto último para interpretar la existencia humana y toda la realidad, un contexto que ya no es posible —ni necesario— ampliar por ningún medio. Al ofrecernos este contexto último para interpretar toda la realidad y nuestro propio ser, la lengua materna nos confiere, junto con la naturalidad de nuestra actitud existencial, un sentimiento de plenitud del ser, un sentimiento que ninguna otra cosa en el mundo puede regalarnos. Precisamente este irrepetible estado de plenitud, acompañado de ese sentimiento, puede considerarse un rasgo esencial del ser auténtico realizado.
Al reflexionar sobre la ontología del lenguaje, pensamos en la relación filosófica entre el lenguaje y el ser; pero no deberíamos entender el ser como una carga que nos doblega hacia el suelo, ni como mera existencia física o como alguna vida humana banal que recuerda a la mera supervivencia. El ser verdadero, pleno en todos los sentidos, realizado o encaminado a realizarse, deberíamos concebirlo como una forma de estar en el mundo que abre un horizonte de significados últimos, un horizonte que, una vez alcanzado, ya no exigiría otro más lejano ni otro contexto más amplio que explicara el más estrecho. El lenguaje —y, ante todo, la lengua materna— nos abre precisamente una perspectiva de nuestro ser y de nuestra autoconciencia que nos dota de pleno sentido, realizando las posibilidades de nuestro desarrollo espiritual hasta alcanzar nuestro límite teleológico último; por eso, en el instante de la realización, sentimos que ya no necesitamos un contexto más amplio. A ese sentimiento lo llamamos experiencia de felicidad, plenitud.
Aunque, por un lado, el contexto del lenguaje es el mundo entero, que naturalmente percibimos como algo más amplio que el lenguaje y como si lo abarcara desde fuera, si lo miramos desde otra perspectiva podemos convencernos de que, en cierto sentido, el propio lenguaje —sobre todo la lengua materna— es el contexto de todo el resto del mundo. A veces los límites del lenguaje son más amplios que los del mundo, por lo que puede dotar de sentido no solo nuestra existencia, sino también el mundo entero. La lengua materna es el límite último de nuestro horizonte de sentido.
Al pensar en la relación entre el lenguaje y el mundo, debemos tener en cuenta la dialéctica entre naturaleza y cultura propia del lenguaje, que revela que somos capaces de seguir creando, mediante los esfuerzos culturales conscientes de nuestro propio espíritu, la lengua materna que recibimos por naturaleza y que nos pertenece naturalmente, y de utilizarla como un arma poderosa con la que defendemos nuestro propio ser de las invasiones de la falta de sentido. Pero ¿puede realmente la lengua materna convertirse en nuestra arma? Intentemos examinar esta cuestión con algo más de detalle, recordando nuestra alusión anterior a que precisamente la lengua materna
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La lengua nos brinda la posibilidad de acercarnos al mundo lo máximo posible y, si es necesario, de alejarnos de él lo máximo posible; de entablar la amistad más estrecha con el mundo y, si ello se vuelve inevitable, de enajenarnos de él lo más posible.
La lengua puede acercarnos al mundo cuando se nos muestra amable y por eso deseamos aproximarnos a él cuanto podamos. Por otra parte, la lengua puede alejarnos del mundo hasta una distancia segura cuando este, al manifestarse en formas brutales, de repente nos resulta desagradable. La poesía nos protege de los castigos del mundo: el escudo de la palabra poética nos acoge en los momentos de prueba como un nuevo hogar acogedor, que se convierte para nosotros en un mundo nuevo y una nueva realidad. En particular, la lengua materna nos permite movernos a distancias muy diversas del mundo. Así, nos permite acercarnos a la realidad no lingüística —la realidad de las cosas— más que cualquier otra lengua, pues, al pronunciar las palabras de la lengua materna, a las que estamos acostumbrados desde la infancia como si fueran cosas separadas de ese mismo mundo real y coincidieran plenamente con las cosas de la realidad no lingüística que nombran, en nuestros pensamientos ya no vemos palabras pronunciadas, sino las cosas mismas.
Podríamos decirlo de forma más radical: al pronunciar las palabras de la lengua materna, en realidad no pronunciamos estas, sino las cosas mismas que nombran. Diríamos que la lengua materna nos permite hablar no con palabras, sino con las propias cosas: cuando, por ejemplo, pronunciamos la palabra «árbol», a la que estamos acostumbrados desde la infancia hasta tal punto que ya no reparamos en ella y por eso la identificamos instintivamente con el ser vivo que nombra —el árbol—, en nuestros pensamientos o nuestra imaginación vemos enseguida el árbol, no la palabra «árbol». Al pronunciar cualquier nombre en nuestra lengua materna, nuestra imaginación percibe de inmediato la cosa que está más allá de él y que este nombra. Las palabras pronunciadas en la lengua materna nos revelan la comprensión más auténtica posible de la realidad no humana, una comprensión que, en general, está al alcance del ser humano. Al hablar cualquier otra lengua —que no sea la materna—, la distancia que nos separa de las cosas no humanas y del mundo no humano que forman siempre es mayor. Al pronunciar palabras de una lengua extranjera, no somos capaces de acercarnos al mundo no humano tanto como quisiéramos.
Por otra parte, podemos pensar en la lengua como el medio de la creación poética. Así como ninguna poesía es posible sin la lengua, tampoco existe, en efecto, poesía auténtica sin la lengua materna. Los poetas escriben a menudo no solo en su lengua materna, sino también en diversas lenguas extranjeras; sin embargo, las intuiciones poéticas más profundas y los matices afectivos más hondos se revelan de verdad únicamente al pronunciar las palabras de la lengua materna. El mundo de la poesía es, en efecto, muy singular y no se parece a ningún otro: Josif Brodsky y Tomas Venclova han señalado en más de una ocasión, con gran perspicacia, que los mundos de la lengua y de la poesía son absolutamente autónomos e incluso autárquicos. Las palabras pueden crear una realidad alternativa, que puede convertirse en contrapeso del mundo «real», el cual, en algún momento de la vida —sobre todo cuando nos asedian duras pruebas—, a menudo se muestra desagradable, incómodo, brutal y repelente. Si el mundo nos indigna, podemos retirarnos a otro mundo, alternativo, que la poesía nos ofrece.
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Así pues, cada vez que surge en nosotros la necesidad existencial de alejarnos del mundo hasta una distancia segura y retirarnos a otro mundo, alternativo, podemos volver a recurrir a la lengua materna. La poesía escrita en cualquier otra lengua —que no sea la materna—, al carecer de la autenticidad propia de la poesía escrita en la lengua que la naturaleza misma nos ha otorgado, ya no puede crear una alternativa tan radical y ontológicamente autónoma al mundo existente; por eso, tampoco logra alejarnos del mundo que se nos revela en formas brutales tanto como quisiéramos.
Es muy importante entender la lengua como un organismo vivo, en constante crecimiento. Para comprender mejor la relación entre la naturaleza de la lengua y las capacidades de crecimiento que le son propias, conviene reparar en que los antiguos griegos no concebían la naturaleza de forma estática ni como una cosa —como una suerte de entidad detenida en su desarrollo y concluida para siempre—, sino como un proceso: al mismo tiempo, como proceso de crecimiento y como resultado del crecimiento, que se renueva continuamente en el transcurso del propio proceso de crecimiento. Reparemos en que el sustantivo griego phus, ‘naturaleza’, deriva de la raíz phu-, de la que también deriva el verbo griego phūō, ‘hacer crecer’, y su forma pasiva phuomai, ‘ser hecho crecer; crecer’. Por cierto, reconocemos esa misma raíz indoeuropea en el verbo lituano būti, ‘ser’, y en el sustantivo būtis, ‘ser’: es una circunstancia muy importante que debemos tener presente al reflexionar sobre la ontología de la lengua y sobre sus fundamentos relativos al ser.
Así pues, la sabiduría de la propia lengua nos enseña que la semántica del crecimiento es muy importante al pensar en la naturaleza de cualquier cosa, incluida la lengua. La lengua es un organismo vivo que perdura durante miles de años, y cada palabra es un impresionante fósil viviente: no tiene simplemente una historia de varios milenios, sino una historia ininterrumpida de desarrollo vivo, que se remonta a varios milenios. Aunque la lengua lituana aún no existía cuando surgieron las raíces indoeuropeas, estas se han conservado perfectamente en las palabras lituanas, como si las hubiera preservado algún tipo de paleontología lingüística. Debemos entender las palabras más arcaicas de nuestra lengua materna no solo como organismos de naturaleza lingüística que ya han terminado de crecer y que dan testimonio de cierto pensamiento y del resultado de su expresión lingüística; y menos aún únicamente como roca formada por una masa lingüística que antaño fue caliente y fluida como el magma, y que se enfrió y endureció hasta convertirse en piedra, sino también como algo que sigue creciendo y que todos nosotros seguimos haciendo crecer. Las palabras de la lengua materna, que siguen creciendo hasta hoy y que cultivamos como organismos de naturaleza lingüística singular, nos obligan, con su vitalidad todavía palpitante, a defenderlas y protegerlas. Todas juntas se alzan ante nosotros como un único cuerpo lingüístico vivo, una exhortación imperiosa a seguir ampliando la lengua materna, pues no está muerta ni nuestros antepasados la dejaron terminada para siempre: crece y se desarrolla continuamente, y se ramifica como un poderoso roble del espíritu lituano.
La lengua se caracteriza por una compleja dialéctica de estática y dinámica. Si consideramos la lengua desde el punto de vista de su sistema, de su corte fijado sincrónicamente, sin duda nos vemos obligados a concebirla como algo estático; sin embargo, no debemos olvidar que
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La fijación mental del desarrollo de la lengua, que obliga a mirar no el tronco vivo del roble en crecimiento de la lengua, sino una u otra sección transversal de su tronco cortado (por supuesto, no cortado en la realidad, sino en la imaginación teórica de la lingüística), que registra un único corte sincrónico del sistema lingüístico, es en esencia una operación puramente instrumental que facilita la comprensión teórica de los procesos lingüísticos reales, pero que por sí misma poco tiene que ver con la realidad misma de la lengua. La lengua, considerada como un sistema sincrónico estático, es más una idealización teórica abstracta que algo que exista realmente en la realidad, pues, como ya hemos mencionado, por su naturaleza esencial la lengua es más dinámica que estática. Además, es necesario pensar en la lengua, especialmente en la materna, no solo desde la perspectiva de la lengua como objeto de análisis teórico, sino también desde el punto de vista del sujeto de la lengua. Por un lado, la lengua crece como por sí sola: en cierto sentido, no somos nosotros quienes la hacemos crecer, sino ella quien nos hace crecer, y no hablamos tanto nosotros mediante la lengua como ella habla a través de nosotros (por paradójico que pueda sonar). Por otro lado, si la miramos de otra manera, es necesario reconocer que, desde cierto punto de vista, cada uno de nosotros somos creadores y cultivadores de la lengua materna, y no tenemos derecho a desentendernos de esta labor difícil, pero muy noble. Así pues, aunque la lengua crezca como por sí sola, tiene, no obstante, quien la cultive: no una persona aislada, sino el sujeto colectivo que cultiva la lengua de todos los pueblos; y ello no niega la conclusión de que podemos y debemos contribuir todos al cultivo de la lengua materna: al fin y al cabo, todos nosotros, como personas individuales responsables, somos quienes cultivamos nuestra lengua materna.
Somos responsables de palabras cuyas raíces tienen al menos seis o siete mil años; esta es solo una estimación aproximada de su antigüedad, pues la indoeuropeística puede reconstruir un horizonte temporal de aproximadamente esa extensión. Por ejemplo, al mirar el cielo estrellado vemos una luz que abandonó su estrella hace varios miles de años, si la distancia hasta esa estrella es de varios miles de años luz. Nos maravillamos ante los árboles gigantescos que envejecen en tierras antiguas —secuoyas, criptomerias y pinos longevos—, que ya tienen varios miles de años, y no podemos creer que, pese a semejante edad increíble, sigan vivos y creciendo; sin embargo, nos cuesta comprender, o sencillamente no advertimos por nuestra miopía, que las palabras lituanas son igual de antiguas e igual de vivas, y que constituyen el patrimonio espiritual de todos nosotros, que ahora nosotros mismos debemos cultivar para el futuro, para las generaciones venideras. Y son precisamente ellas —las palabras milenarias de la lengua materna— las que nos brindan ese aliento vital de nuestra naturaleza con el que respiraban también nuestros antepasados lejanos.
Las palabras de la lengua materna son indispensables: nos ofrecen el horizonte último del sentido, uno que ya no requiere otro más amplio, y el contexto más amplio para interpretar la realidad, uno que no necesita otro contexto aún más amplio que lo explique. La lengua traza los límites de nuestro ser auténtico y define el contorno de nuestra identidad. Al ser propiedad de toda la comunidad lingüística,
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al mismo tiempo, es también el mayor tesoro personal de cada uno de nosotros. Esta dialéctica entre lo comunitario y lo personal propia de la lengua es asimismo muy importante: pues la lengua no solo expresa pensamientos abstractos que es posible comprender claramente con la razón y transmitir con precisión —comunicar— a los demás miembros de la comunidad lingüística; tampoco se limita a señalar con palabras concretas referentes físicos habituales, perceptibles por los sentidos, sino que expresa también los matices más sutiles de los sentimientos, que ya no somos capaces de transmitirnos unos a otros por ningún otro medio no lingüístico. Sin duda, no somos capaces de sentir directamente los sentimientos de otra persona (o, para decirlo con mayor precisión, aunque no del todo correctamente, de sentir los sentimientos de otra persona sin mediación): solo podemos observar desde fuera cómo siente, mientras que el sentimiento de la otra persona permanece inaccesible a nuestra experiencia directa. Sin embargo, cuando una persona habla mediante la lengua, especialmente la materna, nos comunica esos sentimientos; y no solo nos los comunica, sino que, diríamos, los comparte con nosotros mediante una misteriosa comunión de sentimientos, transmitiéndonos al menos en parte tanto su dolor como su alegría, la carencia de sentido y la plenitud de sentido que experimenta. Así pues, la lengua es un medio no solo de entendimiento (de la comunicación informativa habitual), sino también de empatía, diríamos, de comunidad de sentimientos, comunión de sentimientos.
Esta es una función de la lengua de suma importancia y, en este sentido, la lengua es un fenómeno único en toda la realidad: la paradójica singularidad de la lengua materna se debe a que, siendo comunitaria, propiedad de toda la comunidad lingüística y patrimonio común de esta, es también el tesoro personal más preciado de cada uno de nosotros. Creo que no me equivocaré si digo que la lengua lituana es tanto el mayor patrimonio común de todo el pueblo lituano como el mayor tesoro personal de cada lituano. En el plano espiritual, las posibilidades de la lengua son infinitas. Cada lengua contiene innumerables palabras, y esas palabras tienen multitud de significados y una infinidad de matices aún más sutiles, que a su vez pueden ser percibidos de maneras muy distintas por diferentes personas que hablan la misma lengua materna y, más aún, por miembros de comunidades que hablan otras lenguas y que intentan expresarse en idiomas extranjeros y comprender su propio ser. Las diversas conexiones culturales y asociaciones semánticas constituyen un mundo lingüístico extraordinariamente variado; precisamente por su variedad, este puede transmitir a la perfección el contorno de nuestra alma, expresando nuestra esencia más profunda y nuestra identidad auténtica. A la vez, este mundo lingüístico nos permite comunicar nuestros pensamientos y sentimientos a otras personas, e incluso compartir con ellas el sentido común y la plenitud de una existencia vivida conjuntamente, de un estar juntos con sentido: al hablar mediante la lengua, especialmente la materna, nos convertimos en partícipes de una misteriosa comunidad en el sentido y plenitud de la comunidad: comunión del sentido y comunión de la plenitud.
Al reflexionar sobre la filosofía del lenguaje, no debemos pensar que cuestiones teóricas semejantes solo deberían importar a los filósofos y los lingüistas. No: las reflexiones filosóficas sobre la naturaleza de la lengua materna y su desarrollo futuro deberían ser importantes para toda la comunidad lingüística, para todos los miembros del pueblo y, en especial, para los políticos, ant
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sobre cuyos hombros recae la pesada carga de la responsabilidad por el futuro de la nación, el futuro de la lengua y el futuro de la literatura creada en la lengua materna. Y, finalmente, la carga de la responsabilidad no solo por el bienestar de individuos concretos, sino también por establecer y preservar los referentes del sentido existencial de toda la nación. Al oír constantemente que el lituano es la lengua de los siervos, la lengua de los campesinos, o que carece de términos para expresar conceptos científicos complejos; al vernos obligados una y otra vez a escuchar instrucciones dirigidas a los humanistas para que escriban en lenguas extranjeras ritmus textos científicos —que los creen o, como dicen los funcionarios en su jerga, que los gaminti (como en alguna fábrica de lenguaje científico), produciendo la llamada prestižine moksline produkcija destinada a publicarse en revistas prestižiniuose editadas en el extranjero, nosotros, los humanistas lituanos, no tenemos derecho a callar, porque esta es —reconozcámoslo con valentía— una postura traidora, incluso criminal, de los burócratas de la ciencia hacia la nación; en general, no debería concedérseles el derecho de educar y enseñar a los investigadores.
Al hablar de ello, conviene recordar que la naturaleza y la esencia innata de las humanidades están vinculadas a los prasmėmis —a su nacimiento, comprensión, interpretación y puesta en común. Y esta es la principal línea divisoria entre las humanidades y las ciencias naturales, que, basándose en hechos empíricos, hacen físicamente posible nuestra existencia en la tierra; las humanidades, por su parte, deberían garantizar que nuestra existencia no solo sea físicamente posible, sino también significativa. Así pues, las humanidades hablan de cosas completamente distintas: del descubrimiento y establecimiento del horizonte del sentido del ser, de su preservación y de las condiciones que hacen posible ese descubrimiento y esa preservación.
Humanitarika operuoja prasmėmis, o ne nuogais faktais. Tiesa, ir humanitariniuose moksluose neretai turime reikalą su faktais, bet jie niekada netampa – ar bent jau neturėtų tapti – saviksl<u>i</u>u dalyku, išimdami svarbūs tik tiek, kiek prisideda prie prasmės paieškų. Nuogo empirinio fakto statusas humanitarikoje visiškai kitas nei gamtos moksluose, kuriems rūpi sužinoti tikslias konstantų vertes, konkrečius fizinių, cheminių bei kitokių gaminių būsenų parametrus ir apskritai daugybę įvairiausių empirinių faktų, itin svarbių technologijoms kurti, o technologijos, kaip visi puikiai žinome, teikia apčiuopiamą praktinę naudą. Humanitarikoje faktai tėra antrinės svarbos dalykas – jokios praktinės naudos jie neteikia, jų neįmanoma panaudoti technologijoms kurti, be to, pats savaime, iki bandymų juos interpretuoti, šie faktai nieko nesako apie prasmę, o juk būtent ji ir rūpi – ar privalėtų rūpėti – humanitariniams mokslams.
Pues no es tan importante cuándo nació o murió un escritor, ni cuándo escribió tal o cual obra: lo esencial son los significados que se revelan en la creación del autor, los cuales, en determinados momentos de nuestra vida y por diversas razones personales, pueden revelarse inesperadamente a cualquiera de nosotros como algo de una importancia existencial inmensa y resonar después en el alma, incluso décadas después de haber leído la obra. Y esos significados no pueden producirse de ningún otro modo: solo en la lengua materna. Al escribir
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no solo los propios textos literarios, sino también obras científicas sobre obras literarias creadas en la lengua materna, resulta imposible transmitir adecuadamente en esas otras lenguas —no en la materna— las ideas científicas destinadas a reconstruir el horizonte de sentido de los textos analizados, sin perder matices esenciales de significado y sentido.
Es imposible escribir en una lengua extranjera un texto científico verdaderamente bueno, ya sea sobre literatura creada en la lengua materna o sobre una filosofía auténtica que brota de las propias raíces; y menos aún pensar filosóficamente de manera original.
Volviendo a la reflexión sobre la lengua, es preciso recordar la dialéctica entre naturaleza y cultura, así como la hipótesis de que las capacidades lingüísticas son innatas: según esta hipótesis, todo recién nacido, por así decirlo, «adquiere» espontáneamente la lengua materna de sus padres y la «implanta» en sí mismo. Aquí vemos un vínculo evidente entre naturaleza y cultura: aquello que desde el principio nos fue dado no culturalmente, sino, por así decirlo, biológicamente —otorgado por la propia naturaleza biológica del ser humano—, más tarde, en la fase de la vida consciente, debe completarse mediante esfuerzos culturales activos, mediante el vigoroso cultivo de la cultura. Me refiero a la lengua materna como un don prigimtine que, cuando tarde o temprano nos convertimos en seres humanos conscientes, debe transformarse en una tarea kultūrine. Por eso, una tarea muy importante para todos nosotros, los humanistas —diría que nuestra responsabilidad directa y hasta una cuestión de amor propio—, es explicar a los políticos y a los burócratas de la ciencia que escribir obras científicas de humanidades es algo distinto de escribir textos de ciencias naturales.
En las ciencias naturales, los hechos no solo son mucho más importantes que en las humanidades: ante todo, son impersonales y no indican de ningún modo un lugar concreto donde viva una nación u otra, ni guardan relación con la identidad nacional y los campos de sentido asociados a ella; por eso son kosmopolitiškai universalūs. En cambio, para los significados culturales interpretados por los humanistas —incluso los universales, importantes «cosmopolitamente»—, el vieta donde se establecen reviste siempre importancia; y, precisamente en este sentido, todos los significados son inevitablemente lokalios. Todos los significados culturales, incluso los que más tarde adquieren relevancia universal, nacen y viven inicialmente como significados lokalios, establecidos en un momento determinado por comunidades culturales concretas que viven en lugares geográficos concretos.
Solo la lengua materna es lo bastante sensible a la localidad de los significados establecidos culturalmente y capaz de transmitir lo que llamaríamos una «sabiduría del lugar» particular. Una vez comprendido esto, queda claro que escribir una buena obra de física, química o biología molecular es una tarea completamente distinta —de otra índole, naturaleza y finalidad cultural— de escribir un buen texto científico sobre cualquier objeto de las humanidades. Esta conclusión parece evidente si se tiene en cuenta que algunas de las intuiciones más sutiles del investigador humanista sobre el sentido —en especial las relacionadas con el propio lugar donde este se establece y que transmiten una «sabiduría del lugar»— nunca podrán transmitirse adecuadamente en ninguna lengua extranjera.
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Cuando los burócratas y políticos nacionales de la ciencia comprendan por fin la diferencia esencial entre las humanidades y las ciencias exactas, quizá termine la práctica brutal de expulsar el lituano de casi todas las disciplinas, que empuja a los humanistas de Lituania hacia los márgenes de un exilio espiritual o virtual, creado artificialmente. La persecución ciega de la internacionalización, impuesta brutalmente sin una previsión estratégica más orgánica sobre cómo debería llevarse a cabo un programa científico u otro, corre el riesgo de desembocar en resultados trágicos para la cultura nacional. Se pierden significados, y los científicos, al escribir textos en otras lenguas, no los ofrecen a los suyos. Y ¿cómo valorarán, por ejemplo, dentro de cien o doscientos años, nuestros descendientes nuestra contribución a la cultura lituana? Por ejemplo, ahora podemos contemplar con orgullo la literatura lituana del siglo XVI, que resulta muy impresionante en comparación con los escritos producidos en los siglos XVI o XVII. Podemos admirar a los autores que crearon esa literatura y tomarlos como modelo. ¿Y qué nos dirán nuestros descendientes cuando vean la multitud de textos de humanidades científicas escritos en lenguas extranjeras, según la moda de la época, pero formulados en un lenguaje más bien primitivo, como si carecieran de inspiración y con desgarros o incluso grietas claramente perceptibles en el tejido del sentido? Pensando en nosotros, sin duda preguntarán: ¿y dónde están sus (o, dicho de otro modo, nuestros) textos en lituano? ¿Dónde está su contribución a la cultura mundial?
Las cosas distan mucho de ser como me decían antaño mis suegros: que la lengua nacional solo abre ciertas cuestiones formales, irrelevantes en cuanto al contenido. En aquellos tiempos se repetía insistentemente: la cultura internacional es internacional por su contenido y nacional por su forma. Pero no es así en absoluto: cada lengua abre horizontes de sentido que ninguna otra lengua es capaz de abrir. Cada lengua es como un sendero que permite ascender a la montaña del sentido. Esta montaña tiene muchas cumbres, y a cada una de ellas solo se puede llegar subiendo por el sendero único de alguna lengua. Uno de esos senderos, que conduce a una cumbre de la montaña del sentido que parece estar destinada solo a esa lengua, es precisamente el sendero del lituano: a la cumbre mencionada solo se puede ascender por el camino de esta única lengua. También se puede decir de otro modo: hay ciertos contenidos científicos, filosóficos e incluso de la vida cotidiana más sencilla que no pueden pensarse ni expresarse sino en lituano. Y, en efecto, al subir por el único sendero del lituano es posible descubrir y revelar a otros intuiciones filosóficas singulares que de verdad no se pueden encontrar al avanzar hacia la montaña del sentido mencionada por los senderos de otras lenguas. La lengua materna lituana nos permite ver horizontes de sentido que no podríamos contemplar mirando con los ojos de otras lenguas.
Por eso todos tenemos una enorme responsabilidad con nuestra lengua materna. No solo los docentes, que siempre han destacado como ejemplos de conciencia para los demás humanistas, sino también toda la comunidad académica. Y, por supuesto, quienes se ocupan de la política lingüística: pues no hablamos simplemente de los éxitos o
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fracasos de nuestro Estado: hablamos de la supervivencia de nuestra nación, de la continuidad de su vida.
Hablar en lituano, nuestra lengua materna, hacerla crecer y cultivarla por todos los medios, es un gran honor y, a la vez, una obligación muy grande. Y al hacer crecer, cultivar y proteger la lengua materna, recordemos siempre que no lo hacemos en vano: pues la misión ontológica del lituano es ser una fuente profunda de ser y de vida en el ser para el alma de cada uno de nosotros. Si preservamos el lituano, también sobrevivirá el propio pueblo lituano.
Las alas de la lengua materna, que crecen de nuestros hombros conforme a las leyes del nacimiento y de la naturaleza, son ligeras, y elevan nuestro espíritu hasta las alturas espirituales. Así pues, cada vez que parezca que la responsabilidad de preservar la lengua materna nos oprime los hombros como una carga insoportablemente pesada, recordemos la ligereza de las alas del lituano, que nos elevan a las alturas.
Entregado el 12 de junio de 2017.
N A G L I S K A R D E L I S
Departamento de Historia de la Filosofía y Lógica
Universidad de Vilna
Universiteto g. 9/1, LT-01513 Vilnius, Lietuva
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