ALONSO BAÑO, Antonio, La Segunda República y el Ejército (Edición a cargo de Sergio Riesco Roche y Lola Alonso Ordóñez), Comares, Granada, 2025, 315 pp
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https://doi.org/10.1387/hc.28019 369 HC ISSN 1130-2402 – eISSN 2340-0277 Historia Contemporánea, 2026, 80, 369-371 https://doi.org/10.1387/hc.28019 ALONSO BAÑO, Antonio, La Segunda República y el Ejército (Edición a cargo de Sergio Riesco Roche y Lola Alonso Ordóñez), Comares, Granada, 2025, 315 pp. El inicio de la Guerra Civil española (1936-1939) no puede entenderse sin el golpe de Estado organizado por una parte de la clase política, financiera, eclesiástica y militar española contra el gobierno de la Segunda República. Como ya se ha tratado ampliamente desde la historiografía, fue precisamente el fracaso inicial de esa conjura lo que aceleró la respuesta entre distintos sectores de la sociedad hasta el punto de estallar en los días siguientes un conflicto civil en prácticamente toda la geografía española, con la inherente represión violenta en ambas zonas (la que quedó bajo control republicano y la que, con el paso de las primeras semanas, pasó a formar parte de la zona sublevada). De un modo u otro, el papel que jugó el Ejército fue decisivo. Este proceso traumático generó un espacio no menor para los relatos de experiencias personales desde el propio ejército republicano que, actualmente, pueden ser consideradas fuentes primarias para el historiador, con la cautela inevitablemente necesaria al encontrarse con un testimonio personal y, por consiguiente, caracterizado por la ductilidad de la constante destructora-constructora entre memoria y olvido, en palabras de Paul Ricoeur. Buena muestra de estos relatos son, por ejemplo, los escritos del general Vicente Rojo Lluch, las memorias del coronel Manuel Tagüeña o, desde la política, el testimonio del propio Manuel Azaña en su conocida Velada de Benicarló y sus posteriores Causas de la Guerra de España. Unos y otros comparten la contemporaneidad de la experiencia sobre el mismo proceso histórico. Hay, no obstante, testimonios posteriores que, dependiendo del contexto en que el autor o autores se dispusieron a mecanografiar, alcanzan el grado de nuevas fuentes disponibles para los historiadores que nos aproximamos al siglo xx español no sólo en lo referente a la Guerra del trienio 36-39, sino a otros procesos tan complejos como el exilio republicano español a partir de 1939. Con respecto a este segundo grupo de testimonios, nos centraremos en la obra que escribió Antonio Alonso Baño (1928-1987): La Segunda República y el Ejército: planteamiento militar inicial, cuya edición, recién publicada en Comares, ha corrido a cargo del profesor Sergio Riesco Roche, de la Universidad Complutense de Madrid, y de Lola Alonso Ordóñez, joven familiar del propio Antonio Alonso Baño. La de Alonso Baño es la historia de un desterrado que hasta 1960 no se exilió en París, tras haber formado parte de la generación universitaria que, desde mediados de los años cincuenta, funcionó como uno de los principales núcleos de oposición a la dictadura. Alonso Baño fue ministro, ya en el exilio, en los gobiernos del general Emilio Herrera (1960-1962) y de Fernando Valera (1971-1977). Asimismo, a Antonio Alonso Baño se le vincula directamente con
Reseñas de libros 370 Historia Contemporánea, 2026, 80, 369-371 el «Contubernio» de Múnich de 1962 (en su obra de referencia sobre la República Española en el Exilio, Josep Sánchez-Cervelló no dudó —quizá con excesivo entusiasmo— en señalarlo como el principal «cerebro» del encuentro) y, por sus contactos tanto en el exterior como en el interior de España, fue un nexo de unión relevante entre el GRE y, sobre todo, los núcleos en el interior de Acción Republicana Democrática Española (ARDE). Precisamente, durante la década de los años sesenta dio forma a su obra sobre la Segunda República y el Ejército. En la edición actual, y tras una magnífica semblanza biográfica del autor que hace Sergio Riesco, la obra de Antonio Alonso Baño (inédita hasta ahora) se divide en siete capítulos de extensión desigual. Hay dos clases de contenido claramente diferenciadas: los capítulos dedicados a la sublevación militar (capacidad de actuación del Ejército en cada Región Militar, de su oficialidad y de los generales que apoyaron, o no, el golpe de Estado del 18 de julio de 1936) (capítulos 3, 4 y 6) y, por otro lado, las relaciones entre el gobierno republicano con las Fuerzas Armadas, los sindicatos obreros y la propia realidad política surgida de la formación del gobierno del Frente Popular a partir de febrero del 36 (capítulos 1, 2, 5 y 7). La primera parte se centra en que la mayor parte de los generales de Brigada no se sublevó en julio de 1936. Según Alonso Baño (y ésta es una tesis que mantiene a lo largo de todo su trabajo), la «gran traición» militar vino de la mano de los Jefes de Estado Mayor de las Regiones Militares en las que encontraron la complicidad de sus superiores, los generales de Brigada al mando. En estos casos, la sublevación prosperó (caso, por ejemplo, de la Quinta Región Militar, en cuya capital —Zaragoza— el general Cabanellas se unió a la rebelión). En las Regiones en que el general que tenía mando en plaza se mantuvo leal a la República, sus subordinados (quienes se adhirieron al golpe) detuvieron e incluso propiciaron el posterior fusilamiento de sus superiores (caso del general Batet, con mando en Burgos, capital de la Sexta Región Militar). Alonso Baño presenta, en realidad, un Ejército mayoritariamente leal y condicionado, realmente, por los movimientos que hicieron oficiales (no necesariamente «los jefes» de cada plaza) al seguir la conspiración liderada, sobre todo, por los generales Mola, Sanjurjo y Franco. Los movimientos en la alta jerarquía militar, a partir de finales julio de 1936, buscaron la consolidación de una conjura que, a pesar de todo, fracasó en un primer momento. A partir de ahí, Antonio Alonso Baño analiza en los capítulos dedicados a la propia República las que para él y para Diego Martínez Barrio (hacia quien profesaba una profunda admiración política) fueron las verdaderas causas de la Guerra Civil: el retraimiento institucional de los sindicatos obreros y, más concretamente, la actitud de Francisco Largo Caballero. Más allá, incluso el autor se atrevía a afirmar categóricamente que la conflagración se podría haber evitado de haber salido adelante las propuestas conciliadoras de Martínez Barrio para formar gobierno, elevando al político sevillano a la categoría de «republicano de orden»
Reseñas de libros https://doi.org/10.1387/hc.28019 371 y miembro del mito tan manido de la «Tercera España» aprisionada entre las otras dos que, lanzadas al cainismo fratricida, se asomaron al abismo bélico. Una lectura sobre la Guerra como «locura colectiva» que coincidía con la interpretación mayoritaria en la España de los años sesenta y que, aun procurando desarrollar un trabajo de corte historiográfico (Alonso Baños recurría a las entonces pioneras aportaciones de Gerald Brenan o Hugh Thomas, así como a los escritos que habían dejado Indalecio Prieto, Azaña, Miguel Maura y Largo Caballero; o desde el franquismo, José María Pemán, Ricardo de La Cierva o Jorge Vigón, por ejemplo), no lograba huir de los lugares comunes sobre el origen del conflicto, sobre todo al cargar tintas contra la revolución social como enemiga irreconciliable de una república reformadora y moderada. Por todo lo anterior, en La Segunda República y el Ejército se observa una interpretación condicionada por la mirada que, partiendo del fracaso del gobierno de Martínez Barrio, mantenía uno de sus admiradores a mediados de la década de los sesenta. A pesar de todo, esta obra no deja de ser un documento de incuestionable valor para los historiadores, por cuanto es el testimonio de un miembro del GRE relativamente joven, con una memoria sobre la Segunda República similar a la de otros correligionarios de exiliados de mayor edad. Todos ellos compartían la experiencia exílica y mantenían vivo el legado institucional de la democracia republicana. En mitad de ese contexto, sorprende que la distancia incluso generacional entre aquellos representantes de GRE mantuviera intactos algunos lugares de memoria comunes como los unidos a las causas de la Guerra Civil y a la idealización de la República en tiempos de paz. Aquellos «hombres de orden» buscaban, a las alturas de los años sesenta, una explicación que diera sentido a la sinrazón y a todo el sufrimiento que habían padecido más allá de 1939. Con La Segunda República y el Ejército, Antonio Alonso Baño reflexionaba sobre cómo fue posible una rebelión militar tan aparentemente minoritaria. La respuesta a sus preguntas estaba condicionada por su propia admiración a Diego Martínez Barrio, pero ello no es óbice para que la edición a cargo de Sergio Riesco y Lola Alonso sea una aportación de gran valor historiográfico para quienes nos dedicamos al estudio del republicanismo español durante la larga noche del exilio. Jesús Movellán Haro