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Tras la diferencia entre argumentación y explicación

Gascón, José Angel

Abstract

Arguments and explanations are two kinds of speech that have not always been properly distinguished. Currently, emphasis has been placed, both in the pedagogy of science and in argumentation studies, on the necessity of differentiating them in order to properly grasp the nature of explanations and arguments. Demarcation criteria between both of them have been most explicitly proposed in argumentation theory. However, here I will argue that the criteria that are typically used in argumentation theory to distinguish between an argument and an explanation (which I call the “standard distinction”) suffer from several problems. On the one hand, in certain relevant cases the criteria provide no guidance or yield questionable results. On the other hand, the criteria of distinction have been limited to the domain of theoretical argumentation, ignoring the peculiarities of the practical domain.; Los argumentos y las explicaciones son dos tipos de discurso que no siempre han sido distinguidos cabalmente. En la actualidad, tanto en la pedagogía de la ciencia como en los estudios de la argumentación, se ha insistido en la necesidad de diferenciarlos para captar adecuadamente la naturaleza de las explicaciones y los argumentos. Es en la teoría de la argumentación donde más explícitamente se han propuesto criterios de demarcación entre ambos. Sin embargo, aquí argumentaré que los criterios que habitualmente se usan en la teoría de la argumentación para distinguir entre un argumento y una explicación (lo que llamo la “distinción estándar”) adolecen de varios problemas. Por un lado, en varios casos relevantes los criterios no proporcionan ninguna orientación o arrojan resultados cuestionables. Por otro lado, los criterios de distinción se han limitado al ámbito de la argumentación teórica y han ignorado las particularidades del ámbito práctico.

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87 T H E O R I A eISSN 0495-4548 – eISSN 2171-679X Theoria, 2023, 38(1), 87-105 https://doi.org/10.1387/theoria.23752 Tras la diferencia entre argumentación y explicación (After the difference between argument and explanation) José Ángel Gascón* Universidad de Murcia RESUMEN: Los argumentos y las explicaciones son dos tipos de discurso que no siempre han sido distinguidos cabalmente. En la actualidad, tanto en la pedagogía de la ciencia como en los estudios de la argumentación, se ha insistido en la necesidad de diferenciarlos para captar adecuadamente la naturaleza de las explicaciones y los argumentos. Es en la teoría de la argumentación donde más explícitamente se han propuesto criterios de demarcación entre ambos. Sin embargo, aquí argumentaré que los criterios que habitualmente se usan en la teoría de la argumentación para distinguir entre un argumento y una explicación (lo que llamo la «distinción estándar») adolecen de varios problemas. Por un lado, en varios casos relevantes los criterios no proporcionan ninguna orientación o arrojan resultados cuestionables. Por otro lado, los criterios de distinción se han limitado al ámbito de la argumentación teórica y han ignorado las particularidades del ámbito práctico. PALABRAS CLAVE: argumento, explicación, lógica informal, razones epistémicas, razones para la acción, teoría de la argumentación. ABSTRACT: Arguments and explanations are two kinds of speech that have not always been properly distinguished. Currently, emphasis has been placed, both in the pedagogy of science and in argumentation studies, on the necessity of differentiating them in order to properly grasp the nature of explanations and arguments. Demarcation criteria between both of them have been most explicitly proposed in argumentation theory. However, here I will argue that the criteria that are typically used in argumentation theory to distinguish between an argument and an explanation (which I call the “standard distinction”) suffer from several problems. On the one hand, in certain relevant cases the criteria provide no guidance or yield questionable results. On the other hand, the criteria of distinction have been limited to the domain of theoretical argumentation, ignoring the peculiarities of the practical domain. KEYWORDS: argument, argumentation theory, epistemic reasons, explanation, informal logic, reasons for action. * Correspondencia a/Correspondence to: José Ángel Gascón. Departamento de Filosofía, Universidad de Murcia, Campus de Espinardo, 30100, Murcia (Spain)– [email protected] – https://orcid.org/0000-0001-5571-660 Cómo citar/How to cite: Gascón, José Ángel. (2023). «Tras la diferencia entre argumentación y explicación»; Theoria. An International Journal for Theory, History and Foundations of Science,38(1), 87-105. (https://doi.org/10.1387/theoria.23752). Recibido/Received: 23-06-2022; Versión final/Final version: 21-04-2023. ISSN0495-4548 - eISSN2171-679X / © 2023 UPV/EHU Esta obra está bajo una licencia Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License José Ángel Gascón 88 Theoria, 2023, 38/1, 87-105 1. Introducción El estudio de la relación entre argumentar y explicar ha dado lugar a una gran variedad de propuestas. En la filosofía de la ciencia, cuando comenzó a estudiarse de manera detallada la naturaleza de la explicación científica, el influyente modelo de cobertura legal elaborado por Hempel (Hempel y Oppenheim, 1948) postulaba que una explicación no era otra cosa que un argumento deductivo o probabilístico que cumplía ciertos requisitos. Según ese modelo, por tanto, las explicaciones no eran algo diferente de los argumentos, sino un subconjunto de los mismos. Sin embargo, algunas críticas posteriores, especialmente la de Salmon (Salmon etal., 1971), sostuvieron que esta identificación de las explicaciones con tipos de argumentos era errónea, principalmente porque hacía que los sucesos improbables fueran inexplicables. Frente a esa visión de las explicaciones científicas como tipos de argumentos, más recientemente algunos autores en el ámbito de la pedagogía de la ciencia han sostenido que es fundamental distinguir entre argumentos y explicaciones. Osborne y Patterson (2011) insisten en la importancia de distinguirlos porque son, según argumentan, conceptos fundamentales del ámbito de la ciencia, y por eso la confusión entre ellos es problemática. Del mismo modo, según Brigandt (2016), se comete un error cuando se identifican la argumentación y la explicación porque ambas tienen propósitos diferentes y deben evaluarse según criterios diferentes. En una argumentación científica deben presentarse pruebas de que una hipótesis es verdadera, mientras que en una explicación científica debe mostrarse que una hipótesis es explicativa. A Brigandt le preocupa que, si ambas se confunden en una sola, se pierdan de vista los criterios que debe cumplir una buena explicación. Así pues, en la pedagogía de la ciencia, la insistencia en que debe distinguirse entre argumentos y explicaciones surge de la preocupación de que se pierda de vista la esencia de las explicaciones, que se consideran como uno de los principales propósitos de la empresa científica. En cambio, en los estudios de la argumentación —disciplina en la que se ubica el presente trabajo—, los esfuerzos por diferenciar claramente entre ambos tipos de discurso se deben a un interés por tener claridad sobre la naturaleza de los argumentos. Ese es, de hecho, el interés que motiva este artículo, de modo que aquí me centraré más en la manera de distinguir los argumentos. En este sentido, la teórica de la argumentación Trudy Govier afirma (2018, p.256): Ninguna teoría del razonamiento y del discurso que prescinda de la distinción entre argumentos y explicaciones será plausible, porque hay muchos argumentos que no son explicaciones y hay muchas explicaciones que no son argumentos. Además, un examen de los casos indica que debe haber diferentes criterios de evaluación en funcionamiento. Hay buenos argumentos que no servirían como explicaciones y buenas explicaciones que no servirían como argumentos.1 Al igual que ocurría en la pedagogía de la ciencia, en la teoría de la argumentación el propósito de buscar claridad sobre esta distinción es principalmente pedagógico. Por ello, la distinción entre argumentos y explicaciones suele aparecer en las primeras páginas de muchos 1 Aquí y en adelante, las traducciones al español de obras originales en inglés son mías. https://doi.org/10.1387/theoria.23752 89 Tras la diferencia entre argumentación y explicación de los manuales de lógica y argumentación (véanse por ejemplo Copi y Cohen, 2007, p.50; Govier, 2010, p.13; Johnson y Blair, 1994, p.18; Marraud, 2020, p.19). Un gran número de resultados experimentales muestran que tenemos dificultades para distinguir entre explicaciones y argumentos, y que somos propensos a dejarnos convencer2 por explicaciones (Brem y Rips, 2000). Por ejemplo, en un famoso estudio, Deanna Kuhn (1991) realizó entrevistas individuales con un grupo de 160 personas de diferentes edades y niveles educativos para comprobar cómo argumentaban —aunque a los participantes se les dijo que el propósito del estudio era comprender las opiniones de la gente sobre algunos problemas sociales—. Las entrevistas comenzaban con una pregunta inicial de entre las siguientes (p. 16): ¿Cuál es la causa de que los presos vuelvan a cometer crímenes después de salir de la cárcel? ¿Cuál es la causa de que los niños fracasen en la escuela? ¿Cuál es la causa del desempleo? Después de que los participantes ofrecieran su hipótesis sobre la causa de estos fenómenos llegaba la parte más importante de la entrevista, en la que se pretendía que los participantes justificaran su opinión. Para ello, se les preguntaba (p. 17): «¿Cómo sabe que esa es la causa?» Las respuestas a esta pregunta son las que nos interesan aquí. En el caso de que los participantes no ofrecieran una auténtica justificación de su opinión, los entrevistadores insistían con preguntas de orientación, tales como: «Si estuviera intentando convencer a alguien de que su opinión es correcta, ¿qué pruebas ofrecería para intentar mostrarlo?» Después, el estudio continuaba con otra pregunta diseñada para que los participantes considerasen otras hipótesis o contraargumentos: «Suponga que alguien estuviera en desacuerdo con su opinión de que esa es la causa. ¿Qué podría él decir para mostrarle que usted está equivocado?» Y, finalmente, se buscaba una refutación del contraargumento por medio de la pregunta: «¿Qué podría decir usted para mostrar que esa otra persona está equivocada?» En total, menos de la mitad de los participantes justificaron su opinión con lo que Kuhn llamó «pruebas genuinas»,3 entendidas como respuestas que (a) pueden distinguirse de una simple descripción de la secuencia causal, y (b) tienen relación con la corrección de la hipótesis (p. 45). Unos pocos de los que no presentaron pruebas genuinas no presentaron ninguna prueba,4 mientras que la gran mayoría presentaron lo que Kuhn llamó «pseudopruebas», que equivalen a explicaciones plausibles de la relación causal que habían afirmado (p. 65): «Caracterizadas de la manera más simple, las pseudopruebas adoptan la forma de un escenario o un guion [script] que describe cómo podría ocurrir el fenómeno». Por ejemplo, uno de los participantes afirmó que la reincidencia de los delincuentes se debía a una falta de apoyo para que pudieran reinsertarse en la sociedad después de salir de la cárcel, y trató de argumentar su opinión de la siguiente forma (pp.66-67): «Bueno, porque, 2 En el presente artículo, usaré «persuadir» y «convencer» indistintamente, para adaptarme a los autores que comentaré y que usan ambos términos con el mismo sentido. 3 39% para la pregunta sobre el crimen, 40% para la pregunta sobre el desempleo y 48% para la pregunta sobre la escuela (Kuhn, 1991, p.89). 4 5 participantes (de 160) para la pregunta sobre el crimen, 2 para la pregunta sobre el desempleo y 3 para la pregunta sobre la escuela (Kuhn, 1991, p.88). José Ángel Gascón 90 Theoria, 2023, 38/1, 87-105 sin ayuda, sin que haya nadie ahí para orientarlos por el buen camino, eso puede llevar a cosas malas y supongo que eso es lo que causa que vuelvan a prisión». Esto, sin embargo, podría ser una explicación de cómo la falta de apoyo causa la reincidencia, pero no es un argumento que muestre que existe tal relación causal. Posteriormente, Brem y Rips (2000) realizaron otros estudios cuyos resultados parecen permitirnos ser un poco más optimistas. Al parecer, hay indicios de que nuestra forma de presentar y evaluar argumentos depende de la cantidad de pruebas que tengamos disponibles. Cuando disponemos de pruebas genuinas para justificar una opinión, tendemos a valorar más esas pruebas que una mera explicación plausible. Eso parece implicar que somos capaces de distinguir entre pruebas y explicaciones, y que reconocemos que las primeras son más fuertes. Sin embargo, incluso cuando los participantes en los experimentos de Brem y Rips sabían que disponían de pruebas, aun así el 42% trató de argumentar con explicaciones —un porcentaje bastante menor que cuando los participantes no disponían de pruebas, pero que no deja de ser destacable—. En una primera aproximación, la diferencia entre un argumento y una explicación parece clara. Un argumento puede entenderse como un conjunto de premisas y una conclusión, tales que las premisas justifican u ofrecen una razón para aceptar la conclusión. Por lo general, un argumento se presenta para convencer al interlocutor de la conclusión.5 Las premisas pueden contener pruebas empíricas (evidence), demostraciones formales (proofs), correlaciones, afirmaciones de expertos, u otros tipos de razones argumentativas. En cuanto a las explicaciones, el uso cotidiano del término «explicación» puede referirse a una gran diversidad de cosas que conviene excluir en este trabajo. Alguien puede decir, por ejemplo, que explica cómo se prepara la tarta de manzana, quién era el asesino en El sabueso de los Baskerville, qué significa la palabra inglesa «supercilious», cuántas palabras puede tener como máximo un artículo de revista o cuándo se creó la escritura. Sin embargo, la explicación, tal como se está entendiendo aquí, no se refiere a ninguno de esos casos porque no contienen razones sino otro tipo de cosas: una receta, el nombre del asesino, una definición, un número o una fecha. Las explicaciones que contienen razones explicativas y nos interesan aquí son las explicaciones de por qué algo ocurre o ha ocurrido. Una explicación en este sentido es un conjunto de proposiciones que da sentido a la ocurrencia de un hecho o fenómeno. Tales explicaciones se ofrecen para ayudar a alguien a entender por qué algo ocurre o ha ocurrido. Con frecuencia muestran la causa de lo ocurrido, aunque no todas las explicaciones son causales.6 Ahora bien, más allá de esas caracterizaciones generales, ¿qué criterios concretos pueden ayudarnos a diferenciar claramente entre los argumentos y las explicaciones? Esa es la 5 Aunque, como me indicó correctamente un revisor anónimo, no siempre. Véase al respecto Goodwin (2007). No obstante, como veremos en la próxima sección, algunos autores incluyen la función de convencer como característica definitoria de los argumentos. 6 En filosofía de la ciencia, además de la distinción entre explicaciones causales y no causales, también se distingue entre explicaciones de sucesos particulares, de fenómenos generales y de leyes. Creo que la distinción entre argumentos y explicaciones es relevante para todos estos tipos de explicaciones. Por ejemplo, no es lo mismo demostrar que las leyes de Kepler se cumplen que explicar por qué se cumplen. En este artículo, no obstante, me centraré en explicaciones causales de sucesos particulares para no complicar demasiado la discusión. https://doi.org/10.1387/theoria.23752 91 Tras la diferencia entre argumentación y explicación cuestión en la que me centraré aquí. En la siguiente sección explicaré y comentaré los criterios que habitualmente se presentan en la teoría de la argumentación para distinguir entre argumentos y explicaciones, a los que me referiré como la «distinción estándar». Trataré de mostrar que cada uno de esos criterios resulta inadecuado en algún respecto. Aunque puedan cumplirse en ejemplos paradigmáticos de argumentos o de explicaciones, no abarcan todos los casos y resultan problemáticos ante casos difíciles. A continuación, en la sección 3, me centraré en el ámbito de los argumentos y las explicaciones prácticos para mostrar que la distinción estándar no lo ha tenido suficientemente en cuenta. El propósito de estas críticas no será negar que exista una distinción entre argumentos y explicaciones, sino motivar un mayor estudio de las diferencias entre estos dos tipos de discurso. Concluiré con algunas sugerencias que pueden orientar ese estudio. Antes de comenzar, debo hacer una pequeña aclaración terminológica. Tanto los argumentos como las explicaciones incluyen al menos dos proposiciones: la que se quiere explicar o argumentar y la que contiene (o las que contienen) una razón explicativa o argumentativa. En el caso de las explicaciones, desde Hempel es habitual referirse a estas proposiciones como el «explanandum» y el «explanans». En el caso de los argumentos no hay una única pareja aceptada de términos, pero una posibilidad poco controvertida es la de «razones» o «premisas»,7 por un lado, y «conclusión» por el otro. Tanto en las explicaciones como en las argumentaciones se puede hablar de «razones», pero si usamos los términos «explanandum» o «conclusión» estamos asumiendo que nos encontramos ante una explicación o un argumento respectivamente. Por eso, cuando quiera comentar un discurso sin presuponer que se trata de una explicación o de un argumento, hablaré de «razones» y de «afirmación» —aunque, en el caso de las explicaciones, eso implique violentar en cierta medida el lenguaje, pues lo que se explica suelen ser hechos, fenómenos o acciones, no afirmaciones—. 2. La distinción estándar Lo que aquí llamaré «distinción estándar» no es un único criterio o conjunto de criterios, ya que no todos los autores que la adoptan la explican de la misma manera. Sin embargo, puede encontrarse una idea común en ellos, en la que se apoyan para establecer la diferencia entre argumentos y explicaciones. A grandes rasgos, la idea fundamental es que las explicaciones sirven para entender o dar sentido a un suceso que se da por sentado que ha ocurrido, mientras que los argumentos sirven para convencer a alguien de la verdad de una afirmación que está en duda. Esta caracterización tiene principalmente dos implicaciones, que podemos formular de manera que establecen dos maneras de distinguir entre argumentos y explicaciones: 7 Aunque yo evitaré el término «premisas», muchos de los autores que citaré lo usan. Siendo estrictos, una razón no es lo mismo que una premisa, ya que una premisa es un enunciado que puede que no constituya por sí mismo una razón para una conclusión, sino únicamente en combinación con otros. Sin embargo, para los propósitos de este artículo, creo que no es demasiado problemático tratar ambos términos como equivalentes. José Ángel Gascón 92 Theoria, 2023, 38/1, 87-105 1. Distinción epistémica8: se basa en la certeza relativa de las razones y de la afirmación. En una explicación no hay dudas sobre la verdad del explanandum —solo tiene sentido explicar cosas que sabemos que han ocurrido—. En cambio, en un argumento, la conclusión está en duda y las razones son más creíbles que la conclusión. 2. Distinción funcional: se centra en la cuestión de para qué sirve argumentar o explicar, es decir, cuál es su función. La función de los argumentos es convencer de la verdad de su conclusión; en consecuencia, las razones argumentativas son aquellas que proporcionan motivos racionales para aceptar la conclusión. La función de las explicaciones, en cambio, es hacer que un suceso sea comprensible o tenga sentido, de modo que las razones explicativas mostrarán por qué ese suceso ocurre o ha ocurrido. Por supuesto, muchos teóricos de la argumentación se apoyan en ambas distinciones, ya que no son excluyentes y, de hecho, están relacionadas. Sin embargo, dado que mi propósito aquí es mostrar que ninguna de las dos opciones nos ofrece un criterio de distinción suficientemente fiable, será conveniente comentarlas por separado. Veamos detalladamente cada una de ellas. 2.1. La distinción epistémica El primer criterio de distinción, que he llamado «epistémico», ha sido más firmemente defendido por Govier (2018). Ella denomina «asimetría pragmática» al fundamento de este criterio, que explica del siguiente modo (p. 248): En cuanto a los argumentos y las explicaciones, la idea central es el contraste en la dirección pragmática. En una explicación, el enunciado explicado es tan conocido como los enunciados que explican, quizá más conocido. En un argumento, las premisas que se citan como justificación son típicamente más conocidas que la conclusión. Así que las creencias pertinentes de quienes argumentan y explican y de sus respectivos auditorios difieren significativamente. En un argumento, por tanto, el argumentador ofrece unas razones que considera más ciertas que la conclusión y las usa para razonar desde ellas hasta la conclusión. En palabras de Govier (Ibid.): «en un argumento, la certeza pasa de las premisas a la conclusión». Así que la conclusión de un argumento normalmente está en duda o es incierta, al menos en relación con las razones. Por el contrario, en una explicación no hay dudas sobre la verdad del explanandum. Quien ofrece una explicación de algún hecho o fenómeno presupone que tal hecho o fenómeno es real o que ha tenido lugar. Las razones explicativas que constituyen la explicación pueden ser tan ciertas como aquello que explican, aunque con frecuencia lo son menos. 8 Varios autores, como Govier y Marraud, llaman «pragmático» a este criterio. Joaquín Galindo (comunicación personal) me ha sugerido que sería más apropiado llamarlo «dialéctico». Veo problemas tanto en sus sugerencias como en mi propuesta, y confieso que no sé cuál de los tres términos es el más adecuado. Mi decisión final de usar el calificativo «epistémico» se basa en que muchos autores hablan de conocimiento o certeza de las razones y la afirmación, y en que así se diferencia más claramente de la distinción funcional. https://doi.org/10.1387/theoria.23752 93 Tras la diferencia entre argumentación y explicación A primera vista, la asimetría pragmática como criterio de demarcación parece funcionar bien. Si me encuentro con un amigo al que no veo desde hace un año y se sorprende al ver cuánto he subido de peso, puede que yo le diga: «He engordado bastante porque me he mudado a una ciudad en la que se come muy bien». Parece claro que lo que estoy presentando es una explicación. El explanandum, el hecho de que he engordado, es evidentemente cierto para ambos —mi amigo lo ha comprobado con sus propios ojos y yo lo he admitido—. El explanans, el hecho de que me he mudado a una ciudad en la que se come muy bien, probablemente sea información nueva para mi amigo, aunque no es imprescindible que lo sea para poder caracterizar lo que he dicho como una explicación. En cambio, si estuviera hablando con mi amigo por teléfono y, al decirle que he engordado, él no me creyera, entonces la afirmación estaría en duda. En tal caso, lo más apropiado sería un argumento como: «He engordado bastante porque ya no me cabe ninguno de mis pantalones». Ahora bien, en cuanto uno indaga más en detalle en este criterio, las cosas dejan de estar tan claras. Como acertadamente ha planteado Dufour (2017): ¿quién determina el grado de certeza o aceptabilidad de una afirmación? Una posible respuesta es que la certeza pertinente es la del auditorio (los oyentes) en el contexto en el que se está argumentando. En el ejemplo anterior, cuando mi amigo observa mi aumento de peso, tiene total certeza de la verdad de mi afirmación «he engordado bastante». En cambio, cuando estoy hablando con él por teléfono, le cuesta creer que la afirmación sea verdadera, y por eso mi respuesta es un argumento. En este caso, por tanto, el grado de certeza del auditorio —es decir, de mi amigo— sobre la afirmación determina si estamos ante una explicación o un argumento. Como indica Dufour (p. 28), el criterio aquí parece ser el siguiente: si el hablante y su auditorio están de acuerdo, es una explicación; si están en desacuerdo (incluyendo dudas por parte del auditorio), entonces es un argumento. Sin embargo, en otros casos este criterio provoca algunos problemas. Pensemos en el siguiente fragmento extraído de una revista cinematográfica:9 Todo el mundo disfruta de una película de mafiosos. Tal vez porque ese modo de vida que nunca pudimos tener es el que vemos reflejado en la pantalla. Un mundo de corrupción y decadencia, sí, pero también de dinero, de poder, de mover los hilos. De no dejar que nos pisen. Cuando he discutido este ejemplo con mis estudiantes, las opiniones siempre han sido divergentes. Para muchos de ellos, esto es un argumento porque la afirmación «todo el mundo disfruta de una película de mafiosos» es controvertida, y de hecho ellos mismos no estaban de acuerdo con ella. Para otros —entre quienes me incluyo— esto es una explicación a pesar de que la afirmación sea controvertida, porque no nos da ninguna buena razón para aceptar la afirmación pero sí podría servir como una explicación relativamente aceptable. La cuestión aquí es que el criterio de si la afirmación es aceptable o no para el auditorio implica un grado excesivo de relativismo sobre la distinción entre explicación y argumentación. Quienes estén de acuerdo con la afirmación, verán las razones como explicativas; quienes estén en desacuerdo, considerarán que las razones son argumentativas. Esto puede ser 9 Kiko Vega, «Las 31 mejores películas de gángsters y mafiosos de la historia», Espinof, 1 de agosto de 2019. https://www.espinof.com/listas/mejores-peliculas-gangsters-mafiosos-historia José Ángel Gascón 94 Theoria, 2023, 38/1, 87-105 especialmente problemático en los discursos escritos, que están dirigidos a lectores de todo tipo con las creencias más diversas. Por otro lado, el criterio de la certeza o aceptabilidad puede referirse al hablante mismo.10 La clave, en este caso, estaría en si el hablante expresa algún grado de incertidumbre sobre su afirmación y presenta sus razones como más ciertas (argumento) o si manifiesta certeza sobre su afirmación y presenta sus razones como algo igual de cierto o menos (explicación). Esto nos permitiría identificar claramente el ejemplo de la revista cinematográfica como una explicación. El primer enunciado, la afirmación del escritor, aparece expresado sin matices: «Todo el mundo disfruta de una película de mafiosos». Lo que viene a continuación son las razones (introducidas con el conector «porque») y el hecho de que incluyan el calificador «tal vez» hace evidente que el escritor está mucho menos convencido de ellas que de la afirmación. Esto solo puede suceder en una explicación; en los argumentos, como ya sabemos, las razones deben ser más ciertas o aceptables que la conclusión. Por tanto, por muy controvertido que pueda resultar el explanandum, debemos concluir, sobre la base de las certezas del escritor, que ese fragmento es una explicación. Tal interpretación del criterio, no obstante, soluciona este problema pero crea otros. Como señala McKeon (2013, p.287), un argumentador puede estar totalmente seguro de una afirmación y ser capaz de dar razones argumentativas que la respalden —de hecho, su seguridad en esa afirmación debería ser consecuencia del hecho de que puede dar buenas razones para creerla—. Sin embargo, si el criterio se apoya en la certeza del hablante en su afirmación, parece que quienes estén plenamente convencidos de algo solo podrán explicarlo. Para poder argumentarlo, deberían reducir su grado de certeza en su afirmación y buscar razones de las que estuvieran más seguros. Esto no parece tener mucho sentido. Como concluye Dufour (2017, p.31): «La distinción se convertiría en un asunto de inclinaciones psicológicas: los escépticos argumentan, los dogmáticos explican». En tercer y último lugar, puede que la certeza a la que se refiere la distinción epistémica no sea la del hablante ni la de su auditorio, sino la que el hablante supone que tiene su auditorio. Esta interpretación parece mucho más plausible que las anteriores y más acorde a las complejidades del asunto. Cuando el hablante considera que su auditorio tiene dudas o está en desacuerdo con su afirmación, argumenta; cuando, en cambio, asume que su auditorio comparte su afirmación, entonces explica. Gregory Mayes (2010, pp.97-98) lo expone de la siguiente forma: Aunque el autor de un argumento a menudo ya acepta la conclusión del argumento, la función social del argumento es convencer a otros. Así que la asunción que importa aquí es la asunción de que hay otros que no aceptan la conclusión. 10 McKeon (2013, p.286) atribuye esta idea a Govier, aunque no he encontrado ningún pasaje en el artículo de esta autora que permita hacer esa interpretación. Para Govier, lo relevante parece ser más bien las creencias del auditorio. De hecho, hasta donde yo sé, ningún autor ha defendido de manera explícita e inequívoca que la distinción entre argumentación y explicación dependa de la certeza del hablante sobre su afirmación. Esta postura solo es mencionada por sus críticos, como McKeon y Dufour (2017, p.31). https://doi.org/10.1387/theoria.23752 95 Tras la diferencia entre argumentación y explicación El problema surge cuando nos preguntamos cómo podemos reconocer algo tan intrincado como las asunciones del hablante sobre su auditorio. Una respuesta obvia podría ser que debemos fijarnos en el contexto, pero recordemos que a menudo los hablantes presentan incorrectamente explicaciones cuando lo que el contexto requiere son argumentos. Esto lo hemos visto ya en la introducción con los experimentos de Kuhn, y Mayes (2011) también insiste en ello. Pero, si lo que un determinado contexto requiere es un argumento, ¿cómo podemos saber que lo que ha presentado el hablante es una explicación? Para ello, sería necesario conocer las asunciones del hablante de manera independiente del contexto y eso suele ser una tarea difícil, si no imposible. Veamos un ejemplo.11 En 2017, después de la victoria del republicano Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses, un influyente comentarista político afirmó que once millones de inmigrantes ilegales habían votado a la candidata demócrata Hillary Clinton. Uno de sus seguidores le preguntó de dónde había sacado esa cifra. Esta fue su respuesta: Al menos once millones de inmigrantes ilegales […] votaron. ¿Cómo sabemos que al menos ese porcentaje de ilegales votó? Bueno, tenían los mayores incentivos […] de todos los estadounidenses en cualquier momento de la historia. La declaración más famosa de Trump fue que los deportaría y construiría un muro […] así que por supuesto que los inmigrantes ilegales tenían unos incentivos enormes, unos incentivos mayores que en cualquier momento de la historia estadounidense para votar en las elecciones. Antes de las elecciones, el presidente Obama aseguró a los inmigrantes ilegales que era seguro votar y los animó a hacerlo […]. Así que, sí, son las elecciones más importantes para los inmigrantes ilegales, el presidente dice «adelante» y uno no quiere que le pase nada malo, así que por supuesto que va a ocurrir, ¿verdad? No cabe duda de que el contexto era uno en el que se requería un argumento, ya que este razonamiento se presentó como respuesta al cuestionamiento de otra persona. El comentarista también tiene claro que debe presentar un argumento, ya que él mismo hace explícita la pregunta al inicio: «¿Cómo sabemos que al menos ese porcentaje de ilegales votó?» Sin embargo, no me parece evidente que lo que el comentarista presenta después sea un argumento. Puede que en este ejemplo, como ocurría con el ejemplo anterior sobre las películas de mafiosos, las intuiciones de unos y otros difieran; pero, en mi opinión, la respuesta del comentarista resulta inapropiada precisamente porque presenta una explicación en lugar de un argumento. Las consideraciones sobre los incentivos de los inmigrantes ilegales y sobre las declaraciones de Obama explicarían el alto número de votos de inmigrantes ilegales si fuera cierto, pero no sirven como pruebas para creer que eso ocurrió. Ahora bien, si esto es así, ¿qué razones puede haber para creer que, en este ejemplo, el hablante está asumiendo que su auditorio está de acuerdo con su afirmación? No soy capaz de encontrar en el discurso del comentarista ninguna expresión que indique que está asumiendo que su auditorio está de acuerdo con él. Creo que ocurre más bien lo contrario: todo parece indicar que el comentarista sabe que se está dirigiendo a alguien 11 Se trata de un ejemplo real pero, lamentablemente, la plataforma en la que el argumentador presentó este razonamiento lo expulsó y eliminó todas sus publicaciones, de modo que ya no puede consultarse la fuente. Por este motivo, me abstendré de nombrar al argumentador, pero usaré el ejemplo de todas formas porque me sigue pareciendo muy ilustrativo. José Ángel Gascón 102 Theoria, 2023, 38/1, 87-105 que muchos albergaron, de que se trataba de un intento de justificación puede deberse precisamente a estas deficiencias explicativas. Personalmente, no dispongo aún de una teoría que me permita concluir si esto debe considerarse como un argumento o una explicación — aunque me inclino a pensar que es una explicación, incluso si es deficiente, ya que funcionaría aún peor como justificación—, pero este es el tipo de consideraciones que la teoría de la argumentación podría adoptar para arrojar algo de luz. En conclusión, hay un gran vacío en la bibliografía sobre la distinción entre argumentos y explicaciones en el ámbito práctico que es necesario remediar. Centrarse en la argumentación teórica sin duda nos facilita bastante las cosas, pero tiene el inconveniente de dejar fuera una parte no desdeñable de los discursos que pueden ser argumentativos o explicativos. La teoría de la argumentación debería poder decirnos algo también sobre la argumentación práctica, un ámbito en el que la cuestión de qué es una explicación y qué es una justificación puede llegar a ser considerablemente controvertida. 4. Conclusión He comenzado este artículo señalando que la necesidad de distinguir entre argumentos y explicaciones, tanto en la pedagogía de la ciencia como en la teoría de la argumentación, surge de la convicción de que son dos tipos diferentes de discurso y deben distinguirse para tener claridad sobre la naturaleza de los argumentos y de las explicaciones. En la pedagogía de la ciencia se ha insistido en que solo si se distingue claramente entre explicar y argumentar puede comprenderse el fin de la investigación científica. En la teoría de la argumentación, por otro lado, la distinción se considera necesaria para lograr una buena comprensión de en qué consiste argumentar y evitar confusiones entre argumentos y explicaciones que puedan llevar a argumentar de manera inadecuada. Se trata de convicciones y motivaciones que comparto, de modo que mis críticas no deben interpretarse en el sentido de que realmente no existan diferencias entre argumentar y explicar. Sin embargo, el tratamiento que se hace de tal distinción en los actuales trabajos sobre argumentación me resulta insatisfactorio. En la sección 2 he expuesto los principales criterios que se suelen usar en teoría de la argumentación para trazar la demarcación entre argumentar y explicar: en términos epistémicos (según el grado de certeza en las razones y la afirmación) y en términos funcionales (según las diferentes funciones que cumplen los argumentos y las explicaciones). He tratado de mostrar, por medio de varios ejemplos que no considero extraños ni artificiales, sino bastante ordinarios, que tales criterios pueden resultar problemáticos. Finalmente, en la sección 3, he llamado la atención sobre el hecho de que la forma habitual de explicar la distinción se ha enfocado excesivamente en el ámbito teórico, de modo que las orientaciones que se ofrecen no resultan tan pertinentes para la argumentación y la explicación prácticas. En suma: es necesario investigar más para llegar a un conjunto adecuado de criterios de demarcación. Concluiré con algunas reflexiones surgidas en el curso de este trabajo que podrían orientar esas futuras investigaciones. En primer lugar, creo que es evidente que, si resulta tan difícil conceptualizar con precisión las diferencias entre argumentos y explicaciones, eso se debe a que se trata de dos cosas muy parecidas. Con esto no quiero decir simplemente que en ambos casos se trata de un conjunto de enunciados, varios de los cuales constituyen razones para otro de ellos. Me refiero a que, además de eso, existe una cone- https://doi.org/10.1387/theoria.23752 103 Tras la diferencia entre argumentación y explicación xión bastante similar entre las razones y la afirmación. En la argumentación, las razones deben justificar o hacer más aceptable la conclusión;20 en el caso de la argumentación teórica sobre hechos, eso implica que las razones deben mostrar que algo ocurre o ha ocurrido. En cuanto a las explicaciones, la filosofía de la ciencia a menudo las ha entendido en términos de lo que era racionalmente esperable que ocurriera. Si, por ejemplo, la fuerte bajada de las temperaturas explica que un lago se haya helado, eso es porque, dada la bajada de las temperaturas, era esperable que ese lago se helara. Puede que en ningún sitio sea esta similitud más evidente que en lo que se denominó «tesis de la identidad estructural» de Hempel (Hempel y Oppenheim, 1948, p.138). Según esta conocida tesis, la estructura de una explicación científica es idéntica a la de una predicción científica; la única diferencia entre ambas es que, en una explicación, el suceso o fenómeno ya ha ocurrido, mientras que las predicciones se dan antes de la ocurrencia del suceso o fenómeno. Y una predicción es, al fin y al cabo, un argumento en el que se sostiene que algo va a ocurrir sobre la base de ciertas razones argumentativas —al menos cuando se trata de una predicción con fundamentos racionales—. Aunque hoy en día la concepción hempeliana no esté tan aceptada, otras concepciones más actuales de la explicación científica mantienen la idea de que las razones explicativas deben mostrar que el suceso era racionalmente esperable.21 Van Fraassen (1980, p.146), por ejemplo, incluye como uno de los criterios de evaluación de las explicaciones la cuestión de en qué medida la razón explicativa favorece el explanandum. De modo que también en el ámbito teórico podemos esperar encontrarnos discursos que servirán tanto de argumentos como de explicaciones —en el ámbito práctico ya se ha señalado que esto es habitual—. Sin embargo, como sostiene Brigandt (2016), los criterios de evaluación en uno u otro caso serán diferentes. Un argumento que demuestre con pruebas que algo ha ocurrido siempre será más fuerte que otro que muestre que es esperable que algo ocurra o haya ocurrido, pero solo en el segundo caso puede tratarse también de una explicación aceptable. Por poner un ejemplo alejado del ámbito científico: el hecho de que mi amiga María tenga los ojos empapados en lágrimas es una razón argumentativa más fuerte para la conclusión de que María está triste que el hecho de que su marido esté enfermo y sea de esperar que eso la entristezca —aunque ambas puedan considerarse razones argumentativas—. Sin embargo, la segunda puede ser también una buena razón explicativa, mientras que la primera carecería de sentido como razón explicativa. Tengo la sospecha de que en esta diferencia en los criterios de evaluación reside una de las claves para entender qué interpretamos como argumentos y qué como explicaciones. Después de todo, los ejemplos que he presentado en la sección 2 podrían interpretarse como argumentos y como explicaciones, pero parecía más natural interpretarlos como una cosa u otra. Tal vez una de las razones por las que los interpretamos así es que el discurso en cuestión cumple de manera más satisfactoria los criterios de evaluación de la argumentación o de la explicación. Si un discurso puede interpretarse como un argumento manifiestamente deficiente o como una explicación relativamente aceptable, lo 20 Véase §Razón/Razones en Vega Reñón y Olmos (2012). 21 Una excepción bien conocida es Salmon (Salmon etal., 1971), quien insistió en la necesidad de poder explicar sucesos improbables. José Ángel Gascón 104 Theoria, 2023, 38/1, 87-105 más natural es interpretarlo como una explicación, y viceversa. De este modo, la aplicación del principio de caridad puede ser un factor clave a la hora de decidir si algo es un argumento o una explicación. No creo que esto solucione los problemas con los que nos encontramos en la sección 3, cuando abordé el ámbito de la argumentación práctica. En ese caso parece inevitable apelar a las intenciones de los hablantes —aunque eso nos lleve de vuelta al problema de cómo identificar esas intenciones—. Y, desde luego, la apelación a los criterios de evaluación y el principio de caridad tampoco constituye una propuesta completa que pueda evitar las dificultades a las que se enfrenta la distinción estándar. Creo, no obstante, que es una pista que debería seguirse en futuras investigaciones sobre las diferencias entre argumentos y explicaciones. Agradecimientos Un borrador de este artículo fue presentado en el Coloquio «Prácticas argumentativas y pragmática de las razones», celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid los días 1517 de junio de 2022. Debo dar las gracias a los demás participantes por sus oportunos y estimulantes comentarios, en especial a Hubert Marraud, Jesús Vega, Júlder Gómez, Joaquín Galindo y Paula Olmos. Esta investigación ha sido financiada por FEDER/ Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, Agencia Estatal de Investigación, dentro del Proyecto Prácticas argumentativas y pragmática de las razones (Parg_Praz), PGC2018-095941B-I00. REFERENCIAS Alvarez, M. (2010). Kinds of reasons: An essay in the philosophy of action. New York: Oxford University Press. Brem, S. K. & Rips, L. J. (2000). Explanation and evidence in informal argument. Cognitive Science, 24(4), 573-604. Brigandt, I. (2016). Why the difference between explanation and argument matters to science education. Science & Education, 25(3-4), 251-275. Copi, I. M. & Cohen, C. (2007). Introducción a la lógica. México: Limusa. Dufour, M. (2017). Argument or explanation: Who is to decide? Informal Logic, 37(1), 21-39. Gascón, J. A. (2021). Why did you really do it? Human reasoning and reasons for action. Organon F, 28(4), 845-866. Goodwin, J. (2007). Argument has no function. Informal Logic, 27(1), 69-90. Govier, T. (2010). 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Ha publicado artículos relacionados con esta disciplina en revistas como Theoria, Crítica, Topoi, Organon F, Argumentation, Informal Logic y Revista Iberoamericana de Argumentación. dirección: Departamento de Filosofía, Universidad de Murcia, Campus de Espinardo, 30100, Murcia. E-mail: [email protected] – ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5571-660