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125 ISSN 1130-2402 – eISSN 2340-0277 HC * Correspondencia a / Corresponding author: Virginie Gautier N’Dah-Sékou. IMAGER, Université Paris-Est Créteil, 61avenue du Général de Gaulle, 94010 Créteil (Francia) — [email protected] — https://orcid.org/00000002-8920-9251 Cómo citar / How to cite: Gautier N’Dah-Sékou, Virginie (2026). «“Menos coches, más zonas verdes”. Protestas vecinales y ecologistas por la justicia ambiental en Madrid (1974-1992)», Historia Contemporánea, 80, 125-160. (https://doi.org/10.1387/hc.27290). Recibido: 16 febrero, 2025; aceptado: 26 mayo, 2025. ISSN 1130-2402 — eISSN 2340-0277 / © UPV/EHU Press Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 https://doi.org/10.1387/hc.27290 «MENOS COCHES, MÁS ZONAS VERDES». PROTESTAS VECINALES Y ECOLOGISTAS POR LA JUSTICIA AMBIENTAL EN MADRID (1974-1992) “FEWER CARS, MORE GREEN AREAS”. NEIGHBOURHOOD AND ECOLOGISTS’ PROTESTS FOR ENVIRONMENTAL JUSTICE IN MADRID (1974-1992) Virginie Gautier N’Dah-Sékou* IMAGER — Universidad Paris-Est Créteil RESUMEN: Desde la perspectiva de la historia ambiental urbana y los movimientos sociales, este trabajo examina las relaciones entre movimiento vecinal y ecologismo social en el Madrid de la transición a la democracia y hasta principios de los años 90. A partir de fuentes archivísticas, hemerográficas y audiovisuales, trataremos de entender cómo se articulan sus propuestas y protestas en materia de justicia ambiental, en particular respecto a la movilidad urbana y la defensa de zonas verdes en la ciudad. PALABRAS CLAVES: Madrid, ecologismo social, movimiento vecinal, justicia ambiental, democratización. ABSTRACT: From the perspective of urban environmental history and social movements, this paper examines the relationship between the neighbourhood movement and social ecologism in Madrid from the transition to democracy until the early 1990s. Drawing on archivistic, journalistic and documentary sources, we will try to understand how their proposals and protests were articulated in terms of environmental justice, in particular in relation to urban mobility and the defence of green areas in the city. KEYWORDS: Madrid, social ecologism, neighbourhood movement, environmental justice, democratisation. LABURPENA: Hiriko ingurumen historiaren eta gizarte mugimenduen ikuspegitik, lan honek auzo mugimenduaren eta ekologismo sozialaren arteko harremanak aztertzen ditu Madrilen, demokraziaranzko trantsiziotik 90eko hamarkadaren hasiera bitarteko garaian. Artxiboko, hemerografiako eta ikus-entzunezko iturrietatik abiatuta, ingurumen justiziaren arloko proposamenak eta protestak nola antolatzen diren ulertzen saiatuko gara, bereziki hiriko mugikortasunari eta hiriko berdeguneak defendatzeari dagokionez. GAKO HITZAK: Madril, ekologismo soziala, auzo mugimendua, ingurumen justizia, demokratizazioa.
126 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou Sería exagerado comenzar con aquello de «un fantasma recorre Europa», digamos que «un fantasmita pequeño recorre Europa en bicicleta». Es hijo de jipis, provos, ácratas y campesinos, pero tiene un aire a obrero cabreado por la contaminación del barrio y a ama de casa preguntándole al alcalde que qué hace con los críos si no hay un parque a menos de 3 km.1 El presente trabajo se inserta dentro de la historia ambiental urbana, al abordar desde el enfoque de los movimientos sociales la evolución de la relación sociedad-naturaleza en la capital española desde mediados de los años setenta —cuando se desarrollan tanto el movimiento vecinal como el ecologismo social como movimientos democratizadores y de lucha contra los abusos de la urbanización capitalista— hasta principios de los noventa, momento de formación de plataformas cívicas por una ciudad más habitable. Los conflictos en torno a la relación sociedad-naturaleza pueden cobrar varios enfoques, según los motivos, los actores y los objetivos de la protesta: desde el conservacionismo que busca la protección de zonas naturales, flora y fauna2, al ambientalismo —es decir movimientos que luchan por un mejor ambiente y una mejor calidad de vida para los seres humanos, desde un punto de vista antropocéntrico3—, y a la «ecología política» o «ecología social» que surge después de 1968 en los países occidentales con una perspectiva global y radical, con el anhelo de reestructurar la totalidad de la vida económica, social y política4. En este sentido, aparece en la España de los setenta un movimiento ecologista urbano susceptible de proponer una «ecología de la cotidianidad», y cuyos planteamientos entroncan con los del asociacionismo vecinal que lucha por la calidad de vida en los barrios. El objetivo de este trabajo es examinar la articulación y el grado de interpenetración entre las protestas y propuestas del movimiento vecinal 1 Marqués, 1978, p. 10. 2 El ejemplo paradigmático del conservacionismo español es la creación y preservación del Parque de Doñana (Gautier N’Dah-Sékou y Román Antequera, 2024). 3 Dentro del ambientalismo se pueden incluir los movimientos por la justica ambiental o «ecologismo popular» surgidos en particular en el Sur global y estudiados por Rachamandra Guha y Joan Martínez Alier (1994); en la misma línea se inscriben las protestas ambientales del tardofranquismo estudiadas por Pablo Corral-Broto (2015). 4 Para profundizar en estas distinciones, véase por ejemplo Folch, 1977; Riechmann y Fernández Buey, 1994; González de Molina et al., 2015.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 127 «Menos coches, más zonas verdes» y las del ecologismo5 sobre el entorno urbano en la España de la modernización democrática: ¿qué atención prestan los colectivos ecologistas a las problemáticas del barrio, y cómo se integran las temáticas ambientales en el discurso de las asociaciones de vecinos? ¿Es posible hablar de competencia, complementariedad o incluso de convergencia de sus discursos y acciones? No se tratará de limitarse a la consecución o no (en términos de éxito o fracaso) de sus objetivos inmediatos, sino de examinar las formas de continuidad entre las protestas vecinales y/o ecologistas, así como su influencia en los procesos de cambio, en la formación de la ciudadanía, en la participación social y política en el Madrid de los años setenta a noventa. En el marco de este artículo6, nos centraremos en los temas de la movilidad urbana y de la defensa de las zonas verdes, pues han sido una inquietud constante tanto de los madrileños afectados por los atascos y accidentes, como de los ecologistas preocupados por la degradación ambiental en la capital del Estado: problemáticas que sobrepasan la cuestión del uso del coche o de alternativas como transportes colectivos o bicicleta, pues también cuestionan el uso del espacio público, y por ende la ordenación territorial y el urbanismo. Elaboramos pues una base de datos sobre las protestas ambientales por parte de colectivos ecologistas y/o vecinales en Madrid en el periodo 1974-1992, a partir de la consulta de archivos físicos y digitales del ecologismo y del movimiento vecinal (publicaciones y revistas, material de comunicación, fotografías)7, de fuentes audiovisuales como los reportajes realizados por el Colectivo de Cine Polans8, y por fin del periódico El País desde su creación en 1976 hasta 1992. 5 Utilizaremos aquí la palabra «ecologismo» en su sentido genérico, para referirnos a las preocupaciones y/o acciones en relación con el deterioro de las condiciones medioambientales por la acción humana. 6 El presente artículo es la fase inicial de un proyecto de investigación más amplio sobre la articulación entre el ecologismo y otros movimientos políticos y sociales en Madrid desde los años setenta. 7 Por cuestiones de accesibilidad, en esta fase inicial de nuestra investigación, hemos trabajado sobre todo a partir del Archivo Histórico de Ecologistas en Acción, así como de varias publicaciones conservadas en la Biblioteca Nacional o consultables en línea. 8 El Colectivo de Cine Polans fue un colectivo audiovisual formado por el periodista y realizador Carlos Aguirre (1948-), el economista y fotógrafo José Aguirre (1945-) y el urbanista y ecologista Ramón Fernández Durán (1947-2011) que realizaron en la clandestinidad una serie de documentales en 1976 y 1977 sobre las luchas vecinales en los suburbios de Madrid, desde una perspectiva de denuncia social y crítica al capitalismo.
128 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou Movimiento vecinal y ecologismo social, los compañeros de viaje de las protestas urbanas en el Madrid de los 1970 En Madrid, la aparición, el desarrollo y la institucionalización del movimiento vecinal y del ecologismo social coinciden en el tiempo, siendo a la vez frutos y motores de los cambios políticos y sociales de los años setenta. En 1970 nace el grupo ecologista de línea política combativa AEORMA —Asociación Española para la Ordenación del Territorio y el Medio Ambiente—, entre cuyos fundadores se hallan figuras de distintos ámbitos intelectuales y tendencias ideológicas de la izquierda9. Elaboran en 1974 el «Manifiesto de Benidorm», primer manifiesto amplio del ecologismo social de la década, en el que evidencian la degradación medioambiental que se da tanto en el ámbito rural como urbano, denunciándose el impacto de la industria y del desarrollo capitalista en la contaminación del aire, del agua y de la tierra. Después de la disolución del colectivo en 197610, el relevo —sobre todo en Madrid11— lo asume AEPDEN (Asociación de Estudios y Protección de la Naturaleza), en el que coinciden militantes de AEORMA, desencantados del conservacionismo de ADENA12, y figuras procedentes de la izquierda no institucional. Hasta 1979, AEPDEN desarrolla una intensa actividad contra la construcción de embalses, plantas nucleares y autopistas, contra proyectos urbanísticos, y por la defensa de paisajes y especies naturales, con campañas que encuentran un importante eco mediático. En la segunda mitad 9 Entre ellos se encuentran el abogado Carlos Carrasco Muñoz de Vera, el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, el biólogo Javier Castroviejo, los sociólogos Mario Gaviria, José Vidal Beneyto y Josep-Vicent Marqués, el fotógrafo Luis Bartolomé Marcos, el ingeniero Pedro Costa Morata, el naturalista Joaquín Araújo, el economista Ramón Tamames, y el arquitecto Javier Carvajal Ferrer. 10 AEORMA desapareció después de que se acusó a su secretario general Carlos Carrasco de usar la asociación con fines propios. 11 En el resto del territorio español, surgen a lo largo de los años setenta una multitud de colectivos ecologistas de ámbito local que han sido objetos de numerosos estudios por parte de historiadores como Manuel González de Molina y David Soto Fernández (para Andalucía), Sarah Hamilton (Valencia), Pablo Corral-Broto (Aragón), Juan Manuel Brito Díaz (Canarias), Martí Serra (Baleares y País vasco), Judit Gil Farrero (Cataluña), Daniel Lanero Táboas (Galicia), etc. 12 La Asociación de Defensa de la Naturaleza (ADENA), mayor representante del conservacionismo español, se constituyó en 1968 como una forma de sucursal de WWF en España, con el objetivo principal de preservar el paraje natural de Doñana.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 129 «Menos coches, más zonas verdes» de los setenta se intentan coordinar los esfuerzos de la pléyade de colectivos ecologistas del territorio español, a través de asambleas como las de Valsaín, Cercedilla y Daimiel (1977-78), dando lugar a sendos manifiestos que recogen los trasfondos e inquietudes de un movimiento tan diverso como dinámico. Se funda en 1979 la Federación de Amigos de la Tierra — España (miembro del grupo internacional epónimo), que aglutina a 24 grupos ecologistas del territorio. Sin embargo, el ecologismo entra en cierta fase de descoordinación a principios de los años ochenta, y en abril de 1985 se escinde AEPDEN, cuando los partidarios de una ecología social y radical dejan el grupo para crear AEDENAT (Asociación Ecologista de Defensa de la Naturaleza). Este nuevo grupo va a ser activo en la batalla antinuclear, pero también se involucra en problemáticas propiamente urbanas —y madrileñas— en torno a la mejora de la calidad de vida en los barrios: lucha contra la contaminación (atmosférica y electromagnética), contra la política de transportes urbanos, y a favor de más espacios verdes —de modo que no sea de extrañar su acercamiento al movimiento vecinal. La historia del movimiento vecinal madrileño corre paralela a la del ecologismo político. Tiene como punto de partida la Ley del 24 de diciembre de 1964 que autoriza, con ciertos condicionantes, la constitución de asociaciones sin fines políticos. En 1968 se crea la primera Asociación de Vecinos en Palomeras Bajas, y entre 1968 y 1970, unas quince más en barrios populares de la capital: Moratalaz, Meseta de Orcasitas, San Blas, Pozo del Tío Raimundo (Puente de Vallecas)… En 1977 ya existen sesenta asociaciones vecinales (AAVV) legalizadas en Madrid, la inmensa mayoría de ellas en barrios obreros y periféricos de la capital. La emigración del campo a la ciudad de los años sesenta conformó en torno a Madrid poblados de chabolas y casas precarias de autoconstrucción, sin apenas planificación, y carentes de servicios públicos e infraestructuras elementales. En el año 1974, Madrid cuenta con más de cuatro millones de habitantes, de los cuales más de la mitad sufren malas condiciones en su vivienda, aun teniendo el 70% de ellas una antigüedad inferior a los 25 años13. Los problemas sociales vinculados a este proceso de suburbanización rápida originan una serie de acciones por parte de los vecinos y vecinas para dar a conocer sus problemáticas concretas y buscar soluciones efectivas (vivienda digna, alcantarillado y red de agua potable, alum13 Castells, 1986, p. 306.
130 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou brado, escuelas, parques, transportes, etc.). Con la ventana de oportunidades abierta por el final de la dictadura franquista, las AAVV creadas en los años 1968-1977 van presentándose cada vez más como el cauce de expresión de una crítica urbana global y de reivindicaciones sociales y políticas, y se transforman en verdaderas «escuelas de democracia». Las condiciones de vida en la capital son objeto de un descontento que en los 1970 trasciende las categorías sociales, lo que puede explicar la eclosión de AAVV tanto en las áreas periféricas y zonas chabolistas como en los barrios acomodados del centro histórico de Madrid. Para Manuel Castells, el movimiento vecinal fue «interclasista»14 y pudo integrar y canalizar reivindicaciones diversas (desde el obrerismo hasta el feminismo, pasando por el catolicismo social), a la vez que forjar alianzas con jóvenes profesionales, urbanistas, abogados, sin olvidar el papel determinante que desempeñó el Colegio de Arquitectos de Madrid. Tal como lo hace el movimiento ecologista, las AAVV madrileñas tratan de coordinarse a través de la Federación Provincial de Asociaciones de Vecinos (FPAV) constituida en 1975 y legalizada en noviembre de 1977, que adopta en 1983 el nombre de Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM), y sigue activa hoy día15. No obstante, con la democracia consolidada y la victoria de la izquierda en las elecciones municipales de 1979, las reivindicaciones de las AAVV madrileñas pierden parte de su contenido político, y también parte de sus líderes ya que los máximos cuadros de la FPAV copan los primeros puestos de las listas municipales16. Muchos historiadores del movimiento coinciden en la idea de que las AAVV entran entonces en una fase de debilitamiento y crisis17. Es cierto que el gobierno de Enrique Tierno Galván trató de colaborar con el movimiento vecinal y recuperar parte de sus reivindicaciones a través de su Delegación de Relaciones Sociales y Vecinales, como lo manifiesta por ejemplo la organización —conjunta con la FPAV— de la «Semana Ciudadana» en 198318. El debilitamiento del movimiento vecinal también puede 14 Castells, 1986, p. 360-362. 15 Para más informaciones sobre la FRAVM, véase su página web: https://aavvmadrid. org [última consulta: 4 de febrero de 2025]. 16 «Miguel Ángel Pascual, nuevo presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos», El País, 9 de febrero de 1979; Ángeles García, «Así son los que eran líderes de Madrid», El País, 10 de junio de 1979. 17 Véase Quirosa-Cheyrouze, 2011, y Castells, 1986. 18 «Comienza la semana ciudadana de las asociaciones de vecinos», El País, 20 de marzo de 1983.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 131 «Menos coches, más zonas verdes» explicarse por una cuestión de cambio generacional y de metamorfosis de las formas asociativas: los jóvenes se desinteresan de las asociaciones tradicionales y se refugian en «nuevos movimientos más conectados con la cultura europea, como las radios libres, el ecologismo, la objeción de conciencia y el antimilitarismo, el movimiento de okupaciones y de centros sociales, etc.», dado que ya no se trata de gestionar «las penurias casi tercermundistas de los barrios de chabolas de los sesenta» sino de expresar las preocupaciones de una generación en un país en pleno proceso de modernización19. Dicho de otro modo, a la lucha por la supervivencia y las preocupaciones materialistas les sustituyen nuevos valores como la calidad de vida, el medioambiente, la libertad de expresión o la igualdad de género; de forma que los ideales que guían tanto al movimiento vecinal como al movimiento ecologista adquieren nuevos tintes. Ambos movimientos vecinal y ecologista se caracterizan desde sus inicios por su fuerte politización y su antifranquismo. Desarrollan una función democratizadora de la que la transición es el producto20; pero el contexto también constituye una estructura de oportunidad política idónea para que estos nuevos movimientos esbocen una reflexión sobre el modelo de democracia deseado y el protagonismo que pueden desarrollar en ella. No obstante, cabe reconocer que estos movimientos no proponen una narrativa explícita sobre la politización de los derechos socioambientales —como fue el caso en los movimientos feministas o pacifistas por ejemplo—, sino que se trata de movimientos reactivos más que reflexivos, como lo subraya Benigno Varillas en 1980: En el movimiento ecologista primero fue la praxis y luego la ideología. Los grupos surgieron localmente, como reacción a determinadas agresiones de la sociedad industrial al medio natural y a la calidad de vida. Las personas se agrupan en asociaciones ecologistas para autodefenderse o resolver algún problema concreto, y sólo bastante después suelen adquirir lo que se podría llamar filosofía o ideología ecologista.21 19 Rodríguez Villasante, 2008, p. 238. 20 Esta idea de una transformación política y social en el ámbito local, o «transición en los barrios» —contra el mito de una transición desde arriba— ha sido ampliamente analizada por historiadores como Rafael Quirosa-Cheyrouze (2011), Pamela Radcliff (2019), o Marie-Claude Chaput y Julio Pérez Serrano (2021). 21 Benigno Varillas, «Los ‘ingenuos e inofensivos pajaritólogos’, pioneros de las asociaciones ecologistas», El País, 3 de agosto de 1980.
132 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou Lo que sí se plantea en ambos movimientos, no obstante, es la relación entre desarrollismo y daños socioambientales, como veremos más adelante en las denuncias del modelo madrileño de desarrollo urbanístico en aquellos años. Pese a un alto grado de politización, ecologistas y vecinos intentan mantenerse —con más o menos éxito— al margen de los partidos, para evitar la utilización con fines electoralistas. Eso sí, se admite —y es frecuente— la doble militancia, es decir la posibilidad de pertenecer simultáneamente al movimiento ecologista y a un partido político. Así, en 1980, la recién estrenada Federación de Amigos de la Tierra declara: [Somos] totalmente autónomos en relación a cualquier partido u organización política, así como de cualquier órgano de la Administración o corriente ideológica instrumentalizada. Esto no quiere decir que nos definamos apolíticos, sino simplemente que reivindicamos nuestra propia capacidad política frente a cualquier intento de instrumentalización. […] Creemos que [la doble militancia] puede extender nuestros puntos de vista en el seno de los partidos, siempre que estos no intenten simplemente utilizarnos para fines electorales o partidistas.22 Como ya lo mencionamos, en el ámbito local, la victoria de la izquierda en las elecciones municipales de 1979 supone un abandono de cuadros del movimiento vecinal, así como la esperanza de un cambio en la política social. No es tanto el caso en el movimiento ecologista madrileño, que tras los batacazos electorales de 1977-82 ve llegar militantes de una izquierda radical derrotada23. Los grupos ecologistas, poco proclives al juego electoral, no proponen ninguna candidatura en las elecciones de 1979 en Madrid, alegando también presiones por parte de la Administración: Los responsables de AEPDEN justificaron la razón por la cual su pensamiento no se ha traducido en una candidatura municipal. Trataron de presentarse, pero les exigieron 5.000 firmas, «y que los firmantes fueran con el carnet de identidad en la boca», para poder apoyar la candidatura24. 22 «Los Amigos de la Tierra elaboran su manifiesto ideológico», El País, 30 de julio de 1980. 23 Wilhelmi, 2016. 24 «Los grupos ecologistas opinan que Madrid debe dejar de ser la capital del Estado», El País, 28 de marzo de 1979.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 133 «Menos coches, más zonas verdes» Otro rasgo que comparten el movimiento vecinal y el ecologismo social de los años setenta son el asambleísmo y el municipalismo. Las asociaciones y colectivos se basan en un funcionamiento horizontal y asambleario. El movimiento vecinal reclama muy pronto una amplia participación ciudadana en las decisiones, que difiere tanto del autoritarismo del periodo dictatorial como de un modelo de democracia liberal representativa. Por otra parte, las AAVV exigen una transformación social que se haga «desde abajo» a partir de las comunidades locales. Para los ecologistas, también tiene que darse prioridad a la democracia local y al municipio como base del poder, como lo indica un artículo de la revista (contra)cultural Ozono redactado con motivo de las elecciones municipales: Reclamamos el máximo protagonismo para el municipio, por encima de cualquier otro nivel institucional, ya que en principio su estructura es la única que hoy podría permitir a sus vecinos disminuir el poder tecnocrático del ejecutivo en provecho de las asambleas, así como controlar los actos de los elegidos y del aparato administrativo.25 En la revista El Ecologista también se aboga por una democracia local y participativa. En el primer número de la revista (1979)26, un artículo firmado por Carmen Espinar, miembro de AEPDEN, propone «liberar el municipio» como una de las nueve medidas para resolver los problemas urbanos: El Ayuntamiento debe dejar de ser el último escalón de la Administración del Estado para pasar a ser un órgano de ejecución de las decisiones de los vecinos. Para ello es necesario […] el derecho de los barrios a presentar sus propuestas o iniciativas siempre que estén respaldadas por el dos por ciento de los afectados; el derecho a referéndum municipal por iniciativa de un mínimo del diez por ciento de la comunidad; […] y el control por los propios vecinos, a través de representantes elegidos en asamblea, de las gestiones municipales que les afecten.27 25 Juan Encina, «Una utopía realizable», Ozono, n.° 43, abril de 1979, p. 16-19. 26 Cada uno de los 11 números de la revista El Ecologista, publicados entre noviembre de 1979 y noviembre de 1980, se centraba en un territorio de la Península: el primer número dedica muchas páginas a temáticas urbanas y/o madrileñas. 27 Carmen Espinar, «Alternativa ecologista a los problemas urbanos», El Ecologista, n.° 1, noviembre de 1979, p. 33-34.
140 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou el primer número de El Ecologista, Humberto da Cruz denuncia el transporte pendular de los obreros no solo como una pérdida de tiempo y energía, sino como forma de alienación46, mientras otro artículo se dedica a enmarcar este problema en una cuestión de (in)justicia social: Además de posibilitar el crecimiento urbano desmesurado, el automóvil se convierte en un bien económico de primer orden, que actúa como principal sector de la acumulación capitalista de este siglo, todo esto, aparejado con el desarrollo de la ideología consumista de la que el coche es principal exponente.47 El mismo autor explica cómo «todo el tinglado» construido sobre esta ideología se ha desmoronado con la crisis energética que empezó en 1973; denuncia la desidia de las autoridades en España que «no sólo no ponen restricciones al despilfarro de energía, sino que lo fomentan, empeñándose en dar más facilidades a la concentración urbana y a la utilización masiva del coche privado». Para él, la solución estriba en una reflexión profunda sobre la organización de las ciudades: Hay que atacar precisamente las causas que hacen que haya necesidad de transportarse, proponiendo dos tipos de acciones concretas: en primer lugar, frenando el crecimiento de las grandes áreas metropolitanas y en segundo, reordenando los usos del suelo dentro de ellas de tal manera que no haya necesidad de utilizar un medio de transporte para acudir al trabajo, la escuela, el comercio, etc.48 También la revista Oxígeno, editada por la FAT y AEPDEN, retoma en su primer número (1979) las preocupaciones de André Gorz (de pseudónimo Michel Bosquet) acerca de la «ideología del coche» y del «caos automovilístico» en las ciudades, síntomas de una religión del crecimiento que conlleva la alienación de los ciudadanos49. 46 Humberto Da Cruz, «Acerca del trabajo en la ciudad», El Ecologista, n.° 1, noviembre de 1979, p. 15-16. 47 «El transporte y la ciudad» (sin firma), El Ecologista, n.° 1, noviembre de 1979, p. 13-15. 48 Ibidem. 49 André Gorz (Michel Bosquet), n.° 1, invierno 1979, Federación de Amigos de la Tierra (traducción del artículo original: André Gorz, «L’idéologie sociale de la bagnole», Le Sauvage, setiembre-octubre de 1973).
https://doi.org/10.1387/hc.27290 141 «Menos coches, más zonas verdes» Así pues, el movimiento vecinal y ecologista convergen en la oposición a un modelo de movilidad congestivo, en el cuestionamiento de los usos del espacio urbano, y en la reivindicación de un espacio «de uso polifuncional». No obstante, en los años setenta, en Madrid, son las AAVV las que llevan el estandarte de la lucha por una justicia ambiental, aunque apenas denominan su actuación como tal; de forma que la historia del ecologismo urbano en la capital casi empezó sin ecologistas, para citar a Pablo Corral-Broto: Determinar si entre 1970 y 1980 los actores se definían como ecologistas, o simplemente como vecinos, amas de casa, campesinos, obreros, o antifranquistas luchando por derechos ambientales no responde más que a una finalidad puramente teleológica, es decir, ir circulando del movimiento ecologista hacia atrás en el tiempo buscando el origen de puro ecologista. No debería sorprendernos que, en muchos casos, la historia del ecologismo empiece sin ecologistas.50 Los planteamientos ecologistas se encuentran claramente en las reivindicaciones vecinales de parques y zonas verdes, en la denuncia de la contaminación atmosférica y electromagnética, y por supuesto en la defensa de una ciudad habitable. La batalla de la Vaguada (barrio del Pilar) de 1974 a 1977 constituyó un momento emblemático de estas reivindicaciones. La urbanización se construyó a partir de 1956 a iniciativa del promotor José Banús, con una densidad demográfica extrema (200 viviendas por hectárea) y rápidamente saturada, pero sin ningún equipamiento público. Concluido el barrio, a principios de los setenta, quedaba en medio de los bloques un páramo sin edificar conocido como «la vaguada»: espacio idóneo para zonas verdes o instalaciones sociales y culturales reclamadas por los vecinos —que habían empezado a organizarse en torno a la comunidad parroquial—, pero vendido en 1973 por José Banús a la empresa francesa La Henin para construir un gran centro comercial. El barrio se llenó de murales reivindicativos, y en diciembre de 1976 se constituyó oficialmente la entidad «La Vaguada es nuestra» que agregaba a más de veinte AAVV y colectivos ciudadanos51. El terreno de la discordia empezó a ser usado simbólicamente en un sinfín de acciones festivas —acampa50 Corral-Broto, 2024, p. 110. 51 «Constituida la entidad “La Vaguada es nuestra”», El País, 28 de diciembre de 1976.
142 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou das, teatrillo y conciertos, olimpiadas juveniles, plantaciones populares, celebración de Nochebuena, etc.—, muchas de ellas capturadas por la cámara del Colectivo de Cine Polans52. A este repertorio de jolgorio se sumaban acciones más clásicas como manifestaciones multitudinarias, marchas y recogidas de firmas, y otras más originales como regalo de flores de papel en actos públicos y envío al alcalde de más de 30 000 felicitaciones navideñas ilustradas por los dibujantes Saltés, Forges, Peridis y Máximo53. Figura 2 Postal de felicitaciones de la AV «La Vaguada es nuestra» con ilustración de Peridis (1976) Fuente: Biblioteca nacional de España. Esta campaña con gran repercusión terminó en derrota a medias tintas: el centro comercial finalmente se construyó en 1983, aunque se arrancó negociando con el nuevo consistorio madrileño que parte del espacio se dedicara a la construcción de un centro cultural, una piscina municipal, un centro de salud y el Parque de la Vaguada. Eso sí, constituyó 52 Colectivo de Cine Polans, «Reivindicación vecinal “La Vaguada es nuestra”. 1977. Barrio del Pilar», documental de 05’05, disponible en La Digitalizadora de la Memoria Colectiva, https://ladigitalizadora.org/coleccion/coleccion-colectivo-de-cine-polans/ [última consulta: 10 de febrero de 2025]. 53 Fernández, 1999, p. 94.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 143 «Menos coches, más zonas verdes» un hito en las luchas vecinales madrileñas54, lo que ya reconocía un editorial del periódico El País poco después de las municipales de 1979, al utilizar de forma excepcional la palabra «ecologista» aplicada a una lucha vecinal: La campaña de sensibilización ciudadana promovida por las asociaciones de vecinos en torno a la Vaguada, un espacio verde irregularmente vendido por una urbanizadora a una empresa francesa para la edificación de un centro comercial, fue seguramente la primera movilización popular en la que las preocupaciones ecologistas por un hábitat urbano más humano lograron una modesta pero significativa victoria contra la especulación y la destrucción del entorno. (…) El grito «La Vaguada es nuestra» fue como un símbolo de la lucha por las zonas verdes, destruidas o abortadas por la codicia de los negociantes y por el desprecio hacia los ciudadanos de los alcaldes digitales.55 Además de esta lucha contra la especulación inmobiliaria y por una ciudad habitable, los vecinos del barrio siguieron con varias acciones (plantaciones de árboles, reivindicación de centros sociales, colegios y parques…), y también destacaron en la lucha contra las autopistas urbanas, al igual que otras AAVV madrileñas y los propios colectivos ecologistas. En Madrid, la construcción del tercer cinturón de circunvalación (M30) se inició después de la explosión demográfica de los barrios periféricos, por lo que se construyó dentro del tejido urbano. Fue en noviembre de 1974 cuando Carlos Arias Navarro, entonces alcalde de Madrid, inauguró los primeros tramos de la circunvalación, destinados a aminorar la congestión (de camiones en particular). El impacto de las obras fue importante en la vida de los madrileños, y objeto de quejas repetidas, cuando no de una fuerte oposición vecinal, en particular en Vallecas. Al trazar una frontera física, también se reforzaba el imaginario acerca de los barrios céntricos y de «los de fuera», y por tanto la marginalización del extrarradio. 54 Fueron numerosas las campañas vecinales por la creación de parques a partir de finales de los años setenta, siendo otro ejemplo interesante de la época la manifestación y la arbolada a favor de la creación del parque de Las Cruces en Carabanchel Alto (1978): podemos encontrar testimonios y archivos fotográficos de ello en el sitio web de la Asociación Vecinal de Carabanchel Alto, disponible en https://carabanchelalto.org/historia-de-laasociacion/ [última consulta: 11 de febrero de 2025]. 55 Editorial «¿Urbanismo o demagogia?», El País, 20 de junio de 1979.
144 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou No por casualidad fue en el madrileño barrio del Pilar donde la recién creada Coordinadora de Lucha contra las Autopistas organizó en junio de 1978 sus primeras jornadas, que se concluyeron con la firma del «Manifiesto del Barrio del Pilar». El documento reflejaba la preocupación por una justicia ambiental y la politización de los problemas ecológicos, al criticar las autopistas como «un arma del poder del capital, del Estado y de los partidos de izquierda», cómplices en la ordenación especulativa del territorio, los proyectos faraónicos y los discursos consumistas. Los autores resaltaban que las autopistas urbanas «son una forma más de mantener la separación de las personas de los lugares de trabajo, de compra, creando la necesidad y la dependencia del transporte. Bajo la excusa de facilitar las comunicaciones, imponen cada vez más mayores distancias, más tiempo perdido en desplazamientos, más angustia de aglomeración, de cemento»56. «El coche devora la ciudad». Protestas ecologistas por una nueva política de transportes (1980-1990) El 22 de enero de 1980, unas 2.500 personas convocadas por AEPDEN-Amigos de la Tierra se reúnen y desfilan entre Cuatro Caminos y la Plaza de Castilla para protestar contra la contaminación atmosférica en un ambiente festivo: algunos manifestantes llevan caretas antigás, un objeto que va a convertirse en todo un símbolo de las protestas ecologistas de la década; miembros de una compañía teatral tiran de una carreta de cartón figurando un coche, a la que prenden fuego, y representan escenas ante los sorprendidos transeúntes; y un grupo de músicos también acompaña el desfile con tambores57. Este ambiente de denuncia jocosa de las políticas de transporte va a ser el que domine las manifestaciones de los ecologistas madrileños en la década, aunque con reivindicaciones muy claras: «que el Ayuntamiento cree carriles-bici y que se prohíba el tráfico por determinadas zonas del centro de Madrid, así como que se sustituyan los autobuses por tranvías y trolebuses»58. 56 Manifiesto del Barrio del Pilar (1978), citado por Pedro Costa Morata, «Lucha a muerte entre el hombre y la megalópolis. Ensanchar las aceras, destruir los “Escalextrics”», Triunfo, año XXXIII, n.° 846, 14 de abril de 1979, p. 22-23. 57 «Manifestación de protesta contra la contaminación», El País, 23 de enero de 1980. 58 Ibidem.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 145 «Menos coches, más zonas verdes» De hecho, el transporte en Madrid está entonces al borde del colapso y ya no caben soluciones superficiales que no tomen en cuenta las causas profundas del problema, como lo reconoce este balance redactado en 1983 por el nuevo equipo municipal: Más de 2.000 kilómetros de vías urbanas, casi 800.000 vehículos circulando por Madrid cada día, intersecciones cruzadas por más de 200.000 automóviles (cosa que no ocurre en ningún lugar de Europa) y una red de transporte público insuficiente y sin coordinación, justifican ampliamente el golpe de timón que ha dado el Ayuntamiento en su política de transportes. El problema del tráfico se ha agravado aún más con la anárquica construcción de la ciudad en las últimas décadas y los ciudadanos han sido obligados a desplazarse al centro para todo y con solo un irregular autobús periférico como transporte público. Abordar el problema del tráfico sin conexión con el resto de los problemas urbanos —localización industrial, barrios insuficientes— ha sido el mayor disparate de la historia de Madrid. A nueva autovía, nuevo túnel o nuevo paso elevado para descongestionar el tráfico, seguía un proceso especulativo aún mayor. Sólo con una planificación democrática se han podido empezar a resolver estos problemas, que no pueden ser considerados aisladamente59. El tema de los atascos, de la seguridad vial, de la contaminación atmosférica y de la crisis del transporte público ocupa el debate público, y se le dedican muchas páginas en El País a principios de los ochenta. También el ayuntamiento se ve obligado, repetidas veces a partir de 1980, a adoptar medidas restrictivas contra los vehículos privados (regulación del tráfico y del aparcamiento) en el centro de la capital60. Tanto los políticos como la ciudadanía tienen una conciencia clara de los problemas acarreados por el tráfico y por un urbanismo descontrolado. No obstante, no se traduce en una protesta social, de modo que la manifestación de enero de 1980 va a ser una de las únicas de aquellos años en relación con la movilidad urbana. Como ya se explicó, las AAVV madrileñas pierden fuelle al integrarse muchos de sus cuadros dentro de la nueva 59 «Circulación y transporte: “stop” al caos», Madrid en Acción. Cuatro años de gestión municipal 1979-1983, publicación Villa de Madrid, editada por el Ayuntamiento de Madrid, n.° 76, año XXI, 1983, p. 89. 60 Pedro Montoliú, «50.000 vehículos han dejado de circular por el centro», El País, 2 de diciembre de 1980.
146 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou municipalidad. Sus reivindicaciones en torno a la articulación de una ciudad «descentralizada», el fomento del transporte público o la mejora de la calidad ambiental pasan al ámbito institucional61. En cuanto al movimiento ecologista en Madrid, también conoce un momento de descoordinación y debilitamiento del que sólo se recupera a partir de 1985 con la creación de AEDENAT, que desempeña a partir de entonces un papel fundamental en la defensa del ecologismo social en la capital del Estado. La década de los ochenta se caracteriza pues por un bajo nivel de protesta ambiental en el ámbito urbano62, y por el menor contenido político —en apariencia— de las protestas callejeras: el cuestionamiento al modelo urbanístico deja paso a ataques contra el síntoma, es decir el uso histérico del vehículo privado. En términos de asistencia también observamos una fuerte disminución en las concentraciones —ya no las hay multitudinarias como en la década precedente—, lo que corresponde también a un cambio de actores: los que protestan ya no son los vecinos de los barrios, sino los propios activistas, miembros de colectivos ecologistas (AEPDEN-FAT, y luego AEDENAT, en la mayoría de los casos). Aquellos años son también los de generalización del uso del automóvil63, por lo cual el cuestionamiento del lugar de los coches en la ciudad no parece propicio para la movilización, pues plantea profundas contradicciones con el estilo de vida y las pautas de consumo de la anhelada modernización social. Los ecologistas, conscientes de ello, incluso salen en una inesperada defensa de los automovilistas madrileños en 1980: Las medidas tomadas por el ayuntamiento para restringir la utilización del vehículo privado solamente pueden ser aceptadas si a cambio se ofrece una solución aceptable para que los madrileños puedan realizar sus inevitables desplazamientos, según mantiene la Asociación Ecolo61 Prueba de la nueva política urbanística es el Plan General de Ordenación Urbana de Madrid (PGOUM) de 1985: supone el impulso de un nuevo modelo de ciudad, incorporando nuevos valores como la protección del medio ambiente y del patrimonio edificado, así como la mejora de equipamientos sociales y culturales (aunque fue criticado por ser restrictivo en la clasificación del suelo urbanizable). 62 También podemos formar la hipótesis de que el contexto político de los años 19811982, después del 23F, no favorecía la protesta callejera. 63 Entre 1977 y 1992, va disminuyendo el número de usuarios de transportes colectivos en Madrid, mientras el número de coches privados aumenta en casi un millón (cuando la población «sólo» aumenta en 500.000 personas); en 1992, el índice de motorización alcanzaba más de un vehículo por hogar (Montoliú, 2023).
https://doi.org/10.1387/hc.27290 147 «Menos coches, más zonas verdes» gista Castellana (Aseca) Amigos de la Tierra. Esta asociación califica de injustas las medidas adoptadas por el ayuntamiento, por considerar que esta ciudad está hecha en función del automóvil y, mientras no se ofrezca otra solución alternativa, las limitaciones y prohibiciones de aparcar o las amenazas de la actuación de la grúa carecen de fundamento. La alternativa que ofrece este grupo de ecologistas se centra en facilitar y fomentar los transportes públicos para medianas y largas distancias, a la vez que se promueve el uso de la bicicleta para trayectos cortos. El centro de la ciudad quedaría destinado a uso peatonal y el vehículo privado sería prohibido. […] Piden la creación de aparcamientos en los principales accesos al centro, en los que los habitantes de zonas periféricas pudieran estacionar su coche y utilizar el transporte público que les acerque a su destino.64 Pese a ello, la denuncia del uso histérico del coche no cunde entre los ciudadanos; quizá por ello el movimiento ecologista opte por una diversificación del repertorio de acciones, siempre directas y no violentas, que también subraya su preocupación por la visibilidad de la lucha ambiental. La gran ofensiva de los ecologistas madrileños contra los coches y a favor de políticas de transporte alternativas empieza en 1987 y va a durar unos tres años. El domingo 20 de septiembre de 1987 se celebra en toda Europa el primer «Día sin coches», y en Madrid las organizaciones ecologistas AEDENAT y COMADEN, junto con el colectivo de defensa de la bicicleta Pedalibre, se reúnen para promover un «Pleno sin coches» en las puertas del ayuntamiento: invitan a los concejales de los distintos grupos políticos a participar acudiendo al consistorio en medios de transporte alternativos y a suscribir una declaración de apoyo al objetivo de la jornada, pero sólo acude un concejal de Izquierda Unida65. Al final del mismo año, dos miembros de AEDENAT firman una tribuna en El País en la que designan el coche como blanco de los ataques: Nuestra asociación no pretende hacer una crítica a la utilización racional del automóvil privado, pero qué duda cabe que este artefacto, que en su origen fue considerado como una herramienta vital de trabajo, y no fue 64 «Ecologistas consideran injustas las medidas contra el uso del automóvil», El País, 16 de septiembre de 1980. 65 «Día sin coches», 15 de septiembre de 2003, blog de Ecologistas en Acción, disponible en: https://www.ecologistasenaccion.org/5356/dia-sin-coches/ [última consulta: 12 de febrero de 2025].
148 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou otra cosa que un producto más de nuestra sociedad de consumo, paradójicamente, hoy por hoy, es el único responsable del anormal movimiento de la ciudad, a la vez que un peligroso elemento claramente agresor y un importante manantial de contaminación química y acústica.66 En estos años se produce la subida de la tarifa del transporte público, lo que provoca que los ecologistas reivindiquen su abaratamiento y mejora con una serie de manifestaciones, tomando así el relevo de las reivindicaciones vecinales de 1978-79. En marzo de 1988, los militantes AEDENAT reparten miles de bonobuses caseros para protestar contra la subida de la tarifa. En octubre, realizan un acto simbólico en la calle Mayor, con cierre provisional de la calle, para comparar el espacio ocupado por el mismo número de personas en vehículos individuales, autobús y bicicleta: este acto dará lugar a un cartel realizado con fotografías para anunciar la celebración de «Jornadas sobre alternativas al transporte en Madrid desde una perspectiva ecologista» en febrero de 1989. Por primera vez aparece el lema de la campaña «El coche devora la ciudad», acompañado del dibujo que se convirtió en icónico al plasmar toda la dimensión agresiva de los automóviles (y automovilistas). Figura 3 Cartel «El coche devora la ciudad», AEDENAT, 1989 Fuente: Archivo Histórico de Ecologistas en Acción, fondo AEDENAT. 66 Elena Díaz e Iván Petrovich, «Los coches no dejan ver la calle», El País, 10 de diciembre de 1987.
https://doi.org/10.1387/hc.27290 149 «Menos coches, más zonas verdes» En la primavera de 1989, mientras se va agudizando cada vez más el problema del tráfico (enormes atascos diarios, y operaciones «salida» y «retorno» de los puentes y las vacaciones…), AEDENAT convoca una nueva manifestación en Atocha abogando por «la mejora del transporte público», y protesta contra la política de movilidad del nuevo equipo municipal (CDS-AP) favorable a las infraestructuras viarias para uso del transporte privado, por ejemplo el desmantelamiento de los bordillos de carriles de autobús en la calle Serrano, con pintadas en la calzada. Figura 4 Pintadas y pegatinas en la calzada para protestar contra la destrucción de los bordillos bús. Calle Serrano, Madrid, 1989 Fuente: Archivo Histórico de Ecologistas en Acción, fondo AEDENAT. El Plan de Mejora del Transporte para las Grandes Ciudades, más conocido como Plan Felipe, presentado por el Gobierno en 1990, no hace sino aumentar el malestar ciudadano: a pesar de un discurso fuerte sobre el desarrollo de soluciones alternativas, propone grandes inversiones en viario de gran capacidad mientras el transporte público es el gran olvidado. Este malestar incluso reviste un carácter violento como el incendio
156 Historia Contemporánea, 2026, 80, 125-160 Virginie Gautier N’Dah-Sékou ran en torno a la creación de una segunda «Casa de Campo» en Hortaleza, una demanda ya presente desde 1979 en la AV «La Unión de Hortaleza» (creada en 1974), con el lema «La Hortaleza con salida al Campo». Doce años después, se reactivan las reivindicaciones cuando el Ayuntamiento anuncia su intención de ensanchar Hortaleza, declarando urbanizable parte de los terrenos rústicos ubicados entre Hortaleza, Barajas y la carretera de Burgos. La Plataforma produce un informe para denunciar «el impacto en el medio ambiente, grave por la confluencia de 15.000 viviendas, una autopista y una línea del tren de alta velocidad»80. También recalca la necesidad de participación de los vecinos en el asunto, pues «los usuarios de la ciudad son los ciudadanos, y a ellos corresponde principalmente la participación en el diseño de la ciudad»81. En ambos casos, vemos que las reivindicaciones por las zonas verdes y en pro de una mejor calidad de vida en Madrid no son nuevas: sin embargo, conocen un resurgimiento a principios de los noventa, de modo que podemos hablar de un nuevo ciclo de movilización por la justicia ambiental urbana82. El primer factor de explicación es que los colectivos vecinales y ecologistas madrileños topan con una nueva estructura de oportunidades políticas en la que las decisiones del gobierno municipal de derechas se perciben como nuevas embestidas del capitalismo salvaje y parecen desaparecer las posibilidades de negociaciones con el gobierno municipal. Otro elemento sería que la convergencia de los esfuerzos de vecinos y militantes en estructuras de movilización transversales permite favorecer una mayor participación ciudadana. No obstante, en el caso de la lucha por una justicia ambiental en Madrid, podemos decir que estas plataformas apenas lograron cosechar pequeños éxitos, lo que (paradójicamente) puede explicar su longevidad, pues no consiguieron cumplir con los objetivos que se habían planteado. 80 Begoña Aguirre, «Ecologistas y vecinos se oponen al plan municipal para Hortaleza», El País, 12 de abril de 1991. 81 Boletín de la Asociación de Vecinos «La Unión de Hortaleza», 1992, disponible en el archivo en línea «Memoria de Madrid», disponible en www.memoriademadrid.es [última consulta: 12 de febrero de 2025]. 82 Beugnot, 2020, p. 266. También se inscribe en este ciclo la Plataforma por la Defensa del Monte del Pardo (1990).
https://doi.org/10.1387/hc.27290 157 «Menos coches, más zonas verdes» Conclusión En relación con las estructuras de movilización, se ha podido observar cómo la protesta ambiental en el Madrid de la modernización democrática estuvo protagonizada tanto por asociaciones vecinales como por colectivos ecologistas de fronteras porosas. A mediados de los 1970, las reivindicaciones concretas y materiales del movimiento vecinal madrileño participan de la definición de un ideario ecologista politizado, anclado en realidades locales, y centrado en la justicia social y ambiental. Con el debilitamiento de las AAVV en los ochenta, son los militantes ecologistas los que mantienen una relativa tensión reivindicativa en el marco de la municipalidad socialista, en particular con sus demandas en torno a la movilidad urbana; las movilizaciones son entonces mucho más reducidas que en la década precedente, aunque visibles por sus repertorios innovadores y sus nuevas escenografías, y la cobertura mediática de la que se benefician. A principios de los 1990 se abre un ciclo de convergencia entre vecinos y ecologistas en «plataformas» heterogéneas que reclaman una mayor participación ciudadana para mejorar la calidad ambiental, más allá de las preocupaciones limitadas de los barrios. Desde la permeabilidad entre los protagonistas, las reivindicaciones y las acciones, surge un ecologismo urbano que va vinculando cada vez más los problemas locales con los globales. Fuentes Archivo Histórico de Ecologistas en Acción — archivo físico (local de Peñuelas, Madrid), y archivo digital disponible en: www.archivo.ecologistasenaccion.org Archivo en línea «La Digitalizadora de la Memoria Colectiva»: https://ladigitalizadora.org (en particular la colección audiovisual del Colectivo de Cine Polans) Biblioteca Digital «Memoria de Madrid» (Ayuntamiento de Madrid): www.memoriademadrid.es El País (números de 1976 a 1992) Bibliografía Adell, Ramón, «Movimientos sociales en los años noventa: volumen, actores y temas de la movilización», en GrAu, Elena e iBArrA Güell, Pedro (coord.), Una mirada sobre la red: anuario movimientos sociales, Barcelona, Icaria Editorial / Donostia, Tercera Prensa, 2000.
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