Utopía y Praxis Latinoamericana publica bajo licencia Creative Commons Atribución-No Comercial-Compartir Igual 4.0 Internacional (CC BY-NC-SA 4.0). Más información en https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/ ✓ 9928845X PRESENTACIÓN UTOPÍA Y PRAXIS LATINOAMERICANA. AÑO: 30, n.o 111, 2025, e17211053 REVISTA INTERNACIONAL DE FILOSOFÍA Y TEORÍA SOCIAL CESA-FCES-UNIVERSIDAD DEL ZULIA. MARACAIBO-VENEZUELA ISSN 1316-5216 / ISSN-e: 2477-9555 Para citar utilice este ARK: https://n2t.net/ark:43441/17211053 Depositado en Zenodo: https://doi.org/10.5281/zenodo.17211053 Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad en contextos de violencias y resistencias en América Latina 1 Memories, citizenship, and interculturality in contexts of Violence and resistance in Latin America José Carlos LUQUE BRAZÁN https://orcid.org/0000-0002-9828-8086
[email protected] Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México Claudia ARROYO SALINAS https://orcid.org/0000-0001-8063-4545
[email protected] Universidad Autónoma de Guerrero, México RESUMEN El dossier Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad en contextos de violencias y resistencias en América Latina reúne un conjunto amplio de reflexiones y estudios que muestran cómo el patrimonio cultural y la memoria se configuran como campos vivos de disputa, resignificación y resistencia. Lejos de concebirse como objetos fijos o categorías neutras, estos procesos se presentan como prácticas dinámicas que, en medio de contextos marcados por violencias estructurales, simbólicas y materiales, permiten afirmar identidades, fortalecer comunidades y abrir horizontes de justicia. Los artículos incluidos exploran genealogías teóricas de la memoria, representaciones de género y violencia en el cine, percepciones juveniles sobre democracia en Guerrero, patrimonios comunitarios, religiosidad indígena, radios comunitarias, narrativas feministas urbanas, memorias escolares, archivos de la resistencia y luchas por los derechos humanos. A ello se suman análisis críticos sobre violencia simbólica en el neoliberalismo, expresiones artísticas urbanas en Acapulco y perspectivas decoloniales sobre el patrimonio. En conjunto, este número ofrece un mapa de debates y experiencias que permite pensar América Latina no solo desde sus heridas históricas, sino también desde su potencia creativa y su capacidad de reimaginar el futuro. El dossier se propone, así, como un espacio interdisciplinario y situado para dialogar, resistir y construir colectivamente nuevas formas de ciudadanía y memoria. Palabras clave: memoria colectiva; ciudadanía; interculturalidad; violencia simbólica; resistencia cultural; América Latina. ABSTRACT The dossier Cultural Heritage, Memories, Citizenship and Interculturality in Contexts of Violence and Resistance in Latin America brings together a wide range of reflections and case studies that reveal how heritage and memory are not static objects but dynamic and contested fields of meaning, struggle, and transformation. In contexts marked by structural, symbolic, and material violence, these processes emerge as practices of resistance, identity affirmation, and collective resilience. The contributions address theoretical genealogies of memory, representations of gender and violence in Mexican cinema, youth perceptions of democracy in Guerrero, community-based heritage practices, indigenous religiosity, community radio, feminist visual narratives, school memories of bullying, archives of resistance, and human rights struggles. They are complemented by critical analyses of neoliberal symbolic violence, urban artistic expressions in Acapulco, and decolonial perspectives on heritage. Together, the articles map out the disputes, practices, and imaginaries through which Latin America faces its violent past and present while reimagining its future. This dossier thus constitutes an interdisciplinary and situated space that highlights the power of memory and cultural heritage as political tools for justice, intercultural dialogue, and the construction of alternative forms of citizenship. Keywords: cultural heritage; collective memory; citizenship; interculturality; symbolic violence; cultural resistance; Latin America. Recibido: 16-08-2025 ● Aceptado: 19-08-2025 1 El presente número de la revista Utopía y Praxis Latinoamericana es el resultado de una colaboración realizada como parte del año sabático del Dr. José Carlos Luque Brazán. El beneficio le fue otorgado por el Colegio de Humanidades y Ciencias Sociales (CHyCS) de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), para el periodo de agosto de 2025 a julio de 2026.
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 2 INTRODUCCIÓN El presente dossier, titulado: Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad en contextos de violencias y resistencias en América Latina, reúne un conjunto diverso y riguroso de catorce artículos, desde donde encontramos reflexiones, estudios de caso y propuestas analíticas que abordan, desde múltiples escalas y perspectivas, la compleja articulación entre las prácticas de preservación cultural, la construcción de memorias colectivas, el ejercicio de la ciudadanía y los procesos interculturales en un continente atravesado por conflictos históricos y actuales. Lejos de concebir el patrimonio cultural como un objeto estático, los trabajos aquí reunidos lo entienden como un campo vivo, disputado y en constante resignificación, donde la memoria se configura no sólo como un ejercicio de recuperación del pasado, sino como un espacio de resistencia frente a las violencias materiales y simbólicas que afectan a comunidades, pueblos y movimientos sociales. En este sentido, la noción de ciudadanía se expande más allá de su dimensión jurídico-política, incorporando formas de agencia, autogestión y prácticas colectivas que emergen en territorios urbanos, rurales y transfronterizos, muchas veces en tensión con los marcos institucionales establecidos. Las secciones que conforman este número dialogan con realidades tan diversas como el cine mexicano contemporáneo, la educación y la memoria juvenil en Guerrero, la preservación comunitaria de patrimonios, el sincretismo religioso indígena, la resistencia cultural de las radios comunitarias, la violencia simbólica en el marco neoliberal, las narrativas visuales feministas, las memorias escolares sobre el acoso, y los vínculos entre exilio, derechos humanos y luchas contra el olvido. Asimismo, se incluyen análisis teóricos de corte decolonial, estudios sobre narrativas visuales en contextos de violencia urbana, y reflexiones críticas en torno a la resiliencia y la interculturalidad. El dossier busca abrir un espacio de intercambio interdisciplinario que permita pensar América Latina desde sus heridas y resistencias, pero también desde su potencial creativo y su capacidad para reimaginar el futuro. Los trabajos aquí presentados se nutren de metodologías cualitativas, enfoques históricos, perspectivas críticas y marcos teóricos que combinan el pensamiento latinoamericano con corrientes contemporáneas de los estudios culturales, la antropología, la sociología política y la comunicación. De esta manera, la presente compilación no sólo documenta experiencias y procesos, sino que propone un mapa de rutas posibles para comprender y transformar las realidades que nos atraviesan. En un contexto marcado por la intensificación de las violencias, pero también por la emergencia de nuevas formas de acción colectiva y defensa de la memoria, este dossier se ofrece como una invitación a leer, debatir y seguir construyendo un pensamiento crítico y situado sobre nuestras Américas. En este orden de ideas, se presenta un análisis de las catorce contribuciones académicas que integran el dossier Desde esta perspectiva, el dossier Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad en contextos de violencias y resistencias en América Latina se abre con un texto que no sólo delimita las coordenadas teóricas y metodológicas del campo, sino que también propone un horizonte de reflexión frente a los desafíos actuales de la región. En la sección ESTUDIOS se ofrece un trabajo titulado, Ecos de la memoria: genealogías teóricas desde América Latina. Allí, Cruz García y Bautista Salgado, reflexionan sobre el papel político de la memoria colectiva trazando un recorrido que combina cartografía conceptual, balance histórico y diagnóstico crítico. Los autores parten de una constatación clave: en América Latina la memoria no es un ejercicio nostálgico ni un simple archivo de recuerdos, sino una práctica política y cultural que enfrenta, de manera directa, las estrategias de olvido impuestas por regímenes autoritarios, violencias de Estado y nuevas formas de violencia neoliberal. Desde las dictaduras militares del siglo XX hasta el “capitalismo chupacabras” (Gálvez & LuqueBrazán, 2019) que hoy conjuga poderes políticos y crimen organizado, la memoria se despliega como herramienta de resistencia, de exigencia de justicia y de construcción ciudadana.
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 3 En un minucioso trabajo de genealogía teórica, el documento revisa la llegada —muchas veces tardía— de marcos conceptuales europeos como los de Halbwachs, Jan y Aleida Assmann, Astrid Erll o Harald Welzer, resaltando cómo la falta de traducciones condicionó la formación de un corpus teórico regional. A partir de estas influencias, el texto identifica las “olas” temáticas que han marcado la producción académica desde los años ochenta: desde las memorias traumáticas y del exilio, pasando por los archivos, monumentos y comisiones de verdad, hasta los enfoques más recientes sobre género, etnicidad, tecnologías y memorias transnacionales. Uno de los aportes más sugerentes del artículo, es la apertura hacia un campo todavía incipiente: la relación entre memoria y literatura. Lejos de concebir el arte como un simple reflejo de lo real, los autores lo entienden como un espacio simbólico de producción de memoria, donde la narrativa y la creación estética participan activamente en la preservación, disputa y resignificación de lo recordado. Experiencias académicas recientes en México, como el seminario de Begoña Pulido Herráez y la antología coordinada por Ute Seydel, muestran el potencial de este cruce entre humanidades y ciencias sociales. Es en este marco que el texto de Isabel Lincoln Strange Reséndiz, como primer trabajo de la sección ARTICULOS ofrece un ejemplo revelador de cómo las memorias y las violencias pueden entrelazarse en el lenguaje cinematográfico. A partir del análisis de un filme mexicano contemporáneo, la autora examina la representación de la maternidad, la orfandad y la violencia como ejes que condensan las fracturas sociales de un país marcado por la desigualdad, el patriarcado y la impunidad. Su aproximación no se limita a la descripción de personajes y tramas; se adentra en la estructura misma de las imágenes, en la forma en que la luz, los silencios, los planos cerrados y el fuera de campo construyen un discurso que evita la espectacularización del dolor y, en cambio, invita a reflexionar sobre las condiciones estructurales que lo producen. Lincoln Strange plantea que la maternidad no es una esencia fija, sino una experiencia situada, atravesada por la pobreza, la migración forzada, la violencia doméstica o el feminicidio. Del mismo modo, la orfandad no se presenta únicamente como ausencia física, sino como desamparo emocional y social, una condición que revela la fragilidad de las redes comunitarias y la insuficiencia de las instituciones para proteger a niñas y niños. La violencia, omnipresente, aunque muchas veces sugerida más que mostrada, articula estas experiencias y remite a un contexto nacional donde las heridas colectivas siguen abiertas. La autora sitúa su lectura en un doble plano: el cine como producto de la industria cultural y el cine como práctica artística que puede cuestionar, resistir y subvertir discursos dominantes. En este sentido, el filme analizado dialoga con una tradición cinematográfica mexicana que ha explorado, desde distintos registros, las tensiones entre familia, género y sociedad. A través de recursos narrativos y estéticos cuidadosamente elegidos, la obra se convierte en un texto social que registra las huellas de la violencia y propone interpretaciones posibles de la experiencia de mujeres, niñas y niños en un contexto hostil. Esta perspectiva coincide con la idea del cine como “archivo emocional”, capaz de almacenar y transmitir memorias traumáticas, pero también de interpelar éticamente a quienes las observan. El primer eje que la autora desarrolla es el de la maternidad, explorada desde la complejidad y no desde el cliché. Lejos de una visión homogénea, el filme presenta múltiples figuras maternas que se mueven entre el mito de la madre protectora y abnegada y la ruptura de ese ideal. La madre idealizada coexiste con figuras ausentes, mujeres que han sido obligadas a dejar a sus hijos por razones que van desde la migración hasta la violencia de pareja o la desaparición forzada. También están las madres víctimas, atravesadas por el trauma de la violencia sexual o el feminicidio, y aquellas cuya capacidad de cuidado es cuestionada debido a condiciones de salud mental, adicciones o extrema precariedad. Lincoln Strange destaca que la maternidad no es presentada como una esencia natural, sino como una experiencia socialmente situada, moldeada por factores estructurales que incluyen pobreza, exclusión y desigualdad de género. La puesta en escena – escenarios domésticos deteriorados, iluminación tenue, encuadres que capturan la intimidad de las miradas y gestos– refuerza esta representación, generando una proximidad emocional que evita la romantización y obliga a reconocer las condiciones que limitan y determinan estas vidas. El segundo eje, la orfandad, está íntimamente ligado al anterior y se despliega en el relato con una carga dramática que la autora analiza con precisión. La película muestra la ausencia de figuras parentales no sólo como consecuencia de la muerte, sino también del abandono, la migración forzada y la violencia. Lincoln
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 4 Strange introduce el concepto de “orfandades vivas” para referirse a niños y niñas que, aun conviviendo con adultos responsables, se encuentran emocionalmente desamparados debido a la incapacidad de estos para brindar cuidado y afecto. La narrativa fílmica evita reducir a estos personajes a víctimas pasivas; algunos desarrollan estrategias de supervivencia y muestran capacidad de agencia, aunque siempre condicionadas por un entorno que niega oportunidades y reproduce la desigualdad. La orfandad se convierte así en una metáfora de un país donde la fragilidad de las redes de apoyo y la desprotección institucional dejan a los más vulnerables expuestos a múltiples formas de violencia. Precisamente, la violencia es el tercer eje que articula el análisis y que atraviesa de manera transversal las historias de maternidad y orfandad. La autora propone una mirada amplia que incluye la violencia directa –física, sexual y psicológica–, la violencia estructural derivada de la pobreza y la exclusión, la violencia simbólica que refuerza estereotipos y jerarquías de género, y la violencia territorial vinculada al control ejercido por el crimen organizado. El filme elige representar estas violencias con una ética narrativa que evita el sensacionalismo: muchas de las escenas más duras no se muestran explícitamente, sino que se sugieren a través del fuera de campo, los silencios, las miradas perdidas y las ausencias. Este recurso no diluye el impacto, sino que lo amplifica, obligando al espectador a llenar los vacíos desde su propio conocimiento o experiencia del contexto. Para Lincoln Strange, esta decisión estética es también un posicionamiento político: rechazar la lógica que convierte el dolor ajeno en espectáculo y, en cambio, proponer una narración que respete la dignidad de las víctimas. La lectura de Lincoln Strange incorpora una perspectiva interseccional que reconoce cómo la maternidad, la orfandad y la violencia se viven de manera diferenciada según la clase social, el origen étnico, el género y el territorio. Las madres indígenas, por ejemplo, enfrentan la triple carga del patriarcado, la pobreza y el racismo estructural, lo que profundiza las barreras para acceder a justicia y protección. Esta mirada evita generalizaciones y enriquece el análisis, subrayando que no hay una única forma de experimentar la maternidad o la orfandad en contextos de violencia, sino múltiples realidades atravesadas por desigualdades históricas. Uno de los aportes más relevantes de la obra, es su concepción del cine como patrimonio cultural contemporáneo. Lincoln Strange retoma la noción de memoria cultural para argumentar que las obras cinematográficas que abordan problemáticas de género y violencia no sólo documentan un momento histórico, sino que también forman parte de un acervo simbólico que puede ser transmitido y resignificado por las comunidades. En un país donde la violencia y la desaparición de personas forman parte de la cotidianidad, el cine adquiere un valor testimonial y pedagógico que lo convierte en un actor político. Este potencial lo vincula directamente con los objetivos más amplios del dossier, en tanto el patrimonio cultural no se limita a monumentos o tradiciones, sino que incluye producciones contemporáneas capaces de interpelar, movilizar y construir memoria. Lincoln Strange, ofrece un ejemplo concreto de cómo estas memorias se construyen y transmiten a través del arte cinematográfico, explorando la intersección entre lo íntimo y lo estructural, entre la experiencia personal y la violencia sistémica. Así, el cine se revela como un lenguaje privilegiado para narrar la memoria de los sectores más vulnerables, y como un campo en el que se disputan los significados de maternidad, cuidado, pérdida y resistencia. Este análisis, escrito con la precisión de quien conoce el lenguaje cinematográfico y la sensibilidad de quien entiende las heridas abiertas de su contexto, confirma que la memoria no es un archivo pasivo, sino una práctica viva que se reinventa en cada relato. En ese sentido, el filme analizado no sólo cuenta una historia, sino que también produce una memoria colectiva que interpela al presente y proyecta la necesidad de transformación hacia el futuro. La secuencia encuentra una continuidad potente en el segundo artículo, de Alexis Guadalupe Rodríguez Almazán, que desplaza la discusión al ámbito educativo para explorar cómo se configuran las percepciones juveniles sobre ciudadanía, democracia y memoria en el contexto del bachillerato en Guerrero. A partir de un trabajo de campo con estudiantes de nivel medio superior, el autor revela una visión ambivalente: por un lado, un anhelo de democracia participativa, inclusiva y justa; por otro, una profunda desconfianza hacia las
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 5 instituciones y una percepción de la política como espacio de corrupción e impunidad. En sus voces, la ciudadanía no es sólo un conjunto de derechos y obligaciones formales, sino una experiencia que exige pertenencia, responsabilidad y condiciones materiales mínimas para su ejercicio. La precariedad de estas condiciones en Guerrero alimenta sentimientos de exclusión, pero también impulsa prácticas de resistencia y compromiso comunitario, que a menudo se desarrollan fuera de los canales institucionales. Rodríguez Almazán muestra que la memoria es un componente central de estas percepciones juveniles. Episodios como la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa aparecen como referentes ineludibles, no sólo como tragedias, sino como símbolos de una deuda histórica del Estado. La escuela, en este escenario, puede ser un espacio para reconstruir lazos y resignificar memorias, pero también un lugar donde se silencian o distorsionan los relatos sobre el pasado reciente. La investigación subraya que la educación cívica formal, cuando se mantiene desconectada de la realidad cotidiana de los estudiantes, pierde relevancia; en cambio, las experiencias no formales —movilizaciones, trabajo comunitario, redes sociales— adquieren un peso central en la formación política de los jóvenes. En sus testimonios, la interculturalidad no es un simple contenido curricular, sino un ejercicio de reconocimiento de la diversidad y de cuestionamiento a las estructuras discriminatorias que persisten. Con este recorrido, el dossier avanza desde las genealogías conceptuales de la memoria, pasa por su expresión en el arte cinematográfico y llega a la voz directa de las juventudes, evidenciando que la memoria no es patrimonio estático, sino práctica viva que se recrea en los relatos, las imágenes y las experiencias educativas. Al integrar estos capítulos, se refuerza la idea de que la construcción de ciudadanía democrática exige no sólo marcos teóricos sólidos y producciones culturales críticas, sino también espacios de educación y participación que reconozcan a los jóvenes como protagonistas de su tiempo y de su territorio. El trabajo de Alexis Guadalupe Rodríguez Almazán se sitúa en un punto de intersección especialmente relevante para las discusiones contemporáneas sobre ciudadanía, memoria y democracia: el papel que desempeña la educación, y en particular el bachillerato, como espacio de formación de sujetos políticos en contextos marcados por la violencia y la desigualdad. El estudio se enmarca en Guerrero, uno de los estados mexicanos con mayores rezagos educativos y con una historia reciente atravesada por episodios de violencia política y social que han dejado una huella profunda en sus comunidades. El texto parte de una preocupación fundamental: cómo perciben los jóvenes estudiantes de nivel medio superior las nociones de ciudadanía y democracia, y cómo estas percepciones se entrelazan con sus propias memorias colectivas e individuales sobre la violencia y la injusticia. Lejos de limitarse a un diagnóstico descriptivo, Rodríguez Almazán propone una lectura analítica que conecta la voz de los jóvenes con las tensiones estructurales que definen su entorno. Desde el inicio, la autora enmarca la discusión en una concepción amplia de la educación como práctica social y política. Recupera perspectivas críticas que entienden la escuela no solo como un espacio de transmisión de conocimientos técnicos o académicos, sino como un lugar donde se negocian identidades, se reproducen o cuestionan jerarquías y se moldean imaginarios sobre la vida en comunidad. Este enfoque reconoce que la formación ciudadana es un proceso complejo, atravesado por influencias múltiples que van desde la familia y los medios de comunicación hasta las experiencias de violencia, discriminación y exclusión que viven cotidianamente los estudiantes. En el caso de Guerrero, estas experiencias se ven agudizadas por un contexto de desigualdad histórica, falta de oportunidades laborales y un tejido comunitario fragmentado por la migración y el desplazamiento forzado. La investigación se apoya en un trabajo de campo realizado con estudiantes de bachillerato, utilizando instrumentos cualitativos que permiten captar la riqueza y diversidad de sus percepciones. Entrevistas, grupos focales y análisis de narrativas sirven para dar voz a los propios jóvenes, quienes describen cómo entienden la democracia, qué significa para ellos ser ciudadanos y cómo interpretan el papel de la memoria en su vida personal y colectiva. Los testimonios revelan una visión ambivalente: por un lado, una aspiración a una democracia participativa, inclusiva y justa; por otro, una profunda desconfianza hacia las instituciones y una percepción de que la política es un terreno dominado por la corrupción, la impunidad y el abuso de poder.
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 6 Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es la constatación de que la noción de ciudadanía que manejan estos jóvenes no se limita a la idea de derechos y obligaciones formales, sino que incorpora dimensiones afectivas y comunitarias. Para muchos, ser ciudadano implica sentirse parte de una comunidad y asumir responsabilidades hacia ella, pero también exige contar con las condiciones materiales mínimas para ejercer esos derechos. En este sentido, la ciudadanía se entiende como una experiencia situada, que se vive de manera desigual dependiendo del acceso a la educación, la seguridad y el empleo. La precariedad de estas condiciones en Guerrero alimenta un sentimiento de exclusión que, sin embargo, no se traduce necesariamente en apatía; por el contrario, algunos estudiantes expresan un fuerte compromiso con la transformación social y una disposición a participar en acciones colectivas, aunque no siempre en los canales institucionales tradicionales. El vínculo entre memoria y ciudadanía ocupa un lugar central en el análisis de Rodríguez Almazán. Los jóvenes no hablan de la democracia en abstracto; la relacionan con acontecimientos concretos que han marcado su comunidad y su vida personal. Entre estos, la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa aparece como un referente constante, no solo como tragedia, sino como símbolo de la deuda histórica del Estado con la juventud guerrerense. Este y otros eventos de violencia —enfrentamientos armados, asesinatos de líderes comunitarios, desplazamientos forzados— conforman un archivo de memorias que los estudiantes llevan consigo y que condiciona su confianza en las instituciones y su visión del futuro. La escuela, en este sentido, es vista con ambivalencia: puede ser un espacio para reconstruir lazos comunitarios y resignificar estas memorias, pero también puede convertirse en un lugar donde se silencian o se distorsionan los relatos sobre el pasado reciente. Rodríguez Almazán muestra cómo, en muchos casos, los jóvenes aprenden más sobre democracia y ciudadanía a través de experiencias no formales —movilizaciones estudiantiles, trabajo comunitario, redes sociales— que en las aulas. Esto plantea un desafío para el sistema educativo, que suele abordar la educación cívica desde un enfoque normativo y desvinculado de la realidad concreta del alumnado. En las entrevistas, algunos estudiantes expresan que las clases de civismo o historia resultan irrelevantes porque no conectan con los problemas que enfrentan día a día; otros, en cambio, reconocen la importancia de contar con docentes que se atrevan a abrir espacios de discusión crítica y a incluir en sus contenidos temas como los derechos humanos, la desigualdad y la violencia de género. El análisis del autor también aborda la dimensión emocional de la ciudadanía juvenil. La frustración, la indignación y el miedo coexisten con la esperanza y la solidaridad. Esta complejidad emocional es, en sí misma, una forma de memoria viva, que alimenta o inhibe la acción colectiva. En un contexto donde la violencia se experimenta de manera directa o indirecta, las emociones juegan un papel determinante en la manera en que los jóvenes se relacionan con la política y con los demás. La investigación revela que, aunque la violencia genera desconfianza y retraimiento en algunos casos, también puede impulsar procesos de organización y resistencia, especialmente cuando se percibe que las injusticias afectan a toda la comunidad. La autora concluye que la educación en ciudadanía, democracia y memoria no puede reducirse a un currículo formal; debe entenderse como un proceso que articule las experiencias cotidianas de los jóvenes con herramientas críticas para interpretar y transformar su realidad. Esto implica reconocer el papel de la memoria colectiva como insumo para la acción política, así como abrir la escuela a la participación activa de los estudiantes en la construcción de proyectos comunitarios. El caso de Guerrero muestra que, incluso en contextos adversos, los jóvenes desarrollan repertorios de ciudadanía que combinan la denuncia, la solidaridad y la creatividad, y que pueden convertirse en motores de cambio si encuentran espacios para florecer. El siguiente artículo, de Alejandra Ramírez Gallardo, desplaza la atención al terreno de las prácticas comunitarias de preservación cultural con su propuesta de “patrimonios cercanos”. Esta noción desafía las visiones hegemónicas del patrimonio, que suelen imponerse desde criterios externos, y reivindica los vínculos afectivos, las prácticas cotidianas y la participación comunitaria como ejes de la preservación. El patrimonio, en este enfoque, no se limita a monumentos o bienes materiales, sino que incluye saberes, relatos, festividades, técnicas y formas de organización que sostienen la identidad colectiva. La autora advierte sobre
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 7 amenazas como la mercantilización cultural, la homogeneización derivada de la globalización y las políticas públicas descontextualizadas. Frente a ello, plantea estrategias basadas en el diálogo horizontal, la investigación participativa, la transmisión intergeneracional y el reconocimiento de la memoria como archivo vivo. Su propuesta conecta el patrimonio con la resistencia y la resiliencia, mostrando cómo, en contextos de violencia y despojo, preservar una práctica cultural puede ser un acto de afirmación identitaria y de continuidad histórica. El trabajo de Alejandra Ramírez Gallardo constituye una invitación a repensar el patrimonio cultural no desde los centros institucionales de legitimación, sino desde los espacios cotidianos donde se produce, se vive y se transmite. Bajo la noción de “patrimonios cercanos”, la autora propone una mirada que descentra las narrativas hegemónicas y coloca en primer plano las visiones comunitarias, reconociendo que el patrimonio no es una entidad fija o inmutable, sino una construcción social y simbólica que se actualiza en la práctica y en la memoria colectiva. En esta perspectiva, la conservación del patrimonio no se limita a la preservación material de bienes o monumentos, sino que incluye las expresiones vivas, los saberes, las prácticas, los relatos y las emociones que dan sentido a la vida comunitaria. La propuesta se enmarca en una crítica a las políticas de patrimonio que, con frecuencia, privilegian los valores estéticos, arquitectónicos o históricos definidos por organismos estatales o internacionales, pero que suelen excluir las formas de significación propias de las comunidades. Ramírez Gallardo señala que esta visión vertical ha generado tensiones y, en ocasiones, conflictos, ya que las comunidades no siempre se reconocen en los criterios de “valor” definidos por agentes externos. Frente a ello, plantea la necesidad de un enfoque que parta de las experiencias y percepciones locales, y que reconozca el papel activo de las comunidades en la identificación, cuidado y transmisión de sus patrimonios. El concepto de “patrimonios cercanos” se sustenta en tres pilares: la proximidad afectiva, la participación comunitaria y la resignificación constante. La proximidad afectiva implica que los bienes o prácticas patrimoniales tienen un valor porque están integrados en la vida diaria de las personas, no porque hayan sido declarados como tales por una institución. La participación comunitaria reconoce que las comunidades son las principales depositarias y transmisoras del patrimonio, y que cualquier estrategia de preservación debe surgir de un diálogo horizontal y respetuoso con ellas. La resignificación constante remite a la idea de que el patrimonio no es estático; cambia con el tiempo, se adapta a nuevas circunstancias y se carga de nuevos significados, sin que ello implique pérdida de autenticidad. La autora recurre a ejemplos concretos para ilustrar su propuesta, describiendo cómo en distintas comunidades el patrimonio se vive y se cuida a través de prácticas cotidianas: la preparación de alimentos tradicionales, las festividades religiosas, las técnicas artesanales, las formas de organización comunitaria o la transmisión oral de historias y leyendas. Estos elementos, que a menudo no entran en las listas oficiales de patrimonio, son sin embargo fundamentales para el sentido de identidad y pertenencia de las comunidades. En muchos casos, señala Ramírez Gallardo, su preservación depende menos de intervenciones institucionales y más de la continuidad de relaciones interpersonales, de redes de apoyo mutuo y de la voluntad colectiva de mantener vivas ciertas costumbres. El texto también aborda las amenazas que enfrentan estos patrimonios cercanos. Entre ellas, la autora identifica la homogeneización cultural derivada de la globalización, el abandono de prácticas tradicionales por cambios en las dinámicas económicas, la migración y el desplazamiento forzado, así como las políticas públicas que, al intentar “modernizar” o “poner en valor” ciertos bienes, terminan descontextualizándolos o mercantilizándolos. Ramírez Gallardo es crítica con los modelos turísticos que convierten el patrimonio en espectáculo para el consumo externo, vaciando de sentido las prácticas que le dieron origen y desplazando a las comunidades de su papel central. Un punto central en el argumento es la relación entre patrimonio y memoria. Los patrimonios cercanos son, en gran medida, archivos vivos de la memoria colectiva; a través de ellos se narran historias, se transmiten valores y se recrean identidades. En este sentido, la pérdida de un patrimonio no es solo la desaparición de un objeto o de una práctica, sino la ruptura de un hilo de memoria que conecta el pasado
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 8 con el presente y proyecta hacia el futuro. La autora advierte que la memoria es selectiva y dinámica, y que las comunidades constantemente negocian qué recordar, cómo recordarlo y qué dejar en el olvido. En este proceso, el patrimonio actúa como catalizador de debates internos sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. En el plano metodológico, Ramírez Gallardo propone una investigación-acción participativa que permita a las comunidades ser protagonistas en la documentación y preservación de sus patrimonios. Esto incluye el uso de herramientas como la cartografía social, las entrevistas colectivas y los registros audiovisuales comunitarios, no solo como medios para recopilar información, sino como procesos que fortalecen la cohesión social y el sentido de pertenencia. La autora reconoce que estos procesos son lentos y requieren construir relaciones de confianza, pero argumenta que son más sostenibles y significativos que las intervenciones rápidas y externas. El análisis concluye con una reflexión sobre la relación entre patrimonio, resistencia y resiliencia. En contextos de violencia, despojo o desplazamiento, los patrimonios cercanos pueden convertirse en anclas que permiten a las comunidades mantener un sentido de continuidad y de identidad. Preservar una fiesta, una receta, una lengua o una técnica artesanal puede ser un acto de resistencia frente a las fuerzas que buscan borrar o subordinar esas expresiones culturales. Al mismo tiempo, el patrimonio cercano puede ser un recurso para la resiliencia, ofreciendo un marco de referencia y un sentido de propósito que ayuda a las personas a enfrentar la adversidad y a proyectarse hacia el futuro. En el contexto del dossier, este capítulo de Alejandra Ramírez Gallardo dialoga de manera orgánica con los anteriores. Si el primero trazó las genealogías conceptuales de la memoria, el segundo exploró su expresión en el cine y el tercero analizó la percepción juvenil de la ciudadanía y la democracia, el cuarto nos lleva al terreno de las prácticas comunitarias de preservación cultural. Aquí, la memoria se manifiesta en acciones cotidianas que reafirman identidades y fortalecen el tejido social. La propuesta de patrimonios cercanos amplía el horizonte del dossier, recordándonos que la defensa de la memoria y de la ciudadanía también se libra en los espacios locales, en las cocinas, en las plazas, en las fiestas y en las conversaciones familiares, y que es allí donde se construyen las bases para resistir y transformar las violencias que atraviesan a nuestras sociedades. Siguiendo con los otros artículos que componen está colección, el trabajo de Ana Yolanda RosasAcevedo sobre el sincretismo religioso y el patrimonio cultural del Ñuu Savi Jicayán de Tovar constituye un aporte fundamental para comprender cómo las comunidades indígenas en México articulan, resignifican y transmiten sus sistemas de creencias en un contexto histórico atravesado por la colonización, la evangelización y las transformaciones socioculturales contemporáneas. El texto parte de un reconocimiento básico: el patrimonio cultural no es sólo un conjunto de objetos o manifestaciones materiales, sino también un entramado simbólico y espiritual que se construye en el tiempo y que se nutre de múltiples fuentes, incluso aquellas provenientes de procesos de dominación y mestizaje. En este sentido, el caso del Ñuu Savi —el pueblo mixteco— de Jicayán de Tovar ofrece un ejemplo vivo de cómo la memoria, la religiosidad y la identidad se entrelazan en prácticas comunitarias que han sabido adaptarse sin renunciar a su raíz profunda. En el caso específico de Jicayán de Tovar, el sincretismo religioso se manifiesta en festividades, rituales, narraciones orales y prácticas cotidianas que, si bien utilizan iconografía, calendarios y figuras del catolicismo, conservan significados y funciones que remiten directamente a la cosmovisión Ñuu Savi. Por ejemplo, las celebraciones en honor a santos patronos incorporan danzas, cantos y ofrendas que tienen raíces prehispánicas, relacionadas con el ciclo agrícola, la fertilidad de la tierra y la reciprocidad con las fuerzas naturales. Los altares domésticos, donde conviven imágenes de santos católicos con símbolos y objetos tradicionales, son también espacios donde la comunidad materializa esta fusión cultural, creando un lenguaje propio de la fe que trasciende la dicotomía entre lo “indígena” y lo “occidental”. Rosas-Acevedo plantea que el patrimonio cultural del Ñuu Savi debe entenderse como un patrimonio vivo, en el que lo tangible y lo intangible son inseparables. Las iglesias y capillas, muchas de ellas construidas durante la Colonia, son a la vez lugares de culto católico y escenarios para la realización de rituales comunitarios de origen ancestral. Las artesanías, vestimentas y elementos decorativos utilizados en las
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 9 festividades religiosas no son meros ornamentos, sino portadores de significados, colores y símbolos que narran historias colectivas. La lengua mixteca, que se utiliza en cantos, oraciones y discursos ceremoniales, es un vehículo esencial para la transmisión de este patrimonio, ya que encapsula categorías de pensamiento y formas de nombrar el mundo que no tienen equivalentes exactos en el español. Un aspecto clave del análisis es la manera en que la comunidad ha preservado estas prácticas frente a las presiones de homogeneización cultural. La autora destaca que el sincretismo no es un fenómeno estático; se reinventa constantemente para responder a los cambios sociales, políticos y económicos. En las últimas décadas, la migración hacia ciudades más grandes y al extranjero ha generado una dispersión de la población de Jicayán de Tovar, pero también ha propiciado la creación de redes comunitarias transnacionales que buscan mantener vivas las tradiciones religiosas. Festividades patronales se celebran de forma simultánea en la comunidad de origen y en ciudades donde residen migrantes, reproduciendo altares, danzas y rituales en nuevos contextos. Este fenómeno demuestra que el patrimonio cultural del Ñuu Savi no está confinado al territorio físico, sino que puede expandirse y adaptarse a otros escenarios, sin perder su carga simbólica. La autora también problematiza las tensiones internas que surgen en torno al sincretismo. En algunos sectores de la comunidad, especialmente entre grupos vinculados a iglesias evangélicas o a movimientos religiosos más conservadores, existe un cuestionamiento hacia ciertas prácticas tradicionales, consideradas “paganismo” o “idolatría”. Esto ha generado debates y, en ocasiones, fracturas en el tejido comunitario. Sin embargo, Rosas-Acevedo interpreta estas tensiones como parte de un proceso más amplio de negociación cultural, en el que la comunidad redefine sus límites identitarios y su relación con la espiritualidad. El texto vincula esta discusión con los marcos normativos e institucionales que regulan la preservación del patrimonio cultural en México. La autora observa que, aunque las políticas públicas reconocen el valor del patrimonio inmaterial, en la práctica los criterios para su catalogación y protección siguen siendo definidos desde perspectivas externas, muchas veces sin incorporar la voz de las comunidades portadoras. En el caso del Ñuu Savi, esto puede derivar en una museificación de sus expresiones religiosas, congelándolas en una versión “auténtica” que no refleja su carácter dinámico y cambiante. Por ello, propone un enfoque de preservación que parta de la participación activa de la comunidad, reconociendo su derecho a decidir qué elementos consideran patrimoniales, cómo deben conservarse y de qué manera pueden transformarse para responder a las necesidades del presente. En este sentido, la educación y la transmisión intergeneracional son esenciales. La autora resalta el papel de los mayores como guardianes de la memoria y de los saberes rituales, y la importancia de involucrar a niños y jóvenes en las festividades y en el aprendizaje de la lengua mixteca. Advierte que la pérdida de hablantes representa no solo un riesgo para la lengua misma, sino también para la cosmovisión que esta vehicula, y que es inseparable de las prácticas religiosas sincréticas. La escuela, en este contexto, puede desempeñar un papel ambivalente: por un lado, puede contribuir a la enseñanza y valorización de la lengua y la cultura locales; por otro, si se rige por programas ajenos al contexto, puede invisibilizar o deslegitimar estos saberes. En el marco del dossier, este texto dialoga de manera directa con los anteriores, especialmente con el de Alejandra Ramírez Gallardo sobre patrimonios cercanos. Ambos coinciden en que la preservación cultural debe partir de las comunidades y reconocer la centralidad de sus prácticas cotidianas, pero Rosas-Acevedo introduce la dimensión espiritual como un componente inseparable del patrimonio. Así, el sincretismo del Ñuu Savi se presenta como un ejemplo concreto de cómo la memoria, la religiosidad y la identidad pueden entrelazarse para resistir las presiones homogeneizadoras y reinventarse en nuevos contextos. Este análisis enriquece la discusión sobre interculturalidad, mostrando que el diálogo entre culturas no se limita a la esfera laica o política, sino que también se juega en el terreno simbólico y ritual, donde se negocian sentidos profundos de pertenencia y trascendencia. En este sentido, la educación y la transmisión intergeneracional son esenciales. La autora resalta el papel de los mayores como guardianes de la memoria y de los saberes rituales, y la importancia de involucrar a niños y jóvenes en las festividades y en el aprendizaje de la lengua mixteca. Advierte que la pérdida de
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 16 o al reproducir discursos discriminatorios. En otros casos, sin embargo, las familias actúan como espacios de contención y apoyo, alentando a las víctimas a denunciar y defendiendo su derecho a un entorno seguro. Dorantes Nazario destaca que cualquier estrategia integral contra el acoso debe involucrar a las familias, no solo como receptoras de información, sino como agentes activos en la construcción de entornos protectores. En el diálogo con otros textos del dossier, este artículo aporta una mirada que conecta la violencia estructural con sus expresiones más cotidianas y aparentemente “menores”. Si bien el acoso escolar puede parecer un fenómeno reducido al ámbito educativo, Dorantes Nazario demuestra que está profundamente entrelazado con los problemas sociales más amplios de Guerrero y, por extensión, de América Latina. Así, este análisis complementa las reflexiones sobre violencia simbólica, memoria y resistencia que atraviesan otros capítulos, ofreciendo un recordatorio de que la lucha por la justicia y la equidad comienza también en las interacciones más inmediatas. En suma, el trabajo de Claudia Araceli Dorantes Nazario es una contribución significativa al estudio de la violencia escolar desde una perspectiva crítica y situada. Al articular las memorias individuales con el análisis estructural, y al vincular la experiencia escolar con el contexto social más amplio, la autora ofrece herramientas conceptuales y prácticas para comprender y enfrentar el acoso escolar en contextos de alta conflictividad social. Su propuesta de pedagogías de la memoria invita a pensar la escuela no solo como un lugar de transmisión de conocimientos, sino como un espacio de construcción de ciudadanía, respeto y convivencia democrática. En esta dinámica, el artículo: El capítulo Memoria, ciudadanía, exilio y derechos humanos en América Latina; del golpe de Estado de Chile hasta los 43 de Ayotzinapa. La lucha contra el olvido (1973–2025), de Enriqueta Cuevas Bahena es un recorrido histórico, testimonial y político que enlaza medio siglo de luchas por la memoria, la justicia y la verdad en América Latina, desde el quiebre democrático en Chile en 1973 hasta las movilizaciones recientes en México por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. La autora construye un hilo conductor que no solo relata hechos, sino que analiza las formas en que los pueblos y las víctimas han enfrentado las políticas del olvido, la impunidad y la violencia de Estado, generando repertorios de resistencia que atraviesan generaciones, fronteras y marcos ideológicos. En este sentido, la obra se inscribe en la tradición latinoamericana de estudios sobre memoria y derechos humanos, y dialoga con corrientes críticas que entienden la memoria como un campo de disputa política y cultural, no como un simple registro del pasado. Cuevas Bahena inicia su análisis con el golpe de Estado en Chile en septiembre de 1973, situando este evento como un parteaguas en la historia latinoamericana contemporánea. El derrocamiento de Salvador Allende y la instauración de la dictadura militar de Augusto Pinochet desencadenaron no solo una ola de represión interna, sino también una diáspora de exiliados que llevaron consigo sus memorias, sus denuncias y sus luchas a múltiples países. La autora resalta el papel del exilio como un espacio doble: por un lado, refugio y reconstrucción de vidas; por otro, plataforma para internacionalizar la denuncia y tejer redes de solidaridad. En este punto, establece un paralelo con otras experiencias de exilio forzado en la región, como las que provocaron las dictaduras del Cono Sur, la guerra civil en El Salvador o los conflictos internos en Guatemala. Uno de los aportes centrales del artículo es la articulación entre memoria y ciudadanía. Baena Cuevas sostiene que las luchas por la memoria no son únicamente un ejercicio de preservación histórica, sino un proceso de construcción de ciudadanía crítica y activa. En sociedades marcadas por la violencia y la impunidad, recordar y exigir justicia se convierte en una forma de participación política que desafía el orden establecido. Esta ciudadanía de la memoria, como la llama, no se limita a las víctimas directas, sino que involucra a amplios sectores sociales que se solidarizan con sus causas y que se reconocen en las demandas de verdad y justicia. La autora despliega un análisis comparativo que conecta el ciclo de luchas de los años setenta y ochenta con las luchas contemporáneas, mostrando continuidades y transformaciones. Así, los mecanismos de desaparición forzada, la tortura y la represión selectiva han mutado en contextos como el mexicano, donde actores estatales y criminales se entrelazan, pero la lógica de negar, encubrir y dilatar la justicia permanece. El caso Ayotzinapa, que ocupa un lugar central en el texto, es presentado no solo como un crimen de Estado, sino como un símbolo que condensa las deudas históricas de México en materia de derechos humanos.
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 17 Cuevas Bahena detalla cómo las familias de los 43 estudiantes han desarrollado estrategias de lucha que combinan acciones legales, movilización social, uso creativo del arte y los medios, y articulación con redes internacionales de derechos humanos. En el tratamiento del caso Ayotzinapa, la autora enfatiza la dimensión transnacional de la solidaridad, señalando que, así como los exiliados chilenos lograron visibilizar sus causas en Europa, América del Norte y otros lugares, las familias y organizaciones solidarias con Ayotzinapa han hecho lo propio en foros internacionales, instancias de la ONU y la CIDH. Este tránsito de la denuncia local a la visibilidad global es clave para comprender cómo las luchas de memoria en América Latina han desbordado las fronteras estatales, generando una especie de comunidad latinoamericana de la memoria y los derechos humanos. Cuevas Bahena no elude la dimensión emocional y subjetiva de estas luchas. Los testimonios recogidos en el capítulo, tanto de exiliados como de familiares de desaparecidos, transmiten no solo el dolor y la pérdida, sino también la fuerza moral que impulsa a seguir buscando justicia. La autora reconoce que la memoria no es un terreno pacífico: está atravesada por tensiones, disputas de sentido y conflictos sobre qué y cómo recordar. En este sentido, analiza las políticas oficiales de memoria —monumentos, conmemoraciones, museos— y las contrasta con las memorias insurgentes, aquellas que se producen desde abajo, en colectivos, en acciones callejeras, en el arte comprometido. En su balance, la autora subraya que la lucha contra el olvido en América Latina es un proceso inacabado y en permanente reconfiguración. Las nuevas generaciones, que no vivieron las dictaduras ni algunos de los episodios más emblemáticos de violencia estatal, participan hoy en movimientos como el feminismo, la defensa del territorio o la protesta estudiantil, y reactivan memorias pasadas en clave de sus propias luchas. Esta transmisión intergeneracional es vista como una de las mayores fortalezas del movimiento de derechos humanos en la región. Cuevas Bahena advierte, sin embargo, sobre los riesgos de cooptación y vaciamiento de la memoria por parte de los Estados. Cuando las conmemoraciones se institucionalizan sin atender las demandas de justicia, la memoria puede convertirse en un ritual vacío, desprovisto de su potencia transformadora. Por ello, insiste en la importancia de que la memoria siga vinculada a la acción y a la exigencia de cambios estructurales. El texto se cierra con una reflexión sobre la necesidad de articular memoria, ciudadanía y derechos humanos como un trípode inseparable para enfrentar las violencias contemporáneas. En la visión de Baena Cuevas, recordar no es suficiente; es necesario que el recuerdo se traduzca en prácticas políticas que fortalezcan la democracia, cuestionen las desigualdades y prevengan la repetición de los crímenes. La experiencia acumulada desde el golpe de Estado en Chile hasta el caso Ayotzinapa muestra que la memoria, cuando se ejerce como derecho y como deber, puede ser un motor poderoso de resistencia y transformación social. En suma, el trabajo de Enriqueta Cuevas Bahena ofrece un panorama histórico y analítico que conecta distintas geografías y temporalidades de la lucha por la memoria en América Latina, evidenciando que, a pesar de los intentos de borrado y silenciamiento, las voces de las víctimas y sus comunidades siguen encontrando formas de hacerse escuchar. Es un texto que, además de documentar, interpela y convoca, recordándonos que la lucha contra el olvido es, en última instancia, una lucha por la vida y la dignidad humanas. El texto, Resistencia cultural: narrativas visuales de la violencia que construyen la memoria colectiva en Acapulco (2018–2025), de Paola Isabel Boleaga Ocampo, propone una reflexión situada y crítica sobre cómo las producciones visuales —fotografía, muralismo, arte urbano y video— se han convertido en herramientas de resistencia y construcción de memoria colectiva en un territorio marcado por la violencia persistente y múltiple. Acapulco, históricamente asociado a la imagen turística del puerto y sus playas, aparece aquí como un escenario donde las comunidades viven cotidianamente bajo el asedio de violencias estructurales, criminales, económicas y políticas, y donde el arte visual, lejos de ser un mero ornamento, se configura como un lenguaje político y social que interpela, denuncia y cohesiona. La autora parte de la premisa de que, frente a contextos de alta conflictividad, el arte adquiere un carácter urgente: no solo documenta lo que ocurre, sino que se posiciona como actor activo en la disputa por el sentido y por la memoria. Boleaga Ocampo articula su análisis desde una mirada que combina estudios de memoria, teoría crítica de la imagen y enfoques decoloniales, reconociendo que las narrativas visuales no son neutrales: transmiten posicionamientos, valores y relaciones de poder. En este sentido, examina cómo en Acapulco se han desarrollado prácticas
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 18 visuales que rompen con la estética oficial y proponen un archivo visual alternativo al que producen las instituciones. Las imágenes creadas desde abajo, por artistas independientes, colectivos barriales y activistas culturales, no solo contrarrestan el discurso mediático que reduce la ciudad a un lugar inseguro o estigmatizado, sino que rescatan la voz de quienes habitan esos espacios, mostrando la cotidianidad, la dignidad y la capacidad de resistencia de sus pobladores. Uno de los aportes clave del texto es el análisis del muralismo y el arte urbano como expresiones de resistencia. La autora señala que los muros de Acapulco se han convertido en lienzos donde se narran historias de víctimas, se recuerdan episodios de violencia y se exigen cambios. Estas intervenciones públicas funcionan como lugares de memoria que disputan el espacio urbano, apropiándoselo para nombrar lo que el discurso oficial intenta ocultar. Así, un mural con el rostro de una víctima de desaparición forzada o una composición visual que denuncia feminicidios se convierte en un acto político que impide que la violencia sea borrada de la memoria colectiva. El texto incorpora el análisis de testimonios de artistas y miembros de colectivos culturales, quienes explican que su labor no busca únicamente producir piezas estéticamente atractivas, sino generar diálogos y movilización social. La autora identifica en estas narrativas visuales una doble función: por un lado, visibilizar las violencias que atraviesan la ciudad; por otro, reafirmar identidades comunitarias y formas de vida que resisten a ser aniquiladas. En este sentido, la memoria visual actúa como una estrategia de supervivencia cultural frente a los intentos de homogeneizar o destruir las expresiones locales. Boleaga Ocampo no evade las tensiones que atraviesan estas prácticas. Reconoce que en un contexto como el de Acapulco, donde el control territorial y la violencia armada pueden afectar la libertad de expresión, la producción artística se enfrenta a riesgos reales. Algunos artistas optan por el anonimato, mientras que otros recurren a la colectividad como forma de protección. Además, la apropiación comercial de ciertos símbolos y estéticas populares por parte de la industria cultural o el turismo plantea dilemas sobre la autenticidad y la instrumentalización del arte comunitario. La autora insiste en que estas tensiones forman parte del campo de disputa por el sentido de la imagen y del patrimonio cultural. El texto concluye planteando que las narrativas visuales de resistencia en Acapulco no son solo expresiones artísticas, sino actos de defensa de la vida frente a la muerte impuesta por la violencia. En ellas, el arte y la memoria se entrelazan para sostener la cohesión comunitaria, para reivindicar el derecho a la verdad y para imaginar futuros distintos. Frente a la cultura del miedo y el olvido, estas imágenes se convierten en territorios simbólicos donde la resistencia se hace visible y contagiosa. Así, la autora nos recuerda que, en última instancia, mirar y recordar son actos profundamente políticos cuando la violencia pretende dejar todo en ruinas. El giro teórico decolonial sobre el patrimonio cultural en América Latina: el vínculo crítico macro–meso en tiempos de violencias, resistencias y resiliencia de María del Rocío García Sánchez se inscribe en un debate contemporáneo que busca descentrar y cuestionar las nociones hegemónicas del patrimonio cultural en la región, a partir de un diálogo profundo con el pensamiento decolonial y las epistemologías del sur. El texto parte de una constatación: el campo del patrimonio cultural, tradicionalmente dominado por marcos normativos, institucionales y académicos de corte eurocéntrico, ha comenzado a ser interpelado de manera sistemática por actores, movimientos y corrientes críticas que reclaman una relectura de sus fundamentos, de sus prácticas y de sus objetivos, en el marco de las crisis múltiples que atraviesan América Latina —crisis que incluyen la violencia estructural, el extractivismo, la desigualdad y la amenaza constante contra las comunidades portadoras de ese patrimonio. García Sánchez ubica el llamado “giro decolonial” como una corriente que no solo aporta un cambio de lenguaje o de agenda, sino que implica un reposicionamiento radical frente a las matrices coloniales de poder que han definido qué se entiende por patrimonio y quién tiene autoridad para definirlo. En esta perspectiva, las categorías macro y meso que utiliza la autora permiten analizar, respectivamente, los grandes marcos políticos, económicos y culturales que condicionan las políticas patrimoniales (macro), y las dinámicas comunitarias, territoriales y organizativas que se desarrollan en respuesta a esos marcos (meso). El vínculo crítico entre ambos niveles es, en su planteamiento, indispensable para comprender las tensiones y posibilidades de transformación en torno al patrimonio cultural.
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 19 El artículo, examina ejemplos concretos de experiencias patrimoniales que encarnan esta perspectiva decolonial. Desde la defensa de sitios sagrados por comunidades indígenas hasta la revitalización de lenguas originarias, pasando por la preservación de prácticas agrícolas tradicionales frente al avance del agronegocio, la autora muestra cómo en cada caso existe un entrelazamiento entre las luchas territoriales y la reivindicación del patrimonio cultural. Estas luchas, además, operan en un plano meso que está constantemente en diálogo y en tensión con las políticas macro, ya sea para disputar recursos, para incidir en marcos legales o para resistir su imposición. La violencia aparece en el texto no solo como un contexto, sino como un factor constitutivo del escenario patrimonial latinoamericano. García Sánchez señala que las políticas neoliberales han intensificado la mercantilización del patrimonio, convirtiéndolo en recurso turístico o en marca identitaria para la inserción de ciudades y regiones en el mercado global. Esta dinámica, al mismo tiempo que puede generar ingresos, suele implicar procesos de desplazamiento, gentrificación y despojo cultural. Frente a ello, la perspectiva decolonial propone un giro que no reduce el patrimonio a mercancía, sino que lo reconoce como parte integral de la vida y la soberanía de los pueblos. En el plano teórico-metodológico, la autora enfatiza la importancia de situar el análisis del patrimonio en las intersecciones entre lo macro y lo meso, superando la visión fragmentada que estudia aisladamente las políticas nacionales y las prácticas locales. El vínculo crítico que propone consiste en entender cómo las decisiones tomadas en organismos internacionales, ministerios de cultura o agencias de desarrollo repercuten en la vida concreta de las comunidades, y cómo estas, a su vez, despliegan estrategias de negociación, adaptación o confrontación. Esta lectura relacional permite identificar tanto las estructuras que perpetúan la colonialidad como los resquicios desde donde se construyen alternativas. El capítulo también aborda la dimensión epistémica del giro decolonial, cuestionando las jerarquías de conocimiento que históricamente han relegado los saberes comunitarios a un estatus subalterno frente a la “experticia” técnica de antropólogos, historiadores del arte o gestores culturales formados en paradigmas occidentales. García Sánchez argumenta que reconocer el valor de los saberes locales no significa idealizarlos, sino integrarlos en un diálogo horizontal que permita co-construir políticas y prácticas patrimoniales más justas y sostenibles. En su conclusión, la autora plantea que el patrimonio cultural en América Latina no puede ser pensado ni gestionado al margen de las luchas sociales que atraviesan la región. La violencia, las resistencias y la resiliencia son dimensiones inseparables de cualquier análisis serio sobre el tema. El giro teórico decolonial ofrece, en este sentido, un marco potente para repensar no solo el patrimonio, sino las relaciones de poder, conocimiento y legitimidad que lo configuran. La clave, según García Sánchez, está en fortalecer el vínculo macro–meso como espacio de articulación crítica, capaz de enfrentar las lógicas extractivistas y de abrir camino a un modelo de gestión patrimonial que parta de las necesidades, prioridades y aspiraciones de las comunidades. El texto también enlaza estas tendencias con la noción de “modernidad líquida” de Zygmunt Bauman, señalando que la volatilidad, la movilidad y la instantaneidad propias de esta etapa han erosionado las nociones tradicionales de permanencia asociadas al patrimonio. Si antes se trataba de conservar para las generaciones futuras, ahora se privilegia el consumo inmediato, la rentabilidad a corto plazo y la espectacularización de la cultura. Esto produce un desplazamiento desde políticas patrimoniales centradas en la preservación hacia estrategias que privilegian la “puesta en valor” como espectáculo, generando procesos de gentrificación y exclusión de comunidades locales. La crítica se acentúa con el diálogo con el pensamiento decolonial (Quijano, Mignolo, Walsh), que denuncia cómo el patrón de poder colonial persiste en las narrativas patrimoniales, invisibilizando memorias subalternas y jerarquizando ciertos pasados sobre otros. En el plano meso, el texto introduce categorías provenientes de la sociología de Pierre Bourdieu, como el capital simbólico y el habitus, para explicar cómo el patrimonio se construye socialmente como un recurso de legitimación y distinción. En este marco, se reconoce que la declaración oficial de un bien como “patrimonio” no solo responde a criterios técnicos, sino a relaciones de poder que involucran a élites políticas, intelectuales y económicas. Así, los procesos de patrimonialización tienden a reproducir desigualdades, privilegiando aquellos elementos que encajan en narrativas nacionales hegemónicas y relegando expresiones culturales de grupos marginados. Este sesgo se manifiesta, por ejemplo, en la sobrevaloración
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 20 de la arquitectura monumental frente a las tradiciones orales o prácticas comunitarias que carecen de visibilidad mediática y apoyo institucional. La dimensión meso también conecta el patrimonio con la memoria social y los derechos humanos. Se enfatiza que, en contextos de violencia, represión o dictaduras, la gestión de la memoria y del patrimonio puede ser un acto de resistencia, al rescatar narrativas silenciadas y dignificar a las víctimas. Autoras como Elizabeth Jelin han mostrado que la memoria no es un archivo estático, sino un campo de disputas en el que diferentes actores pugnan por imponer su versión del pasado. En este sentido, el patrimonio inmaterial, las conmemoraciones y los sitios de memoria se convierten en arenas donde se dirimen conflictos contemporáneos, no solo sobre el pasado, sino sobre el tipo de sociedad que se quiere construir. Esta lectura resalta la importancia de entender el patrimonio como proceso vivo, atravesado por luchas políticas, demandas de justicia y afirmaciones identitarias. Uno de los aportes centrales del documento es la articulación entre los enfoques macro y meso, mostrando cómo las tendencias globales del capitalismo cultural se traducen en dinámicas locales específicas. Por ejemplo, la presión de organismos internacionales para cumplir con estándares patrimoniales globales puede entrar en tensión con prácticas comunitarias que no responden a criterios estandarizados, pero que poseen un profundo valor simbólico y social para quienes las practican. Esta tensión se agudiza cuando las políticas de “puesta en valor” priorizan la atracción de inversiones y turistas, provocando la expulsión de pobladores originales, la transformación radical de los paisajes culturales y la museificación de prácticas vivas. La discusión final del texto se adentra en las tensiones entre las nociones de patrimonio material e inmaterial, destacando que las políticas institucionales suelen otorgar mayor relevancia al primero, por su aparente tangibilidad, facilidad de inventario y potencial de explotación económica. En contraste, el patrimonio inmaterial —prácticas, saberes, expresiones orales, rituales—, pese a su reconocimiento en marcos como la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial (UNESCO, 2003), sigue siendo tratado como complemento decorativo, muchas veces reducido a eventos folclóricos descontextualizados. Esta reducción obvia que, para las comunidades portadoras, el valor reside en la vivencia cotidiana y en la transmisión intergeneracional, más que en su potencial turístico o mediático. El documento resalta que, en América Latina, la relación entre patrimonio y territorio es inseparable. Los paisajes culturales no solo condensan valores estéticos y ecológicos, sino que son escenarios de identidades, memorias y luchas sociales. En esta línea, se menciona que la pérdida de control sobre el territorio conlleva la pérdida de prácticas patrimoniales asociadas, pues el espacio físico y simbólico en el que se desarrollan se ve fragmentado o privatizado. Ejemplos como los desplazamientos forzados, la expansión de megaproyectos extractivos y las dinámicas de especulación inmobiliaria muestran cómo la destrucción del patrimonio es también un fenómeno político y económico, ligado a la reconfiguración de los usos del suelo y a la concentración de beneficios en manos de pocos actores. En un registro propositivo, el texto plantea que el patrimonio debe ser concebido como derecho cultural y no solo como recurso económico. Esta visión exige un giro epistémico y político en la gobernanza patrimonial, donde las comunidades afectadas tengan voz vinculante en las decisiones. Para ello, es fundamental promover marcos normativos que reconozcan el derecho a la memoria, a la identidad cultural y al uso comunitario del patrimonio, así como mecanismos de defensa frente a proyectos que lo amenacen. Aquí se subraya la necesidad de que los Estados latinoamericanos fortalezcan sus capacidades institucionales para actuar no solo como promotores de la explotación turística, sino como garantes del interés colectivo. Asimismo, el análisis aborda el papel del patrimonio como catalizador de procesos de reparación simbólica en contextos de violencia política y colonialidad persistente. Lugares como antiguos centros de detención, zonas de masacres o espacios de resistencia comunitaria pueden —cuando son gestionados de manera inclusiva— convertirse en escenarios de pedagogía social, diálogo intergeneracional y reafirmación de derechos humanos. Sin embargo, el riesgo es que estas iniciativas se diluyan en políticas conmemorativas superficiales o en intervenciones estéticas desvinculadas de los procesos sociales que les dieron origen. En este marco, el texto reivindica la necesidad de concebir el patrimonio como derecho cultural y no solo como recurso económico. Ello implica fortalecer la gobernanza participativa, promover marcos normativos
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 21 que reconozcan el derecho a la memoria y a la identidad cultural, y garantizar mecanismos de defensa frente a amenazas externas. También propone avanzar hacia modelos de cogestión patrimonial que combinen el conocimiento técnico de especialistas con el saber situado de las comunidades, incorporando procesos de consulta previa, libre e informada, así como herramientas jurídicas para prevenir la apropiación indebida de saberes y expresiones culturales. En suma, el artículo de María del Rocío García Sánchez ofrece una reflexión densa y argumentada sobre cómo el giro teórico decolonial está reconfigurando el campo del patrimonio cultural en América Latina, no como un mero ejercicio teórico, sino como un movimiento que interpela directamente las prácticas institucionales, las políticas públicas y las relaciones de poder que definen qué, cómo y para quién es el patrimonio. A través de un análisis que combina crítica epistemológica, revisión de experiencias concretas y propuestas de acción, el texto nos recuerda que el patrimonio, lejos de ser un terreno neutral, es un espacio de disputa en el que se juega no solo la memoria de los pueblos, sino también su futuro. Por su parte, en la sección ENSAYOS el texto Resistencia e interculturalidad de Federico Sandoval Hernández propone una mirada que trasciende la visión habitual de la resistencia como una mera reacción defensiva. En lugar de entenderla como un cierre frente a lo externo, Sandoval la concibe como un proceso histórico e intercultural que se reinventa constantemente. Su estudio, centrado en la comunidad chontal de San Andrés Tuxpan, muestra cómo esta ha tejido, a lo largo del tiempo, una trama cultural que enlaza herencias prehispánicas, adaptaciones coloniales y estrategias contemporáneas frente a las presiones de la globalización. El análisis combina perspectivas diacrónicas y sincrónicas para revelar que la interculturalidad chontal no es simplemente un mosaico de influencias, sino un espacio vivo de negociación, tensión y creatividad, en el que lo local y lo global se encuentran y dialogan. Aquí, el concepto de compatibilidad se vuelve crucial: no se trata de aceptar todo lo externo, sino de evaluar, seleccionar y adaptar, de forma que aquello que llega desde fuera pueda reforzar las bases culturales y no diluirlas. La resistencia se despliega, así como una serie de estrategias glocales, donde lo global se filtra y reinterpreta desde lo local. Esto se refleja en prácticas como la conservación ambiental que combina saberes ancestrales con técnicas modernas, una educación que enlaza la transmisión intergeneracional con contenidos actualizados, la experimentación agrícola que responde a nuevos desafíos sin abandonar especies y métodos originarios, y la reafirmación identitaria mediante fiestas, relatos y usos lingüísticos que sostienen el sentido de pertenencia. Todo ello se acompaña de proyectos de desarrollo que priorizan la autosuficiencia frente a modelos extractivos. En este marco, la resistencia deja de ser solo una defensa y se convierte en una práctica activa de reapropiación y transformación, capaz de abrir la comunidad al mundo sin perder su autonomía. Sandoval nos invita a ver la interculturalidad chontal como un ejemplo de sostenibilidad cultural, un equilibrio delicado entre la memoria y la innovación, donde la clave no está en aislarse ni en asimilarse, sino en compatibilizar, negociar y transformar con un horizonte de autodeterminación. Finalmente, en la sección ENTREVISTA, el artículo Memoria, archivos de la resistencia y el papel del CAMENA: entrevista a Beatriz Torres Abelaira se inscribe en un campo de investigación que en América Latina ha adquirido especial densidad teórica y política desde finales del siglo XX: los estudios de memoria como espacio de disputa histórica, ética y epistémica. La entrevista, estructurada como un diálogo reflexivo, no solo recupera el testimonio y la experiencia de Torres Abelaira, sino que también articula una lectura situada de la construcción, preservación y activación de archivos documentales vinculados a procesos de violencia política y resistencia en México y el continente. En la introducción, los autores, José Carlos Luque Brazán y Fabiola de la O de la Crúz, sitúan la memoria colectiva —en línea con las formulaciones de Elizabeth Jelin (2002)— como un proceso social anclado en el presente, atravesado por tensiones políticas, luchas por la justicia y conflictos por la interpretación del pasado. Lejos de concebir la memoria como mero registro pasivo, se entiende como un terreno de disputa simbólica en el que múltiples actores buscan imponer sentidos. En este marco, la figura de los archivos —y en particular los archivos de la resistencia— aparece como una herramienta fundamental para la preservación de huellas y la construcción de relatos alternativos a las narrativas oficiales
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 22 La conversación con Beatriz Torres Abelaira ofrece una cartografía personal e institucional de este compromiso. Como coordinadora del Centro Académico de la Memoria de Nuestra América (CAMENA), Torres Abelaira describe los procesos de acopio, clasificación, conservación y socialización de documentos que integran el acervo del centro, con especial énfasis en fondos documentales vinculados a experiencias de exilio, luchas sociales, organizaciones políticas de izquierda y resistencias frente a dictaduras y regímenes autoritarios. El CAMENA, dependiente de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, ha logrado posicionarse como un espacio de referencia para investigadores, activistas, estudiantes y comunidades interesadas en la recuperación de la memoria histórica. Uno de los ejes centrales de la entrevista es la reflexión sobre la función social de los archivos. Lejos de ser depósitos inertes de documentos, estos son entendidos como dispositivos activos que permiten cuestionar el olvido impuesto, confrontar el negacionismo y sostener la vigencia de los derechos humanos. Torres Abelaira subraya que cada documento, cada carta, cada fotografía, es una “huella viva” que interpela tanto a quienes investigan como a quienes han vivido —y siguen viviendo— las consecuencias de la violencia política. En este sentido, el CAMENA opera como un puente entre el pasado y el presente, conectando las luchas de ayer con las del presente, y proyectando su relevancia hacia el futuro. La entrevista también aborda la dimensión ética del trabajo archivístico. La preservación de testimonios y documentos de resistencia no solo implica una tarea técnica, sino una responsabilidad política con las personas y comunidades de donde provienen. Se enfatiza la necesidad de protocolos de cuidado, consentimiento informado y respeto a la integridad de las narrativas originales. Esto es particularmente relevante cuando se trata de materiales que pueden implicar riesgos para sobrevivientes, familiares o militantes, o que contienen información sensible sobre violaciones a los derechos humanos. En el plano metodológico, Torres Abelaira subraya la importancia de integrar el trabajo archivístico con procesos de investigación y pedagogía crítica. No se trata solo de custodiar documentos, sino de ponerlos en circulación a través de actividades académicas, exposiciones, talleres y publicaciones que permitan activar la memoria en contextos educativos y comunitarios. Aquí, la autora conecta el trabajo del CAMENA con corrientes como la historia oral, las metodologías participativas y los enfoques decoloniales, que cuestionan las jerarquías de saber y priorizan las voces subalternas. Otro aspecto de relevancia es la contextualización del CAMENA en el mapa regional de archivos de memoria. Torres Abelaira identifica redes y alianzas con iniciativas similares en América Latina, destacando intercambios con centros de memoria en Argentina, Chile, Uruguay y otros países que han vivido dictaduras o conflictos armados internos. Estas colaboraciones permiten compartir experiencias, estandarizar buenas prácticas, coordinar esfuerzos de preservación y generar estrategias conjuntas para la defensa de los archivos frente a amenazas políticas o presupuestales. El texto también problematiza la relación entre Estado, memoria y archivos. Si bien algunas políticas públicas han incorporado la preservación de la memoria como objetivo, la experiencia latinoamericana muestra que los archivos de la resistencia a menudo surgen en tensión o incluso en abierta oposición a las instituciones estatales. En este sentido, el CAMENA mantiene una autonomía institucional que le permite resguardar materiales que podrían ser incómodos o contrarios a narrativas oficiales. Torres Abelaira resalta que esta independencia es clave para sostener un trabajo crítico y garantizar que los documentos no sean manipulados, destruidos o distorsionados. La entrevista, además, introduce un debate sobre el uso político de la memoria. Por un lado, se reconoce que toda memoria es selectiva y que su activación responde a intereses concretos. Por otro, se subraya la necesidad de que los archivos de la resistencia sostengan una perspectiva plural, abierta a múltiples voces y a la complejidad de los procesos históricos. Esto implica resistir tanto a las tentaciones de monumentalizar ciertos relatos como a la invisibilización de experiencias minoritarias o incómodas. En términos prácticos, Torres Abelaira describe el trabajo cotidiano en el CAMENA: la catalogación de fondos, la digitalización de materiales, la atención a investigadores y visitantes, y la organización de actividades de difusión. En este punto, se enfatiza el desafío que representa la conservación física de documentos en un contexto de recursos limitados, así como la necesidad de capacitar a nuevos profesionales en gestión de archivos de memoria.
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 23 Finalmente, el artículo sitúa la labor del CAMENA en un horizonte más amplio: el de la memoria como derecho y como práctica ciudadana. En sociedades marcadas por la desigualdad, la violencia y la impunidad, la preservación de los archivos de la resistencia no es un lujo ni una tarea secundaria, sino una condición para la construcción de una democracia sustantiva. Como señala Torres Abelaira, el trabajo de memoria no se agota en la conmemoración, sino que debe traducirse en acciones concretas para garantizar verdad, justicia y reparación. En suma, el artículo ofrece un retrato detallado del papel del CAMENA como espacio de preservación, investigación y activación de la memoria histórica en México y América Latina. A través de la voz de Beatriz Torres Abelaira, se delinean los retos, las apuestas éticas y las estrategias políticas que implica sostener un archivo de la resistencia. La entrevista no solo documenta una experiencia institucional, sino que invita a reflexionar sobre el lugar de la memoria en las luchas contemporáneas por los derechos humanos y la justicia social. CONCLUSIONES En conjunto, estos catorce artículos delinean un mapa donde el patrimonio cultural, la memoria y la ciudadanía se configuran como campos de disputa que atraviesan diversas escalas: desde lo íntimo y doméstico hasta lo institucional y mediático, desde lo material hasta lo simbólico, desde lo local hasta lo transnacional. La apertura de estos aportes permite pensar la relación entre patrimonio, memoria e interculturalidad no como un inventario de objetos o prácticas a preservar, sino como un entramado de relaciones, narrativas y luchas que se actualizan en cada contexto. Este cierre parcial marca el tránsito hacia la segunda mitad del dossier, donde otros capítulos ampliarán la reflexión hacia temas como el neoliberalismo y la violencia simbólica, las narrativas visuales feministas, las memorias del acoso escolar y de la violencia política, así como los enfoques decoloniales sobre el patrimonio cultural. La lectura conjunta de estos seis textos prepara el terreno para comprender esos debates posteriores, al situar de forma clara que el patrimonio y la memoria en América Latina no pueden desligarse de los conflictos y resistencias que atraviesa la región. El dossier Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad en contextos de violencias y resistencias en América Latina se concibe como un espacio colectivo de reflexión crítica sobre el lugar que ocupan las memorias, el patrimonio y las identidades en sociedades atravesadas por violencias históricas y contemporáneas. Más que un inventario temático, este conjunto de artículos ofrece una cartografía intelectual y política que se adentra en procesos de disputa simbólica, prácticas de resistencia y resignificación cultural que emergen desde las comunidades y sujetos subalternos. En su conjunto, el dossier plantea que la noción de patrimonio —lejos de ser un objeto estático o una categoría administrada desde arriba— se configura como un campo de batalla en el que intervienen memorias, luchas y proyectos políticos. A partir de esta premisa, cada texto explora, desde contextos y metodologías diversas, cómo se construyen, preservan o transforman los sentidos colectivos frente a la violencia estructural, el despojo y la homogenización cultural. BIBLIOGRAFÍA ARROYO, C. (2025). Patrimonio, memoria cultural y resistencia de las Radios comunitarias. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. BOLEAGA, P. (2025). Resistencia Cultural: Narrativas visuales de la Violencia que construyen la memoria colectiva en Acapulco 2018-2025. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. CARREÓN, I. (2025). Mujeres, Muros y Memoria: Narrativas Visuales del Feminismo Guerrerense. Revista Utopía y Praxis latinoamericana.
Patrimonio cultural, memorias, ciudadanía e interculturalidad… 24 CRUZ, E., Bautista, A. (2025). Ecos de la memoria: genealogías teóricas desde América Latina. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. CUEVAS BAHENA, E. (2025). Memoria, ciudadanía, exilio y derechos humanos en América Latina; del golpe de estado de Chile hasta los 43 de Ayotzinapa. la lucha contra el olvido (1973–2025). Revista Utopía y Praxis latinoamericana. DORANTES, C. (2025). Memorias de la violencia en los estudiantes de las secundarias públicas en acapulco (2000–2025). Revista Utopía y Praxis latinoamericana. GARCÍA, M. (2025). El giro teórico decolonial sobre el patrimonio cultural en América Latina: el vínculo critico macro – meso. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. GONZÁLEZ, J. (2025). Neoliberalismo, globalización y violencia simbólica una trama de poder y resistencia. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. LINCOLN, I. (2025). Maternidad, orfandad y violencia en el cine mexicano a través del análisis del film. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. LUQUE-BRAZÁN, J., De La O, F, (2025). Memoria, archivos de la resistencia y el papel del CAMeNA: entrevista a Beatriz Torres Abelaira. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. RAMÍREZ, A. (2023). Patrimonios cercanos, una propuesta de preservación de nuestros legados culturales desde las visiones comunitarias. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. RODRÍGUEZ, A. (2025). Educación, Ciudadanía juvenil, Democracia y Memoria: Percepciones de Estudiantes de Bachillerato en Guerrero (2025). Revista Utopía y Praxis latinoamericana. ROSAS-ACEVEDO, A. (2025). Sincretismo religioso y patrimonio cultural del Ñuu Savi Jicayán de Tovar. Revista Utopía y Praxis latinoamericana. SANDOVAL, F. (2025). Resistencia e interculturalidad. Revista Utopía y Praxis latinoamericana.
Utopía y Praxis Latinoamericana; ISSN 1316-5216; ISSN-e 2477-9555 Año 30 n.o 111, 2025, e 17211053 25 BIODATA José Carlos LUQUE BRAZÁN: Doctor. Es antropólogo social por la Universidad de Chile, Maestro en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede México, es egresado del doctorado en Ciencia Política por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde desarrolló una sólida formación en teoría política, sociología histórica y análisis de los procesos democráticos en América Latina. Actualmente se desempeña como Profesor–Investigador de tiempo completo en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), institución en la que ha contribuido al fortalecimiento de los estudios políticos y sociales desde una perspectiva crítica e interdisciplinaria. Su labor académica se centra en el estudio de la democracia, el autoritarismo, las migraciones y la construcción de ciudadanía en contextos atravesados por violencias estructurales y procesos de resistencia. Ha coordinado proyectos de investigación de alcance regional y es fundador de redes como la Red de Investigadores en Derechos Sociales en América Latina (REDIDSAL) y la Red Migrápolis, que articulan a especialistas de distintos países para debatir sobre neoliberalismo, derechos sociales, pedagogías insurgentes y memorias colectivas. Es autor de numerosos libros y decenas de artículos publicados en revistas científicas y editoriales de prestigio en América Latina, Europa y los Estados Unidos. Entre sus contribuciones recientes destacan sus investigaciones sobre memorias, violencias y fronteras migrantes venezolanas en ciudades como Medellín, Santiago de Chile y Ciudad de México, donde articula metodologías cualitativas, entrevistas en profundidad e historias de vida situadas. Su trabajo ha aportado a la consolidación de un campo de estudios que enlaza la ciencia política con la antropología, la sociología y los estudios culturales. Más allá de su producción académica, Luque Brazán se ha distinguido como intelectual público, analista y conferencista en temas de democracia y crisis política en América Latina. Su estilo de investigación se caracteriza por una ética comprometida con las voces subalternas y con la construcción de un conocimiento situado, crítico y transformador. En este sentido, su trayectoria combina la rigurosidad teórica con la apuesta por producir pensamiento útil para comprender y transformar las realidades latinoamericanas contemporáneas. Claudia ARROYO SALINAS: Doctora. Es una investigadora y académica mexicana adscrita al Centro de Investigación y Posgrado en Estudios Socioterritoriales (CIPES) de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro), donde ocupa el cargo de subdirectora Académica. Su formación incluye un doctorado en Estudios Políticos y Sociales y un posgrado en Geografía y Gestión Territorial por la misma universidad. Su trayectoria combina la investigación, la docencia y la gestión académica, con un fuerte compromiso por el análisis crítico de las realidades socioterritoriales, la memoria cultural y las resistencias comunitarias en contextos de diversidad cultural. A lo largo de su carrera, ha participado en múltiples foros y encuentros académicos nacionales, abordando temas como la interculturalidad, la preservación del patrimonio cultural material e inmaterial y las dinámicas sociales de las comunidades indígenas y afrodescendientes del sur de México. Su labor se caracteriza por una perspectiva interdisciplinaria que integra enfoques de ciencias sociales, estudios culturales y geografía humana, así como por su interés en vincular la investigación con el fortalecimiento de las identidades locales frente a los procesos de globalización y desigualdad estructural.