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Bienestar fugitivo: Pensando más allá de la salud global para una futura antropología de la salud

Hasemann Lara, Jose Enrique

Abstract

Resumen Cada vez más se acrecienta el llamado por la descolonización de la salud global dentro y fuera de la antropología. Sin embargo, no hay consenso sobre lo que significa la descolonización de la salud global ni sobre cómo llevarla a cabo (Benton 2014; Yates-Doerr et al. 2023). En vez de luchar por la descolonización de la salud global, sugiero descentrar/desplazar la salud global para abrir espacio a proyectos locales alternativos de construcción de mundo centrados en la distribución de salud-enfermedad-atención. Tomando de la Tradición Radical Negra (Black Radical Tradition) (Harney y Moten 2013; Campt 2014), me refiero a uno de estos posibles proyectos alternativos locales de construcción de mundo como bienestar fugitivo. Por último, ofrezco un breve ejemplo de lo que entiendo por bienestar fugitivo (y sugiero un punto de partida para futuras investigaciones) tomando de una investigación exploratoria realizada en Honduras entre miembros de un grupo organizado Garífuna, el cual sostenía que la pandemia del COVID-19 les brindó la oportunidad de autoadministrar procesos de salud-enfermedad-atención sin la intromisión del estado central hondureño. A la vez, mis interlocutoras sostuvieron que esta capacidad de autoadministrar cuidado durante la pandemia fortaleció procesos políticos de re-invindicación territorial, autonomía y liberación. En última instancia, sostengo que la salud global es un proyecto político que se enmarca en una categoría más amplia de respuestas sociales al dilema de la distribución: infraestructuras a escala para la distribución de bienes públicos (ver Blackwell 2023; Berlant 2016; Tsing 2014); 2) que nuestra comprensión de lo que constituyen bienes públicos (ver Bear y Mathur 2015) configura actualmente los límites de la salud global; y 3) que nuestra comprensión de los bienes públicos está a su vez configurada por nuestras ideas de lo humano y del futuro. Palabras Clave Antropología de la salud global; descolonización; colonialidad de la salud; salud como bien público total; Honduras.

Full text

1 2025 Congress of the World Anthropological Union (WAU) “Unearthing Humanity: Critical and Urgent Epistemic Redefinitions in World” Anthropologies” Panel: De lo local a lo global. Repensar los procesos de salud-enfermedad-atención desde la experiencia en comunidad Título de la ponencia: “Bienestar fugitivo: Pensando más allá de la salud global para una futura antropología de la salud" 03-08 de noviembre, 2025 Antigua Guatemala, Guatemala José Enrique Hasemann Lara, PhD, MPH Investigador asociado CRIA-ISCTE, Lisboa, Portugal MSCA Postdoctoral Fellow (2023-2025) 2 Resumen Cada vez más se acrecienta el llamado por la descolonización de la salud global dentro y fuera de la antropología. Sin embargo, no hay consenso sobre lo que significa la descolonización de la salud global ni sobre cómo llevarla a cabo (Benton 2014; Yates-Doerr et al. 2023). En vez de luchar por la descolonización de la salud global, sugiero descentrar/desplazar la salud global para abrir espacio a proyectos locales alternativos de construcción de mundo centrados en la distribución de salud-enfermedad-atención. Tomando de la Tradición Radical Negra (Black Radical Tradition) (Harney y Moten 2013; Campt 2014), me refiero a uno de estos posibles proyectos alternativos locales de construcción de mundo como bienestar fugitivo. Por último, ofrezco un breve ejemplo de lo que entiendo por bienestar fugitivo (y sugiero un punto de partida para futuras investigaciones) tomando de una investigación exploratoria realizada en Honduras entre miembros de un grupo organizado Garífuna, el cual sostenía que la pandemia del COVID-19 les brindó la oportunidad de autoadministrar procesos de saludenfermedad-atención sin la intromisión del estado central hondureño. A la vez, mis interlocutoras sostuvieron que esta capacidad de autoadministrar cuidado durante la pandemia fortaleció procesos políticos de re-invindicación territorial, autonomía y liberación. En última instancia, sostengo que la salud global es un proyecto político que se enmarca en una categoría más amplia de respuestas sociales al dilema de la distribución: infraestructuras a escala para la distribución de bienes públicos (ver Blackwell 2023; Berlant 2016; Tsing 2014); 2) que nuestra comprensión de lo que constituyen bienes públicos (ver Bear y Mathur 2015) configura actualmente los límites de la salud global; y 3) que nuestra comprensión de los bienes públicos está a su vez configurada por nuestras ideas de lo humano y del futuro. Palabras Clave Antropología de la salud global; descolonización; colonialidad de la salud; salud como bien público total; Honduras. 3 Esta ponencia toma inspiración de dos fuentes. La primera es una observación sobre la salud global que hizo la antropóloga Adia Benton en el 2021. En un tuit, Benton escribió “Aún sigo bastante segura de que no podemos descolonizar la salud global y seguir aún con la salud global” (en Yates-Doerr et al. 2023: 197). Estoy de acuerdo con Benton y estoy de acuerdo con Benton porque a lo largo de su carrera ha demostrado como (2014, 2017) el discurso que acompaña los proyectos de salud global, su distribución geográfica, su organización y sus prácticas para generar/reconocer saberes, recapitulan una separación entre poblaciones valiosas/vulnerables a infección y poblaciones peligrosas/focos de infección. Como sabemos, y como han argüido muchas otras personas, esta diferenciación depende de resabios históricos que se pueden rastrear a la ocupación colonial y que no parecen menguar bajo nuestros sistemas de explotación neocolonial (Amrith 2006; Borde and Hernández 2019; Edu 2025; Onoge 1975; Stevenson 2014; Suarez et al. 2004; White 2023). Dentro de esta visión de mundo, la salud global (por cuestión de diseño) reafirma la construcción histórica y las formas contemporáneas de la distribución global del poder, junto con sus jerarquías socioraciales; busca proveer acceso a un conjunto de bienes distribuidos bajo un esquema de mercado; y pareciera ejercer sus operaciones en algunos lugares afectados para salvaguardar a poblaciones más valiosas en otras localidades (Lakoff 2010; Povinelli 2006; White 2023) o inclusive para facilitar una entrada a mercado nuevos (Harvey 2005; Birn et al. 2016). Bajo esta conceptualización, la aceptabilidad del cuidado y atención que se brinda bajo proyectos de salud global varia a lo largo de territorios nacionales y según clasificaciones raciales, étnicas, de clase y de género. También, prima el deseo de querer mejorar algo identificado como la salud de una población sin la necesidad de tener que aportar una solución a las circunstancias históricas que condicionan la vida diaria, de dar respuesta a las dinámicas sociales que generan distribuciones desiguales de recursos, o de asegurar la estabilidad de las redes sociales e infraestructurales de apoyo que hacen posibles vidas sanas bajo condiciones opresivas (Breilh 1994; 2021; Singer and Baer 1995; Hedva 2022). Lo que se cuestiona, a mi parecer, desde el punto de vista de Benton, es como las suposiciones que dan forma a los límites y a las expectativas de los proyectos ejecutados dentro de la llamada salud global son intrínsecos a los mecanismos que sostienen la salud global, y no si la salud global es capaz de brindar algún tipo de atención o cuidado. La segunda fuente que informa esta ponencia son entrevistas exploratorias que llevé a cabo con dos miembros de OFRANEH entre el 2022 y el 2024. OFRANEH (la Organización 4 Fraternal Negra Hondureña) es un movimiento social organizado asociado con el grupo étnico de los Garífunas. Los Garífunas son un grupo étnico Afro-Indígena (Loperena 2022) que primero se asentó en las Islas de la Bahía de Honduras en la costa atlántica entre 1797 – 1803 y que después migró a lo largo de la costa atlántica de Centro América (Davidson 1984). Las poblaciones Garífunas más grandes de Centro América se encuentran en Honduras (~100.000) y Belice (~14.000), seguidas por poblaciones más pequeñas en Guatemala (~4.000) y Nicaragua (~1.000) (Mohr de Collado 2007). Llevé a cabo estas entrevistas en la isla de Roatán, parte de las Islas de la Bahía, cerca del pueblo de Punta Gorda. Punta Gorda fue el primer pueblo Garífuna que se estableció en las Islas de la Bahía y en el territorio hondureño. Durante estas conversaciones, estos dos miembros de OFRANEH me contaron sobre como la pandemia del COVID-19 permitió que OFRANEH, de manera inesperada, continuara estructurando un movimiento político que apuntaba a la soberanía y a la autonomía mediante la creación de una red de atención y cuidado a lo largo país durante y después de la pandemia de COVID-19. Entonces, tomando de Benton y de la experiencia que me compartió, principalmente, Melissa Martínez, aquí trato de esclarecer algunas de las cosas que creo que me han ayudado a mí a pensar más allá de la categoría de la salud global. No busco descolonizar la salud global mediante el ejemplo de OFRANEH, sino más bien usar la experiencia de OFRANEH como punto de partida para descentrar eso que llamamos salud global y dejar de pensarle como categoría madre. Una breve descripción conceptual de las “Casas del Té” Entonces, ¿qué hizo OFRANEH en Honduras? A través de una red organizada a nivel nacional, OFRANEH brindó servicios de atención y cuidado a poblaciones Garífunas y no Garífunas a lo largo del territorio nacional durante y después de la pandemia del COVID-19. OFRANEH inició estas actividades de cuidado a mediados del año 2020 cuando se volvió evidente para algunas de sus miembros que tanto los servicios privados de salud como los públicos se estaban rehusando de manera sistemática a brindar servicios a poblaciones Garífunas (M. Martínez 2023; OFRANEH 2020). Eventualmente, estas redes establecidas por OFRANEH también comenzaron a proveer servicios a poblaciones no Garífunas, quienes, según Melissa, día a día iban perdido la confianza en proveedores de salud convencionales mientras seguía avanzando la pandemia. Estas redes tenían su punto fijo en centros de atención conocidos localmente como “Las Casas del Té”, pero que tenían el nombre oficial de “Centros de Atención Holística.” Aunque estos centros, y la red que conformaban, se volvieron relevantes debido a la provisión de servicios de atención y cuidado para manejar 5 casos posibles de COVID-19, Melissa consideraba que estas redes, en realidad, estaban organizadas en torno a una aspiración política más grande que apuntaba hacia la autosuficiencia y la eventual soberanía territorial de los Garífuna y que miraba en las Casas del té una avenida para demostrar la factibilidad de esta propuesta (M. Martínez 2023). Para cumplir con este mandato, Melissa me comentó como OFRANEH optó por rechazar apoyo gubernamental y de organizaciones no gubernamentales para así poder mantener control sobre un proyecto colectivo que, a la vez, daba respuesta a procesos locales de salud-enfermedad y alimentaba la construcción de un futuro particular. Sin embargo, OFRANEH si optó por entablar colaboraciones transnacionales a lo largo de Latinoamérica con otros grupos Indígenas y Afro-Indígenas organizados (M. Martínez 2023; OFRANEH 2020). Esta decisión, más allá de forjar alianzas estratégicas, ayudo también a elevar el capital político con el que ya contaba OFRANEH y quizá ayudo a entablar formas de reconocimiento y legitimidad que excedían al gobierno hondureño (see Blackwell 2023; Schütze 2018). Ya para finales del 2021, OFRANEH contaba con alrededor de 22 “Casas del Té” distribuidas a lo largo de Honduras y la mayoría de estas casas continuaban en operación para enero del 2024. Durante las conversaciones exploratorios que tuve con Melissa durante el 2022 y el 2024, Melissa me comentó como estas casas surgieron de manera espontánea y precaria hasta convertirse en sistemas de respuesta organizados. Melissa opinaba que las casas lograron mantenerse operativas más allá de la emergencia del COVID-19 porque seguían proveyendo servicios críticos y necesarios. Melissa fue enfática que estas redes rápidamente se convirtieron en un esfuerzo colectivo organizado capaz de reemplazar los escuetos servicios que proveía el sistema nacional de salud en algunas localidades. Tanto así, que la continua existencia y operatividad de las “Casas del Té”, para Melissa, evidenciaron de que grupos Garífunas organizados eran capaces de generar y mantener formas de vida apartadas del gobierno central. Descentrar la salud global y no descolonizarle Considero que el ejemplo de OFRANEH me ayuda a desplazar la salud global, al igual que OFRANEH desplazó al gobierno central, tomando tres aproximaciones interrelacionadas. Primero, me ayuda a situar a la salud global como una posibilidad, entre muchas, dentro de una categoría más amplia. Esta categoría debería abarcar todas esas maneras organizadas de brindar una respuesta a la realidad vivida de la inequidad. A esta categoría más amplia le doy el nombre de infraestructuras a escala para la distribución de un bien público. Segundo, me 6 obliga a brindarle más atención a las normas que guían la práctica dentro de la salud global y como estas normas normalizan ciertas soluciones al dilema compartido de la construcción social de la inequidad, o lo que veo como el hacer de la salud un bien público total. Finalmente, me ayuda a poner en perspectiva como se utilizan ideas sobre el futuro y la construcción del futuro para darle forma a proyectos colectivos y evaluarles. La salud global como parte de una categoría (no la categoría en si) La socióloga Monica Krause (2023) nos advierte que tratar de evaluar una cosa desde el punto de vista de la cosa nos cierra al contexto en el que existe esa cosa, al igual que el antropólogo Michel-Rolph Trouillot (2002) nos recuerda que evaluar una cosa desde la cosa en si termina en que esa cosa que estamos estudiando parezca ser universal o tome cualidades de universalidad. Sylvia Wynter (2015) también nos recuerda que al confundir la cosa con lo que le da forma a la cosa terminamos por justificar todo el conjunto, pero también reconoce que es difícil no caer en esta confusión ya que todos estos elementos son intrínsecos a como entendemos el mundo. Al evaluar la salud global desde la salud global, me parece que perdemos de vista algunos conceptos edificantes (e.g., la salud), el rol de valores morales dominantes (e.g., la justicia o los derechos humanos), al igual que de las instituciones que le estructuran (e.g., Organización Mundial de la Salud o el Banco Mundial). En otras palabras, y siguiendo a Krause (2023), corremos el riesgo de convertir un elemento de una categoría en un ejemplo emblemático de la categoría y, eventualmente, en la categoría misma. Para navegar este obstáculo, tomo de la propuesta que hace Krause (2023) de teorizar desde “casos abandonados,” o en este caso, desde un objeto de estudio que por sus similitudes y diferencias con el caso emblemático-hecho-categoría reta la singularidad del caso emblemático de tal manera que nos acerca a considerar la posibilidad de la existencia de una categoría que abarque ambos casos. Para el caso que tenemos presente, las redes de OFRANEH estaban por fuera de eso que entendemos como la salud global, pero a la vez parecían nutrirse de algunas redes transnacionales, movimientos organizados locales y de diversos tipos de capital local para terminar por formar algo o cumplir una meta parecida. Me parece entonces que la salud global y las redes de OFRANEH podrían caber dentro de una misma categoría que quiero llamar infraestructuras a escala para la distribución de un bien público. Para pensar sobre estas infraestructuras, tomo del trabajo de Lauren Berlant (2016) quien ve las infraestructuras como una organización o coalición bastante flexible e inestable de principios, cosas, personas, u otros elementos que nos ayudan a organizar como nos 7 relacionamos con un mundo y con otras personas que están en movimiento constante. Me gusta pensar con esta idea de Berlant porque nos recuerda que la temporalidad de un proyecto colectivo no es un reflejo de su importancia, al igual que hace hincapié en que algunos proyectos colectivos tienden a perdurar más allá de su utilidad hasta convertirse en sistemas rígidos y miopes. A la vez, tomo de la teorización de Maylei Blackwell (2023) sobre escalas de actuación para indicar que estos son proyectos colectivos que operan a diferentes niveles de manera simultánea con un conjunto de actores que no ocupan apoyarse sobre actores o instituciones gubernamentales para poder existir. Es decir, lo que conocemos como la salud global representa un conjunto de organizaciones que ofrecen tan solo una posible solución a un problema mucho más grave: la producción histórica y sistemática de la desigualdad. La salud global ha optado por brindar una respuesta a esta problemática mediante la distribución de la salud. Me parece que lo que puso en marcha OFRANEH es un ejemplo paralelo a la salud global en el cual el bien público bajo consideración era uno distinto (la soberanía), pero que igual tuvo un impacto sobre procesos de salud-enfermedad. La salud como un bien público y los límites de la salud como un bien público Entonces, aquí ya se vuelve relevante abordar como me imagino eso del bien público y el bien público dentro de proyectos de la salud global. Antropólogas como Melissa Salm et al. (2021) o Rebecca Walker et al. (2016) reconocen que proyectos bajo la rúbrica de la salud global, por lo general, buscan satisfacer una demanda ética. Esta demanda viene a ser la de mejorar los estados comprometidos de vida de algunas poblaciones a través de inversiones en proyectos que mejoren indicadores de eso que llamamos salud. A mi parecer, esto convierte a la salud en un bien público o, tomando de Laura Bear y Nayanika Mathur (2015), en uno de esos recursos que, por lo general, se estima aporta un beneficio generalizado a la población. La manera en que la salud global organiza los mecanismos mediante los cuales se distribuye este bien público, es decir, a través de convenios burocráticos que tienden a privilegiar lenguajes y prácticas basadas en eficacia, eficiencia, reducciones de costos y la creación de ambientes amigables a la inversión privada son para antropólogas como Vincanne Adams (2016) y Susan Erikson (2016) indicativo de las restricciones y expectativas neoliberales bajo las cuales opera la salud global. Segundo, los proyectos de salud global tienden a privilegiar la salud como, lo que quiero llamar, un bien público total: o un bien o recurso al cual se le considera suficiente para satisfacer la diversidad de necesidades que podría tener un grupo o cuya presencia se toma 8 como indicativa de que se han logrado satisfacer todas las demás necesidades que podría tener una población. La mejora en condiciones de salud, medida a través de cuerpos, se convierte en la meta única y sirve de evidencia de que se ha logrado una distribución óptima de un bien público. Como ya mencioné, tomo de Bear y Mathur (2015) para pensar sobre el destino de los bienes públicos bajo la racionalidad neoliberal, pero también vuelvo a tomar de las teorizaciones de Berlant (2016) sobre el instinto de autopreservación que parecen manifestar instituciones bajo el capitalismo tardío. Para terminar de unir la idea de racionalidad neoliberal junto con el precepto de autopreservación institucional, el punto viene a ser que proyectos bajo el esquema de la salud global tienden a privilegiar a la salud como un bien público total porque este enfoque permite que el proceso de distribución y obtención de un bien público sea mesurable y finito y por ende reproducible a escala (ver Tsing 2012), sin importar el impacto real que tenga esta distribución ya que lo importante es que esta reproducción a escala ayude a preservar la relevancia del ente que hace la distribución. La teleología de las infraestructuras a escala para la distribución de bienes públicos Pasando, finalmente, a como la salud global participa en la construcción del futuro deseado, aquí tomo de las teorizaciones de Laura Bear sobre la especulación. Bear (Bear 2020) teorizó que la especulación es una estrategia que logra la acumulación de capital en el futuro mediante la creación de la diferencia social y la promesa de mantener dicha diferenciación social a futuro. Ya se ha discutido ampliamente como la salud global fomenta la especulación en mercados capitalistas (Adams 2016, 2010; Dumit 2012; Erikson 2016; Farmer 2001; Petryna 2009). Lo que me parece que se ha discutido menos es como la especulación en la salud global también puede producir violencia en el futuro (Affun-Adegbulu and Adegbulu 2020; Hindmarch and Hillier 2023). Siguiendo con Bear (2020), el reconocer que la salud global participa en la especulación también requiere el reconocimiento de que la salud global participa en la construcción de futuros imaginados que, como nos advirtió Didier Fassin (2012), se construyen en base a quien pertenece, y quien no, a una comunidad moral. Considerar el rol de la especulación también requiere que estemos atentos a como nuestros mundos se apoyan sobre ficciones sociales convincentes que nos aseguran de que el mundo no puede ser diferente a lo que es y que este se desenvuelve de manera lineal (Trouillot 2002; Wynter 2015). Trouillot (2002) sugirió que estas ficciones sociales se mantenían mediante lo que el distinguía como “geografías de la imaginación” y “geografías de la administración,” ambas herramientas para construir, en conjunto, los ideales de la modernidad en base a la 9 práctica de la modernización. La primera brinda un esquema sobre el cual podemos depositar nuestras aspiraciones del futuro (es temporal), mientras que la segunda genera en el presente esas instituciones que se consideren necesarias para alcanzar ese futuro (son materiales). Lo relevante para esta discusión es que las “geografías de la imaginación” tienden a opacar como ese futuro que se promete se construye para el beneficio de una población normativa y, por ende, el futuro se convierte en un bien circunscrito. Entonces, si concebimos la salud global como una serie de prácticas y procesos mediados por diversos agentes para una determinada finalidad, también podemos concebir a la salud global como una institución, con alguna coherencia (ver Trouillot 2001), capaz de crear imágenes o idealizaciones convincentes sobre un futuro deseado con la intención de forjar un presente particular (ver Leins 2020). Tomando de Berlant (2016) y de Trouillot (2002) podríamos concluir que el presente, como lo vivimos, no es más que la manifestación de como instituciones existentes le dan forma a un sistema dominante, aunque este sea temporal. Sin embargo, podemos actuar y pensar más allá o afuera de estos cuajos de la realidad (y aquí estoy pensando en la salud global como uno de estos cuajos) siempre y cuando seamos capaces de reconocer que estos cuajos son inestables y operan bajo restricciones geográficas y temporales. Esta aproximación se ha discutido de manera teórica como la fugitividad (Campt 2014; Harney and Moten 2013; Hooker 2017) o el proceso de crear espacios de existencia y socialidad afuera de esos que se asume deberían ser arreglos institucionales universales, como por ejemplo la figura del estado, o principios organizativos deseables, como por ejemplo capitalismo o comunismo. La fugitividad es esa manera de asegurar u obtener un algo que se nos ha denegado que solo se logra cuando somos capaces de apartarnos de esas instituciones sociales que controlan acceso a ese algo que se nos está negando (Hooker 2017). Es una manera de poner de manifiesto los contornos y los límites de un sistema que se nos presenta como englobante y como la trayectoria única del desarrollo humano (Harney and Moten 2013). Y es también el proceso de satisfacer las condiciones inmediatas que hacen posible la vida en el presente para así garantizar que nuestras vidas sean parte del futuro (Campt 2014). A resumidas cuentas, la fugitividad expone como las instituciones sociales existentes no son más que la materialización de relaciones históricas de privilegio 1 y como su existencia continua depende de poder esconder estos deseos políticos. 1 Cada vez me parece más evidente que las instituciones gubernamentales no son más que la petrificación del privilegio de una élite o simplemente la materialización de la agencia de una élite (Harney and Moten 2013; Wolin 2019; Wynter 2015).