El Banco de España en una economía global (1856-1868)
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323 El Banco de España en una economía global (1856-1868) Pedro Tedde de Lorca Universidad San Pablo CEU el Banco de eSpaña y la tranSformacIón de la organIzacIón BancarIa eSpañola entre 1856 y 1874 Durante gran parte del siglo XX, la economía española mantuvo un grado de aislamiento internacional claramente superior al resto de países de Europa occidental. No sería hasta 1959 cuando se produjo el comienzo de una liberalización gradual de las relaciones con el exterior, que llevaría en 1985 a la integración de España en la Comunidad Económica Europea, y en 1999 en el sistema monetario europeo unificado. Dicha situación contrasta con la experiencia de la mayor parte del siglo XIX, cuando España participó de la tendencia, entonces en auge, a la apertura económica internacional. En el presente trabajo, se analiza el comportamiento del Banco de España en dicho contexto, durante las décadas de 1850 y 1860, durante las cuales se experimentaron tres grandes cambios estrechamente relacionados con la globalización monetaria y financiera: 1)la modernización y apertura al exterior del sistema bancario español; 2) la entrada masiva de capital extranjero con destino a determinados sectores productivos y de comunicaciones, así como a la financiación del sector público, y 3) las consecuencias sobre la economía española de la crisis internacional de los años sesenta, del siglo XIX. Veamos, en el presente epígrafe, el primero de tales cambios, que afectó singularmente a la ordenación bancaria española. En España, durante el periodo de 1854 a 1874, hubo gobiernos de distinto signo político, algunos Licencia Creative Commons Atribución/ReconocimientoNoComercial-SinDerivados 4.0 Internacional https://doi.org/10.5281/zenodo.15007141
Pedro Tedde de Lorca 324 de inspiración liberal, más o menos radicales, y otros de signo conservador. Sin embargo, las principales reformas económicas emprendidas en el sistema bancario durante el bienio liberal 1854-56, se mantuvieron a lo largo de todo el periodo. Dicha corrección tuvo efecto en dos grandes direcciones: por un lado, la del sistema de emisión de billetes y, por otro, la constitución de grandes sociedades bancarias por acciones con participación de capital extranjero. Había entonces, en Europa y América, diferentes modelos de bancos emisores. Por un lado, el mayor grado de apertura institucional bancaria se daba con el sistema de free-banking, tal y como existía en Estados Unidos desde 1837, y también en otros países como Escocia, Irlanda, Suecia y Suiza. El free-banking implicaba la ausencia de costes de entrada en el sector crediticio, incluida la función emisora, y la posibilidad de plena competencia entre las entidades, incluso en una misma localidad1. En la mayoría de las naciones europeas, el sistema de emisión de billetes se situaba en el extremo opuesto, con la existencia de un banco único para toda la nación. Este era el caso de países que trataron de modernizar su sistema monetario tras las guerras napoleónicas, como Austria-Hungría desde 1816 o Dinamarca desde 1818. Asimismo la resolución de la crisis financiera de 1848 facilitaría la concesión del privilegio de emisión a un banco monopolista, como ocurrió en Francia, en el mismo año de 1848, o en Bélgica en 1850. Este mismo hecho se produciría en Holanda en 1863. Aunque en Inglaterra había pluralidad de bancos de emisión, la Ley de 1844 concedió carácter de dinero legal a los billetes del Banco de Inglaterra en todo el país, además de confirmar su posición predominante sobre el resto de entidades emisoras. Cuando, algunas décadas después, Alemania e Italia unificaron sus respectivos Estados, en ambos países se adoptó el sistema de banco emisor único. Como puede apreciarse en la tabla 1, el Banco de España mantuvo una posición muy destacada en el conjunto nacional, tanto en recursos propios como en la captación de pasivos ajenos. A lo largo de todo el periodo de pluralidad de emisión, 1856-1874, el capital desembolsado, los billetes en circulación y las cuentas corrientes del Banco de España representaron más del 50 % de las correspondientes magnitudes en el conjunto nacional de bancos de 1 Hendrickson (2011: 60-73); Sudrià (2016: 41-80).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 325 emisión2. Pero, más allá de esta preeminencia cuantitativa, el Banco de España carecía de toda autoridad o competencia respecto a los demás intermediarios financieros. Antes de 1913, el Banco de España no ejerció funciones de banco central, de modo que nunca adelantó recursos a los restantes bancos, ni emisores ni de ninguna otra clase, cuando estos lo precisaron. Las relaciones que el emisor de Madrid mantuvo con las demás entidades bancarias, a lo largo del siglo XIX, pueden calificarse de esporádicas y circunstanciales. La entidad madrileña tampoco disfrutaba de privilegios en el conjunto de bancos emisores españoles. A diferencia de lo que ocurría con el Banco de Inglaterra o con el Banco de Francia, los billetes del Banco de España, hasta 1874, carecieron de capacidad de curso legal fuera de las tres localidades en las cuales se enclavaban su sede central y sus dos sucursales. Tabla 1. Comparación de pasivos agregados de la banca de emisión en España (1864) (millones de pesetas corrientes) Capital desembolsado Billetes en circulación Cuentas corrientes Banco de España 40,6 71,8 22,1 Banco de Barcelona 512,8 4,9 Banco de Cádiz 511,9 0,8 Banco de Sevilla 47,1 1,7 Banco de Zaragoza 1,5 1,4 0,3 Banco de Málaga 2,5 6,2 0,9 Banco de Bilbao 2,5 4,9 1,7 Banco de Santander 1,7 2,7 2 Total de bancos emisores 71,1 124,8 38,1 Fuente: Schwartz (1970); Tedde (2015). Además de los bancos emisores, en España había entonces numerosas entidades bancarias, en su mayor parte banqueros privados o sociedades bancarias. Entre estas últimas, destacaban por su estatuto jurídico e importancia las llamadas sociedades de crédito. Dichas sociedades surgieron gracias a la política liberalizadora que siguió a la revolución de 1854, la cual permitió una mayor facilidad para la formación de sociedades crediticias por acciones, con posible participación de capital extranjero. Las sociedades de crédito eran bancos de negocios que seguían el modelo del Crédit Mobilier, fundado 2 Schwartz (1970: Apéndice I).
Pedro Tedde de Lorca 326 por los hermanos Émile e Isaac Pereire en París, en 1852. En 1856, fueron creadas por ley tres de estas sociedades de crédito en Madrid, todas ellas con capital francés, a las que siguieron otras, surgidas gracias a la iniciativa de inversores españoles, en Barcelona, Valencia y otras ciudades, hasta un total de 39 registradas en 1864. Como ha demostrado Gabriel Tortella, las tres sociedades de crédito constituidas en Madrid en 1856 eran, con diferencia, las mayores de todas y estuvieron dedicadas, no de modo exclusivo pero sí preferente, a la inversión ferroviaria3. Su importancia relativa dentro del conjunto nacional era indiscutible, tanto por capital desembolsado como por activos totales. Las tres sumaban, en 1864, un capital efectivo de 162,4 millones de pesetas, de un total para el conjunto de España, de 289,7 pesetas, es decir, el 56 %. También en 1864, el Crédito Mobiliario tenía activos totales por valor de 102,8 millones de pesetas, la Sociedad Mercantil Española e Industrial de 21,2 millones, y la Compañía General de Crédito en España de 57,5 millones de pesetas4. Para los legisladores españoles, a mediados del siglo XIX, la construcción del ferrocarril se convirtió en una prioridad política, como premisa de la modernización económica. Desde el siglo XVIII, economistas ilustrados como Campomanes, Jovellanos y Cabarrús subrayaron la importancia de que la renovación de los transportes terrestres estimulase los intercambios en el interior de la economía española y su conexión con el exterior. Los liberales decimonónicos unieron dicha preocupación a la apertura financiera y a la acción estimulante del Estado, mediante subvenciones, gracias a los recursos obtenidos de la desamortización. Las sociedades de crédito no podían emitir billetes, aunque la ley les permitía la colocación entre el público de obligaciones al portador –hasta 3 Tortella (1973: 65-161). La mayor de las tres sociedades de créditos abiertas en Madrid fue la Sociedad de Crédito Mobiliario Español, propiedad de los banqueros Pereire y otros socios franceses. Su existencia fue muy prolongada, a lo largo de 138 años, con el nombre de Banco Español de Crédito, a partir de 1902. En 1998 fue absorbido por el Banco Santander. Otra de ellas, la Sociedad Española Mercantil e Industrial, fue fundada por los banqueros Rothschild, competidores de Pereire en Francia. La tercera, la Compañía General de Crédito en España, surgió por iniciativa de Alfred Prost y Louis y Numa Guilhou, asimismo franceses. 4 Tedde (2015: 189-199).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 327 el quíntuplo de su capital, si este no estaba totalmente desembolsado, o el dé cuplo, en caso contrario–, con interés y periodo de amortización determinados, por un máximo de treinta días. Dichos activos, en muchos casos, circularon como billetes en la práctica, lo cual provocó la frecuente protesta de los bancos emisores, que veían así peligrar la efectividad de su privilegio local de crear papel moneda. Las sociedades de crédito, a diferencia de los bancos de emisión, tenían las facultades de negociar con deuda pública, hasta una suma igual a la mitad de su capital efectivo, y de adquirir acciones y obligaciones de empresas, así como promover otras nuevas. Por lo que se refiere a los bancos de emisión, la Ley de bancos de 1856 determinó, tanto para el Banco de España como para los provinciales, que su capital hubiese de ser efectivo. Dichas entidades podrían emitir una cantidad de billetes igual al triple de la suma del capital, y en sus cajas habían de mantener en metálico, como mínimo, la tercera parte de billetes en circulación. El mayor valor nominal para los billetes de banco era de 4.000 reales –equivalentes a 1.000 pesetas–, y el menor de 100 reales, o 25 pesetas. Las operaciones previstas, para dichos bancos –cuya denominación oficial era «de emisión y descuento»–, eran el descuento y giro de efectos de comercio, los préstamos y cobranzas, el crédito al Gobierno hasta una suma igual a la de su capital, y la apertura de cuentas corrientes y depósitos. Todas las operaciones financieras deberían realizarse con las suficientes garantías. Ningún banco emisor estaba autorizado a prestar sobre sus propias acciones ni a negociar títulos públicos. Las juntas de accionistas de los bancos emisores deberían elegir los correspondientes consejos de administración. El Gobierno nombraría un comisario regio en cada banco de emisión, salvo en el caso del Banco de España, a cuyo frente debía haber un gobernador. Era obligación del gobernador del Banco de España, de los comisarios regios de los restantes bancos, y también de los consejos de gobierno o administración de todos ellos, cuidar de que se mantuviera siempre, en la caja y cartera de dichas entidades, la suficiente suma de metálico y efectos de comercio, con un plazo no superior a los 90 días, para cubrir la suma de sus pasivos ajenos: billetes en circulación, cuentas corrientes y depósitos.
Pedro Tedde de Lorca 328 Los bancos en forma de sociedades por acciones –tanto los de emisión y descuento como las sociedades de crédito– deberían publicar sus balances mensuales en el diario oficial, de acuerdo con las normas del Gobierno. Si antes de finalizar el plazo de concesión de un banco emisor, su capital quedase reducido a la mitad del autorizado, el Gobierno podría decidir su continuidad o liquidación. Los beneficios líquidos obtenidos por cada banco en un año, después de cubrir todos los gastos e intereses, podrían distribuirse por mitades entre los accionistas y un fondo de reserva, hasta el 10 % del capital. Al margen de la legislación bancaria de 1856, el Banco de España mantuvo una importante peculiaridad en su funcionamiento respecto a los demás bancos de emisión. Si bien todos ellos podían efectuar préstamos al Gobierno y adquirir títulos públicos para su cartera, el Banco de España –al igual que, entre 1782 y 1856, habían hecho sus antecesores, el Banco Nacional de San Carlos y el Banco Español de San Fernando– destinó a esta modalidad de operaciones una proporción mucho mayor que las restantes entidades emisoras. Además de esta característica diferencial del Banco de España como establecimiento oficioso, cabría notar su ampulosa denominación –no siendo, en realidad, antes de 1874, más que Banco de Madrid y de otras dos ciudades– y de las competencias de su gobernador, más importantes en la práctica que las propias de los comisarios regios en los restantes bancos emisores. Estos ejercían una función de mera supervisión legal. En cambio, los gobernadores del Banco de España actuaron de hecho como presidentes del consejo de gobierno de la entidad, aunque su voto –al igual que el de los dos subgobernadores, nombrados por dicho consejo– tenía el mismo valor que el de los restantes consejeros. Hay que subrayar que la Ley de 1856 no especificada la particular vinculación financiera con el Gobierno del Banco de España, aunque esta institución representaba un instrumento muy útil al Tesoro Público para la obtención de crédito a corto plazo. Generalmente, el gobernador del Banco procuraba que el consejo de la entidad atendiera a las peticiones de crédito del Tesoro Público, lo cual resultaba congruente con su nombramiento por el Ministro de Hacienda, quien también debía aprobar la elección de los subgobernadores por parte del consejo. Sin embargo, como los hechos demostrarían de modo fehaciente, los gobernadores defendieron los intereses de los accionistas, y en
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 329 muchas ocasiones se opusieron incluso a las presiones del Gobierno, cuando las estimaban inconvenientes para la situación financiera del Banco. La particular relación entre el Banco de España y el Gobierno se remontaba a la creación, en 1782, de su primer antecedente directo, el Banco Nacional de San Carlos. Esta entidad, entre 1793 y 1814, concedió al Gobierno una suma muy voluminosa de crédito, superior a 300 millones de reales, o 60 millones de pesetas, a lo largo de un periodo de guerras contra Francia e Inglaterra, sin que le fueran satisfechos el capital ni los intereses. El Tesoro Público, en quiebra práctica tras la guerra contra la Francia napoleónica, reconoció con el Banco una deuda de 100 millones de reales en 1824. Al cabo de cinco años, en 1829, el Gobierno propuso a los accionistas del Banco Nacional de San Carlos devolver una parte de dicho débito, 40millones de reales –10 millones de pesetas–, con la condición de constituir con ella el capital de una nueva institución de la misma clase, llamada esta vez Banco Español de San Fernando, que reemplazaría a la anterior. Aunque, en principio, parece haber una gran desproporción entre los 300 millones de reales debidos por el Estado al Banco Nacional de San Carlos y los 40 millones devueltos en 1829, los accionistas de dicha entidad debieron considerarse afortunados en comparación con otros acreedores que habían también contribuido con su crédito al sostenimiento de las guerras entre 1793 y 1814, pero que, en el mejor de los casos, recuperaron mucho más tarde, y en cantidades muy mermadas, sus anticipaciones al Real Tesoro. Por otra parte, el valor efectivo de los créditos del San Carlos en 1829 probablemente resultaba inferior a 40 millones de reales. La razón del trato preferente dado a los accionistas del Banco Nacional de San Carlos era el proyecto de Luis López Ballesteros, Ministro de Hacienda de Fernando VII en 1829, de contar con un establecimiento bancario capaz de adelantar crédito a corto plazo al Tesoro Público, una vez que decidió la adopción del sistema de presupuestos anuales de ingresos y gastos del Estado5. Las principales funciones del Banco Español de San Fernando eran emitir billetes, admitir depósitos en metálico y facilitar descuentos y préstamos al comercio, todo ello limitado a Madrid, además de adelantar recursos al 5 Santillán (1865); Tedde (1988).
Pedro Tedde de Lorca 330 Tesoro Público, con las debidas garantías y a plazos inferiores a un año. Este último cometido se convirtió pronto en su actividad más destacada, sobre todo cuando el Gobierno hubo de enfrentarse a una larga guerra civil contra los partidarios de la restauración de la Monarquía absoluta, la conocida como primera guerra carlista, entre 1833 y 1841. El Banco Español de San Fernando demostró disponer de planteamientos y gestores mucho más eficaces e independientes que su antecesor, si se tienen en cuenta sus resultados: entre 1834 y 1840 repartió dividendos entre sus accionistas entre el 8 y el 11 % sobre el capital desembolsado, y entre 1841 y 1846 entre el 11 y el 20 %. A mediados de la década de los cuarenta, se dieron en España las primeras experiencias de pluralidad de bancos de emisión. En 1844 fue creado un segundo emisor en Madrid, el Banco de Isabel II, sin relación financiera con el Gobierno. Este mismo año se abrió el Banco de Barcelona, y dos años después el Banco de Cádiz, que era, en realidad, una sucursal del Banco de Isabel II en aquella ciudad andaluza. Sin embargo, la crisis financiera de 1847 que afectó hondamente a casi todos los bancos españoles, forzó al Gobierno a decretar la fusión de los dos emisores madrileños en una sola entidad que conservaría el nombre de la más antigua, Banco Español de San Fernando. El Banco de Cádiz permaneció como entidad independiente, al igual que el de Barcelona. En los años posteriores, el nuevo Banco Español de San Fernando hubo de resolver la difícil tarea de recomponer su activo, que presentaba serios daños, derivados de la deficiente gestión de los dos anteriores bancos madrileños. Sobre todo, el Banco de Isabel II había concedido de forma generosa elevados créditos incobrables sobre sus propias acciones, en pleno ciclo de especulación bursátil, que al cabo de unos años, resultaban incobrables. En la resolución de aquel problema desempeñaría un papel fundamental Ramón Santillán, el mismo Ministro de Hacienda que decidió la fusión de los dos bancos emisores madrileños en 1847. Dos años después, Santillán fue nombrado primer gobernador del Banco Español de San Fernando, llevando a cabo, tras la promulgación de la Ley de 1851, una decisiva labor de saneamiento financiero y reorganización de la entidad, de acuerdo con el modelo del Banco de Francia6. 6 Tedde (1999).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 331 moneda, Banca e InverSIoneS extranjeraS en la eSpaña de medIadoS del SIglo XIX Las reformas del sistema bimetálico en la España del siglo XIX Al igual que en otras economías europeas, a mediados del siglo XIX, en España había un patrón bimetálico oro-plata, cuyos orígenes se remontaban a la Edad Media. La pieza central del sistema monetario era el real de plata, aunque la moneda española más conocida y apreciada en el resto del mundo, desde varios siglos antes, era el peso fuerte o duro, de cinco pesetas o veinte reales. En la primera mitad del siglo XIX, dichas monedas de plata gruesa, los llamados pesos o duros, fueron objeto de un continuo drenaje fuera de las fronteras españolas, debido a la relación bimetálica con el oro, más baja que en el resto de Europa. La mayor apreciación de la moneda de plata española en el extranjero hacía que el déficit crónico de la balanza de comercio se saldara con dicho metal7. A partir de 1840, los gobiernos trataron de resolver diferentes problemas de la moneda española, como la homogeneización de la relación entre el oro y la plata con el resto de Europa, el elevado precio de la acuñación de metal o la división decimal de las piezas del sistema monetario. A ello tendió la reforma de 1848. A partir de entonces, desapareció la diferencia de valor material entre la moneda española y la francesa. Por otra parte, aunque se mantuvieron las denominaciones de real y peso o duro, así como la antigua relación entre ambas piezas, desde 1848 la división de la moneda respondería al sistema decimal. Sin embargo, después de 1850 se mantuvo la presión exterior sobre la moneda española de plata, produciéndose una fuerte extracción de la misma, favorecida por el desequilibrio de la balanza por cuenta corriente8. La razón de aquella intensa demanda exterior, a finales de los años cincuenta, 7 La escasez relativa de plata quedó agravada, a comienzos del siglo XIX, por la aceptación oficial de los llamados napoleones –moneda francesa de plata, de 5 francos– que en España pasaron a tener curso legal, con valor de 19 reales, frente a los 20 reales a que equivalía el peso fuerte, y que contribuyeron a desplazar de la circulación de este último, con mayor contenido metálico: Sardá (1948: 63-69). 8 Tedde (2004: II, 311-319).
Pedro Tedde de Lorca 338 la primavera de 1866 subió de modo abrupto al 10 %, siendo la media para dicho año del 7 %. En el Caso del Banco de Francia, los movimientos fueron similares, aunque el tipo más elevado se alcanzó en 1864, con el 8 %. La razón del brusco encarecimiento del crédito en la Europa de 1864 fue el alza de los costes del algodón, provocado por la guerra de Secesión norteamericana, que obligó a los países productores de tejidos a proveerse de materia prima en India y otros países. Sin embargo, como observó Bagehot, la experiencia y eficacia del Banco de Inglaterra en el manejo de los tipos de interés a corto plazo lograron evitar el pánico en 1864, aunque muchos banqueros y comerciantes se enfrentaron a graves dificultades de liquidez16. La guerra norteamericana repercutió en una apreciable disminución del comercio trasatlántico. Por otra parte, la política hegemónica de Bismarck contribuyó a enrarecer el crédito en el continente europeo. En 1865, finalizada la guerra civil norteamericana, la crisis parecía haberse alejado y los precios del algodón y los tipos de interés habían descendido, pero en mayo de 1866, un inusitado y violento pánico –en palabras de Clapham– se extendió en la City londinense17. Probablemente las expectativas de paz habían provocado una euforia que relajó las reglas del mercado financiero británico. Algunas casas de banca modificaron sus estatutos, convirtiéndose en sociedades por acciones, con la intención de ampliar sus operaciones de captación de recursos ajenos y diversificar sus inversiones más allá de las habituales de facilitación de descuentos y de crédito a corto plazo. Entre ellas estaba la prestigiosa Overend and Gurney, con un tamaño destacado dentro del sector financiero, que se convirtió en sociedad por acciones en 1865, extendiendo sus negocios a inversiones siderúrgicas, astilleros y ferrocarriles. Según Bagehot, la dirección de sus nuevos gestores fue «tan insensata y temeraria que un niño hubiera podido hacerlo mejor»18. Overend and Gurney suspendió pagos el 10 de mayo de 1866. La crisis se solucionó gracias a la intervención del Banco de Inglaterra, que amplió la concesión de crédito a los banqueros de la City, aunque a ele16 Bagehot (1873: 90). 17 Clapham (1944: II, 259-260). 18 Bagehot (1873: 9).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 339 vados tipos de interés hasta del 10 %, contraviniendo uno de los principios fundamentales de la vigente Ley Peel, de 1844, por la que toda emisión de billetes debía estar respaldada por oro al 100 %. Se ha considerado dicho comportamiento como la consagración de la función de prestamista en última instancia, la más importante que ejercen los bancos centrales modernos. En realidad, el Banco de Inglaterra había puesto en práctica una estrategia similar en otras dos ocasiones anteriores, cuando la Ley Peel ya estaba en vigor, en las crisis de 1847 y 1857, pero fue la resolución de la crisis de 1866 la que convenció a los expertos financieros y a la opinión pública de que, en casos generalizados de falta de liquidez y de confianza, la extensión de crédito por el banco central a la banca comercial constituía un instrumento necesario de la política monetaria19. Hay que subrayar que la facilitación de crédito por el Banco de Inglaterra, en la crisis de 1866, no fue indiscriminada, sino que se basó en estrictas condiciones de fiabilidad de los demandantes20. El Banco de España ante la crisis de los años sesenta Ya se ha afirmado más arriba que el Banco de España no ejerció dicha función de banco de bancos antes de 1913, cuando el Banco Hispano Americano, uno de las mayores entidades crediticias de Madrid, creada unos años antes con capital proveniente de México, se vio en dificultades21. En la crisis de los años sesenta se dispuso a afrontar sus propios y arduos problemas mediante los recursos que estaban a su alcance y que dictaba la práctica y la prudencia financiera. Entre dichos recursos, pueden enumerarse los siguientes: 1) elevar los recursos propios para contar con mayor liquidez; 2) restringir las inversiones financieras, a fin de aumentar sus disponibilidades líquidas; 3) disminuir la emisión de papel moneda; 4) fortalecer las reservas metálicas para afrontar el cambio de billetes; y 5) demandar crédito. A fin de comprender mejor el comportamiento del Banco de España en esta crisis, resulta conveniente tener en consideración la particular relación 19 Kindleberger (1978: 162-164). 20 Flandreau y Ugolini (2013: 113-161); Flandreau y Ugolini (2014). 21 Anes (1974) y Tedde (1974).
Pedro Tedde de Lorca 340 financiera entre el emisor madrileño y el Tesoro Público desde unos años atrás. Como queda recogido en la tabla 4, los activos del Banco frente al Tesoro Público fueron en aumento desde comienzos de los años sesenta. Ya en 1860, dichos activos –según se recoge en los datos de la fila tercera– más que duplicaban los recursos propios del Banco, capital y reservas, y se aproximaron, rebasándolo pronto, al 50 % de los activos totales. En 1864, los activos públicos llegaron a representar más del 72 % de los activos totales del Banco y decuplicaron los activos frente al sector privado, consistentes en descuentos y préstamos a particulares y giros de letras con otras plazas fuera de Madrid. Es preciso notar que, aun cuando la Ley bancaria de 1856 establecía que las anticipaciones de crédito al Tesoro Público no podía rebasar la cifra del capital desembolsado, el Banco de España mantenía además en su cartera una suma considerable de títulos públicos. En diciembre de ese mismo año, los billetes del Banco de España en manos del público superaban el 80 % de la suma correspondiente al mismo mes de 1856. Similar fenómeno se verificó en el primer trimestre de 1866, cuando la proporción de activos del Banco frente al Gobierno respecto a los activos totales de la entidad rebasó el 70 %, y la cantidad de billetes en circulación –73 millones de pesetas– superaba incluso la de finales de 1864. Se ha podido confirmar, no solo la coincidencia temporal, sino la relación causal entre la evolución del crédito del Banco de España al Gobierno y la emisión de billetes por dicha entidad. A medida que se expandía el crédito frente al Tesoro, aumentaban automáticamente los pasivos ajenos del Banco: tanto en 1864 como al comienzo de 1866, uno y otros se incrementaron, hasta el punto de que el coeficiente de encaje cayó por debajo del mínimo legal22. Como se ha observado más arriba, los antecesores del Banco de España –los Bancos Nacional de San Carlos y Español de San Fernando– habían mantenido en el pasado una intensa dedicación financiera con el Tesoro Público. El Banco de San Fernando, tras la reforma llevada a cabo por su primer gobernador, Santillán, trató de limitar el alcance de dicha prestación de crédito. Sin embargo, a finales de los años cincuenta, esta cautelosa actitud dio paso a una vinculación mucho más estrecha con el Gobierno. 22 Moro, Nuño y Tedde (2015).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 341 Tabla 4. Principales cuentas del Banco de España (1856-1868) (a) (Millones de pesetas corrientes) 1856 1857 1858 1859 1860 1861 1862 1863 1864 1865 1866 1867 1868 1. Caja 36,5 27,4 29,7 31,6 24,4 22,4 26,8 15,1 18,4 27,9 15,5 22,1 22,4 2. Activos privados (b) 54,8 66,9 81,3 70,7 38,3 23,4 76,1 38,7 12,1 23,3 19,9 32,0 55,3 3. Activos públicos (c) 31,5 23,5 21,5 55,9 68,5 65,0 24,0 79,8 133,1 93,3 76,7 87,5 71,5 4. Activos totales (d) 125,4 120,9 140,0 168,4 149,5 127,4 149,1 167,3 184,0 164,3 101,2 166,4 163,7 5. Capital y reservas 30 31,2 32,7 33,0 33,0 33,0 33,0 33,0 43,8 53,4 54,3 55,0 55,0 6. Billetes en circulación 39,7 45,7 52,0 66,9 63,5 44,9 52,1 68,3 71,8 61,9 44,5 49,4 55,1 7. Compras de oro (e) –––7,7 31,4 64,3 29,2 71,3 56,2 46,5 24,0 15,2 – 8. Porcentaje de 1 sobre 6 91,9 59,9 57,1 47,2 38,4 49,9 51,4 22,1 25,6 45,0 34,8 44,7 40,6 9. Porcentaje de 3 sobre 4 25,1 19,4 15,3 33,2 45,8 51,0 16,1 47,7 72,3 56,8 76,0 52,6 43,7 Notas: (a) Las cifras corresponden al balance del Banco de España de 31 de diciembre de cada año. (b) Suma de descuentos, negociación de letras y préstamos. (c) Activos públicos netos. (d) Activos públicos netos. (e) Compras de oro en París y Londres, de 1859 a 1866; en 1867, compras de oro y plata. Fuente: Tedde (2015).
Pedro Tedde de Lorca 342 A partir de 1859 y hasta 1864, los gobiernos de Unión Liberal, un partido de centro –y también los gabinetes conservadores que los sucedieron hasta 1868– implicaron aún más al Banco de España en su estrategia de financiación del Tesoro Público, a cambio de activos respaldados por el valor de propiedades desamortizadas y dotados de interés anual del 6 %. Hay que tener en cuenta que las ventas en pública subasta de las propiedades desamortizadas proporcionaban al Estado unos ingresos anuales extraordinarios superiores a 100 millones de pesetas, que casi duplicaban los ingresos ordinarios presupuestados en un ejercicio. A pesar de la disponibilidad de tan sustanciales medios, los gobiernos de mediados del siglo XIX llevaron a cabo una política expansiva del gasto público que causó déficits presupuestarios cada vez mayores. Dichos déficits, entre 1860 y 1865, triplicaban el tamaño de los registrados diez años antes y frecuentemente exigieron la realización de pagos de forma inmediata para amortizar la deuda a corto plazo del Tesoro Público. Ello explica el recurso recurrente del Gobierno al Banco de España23. El problema, para el Banco de España, es que, aunque dicha colocación era rentable y segura, restaba liquidez a sus recursos, tanto más cuando ya tenía comprometidos con el Gobierno otras líneas de crédito. El Banco quedaba en situación muy vulnerable si sobrevenía, por causas inesperadas, una crisis exógena de liquidez. Esto es lo que ocurrió precisamente a partir de noviembre de 1863 y en los tres años siguientes. Los datos de la fila octava de la tabla 4 recogen la proporción de oro y plata en caja respecto a la suma de billetes en circulación –el coeficiente conocido como encaje metálico–, la cual por ley debía permanecer por encima del 33,3 %. Puede observarse que, en diciembre de 1863, dicha proporción apenas superaba el 21 %, y a finales del año siguiente, el 25 %. Aunque en 1865 pareció normalizarse la situación, durante varios meses de la segunda mitad de dicho año y en los tres primeros trimestres de 1866, el encaje metálico cayó de nuevo bajo el mínimo legal. El Banco de España puso en práctica diferentes medidas para atajar la escasez de metálico en su caja. En noviembre de 1863, subió el tipo de descuento 23 Tedde (2015: 259-327).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 343 del 5 al 7 % y en enero siguiente volvió a aumentarlo al 8 %. A lo largo de 1864, hubo nuevas fluctuaciones, quedando fijado el tipo de descuento, en octubre de dicho año, en el 9 %, cota en la que permanecería hasta el mismo mes de 1866, cuando ya las perturbaciones de la crisis financiera habían amainado [tabla 5]. Tabla 5. Variaciones del tipo de descuento del Banco de España (1862-1867) (en porcentaje) 1862 5,5 17 de junio 57 de julio 1863 616 de febrero 723 de febrero 64 de mayo 513 de julio 616 de noviembre 722 de noviembre 1864 825 de enero 713 de junio 812 de septiembre 914 de octubre 1866 829 de octubre 719 de noviembre 614 de diciembre 1867 527 de abril Fuente: Tedde (2015). A la vez que se encarecía el crédito a corto plazo, el consejo del Banco impuso, en octubre de 1863, el recorte a la mitad de la suma diaria disponible para descuentos y préstamos con particulares. Asimismo se establecieron limitaciones para el cambio de billetes por metálico. Cuando, al cabo de un año, el consejo decidió suavizar tales barreras, las solicitudes de canje de billetes subieron hasta la insólita cantidad de un millón de pesetas al día. Ante esta reacción del público, los gestores del Banco de España se apresuraron a endurecer de nuevo las condiciones del cambio de papel moneda por oro o plata. Los poseedores de billetes, ansiosos por canjearlos, formaron largas colas ante las puertas de la sede del emisor, teniendo que intervenir la fuerza pública, a fin de evitar incidentes. Los billetes de la entidad emisora madrileña se descontaban entre el público, incluso al 7 %. Algunos poseedores de papel moneda acudieron a las oficinas del Banco acompañados de escribanos, con la intención de levantar acta notarial y acudir a los tribunales
Pedro Tedde de Lorca 344 de justicia para interponer demandas ejecutivas, actitud a la que animaba la prensa más crítica con la entidad emisora madrileña. El consejo del Banco de España decidió aumentar la cuantía del capital desembolsado, de 30 a 50 millones de pesetas, en enero de 1864. Dicho objetivo no se completó hasta abril del año siguiente y, aunque se pensó que los accionistas de la entidad suscribirían todos los nuevos títulos, fue preciso recurrir a la venta en pública subasta de acciones para colocar la totalidad de la ampliación. Finalmente, los agentes de Rothschild en Madrid adquirieron el 85 % de los que quedaban vacantes. Obviamente, los propios accionistas parecían remisos a aumentar su compromiso con el Banco. Además del impago puntual de sus billetes en metálico, otro hecho que causó rechazo en la opinión pública fue la restricción del crédito por el Banco a los particulares, mientras que aumentaba el extendido al Tesoro Público. En 1864 se destinaron 12 millones de pesetas a operaciones con el sector privado, frente a 38 millones en 1863 y 76 millones en 1862. Al mismo tiempo, el anterior máximo de financiación al Gobierno -68 millones de pesetas en 1860– casi quedó duplicada en 1864, con 133 millones de pesetas. El consejo del Banco de España, a partir de 1865, trató comprimir su cartera de activos frente al Tesoro Público y, al mismo tiempo, reducir la cuantía de sus billetes en circulación. Sin embargo, cuando, en marzo de 1866, el consejo planteó al titular de Hacienda, Manuel Alonso Martínez, la imposibilidad de que el Banco de España elevara sus anticipaciones al Gobierno, el Ministro forzó la dimisión del gobernador y llevó al Congreso de los Diputados un proyecto de nueva entidad emisora de alcance nacional, cuyo nombre sería Banco Nacional Español, financiado por inversores británicos. En realidad, en la primavera de 1866, el Ministro de Hacienda esperaba de su proyecto de nuevo bancario una nueva inyección de crédito de 100millones de pesetas para el Tesoro Público, que difícilmente podía facilitar el Banco de España. Sin embargo, el pánico de mayo de 1866 en la City frustró el intento de crear el nuevo Banco Nacional y, tras la dimisión del responsable de Hacienda, los accionistas del antiguo emisor madrileño entrevieron que la continuidad de su institución, al menos, era viable. La compra de oro resultaba un medio imprescindible para reforzar las reservas metálicas del Banco de España, lo que este pudo conseguir gracias
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 345 al crédito internacional. Según muestran los datos de la fila séptima de la tabla 4, entre 1859 y 1862, el Banco de España compró en París y Londres más de 132 millones de pesetas en oro, y 71 millones más a finales de 1863. Según queda recogido en la tabla 6, entre 1864 y 1866 hubo una frenética actividad para conseguir crédito internacional24. Para el logro de este objetivo resultó decisiva la mediación de los corresponsales del Banco de España en Londres, Mildred Goyeneche. En abril de 1864, dichos representantes consiguieron formar un sindicato de banqueros británicos y franceses, encabezado por Baring Hermanos, que facilitaron un préstamo de 36,0 millones de pesetas, a seis meses, con el 7,25 % de interés anual y garantía de Billetes Hipotecarios. Baring Hermanos, solos o con sus asociados, repitieron su concesión de crédito en cuatro ocasiones a lo largo de los tres años siguientes. En total, entre diciembre de 1863 y marzo de 1866, el Banco recibió, por esta vía, anticipaciones por un valor superior a 100 millones de pesetas. Menor fue la contribución de Rothschild, con 14,5 millones de pesetas entre septiembre de 1866 y febrero de 1867, cuando ya el peligro de la crisis había amainado. Como puede observarse en la tabla 4, el Banco de España, entre 1863 y 1866, compró oro por importe de 126 millones de pesetas en Londres y París, y 15 millones más en 1867, en buena medida gracias al crédito obtenido en esas mismas plazas. Aunque el coste de tales operaciones financieras fue considerable, con tipos de interés que fueron desde el 4,75 % hasta el 11 % al año, el resultado final, nada menos que la supervivencia de la entidad, era aún más valioso. Hay que subrayar que, además de las acciones emprendidas por el consejo y la dirección del Banco, también los Ministros de Hacienda que se sucedieron entre 1866 y 1868 ayudaron a esta institución a superar la crisis. Una de tales ayudas consistió en la concesión de la recaudación de las contribuciones directas en todo el territorio nacional, con la posibilidad de que le fueran satisfechas las cuotas tributarias en sus propios billetes, cuando el Banco aún no disfrutaba del monopolio de emisión. 24 Tedde (2015: 181-294).
Pedro Tedde de Lorca 346 Tabla 6. Operaciones de crédito del Banco de España en el extranjero (1861-1867) (millones de pesetas corrientes) Año Fecha Prestamista Capital (millones de pesetas) Tipo de interés efectivo (a) Plazo Garantía 1861 28 de agosto Rothschild (París y Londres) 7,15 6,6 3 meses Billetes del Tesoro (7,5 millones de pesetas) 1863 15 de diciembre Gibbs e Hijo (Londres) 9,6 5,5 3 meses Billetes del Tesoro 1864 26 de abril Baring Hermanos y otros (Londres y París) 45 7,25 6 meses Billetes Hipotecarios del Banco de España 1865 12 de febrero Baring Hermanos y otros (Londres) 9,6 76 meses Deuda consolidada al 3 % 18 de julio Baring Hermanos y otros (Londres y París) 19,2 4,75 5 meses Billetes Hipotecarios del Banco de España 1866 1º de marzo Baring Hermanos y otros (Londres y París) 9,6 11 6 meses Billetes Hipotecarios del Banco de España 1º de septiembre Rothschild Hermanos (París) 9,5 11 5 meses Deuda consolidada al 3 % 1867 16 de febrero Baring Hermanos (Londres) 7,5 8,9 6 meses Billetes Hipotecarios del Banco de España 19 de febrero Rothschild Hermanos (París) 58,9 6 meses Billetes Hipotecarios del Banco de España Fuente: Tedde (2015).
El Banco de España en una economía global (1856-1868) 347 El Banco de España estuvo cerca de seguir la suerte del Banco de Italia, que se vio forzado en 1866, a declarar el curso forzoso de sus billetes. Pudo evitarlo en último extremo, como también consiguió alejar la amenaza de verse sustituido por una nueva entidad emisora. Es cierto que hubo de afrontar un pleito por impago de billetes, finalmente solventado mediante un arreglo, pero ello no le impidió repartir sustanciosos dividendos entre sus accionistas, cuando menos el 8 % en 1865. BIBlIografía Anes, Rafael (1974): «El Banco de España (1874-1914): un Banco Nacional», en Tortella, Gabriel (dir.), La banca española en la Restauración, 2 vols., Banco de España, Madrid, I, pp. 107-215. Bagehot, Walter (1873 [1962]): Lombard Street. A Description of Money Market, Richard D. Levin, Homewood. Clapham, John (1944): The Bank of England. A History, 2 vols., Cambridge University Press, Cambridge. Fernández Pulgar, Carlos y Anes, Rafael (1970): «La creación de la peseta en la evolución del sistema monetario de 1847 a 1869», en Schwartz, Pedro (ed.), Ensayos sobre la economía española a mediados del siglo XIX, Banco de España, Madrid, pp. 147-186. Flandreau, Marc (1995): L’or du monde, L’Harmattan, Paris. Flandreau, Marc y Ugolini, S. (2013): «Where All It Began: Lender of Last Resort at the Bank of England during the Overend-Gurney Panic of 1866», en Bordo, Michael D. y Roberds, W. (eds.), A Return to Jekyll Island. The Origins, History and Future of the Federal Reserve, Cambridge University Press, Cambridge, pp. 113-161. — (2014): «The Crisis of 1866», en Dimsdale, Nicholas y Hodson, A., British Financial Crisis since 1825, Oxford University Press, Oxford. Hendrickson, Jill M. (2011): Regulations and Instability in U.S. Commercial Banking, Palgrave Macmillan, Basingstoke. James, Harold (1997): Monetary and Fiscal Unification in Nineteenth-Century Germany: What Can Kohl Learn fron Bismarck?, Princeton University Press, Princeton. Kindleberger, C. P. (1978): Manias, Panics and Crashes: a History of Financial Crises, Macmillan, Londres-Basingstoke. Moro, A. G., Nuño, G. y Tedde, P. (2015): «A twin crisis with multiple banks of issue: Spain in the 1860s», European Review of Economic History, 19, pp. 171-194.