Full text
Ramón Lanza Gar cía
Roberto López V ela
(eds.)
Ciudades y corona.
Fiscalidad, representación y
gobierno en la Monarquía
Hispánica en la Edad Moderna
Isabel Aguirr e Landa
Ar chivo General de Simancas
Carlos Álvar ez Nogal
Universidad Carlos III de Madrid
James S. Amelang
Universidad Autónoma de Madrid
José Ignacio Andrés Ucendo
Universidad del País V asco
Nicoletta Bazzano
Università degli Studi di Cagliari
Er nest Belenguer
Universidad de Bar celona
Francesco Benigno
Escuela Normal Superior de Pisa
Luis María Bilbao
Universidad Autónoma de Madrid
Fer nando Bouza
Universidad Complutense de Madrid
Massimo Carlo Giannini
Universita degli Studi di T eramo
Juan M. Carr etero Zamora
Universidad Complutense de Madrid
Baltasar Cuart Moner
Universidad de Salamanca
Pablo Fer nández Albaladejo
Universidad Autónoma de Madrid
Pilar Huer ga Criado
Richar d L. Kagan
Johns Hopkins University
Ramón Lanza Gar cía
Universidad Autónoma de Madrid
Roberto López V ela
Universidad de Cantabria
Óscar Lucas V illanueva
Universidad de Cantabria
José Luis Rodríguez de Diego
Ar chivo General de Simancas
Guy Saupin
Université de Nantes
I.A.A. Thompson
Rafael V allladar es
CCHS, CSIC
Ber nar d Vincent
École des Hautes Études en Sciences Sociales
Ciudades y cor ona
Fiscalidad, r epr esentación y gobier no
en la Monar quía Hispánica en la Edad Moder na
La colección Sociales ha obtenido, en julio de 2018,
el sello de calidad en edición académica CEA, con
mención de internacionalidad, promovido por la
UNE y a valado por ANECA y FECYT .
Colección S ocialeS #74
Director de colección: Andrés Hoyo Aparicio
Dñ a . Si lv ia T a ma yo H ay a
P res id e nta . S ec re ta r ia G e n e ral ,
Univ e r si da d d e C an ta br i a
D. V itor A b ra nt es
Fa c ul ta d de In gen ie r í a ,
Un iversidad de O porto
D. R a món A g ü ero C a l vo
E T S de I nge nie ros In d u st r i al es y
de T el ec om un ic ac i ón ,
Univ e r si da d d e C an ta br i a
D. Die go Fer re ño Bl a nc o
E T S de I nge nie ros d e C am in os , C an a les y
P ue r t os , Uni ve r si d ad d e C an ta b r ia
Dñ a . Au r or a Ga r r ido M a r t í n
Fa c ul ta d de F il oso f í a y Le t ra s ,
Univ e r si da d d e C an ta br i a
D. José M a nu el G oñ i Pér e z
Mod e r n L a ng u age s D e pa r tm e nt ,
Abe r yst w yth Univer sit y
D. Sa lv a dor Monc a d a
Fa c ul t y of B io log y , Me di ci ne a nd H ea lth ,
Th e Un ive rsi t y of M an ch es te r
D. Ag u st í n O ter in o D u r á n
Ne u rol og í a (H U M V ), inv e st igad o r d el
ID IV AL
D. Lu i s Q u i ndó s Poncel a
R a di ol og í a y Med i cin a F í sic a ,
Univ e r si da d d e C an ta br i a
Dñ a . Cl au d ia S a g a st i z áb a l
I M P A ( In st it u to Na ci on a l de M ate m át ic a
P ura e A pli c ad a)
Dñ a . B el m a r G á nd a ra S a n c ho
Director a Edit o rial ,
Univ e r si da d d e C an ta br i a
con Sejo edi tor i a l
D. Jav ie r F e r n á nde z S eb a st i á n
Fa c ul ta d de C i en c ia s S o ci a le s y
de l a C om u nic a ci ón , Uni ve r si d ad d el
P a í s Va s c o / E H U
Dña. Susana Mar t ínez Rodr íg uez
Fa c ul ta d de E co no mí a y Em p resa ,
Univ e r si da d d e Mu rc i a
D. Mi g ue l Á . L ó pe z M or re l l
Fa c ul ta d de E co no mí a y Em p resa ,
Univ e r si da d d e Mu rc i a
D. Á ng e l Pela yo G on z á le z - T or re
Fa c ul ta d de D e re ch o , Univ e r si da d d e
Ca ntab r ia
Dñ a . M a r í a de l M a r G a rc ía –D e lo s
Sa l mone s
Fa c ul ta d de E co no mí a y Em p resa ,
Univ e r si da d d e C an ta br i a
Dñ a . L a r a Ca mp o s Pére z
Es c ue l a Na ci on al d e Bi bl io tec on om ía y
Arch ivon omí a , Méx ico
con Sejo ci e n t í f ic o
Ramón Lanza García
Rober to López V ela
(eds.)
Ciudades y cor ona
Fiscalidad, r epr esentación y gobier no
en la Monar quía Hispánica en la Edad Moder na
Esta edición es propiedad de Editorial de la Universid ad de Cantabria , cualquier forma de reproduc -
ción, distribución, traducción, comunicación pública o transformación solo puede ser realizada con la auto -
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Imagen cubierta: Les Delices de l'Espagne
&
du Por tugal… de Juan Álvarez de Colmenar . Leiden
1715, ed. Chez Pierre V ander A. Perteneciente a los fondos de la Biblioteca Nacional de España.
© Editores: Ramón Lanza García (Universidad Autónoma de Madrid) 0000-0003-1015-2238
Roberto López V ela (Universidad de Cantabria) 0000-0003-0485-7100
© Autores
© Editorial de la Universidad de Cantabria
Avda. Los Castros, 52. 39005 Santander
T eléf. y Fax: 942 201 087
ISNI: https://isni.org/isni/0000000506860180
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ISBN: 978-84-19024-01-5 ( pdf )
ISBN: 978-84-19024-00-8 ( rúStica )
DOI: https://doi.org/10.22429/Euc2023.001
Hecho en España. Made in Spain
Santander , 2023
THEMA: NHT , KFFD, 1DSE, 3M-ES-A
Ciudades y corona : fiscalidad, representación y gobierno en la Monarquía Hispánica en la Edad Mo-
derna / Ramón Lanza García, Roberto López V ela (eds.). – Santander : Editorial de la Universidad
de Cantabria, 2023
559 páginas : gráficos, tablas. – (Sociales ; 74)
ISBN 978-84-19024-01-5
1. Impuestos-España-Edad Moderna. 2. Ciudades-España-Edad Moderna. 3. España-Política y gobierno-
Edad Moderna. I. Lanza García, Ramón, editor de compilación. II. López V ela, Roberto, editor de
compilación.
336.2(460)”15/17”
711.4(460)”15/17”
32(460)”15/17”
A J osé Ignacio F ortea y Juan Eloy Gelabert
en reconocimiento de su tr abajo y ma gisterio
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[14] Ramón Lanza García y Roberto López V ela
en los años siguientes a través de nuevos cursos, seminarios y reuniones cien -
tíficas promovidos desde diversas instancias y que contribuyeron sin duda a la
renovación historiográfica que han experimentado en las últimas décadas los
estudios sobre la Edad Moderna en España.
Es evidente que una tarea semejante debía abordarse con la participa -
ción de especialistas en campos de investigación muy diversos, porque de
otro modo difícilmente podía conseguirse una comprensión adecuada, clara
y precisa de las cuestiones que se iban planteando. Era necesario, por tanto,
definir unos objetivos claros, aunque muy amplios, y aplicar un método de
trabajo riguroso, a la vez que atento a las exigencias de la especialización,
pero también a la necesaria interdisciplinariedad que se precisa para alcanzar
una comprensión rigurosa de las cosas, tanto más en una disciplina huma -
nística como la Historia, siempre atenta a perspectivas globales, por no decir
totales. Uno de los objetivos prioritarios de este y de los cursos de Historia Ur -
bana que continuaron fue la formación de los alumnos, después convertidos
en jóvenes investigadores, en el marco de los sucesivos programas de docto -
rado primero y después del Máster en Historia Moderna: Monarquía de España,
Siglos x vi - xviii , un máster interuniversitario entre las universidades Autónoma
de Madrid y Cantabria, al que se incorporó Santiago de Compostela a partir
del curso 2015-2016.
Las ponencias presentadas en aquel Primer Curso de Historia Urbana han
permanecido por desgracia inéditas. Afortunadamente no ha sido ese el caso
de las ediciones posteriores. El II Curso de Historia Urbana se celebró en 1996 y
en él se abordaron aspectos diversos del mundo urbano español y más específi -
camente castellano en los siglos xVi y xViii . Las ponencias en él presentadas fue -
ron publicadas en el libro titulado Imágenes de la diversidad. El mundo urbano en
la Cor ona de Castilla, siglos xvi - x viii y mereció en su momento una buena acogida,
a la vista de los comentarios a que dio lugar en revistas científicas The Journal
of Inter disciplinar y Histor y (1998), English Historical Review (1999), Eur opean His -
tor y Quar terly (2000) y Annales, HSC (2000). El III Curso de Historia Urbana fue
organizado en 1999 bajo el tema «Sexo, violencia y marginación en la Edad
Moderna» y dio lugar al libro aparecido tres años después con el título Fur or et
rabies. Violencia, conflicto y marginación en la Edad Moderna , cuyo recibimiento fue
asimismo muy atento por parte de revistas como The Journal of Interdisciplinar y
Histor y (2004), The English Historical Review (2004), Crime, Histor y and Society
(2004), Hispania. Revista española de Historia (2004), Mélanges de la Casa de V e -
lázquez (2004), Eur opean Histor y Quatterly (2005), y The Sixteenth Centur y Journal
(2004). Las cuestiones relacionadas con los factores de inestabilidad y equili -
brio en las relaciones sociales y políticas de las ciudades europeas, así como
[15]
Presentación
sus consecuencias en el gobierno de los estados, fueron los protagonistas del
IV Curso de Historia Urbana que se celebró en 2004 y que dieron lugar al libro
editado en 2008 por José Ignacio Fortea y Juan Eloy Gelabert Ciudades en Con -
flicto, siglos xvi - xviii , que fue reseñado en Parliaments, Estates and Representation
(2010), y The Sixteenth Centur y Journal (2010). Finalmente, en 2011 tuvo lugar el
V Curso de Historia Urbana en el que se discutió la problemática relacionada con
la definición de la ciudad, la ciudadanía y la representación política en la Edad
Moderna. La edición impresa de las ponencias, bajo la coordinación de Susana
T ruchuelo, Roberto López V ela y Marina T orres, apareció cuatro años después
con el título Civitas: Expr esiones de la ciudad en la Edad Moder na , siendo reseñado
en Hispania. Revista española de Historia (2018), Investigaciones Históricas. Épocas
Moderna y Contemporánea (2017) y Magall á nica (2017).
La serie «nominal» de Cursos de Historia Urbana terminó entonces, pero
no nos equivocamos si decimos que continuaron después bajo otro formato,
pero con el mismo espíritu universitario original, siempre atento a la investi -
gación y la docencia. Así, en septiembre de 2015 los Profesores José Ignacio
Fortea y Juan Eloy Gelabert, junto con el Profesor Ángel Galán, coordina -
ron el Curso de V erano «Siete siglos de fraude fiscal (1300-2000)» que se
celebró bajo los auspicios de la Red Ar ca Comunis y la Universidad Interna -
cional Menéndez Pelayo en el Palacio de la Magdalena (Santander), al que
concurrieron especialistas en la historia de la fiscalidad medieval, moderna
y contemporánea de España, Francia e Italia. Las ponencias allí presentadas
sir vieron de base para la publicación del libro Siete siglos de fraude fiscal en
Eur opa , editado en 2020 por la Universidad de Cantabria y reseñado en His -
pania. Revista española de Historia (2021), Investigaciones de Historia Económica/
Resear chs in Economic Histor y (2021) y Studia Historica. Historia Moderna (2021).
El año 2016 se celebró en la Universidad de Cantabria el Seminario de
Historia Moderna «Ciudades, gentes e intercambios en la Monarquía His -
pánica en la Edad Moderna» en el marco del Máster Monarquía de España,
Siglos xv i - xviii . El Profesor Roberto López V ela asumió la responsabilidad de la
organización de un evento que estaba inspirado directamente en los Cursos
anteriores, si bien es verdad que sir vió también para dar a conocer algunos
de los resultados obtenidos en el proyecto de investigación homónimo, del
que fue coordinador y en el que participaron profesor de la Universidad Au -
tónoma de Madrid, Universidad de Cantabria, la Universidad de Santiago de
Compostela.
Nuestro deseo para esta ocasión hubiera sido continuar la serie anterior de
no haber sido porque las circunstancias de todos conocidas han aconsejado
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[16] Ramón Lanza García y Roberto López V ela
una acción directa como es ésta, precisamente la edición de este libro que
ahora vemos por fin publicado. Siguiendo las líneas trazadas en obras anterio -
res, los trabajos que forman esta obra colectiva se han centrado en el estudio
de las finanzas y la evolución económica de los territorios que componían
la monarquía hispana, el desarrollo de sus ciudades ligado a los problemas
sociales y culturales que concitó y , por último, lo relativo a las tensiones y con -
flictos derivados de la creciente complejidad que fue adquiriendo el ejercicio
de los diversos poderes seculares y eclesiásticos.
El libro se divide en cinco partes. La primera contiene cuatro capítulos que
se refieren a diversos aspectos del sistema fiscal de la Monarquía. Juan Manuel
Carretero Zamora abre la brecha con un estudio en el que analiza los prime -
ros pasos del joven Carlos de Gante desde Bruselas, cuando al hacerse cargo
de la herencia de sus abuelos, los Reyes Católicos, tiene que hacer frente al
grave déficit de la hacienda real de Castilla, ya crónico y enseguida motivo de
disputa con el Reino y sus representantes, hasta el punto de formar parte de las
demandas de las Comunidades de Castilla. A continuación, Carlos Álvarez
Nogal pone de relieve en su estudio sobre la inversión extranjera en deuda de
juros en la época de Felipe IV el gran atractivo que despertaron estos títulos
de deuda consolidada entre los adinerados de diversos territorios europeos,
lo que se explica porque confiaban en la rentabilidad de su inversión. Por su
parte, José Ignacio Andrés Ucendo plantea una oportuna reflexión sobre las
interpretaciones que se han realizado en torno al funcionamiento del sistema
financiero de la Monarquía en comparación con otros estados de la época
y pone de relieve que hasta mediados del siglo xVii mantuvo un grado de
eficiencia semejante al de sus rivales, lo cual hace necesario seguir estudian -
do las finanzas hispanas del siglo xVii . Por último, Massimo Carlo Giannini
estudia la trayectoria del ministro Arias Maldonado en la administración real
en el Estado de Milán durante el valimiento de Olivares, una época marcada
por la guerra y los consiguientes intentos de controlar el fraude en todas sus
formas, mejorar el sistema de intendencia militar y , sobre todo, defender la
jurisdicción real frente a la Iglesia, siempre con fuerte acento regalista.
La segunda parte está dedicada al estudio de diversos aspectos demográfi -
cos y económicos típicamente urbanos, aunque desde perspectivas también
amplias que abarcan el conjunto de la Monarquía. Bernard Vincent analiza
el censo de 1561 de la ciudad de Guadix, que constituía uno de los mayores
núcleos de población del reino de Granada y en la que se obser va un fuer -
te componente agrario, pero sobre todo una segmentación del poblamiento
desde el punto de vista funcional, social y religioso entre las parroquias del
centro urbano y las demás, donde habitaba la mayoría de los moriscos. Luis
[17]
Presentación
María Bilbao realiza un análisis preciso de la estructura ocupacional y la des -
igualdad social de la ciudad de Vitoria en los años 1577 y 1578 a la luz de los
padrones de alcabalas y otras fuentes que revelan un predominio de los ofi -
cios artesanales, no obstante ser la función urbana fundamental el comercio
local y el de tránsito, en particular la intermediación en el comercio exterior .
Adentrándose en el mundo de la actividad empresarial en el siglo xVi , Oscar
Lucas Villanueva estudia el caso de Inés de Limpias, mujer empresaria de la
villa de Laredo, que al heredar los negocios de su marido consiguió ganar -
se la confianza de Simón Ruiz y otros importantes comerciantes castellanos,
franceses y flamencos, de modo que su evidente éxito en los negocios revela
las posibilidades de las mujeres para desenvolverse en esferas habitualmente
masculinas. Ramón Lanza García centra su atención en el estudio de la evolu -
ción de la industria textil pañera castellana, íntimamente unida a la fortuna
de las ciudades, desde el auge de la segunda mitad del siglo xVi hasta el decli -
ve claramente manifiesto al comienzo del segundo tercio del xVii , tal como se
puede apreciar en el curso seguido por el indicador de los márgenes de bene -
ficio. El quinto y último capítulo de este segundo apartado es una investiga -
ción de Pablo Fernández Albaladejo sobre los proyectos de comercio exterior
presentados por destacados ser vidores de la Monarquía como Arnolfini, Pelli -
cer , Juan de Castro y Juan Cano durante el reinado de Carlos II, todos los cua -
les entendieron la necesidad de fomentar el comercio como un instrumento
imprescindible para lograr recuperar la iniciativa y las posiciones perdidas en
las décadas precedentes, y , aunque no fueron los primeros en proponer argu -
mentos semejantes, adquirieron dimensiones nuevas al convertir las Indias en
centro neurálgico de una nueva política económica y fiscal.
La tercera parte presenta las imágenes que proyectaba la ciudad como
elemento identificador y símbolo de sus ciudadanos en una época en la que
su creciente importancia como centro neurálgico de la actividad económica
potenció una sociabilidad y una nueva sensibilidad hacia lo urbano que, por
otra parte, fue pareja a la indagación sobre su pasado, al desarrollo de su
descripción corográfica y su representación como paisaje en dibujos, pintu -
ras y grabados. En este terreno, Franco Benigno se adentra en los procesos
de elaboración de identidades colectivas en torno a los rituales cívicos de las
ciudades sicilianas durante los siglos xVi y xVii y los estudia como procesos
dinámicos en la construcción de una narrativa que generalmente versaba so -
bre el pasado y ofrecía varias lecturas a los distintos sectores sociales que los
usaban. A continuación, Roberto López V ela estudia el cambio que supuso
el triunfo de las fabulaciones de Román de la Higuera en el T oledo de prin -
cipios del siglo xVii —sumergida ya en la profunda crisis urbana derivada de
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[18] Ramón Lanza García y Roberto López V ela
la instalación de la corte en Madrid—, que concibió a T oledo, antes modelo
de ciudad humanista, en cabeza de España y república urbana, pero también
sede episcopal y santuario. James A. Amelang se sitúa en un elemento urba -
nístico sorprendentemente nuevo, el balcón, para ofrecer una perspectiva
nueva desde la que entender el paisaje de la ciudad moderna, a partir del
ejemplo de la ciudad de Barcelona, y llamar la atención sobre la importancia
de los usos cotidianos y las representaciones que se daban en la ciudad. Por
último, la perspectiva que ofrecen los viajeros extranjeros que anduvieron
por España en el siglo xViii es aprovechada por Richard Kagan para revelar su
particular «mirada» sobre las ciudades españolas, cargadas muchas veces de
tópicos y llenas de comparaciones con las ciudades de sus países de origen y
otras de Europa y América, lo que sin duda resulta también interesante para
apreciar el impacto que las reformas urbanísticas de Carlos III en Madrid y
otras ciudades como V alencia o Málaga.
La cuarta parte reúne cinco capítulos sobre los conflictos que enfrentaron
a ciudades, reinos, rey y papado en diversos momentos y escenarios. I. A. A.
Thompson estudia la voz del reino de Castilla en el reinado de Carlos II, una
época en la que no se reunió, aunque se dejó oír a directamente a través de
las ciudades con voto en Cortes. Las respuestas de varias de estas ciudades a las
peticiones de la Monarquía de prorrogación de los ser vicios de millones po -
nen de manifiesto que los regidores no solo pidieron la convocatoria de las
Cortes, sino que plantearon cuestiones que fueron más allá de las puramente
fiscales, lo cual ayuda a comprender las principales preocupaciones de las
ciudades. Nicoletta Bazzano estudia la actividad del parlamento de Cerde -
ña centrándose en la complejidad de sus actas y las motivaciones de algu -
nas convocatorias, particularmente las del siglo xVii , así como los esfuerzos
realizados en los últimos años de la época española para introducir algunas
mejoras económicas en un reino, por otra parte, ya empobrecido y con una
nobleza debilitada por los conflictos entre facciones. A continuación, Ernest
Belenguer Cebrià estudia el ejercicio del gobierno de la reina Germana de
Foix tras su matrimonio con Fernando el Católico, y concluye que, si bien su
poder fue limitado, ejerció destacadas tareas como lugarteniente en distintos
momentos, particularmente en las sesiones de Cortes, donde demostró una
gran inteligencia y capacidad para defender los intereses de la monarquía en
sus negociaciones con el reino En el cuarto capítulo de este apartado, Pilar
Huerga Criado estudia el difícil encaje que tuvieron en la ciudad de Nápoles
los inquisidores dependientes de la Congregación del Santo Oficio romano,
como ponen de relieve las reacciones provocadas por las actuaciones de mon -
señor Piazza en 1661-1662 y concretamente la oposición a las confiscaciones
[19]
Presentación
que impuso a supuestos judaizantes, así como, sobre todo, la revuelta que le
obligó a abandonar la ciudad, sin que sir viera de mucho el intento del virrey
y de la corte madrileña de encauzar el conflicto. En el cuarto y último capí -
tulo de esta parte, Guy Saupin analiza el papel desempeñado por las munici -
palidades del reino de Francia en la gestión de los asuntos de la comunidad y
en la intermediación entre el rey y el reino desde mediados del siglo xVi hasta
vísperas de la Revolución, un época en la que el concepto de ciudadanía
cambió entre los polos de urbanidad y burguesía estatutaria, configurándose
en la práctica en términos oligárquicos, de modo que el equilibrio funcional
urbano influyó claramente en la sociología de regidores y consulados.
La quinta y última parte presenta varias cuestiones relativas a la defensa
de la Monarquía y la nación, en esta época en que se afirman y cambian las
identidades, pero defensa no en el sentido militar , sino en el administrativo e
ideológico. Fernando Bouza estudia el asiento hecho en 1641 por el Consejo
de Castilla para la distribución de 6 000 juegos de la Nueva Recopilación entre
las ciudades y villas cabezas de provincia, una medida que se inscribía en el
creciente uso de productos editoriales en la gestión del gobierno y la admi -
nistración y que este caso se convirtió también en recurso para contribuir al
remedio de algunas de las urgencias de la guerra. Isabel Aguirre Landa y José
Luis Rodríguez Diego estudian un aspecto relacionado con la custodia de
los papeles de la Monarquía en el Archivo de Simancas y concretamente las
inter ferencias de Lerma, que obligó a los archiveros y al mismo valido a crear
nuevas instrucciones para garantizar las copias exigidas, mejorando también
los mecanismos de funcionamiento de la administración burocrática. A con -
tinuación, Rafael V alladares analiza el planteamiento «constitucional» que
Claudio Coello ofreció en un auto sacramental publicado en 1655, con el
elocuente título de El r eino en Cor tes y el r ey en campaña , aunque fue escrito
seguramente al poco de caer Olivares, en un momento de crisis aguda de la
Monarquía: el autor aboga por recuperar el gobierno de un rey misericordio -
so, sin validos ni intermediarios y que gobierna, por tanto, con sus consejos,
atento a la voz del reino y los súbditos, respetuoso de la diversidad de sus
reinos a fin de integrarlos con su presencia y amor en los momentos difíciles
de la Monarquía. En el último capítulo de este apartado, con el que se cierra
este libro, nuestro querido y recordado Baltasar Cuart Moner se detiene en
el estudio del impacto de la obra de Paulo Giovio en España. El gran eco que
consiguió también alentó respuestas de los que vieron injustas sus invectivas
contra Carlos V y los españoles. En esta tarea destacó Jiménez de Quesada,
muy crítico también con la dejadez de los españoles a la hora de escribir sus
propias «hazañas». El estudio analiza las traducciones de la obra de Giovio y
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[20] Ramón Lanza García y Roberto López V ela
los intentos de disimular los aspectos más críticos. Para Jiménez de Quesada,
Giovio había actuado así por envidia a lo conseguido por España, mientras
otras «naciones» asumían sus falacias por la misma razón. Frente a ello hizo
una cerrada defensa de la «reputación» de España y su Monarquía.
En esta obra colectiva queremos ofrecer nuestro reconocimiento al magis -
terio e iniciativa de los Profesores José Ignacio Fortea y Juan Eloy Gelabert a
lo largo de tantos años en los que han sabido abrir nuevas líneas de investi -
gación y han hecho posible el desarrollo de tantos proyectos y la celebración
de reuniones científicas en las que hemos tenido la oportunidad de aprender
y , sobre todo, de disfrutar de la compañía de colegas y amigos en un ámbito
siempre alegre y acogedor . No se trata solo del reconocimiento a una deuda,
que siempre es obligado honrar , sino de mostrar el agradecimiento por una
tarea ejemplar . Nuestro agradecimiento es extensivo también a los partici -
pantes en esta obra, cuyo común denominador es la amplia experiencia in -
vestigadora y su colaboración en sucesivos proyectos, congresos y seminarios,
algunos organizados en la Universidad de Cantabria, otros no, sin olvidar
las estancias en Simancas, por supuesto, y en los que se ha podido discutir
ampliamente sobre estas materias. Convocados por los editores de la obra,
en este volumen se recogen trabajos inéditos de este grupo de especialistas,
agrupados en torno a los ejes que han sido el núcleo de nuestras investiga -
ciones. El objetivo es profundizar y revisar las hipótesis y teorías planteadas y
continuar avanzando en el trabajo emprendido hace ya bastantes años.
Por último, quisiéramos expresar nuestro más sincero agradecimiento al
Ser vicio de Publicaciones de la Universidad de Cantabria que aceptó la pro -
puesta de publicar este libro con su sello, a los evaluadores anónimos que
con sus comentarios han enriquecido el resultado final, y al Ministerio de
Economía y Competitividad del Gobierno de España por el apoyo financiero
ofrecido en el curso de algunas de las investigaciones previas que han hecho
posible este libro. A todos, nuestro más sincero agradecimiento.
[21]
Pr esentación
I.
EL SISTEMA
FISCAL
DE LA
MONARQUÍA
HISPÁNICA
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LA HACIENDA DE CASTILLA
A COMIENZOS DEL REINADO DE CARLOS V:
INGRESOS Y GASTOS EN 1516
Juan M. Car reter o Zamora
Universidad Complutense de Madrid
I ntroduccIón . L a corte de B ruseLas y eL controL de La fIscaLIdad casteLLana
Desde su proclamación como rey en Bruselas a la muerte de su abuelo Fernando
el Católico, el joven Carlos I y su corte flamenca diseñaron un programa orienta -
do al control absoluto de los reinos castellanos. Ello fue especialmente evidente
en el plano hacendístico y financiero, toda vez que la Casa de Borgoña partía a
inicios de 1516 de una situación financiera lastrada por el déficit crónico y la exis -
tencia de una deuda incorregible. A ello se añadieron los enormes gastos de las
casas reales (tanto en Castilla como, sobre todo, en Bruselas) así como las costo -
sas políticas diseñadas por Maximiliano I para obtener de los electores imperiales
el nombramiento de Carlos I como Rey de Romanos en 1518 y , de esta manera,
garantizar su futuro acceso al trono imperial anulando las expectativas creadas en
torno a las aspiraciones de Francisco I de Francia y de otros posibles candidatos.
Ello explica que, en efecto, una de las primeras medidas de gobierno adop -
tada en Bruselas fue el nombramiento del secretario Francisco de los Cobos con
poderes extraordinarios en asuntos de hacienda («Para tener cuenta e razón de
lo de nuestra hazienda... nonbramos a Françisco de los Covos, nuestro secreta -
rio»). Cobos inmediatamente organizó una red clientelar a partir de un hom -
bre de su entera confianza: el poderoso tesorero general Francisco de V argas 1 ,
1 Sobre la figura del tesorero Francisco de V argas véanse Ladero Quesada, 2017a, y de Carlos
Morales, 2000. Asimismo, Carretero Zamora, 2017, 469-501.
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[30] Juan M. Carreter o Zamora
T abla 4. Relación de las principales rentas or dinarias de la hacienda de Castilla en 1516
Ar rendamiento Período V alor renta Ar rendador V ecindad
Arzobispado de Sevilla 1514-1516 37 878 075 Pedro del Alcázar Sevilla
Palencia, Madrid, Rioja, etc. 1514-1516 36 790 694 F . Hernández Coronel Segovia
Reino de Galicia 16 1515-1516 16 843 500 Fernando de Cuenca Santiago
Reino de Granada 1514-1516 16 108 816 Juan Álvarez Zapata Granada 17
Almojarifazgo M. de Sevilla 1516-1517 20 811 937 Francisco del Alcázar Sevilla
Rentas de Córdoba 1516-1519 9 174 491 García Gómez 18 Sevilla
Seda de Granada 1511-1516 8 700 000 Diego de la Fuente T oledo
Cuenca y sus tercias 1514-1516 7 349 500 Fernando de Cuenca Santiago
Salamanca 1514-1516 6 780 400 Pedro Gómez Cabrera Madrid
V alladolid 1516-1518 6 706 000 García L. del Rincón V alladolid
Ser vicio y montazgo 1515-1518 6 197 507 Fernando Suárez Lara Ávila
Alpujarras 19 1516-1517 5 240 000 Francisco H. Coronel Segovia
Obispado de Málaga 1514-1516 5 060 000 R. Álvarez de Madrid Málaga
Orán y Mazalquivir 1514-1516 4 687 500 Alonso de Sevilla 20 Orán
Provincia de Castilla 21 1514-1516 2 662 000 Diego de Uceda T oledo
Ciudad Rodrigo 1514-1516 2 601 664 Juan R. de V alladolid V alladolid
T rujillo 1514-1516 2 101 880 Gómez de Castro V alladolid
Aranda de Duero 1514-1516 1 740 000 Pedro de Santa Cruz Aranda
f uente : AGS, Consejo y Juntas de Hacienda, Libros de Hacienda, libro 5 (1), folios 179 y siguientes.
Al margen de estos arrendamientos «en masa», la principal renta la cons-
tituía el denominado almojarifazgo mayor de Sevilla que fue arrendada en
1516 por 20,8 millones de maravedíes a Francisco del Alcázar , aunque en rea-
lidad el verdadero titular fue su padre Pedro del Alcázar . Ello venía a con-
firma el enorme potencial de esta familia conversa de Sevilla, to da v e z qu e
16 Incluía los arrendamientos de los partidos de Santiago, Lugo, Mondoñedo, Orense, Vivero,
los denominados «Lugares Confiscados» y Ponferrada.
17 Rentas mayores y menores, alhóndiga y almojarifazgo castellano.
18 Junto con Diego de Bruselas, vecino de V alladolid.
19 Arrendamiento de las alcabalas y los diezmos.
20 En comandita con Geliberto de Santa Fe.
21 Rentas de la provincia de Castilla de la orden de Santiago.
[31]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
era habitual que el arrendamiento del almojarifazgo se adscribiese a varios
arrendadores 22 . Con valores superiores a los cinco millones de maravedíes
se encontraban las rentas de Córdoba (sobre todo, la alhóndiga y el almo -
jarifazgo castellano), la seda de Granada, las rentas ordinarias de Cuenca,
Salamanca y V alladolid, así como el ser vicio y montazgo (derechos sobre el
paso de ganados), las rentas de las Alpujarras y del obispado de Málaga.
Desde el punto de vista meramente cuantitativo, las cifras de los ingresos
de la hacienda ordinaria de 1516 venían a confirmar que la recuperación del
valor de las rentas castellanas era una realidad desde el trienio de 1510-1512 23
al superar definitivamente la crisis de 1506-1509. Si comparamos el valor de
los arrendamientos de 1503 y 1516 se obser vará que el crecimiento de los
ingresos fue, en ocasiones, muy notable. V eamos algunos casos significativos:
T abla 5. Evolución del valor de algunas rentas de Castilla (1503-1516)
Ar rendamiento V alor en 1503 V alor en 1516 Incremento (%)
Almojarifazgo mayor de Sevilla 12 123 850 15 725 000 29,7
Córdoba («Cuatro Partidos» 24 ) 8 720 000 9 174 491 5,21
Ser vicio y montazgo de Castilla 5 924 503 6 197 507 4,60
Cuenca y Huete (con tercias) 4 447 309 7 349 500 65,25
V alladolid 4 943 687 6 706 000 35,64
Ciudad Rodrigo 2 201 588 2 601 664 18,17
f uente : AGS, Consejo y Juntas de Hacienda, Libro 5-1.
El sistema de gestión de las rentas se efectuaba mayoritariamente hacia
1516 por arrendamiento a agentes o compañías privadas (rentas no encabe -
zadas), siendo todavía muy escasas las rentas encabezadas (gestionadas direc -
tamente por las ciudades 25 ); en realidad, el encabezamiento se generalizó a
22 Carretero Zamora y Alonso García, 2003, 146-147, donde consta que el almojarifazgo mayor
se encontraba arrendado a comienzos del siglo xVi a cinco arrendadores sevillanos median-
te un acuerdo previo entre ellos.
23 Una visión de conjunto sobre la situación de la hacienda tras la crisis en Carretero Zamora,
2012, 173-180.
24 Oficialmente esta renta se denominaba «alcabalas del almojarifazgo de los Cuatro Parti-
dos», esto es, rentas de la alhóndiga, rentas mayores, rentas menores y almojarifazgo caste-
llano.
25 La práctica habitual consistió, sin embargo, en que las ciudades titulares de la renta enca-
bezada solían subarrendar a su vez a arrendadores profesionales o bien a determinados
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[32] Juan M. Carreter o Zamora
partir de 1525. En este sentido, conviene no olvidar que una de las reivindi -
caciones más ardientemente sostenidas por los comuneros fue que los arren -
damientos se encabezaran y se otorgasen en buenas condiciones financieras
a las ciudades, acabándose de esta manera con los males implícitos en el siste -
ma de arrendamiento mediante subastas al alza:
Siempre ha venido a la cámara real más dineros de los encabezamientos que no
de los arrendamientos... y las rentas son mejor pagadas y están más seguras, y las
pujas se quedan en prometidos y en los otros oficiales; e por los encabezamientos
los reinos no son fatigados 26 .
En parte, las protestas comuneras tenían su punto de verdad: el sistema de
puja al alza aumentaba obviamente el valor de las rentas (que era lo que en
realidad buscaba la real hacienda) y del sistema se derivaban algunos gastos
de gestión (el pago de los denominados «prometidos», los derechos de los es -
cribanos de rentas, etc.). No obstante, desde la perspectiva de los intereses de
la real hacienda, el sistema de arrendamiento a privados garantizaba no sólo
ingresos inmediatos sino incluir en el negocio a una serie de intermediarios
(tesoreros, contadores, obligados de guardas, receptores e incluso prestamis -
tas) cuya salud financiera era imprescindible para el correcto funcionamien -
to del sistema de pagos de la monarquía.
En un período de expansión económica y demográfica 27 el sistema de
arrendamiento favoreció el incremento de las rentas de la monarquía, sobre
todo las que descansaban en productos de alto consumo (caso de las salinas)
y las que dependían de las exacciones decimales (tercias). Hacia 1516 el valor
inicial de las rentas solía incrementarse una media del siete al diez por ciento.
A ello se añadían otros gastos derivados del propio sistema de subasta (los
denominados «prometidos», que analizaremos a continuación). El siguiente
cuadro ejemplifica algunos resultados de subastas:
colectivos profesionales con intereses en los productos sometidos a tributación (caso de los
mercados relacionados con la producción y tráfico de aceite, vino, harinas, pan, sal, etc.).
26 Sandoval, 1955, 294-318, «Representación que las ciudades de Castilla hicieron a Carlos V ,
ausente de España, sobre los males que padecían sus vasallos por el mal gobierno de los del
Consejo, y pidiendo autorización para hacer constituciones».
27 Los informes que poseía la real hacienda en ese momento (luego ratificados a partir de
1525) insistían en la vitalidad económica general de Castilla y en la existencia de nuevos
poblamientos (sobre todo en el reino de Sevilla) a partir de 1510.
[33]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
T abla 6. Incremento del valor de las rentas mediante subasta (1516)
Ar rendamiento V alor inicial Remate Incremento (%)
Almojarifazgo mayor de Sevilla 19 485 008 20 811 937 6,80
Rentas mayores y menores de Córdoba 8 143 241 9 174 491 12,66
Ser vicio y montazgo 5 779 987 6 129 986 5,05
Rentas de V alladolid (sin paños y joyas) 5 496 000 6 706 000 22,01
Partido de Alcántara 3 595 000 3 810 000 5,98
Salinas de Atienza 3 020 000 5 388 548 78,42
Baeza 2 837 300 3 279 319 15,57
Salinas de Espartinas 1 575 000 1 742 500 10,63
T ercias del pan de Córdoba 1 465 000 1 800 000 22,86
T ercias de Cubas y Griñón (Madrid) 40 000 60 000 50,00
f uente : AGS, Consejo y Juntas de Hacienda, Libro 5-1.
La subasta sobre una determinada renta solía tener una vigencia trienal,
aunque no fue infrecuente arrendamientos por cuatro o cinco años. El pro -
cedimiento de adscripción se iniciaba a partir de una cantidad que era de -
terminada por la real hacienda. Por lo común, los grandes arrendamientos
eran en realidad un negocio monopolizado y patrimonializado, en el que
sólo entraban los grandes arrendadores o miembros de sus redes clientela -
res, así como hombres de negocio vinculados a la real hacienda (tesoreros,
contadores y pagadores del ejército, esto es, de las guardas); sólo las ren -
tas menores de carácter local o comarcal quedaban en manos de pequeños
arrendadores (casi siempre avecindados en las mismas localidades cuyas ren -
tas de subastaban).
A partir de ese precio de salida determinado por la contaduría mayor , los
interesados —mediante pujas siempre al alza— ofrecían una cantidad cre -
cientemente superior . El arrendamiento era adscrito obviamente a la oferta
final más elevada. V eamos el siguiente ejemplo de la subasta de las tercias
de pan de Córdoba: participaron un total de cinco conocidos arrendadores
de V alladolid y T ordesillas y tras seis pujas la renta resultó adscrita a García
López del Rincón. En efecto, la subasta la comenzó Lope de Urueña (avecin -
dado en T ordesillas) con 1 465 000 maravedíes y se adscribió a García López
del Rincón (vecino de V alladolid) en 1,8 millones de maravedíes (esto es, un
incremento de 335 000 maravedíes): en definitiva, la subasta supuso para la
real hacienda un incremento de la renta originaria del 22,86%. Los prometi -
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[34] Juan M. Carreter o Zamora
dos totales ascendieron a 133 000; esto es, un 39,7%. Más en concreto: Lope
de Urueña por suscribir la primera puja obtuvo el 4,50% y las restantes pujas
obtuvieron una prima del 20% de los incrementos ofertados. Sin duda, un
excelente negocio.
T abla 7. Subasta de las tercias de pan de Córdoba (1515-1517)
Puja nº Arrendador V ecindad Cantidad Prometido
1 Lope de Urueña T ordesillas 1 465 000 66 000
2 García Gómez y Pedro de Monteser V alladolid 1 495 000 6 000
3 Diego de Bruselas V alladolid 1 550 000 11 000
4 García López del Rincón V alladolid 1 650 000 20 000
5 García Gómez y Diego de Bruselas V alladolid 1 750 000 20 000
6 García López del Rincón V alladolid 1 800 000 10 000
T otal 1 800 000 133 000
f uente : AGS, Consejo y Juntas de Hacienda, Libro 5-1.
¿Quiénes eran en 1516 los principales arrendadores de la hacienda de
Castilla? Del análisis de los titulares de los principales arrendamientos no es
difícil concluir con algo ya conocido: se trataba de un negocio fortísimamen -
te controlado por una serie de familias y sociedades (en su mayoría de origen
converso) que vivían de la gestión de las rentas públicas y de actividades fi -
nancieras y comerciales 28 . Por ejemplo, los arrendamientos controlados por
la familia sevillana de los Alcázar (Pedro y su hijo Francisco) confirmaban
el interés preferente en el negocio del aceite (eran productores y , al mismo
tiempo, se adscribían la gestión de los impuestos que recaían sobre este pro -
ducto de consumo básico). Los grandes centros de gestión de los arrenda -
mientos se encontraban muy polarizados en apenas un puñado de ciudades:
V alladolid, Sevilla, T oledo, Madrid, Segovia, Málaga, etc. Un caso aparte era
Santiago de Compostela; la razón era muy simple: allí se encontraba avecin -
dado Fernando de Cuenca, un poderoso gestor de arrendamientos que con -
trolaba la totalidad de las rentas gallegas y numerosos partidos en Castilla la
Vieja y el antiguo reino de T oledo. Cuenca (también, con toda probabilidad,
de origen converso) será el responsable de coordinar la gran operación del
arrendamiento general de todas las rentas castellanas en 1519 (el denomi -
nado «Arrendamiento en Masa de Barcelona»), que proporcionó a Carlos I
28 Carretero Zamora, 2002, 153-190.
[35]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
un ingreso inmediato de un millón de ducados, en una operación financiera
obviamente relacionada con la financiación de la elección imperial.
No casualmente, en 1516 constan como principales arrendadores perso -
najes que acompañaron a Fernando de Cuenca en la operación de Barcelona
de 1519. La mera enunciación de sus nombres nos evita más comentarios:
los sevillanos Alcázar , el famoso financiero segoviano Francisco Hernández
Coronel, el granadino Juan Álvarez de Zapata, el toledano Diego de la Fuen -
te, etc. Significadamente constaban una serie de arrendadores avecindados
en las dos ciudades con mayor implantación del poder monárquico: Madrid
y , sobre todo, V alladolid. Esta última localidad (próxima a los mercados fi -
nancieros de las ferias de Medina del Campo, Villalón y Medina de Rioseco)
constituía en realidad la sede de la administración hacendística de Castilla
y , en consecuencia, concentraba una parte esencial del negocio del arren -
damiento con especialistas como García López del Rincón, Juan Rodríguez
de V alladolid, Pedro de Monteser , Diego de Bruselas, Gómez de Castro, etc.
Este grupo vallisoletano se veía complementado por arrendadores próximos
avecindados en T ordesillas (Lope de Urueña), Ávila (Fernándo Suárez de
Lara), Burgos (Fernando de Gamarra) y , obviamente, la familia Hernández
Coronel de Segovia.
El poder de estos grandes arrendadores no se agotaba con el control de los
arrendamientos ordinarios, sino que proyectaban su poder en los encabeza -
mientos; esto es, la real hacienda se apoyaba en ellos para recaudar las canti -
dades de las rentas encabezadas que debían entregar las ciudades. L a r e la c i ó n
de 1516 de la contaduría mayor de Castilla 29 (listado de los titulares de las
receptorías de las rentas encabezadas) nos proporciona una verdadera ra -
diografía de los principales gestores de toda la estructura de las rentas or -
dinarias castellanas: una vez más los citados Fernando de Cuenca, Pedro de
Santa Cruz, Juan de Figueroa, Álvaro del Castillo, Lope de Urueña, Rodrigo
de Argüello, Fernando de Ayala, Fernando Vázquez, etc. En definitiva, los
principales arrendadores privados (rentas ordinarias no encabezadas) tam -
bién eran los receptores de los encabezamientos otorgados a las ciudades.
29 AGS, Escribanía Mayor de Rentas, 151, nombramiento por la contaduría mayor de cuentas
de los receptores de las rentas encabezadas en 1516: «Ofiçiales de rentas e relaçiones de la
reyna nuestra señora: dad las cartas de reçebtoría de lo encabeçado del reyno deste año de
quinientos e diez e seys años a los partidos que adelante dirá a las personas siguientes».
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[36] Juan M. Carreter o Zamora
L a hacIenda ordInarIa : La estructura deL gasto
Los costes de gestión (‘El Prometido’) y financiación de la deuda
consolidada (‘El Situado’)
Desde la perspectiva de la administración central de la hacienda existían dos
conceptos de gasto fijos: las suspensiones de rentas (cantidades fallidas) y los
denominados prometidos que en 1516 supusieron un total de 7,7 millones de
maravedíes (cerca de 20 700 ducados). En efecto, el modelo de arrendamien -
to mediante subasta —como denunciarían en 1520 los comuneros— conlle -
vaba que la real hacienda ofrecía cantidades a todos los que participaban
en dichas subastas. En síntesis, como sabemos, el prometido constituía un
mecanismo diseñado por la real hacienda con la finalidad de animar a los
arrendadores e incrementar los valores de salida de la renta. Cada vez que un
arrendador efectuaba una nueva puja, la real hacienda le ofrecía una canti -
dad en función del incremento ofertado; esta cantidad (el prometido) otor -
gada por la hacienda la percibían todos y cada uno de los participantes en
la subasta, con independencia de obtener el definitivo contrato de arrenda -
miento. El valor de los prometidos era asumido y pagado por el arrendador al
que se adscribía finalmente la gestión de la renta. Obviamente, el valor de los
prometidos encarecía el precio final de los productos sometidos a la alcabala
y a otras rentas sometidas a arrendamiento y , al mismo tiempo, suponía en la
práctica una merma para la real hacienda.
V eamos cómo funcionaba el sistema de prometidos a partir del análisis
de la subasta de las rentas de V alladolid. La renta fue evaluada por la real
hacienda en un precio de salida de 5 496 000 maravedíes y fue rematada en
6 606 000, lo que arrojó un ingreso suplementario de 1,1 millones de marave -
díes (esto es, una revalorización del 20,19%). Fueron un total de diez pujas
efectuadas por conocidos arrendadores de T ordesillas, Madrid y V alladolid.
Los prometidos fueron evaluados en un total de 331 000 maravedíes (en
torno al cinco por ciento de valor final de adscripción). Ahora bien, el verda -
dero significado del prometido debe ser evaluado a partir del incremento de
la renta subastada. En este caso, 1 112 000 maravedíes. Ello arrojaría la autén -
tica dimensión del fenómeno del prometido y su coste como gasto de gestión
de la renta: el 29,76%. La primera puja (efectuada por Lope de Urueña) de -
vengó un prometido de 89 000 maravedíes; a partir de ese momento comen -
zaba realmente la subasta. T ras el análisis de las pujas es fácil concluir que la
prima ofrecida por la real hacienda en calidad de prometido ascendía al 20%
de la cantidad incrementada en cada puja. Al ser un porcentaje constante no
[37]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
es difícil concluir que, si los prometidos totales del reino ascendieron en 1516
a 7 757 000 maravedíes, la real hacienda obtuvo mediante el sistema de subas -
ta un incremento de las rentas en torno a 39 millones de maravedíes (esto es,
11,54% de los ingresos brutos que, no olvidemos, ascendieron a 336 millones
de maravedíes). V eamos el siguiente modelo:
T abla 8. Subasta de las rentas de V alladolid (1516-1518)
Puja nº Ar rendador V ecindad Cantidad Pr ometido
1 Lope de Urueña T ordesillas 5 496 000 89 000
2 Lope de Ureña T ordesillas 5 576 000 16 000
3 Lope de Ureña T ordesillas 5 626 000 10 000
4 García Gómez y Pedro de Monteser V alladolid 5 826 000 40 000
5 Pedro Gómez de Cabrera Madrid 5 836 000 2 000
6 Pedro Gómez de Cabrera Madrid 5 936 000 20 000
7 Pedro de Monteser V alladolid 6 036 000 20 000
8 García Gómez y Pedro de Monteser V alladolid 6 436 000 80 000
9 Diego de Bruselas V alladolid 6 556 000 24 000
10 García López del Rincón V alladolid 6 706 000 30 000
T otal 6 606 000 331 000
f uente : AGS, Consejo y Juntas de Hacienda, Libro 5-1.
No obstante, como ya he subrayado, el concepto fijo más importante del
gasto público era el sostenimiento de la deuda consolidada (juros) conocido
bajo la denominación de el situado . En 1516, como sabemos, el situado fue
evaluado en más de 117 millones de maravedíes (312 472 ducados), lo que
venía a suponer el 34,8% de los ingresos brutos ordinarios. Este concepto de
situado englobaba, a su vez, diversos pagos: el rendimiento de los juros (situa -
do en dinero), los intereses de préstamos (situado en empréstitos) y entrega
de cereales y otros productos agrícolas y ganaderos, sobre todo, en el caso de
las tercias (situado en trigo, cebada, pan, vino, ganado, sal, etc.). V eamos, por
ejemplo, la estructura del situado del arrendamiento de T oledo en 1516 ges -
tionado por Fernando Vázquez, jurado de T oledo, cuyo ingreso bruto inicial
fue evaluado en 11 590 900 y el situado en 8 334 210 maravedíes 30 , esto es, el
71,90% del cargo:
30 Ibidem , receptoría de T oledo (Madrid, 8 de abril de 1516).
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[38] Juan M. Carreter o Zamora
T abla 9. Estructura del situado de T oledo (1516)
Tipo de situado V alor
en maravedíes
Por ciento
Situado en dinero (pago de juros) 5 565 680 66,7
Situado en préstamos 2 656 000 31,6
Situado en trigo (1 551 fanegas a 70 maravedíes la fane -
ga)
108 570 1,3
Situado en cebada (90 fanegas a 40 maravedíes la fane -
ga)
3 960 0,4
T otal 8 334 210 100
f uente : AGS, Consejo y Juntas de Hacienda, Libro 5-1.
Cada situado del rendimiento de la deuda o juro se encontraba avalado
por el ingreso de una renta concreta. Por ejemplo, en un arrendamiento
general de alcabalas se especificaba que un determinado situado se adscribía
a una renta previamente establecida al contratarse el juro entre el vendedor
(real hacienda) y el comprador (titular o beneficiario del juro). V eamos el si -
guiente modelo (situado que poseía Alonso de Vivero, vizconde de Altamira,
en las rentas de Palencia 31 ):
T abla 10. Situado del vizconde de Altamira en las rentas de Palencia (1516)
Renta en la que se situaban los juros Rendimiento anual Por ciento
En la alcabala de la carne de la ciudad de Palencia 10 000 28,8
En la alcabala del vino de la ciudad de Palencia 8 000 23,0
En la alcabala de la fruta 5 000 14,3
En la alcabala de los paños 5 000 14,3
En la alcabala de las heredades 3 000 8,6
En la alcabala de la zapatería 2 000 5,7
En la alcabala de la madera 1 854 5,3
T otal 34 854 100,0
f uente : AGS, Contaduría Mayor de Cuentas, 1ª época, 247.
El análisis de los titulares de los tenedores de la deuda pública (los deno -
minados «juristas») confirma que el negocio en torno a esta renta se encon -
traba monopolizado por las instituciones y personas que poseían capacidad
31 AGS, Contaduría Mayor de Cuentas, 1ª época, 247.
[39]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
financiera para invertir en dicho negocio, esto es, la Iglesia, la nobleza, las
oligarquías y los hombres de negocio (financieros, arrendadores y altos oficia -
les de la real hacienda). Citemos algunos ejemplos, siempre de 1516. En las
rentas de Jerez de la Frontera (6,8 millones de maravedíes bajo arrendamien -
to de Fernando de Cuenca) el principal beneficiado del situado fue el duque
de Medina Sidonia (1,2 millones de maravedíes), seguido a gran distancia por
la duquesa de Arcos (70 000 maravedíes), los monasterios de San Jerónimo y
San Agustín de Sevilla (50 000) y los hospitales de la Misericordia de Jerez y de
Arcos (36 000). En las alcabalas de Llerena el principal situado correspondía
al propio Fernando el Católico por valor de 705 000 maravedíes (rentas de
pan, especierías, miel y cera, vino, paños, zapatería, etc.) 32 . En las alcabalas
de Palencia y su tierra (véase apéndice 1) las conclusiones son la mismas: los
«juristas» pertenecían a la alta nobleza (los Pimentel, Enríquez, Castro, Vive -
ro, Castilla, Manrique, etc.), a los grandes monasterios (Calabazanos de Villa -
muriel de Cerrato, Santa Clara de Palencia, San Benito de V alladolid, deán
y cabildo de la iglesia de Palencia, etc.), financieros como Juan de Figueroa
(arrendador y pagador de las guardas) y altos funcionarios (caso, entre otros,
de don Luis de Acuña, maestresala de la reina).
e L gasto ordInarIo ( LIBranzas ): guardas y gastos mILIt ares , admInIstracIón y
casa reaL
Una vez deducidas estas cargas fijas e ineludibles (suspensiones de rentas,
prometidos de los arrendadores y situados de la deuda pública o juros) la real
hacienda establecía el volumen de renta ordinaria realmente disponible para
el gasto (según la terminología de la época «lo que quedaba para librar»). En
1516, como sabemos, la cifra alcanzó un total de 206,4 millones de marave -
díes (550 456 ducados).
Como hemos visto, el 23 de enero de 1516 los pagos efectuados por la ad -
ministración dependiente de la gobernación de Fernando el Católico habían
consumido un total de 23,8 millones de maravedíes (véase supra cuadro 3).
En ese momento, la nueva administración dependiente de Bruselas estimó
que, según lo presupuestado, serían necesarias efectuar libranzas ineludi -
bles por valor de unos 177 millones (en concreto, 176 963 000 maravedíes).
32 AGS, Escribanía Mayor de Rentas, 151, partido de Llerena (1515-1516), cargo y data del
arrendamiento gestionado por Fernando Sánchez, arrendador vecino de Llerena.
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[46] Juan M. Carreter o Zamora
reyna y del rey su hijo, nuestros señores, los gobernadores en su nombre»,
esto es, Cisneros y Adriano de Utrecht. El tesorero Francisco de V argas fue
autorizado por los contadores mayores (cédula otorgada en Madrid el 18 de
noviembre de 1516) a percibir un total de 19 903 396 maravedís mediante
nueve cartas de pago contra los ser vicios repartidos a León, Mesa Arzobispal
de T oledo, reino de Galicia, Madrid, T oro, Soria, Jaén y Calatrava de Anda -
lucía, T rujillo y la Provincia de Castilla de la orden de Santiago. Carlos I,
sin embargo, poco antes de su venida a España, decidió que todo el ser vicio
de Castilla del año 1516 fuese ingresado en la tesorería de Luis Sánchez al
transferirle V argas su inicial cargo de 20 millones. Las razones que se dieron
desde Flandes 43 confirma que el ser vicio castellano fue destinado al pago de
créditos negociados por Sánchez por orden del gobierno de Bruselas. Entre
otros un cambio que se negoció por valor de 45 000 ducados por vigencia de
tres meses para financiar gastos originados en Italia 44 . La cédula firmada en
Madrid el 30 de diciembre de 1516 confirma lo dicho hasta ahora:
El rey e la reyna. Nuestros contadores mayores: bien sabéys como yo el rey mandé
dar e di para vos una mi çédula firmada de mi nonbre... y vos mando que los çin -
quenta quentos de maravedíes del ser viçio del reyno... los libredes a Luys Sánches,
mi thesorero e del mi Consejo, que los ha de aver para en quenta de çiertas canti -
dades de marevedíes que por mi mandado a dado e pagado y de çiertos cambios 45 .
Aunque el tesorero Francisco de V argas no percibió ninguna cantidad so -
bre el ser vicio de 1516, en cambio su tesorería fue la más beneficiada de los
ser vicios posteriores (1517-1520), sobre todo, porque desde 1516 había nego -
ciado ciertas operaciones de crédito (cambios) con los genoveses Vivaldo y de
la Forne (Fornaris), con del duque de Béjar (40 000 ducados) y con Esteban
de Priz (30 000 ducados) 46 .
43 Cédula de Carlos I a los contadores mayores de Castilla (Brujas, 27 de agosto de 1516):
«Libredes a mosén Luys Sánches, mi thesorero e del mi Consejo, que los ha de aver para en
qüenta de çiertas qüantías de maravedíes que por mi mandado a dado e pagado, y de çiertos
canbios que a çiertas personas por mi ser viçio a respondido».
44 Esta operación de crédito fue ordenada por Carlos I en Lovaina el 12 de junio de 1516 y
es coherente con la orden de transferencia de dinero a Luis Sánchez sobre el ser vicio de
Castilla.
45 AGS, Escribanía Mayor de Rentas, 150, «Para librar al thesorero Luis Sánches los 20 qüentos
de maravedíes en el ser viçio de 1516, los quales estaban librados al thesorero V argas».
46 La liquidación de este crédito se demoró hasta 1521 por fallecimiento de su titular Esteban
de Priz. Fue finalmente restituido a los mercaderes Juan None y Cenobí Martín, socios de
[47]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
L a corte de B ruseLas y La reaL hacIenda de c astILLa : prImeros crédItos y
transferencIas fInancIeras
Como vengo reiterando, a la llegada al trono de Carlos I en 1516 la situación
financiera de la corte de Bruselas se encontraba próxima al colapso: el crédito
contraído con las ciudades flamencas era enorme y , además, se había incre -
mentado aún más con los asuntos relacionados con la anexión de Frisia; al mis -
mo tiempo, el nivel de endeudamiento de los Borgoña-Habsburgo con la corte
de Londres no hacía sino acrecentarse respecto a la época de Maximiliano I de
Habsburgo (de hecho, el emperador había depositado cuantiosos avales ante
Enrique VIII) 47 . En definitiva, la corte borgoñona de Bruselas depositó sus es -
peranzas en la salud de las rentas españolas, singularmente de las procedentes
de la Corona de Castilla 48 .
Desde el inicio de su gobierno en Bruselas a comienzos de 1516 Carlos I
ordenó a la hacienda castellana que efectuara transferencias financieras y pa -
gos relacionados tanto con la Corona de Castilla como, sobre todo, a favor de
los intereses de la dinastía de Borgoña-Habsburgo, casi siempre a partir de las
tesorerías de Francisco de V argas y de Luis Sánchez, siendo quizá la primera
operación una orden de pago firmada por Carlos I que obligaba al tesorero
Francisco de V argas a remitir 100 000 maravedíes al embajador en Londres 49 ,
Esteban de Priz (cédula de Carlos V a Francisco de V argas firmada en W orms el 12 de febre-
ro de 1521 y rubricada por el secretario Francisco de los Cobos).
47 T odavía en 1529 (T ratado de «Las Damas») Carlos V reconocía deudas y prendas con la corte
de Londres de la época de su abuelo Maximiliano I y del inicio de su reinado, que fueron
devueltas en parte con cargo a las negociaciones entre el emperador y Francisco I de Francia.
48 Carlos V en su primer contacto institucional con los reinos castellanos (Cortes de V alladolid
de 1518) sintetizó esta situación de penuria financiera, aunque interesadamente la vin-
culó con su esfuerzo en defensa de los intereses castellanos. Véase su discurso en AGS,
Escribanía Mayor de Rentas, 149, donde textualmente significó: «Hállase su magestad muy
alcançado para que por sí solo lo pueda conplir , por los grandes e muy neçesarios gastos
de los tienpos pasados. El rey don Felipe, su padre, vino dos vezes a estos reynos; la una vez
estovo un año en ellos; la segunda, con lo que se detovo en Ynglaterra, estovo nueve meses.
Gastó en estos dos caminos, demás de la pérdida de su persona real, un millón de oro syn
sacar destos reynos un solo real. Suçedieron después de su muerte guerras en Flandes, por
las quales su patrimonio real resçebió mucho daño; luego que salió fuera de tutela conpró a
dineros contados el reyno de Frisia, lo qual está yncorporado en esta corte real. Suçedieron
después las guerras de Ytalia, en las quales, por sostener las cosas de los reynos de Nápoles
e Seçilia, fue nesçesario socorrer a la magestad del enperador con gran suma de dinero».
49 Carlos I a su tesorero general Francisco de V argas en beneficio de Bernardo de Mesa, obis-
po de Elna y embajador en Londres (Bruselas 5 de abril de 1516).
www.editorial.unican.es
[48] Juan M. Carreter o Zamora
así como otros 26 000 ducados (9,5 millones de maravedíes) para el manteni -
miento de la casa de la reina Germana de Foix. Desde abril hasta finales de
1516 el tesorero V argas efectuó al menos 26 operaciones financieras diseñadas
desde la corte de Bruselas, incluidas varias devoluciones de créditos no evalua -
dos negociados en Roma con la banca italiana por el embajador Jerónimo de
Vich. Entre otras operaciones destacaban las siguientes:
T abla 13. Algunas transferencias efectuadas por el tesorero Francisco de V argas por
orden de la Corte de Bruselas (1516)
Beneficiario y motivo de la transferencia Cantidad
Reina Germana de Foix, para mantenimiento de su casa real 9 500 000
Adriano de Utrecht, embajador de Carlos I en España, salario anual 50 990 000
Fernando de Andrada, para gastos de su estancia en la corte de Bruselas 375 000
Jorge de Portugal, de merced 200 000
Conde de Santisteban del Puerto, de merced 185 000
Juan de Castilla, de merced 185 000
Gabriel de Salamanca, chambelán de la corte de Bruselas, de salario anual 102 500
Bernando de Mesa, obispo de Elna, por gastos embajada en Londres 100 000
Alonso de Castilla, consejero real, de salario 100 000
Francisco de los Cobos, secretario real, de salario 100 000
Rodrigo de Mendoza, hijo del duque del Infantado, de merced 100 000
Para pagos de correos 75 000
Jerónimo de Salcedo, capitán, de salario 50 000
Luis de Gilabert, comandante, de salario 35 000
Juan de V argas, protonotario, de merced 30 000
Juan de Gamboa, por organizar un viaje de Carlos I a España previsto
para 1516 51 17 369
Pedro Ruiz de la Mota, consejero real y limosnero mayor No consta
f uente : AGS, Contaduría Mayor de Cuentas, 1ª época, 1196.
50 Este salario fue liquidado finalmente cuando Adriano ya era pontífice y las cantidades adeu-
dadas fueron remitidas a Roma mediante cambios adscritos a la tesorería de Francisco de
V argas a partir 1522.
51 Este viaje no llegó a efectuarse. Sobre el mismo y su financiación véase Carretero Zamora,
2011, 187-206.
[49]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
Además de estos pagos destinados a la casa de la reina Germana de Foix y a
los salarios de la administración de Castilla efectuados por V argas, Bruselas dise -
ñó una operación para obtener 45 000 ducados con destino a Italia. El crédito
se decidió en Lovaina (12 de junio de 1516), fue negociado por el tesorero Luis
Sánchez (experto en finanzas de Italia) y sería devuelto con rentas procedentes
de Castilla 52 . Este negocio financiero fue comunicado al cardenal Cisneros 53
para que reser vase rentas procedentes de la Casa de La Contratación de Sevilla
y de ingresos extraordinarios de Castilla (quizá sobre el ser vicio de las Cortes).
Otra transferencia desde Bruselas ordenaba que V argas financiase con rentas
castellanas un crédito de 30 000 ducados para la defensa de Nápoles 54 . Poco
después se remitían otros 75 000 ducados para atender los gastos ordinarios de
la casa u «hôtel» de Carlos I en Bruselas.
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52 AGS, Cámara de Castilla, Libros de Cédulas, 318, fº 58.
53 Ibidem , fº 64. Carlos I a Cisneros (Bruselas, 23 de junio de1516).
54 Ibidem , fº 89, Carlos I al tesorero Francisco de V argas (Bruselas, 28 de julio de 1516).
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[50] Juan M. Carreter o Zamora
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[51]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
a péndIces
1. Relación de algunos de los principales titulares de los situados en jur os de
la ciudad de Palencia (1516) 55
Titular o beneficiario del situado V ecindad Rendimiento del juro
Don Diego de Castilla No consta 150 000
Doña Inés Manrique — 150 000
Doña Blanca Manrique V alladolid 125 000
Monasterio de Calabazanos — 122 700
Don Enrique Enríquez 56 V alladolid 116 000
Capilla de San Lázaro Palencia 100 000
Doña María de Acuña, vizcondesa de Altamira No consta 100 000
Monasterio de Santa Clara Palencia 95 450
Don Pedro de Castilla y su mujer No consta 81 000
Doña Isabel Castaño, condesa de Ribadeo V alladolid 80 000
Monasterio de San Benito V alladolid 57 000
Monasterio de Santa María Matallana 52 125
Monasterio de Santa Clara Villafrechós 51 000
Doña Brianda Franco V alladolid 50 000
Don Pedro de Zúñiga No consta 40 000
Don Luis de la Cerda No consta 39 250
Licenciado de Illescas Madrid (¿?) 36 000
Don Álvaro de Vivero, vizconde de Altamira No consta 34 954
Condesa de Osorno No consta 30 000
Juan de Figueroa, financiero y arrendador V alladolid 30 000
Don Luis de Acuña, maestresala de la reina No consta 30 000
55 AGS, Contaduría Mayor de Cuentas, 1ª época, 247, relación del situado de Palencia en
1516. Solamente incluyo los situados más significativos con valor superior a 5 000 marave-
díes al año.
56 Adelantado de Galicia y hermano del almirante de Castilla.
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[52] Juan M. Carreter o Zamora
Titular o beneficiario del situado V ecindad Rendimiento del juro
Monasterio de Santa María de Prado V alladolid 28 000
Don Gonzalo de Baeza V alladolid 24 000
Iglesia mayor de V alladolid V alladolid 20 000
Monasterio de Santa María de la Piedad V alladolid 20 000
Don Rodrigo de Mendoza, conde de Castro No consta 19 625
Don Diego Osorio, hijo del obispo de Burgos No consta 18 475
Doña María Pimentel y doña María Pacheco V alladolid 13 000
Don Diego Manrique — 12 000
Don García Manrique No consta 12 000
Doña Beatriz Pimentel V alladolid 10 000
Don Diego de Quiñones León 10 000
Doña Blanca, monja en Santa Clara Palencia 10 000
Doña Isabel de Rojas, monja en Santa Clara Palencia 10 000
Herederos del obispo de Osma 57 T oro 10 000
Monasterio de San Pablo Palencia 10 000
Monasterio de Santo Domingo el Real Madrid 10 000
Don Juan Manrique, conde de Castañeda No consta 9 500
Condestable de Castilla — 8 000
Cofradía de San Cosme y San Damián V alladolid 6 500
Don Pedro de Bazán T oro 6 000
Monasterio de Santa María Dueñas 6 000
Deán y cabildo de la iglesia de Palencia Palencia 5 333
Monasterio de las Huelgas Reales Burgos 5 000
Monasterio de San Martín de la Anunciación Urueña 5 000
57 Don Alonso de Fonseca.
[53]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
2. Relación de los titulares de los Obligados de Guar das (1516) 58
Titular del obligado V ecindad Cantidad Renta obligada
Pedro del Alcázar 59 Sevilla 15 600 000 Almojarifazgo de Sevilla y Puer -
tos 60
Fernando de Cuenca Santiago 15 000 000 Reino de Galicia, Cuenca y Vi -
llarejo
Juan de Figueroa V alladolid 13 444 000 Asturias, León, Alpujarras, etc.
Álvaro del Castillo 7 266 000 Merindades de Logroño, Rioja,
etc.
Lope de Urueña T ordesillas 7 000 000 Ciudad Rodrigo y Alcántara
Juan Álvarez Zapata Granada 6 200 000 Cargo del contador Pedro de
Cazalla
Diego de Bruselas 61 V alladolid 6 540 000 Alcabalas y otras rentas de Cór -
doba
Fernando de Ayala Alcalá de H. 5 500 000 Partido de Castilla 62 y
Guadalajara
Rodrigo de Argüello V alladolid 4 430 000 Encabezado de Calatrava y Cór -
doba
Fernando Suárez de
Lara
4 026 000 Partido de T rujillo
Fernando Álvarez de
Alcaraz
3 600 000 Villena, Alcaraz y Segura de la
Sierra
Luis Díaz Ramírez 3 000 000 León y Astorga
Fernando Vázquez T oledo 3 000 000 T oledo y hierbas de Calatrava
58 AGS, Escribanía Mayor de Rentas, 151, cédula de Adriano de Utrecht (Madrid, 5 de abril
de 1516) para librar la paga de las guardas de 1516: «La reyna e el rey . Nuestros contadores
mayores: nos vos mandamos que libréys este año de mill e quinientos e dies e seys años a
las personas que vosotros nonbraredes para la paga de la gente de nuestras guardas e otros
gastos del estado destos nuestros reynos... fecha en Madrid a çinco días del mes de abril de
quinientos e diez e seys años. Cardenalis Adrianus, anbasiator».
59 Asociado con Pedro de Santa Cruz y Juan de Gumiel.
60 Se trataba de la renta de los puertos secos de los obispados de Osma, Sigüenza y Calahorra.
61 En comandita con García García de Sevilla y Francisco Gómez.
62 Rentas encabezadas de la Provincia de Castilla de la orden de Santiago. T ambién consta una
pequeña cantidad (200 000 maravedíes) procedentes de las rentas encabezadas de Alcalá de
Henares (provincia de la Mesa Arzobispal de T oledo).
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[54] Juan M. Carreter o Zamora
Titular del obligado V ecindad Cantidad Renta obligada
Diego Hernández Arias V alladolid 2 500 000 Cartagena y Medina del Campo
Rodrigo Álvarez Málaga 2 000 000 Rentas del obispado de Málaga
Francisco de Gaete T rujillo 2 000 000 Provincia de León y Jerez de Ba -
dajoz
Fernando de la T orre T oledo 2 000 000 Encabezado de Segovia y Palen -
cia
García López del Rincón V alladolid 2 000 000 V alladolid y tercias de Córdoba
Fernando V elázquez V alladolid (¿?) 2 000 000 Ávila y Medina del Campo
Antonio Beltrán 1 870 000 Encabezado de Osma y Sigüenza
Cristóbal Sedeño Arévalo 1 440 000 Rentas encabezadas de Plasencia
Pedro de Santa Cruz 870 000 Encabezado de Sto. Domingo de
Silos
3. Cédula de Adriano de Utrecht al tesor ero V argas para que liquide en las
ferias de Medina del Campo una letra de cambio de 20 000 coronas
negociada por Carlos I en Amberes 63
La reyna y el rey . Nuestros contadores mayores: nos vos mandamos que libredes en
las rentas destos dichos nuestros reynos deste presente año a plazos del por terçios
al liçençiado Françico de V argas, nuestro tesorero e del nuestro Consejo, 7 519 000
maravedíes por la 20 000 coronas del sol quél ha de pagar en las ferias de mayo e
otubre deste año, por otras tantas que por nuestro mandado se resçiben en las ferias
de Envers de junio e setienbre desde año, por çédulas de canbio que el dicho theso -
rero enbía a mí el rey , e las 219 000 maravedíes restantes para el salario de los treynta
maravedíes al millar que el dicho liçençiado da a las personas que toman a cargo
la cobrança de los dichos maravedíes, a los dichos términos de terçios dese año. E
porque lo pague en contado en las dichas dos ferias de mayo e otubre, e para ello le
dad e librad al dicho liçençiado de V argas los libramientos, e cartas e sobrecartas que
fueran nesçesarias e oviere menester para la cobrança de los dichos maravedíes. En
non fagades ende al. Fecha en Madrid a veynte e çinco días de abril de quinientos e
diez e seys años. Cardinalis Adrianus, anbasiator . Por mandado de la reyna e del rey ,
nuestros señores, los gobernadores en su nonbre. Pedro de Quintana.
63 AGS, Escribanía Mayor de Rentas, 151, «Año de 1516: de la manera que se libraron 20 000
coronas de oro que áseles librar a su altesa» (Madrid, 25 de abril de 1516).
[55]
La h acienda de Castilla a comienzos del r einado de Carlos V ...
En las rentas encabezadas de la ciudad de Baeza 2 900 000
En las rentas encabezadas del Adelantamiento de Cazorla, Quesada y Bedmar 1 367 000
En los arrendamientos del partido de la orden de Calatrava en Andalucía 1 200 000
En las rentas encabezadas del partido de la orden de Calatrava en Andalucía 900 000
En los arrendamientos de Las Alpujarras 462 000
De Francisco Hernández Coronel, arrendador mayor de Medina del Campo 400 000
De Benito Rodrígues, de lo que queda por encabezar de Cazorla 170 000
De Rodrigo de Medina, de lo encabezado en la ciudad de Andújar 120 000
T otal en maravedíes 7 519 000
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[62] Carlos Álvarez Nogal
Sevilla 21 , pero durante el otoño, al comenzar las negociaciones de los asien -
tos de Provisiones Generales, se cambió de opinión. La seguridad de este
ingreso había animado a varios hombres de negocios a solicitar que, entre las
consignaciones de sus asientos, se contase también con este dinero. Aunque
los trámites para disponer de los intereses de los juros llevaron su tiempo,
en diciembre ya se habían librado 354 626 ducados a los banqueros por este
concepto (tabla 2). Apenas quedaban 200 000 ducados libres de lo situado en
alcabalas y rentas arrendables. El Consejo de Hacienda buscó entonces una
alternativa diferente para compensar a los afectados por la incautación de la
flota que terminaron recibiendo juros de millones. Como no había margen
para situar tantos títulos en este ser vicio, hubo que volver a pedir permiso a
las Cortes para emitir otros 200 000 ducados adicionales de renta.
T abla 2. Consignaciones a los banqueros en los juros incautados en 1629
Hombre de negocios Ducados
Juan Lucas Palavesín 12,793
García de Yllán 50,000
Duarte Fernández, Simón Suárez, Manuel de Paz y Marcos
Fernández Monsanto
177,333
Simón Suárez 22,166
Duarte Díaz Enríquez 10,334
Simón y Lorenzo Pereira 60,000
Vicencio Squarzafigo 22,000
T otal 354,626
f uente : AGS, CCGG, 2597.
Como el dinero se necesitaba con urgencia, se ordenó a los tesoreros y re -
ceptores que nada más descontar las cantidades hiciesen la transferencia 22 . La
recaudación del dinero secuestrado se centralizó en dos lugares. En Madrid
lo percibió Pedro de León, receptor de Consejo de Hacienda, mientras que
en Sevilla se ingresó en la tesorería de la Casa de la Contratación 23 .
21 AGS, CJH, 655-1-1 (7), Memorial de Bartolomé Spínola, 16/09/1629.
22 AGS, CCGG, 2597, Orden, 17/12/1629.
23 AGS, CCGG, 2597, Relación, 17/12/1629.
[63]
La inver sión extranjera en deuda pública al comenzar el reinado de Felipe IV
T abla 3. Situado de juros en 1629 y 1634 (ducados)
1629 1634
Renta Extranjer os Naturales Extranjeros % T otal situado % de
extranjeros
Millones sin datos 270 600 417 757 34 688 357 60,6
Rentas arrendadas 410 630 1 390 297 396 354 32 1 786 650 22,1
Salinas sin datos 61 456 5
Alcabalas 371 293 sin datos 358 030 29
Maestrazgos 70 606
T otal 1 233 596 100
f uente : AGS, CCGG, 2597, 2604 y 3934.
La incautación de 1634 fue mucho más exigente, acorde también con una
situación más comprometida de la Real Hacienda. La orden afectó a la to -
talidad de los juros, incluidos en este caso los de millones, y afectando ya a
todos los inversores, aunque no en la misma proporción. A los extranjeros se
les incautó el total de su renta anual, mientras que a los naturales de Castilla
sólo se les tomó un tercio 24 . El objetivo era conseguir un millón de ducados
de plata. La renta nominal en manos de extranjeros se estimó en 1 233 596
ducados (tabla 3). Como los juros se pagaban en vellón, la reducción a plata
usando el premio al que se cambiaba la moneda entonces en el mercado libre
(28,5%) 25 , suponía un ingreso para la Corona de 882 021 ducados de plata 26 .
Se confiaba en alcanzar el millón inicialmente previsto con el tercio incauta -
do a los naturales de Castilla.
A partir de ese año la incautación de la renta de juros se repitió con regu -
laridad, aunque no siempre se aplicó el mismo porcentaje 27 . Desde entonces
24 La incapacidad de la Real Hacienda para colocar los juros de millones contribuyó a que la
incautación de intereses se viese como la única opción para conseguir dinero. C. Álvarez
Nogal, «Los genoveses y la incautación», pp. 777-778.
25 Serrano Mangas, 1996, 70.
26 En otro documento posterior se estimó el total del situado de extranjeros en 1 322 968
ducados, de los que había que descontar los exceptuados y juros que no se pagaban, de-
jando una renta libre para la Corona de 835 290 ducados. AGS, CCGG, 2601, Relación,
30/06/1635. En otro borrador , el total es de 827 371 ducados. La estimación está siempre
un poco por encima de los 800 000 ducados.
27 Ripia, 1795, 383. La información que ofrece sobre el porcentaje incautado cada año no
siempre es correcta, pero es un reflejo de cómo se repitió esta medida a partir de 1634.
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[64] Carlos Álvarez Nogal
se conoció como «media annata de juros» y fue uno de los ingresos más im -
portantes de la Corona. Las dificultades por las que atravesó la recaudación
fiscal y los problemas relacionados con el vellón devaluaron posteriormente
este ingreso, pero la Corona ya no pudo renunciar a él 28 . Entre 1623 y 1688 la
media annata supuso entre el 20% y el 36% del dinero con el que la Corona
atendía el gasto corriente, ejecutado a través de asientos de dinero. Su impor -
te superó incluso a los metales preciosos americanos y a los ser vicios eclesiás -
ticos 29 . En 1637 el interés total de los juros suponía aproximadamente unos 6
millones de ducados nominales (tabla 4). La incautación de la media annata,
es decir , la mitad de la renta de un año de todos los juros, una vez descontados
los aproximadamente 250 000 ducados que estaban en manos de obras pías
y otros instituciones de beneficiencia, aún suponía un ingreso nominal de 3
millones 30 . Faltarían por descontar los juros que no cabían. Un cálculo reali -
zado en 1638 arroja una cifra similar . Ese año se estimó un situado nominal
de 6,5 millones de ducados. La media anata suponía aproximadamente unos
3,2 millones, pero la cifra se reducía a 2 789 160 ducados, tras dejar fuera a los
juros exentos y descontar los que no se pagaban. Si se reducía ese importe a
plata con un premio oficial del 25%, la Real Hacienda podía contar con un
ingreso estimado de 2 231 328 ducados 31 . Cualquiera de estas dos referencias
encaja con las cifras que hasta ahora se vienen manejando sobre el total del
situado de la Corona en juros para esas mismas fechas, cuyas cifras provienen
de fuentes y estimaciones muy distintas (tabla 4).
Apenas tenemos información sobre el destino de la annata de juros. Lo
incautado en 1629 sir vió para atender las consignaciones de varios asientos
como ya hemos señalado 32 . Lo mismo ocurrió con lo obtenido en 1637 y 1638,
pero en cantidades muy pequeñas que apenas superaron los 30 000 ducados,
es decir un 0,30% de lo que se consignó en esos dos años en todos los asien -
tos. En 1641, cuando se contó con casi 1,3 millones de ducados procedentes
de este ingreso, lo destinado a pagar asientos apenas representa un 8,46% de
28 AGS, CJH, 819, Consulta, 22/08/1641.
29 Álvarez Nogal, 2011a, 791.
30 T oboso Sánchez, 1987, 178. Andrés Ucendo y Lanza García, 2008, 162, calculan que en
1637 la media anata valía 2,9 millones de ducados. Esta cifra coincide con el tanteo que hizo
T omás de Aguilar , y es muy parecido a la referencia que se da en las Cortes de 1655, cuando
indican que los descuentos podían suponer un millón de ducados adicionales si la media
anata se aplicaba también sobre los juros con ‘cláusula de reser va.
31 AGS, CJH, 777, Consulta, 28/08/1638, citado en Marcos Martín, 2007, 164, nota 4.
32 Marcos Martín, 2006, 220-222.
[65]
La inver sión extranjera en deuda pública al comenzar el reinado de Felipe IV
todas las consignaciones de ese año 33 . Es muy probable que una parte impor -
tante de estos fondos fuesen a cubrir los gastos de la Factoría General que
Bartolomé Spínola tenía a su cargo 34 . Sabemos que sus agentes se ocuparon
del cobro de más del 50% de la media annata algunos años.
T abla 4. Estimaciones de la media annata y del situado total de juros
Maravedís Ducados
Años Estimación del
situado
Situado juros
otra fuente Media annata Estimación
del situado Media annata
1621 5 627 000
1637 35 2 219 529 750 2 407 030 0000 1 109 764 875 5 918 746 2 959 373
1638 2 196 462 750 1 098 231 375 5 857 234 2 928 617
1642 36 1 725 000 000 862 500 000 4 600 000 2 300 000
1660 1 875 000 000 937 500 000 5 000 000 2 500 000
f uenteS : Coronas T ejada, 1994, 438; Domínguez Ortiz, 1960, 325, y AGS, CJH, 819.
L a InversIón extranjera en juros
En el siglo xVii la Real Hacienda distinguía entre tres grandes tipos de ingre -
sos: alcabalas, rentas arrendadas y millones. Los maestrazgos también eran
rentas arrendables, pero su contabilidad se llevaba de forma separada. Los
datos de la incautación de 1634 indican que los extranjeros poseían un 20%
de toda la deuda castellana emitida en juros (tablas 3 y 4). La distribución del
situado entre los tres tipos de ingresos es bastante homogénea, con un tercio
en cada uno. Los extranjeros tenían una renta anual de aproximadamente
1,23 millones de ducados nominales. Si consideramos que esos títulos ren -
dían un 5% anual, su inversión era aproximadamente de unos 24,7 millones
de ducados. Una importante suma que pone de manifiesto la importante par -
ticipación extranjera en la financiación de la política exterior de los Austrias.
33
Marcos Martín, 2006, 224-225.
34 Álvarez Nogal, 2022.
35 Domínguez Ortiz, 1960, 325.
36 AGS, CJH, 819, Consulta, 22/08/1641. En 1642 los contadores estimaron que después de
descontar los juros que no podrían cobrarse al quebrar varios tesoreros de rentas, se obten-
drían unos 2 300 000 ducados netos, la mayoría de vellón.
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[66] Carlos Álvarez Nogal
Si comparamos las cifras del situado de extranjeros en alcabalas para 1634
con su encabezamiento en 1631, suponiendo que todo lo ingresado se des -
tinase a pagar intereses de juros, la inversión extranjera supondría casi un
13% en este tipo impuesto 37 . Una cifra conser vadora si el situado total no
coincidiese con su encabezamiento. Si aplicásemos este mismo método con
la recaudación de las rentas arrendadas y los millones para ese mismo año,
tal y como hicimos en un trabajo previo 38 , obtendríamos cifras de participa -
ción extranjera de un 9,5% para las rentas arrendables y de un 18,5% en el
caso del ser vicio de millones. Sin embargo, tal y como advertimos entonces,
probablemente esta forma de calcular subestima notablemente la presencia
extranjera, ya sea porque la recaudación real de esos ingresos fue realmente
inferior a las estimaciones con que contamos o porque los juros vendidos no
ocupasen el 100% de la renta, como claramente ocurrió en el caso de los mi -
llones. Afortunadamente, la documentación de 1634 nos ofrece cifras sobre
el importe de los juros en poder de los naturales de Castilla tanto para las
rentas arrendables, como el ser vicio de millones, permitiéndonos así calcular
de forma mucho más precisa el porcentaje de deuda en poder de extranjeros
para esos dos tipos de ingresos.
T eniendo en cuenta el total de juros emitidos realmente, los extranjeros po -
seían el 22% del situado en rentas arrendables, sin contar los de salinas; mien -
tras que en el caso de los millones su participación se elevaría hasta el 60%
(tabla 3). Los títulos situados en el ser vicio de 18 millones se emitieron por
primera vez en 1626, una renta que teóricamente rendía 2 millones de duca dos
anuales. Ese año, las Cortes autorizaron por primera vez la venta de 500 000
ducados de renta, a los que se añadieron otros 200 000 dos años más tarde. Por
lo tanto, se puede estimar que el situado sobre millones tenía un máximo de
700 000 ducados de renta en 1634. La documentación generada al incautarse
los juros ese año alcanza así esa cifra. La elevada participación extranjera en
este tipo de juros, doblando el porcentaje de lo invertido en otros ingresos,
responde a la forma en la que se colocaron estos títulos. La mayoría emitidos
a raíz del Medio General de 1627, como pago por las consignaciones confisca -
das después del decreto de enero de ese mismo año. Es lógico que varios años
después muchos inversores extranjeros aún los tuviesen en cartera dadas las
37 El encabezado de alcabalas acordado en las Cortes entre 1626 y 1633 fue de 1 048 millones
de mrs. AGS, CJH, 701, Consulta, 17/06/1633.
38 Álvarez Nogal, 2011a, 784.
[67]
La inver sión extranjera en deuda pública al comenzar el reinado de Felipe IV
lógicas dificultades que tenía entonces el mercado secundario por culpa de
estas incautaciones.
No todos los títulos eran iguales. No era lo mismo poseer un juro de
alcabalas en una población que perdía población que en otra donde esta cre-
cía. La emisión de juros en tercias y alcabalas estaba prácticamente cerrada
a finales del siglo xVi , cuando se enajenó el total de lo que se ingresaba. El
hecho de que en 1634 un tercio de los ingresos por juros de los extranjeros
siguiese situado en estas rentas refleja el interés de los inversores por estos
títulos porque, de no haberlos querido en sus carteras, habrían tenido mu-
chas oportunidades para desprenderse de ellos con facilidad. Lo mismo pue-
de decirse de los juros situados en los 32 tipos de rentas arrendables, donde
concentraban un 37% de su inversión 39 . La mayor parte en títulos situados en
«esclavos negros», «salinas» y el «nuevo derecho de lanas» (tabla 5). La suma
de lo invertido en estas tres rentas, más el situado de las casas de moneda y los
distintos impuestos de aduanas (almojarifazgos y puertos), concentraban el
84% de la inversión extranjera en rentas arrendables. De los 32 tipos de rentas
arrendables, su inversión se encuentra concentrada en 15 de ellas (tabla 5).
La tabla 6 no muestra con claridad sus preferencias porque no todas las
rentas ingresaban lo mismo. Es conveniente tener en cuenta el situado total
de cada una, algo que por desgracia sólo está disponible en 19 casos. Cuando
se dispone de esa información, las rentas con mayor número de extranjeros
son el «medio por ciento de Sevilla» con un 64,78% del situado, «barrilla y
sosa», «esclavos negros» y el «nuevo derecho de lanas». En todas estas rentas
los inversores extranjeros disponían de más de la mitad del situado.
Ambas tablas reflejan una especial preferencia de los extranjeros por los
juros situados en la renta de esclavos negros y el nuevo derecho de lanas. Es
muy probable que su atractivo se explique porque ambas pagaban sus intere -
ses en plata en un contexto que ya se veía dominado por la moneda de cobre.
Los extranjeros no sólo cobraban en esas rentas la mayor parte de lo que per -
cibían en rentas arrendables, sino que poseían la mayor parte de sus respec -
tivos situados, con independencia del importe de la renta recaudada por la
Corona. Los juros situados en otras aduanas también destacan en sus carteras.
39 Para algunas rentas no disponemos de datos en alguna de las dos fechas aquí estudiadas. Es
el caso de la alcabala del pan en grano de Sevilla (que explica casi la mitad de la diferen-
cia), el de las escribanías y martiniega de Guadalajara para 1629 o la alcabalas de yerbas de
Alcántara en 1634.
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[68] Carlos Álvarez Nogal
T abla 5. Situado de extranjeros de las rentas arrendables en 1629 y 1634 (ducados)
Renta 1629 1634
Esclavos negros 61 371 56 218
Salinas del reino 53 954 61 456
Nuevo derecho de lanas 47 875 50 322
Casas de moneda 29 562 24 232
Almojarifazgo Mayor de Sevilla 25 332 38 734
Puertos secos de Castilla 24 735 28 321
Diez por ciento de lanas 24 402 20 569
Almojarifazgo de Indias 24 171 30 415
Puertos de Portugal 19 116 21 045
Pimienta 18 431 20 231
Medio por ciento de Sevilla 16 159 20 992
Alcabala del pan en grano de Sevilla Sin datos 19 551
Diezmos de la Mar de Castilla 11 002 12 574
Naipes de Sevilla 10 405 9 334
Seda de Granada 10 296 5 971
Naipes de Castilla la Vieja 5 298 6 034
Naipes de T oledo 4 741 4 719
Solimán y azogue 4 464 2 250
T abaco 3 790 4 232
Ser vicio ordinario y extraordinario de Sevilla 3 567 2 640
Islas de Canaria, T enerife y la Palma 2 410 4 232
Cochinilla 1 906 1 645
Ser vicio y Montazgo 1 762 2 939
Abuela de Granada 1 685 1 911
T ercias del Reino 1 119 980
Alcázares de Sevilla 927 927
Alcabalas yerbas del Campo de Calatrava 920 733
Alcabalas de las yerbas de Alcántara 551 Sin datos
Azúcares de Granada 479 1 448
Barrilla y sosa de Murcia 200 Sin datos
Barrilla y sosa Sin datos 2 960
Escribanías y martiniega de Guadalajara Sin datos 75
f uente : AGS, CCGG, 2597 y 3934.
[69]
La inver sión extranjera en deuda pública al comenzar el reinado de Felipe IV
T abla 6. Porcentaje del situado de cada renta en manos de extranjeros en 1634
Renta % Renta %
Medio por ciento de Sevilla 64,78 Almojarifazgo Mayor de Indias 13,64
Barrilla y sosa 60,67 T abaco 13,58
Esclavos negros 59,34 Islas de Canaria, T enerife y la
Palma
12,36
Nuevo derecho de lanas 50,50 Azúcares de Granada 10,25
Pimienta 49,52 Diezmos de la Mar 9,02
Ser vicio ordinario y extraordinario
de Sevilla
36,96 Solimán y azogue 7,81
Diez por ciento de lanas 30,90 Almojarifazgo de Sevilla 7,47
Abuela de Granada 29,17 Cochinilla 6,47
Puertos Secos de Castilla 24,30 Seda de Granada 5,33
Puertos de Portugal 23,06
f uente : AGS, CCGG, 3934.
L a reput acIón de Los juros y eL p ago de sus Intereses anuaLes
Las razones de un inversor para adquirir juros eran muy variadas 40 . No siem -
pre se trataba de una inversión financiera para maximizar la rentabilidad del
dinero prestado. Si ese hubiera sido su único objetivo, uno de los primeros
aspectos a tener en cuenta habría sido su «cabimiento», es decir , si estaba
situada allí donde se cobraban los intereses con puntualidad. Sin embargo,
ésta no era la única razón a tener en cuenta. La antigüedad del título era
igualmente importante porque era el criterio seguido para pagar los réditos.
Los últimos en ser emitidos eran los últimos en cobrar y los que más riesgo
tenían de no pagarse cuando los ingresos no alcanzaban. Un descenso en la
recaudación de una renta afectaba sólo a los juros más recientes, no al resto.
La antigüedad del juro se conser vaba siempre, aunque el título cambiase de
manos, lo que incrementaba su valor . T ambién había otros aspectos, como
el tipo de moneda con la que se abonaban los intereses o su situación geo -
gráfica. Los inversores preferían juros en sus lugares de residencia, algo que
quizá no fuese tan importante para aquellos extranjeros que no residiesen en
40 Y a señalamos algunas de ellas en Álvarez Nogal, 2011b, 79-81.
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[70] Carlos Álvarez Nogal
Castilla. En definitiva, es muy difícil hablar de la reputación de los juros en
general porque había muchos aspectos a tener en cuenta.
Las alcabalas eran los juros más fiables desde el punto de vista del cabi -
miento y , lo cierto, es que en 1629 se abonó el 86% de la renta que tenían
los extranjeros situada en ellas (tabla 1), mientras que en el caso de las ren -
tas arrendables ese porcentaje se quedó en el 59%, con grandes variaciones
entre ellas (tabla 7). En cierto modo era lógico. Las alcabalas disfrutaban
de encabezamientos generales garantizados por las ciudades y , por tanto, se
trataba de ingresos muy estables. Sin embargo, en el caso de las rentas arren -
dables, su rendimiento dependía mucho más de la actividad económica o del
arrendador de la renta. La mayoría eran estancos, aduanas o tasas vinculadas
al comercio. La crisis económica del siglo xVii afectó a la recaudación de esas
rentas y al pago de sus juros.
T abla 7. Porcentaje del situado de extranjeros abonado en cada renta: 1629 y 1634 41
Renta ar rendable 1629 % 1634 % Renta ar rendable 1629 % 1634 %
Pimienta 100 Naipes de T oledo 74 94
Ser vicio ordinario y ex -
traordinario de Sevilla
100 Abuela de Granada 72
Islas de Canaria, T eneri -
fe y la Palma
100 Salinas del reino 69
Alcázares de Sevilla 100 Puertos secos de Castilla 68 84
Alcabalas de yerbas de
Campo de Calatrava
100 T ercias del Reino 62
Alcabalas de yerbas de
Alcántara
100 Diez por ciento de lanas 58 90
Azúcares de Granada 100 Naipes de Castilla la Vie -
ja
57 77
Barrilla y sosa de Murcia 100 Solimán y azogue 38
Seda de Granada 94 Casas de moneda 30 76
Diezmos de la Mar de
Castilla
94 Ser vicio y Montazgo 29 79
41 En 1634 en lugar de utilizar el resumen, utilizamos el valor de la relaciones de personas que
están disponibles. Haciendolo con los resúmenes generales no cambia el resultado y las
diferencias no son grandes.
[71]
La inver sión extranjera en deuda pública al comenzar el reinado de Felipe IV
Renta ar rendable 1629 % 1634 % Renta ar rendable 1629 % 1634 %
Nuevo derecho de lanas 89 98 Almojarifazgo de Indias 26
Naipes de Sevilla 86 Esclavos negros 3
Puertos de Portugal 85 Cochinilla 0
Medio por ciento 78 T abaco 0
Almojarifazgo Mayor 76
f uente : AGS, CCGG, 2597 y 3934.
Aquellas rentas que dependían de la llegada de las flotas americanas, como
el medio por ciento, la cochinilla, el tabaco y los esclavos negros, presentan
los peores porcentajes para 1629 porque ese año no llegaron la flotas al man -
do de Martín de V aldecilla y Gómez de Sandoval. Lo hicieron en el verano
siguiente 42 . En este caso, la regularidad no estaba asegurada, pero su ventaja
era que los juros se pagaban en metal precioso, algo de lo que muy pocas ren -
tas podían presumir entonces.
La geografía de La InversIón extranjera en castILLa
¿Cuáles fueron las preferencias geográficas de los extranjeros a la hora de
invertir en juros? Sólo se puede responder a esta pregunta en el caso de las
alcabalas y los millones porque las rentas arrendables se cobraban allí donde
residía el tesorero de la renta. El lugar donde estuviese situado el juro era
importante porque los intereses se percibían en la tesorería donde estaba
situado. Si esa tesorería no lo abonaba no se podían cobrar en otra, salvo que
la Corona concediese una autorización expresa.
Los datos muestran que los extranjeros tenían tendencia a acumular títu -
los en unos partidos fiscales determinados, dependiendo del tipo de renta.
En el caso de los juros de alcabalas, la principal región con diferencia, tanto
en 1629 como en 1634, es Andalucía, percibiendo allí casi la mitad de sus ren -
tas (gráfico 1). Después le siguen Castilla la Mancha, Extremadura, Madrid
y Murcia. A nivel provincial destacan Jaén y Córdoba, seguidas por Sevilla,
Murcia, Ciudad Real, Granada y Madrid.
42 Álvarez Nogal, 1997, 380.
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[78] Carlos Álvarez Nogal
castellanos. La documentación indica que en 1634 el 57,9% de los juros estaba
en manos de extranjeros, pero al igual que en las alcabalas había diferencias
dependiendo de los partidos. Murcia era la región con mayor concentración
de extranjeros, donde poseían un 80% del total de la renta. T ambién destaca
Galicia, una zona donde los extranjeros apenas tenían juros de alcabalas, y
Castilla y León donde controlaron el 67,13% de estos títulos. En el caso del si -
tuado de millones su preferencia por el sur de la península no es tan marcada
como en el caso de las alcabalas (tabla 10), seguramente porque estos juros
llegaron a sus manos de forma forzosa.
T abla 10. Porcentaje del situado de extranjeros en la renta de millones en relación al
total emitido en las distintas regiones en 1634 (ducados)
Región Situado extranjeros Situado total % extranjer os
Murcia 14 716 18 443 80
Galicia 20 103 26 689 75
Castilla y León 157 825 235 145 67
Andalucía 147 325 249 865 59
Madrid 27 000 52 758 51
Castilla-La Mancha 51 368 106 067 48
T otal 418 366 688 966 61
f uente : AGS, CCGG, 3934, Relación de lo que montan los juros que personas no naturales destos reinos
tienen situados en ellos.
Desde una perspectiva provincial (tabla 11), León, T oro y Murcia son las te -
sorerías donde tuvieron una presencia mayoritaria, seguido por los partidos de
Jaen, Ávila, Galicia y Soria con valores por encima del 70% del total de su situado.
T abla 11. Porcentaje de juros de millones en poder de extranjeros en 1634
Provincias % Pr ovincias % Provincias % Pr ovincias %
León 92,5 Galicia 74,7 Salamanca 64,0 Sevilla 52,9
T oro 82,8 Soria 73,5 Córdoba 62,4 Cuenca 51,3
Murcia 79,8 Zamora 65,8 Segovia 61,1 Madrid 51,2
Jaén 77,3 Guadalajara 64,7 V alladolid 60,6 T oledo 45,3
Ávila 76,5 Granada 64,4 Burgos 54,5
f uente : AGS, CCGG, 3934.
[79]
La inver sión extranjera en deuda pública al comenzar el reinado de Felipe IV
c oncLusIones
Los extranjeros no tenían ninguna restricción a la hora de comprar deuda
pública en Castilla. De hecho, muchos de los juros que comercializaron los
banqueros del rey a través de sus asientos acabaron formando parte de sus
patrimonios personales. Otros llegaron a sus manos a través de los llamados
«Medios Generales», acuerdos entre la Corona y sus banqueros que permi -
tían restablecer el pago de lo que se les adeudaba, anulando así los decretos
que habían suspendios el pago de sus consignaciones.
La inmensa mayoría de extranjeros eran genoveses y muchos no residían
en la península Ibérica. Eran mayoría pero no los únicos. T ambién había por -
tugueses, alemanes, flamencos, florentinos, milaneses, etc. En el siglo xVii se
acrecentaron los rumores de que estaban desinvirtiendo y llevándose el dine -
ro fuera de Castilla. Lo cierto es que, al finalizar el primer tercio del siglo xVii ,
una parte relevante de la deuda pública castellana aún seguía en sus manos.
Estimamos que en 1634 tenían aproximadamente invertido un capital de 24
millones de ducados en juros, cuyas rentas suponían el derecho a percibir
unos 1,18 millones anuales en concepto de intereses, aunque la gran mayo -
ría fuese en vellón. Esa cifra supone aproximadamente una quinta parte del
pago de todos los intereses que la monarquía abonaba por este concepto. Su
distribución era bastante homogénea, entre los distintos tipos de ingresos: un
tercio estaba situado en la renta de alcabalas, otro en los millones y el resto
en rentas arrendables.
Si ponderamos su inversión por el valor del situado de cada una de esas
rentas, los extranjeros tenían mucho más peso en el ser vicio de millones,
con más de la mitad del situado, que en el resto de ingresos. Apenas tenían
un 12% del situado de alcabalas si consideramos el valor del encabezamien -
to, aunque es muy probable que ese porcentaje sea superior si, en lugar de
utilizar cifras de recaudación, dispusieramos del importe total de juros que
soportaba esta renta, incluidos los que poseían los naturales de Castilla. En
rentas arrendables los extranjeros tenían preferencia por los juros que aún se
pagaban en plata, destacando los situados en los «esclavos negros», las salinas
y el nuevo derecho de lanas.
En cuanto a su distribución geográfica, la preferencia era claramente por
títulos situados en la Corte y en el sur de Castilla. Andalucía, Murcia y Ex -
tremadura destacan entre los juros de alcabalas y , aunque en menor medida
también lo hacen en los millones. Aunque no tenemos suficientes datos para
explicar del todo sus preferencias geográficas, hay indicios para pensar que
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[80] Carlos Álvarez Nogal
estaban relacionadas con la mayor presencia de redes genovesas en esos terri -
torios y con su mayor dinamismo económico.
T odos estos datos demuestran que, aunque los juros hayan sido tradicio -
nalmente calificados como deuda doméstica en comparación con los asientos
de dinero, su componente extranjero no es despreciable. Además, estas cifras
también obligan a cuestionar la tradicional visión «rentista» de la sociedad
castellana. El ejemplo más claro son los genoveses. Muchos de ellos tenían ju -
ros a pesar de tener muchas oportunidades para invertir su dinero en Castilla
o fuera de ella. No es precisamente un grupo conformista desde el punto de
vista económico, sino más bien lo contrario.
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SOBRE EL SISTEMA FINANCIERO
DE LA CASTILLA DE LOS AUSTRIAS 1
José Ignacio Andrés Ucendo
Universidad del País V asco
I ntroduccIón
Resulta poco original afirmar que en las últimas décadas la historiografía sobre
la España de los Austrias ha sufrido una profunda renovación, protagonizada
por un grupo de investigadores entre los que han destacado los profesores José
Ignacio Fortea y Juan Eloy Gelabert, cuyo trabajo está en el centro del presente
volumen. Como resultado, hoy sabemos que, si bien no faltaron elementos
particulares, la Monarquía Hispánica distó de ser una excepción en el contex -
to europeo del tiempo. Desde el punto de vista político, la Hispánica es uno de
los mejores ejemplos de Monarquía Compuesta, tan habitual en la época, por
más que esta forma de Estado hoy en día nos parezca distante e incluso extra -
ña. Desde una perspectiva cultural y religiosa también se aprecian similitudes,
y Castilla se puede incluir dentro de las regiones europeas en las que más
avanzó la Contrarreforma, junto con Italia, Francia y los territorios centroeu -
ropeos de los Habsburgo vieneses. Y también se detectan paralelismos desde el
punto de vista económico. La economía española del xVi i sufrió los efectos de
lo que la reciente historiografía califica de «Pequeña Divergencia», en virtud
de la cual a lo largo del Seiscientos las regiones mediterráneas comenzaron a
rezagarse respecto de las economías más dinámicas del norte de Europa, como
Holanda e Inglaterra. Esto hace que la trayectoria de la economía española sea
1 Este trabajo ha sido posible gracias al Proyecto de Investigación del MINECO/FEDER
«Hacienda, deuda pública y economía política en la Monarquía Hispánica, siglos xVi - xVii »
(HAR2015-68672-P) y al Grupo de Investigación del Gobierno V asco «Crecimiento econó-
mico, instituciones y cambios sociales en el País V asco» (IT897-16).
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[84] José Ignacio Andrés Ucendo
menos peculiar de lo a veces pensado, pudiendo incluirse dentro de un mode -
lo mucho más general que engloba toda la cuenca del Mediterráneo 2 .
Sin embargo, el reconocimiento de la normalidad castellana y española
en la época moderna a veces parece limitarse al estrecho círculo académico,
fuera del cual todavía están bien vivas visiones más tradicionales de nuestro
pasado, que en muchas ocasiones descienden de la famosa Leyenda Negra,
sobre la que María Elvira Roca ha escrito un reciente libro 3 . Los ejemplos
de la per vivencia de este enfoque, por el que nuestra historia durante los
siglos xVi y xVii se describe a menudo en términos de excepcionalidad y di -
ferencia, son conocidos y resulta de particular interés, para los fines de estas
líneas, recordar uno: suele afirmarse que el sistema financiero de los Austrias
madrileños fue muy deficiente, al contrario de lo sucedido en estados como
Holanda o Inglaterra, cuyos gobernantes fueron capaces de crear sofisticados
sistemas de Crédito Público. A modo de ejemplo, basta con recordar cómo
en su conocido (y polémico) libro sobre la historia de las crisis financieras, C.
Reinhart y K. Rogoff indican, en un párrafo ya famoso, que «los impagos de
España establecieron un récord que hasta la fecha nadie ha podido romper .
En efecto, España se las arregló para incumplir sus pagos en siete ocasiones
tan solo durante el siglo xix , luego de seis impagos en los siglos anteriores» 4 .
Al menos en lo que se refiere a la Edad Moderna, la anterior afirmación
resulta un tanto exagerada y requiere, pensamos, una matización. Es difícil
de creer que un Estado con un historial financiero tan desastroso como el
resumido por C. Reinhart y K. Rogoff en su lapidaria frase pudiera retener la
hegemonía continental desde inicios del xVi hasta mediados del xVii y en los
últimos años varios autores han empezado a ofrecer argumentos para revisar
esta visión 5 . Nuestro trabajo comparte, modestamente, este propósito y aspira
a contribuir a esta labor de revisión, enfatizando que el sistema financiero de
la Castilla de los Austrias compartió varias características con el de la mayoría
de los estados de su tiempo, por lo que su trayectoria dista de ser excepcional.
Como se verá en el primer apartado, la visión tradicional sobre el sistema
financiero de los Austrias deriva, en parte, de la concepción tan pesimista de
2 Elliott, 1986 y 1992, MacCulloch, 2003, Po-Chia Hsia, 2005, De V ries, 1979, y De Pleijt y V an
Zanden, 2016, 387-409.
3 Roca, 2016.
4 Reinhart y Rogoff, 2011, 95. En concreto, los autores se refieren a los impagos de 1557,
1560, 1575, 1596, 1607, 1627 y 1647.
5 Álvarez Nogal y Chamley , 2014, 192-212, y 2016, 1-32.
[85]
Sobre el sistema financier o de la Castilla de los Austr ias
nuestro pasado que comenzó a gestarse ya entre sus contemporáneos, y que ha
influido en los hispanistas e historiadores nacionales. Sin embargo, esta visión
no resulta del todo exacta. Según se indica en el segundo apartado, la teoría
tradicional sobre las finanzas de los Austrias es heredera de una concepción
del papel del capital en el crecimiento económico que hoy en día empieza a
ser criticada, y sus límites se hacen más visibles cuando se incluye una pers -
pectiva comparada en el análisis. Pero quizás el mayor problema resida en
que algunos aspectos de esta teoría no concuerdan con los resultados que se
desprenden del estudio de las fuentes. De hecho, cuando sumamos a los ingre -
sos ordinarios y extraordinarios de la Real Hacienda los obtenidos a través de
los asientos se concluye que la Corona de Castilla fue un estado intensivo en
capital al menos hasta 1648. Este aspecto pone en cuestión buena parte de las
habituales valoraciones sobre las finanzas castellanas de los Austrias y lo trata -
remos con más detalle en el tercer y último apartado del trabajo.
L os orIgenes de La teoría tradIcIonaL soBre Las fInanzas de Los a ustrIas
El sistema fiscal y financiero de los Austrias descansaba sobre los contratos
de crédito a corto plazo (asientos) y la deuda a largo plazo (juros). T anto el
pago a los asentistas del principal de sus préstamos e intereses como el abono
de sus intereses a los juristas dependía, en último término de la capacidad de
la Corona para incrementar sus ingresos, ordinarios (impuestos y ser vicios) y
extraordinarios (entre los que destacaron los metales preciosos americanos) 6 .
Este sistema funcionó razonablemente bien hasta las décadas centrales del
x Vi i ; incluso a pesar de las suspensiones de pagos de 1557, 1560, 1575, 1596, 1607
y 1627 7 . A lo largo de casi 150 años, aproximadamente entre 1517 y 1650, la Co -
rona castellana contrató un volumen creciente de asientos y emitió un número
cada vez mayor de juros 8 . Esto fue posible gracias a la expansión de la economía
del reino a lo largo del x Vi , que impulsó la subida de los ingresos del T esoro, y las
crecientes llegadas de metales preciosos americanos en el mismo período 9 .
6 Artola, 1982; Carande, 2000; T oboso, 1987, y Ulloa, 1986.
7 Domínguez Ortiz, 1960, 97.
8 Artola, 1982; Ruiz Martín, 1965, 3-58, y 1975, 739; y T oboso, 1987, 133 y 173.
9 Para los ingresos del T esoro, nos remitimos a los trabajos de la nota 6 y a Bilbao Bilbao,
1990, 37-61, y Andrés Ucendo y Lanza García, 2008, 147-190. Para la llegada de metales
preciosos, Hamilton, 1975, y Álvarez Nogal, 1996, 43-89.
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[86] José Ignacio Andrés Ucendo
Sin embargo, el crédito público de los Austrias despertó varias críticas entre
sus contemporáneos. Los asientos, y sobre todo los asentistas, fueron sujetos
a continuos y bien conocidos ataques a lo largo de los siglos xVi y xVii , aunque
no deba ignorarse que los mismos reflejaban, al menos en parte, la oposición
de la burguesía castellana al predominio del que gozaban en el manejo de las
finanzas castellanas los hombres de negocios alemanes, italianos (sobre todo
genoveses) y portugueses 10 . Los juros, por el contrario, no despertaron excesi -
vas críticas en el Quinientos, al menos en un principio. Como es bien sabido,
la compra de estos activos estuvo muy difundida entre los grupos acomodados
de la sociedad del reino, que vieron en ellos una inversión segura y atractiva,
hasta que los descuentos en los intereses cobrados por los juristas tras la con -
solidación de la media annata en 1634 hicieron que perdieran buena parte de
su antiguo atractivo, para disgusto de quienes habían invertido grandes sumas
de dinero en su adquisición 11 .
Lo anterior ayuda a comprender de dónde procede la actitud con la que
muchas veces se ha juzgado el Crédito Público de los Austrias, asumida por
la historiografía liberal española del siglo xix . V alga como prueba lo escrito
en su Historia de la Economía Política Española por uno de los representantes
de esta escuela, Manuel Colmeiro, quien calificó a los asentistas genoveses de
codiciosos extranjeros, antes de llamarles lobos, para concluir afirmando que
«estos asentistas negociaban asientos, arrendaban las rentas, hacían adelantos
al gobierno con crecidos intereses y , en fin, venían a ser en el siglo xVii lo que
eran los judíos en la Edad Media» 12 .
Leyendo el párrafo anterior uno sospecha que Colmeiro había heredado
las actitudes (y los prejuicios casticistas) de la burguesía urbana castellana
de los siglos xVi y xVii , que odiaba a los hombres de negocios extranjeros por
haberles arrebatado el control de una lucrativa actividad. Pero Colmeiro tam -
bién reser vaba parte de sus iras para atacar a los juros, y en particular a la
media annata, que ofrecía «el mal ejemplo de un gobierno nada escrupuloso
en quebrantar la fe empeñada», para concluir calificando a los descuentos
de los intereses percibidos por los juristas de violencia; término que, como se
verá más adelante, resulta de particular interés 13 .
10 Domínguez Ortiz, 1960, 103-147; Ruiz Martín, 2016, 49-174; y Sanz Ayán, 2013, 119-286.
11 Sobre esto, vid. T oboso, 1987 .
12 Colmeiro, 1986, 390.
13 Colmeiro, 1986, 392.
[87]
Sobre el sistema financier o de la Castilla de los Austr ias
Junto con otros autores, Colmeiro formaba parte de un grupo de historia -
dores que encontraron en el estudio de nuestro pasado durante la época de
los Austrias un arsenal de argumentos para justificar la creación del nuevo
régimen liberal. Pero el problema reside en que al hacerlo así estos autores
también heredaron buena parte de los argumentos con los que los arbitristas
del Seiscientos o los Ilustrados del Setecientos habían descrito el curso de
nuestra historia política, económica y social, y contribuyeron a difundir una
visión negativa de la España de los Austrias. Los puntos esenciales de esta
teoría, que descansa sobre lo que se ha dado en llamar el mito comunero, son
bien conocidos: la dinastía inaugurada por Carlos I en 1517 destruyó las liber -
tades castellanas, sometió a las ciudades y las instituciones representativas del
reino al rigor de un régimen absolutista y despótico, y creó un sistema fiscal y
financiero que podría calificarse de dañino, que además hipotecó las posibi -
lidades de desarrollo económico del país para financiar una política exterior
ajena a los intereses castellanos 14 .
Si hemos escogido a Colmeiro no se debe a que este autor fuera el más in -
fluyente del grupo. De hecho, su influjo actual es más bien escaso y sus obras
apenas son conocidas fueras del círculo de los especialistas. Sin embargo, Col -
meiro es importante porque fue uno de los canales a través del cual otros au -
tores mucho más famosos como E. Hamilton recibieron la negativa visión de
los historiadores liberales sobre la España de los Austrias. No por casualidad,
Colmeiro es uno de los historiadores liberales más citados por E. Hamilton
en sus trabajos, en donde tampoco faltan citas a otros autores del grupo como
Lafuente o Cánovas. A modo de ejemplo, Colmeiro es citado en 11 ocasiones
por el historiador estadounidense en El T esoro Americano y la Revolución de los
Pr ecios en España ; 5 en Guer ra y pr ecios en España y 6 veces en su influyente The
Decline of Spain , aparecido en 1938 en la Economic Histor y Review 15 .
La importancia de Hamilton para el argumento que queremos desarrollar
reside no sólo en la calidad indiscutible de su obra, todavía hoy de consulta
obligatoria para todos los interesados en nuestra historia económica y social
de la época moderna, sino en que el autor americano, a su vez, ejerció un
influjo visible en el decano del hispanismo anglosajón actual, J. Elliott. Este
influjo está bien presente en su clásico La España Imperial . Para redactar los
apartados del libro dedicados a la economía española del período, Elliott si -
guió a J. Vicens Vives, F . Braudel, Chaunu y E. Hamilton, prestando un interés
14 Sobre este asunto, Aróstegui, 1995, 363-403, y Álvarez Junco, 2011.
15 Hamilton, 1975, 1988 y 1938, 125-135.
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[94] José Ignacio Andrés Ucendo
c astILLa : un est ado IntensIvo en capIt aL hast a medIados deL sIgLo xvII
Una de las razones por las que la visión tradicional atribuye un papel central
a los derechos de propiedad en el desarrollo de los sistemas financieros es
que los estados en donde tales derechos se respetan son capaces de captar
grandes cantidades de capital para financiarse, bien en forma de préstamos
a corto plazo o bien a través de emisiones de títulos de deuda pública a bajo
interés. Esto permitirá a dichos estados rebajar su dependencia de los im -
puestos y , sobre todo, de las tensiones políticas que semejante dependencia
acarrea, convirtiéndose en estados intensivos en capital 30 . Asediados por pro -
blemas que iban desde la resistencia de los Parlamentos encargados de auto -
rizar la creación de nuevas fuentes de ingresos hasta las revueltas antifiscales,
la anterior posibilidad gozaba de un atractivo particular para los gobernantes
europeos de la Edad Moderna. Apenas hace falta añadir , sin embargo, que
según la teoría tradicional un estado como Castilla estaría lejos de incluirse
en el grupo de estados intensivos en capital, al que pertenecerían Holanda e
Inglaterra/Gran Bretaña, y en las siguientes páginas intentamos verificar este
extremo.
A tal efecto, el gráfico 1 presenta la evolución de los ingresos totales de
la Corona de Castilla entre 1551 y 1700, divididos entre los ingresos que el
T esoro obtenía a través de los medios ordinarios (impuestos de todo tipo y
ser vicios) y extraordinarios (metales preciosos americanos, ventas de rentas
reales, media annata de juros y donativos), por un lado, y los que captaba a
través del préstamo a corto plazo (asientos), por el otro. Los datos se ofrecen
en millones de reales de plata para descontar los efectos de la inflación del
vellón del siglo xVii .
El gráfico 1 muestra que los ingresos totales de la Corona (ordinarios,
extraordinarios y asientos) culminaron en 1641-1642 y que los ingresos pro -
cedentes del crédito a corto plazo fueron importantes hasta 1650, aunque
tras esa fecha perdieron su antiguo relieve. Medido en términos decenales,
en 1561-1570 los asientos aportaron el 35 por cien de los ingresos de la Coro -
na. A la altura de 1601-1610 esta cifra había caído al 25 por cien, pero desde
entonces volvió a aumentar y entre 1621-40 los asientos representaron el 37,5
por cien de los ingresos anuales de la Monarquía castellana, con algunos años
en los que esta cifra osciló alrededor del 50 por cien. Esto prueba que la ma -
siva expansión de los ingresos durante las dos primeras décadas del gobierno
30 Tilly , 1991.
[95]
Sobre el sistema financier o de la Castilla de los Austr ias
de Felipe IV se consiguió gracias al crecimiento de los ingresos ordinarios y
extraordinarios y , sobre todo, a la masiva movilización del crédito suministra -
do por los hombres de negocios. Desde 1651-60 el papel de los asientos cayó
de forma perceptible y en las dos últimas décadas del siglo representaron me -
nos del 2,5 por cien de los ingresos de la Corona, lo que nos permite constatar
la decadencia, por no decir colapso, del sistema financiero de la Monarquía
en esos años.
Gráfico 1. Ingresos totales de la Real Hacienda, 1551-1700 (en millones de reales de plata)
f uente : Álvarez Nogal,1996, 453-489; Andrés Ucendo, 1999, 245-246, 2006, pp. 41-70, y 2008, 67-79; Andrés
Ucendo y Lanza García, 2008, 147-190; Artola, 1982, 142-147; Domínguez Ortiz, 1960, 185-294; Feliu, 1991,
19-20; García Fuentes, 1980, 386-402; Garzón Pareja, 1980, 340-395; Gelabert, 1997, 383-384, y 1998, 265-
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De lo anterior se desprende que la Corona mantuvo hasta 1641-50 su capa -
cidad de captar ingresos a través del crédito a corto plazo; y eso a pesar de las
frecuentes suspensiones de pagos del período. La comparación del caso cas -
tellano con las Provincias Unidas, justamente famosas por la sofisticación de
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[96] José Ignacio Andrés Ucendo
sus finanzas públicas, permite medir mejor esta capacidad. Para ello hemos
elaborado la tabla 1, que compara la importancia de los ingresos obtenidos a
través del crédito en Castilla y las Provincias Unidas entre 1575 y 1713:
T abla 1. Estructura de los ingresos en las Provincias Unidas y en Castilla, 1575-1713 (en %)
Período
Provincias Unidas Castilla
Ingresos or dinarios y
extraordinarios
Ingresos mediante emisión
de deuda pública
Ingresos or dinarios y
extraordinarios Asientos
1575-1620 96,00 4,00 73,40 26,60
1621-1671 86,00 14,00 70,00 30,00
1672-1713 80,00 20,00 91,00 9,00
f uenteS : Gráfico 1 y Fritschy , 2017, 184.
Antes de proseguir , conviene hacer algunas obser vaciones. En primer lu -
gar , la tabla solo ofrece los ingresos de 5 de las 8 provincias de la República,
aunque entre ellas se encuentran las más importantes, como Holanda y Ze -
landa. A esto se añade, segundo, que, como es bien sabido, las Provincias
Unidas renunciaron a los préstamos de los hombres de negocios para obtener
ingresos, optando por las emisiones de títulos de deuda, de los que había una
considerable demanda en las ciudades holandesas. Por el contrario, Castilla sí
recurrió a préstamos a corto plazo con los hombres de negocios, y las sumas
así obtenidas se incluyen en nuestra tabla, de la que se excluyen los juros. Esto
último se debe a que, aunque hubiera excepciones de relieve, el grueso de
los juros creados por la Corona no se emitió para obtener ingresos sino para
indemnizar a los hombres de negocios tras las suspensiones de pagos. Por
último, nuestros datos terminan en al año 1700, pero, dada la profunda crisis
del sistema de asientos de la Corona a fines del siglo xVii , puede sostenerse
que esto representa un problema menor .
De la tabla 1 se deduce que hasta 1670 el peso de los asientos en el total
de los ingresos de la Corona fue muy superior al de la deuda pública en las
Provincias Unidas, lo que sugiere que, como venimos diciendo, la Monarquía
castellana fue capaz de obtener ingresos a través del crédito de una manera
muy destacable hasta las décadas centrales del siglo xVii .
Los recursos obtenidos a través del Crédito Público tenían una función
clave, dado que ser vían para financiar el incremento de los gastos que afron -
taban los estados de la Edad Moderna en tiempo de guerra. Esto resultaba
inevitable si reparamos en que con los ingresos percibidos a través de los
[97]
Sobre el sistema financier o de la Castilla de los Austr ias
tributos se pagaban por lo general gastos comprometidos de antemano (en el
caso castellano, salarios, intereses de los juros, consignaciones a los hombres
de negocios, etc.), lo cual hacía que la importancia de los ingresos proce -
dentes del Crédito Público fuera muy superior a lo que se podría deducir si
atendiéramos a su valor absoluto. Por ello, si comparamos qué porcentaje del
aumento de los ingresos obtenidos por la Corona de Castilla y la provincia
de Holanda, la más importante de las Provincias Unidas en términos fisca -
les y financieros, procedió del Crédito Público entre 1621 y 1648 podemos
comprender cuál de ambos estados fue más intensivo en capital durante este
crítico período. Al hacerlo así descubrimos que en esos 27 años el valor medio
anual de los ingresos de la Corona de Castilla (incluyendo bajo este término
a los ingresos ordinarios, extraordinarios y los asientos) creció de 163 millo -
nes de reales de plata pura en 1609-1620 a 212,8 en 1621-48. Dado que en el
mismo tiempo el valor medio anual de los asientos se elevó de 47 millones de
reales a poco más de 77, se concluye que cerca del 61 por cien del incremento
en el valor medio anual de los ingresos de la Corona procedió de la subida en
el valor medio anual de los asientos contratados. Puesto que en el mismo pe -
ríodo las emisiones de deuda holandesa fueron responsables del 39 por cien
del aumento en los ingresos anuales de Holanda, nuestra comparación con -
firma que, en línea con lo que venimos diciendo en este apartado, hay buenas
razones para sugerir que Castilla fue hasta mediados del siglo xVii un estado
mucho más intensivo en capital de lo que se pudiera pensar de atenernos a la
visión más extendida sobre las finanzas del reino.
c oncLusIones
Después de las páginas precedentes pensamos que puede afirmarse que la vi-
sión más extendida sobre las finanzas de los Austrias requiere una importante
matización, en línea con la que ya vienen ofreciendo varios autores. Esto se
debe a que, de entrada, dicha visión es fruto de un relato sesgado de nuestro
pasado, obra de sus contemporáneos y de los historiadores liberales españoles
del siglo xix , y luego asumido tanto por historiadores nacionales como forá-
neos. Por otro lado, la teoría tradicional también ha heredado una visión del
papel del capital y las finanzas en el desarrollo económico que hoy empieza a
despertar algunas reser vas. A esto se añade que las finanzas de los Austrias han
sido criticadas por las abundantes suspensiones de pagos y los descuentos en
los intereses percibidos por los juristas, reflejo de un pretendido desinterés de
la dinastía por el respeto de los derechos de propiedad, olvidando cómo, lejos
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[98] José Ignacio Andrés Ucendo
de ser peculiaridades castellanas, estas medidas resultaron habituales en otros
estados europeos del tiempo. Por último, también hemos presentado razones
para afirmar que, en contra de la visión tradicional, hay buenos motivos para
afirmar que la Castilla de los Austrias fue un estado intensivo en capital hasta,
aproximadamente, 1647.
Lo anterior no significa que debemos reemplazar la vieja y más bien nega -
tiva visión de las finanzas castellanas de los siglos xVi y xVii por otra que des -
criba el sistema en términos positivos y elogiosos, ignorando sus problemas y
limitaciones. En nuestra opinión, la verdad reside en un punto intermedio.
Las finanzas castellanas de la época de los Austrias no fueron tan distintas de
las de la mayoría de los estados europeos de la época, por lo que se vieron su -
jetas a las mismas dificultades, y dentro de su trayectoria pueden distinguirse
dos etapas bien definidas. Hasta 1647 se desarrolló la primera, en la que las
suspensiones de pagos del período no impidieron que el sistema financiero
castellano fuera bastante intensivo en capital. El gran cambio parece haberse
producido a fines de los años 40 del siglo xVii , y la fecha decisiva parece ha -
ber sido la suspensión de pagos de 1647, cuya importancia no ha escapado
a la historiografía. Desde fines de los 40 el valor medio anual de los asientos
cayó de forma notable, pudiendo calificarse de auténtico desplome en las dos
últimas décadas del siglo y así lo que habría que explicar es los motivos de la
trayectoria que acabamos de resumir en estas páginas.
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FISCO, JURISDICCIÓN Y P APELES EN TIEMPOS
DE GUERRA: JUAN ARIAS MALDONADO,
MINISTRO Y ESCRITOR POLÍTICO
EN EL EST ADO DE MILÁN (1626-1646) 1
Massimo Carlo Giannini
Universita degli Studi di T eramo
En los últimos años, la historiografía de la Monarquía Católica ha prestado
gran atención al papel de los funcionarios de la Corona, especialmente a su
inclusión en las redes de poder tanto en la corte como en los ámbitos locales y
a su movilidad dentro de los vastos horizontes territoriales de los dominios de
los Austrias 2 . Otro aspecto investigado más recientemente por los historiadores
es el conjunto formado por la elaboración, circulación y conser vación de la
información y la memoria, cuyo uso desempeñó un papel central en la cons -
truc ción y mantenimiento de las relaciones de poder dentro de la Monarquía,
así como en la construcción de su imagen 3 . El caso que propongo estudiar
aquí se refiere a la interesante figura de Juan Arias Maldonado, un ministro
castellano que operó en el Estado de Milán con importantes funciones al ser -
vicio de la Corona durante unos veinte años, que fueron especialmente com-
plej os por la guerra que se desarrollaba en suelo lombardo. Arias Maldonado
1 Abreviaturas: ACDF - Archivio della Congregazione per la Dottrina della Fede, Città del
V aticano; AGS - Archivo General de Simancas (E = Estado; SP = Secretarías Provinciales);
ASFi - Archivio di Stato di Firenze (MP = Mediceo del Principato); ASMi - Archivio di Stato
di Milano (DR = Dispacci reali; RCS = Registri delle Cancellerie Stato); ASV e - Archivio di
Stato di V enezia; BNE - Biblioteca Nacional de España, Madrid.
2 V olpini, 2004; Aranda Pérez, 2005; Esteban Estríngana, 2012; Pardo Molero y Lomas Cortés,
2012; Gaudin, 2013; el dossier con el título «El Habitus del oficial real: ideal, percepción y
ejercicio del cargo en la Monarquía Hispánica (siglos xV - xViii )», Studia historica. Historia mo-
derna , 39 (2017). Cf. Cardim, Herzog, Ruiz Ibáñez y Sabatini, 2012, y Martínez Millán, 2018.
3 Castillo Gómez, 2016, pp. 545-567; Rodríguez de Diego, 2018; Gómez Gómez y Gaudin,
2019, pp. 299-322.
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[110] Massimo Carlo Giannini
también pidió que el senador le indicara lo que debía responder a los argu -
mentos presentados por la Iglesia 33 .
El 25 de marzo de 1637 la República de Génova proclamó su regente
suprema a la Virgen, con título real, y la elevación de Córcega, dominio ge -
novés, a Reino. En noviembre siguiente, con una innovación ceremonial de
gran alcance político, Agostino Pallavicino fue coronado dogo 34 . Felipe IV
impugnó este acto y pidió al Marqués de Leganés que encargara a un mi -
nistro milanés la elaboración de un informe sobre los derechos reales de
Génova sobre Córcega. Durante la segunda mitad de 1637, el gobernador
confió esta tarea a Arias Maldonado, quien escribió un elaborado «discur -
so» histórico-jurídico apoyando el derecho exclusivo del rey católico a la
corona de Córcega 35 . Este derecho se basaba —según el senador— en la
investidura de la isla y de Cerdeña concedida por el Papa Bonifacio VIII
a Jaime II, rey de Aragón en 1297, y en la soberanía ejercida por los re -
yes aragoneses sobre Córcega hasta los conflictos de mediados del siglo xV ,
cuando habían sido expulsados progresivamente de su control efectivo por
elementos favorables a los genoveses 36 . Lo que no impidió que Felipe IV de
Habsburgo llevara el título legítimo de rey de Córcega y Cerdeña. Al igual
que la sucesión o la elección por el pueblo, el pontífice o el emperador
eran el único medio legítimo de obtener la dignidad real. La conclusión del
jurista era que República de Génova no podía proclamarse soberana de la
Córcega, incluso utilizando su poder de facto, ya que estaba formalmente
sometida al Sacro Imperio Romano 37 .
Las difíciles relaciones con las autoridades eclesiásticas sobre el control
de los beneficios eclesiásticos constituyeron el otro ámbito en que Arias Mal -
donado se convirtió en referencia para los gobernantes, incluyendo también
la recopilación y elaboración de la memoria documental de los derechos
reales en Milán. En noviembre de 1637, Felipe IV ordenó al gobernador que
33 Ibidem , Miscellanea storica , cart. 75, Juan Rubio de Herrera al marqués de Leganés, Roma, 7
de abril 1638.
34 Ciasca, 1962, 306-307, y Bottaro Palumbo, 1991, 35-49.
35 BNE, ms. 1169, fols. 2-73r , J. Arias Maldonado, «Discurso de los derechos de el Rey Nuestro
Señor en las Islas de Cerdeña y Corçega en el qual se demuestra, que a él solo se deve el
título Real en ellas ocassionado de la novedad intentada de la Republica de Genova el año
de 1637».
36 Ibidem , fols. 4v-17r .
37 Ibidem , fols. 18v e 26-32.
[111]
Fisco, jur isdicción y papeles en tiempos de guerra: Juan Ar ias Maldonado...
encomendara a un ministro de su confianza la tarea de recoger «los registros
antiguos, escripturas, y demás papeles tocantes a la materia del Economato»,
hacer un inventario preciso de los documentos en poder del ecónomo y , a
continuación, encargarse de la transferencia de todos los documentos inven -
tariados al archivo real del castillo de Milán 38 . El senador fue llamado por el
Marqués de Leganés para ocuparse del asunto y a finales de 1638 ya había
realizado parte de este inventario, recogiendo los papeles en la Cancillería
del Senado 39 .
Como en otras trayectorias biográficas, el vínculo con la realidad lombar -
da se materializó también en el matrimonio contraído por Arias Maldonado
con la dama Lavinia Vistarini, hija del conde de Solerano y exponente de un
importante linaje de Lodi. Probablemente, la boda tuvo lugar en la segunda
mitad de 1638, contando con el permiso del propio Felipe IV que, desde julio
de 1630, había establecido la obligación de la licencia real para los matrimo -
nios contraídos por los ministros españoles en el Estado de Milán 40 .
I nformar , document ar y orIent ar
A finales de 1639, el marqués de Leganés decidió enviar a Arias Maldonado
a Madrid con la delicada misión de informar al soberano y al Conde Duque
de Olivares de la situación política y militar del Estado de Milán 41 . T ambién
fue el portador de algunos escritos para ilustrar varios temas con complejas
implicaciones legales y políticas. Uno de ellos, escrito por los abogados fisca -
les milaneses, se refería a las razones del rey católico, como Duque de Milán
y Marqués de Finale, para mantener el control del feudo de Bagnasco y otras
tierras de los Duques de Saboya, conquistadas por las armas españolas 42 .
38 ASMi, DR , cart. 71, Felipe IV al Marqués de Leganés, Madrid, 9 de noviembre 1637 (una
nota en el documento indica que su contenido fue comunicado a Arias Maldonado el 12 de
febrero de 1638). Cf . Piccardo, 1916págs. 120-121.
39 ASMi, DR , cart. 73, Felipe IV al Marqués de Leganés, Madrid, 7 de febrero 1639.
40 Ibidem , cart. 72, Felipe IV al Marqués de Leganés, Madrid, 12 de abril 1638. Sobre Lavinia
Vistarini: Ferrari, 2012, 94-96.
41 ASV e, Senato , Dispacci , Ambasciatori , Milano , fil. 84, fol. 64v , el agente Gio. Ambrogio Sarotti
al Senado, Milán, 28 de diciembre 1639.
42 Ibidem , fol. 87v , Sarotti al Senado, Milán, 18 de enero 1640.
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[112] Massimo Carlo Giannini
La relación de confianza de Arias Maldonado con el Marqués de Leganés
y su papel de intermediario con la corte se ven subrayados por el hecho de
que el gobernador , un gran coleccionista de obras de arte y objetos suntuosos,
aprovechó este viaje a España para enviar a Felipe IV
una superbissima lettiera tutta d’argento di finissimo e pretioso lavoro, con le sue
cortine di tela argentata, et un baldachino, e dodeci sedie simili con chioderie
d’argento, che tutto è stato fatto a Milano a spese della Camera regia d’ordine di
S.M.tà per ser virsene come si crede nel suo Palazzo del Buon Ritiro, et il valor si
stima c. 30 000 scudi 43 .
A mediados de marzo, el senador llegó finalmente a la corte de Madrid,
alojándose en casa de su tío Guillén de la Carrera, y fue recibido en varias
audiencias por Felipe IV y Olivares 44 . Presentó al monarca cuatro documen -
tos del Marqués sobre diversos temas políticos, militares y financieros, que
fueron discutidos a mediados de abril por el Consejo de Estado. En estas
circunstancias, el senador entregó a Felipe IV su obra manuscrita sobre los
derechos del rey católico en las islas de Córcega y Cerdeña, escrita en 1637 45 .
Mientras el senador se encontraba en la corte, se le pidió que escribiera un
memorial sobre el mantenimiento bajo control milanés del castillo de Cengio,
conquistado por las tropas españolas en 1639 46 . El asunto era entonces objeto
de discusión en Madrid entre los ministros de Felipe IV , ya que Cengio era un
feudo del conde de Millesimo, Niccolò Del Carretto. El mismo Antonio Arias
Sotelo, maestro de campo general de la infantería, al mando de los soldados
que habían tomado la fortaleza, se había expresado en febrero de 1640 para
que Cengio permaneciera bajo la autoridad del rey católico, dada su posición
estratégica en el camino que conducía de Finale al Estado de Milán, de vital
importancia para el paso de las tropas 47 .
43 ASFi, MP , fil. 3184, fol. 829r , Domenico Montemagni al secretario de estado Andrea Cioli,
Milán, 18 de enero 1640. Sobre la importancia de la aportación del Marqués de Leganés a
la decoración de algunas estancias del Palacio del Buen Retiro, desde su inauguración bajo
la dirección directa del Duque de Olivares, véase Chaves Montoya, 1992, 217-230, especial-
mente 221-223. T ambién util es el clásico Brown y Elliott, 2004.
44 Archivio Storico Civico di Milano, Dicasteri , cart. 150, el agente de la ciudad de Milán, Carlo
Sirtori, al Vicario y Doce de la Provisión, Madrid, 24 de marzo 1640.
45 BNE, ms. 1169, fol. 1r , Arias Maldonado a Felipe IV , Madrid, 1 de abril 1640.
46 Sobre el sitio de Cengio, véase Colombardo, 1983, 83-90.
47 Colombardo, 1983, 91-92; Calcagno, 2011, 160-161.
[113]
Fisco, jur isdicción y papeles en tiempos de guerra: Juan Ar ias Maldonado...
En su memorial Arias Maldonado presentó las razones a favor de la conser -
vación de Cengio bajo la autoridad del rey católico, partiendo del supuesto de
que «ay muchas cosas que son justas, porque son necessarias». La necesidad
moral en este caso era evidente, porque era un medio de comunicación esen -
cial puesto en el camino de las invasiones del enemigo 48 . No por casualidad
los Franceses habían tomado posesión del castillo de Cengio sin que el con -
de de Millesimo hubiera informado a las autoridades españolas o pedido su
ayuda, demostrando su impotencia. Por lo tanto, era necesario mantener el
feudo, también porque una vez perdido o devuelto,
será de sumo trabajo, riesgo y costa el ganarle por la fortaleza natural del sitio y
artificial de las fortificaciones y estar más advertidos los enemigos que han experi -
mentado de quanta consequencia sea 49 .
El senador recordó entonces cómo el derecho de los pueblos daba al gana -
dor en el campo de batalla la facultad de disfrutar o disponer a su discreción
de lo que había ganado a los enemigos, «principalmente cuando la guerra
es justa», así que el castillo pertenecía al soberano. Y aunque se llegara a la
conclusión de que, debido a su dependencia del Sacro Imperio Romano, el
feudo no podía ser arrebatado al conde de Millesimo, se le exigiría que re -
embolsara todos los enormes gastos en que había incurrido el rey católico,
quien, entretanto, era responsable de la conser vación del mismo. En cuanto
a la prohibición de privar a alguien del derecho que le pertenecía, Arias Mal -
donado afirmó que esta norma tenía un límite «cuando la común utilidad, y
público bien se interessan, porque se prefiere la pluralidad a la singularidad,
y lo de todo a lo de uno». En la práctica, consideró que era necesario infor -
mar al emperador de las razones de justicia y conveniencia que obligaban al
soberano a mantener la guarnición en Cengio y que, al mismo tiempo, los
contactos con el conde de Millesimo deberían continuar para llegar a un
acuerdo fructífero 50 .
48 AGS, E , leg. 3353, doc. 119, «Copia del discurso del senador Arias sobre la retención del
Cencho por orden de V .Mag.d», datable entre abril y mayo de 1640 (otra copia ibidem , SP ,
leg. 1805, doc. 191).
49 Ibidem , E , leg. 3353, doc. 119, «Copia del discurso del senador Arias sobre la retención del
Cencho por orden de V .Magd».
50 Ibidem
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[114] Massimo Carlo Giannini
e L ejercIcIo de La jurIsdIccIón reaL y su memorIa escrIt a
El viaje a la corte sin duda sir vió al senador para ser apreciado y conseguir
que el monarca inter viniera en la maquinaria administrativa milanesa que
no había cumplido, por la emergencia bélica, con anteriores órdenes del so -
berano. De hecho, el 25 de diciembre de 1641, Felipe IV informó al nuevo
gobernador , Juan de V elasco, Conde de Siruela, que había sabido por Arias
Maldonado que no había sido ejecutada la orden real de 1640 para dejarle
entrar , como superintendente de la justicia militar , en la junta de ejecución
de las ór denes militares que en Milán se ocupaba de los excesos de las tropas.
T eniendo «tanta satisfacción de la persona del senador», el rey ordenó que
finalmente el tuviera acceso a la junta 51 .
Mientras tanto, cuando el senador estaba todavía en la corte, la cuestión
del Economato de los beneficios vacantes se enriqueció con un nuevo capítu -
lo acerca de las instrucciones escritas por el ecónomo general Erasmo Caimi
para los sub-ecónomos de las distintas diócesis. La historia se remonta a 1636,
cuando el licenciado Juan Gutiérrez había enviado a Felipe IV el texto de una
instrucción escrita por el ecónomo Caimi sin conocimiento del gobernador
y del Senado, considerada perjudicial para las prerrogativas del soberano. A
este respecto, el monarca había informado al Marqués de Leganés pidiéndole
que hiciera examinar el documento por ministros de su confianza 52 . En febre -
ro de 1640, Felipe IV , para remediar la gran cantidad deducciones y contra-
deducciones, incluyendo las del mismo ecónomo, deseoso de disculparse por
el paso en falso, y del Senado —consciente de que no había instrucciones
reales para el ecónomo general—, ordenó al gobernador que encargara a
51 AGS, SP , lib. 1171, fol. 199, Felipe IV al Conde de Siruela, Madrid, 25 diciembre 1641 (tam -
bién imprimido ibidem , leg. 1986, doc. 69 y ASMi, Atti di Governo , Militar e p.a., cart. 2). Cf.
Buono, 2009, 86-87. La junta «de excessos, y desordenes de soldados, y personas militares
en materia de alojamientos, y transitos» había sido creada en Milán por orden de Felipe
IV , Madrid, 19 agosto 1638. Se preveía la participación del maestro del campo general, del
general de caballería, del gran canciller Antonio Briceño Ronquillo, del general veedor Ni-
colás Cid, de dos miembros del Consejo secreto a elección del gobernador , de un delegado
de la ciudad de Milán y de dos personalidades de otras ciudades del Estado. El marqués de
Leganés, por orden del 20 de enero de 1639, ordenó que el Presidente del Senado Ottavio
Picenardi y el Marqués de Spigno participaran como miembros del Consejo secreto, por la
ciudad de Milán el Vicario de la Provisión y , para las demás ciudades, los cuestores Cantoni
y Cavalchini. La junta se reunía dos veces por semana, teniendo como secretario a Marco
Antonio Platone: ASMi, DR , cart. 72 (copias empresas de los documentos ibidem , Atti di Go-
verno , Militare p.a., cart. 2).
52 ASMi, DR , cart. 71, Felipe IV al Marqués de Leganés, Madrid, 5 de enero 1637.
[115]
Fisco, jur isdicción y papeles en tiempos de guerra: Juan Ar ias Maldonado...
los senadores diputados en asuntos eclesiásticos, con la inter vención de Arias
Maldonado, «tan enterado della», que elaborasen una instrucción. Una vez
aprobada esta por el Senado, habría tenido que ser entregada al mismo ecó -
nomo, registrada en los libros del Economato para que sir viera también a sus
sucesores, colocada en el archivo real de Milán y enviada en copia a la corte 53 .
Los senadores Bonetti y Arias Maldonado, después de haber escrito la instruc -
ción junto con el fiscal Luigi Cusani, la presentaron en julio de 1640 al Conde
de Siruela pidiéndole que, antes de promulgarla, obtuviera el consentimiento
del soberano, el cual fue comunicado al gobernador el 25 de diciembre de
1641 54 .
De lo expuesto hasta ahora se desprende que Arias Maldonado fue un
personaje en la encrucijada entre el ejercicio de la jurisdicción real y la cons -
trucción de la memoria de la misma. Esto emerge aún más claramente en
relación con la historia de la obra del barón Francesco Porta. En 1640 éste en -
vió al Marqués de Leganés un índice de los decretos y órdenes de los Duques
de Milán sobre el Economato de los beneficios vacantes, que el gobernador
transmitió al soberano, considerándolo un instrumento útil para la defensa
de las prerrogativas reales en los años en que los eran continuos conflictos
sobre el particular con las autoridades eclesiásticas. El gobernador también
señaló que el barón, como recompensa por su trabajo, pedía la concesión
del feudo de T orno en el lago de Como, con el título de conde o marqués.
Al mismo tiempo ofrecía recoger a su costa todos los documentos auténticos
mencionados por él en el índice para archivarlos en Milán y compilar un se -
gundo índice dedicado a la «colonica» 55 . No debe pasarse por alto la atención
que el soberano y sus ministros prestaron en aquellos años a la redacción
de textos históricos sobre los que trataron de ejercer la censura para evitar
la divulgación de información considerada peligrosa para los intereses de la
Corona 56 . Felipe IV , una vez examinado el índice de Porta en julio de 1641,
ordenó al gobernador que instruyera al senador Arias Maldonado para que le
informara del estado de los trabajos de recopilación e inventario de los docu -
mentos sobre el Economato, de los cuales debía enviar una copia al tribunal
53 Ibidem , cart. 74, Felipe IV al Marqués de Leganés, Madrid, 18 de febrero 1640.
54 Ibidem , cart. 75, Felipe IV al Conde de Siruela, Madrid, 25 de diciembre 1641, con la «Instru-
tione all’economo reale nello Stato di Milano» (también editada en Documenti inediti o rari…
1881, 297-299).
55 BNE, ms. 11 841, fol. 97r , el Marqués de Leganés a Felipe IV , Moncalieri, 29 de junio 1640
(copia del 1676).
56 Domínguez Ortiz, 1991, pp. 113-121.
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[116] Massimo Carlo Giannini
y a la embajada ante la Santa Sede para que sus representantes pudieran uti -
lizarlos cuando la necesitasen 57 . El mismo senador , indicado como comitente
de la obra del barón Porta, fue comisionado por el monarca para examinarla,
mientras que el barón debería continuar trabajando en la documentación
relativa a la «colonica» también bajo la super visión de Arias Maldonado. No
está claro cómo cooperaron los dos. T odavía en marzo de 1642 el gobernador
instó al senador a verificar el estado de los escritos del barón y a hacer un
informe que pudiera ser transmitido a Madrid 58 .
En realidad, la dramática situación de guerra, con la invasión del Estado de
Milán y la ocupación de la ciudad de T ortona por las fuerzas franco-sabaudianas
a principios de octubre de 1642 59 , tuvo una gran influencia en el trabajo de
recopilación e indización de documentos. La emergencia militar fue tan grave
que empujó a las autoridades milanesas a intentar resolver de una vez por todas
el problema de la contribución del clero a la defensa del territorio lombardo.
A este respecto, el Conde de Siruela ordenó a mediados de ese mismo mes al
presidente del Senado, Ottaviano Picenardi, que reuniera a una junta formada
por Arias Maldonado, el senador Matteo Biumi y el abogado fiscal Bartolomeo
Sertorio, con el fin de proponer la manera de dirigir al clero la apremiante
petición de contribuir a la defensa del territorio 60 . En noviembre, a propuesta
del Consejo Secreto, el gobernador envió una carta a los obispos del Estado de
Milán, en la que exponía la extrema urgencia de una contribución de los clé -
rigos 61 . A pesar de la firme intención de no aceptar ninguna petición del epis -
copado para implicar a la Santa Sede en el asunto, las respuestas de los obispos
y una conversación entre los senadores Arias Maldonado, Biumi y el cardenal
Cesare Monti, arzobispo de Milán, convencieron al Senado de la oportunidad
de solicitar al Pontífice una contribución del clero lombardo. Esta se justificaría
—según el tribunal— en la imposibilidad de que los súbditos seglares soporta -
57 ASMi, DR , cart. 75, Felipe IV al Conde de Siruela, Madrid, 17 de julio 1641 (copia también
en BNE, ms. 11 841, fol. 98); en el anverso del documento se indica la orden del 8 de enero
de 1642 por la que se transmitió la carta a Arias Maldonado.
58 Ibidem , RCS , s. xiV , lib. 24, orden del gobernador , Milán, 18 de marzo 1642.
59 Arzano, 1907, 3-36, y Catalano, 1958, 91-100.
60 ASMi, RCS , s. xiV , lib. 24, orden del gobernador , Milán, 14 de doctubre 1642 (también ibi-
dem , Atti di Governo , Censo p.a., cart. 368).
61 Ibidem , Atti di Governo , Censo p.a., cart. 368, consulta del Consejo secreto y carta del gran can-
ciller al gobernador , Milán, 28 y 29 de octubre 1642; el conde de Siruela al gran canceller y
a los potestades (borrador), Pontecurone, 31 octubre y 7 noviembre 1642, con la «lettera di
credenza» para los obispos.
[117]
Fisco, jur isdicción y papeles en tiempos de guerra: Juan Ar ias Maldonado...
sen la carga de la defensa del territorio por sí solos, entendiendo que en caso de
emergencia los ministros reales procederían sin esperar ninguna respuesta 62 .
Sólo después de la reconquista de T ortona, que tuvo lugar a principios de
febrero de 1643, la cuestión de la contribución del clero volvió a ser exami -
nada por una junta formada por el gran canciller Antonio Briceño Ronqui -
llo, por el presidente del Senado, Ottaviano Picenardi, por el presidente del
Magistrado ordinario, Bartolomeo Arese, por el presidente del Magistrado
extraordinario, Nicolás Leyzalde, y por los senadores Arias Maldonado y Biu -
mi. Puesto que no llegaban señales favorables de Roma sobre la concesión
la contribución del clero, la junta propuso que se exigiera a los inquilinos y
propietarios de bienes eclesiásticos, especialmente de los ricos monasterios
masculinos, que albergaran a los soldados del rey católico
senza far mai alcun atto positivo in scritto, ma disponerlo secretamente, e con la
destrezza conveniente per via dell’officio del Commissario generale, col preve -
nire nel medesimo modo li Sindaci delle Province, e per mezzo loro li Consoli,
et Agenti delle terre, avvertendoli però a non gravarli più della portione, che gli
spetta, conforme alli beni loro, della quantità, e qualità de quali essi medesimi
potranno più facilmente haver noticia 63 .
Para ello, se prepararía un edicto en el que, en nombre de la necesidad pú -
blica, sin nombrar expresamente al clero, todos los privilegiados y los exentos
de cualquier calidad estuvieran obligados a participar en los alojamientos de
los militares. Por supuesto, los excesos cometidos por los soldados tendrían
que ser castigados y los monasterios femeninos habrían sido eximidos de tales
cargas. A la espera de conocer las decisiones de la Curia Pontificia, el Carde -
nal Monti, cuya familia había experimentado la benevolencia del rey , habría
debido ser advertido de que las autoridades, después de haber hecho todo lo
posible con el Papa, estaban dispuestas a proceder a la imposición de la con -
tribución y esperaban su colaboración como súbdito del rey católico 64 .
En este contexto dramático, se imprimió una interesante obra de Arias
Maldonado, el Discurso de algo de la defensa , sin indicación del lugar e impren -
ta, que contenía una introducción en italiano del anónimo editor , fechada en
Padua el 1 de octubre de 1642, y una carta al lector del mismo senador fecha -
62 Ibidem , consulta del Senado al conde de Siruela y orden del gobernador al Senado y al Ma-
gistrato ordinario, Milán, 24 y 26 de novembre 1642.
63 Ibidem , consulta de la junta al conde de Siruela, Milán, 10 de febrero 1643.
64 Ibidem
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[118] Massimo Carlo Giannini
da el 3 de mayo de 1636. El editor consideró ese año como el de la redacción
de un texto 65 que se configura como un análisis racional de los problemas
relacionados con la defensa del Estado de Milán, en el que abundan las re -
ferencias a autores clásicos (Aristóteles, César , Heródoto, Livio, Plutarco, Je -
nófono, Tácito, T ucídides, etc.) y modernos (Busca, Franchetta, De Thou,
Giovio, Guicciardini, Molina, Suárez, Vitoria, etc.).
El Discurso comienza con la definición de la guerra como «contraste público
de armas», seguida de una descripción de la mor fología física y la geografía
política del Estado de Milán y sus fronteras. Arias Maldonado define la guerra
defensiva como un derecho «natural» y tácitamente concedido a todos los súb -
ditos, que no requiere la autoridad de un superior . Además, la defensa correcta
es contra el enemigo y nunca contra el superior porque sería una rebelión 66 .
La defensa de un Estado puede tener lugar con un ejército en el campo o con
el control de las principales fortalezas. El primer camino es «noble, seguro, y
principal» y muchas veces necesario, mientras que el segundo muestra que la
debilidad tiene más el carácter de resistencia que de defensa. Sobre todo, se
trata de dos opciones estratégicas que no se pueden tomar al mismo tiempo 67 .
En la guerra defensiva, según Arias Maldonado, la experiencia, la constancia,
la fortaleza, la magnanimidad y sobre todo la prudencia son necesarias, por
lo que para conducirla son más adecuados los hombres que se inclinan por la
vejez y la melancolía, «de experiencia, moderación, y astucia», acompañados,
sin embargo, por el brío y la determinación. Por el contrario, los jóvenes y los
enojados tienen el temperamento de conquistadores y tienden a ser disipado -
res y no conser vadores. En este sentido, la defensa debe basarse en los intereses
de los habitantes del territorio llamado a las armas, involucrando a las comuni -
dades y al pueblo principal. Un aspecto importante es el hecho de que las ne -
cesidades de defensa permiten superar las barreras sociales y de privilegio, lo
que Arias Maldonado significa sobre todo en relación con la clase eclesiástica:
el ser natural la defensa haze iguales todas las condiciones de hombres, porque es
superior el derecho natural a todos los de más, y ansí puede valerse de los eccle -
siásticos regulares, y seglares en subsidio, y subordinadamente, y ellos en quanto
hombres y súbditos tienen esta obligación.
65 Arias Maldonado, 1642. Utilizo la copia conser vada en la BNE, 2/56557 (más copias hay en
la British Librar y de Londres, en la Biblioteca Universitaria de Pavía y en la Biblioteca Reale
de T urín).
66 Arias Maldonado, 1642, 11-14.
67 Arias Maldonado, 1642, 14-16.
[119]
Fisco, jur isdicción y papeles en tiempos de guerra: Juan Ar ias Maldonado...
Puesto que no debe haber personas ociosas en lo que respecta a la defensa,
las mujeres y los niños también deben participar en el trabajo de fortificación
y en todo lo demás que sea necesario 68 .
Desde el punto de vista financiero, Arias Maldonado subraya no sólo la im -
portancia del dinero —en abierta controversia con la famosa afirmación de
Maquiavelo—, sino también de la imagen de riqueza que el poder debe dar
al mundo exterior , ya que «la opinión de las riquezas mantiene el crédito» 69 .
Es precisamente el problema de la financiación de la guerra, lo que lleva a
Arias Maldonado a afirmar que las exigencias defensivas permiten al príncipe
actuar con mayor energía, aprovechando la riqueza de todos sus súbditos,
incluidos los bienes eclesiásticos 70 .
Durante las últimas semanas de 1642 o más probablemente durante la pri -
mavera de 1643, Arias Maldonado hizo imprimir otro texto más ambicioso
con el elocuente título Iuris r esponsum […] in quo solvitur ardua contr oversia, an
scilicet urgente necessitate, Ecclesiastici teneantur ex bonis temporalibus Rempublicam
iuvar e . Apareció sin ninguna nota tipográfica ni autorización formal (como
el Discurso ) y su datación es posible gracias a la explícita (con la fecha Ponte -
curone, 26 de noviembre de 1642) que sitúa al senador en el seguimiento del
Conde de Siruela, comprometido en la difícil campaña militar tras la caída
de T ortona 71 . Este volumen, dividido en seis partes, es, por lo tanto, tanto el
resultado de la experiencia legal y política del senador , como una especie de
manifiesto que propone una línea de inter vención marcadamente regalista.
No es casualidad que el libro se abra con una carta dirigida a un hipotético
lector eclesiástico, firmada por el jurisconsulto y canónigo de Santa Maria
della Scala Giovanni Giacomo V alerio, un interesante erudito y coleccionista
de manuscritos y monedas antiguas, miembro de los círculos eclesiásticos y
culturales de Milán vinculados a la corona de los Austrias 72 . La epístola de
V alerio, entre otras cosas, subraya que, mientras se desarrolla la guerra «pro
68 Arias Maldonado, 1642, 17-19.
69 Arias Maldonado, 1642, 26-27.
70 Arias Maldonado, 1642, 28-29.
71 Utilizo la copia conser vada en la Biblioteca Nacional «Vittorio Emanuele II» de Roma (sig-
nada 13 24.C.6).
72 Sobre Giovanni Giacomo V alerio, secretario del cardenal Francesco Sforza di Santa Fiora
y luego del senador Pietro Francesco Corio, a quien siguió a Madrid cuando llegó a ser
regente del Consejo de Italia (1628), donde conoció a César Monti, entonces nuncio en la
corte del rey católico: Argelati, 1745, cols. 1549-1553, y Spiriti, 2007, 197.
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[126] Massimo Carlo Giannini
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II.
LA CIUDAD MODERNA:
POBLACIÓN Y
ECONOMÍA
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GUADIX,
UNA AGROVILLA A MEDIADOS DEL SIGLO XVI
Bernard Vincent
École des Hautes Études en Sciences Sociales
A principios de los años 1980, José Ignacio Fortea y Juan Eloy Gelabert han
publicado cada uno una tesis. Si estas se habían presentado en una universidad
distinta y si casi mil kilómetros separaban sus lugares de edición, los elementos
comunes a las dos obras eran evidentes empezando por el interés por la his -
toria económica y social aplicada al mundo urbano —sin olvidar el territorio
que rodea las urbes— principalmente del siglo xVi . Recurrían a este efecto a
idénticos fondos archivísticos como las series simanquinas de Expedientes de
Hacienda y Contadurías Generales hoy casi desdeñadas por los investigadores 1 .
Mi propósito es precisamente volver a destacar el valor de este tipo de
fuentes y llamar la atención sobre su olvidada riqueza. Las utilizaré para ense -
ñar algunos rasgos de la población en una ciudad de modesto tamaño, Gua -
dix, situada a unos sesenta kilómetros al noreste de Granada. El documento
estudiado aquí es el censo realizado entre el 11 y el 27 de abril de 1561 a tra -
vés de las cuatro parroquias : Iglesia Mayor , San Miguel (con la Madalena su
anejo), Santiago y Santa Ana, en el marco de la percepción de las alcabalas, el
impuesto sobre las transacciones de productos 2 . Es una «pieza maestra de los
ingresos de la Corona» según palabras de José Ignacio Fortea que recuerda lo
que pedía la administración real «traer relación cierta y verdadera de quantos
vecinos ay en las dichas villas y lugares, que sean ricos o pobres, sin que dexen
de poner ningunos nombrándolos por sus nombres y asentándolos calle yta
aunque sean caballeros hijosdalgo, viudas o menores pues todos deben de
pagar el alcabala de lo que contrataren de sus patrimonios conforme a la ley 3 .
1 Fortea Pérez, 1980; Gelabert González, 1982.
2 Archivo General de Simancas, Expedientes de Hacienda, legajo 92.
3 Fortea Pérez, 1980, 44.
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[130] Bernard V incent
El documento de Guadix corresponde totalmente a las normas. Están in -
dicados todos los vecinos, nobles como plebeyos, civiles como eclesiásticos,
salvo los miembros de las ordenes religiosas viviendo en conventos (clarisas,
agustinos, dominicos, franciscanos). T ratándose de materia fiscal la mención
pobre que significa exención es obviamente importante. A estas informacio -
nes se añade a menudo la del oficio ejercido y , siendo Guadix una ciudad de
población mixta cristiano vieja y morisca, figura la indicación de la pertenen -
cia a la comunidad minoritaria, con el término cristiano nuevo las más de las
veces o morisca en algunos casos. Una última originalidad accitana ha mere -
cido la atención de los encuestadores: el tipo de hábitat. Guadix pertenece
a una importante zona troglodítica y una parte de los asentamientos de los
vecinos está constituida por cuevas.
T abla 1. Población de Guadix en 1561
Iglesia Mayor San Miguel Santiago Santa Ana T otal
Población total (vecinos) 239 481 550 452 1 722
Moriscos 123 136 390 649
Pobres 47 164 234 95 540
Cuevas 83 62 19 183
De un primer cuadro podemos sacar unas primeras sencillas enseñanzas.
Los 1 722 vecinos de mi computo confirman los 1 786 que Felipe Ruiz Martín
atribuye a la ciudad sobre la base de los datos ofrecidos por Contadurías Gene -
rales, otra serie del Archivo General de Simancas 4 . V eremos más adelante que
esta evaluación merece estar revisada pero de momento la vamos a aceptar .
Estos 1722 vecinos (o sea de 7 000 a 8 000 habitantes) hace de Guadix el cuarto
o quinto núcleo de población del reino de Granada a buena distancia de Grana -
da y sus más de 11 000 vecinos pero luego superada solamente por Málaga y sus
3 000 vecinos y Ronda y sus 2 200. El tamaño de la población de Guadix es muy
cercano al de Baza y Loja 5 . Y como Baza, pero a la diferencia de Lo ja , es un a ci u -
dad donde conviven cristianos viejos y moriscos. Si acordamos un total crédito
a los datos, los cristianos nuevos representarían 38,1% de la población urbana
pero probablemente su proporción de los moriscos es más importante. He
contabilizado como moriscos los vecinos para los cuales estaba especificada
su pertenencia a la comunidad minoritaria. Pero hay otros, varias decenas, sin
4 Ruiz Martín, 1968, 127-183
5 En 1561, Baza tendría 1 905 vecinos y Loja 1 643. Felipe Ruiz Martín, 1968, 162-163.
[131]
Guadix, una ag r ovilla a mediados del siglo xvi
la mención cristiano nuevo o morisco que deben estar añadidos. Los indicios
de las omisiones son particularmente fuertes para la parroquia de Santa Ana
donde podemos anotar nombres como los de Miguel Abuzeyd, Pedro el Loay -
nit, El Colayle o Juan Alfela, que viven en medio de casas (o cuevas) habitadas
por moriscos. La lectura del censo de esta parroquia me hace pensar que toda
su población es morisca. En estas condiciones si la mayoría de los accitanos es,
en 1561, cristiana vieja, la diferencia cuantitativa entre las comunidades sería
algo menor de lo que a primera vista parece. Y por supuesto el contraste entre
las parroquias salta a la vista. Mientras Santa Ana es una parroquia de moriscos
—y ningún clérigo, ningún sacristán, parece vivir en su territorio, por ejem -
plo, Bautista de Quesada, beneficiado de Santa Ana está registrado en Santia -
go— la de la Iglesia Mayor es monopolio de cristianos viejos. De hecho, San
Miguel y Santiago son los únicos espacios de población mixta.
Es posible que el número de cuevas esté del mismo modo subvaluado. Es
sorprendente que Diego López, un tinajero de la parroquia de San Miguel
para quien no hay nada precisado en cuanto al hábitat, viva en una casa ro -
deada de 52 cuevas. Pero es difícil detectar omisiones a este respecto. Lo que
en cambio enseña claramente la lectura del documento es la situación peri -
férica de las cuevas. Mientras la Iglesia Mayor , por supuesto la parroquia más
céntrica, las desconoce, en cada una de las tres más las encontramos al final
del recorrido de los encuestadores.
Los datos más abundantes ofrecidos por el censo conciernen los oficios de
los vecinos. He contabilizado hasta 810 a los cuales se puede añadir el conjunto
de las 258 viudas y solteras que son cabezas de familia y cuyos nombres están a
menudo acompañados de referencias al oficio del marido difunto o del de al -
gún hijo que vive en el mismo hogar . T omar en cuenta la parte que representa
a este propósito todas esas mujeres me parece necesario. Los estudios de de -
mografía histórica, realizados en los años 1950-1980, proponían cálculos de po -
blación activa a partir de los oficios de los varones cabezas de familia. El g r up o
de inactivos estaba formado de todas las mujeres cabezas de familia (viudas y
solteras) y de las personas «sin clasificar» porque su nombre no estaba segui -
do por la mención de un oficio. El proceso podía conducir a tasas muy bajas
de población activa y hasta totalmente irreales. Así Bartolomé Bennassar en -
contró una tasa de 40% de activos en la V alladolid de 1561 lo que en seguida
provocó su sospecha en cuanto a la fiabilidad de la fuente 6 . s
6 Bennassar , 1967, pp. 212 y ss. En unas páginas tituladas «le problème de la population acti-
ve», el autor subraya los defectos y las lagunas de la fuente.
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[132] Bernard V incent
Los avances de la historia del género han mostrado la importancia de la la -
bor femenina, de una parte al menos de las viudas y solteras. Para Segovia, Pe -
dro de Medina comentaba «el oficio contino de las mujeres es hilar lanas para
los paños que en esta ciudad se labran» 7 . En Guadix no hay industria lanera
pero las mujeres pueden hilar la seda, actividad tan difundida en la comarca, o
cultivar la tierra. Pedro de Medina no dedica ni una línea a Guadix pero para
Granada afirma «Es tanto el trato de la seda que en esta ciudad hay , que casi
toda la gente común della vive por la seda» 8 . Otra parte del colectivo femenino
comparte residencia con algún familiar , generalmente un hijo cuyo oficio no
está forzosamente especificado. Y en lo que ataña a los hombres «sin clasificar»
considerados también sin la menor duda como inactivos habría que preocu -
parse, además de siempre posibles olvidos, de la práctica del trabajo temporal,
difícil ciertamente de medir pero que debe nutrir no pocas personas. Por todas
estas razones me parece vano intentar proponer una tasa de población activa.
Estas consideraciones no quitan interés a las numerosas referencias a oficios.
T abla 2.1 . La población activa de Guadix en 1561. A
Iglesia Mayor San Miguel Santiago Santa Ana T otal
Agricultura
Hortelano 8 4 10 22
Labrador 2 34 30 46 112
Regador 1 1
T rabajador 13 88 58 27 186
T rabajador labrador 1 1
T otal 15 131 92 84 322
Ser vicio de la ciudad y del rey
Alférez 1 1
Alguacil mayor 1 1
Alhondiguero 1 1
Escribano cabildo 1 1 2
Escribano público 10 1 11
Escudero 1 1
Guarda del campo 2 2
7 Pedro de Medina, 1944 [1548].
8 Pedro de Medina, , 1944 [1548], 191.
[133]
Guadix, una ag r ovilla a mediados del siglo xvi
Agricultura Iglesia Mayor San Miguel Santiago Santa Ana T otal
Jurado 5 1 6
Legista 4 4
Mayordomo ciudad 1 1
Pertiguero 1 1
Pregonero 1 1 2
Procurador 2 1 3
Procurador de causas 1 1
Regidor 14 2 1 17
T otal 43 4 7 1 55
Comercio, salud, alimentación
Aguador 1 1
Amo 1 1
Barbero 2 2 4
Boticario 1 1
Buñuelero 1 1
Carretero 1 1
Cirujano 1 1 2
Comadre de parir 2 2
Contador de carne 1 1 2
Criado 1 1
Especiero 2 2 1 5
Harriero 2 2
Médico 2 1 3
Menudero 1 1
Mercader 1 3 1 5
Mercader de paños 2 4 6
Mesonero 5 5
Molinero 1 1
Panadero 2 6 11 4 23
Sedero 1 1
T abernero 5 5
T endero 5 9 5 19
T endero trabajador 1 1
Tinajero 1 1 1
T otal 14 17 50 13 94
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[134] Bernard V incent
T abla 2.2 . La población activa de Guadix en 1561. B
Iglesia Mayor San Miguel Santiago Santa Ana T otal
Manufactura
Albañil 4 5 25 1 35
Albardero 10 10
Alpargatero 2 12 14
Aserrador 1 2 3
Batanero 1 1
Calcetero 3 1 1 5
Calero 5 5
Cantarero 6 2 8
Cantero 2 4 6
Carbonero 1 1
Cardador 1 1 1 3
Carpintero 4 10 14
Cerero 2 2
Cerrajero 2 4 6
Cestero 2 2
Colchero 1 1
Curtidor 134
Espadador 1 1
Espadero 2 2
Herrador 2 2 2 6
Herrero 1 13 7 21
Hornero 1 1 1 3
Linero 1 1
Odrero 1 1
Peinero 2 2
Pintor 3 3
Platero 3 3
Remendón 2 2
Sastre 10 5 11 26
Sillero 2 2
T ejedor 1 1 2
[135]
Guadix, una ag r ovilla a mediados del siglo xvi
Manufactura Iglesia Mayor San Miguel Santiago Santa Ana T otal
T ejedor de lienzos 1 2 3
T ejedor de paños 1 2 3
T ejedor de terciopelos 1 1
T ejero 1 1 2
Tintorero 1 1 2
T oquero 1 1
T ornero 1 1
T undidor 3 1 1 5
Y esero 1 1
Zapatero 18 1 19
Zurrador 2 2
Maese 1 1 2
T otal 29 40 133 35 237
T abla 2.3 . La población activa de Guadix en 1561. C
Iglesia Mayor San Miguel Santiago Santa Ana T otal
Iglesia
Acólito clérigo 1 1
Arcediano 1 1
Arcipreste 1 1
Canónigo 3 3
Cantor 1 1 2
Cantor iglesia 1 1
Clérigo 23 5 8 36
Clérigo cantor 1 1
Clérigo organista 1 1
Clérigo racionero 3 3
Clérigo sochantre 1 1
Maestrescuela 1 1
Maestro capilla 1 1
Mozo acólito 1 1
Mozo de coro 1 1
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Los exiliados del r ey de España , Madrid, Fondo de Cultura Económica, pp. 77-106.
LA CIUDAD DE VITORIA EN 1577-1578.
ESTRUCTURA OCUP ACIONAL Y
DESIGUALDAD SOCIOECONÓMICA 1
Luis María Bilbao
Universidad Autónoma de Madrid
Entre los requisitos requeridos por la Demografía Histórica Urbana para clasi -
ficar un asentamiento humano del Antiguo Régimen como realmente urbano,
figura, junto al tamaño, mor fología y funciones, su estructura ocupacional, en la
que mal que bien habrá de predominar un amplio y diversificado conjunto de
empleos artesanales y de ser vicios sobre las ocupaciones agrícolas, enseña propia
y distintiva de las poblaciones urbanas frente a las rurales 2 . T amaño, mor fología
y funciones han sido suficientemente comprobados por la historiografía hoy dis -
ponible sobre la Vitoria ‘posmedieval y preindustrial’ que diría Jan de V ries 3 . Y
también lo ha sido su estructura ocupacional, tema del presente trabajo 4 .
En este estado de investigación, lo que aquí se pretende es avanzar en la
dirección apuntada de la estructura ocupacional, así como complementarla
con otra aún poco explorada, la de la desigualdad socioeconómica. Concre-
tamente se tratará de indagar sobre el grado de desigualdad económica aso-
ciado a la propia estructura del empleo. T odo ello, en el marco de la Edad
Moderna, acotado en los años 1577 y 1578, datas puntuales para las que las
fuentes nos ofrecen información susceptible en su medida de dar respuesta a
las cuestiones planteadas.
1 Agradezco a Ramón Lanza García la revisión del texto, sus sugerencias y su ayuda en los
cálculos estadísticos, así como a José A. Nieto sus indicaciones. Los errores restantes, como
siempre, seguirán siendo míos.
2 V ries (1978); Fortea Pérez, 2009, 111-142, y 1995, 19-59.
3 Bilbao, 1976, 2016 y 2017, 137-155; Porres Marijuán, 1989; García Fernández, 2005, 379-496.
4 Blázquez Garbajosa y Porres Marijuán, 1982, I, 93-114; Porres Marijuán, 1984, 75-96, y , 1989,
67-93, sobre la estructura socio-profesional del año 1747.
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[144] Luis María Bilbao
a Lcance y LímItes de Las fuentes
La riqueza informativa de algunas de las diferentes fuentes documentales ala -
vesas de la Edad Moderna relacionadas con la población no se agota en el
mero recuento del número de sus vecinos, cabezas de familia, sino que se
prolonga en la cualificación de los mismos 5 . En ellas se detallan, como listas
nominativas que son, no sólo sus nombres y apellidos, y consecuentemente
su género, sino también sus estados —sobre todo en el caso de las mujeres,
diferenciando entre viudas y doncellas o mozas — así como sus títulos y distin -
ciones, amén de sus ocupaciones y empleos. En concreto, las matrículas de
los acopiamientos , elaborados con fines fiscales para el r epar timiento de la Hoja
de Hermandad de la Provincia, cumplen por lo general con las especificaciones
reseñadas. Pero además de este tipo de fuente se puede contar con otra de
similar porte informativo: los padrones elaborados con relación al tributo de
la alcabala con el que la ciudad de Vitoria contribuía al erario de la corona.
Para las fechas indicadas de 1577-1578 contamos con dos de estos padro -
nes, de per files algo diferentes, al haber sido elaborados con propósitos dis -
tintos 6 . El de 1578 es un padrón de averiguación , confeccionado por orden del
« Juez de comisión por su majestad para la averiguación de las alcabalas de esta ciudad
de Vitoria » con el fin de determinar el nuevo encabezamiento de la ciudad. El
propósito concreto del mismo no era otro que el de averiguar el número de
vecinos y su potencial contributivo, principales indicadores que los pesqui -
sidores utilizaban para actualizar el encabezamiento de un tributo que de su
original naturaleza indirecta se había convertido en tributo de cupo. Obvia -
mente, los pesquisidores trataban de matricular al mayor número de posibles
contribuyentes. Y por descontado, los intereses de la ciudad eran contrarios
a tal empeño, que conducía a una indeseada subida del encabezamiento. De
hecho, la ciudad se queja de haberse incluido como contribuyentes a « perso -
nas [que] jamas han entrado ni acostumbran estar en la lista ny padr ones que esta
çiudad ha hecho e acostumbrado de los V ezinos della ny para las contribuyçiones de
guer ra para que se suele hacer nomina… por ser personas escusadas destos ussos» .
Como prueba de ello, y a petición del juez comisionado, los regidores y el
procurador general de la ciudad presentan «T raslado del r repartimiento de la
5 Bilbao, 2016, 10-17, y 2017, pp. 137-142, donde se detallan los diferentes tipos de fuente
registradas.
6 Ambos padrones en AGS, Expedientes de Hacienda, leg. 203, fol. CXCIII-CCXIV y CLXXI-
CXCI, respectivamente. La denominación de padrón de averiguación es de cosecha propia,
no del documento. La de repartimiento es de la propia documentación.
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La ciudad de V itor ia en 1577-1578. Estr uctura ocupacional y desigualdad...
alcabala de la Çiudad de Bitoria, año de 77” . El padrón de 1577 miraba a enrolar
a los vecinos de la ciudad y más directamente a fijar con puntualidad lo que
correspondía contribuir a cada vecino obligado a ello, según las costumbres
al respecto vigentes en el alcabalatorio de la ciudad de Vitoria. La proximi -
dad colindante de entrambos padrones, sus similitudes y diferencias, permite
cruzar y agregar sus informaciones, no siempre coincidentes y muchas veces
complementarias y enriquecedoras.
Ambos padrones son nominativos e informan puntualmente de los nom -
bres y apellidos de los caput familias de la ciudad, pero la diferente finalidad
para la que fueron elaborados deriva en que otros datos de caracteres y as -
pectos cualitativos de la población que se agregaron a los nombres no fueran
los mismos en uno y otro. El padrón de averiguación es el más exhaustivo y rico
en detalles. Su propio objeto así lo demandaba. Se precisaba saber el número
y la capacidad de pago de los vecinos de cara a renovar el encabezamiento, y
por ello se da razón no sólo de sus nombres sino también de su cualificación
profesional o su situación económica, cosa que se hace de todos y cada uno
de ellos, salvo contadísimas excepciones, estadísticamente despreciables, por
lo que se puede decir que la relación es exhaustiva. En concreto, se especifica
si los vecinos tienen «trato o granjería» y cuál es su empleo, si viven de sus r entas
o si son pobres 7 .
El padrón de r epar timiento es más escueto, además de parcial en la informa -
ción, porque su propósito es otro y a él se sujeta, centrándose en reseñar con
precisión lo que a cada vecino con trato y granjería cabía pagar del tributo de
la alcabala , pero desinteresándose de otros detalles, salvo del nombre y apelli -
dos de todos y cada uno de los vecinos. Con todo, informa de la ocupación y
oficio de una gran parte de la población. Exactamente, del 58% de la misma
(683 vecinos), muy por encima de la fracción obligada a esta contribución, que
7 Blázquez y Porres, 1982, analizaron en su día el padrón en un trabajo impagable por su
esfuerzo y detalle. Al repasar el documento original a efectos de recuperar su información
para el estudio de la desigualdad, que ellos no explotaron, mis resultados estadísticos res-
pecto al empleo son algo, mínimamente, diferentes —los errores pueden ser míos o de
cualquiera ante la complicación de manejar una multitud de datos estadísticos, no infe-
riores a 3 000—. La primera diferencia proviene de que se ha descartado por mi parte la
información sobre los clérigos registrados en el padrón de 1578, con el fin de homologarlo
con la de 1577, que obvia este dato, dado que como exentos no tenían cabida en un pa-
drón de carácter fiscal, y de hecho no lo tiene en ningún otro padrón ni acopiamiento; la
organización de los resultados es una segunda fuente de diferencias, debido a criterios de
clasificación, así como la reasignación de ciertos empleos, pero en la interpretación general
la coincidencia es plena. Este trabajo es en parte deudor de aquél.
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eran 330 y no representaban aquel año sino el 28% de los hogares. Conviene
además advertir que se matricula a vecinos que contribuyen, pero cuya ocupa -
ción no está registrada, lo que da una cierta idea de la falta de sistemática de
este padrón, a diferencia de la exhaustividad metódica del otro. Diseñado con
un objetivo concreto, lo cumple sin embargo con creces, aportando una infor -
mación sobre el número de vecinos y sus empleos, que muestralmente es más
que sobrada para permitir establecer contrastes y comparaciones con el otro
padrón e inferir conclusiones seguras 8 .
Para el estudio de la estructura ocupacional podremos razonablemente
utilizar ambos padrones. Igualmente nos ser viremos de la información de
ambos para el estudio de la desigualdad, si bien la del padrón de r epar timiento
ofrece datos adecuados para un análisis cuantitativo más preciso del fenóme -
no de la desigualdad.
L a estructura ocup acIonaL
Los datos recogidos de la documentación brindan una notable variedad de
ocupaciones, que para transformarlos en estructura han de ser clasificados y
agrupados según determinados criterios de organización y recuentos de fre -
cuencia. Categorización y cantidades encauzan dicho cambio. Por lo común,
el criterio sectorial, sectores más subsectores de actividad económica, es el
más utilizado de cara a la clasificación, lo que no deja de entrañar su comple -
jidad, y no sólo en las economías actuales 9 .
En las economías preindustriales tal complejidad viene dada por diferen -
tes hechos bien conocidos: la organización del trabajo en talleres, unidad
tanto de producción como de venta, y sobre todo la multiactividad y , en casos
más extremos, la transversalidad sectorial. Los vitorianos, según las fuentes,
no escapaban a esta regla de complejidad; bastantes de ello diversificaban y
compaginaban sus ocupaciones y consecuentemente sus rentas, como estrate -
8 A pesar de sus diferentes objetivos, ambos padrones ofrecen un dato prácticamente igual,
el número de vecinos cabezas de familia: el de 1577 consigna 1176 vecinos y el de 1578, sin
los clérigos, 1164.
9 Para planear la clasificación de los subsectores hemos contado con la CNAE y con el manual
de codificación HISCO, Histor y of work information system, 2019. El Diccionario de Cova-
rrovias (1611) y el Diccionario de Autoridades (1726-1739) han permitido aclarar ciertas
denominaciones antiguas de oficios. Y para ambos extremos me he ser vido también del
trabajo de los profesores Blázquez y Porres.
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La ciudad de V itor ia en 1577-1578. Estr uctura ocupacional y desigualdad...
gia de subsistencia; compatibilizaban actividades dentro de un mismo sector
o en sectores diferentes, siendo clásicos de la transversalidad el artesano-agri -
cultor o el mesonero-herrador; se daban incluso casos de vecinos que en 1577
fueron consignados en una actividad y el año siguiente en otra muy distinta.
Ante estos hechos, que se dan exclusivamente en el padrón de 1578, el
más meticuloso —el de 1577, en su parquedad, califica los empleos, salvo
escasísimas excepciones, con un único atributo que no admite dudas— se ha
operado siguiendo ciertas reglas que permitan reconducir la complejidad de
los datos documentales brutos: asentar todas las denominaciones susceptibles
de doble asignación, fabricante o vendedor , como ocupación artesanal no
como comercial, y anotar únicamente la primera actividad registrada en el
caso de multiactividad o transversalidad 10 . No siempre estas reglas son las más
plausibles pero aplicadas a ambos padrones posibilitan una catalogación in -
teligible de la variedad y complejidad de las ocupaciones en ellos registradas.
Los resultados del ejercicio de clasificación sectorial y subsectorial se reco -
gen en Apéndice I y aquí se sintetizan en modo simplemente sectorial.
T abla 1. Distribución de las ocupaciones por sectores
I II III
1577 0,44 72,47 27,09
1578 7,67 63,12 29,21
f uente : AGS, Expedientes de Hacienda, leg. 203.
La tabla pone de relieve que, a pesar de las diferencias señaladas entre los
padrones y a pesar de que la representación del sector primario está palmaria -
mente infravalorada en el de 1577 —el empleo agrario era el más alejado de
sus objetivos—, tanto los valores absolutos como principalmente los relativos
de las ocupaciones de los sectores secundario y terciario en ambos padrones
no están tan alejados como para desconfiar de los resultados y de las con -
10 Hay un problema lingüístico de base en la denominación de muchos oficios con sufijo
-ero; pueden significar tanto un profesional que fabrica como que vende, alternativa que
el padrón casi nunca permite aclarar . Hay ocasiones en que es arriesgado asumir la regla
expuesta, como, por ejemplo, en el caso de pañero, cerero o mercero, de los que cabe du-
dar si son artesanos o comerciantes importadores de cera, paños o mercería de Europa. Y ,
por otra parte, hay oficios, como el de entallador y ensamblador , de no fácil asignación a la
industria de la madera, junto a carpinteros y silleros, o a la de artes plásticas, junto a imagi-
neros y escultores. En este caso se ha optado por asignar al ensamblador en la industria de
la madera y al entallador entre las artes plásticas.
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[148] Luis María Bilbao
clusiones inferibles. La tabla revela una vez más que Vitoria gozaba en aquel
tiempo de una estructura ocupacional propia de ciudades, y que, además, en
términos al menos de empleo y número de oficios, era una urbe más indus -
trial que comercial y terciariada. Estructura heredada de tiempos atrás, cuan -
do menos desde comienzos de siglo, si no desde fines de la Edad Media 11 .
El sector primario, que sólo acoge empleos agropecuarios, ocupa clara -
mente la última posición en los sectores, pero ha de insistirse en que estaba
muy afectado por la transversalidad. No eran pocos los artesanos jornaleros
y los vendedores al menudo o de mercaderías de poco valor que compagina -
ban sus trabajos artesanales y comerciales con las labores agrícolas de siembra
o huerta para el autoconsumo y la venta 12 . Casi siempre, como arrendado -
res de heredades ajenas, condición que se adjudica a la inmensa mayoría de
los registrados exclusivamente como labradores. Como en toda ciudad de la
Edad Moderna, los muros entre actividades económicas se diluían y el mundo
rural hacía acto de presencia en el ámbito urbano.
El ranking de las ocupaciones del sector secundario estaba encabezado
por la industria textil, seguida de inmediato por el cuero y después por la
metalurgia, patrón de orden que se replica en muchas ciudades de la época.
Estas tres actividades generaban algo más de la mitad del empleo total de
la ciudad (59% en 1577 y 51% en 1578) y más de las tres cuartas partes del
propio sector (81% y 81%). Su innegable importancia cuantitativa merece un
examen más detenido, singularmente de la actividad textil, siempre industria
príncipe en la ciudad moderna. Ella sola acumulaba más del 25% de las ocu -
paciones de la ciudad (30% en 1577, 25% en 1578) y sobre el 40% del propio
sector (41% y 39%) 13 .
La ciudad de Vitoria, nunca, ni antes ni después de las fechas en cuestión,
destacó por su industria en general y menos por la textil. La información de
los padrones ofrece datos sobre las ocupaciones textiles que confirman tal
impresión y aclaran algo sobre su situación en aquellos días. En el padrón de
1577 se registran 14 tejedores y en el de 1578 sólo 4. Pero el de 1578, siempre
11 García Fernández, 2005, pp. 400 y ss.; Díaz de Durana, Jose Ramon Diaz de Durana, 1985,
66-75.
12 Blázquez y Porres, 1982, 101, contabilizan 36 de estos casos para 1578; de contabilizarse
ocupaciones a tiempo completo y parcial, se elevaría de forma importante la población
empleada en el sector primario.
13 En adelante, las cifras absolutas y relativas reseñadas de seguido harán referencia, la prime-
ra, al padrón de 1577 y , la segunda, al de 1578.
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La ciudad de V itor ia en 1577-1578. Estr uctura ocupacional y desigualdad...
más rico en detalles, a los 4 referidos añade 11 tejedores de lienzos, lo que
empuja a entender que entre los 14 tejedores de 1577—siempre padrón más
parco en pormenores— se incluirían tejedores de lienzos. Además, ambos pa -
drones registran 4 lenceros. T odo ello permite concluir que la industria textil
linera tenía su importancia, tanta o más que la pañera, máxime si advertimos
que el número de tundidores (10 y 11), de cardadores (0 y 4) y de tintoreros
(1 y 4) no podía dar para mucho en los procesos primeros de trasformación
de la lana en tejido. El proyecto de 1497 de implantar o impulsar la pañería
con 60 telares y una política de substitución de importaciones, si algún día
fraguó, avanzado el siglo xVi , había fracasado plenamente 14 .
Que no hubiera una pañería de relieve no significa que no existiese. La
había, prueba de ello es la referencia a oficios ligados a la pañería, como los
ya indicados, o el registro de 8 pañeros en 1577 15 . Y prueba explícita, el regis -
tro de numerosos mar ragueros (23 y 28), fabricantes de paños toscos, de baja
calidad, en general, y de muy baja, la destinada a la confección de sacos. La
denominación de burullero , tejedor de paños también toscos, que no aparece
en estos padrones, pero sí en otros anteriores y ulteriores, confirma la exis -
tencia de una pañería de calidades bajas. El fracaso de una pañería de cierta
calidad intentada desde el siglo xV hay que relacionarlo más que a la carencia
de materia prima al sistema aduanero de los territorios históricos vascos, cuyo
status de zona franca desincentivaba la implantación de una pañería, siquiera
de mediana calidad, que corriera el riesgo de no soportar la competencia de
las importaciones de géneros extranjeros o castellanos 16 . Sólo la de baja cali -
dad podía mantenerse al margen de la concurrencia exterior y ser rentable.
Si el número de artesanos relacionados de una forma u otra a la fabrica -
ción de paños y lienzos es bastante magro (60 y 60) para una ciudad de en
torno a 4 500 habitantes, el de los dedicados a la confección de prendas de
vestir , complementos y adornos es más abundante: 145 se contaban en 1577
y 139 un año después, destacando sastres (41 y 40) y calceteros (58 y 46), que
juntos sumaban más del 60% de la confección. La relación de artesanos del
14 Jose Ramon Diaz de Durana, Díaz de Durana, 1982, 71-72.
15 Eterno dilema: fabricantes o vendedores de paños. En Bilbao, mediado el siglo, la denomi-
nación de pañeros y draperos (designación de indudable influencia francesa) se refería a
comerciantes importadores de paños.
16 En la averiguación de alcabalas del quinquenio 1573-1578 se reseña el arancel o tasa vigen-
te entonces de los bienes muebles que se vendieren en los días de mercado no feriado de
la ciudad, y entre los diversos ítems figuran paños de distinto tipo y calidad de la Sierra,
Segovia, Cuenca, T oledo y Aragón (AGS, Expedientes de Hacienda, l. 203).
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[150] Luis María Bilbao
sector demuestra, en suma, que en la cadena del sector textil-confección pri -
maba la confección sobre el tejido, siendo éste no sólo de paño, en todo caso
de baja calidad, sino también, si no más, de lienzo.
Las otras dos actividades industriales importantes, cuero y hierro, respon -
den a parecido patrón. El número de artesanos contabilizados en el proceso
primario de convertir la materia prima de la piel en cuero es relativamente
escaso (24 y 18, entre zurradores, adobadores y curtidores), en comparación
con el de los profesionales entregados a la trasformación del cuero, materia
intermedia, en diferentes artículos de uso (114 y 120), conformando un con -
junto que acumulaba entre el 25% y 28% del sector secundario. Entre los ar -
tesanos dedicados a la trasformación predominan sobremanera los zapateros
(86 y 96, más remendones que fabricantes) que representan prácticamente
el 80% del grupo, dedicándose el resto a producir diferentes artículos, desta -
cando en él los bolseros (13 y 18). El cuadro de esta industria puede cerrarse
reseñando que en el mercado de Vitoria se vendía por aquellas fechas impor -
tantes cantidades de badana, piel ya curtida —cabe conjeturar que parte de
ella, si no toda, era importada—, aunque también se vendía tan y zumaque,
substancias necesarias para curtir pieles por sistema vegetal, única tecnología
entonces conocida.
Ni en Vitoria ni en sus proximidades existía una industria siderúrgica
primaria, sin embargo, dentro de sus murallas y en el arrabal había artesanos
empleados en la forja (entre 6 y 10 herreros), herraje (11 y 15 herradores) y
cerrajería (16 y 21), amén de otros oficios y empleos que en conjunto supo -
nían entre el 12% y el 14% de la ocupación del sector . Aquí es aún más claro
que la actividad de transformación primaba sobre la industria de base. Por
ello, el hierro en barras necesariamente provenía de fuera, de los territorios
limítrofes de Vizcaya y Guipúzcoa, así como el herraje y el clavazón, que eran
comercializados en los días de mercado 17 .
En suma, éstas y las restantes ocupaciones del sector secundario estaban
empleadas en industrias de transformación, productoras de semielaborados y
bienes de consumo, dependiendo en gran medida de la importación de pro -
ductos de las industrias de base y atendiendo solamente a un mercado local o
próximo, además, como luego se verá, de estrecho, dada la distribución de la
riqueza y renta entre los vecinos de la ciudad. T an sólo la industria de metales
17 AGS, Expedientes de Hacienda, leg. 203.
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La ciudad de V itor ia en 1577-1578. Estr uctura ocupacional y desigualdad...
preciosos, plateros y doradores, atendía a una clientela civil y eclesiástica más
acomodada pero obviamente ocupaba pocos artesanos (7 y 8).
El sector terciario que, en términos agregados, generaba casi la tercera
parte de todos los empleos de la ciudad, incluía de forma destacada a tres
actividades muy relacionadas entre sí, comercio, trasporte y hostelería, que
se correspondían con una de las funciones esenciales que la geografía y la
historia habían forjado en la ciudad desde sus orígenes medievales, la de ser
epicentro de una «región de tránsito» de personas, mercancías y culturas. Las
tres actividades acumulaban más de las tres cuartas partes de los empleos del
propio sector y en torno al 20% de los de toda la ciudad, pero su importancia
iba más allá de la cuantificación, pues por más que el sector secundario fuese
dominante en términos de empleo, eran ellas las que daban tono a la ciudad
y marcaban su pulso, muy singularmente el comercio, que entre otras resultas
conformaba las élites urbanas, tanto económicas como políticas.
El subsector del comercio acoge a agentes económicos de muy dispar en -
tidad. Su tipología es muy variada. Las fuentes los registran de forma muy
diversa: unos son conceptuados como mercaderes o corredores, otros son
simplemente descritos como que tratan y venden, pero además como que
tratan o venden…, al menudo..., por menudo…, de poco valor ..., por las calles…,
tiene tienda…, apuntando y sugiriendo el diverso rango y entidad de las gen -
tes que albergaba el subsector 18 . Incluso, bajo la denominación genérica de
mercader se ocultan agentes que no responden a lo que el término sugiere
enfáticamente. Como luego se verá, el espectro de los calificados como mer -
caderes era ancho. Y desde luego, la actividad desplegada por los mercaderes
era variada, destacando el comercio de hierro y pescado —actividades impor t-
expor t posiblemente conexas— y otras mercaderías de procedencia claramen -
te europea, recibidas a través de los puertos de Bilbao y San Sebastián: paños,
cera, becerros, aceite de ballena, droguería y mercería 19 .
El grupo de hostelería, asociado en gran medida al comercio y el con -
secuente tránsito de personas, sigue en importancia numérica (51 y 50) al
18 Blázquez y Porres, 1982, 109-110, donde se recogen los detalles de estas descripciones. El
padrón de 1577 es más sobrio y conciso; sólo distingue entre mercader y corredor , pero el
nivel de contribución de cada mercader permite distinguir en términos cifrados la distinta
entidad de los mismos. Respecto a la terminología y tipologías de la «gente del comercio»
de Vitoria, cfr . los comentarios de Angulo Morales, 1998, 67-68, donde advierte del carácter
impreciso y simplista de estas fuentes al respecto. Su propia naturaleza no daba para reco-
ger lo complejo y heterogéneo del mundo comercial.
19 Blázquez y Porres, 1982, 110, para más detalles.
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[254] Francesco Benigno
tomaba la delantera. Había un pensamiento simbólico-mítico en el cual las
representaciones no solo representaban objetos, sino lo eran y obraban como
tales 12 . El símbolo no solo hablaba del sagrado, era el sagrado.
Siguiendo esta línea de pensamiento, una parte de la reflexión cultural eu -
ropea ha continuado durante mucho tiempo concibiendo los símbolos como
criaturas metahistóricas, leyendo así los rituales como el momento en que
emergía una cultura oculta y oprimida a través de estos símbolos. Dicho de
otra manera, las figuras simbólicas eran entendidas como representaciones
super ficiales de figuras profundas subyacentes, que tenían su raíz en el in -
consciente colectivo.
El giro intelectual producido por el hermeneutic tur n, rompió progresi -
vamente estas certezas. La principal influencia sobre los historiadores vino
desde la reflexión de las ciencias sociales, siguiendo la crisis de los modelos
estructuralistas y funcionalistas, junto a la aparición de diferentes posiciones
intelectuales: desde individualismo metodológico, al interaccionismo simbó -
lico, y , sobre todo, de la antropología reflexiva de Clifford Geertz 13 . A través
de estas y otras corrientes intelectuales, los símbolos empezaron a verse come
partes de un complejo proceso social de asignación de sentido. Un símbolo
no tenía un solo significado intrínseco, sino muchos y era «leído» de forma di -
versa en el tiempo y en el espacio por diferentes actores y grupos sociales, que
lo usaban y lo reinterpretaban, modificándolo continuamente. La cuestión
del origen de los símbolos, de su raíz profunda, era así desplazada: la gente
los inventaba, los aprendía, los adaptaba y los utilizaba para sus propósitos.
n arracIones en marcha
No se trata aquí de mirar en sí los rituales urbanos, rituales que tenían lugar
en la ciudad, sino de analizar aquellos rituales que cuestionaban la ciudad,
que la explicaban y la representaban: en otras palabras, los rituales cívicos.
Intentaré resaltar cómo el rasgo característico de ellos era el ser «narraciones
en movimiento», o actuaciones que estaban constituidas narrativamente, que
comenzaban y producían significado (así como emociones naturales). Estas
narraciones incluían imágenes, símbolos, discursos, gestos, es decir , acciones
12 Véase la lectura de los símbolos políticos ofrecida por Manuel García Pelayo, 1965.
13 T urner , 1967; Douglas, 1967; Geertz, 1983; Elder . Cobb, 1992; Bachmann-Medick, 2006.
[255]
Narraciones en mar c ha: consideraciones sobre las fi estas cívicas...
individuales y colectivas 14 , que deben leerse en relación con la tradición de
la historia urbana. Al igual que las historias de la ciudad, los rituales cívicos
eran, ante todo, debates (literalmente podríamos decir «discusiones aníma -
te») sobre el origen, la gloria, la importancia de la ciudad. Una discusión so -
bre lo que llamamos identidad urbana moderna que se expresaba a través de
la narración en movimiento de eventos cruciales en la vida de la comunidad.
En este sentido se propone aquí una lectura de algunas fiestas urbanas en
la Sicilia de los Austrias utilizando como ejemplo cuatro importantes fiestas
existentes hasta hoy en cuatro grandes ciudades: Palermo, Mesina, T rapani y
Catania. Se trata de el Festino de Santa Rosalia, una procesión de las reliquias
de la santa protectora de Palermo, que desde el inicio del siglo xVi i se celebró
en Palermo; de la Festa dell’Assunta, una fiesta de origen bajo medieval que
celebraba la asunción al paraíso de la Virgen, patrona de Mesina, y que había
sido reorganizada a finales del siglo xVi para alcanzar la forma que tiene hoy:
dos grandes marionetas de gigantes que avanzan por las calles seguidos de un
carro. Una elaborada maquina que representa la asunción. La tercera es la
fiesta de i Misteri de T rapani, que se afirmó en el siglo xVi como la fiesta ciuda -
dana más importante de la ciudad. Se celebraba el viernes santo con un des -
file de vagones de grabados de madera, que ilustraban escenas de la pasión
de Cristo, según el modelo de las casazze genoveses. La ultima de estas fiestas
es la de Sant’Agata , una procesión de las reliquias de la patrona de la ciudad
de Catania, acompañada por grandes velas de madera grabada, las cannalore.
Los cuatro ejemplos analizados aquí tenían una relación directa o indirec -
ta con el santo patrón de la ciudad: eran las fiestas de la ciudad. Aunque se
originaron en diferentes contextos y épocas, todas estas festividades fueron
adaptadas y tomaron su forma original en la edad barroca, a lo largo de los
siglos xVi y xV ii . Este es el período en el que, sobre la base de la tradición hu -
manista, comenzó a consolidarse una nueva identidad urbana, que, originaria
de la Italia comunal, se extendió incluso entre ciudades, como las sicilianas,
que estaban sujetas y formaban parte de grandes entidades estatales, como
la Monarquía española. De esta nueva identidad fue parte fundamental la
14 No es este el lugar para profundizar en el principal resultado teórico de la reflexión del
antropólogo Renato Rosaldo: la sugerente concepción del ritual como «intersección transi-
tada», desarrollada en polémica no sólo con una de las líneas mainstream de interpretación
del ritual, la que de Durkheim lleva a Victor T urner , sino también con la interpretación de
aquellos antropólogos, como William Douglass, que estudian el ritual funerario como un
microcosmos revelador de los caracteres más profundos, fundamentales de una cultura.
Rosaldo, 1989; T urner , 1969; Douglass, 1969.
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[256] Francesco Benigno
narración del recorrido histórico de la comunidad, destinada a definir lo que
podríamos llamar la fisionomía urbana. Es decir , no solo un informe, sobre
todo mítico, de sus orígenes, sino también la construcción de una historia
que se presentaba como el hilo conductor de la identidad de la ciudad: una
herencia moral y espiritual, una herencia tan importante, para las ciudades,
como su incesante búsqueda de privilegios. Dos compromisos que, juntos,
configuraban los límites de las libertades urbanas, una parte importante de lo
que se ha definido como la libertad antes del liberalismo 15 .
u n evento fundador
La fiesta de Santa Rosalía estaba estrechamente vinculada a una historia de
peligro colectivo y renacimiento, fundada sobre el descubrimiento «milagro -
so», a través de una «revelación» divina, de las reliquias de Santa Rosalía, una
virgen ermitaña del siglo xiii 16 . La revelación se refería al lugar donde se ubi -
caban las reliquias, en una cueva en la cima del monte Pellegrino, una mon -
taña que domina Palermo, en un área donde residía la santa ermitaña, según
la leyenda. Las reliquias se llevaron en procesión por las calles de la ciudad
en 1624 cuando una epidemia de peste asolaba la ciudad y su final, que tuvo
lugar días después, fue atribuido a la intercesión milagrosa de Santa Rosalía.
Este fue el motivo por el que se le dio el título de santa patrona de la ciud ad.
Después de este hecho, sin embargo, se manifestó un cambio en la ha gi ogr a -
fía. Se acreditó el pedigrí noble de la santa, atribuyendo a su familia orígenes
normandos, incluso, llegaron a hacerla descendiente del rey Roger II, el go -
bernante normando que dirigió la conquista de Sicilia y su regreso al cristia -
nismo después del dominio árabe. Esta incorporación y estricta vinculación
de la santa virgen y mártir a la historia de Sicilia y Palermo fue una operación
política de gran envergadura; la llevaron a cabo los jesuitas y el arzobispo
de Palermo Giannettino Doria. Esta espectacular «invención de la tradición»
tuvo como objetivo cimentar una nueva identidad urbana basada en el papel
de Palermo como capital a través de un evento fundador .
En el caso de la fiesta de la Asunción de Mesina, el evento histórico en
cuestión fue la liberación de la ciudad de la dominación árabe. No fue un
caso único. Hubo muchas ciudades sicilianas y del Mediterráneo occidental
15 Skinner , 1998.
16 Petrarca, 1988; Cabibbo, 2004.
[257]
Narraciones en mar c ha: consideraciones sobre las fi estas cívicas...
que construyeron su narrativa urbana sobre el enfrentamiento entre moros y
cristianos (primero bizantinos y luego normandos). Fue una reconstrucción
mítica y también un conflicto de poder político y económico-mercantil. A
través del papel del santo patrón, que se convirtió en la encarnación viva de
la identidad urbana, se logró un vínculo duradero entre la trayectoria de la
ciudad y la protección celestial contra los infieles.
Messina ha tenido una relación particular con la Virgen. Una leyenda de -
cía que, en vida, María recibió a los embajadores de Messina que vinieron a
Palestina para rendirle homenaje. Como señal de delicada condescendencia,
María les entregó una carta que concluía con las famosas palabras V os et ipsam
civitatem benedicimus , que incluso hoy se pueden leer en letras grandes en el
muelle del puerto. Un lugar muy significativo, este último, para la identidad
urbana, siendo el puerto el brazo de la actividad mercantil de la ciudad y al
mismo tiempo el símbolo de su mítico nacimiento. Este brazo, extendido
sobre el mar , dibuja, de hecho, la forma de una guadaña y estaba vinculado,
a través del nombre de la palabra griega Zancle, al mito de Cronos, el último
de los titanes. Fue, como sabemos, con una guadaña como Crono emasculará,
según el famoso mito, al padre Urano.
El culto de la Madonna della Lettera estaba originalmente diferenciado del
de la Asunción y se celebraba el 3 de junio, pero después se fusionaron en la
fiesta de la Asunción, el 15 de agosto, fecha en que se celebraba en Messina
también una gran feria 17 . Esta fiesta asumió así, especialmente a partir del
siglo xVi , la función de una gran celebración de la identidad urbana, incluyen-
do e incorporando diferentes temas: por un lado, la procesión de la V ara, una
elaborada máquina creada para representar el ascenso de la virgen al paraíso
y , por otro, el mito de los gigantes 18 . Dos enormes títeres llamados, desde el
siglo xViii en adelante, Mata y Grifone, se ponían sobre una silla de montar so-
bre grandes caballos de madera y llevados en procesión se colocaban como un
recordatorio de los antiguos orígenes de la ciudad, que databan míticamente
del período de los «gigantes». Una leyenda popular decía que la gigante Mata,
reina de Camaro (un suburbio de Messina en el área llamada Matagrifone), se
casaba con Grifone, un feroz antropófago africano llamado «el gran moro»,
y lo civilizaba rindiéndole humano y haciendo feliz a la gente del Camaro 19 .
17 Giorgianni, 1995.
18 Lombardo, 1989; 1990; S. T odesco, G. Molonia, 1991.
19 Gallina, 2004, 337-360.
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[258] Francesco Benigno
Lo interesante en esta leyenda es el conflicto entre cristianos y moros: sa -
bemos que todo proceso exitoso de construcción de identidad, incluye un
componente exclusivo de diferenciación que, en algunos casos, termina to -
mando una forma abiertamente hegemónica o agresiva. Sabemos también
que la aparición de símbolos políticos (o su reutilización) es una parte inte -
gral del proceso reflexivo a través del cual el grupo en formación define sus
propios límites sociales o se distancia abiertamente de un otro «nosotros» (el
diferente, el enemigo), que trabaja como un espejo invertido y necesario para
la construcción de la identidad colectiva. Es interesante entonces que esta
historia popular (cada época necesita, parece, su increíble Hulk o su desafor -
tunado Shreck), no es única sino que se mezcla con una tradición literaria su -
perpuesta, construida por eruditos del siglo xVii (arqueólogos, historiadores
o solo viajeros), que reinterpretaron los dos gigantes ( U gialanti y a Gialantissa
en dialecto de Mesina) como las figuras mitológicas de Cam y Rea o, alterna -
tivamente, de Zancle y Rea o, en otras versiones, de Saturno (identificado con
el griego Chronos) y Cibeles. Los dos niveles, aquel de la fundación mítica
de la ciudad y el de su historia (real y legendaria), estaban mezclados, y la na -
rración era al mismo tiempo historia, eso es, la historia del rey Ruggero que
entraba en la ciudad y la liberaba de los sarracenos 20 .
Un interesante elemento de intersección de las dos narrativas es la presen -
cia de la figura del camelo, otra marioneta presente en la procesión junto a
los dos gigantes. Por un lado, la presencia del camelo era parte del redescu -
brimiento de temas orientales 21 conectados (puede ser) en este caso con los
magos reyes de la Biblia, cuando sus camellos seguían un cometa que daba
las buenas noticias al mundo entero. Por otro lado, el camello era también
el símbolo del saqueo, la gula y la codicia; y en el nivel histórico, una leyenda
repetida a principios del siglo xVii hablaba de Ruggero y sus soldados que
atesoraron sus camellos junto al botín de los vencidos.
e L « kItsch » Barroco
Estos elementos inducen a superar la visión romántica de una contraposición
entre la cultura popular y la cultura de élites e interpretar el ritual como una
práctica colectiva que no se puede dividir claramente entre «alto» y «bajo».
20 Giorgianni, 1995, 44-48.
21 Jardine, 1997.
[259]
Narraciones en mar c ha: consideraciones sobre las fi estas cívicas...
La cultura con la que se compusieron estaba hecha de diferentes elementos
de diversos orígenes, como una especie de mosaico 22 . Se podría decir que el
ritual de Assunta parece hoy interesante exactamente por las mismas razones
que molestaban Giuseppe Pitré, el famoso etnólogo siciliano que, después de
haberla reconocido como la mayor fiesta del folklore siciliano, lo juzgó como
«revoltijo indigno y acercamiento de diferentes espectáculos mezclados con
colosos de una antigüedad probablemente remota» 23 .
Siguiendo el camino abierto por Hermann Bausinger 24 en su perspectiva
de la cultura popular , podríamos intentar ver los rituales de forma diversa, es
decir en manera dialéctica y no cosificada, subrayando en ellos, sobre todo,
las transformaciones, las mutaciones y las adaptaciones. Por ejemplo, en la
fiesta de Assunta, originalmente el centro estaba en una estatua de la Virgen
a caballo. Esto antes de la invención de la V ara, una especie de máquina ba -
rroca extraordinaria, en la que los diferentes movimientos de las partes indivi -
duales, moviéndose en diversas direcciones, tenían el objetivo de desorientar
y asombrar a los espectadores, creando un encantamiento. Era el efecto bus -
cado por la estética del tiempo: la maravilla.
No hace falta decir que este planteamiento cambia el enfoque de la perma -
nencia prolongada de elementos colectivos viscosos y resistentes a la prueba
del tiempo, a la invención de la tradición y al cambio. Es decir , plantea una
«porosidad» que permite la absorción de la novedad. Y la novedad en este
caso fue la cultura renacentista y barroca del emblema y símbolo, la fasci -
nación por la mitología clásica, la atracción por el Oriente exótico. Esta no
fue una per versión siciliana: en 1581, durante el festival de la Asunción en
Siena, los miembros de la «contrada» de la jirafa, estaban vestidos con atuen -
do «turco», mientras que los del dragón lo estaban en estilo «egipcio». Del
mismo modo, en el carnaval de Barcelona, a principios del siglo xVii , se vía la
aparición de la figura mítica de la Reina de Cathay , incluso en uno de 1633 los
temas del festival se basaron sobre el Don Quijote de Cer vantes. Y lo mismo
se podría decir del famoso Ommengang en Amberes, así como la igualmente
conocida (y estudiada) ceremonia de Londres de la toma de posesión del
22 Véase en general el trabajo de Huyssen, 1995. Sobre una diferente visión de la cultura
popular y por la bibliografía sobre el tema me permito reenviar al capitulo tercero de mi
volumen, Benigno, 2013.
23 G. Pitrè, Delle feste patronali in Sicilia , Palermo 1900; cito de la edición Amitrano Savarese, Il
V espro, Palermo 1978, 163-80.
24 Bausinger , 1961.
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[260] Francesco Benigno
Lord Mayor: ambos, como se sabe, estaban impregnadas de figuras mitológi -
cas clásicas en los siglos xVi y xVii .
Este fue un proceso de cambio evidente, que se ha interpretado de varias
maneras, y a veces como una indicación de una secularización temprana (es -
pecialmente en el caso de la ceremonia de Londres). T ambién podría verse
de manera diferente, es decir , no como una sustitución (parcial) de elemen -
tos de la tradición sagrada por elementos laicos, sino como una transforma -
ción de elementos sagrados y laicos, incorporando otros (también mixtos,
sagrados y profanos), que han adquirido una nueva dimensión por la diferen -
te sensibilidad de la época 25 . La proliferación de figuras monstruosas, como
dragones y gigantes 26 transportados en procesión, animales mitológicos (uni -
cornios, hipogrifos) o heráldicos (posiblemente vinculados a los escudos de
armas de corporaciones y gremios) o, incluso, las enseñas cívicas y estandartes
reales que contaban con atributos simbólicos muy importantes; Había tam -
bién figuras de divinidades clásicas y héroes (de los 16 gigantes procesionales
conocidos en los Países Bajos en el siglo xV , 12 eran Goliats), que aparecían
junto a la reintroducción de figuras a bíblicas o escenas edificantes vinculadas
a la vida de Cristo y los santos. Eran, por tanto, imágenes moralizantes, sagra -
das y laicas, mezcladas de forma novedosa.
c amBIos desde arrIBa
A menudo, algunos procesos de renovación ritual son liderados en el siglo xVi
por las nuevas órdenes de la contrarreforma con una intención claramente
pedagógica. Es por ejemplo el caso del festival siciliano más importante de
la Semana Santa, organizado según el modelo ya recordado de las Casazze , i
Misteri de T rapani.
Esta procesión altamente sugestiva, considerada ahora como la verdade -
ra expresión del sentimiento popular en la época de la contrarreforma, fue
introducida por los jesuitas al inicio del siglo xVii , y no sin dificultades. Más
antigua, y en gran parte más popular era la procesión de los Cirii, las velas
ofrecidas a la Virgen de T rapani, una estatua de mármol que recibía el ho -
menaje de las velas votivas de las Maestranze, los gremios, el lunes después
de Pascua. Un elemento muy importante de la procesión de Cilii, que expli -
25 Carrabino, 2017, 344-371.
26 Meurant, 1979.
[261]
Narraciones en mar c ha: consideraciones sobre las fi estas cívicas...
ca su popularidad, era que cada uno de estos Cilii (o velas grandes) estaba
realizado por un gremio, al que representaba, dando lugar una competencia
entre ellos para realizar la decoración más hermosa. El remplazo de los Misteri
como procesión cívica en lugar de los Cirii, se realizo gracias a la concesión a
cada gremio de un carro de madera. En las escenas que ilustraban cada carro,
había escenas de la pasión y muerte de Jesucristo con referencias temáticas a
las actividades del gremio correspondiente. Las esculturas de madera, direc -
tamente vinculadas a los «modelos» artísticos, estatuarios y teatrales, «altos» 27 ,
se convirtieron así en la expresión de la estructura corporativa del cuerpo ur -
bano. Cada car ro simbolizaba una sección corporativa de la comunidad, mien -
tras que las personas sin privilegios ( popolino ), estaban representadas en el
último carro, el de Maria Addolorata , la María triste, defensora de los pobres.
El ejemplo siciliano más importante del antiguo ritual de las grandes velas
ofrecidas a la Virgen o al santo protector de una ciudad, fue la Ceremonia de
la fiesta de Sant’Agata, en Catania, los días 4 y 5 de febrero. Una vez más, cada
gremio preparaba y decoraba con flores una gran vela de madera, en estilo
barroco, compitiendo con los demás no solo en belleza y magnificencia en la
decoración, sino también por la resistencia en sostener durante más tiempo
sobre los hombros los enormes objetos devocionales.
Aquí nuevamente se impuso un fuerte signo cívico en la procesión, una
marca urbana conectada a un evento histórico: en este caso el recuerdo de la
traslación de las reliquias de Constantinopla a Catania, en 1126. Había sido
su «regreso» a casa. La procesión había sufrido importantes mutaciones en el
tiempo: las velas votivas, cannelor e , habían cambiado muchas veces de forma y
número en los últimos siglos, como lo ha seguido haciendo hasta hoy . En el
siglo xVii , por ejemplo, los carros resultaban más alegóricos y cambiaban cada
año. Donde una vez las personas que llevaban el V ara (el carro con las reli -
quias de Sant’Agata ) estaban desnudas mientras que después, y ahora, traen
un disfraz votivo, el sacco , el saco, una túnica blanca. La leyenda popular rela -
cionaba esta prenda con el vestido de noche que usaba la gente, cuando de
repente salió a la calle ante el anuncio de la llegada de las reliquias santas. El
saco fue una creación del siglo xViii , así como la gorra de terciopelo negro y
los guantes blancos actualmente en uso. T ambién el grito Viva Sant’Agata, que
se puede escuchar hoy en día, es reciente: en el siglo xVi y xVii se escuchaba
más la voz española de «Olé». La palabra citatini , es decir en italiano cittadini ,
ciudadanos, se incorporó, probablemente, al grito de la multitud en el siglo
27 Véase en general Bernardi, 1991.
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[262] Francesco Benigno
xViii , incluso si en la puerta de la capilla de Sant’Agata había una oración Per
me Civitas catanensium sublimatur a Christo . Así, en diferentes formas, se puede
captar la permanencia de un sentimiento importante de ser una comunidad
cívica, expresada por el grito apasionado e interminablemente repetido, in -
cluso hoy: ¡Citatini!, Fideli tutti!, Viva Sant’Aita .
c oncLusIones
Una visión renovada y crítica del uso de los rituales y de la dimensión simbó -
lica, nos lleva a verlos como un proceso complejo, que no puede reducirse ni
a la mera propaganda del poder , ni a lugar privilegiado de aparición de sig -
nificados ocultos. Las ceremonias festivas, caracterizadas por la presencia de
topos recurrentes en varios países europeos 28 , en lugar de constituir la prueba
de una cultura arquetípica original y , a veces, emergente, nos lleva a pensar
en temas culturales compartidos, que formaron una especie de «reser va de
significado» para elaborar aquellas narraciones individuales, que fueron el
hecho esencial para la definición de per files de identidad colectiva.
En particular , la revisión de los rituales cívicos que se ha realizado a tra -
vés de casos sicilianos, invita a una reflexión bastante actual sobre la forma
en que se construye la identidad colectiva en el contexto urbano. El uso de
lo que se han definido aquí como «narraciones en marcha», parece estar
conectado con dos procesos estrechamente relacionados. Por un lado, se
ha destacado el crecimiento de una identidad urbana, de una especie de
patrimonio intangible, hecho de memoria compartida; marcado por mo -
mentos fundamentales de su memoria histórica. Por otro lado, estos rituales
ofrecieron un espacio de visibilidad para los grupos sociales dentro de la
ciudad y que de esta forma se representaron como parte del contexto civil.
El proceso de diferenciación que conlleva esta representación fue también
un proceso de competencia, que se desarrolló tanto entre los grupos dentro
de un ritual, como entre varias fuerzas de la ciudad para cambiar el ritual,
reemplazando o incorporando ceremonias anteriores. De ahí la definición
que se ha elegido de nar raciones en marcha . Es decir , no solo narraciones que,
representadas a través de procesiones, se movieron en el espacio urbano
sino también, y sobre todo, narraciones que se movieron en el tiempo y , al
moverse, cambiaron.
28 Es el caso de los gigantes, vid. Bartolomeo, 2012, 193-202.
[263]
Narraciones en mar c ha: consideraciones sobre las fi estas cívicas...
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[270] Roberto López V ela
resultando fácil extraer conclusiones de semejante magma de información.
En 1619, cuando el autor ya había fallecido, se publicaron sus conocidos «fal -
sos cronicones» en los que recogía unos supuestos manuscritos muy antiguos
del monasterio de Fulda, en «Alemania», que Higuera había conseguido 20 .
Supuestamente, los habían escrito varios autores en las primeras épocas del
cristianismo, Dextro, Máximo, Luitprando, Juliano y Diacono.
El supuesto libro de Dextro, la crónica que más se citó, daba la sorpren-
dente noticia de la predicación del apóstol Santiago en T oledo. El resto de los
documentos del monasterio de Fulda contaban muchos otros sucesos no me-
nos asombrosos del cristianismo peninsular en los siglos posteriores. Con sus
fabulas, Higuera no pretendía completar la información de Alcocer y otros
autores, sino crear otra historia distinta reescribiendo íntegramente el pasado
cristiano de T oledo y de otras ciudades. Naturalmente, esto suponía rehacer la
historia del cristianismo hispano revisando su lugar en el pasado de la Iglesia
universal, con importantes consecuencias sobre la historia de España.
Al inventar el texto de Dextro y el resto de los relatos que formaron los
falsos cr onicones , Higuera siguió en cierto modo las pautas de Annio de Viterbo
con sus «notarios» caldeos y de otros territorios contemporáneos al Antiguo
T estamento 21 . Por supuesto, Higuera carecía de la formación bíblica y la com -
plejidad intelectual de Annio, pero sí tuvo un gran sentido de la oportunidad
y una considerable dosis de generosidad a la hora de integrar en sus relatos a
ciudades ajenas a T oledo.
Años antes de morir , Higuera hizo llegar a Juan Bautista Pérez, obispo de
Segorbe, parte del contenido de sus supuestos descubrimientos, pero este no
creyó en su veracidad y sospechó que su autor había sido el propio Higuera 22 .
No fue el único en desconfiar de estas supuestas crónicas y , tantos reparos,
convirtieron a Higuera en un personaje muy controvertido en la ciudad. No
obstante, logró que fragmentos de los falsos cronicones circulasen profusa -
mente antes de su publicación, siendo un autor citado por bastantes de los
que escribieron a favor de la causa jacobea en la década de 1600 23 . No es ex -
traño que su publicación en 1619 fuese un gran éxito, mientras algunos auto -
20 Fragmentum chronici sive omnimodae historiae Flavii Lucii Dextri [...] cum chr onico Marci Maximi
et Additionibus Sancti Braulionis et etiam Helecae Episcoporum Caesaraugustanor um [...] et labore P .
Fr . Ioannis Calderon Franciscanae familiae , Zaragoza, Juan Lanaja & Quartanet, 1619.
21 Fubini, 2012.
22 Pastor Fuste, 1827, 168.
23 Rey Castelao, 1985, 78 ss, Old, 2014, 1-26.
[271]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
res manifestaban su desconfianza hacia ellos, generando una gran polémica
que se prolongó hasta el siglo siguiente 24 .
En la fabulación de Higuera, primero había «venido» Santiago a España,
luego llegaron gran cantidad de santos y personajes del Nuevo T estamento 25 .
Muchos de estos, entre ellos Santiago, S. Pablo y S. Pedro, habían estado en
T oledo y habían concedido a su prelado y a su Iglesia la primacía sobre las
iglesias de España 26 , haciendo de la ciudad una de las más importantes capi -
tales de la primera cristiandad. En su fabulación Higuera fue generoso e in -
trodujo también otras ciudades españolas en el itinerario de Santiago y otros
grandes personajes del Nuevo T estamento, lo cual facilitó a muchos autores
hispanos inspirarse en los falsos cronicones.
A través de los manuscritos de Fulda, Higuera proporcionó a T oledo una
tradición apostólica, santiaguista, sostenida en el tiempo por los mozárabes
que empequeñecía la tradición gótica y nada tenía que ver con los poderes se -
culares, ya fuese el imperio romano o la monarquía. Igualmente dio a la Espa -
ña del primitivo cristianismo una relevancia equiparable a la que tenía a finales
del siglo xVi en el orbe. Por supuesto, esta información no pretendía completar
la obra de Alcocer y a la mejor historiografía sobre España, cuyo centro eran
los reyes, sino sustituirla por otra en torno a la Iglesia y sus prelados.
Higuera no solo fue un escritor , también fue un hombre de acción que hizo
lo posible para conseguir que sus inventos los asumiese la ciudad y la monar -
quía. Por eso, T oledo fue el lugar donde antes intentó concretar sus falacias y
donde comenzaron las denuncias contra ellas. Es lo que ocurrió en 1594 con
el supuesto descubrimiento por Higuera de S. Tirso tras ver unas obras realiza -
das en torno a la catedral. Habían encontrado la tapa metálica de un supuesto
copón y unas ruinas, lo cual llevó a Higuera a escribir una supuesta carta que
en el año 777 había mandado el rey asturiano Silo al arzobispo de T oledo Cixi -
la 27 . Con este artilugio, quiso demostrar la existencia del culto a este santo en
la ciudad, así como la relación entre la monarquía asturiana y los mozárabes
toledanos. Y a que no era posible trasladar los restos de S. Ildefonso a T oledo 28 ,
Higuera quiso convertir a S. Tirso en el santo de referencia de la ciudad.
24 Antonio, 1746; Dalmases y Ros 1702.
25 Antonio, 1742, 87 ss; Godoy Alcántara, 1868, 134-136.
26 Sotomayor , 1989, 179-198.
27 Para lo referente al asunto de S. Tirso, me remito al análisis más completo realizado por
Martínez de la Escalera, 1991, 67-97, también Olds, 2015, 45 ss.
28 Martínez Gil, 2000, 37.
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[272] Roberto López V ela
Convencido por Higuera, el corregidor de T oledo envío un memorial dan -
do cuenta del descubrimiento a la corte y pidiendo convertir a S. Tirso en
patrono de la ciudad. El memorial fue leído en público por la infanta Isabel
Clara Eugenia y Felipe II prometió acudir a las ruinas en su siguiente visita a
T oledo, como hizo en 1596. Entonces algunos regidores se comprometieron
a edificar una Iglesia en honor de S. Tirso 29 . Como es evidente, el asunto tuvo
la mayor trascendencia y rápidamente se creo un grupo de partidarios de Hi -
guera en T oledo, particularmente entre los canónigos de la capilla mozárabe
de la catedral. Entre sus detractores estuvieron los mejores historiadores de la
ciudad, como Garibay , Pisa y Mariana, encabezados por Salazar de Mendoza,
entonces firme defensor de la tradición gótica. Ellos demostraron la patraña
de Higuera, arrinconándole y dejando su credibilidad mermada, algo que
no sería correcto atribuir exclusivamente a su supuesta «mediocridad» o a su
precipitación. Sin duda, hubo algo de esto, pero Higuera también demostró
una inventiva y unos recursos fuera de lo habitual. Su gran problema fue
fabular sobre la ciudad en que residían los mejores historiadores de Casti -
lla. Ellos fueron quienes desmontaron sus ficciones, pero convendría advertir
que al mismo tiempo, los regidores solicitaron al rey publicar su obra y este
se mostró receptivo a sus descubrimientos. A partir de entonce Higuera fue
un personaje conocido y controvertido en T oledo y sus élites comenzaron a
ser permeables a sus «invenciones», distanciándose del imaginario humanista
del que hasta entonces se habían alimentado. Los aires confesionales comen -
zaban a impregnar el gusto de las élites urbanas.
En 1605 la obra de Pisa fue un nuevo referente de la mejor historiografía
urbana, pero ahora lo relativo a la fundación de la ciudad tenía una impor -
tancia limitada y los verdaderos «héroes» y símbolos urbanos eran sus prela -
dos y sus santos. Sin embargo, la obra de Pisa quedó pronto relegada, siendo
la ultima historia urbana propiamente dicha de T oledo en el siglo, porque
difícilmente se podría considerar como tal la de Rojas (1654). A principios
del xVii comenzaron a publicarse libros sobre el pasado de las ciudades caste -
llanas, rompiendo con el modelo humanista de ciudad y en algunas se citaban
los manuscritos de Higuera, generalmente con cautela 30 , mientras en T oledo
se comenzaba a prestar mayor credibilidad a sus falsos cronicones.
29 Olds, 2015, 45.
30 López V ela, (en prensa).
[273]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
L a cIudad y La archIdIócesIs de t oLedo hacIa 1620
En 1561 Felipe II había elegido la ciudad de Madrid para asentar la corte si -
tuación que se mantuvo durante el resto del período, tras el breve paréntesis
en que residió en V alladolid entre 1603 y 1607. Las consecuencias de esta de -
cisión fueron desastrosas para T oledo. Entre 1569 y 1639 su población pasó,
de 53 770 habitantes al entorno de 22 000, contando en ambas fechas con los
religiosos. En menos de setenta años, especialmente tras las primeras décadas
del siglo xVii , la población se redujo a menos de la mitad y ya no volvería a
experimentar importantes cambios en el resto del período 31 .
Desde 1561 la prosperidad de T oledo se fue erosionando lentamente, has -
ta hacerse per fectamente visible en la década de 1620. T estimonios como los
de Juan Belluga de Moncada resultan elocuentes de cómo se vivieron enton -
ces las cosas en la ciudad. Los oficiales, decía en 1621, querían abandonar la
ciudad «porque no hay trato» […], «porque de los mercaderes y fábrica de
la seda ha de resultar el comer los fabricantes y , faltando los mercaderes no
son necesarios los oficiales y los pocos que hay , así deste como de otros minis -
terios, se encarecen demasiado y con esto hay tanta falta dellos, que de calles
enteras que había de freneros, armeros, vidrieros y otros oficios semejantes,
no ha quedado un solo oficial». El mercado franco que se realizaba los mar -
tes, había perdido entidad por la pobreza general y ahora se hacía en T orre -
jón de V elasco, T orrijos y otros lugares de señorío del entorno 32 . Es posible
que con estas palabras Belluga de Moncada estuviese refiriéndose también al
crecimiento de otras plazas de mercado en lugares con un sistema impositivo
más ligero que el de T oledo, pero de lo que no hay duda es del gran número
de nobles, eclesiásticos y artesanos que había abandonado la ciudad, ni de la
sensación general de desplome y ruina que se instaló en T oledo 33 .
Hacia mediados de la década de 1620 era evidente que T oledo no volvería
a ser corte y entre sus habitantes crecía el sentimiento de haber sido abando -
nados por los reyes. ¿Cómo podía reivindicar ahora la ciudad su naturaleza de
cabeza de España cuando la monarquía había optado por Madrid? Es cierto
31 Kagan, 1994, 115-35; Motemayor , 1985, 1113-1132; 1982, 135-164; 1996; Martínez Gil, 1997,
257-443.
32 «Memoriales que presentó Juan Belluga de Moncada sobre la decadencia de T oledo, sus
causas y remedio», Archivo General de Simancas, Patronato Real, 15-11.
33 Martínez Gil, 2007, 122 ss; Rodríguez de Gracia, 2006; Aranda Pérez, 2006; Aranda Pérez,
Martín López, 2017.
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[274] Roberto López V ela
que en ninguna ciudad había sido tan potente la tradición gótica, pero sería
necesario añadir que en ninguna otra fue tan acusada la ruptura con ella a
partir de la década de 1620. Entonces, las élites urbanas y eclesiásticas de
T oledo tuvieron que replantear el encaje de la ciudad y su arzobispado en la
monarquía y la Iglesia.
En los últimos años del reinado de Felipe III y comienzos de Felipe IV ,
el ayuntamiento de T oledo, el cabildo de la catedral y las corporaciones res -
ponsables del buen gobierno de la ciudad, fueron plenamente conscientes
de la situación. En sus memoriales y embajadas a la corte se pidió el regreso de
los nobles y artesanos emigrados a Madrid, forzar la residencia en T oledo
de quienes tenían beneficios eclesiásticos, la supresión de las alcabalas en
muchos productos, la prohibición de las importaciones extranjeras, incluso
se propuso la creación de una chancillería en la ciudad que tuviese juris -
dicción entre Guadarrama y Sierra Morena. El mismo Bulluga de Moncada
propuso la prohibición de producir seda en Madrid 34 . A partir de estos años
y durante el resto del siglo estos fueron los terrenos en que se expresaron
las inquietudes del ayuntamiento de la ciudad. Los trabajos de Alcocer y
Pisa parecían haber quedado obsoletos y las élites urbanas renunciaron a
patrocinar nuevas historias durante el resto del siglo. Cuando en 1654 Pedro
de Rojas publicó Historia de la imperial, nobilísima inédita y esclar ecida ciudad de
T oledo , la visión que proporcionó fue ya la de Higuera y Salazar de Mendoza,
sin generar polémicas. El declive de T oledo contrastaba de tal forma con el
poderío del arzobispado y su «Iglesia», que su sombra oscureció el pasado
de la ciudad.
A diferencia de la ciudad, el arzobispo de T oledo y el poderoso cabildo
catedralicio seguían constituyendo la gran sede eclesiástica de la monarquía
española y la segunda sede del catolicismo por el volumen de sus rentas. Los
arzobispos continuaban siendo los «primados de las Españas» y resultaba in -
discutible su protagonismo en la monarquía y Iglesia española. Ocupados
como solían estar en el ser vicio al rey , residían habitualmente en Madrid,
mientras en T oledo solían pasar dos meses al año 35 . No obstante, en condi -
ciones normales la presencia de un Consejo de Gobierno en la archidiócesis
mitigaba los efectos de su ausencia 36 .
34 Aranda Pérez, 1993, 201-227; Martínez Gil, 2007, 131 ss.
35 Rodríguez González, 2017, 301-322.
36 Gutiérrez García-Brazales, 1983, 63-95;1988, 109-140.
[275]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
La designación por Felipe III en 1620 de su hijo, el infante D. Fernando de
Austria (1609-1641) como arzobispo de T oledo, supuso un importante cam -
bio en la política de los reyes. Con él se abrió un largo paréntesis en el que,
realmente, no hubo arzobispo, anulando el protagonismo político de los ar -
zobispos del período anterior . Basta con recordar los nombres de los cardena -
les Mendoza, Cisneros, T avera, Quiroga o Sandoval y Rojas para comprender
la importancia del fenómeno. Con el cardenal infante, Felipe III demostró
sus instrumentos para neutralizar políticamente a los arzobispos y su hijo no
mostró ningún interés en cambiar las cosas durante el valimiento de Olivares.
Carecer de arzobispo impedía expresar políticamente el peso del arzobispado
en la monarquía, al tiempo que reducía su capacidad para defender las pre -
rrogativas de la archidiócesis. No es casual que los arzobispos de T oledo no tu -
viesen ningún papel durante el largo valimiento de Olivares. Si Felipe II había
convertido a Madrid en sede de la corte, Felipe III dejó al arzobispado sin ca -
beza durante un período prolongado, rompiendo con el modelo de arzobispos
favoritos de los reyes, que tanto se había repetido desde los Reyes Católicos.
Ambos fenómenos, se conjugaron en la percepción de los contemporáneos
reforzándose mutuamente: el rey estaba desmontando aquello que había con -
vertido a T oledo en cabeza y sede primada de España. Es decir , estaba acaban -
do con la tradición gótica. Cualquier intento de buscar otra tradición para la
ciudad tendría que hacerse al margen de la monarquía. En estas circunstancias
cobraron gran valor las fabulaciones de Higuera en torno a la «venida» del
apóstol Santiago a T oledo y la erección de su poderoso arzobispado.
p edro s aLazar de m endoza , BIógrafo de Los arzoBIspos de t oLedo
Hace años Caro Baroja señaló que sobre T oledo se habían dado visiones
muy contrastadas 37 . Creo que esta afirmación no corresponde a lo que se
había dicho en el siglo xVi , pero sí a lo que se escribió a partir de comienzos
del reinado de Felipe IV . Hasta entonces, las élites eclesiásticas y seculares
habían discutido mucho sobre la fundación de la ciudad, pero se habían
sentido cómodas en la tradición gótica y en la concepción de la ciudad como
república de ciudadanos. A partir de comienzos del siglo del siglo xV i i cada
vez fue más evidente la disociación entre las representaciones de la ciudad y
su ayuntamiento, por un lado, y las de la «Iglesia» por otro. Desde mediados
37 Caro Baroja, 1988, 65.
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[276] Roberto López V ela
de la década de 1620, las Novedades antiguas de T amayo y V argas y la Crónica de
Salazar de Mendoza definieron las visiones que serían mayoritarias entre los
eclesiásticos de la ciudad. Mientras, el ayuntamiento continuó formulando
sus proyectos reformistas al rey , dejando las tareas de reescribir el pasado de
la ciudad en manos de los seguidores de Higuera y Salazar de Mendoza, u
otros autores dedicados a la hagiografía.
Pedro de Salazar de Mendoza había nacido en T oledo en 1549 de una fami -
lia hidalga descendiente en línea ilegítima del cardenal Pedro de Mendoza.
Fue colegial de Osuna, donde estudió derecho canónico y secular , llegando a
ser profesor en este colegio. El cardenal Quiroga le nombró ayuda de cáma -
ra y actuó de consejero suyo en asuntos jurídicos, siendo también consultor
de Inquisición. En 1587 logró ser nombrado administrador del Hospital S.
Juan Bautista por sus patronos, los marqueses de Malagón, permaneciendo
27 años en este puesto 38 . El Hospital lo había fundado el cardenal T avera,
contando con cuantiosas rentas, cuya administración proporcionaron a D.
Pedro gran influencia y la capacidad, por ejemplo, de encargar varios cuadros
a su gran amigo el Greco, al que ayudó también en momentos de penuria.
No es extraño que Salazar de Mendoza influyese en el ideario religioso del
pintor y fuese el receptor del cuadro la Ciudad de T oledo con su planta o T oledo
a la puer ta de Alcántara 39 .
Salazar de Mendoza estuvo siempre vinculado al mundo eclesiástico y su
gran logro fue ser nombrado canónigo penitenciario del cabildo de T oledo
en 1609. A partir de entonces se convirtió en uno de los más informados
defensores de los derechos del cabildo y la primacía de T oledo a través de
memoriales 40 , o bien con las biografías de importantes arzobispos de la sede
toledana 41 . Es cierto que en estos años, incluso antes, se especuló con la de -
signación de Salazar de Mendoza para ocupar una sede episcopal, pero esto
no se produjo y siguió en T oledo hasta su fallecimiento en 1629. En la década
de 1620, D. Pedro era el historiador más importante en la ciudad y uno de los
más valorados de España, particularmente reconocido como un consumado
38 Para una biografía más detallada, incluyendo el conjunto de su producción, con abundante
historiografía, me remito a la voz de este personaje realizada por Sánchez González, Diccio-
nario RAH ; Martínez de la Escalera, 2001, 1923-1924).
39 Kagan, 1984, 85-92; Cera Brea, 2016, 49-82; Aranda Pérez, 2018, 187-220; Soria Mesa, 1998;
Gómez V ozmediano, Sánchez González, 2015, 393-422; Cera Brea, 2016, 49-82).
40 Sánchez, 2021, 285-286.
41 Quero, 2010, 27-37.
[277]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
autor de biografías y genealogías nobiliaria. Su Monarquía de España , un im -
portante libro escrito en los últimos años del reinado de Felipe II, en el que
defendía la tradición gótica de T oledo y la monarquía, había quedado inédito
impidiéndole un reconocimiento más amplio 42 .
Salazar de Mendoza reflexionó sobre la figura de los arzobispos de T oledo
a través de cuatro biografías. La primera la escribió tras la muerte de Felipe II,
dedicándosela al del arzobispo Bartolomé Carranza, procesado como sospe -
choso de luteranismo por la Inquisición española y condenado por el papa
en 1576. Para Salazar de Mendoza Carranza había sido un «santo varón» per -
seguido por la enemistad del inquisidor general V aldés y Melchor Cano. La
reivindicación de su ortodoxia no debió gustar al Santo Oficio ni a la monar -
quía. De hecho, el libro circuló profusamente en copias manuscritas, pero
no se publicó hasta 1788, cuando la propuesta de «reforma» de la Iglesia
de Carranza podía ser vir de antecedente a los ilustrados 43 . Para entonces,
su reivindicación de la Iglesia de los primeros tiempos, caracterizada por la
austeridad de unos prelados entregados a la predicación y el cuidado de su
rebaño, constituía un referente que demostraba la existencia en el siglo xVi
de unos ideales reformadores y espirituales próximos a los ilustrados, brutal -
mente aplastados por el Santo Oficio 44
La segunda biografía la publicó en 1603 y la dedicó al cardenal T avera
que, además de arzobispo de T oledo, fue inquisidor general y ocupó otros
importantes cargos siendo un estrecho colaborador de Carlos V 45 . Fue un
libro políticamente más convencional con el que, seguramente, intentó reba -
jar el efecto de su libro anterior . T amayo de V argas, en el rápido punteo que
hizo mencionando a todos los arzobispos de T oledo y algunas de sus realiza -
ciones, no habló del proceso inquisitorial a Carranza, al que definió como
gran teólogo «varón de ánimo en la prosperidad y adversidad, que murió
en Roma pocos días después de su libertad» en edad venerable, sin dar más
explicaciones. T ampoco citó la biografía de Salazar de Mendoza sobre este
personaje, cosa que, sin embargo, sí hizo al referirse a la de T avera escrita
«con el cuidado que suele» tratar las cosas de T oledo 46 .
42 Rodríguez Solís, 2017, 335-360.
43 Salazar de Mendoza 1788.
44 López V ela, 2015, 1033-1054.
45 Salazar de Mendoza, 1603.
46 T amayo de V argas, 1624, II, 137r y 142v .
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[278] Roberto López V ela
Con la biografía sobre S. Ildefonso, publicada en 1618, Salazar de Men -
doza abrió lo que sería su último ciclo de biografías arzobispales, culminado
en 1625 con la del cardenal Mendoza. Entre la dedicada a T avera y la de S.
Ildefonso habían transcurrido dieciséis años. Entre medias, Francisco Porto -
carrero había publicado otro libro sobre este arzobispo en 1616 y Salazar de
Mendoza llevaba diez años como canónigo penitenciario, habiendo cumpli -
do más de setenta años. Para entonces su perspectiva historiográfica y religio -
sa habían cambiado notablemente respecto a sus primeras biografías. Ahora
evitaba las largas digresiones sobre hechos políticos, como las que había inser -
tado en su libro sobre T avera, a la vez que reformulaba en profundidad la tra -
dición gótica de Monarquía de España , situando a los arzobispos en el centro.
En 1618 Salazar de Mendoza publicó su biografía sobre S. Ildedonso, li -
gando a este arzobispo con la «descensión» de la virgen, un acontecimien -
to central en la historia de la ciudad y el arzobispado. No obstante, advirtió
que la primacía de la sede toledana había sido previa a este acontecimiento,
matizando lo dicho por Blas Ortiz en 1549 cuando señaló que «la Yglesia
de T oledo consagrada con la divina, y sumamente admirada descensión de
la Beatíssima Virgen María, pospuestas todas las cosas, que podían aspirar
a controversia, con justo derecho adjudicó a sí la primacía» 47 . En cambio,
Salazar de Mendoza consideró, junto a García de Loaysa, que la primacía de
T oledo había nacido mientras los apóstoles gobernaban la Iglesia y , por tanto,
la «descensión» solo reforzaba lo previamente obtenido. En su biografía de S.
Ildefonso, su autor habló poco de la monarquía e hizo escasas referencias a la
ciudad y , cuando lo hizo, no utilizó el modelo corográfico humanista. T oledo
pasó de ser civitas r egia , a ser la gran sede arzobispal de época visigoda, con
dos iglesias de gran importancia, la catedral y Santa Leocadia, junto a muchos
otros templos religiosos. La ciudad resultante fue un espacio sacro y , aunque
mencionaba a sus ciudadanos, había dejado de ser una república urbana.
T amayo de V ergas mencionó elogiosamente esta biografía de Salazar de
Mendoza, pero además de señalar a S. Ildefonso como padre de la Iglesia uni -
versal, no le dio mayor protagonismo entre los arzobispos visigodos 48 . En su
biografía de S. Ildefonso, Salazar de Mendoza dijo haber leído recientemente
los falsos cr onicones de Higuera, todavía no publicados, y encomió sus aporta -
ciones en algunos párrafos 49 . Dio a entender que, tras una primera lectura, le
47 Ortiz, 1999, 144.
48 T amayo de V argas, 1624, 124r .
49 Salazar de Mendoza, 1618, 37, 163.
[279]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
habían parecido importantes las crónicas publicadas. Sorprende que Salazar
de Mendoza dijese conocer en fecha tan avanzada los falsos cronicones, cuando
sabemos que circulaban desde años antes por la ciudad y por España. Más
asombroso, no obstante, resulta que le sonasen a nuevas sus informaciones
después de haber escrito un memorial contra la falacia de S. Tirso, haber en -
cabezado su denuncia y conocer bien el quehacer de Higuera.
El reconocimiento público de los falsos cronicones por Salazar de Men -
doza en 1618 debió tener repercusión. El más señalado detractor de S. Tirso,
avalaba la veracidad de la obra publicada por Higuera. En 1624 T amayo y
V argas había realizado una cerrada defensa de estos cronicones 50 , citando
elogiosamente a Salazar de Mendoza en varias ocasiones de su introducción
a los «doctos», anunciando que este preparaba un texto en «apoio de Dex -
tro». T amayo de V argas parecía tener una estrecha relación con Salazar de
Mendoza y recurrió frecuentemente a su autoridad. Su objetivo fue, además
de rebatir a los críticos de Higuera, sostener la presencia de Santiago y otros
apóstoles en T oledo junto a la importancia de S. Eulogio y otros arzobispos de
la primera época. En la perspectiva de T amayo de V argas no estuvo la ciudad.
L os heBreos y La « venIda de s antIago » a t oLedo
La última biografía de Salazar de Mendoza, la Crónica del cardenal Mendoza,
publicada un año después de la de T amayo de V argas, fue una obra de madu -
rez, seguramente su obra más personal. Se la dedicó al duque del Infantado,
Rodrigo Díaz de Vivar , de Mendoza de la V ega y de Luna, conde del Cid.
Como señaló en su censura Gil González Dávila, el libro era «importante para
el honor de estas Coronas y Reynos». Ciertamente parecía otra biografía de -
dicada a un arzobispo que, además, había pertenecido a uno de los grandes
linajes nobiliarios de España y al que el autor estaba vinculado. En realidad,
Salazar de Mendoza acudió a la época de los Reyes Católicos, considerada
la edad de oro de la monarquía de España, a través del cardenal Mendoza,
uno de sus protagonistas más señalados, para defender un modelo de monar -
quía alternativo a la que por aquellos años estaban intentando implementar
Felipe IV y Olivares. En este terreno, su propuesta no coincidió con la de T a -
mayo de V argas, que en la introducción a su libro citó en varias a ocasiones al
conde duque como inspiración y gran mecenas de las artes y las letras.
50 T amayo de V argas, 1624; Martínez Gil, 2000, 43 ss.
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[286] Roberto López V ela
En Monarquía de España y en su libro sobre S. Ildefonso, Salazar de Men -
doza había hecho una cerrada defensa de la época visigoda como período
en que habían nacido las raíces de la monarquía y de la grandeza de T oledo,
ambas ligadas al trabajo de los concilios celebrados en la ciudad y sus arzobis -
pos. Higuera también había dado bastante importancia a este período 76 , en
cambio, en Crónica , Salazar de Mendoza solo destacó la lucha contra la here -
jía arriana y pelagiana de los arzobispos, pero ignoró a la monarquía visigoda.
En el «panegyrico» apenas mencionó a sus reyes y , cuando lo hizo, fue por
su apoyo a lo hecho por los arzobispos y la Iglesia. En el «panegyrico» olvidó
cuanto había dicho en Monarquía de España sobre las concesiones de los re -
yes a la sede y sus arzobispos toledanos o la estrecha interdependencia entre
ambos poderes en esta época, omitiendo que en ese período había nacido el
carácter de T oledo como cabeza de España. En unos cuantos párrafos, quien
había sido uno de los mayores defensores de la tradición gótica, la ignoró,
cosa que también hizo T amayo de V argas.
Salazar de Mendoza conocía bien el género biográfico y en pocas líneas
supo trazar la semblanza de distintos arzobispos de los primeros siglos sin
destacar especialmente ninguno, presentando una especie de dinastía de
prelados nacida, no de la sangre, sino del linaje creado por Santiago y S.
Pedro. Bastantes de ellos habían alcanzado la santidad, siendo en algún caso
autores de importantes obras doctrinales con las que habían iluminado a la
Iglesia universal. En ningún momento detalló los métodos de elección de los
obispos, ni la inter vención de los reyes en estos asuntos, argumento al que
se había referido en obras anteriores. T ampoco tuvo intención de alentar el
culto de algún arzobispo concreto. Deliberadamente eludió desarrollar in -
formaciones precisas. Con un puñado de breves relatos de santidad, formó la
hagiografía colectiva de una dinastía de prelados fundada por los apóstoles y
definida por su santidad, doctrina y rigurosa defensa de la ortodoxia.
La lucha contra la herejía fue uno de los ejes que Salazar de Mendoza
consideró constitutivos de la identidad de los arzobispos de T oledo, porque
España había sido territorio propicio para herejías, especialmente en el pe -
ríodo visigodo. Como Higuera, aludió a los debates doctrinales sin entrar
en ellos 77 . Los arzobispos habían combatido las herejías 78 y por eso la sede
toledana tenía la «gran prerrogativa y excelencia» de no haber tenido nunca
76 Godoy Alcántara, 1868, 157 ss. Sobre la historiografía del período en torno a los visigodos,
vid. Martínez Gil, 2008, 322 ss.
77 Godoy Alcántara, 1868, 154.
78 Salazar de Mendoza, 1625, 10 ss.
[287]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
«arzobispo herege», ni «ninguno fue electo con parcialidad ni cysma», como
sí había sucedido en otros arzobispados. Salazar de Mendoza negó la herejía
nestoriana de Elipando, reconocida por T amayo de V argas 79 , pero no eludió
el problema más reciente. «En nuestros tiempos, decía, el arçobispo don fray
Bartolomé de Carrança y de Miranda, abjuró las proposiciones en que fue
juzgado por sospechoso, y con esto se acabó su vida. En muerte le honró y
favoreció mucho el papa Gregorio decimo tercio que le sentenció, haviendo
visto el proceso con muchos letrados» 80 . Es decir , la abjuración y muerte del
arzobispo le habían salvado de la penitencia y a la dinastía arzobispal de tener
un hereje en sus filas. Nada quedaba de lo que había escrito en su biografía
de Carranza.
Las páginas del panegyrico sobre la lucha de los arzobispos de T oledo contra
la herejía estuvieron directamente ligadas a los análisis que hizo en la parte
biográfica del cardenal Mendoza del problema «judío» en los siglos xiV y xV .
Cuando accedieron los Reyes Católicos al trono, dijo, la situación era muy
difícil por la existencia de muchos convertidos que estaban «judayzando y
morayzando», al tiempo que circulaban «diverso errores» doctrinales que po -
nían en peligro la fe sin que los tribunales eclesiásticos pudiesen «sanar Babi -
lonia con aquellas medicinas tan suaves». El cardenal Mendoza aconsejó a los
reyes instaurar la Inquisición, proponiendo a T omás de T orquemada como
inquisidor general. Una vez instaurado, T orquemada informó a los reyes del
poco provecho que aportaba el Santo Oficio con tantos judíos en el reino y
el cardenal Mendoza pidió expulsar a los hebreos y a los moros 81 . Las decisio -
nes fueron duras, pero gracias a ellas se había controlado a los luteranos de
V alladolid y Sevilla, lo mismo que a los alumbrados de Extremadura y Mur -
cia 82 . A través del cardenal Mendoza y de lo escrito en el «panegyrico», Salazar
de Mendoza ligó a los arzobispos de T oledo a la ortodoxia más rígida, atribu -
yéndoles la creación del Santo Oficio y la salvación de España de la herejía.
En 1618 Salazar de Mendoza había señalado una interrupción en la suce -
sión de arzobispos a partir del año 956 o del 977, que «no se les permitió (a
los cristianos) más elegir arçobispo», como ocurrió en el resto de la España
musulmana. Sin embargo, la «necesidad de tener cabeça que los gobernasse
o por estar la iglesia cathedral en la de Santa Justa», se reconoció entre los
79 1624, II, 127r -v .
80 Salazar de Mendoza, 1625, 17-18.
81 Salazar de Mendoza, 1625, 247-251.
82 Salazar de Mendoza, 1625, 168 ss.
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[288] Roberto López V ela
cristianos de T oledo a su cura como «su superior y prelado sin otra solenni -
dad», situación que se mantuvo hasta que la ciudad salió del «captiverio» y fue
conquistada por Alfonso VI 83 . Blas Ortiz ya había señalado lo mismo en 1549.
Uno de los falsos cronicones, que Higuera atribuyó a Julián Pérez, arcipreste
de Santa Justa y vicario en sede vacante del arzobispado de T oledo, siguió la
línea de Ortiz, como también hizo T amayo de V argas 84 . En cambio, Salazar de
Mendoza habló de los concilios celebrados en la ciudad durante este período
con el objetivo de apartar a los cristianos de las prácticas musulmanas. T am -
bién afirmó que mientras en el resto de las sedes dominadas por los «moros»
[…] «no quisieron que los uviese» (prelados), aquí en T oledo «pienso que
el único fundamento de esta opinión (no haber prelado) ha sido no hallarse
catalogo o dyphtera de los arçobispos. Muchos los han hallado y es muy cier -
to que se ponen y se quentan los prelados de T oledo en aquel tiempo. Entre
ellos el S. Millán de la Cogolla, que es muy antiguo y verdadero». Además,
los moros, que sentían un respeto reverencial hacia los arzobispos, sí reci -
bían el tributo exigido, «les davan los moros quanto les pedían» los cristianos.
Por tanto, «no hallo razón que concluya que estuviese T oledo tanto tiempo
sin prelado» 85 . Este cambio de opinión carecía de otro fundamento que una
oportuna conjetura presentada como certeza. Con ella garantizaba la conti -
nuidad hasta el presente de la dinastía de arzobispos fundada por Santiago y
S. Pedro a través de Elpidio y S. Eugenio.
En su revisión del pasado, Salazar de Mendoza quiso equiparar el pasado
musulmán de T oledo con la Roma imperial. Era una operación atrevida en
aquellos años, pero imprescindible en su replanteamiento del pasado de la
ciudad y su arzobispado. Si Roma acumulaba los méritos de los incontables
mártires de las persecuciones del período imperial, T oledo contaba con sus
miles de mártires de época musulmana. Igual que aquella ciudad tenía gran -
des ruinas de época clásica, también el T oledo «moro» tenía las musulmanas,
siendo este uno de los pocos pasajes en que hizo referencia a la ciudad. Aquí
formuló elaboradas conjeturas sobre la ubicación del palacio real de los reyes
83 Salazar de Mendoza, 1609, 72-73. Para el tratamiento de la historiografía del período sobre
la dominación, vid. Martínez Gil, 2008, 336.
84 Ortiz, 1999, 144. Godoy Alcántara, 1868, 200 ss. T amayo de V argas, 1624, 128r . Este autor
señalaba qué durante 150 años, para ayudar en las situaciones más difíciles, gobernar las
cosas de la Iglesia y para mantener la paz entre los sacerdotes cristianos, estos «daban el
primer lugar» al cura de Santa Justa.
85 Salazar de Mendoza, 1625, 17r .
[289]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
musulmanes y el palacio del conde de Cedillo en su presente 86 . Con semejan -
te intención recuperó la leyenda que hablaba de la estancia de Carlomagno
en T oledo y de su matrimonio con Galiana, hija del rey moro Galefre. Era
una narración creada por la épica francesa medieval en la cual T oledo había
tenido cierta relevancia. De aquí, había pasado a la historiografía hispana 87 .
Ambrosio de Morales y otros autores ya habían considerado este relato una
fábula 88 . Mostrándose escéptico, Salazar de Mendoza lo recuperó para resal -
tar el gran prestigio del T oledo musulmán en Europa, presentando a un arzo -
bispado y una ciudad que habían salido reforzadas de este período. Igual que
la Roma imperial y sus persecuciones habían fortalecido el cristianismo pri -
mitivo, las del período musulmán en T oledo templaron la fe de su población
mozárabe. El apóstol Santiago tenía su sepulcro en Galicia, pero lo mozárabe,
el verdadero santiaguismo, era patrimonio de T oledo, lo cual hacía de su cate -
dral y su ciudad uno de los grandes santuarios del catolicismo.
Higuera también había dado mucho peso a lo mozárabe, afirmando que
la sede toledana había atravesado incólume la dominación musulmana, pero
quien más colocó lo mozárabe en el centro de la visión histórica del arzo -
bispado fue Salazar de Mendoza 89 . Además, como complemento, calificó a
T oledo como «la ciudad de los Concilios». Siguiendo las exageraciones de Hi -
guera, dijo qué en la ciudad habían realizado más de treinta y ocho concilios
«nacionales y provinciales», el último con el cardenal Quiroga. T odos habían
sido de gran «provecho y ornamento al sagrado derecho canónico y el go -
vierno universal de la Santa Yglesia Católica Apostólica y Romana» 90 . T oledo
había tenido siempre un lugar central en el catolicismo.
86 Salazar de Mendoza, 1625, 14, 16-17. Higuera también se preocupó de emparentar la noble-
za de su contemporaneidad con los antiguos linajes mozárabes, Alcántara, 1868, 215.
87 Real Ramos, 1982, 21-58.
88 Alcocer , Pedro dio cuenta de este hecho, dijo que existió un rey Gelafre que tuvo como hija
a Galiana y que un cristiano llamado Carlos se la llevó a Francia, pero este Carlos no podía
ser hijo de Pipino, poque no coincidían los tiempos, Hystoria o descripción , f. 57r . Ambrosio
de Morales había tratado también esta leyenda, recogiendo las diferentes historias que ha-
blaban de ella, incluyendo la historiografía francesa. No lo había desmentido, aunque sí
había mostrado muchas reser vas, limitándose a dejar constancia de lo que decían unos y
otros, vid. Los cinco libros postr er os de la corónica general de España que continuaba Ambrosio de
Morales , Córdoba, Gabriel Ramos Bejarano, 1586, pp. 35 ss.
89 Godoy Alcántara, 1868, 202.
90 Salazar de Mendoza, 1625, 17-18.
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[290] Roberto López V ela
Una vez «demostrada», la sucesión constante de los arzobispos de T oledo,
Salazar de Mendoza dijo que «ninguna yglesia después de la romana tiene
más ajustada y continuada la succesión de sus prelados». La simiente dejada
por Santiago, S. Pablo y S. Pedro se había mantenido siempre viva hasta el
presente a través de sus arzobispos. La sede toledana había estado cautiva,
pero no desocupada, eludiendo así las disposiciones canónicas de cesación de
una sede en caso de vacante por guerra u ocupación. Esto había permitido la
continuidad de la política apostólica a través de los arzobispos. De esta forma,
Salazar de Mendoza fue bastante más lejos que Higuera, intentando arreba -
tar la bandera que habían levantado las corrientes espirituales en defensa
de la austeridad de la Iglesia y su jerarquía en los primeros siglos. Mostraba
que quien representaba la continuidad de esa Iglesia apostólica eran precisa -
mente sus poderosos arzobispos, la viva imagen de esos denostados prelados
mercenarios que, según el ideario de Carranza, ser vían en las cortes de los
príncipes incumpliendo sus tareas pastorales. Su anterior justificación de Ca -
rranza, se convertía ahora en una cerrada defensa de esa jerarquía, elevada a
símbolo del catolicismo contrarreformista que en 1625 preconizaba Salazar
de Mendoza.
u n BaLance hIstorIográfIco y La formuLacIón de una hagIografía urBana
Pocos debates se habían dado en el siglo xVi sobre la corografía de T oledo y
en 1625 Salazar de Mendoza se limitó a seleccionar y organizar este material,
ignorando la equiparación que había hecho Higuera entre las siete colinas
de Roma y las otras siete que imaginó en T oledo 91 . Por supuesto, Salazar de
Mendoza situó a T oledo entre las ciudades más relevantes del mundo an -
tiguo, señalando lo importante que había sido su emplazamiento, porque
tras el diluvio, «las gentes» edificaron en sitios altos «por temor a las aguas»,
como sucedió en T roya y en otras importantes ciudades. Además, «T oledo,
decía, está en medio y centro de España, sobre una peña, cerro tan inrisca -
do, que admira tanta población en tanta estrechura». Estaba rodeada por el
T ajo que, formando una herradura, la convertía en una fortaleza inexpug -
nable 92 . Estos habían sido los argumentos utilizados por la mayoría de los
autores para explicar el poblamiento de la ciudad desde época primitiva.
91 Caro Baroja, 1988, p. 15.
92 Salazar de Mendoza, 1625, 1. Aranda Pérez, 2006, 54 ss; López V ela, 2019, 146 ss.
[291]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
Primero fue un enclave, luego una ciudad importante. Según Salazar de
Mendoza, Cesar «la tuvo por plaça de armas y por refugio de sus adversida -
des, y Augusto Cesar por Cámara Imperial». Durante este período había sido
el centro donde se habían almacenado los tesoros para enviarlos a Roma.
De sobra conocía Salazar de Mendoza la abundante historiografía sobre
la fundación de la ciudad que «han hecho los autores tanta estimación de
T oledo, que apenas se halla entre los antiguos y modernos quien no le haya
dado fundadores. Por eso son tantas y tan diferentes las opiniones que a cerca
de su fundación y población» 93 . Esto era algo consustancial a las importantes
urbes de la antigüedad, sobre cuyos remotos orígenes solía haber dudas. En
1575, en su libro Antigüedades de las ciudades de España , Ambrosio de Morales
había desautorizado los orígenes fantásticos de las ciudades, centrándose en
los restos y ruinas romanas que cada una tenía. En el caso de T oledo, había
ignorado el debate en torno a la cueva de Hércules, destacando la escasez de
vestigios romanos. En 1605 Pisa ya había minimizado ese universo legendario
en un claro intento de devaluarlo para centrarse en la época de la predica -
ción del evangelio 94 .
Despreciando las teorías sobre la fundación hebrea de T oledo, Salazar de
Mendoza sólo valoró las que señalaban su origen clásico en torno a la «cue -
va de Hércules», el vestigio emblemático de la ciudad para los historiadores
humanistas. Según Salazar , los autores habían coincidido en su antigüedad
viendo «la compostura de los arcos y pilares, y las piedras menudas bien la -
bradas con diferentes órdenes» de las bóvedas. Unos habían defendido que
había sido «morada» de Hércules, para otros era el monumento que había
dejado este héroe en memoria de su paso por la ciudad. Había autores que
entendían la cueva de Hércules como parte de las cloacas de la gran ciudad
que fue T oledo en la antigüedad, demostrando el interés de los emperadores
romanos en el «acrecentamiento de la ciudad». Incluso, había quien «con -
siderándolo desta manera, tienen muchos era templo dedicado a los dioses
infernales y subterráneos». Otros autores que se refirieron a la cueva como
un «christiano escondrijo en tiempos de las persecuciones», habiéndose de -
cidido en ella lo «tocante al culto divino y govierno de la Yglesia Católica».
93 Salazar de Mendoza, 1625, 4.
94 López V ela, 2019, 176.
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[292] Roberto López V ela
T ambién se la había descrito como gruta de huida en momentos de asedio, o
bien como lugar para ritos nigrománticos con sacrificios humanos 95 .
T anta divergencia había impedido establecer la fundación de la ciudad en
torno a esta cueva. Él, que la conocía bien, añadió «también me salgo de ella
cansado de cansar y creyendo que no es legitima ni necesaria la consequen -
cia de situar en esta cueva el origen de T oledo». Con este balance, Salazar de
Mendoza demostró el fracasó de los esfuerzos de la historiografía humanista
por dotar a T oledo de un origen preciso, razón por la que no podía celebrar
su «natalicio» como podían hacer Constantinopla y Roma. Para remediar
este fiasco, Salazar de Mendoza elaboró su propia conjetura, considerando
que Hércules había podido «labrar la cueva», estando «ya construida la ciu -
dad» desde los tiempos de T ubal. Su verdadero fundador había sido el «pa -
triarcha T ubal y que por él la ciudad se llamó T ubleto», conjeturando que
las suntuosas ruinas que había en la vega de la ciudad, formaron parte de un
templo de los caldeos que acompañaron a T ubal. Luego los romanos cons -
truyeron un «hypodromo o circo máximo» para sus ejercicios militares y «fe -
rias y mercaderías», cuyos vestigios eran los que se veían. Con T ubal, Salazar
de Mendoza aunó en un mismo héroe la fundación de la ciudad y de España,
intentando acabar con una polémica tan larga como estéril, cerrando por
elevación un debate efectivamente agotado.
Con su negativo balance sobre la fundación de la ciudad, hizo tabla rasa
de cuanto habían dicho los historiadores del siglo anterior y los modelos hu -
manistas con que habían construido la república de ciudadanos de T oledo.
A partir de este momento comenzó a hablar del T oledo santiaguista que, en
lugar de ciudadanos, tenía católicos cuyos pecados habían llevado a la perdi -
da de la ciudad a manos de los moros. Salazar de Mendoza no hizo alusiones
a Alcocer , Pisa, Garibay , ni a ninguno de los importantes autores que había
escrito sobre la trayectoria de la ciudad, tampoco habló de la inter vención de
los reyes en las cuestiones de la ciudad, ni de la participación de esta en las
Cortes de Castilla. T oledo despareció como cuerpo político y la ciudad quedó
subsumida en su naturaleza de santuario y sede arzobispal habitada por cató -
licos pecadores.
La negativa valoración de Salazar de Mendoza sobre la historiografía hu -
manista tuvo como consecuencia la reevaluación de la catedral y su signifi -
cado para el catolicismo. Blas Ortiz, había dicho que nada se sabía sobre el
95 Salazar de Mendoza, 1625, 3-4. Sobre las invenciones de Higuera sobre el pasado antiguo de
T oledo, vid. Carrobles Santos, 2012, 141-158.
[293]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
primer templo de T oledo, seguramente edificado en época de S. Eugenio.
«Piadosamente» se creía qué desde los primeros tiempos hasta la llegada de
los mahometanos, la catedral se había mantenido en el mismo lugar , pero
advertía de «quan difícil sea sacar las cosas antiguas» por falta de documen -
tos 96 . Siguiendo el criterio de Jiménez Rada, Pisa señaló que su primera edi -
ficación fue «casi en tiempos de los santos apóstoles» 97 . En su biografía de S.
Ildefonso, Salazar de Mendoza se había mostrado bastante ambiguo dicien -
do que no «hay cosa cierta, ni se sabe de la advocación primitiva» de la Igle -
sia que posteriormente sería catedral, hasta que en tiempos de Atanasio la
llamaron del Salvador , recibiendo el de Santa María en época de Recaredo 98 .
En esta Iglesia se había producido la «descensión» de la virgen a S. Ildefonso
y en la de Santa Leocadia la de la santa que daba nombre a la Iglesia, habién -
dose celebrado en ambas el grueso de los concilios de T oledo.
Como en tantas otras cosas, en 1625 la posición de Salazar de Mendoza
había cambiado sobre la catedral. Ahora afirmaba que S. Eugenio la había
construido en época apostólica y en ese mismo lugar se habían edificado las
sucesivas catedrales. Cuando «bolvió T oledo a poder de los christianos» y se
reedificó el templo, dijo, fue con las mismas medidas que «tuvo el templo
de Diana de Efeso, que se fabricó sobre una laguna y fue una de las siete
maravillas del mundo» 99 , una de las pocas alusiones clásicas del «panegyri -
co». Por «sus raras prerrogativas», la catedral había sido un santuario «siem -
pre tenido en summa veneración desde sus principios. Encarecen mucho la
devoción que le tuvieron las muy apartadas y remotas naciones, el havella
visitado como santuario digno de mucha reverencia y respeto». T ambién
había sido la primera Iglesia «que cantó el symbolo de los apóstoles» 100 (el
credo), algo reser vado por la tradición exclusivamente a la «Iglesia» de
Roma 101 . De nuevo, T oledo había precedido a Roma en una prerrogativa
propia de esta sede.
Numerosos personajes de los lugares más lejanos de Europa habían veni -
do a T oledo atraídos por su fama y aquí alcanzaron la santidad y tuvieron un
papel relevante en la catedral. La fama universal de la ciudad ya no se debía
96 Ortiz, 1999, 138, 150.
97 Aranda Pérez, 2021, 247.
98 Salazar de Mendoza, 1618, 158-159.
99 Salazar de Mendoza, 1625, 15.
100 Salazar de Mendoza, 1625, 20 y19.
101 Vinzent, 2006.
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[294] Roberto López V ela
a su belleza y su río, sino a sus arzobispos, su catedral y a sus santos. Y es que
«entre las excelencias sobrenaturales con que más se ensalça T oledo», decía
Sal az ar de Mendoza, estaban las muchas apariciones de santos, particularmen -
te la d e la virgen «a traher una vestidura que dio de su mano a su devoto
capellán San Ildefonso» o la de Santa Leocadia a este mismo arzobispo 102 .
La aparición de la virgen había tenido gran relevancia y demostraba una vez
más el favor divino con que Dios había tratado a la sede toledana. Por eso los
papas habían considerado a esta catedral como la Iglesia más insigne de Espa -
ña. Luitprando, uno de los autores creados por Higuera, había afirmado que
desde época visigoda había sido uno de los grandes santuarios de peregrinaje
de la cristiandad y desde entonces seguía siéndolo 103 .
Con esta interpretación, en línea con lo apuntado por Higuera, Salazar de
Mendoza quiso colocar a T oledo como centro de peregrinación santiaguista
en lugar de la catedral de Santiago de Compostela y el sepulcro del apóstol.
Su esfuerzo por convertir a T oledo en el centro de la tradición santiaguista
había transformado radicalmente sus anteriores visiones sobre la ciudad, el
arzobispado y su lugar en la monarquía. Ahora la ciudad quedaba absorbida
por la sede creada por los apóstoles y su perspectiva no era la monarquía y la
Iglesia, como en la tradición gótica, sino solo la Iglesia universal y los arzobis -
pos.
Con razón, decía Salazar de Mendoza, se había comparado la categoría de
T oledo como santuario católico con Roma y Jerusalén 104 . Cada uno de ellos
tenía características únicas y las de T oledo residían en su conexión directa
con el mundo de los apóstoles, como demostraba, entre otras cosas, el rito
mozárabe. Por tanto, ya no era una segunda Roma, como se había teorizado
a principios del siglo xVii , sino una sede con tanta tradición apostólica como
la propia Roma. Como sede creada por el apóstol Santiago y confirmada por
S. Pablo y S. Pedro, obedecía al papado y en ese sentido era «hija predilecta»
del vicario de Cristo, pero por su fundación, la continuidad de sus arzobispos,
y otros atributos, tenía un lugar preeminente en el catolicismo que la coloca -
ba inmediatamente después de Roma. De aquí se derivaban unos derechos y
privilegios inmutables, sobre todo el de su primacía, que no se podían alterar
ni por la Santa Sede ni por la monarquía.
102 Salazar de Mendoza, 1625,19.
103 Salazar de Mendoza, 1625, 19-20.
104 Caro Baroja, 1988, 67.
[295]
Cuando la histor ia urbana se hizo h agiog rafía...
c oncLusIones
Si el rey había convertido a Madrid en sede de la corte desplazando a T oledo
como cabeza de España, Salazar de Mendoza utilizó las fabulaciones de Hi -
guera para construir un fabuloso pasado cristiano sobre la ciudad. Su crítica
de la historiografía del siglo anterior , le permitió desechar las visiones huma -
nistas de T oledo como ciudad ideal, república urbana y cabeza de España. En
su lugar construyó la historia y la corografía de una ciudad/sede arzobispal,
con una Iglesia entendida como santuario del catolicismo universal a la al -
tura de Jerusalén o Roma. Paralelamente, sus ciudadanos dejaron de ser el
soporte de esa república urbana y de su identidad, pasando a ser fieles peca -
dores, amparados y reconfortados por su prelado. La naturaleza e identidad
de T oledo, sus símbolos, dejaban de girar en torno a sus héroes fundadores,
sus instituciones, sus santos, sus nobles y , por supuesto, de los reyes. Ahora,
su historia y simbología se conectaba con su catedral, sus capillas, santos y
arzobispos, con cuyas hagiofrafías se identificaba la historia de la ciudad. En
esta perspectiva era lógico que la historia de T oledo se tratase dentro de la
biografía de un arzobispo. Su pasado quedaba más cerca de la historia ecle -
siástica y la hagiografía, que de la historia de la monarquía u otras historias
de corte secular .
¿Cómo conectar la identidad de la ciudad con su pasado gótico, cuan -
do se había descubierto que por sus calles habían predicado Santiago, San
Pedro y S. Pablo? Madrid podía ser el centro de la monarquía, pero gracias
a Higuera, Salazar de Mendoza y otros, a T oledo le correspondía un lugar
único e insustituible en la Iglesia universal. Ninguna otra Iglesia como la de
T oledo, incluyendo Roma, tenía una conexión tan profunda y continuada a
tr a v é s de los arzobispos y el rito mozárabe con la Iglesia primitiva. Si para Sala -
za r d e Mendoza cuando escribió la biografía de Carranza, este representaba
la austeridad y el espíritu evangélico dentro de su esfuerzo de reformar la
Iglesia, particularmente su jerarquía y el papado, en 1625 invirtió esta ecua -
ción transformando a esta jerarquía, a los arzobispos, en los continuadores
directos del espíritu apostólico y la Iglesia primitiva. Lo que habían sido pro -
yectos de reforma del papado y la jerarquía, ahora se trasmutaban en una
plena justificación de la santidad y el ejemplo de los arzobispos de T oledo.
La bandera de la reforma espiritual de la Iglesia, se había convertido en una
reivindicación de las jerarquías eclesiásticas, encarnadas en los arzobispos
como símbolo del catolicismo contrarreformista.
En la interpretación del pasado de Salazar de Mendoza, el papel de los
reyes y la monarquía quedaba empequeñecido ante la importancia de los ar -
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[302] Roberto López V ela
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ACERCA DEL BALCÓN
(APUNTES DESDE UNA CIUDAD MODERNA)
James S. Amelang
Universidad Autónoma de Madrid
Quizás los lectores de este breve ensayo piensen que el tema elegido está un
poco fuera de lugar . Pero el texto que aquí presento mira en una dirección
diferente, en el sentido que proporciona un esquema preliminar de un tema
de investigación que espero abordar en profundidad en un futuro no muy
lejano. Es una aproximación que quiero dedicar a J. I. Fortea y J. E. Gelabert,
dos historiadores que han aportado, cada uno de ellos, un número impresio -
nante de contribuciones importantes al conocimiento de la España Moderna
en sus vertientes de la historia urbana, además de la historia social y cultural,
la historia del Estado y de sus instituciones y una amplia gama de aspectos re -
ligiosos y culturales del pasado. En realidad, se podría decir que las ciudades
—comenzando con Córdoba y Santiago de Compostela para después seguir
con muchas otras— han constituido un foco esencial en su aproximación al
estudio del creativo y conflictivo período de la España Moderna. Pero en rea -
lidad, y aunque la historia de las ciudades ha constituido solo una de las múl -
tiples áreas de estudio que han atraído su atención, sus investigaciones han
desempeñado un papel esencial en la transformación de la historia urbana
de la Península Ibérica desde un desigual conjunto de estudios estrictamente
locales, hacia un esfuerzo mucho más analítico que por primera vez pudo
reclamar un lugar respetable dentro de un marco europeo más amplio. Me
complace haber tenido la oportunidad de unirme a los otros participantes en
este volumen para reconocer mi profunda deuda durante muchos años por
su aliento, su generosidad y su amistad.
* * *
T odo el mundo sabe que los balcones son una característica común, inclu -
so generalizada de las ciudades españolas, pero lo cierto es que las cosas no
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[306] James S. Amelang
fueron siempre así. Aparentemente comenzaron como aspectos singulares y
deliberadamente distintivos de la arquitectura urbana, y digo ‘aparentemen -
te’ porque sorprendentemente ha habido poca investigación sobre dónde,
cuándo y cómo surgieron y cómo posteriormente comenzaron a multiplicar -
se. Si por algo han llamado la atención es porque los balcones han sido men -
cionados en la literatura y han sido representados en el arte; sin embargo,
aparentemente pocos historiadores se han aventurado a rastrear su nacimien -
to y su trayectoria en la historia urbana y especialmente en relación con su
uso en la vida cotidiana, en lugar de en las ocasiones ceremoniales 1 . En todo
caso, los balcones son aspectos del paisaje urbano que han sido aceptados sin
cuestionamiento o que se han descartado por ser demasiado insignificantes
como para merecer una mirada más cercana. Sin embargo, yo sugiero que
rescatar su historia podría revelar mucho no solo sobre la vivienda y la arqui -
tectura urbana, sino también sobre el paisaje de la ciudad en un sentido más
amplio y sobre la forma en que éste ha ido cambiando con el tiempo. El nivel
más adecuado para abordar su estudio es ciudad por ciudad, dado que la
evolución de un aspecto tan local de la vida urbana debe ser rastreado al nivel
más básico, el de las ciudades y pueblos individuales. El hecho de que este
proyecto se centre en la ciudad de Barcelona a partir de la Baja Edad Media
se debe no solo al hecho de que he investigado durante años allí. T ambién in -
1 Que yo sepa, se ha escrito muy poco sobre la historia de los balcones en Barcelona, especial-
mente para sus períodos romano y medieval. Un esquema extremadamente abreviado se
puede encontrar en «Los primeros balcones en Barcelona» de Adolfo Florensa, Divulgación
Histórica , vol. 13, 1970 [2 pp s.n.] El autor era un arquitecto local muy familiarizado con la
historia local, pero lamentablemente publicó este breve resumen en una revista de divul-
gación sin referencias documentales. Por lo que he podido ver , la escasez de investigación
sobre balcones se extiende al resto de la Europa moderna. De hecho, no he encontrado
estudios monográficos dedicados a esta importante característica de los edificios urbanos
(aparte de trabajos sobre las loggie tardo-medievales y renacentistas italianas), aunque hay
alguna mención muy bienvenida en «Seeing is Believing: Urban Gossip and the Balcony in
Early Modern V enice» de Alexander Cowan, en Lin Foxhall y Gabriele Neher , eds., Gender
and the City before Modernity , Malden MA, Blackwell, 2013, pp. 231-248. Afortunadamente,
el tema de las calles ha sido abordado en una variedad de estudios; una colección particu-
larmente relevante es Stanford Anderson, ed., On Str eets , Cambridge MA, MIT , 1986, sobre
todo el capítulo de Joseph R ykwert sobre «The Street: The Use of its Histor y», pp. 14-27.
Los ejemplos de cómo las calles podrían convertirse en un motivo central en la imagen con-
temporánea de las ciudades incluyen a Penelope Cor field, «W alking the City Streets: The
Urban Odyssey in Eighteenth-Centur y England», Journal of Urban Histor y , vol. 16, nº 2, 1990,
pp. 132-174; Clare Brant y Susan E. Whyman, eds., W alking the Streets of London: John Gay’ s
T rivia (1716) , Oxford, Oxford University Press, 2007; y mi «Streetwalking and the Sources
of Citizen Culture», en Ann Blair y Anja-Silvia Goeing, eds., For the Sake of Learning: Essays in
the Honor of Anthony Grafton V ol. I. Leiden, Brill, 2016, pp. 107-122.
[307]
Acerca del balcon (apuntes desde una ciudad moderna)
tento aprovechar la ubicación histórica de la capital catalana como punto de
recepción de tres poderosas culturas arquitectónicas: las tradiciones del norte
de Europa (especialmente el gótico) y las islámicas, y la posterior y relativa -
mente temprana influencia cultural neoclásica de la Italia renacentista 2 . Por
lo tanto, mi objetivo más amplio es ofrecer a través de este texto una aproxi -
mación tentativa, un primer reconocimiento del terreno en un esfuerzo de
construir una historia desde abajo de lo que se cierne más arriba.
La historia de los balcones plantea numerosas incógnitas. Por ejemplo, y a
pesar de la impresión de su ubicuidad en España, tanto en el presente como
en el pasado, los balcones constituyen un motivo arquitectónico concreto
cuyo desarrollo tuvo lugar en diversos momentos y lugares determinados. Por
lo tanto, un primer conjunto de tareas a desarrollar incluiría obviamente la
reconstrucción no solo de su mor fología sino también de su cronología y
ubicación en el tiempo y el espacio. Mientras hace todo esto, el historiador
también debería prestar atención a cambios significativos en términos de ta -
maño, forma, ubicación, decoración y otras características, tanto sociales y
simbólicas como físicas. Este enfoque inicial también podría aspirar a incor -
porar una amplia gama de otros aspectos, como su evolución e interpretación
económica, política y cultural. Una lista de propósitos tan ecléctica haría bien
en incorporar los enfoques más amplios posibles de la historia urbana y de la
arquitectura, reuniendo el diseño con el discurso, la intención con la imagen
y la estructura con el entorno.
Como se señaló anteriormente, este reto aún no ha sido abordado. Las his -
torias arquitectónicas de Barcelona mencionan los balcones, naturalmente, y
en algunos casos incluso con cierta frecuencia, pero hasta donde yo sé, aún
no se ha realizado una investigación específica que trate el tema en su con -
junto. Por ejemplo, sigue siendo un misterio cuándo comienzan a aparecer
balcones en la ciudad, misterio generado en parte por una posible confusión
en la terminología 3 . Como aparentemente fue el caso en la mayoría de las
2 A juzgar por los comentarios que los extranjeros escribieron en sus diarios y crónicas de
viajes mientras visitaban España, V alencia y Sevilla se encontrarían entre las relativamente
escasas grandes ciudades ibéricas que desempeñaron un papel similar . El libro citado en
esta nota ya ha sido publicado como Writing Cities: Exploring Early Modern Urban Discourse,
Budapest, Central European University Press, 2019.
3 Afirmar que los orígenes de los balcones de Barcelona no están claros es un eufemismo
considerable. La nota de Florensa citada anteriormente supone que fueron importados de
Italia, pero de ser así, uno tendría que dar cuenta de la afirmación del eminente medieva-
lista Leopoldo T orres Balbás que tras la Reconquista los españoles vieron los balcones como
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[308] James S. Amelang
ciudades de la Europa medieval, los balcones de Barcelona tienen su origen
en las «finestres», es decir , ventanas de cierto tamaño, con frecuencia incluso
monumentales, que a menudo eran realzadas siguiendo trazos de línea cla -
ros, regulares y así como a través de rica ornamentación (a veces esculpida).
Los balcones propiamente dichos, es decir , las tribunas abiertas en las facha -
das de los edificios cuya base se proyecta sobre una calle, plaza o patio, tar -
daron más en desarrollarse como característica independiente. La confusión
terminológica a la que he aludido antes se debe a que lamentablemente el
término finestra parece haberse utilizado hasta una fecha bastante tardía para
designar balcones además de ventanas, añadiendo dificultades a la diferen -
ciación entre ambas. Pero no cabe duda de que los habitantes de la ciudad
gradualmente aprendieron a reconocer la diferencia. Eso es lo que sugiere,
por ejemplo, la redacción de un inventario de 1679 de un importante edificio
privado, la mansión que la familia Bru/Banyuls poseía en el prestigioso Ca -
rrer de Montcada, que indica que éste tenía muchas finestr es (ventanas) pero
solo una sala dels balcons (literalmente ‘habitación con balcones’) 4 . De todos
modos, haría falta un examen mucho más detallado del registro documental
elementos visiblemente medievales y musulmanes, como fue el caso con los cobertizos, y así
fueron rechazados por la nueva estética renacentista que estaba tan dedicada a desmantelar
las características «islámicas» como a promover el nuevo clasicismo de origen italiano. V er
sus Ciudades hispano-musulmanas , ed. y conclusión de Henri T errasse, 2 vols. Madrid, Insti-
tuto Hispano-Árabe de Cultura, s.d, pp. 46-7. Es cierto que la construcción de balcones fue
desalentada o incluso prohibida en ciertas ciudades modernas, como T oledo, sobre todo
por la obstrucción de la luz y la circulación del aire en sus calles muy estrechas, entre otras
razones similares (ver , por ejemplo, la ordenanza de 1530 citada en Fernando Checa Cre-
mades, Carlos V y la imagen del héroe en el Renacimiento , Madrid, T auro, 1987, p. 26).
4 Arxiu Històric de Protocols de Barcelona (AHPB)/Benet Güell, Plec d’inventaris varis , 2 de
septiembre de 1679: inventario de la nob. Dª Mencia Bru i de Banyuls, viuda de Mag. Antoni
Bru i de Palau, ciudadano honrado de Barcelona, s.n. No es casualidad que los balcones pa-
rezcan especialmente importantes en esta vía en concreto, la calle de exhibición para la no-
bleza de la ciudad y para los comerciantes en vías de ascensión social que aspiraban a unirse
a sus filas. Sobre esto puede verse mi ‘Gent de la Ribera’ i altr es assaigs sobre la Bar celona moder-
na , Vic, EUMO, 2008, pp. 67-75. Para que quede constancia también debo mencionar que
las ciudades medievales y modernas albergaban un tercer tipo de complemento de forma
similar y con idéntica función que los balcones, las terrazas (‘terrats’ en catalán) construi-
das en espacios elevados y semi-abiertos. Si bien su presencia se registra regularmente en los
inventarios notariales, tales documentos contienen generalmente poca información sobre
ellas, dada la ausencia de objetos o características específicas de las mismas. Sin embargo,
ocasionalmente sí aparecen referencias a las terrazas en otros tipos de discurso. Nótese, por
ejemplo, la referencia a terrat, junto con las finestres y los balcons en un texto carnavalesco
de 1616 citado en Joan Amades, El carnestoltes a Barcelona fins el segle xviii è, Barcelona, Biblio-
teca de tradicions populars, 1934, p. 50.
[309]
Acerca del balcon (apuntes desde una ciudad moderna)
local para reconstruir una cronología específica del balcón como una carac -
terística visible de la arquitectura de la ciudad durante la larga transición del
gótico al Renacimiento y el Barroco.
Llevar a cabo un estudio no sólo tan largo desde el punto de vista crono -
lógico sino también tan multifacético —es decir , uno que mire más allá de la
evolución de la forma y la función y se interese también por el contexto urbano
en el que se desarrollan dotando a los balcones de significados y propósitos—
precisa recurrir a una gama igualmente amplia de fuentes. Las investigaciones
preliminares que he realizado hasta el momento me permiten afirmar que
Barcelona es una ciudad señaladamente rica en documentación para este tipo
de proyectos. Pero lamentablemente, aunque los balcones se men ci ona n con
frecuencia en documentos y textos de la época, rara vez se alude a ellos y
mucho menos se describen con detalle. Sin embargo, además de las estruc -
turas propiamente dichas que han sobrevivido, contamos al menos con dos
conjuntos de fuentes de la Edad Moderna que mencionan con frecuencia, y
en ocasiones describen con una gran cantidad de detalles, los balcones 5 . Son
las siguientes:
1. Documentos notariales: Con gran diferencia, las fuentes más valiosas se
encuentran en los voluminosos documentos del Arxiu Històric de Proto -
cols de Barcelona, uno de los archivos notariales más ricos de toda Europa.
De especial importancia son los contratos de construcción o renovación y
reparación de balcones y otras características arquitectónicas en o dentro
de los edificios. Otros tipos de documentos notariales también mencionan
y arrojan luz sobre los balcones. Especialmente valiosos son los inventarios
post mortem, que a menudo proporcionan descripciones de espacios y
detalles arquitectónicos referidos al interior de los edificios mientras el
notario y sus ayudantes registran y evalúan los bienes que contienen.
5 Los censos y los registros fiscales proporcionan información valiosa sobre las característi-
cas de la vivienda, como los balcones, en muchas ciudades de la Europa medieval tardía y
moderna. Esto es especialmente frecuente en el caso de los catastros y otros censos y valua-
ciones de bienes inmuebles. Por lo tanto, el número y el tamaño de las características espe-
cíficas, sobre todo las ventanas y puertas, y en ocasiones los balcones, a menudo aparecen
expresamente en dichos documentos. Pero por lo que he podido ver , este no fue el caso en
la Barcelona moderna. Aunque comenzando en la década de 1710, los impuestos reales se
basaban en los datos de los registros del Catastro que incluían una información detallada
de las viviendas privadas de toda la ciudad, he encontrado escasa mención a los balcones en
esta documentación, ahora alojada en la sección de ese nombre en el Arxiu Històric de la
Ciutat de Barcelona (AHCB).
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[310] James S. Amelang
2. Regulación municipal. Afortunadamente para los historiadores, las auto -
ridades municipales consideraron los balcones lo suficientemente impor -
tantes como para merecer su estrecha super visión. Dado su tendencia a
invadir el espacio público aéreo además de su consideración como objetos
suntuarios, la legislación de la ciudad requería un permiso expreso para
agregar un balcón a la fachada de un edificio. Aquí estaban en juego al
menos dos problemas, ambos centrados en evitar que el interés privado
invadiera el bienestar público:
a. El gobierno de la ciudad de Barcelona, al igual que muchos de sus ha -
bitantes, daba por supuesto durante mucho tiempo que los balcones
tenían un efecto negativo sobre la calidad de la vida ciudadana. Esto se
debía a que se consideraba que sus voladizos sobre el espacio público
bloqueaban la luz del sol e impedían la circulación del aire, un pro -
blema especialmente acuciante dado el número tan elevado de calles
y plazas estrechas en el centro urbano. Que esto se percibiera como
un problema de salud pública es bastante fácil de entender si tiene en
cuenta la inmundicia que inundaba las calles de las ciudades medieva -
les y modernas 6 .
b. T eniendo en cuenta que desde sus inicios la opinión pública vinculó los
balcones a un estatus social alto, los funcionarios municipales tenían
que asegurarse de que todas las familias que pedían permiso para agre -
gar un balcón a la fachada de su hogar tenían derecho a hacerlo. Que
yo sepa, la legislación urbana no especificó en ningún momento cuál
era el nivel mínimo de estatus social necesario para poder añadir un
balcón a la fachada, al menos durante la Época Moderna. Sin embargo,
no cabe duda de que desde la Edad Media, la posesión y el uso de un
balcón se consideraban en principio privilegios de los cuales solo disfru -
taban los habitantes pertenecientes a la élite o incluso a la nobleza. Esto
significa que la gran mayoría de los ciudadanos locales que solicitaban
una licencia para construir (o ampliar) un balcón, se enfrentaban al
riesgo de que les fuera denegado, generando así una incertidumbre
6 V er , por ejemplo, Hubbub: Filth, Noise, and Stench in England, 1600-1770, New Haven, Y ale
University Press, 2007, de Emily Cockayne, para una exploración del mismo problema en
otras partes de Europa.
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Acerca del balcon (apuntes desde una ciudad moderna)
que tuvo el potencial de alentar y también de disuadir a los posibles
candidatos 7 .
El historiador interesado cuenta aquí con la buena fortuna de poder con -
sultar los documentos de la llamada Obreria. Esta era la magistratura del go -
bierno municipal encargada desde finales de la Edad Media de inspeccionar
y super visar las calles y la infraestructura de Barcelona, incluido su comparati -
vamente eficiente sistema de alcantarillado 8 . Pero lamentablemente no toda
su documentación ha sobrevivido, y las partes que lo han hecho no suelen
hallarse en buenas condiciones. Así, los documentos de Obreria de la sec -
ción que ostenta ese mismo nombre en el Arxiu Municipal de Barcelona solo
pueden consultarse para algunos años —por ejemplo para los años 1630 a
1635— a través de índices y resúmenes. Estos últimos, a su vez, a menudo son
bastante lacónicos respecto a detalles importantes como son los nombres y el
estatus social o la profesión de los peticionarios o de los propietarios, pero
aun así permiten vislumbrar detalles de las reformas y reparaciones realizadas
en las calles de la ciudad y también las que se hacían en los balcones que las
sobrevolaban. Por ejemplo, el índice correspondiente al período 1654-1661
detalla la concesión de licencias para la construcción de 20 balcones dentro
de las murallas de la ciudad. Estos permisos se otorgaban a individuos en lu -
gar de casas, y especificaban (junto con la ubicación precisa de la estructura
a la cual van a agregarse) el tamaño exacto del balcón (medido en palmos, es
7 Otra fuente que vale la pena mencionar deriva de la posibilidad de que el permiso (otorga-
do o denegado) para construir balcones también pueda producir una rica documentación
a través de lo que a menudo es el amigo más fiable del historiador , es decir , los litigios.
Téngase en cuenta, por ejemplo, la información proporcionada en los documentos legales
generados por una demanda de 1789 presentada en la cercana ciudad de Mataró por un
tal Josepa Feliu, a quien los funcionarios municipales le denegaron el permiso para añadir
un balcón a su casa tal y como ella deseaba (detalles en Albert García Espuche y Manuel
Guàrdia i Bassols, La construcció d´una ciutat: Mataró, 1500-1900 , Mataró-Barcelona, Patronat
Municipal de Cultura-Ed. Alta Fulla, 1989, pp. 80 y 99).
8 Barcelona fue una de las pocas ciudades ibéricas que contaba con alcantarillas en funcio-
namiento. Sus calles estaban comparativamente limpias gracias a la super vivencia de esta
infraestructura desde el período de fundación de la ciudad bajo los romanos, y al hábito
local de pavimentar las calles con losas, presumiblemente también inspiradas por la prácti-
ca romana. Esta relativa limpieza impresionó favorablemente a muchos visitantes. Los ejem-
plos entre los testimonios de estos últimos incluyen al noble bohemio Leo Rosmithal de
Blatna (escrito en 1465), el noble valón Antoine de Lalaing, el Señor de Montigny (1501),
el diplomático / historiador florentino Francesco Guicciardini (1512) y el clérigo portu-
gués Gaspar Barreiros (1542); para sus comentarios ver José García Mercadal, ed., Viajes
de extranjeros por España y Por tugal , Madrid, Aguilar , 1952, vol. I, pp. 293, 502, 612 y 1034-5
respectivamente.
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[318] James S. Amelang
Aunque la forma y las funciones de los balcones cambiaron relativamen -
te poco con el tiempo, no se puede decir lo mismo de su estructura, que sí
evolucionó en varios aspectos cruciales. Albert García Espuche, el principal
experto sobre la Barcelona moderna, resume los cambios que implican la
construcción de fachadas en el siglo xVii de la siguiente manera: crecimiento
en su número; una cada vez más acusada orientación de las viviendas hacia
las calles en las que se ubican; tendencia a sustituir marcos de ventanas anti -
guos y delgados (es decir , góticos) por marcos más nuevos, más grandes y más
cuadrados (es decir , más monumentales y clásicos); aumento de inversión en
su decoración y en la calidad de los materiales empleados en su construcción
(incluyendo los detalles en hierro); utilización de gelosies o celosías para com -
pensar la mayor exposición «perquè els veïns de davant no vegin lo que es fa
dins de casa», como dijo un barcelonés de la época. En su opinión el impacto
general de todos esos micro-cambios produjo una transformación profunda
del paisaje urbano a través de la creciente cercanía entre el interior de las ca -
sas y la calle en la que están situados materializada a través de sus balcones 21 .
Mis propias investigaciones preliminares corroboran las conclusiones de
García Espuche. En primer lugar , los balcones claramente proliferaron. Aun -
que aún no he conseguido encontrar las fuentes que me permitan dar fe de su
número total en un momento dado, algo que sería claramente factible en otras
ciudades en las que éstos estuvieran sujetos al gravámenes periódicos, como
fue el caso de los hogares en muchos regímenes fiscales 22 , no cabe duda de que
Barcelona era una ciudad más balconada en 1800 que en, por ejemplo, 1400.
centros urbanos modernos, especialmente en las capitales y otras ciudades grandes con
calendarios ceremoniales más ocupados. Para el caso del alquiler (y la comercialización)
del espacio de visualización en la Plaza Mayor de Madrid, por ejemplo, ver Jesús Escobar ,
The Plaza Mayor and the Shaping of Baroque Madrid , Nueva Y ork, Cambridge University Press,
2003, pp. 109 y 178.
21 Las obser vaciones y los datos de García Espuche con respecto a los balcones aparecen en
«Inventari d’un univers: vida cotidiana a la Barcelona del segle xVii », un texto de 2006 que
amablemente me proporcionó, y se amplía en El Inventario , Barcelona, Muchnik, 2002, pp
124-126, así como en Barcelona entr e dues guer res: Economia i vida quotidiana, 1652-1714 , Vic:
EUMO, 2005, pp. 34-35.
22 Como era práctica habitual en, por ejemplo, numerosas ciudades inglesas modernas. Para
Londres véase William C. Baer , «Housing the Poor and Mechanick Class in Seventeenth-
Centur y London», London Journal , vol. 25, nº 2, 2000, pp. 13-39, y «Stuart London’ s standard
of living: re-examining the Settlement of Tithes of 1638 for rents, income, and poverty»,
Economic Histor y Review , vol. 63, nº 3, 2010, pp. 612–637. Los usos imaginativos para la histo-
ria social y económica a los que se aplicaron las declaraciones del ‘Hearth T ax’ (impuestos
según número de chimineas) en Londres y Middlesex a mediados del siglo xVii se detallan
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