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El desafío del desarrollo Trayectorias de los grandes economistas latinoamericanos del siglo XX Juan Odisio Marcelo Rougier (eds.) Ediciones Universidad Cantabria
El desafío del desarrollo Trayectorias de los grandes economistas latinoamericanos del siglo XX
La colección Sociales ha obtenido, en julio de 2018, el sello de calidad en edición académica CEA, con mención de internacionalidad, promovido por la UNE y avalado por ANECA y FECYT. Colección Sociales #72 Director de colección: Andrés Hoyo Aparicio Dña. Silvia Tamayo Haya Presidenta. Secretaria General, Universidad de Cantabria D. Vitor Abrantes Facultad de Ingeniería, Universidad de Oporto D. Ramón Agüero Calvo ETS de Ingenieros Industriales y de Telecomunicación, Universidad de Cantabria D. Diego Ferreño Blanco ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Universidad de Cantabria Dña. Aurora Garrido Martín Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Cantabria D. José Manuel Goñi Pérez Modern Languages Department, Aberystwyth University D. Salvador Moncada Faculty of Biology, Medicine and Health, The University of Manchester D. Agustín Oterino Durán Neurología (HUMV), investigador del IDIVAL D. Luis Quindós Poncela Radiología y Medicina Física, Universidad de Cantabria Dña. Claudia Sagastizábal IMPA (Instituto Nacional de Matemática Pura e Aplicada) Dña. Belmar Gándara Sancho Directora Editorial, Universidad de Cantabria consejo editorial D. Javier Fernández Sebastián Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación, Universidad del País Vasco/EHU Dña. Susana Martínez Rodríguez Facultad de Economía y Empresa, Universidad de Murcia D. Miguel Á. López Morrell Facultad de Economía y Empresa, Universidad de Murcia D. Ángel Pelayo González-Torre Facultad de Derecho, Universidad de Cantabria Dña. María del Mar García–De los Salmones Facultad de Economía y Empresa, Universidad de Cantabria Dña. Lara Campos Pérez Escuela Nacional de Biblioteconomía y Archivonomía, México consejo científico
El desafío del desarrollo Trayectorias de los grandes economistas latinoamericanos del siglo XX Juan Odisio Marcelo Rougier (eds.)
El desafío del desarrollo : trayectorias de los grandes economistas latinoamericanos del siglo XX / Juan Odisio, Marcelo Rougier (coords.). – Santander : Editorial de la Universidad de Cantabria, 2022 398 páginas – (Sociales ; 72) ISBN 978-84-17888-98-5 1. Economistas - América Latina - S. XX. 2. Desarrollo económico - América Latina. I. Odisio, Juan, editor de compilación. II. Rougier, Marcelo, editor de compilación. 33-051"19"(8=134) 338.1(8=134) Esta edición es propiedad de Editorial de la Universidad de Cantabria y de la Editorial Universidad del Rosario; cualquier forma de reproducción, distribución, traducción, comunicación pública o transformación solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Esta obra ha sido sometida a evaluación externa por pares ciegos, aprobada por el Comité Científico y ratificado por el Consejo Editorial de acuerdo con el Reglamento de la Editorial de la Universidad de Cantabria. Diseño de colección: Gema M. Rodrigo Imagen cubierta: Biblioteca del Congreso, División de Impresiones y Fotografías, fotografía de Carol M. Highsmith [LC-DIG-highsm-62501] © Editores: Juan Odisio (CONICET/IIEP-Baires) 0000-0001-6134-0103 Marcelo Rougier (CONICET/IIEP-Baires) 0000-0002-7742-9222 © Autores © Editorial de la Universidad de Cantabria Avda. Los Castros, 52. 39005 Santander Teléf. y Fax: 942 201 087 ISNI: 0000 0005 0686 0180 www.editorial.unican.es ISBN: 978-84-17888-97-8 (rústica) ISBN: 978-84-17888-98-5 (pdf) DOI: https://doi.org/10.22429/Euc2022.011 © Universidad del Rosario Editorial Universidad del Rosario Carrera 7 No. 12B-41, oficina 501, Bogotá – Colombia Teléf. (57) 6012970200, ext. 3113 https://editorial.urosario.edu.co/ ISBN: 978-958-784-945-5 (impreso) ISBN: 978-958-784-946-2 (epub) ISBN: 978-858-784-947-9 (pdf) Impreso en España. Printed in Spain Santander, 2022 THEMA: KCA, KCS, 1KL, 3MPQ
SUMARIO Prólogo .......................................................... 9 José Antonio Ocampo, Profesor de la Universidad de Columbia, ex secretario ejecutivo de la CEPAL y ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Económicos y Sociales Presentación. Pensando el desarrollo latinoamericano en la segunda mitad del siglo XX.............................................. 15 Juan Odisio, CONICET/IIEP-Baires Marcelo Rougier, CONICET/IIEP-Baires 1. Raúl Prebisch (1901-1986) ...................................... 29 Juan Odisio, CONICET/IIEP-Baires 2. Aníbal Pinto (1919-1996)........................................ 73 José C. Valenzuela Feijóo, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa 3. Víctor Urquidi (1919-2004) ..................................... 113 Joseph Hodara, Universidad Bar Ilán 4. Celso Furtado (1920-2004) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 151 Carlos Mallorquín, Universidad Autónoma de Zacatecas 5. Juan Noyola Vázquez (1922-1962) ................................ 191 Monika Meireles, IIEc-UNAM Fernando Correa Prado, Universidad Federal de la Integración Latinoame ricana 6. Horacio Flores de la Peña (1923-2010)........................... 223 María Eugenia Romero Sotelo, Universidad Nacional Autónoma de México Juan Pablo Arroyo Ortiz, Universidad Nacional Autónoma de México 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018)..................................... 253 Ivan Colangelo Salomão, Universidade Federal do Paraná Alexandre Macchione Saes, Universidad de São Paulo
8. Aldo Ferrer (1927-2016) ........................................ 287 Marcelo Rougier, CONICET/IIEP-Baires 9. Osvaldo Sunkel (1929- ) ........................................ 327 Esteban Pérez Caldentey, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) 10. Maria da Conceição Tavares (1930- ) ........................... 367 Matías Vernengo, Bucknell University Perfil biográfico de los autores ................................... 395
PRÓLOGO José Antonio Ocampo Profesor de la Universidad de Columbia, ex secretario ejecutivo de la CEPAL y ex secretario general adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Económicos y Sociales Quiero felicitar a Juan Odisio y Marcelo Rougier por la excelente idea de publicar esta obra con las reseñas de diez grandes intelectuales del pensamiento estructuralista latinoamericano, a quienes caracterizan correctamente como el «núcleo duro» de una generación de pensadores económicos de la región. El primero de ellos es, por supuesto, Raúl Prebisch, sin duda el «padre fundador» y el «maestro» del estructuralismo, que como corriente de pensamiento partió con lo que Albert Hirschman vino a denominar como el «manifiesto latinoamericano», el documento seminal que Prebisch preparó para la reunión de la CEPAL de 1949. Le siguió una generación de economistas por entonces jóvenes, pero que se transformaron en grandes pensadores de esta escuela de pensamiento: Aníbal Pinto, Víctor Urquidi, Celso Furtado, Juan Noyola Vázquez, Horacio Flores de la Peña y Hélio Jaguaribe. Esta lista se complementó con otros posteriores, que también harían grandes contribuciones a esta escuela: Aldo Ferrer, Osvaldo Sunkel y Maria da Conceição Tavares. Muchos de ellos fueron funcionarios de la CEPAL, comenzando nuevamente con Prebisch. La CEPAL se transformó, con ellos, en el centro del pensamiento estructuralista, como lo sigue siendo hasta nuestros días. Tal vez conviene agregar que, gracias a sus trabajos de alta calidad, convirtieron a la CEPAL en el principal centro de pensamiento de las Naciones Unidas, y así continúa hasta nuestros días, por encima del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales y de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Las ideas iniciales formuladas por Raúl Prebisch tenían como referencia la naturaleza del sistema económico internacional, que caracterizó como « centro-periferia». Uno de sus elementos dominantes era la especialización de la periferia en productos básicos y la importación de productos manufac-
[16] Juan Odisio y Marcelo Rougier va autonomía. Sin las ideas, sin el pensamiento, sin las mentalidades no hay posibilidad de adentrarse al campo de la historia social. Por ello, aunque los estudios responden a la impronta que sus autores decidieron darle a su estudio, en un plano general la propuesta del libro hace converger, en la práctica investigadora y en la teorización historiográfica, la historia económica y social con la historia de las ideas. De ese modo, cada capítulo ilumina aspectos fundamentales de la trayectoria biográfica de diez grandes intelectuales del pensamiento económico latinoamericano del siglo XX, a la vez que —visto de conjunto— el libro habilita una aproximación a las potencialidades y limitaciones económicas y sociales de los países de la región, así como de las políticas públicas encaradas y de los debates suscitados en torno a las posibilidades de acelerar su desarrollo económico. En parte importante, también permite aproximarse a la historia de la Comisión Económica Para América Latina y el Caribe (CEPAL), organismo de la ONU al que la mayoría de ellos se vinculó. Los intelectuales aquí abordados han sido elegidos por la relevancia y transcendencia de sus aportes originales al análisis de los problemas del desarrollo latinoamericano, respetando un abanico lo suficientemente amplio de orígenes nacionales ( Argentina, Chile, Brasil y México) de forma que pueda cubrir distintas tradiciones y experiencias. Los estudios están ordenados cronológicamente a partir de la fecha de nacimiento de cada pensador, ya que ello da una primera idea del lugar histórico de su actuación y formulación teórica (aun cuando puedan haber comenzado su producción intelectual en diferentes momentos de su trayectoria). El primer pensador que se estudia es Raúl Prebisch, nacido en 1901, a quien sin duda puede considerarse el «padre fundador» de los desarrollos teóricos de la región en los cuales abrevarían en gran medida el resto de los exponentes seleccionados, quienes, por lo demás, muchas veces lo llamaban o consideraban su «maestro»; de hecho, casi todos ellos escribirían luego sesudas semblanzas sobre su figura y la trascendencia de sus ideas. En esa generación posterior, separada por alrededor de veinte años, se ubican Aníbal Pinto, Víctor Urquidi, Celso Furtado, Juan Noyola Vázquez, Horacio Flores de la Peña y Hélio Jaguaribe; se trata de un grupo que ha terminado sus estudios y que tienen entre 26 y 30 años cuando se publica el impactante «manifiesto latinoamericano» (según la definición de Albert Hirschman, 1961) de 1949, que tuvo a Prebisch como responsable directo. Finalmente, se encuentran Aldo Ferrer, Osvaldo Sunkel y Maria da Conceição Tavares, nacidos alrededor de una década después (y dentro de un lapso de tan solo tres años entre sí) respecto a los primeros del grupo anterior, a quienes incluso llegan a tener
[17] Presentación. Pensando el desarrollo latinoamericano en la segunda mitad… como referentes o mentores1. Este posible reagrupamiento etario no enfatiza el clivaje, sino que lo obtura y diluye en una mirada más general que ubica al conjunto de los pensadores analizados en el volumen, incluido Prebisch, como parte de una misma primera gran generación de teóricos del desarrollo latinoamericano, con búsquedas y retos compartidos, una construcción colectiva que implicó incluso intercambios frecuentes entre ellos —cuando no vínculos de amistad— y compromisos políticos y trayectorias personales afines. En suma, como hombres de un tiempo, su tiempo. La mayoría de los intelectuales escogidos estaba en plena etapa de formación hacia 1950 y sus aportes intelectuales comenzaron a desplegarse a partir de la segunda mitad de esa década y en los años sesenta, cuando ya la CEPAL estaba consolidada como organismo difusor del pensamiento económico latinoamericano y era identificada con un método de análisis y enfoque propio, conocido como «histórico-estructural», que daba prioridad a una perspectiva del largo plazo. En rigor, al decir de Love (2005), el trabajo de Prebisch sirvió de modelo e inspiración para un nutrido conjunto de estudios de casos de países que se realizaron por esos años: Celso Furtado (1959) se ocupó de la experiencia brasileña, Aníbal Pinto (1959) estudió el caso de Chile y Aldo Ferrer (1963) el de Argentina, y un poco después Sunkel y Paz (1970) hicieron el ejercicio de analizar toda la región bajo esa óptica. En términos más generales, la propuesta de entender la realidad latinoamericana bajo el enfoque «centro-periferia» —que Furtado reconoció como el principal aporte conceptual de Prebisch— brindó el marco analítico a toda la escuela «estructuralista». Desde ese basamento, buscaron una teorización a través de la observación de la realidad de los problemas económicos de América Latina. Respecto a las derivas y los temas particulares abordados, sus variaciones y su originalidad en cada caso devinieron —al menos en parte— de las propias experiencias nacionales. Es decir, la visión estructuralista se vio mediada por la lectura de la situación de cada país donde cada autor se formó o confrontó con su realidad. Por otra parte, el objetivo de este libro no es discutir la complejidad y la armonía de las ideas centrales de esa «escuela». La recons1 Los estudios internacionales sobre el campo profesional de las y los economistas muestran que, por distintas razones, este ha sido un ámbito tradicionalmente masculino y Latinoamérica no parece haber sido la excepción. En efecto, fueron muy pocas las mujeres que lograron quebrar esa hegemonía y destacarse como economistas en la región: Tavares es presumiblemente la más brillante de su generación. Un análisis pionero en esta dimensión, que estudia el papel de las economistas mujeres en la CEPAL, es el de Gómez Betancourt y Orozco Espinel (2018).
[18] Juan Odisio y Marcelo Rougier trucción de la teoría estructuralista como un todo ya ha sido ensayada, con distintos resultados y propósitos, por otros investigadores. Por supuesto, los autores seleccionados no agotan exhaustivamente el listado de economistas e intelectuales de esa misma generación que se hubieran podido incorporar a este libro. Nombres como los de Jorge Ahumada, Antônio Barros de Castro, Manuel Balboa, Regino Boti, Fernando Henrique Cardoso, Hollis Chenery, Ricardo Cibotti, Rosa Cusminsky, Carlos Díaz Alejandro, David Felix, Alberto Fracchia, Albert Hirschman, Carlos Lessa, Carlos Lleras Restrepo, Ifigenia Martínez, José Antonio Mayobre, José Medina Echavarría, Pedro Paz, Octavio Rodríguez o Dudley Seers, entre otros, hubieran podido encontrar aquí un oportuno lugar dentro de los estudiosos más relevantes del desarrollo latinoamericano. Sin embargo, más allá de toda consideración respecto a la trascendencia de sus ideas o incluso la disponibilidad de investigadores dispuestos a escribir sobre ellos, creemos que las diez figuras elegidas conforman el «núcleo duro» de una generación de pensadores nacidos en la región, cuya intervención se produjo principalmente durante el auge de las preocupaciones por el desarrollo económico y social de estas naciones. Después del capítulo de Prebisch, que rastrea la construcción del aparato conceptual cepalino con relativo detalle desde 1920 en adelante, el encuadre temporal de este libro atañe fundamentalmente a las décadas que transcurren entre 1950 y 1980 (que pueden corresponderse aproximadamente con los años que van desde la publicación del «manifiesto» en 1949 hasta la muerte de Prebisch, acaecida en 1986) y que a nivel estructural incumben al período de industrialización por sustitución de importaciones o de industrialización dirigida por el Estado. Durante esas décadas tuvo lugar el surgimiento y la consolidación del pensamiento estructuralista latinoamericano que se erigió como voz fundamental y guía de acción de las políticas económicas de muchos gobiernos de la región que estuvieron centradas en el impulso de la producción manufacturera. El cuerpo doctrinario desarrollista fue el correlato de ese proceso industrializador. Luego, a partir de la crisis de deuda disparada en 1982, comenzó a primar cada vez más un enfoque ortodoxo que se conjugó con el «pensamiento único» y el denominado «Consenso de Washington», ya en el marco del proceso de globalización e integración de la economía mundial y el abandono de las políticas de intervención estatal e industrialización en buena parte de la región. En ese contexto la prédica desarrollista languideció; una realidad económica y social más dificultosa se impuso también sobre las preocupaciones intelectuales y políticas. El foco pasó del desarrollo y el largo plazo a los problemas de la estabilización y la administración de una coyuntura difícil.
[19] Presentación. Pensando el desarrollo latinoamericano en la segunda mitad… Cierto es que las travesías vitales de los exponentes aquí tratados transcurrieron desde el inicio del siglo XX hasta la actualidad, con la particularidad de que todos los casos (con la excepción de Noyola Vázquez, quien falleció prematuramente a sus cuarenta años) tuvieron o tienen una gran longevidad y se mantuvieron activos hasta el final de sus días2. Por ese motivo, la extendida trayectoria de la mayoría de estos intelectuales les permitió ser testigos de esos cambios ideológicos que hicieron que las propuestas cepalinas —por lo menos en su formulación original— perdieran progresivamente potencia, audiencias y medios de difusión en las últimas cuatro décadas. Frente al auge neoliberal, estos autores debieron enfocar sus energías en responder a los ataques de la economía neoclásica (y monetarista en particular), apartándose de la construcción de la teoría del desarrollo. Los estructuralistas nunca habían eludido el señalamiento de los límites y problemas que la industrialización había traído, como tampoco abandonaron la convicción de que su profundización era el camino correcto, aunque las apreciaciones negativas de las formas específicas que asumió el crecimiento industrial en la región se fueron extendiendo cada vez más. Esas críticas fueron de alguna manera reapropiadas por el discurso liberal (tanto latinoamericano como en el mundo desarrollado) en su embate contra la economía política de la industrialización dirigida por el Estado. Si bien los cambios de la economía mundial después de 1973 restaron condiciones de posibilidad a la estrategia cepalina, sus promesas no se habían cumplido a cabalidad: a pesar de avances innegables luego de casi medio siglo de industrialización, con tasas de crecimiento que llegaron a ser importantes, ningún país latinoamericano había logrado cruzar el umbral definitivo del subdesarrollo. No se había logrado superar la gran debilidad de la capacidad de importación y se mantenía una insuficiencia en la producción de manufacturas básicas, además de subsistir una fuerte inestabilidad política. En esas circunstancias, la creencia de que la industrialización era la llave del desarrollo fue puesta en tela de juicio, incluso por autores de la misma CEPAL (Rougier, 2016). Asediados por la ofensiva doctrinaria y una realidad decepcionante, quienes entre 1949 y 1982 habían liderado la discusión por el desarrollo parecieron quedarse sin respuestas y se vieron muchas veces obligados a adoptar una posición a la vez crítica y defensiva. 2 Salvo el malogrado Noyola que falleció a los 40 años y Pinto que falleció a los 77, el resto superó holgadamente los ochenta años: Furtado (84 años), Prebisch (85 años), Urquidi (85 años), Flores de la Peña (87 años), Ferrer (88 años) y Jaguaribe (95 años); por su parte, Sunkel y Tavares han pasado ambos los 90 años y siguen en actividad.
[20] Juan Odisio y Marcelo Rougier Desde el punto de vista del despliegue de las ideas económicas, el período se encuentra definido, en gran medida, por la percepción y la particular interpretación de los acuciantes problemas de las economías latinoamericanas como periferia y apéndice de las economías centrales, situación que se expresaba fuertemente a través de los flujos financieros, los precios de los productos de exportación e importación y el acceso a la tecnología, entre muchas otras variables que definían las características de estas economías, tipificadas por la ortodoxia eurocéntrica como «atrasadas» o «subdesarrolladas»: escasa incidencia de la industria en el producto; bajos coeficientes de ahorro nacional e inversión; baja productividad; endeble tecnificación y mecanización; débil integración regional; desigual distribución del ingreso; pobreza y exclusión social, etcétera. En pocas palabras, el subdesarrollo se caracterizaba (y entendía) por la falta de integración y movilidad económica, social y territorial, por profundos desequilibrios estructurales y por recurrentes estrangulamientos críticos (en los niveles de la ocupación, la infraestructura y el balance de divisas). Prebisch fue quizás el primero en recoger el desafío fundamental para poder atacar la resolución de estos problemas en el contexto de la segunda posguerra: desplegar un marco teórico propio que reconociera las particularidades de la región en su relación con la economía mundial. En otras palabras, consideraba que no podían aplicarse las teorías y los desarrollos conceptuales elaborados en el «centro», sobre todo los basados en la economía neoclásica, y debía acometerse primordialmente esa tarea en Latinoamérica, lo que no solo tenía una dimensión teórica, sino también práctica. Una mejor comprensión de los problemas específicos de las sociedades de la región era el imperativo para generar herramientas e instituciones adecuadas para enfrentarlos. La política económica era el objetivo de la búsqueda intelectual y el desarrollo era su motivación íntima. Ese mandato intelectual y político sería apropiado por la generación siguiente de pensadores, tal como se estudia en este libro. Con sus matices, reformulaciones y desarrollos originales, todos compartían esa idea del vacío teórico para comprender la realidad de los países periféricos y se abocaron a construirla, estuvieran o no formalmente vinculados a la CEPAL. Si bien cada capítulo centellea por sí mismo y puede leerse por separado (dado que las ricas trayectorias personales definen aristas y dimensiones políticas, económicas y culturales que desbordan las motivaciones de esta obra e incluso el marco temporal donde está puesto el foco), el conjunto de los estudios permite acceder a una idea no solo de las múltiples intersecciones (personales e intelectuales) entre estas figuras, sino también de los contornos
[21] Presentación. Pensando el desarrollo latinoamericano en la segunda mitad… de la teoría latinoamericana del desarrollo en sí. En este sentido, reparamos en que existen tanto aquilatadas historias del pensamiento que abordan esa teoría desde distintas perspectivas (desde la reconstrucción conceptual, la historia intelectual y su cultura organizacional) como buenas biografías individuales de algunos de los economistas aquí estudiados, como Ferrer, Furtado, Prebisch o Urquidi3. Lo que falta es una historia realmente comparativa, que ilumine los numerosos cruces entre los autores del «núcleo duro» del estructuralismo4. Este libro no salda de modo definitivo esa tarea, pero constituye un paso importante desde la perspectiva de la historia de las ideas al permitir identificar una clara «comunidad epistémica», esto es, el funcionamiento de una red de actores con experiencia y competencia en un dominio profesional particular desde el cual se distingue un área-problema ordenador, una suerte de semiótica discursiva del desarrollo latinoamericano. Desde un punto de vista metodológico, se partió de criterios comunes que consideraran diferentes dimensiones de análisis; así, cada capítulo supera el mero plano de las ideas para incorporar la actividad política, la gestión, las iniciativas académicas institucionales, etc. Si bien ello supone una relativa heterogeneidad en el tratamiento de los pensadores, dados los diferentes énfasis en cada trayectoria y perspectiva de abordaje, la obra se refuerza al posibilitar una imagen rica en aristas que se funde en la integridad del conjunto. Es posible que aquel «proyecto pedagógico» de Prebisch, de formación de economistas con una visión propia sobre los problemas del desarrollo latinoamericano, fuera materializado durante la siguiente generación con sus seguidores más destacados. Es llamativo que los economistas estructuralistas no solo compartieron una misma orientación teórica, sino que siguieron trayectorias sorprendentemente similares en muchos puntos: recurrieron, por ejemplo, casi a las mismas estrategias de intervención en el ámbito universitario, académico, institucional y político. Esto habilita y promete enormes resultados en esa historia comparativa del pensamiento y los pensadores del desarrollo latinoamericano que está todavía por escribirse. 3 Dentro de una literatura muy amplia, los trabajos (propiciados por la propia institución) de Bielschowsky (1998) y Rodríguez (1980) son estudios imprescindibles sobre el aporte teórico cepalino. 4 Referido al pensamiento económico latinoamericano del período previo, un trabajo con abordaje e intenciones relativamente similares es el de Gondra et al. (1945).
[22] Juan Odisio y Marcelo Rougier Las concurrencias entre estos intelectuales, aquellas que nos dan indicios sobre la trama del tiempo, el clima de una época, sus anhelos, representaciones y temores compartidos, se expresan en diversos planos. Aquí señalamos al menos tres: los rasgos comunes de la formación inicial (por ejemplo, en instituciones u organismos del exterior), las búsquedas y las formulaciones teóricas (por ejemplo, en la preocupación por la intervención estatal, la industrialización o la inflación), y el compromiso asumido en tareas de gestión a nivel nacional y latinoamericano (en secretarías o ministerios de sus respectivos países, como asesores de gobiernos o como funcionarios de organismos internacionales: Naciones Unidas, CEPAL, Banco Interamericano de Desarrollo, etc.). En esta dimensión, también debiera considerarse que muchos de ellos fueron fuertes impulsores de espacios académicos, institutos o publicaciones científicas o de divulgación de temas y perspectivas vinculadas al desarrollo económico latinoamericano. En lo que respecta a la formación, es notable que muchos de los intelectuales aquí tratados hayan estudiado o completado sus estudios en universidades del extranjero, en particular europeas; tal es el caso de Furtado y Tavares en París, Pinto, Urquidi y Sunkel en Londres o Flores de la Peña en Washington. También varios de ellos completaron su formación o se incorporaron a los entonces jóvenes organismos internacionales, más allá de la propia CEPAL: Ferrer y Flores de la Peña formaron parte de las Naciones Unidas, Noyola se desempeñó en el Fondo Monetario Internacional y Urquidi en el Banco Mundial, por ejemplo. Haría falta una indagación más propiamente biográfica para dilucidarlo, pero es también posible que los orígenes sociales y familiares de cada uno de estos economistas —más allá de los determinantes del momento histórico en que vivieron— tuvieran ciertos rasgos de similitud respecto a sus raíces que los impulsaron a tomar decisiones semejantes respecto a su formación universitaria, su orientación ideológica y su posterior práctica profesional. Todos los pensadores estudiados tuvieron un vínculo estrecho con la CEPAL y el corpus de ideas que emanaba del organismo. En algunos casos la participación fue formal y decisiva y en otros, si bien nunca pertenecieron al organismo, fueron contratados como asesores o para realizar trabajos específicos (tales son los casos de Flores de la Peña, Ferrer y Jaguaribe, autores —de todos modos— plenamente identificados con la prédica cepalina). Por ejemplo, Prebisch fue secretario ejecutivo de la institución prácticamente desde sus orígenes y su gran impulsor e inspirador a través de la elaboración y la dirección de numerosos informes y documentos; Furtado, Noyola, Pinto, Tavares y Sunkel se desempeñaron en la sede central de Santiago de
[23] Presentación. Pensando el desarrollo latinoamericano en la segunda mitad… Chile; Urquidi fue fundador y director de la CEPAL de México y Sunkel de la sede en Río de Janeiro, cargo que también asumió Pinto en los años sesenta y luego Tavares. La mayoría de ellos estuvieron involucrados además con el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES), el gran organismo que la CEPAL inauguró en 1962 para la formación de los funcionarios económicos de la región. Por otro lado, como señalamos, estos referentes asumieron cierto compromiso político, si bien diferenciado o con distintos niveles de intensidad y formalidad, muchas veces velado por una autodefinida «neutralidad técnica» que los ubicaba dentro del amplio campo del reformismo económico. Es que el desarrollo teórico solo tenía sentido en su aplicación práctica, en la intervención pública. Esa compartida vocación por la intervención parecía provenir de su autorreconocimiento como poseedores de un saber estrictamente «técnico» que podía y debía aplicarse para el logro de los objetivos de transformación sustentados en el constructo de sus desarrollos conceptuales y teóricos. Con todo, las diferencias de los encuadres políticos fueron notorias y muchos de ellos se encontraron en posturas radicalizadas (como fue el caso de Noyola Vázquez y su participación en la Revolución cubana) o se acercaron a los ideales socialistas, como Pinto o Tavares. Por otra parte, su participación política también implicó el exilio político en momentos de gobiernos dictatoriales, como ocurrió con los economistas brasileños (Furtado, Jaguaribe y Tavares), por ejemplo. La deriva conceptual, en el contexto de finales de los años sesenta, también permitió la reapropiación de esas posturas típicamente reformistas por parte del discurso crítico de la naciente teoría de la dependencia. La restricción externa, expresada bajo la lente de las teorías del imperialismo y el marxismo, dio pie a vertientes más radicales del discurso económico que proponían que la superación de las limitaciones identificadas por la CEPAL no era posible bajo el sistema capitalista y sin una propuesta de mutación social de las formaciones económicas de la región. Los dependentistas tomaron la propedéutica estructuralista, pero derivaron una recomendación diferente: la única solución posible para los problemas latinoamericanos era avanzar hacia el socialismo. Otra dimensión común en la trayectoria de los economistas aquí estudiados es que prácticamente todos desplegaron su compromiso con la gestión pública en muy diferentes cargos o como asesores y no solo en sus países de origen, aunque siempre vinculados a la problemática del desarrollo económico y social. En general, participaron en instituciones financieras y organismos de planificación: por ejemplo, Prebisch se desempeñó en el Banco Central
[24] Juan Odisio y Marcelo Rougier de la República Argentina; Noyola Vázquez, en la Junta de Planificación Central de Cuba; Furtado fue ministro de Planeación, trabajó en el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) y en varios organismos de planificación regional en Brasil; Ferrer fue ministro de Obras Públicas y de Economía de su país y también fue presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires; Tavares trabajó en el Ministerio de Economía de Chile y en el BNDES; Urquidi, en el Banco de México; Flores de la Peña, en el Banco de Crédito Agrícola; Jaguaribe, por su parte, fue secretario de Ciencia y Tecnología del gobierno de su país. Algunos se desempeñaron incluso en cargos diplomáticos de relevancia (Furtado fue embajador en Bruselas, Ferrer en París, y también Flores de la Peña en París y otros destinos). Asimismo, como intelectuales y académicos impulsaron o tuvieron a cargo distintos cursos universitarios en sus países de origen y en el exterior: Prebisch y Ferrer en la Universidad de Buenos Aires (UBA), Furtado y Tavares en la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Jaguaribe en las Facultades Integradas Candido Mendes y la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, Pinto y Sunkel en la Universidad de Chile, Flores de la Peña y Urquidi en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), etcétera. Además, varios de ellos tuvieron cátedras formales en universidades europeas o norteamericanas, como Furtado en Yale, Cambridge y París, Jaguaribe en Harvard o Tavares en París. En un plano de mixtura entre desarrollo teórico e intervención pública, se puede destacar la activa participación de estos intelectuales en la conformación de institutos o centros de investigación, así como en la organización o la dirección de revistas académicas vinculadas a las problemáticas del desarrollo económico y que fueron (e incluso algunas continúan siendo) de gran relevancia para la circulación del pensamiento económico de la región. Por ejemplo, Jaguaribe tuvo una activa participación en la creación y la conducción del Instituto Superior de Estudios Brasileiros (ISEB) y del Instituto de Estudios Políticos, Económicos y Sociales (IEPES) y fue director de Cadernos do Nosso Tempo; Furtado fue director de la Revista Económica Brasilera; Ferrer participó de la creación del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), que asumió la publicación de Desarrollo Económico (antes publicada por la Junta de Planificación de la Provincia de Buenos Aires, inducida por el propio Ferrer), y junto a Urquidi y Jaguaribe impulsaron la organización del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) a mediados de la década de 1960. Más tarde Prebisch creó y fue el primer director de la Revista de la CEPAL, cargo que luego ejerció Pinto, quien también dirigió Panorama Económico y Pensamiento Iberoamericano, revista de economía política, además de
[25] Presentación. Pensando el desarrollo latinoamericano en la segunda mitad… participar activamente en la Corporación de Estudios para Latinoamérica (CIEPLAN) y dirigir la Escuela Latinoamericana para Graduados de la Universidad de Chile; Urquidi fue director del Centro de Estudios Económicos y Demográficos del Colegio de México (Colmex) y fundador de varios colegios y centros de investigación en ese país, además de dirigir el prestigioso El Trimestre Económico, por ejemplo. El entramado institucional que dio sustento a estas trayectorias permitió además un profuso y fructífero intercambio intelectual, cuyo epicentro era la propia CEPAL. Partiendo del prisma interpretativo presentado en 1949 y que fue «el signo herético que presidió siempre sus destinos» (Prebisch, 1963, p. ix), se fueron desplegando análisis paralelos o con una amplia circulación mutua de conceptos. El análisis bajo la perspectiva centro-periferia, la centralidad de la restricción externa y el deterioro de los términos de intercambio, la necesidad de establecer una política de planificación «racional» para superar la consabida heterogeneidad regional (el «atraso»), la búsqueda de la industrialización sin sacrificar al sector primario, las ventajas de la integración económica, el problema de la desigual distribución del ingreso o los antagonismos y limitantes internos al desarrollo (tanto económicos como sociales) constituyeron vocablos fundamentales de la lingua franca de esta generación de intelectuales. Como adelanto de algunas de las reflexiones que se desprenden de este libro, merece destacarse la problemática «teoría estructuralista de la inflación», que desde los aportes pioneros de Noyola Vázquez y Sunkel a mediados de la década de los cincuenta (y con importantes antecedentes en Ferrer, Flores de la Peña y Furtado) fue retomada por Prebisch y otros autores para responder a la visión monetarista. Ellos consideraban que la raíz del problema inflacionario eran los limitantes «estructurales» —la inadecuación de las estructuras económicas— que impedían el ajuste de cantidades y precios en los mercados, y no una excesiva emisión monetaria fruto de los desbalances fiscales. De hecho, este debate —de amplia circulación a comienzos de los años sesenta— le dio el nombre a la teoría cepalina denominada «estructuralismo». Por otro lado, partiendo de las ideas prebischianas y pasando por Furtado, Aníbal Pinto fue el primero en introducir la noción de «heterogeneidad estructural» que permitió complejizar el análisis de la periferia (con su propio centro y periferia) y también planteó el «método histórico-estructural» como la particularidad que diferenciaba a la doctrina estructuralista de otras escuelas de pensamiento económico. También todos, prácticamente sin excepción, fueron críticos tempranos de los excesos y los límites de la industrialización
[32] Juan Odisio Figura 1. Frecuencia relativa de aparición del término «Prebisch» en la base de datos de Google Books en español (arriba) e inglés (abajo), 1919-2019 0.0000000% Prebisch Prebisch 0.0000050% 0.0000100% 0.0000150% 0.0000200% 0.0000250% 0.0000350% 0.0000300% 0.0000400% 0.0000450% 19301920 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 0.0000000% 0.0000050% 0.0000100% 0.0000150% 0.0000200% 0.0000250% 0.0000350% 0.0000300% 19301920 1940 1950 1960 1970 1980 1990 2000 2010 Fuente: Google Books Ngram Viewer (2020).
[33] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) cultural4. Raúl hizo en Tucumán sus estudios escolares menos el último año, que terminó en el Colegio Nacional de Jujuy. En 1918 —año de la Reforma Universitaria— se trasladó a la capital del país a estudiar en la flamante Facultad de Ciencias Económicas (FCE) de la Universidad de Buenos Aires, establecida apenas cinco años antes. Como dijo Osvaldo Sunkel, Prebisch «provino de la periferia de la periferia, para llegar enseguida a lo que podría en aquellos tiempos considerarse el centro de la periferia: una magnífica Buenos Aires que a comienzos del siglo pasado era una auténtica capital europea implantada en América del Sur» (citado en Mallorquín, 2012, p. 53). En la FCE fue rápidamente identificado como un alumno aventajado por Eleodoro Lobos (el decano de la facultad), Luis Roque Gondra (el economista más destacado de su generación), los hermanos Alejandro y Augusto Bunge, miembros de una importante familia del establishment local, y también por otros profesores. En la facultad la formación estaba caracterizada por el marginalismo de influencia paretiana, en lo que Fernández López (2008) denominó la «era de Gondra», quien ocupaba la cátedra de Economía Política desde 1920. De cualquier manera, desencantado por la mediocridad de la mayoría de sus profesores, la formación iconoclasta y autodidacta de Prebisch lo llevó a estudiar por su cuenta desde los marginalistas a los economistas marxistas y gracias a su dominio de varios idiomas (francés, italiano, inglés) tradujo a importantes y diversos autores, como Adolph Wagner, Enrico Barone, Maffeo Pantaleoni o John H. Williams5. Políticamente, el joven estudiante se sintió atraído por las grandes personalidades del Partido Socialista como Juan B. Justo (primer traductor de El capital al español) y Alfredo Palacios (primer legislador socialista electo en 4 Su hermano Alberto estudió arquitectura en Buenos Aires y, tras recibirse en 1921, realizó una estancia en Francia. Tras su regreso en 1924, renovó la arquitectura nacional influenciado por Le Corbusier. La «primera etapa de la obra de Prebisch podría interpretarse en términos de traducción, como una reinterpretación de los principios del movimiento moderno internacional a la luz de los problemas específicos que se plantean los arquitectos y comitentes locales» (Novick, 1997, pp. 3-4). No es del todo diferente a lo que Raúl intentará hacer con la economía. Además de ocupar diversos cargos universitarios y políticos, Alberto Prebisch fue el autor del obelisco porteño en 1936, monumento conmemorativo del cuarto centenario de la ciudad y que es idéntico al que Le Corbusier había bosquejado en 1922 para el centro de París en su proyecto La Ville Contemporaine. 5 La influencia en el pensamiento de Prebisch de la interpretación de Williams (profesor de Harvard y vicepresidente del Banco de la Reserva Federal de Nueva York) sobre los problemas de balanza de pagos en los países «jóvenes» (y en particular en Argentina) es analizada en detalle en Brenta (2017).
[34] Juan Odisio América, en 1904). Ellos, con Augusto Bunge, Antonio de Tomaso, Nicolás Repetto, los hermanos Adolfo y Enrique Dickman y Federico Pinedo, entre otros, discutían apasionadamente los problemas económicos del momento en la arena pública y el Congreso Nacional. Si bien Prebisch leyó por su cuenta El capital en 1919, no aceptaba plenamente la idea marxista de la lucha de clases como motor de la historia y prefería utilizar la expresión del socialista reformista Filippo Turati de «cooperación de clases» (Mallorquín, 2010). En 1920 Prebisch se destacó en el curso de Augusto Bunge en la FCE y a partir de allí forjó una relación de amistad con el médico y entonces diputado socialista (Bunge, 2014), gracias a lo cual comenzó a participar de las reuniones de intelectuales, políticos y artistas que los domingos tenían lugar en la casa de Bunge y fue el padrino «laico» de su hijo Mario, luego famoso físico y filó sofo. A instancias del dirigente socialista, Prebisch escribió el que consideraba su primer artículo original, en el que criticaba la posición de Justo sobre la política de salarios: Augusto Bunge era hombre de gran talento y visión universal, y tenía un papel eminente en el partido socialista. En mi primera conversación con él, creo que en 1920, en la cual quedé fascinado, me preguntó qué pensaba de la plataforma del partido. Muchas cosas buenas y otras que no lo son, le dije; entre estas últimas, el demandar el pago de salarios en oro (concepto muy neoclásico) para combatir la inflación. Me pidió inmediatamente un artículo para la revista La Hora, que él dirigía desde la izquierda del partido. Fue mi primer artículo en que, posiblemente con pedantería juvenil, demostraba que el oro también se había desvalorizado. También tenía Augusto Bunge una posición crítica acerca de este asunto y la publicación de mi artículo le fue claramente recriminada por la jerarquía. Cuando comprobé esta expresión de dogmatismo arrojé al canasto mi solicitud de entrar al partido, que por coincidencia yo había firmado en ese mismo momento (Prebisch, 1982, p. 16). También en 1920 había comenzado a publicar en la Revista de Economía Argentina, fundada por el ingeniero Alejandro Bunge dos años antes. Prebisch lo llamaría luego «el primer apóstol de la industrialización», aunque su relación se inició en el seminario que el ingeniero dictó sobre «costo de la vida y poder adquisitivo de la moneda», tema que evidentemente interesaba a Prebisch. Al año siguiente ya participaba como profesor en el seminario de investigación de Bunge, quien además le abrió las puertas a su primera experiencia en una oficina estatal, la Dirección de Estadística que él dirigía. Poco después lo incorporó también a su cátedra de Economía en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de La Plata. Con todo, la influencia de los socialistas, fuertemente inclinados al librecambio, lo alejaron de
[35] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) las posiciones industrialistas de Bunge y su grupo, vinculados al catolicismo social (ver Rougier & Odisio, 2017, cap. 1). En 1983 recordó esa experiencia: Tenía yo bastante respeto por él, pero no me produjo la impresión de un hombre sólido, como Justo y como los otros que siguiendo la teoría de la división internacional del trabajo atacaron la industrialización en la Argentina. Con todo, los hechos le dieron la razón a Bunge. Fue él el primer apóstol de la industrialización en la Argentina. Y allí yo empecé a separarme de él porque consideraba que estaba en una posición errada (González del Solar citado en Mallorquín, 2006, p. 23). El trabajo más importante del Prebisch estudiante fue elaborado en respuesta a un libro de Norberto Piñero. Este banquero y profesor de la FCE había escrito una historia bancaria de la Argentina en la que sostenía que el ciclo económico local era una réplica del europeo. El tucumano encaró una detallada crítica, que publicó en varias notas de la Revista de Ciencias Económicas en 1921 y 1922 bajo el título «Anotaciones sobre nuestro medio circulante»6. Procuró dar allí una interpretación sistemática y no un simple recuento de los cambios en el sistema financiero nacional a lo largo del tiempo. Los «períodos de ilimitada confianza y prosperidad» eran seguidos por «colapsos más o menos intensos, precipitados en pánicos», aunque «cada uno de estos ciclos no se presentan exactamente en las mismas condiciones ni con idéntico carácter; pero, considerados en conjunto, es posible encontrar en ellos, hechos fundamentales que se repiten, cuyo análisis permite formular síntesis acerca de su evolución» (Prebisch, 1991, vol. I, p. 95). Además de remontar un siglo de historia financiera, Prebisch encontró que la explicación convencional de Piñero acerca del ciclo era inadecuada para entender la dinámica de corto plazo de la economía argentina. Existían diferencias sustantivas con las economías europeas, que emergían de una estructura productiva, financiera, fiscal y bancaria menos desarrollada. La euforia de un sistema financiero inmaduro llevaba a que en el auge (explicado por la entrada de capitales) se diera una situación insostenible de expansión crediticia, importación de bienes «no esenciales» e impulso de actividades especulativas. Estos «factores subjetivos» hacían más dura la caída al revertirse el ciclo, cuando el déficit en cuenta corriente se volvía insostenible. En 6 Esta era la revista del Centro de Estudiantes y en 1921 se transformó en la publicación oficial de la Facultad y del Colegio de Graduados en Ciencias Económicas. Desde ese año y hasta 1923, Prebisch, en representación de los estudiantes, compartió la dirección de la Revista de Ciencias Económicas con Alfredo Palacios.
[36] Juan Odisio adición, esto impedía que el ajuste de la tasa de interés contrarrestara los desbalances externos como preveía la teoría convencional. El crecimiento de las importaciones y del servicio de la deuda y el descenso de los flujos financieros eran inelásticos a la evolución del producto y seguían pesando sobre la demanda de divisas, aunque se hubiera desatado una crisis interna. En ese marco, los parámetros que determinaban las características de cada crisis eran la capacidad del sistema bancario para expandir y contraer el crédito, la velocidad de circulación del dinero (Prebisch sostenía la teoría cuantitativa siguiendo a Irving Fisher) y la fuerza de la demanda de importaciones. Para Prebisch, los efectos que no habían sido debidamente reconocidos para explicar el ciclo argentino eran la influencia de factores externos (demanda internacional y flujos de capitales) y los condicionantes internos, que surgían de la particular formación de expectativas que del sistema bancario se trasladaban a inversores y consumidores (Gurrieri 2001). El joven estudiante intentó ofrecer una nueva explicación del ciclo argentino, en el cual destacaba tres factores y cuatro referentes: la exogeneidad del flujo de capitales (tomado de Mijaíl Tugán-Baranovski), los efectos sobre el tipo de cambio de los movimientos en el balance de pagos (influencia de Frank W. Taussig y de Williams), y la dinámica del ciclo de acuerdo con las fases de Fisher. Estos conceptos le permitían exponer el funcionamiento del «patrón oro esporádico» en Argentina y definían cuatro fases derivadas de la relación entre el saldo externo y la política monetaria interna. En particular, los puntos de quiebre no eran los que había señalado Fisher, quien consideraba el funcionamiento de una economía cerrada, sino que obedecían a factores externos («objetivos») que impactaban sobre el balance de pagos: las entradas y salidas de capital. Por esto, Sember (2013, p. 392 [trad. propia]) indica que «la explicación de Prebisch tomaba en cuenta que la Argentina tenía una estructura productiva diferente y estaba integrada al sistema económico internacional como un país primario exportador. Sin embargo, su uso de la teoría cuantitativa le impuso ciertos límites a su explicación, y tenía importantes consecuencias para la política económica». Específicamente, porque sostenía el «liquidacionismo»; si se había producido previamente una expansión monetaria «artificial», la crisis era el mecanismo «natural» para eliminar las ineficiencias y reequilibrar la economía. Prebisch se graduó como contador público, pero no siguió los estudios de doctorado, desalentado tanto por el pobre ambiente intelectual de la facultad como por la necesidad de contar con un ingreso monetario que la carrera académica no le podía brindar. Cinco años más tarde todavía señalaba el rezago en la formación de los economistas del país en comparación con
[37] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) las universidades del mundo avanzado: «los estudios económicos habrían de recibir un enorme impulso en la Argentina, si nos preocupásemos de radicar en nuestros institutos de investigaciones un núcleo de economistas formados en las grandes escuelas europeas o norteamericanas. De ellos aprenderíamos los métodos y la disciplina científica de que hoy carecemos» (Prebisch, 1991, vol. I, p. 466). En los años siguientes, Prebisch fue forjándose una carrera destacada. Realizó trabajos de consultoría para el gobierno y la Sociedad Rural Argentina. Ocupó distintos cargos en el Estado que lo llevaron a ocupar el puesto de director de la Oficina de Investigaciones Económicas del Banco de la Nación en 1928, a ser subsecretario de Hacienda poco después y, desde 1935, a ser gerente general del Banco Central de la República Argentina, creado bajo su directa influencia (Sember, 2018a y 2018b). Además de las preocupaciones conceptuales por el ciclo que traía de joven, en ese período pasó de sostener el «liquidacionismo» a dudar de la eficacia de las teorías de origen marginalista para enfrentar la crisis, se vio influido por el nacimiento del keynesianismo, reflexionó sobre la caída en el largo plazo de los precios de exportación agrícola y fue adoptando una posición más favorable a una industrialización basada en el mercado interno (Rougier & Odisio, 2017). El exilio interior En junio de 1943, un golpe de Estado derrocó al gobierno de Ramón Castillo, identificado con el fraude electoral y la corrupción. Desde 1935 el Banco Central se había convertido en el ápex de la política económica argentina, y, si bien bajo el comando de Prebisch había logrado sortear con solidez las dificultades de la guerra, el economista era la figura más visible detrás de una estrategia que sus opositores caracterizaban como de entrega frente al imperialismo, favorable para la clase terrateniente y contraria a los intereses de las mayorías. Prebisch, atacado tanto por el nuevo grupo político en el poder como por presiones norteamericanas, fue obligado a renunciar y se refugió en sus clases de la FCE. Además, gracias al explícito y abierto reconocimiento de expertos internacionales como Ragnar Nurkse o Robert Triffin y de organismos internacionales como la Sociedad de las Naciones, el Banco de Pagos Interna cionales (BIS, por su sigla en inglés) y la Reserva Federal por la exitosa labor que había desplegado desde el BCRA, se transformó en un money doctor regional, que lo llevó a asesorar a los gobiernos de República Dominicana, Ecuador, Guatemala, Honduras y Paraguay entre 1943 y 1946 (Pérez Calden-
[38] Juan Odisio tey & Vernengo, 2019). En esos años recibió varias ofertas para enseñar e investigar en prestigiosas universidades norteamericanas (como Harvard) y para trabajar en los organismos financieros internacionales creados tras los Acuerdos de Bretton Woods (como el FMI), pero por distintas circunstancias —entre las que se hallaba el indisimulado anhelo de regresar a puestos de conducción económica en su país— no concretó esas posibilidades. Al dejar el BCRA, Prebisch inició la que consideraba la «primera etapa» en el despliegue de su pensamiento propio: Surgieron en mi mente algunos problemas teóricos importantes. ¿Por qué tenía que apartarme repentinamente de mis creencias arraigadas? ¿Por qué parecía necesario que el Estado desempeñara un papel activo en el desarrollo? ¿Por qué ocurría que las políticas formuladas en los centros no podían aplicarse en la periferia? Estas y otras reflexiones allanaron el camino para la etapa siguiente (Prebisch, 1983, p. 1077). En ese sentido, Prebisch proyectó un libro que reflejaría las lecciones que le había deparado la experiencia de los años anteriores. Se titularía La moneda y el ritmo de la actividad económica y tendría tres grandes secciones en las que explicaría, primero, su posición teórica, luego las decisiones y los resultados de su gestión al frente del Banco Central y en la tercera analizaría las opciones de política económica una vez terminada la guerra. El borrador daba cuenta de un notable acercamiento a las posturas del grupo Bunge. El libro tendría cinco proposiciones conexas con relación al papel del Estado y el mercado: la necesidad de desplegar una política financiera y monetaria autónoma para actuar sobre el ciclo; la propuesta de una industrialización «hacia adentro», impulsada por la caída persistente de los precios de exportación agrícola e inexplicada por las teorías económicas convencionales; la necesidad de fijar el rumbo de la asociación público-privada para evitar un excesivo (y pernicioso) estatismo en la nueva estrategia de desarrollo; el papel central del comercio exterior que debía procurar incrementar al máximo las posibilidades de exportación, ya que una política autarquista sería tan nociva como el librecambio; y, finalmente, la necesidad de lograr un balance entre intervención y libertades individuales, ya que para Prebisch la política social era necesaria, pero si se exageraba al punto de afectar la productividad sería contraproducente por el resultado inflacionario que desataría (Dosman, 2008). Si bien no consiguió apoyo editorial y el libro no pasó de ser un bosquejo preliminar, a partir de 1944 desarrolló ampliamente estas ideas en sus clases. Allí expresó que «hemos estado durante toda nuestra historia económica
[39] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) sometidos de continuo a un proceso de dilatación y contracción de nuestra actividad económica, provocado tanto por las exportaciones como por el movimiento de capitales extranjeros» (Prebisch, 1991, vol. III, p. 279). Pero —volviendo sobre inquietudes que traía desde sus años de estudiante— sostuvo que no era suficiente avanzar con una política de industrialización sustitutiva, ya que se debía tener en consideración la política monetaria y financiera de conjunto. En una clase siguiente, Prebisch analizó con detenimiento las posibilidades del Banco Central para mantener el ritmo de actividad frente a una caída de los ingresos externos. Suponiendo que se lograra equilibrar el balance de pagos restringiendo las importaciones, alertaba sobre el peligro de «la expansión desmesurada del crédito», detectando las limitaciones de la estructura industrial y la restricción para su rápido crecimiento en esas condiciones. El mantenimiento de una política de laxitud financiera acarrearía una presión sobre los precios porque «para expandir la producción sería necesario sustituir rápidamente las materias primas importadas por nacionales y fabricar en el país una parte de las maquinarias y equipos que antes se importaban: lo que requiere bastante tiempo y necesita un ambiente de confianza que no siempre se tiene en un proceso de inflación». De tal manera, señalaba que «el control de cambios podrá conseguir ficticiamente el equilibrio exterior, pero no evita la depreciación interna de la moneda provocada por el alza de los precios», lo que en adición traería «todas las consecuencias económicas y sociales que conocemos». Para terminar, refrendaba su crítica de que un mayor intervencionismo no era equivalente a una mayor independencia económica (Prebisch, 1991, vol. III, pp. 314 y 315). Prebisch presentó también algunas de las ideas proyectadas para La moneda y el ritmo de la actividad económica en el ciclo de conferencias que dictó como invitado del Banco de México a comienzos de 1944. Ese primer viaje a América del Norte significó además el descubrimiento de una dimensión mayor a la argentina para los problemas económicos que habían concitado su preocupación desde que era estudiante. Allí es cuando empezó a «construir» a América Latina como categoría (Caravaca & Espeche, 2016). Recuperando ideas previas, presentó en México su propuesta analítica central: la dinámica cíclica no dependía de factores internos, sino de la entrada y salida de capitales externos, y eso era una diferencia sustantiva de los países «agrarios y deudores» y, por lo tanto, entendía que «nuestras teorías sobre el ciclo argentino tienen que diferir fundamentalmente de las que explican el mismo fenómeno en los grandes países industriales y acreedores» (Prebisch, 1991, vol. III, p. 371).
[40] Juan Odisio La política económica no podía pensarse en términos abstractos, ya que tanto la «autarquía» como el «libre cambio» resultaban para Prebisch un «absurdo». Era fundamental distinguir los alcances de una política de control de importaciones, considerando sus límites técnicos y económicos; alertaba de que «es un grave error creer que para el éxito de una política como la que preconizamos —la de fortalecer la economía nacional y hacerla menos vulnerable a las influencias exteriores— haya de caerse necesariamente en la autarquía». Al respecto, señalaba que «sería un error producir a costos exorbitantes las maquinarias que un país requiere o los materiales de transporte si pueden comprarse a menor costo en el exterior pagándolos con nuestras exportaciones» (Prebisch, 1991, vol. III, pp. 137 y 138). Los dos elementos centrales que definieron la propuesta de Prebisch en los años cuarenta fueron las posibilidades y los límites de la industrialización y la interpretación del ciclo de los países latinoamericanos como parte de una dinámica global en la que Inglaterra antes y Estados Unidos luego ocupaban el lugar central. Más aún, a partir de las charlas en el Banco de México y sus clases en la FCE comenzó a delinear un nuevo entramado teórico. Al comenzar su curso de 1945 reconoció que en su labor como funcionario había carecido del sustento teórico necesario. Lo que había aprendido en la facultad era inadecuado y la intensidad de sus obligaciones prácticas posteriores le habían impedido desarrollar ideas propias al respecto. Entonces «comparó la teoría enseñada en la Universidad con mapas viejos, a los que hay que enmendarles los errores y actualizarlos. Estimó que los planes de estudio resultaban absurdos para el estudiante» y se propuso remediar la situación (Arana, 2016, pp. 7-8). En primer lugar, Prebisch se detuvo a reflexionar sobre las características de los «centros cíclicos». El manejo monetario de estos países les permitía actuar sobre su propio ciclo, pero afectaban las condiciones en las cuales se desenvolvían los países «periféricos». El ciclo en estos últimos dependía de factores fundamentalmente externos (Prebisch, 1991, vol. III, p. 378). Prebisch se enfocó en explicar el «movimiento cíclico universal». Vinculado a ello, un elemento analítico que fue destacando fue el rechazo a la noción del equilibrio general. En su curso de 1945 reconoció que se le atribuía «cierta proclividad intervencionista», a lo que respondía señalando que ello era una «necesidad ineludible» de la realidad: «Sería mucho mejor que los fenómenos se regulen por sí mismos […]. Que yo preconice ciertas formas de política económica no es porque me gusten o tenga preferencia por ellas. El problema no está en saber si nos agradan o no, sino en discernir con sentido de la responsabilidad si son o no indispensables» (Prebisch, 1991, vol. III, p. 447).
[41] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) El análisis centro-periferia fue presentado abiertamente en la Primera Reunión de Técnicos sobre Problemas de Banca Central del Continente Americano de agosto de 1946, en su segundo viaje a México, donde explicó a qué se refería con esos términos: ¿Por qué llamo centro cíclico a Estados Unidos? Porque de ese país, dada su magnitud y sus características económicas, parten los impulsos de expansión y contracción en la vida económica mundial y especialmente en la periferia latinoamericana, cuyos países están sujetos a la influencia de esos impulsos, como lo habían estado antes, cuando Gran Bretaña tenía el papel de centro cíclico principal (Prebisch, 1991, vol. IV, p. 224). Prebisch también emprendió entonces el estudio sistemático de la Teoría general de John M. Keynes. Previamente, desde 1944, había incluido la discusión sobre los planes monetarios del lord inglés y de Harry Dexter White en su curso de Dinámica Económica. También señaló que la similitud entre el multiplicador keynesiano y su «coeficiente de expansión» (concepto que había utilizado en los años treinta para expresar el incremento que sobre la actividad interna generaba un aumento de las exportaciones o el ingreso de capital extranjero) era solo aparente. Paulatinamente, Prebisch fue incorporando cada vez más referencias a autores y trabajos de economía keynesiana en sus clases. Hacia 1948 dedicaba una parte significativa del programa a discutir las ideas de autores como Alvin Hansen, Joan Robinson y James Meade (Arana, 2022). Prebisch procuraba encontrar claves explicativas del «ciclo periférico» en esta escuela; pero su ausencia lo condujo a la postre a ubicar a Keynes con los neoclásicos. Publicó sus análisis de la Teoría general en 1947 en varios artículos del Boletín del Banco Central de Venezuela que, a pedido de Daniel Cosío Villegas, director del Fondo de Cultura Económica, fueron reunidos como libro el mismo año, bajo el título Introducción a Keynes. La crítica de Prebisch abordaba diversas cuestiones, como el tratamiento de la relación ahorro-inversión, la omisión de los problemas de una economía abierta (en particular de las «filtraciones» del ingreso hacia las importaciones), el abordaje «arbitrario» del tiempo y cómo ello implicaba considerar una tasa de interés de manera «artificiosa», entre otras cuestiones7. La discusión teórica en las clases de Prebisch no se limitó a las teorías keynesianas. Si bien su preocupación central era abordar las interpretaciones 7 Análisis detallados de la lectura keynesiana de Prebisch se pueden encontrar en Mallorquín (2015) y Pérez Caldentey y Vernengo (2016).
[48] Juan Odisio ejecución» (Prebisch, 1983, p. 15). Las ideas del «manifiesto» habían tenido una larga gestación, pero tuvo gran resonancia cuando apareció porque vino a responder a un imperativo de su tiempo y tendió lazos con las propuestas de otros autores de la teoría del desarrollo de la época como Nurkse, Lewis, Myrdal o Rosenstein-Rodan. Por otra parte, si bien el «manifiesto» acusaba que las recetas ortodoxas eran inadecuadas para preservar los equilibrios macroeconómicos, ello no implicaba poder pasar por alto sus advertencias respecto al riesgo inflacionario o el desequilibrio fiscal ni que resultara adecuado aplicar las recetas contrarias (emisionismo). Era importante preservar la estabilidad monetaria porque la inflación podía afectar tanto la acumulación de capital como la demanda de divisas, elementos centrales para tener en cuenta por la nueva política económica. En este sentido, identificaba una limitación en el patrón de consumo latinoamericano, que «imitaba» la demanda de los centros y era incompatible con las necesidades del desarrollo al restar recursos a la inversión9. Prebisch sostenía que no era posible comprimir más el consumo popular latinoamericano (de por sí muy bajo), sino que mediante la política fiscal y monetaria debía redirigirse ese consumo conspicuo de las clases altas hacia el ahorro para poder impulsar la inversión. La inversión extranjera, si estaba bien orientada, también tenía un papel importante que jugar. La intervención estatal debía estar orientada a corregir la tendencia de las economías «periféricas» hacia la restricción externa, donde también cabía la propuesta de reforma agraria y la modernización del sector primario. Era necesario establecer una política de planificación del desarrollo a largo plazo, pero también una política de corto plazo, anticíclica, para evitar las «considerables mermas de ingreso» que restringían la acumulación de capital (en ese punto, cabe recordar una vez más que no existía todavía una buena guía teórica para entender y actuar sobre esa dinámica). En suma, como había proyectado exponer en 1943 en La moneda y el ritmo de la actividad económica, la clave de su propuesta era conjugar la política social con la de desarrollo económico: «Si con el progreso técnico se logra aumentar la eficacia productora, por un lado, y si la industrialización y una adecuada legislación social, van elevando el nivel del salario real, por otro, se podrá ir corrigiendo gradualmente 9 Hay notorias coincidencias de esta idea con la «hipótesis del ingreso relativo» presentada en el mismo año de 1949 por el economista keynesiano James Duesenberry en su tesis doctoral de Harvard. De hecho, poco después, Nurkse (1953) retomó explícitamente a Duesenberry en el marco de la teoría del desarrollo para explicar la relación entre patrones de consumo y dificultades de la formación de capital en países subdesarrollados.
[49] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) el desequilibrio de ingresos entre los centros y la periferia, sin desmedro de esa actividad económica esencial» (Prebisch, 1949). Por otra parte, Prebisch volvía a un punto que había señalado en el seminario de México del año previo, al sostener que «una de las fallas más conspicuas de que adolece la teoría económica general, contemplada desde la periferia, es su falso sentido de universalidad […]. Concierne primordialmente a los propios economistas latinoamericanos el conocimiento de la realidad económica de América Latina». Sin embargo, todavía se estaba muy lejos de poder suplir esta falencia ya que casi no había economistas «capaces de penetrar con criterio original en los fenómenos concretos latinoamericanos» (Prebisch, 1949). La advertencia de 1927 todavía estaba vigente, se carecía de «los métodos y la disciplina científica» en los estudios económicos, pero no solo de la Argentina, sino de todo el continente. La prédica, empero, no caería en el vacío. La naciente doctrina cepalina influyó en varias generaciones de economistas latinoamericanos y los esfuerzos de Prebisch al frente de la CEPAL fueron acompañados por un grupo de notables jóvenes intelectuales entre los que se encontraban Celso Furtado, Aníbal Pinto, Juan Noyola Vázquez, Víctor Urquidi, Osvaldo Sunkel o Maria da Conceição Tavares. El impacto del «manifiesto» fue inmediato. Se había dotado a la CEPAL de un programa que justificaba su existencia, hasta entonces en duda. Prebisch fue propuesto como secretario ejecutivo de la institución, y al aceptarse sus condiciones de poder trabajar con libertad, asumió el puesto en mayo de 1950. Como recordó más tarde: «allí encontré un grupo de hombres jóvenes que, si bien no habían tenido oportunidad como yo de pasar por aquellos acontecimientos adversos de los años treinta, ni por aquella frustración teórica, también se habían vuelto no conformistas por vía intelectual, por un proceso de razonamiento» (Prebisch, 1963, pp. xii-xiii). La CEPAL había sido creada por un período de prueba de tres años. En la cuarta sesión, realizada en México en 1951, la Comisión pudo mantenerse a flote y transformarse en un organismo permanente gracias al apoyo de Chile (cuya diplomacia había impulsado su creación originalmente), de Brasil y del país anfitrión. A pesar del esfuerzo que condujo a la construcción de un nuevo cuerpo doctrinario, Prebisch siempre defendió que la CEPAL tenía un objetivo eminentemente práctico de promoción del desarrollo. Aunque hacia 1952, por ejemplo, reconocía que ello tenía aparejada la necesidad de una reflexión teórica porque hasta entonces no se había realizado realmente «el examen de aquellas fuerzas que actúan en el seno profundo de la economía de los países latinoamericanos»:
[50] Juan Odisio Hemos presentado a las distintas sesiones de la Comisión un caudal, a veces copioso, de documentos en que se ordenan, analizan e interpretan los fenómenos económicos de los países latinoamericanos, estudios que podrían juzgarse como eminentemente teóricos. Es cierto, señores, que la realidad nos persuade más cada vez de que la acción práctica ha de tener una base teórica, así en materia económica como en cualquier otro campo del conocimiento humano; pero concluir de ello que la organización permanente de la CEPAL es un instrumento de análisis teórico, sería un grave error. Sería un grave error, pues significaría apartarse del rumbo trazado a esta Comisión en sucesivas reuniones. La organización de la CEPAL no es un instrumento teórico, no es un cuerpo de investigación científica, sino que está inspirada por propósitos eminentemente prácticos (citado en Mallorquín, 2013, p. 68). A partir de allí, y en cumplimiento del «rumbo trazado» por Prebisch, la institución realizó numerosas misiones asesoras, como estudios sobre los antecedentes y las proyecciones de las posibilidades económicas de los países de la región. La motivación central era llevar a la práctica las ideas del desarrollo cepalino. Algunos resultados institucionales de esta voluntad fueron la creación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 1958, el establecimiento de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC) dos años más tarde y la aparición del Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES) en 1962. A pesar de la multiplicidad de labores asumidas, en 1953 Prebisch también encontró tiempo para debatir teóricamente contra las posturas neoclásicas de Gudin contra la planificación. En una entrevista de 1985 recordó el intercambio con el economista brasileño: «También polemicé con un hombre eminente, a quien respeto mucho no obstante que piensa de manera muy distinta a la mía: el profesor Eugenio Gudin; era librecambista, era un neoclásico y sigue siéndolo, hombre talentoso que escribe con gran brillo. Él combatió las ideas de la CEPAL» (Sikkink, 1996, p. 225). Allí Prebisch volvió a las ideas desplegadas en la FCE para señalar que no «creía» en la tendencia natural al equilibrio económico, sino que dado que el ciclo era la forma típica en que el capitalismo crecía, debía considerarse como «una sucesión ininterrumpida de desequilibrios» (citado en Mallorquín, 2013, nota 20). Por esos años, y a pesar de los altercados suscitados en Argentina en 1955 y 1956 con la presentación del llamado «Plan Prebisch» para el gobierno militar que había derrocado a Perón, la prédica y las actividades realizadas desde la CEPAL hicieron trascender la figura del economista en el espacio regional e incluso fuera de él. Esto generó una paradoja sobre su figura, por la aparente distancia entre el ideólogo del estructuralismo cepalino y el tec-
[51] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) nócrata conservador, a lo que Pedro Dutra Fonseca (2011) alude como los «dos Prebischs». Lo cierto es que el tucumano quedó en medio del fuego cruzado de la dinámica política de su país y fue lógicamente atacado por los peronistas, pero tampoco su propuesta generó apoyo entre sus antiguos compañeros (como Pinedo, uno de sus críticos más notorios) o sus discípulos10. Aldo Ferrer, su alumno más aventajado en la FCE, recordó respecto a la colaboración de su maestro con la autodenominada «Revolución Libertadora»: «nos atrevíamos a suponer que cuando volvía a la Argentina a ocuparse de los problemas concretos e inmediatos de la economía nacional, renacía el antiguo funcionario del régimen conservador de la década de 1930, con sus viejos amigos y preocupaciones dominantes sobre las cuestiones monetarias y del balance de pagos» (Ferrer, 1990, p. 33). En esta dimensión, es posible señalar además un «tercer Prebisch»: En gran parte de Latinoamérica durante los años cincuenta, Raúl Prebisch […] era reconocido como un progresista e innovador teórico del desarrollo y activista político. En algunos círculos del gobierno de los Estados Unidos, mientras tanto, era observado con recelo como un crítico izquierdista de la sabiduría económica convencional. Sin embargo, en Argentina […] era comúnmente identificado tanto con los grupos conservadores como con el pensamiento económico liberal (Sikkink, 1988, p. 91) [trad. propia]. Más allá del caleidoscopio que configuró esta multiplicidad de «Prebischs», es innegable que la CEPAL en sus primeros quince años de existencia, bajo la conducción de su figura, había pasado de ser una institución internacional relativamente marginal a ocupar un papel preponderante en la construcción de la política económica latinoamericana y a disputar el sentido de la teoría económica convencional. En 1964, cuando se creó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), Prebisch resultó un candidato natural para ser su primer secretario general. Por ello, en mayo del año anterior, presentó su último documento para la CEPAL en su décima sesión, realizada en Argentina. El balance y la crítica de la primera etapa de la Comisión fue publicada el mismo año como libro con el título Hacia una dinámica del desarrollo latinoamericano. Después del «manifiesto», fue el segundo documento de la CEPAL que llevó estampada la firma de Prebisch. 10 Limitaciones de espacio impiden elaborar aquí un análisis detallado del «Plan Prebisch» y sus derivas, que pueden encontrarse en Rougier y Odisio (2017, cap. 4) o Belini (2018). Alguna reflexión del propio autor se encuentra en Prebisch (1986a).
[52] Juan Odisio En un contexto internacional y regional muy convulsionado (bajo el ejemplo acechante de la Revolución cubana), Prebisch se propuso repensar los alcances y los límites de la industrialización sustitutiva seguida en la región en los lustros previos. Si bien siempre había tenido presente una preocupación social y política, se volvió entonces mucho más marcada. Allí es posible identificar la influencia de José Medina Echavarría, padre intelectual de la sociología del desarrollo latinoamericano, que había trabajado con Prebisch en la CEPAL desde la década anterior11. Prebisch basaba su presentación sobre el desolador panorama demográfico, de desigualdad (económica, social y regional) y de pobreza que asolaba a los países latinoamericanos. De allí, encontraba que la modernización económica no era suficiente para elevar la calidad de vida de las grandes masas postergadas del continente, sino que era ineludible también propender a la modificación de las estructuras sociales. Los problemas sociales atentaban contra las posibilidades del desarrollo económico, ambas dimensiones se reforzaban mutuamente. En una nueva versión del «círculo vicioso de la pobreza», para Prebisch esta era tanto resultado como causa del atraso económico. Por eso la propuesta ortodoxa de «liberar el mercado» primero para luego distribuir el ingreso era errónea. Prebisch respondía que no existía posibilidad de acelerar el crecimiento económico sin antes realizar profundas reformas sociales12. 11 Medina Echavarría nació en España en 1903 y había sido diplomático republicano. Tras la Guerra Civil se exilió en México en 1939, donde fue uno de los impulsores de La Casa de España en México, poco después reconvertido en El Colegio de México, adonde llegó a dirigir su Centro de Estudios Sociales mientras se desempañaba también como director de la Colección de Sociología del Fondo de Cultura Económica. En 1952 fue contratado por la CEPAL, cinco años después fue el primer director de la Escuela de Sociología de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) y entre 1963 y 1974 trabajó en el ILPES, al frente de la División de Desarrollo Social. Sus muchos aportes permitieron introducir la sociología en el pensamiento económico de la CEPAL a partir de la adaptación del modelo weberiano y del funcionalismo norteamericano a la realidad social latinoamericana. Tuvo una gran influencia sobre los economistas cepalinos, incluso en la inflexión hacia la teoría de la dependencia de algunos de ellos a finales de los sesenta. 12 Como anexo, el volumen incorporaba además el artículo titulado «El falso dilema entre desarrollo económico y estabilidad monetaria», publicado dos años antes y que daba cuenta del debate —entonces en pleno auge— entre monetaristas y cepalinos sobre las causas de la inflación latinoamericana. Para Prebisch, «la inflación será una alternativa frustránea, porque corroe la economía y debilita peligrosamente la cohesión social», pero era una problemática inseparable de la del desarrollo. Como las presiones inflacionarias se originaban en los desequilibrios económicos y sociales, su solución no podía alcanzarse con una política monetaria restrictiva, como proponían el FMI y los economistas ortodoxos, sino mediante
[53] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) El análisis incorporaba algunos elementos y propuestas ya conocidas (como el efecto del deterioro de los términos de intercambio o la necesidad tanto de redistribuir ingresos limitando el consumo de las clases más altas como de democratizar el régimen de tenencia de la tierra), pero dentro de las novedades Prebisch abogaba por una modificación global de la «estructura del intercambio». En los años cincuenta había sido un promotor de la integración latinoamericana, pero ahora puso en cuestión la política de los países «centrales». Las medidas necesarias para alcanzar las tasas de crecimiento requeridas para revertir la delicada situación social en la «periferia» estaba fuera de su arbitrio. Por el contrario, reclamaba que las naciones avanzadas debían abrirse al comercio no solo de productos primarios, sino también de sus manufacturas. Uno de los conceptos centrales que Prebisch presentó en 1963 fue el de «insuficiencia dinámica». En América Latina la acumulación de capital no era suficiente para absorber a los nuevos trabajadores que se incorporaban al mercado de trabajo cada año. Este era un fenómeno multicausal, pero ubicaba el «punto de estrangulamiento interno más pertinaz» en la producción agrícola. Era necesario tomar medidas para mejorar la situación del sector primario para reducir la brecha entre el ingreso medio urbano y el rural, muy rezagado y que incluso había desmejorado por los esfuerzos industrializadores. Sobre la espalda de los productores agrícolas «tiende a recaer una parte importante del costo de la sustitución de importaciones, la protección exagerada y el costo del mercadeo abusivo, así como el de los beneficios sociales y otros servicios del Estado de que apenas disfrutan los trabajadores rurales por carecer de fuerza sindical y articulación política» (Prebisch, 1963, p. 11). Estas disparidades explicaban la enorme migración interna que forzaba una urbanización acelerada y desorganizada, lo que generaba grandes problemas sociales. Según Prebisch, en los países avanzados el desarrollo había sucedido de manera «espontanea» y luego había sobrevenido el desarrollo social y la redistribución progresiva del ingreso, pero en América Latina las limitaciones económicas y sociales hacían imposible incrementar el ritmo del crecimiento económico y tampoco se podía esperar una mejora «espontánea» de transformaciones estructurales. Otros capítulos de este libro (como los referidos a Noyola Vázquez y a Urquidi) abordan este debate con más detalle, que por extensión hizo que la propuesta teórica de la CEPAL —no solo en lo que se refiere a la inflación— se conociera desde entonces como el enfoque «estructuralista».
[54] Juan Odisio la distribución. El Estado debía planificar e intervenir activamente mediante tres formas de acción, que eran el perfeccionamiento productivo y tecnológico (industrial y agrario), la mejora de la distribución del ingreso y, sobre todo, avanzar con «las transformaciones en la estructura social con el fin de eliminar los obstáculos que se oponen al desarrollo y que consiste esencialmente en emplear a fondo el potencial de ahorro, estimular el aprovechamiento intensivo de la tierra y el capital y liberar el enorme potencial de iniciativa individual que ahora se malogra» (Prebisch, 1963, p. 14). Prebisch reconocía haber encontrado finalmente una guía conceptual para la planificación del desarrollo, gracias fundamentalmente al trabajo de interpretación realizado desde la CEPAL, y que había modificado el panorama y la orientación de la política económica: En plena depresión mundial no sabíamos en qué consistía el problema de desarrollo latinoamericano; dominaba la idea simple de restablecer la normalidad, de volver al pasado. Hace quince años, podíamos ya definir en cierto modo esa problemática y señalar con gran convicción algunas soluciones fundamentales. Y hoy se ha avanzado suficientemente como para elaborar un sistema de ideas, una concepción dinámica del desarrollo económico y social que conduzca a la acción práctica (Prebisch, 1963, pp. 16-17). Era necesario desplegar un nuevo sistema de ideas y actitudes que fuera favorable a esa planificación, todavía muy discutida. Avanzando en la dimensión del análisis político, Prebisch advertía a quienes se oponían a las reformas —tanto interna como externamente— que de no resolverse las contradicciones podrían sobrevenir medidas autoritarias, que socavarían al endeble sistema democrático latinoamericano. Además, subrayaba «la imposibilidad histórica de prolongar la contradicción entre el considerable potencial de capitalización que se malogra con sus módulos de consumo y las vastas necesidades de acumulación de capital» (Prebisch, 1963, p. 15). El avance tecnológico del capitalismo había permitido la acumulación del poder político en un número muy reducido de manos, acentuado por las modernas «técnicas de información y difusión masiva de ideas». Si no se efectuaban reformas a tiempo, la deriva política se volcaría hacia regímenes autoritarios que buscaran defender los opíparos beneficios de una minoría o hacia formas estatales que realizarían por la fuerza las transformaciones estructurales reclamadas por las mayorías postergadas. Prebisch quería encontrar una «tercera vía» que evitara tanto la emergencia de regímenes represivos concentradores del ingreso como estallidos revolucionarios como el encabezado por Fidel Castro. Para el secretario de la CEPAL, solo el desarrollo podría compatibilizar
[55] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) la tensión entre democracia e iniciativa individual, tema que lo había inquietado por décadas: Sería trágico que para emancipar al hombre de la necesidad, tuviéramos que prescindir de otros valores, tuviéramos que subordinarlo a las exigencias de un poder arbitrario. En el fondo no es compatible nada de esto con el genio de los pueblos latinoamericanos, con su aspiración latente de liberarse de la necesidad para exaltar la personalidad del hombre, para dar plena vigencia —por obra del desarrollo económico— a la democracia y los derechos humanos, sobre todo en esa mitad sumergida de la población latinoamericana (Prebisch, 1963, pp. 23-24). A principios de los años sesenta, los países rezagados unieron fuerzas para proponer una conferencia sobre comercio y desarrollo y los países centrales encontraron que su negativa a tratar los problemas económicos a escala mundial fuera de las instituciones de Bretton Woods se volvió insostenible. El resultado fue la fundación de la UNCTAD en Ginebra en 1964, que tuvo como resultado la consolidación del Grupo de los 77, conjunto unificado de «países en desarrollo» que les dio mayor poder de negociación frente al mundo desarrollado y al bloque soviético. Las negociaciones para construir la Conferencia —que duraron varios meses— hubieran fracasado de no ser porque Prebisch logró encontrar un punto de acuerdo que permitió sostener la demanda irrenunciable del G-77 de establecer como sistema de votación la regla «un país, un voto». Entre otras cuestiones (como las que dieron mayor autonomía política y financiera a la institución), se creó una instancia de conciliación que podía ser invocada por cualquiera de los dos grupos de países si consideraban que sus intereses estaban siendo afectados. En la conferencia preparatoria de la UNCTAD en octubre de 1963, Prebisch había planteado el concepto de «nuevo orden internacional», que era la propuesta específica para la modificación de la «estructura global de intercambio» que había reclamado unos meses antes. La vulnerabilidad externa siguió ocupando el lugar central en sus preocupaciones por el desarrollo, ahora no solo latinoamericano, sino a escala mundial. El concepto que guió la nueva etapa fue el de «brecha de comercio». La ONU había declarado a los sesenta como la «década del desarrollo» y fijado como objetivo que los países más desfavorecidos crecieran al 5 % anual como mínimo. Prebisch sostenía que las ventas externas del G-77 debían incrementarse al 6 % anual para alcanzar esa marca, pero mostraba que desde 1950 el poder de compra real de sus exportaciones solo había crecido en promedio un 2 % por año. En el largo plazo la restricción externa había profundizado la «brecha de ahorro», lo que daba origen a una disparidad crónica entre el ahorro disponible y las
[56] Juan Odisio necesidades de inversión de las economías atrasadas13. Por eso impulsaba una nueva «estrategia internacional coordinada de medidas convergentes» para que el «tercer mundo» mejorara su condición mediante el financiamiento externo, el acceso a las tecnologías modernas y el incremento de sus exportaciones hacia los países industrializados, que habían establecido fuertes políticas proteccionistas. Sobre el documento, su autor indicó que «quizá su única virtud fuera que expresó en una forma sistemática las preocupaciones comunes de las tres regiones del mundo en desarrollo y sirvió para sentar las bases de la organización de una acción que era urgente e inevitable» (citado en Dosman, 2008 [trad. propia]). A pesar de su pretendida modestia, el objetivo reformista no era menor. Entre 1964 y 1969 la «UNCTAD bajo Prebisch representó un esfuerzo para valerse de la burocracia internacional y del mecanismo de las conferencias diplomáticas con el fin deliberado de modificar las pautas presentes que afectan el comercio y el desarrollo» (Nye, 1972, p. 308). Otro componente de la nueva política de cooperación internacional era la organización de buffer stocks (o reservas de regulación) para intervenir sobre los mercados internacionales de productos primarios (una propuesta que el propio Keynes ya había presentado en 1938). Prebisch decidió iniciar el experimento con el cacao porque consideraba que podía ser una mercancía menos sujeta a la oposición de los países centrales, sin embargo, el proyecto no avanzó y en 1967 fue abandonado. Por otra parte, también impulsó un «mecanismo de financiamiento suplementario» del Banco Mundial. Buscaba establecer una línea de crédito especial para que los países atrasados pudieran enfrentar las caídas en el precio de sus exportaciones. Como Prebisch había dicho ya desde 1921, el ciclo internacional podía generar agudos problemas en las economías primario-exportadoras y contar con un mecanismo de financiamiento de emergencia permitiría enfrentar esas bruscas variaciones externas con menor sacrificio del nivel interno de actividad. El secretario general confiaba en su amistad con el presidente del Banco Mundial, George Woods, para el logro de su objetivo. Sin embargo, la oposición del FMI y de los países industrializados no permitió ir más allá del compromiso de mantener los estudios de factibilidad. Cuando Robert McNamara asumió la presidencia 13 Es evidente la relación con el modelo de «doble brecha» que poco antes había presentado Hollis Chenery, economista norteamericano vinculado a la CEPAL, quien entonces trabajaba en la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (conocida como USAID por su sigla en inglés) y unos años más tarde llegaría a ser vicepresidente del Banco Mundial.
[57] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) del Banco Mundial en 1967 terminó con las esperanzas de Prebisch, que también debió dejar de lado sus anhelos sobre este instrumento de financiación. No solo las instituciones internacionales como el FMI, el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, establecido en la Conferencia de La Habana sobre Comercio y Trabajo de la ONU de 1947) y los gobiernos del mundo desarrollado actuaron contra los arbitrios de la UNCTAD, incluso algunos países subdesarrollados (como Brasil, India o China) mantuvieron una política nacionalista de negociación individual con sus socios más ricos y no asumieron una postura comprometida con el G-77. Estas estratagemas socavaron la potencia de la UNCTAD como mecanismo de negociación global y de impulso de una mayor integración entre los países del «sur global». En la segunda sesión general de la UNCTAD en Nueva Delhi en 1968, Prebisch expresó abiertamente su desazón; el optimismo inicial se había esfumado y las condiciones geopolíticas y económicas del mundo desarrollado no permitían vislumbrar un futuro más promisorio para sus propuestas. A principios del siguiente año, Prebisch renunció a su cargo aduciendo problemas de salud. Se instaló en Washington con Eliana Díaz, su segunda esposa, a quien había conocido en sus años en Santiago de Chile y con quien había tenido un hijo en 1963 (cuando todavía estaba casado con Adela Moll). Desplegó allí una «vida dual», en la que retomó a distancia sus actividades como director general del ILPES (hasta su renuncia en 1973) y, aprovechando su reputación como uno de los mayores expertos en la economía latinoamericana y tras veinte años de experiencia como funcionario de la ONU, dictó seminarios y conferencias en Columbia, Johns Hopkins y otras universidades estadounidenses y se le confiaron distintas asesorías para organismos internacionales como el BID, la Organización de Estados Americanos (OEA) o la propia UNCTAD. De hecho, en enero de 1969 los presidentes del BID, la OEA y la Comisión Interamericana de la Alianza para el Progreso (CIAP) solicitaron al economista la redacción de una carta dirigida al presidente Richard Nixon, planteando las necesidades de reformar y relanzar el sistema de cooperación entre los EE. UU. y Latinoamérica. Luego, fue designado al frente de la Comisión sobre Desarrollo Latinoamericano del BID y se le solicitó que presentará un informe, que tituló Transformación y desarrollo: la gran tarea de la América Latina, en el 11° encuentro anual del organismo en abril de 1970. La propuesta había sido formulada dos años antes por el presidente de Colombia, Carlos Lleras Restrepo, y debía referirse específicamente a los problemas de financiamiento del desarrollo latinoamericano. Sin embargo, al aceptar la consultoría, Prebisch convenció al Banco de la importancia de ampliar
[64] Juan Odisio de su fallecimiento— la necesidad de «renovar» el pensamiento económico para abordar los problemas latinoamericanos con una perspectiva propia, alejada de las inadecuadas doctrinas neoclásicas (Prebisch, 1986b). El «grito de guerra» que señaló Furtado seguía en el aire. Volviendo al libro de 1981, Prebisch consideraba que, más allá de sus innegables problemas, en los países centrales la acumulación y la democracia representativa funcionaban adecuadamente. En la periferia, la mayor concentración del capital se superponía a la de la tierra, lo que daba mayor poder político a los estratos superiores de la sociedad. En suma, el problema nodal del capitalismo periférico era la contradicción entre los principios democráticos y las formas y necesidades de la acumulación. El avance de la democracia permitía expresar aspiraciones e intereses de las clases menos favorecidas por el libre juego del mercado. Cuando el mayor poder político y sindical de la fuerza de trabajo adquiría «significación redistributiva» generaba desequilibrios graves como la inflación o la restricción externa. Las salidas radicales (al estilo de Chile o Cuba) eran inadecuadas para Prebisch porque no preservaban los principios democráticos fundamentales. Tampoco era posible solucionar las contradicciones mediante una alternativa reformista. Los gobiernos democráticos intentaban mejorar la distribución, pero con una visión cortoplacista, ya que aumentaban los impuestos, pero afectaban la inversión: un resultado indeseable. En cambio, debía atacarse el consumo privilegiado de las clases altas que permitiera elevar de manera permanente el ritmo de acumulación de capital físico y en «formación humana». Se debía modificar todo el sistema social; las contradicciones del «capitalismo periférico» eran del todo infranqueables. Para Prebisch, la transformación positiva y posible consistía en encontrar una tercera vía inspirada en la experiencia europea que, mediante la planificación, permitiera conjugar eficiencia y democracia. La «racionalidad colectiva» expresada por la planificación permitiría superar la irracionalidad del «capitalismo periférico» asignando una mejor distribución del excedente entre las necesidades de acumulación, consumo y gasto público. Su propuesta concreta era que se debía transferir parte de la propiedad empresaria a los trabajadores, conformando unidades económicas autónomas tanto del Estado como de los capitalistas. Además, debían nacionalizarse las empresas extranjeras, para que su excedente no se filtrara hacia el extranjero. Creía que solo así se lograría atacar tanto las necesidades de la acumulación con las distributivas, exigencia del verdadero desarrollo económico y social, como había expresado en una conferencia de 1978:
[65] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) […] a la luz de la experiencia de centros avanzados de Europa occidental, la verdadera salida podría encontrarse en el restablecimiento de la democracia con un sentido claramente redistributivo. Pero no confundamos el capitalismo periférico con el de aquellos países avanzados. Allí se ha logrado una enorme acumulación de capital y es comprensible que se ponga el acento en una franca política redistributiva. Por el contrario, en la periferia latinoamericana se necesita afrontar los dos problemas a la vez: el de la acumulación y el de la distribución (Prebisch, 1979). Según Prebisch, el cambio debía ocurrir por cauces democráticos, pero, en rigor, el proceso político por el cual las clases afectadas por las reformas (las más poderosas) aceptarían el nuevo sistema no era suficientemente problematizado ni explorado en profundidad en su libro. Parte importante de esta sinuosidad se vinculaba también con su rechazo a realizar estudios y propuestas en términos de clases sociales (Rodríguez, 1980), que lo llevaba a caracterizaciones incompletas de los distintos «estratos» de la sociedad, en otra línea de continuidad con las posturas analíticas que había sostenido desde estudiante. En este sentido, la búsqueda por la armonización del conflicto de clases lo alejaba de las propuestas del dependentismo marxista, más proclives a la construcción socialista: Por un lado, no está claro que el nuevo sistema no sea capitalista, dado que se mantendría la propiedad privada de los medios de producción, y, a pesar del uso social del excedente, habría una remuneración al capital para los propietarios de empresas que no sería inmediatamente accesible para los trabajadores, aunque gradualmente adquiriesen participación en el capital. Por otro lado, Prebisch rechaza la propiedad pública de los medios de producción por considerar que se contradice con los valores democráticos esenciales, como son la libertad de los individuos a elegir qué consumir y de las empresas a elegir qué producir […], es claro que el nuevo sistema no sería socialista sino que parecería tender a un sistema capitalista altamente regulado, presentado por Prebisch como una síntesis entre socialismo y capitalismo (Sember, 2016, p. 320). Con todo, un cambio importante respecto a sus posturas de juventud provino de la reconsideración del papel que jugaban los funcionarios al frente de la política económica, rechazando la neutralidad técnica que había defendido cinco décadas antes. Es posible que ese fuera su intento de reconciliar la paradoja de los múltiples «Prebischs». La experiencia vivida en su país tras la presentación del «Plan» para el gobierno militar en 1955 (la que consideraba «la peor decisión de su vida», como refieren Dosman & Pollock, 1993), además de las indagaciones de tipo sociológico que incorporó en sus últimos años en la CEPAL, lo motivaron a advertir en el Capitalismo periférico que
[66] Juan Odisio «hay que escapar a las seducciones de una tecnocracia autoritaria» (Prebisch, 1981a, p. 312). De hecho, su ahijado Mario Bunge llamó la atención sobre ese cambio ostensible: Cuando mi padre se distanció de mi padrino laico, el gran economista argentino Raúl Prebisch, éste me dijo al despedirse de mí: «Yo no soy sino un técnico y, como tal, ajeno a la política». Décadas más tarde, cuando nos reencontramos en Toledo [en 1983], recordamos esa triste despedida y Raúl me dijo: «Yo estaba equivocado. No es verdad que los técnicos económicos seamos políticamente neutros. Somos parte del sistema político» (Bunge, 2014, pp. 364-365)17. En sus últimos años, y a pesar de sus viajes constantes por el mundo, Prebisch decidió instalarse en Buenos Aires. Al recuperarse la democracia en Argentina a finales de 1983, fue convocado por el presidente Raúl Alfonsín como su asesor económico. Desde ese puesto debía colaborar tanto con los ministros de Economía, Finanzas y Relaciones Exteriores como con el Banco Central, donde se organizó su oficina. Su primera tarea fue elaborar un cuadro de situación y proponer medidas adecuadas en un contexto signado por la crisis de la deuda. En enero del siguiente año presentó sus «Lineamientos de un programa inmediato de reactivación de la economía, mejora del empleo y los salarios reales y ataque al obstáculo de la inflación», donde señalaba que había que decidir la prioridad entre los dos objetivos que el ministro de Economía, Bernardo Grinspun, proclamaba como simultáneos: o se enfrentaban las presiones inflacionarias o se intentaba recuperar el nivel de actividad y empleo18. Alfonsín apoyó la moción del ministro, a pesar de que el asesor reclamaba que era necesario poner en orden el déficit fiscal y sobre todo frenar el crecimiento de 17 Si bien Augusto Bunge inicialmente había apoyado el golpe de 1930 contra Hipólito Yrigoyen, fue adoptando una postura cada vez más crítica respecto al gobierno de la «Concordancia». En particular, criticaba a Pinedo, a quien consideraba un traidor del socialismo, y como Prebisch se negó a abandonar las filas del régimen que caracterizaba como una «restauración conservadora» su amistad se terminó en 1934. 18 Grinspun era un economista plenamente identificado con la doctrina cepalina, había tenido relación con Prebisch por años, además de una larga militancia en el partido radical como la mayor parte de los miembros de su equipo: «Se destacaban, en primer lugar, por sus edades avanzadas: todos habían nacido en los años 20 y muchos había participado del equipo dirigido por Eugenio Blanco para aplicar el plan Prebisch durante la Revolución Libertadora en 1956 […]. Varios habían compartido una militancia universitaria antiperonista durante la primera mitad de los años cincuenta […]. Expulsados del gobierno, muchos habían desarrollado una actividad profesional en el marco de Bancos Cooperativos, entidades representativas de la pequeña o mediana empresa u organismos internacionales tales como las Naciones Unidas y la CEPAL» (Heredia, 2006, p. 168).
[67] 1. Raúl Prebisch (1901-1986) los precios como condición ineludible para establecer una estrategia de expansión económica sostenible. El segundo encargo fue el de renegociar con el FMI los términos de pago de la deuda. Prebisch había demandado desde el inicio de la crisis en 1982 la necesidad de que los acreedores internacionales otorgaran una condonación, al menos parcial, de las obligaciones financieras contraídas por los gobiernos latinoamericanos. Sus misiones a Washington, en marzo y septiembre de 1984, culminaron con principios de acuerdo favorables para las finanzas argentinas. Al mismo tiempo, con el canciller Dante Caputo, fue artífice del Consenso de Cartagena, que se expresó en mayo de ese año entre Argentina, Brasil, México y Colombia bajo la postura de que la deuda externa latinoamericana era un problema económico, pero también político, y que su resolución debía afrontarse conjuntamente entre las instituciones acreedoras y los países deudores, sin negociaciones por separado. Sin embargo, la opinión pública y el periodismo acusaron al tucumano de trabajar a espaldas del país en favor de los intereses del capital extranjero. Los mismos argumentos lanzados contra su figura cuarenta años antes, que lo dibujaban como un economista conservador y ortodoxo, se desempolvaron en una coyuntura social que se iba desencantando con las promesas incumplidas del Gobierno alfonsinista. El gradualismo antiinflacionario no estaba dando resultado y la situación macroeconómica comenzó a salirse de control. En febrero de 1985 Grinspun fue reemplazado por Juan Sourrouille, presentado por la prensa como un «estructuralista, formado en la escuela de la CEPAL» (citado en Heredia, 2006, p. 174). A pesar de estas credenciales, el nuevo ministro prescindió de los servicios del tucumano, que renunció poco después. A diferencia de lo sucedido en 1943 o en 1956, el ataque a sus labores como funcionario del Gobierno argentino no le produjo gran desazón. Un Prebisch ya octogenario consideraba que la técnica económica no era una dimensión autónoma de la vida social. Sabía que sus propuestas se leían al calor del fragor político del momento, lo que configuró un cambio sustantivo en sus concepciones. Casi desde el momento en que había cruzado la puerta de la facultad, recién llegado de Tucumán, acción política y teoría económica se habían anudado inextricablemente en su devenir, pero en su madurez dio un nuevo giro a la forma en que entendía esa relación. Al repasar las categorías centrales que Prebisch desplegó a lo largo de seis décadas como economista del desarrollo (el movimiento económico ondulatorio, el coeficiente de expansión, el esquema centro-periferia, la restricción externa, la insuficiencia dinámica, etcétera), se puede encontrar como común denominador la crítica a la economía convencional. Consideraba que la economía neoclásica no solo no permitía entender el funcionamiento de una
[68] Juan Odisio economía periférica, sino que además sus recomendaciones obturaban la posibilidad de superar esa condición estructural. Si bien el keynesianismo y el marxismo podían brindar algunos elementos fértiles de análisis, tampoco daban cuenta de las limitaciones del subdesarrollo porque eran teorías pensadas desde y para las economías centrales. El imperativo de crear una escuela latinoamericana de economía fue una constante en la prédica prebischiana y se debe entender desde la carencia que identificó, siendo estudiante, en las teorías convencionales. Por supuesto, el mundo actual no es el mismo que vivió Prebisch. Por eso sus recomendaciones no son directamente aplicables hoy. Una propuesta ahistórica de ese calibre iría, de hecho, contra el espíritu que fecundó sus mejores reflexiones. Pero tampoco se puede sostener la postura contraria: sus análisis no solo nos hablan de las aspiraciones y los problemas de la economía de su época. Sus copiosos escritos no son letra muerta. En tanto el desarrollo sigue siendo un imperativo elusivo en Latinoamérica, sus ideas cifran valiosas claves para identificar y caracterizar los problemas nodales del desarrollo regional; y los elementos constitutivos de su praxis (planificación, industrialización, integración regional, redistribución del ingreso y la riqueza, entre otros) configuran potentes pautas para guiar la acción reparadora en economías rezagadas y desiguales como las que caracterizan al continente ya en pleno siglo XXI. Por ese motivo, si bien es posible examinar en abstracto la potencia analítica de las ideas de Prebisch (tarea que —por otra parte— ha sido varias veces ensayada con suerte dispar), en este capítulo se han intentado encuadrar en el objetivo de una exploración mayor, determinada por la búsqueda de una efectiva estrategia de desarrollo periférico. Esta es una actitud más consistente con su propia biografía intelectual. Es innegable que, incluso en sus escritos más teóricos, Prebisch siempre mantuvo una preocupación práctica como norte. Como resultado final, es posible hallar lo más inspirador de su vida y obra en su compromiso inquebrantable con la mejora de las condiciones de vida de las mayorías postergadas de América Latina. Referencias Arana, M. (2016). Raúl Prebisch y el Plan para los estudios de Economía de la Universidad de Buenos Aires en 1948. Ciclos en la Historia, la Economía y la Sociedad, 25(46). — (2022). Usos y desusos de John M. Keynes en la academia y la política argentina a principios del siglo XX. Desarrollo Económico, 61(234), 151-171.
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2. ANÍBAL PINTO (1919-1996) José C. Valenzuela Feijóo Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa Introducción Este capítulo está dividido en cuatro grandes secciones. En la primera, buscamos cernir el papel histórico jugado por el estructuralismo cepalino clásico, al interior del cual el papel desempeñado por Aníbal Pinto Santa Cruz (1919-1996) fue clave. Luego, damos un breve vistazo a la biografía de nuestro autor. En una tercera sección, señalamos las dimensiones centrales que tipifican a la visión más genérica (o «cosmovisión») manejada por Pinto. En una cuarta y última sección examinamos algunos tópicos que consideramos centrales en su obra. De acuerdo con el mismo Pinto, en su trayectoria intelectual pueden distinguirse cuatro grandes ciclos. El primero se corresponde con sus años de estudiante universitario y de activa colaboración en las publicaciones del Partido Comunista Chileno, ciclo que finalizaría hacia 19461947. El segundo ciclo comienza con su viaje a Londres, prosigue con la dirección de Panorama Económico y la docencia universitaria y abarca hasta el comienzo de los sesenta. El tercer ciclo se relaciona con su incorporación a la CEPAL y dura hasta la primera parte de los ochenta. El cuarto se inicia con su retiro de la CEPAL y en él siguió siendo muy activo y creador. Aquí, se concentró en el análisis de algunos problemas del desarrollo económico chileno, como —señaladamente— el rol de la intervención estatal y de las empresas públicas. El recuento, valga subrayarlo, no busca solo sintetizar y destacar una etapa brillante en la historia del pensamiento económico y social latinoamericano; a la vez, y de modo principal, trata de mostrar la gran relevancia que hoy tienen pensadores de la talla de Aníbal Pinto y de sus congéneres. Tras años de irrestricto dominio ideológico neoliberal, esta tarea es hoy más que urgente. Como escribiera Mario Bunge, […] puesto que la economía neoclásica no se ajusta a la realidad presente, y que las políticas económicas que se fundan en ella han fracasado, es indispensable so-
[80] José C. Valenzuela Feijóo más esencial: el humanismo, en el más viejo y más noble sentido de la palabra. Es decir, estamos en presencia de un hombre que a lo largo de toda su vida nos demostró que creía en el progreso de la humanidad y en la razón como su principal medio de materialización. En suma, un hombre cabal. La visión más genérica del método de Aníbal Pinto Se trata aquí de recoger no toda, sino solo una parte de la «cosmovisión» (weltanschauung) pintana. En algún grado, esto se corresponde con la categoría de «visión preanalítica» manejada por Josepht Schumpeter7. Pero si Schumpeter le concede a la noción un fuerte halo de percepción intuitiva, a nosotros nos interesa recalcar el aspecto más consciente y sistemático del fenómeno. En toda cosmovisión coexisten, en grados variables, componentes científicos, filosófico-metafísicos, creencias religiosas y otros elementos no racionales. En la visión pintana importan solo los dos primeros y, en consecuencia, podemos hablar de un pensamiento laico y racional. La parte de esa visión global que aquí nos interesa recoger es aquella que más propiamente responde a los denominados «cánones científicos» y que, por su alto grado de generalidad, en un lenguaje coloquial tendemos a denominar «filosofía» general de un autor8. Por cierto, se trata simplemente del aspecto más general de la teoría manejada por el autor. Y si recordamos que el método no es más que la parte más general y abstracta de una teoría, parte que ya no interesa como reflejo interpretativo de lo real, sino —en tanto método— como directriz orientadora de nuevas investigaciones, también podríamos hablar del método de Aníbal Pinto. 7 «El trabajo analítico va necesariamente precedido por un acto preanalítico de conocimiento que suministra el material en bruto del esfuerzo analítico. En este libro llamaremos “visión” a ese acto cognoscitivo preanalítico […]. El trabajo analítico empieza con un material suministrado por nuestra visión de las cosas, y esta visión es ideológica casi por definición. Ella encarna la imagen de las cosas tal como las vemos, y siempre que haya un motivo cualquiera para desear ver las cosas de un modo determinado, será difícil distinguir entre el modo como vemos las cosas y el modo en que deseamos verlas» (Schumpeter, 1971, pp. 78-80). En otro lado, define la visión como «la concepción del teórico acerca de los rasgos básicos de ese estado social, acerca de lo que es importante y secundario para llegar a comprender su esencia en una época determinada» (Schumpeter, 1955, p. 64). 8 Los enunciados científicos son aquellas oraciones (o hipótesis) que amen de su coherencia formal y de no ser tautologías, han sido o pueden ser sometidos a los rigores del test empírico. Aclaremos: la ciencia usa tautologías como parte de su arsenal analítico, pero, obviamente, aquí el test empírico sale sobrando.
[81] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) En la obra de Pinto, si la contemplamos en sus aspectos más globales y genéricos, podemos advertir un nítido parentesco con la economía clásica (la de Smith, Ricardo y John Stuart Mill) y marxista. Y no se trata aquí de la utilización de aquellos sistemas conceptuales —lo que es muy tenue—, sino más bien del énfasis que se coloca en el análisis de determinados problemas, el tipo de interrogantes fundamentales, etcétera. El enfoque de Pinto es macroeconómico y se concentra en los problemas del desarrollo. O sea, se sitúa en los marcos de lo que William Baumol denominara «gran dinámica» clásica, identifica las variables estructuralmente estratégicas y analiza el modo en que su articulación dinámica incide en el desarrollo económico social y en las mutaciones que lo tipifican. Y si algún juicio de valor se maneja, este no es más que la deseabilidad del desarrollo y del progreso: […] en la vieja tradición liberal y marxista seguimos estando por el desenvolvimiento irrestricto de las «fuerzas productivas»: no creemos en ninguna variante «monástica» […]; seguimos pensando que solo la abundancia (por lo menos de todo lo esencial) establecerá la base objetiva o material para el «hombre nuevo»; y, por último, no vemos ninguna razón para que habiendo fuerza de trabajo, tecnología, infraestructura y comercio exterior, el sistema productivo (y sus frutos) no se expandan todo lo posible (Pinto, 1975, pp. 21-22). En lo que sigue, comentamos brevemente las principales dimensiones o aspectos de la «visión» pintana. Una visión estructuralista Por estructuralismo entendemos una aproximación teórica que se concentra en el análisis de las variables «importantes», es decir, variables que: i) son relativamente más permanentes y ii) ejercen una influencia relativamente más decisiva en la evolución global del sistema. Una visión de este tipo parte del presupuesto ontológico de una realidad que no es plana, es decir, de una realidad que está estructurada en diversas capas que afectan muy desigualmente el funcionamiento y la dinámica del sistema. Se distinguen, en consecuencia, las relaciones y los elementos mayormente esenciales e internos de aquellos más accidentales y externos9. Y, por cierto, la dimensión o «esqueleto» estruc9 Aunque esta postura pudiera parecer obviamente justa, es rechazada abruptamente por la epistemología positivista. En economía, cuando los neoclásicos hablan del método se suelen plegar a estas posiciones, aunque en su práctica concreta no siempre las respetan.
[82] José C. Valenzuela Feijóo tural se supone localizada en la esfera esencial. Pero ¿dónde se localiza lo esencial? O bien, ¿cómo conceptualiza Pinto la noción de estructura? Para el caso, si retomamos a Pinto y efectuamos una lectura selectiva e incluso un tanto reordenadora de sus trabajos, podemos señalar tres dimensiones o espacios a los cuales se les atribuye una muy especial relevancia: i) las formas de la organización productiva; ii) las pautas distributivas; y iii) los modos o formas del relacionamiento externo. En el esquema clásico más tradicional —recordemos— se distinguen cuatro esferas económicas: producción, distribución, cambio y consumo. De ellas, Pinto privilegia a las dos primeras —con lo cual se sitúa en la tradición clásica (Ricardo, en especial) y marxista y, a la vez, en las antípodas de la visión neoclásica— y es obvio que la tercera dimensión emerge a partir de considerar el carácter subdesarrollado y dependiente de nuestras economías. Antes de seguir con el argumento central, permítasenos un paréntesis más o menos terminológico. En sus últimos trabajos (década de los ochenta), Pinto suele hablar de «sistemas», «estructuras» y estilos (Pinto, 1976 y 1978). En este espacio sus definiciones, por sí mismas muy claras, pudieran dejar algunos cabos sueltos10. Como al hablar de sistemas menciona al socialismo y al capitalismo, parece que bien podríamos hablar aquí de modo de producción11. El segundo nivel apunta al grado de desarrollo de las fuerzas productivas y sus correlatos socioeconómicos y por eso Pinto habla aquí de estructuras subdesarrolladas (periferia) o desarrolladas (centro). Algún quisquilloso pudiera pensar que emplear el vocablo «estructura» para referirse solo a los niveles de desarrollo pudiera limitar en exceso al vocablo: ¿las estructuras, en un sentido genérico, acaso no son discernibles en todos los fenómenos? Como sea, la realidad a la cual apunta nuestro autor es clara y decisiva. En cuanto al vocablo «estilo», resulta muy pertinente. Se alude aquí a lo que también se ha denominado «fase» (o «etapa» en los trabajos de Evgueni Varga y en la 10 «El concepto de sistema se desprende de las dos formas principales de organización social que lidian y conviven en la realidad contemporánea: la capitalista y la socialista». Estructura: «Conjunto de elementos materiales y sociales que constituyen el “esqueleto” de una comunidad y que se caracterizan por su relativa fijeza en el tiempo o su virtual inmutabilidad». Finalmente, estilo es «el modo en que —dentro de un determinado sistema y estructura— en un período dado y bajo la égida de los grupos rectores se organizan y asignan los recursos humanos y materiales con el objeto de resolver los interrogantes sobre qué, para quiénes y cómo producir» (Pinto, 1978, pp. 566-567). 11 En el sentido clásico de la categoría y no en el que le adjudicara el enredado Louis Althusser. Para una exposición breve y popular, ver Lange (1975).
[83] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) mayoría de los manuales soviéticos), «estructura social de la acumulación» (Gordon et al., 1966; Bowles et al., 1986, 1989a y 1989b), «patrón de acumulación» (Valenzuela Feijóo, 1990), «modo de regulación» (por Robert Boyer, Alain Lipietz y otros), etcétera. Si aceptamos las leves aclaraciones insinuadas, tenemos un movimiento categorial que va desde lo más abstracto a lo más concreto y la correspondiente subordinación lógica de las categorías. Asimismo, se abre la posibilidad de manejar diversas periodizaciones históricas, clara y precisamente articuladas entre sí. Volvamos a la categoría modo de producción, que funciona como la unidad de otras dos: el sistema económico y el sistema de fuerzas productivas. El primer aspecto a su vez se puede desagregar en las clásicas esferas de las relaciones de producción, distribución, cambio y consumo. En la perspectiva clásica y marxista se consideran las dos primeras esferas como lo decisivo y determinante (en la óptica Ricardo-Sraffa se enfatiza más el aspecto distribución; en Marx, la producción). Al interior de las relaciones de producción, a su vez, se localizan las relaciones de propiedad, aquellas relaciones que para Karl Marx nos descubren el «secreto más recóndito» de toda sociedad, «la base oculta de toda la construcción social y también, por consiguiente, de la forma política, de la relación de soberanía y dependencia, en una palabra, de cada forma específica de Estado» (Marx, 1974, p. 733). Pinto se sitúa en esta perspectiva y cuando busca identificar la diferencia esencial entre socialismo y capitalismo nos señala que: […] a despecho de la nebulosa que han tendido en estas materias algunas corrientes del reformismo europeo, la línea divisoria entre los dos sistemas alternativos o antagónicos continua siendo la propiedad del capital productivo y, por derivación, el control, uso y apropiación del excedente social que resta después que la comunidad satisface sus necesidades inmediatas de consumo, excedente que en una economía privada está representado principalmente por los valores creados por y no pagados a la fuerza de trabajo. La inversión de las empresas y gran parte del ahorro personal se alimenta en esa fuente y lo mismo ocurre con la capitalización estatal en la medida que proviene de una tributación más o menos regresiva (Espartaco, 1964, p. 214). En suma, el tipo o naturaleza de las relaciones de propiedad determina la naturaleza del sistema económico y, por lo mismo, nos proporciona el núcleo más esencial de la estructura por analizar12. Omitir este aspecto sería un cri12 Algo no poco frecuente. Por ejemplo, en muchos casos se pretende a la vez incentivar la inversión privada y mejorar la distribución del ingreso afectando negativamente la tasa de
[84] José C. Valenzuela Feijóo men de lesa teoría, pero limitarse a él nos situaría en un plano excesivamente abstracto y, por ello, insuficiente (insuficiente, mas no incorrecto). Se trata, en consecuencia, de avanzar hacia el análisis de estructuras más concretas —por ello, más complejas— y que se correspondan con las que tipifican a las economías latinoamericanas. Este ascenso a lo concreto plantea el sempiterno problema de desarrollar las mediaciones o eslabonamientos conceptuales pertinentes con orden, rigor y coherencia. Es decir, necesitamos un sistema teórico que posibilite —entre otras cosas— la unión lógica de lo particular y lo general. Un tipo dado de propiedad (feudal, capitalista, socialista) asume modalidades o variantes determinadas. La propiedad capitalista puede ser personal, corporativa, estatal, etcétera. Peculiaridades nacionales, el nivel de desarrollo del sistema y otros factores pueden dar lugar al predominio de tales o cuales formas y a la consiguiente diferenciación estructural. En este sentido, es útil recordar la unidad interna que se establece entre sistema económico y sistema de fuerzas productivas13. Es decir, cierto tipo de fuerzas productivas (y cierto rango de niveles de productividad del trabajo) no pueden combinarse con cualquier forma de propiedad y viceversa. De hecho, parece evidente la existencia de una relación funcional entre niveles de productividad del trabajo y formas de propiedad. Por lo mismo, si nos encontramos con fuertes diferenciales de productividad, cabe suponer la presencia de sistemas económicos (i. e., de formas de propiedad) cualitativamente diferentes. Más aún, parece lícito suponer que en la base de niveles de productividad muy bajos (verbigracia, los segmentos «primitivos» del análisis de Pinto) solo se pueden encontrar formas de propiedad precapitalistas y por ello el subdesarrollo implicaría un capitalismo no pleno, es decir, una estructura económica heterogénea en el sentido de coexistencia de múltiples formas de propiedad cualitativamente diferentes. O bien, como mínimo, la coexistencia de múltiples modalida des capitalistas, más atrasadas o más modernas. Correlativamente tendríamos que el polo desarrollado se tipificaría por su homogeneidad estructural y la economía mundial por la coexistencia de estructuras homogéneas y heterogéneas, lo que daría lugar a ganancia. En un contexto capitalista, esto equivale a creer en los «Reyes Magos», es decir, a ignorar las leyes más esenciales del sistema. 13 La productividad del trabajo es uno de los elementos más decisivos del sistema de fuerzas productivas. Este sistema da cuenta de la forma que asume el nexo entre la sociedad y la naturaleza, en tanto el sistema económico refleja el ordenamiento social que asume el proceso de trabajo (o interacción sociedad-naturaleza).
[85] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) una articulación de dominación-subordinación entre los dos polos del orden más global. Una última y elemental consideración nos indica el carácter mudable de las estructuras del subdesarrollo y del desarrollo. Es decir, la homogeneidadheterogeneidad y la dominación-subordinación estructurales permanecen, pero sus contenidos varían en el tiempo. Existe, por lo mismo, una historia del subdesarrollo y la dinámica en ello involucrada implicaría la sucesión de determinados «estilos de desarrollo» o «patrones de acumulación». En este caso, se siguen manejando dimensiones estructurales, pero en un plan bastante más concreto. Visión dinámica Un enfoque estructural pudiera ser estático. Pero nada de eso, ni remotamente, encontramos en la obra de Pinto. Sus intereses apuntan a los flujos y al movimiento de las variables, al perpetuo cambio que las suele caracterizar y, en este sentido, se podría hablar de una óptica cargada a Heráclito, algo no frecuente en una profesión que suele adscribirse al bando de Parménides. La dinámica que maneja Pinto en sus análisis es de carácter material y objetivo. Por lo mismo, no es algo que el investigador le imponga al objeto que investiga o lo que funcione como algo convencional; muy por el contrario, se trata de recoger el ritmo de las pulsaciones y mutaciones del objeto, es decir, su específica y particular dinámica14. Ahora bien, como los tiempos reales no son más que la expresión de las mutaciones o cambios que experimentan los fenómenos, la temporalidad o dinámica que Pinto maneja nos remite a los ritmos o tempos con que el sistema económico se va modificando. Y a menos que tengamos la osadía (nada infrecuente y nada inteligente) de identificar al sistema social con un artefacto mecánico, el tipo de movimiento por investigar será bastante más complejo que aquellos de carácter mecánico (por 14 Los neoclásicos suelen vivir al margen del tiempo y, como regla, olvidan por completo la historicidad de los fenómenos económicos. Y en las raras ocasiones en que pretenden manejar una dimensión temporal, lo hacen en términos convencionales: fechando variables, (t -1), (t), (t +1), etcétera. La temporalidad no se recoge del objeto, sino que se le impone a este. Al respecto, la definición de Hicks es característica: «Llamo estática económica a aquellas partes de la teoría económica en que no nos tomamos la molestia de fechar los acontecimientos; economía dinámica a aquellas partes en que toda cantidad ha de tener una fecha» (Hicks, 1974, p. 129).
[86] José C. Valenzuela Feijóo ejemplo, el péndulo) que abundan en textos y manuales neoclásicos15. Dicho brevemente, se trata de aprehender la historia del fenómeno y la lógica específica que le subyace. Lo señalado da lugar a algunas exigencias o conclusiones cuya explicitación puede ser útil: i) el análisis económico debe trabajar con conceptos cuyo rango de validez no es universal, es decir, debe funcionar con «abstracciones históricamente delimitadas»; ii) el analista debe ser capaz de identificar y explicar la emergencia o génesis de nuevos elementos y fenómenos; asimismo, la muerte o desaparición de elementos y fenómenos ya viejos debe ser igualmente bien explicada. Enunciar esta exigencia es fácil, pero implementarla no es nada sencillo. Piénsese por ejemplo en la escuela neoclásica: el campo problemático que privilegia y los supuestos y herramientas conceptuales que maneja dan lugar a un adiestramiento del todo incongruente con la exigencia recién señalada16; iii) no es fácil captar teóricamente la «lógica de lo viviente». Por lo mismo, en muchas ocasiones el afán desemboca en una pura descripción, en mucha historiografía y muy poca historiología. Es decir, se termina por subvaluar la teoría, por desechar el manejo de un esquema conceptual riguroso, sistemático y completo. Criticar la abstracción desmedida (o sin medida) no es lo mismo que criticar la abstracción per se. La escuela histórica alemana cayó en esa confusión y, por ello, terminó en el marasmo y la esterilidad. El ya legendario Methodenstreit dejó más o menos aclaradas las cosas al respecto. No obstante, se tendió también a olvidar lo válido y rescatable de las inquietudes historicistas: no definir a los esclavos como hombres de la raza negra ni pretender que los faraones del antiguo Egipto aplicaban una política fiscal anticíclica. O bien, para dar un ejemplo que nos es más familiar, no pretender que nuestros hacendados decimonónicos llevaban la producción de trigo hasta el punto en que los costos e ingresos marginales resultaban iguales entre sí y a la vez iguales al precio de mercado. 15 En realidad, existen unos pocos conceptos de rango universal: trabajo, producto, división del trabajo, consumo personal, etcétera. Como la universalidad se satisface al más alto nivel posible de abstracción, los contenidos conceptuales —en ese nivel— resultan bastante esmirriados. 16 Como se sabe, los neoclásicos —en especial, su vertiente walrasiana, que es, por lo demás, la de lejos dominante— poseen una verdadera obsesión por buscar los puntos o soluciones de equilibrio estable a los problemas que manejan. En este contexto, nociones como mutación, génesis, disolución, etcétera, parecen «de otro mundo». Y si se introduce algún cambio, este viene exógenamente determinado.
[87] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) Conviene agregar una última observación. Una visión estructuralista lleva necesariamente a privilegiar el cambio estructural. Es decir, el aspecto temporal de la teoría asumirá la forma de una dinámica estructural. Esta dinámica existe en tanto la economía experimente mutaciones cualitativas (esto es, estructurales) y, por lo mismo, se dé una transición de una fase histórica a otra. Los cambios pueden ser: a) de un modo de producción («sistema») a otro: hacia el capitalista o hacia el socialista17, lo que supone una mutación que afecta a un elemento específico estructural: las relaciones de propiedad18; b) del capitalismo subdesarrollado al desarrollado: el rasgo esencial del sistema se preserva, pero se alteran los elementos x, y, z, etcétera; c) en el seno del capitalismo subdesarrollado (latinoamericano), se avanza de una fase o estilo (o patrón de acumulación) a otro. Por ejemplo, de la industrialización sustitutiva de importaciones (ISI) al patrón secundario-exportador. En la obra de Pinto encontramos referencias a los cambios de tipo a) y de tipo b) (más a estos últimos), pero es muy evidente que el grueso de su atención se concentra en los cambios de estilo. Por lo mismo, las estructuras que —de modo primordial— analiza son aquellas que tipifican a economías que son capitalistas, subdesarrolladas, latinoamericanas y en determinadas fases de su devenir. Por ejemplo, analiza con especial lucidez los factores y causas que determinan el salto desde el modelo primario-exportador hacia la industrialización sustitutiva de importaciones. También, la mutación que va desde aquel hacia el posible secundario-exportador (desarrollista) o simplemente neoliberal, que fue la ruta dominante. Visión totalizante: centro y periferia Pinto abominaba de los enfoques unilaterales y es tal vez el muy especial feeling que posee para los fenómenos concretos —vistos como «unidad de múltiples determinaciones»— el que lo lleva a rechazar cierto tipo de abstracciones y a esgrimir y aplicar el dictum de Hegel: «la verdad reside en el todo». Es decir, entiende que nuestras economías constituyen solo una parte de una totalidad que es mayor y, por ello, una comprensión cabal de su funcionamiento 17 Solo señalamos las mutaciones que han preocupado a Pinto. 18 Por relaciones de propiedad entendemos una relación que se ubica al interior del sistema económico y que opera como matriz y fundamento de todo el sistema social. El contenido de la relación se refiere a la distribución social del poder patrimonial (i. e., el poder de decidir la asignación de las fuerzas productivas) y a los mecanismos de apropiación del producto, en especial del producto excedente.
[88] José C. Valenzuela Feijóo prohíbe hacer abstracción de las relaciones y nexos que supone el fenómeno mencionado. Pinto asume a plenitud —y la desarrolla— la concepción centro-periferia de Prebisch. Por lo tanto, en las relaciones internacionales ve conflictos y relaciones de dominación. En sus palabras, […] una economía central —aparte de su nivel y estructura de desarrollo y el carácter básicamente endógeno del dinamismo de su crecimiento—, se define también por la circunstancia clave de que está en posición de influir sensiblemente sobre la marcha de las economías periféricas —y no hay viceversa en la materia— salvo en algunos casos y coyunturas muy especiales o en forma incidental o marginal (Pinto, 1975, p. 296). La obvia contrapartida de lo expuesto es la «sensible» dependencia de las economías periféricas respecto a las centrales y dominantes (Pinto, 1975, pp. 141-161). En la relación, valga recordarlo, opera una fuerte succión de excedentes desde la periferia hacia los países centrales. Según Pinto, la expoliación no es muy decisiva para el centro, pero sí afecta bastante las posibilidades de acumulación y el crecimiento en la periferia19. Además, si hay explotación del centro por la periferia es a causa del desarrollo del polo central y no al revés: […] la Gran Bretaña, por ejemplo, llega a consolidar y extender su posición imperialista porque es desarrollada y no viceversa. Para demostrar este aserto basta tener a la vista la bien conocida historia de las potencias ibéricas. Es probable que, en términos absolutos y relativos, por lo menos hasta fines del siglo XVIII, la expoliación colonial por parte de España y Portugal haya sido mayor que la que pudo realizar Inglaterra. Sin embargo, ello no «generó el desarrollo» de esos países, sino que, por el contrario, parece haber sido una de las causales principales de su «subdesarrollo» en el cuadro europeo, como ha sido convincentemente argumentado por diversos autores (Pinto, 1975, p. 147). En un trabajo de 1972, Pinto escribe que «las transformaciones que han tenido lugar en las dos últimas décadas han afectado las relaciones cen troperiferia en grado muy sustancial. Ellas parecen derivar de dos procesos paralelos y contradictorios y que podrían denominarse como de marginalización relativa e inserción dependiente» (Pinto, 1975, p. 319). La marginalización periférica deriva del hecho de que «los nexos entre los dos polos del 19 En no pocas ocasiones, Pinto ha insistido en que atribuir a la dependencia la causa del subdesarrollo no sería correcto. Para Pinto, se trata de una causa entre otras y diríamos que gusta —quizá por afanes polémicos— de insistir en los condicionantes internos.
[89] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) sistema han perdido importancia en el conjunto, a raíz de la creciente integración de las economías centrales» y el menor crecimiento de la periferia. El segundo proceso apunta a lo siguiente: […] partes de la periferia y, en especial, de la América Latina (generalmente las más adelantadas o dinámicas) han venido siendo insertadas en el sistema central tanto por intermedio de crecientes importaciones de manufacturas —en su mayoría imprescindibles para su desarrollo— como, aún en mayor grado, por los movimientos de capital y, en especial, por inversiones directas destinadas a servir sus mercados internos (Pinto, 1975, pp. 319 y 320). Lo que este proceso implica es que algunos segmentos de algunos países entran en un proceso —eventualmente acelerado— de modernización capitalista. En segundo lugar, que se acentúa el grado de heterogeneidad estructural en dichos países y, finalmente, que se asiste a un agudo proceso de extranjerización de tales economías. Es decir, el crecimiento y la modernización de esos países pasan a depender y a ser conducidos por el capital extranjero. Hoy nos enfrentamos al sistema centro-periferia cuarenta años después y, por cierto, podemos observar cambios importantes. El más decisivo: el espectacular y casi automático derrumbe del campo soviético en toda la Europa Oriental. No es del caso entrar aquí a un análisis de lo nuevo, pero se podrían avanzar al menos dos observaciones: i) el contrapeso que ejercía la Unión Soviética y su hinterland europeo sobre Estados Unidos le posibilitaba al «tercer mundo» un no despreciable poder de regateo. Como el contrapeso ha desaparecido, la situación para el tercer mundo se acerca a la orfandad, máxime si no es capaz de superar su tradicional fragmentación política. El dramático caso de Irak es más que ilustrativo al respecto; ii) en el nuevo contexto, y especialmente luego de la guerra en el golfo Pérsico, la hegemonía políticomilitar de Estados Unidos resulta abrumadora. Por el contrario, la economía estadounidense sigue dando muestras de debilidad —fenómeno que no es coyuntural— y la correlación económica de fuerzas se sigue alterando más y más en contra de Estados Unidos. Es decir, se va perfilando una disociación creciente entre el poderío militar-político y el económico de Estados Unidos. Por lo mismo, cabe esperar que a la vuelta de los años se reedite el clásico conflicto interimperialista de los viejos tiempos, los previos al período de la «Guerra Fría». Dicho de otro modo, al revés de lo que algunas «buenas conciencias» y analistas superficiales han proclamado, el peligro de la guerra no se ha cancelado. Como es obvio, la guerra en que pensaban no es ya posible en tanto uno de los contrincantes ha desaparecido. Pero otro tipo de
[96] José C. Valenzuela Feijóo desarrollo económico genuino26; iv) asegurar que el Estado juegue un papel central como impulsor y regulador-planificador del proceso de crecimiento. Pinto, en uno de sus últimos trabajos (referido al caso chileno), escribía que […] la moraleja de la historia podría ser que la gran empresa privada —concreta y no schumpeteriana— sí requería una batería más adecuada de estímulos y correctivos (esto es de zanahorias y aguijones), necesitaba en mayor medida de la brújula, el lazarillo y, en último término, la asociación y el liderato definidos del poder público y sus oficinas. En otras palabras, en vez del paradigma monetarista del «Estado subsidiario» parece razonable pensar que la realidad del subdesarrollo y la dependencia externa ponen sobre la espalda del ente público el papel principal en la transformación productiva, asignándole al empresariado particular un papel «subsidiario», pero de indudable amplitud y trascendencia (Pinto, 1986, p. 147). Sobre la mecánica del crecimiento. El esfuerzo de inversión Por «crecimiento» podemos entender un proceso de elevación del PIB per cápita que se extiende por un período de tiempo más o menos largo. Importa que un PIB por habitante más elevado se consolide como «piso firme», o sea, que pase a funcionar como nuevo límite inferior. Para examinar la mecánica del proceso nos podemos apoyar en una expresión muy utilizada por la CEPAL clásica. En ella se manejan los acervos de capital fijo (K) y la relación producto a capital fijo (α), que es la inversa de la conocida como «intensidad de capital». Al PIB le restamos la depreciación del capital fijo y nos quedamos con el producto interno neto (PIN). Así las cosas, podemos escribir: (1) PIN = (K) (α) (2) ΔPIN = (ΔK) (α’) y por consiguiente: (3) rg = (ΔPIN/PIN) = [ΔK/PIN] [α’] = (in) (α’) Donde: rg = tasa de crecimiento del producto in = coeficiente de inversión neta α’ = relación producto a capital fijo incremental 26 Esta afirmación debería ser autoevidente. Casi como en física aceptar la ley de gravedad. Pero la ideología neoclásica neoliberal fue capaz de arrinconarla. Que hoy deba ser desenterrada, nos da una idea de la tremenda fuerza mediática del credo neoliberal. También, de la vergonzosa obsequiosidad del gremio de economistas a los ucases del poder.
[97] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) Como primera aproximación tenemos, entonces, que el ritmo de crecimiento depende de dos factores: el coeficiente de inversión y la relación producto a capital fijo incremental. Cuando se avanza en el proceso de industrialización, sobremanera si emergen segmentos de la industria pesada, es muy probable que el coeficiente alfa experimente algún descenso (o sea, sube la intensidad de capital). También cae, por lo menos temporalmente, cuando se ejecutan proyectos de inversión con un largo período de maduración. En el mismo sentido opera el aumento de las capacidades ociosas en las fábricas, que se elevan ante problemas de demanda u otros. Como sea, todo indica que la clave del crecimiento radica en elevar el coeficiente de inversión. Para mejor entender el problema acudimos a la «ecuación clásica y marxista del crecimiento». Para ello, multiplicamos la expresión (3), arriba y abajo, por el producto excedente (PE), la plusvalía anual, y se obtiene: (4) rg = (PE / PIN) (ΔK / PE) (α’) = (pra) (ak) (α’) = [p / (1 + p)] [ak] [α’] Donde: pra = PE/PIN = potencial de reproducción ampliada ak = tasa de acumulación = ΔK /PE p = tasa de plusvalía En la expresión (4), el primer término nos señala qué parte del producto funciona como producto excedente, magnitud directamente ligada a la tasa de plusvalía. Si esta sube, sube el potencial de reproducción ampliada (pra), aunque menos que proporcionalmente. El segundo término nos indica qué parte del excedente (o plusvalía total) se aplica como inversión. Y el tercero es nuestro ya conocido alfa incremental. Podemos ejemplificar con el caso de México. Al terminar la ISI (hacia 1982), la tasa de plusvalía giraba, gruesamente, entre 2,5 y 3,0, un nivel bastante alto. Luego de más de tres décadas de dominio neoliberal (hacia el 2016-2018), llegaba a un más/menos 6,0. Un nivel pocas veces visto en la historia del capitalismo. Dada esa tasa de plusvalía, la relación plusvalía (o excedente) sobre el ingreso nacional llega a 6/7 = 0,857. Que el excedente alcance a casi un 86 % del valor agregado total es algo poco común y se podría esperar (de acuerdo con los cánones neoclásicos) que se tradujera en muy altos niveles de inversión y de crecimiento. Pero la inversión neta solo llega a un 15 % de la plusvalía total. Amén de que la mitad de ese 15 % se aplica en ramas improductivas (finanzas, comercio, publicidad, etc.). En breve, nos encon-
[98] José C. Valenzuela Feijóo tramos con un despilfarro descomunal del excedente. Asimismo, se estima que el coeficiente producto a capital fijo incremental se aproxima a un muy bajo 0,169. O sea, no solo la inversión es magra; su eficiencia o rendimiento es alarmantemente bajo. En resumen, si recordamos la expresión (4), para México, hacia el 2016-2017 tendríamos: rg = 0,022 = (0,86) (0,15) (0,169) Si restamos el crecimiento demográfico, llegamos a una tasa de crecimiento del ingreso por habitante del orden del 0,5 % al 0,8 % promedio anual. Una situación de cuasiestancamiento. Con las precauciones del caso, bien se podría sostener que en la región lo que sobra es el excedente y lo que falta es saberlo aplicar a usos productivos. En breve, se trata de elevar drásticamente la tasa de inversión y también —last but not least— de saber en qué sectores aplicarla. En este marco, es imposible no recordar a los grandes clásicos (Smith, Ricardo y otros), que fueron grandes teóricos del desarrollo económico. En ellos, es muy clara su preocupación por usar todas las medidas posibles en favor de elevar la cuota de inversiones productivas, para lo cual su propuesta era implacable: quitarles el excedente a los terratenientes feudales y concentrarlo en los capitalistas industriales, que aseguraban muy altos niveles de acumulación. Asimismo, confiaban en los rapaces y egoístas capitalistas (los «carniceros» de Smith) de la época para que, guiados por su férreo egoísmo, terminaran maximizando el dividendo social. En la actualidad, los capitalistas latinoamericanos conservan el egoísmo y la rapacidad ancestrales de la clase, pero, al revés de los hijos de Cromwell, los nuestros (que más parecen hijos de Franco) poco o nada saben de inversiones productivas y creen que la industria es una rama ya obsoleta y que el progreso anida en las finanzas. Sobre la composición sectorial de la inversión Maurice Dobb, el gran economista inglés, advertía que «el logro del desarrollo económico puede depender más de la forma de utilización del excedente invertible que de su tamaño inicial» (Dobb, 1979, p. 127)27. Conviene, por lo menos, llamar la atención sobre este punto crucial. 27 La base de lo que sigue se encuentra en el famoso «modelo de Feldman». Este se puede leer en versión inglesa en Feldman (1965). El texto de Feldman es de lectura pesada. Una presentación rigurosa pero más asequible es la de Domar (1957). Una introducción sencilla y clara en Dobb (1979, caps. IV y V). Cabe agregar que Pinto fue asiduo alumno de Dobb
[99] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) En la aplicación sectorial de la inversión hay una distinción de raigambre marxista que conviene recordar. En ella, se pueden distinguir cuatro sectores (o departamentos) en los cuales se puede aplicar el gasto en inversión: 1) el departamento II, productor de bienes de consumo; 2) el departamento (I-a), que produce bienes de capital-consumo (máquinas que se utilizan en la producción de bienes de consumo); 3) el departamento (I-b), que produce máquinas que producen máquinas y es el sector clave del progreso tecnológico y de la misma ciencia; 4) el departamento III, que trabaja recursos naturales de origen agropecuario o minero. Suele ser exportador y según en qué se utilicen las divisas así generadas, se podría agregar al departamento II (bienes de consumo) o al departamento I (bienes de capital). Si el país se especializa en 4) y 1), no abandonará su condición dependiente y periférica. El desarrollo sustantivo pasa por el impulso a los departamentos (I-a) y (I-b). Y si pensamos en América Latina, lo dicho también exige procesos de integración regional bastante intensos. En este marco, hay un tema decisivo en las políticas de desarrollo: la relación entre el monto y los ritmos de crecimiento de los gastos de inversión versus los gastos de consumo. En países signados por una pésima distribución del ingreso y altos niveles de pobreza, las presiones por elevar los niveles del consumo siempre serán muy fuertes. Pero si estas se tratan de resolver en el muy corto plazo, las posibilidades de lograr altos ritmos de crecimiento del PIB y del mismo consumo per cápita resultan mínimas. La regla, en tales casos, es la emergencia de desequilibrios incontrolables y el derrumbe de esos gobiernos, eventualmente bien intencionados, pero desprovistos de los más elementales conocimientos sobre los procesos económicos. En breve: la ignorancia no se supera con cargo a buenos deseos samaritanos. Hay una ruta bastante diferente. Si inicialmente se privilegia la inversión en los departamentos (I-a) y (I-b), la tasa de crecimiento del PIB se dispara y, al cabo de cierto número de años (pueden moverse entre los 10 a 20), la tasa de crecimiento de los bienes de consumo (producción y consumo) se eleva y los niveles absolutos del consumo per cápita pasan a superar ampliamente a los que se lograrían con la ruta que privilegia el crecimiento del departaen Cambridge, por los años cuarenta. Y parece evidente que por tal ruta tomó conocimiento de las discusiones soviéticas de los años veinte y de las mismas hipótesis de Feldman y otros autores de esa muy fecunda época. En sus apuntes sobre Financiamiento del desarrollo económico (mecanografiado, CEPAL/DOAT, 1960) y en otros textos, algo se trasluce de esta perspectiva. También se debe remarcar que Celso Furtado se interesó bastante en el estudio de esta perspectiva analítica.
[100] José C. Valenzuela Feijóo mento II. En la síntesis de Dobb, tenemos que cuando el departamento I es casi inexistente, […] la tasa de crecimiento posible en el futuro será tanto mayor cuanto mayor sea la proporción de la inversión que se dirige hacia la expansión de este sector de la industria (en la terminología de Marx, el departamento I), y ello sucede por la sencilla razón de que se obtendrá una producción mayor de acero y máquinas en los años futuros con las que construir y equipar a las nuevas fábricas, altos hornos y plantas de energía. De este modo la construcción de máquinas-herramientas para construir más máquinas y herramientas, será un factor de inducción sobre el desarrollo superior de las industrias productoras de bienes de consumo (Dobb, 1979, p. 128). En suma, si la producción de máquinas y equipos inicialmente crece muy rápido, al cabo de cierto tiempo se podrán destinar parte de esas máquinas y equipos a la producción de bienes de consumo. Y aunque esa porción no sea la mayor, la inversión en bienes de consumo irá creciendo más y más y, al cabo, permitirá acceder a niveles de consumo inalcanzables con la ruta del «cortoplacismo». Desarrollo e industrialización Para Pinto, el desarrollo económico implica elevar los niveles de productividad del trabajo y que los nuevos y altos niveles se difundan hacia el conjunto de la economía. O sea, crece el ingreso por habitante y la economía asume un carácter homogéneo. Para que esto pueda tener lugar, resulta imprescindible que se eleve drásticamente el grado de industrialización. Por lo tanto, la clave del desarrollo reside en el proceso de industrialización. El argumento de Pinto en favor de la industrialización recoge a plenitud las hipótesis y razones de Prebisch. Primero, tenemos el argumento ocupacional. Este sostiene que en los países atrasados una gran parte de la población activa se localiza en sectores —fundamentalmente primarios— que funcionan con muy bajos niveles de productividad. Por lo tanto, el problema clave es resolver esa elevación de la productividad en esos sectores. Si esto se logra y no se altera la estructura ocupacional, tendrá lugar una expansión descomunal de la producción primaria que no podría ser absorbida ni por la demanda interna ni por la externa. El intento daría lugar a una sobreoferta internacional de productos primarios con el consiguiente desplome de los precios y la muy probable antieconomicidad de las actividades involucradas. Por lo tanto, y para abreviar, la introducción del progreso técnico en las actividades
[101] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) primarias y atrasadas debe elevar la productividad y a la vez provocar una gran expulsión de mano de obra. Y para darle empleo a esta población excedente debe expandirse la ocupación industrial. En segundo lugar, tenemos el argumento del equilibrio externo. Este se sustenta en la asimetría con que crece la demanda de bienes primarios y bienes manufacturados y sostiene, aproximadamente, que un estilo de crecimiento sustentado en exportaciones primarias genera una tendencia estructuralmente determinada al desequilibrio externo y que la necesidad de evitar dicho problema da lugar a un lento ritmo de crecimiento. Por lo mismo, las diferencias de ingreso entre países centrales y periféricos se agravarán. Luego, si esta situación resulta inaceptable, debe encararse un proceso de sustitución de importaciones y de «diversificación-industrialización» de las exportaciones. Es decir, se debe propiciar un vigoroso proceso de industrialización28. Con relación a lo expuesto, resultan pertinentes algunas observaciones adicionales. En la óptica de Pinto (y, en general, de la CEPAL) es dable ad28 En términos muy simplificados, la médula del argumento se podría formalizar como sigue. Si suponemos que las importaciones de bienes primarios del centro equivalen a las exportaciones totales de la periferia, podemos escribir: (1) ∆ =∆ =⋅ < XM rg EE pr pr pr XM 2 11 11 ,, ; 1 = centro; 2 = periferia; X = exportaciones; M = importaciones; pr = primarios; rg = tasa de crecimiento; E = elasticidad ingreso; m = manufacturas. La periferia solo importa bienes manufacturados: (2) ∆ =⋅ > Mrg EE mm M2 22 21 ,, ; El equilibrio externo implica: (3) ∆ =∆ XM XM 22 Reemplazando (1) y (2) en (3) y reagrupando, tenemos: rg rg HH E E pr m 21 1 2 1=⋅ =< ;, , Para superar el atraso relativo, se necesita que H > 1. Pero esto exige sustituir importaciones (alterar E2) y diversificar exportaciones (alterar E1). Todo ello equivale a industrialización.
[102] José C. Valenzuela Feijóo vertir que el desarrollo no solo implica elevar la productividad del trabajo, sino también un proceso de homogeneización estructural. Pero si esto es así, debemos concluir que también implicará un proceso de eliminación de la dependencia estructural. De aquí también se desprende una segunda conclusión: para que el desarrollo sea auténtico (o sea, que elimine la heterogeneidad y la dependencia estructurales) no basta la industrialización a secas. Esta, amén de existir, debe asumir también aquellas modalidades específicas que permitan resolver los problemas citados. En breve, se trataría de que la industrialización posibilite una endogenización relativa del ciclo económico, es decir, que se autonomicen las bases o fundamentos de la acumulación y el crecimiento del sistema. Por cierto, esto exige que la industrialización llegue a cubrir al menos algunos rubros pesados (verbigracia, bienes de capital) y de vanguardia tecnológica. Por lo mismo, que sea capaz también de generar capacidades científicas y tecnológicas propias. Industrialización sí, pero, además, de cierto tipo. Tal sería el lema para esgrimir. Desarrollo e intervención estatal Pinto era absolutamente claro y no confunde la planificación socialista con la que denomina «planificación capitalista». Asimismo, no se llama a engaño y no le atribuye a esta última alcances que serían incompatibles con la naturaleza más esencial del sistema. Por lo mismo, quizá, sería mejor hablar de regulación (o activismo) estatal más que de planificación. Pinto se pregunta: ¿Qué pretenden en último término los distintos esfuerzos que se rotulan como planificación en una economía capitalista? Antes que nada […] interferir en el funcionamiento espontáneo y automático del mecanismo del mercado. Sin alterar los fundamentos de la estructura económico-social, se quiere superponer una influencia que rectifique las tendencias espontáneas del aparato capitalista y desvíe el curso de éste hacia metas que no habría alcanzado por sí solo (Pinto, 1953, p. 54). ¿Por qué y para qué esta interferencia? La razón es sencilla y contundente: «en los países subdesarrollados, una de las metas principales […] es el logro de una tasa adecuada de industrialización que permita absorber las reservas de población activa, aprovechar más íntegramente las materias primas nacionales y atenuar la dependencia del exterior. Estos fines cardinales no parece posible alcanzarlos a través del funcionamiento espontáneo del proceso económico» (Pinto, 1953, p. 54). Dicho de otra manera, la hipótesis sostiene
[103] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) que el libre y espontáneo juego de las fuerzas que operan en el mercado será incapaz de lograr un desarrollo económico efectivo. En otras palabras, sin intervención y regulación estatal el sistema no funciona, no es eficaz como palanca impulsora del crecimiento29. Hay otro aspecto, íntimamente asociado al expuesto, que al menos debe mencionarse. El funcionamiento libre del mercado no solo genera una mayor proclividad cíclica y un menor crecimiento. También acentúa las desigualdades económicas y sociales: a nivel internacional, entre países centrales y periféricos, y en el plano interno, entre sectores, regiones y grupos sociales. Opera aquí el principio myrdaliano de la causación circular acumulativa: a los que todo tienen, todo les será concedido. Y a los que nada tienen, todo les será negado. La lógica pura del mercado funciona con ese sentido30. Inflación estructural De Pinto se ha dicho que es el «papa negro» del estructuralismo latinoamericano. Y si se trata del problema de la inflación, el aserto es aún más pertinente. Como se sabe, para Milton Friedman y compañía la inflación es un fenómeno esencialmente monetario. Pinto rechaza esta postura y visualiza el fundamento de los fenómenos inflacionarios latinoamericanos en los desequilibrios que afectan a las estructuras económicas y sociales. Por lo mismo, cuando Pinto examina la inflación procede a señalar el conjunto de desequilibrios que tipifican al sector real de la economía. Un ejemplo simplificado y más o menos típico de este tipo de análisis podría ser como el que sigue. Supongamos una fuerte expansión industrial: sube la ocupación y, en algún grado, también suben salarios. El auge, típicamente, provocará un crecimiento más que proporcional de las importaciones con las consiguientes presiones sobre el balance externo y el tipo de cambio. Asimismo, la mayor nómina salarial urbana dará lugar a un fuerte crecimiento de la demanda por bienes agropecuarios (alimentos). Ya que la oferta agropecuaria interna es inelástica, se elevarán los precios agrícolas. Los obreros industriales, al ver reducido su salario real, lucharán por incrementos salariales que —en virtud de su alto poder de regateo— muy probablemente obten29 Este es un rasgo que el estructuralismo latinoamericano comparte con Keynes. 30 Al respecto, la evidencia es abrumadora y solo el terrorismo ideológico neoliberal puede explicar que aquello se silencie.
[104] José C. Valenzuela Feijóo drán. A su vez, las empresas manufactureras trasladarán a los precios el mayor costo salarial generando así las conocidas espirales inflacionarias. Por cierto, esto va asociado a la expansión de la oferta monetaria, pero —en el espíritu estructuralista— podemos suponer que: i) primero suben los precios y luego el acervo monetario; y ii) la variable monetaria funciona como «llave de paso» y, muy probablemente, su oferta sea endógena. De lo expuesto, se puede deducir que un programa antiinflacionario debería atacar las raíces («presiones inflacionarias básicas») del problema y no solo sus «mecanismos de propagación». En nuestro ejemplo, se debería: i) corregir la inelasticidad de la oferta agrícola, lo que muy probablemente exija una reforma de la propiedad agrícola; ii) corregir la propensión estructural al desequilibrio externo, lo que implicaría fuertes avances en la sustitución de importaciones y diversificar las exportaciones reduciendo su contenido de productos primarios; y iii) regular o controlar el funcionamiento de las estructuras industriales oligopolizadas. Según se puede apreciar, estos programas difieren drásticamente de los «recomendados» por el FMI. De hecho, son auténticos programas (o estrategias) de desarrollo. Y es claro que está en la lógica interna del argumento que así sean: si la fuente última de la inflación reside en los desequilibrios estructurales, los remedios definitivos (que no las «aspirinas») deberán buscarse necesariamente en los cambios estructurales. Conviene advertir: la doctrina estructuralista sobre la inflación se forjó a fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta (Grunwald, 1961). Desde aquellos tiempos, bastante agua ha pasado bajo los puentes y es evidente que la teoría necesita una adaptación y puesta al día. Por ejemplo, deben precisarse los determinantes del margen de beneficios, los mecanismos de transmisión del sector real al monetario y viceversa, el carácter eventualmente endógeno de la oferta monetaria, el papel de las expectativas y los factores inerciales, etcétera31. No obstante, no puede sino subsistir lo que podríamos calificar como visión o matriz primigenia: el rechazo a entender la inflación como un fenómeno puramente monetario, el rechazo a la visión dicotómica neoclásica y a la neutralidad de la moneda; la afirmación sobre una efectiva interacción entre los fenómenos reales y monetarios y sobre el carácter más determinante de los reales. Más aún, el entender que la inflación constituye una expresión de las previas y más profundas contradicciones que suelen caracterizar a los 31 Para una reactualización creadora, ver Bresser-Pereira y Nakano (1989).
[105] 2. Aníbal Pinto (1919-1996) fenómenos sociales y económicos32. Dicho de otro modo, los desajustes de las estructuras económicas se refractan en conflictos sociopolíticos específicos que oponen a grupos sociales de carne y hueso: importadores versus exportadores, industriales versus terratenientes, obreros versus industriales, banqueros versus industriales, intereses del centro dominante (potencia imperial) versus fuerzas nacionales, etcétera. Como ha escrito Pinto, «siempre habrá que recordar que las políticas económicas, más que una expresión de artificios instrumentales susceptibles de manejarse con mayor o menor inteligencia, son una prolongación de las aspiraciones e intereses del cuerpo social» (Pinto, 1975, p. 37). De aquí también se desprende una conclusión que, aunque pudiera parecer obvia, suele callarse u ocultarse con todo tipo de eufemismos: ni la inflación es socialmente neutral ni los programas antiinflacionarios lo son. Según señala nuestro autor, «una conducta que se dirige a remover obstáculos y distorsiones estructurales reclama como primer requisito una base social afín o identificada con esos objetivos» (Pinto, 1975, p. 37). Si bien se piensa, en la concepción pintana la inflación (por lo menos, su componente tendencial) parece ser un fenómeno inherente a las economías subdesarrolladas que crecen y buscan abandonar su condición. Este tipo de inflación se podría, en consecuencia, eliminar de dos modos básicos: i) superando la condición subdesarrollada y los desequilibrios que le son propios; y ii) aceptando el subdesarrollo y un lento crecimiento (o semiestancamiento) que disimule los desequilibrios estructurales. Por cierto, una y otra política operan con signos políticos muy diversos y, por ello, no es para nada casual el alineamiento de la ortodoxia neoclásica y de la heterodoxia pintana al respecto. Heterogeneidad estructural Señalar la contribución interpretativa (conceptual) específica más importante de un autor suele ser un ejercicio difícil y no siempre del todo útil. Pero si se nos obligara a algún señalamiento, en el caso de Pinto elegiríamos la categoría «heterogeneidad estructural». Si a Prebisch se le conoce por el esquema centro-periferia, lo más específico de Pinto habría que buscarlo por el lado de la heterogeneidad estructural. Esta implica tanto una identificación de sectores económicos (los que 32 La idea de considerar la inflación como una expresión de las luchas de clases (y de fracciones de clases) proviene del francés Henri Aujac. De él la retomó el chileno Jaime Barrios (asesinado por Augusto Pinochet) y, por esta vía, se difunde a toda la escuela estructuralista.
3. VÍCTOR URQUIDI (1919-2004) Joseph Hodara Universidad Bar Ilán Primeros pasos Fecundo y singular fue el recorrido vital e intelectual de Víctor L. Urquidi. El lugar de nacimiento y su formación académica, el origen y perfil de sus padres, el inquieto tránsito a la adolescencia por múltiples países y culturas, la pluralidad de su quehacer como investigador y líder en variadas instituciones, su creativa participación en eventos que informaron la economía mundial y latinoamericana, el firme liderazgo de una dinámica institución académica mexicana durante dos décadas, y, en fin, su melancólico testamento intelectual que señaló «otro siglo perdido» por y en América Latina: ágiles y eslabonados tramos de una fecunda trayectoria que se examinará en las siguientes páginas. Lúcidamente se abstuvo de enhebrar un puntual recorrido autobiográfico1. Con ánimo histórico y analítico, prefirió temas que consideraba de superior importancia. Por fortuna, algunos de sus pasos y virajes hoy habitan el Archivo Histórico de El Colegio de México (AHCM), fuente ineludible de cualquier indagación sobre su aventura intelectual en múltiples entornos nacionales e internacionales2. Allí se almacenan datos y actitudes que modelaron diversos trayectos de su vida y sus indagaciones en torno a la evolución y el devenir de México y de América Latina en el dinámico entorno internacional3. 1 En el marco del Proyecto Historia Intelectual de las Naciones Unidas, narró algunas etapas de su vida. Páginas que constituyen apenas un breviario de su creativo trayecto. Véase Weiss (2015). 2 Un texto biográfico se encuentra en Hodara (2014b). 3 Temas de su última obra Otro siglo perdido (Urquidi, 2005). Para su examen crítico, véase Hodara (2006).
[114] Joseph Hodara Víctor Urquidi nació en París en mayo 1919. Su padre, el ingeniero Juan Francisco (1881-1938), desplegaba en aquel momento labores en la capital de Francia en calidad de tercer secretario de la Embajada mexicana. Descendiente de una prestigiosa familia vasca y chihuahuense, Juan había cursado estudios de ingeniería civil en el Massachussets Institute of Technology (MIT) y se graduó en 1906. El título académico —amén de ramificados lazos familiares y de amistad— le concedieron desde temprano un alto relieve profesional y político en su país. En 1914 decidió trasladarse a Nueva York con el propósito de crear e impulsar La Revista Universal, páginas dirigidas a latinoamericanos que se radicaban en esta ciudad. Juan se autodefinía entonces como «un maderista de hueso colorado» y miembro de la organización masónica (Weiss, 2015, p. 21). En el curso de su trajín periodístico conoció a Beatrice, madre de Víctor. Con el nombre Beatrice Mary Bingham, nació en Melbourne, Australia, en 1891. Sus padres, Thomas Percy Bingham y Julia Sophia, resolvieron al despuntar el nuevo siglo trasladarse de este país a Nicaragua a solicitud del hermano de Thomas que en aquel momento ejercía funciones de vicecónsul de Gran Bretaña en Greytown —hoy San Juan del Norte, Nicaragua—. Beatriz vivió en este país trece años nutriéndose tanto de la cultura británica como de la latina. Cuando su embarazo —resultado de una temprana aventura romántica— suscitó afiladas tensiones con sus padres, resolvió trasladarse a Nueva York para cursar estudios de enfermería en el hospital Mount Sinaí. Allí nació René, su primer hijo4. Las andanzas de Beatriz por los círculos latinos de la ciudad la llevaron a un feliz encuentro con Juan; y poco tiempo después contrajeron formal matrimonio. Al estallar la guerra europea resolvieron trabajar como censores de la correspondencia postal que en aquellos años llegaba a EE. UU. desde Europa. Concluidas las hostilidades, el Gobierno norteamericano les testimonió honda gratitud por los servicios prestados (Hodara, 2014b, p. 23). Poco tiempo después, Juan ingresó al Servicio Exterior Mexicano. Las hondas raíces chihuahuenses de los padres, sus inclinaciones profesionales y literarias y el dominio de varios idiomas le facilitaron el camino a un cargo diplomático en París. Desde sus primeros años, Víctor absorbió una alquimia de cortesía y brusquedad derivada de la cultura sajona de su madre y del origen vascomexicano del padre. En el paso del tiempo, Beatriz adquirirá fuerte presencia en el ho4 Sobre su hermanastro René, véase Hodara (2014b, p. 32).
[115] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) gar al lado de su esposo, intensamente absorbido por el quehacer literario y diplomático. El idioma inglés prevalecía en el hogar; frisando los tres años aprendió el castellano. En suma, una feliz coexistencia de circunstancias, personajes y culturas que modeló su carácter y habrá de enriquecer sus múltiples y futuros andares. Las peregrinaciones diplomáticas de su padre —Colombia, El Salvador, Uruguay hasta Madrid en 1935— gravitaron significativamente en la adolescencia de Víctor. Recordará en particular los encuentros con Augusto César Sandino, Farabundo Martí y Raúl Haya de la Torre, amén de las múltiples dificultades que entonces entorpecían el tránsito por los países latinoamericanos. En paralelo al quehacer diplomático, el padre tradujo al español y publicó en Colombia una versión métrica de La tragedia de Macbeth, original y valiosa faena que suscitó elogios en múltiples círculos. Más tarde tradujo al castellano La tragedia de Julio César, texto que lamentablemente no alcanzará a enriquecer con notas eruditas antes de su temprana muerte. Sus padres llegaron a la Embajada mexicana en España en 1935 cuando se multiplicaban las señales del conflicto ideológico y militar que despedazó a este país. Urquidi había realizado estudios escolares en diferentes capitales latinoamericanas; sin embargo, las autoridades españolas opusieron reservas. Debió entonces completarlos en una institución privada madrileña y en el Colegio Británico de la ciudad. Al agravarse la guerra civil en España, sus padres consideraron que Víctor debía viajar a Londres con el fin de cursar estudios universitarios, decisión que le indujo a ampliar el préstamo de los british traits que habrán de distinguirle en el andar de su vida; en paralelo, perfeccionó su dominio del francés. Un año más tarde inició los estudios de economía y comercio en el London School of Economics (LSE) persuadido de que «leer y leer es la llave». En este medio académico conoció a celebradas figuras: Harold Laski, Lionel Robbins, Nicolas Kaldor, Richard Henry Tawney y John Maynard Keynes, entre otras5. Abrumado por la incertidumbre respecto al continuo apoyo económico de sus padres, Urquidi resolvió buscar empleo en la emisora británica BBC que en aquel momento necesitaba locutores en idioma español para multiplicar la difusión de noticias sobre la conflagración europea. Tiempo después sus hermanas María y Magda llegaron de España para continuar estudios en 5 Para ampliar, véase Weiss (2015, p. 29 y ss.).
[116] Joseph Hodara el condado de Kent, en tanto que los padres deambulaban entre Madrid y San Sebastián conforme a los giros de la guerra civil y a las instrucciones del Gobierno mexicano. Experiencias y recuerdos que nunca se borrarán6. Como múltiples miembros de su generación, Urquidi reveló en aquellos años acentuado interés en la experiencia soviética que en aquel momento se perfilaba como una razonable alternativa al fascismo y al liberalismo capitalista. Sin embargo, las objeciones de la no conformista y celebrada pareja conformada por Sidney y Beatrice Webb respecto a la dinámica revolucionaria rusa y los críticos planteamientos del filósofo Bertrand Russell después de visitar Moscú le condujeron a adoptar al respecto una mesurada actitud. Ni entonces ni en años posteriores simpatizó con la semántica marxista, actitud que habrá de distanciarlo de no pocos colegas latinoamericanos. Debido a bruscas fricciones en la Embajada mexicana en Madrid y al incierto clima en España, sus padres retornaron a México. Juan falleció en diciembre de 1938, sombrío evento que obligó a Mary a movilizar recursos a fin de asegurar —entre otras cosas— el feliz retorno de su hijo. Festejó al fin el arribo de Urquidi a Nueva York desde Londres en agosto 1940 portando el correspondiente certificado de estudios y un mes más tarde, con dos dólares en el bolsillo y un maletín con 50 libros, desembarcó en el puerto de Veracruz. Desde aquí se abrirá una nueva etapa en su vida. Incursiones en México Diplomado como economista —título apenas conocido entonces en su país—, Urquidi exhibió en el nuevo entorno un perfil que fue considerado extraño —cuando no ofensivo— por no pocos. Sin embargo, en el andar del tiempo trascenderá su humana sensibilidad unida a una vertical rectitud, cualidades que normaron no solo sus contactos sociales, sino también la honesta y equilibrada evaluación de los textos que habrán de llegar a sus manos. En aquellos días escribió: «En nuestros países somos muy dados al elogio desmesurado e insensato […]. Yo ejerzo la crítica sin intención de ofender personalmente, y hasta donde soy capaz sin “criticar por criticar”»7. Frases 6 Cabe señalar que su madre multiplicó experiencias en España como enfermera en la Cruz Roja Internacional. Véase Weiss (2015, p. 29). 7 Véase un ejemplo en Urquidi (1946b).
[117] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) que encendieron en aquel momento desiguales reacciones en la élite política e intelectual mexicana. Urquidi se incorporó en octubre de 1940 al Departamento de Estudios Económicos del Banco de México, dirigido hasta entonces por una figura que era ya entonces celebrado tema de leyendas: Daniel Cosío Villegas. Una fluida y excepcional relación se tejió de inmediato entre ambos, más allá de las diferencias de edad y de formación intelectual. Distinguido historiador y fiero liberal, don Daniel (1898-1976) tuvo conspicuo papel en la gestación del Fondo de Cultura Económica en 1934. Después de cursar estudios en Harvard y Wisconsin tomó parte activa en la fundación de El Colegio de México en 1940. Las «afinidades electivas» —como Goethe diría— entre él y Urquidi fueron mutuas y duraderas8. Urquidi y su amigo Josué Sáenz —graduado también en el LSE— eran en aquel momento casos excepcionales en México por haber obtenido un primer grado universitario en economía. En contraste, la mayoría del personal que en aquellas circunstancias encabezaba instituciones académicas, comerciales y financieras carecía de alguna estricta y bien articulada formación en esta materia. Por ejemplo, Eduardo Villaseñor, Jesús Silva Herzog, Antonio Ortiz Mena y Rodrigo Gómez —entre otros—, que tenían en aquel momento conspicua presencia en los dominios de las finanzas y de las políticas macroeconómicas del país, se habían formado en las facultades de derecho, y no pocos de ellos apenas habían conocido estudios universitarios. En este singular contexto público y académico, Urquidi y Sáenz empezaron a impartir clases en la Escuela de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Tareas que asumieron durante pocos años, pues la generalizada mediocridad de los alumnos y la verborrea marxista que exhibían resultaron al cabo intolerables. El escaso número de economistas profesionales en México empezó a corregirse hacia la mitad de los años treinta. Nacieron entonces el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), dos entidades académicas que se propusieron moderar la retórica marxista y populista que dominaba en aquel momento en la Escuela de Economía de la UNAM fundada en 19359. 8 Al respecto, véase Cosío Villegas (1976) y Krauze (1991). 9 Véase Babb (2003).
[118] Joseph Hodara Su incorporación en el Banco de México le ofreció no pocas ventajas. Entre otras: flexibles horarios de trabajo, un sueldo relativamente alto, el goce de préstamos personales y la posibilidad de cambios y ascensos que no estaban supeditados al ciclo presidencial. El Banco había sido creado en septiembre 1925 por edicto del entonces presidente Plutarco Elías Calles, con estructuras y funciones diferentes a las del Nacional de México fundado en 1884 (Turrent, 1982)10. En los años treinta la inestabilidad y la violencia abrumaban al país. Eran «tiempos broncos y turbulentos» que acentuaban el desequilibrio social y económico (Silva Herzog, 1972). Con el propósito de preservar la denominada «paz revolucionaria», el Gobierno se inclinaba en aquellas circunstancias a conceder contratos a los militares a fin de incentivar la construcción de infraestructuras y vías de transporte; contratos que regularmente ofrecían a su vez a empresas nacionales y extranjeras. Así, «los elementos levantiscos fueron enriqueciéndose, engordando y haciéndose viejos» (Silva Herzog, 1972, p. 109). Medidas que en México —en contraste con no pocos países de América Latina— alejaron al sector militar del poder. Por añadidura, con el ánimo de preservar «el ethos de la revolución» cristalizó un entendimiento entre el Gobierno y el sector privado dirigido a ocupar académicos e intelectuales a fin de que, sin esperar ni exigir una acerada adhesión a la «familia revolucionaria», le concedieran sin embargo formal respaldo. Bajo silente protesta, Urquidi se ajustó a estas convenidas prácticas durante algún tiempo11. Dos años después de su arribo al país empezó a publicar —con ánimo crítico— numerosos textos sobre la evolución de México en El Trimestre Económico, importante y fecunda tribuna creada por Cosío Villegas en enero de 1934. Urquidi tomará su dirección en la década de los cincuenta. En 1942, en uno de sus primeros aportes pasó revista a la evolución del comercio exterior de México, sustancialmente afectado por el choque bélico que se verificaba en Europa. Un texto provocativo y lúcido que cuestionó las convicciones entonces dominantes sobre la riqueza y la variedad de los recursos del país. Señaló por ejemplo que «la balanza comercial presenta saldos favorables gracias a la exportación de fuertes cantidades de oro y plata, un hecho que daña al país» 10 Para ampliar este texto, véase Merchant (2011). 11 Véanse las páginas introductorias a las Obras escogidas de Víctor L. Urquidi. Perspectiva económica y social (Hodara, 2014a).
[119] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) (Urquidi, 1942, p. 53). Y anticipó con inquietud que «al término de la guerra […] nuestro comercio tiene un solo cauce: Estados Unidos». Un año después ponderó las consecuencias de la guerra europea en México y en el resto de AL con puntuales preguntas: «¿Qué efectos ella traerá consigo en la economía y en la sociedad de estos países? ¿Cómo se redesplegarán las industrias, el comercio y, en general, las actividades domésticas? ¿Aumentarán las inversiones extranjeras? ¿Iniciará el gobierno nuevas obras públicas?». Como conclusión recomienda «crear mercados internos a los productos que habitualmente importamos; alentar fuentes alternativas de trabajo; diversificar las exportaciones, y ampliar las fuentes de empleo» (Urquidi, 1942, p. 55). Sugerencias que se inspiraban —entre otras fuentes— en los planes elaborados por el norteamericano Harry White y el inglés John M. Keynes cuando vislumbraron el término de la guerra12. Hacia Bretton Woods Después de la derrota alemana en Stalingrado en 1943, los aliados empezaron a intercambiar ideas en torno al orden financiero y comercial que sería conveniente crear al concluir las hostilidades. Coincidieron entonces tanto en la necesidad de corregir los errores cometidos al término de la Primera Guerra Mundial como en acortar los efectos de la gran depresión que despuntó en los años treinta13. En los nuevos escenarios sobresalieron Keynes y White. El primero se desem peñaba como consejero del Tesoro de la Gran Bretaña en tanto que White ejercía funciones como secretario adjunto del Tesoro de Estados Unidos. White resultó favorecido por el alto relieve de EEUU como principal acreedor en Europa desde décadas previas a la segunda contienda bélica. Este país poseía en aquel momento la mitad del PIB del mundo y un 7 % de la población mundial, almacenaba el 50 % de la oferta global de carbón y dos tercios del petróleo, y revelaba dinamismo en la adopción de múltiples innovaciones directa e indirectamente derivadas del enfrentamiento militar14. 12 Fueron publicados parcialmente en El Trimestre Económico (vol. 10 de 1943). 13 Valiosas referencias en Harris (1943) y Gerschenkron (1962). 14 Para ampliar, véase Hobsbawm (1955, p. 277 y ss.).
[120] Joseph Hodara En este inquieto escenario gravitó la rica experiencia personal y profesional de Harry White. Si su itinerario personal se hubiera eximido de futuras e injustas complicaciones, no dudo que este economista habría merecido un amplio e incuestionable reconocimiento. White se había formado en Harvard, donde impartió clases durante no pocos años hasta obtener una cátedra en el Lawrence College, localizado en Appleton, Wisconsin. Al final de los años treinta, el ya celebrado economista Jacob Viner sugirió su nombre al secretario Henry Morgenthau. En los años que siguieron será la principal figura del Tesoro norteamericano15. Interesaba a Washington en aquellos días el auspicio de un cónclave mundial encaminado a eludir los eventos negativos que se habían verificado al término de la Primera Guerra. Entre ellos: el masivo desempleo, el colapso de los precios de las materias primas, la inestabilidad monetaria y los acentuados desequilibrios en las balanzas de pago, fenómenos que en los años treinta también afectaron a países económicamente rezagados, incluyendo a México (Turrent, 2009, p. 21 y ss.). El feliz desempeño de Urquidi en el Banco de México, sus textos publicados en importantes tribunas académicas, sus primeras actividades en El Colegio de México, y, en particular, el prolijo dominio del inglés fueron algunas de las circunstancias que favorecieron y explican el sobresaliente papel que protagonizó en los pasos que al cabo condujeron a su país a Bretton Woods. Urquidi conoció a Harry White en junio 1942 en un informal encuentro interamericano que tuvo lugar en Washington. Una indescifrable fortuna llevó a que uno se sentara al lado del otro en el banquete que tuvo lugar en el Mayflower Hotel al concluir el certamen. Sin formales ceremonias, se hiló entre ellos un diálogo que hizo referencia —entre otros temas— a los padres de White que habían emigrado de Hungría a EEUU debido a turbulencias antisemitas, circunstancia que lo condujo a relatar el origen y las múltiples peripecias de su bisabuelo materno, quien había conocido una historia similar. El funcionario norteamericano le pidió presentarse el día siguiente en su oficina y le entregó un documento lacrado y en mimeógrafo intitulado «Plan White», haciendo hincapié en el carácter confidencial del legajo. Urquidi supo más tarde que en este documento el norteamericano esbozaba el carácter de las instituciones internacionales que debían levantarse al concluir el 15 Harrod traza un cotejo entre los dos economistas en La vida de Keynes (1958).
[121] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) período bélico16. De regreso a su país, entregó estas páginas a un número selecto de investigadores del Banco de México y de Nacional Financiera, y poco tiempo después se creó un grupo para su prolijo estudio. Entre sus miembros se contaron Daniel C. Villegas, José M. Echeverría, Josué Sáenz, Javier Márquez y Urquidi. Semanas más tarde les llegó un escrito redactado por J. M. Keynes que les facilitó cotejar prolijamente uno con el otro17. Estas tempranas deliberaciones abrieron cauce a un diálogo entre funcionarios de EEUU y de México en torno a los temas de la programada conferencia, intercambio que al cabo condujo a H. Morgenthau —secretario del Tesoro norteamericano— a solicitar a su homólogo mexicano Eduardo Suárez el apoyo necesario a fin de ejercer como presidente de la programada conferencia mundial. El funcionario norteamericano indicó que, en reciprocidad, Suárez encabezaría una de las tres comisiones que habrían de instituirse en este marco. Un entendimiento que sin reservas favoreció a las dos partes. Con el fin de definir sin ambigüedades la postura de México en este evento, Eduardo Villaseñor, en su calidad de director del Banco de México, solicitó a Daniel Cosío Villegas y a Urquidi estudiar prolijamente los textos redactados por White y por Keynes. Para llevar a cabo esta tarea ambos resolvieron alejarse de la bulliciosa capital y convivir en el hotel El Mirador, en Acapulco, durante un mes. La diferencia de edades entre ellos apenas trabó el fluido diálogo. Y la estricta disciplina de trabajo que acordaron se tradujo al cabo en un pormenorizado documento que presentaron en junio 1943 al secretario de Hacienda Suárez y a E. Villaseñor. Aceptadas sin reservas las consideraciones y directrices que sugirieron, Cosío y Urquidi fueron nombrados miembros de la delegación mexicana en Bretton Woods. Feliz recompensa. En el trajín de los siguientes años apuntó: «Estuve en Bretton Woods […]. En juventud sólo me ganaba entonces el griego Andreas Papandreu. Ayudé a formular la propuesta mexicana para que el Banco Mundial tratara equitativamente las solicitudes de préstamos para el desarrollo y la reconstrucción»18. La Conferencia tuvo lugar en New Hampshire en abril de 1944, en «un complejo hotelero que había sido abandonado durante tres años a causa de la 16 Para ampliar, véase Urquidi (1994). 17 Se publicaron en El Trimestre Económico, 10(37-1), abril-junio de 1943. Véase también Turrent (2009). 18 Véase la entrevista a Víctor Urquidi en Milenio Diario (Blancarte, 2004).
[128] Joseph Hodara ambos atendieron múltiples temas de la teoría y de la praxis económica. Y seguirá de aquí un apretado vínculo personal con expresiones desiguales en el andar de los años. Un ejemplo: cuando Urquidi recibió el Premio Iberoamericano de Economía en Madrid —en octubre de 1990— mencionó la «estimulante visita del Dr. Raúl Prebisch a México en 1944 y las bases de una amistad que jamás dejaron de ser absolutamente firmes, con pleno respeto de unos y otros puntos de vista» (Urquidi, 1990, p. 31). Y aun antes —en los años setenta—, Urquidi auspició una campaña internacional dirigida a conceder a don Raúl el Premio Nobel de Economía. Iniciativa que apenas mereció ecos en la comunidad profesional, tal vez por el carácter limitado de los logros estrictamente académicos de Prebisch34. Cabe advertir que los vínculos entre ambos nunca alcanzaron el alto e íntimo relieve que para Urquidi asumieron respecto a Cosío Villegas y José Medina Echeverría (Urquidi, 1986a). Sin embargo, estimó su alto relieve intelectual. Escribe: «Tenía poder persuasivo y carisma. Él escuchaba. Una excepcional combinación» (Weiss, 2015, p. 98). Cuando don Raúl fue designado secretario ejecutivo de la CEPAL en 1950 no dudó en pedirle que formara parte de la entonces oficina en México, en calidad de jefe de la sección de estudios económicos. Sin vacilar, Urquidi aceptó el cargo y poco tiempo después fue nombrado director de la subsede cepalina en su país, tareas que incluían la atención a los países centroamericanos35. Nuevas experiencias En este nuevo marco laboral se consagró a estudiar sociedades y países que había conocido y recorrido en su infancia. Tareas que avivaron su memoria. Nuevos y cercanos contactos con figuras que protagonizaban importantes tareas en el conjunto centroamericano dilataron sus intereses. Cabe recordar entre ellas al guatemalteco Manuel Noriega Morales —su amigo desde Bretton Woods—, el nicaragüense Enrique Delgado y el salvadoreño Jorge Sol. 34 Al respecto, véase Hodara (1995). 35 Víctor Urquidi escribe: «Brinqué de alegría al escuchar esta propuesta… Tenía muchos amigos en esta región. Dejaría mi cargo, con el doble de salario» (Weiss, 2015, p. 95).
[129] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) En cuanto al empeño integracionista, el Comité de Cooperación Económica del Istmo Centroamericano (CCEICA) ya había señalado en los cincuenta los beneficios que se derivarían de una equilibrada convergencia comercial, en una región cuyo mercado dependía sensiblemente de la exportación de pocos productos primarios (café, cacao, banano y algodón). Así aumentaría la viabilidad económica de estos países36. Por sugerencia de Urquidi, Raúl Prebisch emprendió en marzo 1952 una gira por los países centroamericanos a fin de gestar contactos con sus líderes y señalar las ventajas inherentes a la integración regional de los mercados. Costa Rica era en aquel momento el único país en el área que gozaba de un régimen democrático, circunstancia que no impedía a sus vecinos ponderar los beneficios potenciales inherentes a un entendimiento económico regional sin lesionar su identidad política. Por añadidura, estas convergentes intenciones podrían atenuar la dilatada presencia de diversas corporaciones internacionales que estrechaban el poder nacional37. En aquellos años, el quehacer institucional e intelectual de Urquidi no se restringió a estos países. Le interesaba el conjunto latinoamericano. En 1953 tomó parte activa en el quinto período de sesiones de la CEPAL en Quitandinha, Brasil, en la que Prebisch conoció el firme apoyo del presidente Getulio Vargas en favor de la institucionalización irreversible de la CEPAL en el marco de las Naciones Unidas. En estas circunstancias, ni la actitud hostil del Gobierno norteamericano ni las reservas formuladas por la Organización del Estados Americanos (OEA) merecieron atención. La Asamblea de las Naciones Unidas aprobará definitivamente la gestación y autonomía del nuevo organismo latinoamericano38. En su calidad de director de la subsede cepalina, Urquidi también atendió algunos problemas cardinales de México. A mediados de los años cincuenta llegaron desde la sede chilena Celso Furtado, Juan Noyola, Osvaldo Sunkel y Oscar Soberón. Lúcido equipo que se consagró a estudiar las tendencias económicas de este país, asunto que desde su arranque no contó con el beneplácito de la Secretaría de Economía mexicana por considerarlo una intrusión en los asuntos nacionales. Eludiendo estas reservas, Furtado y sus colegas hilvanaron en pocos meses un prolijo estudio cuyas conclusiones 36 Situación que a la fecha no ha cambiado radicalmente. Véase, por ejemplo, Trejos y Gindling (2004). 37 Para ampliar, véase Torres et al. (1974). 38 Logro personal e institucional de Raúl Prebisch. Véase Iglesias (1993).
[130] Joseph Hodara disgustaron —por razones dispares— tanto al Gobierno mexicano como al propio Prebisch39. En efecto, el estudio llevó a un tenso encuentro a puertas cerradas en la sede cepalina chilena en el que tomaron parte Prebisch, Furtado y Urquidi. Filosa y sustantiva experiencia que se prolongó cuatro horas y condujo a un ingrato resultado: los amonestados no toleraron frenos a la libertad intelectual y decidieron poco tiempo después abandonar la CEPAL y cultivar las investigaciones con plena libertad intelectual (Weiss, 2015, p. 94). Fiel a sus personales convicciones, Urquidi resolvió publicar y difundir por propia iniciativa 250 ejemplares del estudio y solicitó a Rodrigo Gómez —entonces director del Banco de México— auspiciar una mesa redonda con el propósito de presentar sus hallazgos y conclusiones. El encuentro tuvo lugar con la participación de un número selecto de académicos y altos funcionarios, entre ellos Leopoldo Solís y Eduardo Turrent, conducta que obviamente abultó el enojo del líder cepalino. Sin embargo, más allá de estos desencuentros, el distinguido trío Prebisch-Furtado-Urquidi preservará en el andar del tiempo una apretada amistad. Respecto a los reiterados ensayos en favor de la integración económica y comercial de América Latina, Urquidi escribirá al final de sus días: «La integración latinoamericana ha perdido rumbo […]. No creo que la idea fundamental sobre las ventajas de ampliar el mercado intrarregional se pueda cuestionar. Lo que se subestimó casi totalmente fue su instrumentación […]. Ganaron fuerza las ideas centrífugas… Y faltaron voluntad e imaginación» (Urquidi, 2005, p. 236). Académico y asesor gubernamental En los años cincuenta, Urquidi trabajó en dos terrenos que en aquel momento parecían irreconciliables: la actividad académica y la asesoría gubernamental. Sin embargo, en ambos reveló un sensato y fecundo equilibrio que multiplicó su prestigio personal. Cuando en los años cincuenta se ampliaron las actividades académicas en el Colmex, Urquidi empezó a dictar clases y orientar seminarios sobre la economía latinoamericana y mexicana, con particular atención a la crisis que 39 Véase Weiss (2015, p. 81).
[131] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) se había conocido dos décadas antes. Labores que tempranamente merecieron el cálido respaldo de Silvio Zavala, historiador que había reemplazado a Cosío Villegas en la dirección. Al paso de los años, Urquidi encabezará —junto con Consuelo Meyer— el Centro de Estudios Demográficos y Económicos de esta institución. Su principal ingreso en aquellos días tenía origen en las funciones que desempeñaba como asesor del secretario de Economía, Ortiz Mena, en temas vinculados con la carga tributaria nacional. Un asunto al que, hasta los años cincuenta, el Gobierno apenas le había prestado atención. En torno a este tema y en un texto que vio la luz años más tarde, Urquidi se preguntará: «¿Es México tan pobre que el Estado no puede gravar sino sólo el 10 % del ingreso nacional?»40. Un interrogante que aludía a la estrecha recaudación fiscal que representaba en los años veinte el 0,25 % del PIB y a un modesto ascenso al 2,5 en los cincuenta. Al respecto, apuntó que la amplia evasión fiscal y la abundancia de exenciones y subsidios reducían la recaudación de ingresos sobre la renta y generaban efectos socialmente regresivos41. Variables como los intereses derivados de valores financieros y las ganancias por inmuebles e inversiones favorecían a un delgado estrato que, por añadidura, acertaba a eludir los impuestos. En contraste, los ingresos derivados del trabajo asalariado presentaban severas reducciones y sus actores eran causantes cautivos. Los apuntes de Urquidi eran ecos de las protestas populares que se multiplicaron en el sexenio presidencial de Adolfo López Mateos (1958-1964). Se había tornado imperativa la necesidad de ampliar la recaudación fiscal y redistribuirla con superior equidad. Una tarea que el ministro Raúl Ortiz Mena empezó a considerar en los años sesenta. Su atención al tema se inició en 1953 cuando, a solicitud del Banco Mundial y en colaboración con Antonio Ortiz Mena y J. H. Haralz, tomó parte en un proyecto intitulado El desarrollo económico de México y su capacidad para absorber capital del exterior42. Se derivó de aquí un amplio estudio que condujo a remodelar sustancialmente los nexos financieros del país con el exterior y corregir algunas distorsiones fiscales en la economía nacional. En un texto complementario, Urquidi explicó las causas del disfuncional e injusto reparto de la riqueza y de los ingresos tanto en México como en el 40 Para ampliar, consúltese Trejo Reyes (2008). 41 La economista Ifigenia Martínez de Navarrete confirma este hecho en su texto Política fiscal de México (1964). 42 Fue publicado por Nacional Financiera dos años después.
[132] Joseph Hodara conjunto latinoamericano. Se manifestarían en la concentración y la acumulación de la propiedad, el alto relieve de las tendencias monopólicas, las amplias disparidades entre sectores y clases, la precaria cuando no ausente sindicalización laboral y la continuidad de regímenes de sucesión y herencia que en conjunto acentuaban las disparidades en el tránsito de las generaciones (Urquidi, 1960a). La frustrada reforma fiscal Las particulares relaciones entre la teoría fiscal y la monetaria le interesaron desde su retorno a México43. Con este ánimo estudió experiencias que se habían verificado en el país en los años treinta, cuando la contracción económica mundial desarticuló la actividad nacional debido «a un sistema monetario poco elástico y poco organizado en el patrón oro». Concluyó: «no modificar el sistema fiscal que heredamos del porfirismo es incompatible con el propósito revolucionario y hará fracasar o detendrá largo tiempo todo intento de transformación en México» (citado en Aboites Aguilar, 2003, p. 61). Se preguntará años después: «¿estaremos queriendo acudir a las teorías del difunto Keynes cuando en realidad no son aplicables a nuestros países?» (Urquidi, 1951). Un interrogante que fluyó de la experiencia que había conocido en Inglaterra, amén de los avances de la URSS en materia de planificación y del sello keynesiano del New Deal norteamericano. Para atender estos temas, Urquidi sugirió al secretario Antonio Ortiz Mena invitar al economista húngaro-británico Nicholas Kaldor como asesor en un proyecto dirigido a adelantar una reforma fiscal en el país. Kaldor había sido consultor de diferentes gobiernos británicos y consultor en países como India, Ceilán, Ghana, Turquía y Guyana. Y años antes había tenido contactos con la CEPAL en Chile por invitación de Raúl Prebisch. Kaldor llegó a México en los inicios de 1960. Para llevar a cabo sus labores al margen de la atención pública, Ortiz Mena resolvió hospedarlo en Cuernavaca, lugar relativamente alejado de la capital. Durante tres meses tuvo frecuentes contactos con figuras locales —en particular con Urquidi— con el fin de recoger y sistematizar datos indispensables sobre el tema. Al cabo de tres 43 Véase por ejemplo Urquidi (1946c).
[133] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) meses presentó un pormenorizado informe al secretario de Hacienda44. En estas páginas, Kaldor señaló que «hay necesidad urgente de una reforma radical y general del sistema impositivo de México por dos razones fundamentales: […] los ingresos corrientes provenientes de los impuestos son inadecuados para las necesidades de una comunidad dinámica […]. Y la creciente desigualdad económica entre las diferentes clases […] amenaza con minar el edificio social» (Kaldor, 2011, pp. 112-113). Con el propósito de evaluar sus planteamientos, Ortiz Mena formó un equipo integrado por una docena de profesionales que incluyó a Urquidi. Durante varias semanas tuvieron lugar afiebradas discusiones entre ellos sin llegar a un convenido resultado. Urquidi intentó tomar parte activa para objetar opiniones de algunos miembros del grupo —en particular las del abogado Sánchez Cuén—, pero se le negó repetidamente la palabra. Actitud que le condujo a una brusca ruptura diciendo «gracias señor licenciado… no tengo más que decir. Buenas tardes» (Hodara, 2014b, p. 341). Tiempo después, Ortiz Mena confesará: «no fue posible políticamente realizar en aquellos momentos una reforma tributaria global» (Ortiz Mena, 2006). Un episodio que hondamente le dolió. Consideraba a Kaldor «el enfant terrible de la nueva economía» y estaba convencido de que el rechazo a sus recomendaciones agudizaría las tensiones sociales en el país. La protesta universitaria que se conoció en 1968 será una de sus expresiones (Urquidi, 1987a). En suma, la postergación de una reforma fiscal significó «el fracaso de una nación entera durante el siglo XX» (Aboites Aguilar & Unda Gutiérrez, 2011, p. 11). Y «la torcida política fiscal condujo al fortalecimiento de los sectores privados […] que desafiaron la viabilidad del Estado nacional» (Urquidi, 2005, p. 336). Hacia una nueva aventura intelectual Las tareas de Urquidi como asesor en el grupo Hacienda-Banco de México se combinaron con el quehacer académico en el Colmex. En los años cincuenta esta joven institución diversificó ampliamente sus actividades académicas y los proyectos de investigación. Don Daniel sacó adelante su Historia moderna de México y Alfonso Reyes incentivó las actividades literarias con la ayuda de be44 Al respecto, véase Hodara (2014b, p. 338 y ss.).
[134] Joseph Hodara carios que ulteriormente serán importantes escritores nacionales, como Juan José Arreola, Fernando Benítez y Alí Chumacero, entre otros45. A la muerte de Reyes en diciembre 1959, Daniel Cosío tomó su lugar. Desde sus primeros pasos puso acento en áreas estratégicas como las relaciones internacionales, la economía y la demografía, con el claro designio de convertir a El Colegio en una institución genuinamente universitaria. La adquisición de un amplio terreno localizado en la calle Guanajuato 125 facilitó considerablemente la expansión y la diversificación de la actividad académica. En estas circunstancias, Urquidi amplió sus exploraciones sobre la historia y el devenir de América Latina, sin desatender la viabilidad de los proyectos de integración regional46. En paralelo, formó parte de la Junta de Gobierno que se constituyó en el período 1961-1965 cuando Silvio Zavala fue designado presidente de la institución en reemplazo de Cosío, que deseaba consagrarse exclusivamente a sus tareas como historiador. Al paso del tiempo, Urquidi se convirtió en el principal soporte de Zavala. Ciertamente, su ágil acceso a instituciones oficiales y financieras le facilitó la obtención de recursos en favor de la joven institución. Por añadidura, los vínculos que había cultivado con organismos latinoamericanos —la CEPAL y el CELADE entre ellos— le ayudaron a promover y diversificar los estudios ofrecidos por El Colegio. Actividades administrativas que no le impidieron tomar parte —junto con los jóvenes demógrafos Raúl Benítez y Gustavo Cabrera— en el Congreso Mundial de Población que tuvo lugar en septiembre 1965 en Belgrado. Cuando en 1966 Silvio Zavala aceptó el cargo de embajador en Francia, la Junta de Gobierno resolvió designar a Urquidi en su lugar47. Respecto a este viraje, escribió la historiadora Josefina Z. Vázquez: «El estilo de Urquidi difería de sus antecesores […]. Era más joven y menos diplomático que don Silvio; directo como don Daniel, pero con menos sentido del humor […]. Impaciente y eficiente, toleraba mal los retardos y las confusiones y su actividad era incansable» (Vázquez, 1990, p. 102). Así se abrió un largo y fecundo período (1966-1985) en la vida de Urquidi que producirá en esta institución una creativa metamorfosis sin hacer con45 Para ampliar, véase Lida y Matesanz (1990, p. 315 y ss.). 46 Entre ellos, Víctor Urquidi (1960b y 1962). 47 Véase Lida y Matesanz (1990).
[135] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) cesiones sustantivas a figuras presidenciales cuando asumieron rasgos autoritarios respecto a la actividad académica. Será noble y ejemplar líder para no pocos y hacendado autoritario para los demás48. Cabe agregar que no pocos miembros del cuerpo académico temían que Urquidi pondría acento desmesurado en temas económicos a expensas de los históricos y literarios. Inquietud que en poco tiempo se esfumó. Desde sus primeros pasos, Urquidi puso énfasis en racionalizar y remodelar los rumbos y las actividades de la institución. Auspició, por ejemplo, una contraloría a fin de vigilar gastos y costos, contrató un bibliotecario profesional, alentó foros internos de consulta y puso en funcionamiento el departamento de publicaciones, el de asuntos escolares y el laboratorio de lenguas. Iniciativas que poderosamente alentaron el progreso y el reconocimiento académico de la joven institución49. Por añadidura, alentó nuevos centros académicos, obtuvo donativos para contar con servicios de computación y adelantó pasos dirigidos a adquirir un nuevo edificio en el centro de la capital50. Así tomó altura un líder que revelaba variados perfiles. El dinámico impulso a proyectos como el Diccionario básico del español de México, La historia general de México y La historia de la Revolución mexicana se sumaron a núcleos de investigadores especializados en la historia de Asia y África, en economía y sociología, en estudios de la mujer, y, en fin, el constante enriquecimiento de la biblioteca le concedió sobresaliente estatura en el entorno nacional y en el extranjero. Actividades que se tradujeron en dinámicos avances académicos en un medio político que exigía prudencia y sabia flexibilidad. Urquidi acertó en promoverlas. Cabe subrayar que su modesto título académico (licenciado) nunca estropeó el diálogo con investigadores nacionales y extranjeros formalmente mejor calificados. Por ejemplo, no impidió su nombramiento como presidente de la Asociación Internacional de Economistas en los años 1983-1986. Ciertamente, la agitación universitaria que tuvo lugar en México en víspe ras de los Juegos Olímpicos de 1968 afectó considerablemente a la institución51. 48 Véase Hodara (2008, pp. 46-63). 49 Para ampliar, véase Hodara (2014b, p. 205 y ss.). 50 Para este período, véase Hodara (2014a). 51 Esta revuelta universitaria popular contra el Gobierno fue puntualmente descrita por Elena Poniatowska (1970).
[136] Joseph Hodara Incluso su sillón presidencial recibió impactos de balas lanzadas desde tres vehículos sin placa. Las actividades académicas debieron suspenderse durante algún tiempo. Cuando Luis Echeverría ascendió como presidente del país (1970-1976), facilitó al Colmex un terreno de 27.000 metros cuadrados en el sur de la ciudad capital52. El amplio local será inaugurado en septiembre de 1976 con la presencia del primer mandatario y de sus principales ministros, momento en el cual Urquidi dijo: «aquí sólo tiene cabida el rigor […], la libertad y la autonomía académicas», y reiteró su gratitud al presidente mexicano. La institución contaba entonces con 225 estudiantes becados, 76 profesores de tiempo completo, 64 investigadores contratados para proyectos especiales y más de 100 empleados administrativos y de intendencia. En el andar del tiempo germinarán nuevos proyectos como el de Energéticos, Ciencia y Tecnología, Desarrollo y Medio Ambiente, y Estudios de la Mujer, sin mella alguna a la libertad académica e independiente del medio político entonces modelado por un populismo que empezaba a quebrarse. Ciertamente, El Colegio no se eximió de tensiones internas engendradas tanto por su intrínseco crecimiento como por el entorno político nacional que alteraron sustancialmente la bucólica convivencia que había prevalecido hasta ese momento y ocasionaron descalabros desiguales a la actividad académica53. El rápido crecimiento de la institución exigió ampliar el número de trabajadores ocupados en desiguales tareas. Esta circunstancia se sumó a las presiones sindicales que se multiplicaban en el país y que gestaron tensiones laborales en el interior de la institución. Al revelarse insoluble el conflicto, El Colegio debió cerrar sus puertas y suspender parcialmente la actividad académica. En estas circunstancias, Urquidi trasladó sus oficinas al Hotel Holiday Inn y debió lidiar con ataques personales que lo pintaban como «el señor del Ajusco». Al término de 57 días de huelga, las partes acordaron un convenio colectivo de trabajo que aflojó considerablemente las tensiones dentro de la institución sin lesionar la libertad académica. Urquidi acertó a superarlas a través de una inteligente reformulación de los nexos académicos y laborales. 52 Sobre el tapadismo y el populismo ilustrado que caracterizaron al sistema político mexicano hasta mediados de los ochenta, véase el capítulo «Tapado y tapadismo en México» en Hodara (1972). 53 Al respecto, véase Hodara (2014b, p. 224 y ss.).
[137] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) En 1981, la Junta de Gobierno había concedido el primer nombramiento de «profesor emérito» a Silvio Zavala; le seguirá Urquidi ocho años más tarde54. Las exigentes responsabilidades como líder de una institución que conoció firme progreso durante casi dos décadas —función y tareas que le exigieron constantes viajes y el descuido de sus propias inclinaciones profesionales— lo condujeron a imponerse un «hasta aquí». En marzo 1985 anunció a la Junta de Gobierno que no deseaba reelegirse en el cargo y pidió su retiro en septiembre de ese año, cuando se iniciaran las labores académicas. Aceptada la solicitud, Mario Ojeda fue designado en su lugar. Al desprenderse de sus funciones, Urquidi devolvió de inmediato el automóvil que le había correspondido por su cargo y renunció a los servicios de un chófer. En los siguientes años se contará como un distinguido investigador sin permitirse intervención alguna en las tareas de sus sucesores. Conducta excepcional. Inquietud sin pausas Como ya se indicó, la estructura y los rumbos de la sociedad mexicana fueron constantes y sobresalientes temas en su hacer intelectual. Entre ellos: el acelerado crecimiento poblacional, el devenir económico del país, el deterioro ambiental, los vaivenes de los mercados regionales, el probable colapso del crecimiento industrial y otros temas. Por ejemplo, en noviembre 1960 pasó revista a la historia económica del país en dos conferencias dictadas en el Colegio Nacional55. Aquí coincidió con otros analistas al indicar que la economía mexicana se hallaba en franco proceso de transformación y de crecimiento, pero exhibía al mismo tiempo «una crisis profunda de tipo social y político […] sin objetivos claros». Y agregó: «una pequeña minoría absorbe una proporción muy elevada de los ingresos […]. La desigualdad es especialmente aguda en las áreas rurales y en las zonas marginales urbanas, donde prevalecen el analfabetismo que afecta al 13 % de la población, la falta de escolaridad, la insalubridad, la desnutrición y la carencia de vivienda»56. Estos fenómenos se habrían agravado por el rápido crecimiento demográfico y la escasa participación ciudadana. 54 Para ampliar su retrato como líder, véase J. Hodara (2008). 55 Se publicaron en Cuadernos Americanos, 144(1), enero-febrero de 1961. 56 Ver, por ejemplo, Stanley R. Ross (1972, pp. 321-327).
[144] Joseph Hodara Prebisch y la CEPAL: actitudes ambivalentes Por su formación entre mexicana y sajona por el lado de los padres, la vertical honestidad y el discurso directo fueron cualidades que le distinguieron de las criollas tradiciones, y, en particular, del estereotipo del mexicano. Rasgos que se acentuaron al contraer matrimonio con mujeres no mexicanas, con el inglés como idioma dominante o paralelo en sus labores y en el hogar, y, sobre todo, por virtud de su estricta disciplina personal. Un perfil que lo distanció en particular de economistas y funcionarios que trabajaban en los marcos de la CEPAL y el Instituto Latinoamericano de Planificación Económica y Social (ILPES). Le irritaba el estilo burocrático dominante en estas y en otras organizaciones latinoamericanas y la conducta de no pocos de sus miembros, en particular cuando estos abusaban de sus privilegios diplomáticos y sus altos ingresos, gestando una brecha entre el discurso institucional y la conducta personal. Considerando esta actitud, no debe sorprender que al tener aviso de su fallecimiento (abril 2004) la CEPAL se limitó a difundir un trivial y breve aviso de prensa. Y algunas páginas que vieron la luz después de su muerte apenas aludieron a sus aportes en múltiples temas (Hodara, 2014b, p. 338 y ss.). Actitud que en parte emanó de su espíritu crítico respecto a líderes y planteamientos de estas instituciones regionales. Como ejemplo, cabe recordar esta frase: «Prebisch era un hombre de extraordinario carisma… pero no de lecturas. Se consideraba y lo consideraban intocable y pocos dudaron de la absoluta originalidad de su pensamiento»65. Sin embargo, cuando recibió el Premio Iberoamericano de Economía Raúl Prebisch (en octubre de 1990), Urquidi hilvanó un franco elogio a sus logros al tiempo que calificó a la CEPAL como «un semillero de economistas con vocación latinoamericana» (Urquidi, 1990, p. 32). Y en la nota necrológica que dedicó al líder cepalino recordó la abundante correspondencia que intercambiaron en el curso de sus vidas, además del constante apoyo a sus viudas (en Chile y en Buenos Aires) (Urquidi, 1986b). Pero el culto personal al «maestro» Prebisch le fue extraño. Cabe agregar que sin reserva alguna colaboró en el establecimiento de la fundación que lleva su nombre. Se creó en diciembre 1986 y contó con la asistencia del presidente argentino Raúl Alfonsín y una comisión de honor integrada por Celso Furtado, Enrique Iglesias y Urquidi. 65 Véase Urquidi (1990) y Weiss (2015, p. 82 y ss.).
[145] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) Un testamento elegíaco Su libro póstumo enhebra una crítica revista al desenvolvimiento de América Latina en el curso de casi ocho décadas (Urquidi, 2005). Un texto que es la summa de su hacer intelectual. Estas páginas provocaron dispares reacciones en los medios latinoamericanos66. Algunos de sus autores apuntaron que el libro presentaba un balance pesimista en torno a la capacidad regional para corregir y superar repetidos y eslabonados errores. Otros señalaron que si sus directrices son debidamente atendidas se corregirían múltiples factores que ponen en riesgo la viabilidad y la gobernabilidad de los países latinoamericanos67. En este libro Urquidi mostró que la participación comercial de América Latina en las transacciones mundiales tendía a reducirse (apenas frisaba el 5 % del total) y que la integración regional de los mercados se asemejaba a un helicóptero que baja y sube sin precisar su rumbo. En llamativo contraste, los países del Sudeste Asiático —abrumados por un acumulativo rezago durante siglos y por el dominio colonial, las guerras civiles y las convulsiones bélicas— revelaban un constante y dinámico ascenso industrial y posindustrial. Añadió que América Latina no habría conocido hasta fines del siglo XX una genuina revolución política y económica, salvo la mexicana y la cubana con sus limitaciones. Y en ningún caso se verificaron mutaciones similares a las que se produjeron en el Japón Meiji y en Rusia. Un hecho que lo llevó a repreguntar si en verdad existe una América Latina o se trata más bien de un conglomerado geográfico apenas unido por el lenguaje y por la retórica institucional cepalina. Su respuesta: «en realidad nunca existió una economía regional como tal» (Bértola & Ocampo, 2013, p. 48). En su opinión, los promedios sobre múltiples indicadores calculados y difundidos por la CEPAL no tienen valor alguno. «Es como cotejar peras con 66 Entre otros, R. Cordera (2007). «Otro siglo perdido». Economía UNAM, 10(4), 149-155; R. Cordera (2006). «La obsesión por el desarrollo». Nexos, 1(3); E. Turrent (2007). «Reseña de “Otro siglo perdido. Las políticas de desarrollo en América Latina (1930-2005)” de Víctor L. Urquidi. Foro Internacional, 47(2), 458-466; J. Hodara (2006). «Otro siglo perdido. Las políticas de desarrollo en América Latina (1930-2005), de Víctor Urquidi». Letras Libres, 8(89) y Hodara (2006); M. Carmagnani (2006). «Review of Otro siglo perdido. Las políticas de desarrollo en América Latina (1930-2005), by V. L. Urquidi». El Trimestre Económico, 73(290-2), 419-423. 67 Por razones más personales que académicas, estas páginas no merecen alguna mención en textos que aluden a estos temas. Véase, por ejemplo, Bértola y Ocampo (2013).
[146] Joseph Hodara manzanas». Insiste: «la suma de 20 economías disímbolas, en territorios con Estados independientes y soberanos, es casi un absurdo… [Hoy] ya no son 20 sino 34 unidades territoriales soberanas, cuando se suman las catorce economías de la zona del Caribe ex británico y neerlandés» (Bértola & Ocampo, 2013, p. 50 y ss.). Los progresos en la integración europea no han sido emulados por la región, y desde 1990 en adelante apenas se vislumbran señales alentadoras en este proceso porque la industrialización de los países continúa apegada a directrices que se llamaron en su momento «políticas de sustitución de importaciones», un término que habría acuñado la CEPAL para eludir el vocablo «proteccionismo» (Bértola & Ocampo, 2013, p. 53). Por añadidura, el limitado progreso de estas economías desde la posguerra acentuó los desequilibrios sociales. Como resultado, la pobreza y el subempleo se difundieron con rapidez, y tomaron creciente filo las desigualdades sociales. Por su parte, los gobiernos no revelaron activa preocupación por el masivo desempleo, manipularon las cifras de las economías y en los últimos años apenas se esfuerzan en mejorar las condiciones de trabajo y las normas recomendadas por la Organización Internacional del trabajo (OIT). Al concluir su libro-testamento, Urquidi (2005) reiteró temas y reflexiones que aparecen sin pausas en su largo quehacer intelectual: el deterioro del medio ambiente; el rezago científico, tecnológico y educativo; la sensible desigualdad en el reparto del ingreso; la ausencia de una genuina reforma fiscal; la gravitación de rigideces institucionales y la fragilidad de las políticas en favor de la integración regional, entre otros. Un aluvión de evocaciones y recuerdos proliferó al trascender la noticia de su fallecimiento, y no solo en México. Algunos coincidieron en difundir elogios sin reservas, otros recordaron trajines de su vida con triste humor, y no faltaron señalamientos sobre sus humanas debilidades. La lágrima por su partida humedeció a múltiples rostros68. En el curso de su vida abrió un fecundo caudal de ideas hilvanadas con singular lucidez. Pienso que es un imperativo conocerlas y actualizarlas con apego a su vertical y honesto temple. 68 Véase Hodara (2014a, p. 390 y ss.). Cabe señalar que se han repetido los homenajes a Urquidi en El Colegio de México con la participación de un amplio repertorio de intelectuales y académicos. El último tuvo lugar en abril de 2019 para recordar el centenario de su nacimiento.
[147] 3. Víctor Urquidi (1919-2004) Referencias Aboites Aguilar, L. (2003). Modernización tributaria y centralización en México. El Colegio de México. Aboites Aguilar, L. & Unda Gutiérrez, M. (eds.) (2011). Obras escogidas de Víctor L. Urquidi. La reforma fiscal. El Colegio de México. Alba, F. (2010). Obras escogidas de Víctor L. Urquidi. Ensayos sobre población y sociedad. El Colegio de México. Babb, S. (2003). Los economistas mexicanos del nacionalismo al neoliberalismo. Fondo de Cultura Económica. Bértola, L. & Ocampo, J. A. (2013). El desarrollo económico de América Latina desde la independencia. FCE. Blancarte, R. (2004, agosto 24). Modelos de vida: V. L. Urquidi. Milenio Diario. Comisión Económica Para América Latina y el Caribe (CEPAL) (1974). Reunión sobre Ciencia, Tecnología y Desarrollo en América Latina. Comité Asesor para la Aplicación de la Ciencia y la Tecnología al Desarrollo (ACAST), México, diciembre 2 al 7. Cosío Villegas, D. (1976). Memorias. Joaquín Ortiz. Dosman, J. E. (2010). La vida y la época de Raúl Prebisch, 1901-1986. Instituto de Estudios Latinoamericanos Marcial Pons. El Colegio Nacional (1979). Conferencia [dictada por Víctor L. Urquidi]. Seminario sobre Educación Superior. Ponencias. México. Gerschenkron, A. (1962). Economic backwardness in historical perspective. Harvard University Press. Harris, S. E. (ed.) (1943). Postwar Economic Problems. McGraw Hill. Hodara, J. (1972). América Latina: ¿el fin de los intelectuales? Universidad Nacional Federico Villarreal. — (1977). ¿Industrialización instantánea o cambio social? En V. Urquidi & R. Troeller (comps.), El petróleo, la OPEP y la perspectiva internacional. Fondo de Cultura Económica. — (1979a). Science and technology policies in Latin America. Tel Aviv University. — (1979b). El orden latinoamericano: cinco escenarios. Latin American Research Review, 14(2), 180-197. <http://www.jstor.org/stable/2502888>. — (1986). Políticas para la ciencia y la tecnología. Coordinación de Humanidades, UNAM. — (1988a). Prebisch y la CEPAL. El Colegio de México. — (1998b). Las confesiones de don Raúl. El capitalismo periférico. Estudios Sociológicos, 16(48), 605-621. <http://www.jstor.org/stable/40420535>. — (1995). Prebisch: diez años después. El Trimestre Económico, 62(248-4), 525-554. <http://www.jstor.org/stable/20856921>.
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4. CELSO FURTADO (1920-2004) Carlos Mallorquín Universidad Autónoma de Zacatecas Introducción En 2020 se cumplieron cien años del natalicio de nuestro protagonista y las reflexiones en torno a su obra florecen en un necesario momento en su país, huérfano de políticas económicas alternativas, así como en algunas regiones latinoamericanas1. Lo que sigue intenta rescatar las épocas que consideramos más importantes en la vida profesional e intelectual del protagonista, aunque siempre sería posible una selección distinta de ciertos episodios para acentuar y demostrar el espíritu teórico por antonomasia del nordestino. La pretensión del retrato a continuación es negociar entre una visión netamente teórica de sus ideas y una imagen histórica, descriptiva de la prolífica actividad y evolución de su actuación pública en varios continentes. En este sentido, a esta introducción le sigue la representación de su vida a partir de sus aspiraciones y su formación intelectual desde sus años de mocedad: «La memoria del futuro (1920-1948)». Dicha sección es continuada por la presentación de aquellos elementos existenciales y teóricos que hicieron posible la imagen del intelectual latinoamericano comprometido con la idea de transformar las relaciones sociales de los países de la periferia, lo cual supone subrayar ciertos aspectos teórico-políticos («Poder, lucha y utopías: de la CEPAL al golpe de Estado militar (1948-1964)». Subsecuentemente, en «Los “aires del mundo”» se modera el grado de abstracción discursiva de la sección anterior para hablar de su reconstrucción existencial ante el exilio de su país, que contrasta con el apartado siguiente, «Repensando la antinomia del desarrollo: la idea del excedente», en el cual se desarrolla una discusión teórica abstracta obligatoria de una problemática existencial en la evolución de sus ideas y central en la 1 Por ejemplo, Morais de Sousa et al. (2020), Correia de Lacerda (2020) y Cadernos do Desenvolvimento (2020).
[152] Carlos Mallorquín disciplina de la economía desde sus inicios en el siglo XIX : la generación de un «excedente» y la lógica de su distribución. El capítulo cierra con su regreso a Brasil a través de una breve reseña de sus textos y actividades («El retorno del profeta»), dejando para otra oportunidad su discusión y problematización. La memoria del futuro (1920-1948) A los 25 años, Celso Furtado escribió, cual memorioso Funes: «todavía soy un misterio para mí; si me convierto en un hombre excepcional en el futuro, esto no será una sorpresa para mí» (Furtado, [1945], citado en Freire d’Aguiar, 2019, p. 80); y a los 18 años registró que acariciaba la idea de «escribir una Historia de la Civilización Brasileña»: «No seguiría el plano seguido hasta el día de hoy por nuestros historiadores» (Furtado, [1938], citado en Freire d’Aguiar, 2019, p. 48). Para la década de 1950, el espíritu del desarrollo latinoamericano se imponía en la región y especialmente en Brasil, donde Furtado había conquistado una connotada presencia pública: se escuchan ecos memoriosos que debemos rescatar, como sería la elegante frase de G. Harbeler, «a man of faith» («un hombre de fe»), o tal vez «fanático» cuando aparece en la boca de E. Gudin (Furtado, 1985, p. 124)2. Para los primeros años de la década de 1960 se lo ha calificado como un «reform-monger»3 por parte de Albert Hirschman y «leninista» por parte de Willard Barber (1966), uno entre quienes reseñaron la versión inglesa de Dialéctica de desarrollo (Furtado, 1964)4. Se vale incluso resucitar el clásico apelativo de los marxistas: «prominente, progresista, e insigne ideólogo de la burguesía» (Gunder Frank, 1973, p. 303)5. Pero para entonces nuestro protagonista había hecho ya un largo recorrido. Originario de Pombal, Paraíba, nace el 26 de julio de 1920 en el nor2 Estas palabras vienen a raíz de una conversación entre G. Harbeler y Gudin. 3 Hirschman dedicó su libro Journeys Towards Progress: Studies of Economic Policy Making in Latin America (1963) a Furtado y Carlos Lleras Restrepo, a los que llamó «reform-mongers»: negociadores de reformas. 4 Barber dice: «deep Leninist ruts» (Barber, 1966, p. 196). El autor reseña la versión en inglés de Dialéctica de desarrollo, traducido como Diagnosis of the Brazilian Crisis (1965). Contrasta con la reseña de Donald J. Harris (1966), «Diagnosis of the Brazilian Crisis». Vale la pena mencionar que su autor fue el padre de Kamala Harris, actual vicepresidenta de los EE. UU. Véase Meireles (2020). 5 Francisco de Oliveira llama a Furtado «un republicano ejemplar» (De Oliveira, 2001).
[153] 4. Celso Furtado (1920-2004) deste de Brasil, cuya región periférica se convirtió en uno de los ejes políticos más controversiales para transitar por la lucha del desarrollo del país dadas las asimetrías de poder y de ingreso entre el centro-sur y la región Nordeste. Son las lacerantes exclusiones sociales y económicas que percibe desde niño, y que aún no han sido plenamente paliadas, las que recuerdan aquellos aspectos sociales que se conjugaron para producir esa angustia6 o deseo de salvación personal y que pueden vislumbrarse claramente en sus años mozos7. Siendo hijo de una familia «bien acomodada» e incluso acusada de ser poseedora de mucha tierra en el nordeste de Brasil8, Furtado más bien puede ser ubicado como de «clase media» en el sentido político y social del término. Su padre tenía una amplia trayectoria al servicio de la Administración pública brasileña como magistrado, tradición que el hijo desechó tempranamente9. Tras muchos años de reflexión y autobúsqueda de su lugar en el entramado político-social, se va apoyando en una idea ofrecida por Karl Mannheim para describir a la intelligentsia: «De mis lecturas de Mannheim, me quedó alguna idea del papel social de la intelligentsia, particularmente en las épocas de crisis. Me imaginaba por encima de las condiciones creadas por mi inserción social y estaba convencido de que el desafío consistía en instilar un propósito social en el uso de esa libertad» ([1985] 1988, p. 17). De la periferia se traslada a Río de Janeiro en 1940 (capital del país por ese entonces) para estudiar la licenciatura en Derecho en la Universidad de Brasil y logra el grado en 1944. En el tercer año cambia de Derecho a Administración. Mientras tanto, con tan solo veinte años trabaja como periodista 6 Luiz Carlos Bresser-Pereira habla de «pasión» (Bresser-Pereira, 2001). 7 Véase Freire d’Aguiar (2019). Jose Marcio Rego subraya «angustia» (Rego, 2001). 8 En el álgido año de 1958, Furtado es señalado como hijo de una familia de «terratenientes latifundistas», aludiendo con ello a las razones por las cuales supuestamente Furtado tomó con tibieza la problemática de la reforma agraria en su estado natal y país estando al frente de la Sudene. Véase: A operação Nordeste (Furtado, 1959b). 9 Su padre fue juez en el interior. Furtado dijo años después: «Es que mi madre era hija de un hacendado, un coronel importante. No sé si fue ella u otra persona quien fue a ver al coronel y le dijo: “su Mauricio se marchó”, como si él hubiese abandonado a la familia. Mi abuelo fue a donde Joâo Pessoa y le habló de mi padre, que estaba en una situación difícil, que no tenía empleo, etc. Joâo Pessoa se volteó y le dijo: “Pero ¿por qué él se fue de Paraíba? ¡Llámelo de nuevo!”. Mi padre acabó siendo nombrado juez en el interior. Mi madre, con ese triunfo en las manos, le exigió que volviese pronto para asumir el cargo. Así acabó el sueño de Río de Janeiro. En el litoral todo era más bonito, más agradable, sin la dureza del campo» (Cuadernos del Cendes, 2004); Furtado (1973); Freire d’Aguiar (2019).
[256] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes anunciou seu desligamento no início do ano subsequente, passando a se dedicar aos negócios da família, notadamente à siderúrgica Companhia Ferro e Aço de Vitória, até 1964. O golpe daquele ano inaugurou outro capítulo importante em sua trajetória profissional: a de professor universitário —expatriado, naquele primeiro momento. Logo após a queda de João Goulart, Jaguaribe mudou-se para os Estados Unidos, onde lecionou Sociologia em escolas renomadas daquele país, como Harvard (1964-1967), Stanford (1966-1967) e o Instituto de Tecnologia de Massachusetts (1968-1969). Ao retornar ao Brasil, integrou o corpo docente das Faculdades Integradas Cândido Mendes, onde assumiu a Diretoria de Assuntos Internacionais. Quando da fundação do Instituto de Estudos Políticos e Sociais (IEPES), em 1979, Jaguaribe foi designado seu decano, função que exerceu até 2003. Com o fim da ditadura militar, coordenou o projeto Brasil 2000, estudo encomendado pela equipe do presidente José Sarney com vistas à elaboração de políticas de desenvolvimento, notadamente na área social. Publicado em dois volumes —Brasil 2000: para um novo pacto social (1986) e Brasil: reforma ou caos (1988)—, o trabalho pouco contribuiu para as políticas públicas adotadas pelo governo federal. Jaguaribe vivenciou, ainda, duas importantes experiências na seara política. Em 1988, foi um dos intelectuais que emprestaram seu prestígio para a criação do Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB), cuja bandeira parlamentarista, comenta-se, foi empunhada por insistência do ex-líder do ISEB. Em 1992, já no governo Fernando Collor, assumiu a Secretaria da Ciência e Tecnologia, cargo que ocupou por poucos meses até o afastamento do presidente, em setembro daquele ano6. Na oportunidade, mostrou-se um entusiasta pelo projeto de integração econômica dos países sul-americanos, no contexto das negociações de criação do Mercosul. Para Jaguaribe, o Mercosul permitiria a preservação da autodeterminação dos países membros para produzir políticas comerciais, científicas e macroeconômicas de maneira competitiva internacionalmente (Jaguaribe, 2008). 6 Buscando se desvencilhar das graves acusações de corrupção que lhe imputavam a justiça, a imprensa, a oposição e a sociedade civil, Fernando Collor empreendeu uma reforma de seu gabinete que ficou conhecida como «Ministério dos notáveis», do qual fizeram parte nomes de notória representatividade setorial e aventada reputação ilibada, como Adib Jatene (Saúde), Celio Borja (Justiça), Celso Lafer (Relações Exteriores) e Eliezer Batista (Assuntos Estratégicos).
[257] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) A partir de então, Jaguaribe voltou a se dedicar exclusivamente à vida acadêmica. Entre 1994 e 1999, coordenou um amplo programa de pesquisa sobre história universal: A critical study of history7. Financiado pela Organização das Nações Unidas para a Educação, a Ciência e a Cultura (Unesco), o projeto foi administrado pelo IEPES e contou com a participação das Universidades de São Paulo (USP) e da de Buenos Aires (UBA), reunindo cientistas sociais e historiadores de diversos países em todos os continentes. De 2004 em diante, Jaguaribe debruçou-se sobre outro estudo igualmente ambicioso, denominado «O Posto do Homem no Cosmos». Com o objetivo de retomar e reposicionar a obra do filósofo alemão Max Scheler diante dos problemas da contemporaneidade, o sociólogo brasileiro empreendeu um trabalho de vulto, no qual se propôs a investigar os sentimentos que mobilizam os homens rumo ao conhecimento dos seres e dos objetos, resultando num tratado de antropologia filosófica publicado em 2006. Ao final de uma vida dedicada aos mais variados temas concernentes às ciências sociais e, sobretudo, à proposição de políticas de desenvolvimento para o Brasil, Hélio Jaguaribe publicou cerca de 40 obras, entre livros, parcerias e compilações. Em reconhecimento à sua manifesta proficuidade, recebeu o título doutor honoris causa por três universidades: de Johannes Gutenberg, Alemanha (1983), Federal da Paraíba (1992) e de Buenos Aires (2001). Em 1996, foi agraciado com a Grã-Cruz da Ordem Nacional do Mérito Científico; três anos depois, o Ministério da Cultura outorgou-lhe a Ordem do Mérito Cultural. E, finalmente, em março de 2005, ocupou a cadeira de número 11 da Academia Brasileira de Letras, sucedendo o economista e amigo Celso Furtado, outro nome maiúsculo do desenvolvimentismo brasileiro. Jaguaribe tangenciou o centenário de vida, vindo a falecer em setembro de 2018, em sua residência no Rio de Janeiro, aos 95 anos de idade. Diante dessa breve apresentação biográfica, nota-se que prolificidade e longevidade foram duas características marcantes em sua trajetória profissional. Com uma produção que debateu a partir da filosofia, sociologia, política, economia e história, e tendo atuado em instituições de pesquisa e ensino, a vida de Jaguaribe pode ser apreendida por múltiplas dimensões. Assim, não obstante o presente capítulo examine apenas um elemento de sua vasta 7 A versão em português foi publicada em dois volumes sob o título «Um Estudo Crítico da História» (Jaguaribe, 2001). A edição em língua espanhola foi patrocinada pelo Fondo de Cultura Económica, órgão mexicano responsável pela promoção da memória histórica do país.
[258] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes obra —a saber, suas interpretações sobre a economia brasileira enquanto manteve-se vinculado ao ISEB—, podemos afirmar que aqui se ilumina o momento em que sua leitura sobre o Brasil sintetizou uma das principais querelas acadêmicas do país. Do Grupo de Itatiaia ao ISEB: a formação de um intelectual multifacetado «Uma das singularidades da história do Brasil é que este é um país que se pensa contínua e periodicamente» (Ianni, 2000, p. 55). A constatação de Octavio Ianni não apenas explica a profusão de cientistas sociais que se dispuseram a analisar a história do país em suas múltiplas particularidades, como também reflete a importância da contribuição que os diversos intérpretes brasileiros ofereceram ao desenvolvimento da historiografia nacional. Refere-se Ianni a autores cujas obras colocam e recolocam problemas históricos e teóricos «a partir de dilemas e perspectivas que se criam quando ocorrem rupturas históricas». Momentos capitais para a formação e a transformação da sociedade brasileira, tais circunstâncias suscitam questionamentos que exigem análise com ampla fundamentação empírica e cuja evolução reside, invariavelmente, no contraditório. Justifica-se, portanto, a afluência de explicações, interpretações e teses que se multiplicam, se complementam e polemizam. Nas palavras do autor: «Daí a pluralidade de visões do Brasil; e a pluralidade de Brasis» (Ianni, 2000, p. 56). Conforme se pretende argumentar, o ISEB em geral, e Hélio Jaguaribe, em particular, contribuíram para o alargamento dessas diferentes visões. Se a sobrevalorização de determinado período histórico incorre em certo passadismo acrítico, parece consensual a noção de que os anos 1950 inauguraram, com efeito, uma nova era na história do país. Ainda que tutelada, a democracia parecia consolidar-se, as cidades e as indústrias expandiam-se como nunca, os trabalhadores eram incorporados à economia formal, o produto social crescia a taxas expressivas. Do ponto de vista econômico, a década de 1950 consagrou os projetos políticos desenvolvimentistas, fosse em sua vertente nacionalista, mais presente no governo de Getúlio Vargas, fosse na versão não nacionalista, que mantinha no investimento externo um dos pilares do processo de industrialização levado a cabo com o Plano de Metas de Juscelino Kubitschek. Assim, a despeito das nuances relacionadas ao capital estrangeiro, as cinco décadas de
[259] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) existência do desenvolvimentismo (1930-1980) foram marcadas, conforme a expressão consagrada por Antônio Barros de Castro, por uma «convenção do desenvolvimento». Nacionalista ou internacionalizante, os governos dedicariam recursos e políticas públicas a medidas que viabilizassem as transformações estruturais requeridas para o encaminhamento da sociedade a um nível superior de bem-estar: o desenvolvimento. Se a sua concepção remonta ao desenrolar dos acontecimentos políticos e econômicos que emolduraram o fim da escravidão e do regime imperial, o desenvolvimentismo se tratou, com efeito, de um fenômeno material do século XX. Foi a partir da década de 1950, porém, que se tornou um objeto de análise e teorização em um nível superior de sistematização sob os auspícios da moderna cultura das ciências sociais. Nesse momento é que a sua história cruza com a de Hélio Jaguaribe. É verdade que a primeira metade da década de 1950 havia sido marcada por revezes não desprezíveis para o imaginário brasileiro. Do Maracanazo (1950) à eliminação da seleção pela Hungria de Puskas na Copa subsequente (junho de 1954), passando pela derrota de Martha Rocha (julho) no concurso de Miss Universo, o brio nacional já se encontrava ferido quando o suicídio de Vargas (agosto) encerrou um capítulo importante da história brasileira. No entendimento de Schwarcz e Starling (2015), essa sequência de «fatalidades», transcorridas em meados de 1954, catalisou a explosão popular que acompanhou o cortejo fúnebre do presidente não por acaso alcunhado de «pai dos pobres». Atenuado o impacto da comoção decorrente da sucessão presidencial, o segundo lustro da década garantiria a redenção pelos infortúnios do quinquênio anterior. A partir de 1955, o país adentrou um período de ebulição cultural em que a brasilidade se expressava nas suas mais diversas dimensões. Na arquitetura, o concreto armado modernista ostentava em Brasília sua expressão máxima. Nas artes cênicas, a aclamação de Orfeu da Conceição e Eles não usam black tie anteviam o surgimento do Cinema Novo, no qual personagens desde sempre subalternizados passaram a ocupar o centro do palco e foco da lente. Na música, a Bossa Nova exorbitava a zona sul do Rio de Janeiro para conquistar o mundo. No esporte, o triunfo da seleção na Copa da Suécia marcava o debut de seu maior gênio. E na academia, o país assistiu ao lançamento de três obras que viriam a ser posteriormente reconhecidas como interpretações clássicas de sua história: a econômica (Formação Econômica do Brasil, de Celso Furtado), a política (Os donos do poder, de Raymundo Faoro) e a literária (Formação da literatura brasileira, de Antonio Candido). Se
[260] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes 1954 fora «ano para ser esquecido», 1958 foi «o ano que não devia terminar» (Santos, 1997). Nessa época, avolumava-se uma rivalidade estéril entre cientistas sociais paulistas e cariocas. Os primeiros, instalados sob o manto institucional da Universidade de São Paulo (USP), reivindicavam maior rigor científico, pois, entre outros motivos, se utilizavam de instrumentos teóricos já consolidados na academia estrangeira. Já os autores do Rio de Janeiro dispensavam a obrigatoriedade do emprego de determinados cânones certificados pela comunidade internacional8. Assim, reconheciam como científica a reflexão cunhada a partir de elementos nacionais; quanto mais autêntica e nativa a ideia, maior a legitimidade para ser utilizada como instrumento de ação política9. Herdeiros de uma tradição que se iniciara nos anos 1930 quando cientistas sociais brasileiros passaram a distinguir seus programas de pesquisa das áreas já consolidadas, como História, Geografia e Direito, tais autores encontravam-se na intersecção entre essas várias disciplinas e, talvez por isso, passaram a adotar meios e métodos próprios para aprofundar o entendimento da economia, da política e da sociedade brasileiras10. 8 Nos termos empregados por Hollanda (2012), estabeleceu-se uma «oposição rígida entre intelectuais engajados e colonizados, de acordo com a taxonomia carioca, e entre ideólogos e verdadeiros cientistas, conforme designação paulista» (p. 608). No fundo, os professores da USP não reconheciam a legitimidade do ISEB como um interlocutor à altura, pois percebiam-nos como intelectuais de formação jurídica, bacharelesca, desprovidos de instrumentos teóricos e metodológicos; em suma, carentes de «rigor científico, diletante, bacharelesco e sujeitados à esfera governamental» (Motta, 2000, p. 120). Do ponto de vista teórico-metodológico, Côrtes (2003) define o grupo fluminense como «nacionalista e historicista», que adotava um pressuposto dualista e concebia um projeto harmônico do ponto de vista das classes sociais. Por outro lado, a USP partia de uma perspectiva cosmopolita e estruturalista, antidualista, enfatizando o conflito das classes. 9 Florestan Fernandes, talvez o mais importante professor de Sociologia da USP, polemizou diretamente com Guerreiro Ramos no II Congresso Latino-Americano de Sociologia (1953) devido às diferenças metodológicas e epistemológicas que distinguiam as respectivas tradições. Enquanto o paulista considerava a Sociologia uma ciência que presa a preceitos universalistas, de caráter neutro e não engajado, o baiano acreditava que poderia —ou até deveria— ser influenciada pelo contexto político-cultural nacional (Motta, 2000). Os motivos da «vitória» da escola paulista sobre o ISEB são explicados por Bresser-Pereira (2004). 10 Marcou essa nova fase da Ciência Social brasileira a criação de diversas instituições em nível universitário, como: a Escola Livre de Sociologia e Política de São Paulo (1933), a Universidade de São Paulo (1934), a Universidade do Distrito Federal (1935-1939) e a Faculdade Nacional de Filosofia (1939), hoje ligada à Universidade Federal do Rio de Janeiro (Martini, 2009).
[261] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) Foi nesse contexto de efervescência intelectual que o chamado Grupo de Itatiaia, já composto por maioria carioca, passou divulgar suas ideias a respeito do desenvolvimento nacional. Convencidos de que caberia à intelligentsia pensar e propor projetos de transformação da realidade, os jovens bacharéis atribuíam às «elites esclarecidas e deliberantes» papel medular «na definição e condução do desenvolvimento econômico» (Ianni, 1984, p. 58). Agindo por meio «do único instrumento que lhes está à disposição —a elaboração teórica, ou melhor, o pensamento ideológico» (Toledo, 1974/1997, p. 154), tais atores privilegiados deveriam «esclarecer e sintetizar interesses» (Bariani, 2005, p. 254), reorganizando o Estado e a sociedade com vistas à superação do atraso11. Personagem central desses encontros, Hélio Jaguaribe exercia clara liderança sobre seus pares, proeminência que, de alguma maneira, contribuiu para seu próprio afastamento do instituto em 195912. A pluralidade do grupo, que congregava um comunista (Werneck Sodré), três marxistas (o próprio Sodré, Vieira Pinto e Ignácio Rangel), além de antigos integralistas e outros de linhagens conservadoras, atuaria diretamente para o esfacelamento do think tank anos depois. 11 A crença de que os ideólogos poderiam, de fato, regenerar uma nação levou Jaguaribe a creditar, com elevado grau de soberba ou de ingenuidade, a setores da intelectualidade espanhola a salvação de sua pátria: «Ortega e seu grupo foram capazes de salvar a Espanha de seu tempo. Não aguardaram, para isso, que o governo espanhol equilibrasse o orçamento público […] O labor cultural tem de ser paralelo e em certo sentido independente de quaisquer outras atividades» (Jaguaribe, 1949 como citado por Hernandez, 1989, sem página). 12 Faz-se digna de nota a descrição hiperbólica que Corbisier (1978) faz da ascendência intelectual de Jaguaribe sobre seus pares: «Conhecíamos sem dúvida, homens inteligentes, os mais inteligentes do país […]. Jaguaribe, no entanto, era inesperado, surpreendente. Falava com segurança total e rapidez vertiginosa, em nível de abstração que lembrava Hegel […]. Ouvi-lo falar, discorrer, dissertar, abundante e ininterrupto como as metralhadoras, era realmente um espetáculo extraordinário, fascinante. A testa crescia, os olhos fuzilavam, as palavras se multiplicavam, animadas por um ímpeto que jamais desfalecia, na construção de translúcidos edifícios conceituais. Entendia de tudo e sobre todos os assuntos pontificava, com a mesma desenvoltura e a mesma prolixidade. Para dar expressão ao seu pensamento, complexo e poderoso, inventava neologismos em profusão, tais como “epocológico”, “faseológico”, etc. […]. Lia com a mesma rapidez com que falava e retinha tudo que lia. E dissertava sobre cada assunto, mesmo especializado, como se não fizesse outra coisa senão estudá-lo, como se fosse um especialista em todos os assuntos […]. Em determinando momento nos convencemos […] de que havia surgido finalmente um líder, o nosso Lênin, o teórico e o prático da revolução brasileira. Lembro-me de uma ocasião em que Vicente [Ferreira da Silva] declarou: “Não tenho condições de resistir ao Jaguaribe, vou entregar-me a ele e elegê-lo mestre e líder”» (p. 85).
[262] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes Por iniciativa do próprio Jaguaribe, a ala carioca do grupo original criou, em 1953, o IBESP13, cuja primeira sede, na Rua do Ouvidor, era justamente o escritório de advocacia que mantinha em sociedade com Reinaldo Reis. A oportunidade de institucionalizar as atividades veio por meio do estabelecimento de um convênio assinado, em 1954, com a Coordenação de Aperfeiçoamento de Pessoal de Nível Superior (CAPES), órgão ligado ao Ministério da Educação e Cultura14. Além do desenvolvimento de pesquisas referentes à realidade nacional, o IBESP também tinha por missão a formação de quadros dirigentes em nível de pós-graduação. O público dos cursos oferecidos pelo órgão era formado por estudantes, professores, profissionais liberais e militares e, sobretudo, servidores públicos (Abreu, 2007)15. Veículo oficial de divulgação das ideias do grupo, os Cadernos do Nosso Tempo circulou entre 1953 e 1956 sem um cronograma de publicação periódica16. Ainda assim, contava com um núcleo de edição permanente, constituído por uma apresentação, uma seção chamada «Noticiário do IBESP» e textos variados sobre as cenas nacional e internacional (Hollanda, 2012)17. De modo não regular, os cinco números trouxeram, ainda, notas de pesquisa, informes, estudos, entrevistas e transcrição de documentos. Conquanto seus membros não apresentassem uma única «maneira unívoca de ver as coisas» (Schwartzman, 1981, p. 3), a «questão nacional» conferia-lhes identidade intelectual e harmonizava eventuais dissensos entre os autores. Em 1955, vislumbrou-se a possibilidade de ampliar a atuação do órgão. O acordo firmado com o MEC previa a criação de um centro de estudos nos modelos do francês Collège de France e do latino-americano Colégio de Mé13 Para uma análise específica do IBESP, ver, por exemplo, Jaguaribe (1979), Abreu (2007), Pécaut (1990), Ferreira (2001) e Bariani (2005). 14 A consagração do convênio viabilizou tanto o financiamento da publicação dos Cadernos do Nosso Tempo quanto a realização dos 12 seminários ocorridos no auditório do Ministério da Educação. Lovatto (2010) afirma, erroneamente, que «a revista foi financiada exclusivamente por Hélio Jaguaribe, com parte dos proventos de sua atividade como causídico» (p. 72). 15 De acordo com Wanderley (2015), entre 1956 e 1960, 205 profissionais se formaram nos cursos ministrados pela instituição. 16 A designação do periódico foi diretamente influenciada por Ortega e Gasset —a maior influência intelectual de Jaguaribe—, entre cujas principais obras está A crise do nosso tempo. 17 Era, portanto, uma revista de caráter interdisciplinar e de divulgação das análises de conjuntura e projetos políticos do grupo. Diferentemente, assim, de outros periódicos criados no período, como a Revista de Economia Brasileira, da FGV-RJ, que de caráter disciplinar, fomentava a discussão científica do campo da nascente ciência econômica no país.
[263] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) xico. Procurando expandir a amplitude de seu antecessor, o agora ISEB, além das atividades letivas, consolidou sua plataforma editorial e estabeleceu uma política de fomento de formação de recursos humanos e de divulgação de suas ações (Oliveira, 2006). Com a presença de JK, a nova sede do instituto foi finalmente inaugurada, em 1956, na Rua das Palmeiras, Botafogo (Rio de Janeiro). De acordo com a periodização oferecida por Silva (2013), é possível distinguir três fases nuançadas ao longo dos quase nove anos de existência do ISEB18: (1) 1955-1958, sob liderança de Jaguaribe; (2) 1959-1962, sob a direção de Roland Corbisier; (3) 1962-1964, comandada por Álvaro Vieira Pinto. No entendimento de Toledo (1997), a primeira se caracterizou pela «manifestação de posições ideológicas extremamente ecléticas e conflitantes»; a segunda, pela «hegemonia da ideologia nacional-desenvolvimentista»; e a última, pelo «maior engajamento político em defesa das reformas de base» (p. 187). Ainda que por demais esquemática, pode-se definir os principais elementos centrais da existência do ISEB na seguinte sumarização: (1) o papel da ideologia no desenvolvimento do país; (2) a centralidade da industrialização; (3) a imprescindibilidade da atuação do Estado; e (4) o nacionalismo. O principal instrumento pelo qual o grupo acreditava influenciar o debate público seria por meio da ideologia, entendida por Jaguaribe (1979) como a «formulação de uma pauta de valores e de sua articulação num projeto social dotado de eficácia histórica» […], circunstância única que poderia determinar «as condições de que se devem revestir os valores e seu projeto de realização para que uma ideologia logre eficácia histórica» (p. 148). Ao se afastar de Karl Marx para corroborar Karl Mannheim, o ISEB refutava a ideia da «falsa consciência», bem como a de se tratar de um instrumento com o qual se articula a estrutura de dominação de classe vigente nas formações sociais capitalistas. 18 Em divisão não exatamente divergente, Lovatto (1997) separa a história do instituto em duas fases distintas: uma marcadamente nacional-desenvolvimentista, «que coincide com o período juscelinista e que se encerra com a crise interna, marcada pelo desligamento de Hélio Jaguaribe; e outra determinada por uma maior radicalidade na defesa das posições nacionalistas e que acompanhou, por assim dizer, o movimento pelas reformas de base, durante o governo Goulart» (p. 62). Além de os membros da segunda fase serem significativamente diferentes, a nova publicação do órgão, os Cadernos do Povo Brasileiro, trazia mudanças expressivas em relação à antecessora —agora, em formato de bolso, a fim de alcançar um público mais amplo (e menos elitizado) do que os Cadernos do Nosso Tempo.
[264] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes De acordo com o projeto isebiano, caberia a uma fração específica das classes dominantes —a burguesia industrial— a tarefa de liderar o processo de desenvolvimento econômico. No caso brasileiro, porém, consideravam-na «despreparada ideologicamente», motivo pelo qual deveria ser «educada» pelo corpo de intelectuais orgânicos instalados em tais instâncias da burocracia pública. Uma vez esclarecida, a burguesia nacional conscientizaria as demais classes no movimento de união de todos os interesses sociais. Tal entendimento harmônico do desenvolvimento viria a suscitar a mais rigorosa crítica recebida pelo ISEB, como se verá adiante. A forma material por meio da qual o desenvolvimento se realizaria seria, necessariamente, a industrialização, a qual, por sua vez, introduziria mudanças no sistema político ao viabilizar a substituição das antigas elites ligadas ao setor externo. O estabelecimento de uma estrutura manufatureira que abarcasse o excedente de mão de obra expulso das atividades tradicionais encontrava-se no centro do projeto isebiano. Na sintetização de Bresser-Pereira (2004), o projeto de desenvolvimento do ISEB responderia pela «acumulação de capital, incorporação de progresso técnico e elevação dos padrões de vida da população de um país, que se inicia com uma revolução capitalista e nacional […]; e de crescimento sustentado da renda dos habitantes sob a liderança estratégica do Estado nacional, tendo como principais atores os empresários nacionais» (p. 58). O instrumento por meio do qual tais medidas seriam levadas a cabo seria, inevitavelmente, o Estado. Isso porque a congregação de interesses de classes sociais potencialmente conflitantes só poderia ser mediada pelo ente público, o qual, em nome de objetivos comuns, articularia essa «comunidade de valores e interesses historicamente constituídos e capazes de representar politicamente a nação como um todo» (Silva, 2007, p. 7). A concepção de Jaguaribe acerca de um «tipo ideal» de Estado sofreu alterações com o passar do tempo. Se, em 1953, acreditava a ele caber o direcionamento e a construção de «todas as formas de investimentos produtivos através de uma ruptura com a propriedade privada», em 1955, passou a restringir a sua função à orientação da iniciativa privada para o desenvolvimento industrial por meio de uma maior capacidade de organização social e estabilidade nas relações de mercado. De acordo com a taxinomia criada pelo autor, os estados poderiam ser classificados em três tipos: (1) cartorial; (2) funcional; e (3) neobismarckiano. O primeiro se caracterizava pela «política de clientela» típica do período em que vigeu a chamada «economia de exploração», quando os setores arcai-
[265] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) cos da sociedade, ligados aos interesses estrangeiros, dominavam a vida política do país. O segundo reunia os meios necessários para, de forma centralizada, exercer as funções de planejamento, coordenação e controle dos planos de desenvolvimento. O último, oportuno para sociedades subdesenvolvidas, requeria um Executivo ativo, planejador, intervencionista e, não raro, autoritário (Jaguaribe, 1962). Independentemente do tipo, o Estado ideal para Jaguaribe deveria ser eminentemente nacionalista. A motivação para essa imperiosidade apresentava raízes históricas. Para o autor, um dos principais motivos do atraso brasileiro estaria relacionado à ausência de uma cultura nacional autêntica, situação que, por sua vez, decorria de seu passado colonial. Hélio Jaguaribe entendia que a estrutura medular da sociedade brasileira se constituiu no decorrer de um processo histórico e faseológico: (1) colonial, vigente até meados do século XIX; (2) semicolonial, que vigorou até 1930; e (3) a fase de alguma autonomia econômico-social, correspondente ao período de substituição de importações. Foi a partir dessa terceira fase que a oposição de interesses —ou a dicotomia «nação x antinação» se mostrou mais evidente. De acordo com Sodré (1978b), tal antinomia seria a principal contradição da realidade brasileira, uma vez que setores nacionalistas (como a burguesia industrial e os trabalhadores urbanos) e os «retrógrados» (ligados ao passado colonial) lutavam pela possibilidade de mudar, ou manter, a condição econômica do país. No linguajar coetâneo, a luta seria travada entre «nacionalistas e entreguistas». A despeito das críticas recebidas das alas da União Democrática Nacional (UDN), o partido conservador daquele contexto, o nacionalismo do ISEB não poderia ser considerado radical. Muito embora a revolução capitalista fosse inevitavelmente marcada pelo conflito social, a formação do Estado nacional se fazia, imperiosamente, por intermédio de uma aliança dialética ou contraditória, ou, inevitavelmente, entre capital e trabalho. Tratava-se, no entendimento de Bresser-Pereira (2004), de um nacionalismo patriótico, semelhante ao que se observava nas sociedades desenvolvidas, que só lograram ocupar a posição em que se encontram «por via da revolução nacional» e de um «Estado-nação capaz de liderar um projeto de desenvolvimento» (p. 52). A própria tentativa de conciliação de classes derivaria, segundo Skidmore (1976), dessa narrativa estratégica: «De fato, a linguagem do nacionalismo econômico parecia-lhes mais fácil de entender do que a ideia do conflito interno de classes» (p. 143).
[272] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes jetos de desenvolvimento do governo. Para o autor, portanto, os recursos estrangeiros tinham deixado de ser um fator dinâmico para a economia, apesar de ser um instrumento para minorar a crise de divisas, pois se tornaram um ônus que pressionava o balanço de pagamentos (Jaguaribe, 1956b). A condição de país dependente em relação aos Estados Unidos, entendia, não poderia ser rompida por um simples «ato de vontade», tampouco superada totalmente, afinal a economia americana era o centro do capitalismo mundial. A política de desenvolvimento advogada por Jaguaribe, todavia, seria um instrumento para garantir uma gradativa emancipação da necessidade de auxílios financeiros americanos. Expressando-se a partir da semântica nacionalista e marxista do período, defendia criar instrumentos para resistir ao «imperialismo», sugerindo a criação de blocos econômicos regionais, no caso, um bloco latino-americano ou sul-americano, ou mesmo reduzir os laços econômicos com os Estados Unidos, diversificando as trocas também com países europeus (Jaguaribe, 1956b, p. 169). Jaguaribe também não se deixava convencer pelo «canto» dos economistas do desenvolvimento, dissociando as variáveis econômicas como instrumentos suficientes para promover a tão desejada transformação social. Antes de tudo, como é possível observar por meio da sua percepção sobre a crise brasileira dos anos 1950, que teria características antes políticas e sociais: uma crise promovida pela «luta de classes» e pelos «conflitos ideológicos», agravadas pelos «padrões culturais de nossa civilização» (Jaguaribe, 1956b, p. 124). O agente da transformação seria a burguesia nacional, que assumiria seu papel histórico no processo de formação da nação, temática bastante cara para aquela geração. Uma nação incompleta, a ser formada, que deveria reproduzir as experiências dos países industrializados por meio de uma revolução burguesa. Assim, a burguesia nacional era a classe que teria a consciência e capacidade material para transformar o país de seu caráter semicolonial e subdesenvolvido em uma economia nacional, isto é, «da exploração extrativa, predatória e colonial», atendendo mercado externo, para se voltar para o consumo nacional e industrial (Jaguaribe, 1956b, p. 151). Em suma, se opunha ao que chamava de «velho Brasil», aquele controlado por uma elite de latifundiários, responsável pelo Estado cartorial, da política de clientela. No pós-II Guerra, o país vivia um descompasso entre seu sistema político e sua estrutura econômica. Com a diversificação da economia, a urbanização e industrialização, as classes brasileiras precisavam superar «graves equívocos ideológicos». O proletariado deveria abandonar o assistencialismo e o cultivo carismático de líderes; as classes médias deveriam se afastar do mo-
[273] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) ralismo e de posições anti-industriais; e, por fim, a burguesia nacional superar a dependência em relação à burguesia mercantil e ao capital estrangeiro (Jaguaribe, 1956a, pp. 52-54). A ideologia a ser conduzida pela burguesia nacional —com apoio de outros setores, como do comércio de escoamento da «lavoura tecnológica» [isto é, a moderna agricultura], de quadros «técnicos e administrativos» da classe média e das «vanguardas proletárias»— deveria defender o desenvolvimento e a emancipação econômica-social do país. Alicerçado nas ideias de um desenvolvimento econômico social, para superar a condição de subdesenvolvimento; no trabalho produtivo, com igualdade de oportunidades e limitando o privilégio; no nacionalismo, como pleno emprego dos fatores de produção nacional; e, no Estado funcional, capaz e eficaz, para promover a emancipação econômica e social do país (Jaguaribe, 1956b, p. 157). Em síntese, as avaliações de Jaguaribe sobre o início do governo de Juscelino Kubitschek ainda seguiam as linhas mestras do projeto de desenvolvimento nacional do ISEB, de acordo com as posições de outros intelectuais como Guerreiro Ramos e Nelson Werneck Sodré. Em poucos anos, todavia, essa proximidade seria abalada. Entre 1956 e 1958, ainda que fosse visível o crescimento da economia, com avanço de projetos estabelecidos no Planos de Metas, o cenário político não era dos mais tranquilos para Juscelino Kubistchek. Em 1958, o Nordeste seria assolado por uma profunda seca, que exigiria respostas assertivas do presidente, como a criação do Grupo de Trabalho para o Desenvolvimento do Nordeste (GTDN); a UDN movimentou-se no sentido de abrir uma Comissão Parlamentar de Inquérito contra a construção da nova capital, uma das grandes obsessões presentes naquele programa de governo; e, no cenário internacional, Kubitschek passaria a sofrer pressões do Fundo Monetário Internacional para promover uma política de controle dos gastos governamentais e da inflação, que culminaria com a nomeação de Lucas Lopes para o Ministério da Fazenda e Roberto Campos para a presidência do BNDE, os quais estiveram por trás da promulgação do Plano de Estabilização. O episódio dos acordos com o FMI deixaria uma ferida aberta, cujas cicatrizes seriam expostas em menos de um ano. Com o risco de comprometer as metas econômicas e, acima de tudo, de não conseguir terminar a construção da nova capital, Juscelino Kubitschek, em meados de 1959, romperia com o órgão internacional. A medida provocaria um racha entre membros do governo, dentre os quais, com Roberto Campos, até então poderoso quadro e
[274] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes decisiva caneta na promoção das ações do Plano de Metas. Sendo contrário ao rompimento com o fundo, seria exonerado. Celso Furtado narra que o ambiente intelectual do Rio de Janeiro, durante esses primeiros anos do governo Kubitschek, tinha se transformado «em um campo de batalha ideológico», marcadas por posições de grupos críticos ao nacionalismo de Getúlio Vargas. De um lado, um grupo que defendia o «liberalismo tresnoitado», como Eugênio Gudin, e outro, de posição «modernizante mais sofisticada», representados por membros da Escola Superior de Guerra e membros do BNDE, como Roberto Campos (Furtado, 2006, p. 178). Evidentemente que Furtado não tinha posição neutra naquele contexto. Vinculado inicialmente à CEPAL e, depois do retorno de Cambridge, ao BNDE, se aproximou de Juscelino para empreender seu grande projeto de desenvolvimento para o Nordeste por meio da criação da Superintendência do Desenvolvimento do Nordeste (SUDENE). Retratando em seu diário o período anterior ao rompimento com o FMI, Furtado (2019) assim caracteriza Roberto Campos: Campos representa o neoliberalismo. É o economista imbuído de ideias de desenvolvimento econômico, mas que não chegou propriamente a firmar-se em uma teoria autêntica do desenvolvimento, ou melhor, do subdesenvolvimento. […] Campos quer que regressemos ao passado, a uma posição cuja a racionalidade deriva de uma falsa generalização teórica. Compreende-se que esse seja o ponto de vista do Fundo Monetário (pp. 65-67). Foi neste contexto de debate acirrado que Hélio Jaguaribe escreveu sua obra Nacionalismo na atualidade brasileira. Para Kluger (2017), a celeuma gerada pelo livro dentro do ISEB tocava na mesma polêmica sobre a dimensão do papel do capital estrangeiro para o desenvolvimento econômico nacional. Publicado em junho de 1958, o livro enfrentava essa temática que, desde os tempos da campanha de «O petróleo é nosso!», teria polarizado grupos políticos e intelectuais do país (p. 272). Jaguaribe, que vinha dos quadros simpáticos às posições nacionalistas, logo no prefácio de O nacionalismo na atualidade brasileira chama a atenção para os equívocos fomentados pelo nacionalismo, impedindo que políticas nacionais e eficientes pudessem ser aplicadas. Para ele, o país teria mergulhado numa polarização entre nacionalismo e «entreguismo». Evidentemente que as posições de Jaguaribe não podem ser equiparadas ao espectro político e ideológico de Roberto Campos, mas seu posicionamento favorável ao
[275] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) capital estrangeiro, no calor daquele contexto, foi suficiente para ensejar seu rompimento com o ISEB25. O nacionalismo era o movimento ideológico, para o autor, de raízes mais profundas existentes no país, muito embora considerasse uma ideologia vaga e carregada de contradições. O nacionalismo era visto como um movimento de negação ao capital estrangeiro, mas sendo muito heterogêneo, assumia colorações tão distintas podendo representar interesses de propensão fascista, como da extrema esquerda. Esse era o impasse que Jaguaribe apontava para o nacionalismo: ou alcançava uma formulação mais consistente, ou desapareceria com seu insucesso (Jaguaribe, 1958). A nação como fim seria a garantia de «integração político-jurídica de comunidades dotadas de condições objetivas de solidariedade», tendo como objetivo a realização de um modelo de humanidade. Nesse sentido, o desenvolvimento nacional, para Jaguaribe, era mais do que o simples crescimento da economia, mas a possibilidade de produzir benefícios e levar a modernidade para a sociedade como um todo. Assim, o instrumento para produzir a coesão a partir da ideologia nacionalista seria o desenvolvimento, como «um processo social global», vinculando a burguesia, as classes médias e o proletariado num único projeto. Conforme sua proposta, a burguesia se beneficiaria da superação da condição semicolonial, com o aprofundamento do capitalismo; a classe média poderia se inserir no processo produtivo, como administradores e técnicos; e, finalmente, o proletariado, por meio da diferenciação e qualificação, teriam melhores empregos e padrão de vida. O desenvolvimento econômico eliminava, portanto, os setores parasitários e estáticos do país. Conclui o autor: Somente, portanto, uma ideologia global do nacionalismo, tendo por fim o desenvolvimento econômico e social, pode enquadrar, em funções de tal fim, os interesses situacionais de todas as classes e conduzir à liderança, no âmbito de cada uma delas, seus setores dinâmicos e produtivos. Tal ideologia resulta na composição dos interesses em jogo, para a fim em vista, no nível das exigências culturais de nosso tempo (Jaguaribe, 1958, p. 65). 25 Como retrata o episódio, Celso Furtado indica que Corbisier assumiria a posição do ideólogo do nacional desenvolvimentismo, posição essa antes de Jaguaribe: «O Roland Corbisier percebeu esse vazio e pretendeu enchê-lo com sua equipe no ISEB. Essa equipe era na verdade do Hélio Jaguaribe. Mas este deixou-se desviar para as atividades privadas, ligou-se a grandes grupos financeiros, e se não mudou de ideias pelo menos perdeu a confiança de muitos» (Furtado, 2019, p. 169).
[276] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes Reiterava sua posição de 1956 segundo a qual a burguesia nacional teria a oportunidade histórica de promover o desenvolvimento econômico-social do país. Uma burguesia que teria que mobilizar os setores dinâmicos da classe média e do proletariado, para superar as formas de privilégio e parasitismo, típicas da política de clientela e do Estado cartorial (Jaguaribe, 1958). A revolução burguesa defendida por Jaguaribe, todavia, apresentava ingredientes bem particulares. A ideia de uma convergência de classes, por meio de um projeto de desenvolvimento nacional, permitiria superar a dicotomia entre socialismo e capitalismo. Naquela altura, acreditava o autor, a democracia social teria conseguido produzir uma convergência entre os sistemas e o «debate clássico entre o capitalismo e o socialismo perdeu qualquer sentido, porque nenhum dos dois sistemas coincide mais com seus modelos tradicionais» (Jaguaribe, 1958, p. 87). Todos os países seriam capitalistas enquanto preservassem a acumulação privada, mas seria também socialista por admitirem que as atividades sociais deviam ser reguladas26. Em suma, uma vez que o capitalismo seria o regime capaz de atender os interesses das variadas classes do país, sendo o desenvolvimento nacional o meio para promover a modernização da sociedade, cabia agora examinar os mecanismos para aprofundar as transformações econômicas. Era um olhar de urgência, «sob o imperativo de realizar, a qualquer preço e de qualquer forma» o desenvolvimento econômico; caso contrário, teria que se defrontar com o socialismo em sua forma radical e revolucionária. Nesse sentido, a segunda parte da obra O nacionalismo na atualidade brasileira passa a examinar os problemas concretos para o desenvolvimento: a política do petróleo, o papel do capital estrangeiro e a política exterior. Na explicação de Jaguaribe (1958), o que torna uma política nacionalista não é «o fato de serem nacionais os agentes ou recursos empregados», mas a capacidade de «assegurar a mais eficiente exploração» e produção de determinado bem, estar integrado com os problemas globais da nacionalidade e, por fim, ser capaz de transformar as estruturas tradicionais em sentido à compreensão de sua natureza (p. 53). 26 Na síntese de Jaguaribe (1958), o capitalismo «deixou de ser o regime econômico destinado a maximizar os lucros dos capitalistas para converter-se no processo produtivo da sociedade global, destinado a satisfazer às crescentes necessidades de um consumo cada vez maior. A coordenação desse processo produtivo exigiu que o Estado abandonasse sua postura de mero fiscal da propriedade e da liberdade contratual, para assumir os encargos da gestão social da economia» (p. 85).
[277] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) Daí sua aceitação da importância da associação ao capital estrangeiro, mudando o tom de seu discurso presente nos textos de dois anos antes. País subcapitalizado, o Brasil encontrava barreiras intransponíveis para o financiamento das obras —de infraestrutura às industriais— requeridas pelo desenvolvimento do país. Jaguaribe não considerava o capital estrangeiro como «força oposta» aos interesses nacionais, apenas como «força externa». Tratava-se do pragmatismo inerente ao que ele classificou de «nacionalismo de fins», conceito elaborado em oposição ao «de meios». Com o acelerado crescimento econômico do país, assim como com as demandas crescentes de inversão para promover a industrialização, o capital estrangeiro poderia incrementar a capacidade de investimento nacional. O setor petrolífero se enquadrava nesse contexto: com complexos «requisitos tecnológicos e organizacionais», seria mais adequado a aplicação do investimento estrangeiro, deixando o capital nacional para atender setores com menores exigências de capital (Jaguaribe, 1958, p. 118). Reconhecia o argumento nacionalista sobre a segurança nacional, mas contrapunha a sua avaliação de que o Estado brasileiro, clientelista, produzia uma péssima administração, conforme os exemplos das ferrovias e das companhias de navegação. O nacionalismo moderado de Jaguaribe poderia aproximá-lo, em alguma medida, do grupo que Bielschowsky (2004) classificou de «desenvolvimentistas do setor público não-nacionalista». «Pouco numeroso, mas influente», o grupo não pregava uma ruptura unilateral com o capital estrangeiro, a despeito do ceticismo em relação ao tema que entre eles imperava. Esta corrente ganhou um locus institucional para a divulgação de suas ideias e práticas com a formação da Comissão Mista Brasil–Estados Unidos (CMBEU), em 1951, e em grande medida foram os vencedores no projeto de industrialização implementado durante o Plano de Metas. Seus principais adeptos foram Horacio Lafer, Lucas Lopes e, principalmente, Roberto Campos. Tal pragmatismo expressava-se pela equidistância que sugeria à política externa do Brasil, que deveria encontrar um caminho «próprio e original», afastando-se tanto do «imperialismo americano» e o «expansionismo soviético». Nem liberalismo puro nem o socialismo; mas uma socialização do capitalismo (Jaguaribe, 1962). É nesse sentido que se justifica a qualificação de Lovatto (1997) a respeito da suposta homogeneidade de ideias que marcaria o grupo. Conquanto possa ser caracterizado como principal denominador comum subjacente ao pensamento de todos os intelectuais do ISEB, a autora argumenta que se tratava de uma instituição de não apenas um, mas de diversos «nacionalismos».
[278] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes Trata-se, este, do estopim que levaria ao alijamento de Hélio Jaguaribe. As dissonâncias em relação ao papel do capital estrangeiro foram desnudadas quando Jaguaribe publicou O nacionalismo na atualidade brasileira (1958), em cujo pano de fundo se debatia a estratégia juscelinista de desenvolvimento associada ao capital estrangeiro. Se para alguns membros do ISEB o governo brasileiro deveria não apenas aceitar, como incentivar a atração dos investimentos forâneos, para a maioria, se tratava de uma heresia com a qual não se poderia compactuar. Como se argumentou, Jaguaribe reconhecia o papel positivo dos investimentos estrangeiros diretos para o processo de acelerada industrialização por que passava o país naquele momento. De acordo com Bresser-Pereira (2004), ele antecipava uma tese da «teoria da nova dependência», que seria formulada em São Paulo e no Chile nos anos 1960 e se tornaria dominante na América Latina na década subsequente (p. 51). Prado (2007) também enfatiza a contribuição de Jaguaribe para a quebra da quase unanimidade das interpretações hegemônicas na intelectualidade ligada, à época, ao desenvolvimentismo, e que rejeitava a possibilidade de se aceitar o capital estrangeiro como parceiro na busca pelo desenvolvimento do Brasil. Às críticas severas com que Jaguaribe se reportou ao nacionalismo brasileiro —«ideologia vaga, sem formulação teórica e carregada de contradições, de insuficiente caracterização, reunindo correntes de extrema direita, ligadas, no passado, aos movimentos de propensão fascista, e correntes de extrema esquerda, como o Partido Comunista» (Jaguaribe, 1958)— somou-se a percepção geral (e não apenas entre seus pares) de que o sociólogo havia se excedido no pragmatismo. Como se não bastasse, Jaguaribe sugeriu a privatização de setores básicos da economia brasileira —entre eles, o petroquímico. Tratou-se do evento que dispararia o processo de racha insuperável no instituto, levando à renúncia, em fins de 1958 de Candido Mendes e Guerreiro Ramos e, meses depois, do próprio Jaguaribe27. Seja como for, assim como a saída de Roberto Campos do BNDE, o distanciamento de Jaguaribe do ISEB não diminuiu sua leitura sobre a economia brasileira. Se no campo intelectual a perspectiva nacional-desenvolvimentista ainda manteria hegemonia, pautando as principais teses e questões até o 27 O debate derradeiro foi assim descrito por Jaguaribe: «Essa discussão foi muito grande no iseb e terminou, em dezembro de 1958, numa noite dramática, que começou às nove horas da noite e se encerrou às cinco da madrugada seguinte. Nela terminei vencendo na discussão, por um voto» (Barros, 1988 como citado por Kumasaka & Barros, 1988, p. 25).
[279] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) golpe militar, o modelo de industrialização empreendido durante o Plano de Metas estaria mais próximo das sugestões de um desenvolvimentismo associado, conceito posteriormente desenvolvido por autores de diferentes correntes ideológicas, mas que teve na obra de Cardoso e Faletto sua interpretação mais conhecida. ISEB, Jaguaribe e o legado da ideologia nacional desenvolvimentista Transcorridos mais de sessenta anos desde sua extinção, o legado das atividades desenvolvidas pelo ISEB ainda enseja controvérsias entre os analistas. Se os anos 1970 foram marcados pela sua condenação acintosa, a década seguinte contribuiu para a redenção, ainda que parcial, de um dos principais think tanks brasileiros do século XX. Diversos foram os atores que se posicionaram de ambos os lados da trincheira. Dentre os primeiros, destacam-se as obras de Toledo (1997) e Franco (1978), intelectuais paulistas cujas críticas repousavam sobre dois elementos principais: (1) a indistinção entre ciência e ideologia; e (2) a tentativa de lateralizar o conflito de classes e, assim, robustecer a hegemonia da classe dominante (Pereira, 1998)28. Adicionalmente, o golpe militar de 1964 seria a materialização de um projeto incapaz de se concretizar, de uma industrialização construída a partir de uma revolução brasileira que superaria o passado colonial brasileiro, ideia especialmente presente entre os intelectuais do ISEB e do PCB. A burguesia nacional não tinha condições de desempenhar seu papel na revolução brasileira. Trabalhos como os de Luiz Carlos Bresser-Pereira (1963; 1964), Fer nando Henrique Cardoso (1964) e Caio Prado Junior (1966) mostrariam como a burguesia nacional era um grupo heterogêneo e dependente do capital estrangeiro. À (vã) tentativa de provar a viabilidade do desenvolvimento «harmônico e holístico» os autores delegaram o arrefecimento da consciência revolucionária da classe trabalhadora e sua posterior cooptação pelo ideário nacional-populista (Motta, 2000). Nos termos empregados por Lovatto (1997), 28 Além dos supracitados, Mota (1977), Mantega (1984), Marinho (1986) e Pécaut (1990) também ofereceram críticas as quais apresentam, em comum, o embasamento teórico marxista.
[280] Ivan Colangelo Salomão y Alexandre Macchione Saes Jaguaribe atribuía «um caráter universal a um desenvolvimento particular», do capitalismo, sem questionar a quem os interesses de tal industrialização correspondia, evidenciando-se, assim, «sua perspectiva teórica burguesa» (p. 64). Extrapolando a seara teórico-ideológica, outra crítica recorrente a Jaguaribe refere-se à condescendência de seu posicionamento em relação à ditadura militar instalada em 1964. Ao enaltecer determinados elementos das políticas públicas adotadas pelo regime discricionário, Jaguaribe parecia estuporado por sua obstinação em se formar um Estado neobismarckiano, minimizando o não atenuável rompimento de limites civilizatórios. A suposta substituição do antigo Estado cartorial pelo funcional promovida pela ditadura só não se mostrou completa devido à timidez com que a burguesia industrial se inseriu na nova realidade do país. Em 1967, quando o regime já havia cassado as prerrogativas político-legais de centenas de brasileiros, Jaguaribe se referia ao governo como o «regime social» que lograra promover a «resolução de alguns problemas» (Jaguaribe, 1974, p. 45). «Despótico, porém legítimo», o governo militar teria adotado estratégia cujos frutos demonstravam «claramente o acerto da política econômica adotada, baseada numa ampla, mas judiciosa utilização do capital e da tecnologia estrangeiros» (Jaguaribe, 1974, p. 49). A defesa reiterada da ilegalidade do Partido Comunista do Brasil, por ele considerado uma agremiação de «baixa vitalidade intelectual» e consciência limitada «dos seus próprios problemas», demonstra o distanciamento que o autor procurou manter em relação às franjas mais radicais da intelectualidade engajada (CNT, 1954). Por fim, a ausência de uma condenação minimamente incisiva da tortura promovida por agentes do Estado contribuiu para a antipatia nutrida por setores da esquerda ao conjunto de sua obra (Lovatto, 1997). A partir dos anos 1980, observou-se uma tentativa de determinados autores em revisitar não apenas a contribuição do ISEB, mas também as críticas a ele direcionadas na década anterior. Dentre esses, destacam-se os trabalhos de Lamounier (1978), Schwartzman (1981), Ortiz (1985), Pécaut (1990), Motta (2000) e Bresser-Pereira (2004). Lamounier (1978) entende que os intelectuais isebianos não produziram, de fato, uma teoria política ou mesmo uma ideologia propriamente nova, o que, aliado a «voluntarismo político» e a uma visão nacionalista, a seu ver, «exagerada», representaria os limites de sua produção acadêmica (p. 154). Ademais, o autor discorda do alegado caráter autoritário existente na pro-
[281] 7. Hélio Jaguaribe (1923-2018) dução intelectual isebiana. Para ele, o grupo teria denunciado os problemas de representação política na conjuntura do desenvolvimentismo. Indo além, o autor credita ao ISEB um «diagnóstico substantivo» da realidade brasileira que denunciava o controle de «pontos estratégicos na estrutura de poder» por parte dos setores antinacionais, conclamando as camadas progressistas à formação de «uma ampla aliança entre eles e deles com o Poder Executivo» (p. 157). Ao sopesar as contribuições e as lacunas da produção isebiana, Schwartzman (1981) também realçou mais as convergências que dele faziam um centro gerador de conhecimento do que as dissonâncias e polêmicas que naturalmente havia entre seus membros. A procura pela superação da condição de subdesenvolvimento, operacionalizada por um nacionalismo pragmático que rejeitava alinhamentos automáticos, e liderada por uma burguesia industrial comprometida com o desenvolvimento do país é que fizeram do ISEB um ator relevante no debate público de sua época. A defesa mais enfática da atuação do órgão talvez tenha partido da pena de Ortiz (1985), cuja obra procura refutar o argumento de que teria se tratado de uma «fábrica de ideologia» ou de um apêndice do governo. Em primeiro lugar, o autor delega ao ecletismo intelectual de seus membros a alegação de que operavam equivocadamente determinadas categorias sociológicas. O próprio exemplo da leitura que fizeram do idealismo hegeliano demonstraria o domínio que Jaguaribe e seus pares demonstravam sobre categorias não exatamente simples de manejar (Ortiz, 1985). Por fim, se as propostas do instituto iam ao encontro do governo que o patrocinava, isso nada mais refletia do que o zeitgest a que nos referimos arriba, quando diversos elementos da nacionalidade ocupavam corações e mentes da intelectualidade brasileira. Em trabalho mais recente, Bresser-Pereira (2004) ratifica esse entendimento ao conferir ao ISEB a vanguarda na formulação da «interpretação nacional burguesa» do Brasil. Ao reconhecer o papel positivo dos investimentos diretos estrangeiros na economia brasileira, Jaguaribe teria contrariado uma tese (equivocada) cara à esquerda —sobretudo os setores ligados à CEPAL e ao Partido Comunista—, segundo a qual o capital estrangeiro, associado ao setor primário-exportador, responderia pelo principal obstáculo político à industrialização brasileira. Vítima da radicalização política a que se observou a partir do final dos anos 1950, o ISEB viu-se acusado por ambos os lados do espectro ideológico. Perseguidos pela ditadura por «excesso de marxismo», os membros do insti-
[288] Marcelo Rougier Los años de formación Aldo Ferrer nació en abril de 1927 en el seno de una modesta familia de hijos de inmigrantes españoles e italianos en la ciudad de Buenos Aires. Como muchas familias de la ciudad de Buenos Aires, los abuelos paternos llegaron a la Argentina a fines del siglo XIX, provenientes del sur de España. Antonio, su padre, había nacido en 1901 y, al igual que sus hermanos, debió ayudar a los pobres ingresos familiares desde muy joven, haciendo diversas tareas; pronto comenzó a trabajar en un taller donde se hacían muebles de madera y objetos decorativos. Por el lado materno, los abuelos eran italianos que habían migrado a Brasil, donde tuvieron cuatro hijos. Isabel, la mamá de Aldo, nació en Santos, en el litoral del estado de São Paulo, en 1904; poco antes de la Primera Guerra Mundial toda la familia viajó a la Argentina y se radicó en Buenos Aires. Antonio e Isabel se casaron en 1926 y se instalaron en una casa rentada en el distinguido barrio de la Recoleta, en el norte de la ciudad, donde existían varios talleres que requerían el oficio de Antonio. Allí nació Aldo Ferrer en abril del año siguiente. Los primeros años de la joven familia fueron duros. El puerto había otorgado a Buenos Aires una posición de privilegio durante el auge de la exportación de productos primarios, pero las dificultades del comercio internacional y la caída de los precios internacionales a partir de 1929 provocaron que la actividad económica se viera duramente perturbada. Como muchos otros habitantes de la ciudad, Antonio perdió el trabajo y comenzó a hacer changas, mientras que Isabel también debió salir a trabajar en una tintorería. Las penurias económicas de esos años los obligaron a mudarse a otra vivienda de alquiler, a unas pocas cuadras. La recuperación de la economía argentina fue relativamente rápida; Antonio recobró su ocupación y poco después comenzó a trabajar en su propio taller, que instaló en la casa. De algún modo, la familia pudo reponerse y escapar a una condición de pobreza extrema. Ser único hijo en esas circunstancias también fue una bendición; pese a las carencias y dificultades, la situación de Aldo fue mucho más venturosa que la de la mayoría de los niños de la ciudad, víctimas de la desprotección social. A comienzos de 1933, comenzó la escuela primaria en el colegio Nicolás Rodríguez Peña que funcionaba muy estudio pormenorizado de su vida, trayectoria en la gestión pública y aportes intelectuales se encuentra en Rougier (2022). También pueden consultarse sus propios recuerdos en Rougier (2014).
[289] 8. Aldo Ferrer (1927-2016) cerca de su casa. Allí concurrían los hijos de las familias de escasos recursos, pero también los de aquellas acomodadas, por lo que la escuela se transformaba en un fenomenal ámbito de integración social y cultural. Por supuesto, el barrio también era un extraordinario espacio de socialización y de aprendizaje cotidiano. A pesar de estar ubicado en el centro de la ciudad, la zona mantenía las características tradicionales de los barrios porteños, donde los niños y jóvenes confraternizaban en las veredas y calles por horas, y las abundantes plazas y plazoletas se transformaban en improvisadas «canchas» para «picaditos» de futbol. Los años de la niñez pasaron rápido y la elección del colegio secundario no debía dejarse al azar. En esas familias de origen inmigrante o primera generación de argentinos la idea era que el hijo estudiara, una especie de mandato irrenunciable para el ascenso social, posible aún con una buena educación pública. El entorno ayudaba a marcar el horizonte: Antonio tenía algunos amigos o clientes que eran empleados de bancos y empresas que podían proveerles a sus familias un mejor pasar, eran todo un ejemplo; de modo que sugirió que Aldo se inclinase por los estudios comerciales con el fin de garantizarse un trabajo «de oficina» y no uno «manual» como el suyo. Además, al contrario del bachillerato común, el «comercial» era una alternativa para lograr un título que permitiera desarrollar un oficio (como «tenedor de libros» y «cálculo mercantil») si no era posible luego acceder a una carrera universitaria. Durante esos años de «descubrimiento» del mundo, Ferrer entabló amistad con compañeros de ascendencia judía, parte de la gran comunidad que existía en Buenos Aires por ese entonces. Significativamente, ese grupo estimuló su preocupación por la política: los jóvenes se encontraban por ese entonces muy movilizados por las atrocidades del nazismo, las migraciones y los conflictos en Palestina. De algún modo, Ferrer incorporó así las posiciones antifascistas que reafirmaban las ideas socialistas, si bien vagas, que provenían del entorno familiar. En efecto, sin mayor formación política ni compromiso activo, Antonio votaba en los años treinta por el Partido Socialista, que tenía por ese entonces una activa participación política, especialmente en la ciudad. Antonio también le acercó algunas lecturas penetrantes, como las obras de José Ingenieros El hombre mediocre y Las fuerzas morales, empapadas de un sentido ético e idealista de la vida. Particularmente esta última, publicada póstumamente, era una verdadera exaltación de la juventud y sus ideales. Los hombres abrían su propio surco a través de la libre iniciativa: la inquietud, la
[290] Marcelo Rougier rebeldía y la firmeza eran aptitudes necesarias para afirmar y desarrollar el nuevo ideal. No le correspondía a una clase dirigir la transformación social, sino a una elite de individuos: los idealistas. Entre los valores sociales, Ingenieros rescataba particularmente la solidaridad y la justicia. Es probable que el entusiasmo característico de Ferrer en toda su vida tuviera, más allá de razones psicológicas y de personalidad, reminiscencias de ese entusiasmo que el notable pensador de las primeras décadas del siglo le concedía a la lozanía y a su papel motor en la acción. Estas lecturas tenían lugar en años por demás convulsionados, de grandes antagonismos en el mundo; los sectores medios de la sociedad porteña los habían asumido como propios y provocaban hondas divisiones ideológicas y políticas. Una parte importante de la población reivindicaba ardientemente sus convicciones democráticas, ya despiertas durante las movilizaciones en torno a la Guerra Civil Española, y se manifestaba decididamente en favor del bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Ese conflicto se siguió apasionadamente en la casa de Ferrer y en su círculo de amigos (a través de la prensa escrita y la radio, sobre todo), identificados con los aliados; «éramos decididamente antinazis», recordaría muchos años después (Entrevista del autor, 23 de mayo de 2008). El golpe militar de junio de 1943 dio un nuevo condimento a la politización y la reafirmación de las ideas libertarias del joven. La dictadura mantuvo la política de neutralidad declarada por el gobierno anterior, pero tenía claramente una connotación ideológica al resistir su incorporación a la cruzada mundial de las democracias contra el fascismo. Vastos sectores de la opinión pública y los partidos políticos (la Unión Cívica Radical, los socialistas y los comunistas, principalmente) hicieron oír su voz en diferentes tribunas reclamando el inmediato alineamiento del país con la causa aliada. Por otra parte, la «Revolución de Junio» pronto limitó la actividad política, especialmente luego de que, en octubre de 1943, un núcleo de jóvenes oficiales encabezados por Edelmiro Farrell se apoderara de la conducción del gobierno. A partir de entonces se redoblaron las medidas represivas contra los grupos de izquierda y los sindicatos, se declaró fuera de la ley a los partidos políticos, se intervinieron las universidades y se implantó la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas (Torre, 2002). Pronto el hombre fuerte de ese gobierno, el coronel Juan Perón, iba a generar en Ferrer, como en muchos socialistas, algunas contradicciones en la percepción de ese proceso: por un lado, su origen militar lo ubicaba en las antípodas de las ideas democráticas que había cultivado; pero, por otro, no podían más que ser vistas con un dejo de complacencia las políticas favorables a los sectores trabajadores que desde la Secretaría de Trabajo y Previsión
[291] 8. Aldo Ferrer (1927-2016) comenzaba a aplicar, medidas compatibles con los añosos reclamos e iniciativas socialistas. Una vez recibido de perito mercantil, en 1945, inició sus estudios de contador público y de doctorado en Ciencias Económicas en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires. Los grupos estudiantiles más politizados y también el joven Ferrer, afiliado a la agrupación Acción Reformista que lideraban los socialistas, participaron activamente en el rechazo de la dictadura y el reclamo de retorno a la democracia. El régimen se encontraba frente a una clara crisis política que trató de soliviantar a través del alejamiento de Perón y su confinamiento en la isla Martín García. No obstante, tan solo dos días después tendría lugar la movilización popular que daría inicio al fenómeno político más trascendental de la Argentina moderna. El 17 de octubre expresó la irrupción pública de los trabajadores en la ciudad de Buenos Aires; de algún modo el interior inició su marcha sobre la gran urbe y los «cabecitas negras» condensaron la presencia de un larvado conflicto social y cultural que el peronismo capitalizaría en los años siguientes. El nuevo e inesperado espectáculo de masas populares no pudo más que sorprender al joven estudiante. Ferrer tuvo oportunidad de observar frente a su casa a una columna de trabajadores que avanzaba hacia la Plaza de Mayo por las aceras del distinguido barrio. Compartía con muchos socialistas los recelos sobre los ideales y los propósitos de esa muchedumbre en movimiento: «Con mi padre teníamos una gran ambivalencia: por un lado la cosa popular, por el otro, no nos gustaba nada el régimen militar, la dictadura». Pero, además, los obreros en las calles expresamente atacaban con sus consignas a los estudiantes, identificados como antiperonistas, y en ocasiones los obligaban a «vivar» el nombre de Perón (James, 1987, p. 457). Más allá de las alternativas políticas e intervenciones propias de la militancia, el primer año de la facultad transcurrió finalmente sin mayores sobresaltos. Ferrer era un buen estudiante y pasaba mucho tiempo en la biblioteca. El programa de la carrera de Contador Público de la facultad se había modificado varias veces en los años anteriores. Hacia 1945 se aplicaba el Plan «D», que se desarrollaba en cuatro años e incluía veintiún materias, varias con condición teórico-práctica. La preeminencia del derecho en la orientación de la carrera era indiscutible: ocho materias estaban vinculadas a cuestiones legales mientras que solo tres lo estaban específicamente a las técnicas contables; dos abordaban temas propios de la economía y otras cinco lo hacían de manera tangencial. Finalmente, tres incorporaban distintas nociones matemáticas y estadísticas (Universidad de Buenos Aires, 1941).
[292] Marcelo Rougier En enero de 1949 aprobó con «bueno» Práctica Profesional y obtuvo el título de contador público. La carrera, plagada de cuestiones técnicas y legales, no había sido muy atractiva. En realidad, Ferrer se sintió mucho más estimulado por las materias del Doctorado en Ciencias Económicas. El plan del doctorado era igual al de la carrera de Contador para el primero y el segundo año; luego se agregaban doce materias más y dos trabajos de investigación. Varios de los docentes que Ferrer tuvo en el doctorado estaban vinculados al grupo Bunge y eran funcionarios o veían con beneplácito las políticas que impulsaba el gobierno peronista. Muchos de ellos habían entrado a la facultad después de 1944 en un contexto de predominio de los sectores conservadores, nacionalistas y católicos en la universidad, como Rafael García-Mata, que dictaba Economía y Organización Agraria. Otros docentes como los de Política Social o Sociología también provenían del espacio conservador católico y eran cercanos al gobierno. No obstante, había una figura claramente disruptiva en ese escenario: Raúl Prebisch, a quien consideraría siempre como su «maestro». Hacia 1943, Prebisch era sin duda un destacado funcionario identificado plenamente con el gobierno de la Concordancia y la «década infame». Es probable que por esa misma razón el gobierno militar surgido del golpe del 4 de junio de ese año pusiera fin a su carrera pública, lo que obligó a Prebisch a dedicarse por completo a la enseñanza y al asesoramiento de bancos centrales de distintos países de América Latina. En efecto, a comienzos de 1944 Prebisch fue invitado al Banco de México para dar unas charlas sobre la creación y la actuación del Banco Central de la República Argentina (BCRA). Allí fue cobrando forma su concepción sobre el espacio latinoamericano y trabó amistad con Daniel Cosío Villegas, economista y director del Fondo de Cultura Económica, y con Víctor Urquidi, uno de los jóvenes economistas más prometedores y con el que compartía especialmente el interés por las teorías del desarrollo. Esas charlas lo convencieron de que su experiencia en la gestión pública había sido muy rica, pero que le faltaba una mayor sofisticación teórica para darle sustento. Con esa idea, Prebisch regresó a la Argentina y retomó sus clases de Política Económica (Dinámica Económica) en la facultad, dispuesto a profundizar su investigación sobre la teoría del ciclo económico y examinar en detalle el trabajo de Keynes a la luz de la experiencia latinoamericana. La facultad, el único espacio institucional que conservaba, podía ser un refugio donde desarrollar sus investigaciones, pero su situación allí no era fácil; como señalamos, Prebisch era identificado con el «viejo régimen» y no tenía muchos aliados políticos en la nueva circunstancia. La llegada de Perón a la presidencia tam-
[293] 8. Aldo Ferrer (1927-2016) poco fue auspiciosa para Prebisch, quien tomó distancia de las políticas que se impulsaban en el plano financiero e industrial. El gobierno había nacionalizado el BCRA y los depósitos, poniendo fin al sistema que Prebisch había diseñado. También había lanzado un plan quinquenal que implicaba una fuerte intervención del Estado, además de impulsar las nacionalizaciones de varios servicios públicos. Finalmente, Prebisch era cauteloso respecto a la orientación de la política industrial (comandada por miembros del grupo Bunge y profesores de la facultad, como Emilio Llorens), que implicaba una industrialización acelerada de sectores que podían ser «ineficientes» de acuerdo con su perspectiva. Hacia 1947 su investigación sobre la moneda y los ciclos económicos desde la perspectiva de los países periféricos había progresado, pero Prebisch enfrentaba un clima político cada vez más hostil en la facultad (que, entre otras cosas, le exigía incluir temas referidos al plan quinquenal). Dos veces elevó su renuncia a la cátedra, pero el interventor Pedro Arrighi la rechazó porque su personalidad científica era «reconocida mundialmente, honrando a la Facultad que lo cuenta en su claustro»; solo le permitió tomar una licencia hasta el fin del ciclo lectivo (Fernández López, 2002). Durante el transcurso de 1948, Prebisch pretendía concluir con sus desarrollos teóricos sobre el ciclo económico y para eso aprovechó su clase de Dinámica Económica y el dictado de un nuevo seminario, donde aludía especialmente a sus indagaciones de carácter teórico (Fernández López, 2008). Como colaborador en el seminario se encontraba el ingeniero Francisco García Olano, un hombre allegado al grupo industrialista de Alejandro Bunge que había publicado varios artículos sobre política económica, planificación e industria en la Revista de Economía Argentina (REA), pero que pronto se transformaría en crítico de las políticas del gobierno. Ferrer tuvo la dicha de tener a Prebisch en la materia y también de cursar el seminario durante los primeros meses de 1948. La materia estaba dividida en seis partes. La primera de ellas estaba a cargo de Julio Broide y era una introducción a la moneda y al ciclo económico. Se estudiaba el patrón oro, la inflación, el balance de pagos y el sistema monetario internacional (incluidos los planes de Keynes y White y los acuerdos de Bretton Woods). Luego se abordaban los ciclos económicos, sus causas y una reseña histórica de su evolución en la Argentina desde la época colonial hasta la actuación del BCRA entre 1935 y 1947. La bibliografía incluía estudios de Edwin Kemmerer y documentos del Fondo Monetario Internacional y del BCRA, además de apuntes de cursos dictado por Prebisch previamente. Las otras cuatro partes de la materia estaban a cargo del propio Prebisch. La primera de ellas se refería a la teoría dinámica de la economía. Allí se abogaba por la necesidad de una
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