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Para citar esta obra, use el siguiente formato: Ochoa Siguencia, L. (2025). La leyenda de la fanesca. Instytut Badań i Innowacji w Edukacji (INBIE). hps://doi.org/10.5281/zenodo.17901406
LA LEYENDA DE LA FANESCA Donde los Sabores Vuelven a Casa Luis Ochoa Siguencia
LA LEYENDA DE LA FANESCA Luis Ochoa Siguencia Copyright © 2025, Luis Ochoa Siguencia Copyright © 2025, Instytut Badań i Innowacji w Edukacji (INBIE) Proyecto de portada y acuarelas: Renata OchoaDąderska ISBN:978-83-978248-2-9 DOI: 10.5281/zenodo.17901406 Publicado por: Instytut Badań i Innowacji w Edukacji (INBIE) Licencia: Distribuido bajo la licencia Creave Commons BY-NC-SA (Atribución – No Comercial – Comparr Igual). Se permite la traducción y adaptación de la obra siempre que se cite al autor, no se haga con nes comerciales y las versiones resultantes se distribuyan bajo la misma licencia. Impreso en: Częstochowa, Polonia Año de publicación: 2025
DEDICATORIA A mis bisabuelas Francisca Iglesias y Teresa Encalada, y a mis bisabuelos Jacinto Ochoa Morejón y Marcos Siguencia Andrade, cuyos nombres llegan envueltos en empo, como brasas anguas que aún saben iluminar los rincones donde empieza mi memoria. A mis abuelitas Angelita Ochoa Urgiles y Hortencia Calle Casllo, cuyas manos, moviendo la olla, parecían guardar un idioma que solo el corazón comprende. A mi mamá, María Carmelina Siguencia Calle, y a mis as, que me enseñaron que en la cocina también se reza y que un fuego encendido puede sostener a una familia entera. A mis abuelitos Belizario Ochoa Iglesias y Florenno Siguencia Encalada, a mi papá, Julio César Ochoa Ochoa, a mis hermanos y a mis os,
que regresaban cansados, pero jamás sin un gesto, un fruto, una esperanza entre las manos. A quienes cocinamos lejos de nuestra erra y al probar esta sopa, cerramos los ojos para regresar —aunque sea un instante— al primer hogar que nos nombró. A mi familia, la de sangre y la de camino, que me enseñó que la entrega también alimenta y que la ternura ene la forma de un plato servido sin prisa. Y a , que ahora sosenes estas páginas: que esta historia te encuentre con el corazón bio y te recuerde que el fuego que nos une puede encenderse incluso lejos de casa, siempre que alguien, en silencio, decida volver a comparrlo.
NOTA DEL AUTOR No recuerdo en qué instante nació esta historia. Quizá nació en la cocina de mi infancia, cuando veía a mi bisabuela, a mi abuela y a mi mamá mover la olla con una paciencia que parecía venir de otro siglo. Quizá en algún viaje lejos de casa, cuando descubrí que el sabor de la patria duele igual que la nostalgia. O tal vez nació en un silencio: ese que llega al terminar la fanesca, cuando uno comprende —sin explicarlo— que no solo se ha alimentado el cuerpo. Escribo esta nota porque la leyenda que vas a leer no nació para explicar, sino para agradecer. Agradecer a quienes tejen sabores con sus manos, sin preguntar; a quienes ofrecen sin esperar retorno; a quienes cocinan invocando a un ser amado, incluso cuando ese ser está lejos de la casa que los vio crecer. Quise escribir una historia que dijera «nosotros» sin tener que pronunciarlo, que recordara que, aunque venimos de erras disntas, todos nacemos del mismo fuego. Y que la fanesca —esa visita anual tan breve y tan esperada—
sigue siendo la prueba más humilde y luminosa de que la familia no ha olvidado cómo reunirse. Mientras escribía esta tradición familiar, pensé muchas veces en el gesto sencillo de comparr un plato: el cuerpo que se inclina, la mano que se ofrece y ese instante sagrado en que un aroma nos recuerda que jamás hemos estado solos. Tal vez la fanesca sea eso: una manera silenciosa de decir «aquí estoy». Te ofrezco esta leyenda como quien deja un cuenco sobre la mesa. Ojalá encuentres en ella un poco de tu memoria, un poco de tu familia y un poco de ese Ecuador que seguimos aprendiendo a tejer en sabores, afectos y fuego compardo. Gracias por leer. Gracias por sentarte a esta mesa. Gracias por mantener encendido —aunque sea un momento— el fuego que nos une como hijos de una misma erra. Luis Ochoa Siguencia
NOTA CULTURAL Esta leyenda es una creación original, nacida de la memoria múlple del Ecuador y de mis propios recuerdos de niñez: aquellas cocinas donde el vapor subía como una oración y las voces de mi familia tejían el mundo mientras la olla laa en silencio. La Leyenda de la Fanesca no busca reper una tradición, sino imaginarla desde el asombro, desde aquel eco primero que escuché de niño cuando comprendí que la comida también puede contar historias. No pretende explicar un origen, sino abrir una puerta. No reconstruye una receta, sino el gesto que la sosene: el encuentro, la mesa comparda, la ternura que viaja de mano en mano. Ojalá estas páginas despierten en quien las lea el deseo de reconocerse en los otros y de recordar que un país —como una infancia— renace cuando comparmos lo que somos.
16 —¿Tiempo de qué? —Del país cuando era uno solo, wawa. Cuando la gente sabía que el futuro también se siembra. La niña abrió el frasco de los choclos ernos. El aroma salió como un suspiro bio: olía a campo recién despierto, a esas madrugadas en que su abuelo pelaba mazorcas sentado en la piedra que hacía de banco. —¿Y si unimos todas estas semillas en una sola olla? — preguntó, con una chispa en los ojos—. ¿Crees que el sol nos escucharía? —Eso hacían los pueblos antes de que exiseran las fronteras —susurró la abuela—. Todo lo que brotaba de la erra era compardo, y el sol reconocía en ese gesto que nuestro corazón seguía siendo uno. La voz se le quebró apenas. —Pero la erra dejó de praccar ese gesto anguo… y nosotros, sin darnos cuenta, dejamos de reconocernos en la mirada del otro. Así empezó a hacerse sombra la memoria. La niña no dudó ni un instante. Sinó que algo se encendía en su pecho.
17 Y antes de que la abuela hablara de nuevo, salió corriendo por el pueblo, como una chispa que busca avivar los hogares dormidos.
18 CAPÍTULO III — La Costa que despertó primero El viaje de la niña comenzó donde el aire huele a sal y a madera húmeda. Las olas se levantaban como brazos blancos que querían abrazar el horizonte, y los manglares —viejos como abuelas de agua— murmuraban historias que solo el mar recuerda completas. Los pescadores remendaban redes gastadas por el sol y la marea, sentados en bancos de madera suavizados por el mar, mientras los cangrejos corrían furvos entre las sombras. La niña se acercó a un anciano que extendía pescado salado sobre una mesa de caña. El olor era intenso, áspero, pero cargado de una memoria profunda, como si siglos enteros respiraran desde la carne del pescado. —Vengo por un regalo —dijo ella—. Necesito algo que recuerde al mar. El hombre la miró de arriba abajo, con un ojo entrecerrado por el reejo del sol.
19 —¿Y para qué quieres un regalo tan grande? Aquí nada se regala, chiquita. El mar nos cobra todo. La niña tragó saliva. El viento agitó su vesdo. Por un instante creyó que el anciano la enviaría de vuelta por donde vino. —Es para alegrar al sol —respondió. El pescador intentó reír, pero la risa se le quebró a mitad de camino. Había algo en la voz de la niña —algo terco, algo limpio— que no se podía negar. Suspiró entonces, recogió una cesta envuelta en hojas de plátano y se la tendió con manos curdas. —Ya, anda. Llévate este pescado seco. El mar no lo da todos los días… pero cuando lo da, es porque quiere ayudar. No digas que yo te lo regalé —añadió, como si temiera que el mar pudiera escucharlo—. Dile que lo encontraste en la orilla. La niña inclinó la cabeza, mida pero sincera. Y el mar, como si hubiera escuchado cada palabra,
20 levantó una ola suave que humedeció sus pies y luego se reró en silencio. Parecía una bendición angua, una que el mar concede sin nombrarla.
21 CAPÍTULO IV — La Sierra que recordaba anguas lunas El camino hacia la Sierra la recibió con un viento frío que olía a pasto viejo y a cielo anguo. Los campos, extendidos como mantas de oro, parecían dormir bajo la vigilancia de los cerros; y cada curva del camino le recordaba que estaba entrando en un territorio donde la erra escucha. Los agricultores la vieron venir desde lejos: una niña del llano subiendo al páramo con una cesta que olía claramente a mar. Eso, por sí solo, ya era un presagio. —He venido por semillas —dijo ella—. Semillas que tengan memoria. Los campesinos se miraron entre sí. En empos duros, nadie entrega la cosecha sin pensarlo; una semilla es pan, es futuro, es mañana. Hubo un silencio. El viento sopló como si aguardara una respuesta. Entonces la niña abrió la cesta y, sin decir palabra, dejó que el olor del mar —salado, vivo, imposible allí a mil metros— llenara la plaza. No fue solo un aroma;
22 fue como si el océano mismo hubiera extendido una mano hasta las montañas, rompiendo el silencio que había separado sus memorias. Por un instante, la plaza quedó suspendida en un silencio que no pertenecía a los humanos. Los ancianos se incorporaron despacio. Se miraron con una mezcla de asombro y reconocimiento. —Mar y montaña juntos… —murmuraron—. Kawsaymi, hacía mucho que no senamos esta unión. Entonces ocurrió algo que parecía pequeño, pero no lo era: uno a uno comenzaron a traer granos. Primero una mujer con habas recién secas, luego un hombre con mellocos de luna menguante, otro con arvejas que su padre había guardado desde la úlma pukllay. Después llegaron el maíz erno, los chochos de la mañana, la lenteja humilde, los fréjoles colorados, los garbanzos viejos, la cebada que protege,
23 las papas que son erra, el zapallo que da dulzura y la quinua que guarda el sol. Doce puñados exactos. Uno por cada luna que ha velado a la Sierra. Era como si el empo entero se ofreciera en sus manos. —Que estos granos despierten algo más que hambre — dijo una mujer, dejando caer el úlmo puñado—. Que despierten memoria. La niña los guardó con cuidado, como si temiera que alguno escapara volando. Y entonces el viento del páramo se levantó. No silbó; no rugió. Cantó. Un canto largo, ondulante, como los espíritus que se esconden en las lagunas altas cuando nadie mira. La niña supo —sin que nadie se lo explicara— que la Sierra había respondido.
24 CAPÍTULO V — El Oriente que sabía escuchar La selva la recibió sin hablar. No necesitaba hacerlo. La selva observa, respira, espera. Cada rama parecía guardar un pensamiento anguo; en cada hoja dormía un secreto que no se entregaba a cualquiera. El sol intentaba mirarse en los espejos verdes de la copa del bosque, pero la luz se quebraba antes de tocar el suelo. La niña avanzó siguiendo el rumor del río Puyo hasta llegar al Pastaza, que sonaba con un murmullo áspero, como si el río cargara dentro su propia tormenta. De pronto, un movimiento brusco entre los arbustos la hizo detenerse: una guanta salió corriendo con un estrépito que hizo temblar el aire. La selva la estaba midiendo, como quien reconoce el pulso de un visitante antes de permirle entrar en su corazón verde.
25 Entonces un curandero apareció desde las sombras, tan silencioso como un pensamiento que decide mostrarse. —¿Qué buscas, pequeña? —Hierbas que traigan vida —respondió ella. El hombre sonrió. En la selva, las hierbas no se regalan: se reconocen, se escuchan, se piden permiso. La niña había llegado con el oído humilde, y la selva lo reconoció. Él abrió una pequeña shigra, tejida con la paciencia de quienes dialogan con el bosque, y sacó tres ofrendas: un ramo de guayusa con gotas de rocío, un pedazo de chuchuhuasi que olía a lluvia caliente, y unos granos de maíz amarillo, brillantes como un amanecer recién nacido. —La vida ene muchos sabores —dijo—. Este te dará claridad. Este, fuerza. Y este —añadió, dejando el maíz en sus manos— te recordará que nada crece solo.
32 El zapallo y el sambo se entregaron a la olla, ofreciendo su ternura y su resguardo para acoger a los demás. Los mellocos entraron como maestros de paciencia. El queso se fundió, creando un abrazo bio capaz de reunir lo que el empo separó. La sal de las Islas cayó como un puñado de lágrimas y mares. Y, por úlmo, el bacalao, desalado tres veces bajo la luna, descendió como un acto nal de puricación, soltando por n la nostalgia de su viaje en el fuego común. Cada ingrediente ocupaba su sio, como quien toma asiento en una ceremonia angua. La olla empezó a burbujear. Luego a cantar, con un sonido profundo, casi humano. Y después —muy lentamente— comenzó a brillar, como si dentro de la olla el primer amanecer del mundo intentara abrir los ojos por segunda vez. La abuela retrocedió un paso. La niña contuvo la respiración.
33 Y entonces, como si el cielo hubiera estado esperando solo ese instante, el sol brilló completamente. No había rastro de cansancio en su luz. Brillaba como un dios recién lavado por la esperanza humana: crispando las sombras, despertando pájaros, encendiendo techos, cosiendo las regiones de la patria con un hilo de oro. La niña lloró sin entender del todo por qué. La abuela le tocó el hombro con suavidad, y en su gesto no había cansancio, sino alivio. —Porque cuando un país se une, hija… el sol siempre vuelve.
34 EPÍLOGO — Por qué la fanesca se come en Pascua Los crisanos que llegaron después vieron aquella sopa encendida y la reconocieron como un signo anguo y luminoso. —Renacimiento —dijeron. —Entrega. —Unidad, no solo con quienes viven cerca, sino también con quienes llevamos en el corazón. Y adoptaron la tradición para la Semana Santa: ese empo en que la luz vuelve, en que la vida renace, y en que los silencios se abren como una puerta hacia la esperanza. Por eso, cada año, cuando el país parece cansado, cuando las familias regresan a la mesa aunque sea por un día, cuando el sol necesita recordar que los humanos todavía sabemos unirnos… …la gente enciende una olla grande. Añade doce granos. Reúne historias, territorios, memorias dispersas.
35 Une regiones enteras como quien vuelve a coser un mapa roto. Y prepara algo más sagrado que comida: la certeza de que no estamos solos, la memoria de que somos —a pesar de todo, a través de todo— un solo país. En las casas del valle y en los departamentos altos de las ciudades; en los paos serranos donde aún se escucha el viento del páramo; en las cocinas costeñas donde el mar entra sin tocar la puerta… y también en los rincones lejanos del mundo: en la nieve extranjera, en los trenes que cruzan Europa, en un departamento pequeño donde un migrante enciende una hornilla diminuta para no olvidar el sabor de su origen. Ahí también se cocina fanesca. Ahí también se enciende Ecuador. Porque en cada olla, en cada mesa, las abuelas susurran:
36 Eso es la verdadera fanesca. No una receta. No un plato. Sino un pacto. Una promesa que cada generación vuelve a cocinar para que el sol no se apague, para que el país —nuestro país— recuerde quién es cada vez que vuelve a reunirse en un solo fuego. Que esta leyenda siga encendiendo, en cada lector, el recuerdo de una mesa comparda y el calor de la erra que nos une.
PALABRAS QUE GUARDAN MEMORIA Hay palabras que no viven en los diccionarios. Viven en la erra. En los Andes, una semilla no es solo alimento: es un empo dormido. En la Costa, el mar no es frontera: es una voz que regresa. En el Oriente, una hoja puede ser maestra. Y en las Islas, cada piedra caliente recuerda el primer día del mundo. El Ecuador no es extenso, pero cada uno de sus territorios respira como un corazón disnto. Por eso la fanesca no es solo sopa: es un puente. Cuando los granos se reúnen, cuando el pescado escucha el murmullo del zapallo, cuando la sal conversa con la quinua, algo anguo despierta. Los pueblos que vivieron antes que nosotros creían que ningún ser existe solo:
todo es red, vínculo, un hilo que sosene a todos los demás. Este libro nace de esa idea. Nace del deseo de honrar a las abuelas, a los pescadores, a los campesinos, a los pueblos amazónicos y a quienes, lejos de su erra, encienden una hornilla diminuta para recordar de dónde vienen. Porque un país también se cocina. Y en cada olla que comparte su fuego, la memoria vuelve a reconocerse.
GLOSARIO CULTURAL 1. Ayllu Angua forma de comunidad andina basada en la reciprocidad, el parentesco y la ayuda mutua. Más que un conjunto de familias: un modo de sostener la vida. 2. In El Sol en la cosmovisión andina. Padre, guía y fuente de equilibrio. Su luz no solo calienta: acompaña los ciclos humanos y agrícolas. 3. Kay p’unchapi Expresión kichwa que signica «en aquel día». Invoca empos anguos en que las costumbres eran compardas. 4. Pukllay Época fesva andina donde la comunidad celebra la vida, el juego y el renacimiento de la erra.
5. Doce lunas Las fases lunares que marcan el calendario agrícola ancestral. Cada luna es un empo, un trabajo y un aprendizaje. 6. Shigra Bolsa tradicional tejida a mano en bras naturales. Símbolo de paciencia, memoria y trabajo comunitario. 7. Guayusa Hoja amazónica usada en infusiones rituales. Asociada con la claridad, el despertar y la fuerza interior. 8. Chuchuhuasi Corteza medicinal amazónica. Se usa para dar energía, aliviar dolores y fortalecer el cuerpo. 9. Lava fría Roca volcánica enfriada por el empo. Representa el origen del territorio insular y la memoria de una erra que sigue respirando. 10. Bacalao Pescado seco introducido en Ecuador durante la Colonia
y adoptado en la fanesca. Su «viaje» y su desalinización simbolizan puricación. 11. Fanesca Guiso ecuatoriano que reúne granos, pescado, leche, zapallo, vegetales y especias. Se prepara tradicionalmente en Semana Santa como un acto familiar y comunitario. 12. Andes Cordillera que recorre el Ecuador. Territorio de altura, frío, viento, agricultura y memoria ancestral. 13. Oriente La Amazonía ecuatoriana. Hogar de selvas vivas, aguas profundas, pueblos originarios y espiritualidad vegetal. 14. Islas Las Galápagos, archipiélago volcánico donde la geograa parece recién nacida. Símbolo de origen y transformación. 15. Costa Región maríma del Ecuador.