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La ataraxia del mando: serenidad y poder en tiempos de crisis

Cosialls Ubach, Andrés Miguel

Abstract

Article Review Andrés Miguel Cosialls Ubach, “The Ataraxia of Command: Serenity and Power in Times of Crisis” In The Ataraxia of Command: Serenity and Power in Times of Crisis, Andrés Miguel Cosialls Ubach offers a profound and intellectually rigorous reflection on command responsibility, decision-making, and leadership under conditions of extreme stress, drawing on Stoic philosophy—particularly the concept of ataraxia—and reinterpreting it through the lens of contemporary military command, national security, and crisis governance. While not a doctrinal article in the narrow technical sense, the text constitutes a highly relevant contribution to the normative and ethical foundations that underpin lawful and effective command in armed conflict and hybrid crisis environments. The article’s central thesis is that ataraxia—often misunderstood as indifference or emotional detachment—is in fact a form of active discipline, enabling commanders to preserve clarity of judgment when external conditions deteriorate. Drawing extensively on Marcus Aurelius and Epictetus, Cosialls Ubach situates serenity not as a private virtue, but as a public and institutional function of command, essential to the exercise of authority in military and security contexts. From the standpoint of military law and IHL, this conceptualization is particularly significant. The article implicitly links serenity to the capacity to comply with legal obligations under pressure, including the application of proportionality, distinction, and precautions in attack. Emotional destabilization, the author suggests, is not merely a psychological weakness but a structural risk factor for unlawful decision-making. A key contribution of the article lies in its redefinition of power. Rather than associating power with coercion or immediacy of action, Cosialls Ubach presents power as stability of judgment, rooted in inner discipline. This perspective resonates strongly with legal conceptions of command responsibility, where the legitimacy of authority depends not on impulsive action, but on reasoned, deliberate, and accountable decision-making. The text convincingly argues that serenity acts as a filter against emotional contagion, political pressure, media-driven urgency, and informational overload—factors that increasingly affect commanders in modern conflicts characterized by hybrid threats and real-time scrutiny. In this sense, ataraxia becomes a functional precondition for lawful command, enabling leaders to resist symbolic or retaliatory actions that may violate legal or ethical constraints. The article’s engagement with Stoic sources is not merely historical or philosophical. The author uses classical metaphors—such as the promontory against which waves continually break—to describe the commander’s role as a fixed point of stability within a volatile operational and political environment. This imagery is translated into modern strategic terms: information saturation, hostile narratives, technological acceleration, and societal polarization. From a political science perspective, the article offers a compelling analysis of how institutional legitimacy is sustained through leadership comportment. A serene command presence stabilizes not only military units, but also civilian trust in defense institutions. Conversely, the loss of serenity is shown to precipitate strategic, political, and institutional failures, even in the absence of decisive military defeat. One of the article’s most original contributions is its framing of ataraxia as a form of strategic resilience. Rather than focusing exclusively on material capabilities, the text identifies the psychological architecture of leadership as a critical element of national security. In crisis situations—where outcomes cannot always be controlled—the commander’s ability to control his or her reaction becomes decisive. This insight has direct relevance for contemporary IHL and security governance. Decisions taken under emotional pressure are more likely to generate disproportionate responses, escalation spirals, and legitimacy deficits. By contrast, serene leadership enhances compliance with legal norms, preserves moral authority, and mitigates long-term strategic damage. The Ataraxia of Command constitutes a highly original and conceptually rich contribution to the study of military leadership, command ethics, and crisis governance. Although rooted in philosophy, the article speaks directly to the legal and operational realities of modern warfare and hybrid threats. Its central insight—that serenity is not a luxury, but a pillar of lawful and effective command—is particularly relevant for military legal advisers, senior commanders, and scholars of international humanitarian law and security studies. The article successfully demonstrates that the quality of decisions in armed conflict is inseparable from the inner discipline of those who command, offering a normative framework that complements, rather than replaces, formal legal rules.

Full text

Andrés Miguel COSIALLS UBACH La serenidad no es un estado de ánimo confortable, sino una forma de disciplina que eleva el juicio por encima de la conmoción. En la tradición estoica, este principio adquiere un nombre preciso: ataraxia. No se trata de indiferencia ni de frialdad, sino de la capacidad de sostener el pensamiento cuando el entorno se quiebra. La serenidad ha sido siempre una forma de poder. No el poder que se impone por la fuerza exterior, sino aquel que nace de la estabilidad interior: el poder que no teme, que no oscila, que no se quiebra. Los estoicos concibieron a la ataraxia como una disciplina del alma apta no solo para la vida privada, sino para el gobierno de los hombres y la dirección de los ejércitos. Marco Aurelio —emperador, comandante en campaña y filósofo— convirtió esta idea en una doctrina práctica de mando. En sus Meditaciones escribe: “las máximas que tendrás a mano y hacia las que te inclinarás, figuren estas dos: una, que las cosas no alcanzan al alma, sino que se encuentran fuera, desprovistas de temblor, y las turbaciones surgen de la única opinión interior. Y la segunda, que todas esas cosas que estás viendo, pronto se transformarán y ya no existirán.” (IV, 3). Esta frase, escrita en un campamento militar a orillas del Danubio, tiene hoy la misma vigencia que entonces: la claridad depende de la serenidad; la eficacia depende de la claridad. La ataraxia no es una pasividad cómoda ni un ideal de retiro. Es una forma de lucidez activa: la capacidad de percibir la realidad sin que el miedo, la ira o la presión política distorsionen el juicio. Marco Aurelio recordaba a sí mismo cada mañana que “ser igual que el promontorio contra el que sin interrupción se estrellan las olas. Este se mantiene firme, y en tomo a él se adormece la espuma del oleaje.” (IV, 49). En el pensamiento estratégico contemporáneo, esta metáfora no es solo literaria: describe la función esencial del mando en tiempos de crisis. Ante la avalancha informativa, las exigencias mediáticas y la volatilidad del entorno, la serenidad constituye una arquitectura psicológica que permite resistir el impacto y conservar la dirección. La ataraxia es, de hecho, una técnica del mando. Quien la cultiva no permite que las pasiones ajenas dicten sus decisiones. Epicteto advertía que “quien te irrita, te domina”; Marco Aurelio añadía que “si te afliges por alguna causa externa, no es ella lo que te importuna, sino el juicio que tú haces de ella. Y borrar este juicio, de ti depende.” (VIII, 47). Para la defensa y la seguridad, esta distinción resulta esencial. La perturbación emocional conduce a decisiones apresuradas o simbólicas; la serenidad conduce a decisiones útiles. La disciplina interior no debilita la acción: la depura, la hace más precisa, más justa y más resistente al error. En la larga tradición militar, el mando sereno ha valido más que el mando vehemente. Las legiones romanas aprendieron que el oficial que conserva la compostura sostiene la moral, incluso, cuando la línea vacila; los ejércitos modernos saben que una unidad puede soportar casi cualquier adversidad si confía en que su jefe mantiene la cabeza fría. La serenidad del mando es contagiosa: ordena. Su ausencia también lo es: descompone. Por eso Marco Aurelio insistía en que “detente y recurre a los mejores consejeros; y en el caso de que otras diversas trabas obstaculicen la misión a la que te encaminas, sigue adelante según los recursos a tu alcance, teniendo muy presente en tus cálculos lo que te parece justo. Porque lo mejor es alcanzar este objetivo, dado que apartarse de él es ciertamente fracaso. Tranquilo a la vez que resuelto, alegre a la par que consistente, es el hombre que en todo sigue la razón” (X, 12). La historia reciente demuestra que la pérdida de serenidad ha precipitado derrotas políticas, militares e institucionales. Los sistemas de defensa se tambalean no solo por ataques externos, sino por la erosión interna producida por el miedo, la improvisación o la impulsividad. La ataraxia, en cambio, opera como un mecanismo de resiliencia estratégica: devuelve al mando la capacidad de evaluar, priorizar y responder sin quedar atrapado en la presión ambiental. En las crisis, el líder no siempre puede controlar los acontecimientos, pero sí debe controlar su reacción ante ellos. La calidad de las decisiones depende de la calidad del estado interior del que decide. Hoy, cuando las amenazas híbridas multiplican la confusión, cuando la información hostil pretende desestabilizar el ánimo colectivo y cuando la velocidad tecnológica empuja a actuar antes de pensar, la ataraxia convierte al dirigente en un punto fijo dentro de un sistema en movimiento. No es un lujo filosófico: es un pilar de la seguridad nacional. El mando sereno previene errores, mitiga tensiones, sostiene la legitimidad institucional y proyecta un tipo de autoridad que no depende del rango, sino del ejemplo. La ataraxia del mando: serenidad y poder en tiempos de crisis PÁGINA 97 BOLETÍN CODESEL VOLUMEN 1, Nº 6 La ataraxia convierte al dirigente en una garantía de orden. Cuando la sociedad se fragmenta, las emociones colectivas cambian de dirección cada hora y las instituciones son sometidas a presiones inéditas, la serenidad se convierte en un acto de servicio. El mando ataráxico no compite con el ruido, lo supera; no responde a la agitación, la disipa. Y no se deja arrastrar por la corriente; la orienta. PÁGINA 97 BOLETÍN CODESEL VOLUMEN 1, Nº 6 ISSN-e: 3045-7750. ISSN-e: 3045-7750. Diciembre 2025 Diciembre 2025