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Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas

Guglielmucci, Ana; Salamanca, Carlos

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111 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas Animals, Plants, and Humans: For a Relational Expansion of the Repertoires of Violent Impact through Artistic Practices Animais, plantas e humanos: por uma ampliação dos repertórios dos efeitos da violência a partir das práticas artísticas Fecha de recepción: 12 de febrero de 2025. Fecha de aceptación: 20 de agosto de 2025. Fecha de modificaciones: 10 de febrero de 2025 DOI: https://doi.org/10.25025/hart.11040 Cómo citar: Guglielmucci, Ana y Carlos Salamanca Villamizar. “Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas”. H-ART. Revista de historia, teoría y crítica de arte, n.o 21 (2025): 111-134. https://doi.org/10.25025/ hart.11040. Ana Guglielmucci Antropóloga. Doctora en Antropología (Universidad de Buenos Aires, 2011). Profesora de la Escuela de Ciencias Humanas y directora de la Maestría en Conflicto, Memoria y Paz de la Universidad del Rosario. Investigadora independiente del CONICET (Argentina), miembro del GT CLACSO Memorias colectivas y prácticas de resistencia, y de la plataforma La violencia en el espacio. Su investigación se centra en el estudio de procesos de activismo político y políticas públicas en materia de derechos humanos y sitios de memoria en Argentina, Colombia y Chile; el trabajo artístico y las prácticas estéticas en torno a las huellas del conflicto armado en Colombia; y la transmisión intergeneracional de legados difíciles sobre las dictaduras y el conflicto armado en Latinoamérica. Resumen: A partir del análisis de tres procesos de creación artística que hicieron parte de la exposición La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder (Museo Nacional de Colombia, 2024), mostramos cómo estos procesos abrieron espacios reflexivos y documentales que produjeron abordajes novedosos de lo que ha significado la guerra en Colombia para humanos, plantas y animales. El tópico centrado en las relaciones entre lo humano y lo no humano y el uso de lenguajes visuales fungieron como herramientas poderosas para pensar las narrativas memoriales dominantes sobre la guerra y las limitaciones de las perspectivas antropocéntricas para dar cuenta de realidades que las desbordan. Postulamos que estos abordajes artísticos ofrecen un campo de exploración fértil sobre la memoria al enfatizar en lo relacional entre varios tipos de existentes y con el territorio. Palabras clave: Guerra, prácticas artísticas, memorias, afectos, Colombia. Carlos Salamanca Villamizar Arquitecto y doctor en antropología (EHESS, París, 2006), becario UNESCO-Keizo Obucchi, Becario postdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET, Argentina), institución en la que se desempeña como investigador desde el año 2009. Profesor e investigador invitado en universidades nacionales y Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 112 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 Abstract: Based on the analysis of three artistic creation processes that were part of the exhibition La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder (Museo Nacional de Colombia, 2024), we show how these processes opened reflective and documentary spaces that produced novel approaches to the significance of the war in Colombia for humans, plants, and animals. An emphasis on the relationships between the human and the non-human, together with the use of visual languages, provided powerful tools to think about the dominant memorial narratives about the war and the limitations of anthropocentric perspectives in accounting for realities that overflow them. We posit that these artistic approaches offer a fertile field of exploration about memory, by emphasizing the relational among various forms of being and with the territory. Keywords: War, artistic practices, memories, affections, Colombia. Resumo: A partir da análise de três processos de criação artística, que fizeram parte da exposição La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder (Museo Nacional de Colombia, 2024), mostramos como estes processos abriram espaços reflexivos e documentais que produziram abordagens inovadoras sobre o que tem significado a guerra na Colômbia para humanos, plantas e animais. O tópico centrado nas relações entre o humano e o não humano e o uso de linguagens visuais foram ferramentas poderosas para pensar as narrativas memoriais dominantes sobre a guerra, e as limitações das perspectivas antropocêntricas para dar conta de realidades que as sobrecarregam. Postulamos que, estas abordagens artísticas oferecem um campo de exploração fértil sobre a memória, ao enfatizar no relacional entre existentes e com o território. Palavras-chave: Guerra, práticas artísticas, memórias, afetos, Colômbia. centros de investigación en diferentes países. Dirije el Programa Interdisciplinario “Espacios, Políticas, Sociedades” en la Universidad Nacional de Rosario. Se especializa en el trabajo interdisciplinario en torno al espacio como problema epistemológico y político. Ha publicado artículos en revistas especializadas, compilaciones y libros, algunos de ellos en colaboración. También ha impulsado, liderado y gestionado iniciativas editoriales, museográficas y académicas tema como el espacio y la violencia de Estado. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 113 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 1. Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, La Violencia en Colombia. Estudio de un proceso social (Ediciones Tercer Mundo, 1962), 227. 2. María Victoria Uribe, Matar, rematar y contramatar. Las masacres de La Violencia en el Tolima (1948-1964) (CINEP, 1990 [1978]), 173. 3. José Emilio Burucúa y Nicolás Kwiatkowski, Cómo sucedieron estas cosas. Representar masacres y genocidios (Katz, 2014). 4. Gregory Stanton, The Eight Stages of Genocide (Genocide Watch, 1998). 5. Andrés Suárez, “La sevicia en las masacres de la guerra colombiana”, Análisis político 21, n.o 63 (2008): 69. 6. James Waller, Becoming Evil: How Ordinary People Commit Genocide and Mass Killing (MIT Press, 2002). 7. David Livingstone Smith, Less Than Human: Why We Demean, Enslave, and Exterminate Others (St. Martin’s Press, 2012). 8. Liisa Malkki, Purity and Exile: Violence, Memory, and National Cosmology among Hutu Refugees in Tanzania (University of Chicago Press, 1995). 9. Robert J. Lifton and Eric Markusen, The Genocidal Mentality: Nazi Holocaust and Nuclear Threat (Basic Books, 1990). Presentación En Colombia, humanos, animales y plantas encuentran en la violencia un complejo campo de interacción en el que sobresalen algunos ejes. Los “enemigos” son animalizados y así deshumanizados; una vez despojados de humanidad se los aniquila en masa. Los animales son incorporados en las prácticas de violencia: tras arrancar fetos, corazones o vísceras se inserta un gallo en su lugar, o los cuerpos humanos se dejan a merced de animales para que los devoren.1 Hay similitudes en las prácticas de despresar los animales y de desmembrar los cuerpos humanos durante las masacres.2 A la vez, las plantas —que aquí tomamos bajo las figuras del monte, la selva o la manigua— no son solo un escenario en el que suceden las cosas: son actores activos en prácticas como la de la desaparición. ¿Por qué, entonces, las representaciones artísticas de lo humano y de lo animal en contextos de violencia no han sido objeto de mayor atención? Las representaciones de los animales (atribuidas al orden ontológico de “lo otro”) y el tropo de la caza han cumplido un papel en las violencias a gran escala de la historia reciente en diversas partes del mundo.3 La animalización del otro en tanto enemigo es un momento característico del proceso de deshumanización, fundamental en los episodios de violencia a gran escala y las prácticas genocidas modernas.4 La representación de la víctima como animal construye una amenaza (de contaminación, de destrucción) y habilita y permite la sevicia como una cruel réplica de los procedimientos y técnicas que se despliegan en el sacrificio de los animales. La animalización de la víctima genera una indiferencia que es necesaria para legitimar su eliminación.5 Casos analizados en Europa, Ruanda y Camboya muestran que la deshumanización y la animalización son mecanismos clave de la modernidad que le permiten a individuos comunes participar en actos genocidas.6 Tales procesos generan una perspectiva sobre la identidad y la alteridad de aquellos a quienes se describe como ratas, cucarachas o parásitos.7 Aunque la exaltación de la propia humanidad y la puesta en duda de la humanidad del otro son fenómenos muy extendidos en sociedades indígenas de todo el mundo, y se constituyen también “de abajo para arriba”,8 las prácticas de violencia a gran escala y genocidio, en su expresión contemporánea, son resultado del colonialismo, del nacionalismo, del racismo y de la modernidad. En esa línea, por ejemplo, Robert Lifton y Eric Markusen analizan cómo los médicos nazis justificaban el asesinato masivo como un acto de “limpieza”, aplicando metáforas médicas y animales; hablaban del “matar por curar” al describir a los judíos como un virus o una plaga que había que erradicar.9 En Colombia, esta deshumanización mediante la representación del otro humano como una figura animal fue una práctica probada a mediados del siglo Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 114 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 XX durante la época de La Violencia.10 En años más recientes se la constata nuevamente con la expansión de los movimientos armados insurgentes y de las fuerzas paramilitares. Tal como ha mostrado la antropóloga María Victoria Uribe, esta es una práctica arraigada, tanto popular como estatalmente, que acarrea una amplia, diversa y nutrida producción de imaginarios.11 Las relaciones con el universo de lo animal en las prácticas de violencia a gran escala, aunque han sido abordadas con frecuencia en el arte, la literatura y más recientemente en el derecho, requieren un análisis más detallado, pues contienen aportes innovadores al campo de la memoria.12 Los estudios de las experiencias subjetivas y sociales en contextos de guerra, violencia y conflicto se han centrado en las experiencias de los humanos y han tendido a minimizar a otros seres vivos.13 Estas cuestiones representan un desafío importante no solo para las ciencias sociales y humanas, sino también para las prácticas del arte y de la representación vinculadas con la violencia y la memoria, en tanto abren la posibilidad de imaginar y pensar aproximaciones que nos permitan comprender diversas dimensiones del trauma y del dolor con el fin de habilitar nuevas narrativas desde las cuales entender y procesar sus efectos. Es en ese camino que, desde la plataforma La Violencia en el Espacio, venimos impulsando discusiones acerca de una dimensión poco explorada de la violencia que tiene que ver con aquello que ella produce y genera en términos territoriales y espaciales. Esas nuevas territorialidades hacen parte de un “mundo nuevo” construido en la violencia y a través de ella. Es atendiendo a esa productividad que interrogamos aquí la violencia como un campo en el que se tensionan, rompen o reacomodan los vínculos y las relaciones entre humanos, animales, plantas y otros existentes. Entre octubre de 2024 y marzo de 2025 se realizó la exposición La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder14 por una iniciativa del Museo Nacional de Colombia (MNC), la plataforma La Violencia en el Espacio (LVE) y el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH). La exposición, que se desarrolló en los Talleres del Panóptico (sala 5), caracterizada por una posición experimental ante la museografía, se proponía abordar críticamente las maneras en que los territorios, los espacios y los paisajes se transformaron bajo el paramilitarismo en Colombia. La exposición se dividió en cinco ejes problemáticos, cada uno de los cuales profundizó en una de las dimensiones de esa violencia. En esta contribución nos centraremos en uno de esos ejes, el tercero, en el cual —a partir de procesos de cocreación— se abordaron las formas liminales de vida y muerte,15 las narrativas de lo animal y las formas de representación posibles de su universo en contextos de violencia. En este artículo nos centramos en analizar las prácticas artísticas de cocreación y las actividades reflexivas y documentales que crearon testimonios multimedia sobre lo que ha significado la guerra en Colombia, tanto en su 10. Uribe, Matar, rematar y contramatar. 11. María Victoria Uribe, Antropología de la inhumanidad. Un ensayo interpretativo sobre el terror en Colombia (Universidad de los Andes, 2018). 12. En el campo literario y artístico los animales han sido retratados como herramienta de apoyo o combate, víctimas involuntarias o símbolo de la naturaleza salvaje y la brutalidad del conflicto humano. Véase: Giorgio Bergamino y Gianni Palitta, Animales en la guerra (Tikal Ediciones, 2016). Por otro lado, en el campo historiográfico, Germán Vergara muestra cómo se ha ampliado el estudio de la interacción e influencia recíproca entre animales y humanos en el pasado, que no ha sido necesariamente equitativa. Germán Vergara, “Bestiario latinoamericano. Los animales en la historiografía de América Latina”, História, ciências, saúde-Manguinhos 28, n.o 1 (2021):187-208. En el campo jurídico se han abierto discusiones en torno a lo que implica pensar los derechos de las víctimas no humanas. Véase: Ingrid Valia Valdivia Vargas, “Un distanciamiento de la visión antropocéntrica de los derechos de las víctimas no humanas y la importancia de la cosmovisión de los pueblos indígenas”, ANIDIP 11, n.o 1 (2023):1-30. 13. Daniel Ruiz-Serna, “La ecúmene de vivos y muertos. Mala muerte y reparaciones territoriales en el Bajo Atrato”, Revista colombiana de antropología 56, n.o 2 (2020): 21-50; y “El territorio como víctima. Ontología política y las leyes de víctimas para comunidades indígenas y negras en Colombia”, Revista colombiana de antropología 53, n.o 2 (2017): 85-113. 14. Véase: https://www.museonacional.gov.co/ noticias/Paginas/Violencia_en_el_espacio.aspx#: ~:text=%C2%BFQu%C3%A9%20es%20La%20 violencia%20en,como%20a%20trav%C3% A9s%20de%20%C3%A9l. 15. Entendemos la liminalidad como un estado o proceso de transición que se experimenta en un umbral o frontera entre dos estados de existencia, lugares o momentos claramente definidos. Es un estado “entre medio” que no es ni lo que fue ni lo que será. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 115 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 dimensión destructiva como productiva. La dinámica artística, a través de talleres de creación colectiva entre investigadores, estudiantes universitarios, víctimas de la violencia paramilitar y excombatientes desvinculados de organizaciones armadas, permitió configurar espacios de libertad y confianza para comunicar experiencias difíciles de transmitir, y generar diálogos colectivos sobre temas controvertidos a nivel ético, político y jurídico. A su vez, el tópico centrado en las relaciones entre lo humano y lo no humano y el uso de lenguajes visuales se mostraron como herramientas poderosas para pensar de manera crítica cómo se construyen las narrativas memoriales dominantes sobre la guerra, sobre todo aquellas que se centran en una perspectiva forense y humanitaria, y cuáles son sus potencialidades y limitaciones para dar cuenta de realidades que las desbordan. En la primera parte de este texto reseñamos la forma en que el universo de lo animal ha sido incorporado anteriormente a las discusiones, reflexiones y propuestas museográficas que se impulsan desde la plataforma LVE. Posteriormente, nos referimos a las maneras en que las representaciones de lo animal y lo no humano aparecen en la exposición de LVE en el MNC; en este apartado nos Imagen 1. Imágenes de la exposición La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder. Fotografía: Alejandro Jaramillo. Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 116 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 referiremos a los soportes, las perspectivas y las formas de participación, creación y construcción a través de las cuales se están produciendo estas representaciones de lo animal o lo no humano. En la última parte articulamos estas producciones y trayectorias artísticas sobre la violencia y proponemos ejes de trabajo y análisis sobre la materia. Una narrativa plural de las violencias Una de las relaciones que emergen en las obras que hicieron parte de la exposición postula la posibilidad de crear dispositivos artísticos y retóricos para intentar acercarnos a las subjetividades subalternizadas y a las formas de socialidad no-solo-humanas. Esta aproximación a ontologías plurales en contextos de guerra comprende experiencias espaciotemporales donde las prácticas de violencia se articulan en coordenadas específicas y, entonces, habilitan (o no) lugares de enunciación o la posibilidad de transmitir discursos que hablan del dolor: un dolor que no va a las esencias sino que tiene que ver con las relaciones sociales entre existentes distintos. El giro posthumanista ha cuestionado la distinción entre naturaleza y cultura, soporte fundamental de la teoría social de corte humanista, pues considera que dicha distinción dicotómica ha tendido a velar la agencia de entidades no humanas que forman parte de lo social, así como de determinados grupos humanos subalternizados cuya existencia se basa en formas de relación que exceden lo meramente humano. Este cuestionamiento desde el posthumanismo ha abierto un campo teórico y metodológico que permite incorporar agencias por largo tiempo obliteradas al análisis e interpretación de lo social.16 En sintonía con los planteamientos de Arturo Escobar, Michal Osterweil y Kriti Sharma, consideramos que la narrativa moderna dominante ha concebido a los objetos, los sujetos, los seres y los entornos como existencias intrínsecas y separadas. Una narrativa fundacional diferente de la vida y la realidad apunta en cambio a la interdependencia radical de todas las cosas.17 En este marco de sentido, pensamos la violencia como un campo en el que se desordenan y alteran las relaciones entre humanos, animales y plantas cortando unas, habilitando otras. Este modo de comprender la violencia y sus efectos nos habla de una forma de victimización que antepone lo relacional a lo esencial. Esta forma de interpretar la violencia y sus efectos pone en entredicho los mecanismos de la juridificación de los procesos de violencia, que propende a individualizarlos, tipificarlos y clasificarlos en tipos de daños y crímenes. Esta forma de entendimiento no solamente abre interrogantes acerca de la posibilidad de la reparación, sino que nos habilita a abordar las geografías del afecto en tanto espacios habitados e investidos de sentido.18 16. Gustavo Blanco, Pablo Iriarte y Javier Bravo, “Agencias veladas y apertura ontológica. Desafíos posthumanistas de la teoría social contemporánea”, Utopía y praxis latinoamericana 25, n.o 9 (2020): 28-41. 17. Arturo Escobar, Michal Osterweil y Kriti Sharma, Relacionalidad. Una política emergente de la vida más allá de lo humano (Tinta Limón, 2024). 18. Yael Navaro-Yashin, “Affective Spaces, Melancholic Objects: Ruination and the Production of Anthropological Knowledge”, JRAI 15, n.o 1 (2009): 1-18. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 117 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 Una de las relaciones que emergen en las obras que hicieron parte de la exposición postula la posibilidad de crear dispositivos artísticos para intentar acercarnos a las subjetividades y relaciones entre humanos, plantas y animales. Pero este no es un intento de indagación filosófica o antropológica, sino más bien forma parte de un proceso de representación, de construcción de narrativas y sentidos a partir de las prácticas artísticas. Esa posibilidad se expresa por medio de una estrategia retórica que habilita la aproximación a otros seres dotados de perspectiva propia, empatía y sensibilidad. Ese ejercicio de imaginación le abre campo a experiencias espaciotemporales donde las prácticas de violencia se articulan en coordenadas específicas y habilitan la posibilidad de transmitir discursos que hablan de un dolor ecosistémico e interespecies. Acotamos aquí la pregunta por las ontologías a la pregunta por aquello que, a partir de la práctica artística, adquiere o puede adquirir voz, perspectiva, sensibilidad y agencia en un ejercicio que es retórico, no ontológico. Desde el 2018, las exposiciones de la plataforma LVE han trabajado sobre las afectaciones territoriales de lo que hemos llamado la violencia socioespacial, de producción de los territorios a partir de su transformación.19 En ese camino, se profundizó en las experiencias de los sectores populares en sus relaciones con las infraestructuras y con el pasado. Acercándose a la idea de la violencia como un campo relacional entre humanos, plantas y animales, en 2023 se expuso la obra Razia, allanamiento, castigo. La persistencia del malón civilizante, como parte de la exposición La violencia en el espacio. Miradas desde Chile y Argentina, 1973-2023 (Centro Cultural Matta, Buenos Aires). Esta obra se centra en las experiencias y prácticas materiales de los indígenas qom del Chaco argentino, que experimentan desde la década de 1970 un acelerado proceso de urbanización. Para muchos de los qom urbanizados, la comida de monte es lo que les permite una fortaleza alimenticia y “espiritual” que no ofrece la dieta de harina, mate, fideos y grasa a la que pueden acceder cotidianamente. Entre los qom, al igual que en otros pueblos de tradición cazadora-recolectora, los humanos se relacionan con los animales que cazan en vínculos de respeto, reciprocidad y cuidado que se centran en, pero que también trascienden, la mera consumición alimenticia y que constituyen un complejo conjunto de relaciones entre cuerpo y territorio.20 La deforestación y la privatización de los campos han limitado esta práctica hasta el punto de su persecución y penalización judicial desde finales de los años noventa. Habitando pequeñas parcelas en barrios superpoblados, actualmente los qom aluden frecuentemente al despojo territorial que sufrieron después de la conquista de sus territorios a finales del siglo XIX. Ese despojo es también, entonces, un proceso que involucra los cuerpos, debilitándolos y exponiéndolos a la vulnerabilidad y la enfermedad. 19. Carlos Salamanca Villamizar, La violencia en el espacio. Miradas desde Chile y Argentina, 19732023 (Tren en Movimiento, 2023); “La violencia en el espacio. Una propuesta de lectura crítica sobre las violencias del pasado reciente en América Latina”, Millars, espai i historia 53 (2022): 145-167. 20. Carlos Salamanca Villamizar, “Violence, différence, et inégalité sociale dans un quartier indigène du Chaco argentin”, Cliniques méditerranéens 24 (2016): 103-116. Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 118 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 Acontecimiento fundante, cultural y estético de la Argentina, “la conquista del desierto” se refiere al conjunto de acontecimientos en que “el otro” (el indio) y su amenaza (el malón) fueron vencidos y sus territorios conquistados a finales del siglo XIX. Los qom ironizan acerca de esos acontecimientos hablando del “gran malón de los blancos”, de la precariedad actual de sus vidas y de sus itinerarios de búsqueda de alimento, ropa y materiales para fabricar artesanías, utilizando la palabra “marisca”, alusiva a las prácticas tradicionales de caza y recolección. Aún a comienzos de la década del 2000, unas y otras de estas prácticas convivían en el barrio y mediante la figura de la ironía; los qom nombraban el mundo nuevo con las gramáticas que les eran conocidas. Como consecuencia de confusos episodios entre un grupo de cazadores qom y la policía en 2002, los habitantes de Namqom fueron objeto de golpes, torturas, detenciones arbitrarias y castigos ejemplarizantes en el marco de una razia policial. Con sus expresiones discriminatorias, las fuerzas de seguridad reactualizaban la oposición entre “civilización y barbarie” de manera colectiva; no se trataba ya de individuos: el sujeto de la violencia eran todos los habitantes de Namqom. Imagen 2. Jóvenes del barrio Namqom regresan del basurero con materiales reciclados. Fotografía: Carlos Salamanca Villamizar. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 119 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 La obra presentaba, dispuesto sobre la pared, un conjunto de nombres tradicionales de parajes y lugares del territorio tradicional de los qom, resultado de relaciones estrechas en circuitos de caza y recolección en los territorios y cuyo recuerdo permanece en la memoria a pesar de los poblados, las propiedades privadas y las infraestructuras existentes. Escritos en idioma tradicional, esos nombres aluden a la dificultad de entendimiento de un territorio que se hace ininteligible a los ojos del Estado. Sobre una base, un yacaré construido por un joven artesano qom con materiales reciclados ponía en evidencia la presencia de los animales en la imaginación estética y política de los qom al mismo tiempo que su ausencia en sus actuales territorios de vida. La base convertía al yacaré en monumento, parodiando las políticas de la representación de la alteridad de la época colonial, que se valían de animales como el cocodrilo para aludir, en las cartelas de los mapas por ejemplo, a territorios distantes, exóticos, otros, bajo el poder colonial de la representación que el mapa ejemplifica.21 Sobre ese conjunto se proyectaba un fragmento de uno de los primeros registros filmados en el Chaco en el que unos indígenas chaqueños, presuntamente moqoit, dan muerte a un yacaré; allí, presa y cazador representan ese mundo ya inexistente y vencido. Sobre ese territorio de nombres con el que los qom se relacionan hoy más a través de la memoria que de la experiencia material, los indios proyectados marcaban las paradojas de ese territorio más imaginado que recordado, mientras el yacaré en movimiento emergía como espectro sobre el otro en su quietud. Vinculado a la razia, el allanamiento y el castigo ejercido contra los habitantes del barrio ante la insistencia de los qom en cazar en campos privados, la obra incluye en voz en off la denuncia de estos hechos por parte del líder qom Israel Alegre ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). La Violencia en el Espacio, como plataforma, propone correr el eje de la discusión del terrorismo de Estado a las transformaciones territoriales. Esta obra es una aproximación a esa problemática. Los nombres tradicionales aluden a un territorio ya inexistente; en la figura del yacaré la artesanía no es tradicional y el monumento no es un monumento; y los indígenas se debaten con las políticas de la identidad en un paisaje que los despoja de un territorio en el que son posibles las relaciones que constituyen una parte importante de su identidad. Haciendo alusión a esta obra quisimos mostrar que la presentación de esas otras formas de violencia pueden incorporar el universo de la caza y de lo animal para aludir a una violencia cotidiana corporizada en esos pueblos colonizados. Es decir, si lo animal es un tropo recurrente en la violencia, también puede serlo en las representaciones de sus efectos. En la parte siguiente nos referiremos a las obras creadas en el MNC desde otras perspectivas. 21. Juan Ricardo Rey-Márquez, India, santa, americana libertad. La transformación de una salvaje en un símbolo libertario (Universidad del Rosario/ Universidad Nacional de San Martín, 2022). Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 126 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 desde el entrenamiento físico y militar hasta los combates y los ajusticiamientos internos. En el taller creativo, en cambio, narró la historia de una marrana que su grupo tenía de mascota en la selva y que debieron sacrificar por la falta de alimento. Ella recuerda cómo los primeros días algunos combatientes, ella incluida, se negaron a comer a la marrana sacrificada. Este relato, durante la entrevista personal, la llevó a contar otros sacrificios, esta vez humanos. Tuvo que matar a su mejor amiga (también reclutada) por orden del comandante, cargando el temor a que la mataran a ella si no lo hacía. Esta y otras experiencias la confrontaron con ella misma y la imagen que tenía de sí antes de entrar a la selva y abandonar forzadamente su vida como civil. En su testimonio, a diferencia de la historia graficada, la figura de lo no humano emergió de manera más nítida como si fuera un espejo de ella misma, de sus pérdidas, de sus dolores, de sus transformaciones personales, físicas, morales y emocionales. La vida civil, que nos aleja de lo animal, fue representada por ella como una ilusión imposible de sostener hoy. La inclusión del tropo de lo animal en este espacio de escucha permitió resquebrajar el formato internalizado de enunciación de sus experiencias, que Imagen 4. Imágenes de la exposición La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder. Fotografía: Alejandro Jaramillo. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 127 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 estaba enmarcado por la forma en que tuvieron que registrar sus testimonios apenas se desvincularon de sus respectivos grupos armados. Muchos de estos jóvenes, sobre todo aquellos que permanecieron bastantes años en el ELN, las FARC o las disidencias, se entregaron a batallones militares en busca de protección; allí fueron interrogados y debieron brindar información sobre lo que vieron e hicieron en la guerra. Además, según su edad, fueron derivados al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) o a centros de detención. Actualmente, además, son parte de un proceso de reparación y reincorporación a la vida civil que les impone nuevas normas de comportamiento y les brinda asistencia psicosocial y educativa para reincorporarse en la vida civil. Ellos no pueden portar armas, participar en conflictos ni relacionarse con sus excompañeros de grupos armados. Al comienzo de las conversaciones informales, a modo de entrevista, se evidenció que todos comenzaban contando los hechos criminales que cometieron y cómo se “volaron” cuando sintieron que ya no podían permanecer en el grupo armado por diversas razones. Retomar sus proyectos creativos en estos espacios más íntimos les permitió desviarse de este tipo de declaraciones y abrir la reflexión sobre sus propias experiencias y perspectivas subjetivas frente a estos y otros actos en sus respectivos contextos de vida. Otra de las narrativas gráficas da cuenta de la figura de una osa que fue la mascota de un comandante. Ella amaba subirse a una camioneta en cuya parte trasera tenían montada una ametralladora. El testimonio del excombatiente que recupera esta historia se contornea entre lo fantástico y lo real; el joven describe con admiración la capacidad de domesticación y control de esta bestia por parte de su superior, pero también habla de lo sorprendente en la guerra, atestiguado por esta imagen casi circense. Este tipo de relatos dan cuenta de las relaciones bidireccionales entre existentes más o menos estables por el tiempo transcurrido en algunos territorios. Los animales elusivos se acercan y se dotan de agencia (como armas de guerra, como mascotas, como sujeto de historias increíbles), mientras que los humanos que provienen de diversas regiones y con diferentes tradiciones también aprenden de estos nuevos territorios que habitan junto a animales, plantas e incluso espíritus. El video del árbol testigo y los productos del laboratorio fueron expuestos en diálogo con dos obras que forman parte del trabajo artístico de Juan Manuel Echavarría (ambas recogen procesos creativos realizados previamente por la fundación Puntos de Encuentro y el artista colombiano). Una de las obras seleccionadas fue una pintura producto de los talleres realizados junto a unos ochenta excombatientes, desvinculados de grupos guerrilleros o paramilitares y soldados del Ejército colombiano, bajo la dirección de Echavarría, Fernando Grisalez y Noel Palacios. A lo largo de estos talleres los excombatientes plasmaron plásticamente sus vivencias en aproximadamente 480 cuadros que integran la gran obra Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 128 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 La guerra que no hemos visto (2006-2009). La pintura seleccionada, Y nadie pregunta por ellos (2008), fue realizada por un excombatiente desvinculado de las AUC. En ella se pueden observar escenas de mutilaciones y asesinatos en una zona rural de Colombia, así como las prácticas de desaparecer los cuerpos de las víctimas en fosas clandestinas o en los ríos. Los animales aparecen aquí vinculados a estas prácticas de desaparición, que se valieron de algunos seres salvajes (como los cocodrilos) como armas para torturar o desaparecer los cuerpos de las víctimas. Justamente, en esta pintura el realizador plasma el destino final de aquellas personas, incluidos algunos de sus propios compañeros de las AUC asesinados y desaparecidos, y se pregunta por quién los está buscando o a quiénes les hacen falta. La inclusión de esta obra y la explicación por parte del mediador de la fundación Puntos de Encuentro, excombatiente desvinculado de las AUC, fue un componente importante del eje 3 en tanto permitió situar las experiencias de los Imagen 5. Imágenes de la exposición La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder. Fotografía: Ana Guglielmucci. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 129 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 jóvenes en una guerra de la que fueron partícipes, pero que al mismo tiempo los trasciende: una guerra en la que se naturalizaron diversas prácticas de violencia a través de la deshumanización del enemigo, más o menos “prójimo”.40 Esta pintura fue puesta en diálogo con el video Una lección, parte de la serie Testigos del silencio (2014) de Echavarría. Esta obra es un producto de los viajes realizados por el artista y Grisalez guiados por campesinos del Caquetá y Montes de María a escuelas abandonadas y ruinosas en el marco del conflicto armado. En el corto se puede ver a un burro dentro de una escuela abandonada, mirando a la cámara. Detrás de él se ve el tablero de la escuela desmantelada. El video finaliza con el testimonio de un campesino de Mampuján (María la Baja, Bolívar), que dice lo siguiente: “Es muy probable que el burro traía a un niño y volvía por él a la escuela. El burro vuelve por ese niño que ya no está”. Elkin Rubiano analiza que, en esta obra, tanto el mundo animal como el vegetal ponen en evidencia la ausencia de una comunidad: “La hierba trepa por las paredes, se Imagen 6. Imágenes de la exposición La violencia en el espacio. Mecanismos y paisajes de necropoder. Fotografía: Alejandro Jaramillo. 40. Kimberly Theidon, Entre prójimos. El conflicto armado interno y la política de la reconciliación en el Perú (Instituto de Estudios Peruanos, 2004). Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 130 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 extiende por lo que fueran los tableros, los embellece, los quiebra, los borra, y en el espacio vaciado de lo humano irrumpe otro vestigio vivo: un animal que espera lo que nunca va a llegar”.41 Esta obra conmovió a muchos de los asistentes a la exposición. Varios visitantes dejaron carteles o les preguntaron a mediadores y guardias por el destino del burro. Los distintos procesos creativos incorporados en la producción de estas obras buscaron transmitir otras narrativas sobre la guerra. Con ellas nos propusimos abrir cuestionamientos sobre la estabilidad de nuestras taxonomías cotidianas para comprender lo que se deshace y transforma en la guerra y preguntarnos de qué maneras se puede ir más allá del testimonio antropocéntrico para poder atestiguar y comprender la ecúmene de seres sufrientes en una economía subsumida por el necropoder. Conclusiones En Colombia, una extendida economía de guerra ha configurado diversos paisajes de miedo, ampliamente retratados en narrativas y representaciones que han buscado trazar las resonancias de los fenómenos de violencia colectiva en diversas geografías.42 La exposición de cuerpos humanos y no humanos violentados —como advierte Jill Casid— ha hecho palpable la presencia de la muerte en la vida y la vulnerable condición de los sobrevivientes de ser matables.43 Ahora bien, la reiterada aparición de marcas de la guerra ha sido diferencialmente comprendida e inscrita en la comunidad de los vivos a través de prácticas, rituales, textos e imágenes que se afirman en el testimonio de los sobrevivientes. Por medio de estas acciones, diversos seres se han resistido a la “creación de mundos de muerte, formas únicas y nuevas de existencia social en las que numerosas poblaciones se ven sometidas a condiciones de existencia que les confieren el estatus de muertos-vivientes”.44 En relación con las narrativas y representaciones de la violencia, el tropo de lo animal ha estado presente en distintas etapas de las prácticas artísticas. Burucúa y Kwiatkowsky identificaron tres fórmulas de representación de masacres en la época clásica, entre ellas la cinegética, que se refiere al arte de la caza, siendo las otras dos la del martirio y la infernal. En la época moderna, un antecedente fundamental es la obra Guernica de Picasso, realizada en 1937 en respuesta a la violencia indiscriminada de la aviación italiana y alemana en contra de la población de ciudades como Madrid, Barcelona y Guernica. Más recientemente, una de las narrativas más importantes sobre la Shoah es la obra Maus, de Art Spiegelman (2010), en la que el autor recurre a animales que personifican a distintos colectivos: ratones (los judíos), gatos (los alemanes), cerdos (los polacos), perros (los americanos), entre otros. También en la literatura se han explorado 41. Elkin Rubiano, “Indicio y testimonio en la serie Silencios de Juan Manuel Echavarría”, en Ruina y escombro en Latinoamérica. De memorias y olvidos, editado por Francisca Márquez y Eduardo Kingman Garcés (Universidad Alberto Hurtado, 2023), 366. 42. Ana Guglielmucci, “Modos de mirar la guerra. Arte y justicia transicional en Colombia”, en Más allá del conflicto armado. Memorias, cuerpos y violencias en Perú y Colombia, editado por Diana Marcela Gómez Correal, Silvia Romio y Marco Tobón (IFEA/Uniandes, 2023); “Necrolandscapes”, 555. 43. Jill Casid, “Necrolandscaping”, en Natura: Environmental Aesthetics after Landscape, editado por Jens Andermann, Lisa Blackmore y Dayron Carrillo Morell (Diaphanes, 2018), 237-264. 44. Mbembe, Necropolítica, 75. Ana Guglielmucci ■ Carlos Salamanca Villamizar 131 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 otras ontologías, como las de los animales en contextos de violencia, destrucción y catástrofe. En la novela De ganados y de hombres, de Ana Paula Maia, Edgar Wilson trabaja rutinariamente en un matadero en una cotidianidad marcada por el calor, el polvo, las moscas, la sangre y la muerte.45 Edgar encomienda el alma de los animales que mata; “cree que estos animales también tienen un alma y que él deberá dar cuenta de cada una de ellas cuando muera”.46 En obras fundamentales de la tradición literaria colombiana, como La vorágine de José Eustasio Rivera,47 los animales y la selva también son un elemento narrativo central. La violencia contra los animales en Colombia tiene actualmente preminencia pública48 e incluso ha dado lugar a iniciativas legislativas.49 El tema, además, ha sido representado en otras exposiciones realizadas en Bogotá en años anteriores, como El testigo (2018) del fotoperiodista Jesús Abad Colorado. Las aproximaciones literarias y artísticas abren nuevos campos de indagación acerca de las maneras en que las violencias se extienden en múltiples existentes además de los humanos, como plantas y animales. En este texto intentamos justamente mostrar la manera en que las prácticas artísticas aquí descritas y analizadas no se limitan a describir o transmitir las experiencias humanas de terror o sus posibles rastros y huellas, incluso aquellas que incluyen a los no humanos como víctimas de la guerra, tales como el “burro bomba”, los “perros mulas”, las grandes extensiones de selva consumidas por los derrames petroleros como consecuencia de los atentados guerrilleros, o la fauna y la flora silvestre bombardeadas o usadas como instrumento de guerra. Las acciones artísticas impulsadas en el marco del taller en el MNC problematizan el vínculo con lo animal en un país en el que la violencia ha sido pensada como proceso de deshumanización, pero lo hacen desde una perspectiva que no hace referencia únicamente a los animales como víctimas, sino que expone también el vínculo entre animales y humanos como evidencia de relaciones entre distintos seres existentes a través de los afectos. Las obras aquí discutidas no se limitan a reconocer o advocar por el reconocimiento de los animales como “sujetos de derecho” o “víctimas de la violencia”; no se trata tampoco de pensar o hacer memoria de la violencia desde el animal entendido como “otro”, como ser ontológicamente separado de las texturas de los territorios en los que se sitúa. Por el contrario, el interés por los seres no humanos, como animales y plantas, se ha centrado en rescatar otras prácticas y narrativas relacionales que dan cuenta de áreas poco exploradas en los estudios del conflicto, habilitando así el espacio a memorias de la violencia que se detengan en los vínculos ecosistémicos. Estas obras proponen un horizonte de indagación que cuestiona la relación liminal entre los seres humanos y los no humanos, al mismo tiempo que la geografía se abre a los afectos y a la vida, aun en paisajes de muerte y violencia. 45. Ana Paula Maia, De ganados y de hombres (Eterna Cadencia, 2013), 71. 46. Noah Salamanca Tola, “Víctimas, testigos y causantes. Hombres ante la muerte en algunas novelas de Ana Paula Maia” (trabajo de grado, Colegio Paideia, 2020). 47. José Eustasio Rivera, La vorágine (Cromos, 1924). 48. Luciano Niño, “Autoridades reportaron miles de casos de violencia animal en el Catatumbo: un caballo habría sido mutilado por grupos armados”, Infobae, 18 de enero de 2025. 49. Juan Camilo Rodríguez Parrado, “Lanzarán proyecto de ley para reconocer a los animales como víctimas del conflicto armado en Colombia”, Infobae, 29 de enero de 2025. Animales, plantas y humanos. Por una ampliación de los repertorios de las afectaciones de la violencia desde las prácticas artísticas 132 H-ART. n.o 21. Septiembre-diciembre 2025, 316 pp. ISSN: 2539-2263 e-ISSN 2590-9126. pp. 111-134 Bibliografía Acosta López, María del Rosario y Juan Diego Pérez Moreno. “Decolonizing Listening: From Grammars of lo inaudito to Expansive Onto-Epistemic Thresholds”. 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