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Reseña de Nora Berend, El Cid: The Life and Afterlife of a Medieval Mercenary

Zaderenko, Irene

Abstract

Reseña de Nora Berend, El Cid: The Life and Afterlife of a Medieval Mercenary. New York, London: Pegasus Books, 2025, 256 pp. ISBN 978-1-63936646-0

Full text

Nora Berend, El Cid: The Life and Afterlife of a Medieval Mercenary. New York, London: Pegasus Books, 2025, 256 pp. ISBN 978-1-63936646-0. El género de esta obra de Nora Berend, profesora de historia europea de la Universidad de Cambridge, es difícil de definir: no es historia, aunque pretende establecer el contexto político y social en el que vivió Rodrigo Díaz; no es una biografía cidiana, aunque reconstruye parcialmente (y con una visión muy particular) la vida del Campeador; tampoco es un trabajo académico de investigación sobre el desarrollo de la leyenda cidiana, sino más bien un manifiesto, sin notas a pie de página y con vagas referencias a las fuentes, que pinta un retrato muy oscuro del personaje histórico (según la autora, un mercenario cruel y traicionero que se vendía al mejor postor, ya fuera cristiano o musulmán), para contarnos a continuación cómo se convirtió en el prototipo del caballero ejemplar, dechado de virtudes y hasta santo, para beneficio de distintas instituciones e individuos que utilizaron su figura distorsionando los hechos. Curiosamente, esto mismo podríamos decir de su libro, que ya en el título define al Cid como “Mercenary” (‘serving only for pay or reward; greedy for money’, según el Webster’s School Dictionary) y que comienza con una cita de la Historia Roderici en la cual se condena su ataque a La Rioja (“Most savagely and mercilessly through all those regions did he lay waste with relentless, destructive, irreligious fire”, cap. 50). El autor anónimo de esta biografía latina, sin duda un clérigo, condena en este caso el ataque a tierras cristianas, aunque su obra rebosa admiración por las hazañas del Cid. Como indican Simon Barton y Richard Fletcher, quienes tradujeron el texto al inglés (en The World of el Cid, Manchester University Press, 2000, pp. 90-147), el autor de la Historia Roderici es generalmente favorable al héroe castellano (“He presented him as always with right on his side”, p. 96) y solo lo critica en una ocasión (“was at one point –and only at one point– critical of him”, p. 92), precisamente en la cita con la que la autora comienza la historia de este “mercenario” medieval. Podría 247 RESEñaS haber elegido, en cambio, pasajes como estos: “that most noble and warlike man, Rodrigo Díaz, and the battles heroically fought by him” (“Roderici Didaci nobilissimi ac bellatoris uiri prosapiam et bella ab eodem uiriliter peracta”, cap. 1; cito el texto latino por la edición de José Manuel Ruiz Asencio e Irene Ruiz Albi, Historia latina de Rodrigo Díaz de Vivar, Burgos, 1999); “King Sancho valued Rodrigo Díaz so highly, with great esteem and affection, that he made him commander of his whole military following. So Rodrigo throve and became a most mighty man of war, and Campeador in the household of King Sancho” (“Rex autem Sanctius adeo diligebat Rodericum Didaci multa dilectione et nimio amore, quod constituit eum principem super omnem militiam suam. Rodericus igitur creuit et factus est uir bellatur fortissimus et Campidoctus in aula regis Sanctii”, cap. 5); “In return for this success and victory granted him by God, many men both acquaintances and strangers became jealous and accused him before the king [Alfonso VI] of many false and untrue things” (“pro huiusmodi triumpho ac uictoria a Deo sibi collata quamplures tam propinqui quam extranei causa inuidie de falsis et non ueris rebus illum apud regem accusauerunt”, cap. 9); o ya hacia el final de su relato, “While he lived in this world he always won a noble triumph over the enemies who fought him in battle. Never was he defeated by any man” (“Dum autem in hoc seculo uixit, semper de aduersariis secum bello dimicantibus triumphum nobilem obtinuit et numquam ab aliquo deuictus fuit”, cap.-74). Debemos señalar que la autora cita siempre la traducción al inglés de la Historia Roderici, una de sus fuentes principales en las secciones históricas (sobre todo de los capítulos 1 y 2), en las que las referencias bibliográficas son escasas, así como la bibliografía misma. Berend utiliza también traducciones al inglés del Cantar de mio Cid (trad. Peter Such y John Hodgkinson, Aris & Phillips, 1991) y las Mocedades de Rodrigo (trad. Matthew Bailey, Toronto University Press, 2007), y deja de lado gran parte de la rica bibliografía cidiana en español y otras lenguas. Pese a la falta de rigor de las secciones históricas, llenas de conjeturas y supuestos, el libro de Berend ha gozado de cierto éxito: una 248 RESEñaS traducción, realizada por Beatriz Ruiz Jara, fue publicada por la editorial Crítica (2025) con el título El Cid. Vida y leyenda de un mercenario medieval; el diario El País publicó en Babelia una extensa reseña de Guillermo Altares (7 de junio de 2025) y La Vanguardia, una entrevista a la autora realizada por Antonio Orti (12 de junio de 2025). En lengua inglesa, aparecieron reseñas en The Wall Street Journal, The Washington Post y Literary Review, entre otras, y The Times publicó una extensa nota el 20 de junio de 2025 en la que estudiosos españoles cuestionan el libro. Se impone, por consiguiente, la tarea de marcar los errores y distorsiones en que ha incurrido la autora con la intención de presentar una obra provocadora, iconoclasta, que supuestamente revela las falsedades en las que ha incurrido la bibliografía cidiana. Los capítulos 1, “Blood and Gold: The Times”, y 2, “Through a Glass Darkly: The Man Rodrigo”, abundan en vagas referencias a las fuentes históricas utilizadas, tales como “an early twelfth-century chronicle”, “according to one modern theory”, “according to one modern historian”, “according to some historians”, “according to one text”. Cuando alguna vez se menciona una fuente concreta, por ejemplo, “Another narrative, the Chronicle of the Kings of León (Chronicon regum Legionensium, c. 1120)”, no se dan detalles de páginas o capítulos. También abundan las citas textuales entrecomilladas sin referencia alguna a la fuente, así como información que “cannot be verified”, pero que sin embargo le sirve a Berend para construir la historia de un Cid mercenario, codicioso y cruel. A modo de ejemplo, en el capítulo 2 Berend copia los primeros dos juramentos que le envía el Cid al rey Alfonso VI después del episodio de Aledo, siguiendo literalmente la traducción al inglés de la Historia Roderici de Barton y Fletcher sin indicar la fuente. En el capítulo 3, “A Saviour Sent by Divine Providence”, las referencias al héroe castellano del Carmen Campidoctoris (“celebrated Rodrigo’s military prowess […] comparing him to heroes of classical antiquity”), la Crónica Najerense (“contains a celebration of Rodrigo’s warrior qualities”) y el Poema de Almería (“Rodrigo […] of whom it is sung that he was never defeated by his enemies, who subsued the 249 RESEñaS Moors and also subdued our counts”) solo sirven para confirmar, según Berend, que el proceso de blanqueo (“whitewashing”) de la figura del Cid ya había comenzado. Las hazañas del guerrero invicto que condujeron a la conquista de Valencia después de su segundo exilio y a la elevación del héroe y su familia a las más altas esferas de la sociedad de su tiempo (reconocidas ya en vida del Cid y más aún después de su muerte, tanto en la Península Ibérica como más allá de los Pirineos y también por autores árabes), no le parecen suficiente para motivar la admiración y el respeto de sus contemporáneos e inspirar a poetas y artistas de todos los tiempos, por lo que les atribuye oscuros designios e intereses cuando lo elogian. Es un tipo de razonamiento circular que solo sirve para confirmar los prejuicios de la autora: el Cid fue un mercenario cruel y traicionero y, por tanto, cualquier texto favorable al héroe castellano distorsiona los hechos y debe responder a intereses nefastos. No se tienen en cuenta manifestaciones como la del historiador Ibn Bassam (siglo xII), quien afirma sobre Rodrigo: “Y era este infortunio en su época, por la práctica de la destreza, por la suma de su resolución y por el extremo de su intrepidez, uno de los grandes portentos del Señor” (traducción de Alberto Montaner en “El corpus cidiano: de los primeros textos al Cantar de mio Cid”, Cahiers d’Études Hispaniques Médiévales 40, 2017: 131-136). En el capítulo 4, “The Earliest Legends: A Paragon of Christian Virtue?”, Berend presenta al protagonista del Cantar de mio Cid como un héroe cristiano que encarna el ideal de cruzada antimusulmana. Aunque la autora no ignora que Avengalvón es “amigo de paz” de Rodrigo, indica que en realidad representa al buen moro que se somete a la autoridad del héroe cristiano. En este análisis simplista del poema se deja de lado que ni el Cid ni sus hombres expresan odio hacia los moros, que estos lamentan su partida y hasta lo bendicen y lloran cuando abandona Castejón y Alcocer (vv. 541, 853-854, 856), y que se dice repetidamente que hacer la guerra a los moros era la única forma de ganarse el pan para un exiliado como el Cid (vv. 672-673, 1641-1643), hecho ignorado por Berend, tanto en sus referencias a la estancia del 250 RESEñaS Cid en Zaragoza como al poema. En el Cantar “Santiago” es, en efecto, el santo invocado por los cristianos en las batallas, así como “Mahoma” es invocado por los moros (ambos mencionados en el mismo verso 731, Mahoma en primer lugar), sin hacer ningún comentario negativo sobre la religión musulmana. Por otra parte, el moro Avengalvón enseña una lección de conducta honorable y fidelidad a los infantes de Carrión, yernos del Cid, cristianos y miembros de la alta nobleza. El único que expresa el ideal de cruzada en el poema es el obispo don Jerónimo, un francés “de parte de orient” (v. 1288). En el capítulo 5, “Cherchez la Femme”, Berend intenta explicar la sorprendente cantidad de testimonios elogiosos sobre las hazañas del Cid: “it is more than probable that women, Rodrigo’s wife and two daughters, contributed to the early reformulation of his image in a major way”. Aunque la autora indica que solo hay “circunstancial evidence” de esto, en realidad no hay prueba alguna. Es solo una posibilidad, aunque parece muy poco probable que ellas pudieran influir en obras compuestas en muy diferentes lugares y circunstancias. Finalmente, quiero decir unas palabras sobre el capítulo 8, “The Historian”, dedicado a don Ramón Menéndez Pidal, considerado por muchos como el fundador de la Filología española y de quien he disentido no pocas veces. Él no fue “a useful tool for a dictatorship”, como dice Berend, aunque su obra haya sido utilizada ocasionalmente por el franquismo, como bien estudió Eukene Lacarra, a quien no cita, aunque figura en su lista de “Sources and Studies”. Por otra parte, estaba justificado el rechazo del maestro español a los exabruptos de Juan Francisco de Masdeu, quien llegó a poner en duda la existencia misma del Cid, o a la obra del historiador y arabista Reinhart Dozy, quien basándose en fuentes árabes caracterizaba a Rodrigo Díaz como un mercenario cruel y avaricioso. Lo inexplicable es que varios siglos después y con el desarrollo de una bibliografía que estudia todos los aspectos de la vida y la literatura cidianas (en buena medida, partiendo de la ingente obra de Menéndez Pidal), Berend siga repitiendo lo mismo. Se impone aquí mencionar el juicio del historiador británico Richard Fletcher (citado, 251 RESEñaS aunque extrañamente ignorado, por Berend), quien, pese a expresar críticas y señalar diferencias, reconocía que la obra del maestro español estaba “walled by footnotes, buttressed by appendices of meticulous scholarship, fortified by all the massive intellectual authority of the Director of the Royal Spanish Academy, the editor of the Poema de Mio Cid and the Primera Crónica General”. Las palabras de Berend en la sección final, “Epilogue: Fascination and Repugnance”, en las que declara que las afirmaciones de Menéndez Pidal “did not stand up to rigorous textual analysis” parecen un chiste. Sobre bases tan endebles, Berend emprende la tarea de demostrar cómo fue utilizada la figura del Cid por oportunistas de todos los tiempos y políticos de derecha e izquierda, dejando de lado (o quizá ignorando) un gran cúmulo de estudios históricos y literarios que se han centrado en la figura del héroe castellano desde la Edad Media hasta nuestros días. La autora parte de la premisa infundada de que el Cid fue un personaje despreciable, que deriva de un juicio de valor anacrónico combinado con la tergiversación de los hechos históricos. Dada esa premisa, toda presentación positiva del Cid tiene que ser un “blanqueo” del personaje, y para justificar esta afirmación Berend recurre a teorías conspiranoicas propias de la “hermenéutica de la sospecha” (remito al estudio de Alberto Montaner, “Épica, historicidad, historificación”, en Juan Carlos Conde y Amaranta Saguar, eds., El “Poema de mio Cid” y la épica medieval castellana: Nuevas aproximaciones críticas, Queen Mary, University of London, 2015, pp. 17-53). La autora alega supuestos intereses particulares, sin analizar cómo la figura cidiana, siendo, como fue desde los inicios, polifacética, ha podido entrar en sintonía con diversas corrientes de pensamiento a lo largo de la historia hasta nuestros días. ireNe zAdereNko Boston University 252 RESEñaS