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La momificación o “mirlado” en la Protohistoria canaria: ¿un rito egiptizante asimilado?

Atoche Peña, Pablo,Ramírez Rodríguez, María Ángeles,Rodríguez Martín,Conrado César Juan

Abstract

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Full text

P. Atoche, C. Rodríguez & Mª. A. Ramírez (eds.), 2008 MUMMIES AND SCIENCE. WORLD MUMMIES RESEARCH La momificación o “mirlado” en la Protohistoria canaria: ¿un rito egiptizante asimilado? Pablo Atoche Peña1, Mª.A. Ramírez Rodríguez2y Conrado Rodríguez Martín3 1Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. España. E-mail:[email protected] 2Investigadora independiente. España. 3Instituto Canario de Bioantropología. OAMC. Tenerife. España. ABSTRACT: The first settlers of the Canary Islands were transported by people who knew the Oceanic navigation, Punic-Phoenicians, during the first half of the first millennium B.C. After the political and economical crisis affecting the Roman Empire during the 3RD Century A.D. the paleo-Canarian populations began a time of isolation during one thousand years and this favoured a specific development of the islands culture (cultural endemism). However, these cultures continued with elements of Semitic-North African origin, among them those of beliefs and funerary rituals. The main goal of this paper is to show the cultural mixture and adaptation of the prehispanic Canarian mummification process to an island environment. K EYWORDS :Canary Islands; Protohistory; Bioarchaeology; mummification; cultural adaptation. P ALABRAS CLAVE : Islas Canarias; Protohistoria; Bioarqueología; momificación; adaptación cultural. Introducción En la primera mitad del I milenio a.n.e. navegantes fenicio-púnicos entran en contacto con el Archipiélago Canario, instante a partir del cual y a lo largo de algo más de un milenio las islas pasan a integrarse en la comunidad económica y cultural establecida por aquéllos a ambos lados del Estrecho de Gibraltar. Esa situación se modificó a partir del siglo III d.n.e. debido a la crisis político-económica que afectó al Imperio Romano, fenómeno que generó en Canarias un periodo de aislamiento cultural que se prolongó a lo largo de casi diez siglos y que propició la aparición de especificidades que convirtieron a las culturas insulares en endemismos culturales (Atoche & Ramírez, 2001). El sistema cultural que se estableció en las Islas Canarias con los primeros pobladores fue el resultado del mestizaje de remotas tradiciones mediterráneo-africanas con otras más recientes fenicio-púnicas. Tras su establecimiento en las islas el hecho insular propició su fragmentación en diferentes sistemas culturales que, no obstante, mantendrán en común determinados aspectos, entre los que destacan aquellos de origen semita que caracterizaban ámbitos tan determinantes de las culturas insulares como las creencias o las prácticas religiosas (libaciones de leche, manteca y agua, actitud orante con los brazos levantados, representaciones de toros, inhumaciones infantiles en contenedores cerámicos, recintos funerarios excavados en la roca o las prácticas destinadas a la conservación post mortem del cadáver). Este trabajo está dedicado precisamente a la búsqueda de la ascendencia cultural de una de las prácticas funerarias registradas entre los canarios protohistóricos, la momificación o mirlado, que si bien ha sido considerada por la historiografía como un curioso fenómeno cultural con profundas incógnitas en torno a su origen, desde la hipótesis mediterránea que defendemos se perfila más como el resultado de un préstamo religioso cuyo origen cercano estaría en los procedimientos orientados a la conservación de los cadáveres pues143 tos en práctica por la cultura fenicio-púnica, mientras que su origen lejano se ubicaría en las técnicas de momificación desarrolladas en el Egipto faraónico de la Baja Época. La posible procedencia egipcia del mirlado canario constituye una hipótesis que se ha planteado en diferentes ocasiones, si bien no siempre desde ámbitos científicos contrastados. Esa propuesta reconoce similitudes formales entre los ritos canario y egipcio, aunque no ha acertado a responder de manera adecuada al por qué y al cómo había alcanzado un archipiélago oceánico ubicado al otro extremo del espacio geocultural del que se afirmaba su procedencia. La hipótesis egipcia también ha sido rechazada (Arco, 1976, 109), e incluso se ha desestimado un posible origen bereber norteafricano al no hallarse presente ese rito funerario en el Magreb (Beltrán, 1971, 144), lugar de procedencia de los “bereberes” que poblaron las islas. Frente a lo anterior, la reciente constatación de la participación fenicio-púnica en el descubrimiento y colonización del Archipiélago Canario ha venido a proporcionar nuevas bases documentales que permiten retomar bajo otra óptica la cuestión de la momificación y desvelar algunas de las incógnitas que encierra; no obstante, también se abren nuevos interrogantes en torno al carácter de las creencias que debieron sustentar el rito o a la manera en que se produjo su adaptación a unas culturas insulares. El contexto material: artefactos de ascendencia egipcia registrados en el Archipiélago Canario La constatación arqueológica de la presencia de elementos originarios del Egipto antiguo en los contextos materiales protohistóricos canarios se inicia hace apenas unos años, cuando en Lanzarote se produce la identificación de una pequeña escultura que representa a la deidad egipcia Tueris1(Balbín et alii., 1995, 19). Elaborada en basalto y con restos de pintura roja, es una figura zoo-antropomorfa con tocado cilíndrico que reposa de rodillas sentada sobre los talones, con los brazos colocados a lo largo de los muslos, la mirada dirigida al frente, reproduciendo una actitud hierática propia de la iconografía del Egipto faraónico. Tueris (La Grande) gozó de una gran aceptación entre los habitantes de Cartago debido a su carácter de diosa protectora del hogar, las mujeres, los niños, la alimentación, la leche materna, el nacimiento y la supervivencia tras la muerte (Fig. 1). En los mismos contextos materiales asociados a los mahos de Lanzarote y Fuerteventura también se registra un considerable grupo de amuletos que, como la diosa Tueris, poseen valor protector y taumatúrgico, los cuales cumplieron en ocasiones el papel de ofrendas o exvotos colocados en santuarios al aire libre. Fueron fabricados en calcedonia y otras rocas duras intentando repro1A. Beltrán (1971, 136), a comienzos de la década de los años 70' del pasado siglo XX, relacionaba determinados elementos materiales propios de la cultura de los primeros canarios con la cultura egipcia, como era el caso de las cuentas de collar segmentadas, la trepanación o la misma práctica de la momificación. FIGURA 1. Representación antropo-zoomorfa de Tueris . Zonzamas, Lanzarote P. Atoche, Mª.A. Ramírez & C. Rodríguez 144 La momificación o “ mirlado ” en la Protohistoria canaria: ¿un rito egiptizante asimilado? ducir escarabeos y/o escaraboides egipcios o pseudo-egipcios (Atoche et alii., 1999), un tipo de objeto de amplia difusión en los ambientes fenicio-púnicos e indígenas del Mediterráneo antiguo2 cuyo uso durante el I milenio a.n.e. se extendió entre las poblaciones circunmediterráneas de la mano de mercaderes y colonos fenicio-púnicos, amoldándose a las circunstancias de cada pueblo donde recalaron lo que hizo que las formas orientalizantes se tradujeran a través de diferentes tamices culturales. La presencia de objetos egipcios en los ambientes culturales del Mediterráneo occidental y del Atlántico frecuentados por fenicio-púnicos fue una circunstancia bastante común, hecho que para J. Padró (1988) prueba la importancia que tuvieron las relaciones egipcio-fenicias durante la etapa de expansión colonial semita hacia Occidente, unas relaciones que incluso se intensificaron posteriormente durante el periodo púnico. En ese contexto, la presencia en los ambientes culturales protohistóricos canarios de elementos de ascendencia cultural egipcia constituye, desde nuestra óptica, una de las evidencias documentales más notables sobre la que resulta posible sustentar la hipótesis acerca de que el tipo de momificación que se practicó entre las poblaciones insulares también constituyó en origen un ritual egipcio, cuya recalada en el archipiélago respondió a las mismas o similares circunstancias que para los artefactos más arriba reseñados. Aunque como aquéllos, y como otros muchos elementos culturales que alcanzaron las Islas Canarias durante la Antigüedad tardía, su adaptación a un espacio insular dotó a la momificación de unas características específicas. Pero vayamos por partes y analicemos en primer lugar el ámbito cultural en el que se pusieron en práctica los procesos dirigidos a la conservación de los cuerpos tras la muerte; es decir, las concepciones escatológicas y los rituales funerarios fenicios del norte de África punicizado y de las Canarias protohistóricas durante el I milenio a.n.e. Canarias y el norte de África fenicio-púnico: concepciones escatológicas y ritos funerarios Escatología fenicia La civilización fenicio-púnica adoptó muchos elementos culturales de los pueblos con los que entró en contacto, siendo muy fructíferos y prolongados en el tiempo los que mantuvieron con el Egipto faraónico. Las relaciones político-económicas entre Egipto y algunas ciudades de la franja sirio-palestina (Biblos, Tiro, Megiddo,...) se iniciaron en las postrimerías del IV milenio a.n.e., durante el Bronce antiguo cananeo, continuándose a lo largo del III y II milenios, en el Bronce medio y en el Bronce final, periodo este último en el cual el país del Nilo consiguió la sumisión de las ciudades cananeas. A partir del 1200 a.n.e. se iniciaron profundas transformaciones geopolíticas en el Próximo Oriente las cuales marcaron el comienzo de la Edad del Hierro. En ese periodo las relaciones nilótico-cananeas se transforman, debilitándose la influencia egipcia en la costa sirio-palestina en un momento que coincidió con el nacimiento de la cultura fenicia, un fenómeno este último que no estuvo del todo ajeno a la prolongada presencia egipcia en el territorio y que se tradujo en la asimilación de divinidades entre los panteones fenicio y egipcio. Como ha señalado J.M. Fernández (2000, 193), “... la religiosidad popular adoptó algunas divinidades egipcias de tipo protector y salvador, como la tríada Osiris-Isis-Horus, o deidades como Bastet, Tueris y Bes, (...), bien acogidas por su carácter individual y privado, (...). El mundo semita recibía así, de una cultura diferente, manufacturas y elementos de ejecución técnica superior destinados a las clases altas de la población (por ejemplo sarcófagos), mientras que un conjunto de pequeños objetos de carácter religioso eran aceptados por los grupos populares como representaciones de divinidades exóticas, 2Entre las divinidades egipcias representadas en las necrópolis púnicas o tartésicas de la Península Ibérica las más frecuentes fueron Horus, Bes y Hathor, aunque también se ha documentado a Isis, Ptah-Pateco y, en menor medida, a divinidades como Thot, Sobek, Bastet, Sekhmet, Tueris,... Su aparición se inicia en el siglo VIII a.n.e., si bien los hallazgos egipcios o egiptizantes se generalizan durante los siglos VII-VI a.n.e., prolongándose hasta el siglo III a.n.e., un fenómeno en el que Gadir constituyó el más que probable centro de redistribución de ese tipo de manufacturas. 145 cuyo papel protector contra los peligros de la vida cotidiana permitía una buena acogida. Precisamente, estos contenidos estimularon la imitación de los productos egipcios”. El texto anterior contiene, desde nuestra perspectiva, la explicación más plausible a la presencia de elementos egiptizantes en las culturas canarias; es decir, amuletos y deidades protectoras alcanzarían las islas de la mano de unas poblaciones, las libiofenicias, entre las cuales a su vez esos elementos fueron introducidos como resultado de su prolongado contacto con la religiosidad popular fenicio-púnica establecida en el norte de África. En el plano iconográfico, algunas deidades fenicias también adoptaron símbolos egipcios en un fenómeno de contaminación iconográfica que conllevó particulares transformaciones guiadas por el canon local, aunque no parece que las ideas y conceptos propios de la cultura nilótica se hubieran introducido plenamente en el dominio de la especulación religiosa, salvo en casos específicos (Scandone, 1984, 161). En esencia, los elementos importados o imitados de Egipto implicaron una selección, en la que primaron los objetos con funciones mágicas específicas que tuvieran una fácil asimilación por parte de las propias creencias mágicas fenicias. Pero además, en el proceso de imitación las adaptaciones tendieron a una “constante vulgarización” (Fernández, 2000, 194), a la elaboración de producciones en serie destinadas a la exportación, las cuales perdieron por el camino parte o todos sus contenidos mitológicos iniciales. En esencia, tras varios milenios de intensos vínculos la religión fenicia acabó por mostrar influjos procedentes de la religión egipcia, responsables a la postre de sincretismos, cultos y creencias cuyo reflejo más notorio será la incorporación al panteón semita de deidades como Isis, Osiris3o Bes,... Esas influencias se difundieron a todas las capas de la sociedad fenicia de tal manera que, como ha señalado S. Ribichini (1997,172-173), en la religiosidad popular se encontraba muy extendido el uso de amuletos, escarabeos (representación de la divinidad egipcia Jepry) y otros pequeños objetos con un valor apotropaico, en gran medida procedentes de Egipto o imitación de los egipcios (representando el ojo de Horus, Bes, Ptah-Pateco, Osiris, Thot,...), indicativo de la adopción por parte semita de las creencias en la magia protectora de aquéllos. Pues bien, a partir del siglo XII a.n.e. la expansión de las ciudades cananeas hacia Occidente llevó consigo no sólo productos de su civilización sino de todo el Próximo Oriente (Chehab, 1968, 8). Por otro lado, en el plano de la escatología fenicia, las notables influencias de la cultura egipcia en el área cananea permiten encontrar procesos homólogos que se reflejan en la adaptación de elementos ajenos, especialmente egipcios y griegos, que produjeron sincretismos pero también interpretaciones alejadas de los modelos originales (Ribichini, 1997, 158). Los fenicios creían en la supervivencia tras la muerte, instante a partir del cual los difuntos serían acogidos en un mundo de carácter subterráneo con el que los vivos podían comunicarse a través de presentes, libaciones,..., ofrecidos en ceremonias celebradas en torno a altares, canales y cazoletas excavados con la finalidad de recibir las ofrendas depositadas en recipientes, que eran derramadas mediante la rotura de los mismos (Blázquez, 1993, 47)4. En consecuencia, el culto a los muertos adquirió una gran importancia, considerándose que “...terminarían por incidir en la trayectoria de los vivos” (Sanmartín, 1999, 10). En el ritual funerario se practicó tanto la inhumación como la incineración, las cuales llegaron a convivir en determinados momentos sin que el uso de una u otra implicase unas concepciones escatoló3En Egipto el mundo de los difuntos era subterráneo, donde residía Osiris, pero también astral, dominado por Ra, la deidad solar. La doctrina osírica comienza a estructurarse a partir del Imperio Antiguo, en la IV dinastía, manteniéndose y desarrollándose a lo largo de tres milenios. En ella se insiste en la protección de la tumba, en la integridad física de la momia y en la regularidad de las ofrendas. Durante el Imperio Medio el privilegio de ser momificado se extiende a otras personas además del faraón, de tal manera que hacia el siglo V a.n.e. el culto a Osiris estaba generalizado a la totalidad de la población egipcia. 4Recordemos que las fuentes etnohistóricas recogen para las islas la práctica de un ritual semejante entre las poblaciones paleocanarias, desarrollado en muchos casos en zonas altas, en lugares donde se han labrado cazoletas y/o canales, el cual consistía en derramar ofrendas de leche, manteca y agua mediante la rotura de recipientes cerámicos. 146 P. Atoche, Mª.A. Ramírez & C. Rodríguez gicas contrapuestas5. Si la presencia de ajuar, en la mayor parte de los casos con un carácter apotropaico, constituye uno de los indicativos que confirma la existencia de creencias relacionadas con la supervivencia tras la muerte, el otro lo constituye la puesta en práctica de procesos dirigidos a la conservación del cadáver: “Des observations éparses et relativement tardives laissent penser que, dans certains cas au moins, les corps étaient soumis à une toilette rituelle -exceptionnellement seulement embaumés ou momifiéspuis habillés de vêtements d’apparat ou enveloppés de linceuls et parés de bijoux à valeur prophylactique. Après quoi, ils étaient installés dans le réduit funéraire, en supination le plus souvent, mais sans règle stricte d’orientation, avec parfois certains objets au creux des mains et le reste de leur mobilier funéraire autour d’eux.” (Lipiński, 1992, 361). Unas prácticas funerarias de las que también se han hecho eco otros investigadores: “Nel rito dell’inumazione il cadavere veniva avvolto in bende funerarie, corredato di gioielli e ornamenti, e profumato (frequente, almeno fino a tutto il V secolo, è il ritrovamento nelle tombe di brocche con orlo a fungo, adibite a tale scopo). In rari casi è attestata l’imbalsamazione e l’uso di emulsioni aromatiche: il corpo del re di Sidone, Tabnit, ad esempio, é stato ritrovato in un sarcofago egiziano, avvolto in un impasto di resina di cedro, terebinto, bitume, foglie di timo, menta e henné, che ne ha provocato una parziale mummificazione” (Ribichini & Xella, 1994, 36; Ribichini, 1997, 174). Sin embargo, la constatación de que entre los fenicios la momificación constituía una práctica muy antigua no nos impide reconocer que la información disponible al respecto es reducida, permitiéndonos sólo vislumbrar el uso de unas técnicas que aunque difieren de las egipcias parecen responder a una adaptación de aquéllas. En todo caso, ambos rituales perseguían objetivos similares, de modo que la “... muerte parecía concebirse como un descanso eterno y la tumba como un lugar de residencia permanente para los difuntos. (...) se consideraba importante que el difunto tuviese una sepultura adecuada y que no fuese en absoluto violada” (Ribichini, 1997, 174). La extremada atención puesta en el tratamiento de los cadáveres, la cual terminó por conducir a la cultura fenicio-púnica a practicar procedimientos tendentes a la conservación de los cuerpos, no entró en contradicción con la adopción de prácticas tales como la incineración o la cremación “... y muestra que, a pesar de los deseos desplegados eventualmente para ralentizar la descomposición del cadáver, p. ej. por la momificación, el culto de los muertos no se dirigía verdaderamente sino al principio vital del desaparecido, al espíritu del difunto,...” (Lipiński, 1992, 156). De hecho, con independencia del rito puesto en práctica, la ceremonia funeraria se iniciaba con la purificación y preparación del cadáver, que era vestido con sus ropas, las cuales podían constar de hasta cuatro tipos de túnicas diferentes, y se acompañaba de objetos personales. Tras el sepelio se celebraban banquetes fúnebres en honor del difunto, efectuados tanto en el interior como en el exterior de la tumba. En el ritual de la inhumación los cuerpos se depositaban en bancos, sarcófagos de piedra o arcilla, féretros de madera o más frecuentemente sobre un suelo de tierra batida. El lecho podía ser previamente tapizado de arena, arcilla o guijarros, una circunstancia que veremos repetida entre los canarios protohistóricos. El uso de sarcófagos por parte de los fenicios fue tardío, registrándose sólo a partir de finales del III milenio a.n.e. y con destino a los componentes de la élite social. Los más antiguos, registrados en la necrópolis real de Biblos, estaban inspirados en sarcófagos de madera y roca egipcios, país donde se utilizaron desde el Imperio Antiguo; presentaban una morfología variada, que iba desde las cubetas rectangulares a los sarcófagos historiados o los “momiformes” de terracota inspirados en la caja de momia egipcia y los antropomorfos realizados en roca. Se hicieron en gran número, comenzando a fabricarse a 5Siguiendo la tradición semítica los púnicos practicaron la inhumación, si bien cedieron a influencias de los pueblos con los que entraron en contacto durante la época de la colonización, abandonando esa práctica o combinándola con la incineración. Incluso se vieron influidos por algunos ritos locales, como la práctica de la descarnación. Inhumación e incineración fueron ritos frecuentes en las necrópolis púnicas de Occidente, predominando la primera hasta finales del siglo V a.n.e., momento a partir del cual compite o incluso es sustituido por la incineración (practicada esporádicamente en los siglos VII y VI a.n.e.) y la cremación (utilizada masivamente desde finales del siglo IV a.n.e.), empleándose tumbas individuales o colectivas, éstas últimas frecuentemente con rito mixto (Lipiński, 1992, 312 y 362). 147 La momificación o “ mirlado ” en la Protohistoria canaria: ¿un rito egiptizante asimilado? partir del siglo V a.n.e. utilizando como referentes los ataúdes interiores de momia egipcios, inspirados en el envoltorio de la momia aunque adoptando una morfología más humana. También se produjeron sarcófagos más comunes, empleando roca caliza, gres, yeso o mármol blanco (Lipiński, 1992, 391-393). Escatología libiofenicia El establecimiento a finales de II milenio a.n.e. de las primeras colonias fenicias en la costa norteafricana puso en marcha un proceso de contacto y difusión de la cultura fenicia entre las poblaciones libias que, a partir del siglo VI a.n.e., cuando Cartago acomete la explotación del interior de Túnez empleando indígenas sometidos, aceleró el proceso de acercamiento cultural entre colonos e indígenas. No fue sólo una simbiosis cultural, ya que entre semitas y libios se crearon profundos lazos personales y étnicos que se reflejaron en continuas alianzas matrimoniales mixtas; el resultado étnico-cultural sería la aparición de los libiofenicios6, un colectivo que contribuyó a engrosar los contingentes de población que fueron trasladados a zonas que debían quedar bajo el control político y económico de Cartago (Sicilia, Cerdeña, sureste de la Península Ibérica o el Archipiélago Canario,...). En consecuencia, entre libios y fenicios se establecieron vínculos comerciales pero también se crearon lazos de unión cultural y personal, generándose una comunidad de relaciones e intereses que hizo más sencilla la aceptación de los caracteres culturales de ambas partes. Libios y fenicios intercambiaron multitud de elementos culturales en una fecunda simbiosis de la que la Arqueología ha registrado numerosos indicadores que van desde la fundación en todo el norte de África de ciudades fenicias y bereberes (Siga, Volubilis, Macomades, Cirta, Tipasa, Calama, Zucchabar,...), donde convivieron elementos culturales y étnicos procedentes de ambas civilizaciones, hasta la adopción de la lengua y la escritura púnicas por los paleobereberes. De ese fenómeno de simbiosis nos interesa aquí lo que sucedió en el marco de las creencias y ritos religiosos, ámbito en el que se produjo un interesante proceso de sincretismo mediante la aceptación por parte de las poblaciones africanas de dioses fenicios como Baal-Hammón o Tanit. Idéntica interacción libio-fenicia se produce a nivel de los ritos funerarios. Así, por ejemplo, se transforma el ritual funerario libio, abandonándose la inhumación en posición decúbito lateral flexionado a favor de la deposición en decúbito supino sobre armazón de madera, o se produce el progresivo acercamiento formal y decorativo de los haouanet locales a los hipogeos púnicos. Ese mestizaje fenicio-africano del que hablamos resulta esencial para entender la especificidad de las culturas protohistóricas canarias, toda vez que los primeros pobladores que iniciaron la colonización del archipiélago procedían de aquel entorno geo-cultural. Eran paleobereberes portadores de una cultura mestiza en la que no resultaba extraño hallar facetas intensamente vinculadas al modelo social, político y económico libio-fenicio magrebí, en especial el del entorno tunecino de Cartago7y el del sur de la Península Ibérica. Escatología canaria Los primeros pobladores del Archipiélago Canario practicaron diversos rituales funerarios, entre los cuales el más común8consistía en depositar el cadáver en el interior de una cueva dispuesto en posición decúbito supino sobre tablones de madera u otros tipos de soportes9(Fig. 2), reproduciendo así una ceremonia que hizo su aparición en el norte de África a raíz de la llegada de los colonizadores fenicios (Lan6Tito Livio (XXI, 22, 3) describió a los libiofenicios como resultado del mestizaje étnico entre cartagineses y africanos. Precisamente en relación con el alto grado de mestizaje que se produjo, sobre todo entre los miembros más relevantes de las formaciones sociales paleobereber y fenicia, G. Camps (1980, 148) asegura que Massinissa poseía tanta sangre púnica como Aníbal africana. 7Mª Dolores Garralda (1985) al analizar los restos antropológicos registrados en la necrópolis de Montaña Mina (Lanzarote) señala su clara procedencia norteafricana. 8Hay que exceptuar las dos islas más orientales, Lanzarote y Fuerteventura, donde hasta el presente la actividad arqueológica sólo ha podido recuperar unos pocos restos humanos impidiéndonos tener una información lo suficientemente contrastada. 9No se acostumbraba a depositar el cadáver directamente sobre el suelo, sino que por el contrario se solían interponer pieles u otros elementos (tablones o troncos de madera -“chajasco”-, cortezas de drago u otros vegetales, escorias volcánicas -lapilli-, enlosados de piedra, tierra de diferente naturaleza que la del suelo de la cueva,...), o bien se colocaban en nichos o repisas de origen natural o talladas artificialmente, o incluso se podía delimitar con piedras el entorno del cadáver. P. Atoche, Mª.A. Ramírez & C. Rodríguez 148 cel, 1994, 61). En las islas de La Gomera (Hermigua), Tenerife (Cueva de Chabaso) y La Palma (El Espigón), se ha atestiguado la presencia de cadáveres inhumados en posición decúbito lateral flexionado; en esos casos estamos ante un rito propiamente africano, cuya presencia en las islas contribuye a reforzar la hipótesis del carácter mestizo de la cultura que recaló en el archipiélago a raíz del establecimiento de los primeros colonizadores. Menos frecuente que el rito anterior, si bien manteniendo en común la conexión norteafricana, se halla documentada la práctica de la cremación en las islas de La Palma, El Hierro y Tenerife, en la primera de ellas al menos durante los instantes inmediatos al inicio de su colonización. La cremación es un rito que, a semejanza del descrito en primer lugar, también debió a los colonizadores fenicios su introducción en el norte de África, un espacio geo-cultural en el que igualmente fue común la práctica de las inhumaciones infantiles en recipientes cerámicos. Estas últimas constatadas en las islas de Gran Canaria y Tenerife, donde el ritual se asemeja en gran medida al que se conoce en los contextos fenicios de Ibiza, Huelva o la necrópolis tunecina de Kerkouane (Fantar, 1988, 59). Como podemos ver, si exceptuamos en las necrópolis tumulares de Gran Canaria y en algunos casos aislados para el resto de las islas10, los canarios protohistóricos no acostumbraban a enterrar a sus difuntos en fosas bajo tierra o en contacto directo con ésta. Por el contrario, procedían a depositar los cadáveres en el interior de cuevas naturales (en Gran Canaria también en cuevas artificiales) o grietas tapiadas con muros de piedra seca, sin que la disposición del difunto siguiese una orientación fija (Arco, 1976, 21) y tanto de manera individual como colectiva. En muchos casos se acondicionó previamente el lugar con el fin de aislar los cuerpos del contacto directo con el suelo mediante una estructura sencilla del tipo yacija vegetal o más compleja a base de un empedrado de lajas o tablones de madera. FIGURA 2. Momia de San Andrés. Museo Arqueológico de Tenerife 10 Una de las excepciones más llamativas la encontramos en Tenerife, en la Cueva de los Guanches, donde se ha atestiguado un enterramiento secundario en fosa circular (Arco et alii., 1995, 712). La momificación o “ mirlado ” en la Protohistoria canaria: ¿un rito egiptizante asimilado? 149 Los cadáveres se dirigían a la otra vida vestidos con las mismas prendas que solían llevar en vida y envueltos en un sudario elaborado con varias capas de piel de ovicaprinos, hasta 17 en algún caso de Gran Canaria (Fig. 3), isla en la que ocasionalmente se han teñido de rojo o se han empleado pieles de cerdo o mortajas elaboradas con tejidos vegetales (junco, palma,...). En esa misma isla y en la de Tenerife se han empleado ataúdes elaborados mediante el vaciado de troncos de árboles. Frente a lo anterior, en Gran Canaria también se encontraba muy extendida la costumbre de la inhumación en cistas, sepulturas que eran marcadas en superficie con una estructura tumular. En este caso, los difuntos no parecen haber sido envueltos en sudarios ni recibido un tratamiento dirigido a la conservación del cadáver. Un ejemplo similar lo hallamos en El Hierro (El Julan), donde se localizó un enterramiento en el que el cadáver se depositó sobre una capa de lajas, cubriéndose con una tabla de sabina y sobre ésta “... una pequeña pirámide de piedras” (Arco, 1976, 20); este último un elemento que no podemos calificar como egipcio sólo por su característica morfología, pero que sin duda resulta a todas luces llamativo en el contexto del ámbito cultural que analizamos, donde como hemos visto no resultan extraños los elementos de influencia egipcia. En las islas el culto funerario practicado se hallaba sustentado en creencias en la supervivencia tras la muerte semejantes a las que conocemos para la cultura fenicio-púnica; como resultado, los difuntos eran acompañados por algunos objetos, tales como adornos personales, recipientes cerámicos completos o más comúnmente fragmentados, punzones, lascas de obsidiana, armas de madera o excepcionalmente (Tenerife) un perro con huellas de momificación, además de recibir diferentes ofrendas de alimentos depositadas en recipientes cerámicos. Se trata de unos elementos que dada su escasez y limitada calidad no permiten acercarnos a cuestiones relacionadas con el posible estatus social de los difuntos. La ceremonia fúnebre aparejaba la realización de libaciones y ofrendas de objetos y alimentos, además de la celebración de comidas rituales. Como ejemplo de esto último pueFIGURA 3. Sudario funerario de momia de Gran Canaria. El Museo Canario 150 P. Atoche, Mª.A. Ramírez & C. Rodríguez de servir lo que se ha apuntado para la isla de El Hierro, donde la presencia de restos de comida en el exterior de cuevas funerarias ha sido interpretado como consecuencia de la celebración de comidas rituales o de ofrendas consumidas o depositadas por las gentes que acompañaron al/los difunto/s “... en el momento del entierro (sic), o en otros días estipulados para estos ritos” (Jiménez, 1993, 126)11. Lo anterior constituye un hecho que nos pone de nuevo sobre la pista de los ritos y la escatología libio-fenicia; de hecho, dentro de la estructura religiosa politeísta que desarrollaron los canarios protohistóricos existió una divinidad principal conocida en las islas bajo diferentes denominaciones (Acorán, Achamán,...) cuyas características eran sin embargo similares para todo el archipiélago. A esa divinidad se le rendía un culto prioritario, con ritos propiciatorios destinados a obtener su protección, en los que resultan notables las semejanzas existentes con respecto a las formas rituales semitas, tanto por lo que respecta a los lugares donde se celebraban12 como al ritual desarrollado: “Adoraban a un Dios, levantando las manos al cielo. Hacíanle sacrificios en las montañas, derramando leche de cabras con vasos que llamaban gánigos, hechos de barro” (Abreu Galindo, 1977 [1602], 57). Por último habría que llamar la atención sobre una cuestión que podría permitirnos explicar una de las incógnitas que hoy se nos plantean en torno a la momificación practicada en Canarias. Nos referimos a que, con independencia del ritual funerario desarrollado, los cadáveres que han llegado hasta nosotros lo han hecho en un porcentaje muy alto esqueletizados (Fig. 4), situación que excepcionalmente (necrópolis de Ucazme, Tenerife) (González et alii., 1995) se dio como resultado de un proceso de descarnamiento debido a la acción antrópica, una práctica nada habitual en las islas pero que también hallamos presente entre los ritos escatológicos fenicio-púnicos. Si consideramos que el rito mayoritario llevaba implícito la aplicación al cadáver de un tratamiento destinado a su conservación, la explicación a ese alto porcentaje de restos esqueletizados en los yacimientos funerarios canarios frente a los momificados habría que buscarlo en la calidad del tratamiento aplicado, escasa si se tiene en cuenta que éstos no siempre funcionaron de la manera esperada, circunstancia que debó responder tanto a una hipotética inexperiencia de los embalsamadores como a otras cuestiones relacionadas con las condiciones medioambientales existentes en los lugares elegidos para morada eterna de los difuntos. En consecuencia, en las islas de Tenerife, Gran Canaria y La Palma13 nos encontramos ante varios ejemplos de momificación o mirlado que implican FIGURA 4. Fardo funerario con esqueletizado. Santa Lucía, Gran Canaria 11 El banquete constituye una antigua tradición en el Mediterráneo, ampliamente descrita en las obras homéricas, relacionada con los ritos funerarios y los héroes (Maya, 1999, 327). 12 Almogarenes o efequenes, espacios al aire libre con canales y cazoletas, situados en lugares prominentes, en muchos casos de marcada y muy posiblemente buscada coloración rojiza. 13 En La Palma las evidencias conservadas de momificación son muy escasas, consistentes en algunos restos de piel adherida a huesos (El Espigón, Puntallana) y una mano momificada. No obstante, resulta claro que en la isla los difuntos eran sometidos a algún tipo de tratamiento, el cual solía incluir un envoltorio de pieles cosidas y atadas con cuerdas vegetales (Pais, 1996, 69-70). 151 La momificación o “ mirlado ” en la Protohistoria canaria: ¿un rito egiptizante asimilado?