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El archipiélago canario en el horizonte fenicio-púnico y romano del Círculo del Estrecho (circa siglo X a.n.e al siglo IV d.n.e.)

Atoche Peña, Pablo,Ramírez Rodríguez, María Ángeles

Abstract

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Gadir y el Círculo del Estrecho revisados Propuestas de la arqueología desde un enfoque social JUAN CARLOS DOMÍNGUEZ PÉREZ (Ed. cient.) . mHA MONOGRAFÍAS Historia y Arte Universidad de Cádiz Servicio de Publicaciones Esta obra ha sido cocditada por la Consejería de Innovación, Ciencia y Empresa de la Junta de Andalucía, según Resolución de la Secretaría General de Universidades, Investigación y Tecnología por la que se conceden incentivos a actividades de carácter científico y técnico individuales de las universidades y organismos de investigación de Andalucía, en su Convocatoria 2/2009. Esta obra ha superado un proceso de evaluación externa por pares. Motivo de cubierta: Esfinge alada de mármol, hallada por Tarradell en Lixus y actualmente expuesta en el Museo de Tetuán (foto del autor). Primera edición, 2011. Edita: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz C./ Doctor Marañen, 3 11002 Cádiz (España) www.uca.es/publicaciones [email protected]s © Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz © Los autores I.S.B.N.: 978-84-9828-344-0 Depósito Legal: MU 844-2011 Fotocomposición e impresión: COMPOBELL, S.L. Impreso en España-Printcd in Spain Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro, ni sus ilustraciones, pueden reproducirse, transcribirse o transmitirse por ningún procedimiento mecánico o electrónico, incluyendo fotocopia, grabación magnética, difusión a través de internet, o cualquier almacenamiento de información y sistema de recuperación, sin permiso previo y por escrito de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por la legislación vigente. El archipiélago canario en el horizonte fenicio-púnico y romano del Círculo del Estrecho (circo siglo X a.n.e. al siglo IV d.n.e.) PABLO ATOCHE PEÑA1 Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ2 'Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.CEFYP investigadora, colaboradora del Proyecto «Canarias: colonización humana protohistórica, bioadaptación insular y transformación medioambiental» RESUMEN Los más recientes hallazgos arqueológicos producidos en Cananas, principalmente en los sitios de El Bebedero y Bucnavista en Lanzarote y El Descubrimiento en La Graciosa, confirman los prolongados y estrechos lazos que existieron entre las islas y el Mediterráneo occidental desde fechas muy antiguas situadas en torno al siglo X a.n.e. y hasta el siglo IV d.n.e. Se pone así de manifiesto el trascendental papel que fenicios y púnicos primero y romanos más tarde jugaron en el proceso de colonización del archipiélago canario y la profundidad y lejanía que en el Atlántico africano alcanzó la influencia cultural del Círculo del Estrecho. 1. INTRODUCCIÓN La etapa protohistórica canaria se ha estudiado durante mucho tiempo desde posiciones inmovilistas fijadas inicialmente por historiadores románticos del siglo XIX, quienes concibieron unas culturas insulares caracterizadas por su aislamiento y primitivismo, su cronología tardía y unos paralelos que se intentaban rastrear entre las poblaciones bereberes norteafricanas contemporáneas. Se ha tenido que esperar una centuria, hasta la década de los años 90 del pasado siglo XX, para que la actividad arqueológica comenzara a constatar que los primeros humanos que colonizaron el archipiélago canario lo hicieron desde un contexto cultural en el que eran frecuentes los elementos asimilados de las culturas fenicio-púnica y romana establecidas en el sur de la Península Ibérica y el norte de África. De esa manera, y en paralelo al paradigma tradicional, entre algunos historiadores y arqueólogos se ha ido abriendo paso poco a poco un nuevo modelo interpretativo en el que se han comenzado a plantear las cuestiones de otra manera, pasando de considerar la protohistona canaria como una etapa de total aislamiento cultural ante cualquier influencia externa que no fuera la beréber, a entenderla como parte integrante del devenir histórico de una extensa región en la que confluyeron los intereses de las poblaciones del Círculo del Estrecho a lo largo de casi un milenio y medio (circo, s. X a.n.e. al s. IV d.n.e.). A ese proceso de renovación científica nuestro equipo de investigación ha contribuido durante las dos últimas décadas con un elevado cúmulo de datos arqueológicos que, entre otros aspectos, han confirmado la permanencia en el tiempo de navegantes mediterráneos en Canarias. La información se ha recuperado a lo largo de ocho campañas arqueológicas centradas en yacimientos de la isla de Lanzarote (El Bebedero, Caldereta de Tinache, Buenavista,...), los cuales han proporcionado amplios contextos crono-cstratigráficos y permitido la realización de análisis medioambientales y estudios de registros materiales en los que no han faltado las analíticas petrológicas a las cerámicas, los exámenes metalográficos a los artefactos metálicos y de componentes a los elementos vitreos. Esos trabajos han permitido que nos 230 EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO pudiéramos alejar de las tradicionales e incompletas síntesis basadas casi exclusivamente en las fuentes literarias etnohistóncas, permitiendo asentar la reconstrucción histórica de la realidad canaria sobre sólidas bases científicas. Pero, además, la combinación de esos descubrimientos arqueológicos con los notables avances producidos en el conocimiento del mundo colonial fenicio-púnico y romano del Círculo del Estrecho., han propiciado que un grupo de investigadores hayamos desarrollado a lo largo de los últimos años un modelo explicativo que interpreta el inicial poblamiento de Canarias en el marco de la expansión semita al otro lado del Estrecho de Gibraltar (Balbín et al., 1995; González et al., 1998; González, 1999; Atoche y Martín, 1999; Atoche y Ramírez, 2001; Atoche, 2002; Mederos y Escribano, 2002; González y Arco, 2007). La nueva situación también ha propiciado que la investigación fuera adquiriendo progresivamente mayor conciencia del conocimiento que en el I milenio a.n.e. poseían las culturas mediterráneas acerca de la existencia de islas al otro lado de las Columnas de Hércules, en el Océano occidental, uno de los confines de su mundo en el que la geografía mítica situó algunos de sus más conocidos Ítems (Jardín de las Hespérides, Islas de los Bienaventurados, Campos Elíseos, Atlántida,...). Lejos de esa visión legendaria, las Islas Canarias constituyeron una realidad tangible para las poblaciones del Bronce Final del Círculo del Estrecho y para los fenicios establecidos en esa región desde finales del II milenio a.n.e. (Atoche y Ramírez, 2001; González y Arco, 2009; Atoche y Ramírez, e.p.), si bien los intereses económicos de estos últimos alentaron la visión mítica que durante mucho tiempo rodeó la realidad existente al otro lado del Estrecho. Esa situación se mantuvo hasta el cambio de era cuando aparece una visión más real propiciada por el pragmatismo romano y su interés por situar y reconocer geográficamente las Canarias, patente en la expedición enviada por Juba II al archipiélago (Santana et al., 2002: 232 y ss.), la cual se enmarcó en un contexto histórico que revela cuáles fueron las auténticas razones que propiciaron la presencia de gentes romanas o romanizadas en las islas, sintetizadas a mediados del siglo pasado por J.J. Jáuregui (1954: 271-272), quien señaló que Juba II [...] advertido por sus subditos de Lixus, cuyos antepasados no habían podido navegar hasta Cerne, en el río de Oro, sin tocar en las Islas Cananas, subvencionó un reconocimiento de su archipiélago [...] por este crucero reanudó las relaciones que la marina púnica había mantenido clandestinamente con ellas y nos ha dejado, de las más próximas, una descripción que Pimío el Viejo recopiló abreviándola, y que no es despreciable en absoluto. [...] y nos da noticia muy exacta sobre la distancia que separa las Canarias de Mogador y sobre las direcciones sucesivas y, aparentemente, incoherentes, que deben seguir los veleros desde Mogador a las Cananas para utilizar la deriva de las corrientes. [...] podemos permitirnos pensar que este viaje tenía finalidad diferente a la del simple descubrimiento geográfico y que estaba ligado [...] a la política de enriquecimiento que practicó en todas partes y cuyo éxito no parece pueda ser discutido en Marruecos. Sin duda, en el siglo I d.n.e. los núcleos marineros del sur de la Península Ibérica poseían un amplio conocimiento de la costa occidental africana resultado de vanos siglos de frecuentación de un itinerario marítimo que, como señalara Estrabón (Geog. II, 3, 4), recorrían los pescadores que navegaban hasta el río Lixo. A partir del siglo III d.n.e., coincidiendo con la crisis que afectó a la estructura político-económica establecida por Roma en la Mauretania Tingitana, se trunca la presencia en el archipiélago de los navegantes procedentes del Círculo del Estrecho, comenzando para las poblaciones paleocananas una nueva etapa histórica caracterizada por el espaciamiento de los contactos exteriores y el aislamiento. El olvido que parece aquejar a partir de entonces a las islas no finalizó hasta que se produjo su reconocimiento por navegantes musulmanes (circa s. XI d.n.e.) y su definitivo redescubrimiento en el siglo XIV d.n.e. a cargo de marinos bajomedievales. 2. CANARIAS Y EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL ANTIGUO A lo largo del siglo XX diferentes investigadores defendieron el conocimiento de las Islas Canarias por navegantes fenicios procedentes del Círculo del Estrecho, apoyando sus aseveraciones en el estudio de las corrientes y los vientos de la zona o en la cita de una serie de textos antiguos (Plutarco, Estrabón, Pomponio Mela, Salustio, Diodoro, Plinio el Viejo, Ptolomeo...) en los que se PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 231 hacía patente la existencia de unas islas atlánticas, si bien rodeadas por un halo de misterio. También se ha propuesto la navegación tartésica, púnica y romana por las aguas de las islas, no teniéndose dudas en la actualidad acerca de la capacidad que fenicios y púnicos poseían para navegar por el Atlántico hasta alcanzar las islas y, si aceptamos el hallazgo producido en 1749 de un tesonllo de monedas púnicas de los siglos IV y II a.n.e. en Azores (Blázquez, 1977), su potencial naval alcanzaba igualmente para adentrarse en el Atlántico. Esas travesías estuvieron motivadas por factores económicos: la búsqueda de recursos agrícolas y pesqueros para los asentamientos costeros, materias que transformar en las factorías y mercancías potencialmente intercambiables en los mercados del Mediterráneo. En esa labor de rastreo no pudo pasar desapercibido el archipiélago canario, unas islas deshabitadas con amplios recursos naturales intactos, las cuales habrían sido visitadas en busca de fondeaderos y bienes de todo tipo y cuyo aspecto era sensiblemente distinto al que presentan en la actualidad, de manera que hacia el inicio del I milenio a.n.e. su virginidad mostraría a los ojos de los navegantes mediterráneos una cubierta vegetal mucho más extensa y frondosa de la que hoy se conserva, con presencia en las islas más orientales de formaciones arbóreas de laurisilva (Atoche, 2003). A lo anterior cabría añadir que los recursos freáticos se hallarían en niveles óptimos, por lo que sería frecuente la presencia de cursos de agua estacionales o, incluso, permanentes en islas como Tenerife o Gran Canaria. Estaban presentes las vegas de tierra fértil aptas para el cultivo, así como los buenos fondeaderos, especialmente en las costas este y sur de todas las islas. Los fondos costeros albergaban especies que hoy se encuentran mucho más alejadas de la costa o a mayor profundidad. Las características anteriores se verían potenciadas por un clima moderado y sin grandes oscilaciones térmicas, dándose en general una situación medioambiental similar a la que por entonces encuentran esos mismos navegantes semitas en algunas islas mediterráneas como Ibiza (Gómez Bellard, 1995). En suma, las islas dispondrían de una gran variedad de recursos explotables entre los que pueden enumerarse: 1. La pesca, y muy especialmente, como han señalado algunos investigadores (Ponsich y Tarradell, 1965; González et al., 1995; González y Arco, 2007; Mederos y Escribano, 2008), la captura de túnidos y escómbridos. Los primeros atraviesan el archipiélago durante los meses de abril a julio en sus desplazamientos reproductivos anuales desde el Golfo de Guinea hacia la cuenca occidental del Mediterráneo (Ponsich y Tarradell, 1965: 94), mientras que de los segundos existen cardúmenes residentes en las aguas insulares todo el año. A lo anterior se une la proximidad del banco pesquero canariosahariano con multitud de especies explotables en diferentes momentos del año. Este recurso es considerado por algunos investigadores razón suficiente para poner en marcha la colonización semita del archipiélago canario (González y Arco, 2007: 67). 2. La producción de sal marina de buena calidad, un elemento importante de cara a la conservación del pescado y/o productos cárnicos de origen terrestre (Arco et al., 2008). En Gadir la sal fue la base de un amplio comercio que abarcó a todo el Mediterráneo, utilizándose como moneda de intercambio para el pago de los metales obtenidos de los pueblos del noroeste peninsular. 3. Puertos naturales y fondeaderos seguros desde los que llevar a cabo tanto labores pesqueras en el área próxima como de efectuar viajes más al sur. Serían puntos en los que se refrescarían las embarcaciones, aportando agua y comida a quienes faenasen en el banco canario-sahariano durante el tiempo que durase la pesca, sirviendo a su vez de zona de descanso para unos hombres cuyas actividades debían prolongarse a lo largo de varios meses. 4. Maderas de muy buena calidad, algunas utilizadas históricamente para la reparación o fabricación de las flotas que faenaban en el banco pesquero canario-sahariano o de las que hacían la ruta de Indias. También cabría la posibilidad de obtener pez, brea o grasa de determinadas especies animales, como la pardela (Calonectris diomedea, Puffinus assimilis o Puffinus puffinus) o el aceite de pescado, para las necesarias labores de calafateo e impermeabilización de las embarcaciones. 5. Grandes posibilidades de obtener recursos de gran interés comercial durante la Antigüedad, como los elementos tintóreos del tipo múrex u orchilla, este último un liquen de calidad tintórea media que crece 232 EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO en los acantilados marinos de las islas (Medcros y Escribano, 2006). 6. Posibilidad de recoger la carne, piel, grasa y el ámbar gris de los numerosos cetáceos que tradicionalmente han varado en las playas insulares. A los anteriores se une la importante colonia de focas monje atlánticas asentadas en las islas más orientales. 7. Un recurso que no se encuentra en el archipiélago, pero para cuya obtención las islas debieron constituir una plataforma especialmente indicada, fue el oro africano. Tradicionalmente se ha especulado sobre si fenicios, púnicos y romanos conocieron los importantes yacimientos auríferos localizados entre el río Senegal y el Golfo de Guinea; es cuando menos posible que los colonizadores del Mediterráneo tuvieran constancia de ese recurso y comerciaran con los pueblos de la zona para obtenerlo, no en vano fue Herodoto quien, al referirnos las características del comercio a la muda establecido por los púnicos en la Libia occidental, afirma que la mercancía más solicitada por éstos era el oro. Si ello es así, como han defendido distintos investigadores (Jáuregui, 1954; Mahjoubi, 1983: 497), las islas serían la base ideal para dirigirse hacia las rutas auríferas del sur y paso obligado para hacer el viaje de retorno. 8. Por último, cabe pensar en la atracción que pudieron tener determinados productos exóticos, como el drago, cuya savia fue usada como medicina desde la Antigüedad. Plinio el Viejo, en su Historia Natural (VI, 37), se refiere a ese producto «...vulgo sanguinem dracor is apellant», también llamado crinabaris, y a sus propiedades, el cual era obtenido en las Insulis Fortunatis. R. González y colaboradores (1995: 34), ofrecen una cita de Posidomo sobre el árbol de Gadira, que podría ser, afirman, la descripción de un drago trasplantado desde Cananas a la mismísima ciudad de Gadir. Así pues las Canarias estaban en el corazón de una rica zona económica susceptible de ser explotada en un amplio abanico de posibilidades adquiriendo así consistencia la hipótesis que propugna que el archipiélago fue frecuentado, al menos desde los inicios del I milenio a.n.e., por marinos fenicios primero y púnicos más tarde. En realidad, y atendiendo a las dataciones cronométricas disponibles (Atoche, 2009; González y Arco, 2009; Atoche y Ramírez, e.p.), el arranque de la colonización humana se produciría en la primera mitad del siglo X a.n.e., afectando a las islas de La Graciosa, Lanzarote y Tenerife. En esos momentos el archipiélago estaría sometido tanto a un proceso de frecuentación y valoración de sus posibilidades y recursos (El Descubrimiento. La Graciosa) como al establecimiento de los primeros grupos humanos tal y como se atestigua en el sitio de Buenavista (Lanzarote) o la Cueva de los Guanches (Tenerife). A partir de esa fecha inicial y hasta el siglo IV d.n.e., resulta posible reunir diferentes noticias que narran viajes marítimos por el entorno de las islas; ese es el caso del viaje exploratorio de circunnavegación de África a cargo de los navios fenicios fletados por el faraón Necao, un periplo que, al remontar el Atlántico y sus corrientes desde el Golfo de Guinea, debió llevar a sus protagonistas hasta las aguas del archipiélago canario. Algo más tarde, en el siglo VI a.n.e., se inició la expansión cartaginesa por el Mediterráneo occidental y el Océano, fenómeno que debió traer consigo una reactivación del proceso colonizador en las islas comcidente durante la segunda mitad de ese siglo con el Periplo de Hannón y el establecimiento de libiofenicios en la costa marroquí (López Pardo, 1990: 61-62); algunos autores antiguos vieron como algo normal que, con anterioridad a su enfrentamiento con Roma, Cartago instalara ciudadanos suyos y poblaciones libiofenicias fuera de Túnez (López Pardo y Suárez Padilla, 2002: 116). Durante el siglo V a.n.e. se recrudeció la lucha por el control de rutas y mercados en el Mediterráneo lo que condujo a Cartago a lanzarse al dominio de amplios territorios africanos. Ese es el momento en el que la ciudad nortcafncana provoca el cierre del Estrecho a otros navegantes, reservándose con ello el monopolio de los mercados atlánticos (Gozalbes, 1988: 773), una actitud de la que ya haría gala la metrópoli norteafricana en la segunda mitad del siglo VI a.n.e., como han indicado F. López Pardo y Suárez Padilla (2002: 115), para quien el control hcgemónico cartaginés se aprecia cuando una vez descubierta por los fenicios occidentales una isla en aguas del Atlántico, Cartago impide colonizarla, según una información recogida de Timeo por Diodoro (5, 19-20). Implicaciones semejantes tendrían para el citado investigador la gestión del comercio atlántico con los PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 233 viajes de Hannón e Himilcón, considerando muy verosímil que se debiera a Cartago la reocupación de la isla de Mogador en el siglo IV a.n.e. (López Pardo y Suárez Padilla, 2002: 116). Con el final de la Primera Guerra Púnica, en el siglo III a.n.e., la política de los Bárquidas supuso el empleo de población africana aculturada como colonos en la Península Ibérica y zonas de control económico exclusivo, inaugurándose así un nuevo período de intensificación de la actuación cartaginesa en el África bajo su dominio, el cual se interrumpió tras la caída de Cartago. En esos momentos se liberalizan las prácticas piráticas en todo el Mediterráneo occidental impidiendo que la navegación por el Estrecho sea segura al menos hasta el Principado de Augusto, circunstancia que afectó negativamente a las comunicaciones y relaciones comerciales entre Hispama y Mauretania (Gozalbes Cravioto, 1988: 769). Ya en el siglo I a.n.e. la desaparición de una Cartago independiente, así como el surgimiento en la Mauritania occidental de un reino mauro bajo los auspicios de Roma, suponen la llegada al trono del mismo de un monarca helenizado y criado en la metrópoli latina, Juba II, el cual envía al menos una expedición a Canarias y lleva a cabo una política de fundación y reactivación de factorías de tratamiento de púrpura (Desjacques y Koeberlé, 1955) y de salazón de pescado en la costa occidental de Marruecos (Ponsich y Tarradell, 1965), valiéndose para ello del potencial técnico, económico y humano de las antiguas fundaciones fenicias y púnicas de la zona africana del Estrecho hasta Mogador, así como de las poblaciones a ellas vinculadas, por entonces en un período de bonanza económica tras los años de guerra con Roma. Con la romanización del norte de África los contactos con Cananas no se interrumpieron ya que no desaparecieron las razones que atrajeron a las islas a quienes decidieron su inicial colonización. La presencia de navegantes romanos o romanizados en todo el archipiélago es un hecho constatado arqueológicamente, la cual no finaliza hasta el siglo IV d.n.e. en coincidencia con la crisis del Imperio y el abandono por éste de buena parte de la provincia Tingitana, así como el fin de las actividades de un amplio número de factorías de la costa atlántica marroquí (Ponsich y Tarradell, 1965: 116-117). A partir de esos momentos, las referencias escritas o arqueológicas de contactos de Canarias con el mundo mediterráneo o africano, hasta la llegada de nuevos europeos a partir del siglo XIII, son escasas y poco estudiadas. Como vemos, Canarias no es, como se ha venido considerando, un reducto del Neolítico africano preservado milagrosamente durante toda la Antigüedad hasta desembocar en el final de la Baja Edad Media y el inicio del Renacimiento; por el contrario, constituyó un componente real y activo del mundo mediterráneo antiguo cuyo desarrollo quedó sometido desde sus inicios al yugo de la insularidad alcanzando el siglo XV d.n.e. en la plenitud de su propia especificidad cultural. 3. LOS DATOS PROCEDENTES DE LA ARQUEOLOGÍA La hipótesis mediterránea que mantenemos para explicar la inicial colonización del archipiélago canario se asienta en un amplio conjunto de registros arqueológicos, en el que un primer grupo está integrado por diferentes manifestaciones culturales conocidas desde antiguo en los distintos contextos arqueológicos definidos en las islas aunque solo en los últimos años objeto de una adecuada interpretación. Ese es el caso de un tipo de escritura identificado en Lanzarote, Fuerteventura y Tenerife, que en un primer momento se consideró erróneamente como «cursiva pompeyana», pero que R. Muñoz identificó como un corpus «de inspiración púnica» (Muñoz, 1994: 27) y que correspondería a lo que J. L. López Castro (1992: 54) denominó como «libiofenicio». Con ella se han elaborado inscripciones que, traducidas, revelan un lenguaje cargado de elementos religiosos semíticos. En el ámbito de los rituales funerarios se han hallado numerosas similitudes culturales con el mundo fenicio-púnico. Así, en casi todas las islas está presente un tipo de rito que solo aparece en el norte de África tras el contacto con los colonizadores fenicios: la inhumación en decúbito supino sobre armazón de madera (Lancel, 1994: 61). Por otro lado, en Gran Canaria y Tenerife se han registrado inhumaciones infantiles en recipientes cerámicos, un ritual similar al observado en los contextos fenicios de Ibiza, Huelva -donde sobrevive hasta época romana (Alcázar Godoy et al., 1994: 36-47)- o la necrópolis de Kerkouane (Túnez) (Fantar, 1988: 59). En la isla de Gran Canaria R. de Balbín Bchrmann y colaboradores (1995) consideraron el denominado Cenobio de Valeren, la Cueva de Cuatro Puertas o la Cueva Pintada 234EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO de Gáldar como elementos de clara filiación fenicio-púnica, identificándolos como estructuras funerarias (hipogeos) con paralelos en las colonias fenicias de Occidente. Un último ritual funerario objeto de préstamo cultural y que debemos leer en clave de prestigio lo constituye la momificación practicada por las poblaciones paleocanarias, en realidad una reinterpretación del ritual funerario fenicio-púnico norteafncano, el resultado final de un largo proceso de adaptación y con él de pérdida de los significados originales egipcio-fenicios (Atoche et al., 2008). En el ámbito de los artefactos más cotidianos, las islas de Tenerife, La Palma y Fuerteventura han proporcionado un amplísimo conjunto de anforoides modelados a mano que imitan ánforas elaboradas en los establecimientos del Círculo del Estrecho entre los siglos VI y III a.n.e. (tipos Tinosa y Carmona) (González et al., 1995: 170). Por otro lado, la denominada Piedra Zanata, artefacto pisciforme que contiene una inscripción mágica (Muñoz, 1994), se ha relacionado con la presencia fenicio-púnica en las aguas de las islas y con el objeto que consideran les llevó a ellas, la pesca (González et al., 1995). Con esa presencia también se ha vinculado una serie de grabados que representan toros, animal totalmente ausente de los contextos arqueológicos indígenas (Balbín et al., 1995; Atoche y Ramírez, 2009). Por último, la isla de Lanzarote ha proporcionado algunos elementos muy significativos, como es el caso del signo de Tanit grabado en el acceso a uno de los pozos de Rubicón (Lám. I), la representación de la diosa egipcia Tueris hallada en Zonzainas, las numerosas estelas, alguna de gran tamaño grabada con un motivo solar o una gran representación zoomorfa que representa un carnero, elementos todos de una innegable procedencia cultural fenicio-púnica. Son en general registros que muestran la presencia en las Canarias protohistóricas de una comunidad que poseía numerosos elementos culturales fenicio-púnicos, de los cuales algunos afectaban a la superestructura ideológica hasta el punto de determinar las formas funerarias o las creencias religiosas. Frente al grupo de manifestaciones descritas se hacía notar la ausencia de asentamientos prolongados en el tiempo cuya antigüedad y contenidos materiales refrendaran no solo la arribada de gentes fenicio-púnicas a las islas sino su participación activa en el proceso de colonización del archipiélago. La carencia anterior finaliza a partir del año 2006 cuando iniciamos excavaciones arqueológicas en el sitio de Buenavista. Lámina I. Representación grabada de Tanit. Pozo de la Cruz. Rubicón (Yaiza. Lanzarote). PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 235 3.1. El sitio de Buenavista (Teguise, Lanzarote) (Lám. II) Buenavista (Atoche, et al., 2009) constituye un asentamiento integrado por una amplia estructura habitacional de planta de tendencia cuadrangular levantada con manipostería, inmersa en una secuencia estratigráfica y artefactual con unos límites cronológicos fijados por el C14 que discurren entre los siglos X a.n.e. y III d.n.e. Si ya de por sí las fechas anteriores suponían una novedad con respecto a las cronologías que se poseían para la protohistoria canaria, no resultaba menos novedoso el hecho de que parte de esas dataciones se hubieran obtenido de restos orgánicos asociados a diferentes registros materiales de procedencia fenicio-púnica, en concreto fragmentos cerámicos modelados a torno pertenecientes a ánforas y otros elementos (recipientes, terracotas,...), varios objetos fabricados en cobre y bronce y una cuenta vitrea; todo ello junto a cerámicas modeladas a mano y diferentes detritus alimenticios. La estructura recuperada presenta una planta de tendencia cuadrangular, irregular, la cual ocupa una superficie aproximada de 42 m2 (Fig. 1). Solo se conserva un zócalo de entre 0,30 y 0,60 m de altura, desconociéndose si el alzado se completaría con rocas, tapial, adobe u otros materiales perecederos, hoy desaparecidos. La estructura exhumada está constituida por un muro exterior de manipostería irregular de entre 0,70 y 0,85 m de espesor, el cual encierra a su vez paredes bajas de menor grosor (de entre 0,22 y 0,50 m) que conforman tres recintos alargados y estrechos, de planta rectangular (con 2,70 x 0,86 m, 2,08 x 0,72 m y 1 x 0,43 m respectivamente), cuyos suelos se han excavado unos 0,40 m por debajo de la cota exterior de la roca base, hallándose recubiertos por un sedimento rojizo bien consolidado. El recinto de mayores dimensiones, adosado al muro oriental, contenía en el momento de su exhumación un nivel de abandono que fue datado en el último tercio del siglo IV a.n.e. y en el que se registraron diferentes artefactos in situ (Lám. III). Además de esos recintos, en los extremos sur y oeste de la estructura se encuentran dos habitaciones cuadrangulares (de aprox. 4 y 7 m2 respectivamente), la segunda de ellas abierta hacia el exterior, donde se comunica con un amplio espacio circular (de aprox. 6 m2) bien protegido de los vientos dominantes por sus extremos norte Lámina II. Sitio de Buenavista (Teguise, Lanzarote). 242 EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO Lámina V. Elementos metálicos de cobre, bronce y hierro. Buenavista (Teguise, Lanzarote). 3.2. El sitio de El Descubrimiento (La Graciosa) (Lám.VI) Los cambios climáticos acaecidos tras el último interglaciar generaron oscilaciones en el nivel del mar de Canarias que quedaron reflejadas en las islas orientales del archipiélago en depósitos litorales sedimentarios situados entre los O y +1,5 m, caracterizados por contener una abundante fauna malacológica marina. F. García-Talavera (2003) estudió un depósito de esas características en la Bahía del Salado (La Graciosa), puerto natural situado en la vertiente sureste de la isla frente a los acantilados de Famara (Lanzarote). Se trata de un cordón litoral discontinuo con una elevación de entre O y +0,2 m cuyas características morfosedimentarias y paleontológicas permiten correlacionarlo con el cordón litoral Holoceno del norte de Fuerteventura y Lanzarote, datado por el C14 en el 3.100 B.P. en Caleta Bajo del Mejillón (Fuerteventura). En La Bahía del Salado los sitios estudiados fueron Punta de los Corrales y El Descubrimiento, hallándose en el primero fragmentos de cerámica incluidos en el cordón litoral aunque en menor cantidad que en el segundo, donde un pequeño relicto del cordón Holoceno proporcionó casi dos decenas de fragmentos de cerámica modelada a torno, un hueso de ovicáprido y un hueso de ave, restos que venían a demostrar la presencia humana en el lugar desde fechas muy antiguas. Los registros se recuperaron en posición secundaria como resultado del desmantelamiento de un depósito original de ubicación hoy desconocida. La actividad antrópica sería además la responsable de que más del 90% de la fauna malacológica que contiene el cordón en ese lugar esté constituida por conchas de una sola especie, Thais haemastoma, fuertemente fragmentadas de forma artificial y consolidadas junto a los restos arqueológicos. Lo anterior sería indicativo de la llegada a La Graciosa de gentes mediterráneas relacionadas con el comercio de la púrpura en una fecha muy antigua situada por una datación realizada por el método OSL (Universidad Autónoma de Madrid) sobre un fragmento de cerámica en el 3.090 B.P. Estudios posteriores de R. González y Ma.C. del Arco (2009) centrados en los restos arqueológicos de El Descubrimiento han permitido contextualizarlos desde la perspectiva cultural y cronológica. Los registros fueron objeto de distintas analíticas; a nivel cronológico se consiguieron PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 243 Lámina VI. Sitio de El Descubrimiento (Bahía del Salado, La Graciosa). tanto dataciones radiocarbónicas como de termoluminiscencia. En el primer caso se analizó una muestra de Thais haemastoma y otra del hueso de ovicáprido, obteniéndose unas fechas dispares (130 a.n.e. y 830 d.n.e.) (op. cit.: 79) extremadamente discordantes entre sí y sobre todo con la fecha geológica atribuida al cordón litoral en el que estaban insertas las muestras, lo que hizo descartarlas (op. cit.: 13). Las dataciones por termoluminiscencia se efectuaron a dos fragmentos cerámicos fabricados a torno, obteniéndose unos resultados más acordes con el contexto del que procedían (1096 ±278 a.n.e. y 950 ±277 a.n.e.). La gran fragmentación de las cerámicas impidió reconocer sus tipologías dificultando su adscripción cultural, la cual se intentó a través de la caracterización petrográfica. Así se dedujo que el número mínimo de recipientes representados en la muestra analizada era de diez, una cantidad elevada indicativa de una actividad antrópica intensa (op. cit.: 16), las cuales fueron cocinadas a temperaturas relativamente altas (entre 600° y 800° C); presentan unas morfologías que en la mayor parte de los casos se corresponde con recipientes contenedores de tipo anfórico. En suma, se trata de un conjunto cerámico que por la composición que presenta no pudo relacionarse con producciones locales gadiritas o del Bajo Guadalquivir, proponiéndose un origen mediterráneo (op. cit.: 17). Junto a los elementos anteriores destaca la gran cantidad de Thais haemastoma que aparece en el mismo contexto. Se trata de una especie muy frecuente en el canal que separa las islas de La Graciosa y Lanzarote con un potencial aprovechamiento en la industria de tintes (Mederos y Escribano, 2006). En conjunto, los hallazgos producidos en El Descubrimiento parecen el resultado de la frecuentación de antiguas navegaciones por el Atlántico meridional las cuales recalarían en Canarias durante el Bronce Final, abriéndose nuevas perspectivas acerca de la antigüedad del conocimiento de las islas elevándola a tiempos muy anteriores a los que hasta ahora se consideraban para enclaves coloniales de la cercana costa africana, tales como Lixus o Mogador. El sitio de El Descubri- 244 EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO miento sería la puerta de entrada a un espacio más extenso, Lanzarote, en el que como hemos visto los trabajos arqueológicos más recientes han evidenciado la presencia de un asentamiento estable en Buenavista con dataciones carbonométricas muy cercanas a las propuestas para el yacimiento de La Graciosa. 3.3. Los sitios de El Bebedero y Rubicón (Lanzarote) (Láms. Vil y VIII) En Canarias los primeros registros materiales de procedencia cultural romana comienzan a recuperarse hace casi cinco décadas en aguas de La Graciosa; se trataba de varios recipientes anfóricos que fueron considerados bajoimpcriales (Serra, 1966 y 1970; Pellicer, 1970) e identificados con la forma Beltrán 74 (Beltrán, 1970: 575-576). Con posterioridad J. M. Blázquez (1977: 48-49) cataloga un nuevo conjunto de piezas recuperadas en similares condiciones a las anteriores como ánforas romanas de los tipos Dressel 30 y 33 y Pelichet 47. Si bien algunos de estos primeros hallazgos se han descartado como romanos tras analizar la composición de sus pastas cerámicas (Atoche ct al., 1995: 75-76), en la actualidad se cuenta con un nutrido conjunto de hallazgos procedentes tanto de las costas canarias como de tierra firme. En tierra firme las evidencias romanas se han registrado en dos sitios de Lanzarote, El Bebedero y Rubicón; en el primero de ellos aparecieron contextuahzados en una amplia secuencia estratigráfica (estratos V y IV) casi un centenar de fragmentos cerámicos modelados a torno pertenecientes a grandes contenedores anfóricos (Lám. IX), vanos artefactos metálicos elaborados en hierro, cobre y bronce, y un abalorio de vidrio. La posición estratigráfica que ocupaban, las dataciones radiocarbónicas, el estudio tipológico, además de las analíticas petrológica, metalográfica y vitrea efectuadas (Atoche et al., 1995), nos permitieron asegurar su adscripción a la cultura romana, con unos límites temporales enmarcados desde finales de la República a los inicios del Bajo Imperio; en concreto, la serie de dataciones que se les asocian sitúan a esos elementos en un marco cronológico que discurre desde el último cuarto del siglo I a.n.e. hasta el primer cuarto del siglo IV d.n.e. (Atoche, 2009), determinándose así que la presencia de gentes romanas y/o romanizadas en Lanzarote se prolongó durante cuatro centurias. Para los artefactos metálicos la analítica demostró (Atoche et al., 1995: 80-88) que en unos casos correspondían a objetos de cobre (una aguja o pasador de broche, una anilla o arete y una lámina o fragmento de brazalete), a objetos de bronce (dos fragmentos de clavos de sección cuadrangular y un pequeño eslabón de cadena) y a objetos de hierro cuya avanzada oxidación imposibilitó identificarlos. El abalorio vitreo presenta una composición propia de los vidrios romanos altoimperiales (op. cit.: 88-96), identificándose con una pequeña cuenta de perfil cilindrico y sección circular (Guido, 1978: 91-102) que, por su tamaño y forma, perteneció a un abalorio de los utilizados en joyería (Dusenbery, 1967: 48, fig. 50; Alarcao, 1976:211). Aunque los datos anteriores son de por sí determinantes para certificar la presencia continuada en Lanzarote de gentes romanas y/o romanizadas, han sido la variabilidad formal, la diferente procedencia y la amplitud cronológica de los hallazgos anfóricos los aspectos que nos han facilitado una información más precisa. Si bien no se recuperó ningún contenedor completo sí pudo determinarse que en el casi centenar de fragmentos cerámicos modelados a torno estaban presentes partes de un mínimo de once ánforas que, una vez sometidas a análisis petrográficos (Atoche et al., 1995: 44-71), permitieron comprobar la existencia de varios grupos cerámicos determinados por sus características htológicas y texturales, las cuales a su vez determinan tres distintas áreas geográficas de procedencia para las materias primas con las que fueron fabricadas las ánforas. La petrografía permitió además correlacionar las muestras cerámicas analizadas con tipos anfóricos concretos de la clasificación propuesta por D.P.S. Peacock y D.F. Williams (1986). En síntesis, se identificaron contenedores fabricados en la Campania, correspondientes a las formas Class 3, 4 y 5 (Dressel 1A, IB y 1C), datadas entre el siglo I a.n.e. y los inicios del siglo I d.n.e., los cuales originariamente servirían para el transporte de vino campano (Peacock y Williams, 1986: 86-92). Un segundo grupo se fabricó en la Bética; se trata de contenedores correspondientes a las Class 25 y 26 (Dressel 20 y 23) (op. cit.: 137-141) y a la forma Almagro 51C (Bost et al., 1992: 146 y 198, fig. 42, n° 2), datadas entre el siglo I y el siglo V d.n.e., y destinadas originariamente a contener aceite y salazones del sur de la Península Ibérica. El tercer grupo se fabricó en el norte de África (Túnez) y PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 245 Lámina Vil. Sitio de El Bebedero (Teguise, Lanzarote). Lámina VIII. Sitio de Rubicón (Yaiza, Lanzarote). 246 EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO atienden a la Class 40 (Benghazi MR 1) (Peacock y Williams, 1986: 175-176), de la que se desconoce cuál fue su destino explícito, y probablemente a la forma Africana I (pequeña), identificada con la Class 33 (op. cit.: 153-154) y destinada sobre todo al transporte de aceite. Estas ánforas de origen tunecino se difunden por el Mediterráneo a partir del siglo II y hasta el siglo V d.n.e. La presencia de ánforas de tipología bética no solo es muestra de una continuidad en los circuitos comerciales sino que revela a todas luces la existencia de una perduración en la unidad económico-cultural que ya existía en época prerromana. El contexto arqueológico en el que aparecieron los elementos anteriores, con una fuerte presencia de restos óseos de ovicápndos, permite asegurar que la permanencia romana en Lanzarote respondió a un fenómeno de intensificación económica que se desarrolla entre los siglos I a.n.e. y IV d.n.e. centrado en el aprovechamiento de recursos insulares (cecinas y/o salazones de carnes de ovicápndos, cueros curtidos,...). En ese sentido, tanto El Bebedero como la Caldereta de Tinache constituyeron factorías ganaderas, activas estacionalmcnte, en las que durante los meses de febrero a abril se sacrificaba y procesaba la carne y cueros de un número elevado de cabezas de ganado menor (cabras y ovejas) (Atoche et al., 2007), obteniéndose unos productos con destino a los mercados mediterráneos, probablemente a través del puerto de Gades, el cual durante más de un milenio canalizó gran parte de las producciones de la Mauritania occidental (Martínez y Carreras, 1993: 102). Durante esa fase de intensificación económica la colonización de Lanzarote se caracterizó por una limitada presencia humana, distribuida por el territorio de manera dispersa, como muestran los asentamientos localizados tanto en la costa (Rubicón) como en el interior de la isla (El Bebedero, Caldera de Tinache, Buenavista,...) adscribibles a la fase I de El Bebedero (Atoche et al., 1989). Un modelo de ocupación del territorio que refleja tanto el tipo de actividades económicas implantado en la isla en esos momentos como los muy localizados recursos hídricos con que aquélla contaba para el desarrollo de esas actividades. A los anteriores hallazgos de El Bebedero se une Rubicón (Atoche et al., 1999), un asentamiento localizado en el extremo meridional de Lanzarote, zona caracterizada por presentar una costa abierta y protegida donde se suceden las playas aptas para el fondeo de navios. En una de esas playas, denominada de Los Pozos, se encuentran vanas estructuras objeto de una continuada rcutilización desde la Antigüedad tardía y vinculadas a un punto de recalada inicialmente establecido por navegantes fenicio-púnicos y posteriormente reutilizado por marinos romanos (Atoche et al., 1999; Atoche, 2003), reproduciéndose el modelo de asentamiento establecido para otras factorías púnico-romanas fundadas a lo largo de las costas de la Mauritania occidental en diferentes momentos del I milenio a.n.e. El asentamiento se sitúa a muy pocos metros de la línea de costa, ocupando la desembocadura de un pequeño barranco, tanto el cauce como la ladera de una elevación situada a 15 m.s.n.m. En esta última se han localizado los restos de una estructura habitacional rectangular abierta de unos 13 m2, levantada con muros de piedra y mortero de barro. A escasa distancia, en el cauce del barranco, se abren dos pozos de características arquitectónicas muy diferentes; en ambos casos se trata de construcciones subterráneas con muros de bloques de arenisca, la mayor de las cuales se denomina Pozo de San Marcial y presenta dos cámaras perpendiculares cubiertas por bóvedas de cañón a las que se accede por una rampa escalonada flanqueada por sendos muros de contención. El segundo pozo, denominado Pozo de la Cruz, es de menores dimensiones y posee una sola cámara con cubierta adintelada, a la que se accede por una larga y estrecha escalinata cubierta con una falsa bóveda lograda mediante aproximación de hiladas. La presencia en uno de los bloques de la pared que sostiene el dintel del hueco que da acceso a la cámara de un motivo grabado que reproduce el signo antropomorfo empleado para representar a la diosa fenicio-púnica Tanit (Arco et al., 2000) (Lám. I), señala con claridad al ámbito cultural de la protohistoria magrebí, región en la que la apertura de pozos y cisternas de similares características al que analizamos constituyó una actividad cotidiana en los ambientes culturales marcados por la colonización fenicio-púnica. Su estructura conjuga elementos arquitectónicos ampliamente conocidos por púnicos y griegos, un esquema constructivo que se repite de forma continua en las tumbas púnicas con cámara subterránea y acceso escalonado, repartidas por todo el Mediterráneo occidental y reutihzadas en más de una ocasión para el almacenamiento del agua de lluvia. Pero además, la presencia del signo de PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 247 Lámina IX. Fragmentos cerámicos modelados a torno pertenecientes a varias ánforas. El Bebedero (Teguise, Lanzarote). Tanit, una representación religiosa indiscutiblemente púnica, en el dintel del hueco que da acceso a la cámara señala directamente hacia la autoría de la misma: gentes púnicas o punicizadas, quienes lo levantarían en fechas coetáneas o posteriores a la segunda mitad del siglo V a.n.e. en base a las cronologías estimadas para la presencia de Tanit en el Occidente mediterráneo (González Alcalde, 1997: 330). Por el contrario, los paralelos del pozo de mayores dimensiones se encuentran en las cisternas romanas, el sistema de almacenamiento de agua más difundido en todas aquellas zonas del Imperio con un régimen irregular de lluvias. Construidas mayoritariamente bajo tierra, constan de una, dos o más cámaras cubiertas siempre con bóvedas de cañón. Cisternas de este tipo están presentes en todas las áreas romanizadas del Mediterráneo (Ain Mizeb, A'in-el-Hamman, Bararus y Sutunurca II,...), sin embargo es en la Mauretania Tingitana donde las encontramos en mayor número, por lo general vinculadas a factorías romanas de garum y salazones (Ponsich, 1988). La presencia de unas estructuras como éstas en Lanzarote y su vinculación a un asentamiento de las características descritas refuerza la presencia de gentes romanas y/o romanizadas atestiguada en El Bebedero, además de ponernos sobre la pista del papel que las Canarias debieron representar en los circuitos marítimos y económicos en los 248 El ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO que se hallaban integrados los establecimientos de las costas atlánticas del actual Marruecos fundados por navegantes fenicio-púnicos y más tarde ampliados por Juba II y el Imperio Romano. Rubicón y algún otro sitio de similares características localizado en Fuerteventura representan un tipo de asentamiento con unas estructuras paralelizables a las que se hallan en las factorías ubicadas en la cercana costa africana, manteniéndose en funcionamiento durante casi todo el periodo romano-mauritano explotando los abundantes recursos marinos y terrestres de esa región atlántica. Globalmente analizado, en Rubicón se reconoce el paisaje de los fondeaderos fenicios, cuya existencia se explica por las óptimas condiciones portuarias y pesqueras de la zona, lugar de paso y permanencia de escómbndos y túmdos, además de punto estratégico dentro del itinerario más idóneo para acceder o salir del archipiélago desde o hacia las cercanas costas saharianas. Rubicón se constituye, junto con Buenavista, en la evidencia de una temprana y continuada presencia de infraestructuras de origen mediterráneo, feniciopúnicas primero y romanas más tarde, en puntos estratégicos de Lanzarote y Canarias. Además de los sitios en tierra firme descritos, la arqueología canana también dispone de un amplio conjunto de ánforas romanas recuperadas en las costas, las cuales permiten ampliar el área por la que se movieron los navegantes romanos y/o romanizados a la totalidad del archipiélago (Mederos y Escribano, 2002). Los recipientes se han localizado en la Playa de Los Charcos (Lanzarote), un fragmento del tercio superior de un ánfora del tipo Almagro 51C; en El Río (La Graciosa), un fragmento del tercio superior de un ánfora del tipo Dressel 7-11; en Fuerteventura, sin .localización exacta, un fragmento del tercio superior de un ánfora del tipo Dressel 30; en Mogán (Gran Canaria), un fragmento de ánfora del tipo Dressel 1; en la desembocadura del Barranco de Guiniguada (Gran Canaria), un fragmento del tercio superior de un ánfora del tipo Keay XXXI; en Punta de Guadamojete (Tenerife), un fragmento del tercio superior de un ánfora del tipo Dressel 2-4 y un ánfora casi completa a falta del tercio inferior del tipo Benghazi MR; en Punta de Teño (Tenerife), un fragmento del tercio superior de un ánfora del tipo Africana II; en El Pris (Tenerife), un cuello y boca de un ánfora del tipo Dressel 1A. Las referencias cronológicas disponibles para los anteriores registros materiales romanos son de dos tipos: las dataciones C14 aportadas por El Bebedero y las referencias cronológicas derivadas del tiempo de pervivencia que se le reconoce a cada uno de los diferentes tipos de ánforas fabricadas por los romanos. Estas últimas son menos precisas debido a la longevidad que se dio en el uso de algunas formas, como son los casos de las Class 25 y 26 o de la Almagro 51C, utilizadas entre los siglos I y V d.n.e. Sin embargo, la sene de fechas C]4de El Bebedero permite delimitar con más precisión los momentos iniciales y finales de la presencia romana, los cuales pueden ponerse en relación con dos momentos históricos que marcaron el punto de partida y el momento final de un extendido fenómeno económico desarrollado en la cercana costa africana: el periodo de revitalización y ampliación a cargo de Juba II de la actividad productiva en las antiguas factorías de salazones fundadas por los navegantes fenicio-púnicos en el litoral de la Mauretania Tingttana (siglos I a.n.e.-I d.n.e.), y el momento marcado por la crisis político-económica que afectó al Imperio Romano en el siglo III d.n.e. A partir de finales de ese siglo la presencia romana al sur de Volubilis fue solo testimonial, finalizando de forma definitiva hacia mediados del siglo V d.n.e., en un instante coincidente con el abandono del establecimiento de Essauira-Mogador y el declive final de la industria de salazones, la cual irá decayendo lentamente en todo el Occidente mediterráneo hasta alcanzar, en algún caso, el siglo VI d.n.e. Más al sur, a lo largo de la costa atlántica subsahariana, la presencia de elementos culturales romanos perdura hasta el siglo IV d.n.e., como lo atestiguan entre otros los hallazgos monetarios de Costa de Marfil (Picard, 1978: 22-24). En consecuencia, la fecha en la que se produjo la expedición enviada por Juba II de Mauritania a Cananas (entre el año 25 a.n.e. y los años 12/7 a.n.e.) (Santana ct al., 2002: 243) puede considerarse el punto de partida oficial de la presencia en las islas de gentes romanas y/o romanizadas, una presencia motivada por razones que sin duda hay que rastrear en la prosperidad económica alcanzada por la Mauretania Tingitana tras su incorporación al Imperio, la cual concluye en la segunda mitad del siglo III d.n.e., coincidiendo con la profunda crisis que afecta a todo el Imperio y que trae consigo la anarquía militar, invasiones, revueltas indígenas y graves problemas económicos. Tal estado de inseguridad general dificultó las comunicaciones y propició la crisis del aparato produc- PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ tivo así como la tendencia hacia una economía autárquica; consecuentemente, decreció la producción y el comercio, los productos escasearon y, como resultado, se estanca la actividad ciudadana y muchos centros urbanos reducen su superficie, despoblándose amplias zonas fértiles (Remonden, 1973: 36-37). En el norte de África, esa situación alcanzó su punto álgido en tiempos de Diocleciano, cuando se evacúa el extremo meridional de la Tingitana, el más próximo a Canarias, haciendo que a partir del siglo IV d.n.e. el río Loukus sea la nueva frontera (Rebuffat, 1987). Como resultado, durante el Bajo Imperio se produce la práctica desaparición de la amplia actividad comercial anterior y con ella uno de sus soportes principales, la industria de salazones. Las factorías de la costa atlántica de la Mauritania reducen drásticamente su número y el volumen de la producción, la cual se orientará a partir de entonces a cubrir casi exclusivamente las necesidades locales. Esa situación de crisis y posterior transformación de las estructuras económicas mauritanas debió ser sin duda la razón del cese de la actividad romana en las islas v el consecuente aislamiento de éstas. 4. EL CONTEXTO CRONOLÓGICO: LAS DATACIONES RADIOCARBÓNICAS Entre los arqueólogos canarios el método de datación basado en el CH ha generado una cierta desconfianza, llegándose en algún caso incluso a desaprobar su uso; esa actitud sin embargo no ha impedido que algunos lo empleáramos con cierta frecuencia y mucho espíritu crítico lo que nos ha permitido detectar pequeñas alteraciones y contrastar su validez (Arco et al., 1997; Atoche, 2009). En suma, admitiendo que las dataciones isotópique cualquier análisis histórico acerca de la colonización del archipiélago canario debe tomar en consideración las referencias cronológicas disponibles, casi 200 dataciones procedentes de unos 70 yacimientos, de las cuales el conjunto más amplio procede de Tenerife, isla donde las series de fechas proporcionadas por algunos enclaves habitacionales (cuevas de La Arena, Las Palomas, Don Gaspar y Los Guanches), permiten situar el momento más antiguo de su colonización en el arranque del I milenio a.n.e. (950 AC cal. Cueva de Los Guanches) (Gak-14.599). A esa fecha le siguen otras dos del siglo VI a.n.e., una de la Cueva de la Arena (600 AC cal.) (CSIC-189) y la otra de la propia Cueva de los Guanches (575 AC cal.) (Gak-14.600). A partir de ese instante son vanas las dataciones que existen para el siglo III a.n.e., igualmente para asentamientos del norte de Tenerife (Cueva de Las Estacas 1 y Cueva de Las Palomas) (Beta-127.932; Gak-13.087), las cuales se pueden relacionar con el dato cronológico más alto conocido para La Palma, isla donde la fecha registrada en la Cueva de La Palmera (203 AC cal.) (GrN-13.753) marca por ahora la primera presencia humana ahí. Para las islas de El Hierro y La Gomera las referencias radiocarbónicas existentes son extremadamente escasas, mientras que para Gran Canaria las dataciones disponibles presentan una irregular distribución espacial y cronológica contribuyendo muy poco al ajuste cronológico de los procesos culturales a nivel insular y mucho menos regional. La isla de Fuerteventura no presenta un número elevado de dataciones si bien éstas corresponden a una serie muy homogénea obtenida en la Cueva de Villaverde donde se sitúa por ahora la más antigua ocupación de la isla en el siglo III d.n.e. (275 DC cal.) (CSIC-556). En la isla de La Graciosa como ya hemos visto el yacimiento de El Descubrimiento ha proporcionado dos dataciones obtenidas por termoluminiscencia que sitúan el inicio de la presencia humana en esa isla en la transición del II al I milenio a.n.e. (1096 ±278 a.n.e. y 950 ±277 a.n.e.); la antigüedad de esas dataciones unida al contexto arqueológico del que proceden permiten situar en el arranque del I milenio a.n.e. el instante a partir del cual debió iniciarse el proceso colonizador del archipiélago canario. Finalmente, Lanzarote cuenta con una amplia serie de fechas que han permitido confirmar una cierta preeminencia temporal de la isla en el proceso de colonización del archipiélago. La cercanía de esa isla '\C Ti_u 'vlrlIiCiC/íTa ~tli CUirciiiuilLL ufmcainj, la nia^ vji antigüedad de las fechas que han proporcionado y varios de los registros arqueológicos recuperados, vendrían además a confirmar el modelo preconizado por la biogeografía insular (González, 1999), el cual da mayores posibilidades a ese tipo de islas de cara a su más pronta colonización en relación con el resto del archipiélago. Las referencias radiométricas disponibles para Lanzarote se han obtenido en cuatro sitios (El Bebedero, Caldereta de Tinache, Buenavista y Valle de Femés) (Atoche, 2009). Son un total de 32 dataciones, entre las cuales el grupo más amplio lo forman 17 referencias obtenidas en El 250 EL ARCHIPIÉLAGO CANARIO EN EL HORIZONTE FENICIO-PÚNICO Y ROMANO DEL CÍRCULO DEL ESTRECHO Bebedero, en su mayor parte relacionadas con la presencia de gentes romanas y/o romanizadas en la isla. A la anterior le siguen en número las series de la Caldereta de Tinache, constituida por siete referencias (Atoche et al., 2007) y de Bucnavista (Atoche ct al., 2009; Atoche y Ramírez, e.p.), constituida también por siete referencias, las primeras acordes con los contextos romanos y/o romanizados de El Bebedero y las segundas en parte contextualizadas con un conjunto de artefactos de procedencia fenicio-púnica. El total de dataciones se completa con la obtenida en el Valle de Femés, en un perfil estable sin evidencias arqueológicas. En su conjunto las dataciones de Lanzarote se correlacionan con varias de las etapas y fases que hemos establecido para sistematizar la protohistoria canaria (Atoche, 2008), de modo que la fecha más antigua aportada por la Caldereta de Tinache data un momento anterior a la primera presencia humana en la isla debiendo trasladarnos a Buenavista para encontrar el nivel arqueológico más antiguo fechado entre los siglos X a.n.e. (960 BC cal.) (Beta-251.322) y IV a.n.e. (380 y 330 BC cal.) (Beta-230.885 y Beta-237.340) con una fecha intermedia ubicada en el 530 BC cal. (Beta-237.341). El hecho de que la datación del siglo X a.n.e. proceda de una muestra orgánica recogida en la base de uno de los muros exteriores que integran la estructura habitacional atestiguada en Buenavista permite asegurar que en ese siglo ya está presente en la isla un grupo humano, el cual a su vez marca el inicio de la presencia cultural fenicio-púnica en las islas que parece perdurar, a tenor de las dataciones proporcionadas por el mismo asentamiento (180 BC cal.) (Beta-251.323) y Femés (190 BC cal.) (Beta-172.350), hasta un momento cercano a la fecha de la destrucción de Cartago. En definitiva, las anteriores dataciones señalan que la primera presencia humana en Lanzarote se produjo en el siglo X a.n.e., momento en el que la isla sería frecuentada por marinos fenicios quienes llevarían a cabo una primera colonización con un contingente de población afín, fenómeno del que el sitio de Buenavista constituye un ejemplo del patrón locacional que se puso en práctica. A partir del siglo VI a.n.e. el proceso colonizador insular debió reforzarse coincidiendo con la expansión de Cartago (Fantar, 1988; Frutos Reyes, 1991; Aubet, 1994), ciudad que en esos momentos se lanza al dominio efectivo de amplios territorios de África y al cierre del Estrecho de Gibraltar a otros navegantes (López Castro, 1992). En consecuencia, en Buenavista nos hallamos ante una comunidad muy antigua que posee evidentes elementos procedentes de la cultura fenicio-púnica del Mediterráneo occidental, los cuales sabemos que perdurarán con posterioridad en el ámbito de las poblaciones insulares, determinando aspectos tan fundamentales como los ritos funerarios o las creencias religiosas. Al periodo temporal que va desde el siglo X a.n.e. al siglo II a.n.e. debe corresponder al menos una de las infraestructuras hidráulicas presentes en el sitio de Rubicón, el denominado Pozo de la Cruz, un punto estratégico de la costa del sur de Lanzarote en los itinerarios marítimos que sirvieron de entrada y salida del archipiélago, resultado de un fenómeno de frecuentación marítima que, en opinión de García y Bellido (1942: 177), pudo haber sido iniciado por la cultura tartésica. La ruta marítima que recorre la costa atlántica de los actuales Marruecos y Mauritania es conocida cuando menos desde el Neolítico cardial, momento a partir del cual se establecen unas fuertes relaciones culturales entre el sur de la Península Ibérica y el noroeste africano las cuales se hicieron muy evidentes durante el Bronce Pleno y Final. A las fechas anteriores les siguen otras que sitúan estratos de El Bebedero, Buenavista y la Caldereta de Tinache en distintos momentos ubicados entre el siglo I a.n.e. y el siglo XIV d.n.e., en este último caso en un instante muy próximo al inicio de la conquista normando-castellana responsable de la finalización de la protohistoria en el archipiélago canario. En torno al cambio de Era se inició la explotación intensiva del territorio de Lanzarote, fenómeno que se sustentó en un tipo de asentamiento que respondía a un modelo de factorías agrarias (El Bebedero, Caldereta de Tinache,...) vinculadas a los intereses económicos del mundo romano (Atoche, 2006). Hasta ese momento la isla solo había sido objeto de una colonización de baja intensidad, representada tanto por algún enclave en la costa como del interior, dicotomía que también se refleja en la manera diferencial de ocupar el territorio insular: hasta el siglo IV d.n.c. mediante un patrón disperso basado en asentamientos de pequeña entidad y funcionalidad orientada a la realización de actividades agropecuarias y a partir de ese instante mediante un patrón concentrado en núcleos urbanos de diferente entidad. En suma y en el marco de la fasificación de la protohistoria canaria (Atoche, 2008) esta primera PABLO ATOCHE PEÑA Y Ma ÁNGELES RAMÍREZ RODRÍGUEZ 251 etapa del poblamiento de las islas abarca casi un milenio y medio, espacio temporal durante el cual se sucederían el inicio y posterior desarrollo de la exploración de los recursos del Atlántico africano, el descubrimiento de los archipiélagos canarios (Santana et al., 2002; Atoche, 2003), su colonización y el posterior establecimiento de los primeros grupos humanos. Los iniciales asentamientos establecidos en la isla de Lanzarote debieron estar ocupados por gentes íntimamente relacionadas con los marinos fenicio-púnicos que fundaron la amplia serie de factorías comerciales existentes a lo largo de la cercana costa marroquí. A partir del siglo I a.n.e. cuando arranca la presencia romana y/o romanizada en aguas cananas, se incrementó la actividad propiciándose un cambio profundo en el modelo de explotación de los recursos insulares. Hasta entonces, el territorio interior de Lanzarote no parece haberse puesto en explotación o, si ésta se había producido, no tuvo la suficiente intensidad como para modificar el paisaje de manera perceptible. En ese sentido, las columnas polínicas y la adecuada ubicación cronológica del registro polínico han permitido establecer una clara correlación entre las diferentes etapas y fases del poblamiento protohistórico de la isla de Lanzarote y el impacto medioambiental que las distintas variables socio-económicas de ese proceso generaron como resultado de las estrategias económicas puestas en práctica en cada etapa (Atoche, 2009). Así, y de una forma general, hemos constatado que los cambios hacia una mayor aridez se produjeron en la isla pasados algunos siglos desde el establecimiento definitivo de los primeros grupos humanos, hecho indicativo de que las transformaciones medioambientales, cuando tuvieron lugar, fueron generadas por nuevos intereses económicos que incrementaron considerablemente la presión que hasta entonces ejercía el hombre sobre el medio insular (Atoche, 2003). Tras la caída de Cartago en el 146 a.n.e. los datos suministrados por la arqueología indican que a partir del siglo I a.n.e. la intensificación económica que se produce en el Atlántico canario-norteafricano, del que fue responsable Juba II, mantuvo la presencia efectiva en Canarias de gentes ajenas a las islas. Navegantes romanos y/o romanizados procedentes del Círculo del Estre- 'üíYe; Vr^TíSYiíiTüTi \as aguas canarias 'nasia íina'ies áe'l siglo III o comienzos del IV d.n.e. (Atoche et al., 1995; Atoche y Paz, 1999; Atoche, 2006), en coincidencia con la crisis del Imperio Romano y el abandono por éste de buena parte de la provincia Tingitana, lo que puso fin a las actividades de un amplio número de factorías de la costa atlántica marroquí (Ponsich y Tarradell, 1965: 116-117). A partir de ese instante en las islas discurre la fase de abandono, con un desarrollo cronológico muy corto (área siglos III-IV d.n.e.) y marcada por el final de la dependencia económica externa resultado de la crisis político-económica que afectó al Imperio Romano en el siglo III, un fenómeno ajeno a las islas pero que sería el responsable de su aislamiento y de la consecuente crisis socioeconómica de unas formaciones sociales hasta entonces volcadas al exterior. Se inicia así uno de los procesos culturales más interesantes de la protohistoria canaria al generar en las islas el desarrollo de endcmismos culturales determinados por el aislamiento y que permiten explicar muchas de las diferencias que son observables en las culturas insulares al final de la protohistoria. El desarrollo de esta etapa supone la paralización de la actividad de las factorías agrarias existentes en Lanzarote (El Bebedero, Caldereta de Tinache,...), interrupción que en el caso de Tinache supone su abandono durante un periodo de tiempo que discurriría entre las postrimerías del siglo III o las primeras décadas del siglo IV d.n.e. hasta los inicios del siglo VII d.n.e. (Atoche et al., 2007). 5. EL ITINERARIO MARÍTIMO HACIA CANARIAS Frente a las dificultades que tradicionalmente se han asociado a la navegación por el Atlántico africano durante la Antigüedad, las numerosas evidencias arqueológicas con que contamos en la actualidad ponen de manifiesto que desde fechas muy tempranas de inicios del I milenio a.n.e. navegantes mediterráneos frecuentaron un itinerario marítimo suratlántico que les permitió alcanzar el archipiélago canario. Ese itinerario sería utilizado con frecuencia por marinos fenicios y púnicos a lo largo del I milenio a.n.e., manteniéndolo activo con posterioridad marinos romanos y/o romanizados al menos desde el siglo I a.n.e. hasta el siglo IV d.n.e., contextualizado en un fenómeno de mayor amplitud geográfica que aseguró la presencia romana a lo largo de la costa occidental africana 'hasta más allá del sur del actual Marruecos (Rebuffat, 1987; Euzennat, 1989). Los hallazgos materiales realizados durante las excavaciones de la factoría fenicio-púnica y