scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Precariedad y vulnerabilidad de la democracia

Panea Márquez, José Manuel

Abstract

Precariedad es un concepto que hace referencia fundamental a la falta de medios. A partir de ahí, su naturaleza es proteica: se manifiesta en multitud de aspectos. Pero todos ellos tienen en común conceptos tales como escasez, debilidad, fragilidad, vulnerabilidad. En el terreno político, si hablamos de democracia, o de crisis de la democracia, también cabría descubrir, en su raíz, un proceso de progresiva precarización de la vida política, con enormes consecuencias para la ciudadanía. En nuestra opinión, los problemas a los que nos referimos tendrían, a su vez, una causa más profunda y que podríamos resumir bajo la fórmula: democracia sin ciudadanos.

Full text

ISEGORÍA. Revista de Filosofía moral y política N.º 64, enero-junio, 2021, e15 ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376 https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 1 PRECARIEDAD / PRECARITY ARTÍCULOS Precariedad y vulnerabilidad de la democracia Precariousness and vulnerability in democracy José Manuel Panea Márquez Universidad de Sevilla [email protected] ORCID iD: https://orcid.org/0000-0001-6261-0582 resuMen: Precariedad es un concepto que hace referencia fundamental a la falta de medios. A partir de ahí, su naturaleza es proteica: se manifiesta en multitud de aspectos. Pero todos ellos tienen en común conceptos tales como escasez, debilidad, fragilidad, vulnerabilidad. En el terreno político, si hablamos de democracia, o de crisis de la democracia, también cabría descubrir, en su raíz, un proceso de progresiva precarización de la vida política, con enormes consecuencias para la ciudadanía. En nuestra opinión, los problemas a los que nos referimos tendrían, a su vez, una causa más profunda y que podríamos resumir bajo la fórmula: democracia sin ciudadanos. Palabras clave: Precariedad; democracia; virtudes cívicas; liberalismo; republicanismo. Cómo citar este artículo / Citation: Panea Márquez, José Manuel (2021) “Precariedad y vulnerabilidad de la democracia”. Isegoría, 64: e15. https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 abstract: Precariousness is a concept which fundamentally refers to a lack of means. Thereafter, its nature is protean: it appears in multifarious aspects. But all of them share concepts such as scarcity, weakness, frailty, or vulnerability. At the political level, if we talk about democracy, or about the crisis of democracy, it would also be necessary to uncover, from its root, a process of progressive precarization of political life, with huge consequences for citizenry. My view is that these problems would, in turn, stem from a deeper cause, which could be summarized under the following formula: democracy without citizens. Keywords: Precariousness; Democracy; Civic Virtues; Liberalism; Republicanism. Recibido: 18 septiembre 2019. Aceptado: 30 septiembre 2020. Copyright: © 2021 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 José Manuel Panea Márquez 2 Para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante. ¿Cómo? Despertando al dormido. Y mientras mayor sea el número de despiertos… Antonio Machado 1. INTRODUCCIÓN: INSTITUCIONES Y CIUDADANOS Si nos preguntaran por qué preferimos la democracia a otro régimen de gobierno, seguramente diríamos que protege mejor nuestros derechos y que nos pone a cubierto frente a las arbitrariedades del poder. Como decía Bobbio, la democracia se vertebra en torno al principio de legalidad, al imperio de la ley1; descansa sobre la separación de poderes, y su compromiso con los derechos humanos es también uno de sus ejes vertebradores2. Además, como diría Popper, nos permite reemplazar a los que nos gobiernan sin necesidad de derramamiento de sangre, insistiendo en que nuestra racionalidad se mide por la capacidad de oponer argumentación a violencia, y esto vale también para la política3. En España, tras cuarenta años de franquismo, y sufrir varias décadas el azote, sanguinario y totalitario, del terrorismo etarra4, la tan deseada democracia, por falta de cuidado, y por el empuje de los problemas que la aquejan, pudiera estar dando paso a un preocupante desencanto5, con la amenaza real de que se consoliden las bases sociales para su rechazo, y llegue a germinar, por putrefacción, una cultura de la exaltación política de tintes autoritarios; algo que, paralelamente, gana cada vez más adeptos entre los nacionalismos extremistas europeos. Para que la democracia como tal funcione precisará de la ley como garantía fundamental, y de unos principios de justicia que delimiten su marco teórico. Pero no es suficiente. Tras la publicación de su Teoría de la Justicia, Rawls tuvo que abordar a fondo el problema de la estabilidad, 1 Cf. Bobbio (1986: 120-136). 2 Sobre la importancia de los derechos humanos y su debate, a partir de distintos conceptos de ciudadanía, cf. Anchustegui (2011: 10-15). 3 Cf. Popper (1983: 404-413). 4 Cf. Savater (2006). 5 Sobre este aspecto, una vez consumada la transición española, resulta muy interesante cómo se fue pasando del anhelo al desánimo (Fusi, 2017: 117-142). Esta situación, en la actualidad, ha ido cobrando cada vez más espacio en la ciudadanía, siendo un aspecto inquietante para la fragilidad de nuestra democracia. Cf. Uribe (2017). acometiéndolo en El liberalismo político6. La democracia necesita instituciones justas y una ciudadanía con conciencia y sentir democráticos, porque, al fin y al cabo, las leyes no emergen por generación espontánea, ni se llevan a la práctica como si de un automatismo se tratara. Además, nuestros políticos harán su trabajo en la cercanía o en la distancia con respecto a las demandas de la soberanía popular, y en este sentido, habrán contribuido notablemente a reforzar o a poner en cuestión todo el sistema. Si las expectativas de los ciudadanos se ven postergadas sine die, o traicionadas (y, lamentablemente, de este vicio se ha hecho norma con demasiada frecuencia), al cabo de los años tal erosión provocará frustración recurrente y falta de credibilidad, lo que terminará produciendo una grave fractura, una preocupante desafección7 entre la clase política y la ciudadanía; entre la casta y el pueblo8. El gobernante tiene muchos atajos para tratar de camuflar su engaño o desinterés respecto de aquello que se supone que tendría que haber cuidado: a saber, el bien común. Pues resulta muy sencillo culpabilizar al rival, apelando a aspectos emocionales del auditorio, convencidos de que la mejor defensa es siempre el ataque. Elevar la crispación, la intolerancia, frente al ya transmutado en enemigo político por la sola aritmética de los votos, es parte del repertorio de estrategias de distracción que usa el político, proyectando sobre su adversario la tinta necesaria como para hacer invisible las propias carencias. Y tal vez Platón estuviera en lo cierto cuando afirmaba aquello de que cada régimen político fragua un tipo de ciudadano, y la democracia al hombre democrático9, que en la caracterización platónica tiende a querer satisfacer permanentemente sus deseos, convirtiéndose en fácil presa de oportunistas oradores, incubándose así la ruina del propio sistema. Algo, en suma, a lo que, parece, seguimos estando expuestos tanto ayer como hoy, pues el narcisismo individualista acaba carcomiendo todo sentido de lo comunitario10. Por otra parte, no es difícil imaginar que las reticencias de Platón contra la democracia tuvieran, además, mucho que ver con la traumática 6 Cf. Rawls (1996: 9-26). 7 Este tema ha sido estudiado en profundidad por García Marzá (2015: 93-109). 8 Sobre esta temática, cf. los trabajos de Levitsky y Ziblatt (2018) y Mounk (2018). 9 Platón, República (445cd-544e). 10 Sobre esta cuestión, cf. Orsina (2018). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 Precariedad y vulnerabilidad de la democracia 3 experiencia personal que le produjo la condena a muerte del hombre más justo de Atenas, su maestro y buen amigo Sócrates, y todo ello llevado a término, precisamente por mano de los demócratas. Marcado por aquel triste y vergonzoso episodio de la democracia ateniense, comprendió para siempre el inmenso poder de la palabra. Los tiranos y demagogos conocen bien el inquietante potencial del lenguaje, su capacidad para movilizar emociones y dominar al otro con el fin de satisfacer los propios intereses. Y de aquí que un fascinado Polo le diga a Sócrates que los oradores son los más poderosos en las ciudades11. No nos sorprende entonces que, en las tiranías, el lenguaje sea lo primero que quede secuestrado, y con el lenguaje, la libertad de pensamiento; o que sin nada que justificar racionalmente, la tiranía se convierta en sinónimo de absoluta arbitrariedad e injusticia en grado sumo12. 2. HACIA LA PRECARIEDAD: LA DEMOCRACIA AMENAZADA Por todo ello, la democracia como tal no nos garantiza que en la práctica pueda encubrirse, tras su envoltorio, un ejercicio autoritario del poder. Este aparece revestido de toda una retórica grandilocuente, que se erige en defensora del pueblo, para manipular las emociones más íntimas del ciudadano, apelando a las ideas de patria, nación, diferencia, identidad, etc. El nacionalismo radicalizado, fanatizado, de raíz romántica, ha vertido mucha sangre a lo largo de la historia, y de un modo particularmente terrible en el siglo XX13. En este sentido, convendría diferenciar las emociones democráticas —sincero afán de proteger los derechos, anhelo de justicia— de la astuta democracia de las emociones14, ejercitadas a 11 Cf. Platón (Gorgias, 466a-d). 12 Cf. Platón (Gorgias, 468e-469c). 13 Cf. Berlin (1992: 32-37). Indudablemente, el estudio y discusión de la historia de las ideas y de la filosofía política constituye una aportación determinante en favor de la democracia, al señalar los riesgos ideológicos que la amenazan, y mejorar sustancialmente el nivel de reflexión política de los ciudadanos, aunando la perspectiva crítica y la necesidad del pluralismo. Por su trayectoria intelectual, una referencia incuestionable al respecto nos parece el pensamiento de Isaiah Berlin, cuyo trasfondo vital no es otro que el violento siglo XX, sacudido por las guerras y los totalitarismos de distinto signo. Para esta cuestión, destacando la importancia de una perspectiva filosófica plural sobre la política, en el contexto histórico, intelectual y vital de I. Berlin, nos parece fundamental el trabajo de Badillo (2011: 41-70). 14 Cf. Valladolid (2016). su antojo por quienes pretenden servirse de ellas sin ningún respeto por la democracia misma, ni por los ciudadanos15. El fenómeno populista, en nuestro contexto europeo, como respuesta al descontento de la ciudadanía, tiene mucho que ver con la reacción frente a la política tecnocrática, alejada de las necesidades y demandas concretas de los ciudadanos16. No es un fenómeno nuevo: brota con fuerza a partir del siglo XIX17, y su modo de proceder siempre es el mismo: señalar al enemigo y hacer frente común, con el pretexto de defender los legítimos intereses del pueblo amenazado, o, supuestamente, de la nación subyugada. Es una estratagema muy antigua. Sin duda, dicha artimaña se hace más patente en democracias donde el nivel de formación de la ciudadanía no permite la resistencia crítica al poder y a sus manejos: se pisotean los derechos; se borra del mapa a los disidentes; el desorden y la inseguridad jurídica aumentan; y se condena al ciudadano a condiciones de extrema pobreza, mientras el gobernante de turno exhibe un discurso triunfalista, con el que pretende legitimarse. Pero del mismo modo, nos topamos también con la altiva, prepotente e intimidatoria política de un Trump, justificada a golpe de tweet18, con sus drásticas medidas, despreocupado por completo de quienes caen fuera de su círculo electoral. Sin reparo alguno en dividir la sociedad entre los únicos dos tipos humanos que para él existen, los ganadores y los perdedores, Trump es todo un paradigma de insolidaridad, tanto en su política interna como externa19. Mas lo peor del estilo Trump es que fomenta la radicalización, la división y la polarización de la sociedad, a la vez que cuestiona permanentemente lo que para él no es sino el salvaje Estado, desmantelando, de paso, las bases sociales y políticas de la amistad social, esa philia que Aristóteles consideraba fundamental para la concordia, la estabilidad y la vida feliz de la comunidad20. Más aún, su política es vergonzosa y tristemente beligerante y hostigadora con los más débiles, como se ha puesto una y otra vez de manifiesto en su actitud 15 Cf. Cossarini y García (2015). 16 Para este tema, cf. Martínez-Bascuñán y Vallespín (2017b). 17 Cf. Fuentes (2018). 18 Sobre el impacto de Twitter en la democracia y su vulnerabilidad, cf. Martínez-Bascuñán (2015). 19 Cf. Aramayo (2018). 20 Cf. Aristóteles (EN, VIII: 1155a 23-25). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 José Manuel Panea Márquez 4 ante los mexicanos, y en las crisis de los migrantes de Honduras y Nicaragua, endureciendo en todos los frentes su política exterior21. En cuanto al caso español, nuestra democracia atraviesa un momento difícil: tras cuarenta años de dictadura, de la esperanza y la ilusión de los inicios, hemos venido a parar a un escenario de desánimo y desmoralización colectiva, a un progresivo deterioro, precarización de la práctica y de los valores democráticos, y a un vaciamiento tal de lo político, que solo nos ha dejado la cáscara y el permanente ruido informativo, la incansable avalancha de las cifras, los porcentajes en intención de voto, las alianzas posibles, las estadísticas de todo tipo, sin dejar de lado las demasiado habituales noticias falsas. A su vez, la política se convierte en escándalo y espectáculo22. Cada día conocemos un episodio o capítulo nuevo de abuso de poder, prevaricación, evasión fiscal, dudas sobre la honesta adquisición de títulos universitarios, o cuestiones relativas a prácticas que conllevan enriquecimiento indebido. Por una parte, tenemos la política degradada, convertida en circo, en escaparate, en programa de telerrealidad o en lodazal que salpica e inunda todas las esferas; por otra, la dudosa ejemplaridad del político23, que acaba rodando, con demasiada frecuencia, por los suelos. En semejante escenario, se produce el hastío, y una airada indignación ciudadana, acompañada muchas veces de desesperanzado escepticismo, con el riesgo real de alarmantes estallidos de violencia24. El resultado de todo ello es una impaciencia generalizada, el hartazgo y una desconfianza galopantes respecto al sistema, seguida de una peligrosa tendencia abstencionista en aumento, con el consiguiente abandono de la gestión en 21 Una política exterior que ha seguido una deriva aislacionista, puramente transaccional, endureciendo sus medidas, frivolizando la política y erosionando la confianza y la previsibilidad, por lo que ha sembrado también la desmoralización entre los defensores de los valores liberales (García-Encina, 2018). 22 Cf. Vallespín (2012: 149-150). 23 Sobre la inexcusable responsabilidad del político en cuanto al tema de la ejemplaridad pública, cf. Gomá (2009: 260-268). 24 Recuérdese, a título de ejemplo, el episodio de vandalismo en la crisis de los chalecos amarillos en Francia, en diciembre de 2018. El estallido de violencia, como pauta de actuación, desarticula, desmonta, deslegitima el orden democrático establecido, difundiendo el mensaje de que no hay alternativas políticas a la misma. Este es el mayor riesgo: que se extienda tal convicción, abono del autoritarismo. manos de tecnócratas, detrás de cuyas bambalinas se esconden poderosos grupos de presión25. En España es un hecho constatable la quiebra de la confianza en nuestros representantes y el hundimiento de la fe en los ideales que otrora se anhelaron tanto. En una palabra, estamos, como diría Aranguren, desmoralizados, por lo que urge recuperar la democracia como moral26. Además de la tensión que incorpora la cuestión catalana, la situación se agrava, a cada paso, porque bajo la permanente nebulosa del escándalo y la noticia se aplazan y esquinan los problemas reales que conforman el día a día, y que progresivamente precarizan nuestro espacio vital: en salud pública, educación, investigación y desarrollo, éxodo de universitarios, pensiones, violencia de género, protección de menores, discriminación sexista, cuidado efectivo del medioambiente, etc. A cada paso, los problemas se hacen mayores y más complejos. Y la precariedad, a todos los niveles, avanza. Se discute mucho, se dialoga poco. Mas, sin diálogo sincero, el pluralismo se resiente, y la democracia queda cuestionada en su raíz. Democracia y pluralismo son indesligables. Y, sin embargo, es muy raro encontrar una propuesta que refute con argumentos la rival y avale la propia. El debate ideológico de fondo entre izquierda y derecha parece esfumarse; todo queda reducido a la descalificación del contrario, cuando no al insulto, y como mucho a la contrastación de cifras y datos, que desplazan la disputa al terreno de la gestión eficiente, como si este fuera un asunto técnicamente neutral27. 3. LA PERVERSIÓN DEL PODER: DEMOCRACIA SIN CIUDADANOS Pero, en resumidas cuentas, a lo que estamos asistiendo es a una democracia sin ciudadanos. Por otra parte, con la recurrente batalla política no solo en el Parlamento, sino también, y fundamentalmente, en los medios, lo que nos encontramos 25 Cf. Simone (2014). 26 Sobre esta temática en el contexto filosófico español Fusi (2017: 128-137). J. L. López Aranguren abordó el tema de la democracia como moral en muchos de sus escritos. Como referencias más directas remitimos a Aranguren (1996, OC, 5: 386-561; 2005). Una excelente síntesis del tema, en el contexto de su obra, Camps (1997) y con mayor extensión Díaz (2007). Recientemente, Camps ha reivindicado, muy oportunamente, una nueva ciudadanía, frente a la crisis del modelo liberal, profundizando en la tesis de la democracia como moral. Cf. Camps (2018: 53-70). 27 Cf. Grayling (2017). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 Precariedad y vulnerabilidad de la democracia 5 es un mundo donde la verdad se problematiza28 y donde la multitud de interpretaciones y opiniones acaban descomponiendo el espacio público, abonando un terreno perfecto para el desconcierto, la desconfianza, el desaliento y el triunfo de los expertos. De manera que la situación no es nada halagüeña para nuestra democracia: la diferencia entre verdad y mentira se evapora; se construyen relatos o narrativas para manipular los hechos con arreglo a los intereses del político; el debate público y la figura del intelectual ceden sitio a opinadores — periodistas— y tecnócratas29 que tratan de enmascarar su ideología generando la apariencia neutra de una gestión aséptica que se sirve como técnicamente necesaria, con lo que el ciudadano queda en gran medida fuera de juego, apartado del escenario público30. Tras estos desalentadores análisis cabría, entonces, que nos hiciéramos la pregunta de si toda esta confusión de redes31, opiniones y medios, y de 28 Sobre la necesaria recuperación de una voluntad pública de decir la verdad, cf. Wolin (2008: 365). 29 Habermas ha expresado magistralmente la situación de fractura entre las élites y los ciudadanos: “Así, a nivel europeo existe un abismo —que llega hasta nuestros días— entre la formación de la opinión y de la voluntad de los ciudadanos y las políticas seguidas para la solución de los problemas pendientes. Por ello las ideas sobre la Unión Europea y su futuro han sido siempre bastante difusas para la inmensa mayoría. Las opiniones competentes y las tomas de posición articuladas en torno al curso del desarrollo europeo han sido hasta el momento en buena medida un asunto de políticos de profesión, expertos economistas y profesores especializados en la materia; ni siquiera los intelectuales al uso han terciado en este tema. Lo que hoy une a los ciudadanos europeos es la actitud euroescéptica que se ha visto reforzada en el transcurso de la crisis en todos los Estados miembros –si bien en cada uno de ellos por motivos diferentes que han contribuido más bien a la polarización–. Esta tendencia constituye un dato importante para las élites políticas, pero no es realmente decisiva para una política europea que, desde hace tiempo, está desvinculada de los foros nacionales. Los campos determinantes de la política europea se forman en los círculos que deciden sobre las policies tras discutibles diagnósticos de la crisis” (Habermas, 2016: 69-70). 30 Vallespín (2012: 69-98). 31 Las redes siguen planteando muchas incógnitas y ambigüedades con relación a su contribución a la profundización democrática. Por una parte, no cabe duda de que encierran tal potencial, que favorecen la des-jerarquización, la horizontabilidad y la auto-organización. Pero, al mismo tiempo, los movimientos sociales articulados mediante Internet son formas débiles de integración, que pueden desvanecerse con la misma facilidad que se formaron. Por otra parte, tales organizaciones son más aptas para la movilización que para la deliberación y la toma de decisiones, precisamente por su espontaneidad. Por lo que, si es cierto que las nuevas tecnologías encierran un alto potencial democrático (facilitan el voto electrónico, la exprecarización y progresivo desmantelamiento de un espacio común en el que debatir, no será precisamente lo que soterradamente se pretende, para mayor gloria de la tecnocracia y larga vida del sistema económico al que rinde tributo. No en vano, la deliberación pública y la democracia quedan también hoy muy mermados o seriamente tocados por la neuropolítica, que investiga el comportamiento político desde la neurociencia, haciendo hincapié no en la importancia de la reflexión consciente, sino en los procesos inconscientes, determinantes en la contienda política. La neuropolítica convierte el proceso deliberativo en una lucha de dioses, o de fuerzas, que pretenden imponer una realidad, valiéndose de la manipulación y la razón estratégica centrada en el adoctrinamiento y en el uso de etiquetas. Lo que importa es el triunfo y no el acuerdo; y lo emocional pasa a primer plano32. Lo decisivo es que el interlocutor cambie su marco mental y acepte el nuevo. Y esto se consigue no con la argumentación racional, sino con la metáfora adecuada. Se da paso, así, a formas elitistas de democracia, alentada, precisamente, por neurocientíficos33. Sin embargo, y no deberíamos olvidarlo, todo esto tiene, a diario, un alto coste para la comunidad, porque el sistema se erosiona, acaba siendo cuestionado, y puede llegar a tambalearse. En este contexto, no nos sorprende, como decíamos más arriba, el actual auge de los nacionalismos en Europa, y una creciente involución hacia formas de vida cada vez más intolerantes34. En suma, en un mundo cada día más global, donde las comunicaciones e Internet35 entretejen una maraña informativa inmanejable, y los ciudadanos quedan aún más expuestos al cálculo político de aquellos que no dudan en manipular sus emociones en beneficio propio, nuestra democracia también se precariza36, favoreciendo una preocupante crisis, pese al optimismo de algunos, que no compartimos, respecto a las posibilidades de la democracia líquida37. Esta democracia sin ciudapresión de la opinión en tiempo real, la interactividad o las consultas), sin embargo, también pueden inhibir otras prácticas democráticas que exijan tiempo y deliberación. Cf. Innerarity (2016). 32 Cf. Lakoff (2007) y Haidt (2012). 33 Cf. Pérez-Zafrilla (2018). 34 Cf. Simone (2012). 35 Sobre la interesante relación entre crisis de la democracia y el big data, cf. González (2018). 36 De aquí la importancia de la participación ciudadana. Para un estudio sobre la democracia española actual, desde la sociología, cf. Requena y Rodríguez (2017). 37 Cf. Aguirre (2015). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 José Manuel Panea Márquez 6 danos es contemplada con recelo, escepticismo y desconfianza cada vez mayores. Porque el poder se pervierte desde el momento en que su ejercicio se distancia de las necesidades reales de la vida, algo que los clásicos resumían en la fórmula del bien común. En efecto, mientras constatamos, año tras año, cómo los enormes problemas de la humanidad siguen intactos, o acaso se agravan —contaminación, emergencia climática, guerras, hambrunas, migraciones38, pobreza, enfermedad y muerte por doquier—, asistimos a un preocupante debilitamiento de la democracia que, a nuestro entender, tiene mucho que ver con que se pasa por alto el hecho fundamental de que el pueblo debe ser el sujeto y el objeto de la política; ignorarlo acabará poniendo al sistema democrático en riesgo, horadándose los cimientos de la justicia, y desembocando en una profunda crisis de legitimación, acrecentada por el sentimiento de impotencia frente a problemas tanto externos como internos39. Cuando nuestros políticos ponen en marcha estrategias de distracción o encubrimiento de su gestión, o reducen sus presupuestos en educación e investigación, ámbitos directamente implicados en el nivel crítico de la ciudadanía, tales prácticas no solo son en sí mismas contrarias al espíritu de la democracia, sino que acabarán, a la postre, minándola. En una palabra, en el medio o largo plazo, ignorar a la ciudadanía, o no tomar en serio sus necesidades y demandas respecto a sus oportunidades reales y al desarrollo de sus capacidades40, acabará resquebrajando seriamente todo el sistema. Sin duda, el factor humano es esencial a la democracia. Esto es algo que no deberíamos pasar por alto ni olvidar41. Como 38 Para un estudio de la precariedad en el ámbito migratorio, y en el contexto de J. Butler, que merecería un estudio aparte, remitimos al excelente trabajo de Azaovagh (2017). 39 Esta es la consecuencia que finalmente se acaba produciendo, y que retroalimenta la fragilidad o precarización de la democracia. De aquí que en Europa estemos asistiendo, más que a un déficit democrático o de legitimación, a un déficit de justicia. Cf. Innerarity (2014). 40 Cf. Nussbaum (2007; 2010). 41 G. Sartori ha insistido en este punto. Reconoce que la democracia depende para su funcionamiento de los ciudadanos. Como tal, nos dice, es la mejor “máquina” que se ha inventado nunca para permitir al hombre ser libre, y no estar sometido a la arbitrariedad ni tiranía de otros. Y nos ha costado dos mil años construirla. Pero su vulnerabilidad procede de su dependencia de los ciudadanos. Esto la convierte en tremendamente quebradiza y susceptible de crisis. Por lo que el factor humano resulta esencial, recordando en esto también al Ortega de La rebelión de las masas. Cf. Sartori (2009: 143-144). decíamos, aquella se levanta sobre la ley y los principios de justicia, articulados en torno a la libertad y la igualdad en sus más diversas concreciones; pero también necesita de las personas, y esto engloba tanto a políticos como al resto de ciudadanos. Para que una democracia funcione tiene que haber dirigentes competentes y honestos, así como mecanismos institucionales que detecten los déficits técnicos, pero también las posibles quiebras en el interés público. Al mismo tiempo, hacen falta ciudadanos responsables que velen por el buen gobierno, condenando las peores amenazas: el engaño respecto de las promesas, y la corrupción en sus distintas formas: abuso de poder, amiguismo y enriquecimiento indebido, entre las más destacadas. Pero la responsabilidad del ciudadano no termina aquí. A cada uno de nosotros nos asisten derechos, y al mismo tiempo nos comprometen deberes —morales y políticos— de ciudadanía. Es fundamental elevar nuestra autoexigencia en aquello que nos atañe; habría que tomar conciencia de los compromisos o deudas que tenemos para con la comunidad. Y en tal sentido, necesitamos que haya una relación estrecha entre ética y política42, reforzar nuestra fraternidad43 y nuestra vida en común44. En esta dirección, apuntada por J. L. López Aranguren al referirse a la democracia como moral, es en la que estaríamos todos responsablemente implicados, políticos y ciudadanos45. Porque el interés por lo público tiene que formar parte natural de nuestra moral privada. No puede haber democracia sin demócratas; como tampoco habrá demócratas sin una moral cívica responsable y pluralista asumida por los ciudadanos46. Y queremos destacar que, en este proyecto de perfeccionamiento democrático, individual y colectivo, será preciso, junto a la integridad moral y sentido de la responsabilidad pública, elevar, al mismo tiempo, nuestra competencia racional y emocional, al objeto de ganar en solvencia e inclusión. Necesitamos, en tal sentido, una educación estética en la línea de Schiller47. Ambas jugarán un papel central a la hora de elegir y hacer un seguimiento de la política de nuestros gobernantes. Elevar la capacidad crítica —racional y 42 Cf. García-Santesmases (2003). 43 Cf. Riba (2018). 44 Cf. Rivera (2017: 157-185). 45 Cf. Camps (1997: 183-185). 46 Esta cuestión ha sido desarrollada magistralmente por Hermosa (2020). 47 Sobre este tema, cf. Napoli (2018). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 Precariedad y vulnerabilidad de la democracia 7 técnica— que favorezca dicha mejora, será una tarea central para cualquier democracia que quiera preservarse de los riesgos de tiranía encubierta, hacia la que siempre puede deslizarse, con más o menos sutileza, si los ciudadanos no tienen los ojos bien abiertos. Todo lo que era sólido puede desplomarse si nos faltan la debida atención y cuidado48. El tan traído y llevado sapere aude kantiano, ese imperativo de atrevimiento a servirse de la propia razón, es un mandato categórico insoslayable para toda democracia que quiera vacunarse contra charlatanes y trileros, siempre prestos a revestir su discurso con la piel de cordero del que dice sentir una sincera preocupación por el pueblo. Urge, sin aplazamientos ni tregua, fomentar, al modo socrático, con clara conciencia del problema, el potencial crítico de los ciudadanos, para mejorar su comprensión de la realidad, discusión y evaluación, dotándolos de mejores armas frente a la manipulación y la mentira. Desde dicha perspectiva, podremos aspirar a que ciudadanos y ciudad puedan ser mejores49. 4. LA FRAGILIDAD DE LA DEMOCRACIA: HUMANIDADES, EMOCIONES POLÍTICAS Y EDUCACIÓN Pero, al mismo tiempo, y como viene insistiendo M. C. Nussbaum, es necesaria una educación centrada en las emociones políticas, porque hay muchos aspectos que tienen que ver precisamente con la empatía, con la capacidad para hacer nuestro un problema que, en principio, no nos atañe de un modo directo, y porque también hay emociones que precisamente reman en la dirección opuesta. En tal sentido, resulta fundamental cómo nos posicionamos frente al prójimo. La exclusión en todas sus variantes, el racismo, la desconfianza, la demonización o devaluación del otro —ideológica, racial, sexual, religiosa— tiene que ver con esto50. Sin duda alguna, la virtud cívica exige cierto grado de igualdad material, pues los ciudadanos cooperarán en la medida en que haya también una equidad en las cargas y beneficios de la vida en común. El sentimiento de pertenencia, necesario para mostrar cierta disposición a participar en lo colectivo, no puede darse sin el concurso de iguales condiciones materiales para una vida dig48 Sobre la precariedad y vulnerabilidad de nuestra más reciente historia, en lo económico, cultural y político, y los riesgos que esto comporta para la democracia y la vida en común. Cf. Muñoz (2013). 49 Cf. para esta temática, Nussbaum (2010). 50 Cf. Nussbaum (2006; 2013). na, y sin lo que Rawls llamaba las bases sociales del autorespeto51, pues los que son excluidos de la ciudadanía, o son considerados de segunda clase —por su origen, sexo, raza o cultura— nunca podrán sentirse miembros plenos de la comunidad y tampoco cabrá esperar de ellos un comportamiento cívico52. Nuevamente, las emociones políticas constituyen un ingrediente esencial para la vida en común. Y no en vano, el concepto de paranoia política será muy útil para comprender el fenómeno del poder en sus manifestaciones patológicas: la tiranía, el nacionalismo, el populismo, el fundamentalismo53. Como venimos insistiendo, la democracia no puede sustentarse solo sobre los pilares de la ley y las instituciones democráticas, sino que necesita activamente de los ciudadanos como sujetos morales y responsables54. Además, hemos de tener en cuenta que la democracia es una construcción extraordinariamente frágil, al no ser un producto natural, sino basarse, más bien, en sofisticadas ficciones o elaboraciones teóricas, que tienen que ser transmitidas de una generación a otra y que requieren una educación ejemplarizante y siempre atenta a lo que pueda hacerla fracasar55. Al mismo tiempo, las leyes han de ser cada vez más empáticas y sensibles a las problemáticas concretas, atendiendo a las distintas situaciones que aflorarán en el desarrollo de una vida humana completa, desde el nacimiento hasta la muerte56. En una palabra, necesitamos que nuestras democracias, además de reflexivas y deliberativas, sean también más participativas e inclusivas. Y para sostener y desarrollar la vida democrática, y hacer frente a la precarización en todas sus formas, precisaremos tanto de las virtudes de corte liberal, como las de corte republicano57. No hay que olvidar que el injerto de las democracias, allí donde el terreno no estaba abonado para la misma, fracasa. La democracia, como una delicada planta que hay que cuidar, exige un suelo firme y estable de valores, enraizados en la ciudadanía. Sin tal soporte, se desfondará, deslegitimándose y abismándose. Sin dicho aprendizaje moral y social, del que tendrá 51 Cf. Rawls (1979: 485-492). 52 Cf. Peña (2009: 122-123). 53 Cf. Rivera (2017). 54 Cf. Rubio (2005). 55 Cf. Simone (2014; 2016). 56 Este es un tema central, que nos obliga a revisar la teoría del contrato y ampliar nuestro concepto de justicia. Cf. Nussbaum (2007). 57 Sobre esta temática, son particularmente útiles y excelentes los trabajos de Peña (2009) y Vargas-Machuca (2009). ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 José Manuel Panea Márquez 8 que nutrirse, y donde se materializará toda justicia posible, la democracia no podrá crecer y desarrollarse, porque precisa sustentarse sobre una moral y una justicia encarnadas en la misma ciudadanía. Frente al progresivo vaciamiento del sujeto, al que asistimos en las democracias de cuño liberal, centradas en los partidos políticos, las instituciones de representación y los gobernantes, se impone reforzar el modelo republicano, cuyo eje es la virtud cívica. Con ciudadanos poco formados, y al fin y a la postre débiles, solo podemos esperar una democracia débil. De aquí que la educación cívico-democrática pase a primer plano, y se constituya en el tema de nuestro tiempo58. Su pervivencia no es solo un asunto legal, institucional, o de mera acción política. La democracia constituye, sin duda, un problema político relativo a la acción59, pero, y no en menor medida, social educativo y moral en su raíz, pues la moral individual de cada uno de nosotros tiene que incorporar el amor y el respeto por lo público, merecedor también del cuidado máximo. Y aquí la educación cívico-democrática60 resulta inexcusable, porque sin ciudadanos no hay democracia posible61. En suma, hay que enlazar el concepto liberal de vir58 Cf. Galston (1991) y Macedo (2000). Esta educación del ciudadano tiene que ser una constante en la democracia (Riba, 2010: 139-150). 59 En consonancia con lo que venimos diciendo aquí, creemos que no se puede sintetizar mejor la difícil situación por la que atravesamos, que como lo ha expresado, demoledoramente, Vallespín: “Todo es discutible, todo es debatible, sí. Todo, menos, curiosamente, aquello que más nos afecta, el orden sobre el que se sostiene el sistema económico. […] Y esto nos permite volver a Grecia, ahora la Grecia contemporánea. Porque es en ese mismo lugar donde hemos descubierto el final de ese sueño sobre el que se montaba la democracia, el de que éramos dueños de nuestro propio destino. En efecto, como observamos en ese pequeño país, y sean cuales sean las responsabilidades de sus diferentes gobiernos en colocarles en la situación en la que se encuentran, el hecho es que es allí donde se ha destapado el gran embuste. Ya no es posible ‘la democracia en un solo país’ –salvo quizá en aquellos que equivalen a continentes enteros–. Se nos ha caído un modelo y necesitamos urgentemente otro. Y eso pasa por recuperar el lugar de la acción política, recobrarla ampliando el ámbito sobre el que se puede ejercer, haciéndola más cosmopolita y capaz de oponerse a los grandes intereses que se cobijan detrás de ese orden que impera sin alternativas. Hasta que no llegue ese momento me temo que seguiremos viviendo en la mentira. En la peor de ellas, además. La de imaginarnos libres sin saber que hemos perdido la capacidad de hacer un uso efectivo de la libertad” (Vallespín, 2012: 167-168). 60 Cf. Mougán (2009). 61 Cf. Rubio (2005), Rivera (2008). tud con el republicano62, pues como sabía muy bien Tocqueville la dimensión individual y pública de la autonomía se complementan63. La justicia democrática tiene que hacer frente a la exclusión, a la opresión, y esta se dice de muchas maneras64, reclamando, ante todo, una ciudadanía que no se distraiga y que encare sus problemas, exigiendo a sus políticos un compromiso real y efectivo para afrontarlos con éxito creciente. Como decíamos, el ciudadano tendría también que poder mejorar su empatía, y su exigencia con relación a los problemas concretos. Y esto tendrá su traducción ulterior en una mayor presión política, seguimiento y control sobre los representantes. Porque en una democracia cada vez más expuesta, como dice Pettit, a las contingencias globales del tigre financiero, se necesita activar un sistema de vigilancia del poder, a escala nacional e internacional, a través de asociaciones cívicas con elevada competencia técnica, para así ejercer, en los distintos tipos de problemas que asolan a la ciudadanía, un seguimiento de la acción gubernamental, evitando, en lo posible, los caprichos y zarpazos del insaciable tigre, al que es preciso meter en cintura65. De lo contrario, nuestra democracia estará más expuesta a la globalización y acelerará los procesos de precarización a todos los niveles, material y político66. Entre otras cosas, habría que tener muy en cuenta el listado de demandas sociales, de las que nuestros gobernantes tendrían que responder. De este modo, se evaluarán y contrastarán objetivos de partida y logros concretos, sin caer en las trampas de la retórica grandilocuente y efectista, tras la que tantas veces se camuflan políticos de distinto cuño. Resulta crucial, pues, elevar el nivel de competencia técnica de la ciudadanía. Sin embargo, no será suficiente. Porque redoblar nuestro esfuerzo por una cultura cívica responsable, centrada en el bien común, en la creación de relaciones sociales igualitarias que permitan, justamente, una vida compartida67, exigirá de todos nosotros, sin tregua, y 62 Cf. los excelentes trabajos de Ovejero (2002a; 2002b). 63 Cf. Tocqueville (2018). Para una buena síntesis sobre el debate en torno a la virtud, en la concepción liberal y republicana, y sobre la inaplazable necesidad de esta última, cf. Peña (2009) y García Guitián (2009). 64 Cf. Young (2000). 65 Cf. Pettit (2011: 4-8). 66 Cf. García Guerrero (2017). 67 Frente a la galopante deriva del homo oeconomicus, centrado en el mérito, responsabilidad y ventaja individual, es absolutamente imprescindible, para frenar en lo posible el proceso de precarización económica y social ISEGORÍA, N.º 64, enero-junio, 2021, e15, ISSN-L: 1130-2097 | eISSN: 1988-8376, https://doi.org/10.3989/isegoria.2021.64.15 Precariedad y vulnerabilidad de la democracia 9 como venimos insistiendo, mejorar permanentemente nuestra empatía, haciendo frente común con las personas más vulnerables. Interpretamos la realidad según estamos situados material y emocionalmente en ella. Por lo que, si no sentimos un sincero interés por la suerte de los que día tras día ponen en peligro sus vidas para llegar a nuestras costas; o si no nos ponemos realmente en la piel de la mujer maltratada y de sus hijos; o en la de quien es rechazado por razón de procedencia, sexo, o raza; o si nos desentendemos de la situación de soledad e indigencia a la que están expuestos la gran mayoría de nuestros ancianos; o del fraude fiscal a gran escala y sus consecuencias para las políticas públicas; o de la vergonzosa y denigrante precarización de la vida laboral; o si no sentimos dolorosamente la destrucción de nuestros bosques, la contaminación de nuestros cielos y mares; o no nos duele el entontecimiento progresivo al que se somete a la ciudadanía, particularmente a los más jóvenes, a los que se les distrae con la fácil golosina del consumo y de las redes sociales68, convertidas en armas de acción política69 en las que fatalmente se enredan, entre lo banal y lo superfluo70, o dan rienda suelta a la ira, en la reafirmación tribal del grupo; en una palabra, si los problemas de los otros y de la comunidad nos dejan indiferentes, será impoen marcha, crear relaciones sociales igualitarias que permitan una vida en común, basadas en el igual respeto y en la no dominación, y haciendo frente a las asimetrías estructurales de los distintos poderes. Se necesitan permanentemente políticas públicas de predistribución y redistributivas, preventivas de la exclusión, y, en suma, una reformulación igualitaria de la teoría republicana de la democracia (Máiz, 2016). 68 El mundo de las redes sociales está generando un gran debate. Al respecto Lanier (2011, 2018) y Morozov (2018). Pero el impacto de las redes en la opinión pública está siendo problemático y complejo, porque de ellas se valen también el populismo, por su contenido intrínsecamente afectivo, por lo que se produce una creciente polarización ideológica, que no favorece el debate serio y reflexivo, soporte del pluralismo y de la democracia. Cf. Arias (2016). 69 Cf. Vallespín (2011). Sobre el poder de las redes, Ferguson (2018). Sunstein ha insistido en que Internet lejos de posibilitar un ágora global, se está convirtiendo más bien en un escenario con espacios muy diferenciados entre sí, donde asistimos a una ciberbalcanización, pues lo que importa a los grupos no son los mejores argumentos, sino más bien afirmar la propia identidad grupal frente a otros, lo cual tiene un enorme y problemático impacto para la democracia. Cf. al respecto Sunstein (2003, 2018). 70 Sobre esta temática remitimos a los interesantes trabajos de Berardi (2017), Bauman y Leonci (2018) y Trojanow (2018). sible que la vida democrática pueda alcanzar el fin para el que se supone que tendría que servir. Por todo ello, la competencia emocional tiene que completarse inexorablemente con la competencia cívico-democrática, basada en la fraternidad71 la solidaridad y los derechos humanos a escala global72, frente a toda forma de despotismo. En suma, y en igual medida, necesitamos fomentar la competencia humanística. Porque, además del desarrollo científico y tecnológico, requerimos de un mayor y permanente protagonismo de las Humanidades en nuestras vidas: de la historia, del arte, de la filosofía y de la literatura en particular. Hay, por supuesto, que mejorar esta presencia en el ámbito educativo reglado, recortada sibilinamente en los últimos años con el pretexto de la crisis73. Pero hemos de ir más allá e impulsarlo en otras iniciativas de la sociedad civil. Precisamos, permanentemente, generar un suelo firme de valores cívicos, en el que puedan florecer y desarrollarse ciudadanos más permeables a la suerte de los otros, pero también más críticos y comprometidos con el bien común, tal y como venimos reclamando. La competencia científica y técnica, aun cuando resulta imprescindible para mejorar la capacidad de análisis de la realidad, no basta. La intuición sin concepto, decía Kant, es ciega; el concepto sin intuición, vacío. Y a tal tarea pueden y deben sumar y aunar esfuerzos filosofía y literatura. El viejo enfrentamiento platónico entre poesía y filosofía, reformulado nuevamente por Rorty74, es un falso conflicto que deberíamos superar. Como Aristóteles subrayó, las representaciones trágicas también tienen mucho que aportarnos en la comprensión de nosotros mismos y de nuestro mundo, al consistir en la mímesis de una acción esforzada (spoudaía)75. Filosofía y poesía se necesitan. En nuestro permanente viaje 71 Sobre esta cuestión, remitimos al excelente trabajo de Domènech (2004). 72 La globalización plantea el inevitable problema de los derechos humanos a escala global, máxime cuando es alarmante la precariedad de los derechos en el contexto internacional, ante las flagrantes y reiteradas violaciones de estos. Necesitamos un cambio de paradigma para afrontar este hecho, que logre una mayor eficiencia en su universalización y defensa, ante la incapacidad de los Estados para encarar por sí mismos los nuevos desafíos, y que asuma los riesgos que las nuevas tecnologías y los problemas medioambientales plantean para la protección de los derechos no solo hoy, sino también para las generaciones futuras (justicia intergeneracional). Cf. De Julios (2018). 73 Cf. Martínez-Bascuñán y Vallespín (2017a). 74 Cf. Rorty (1991: 98, 112). 75 Cf. Aristóteles (Poética, 1449b24).