scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Sociología del presente

García Díaz, Sebastián

Full text

SOCIOLOGIA DEL PRESENTE Por el Dr. D. Sebastián García Díaz T erminada la guerra 39-45 -la última Gran Guerra de la tierra por la tierra-, podría c reer se qu e se restablecería la hegemonía occidental europea, armonizada con la participación de Estados Unidos y Ru sia. Pero Europa había quedado desacreditada, porque sus intelectuales no fueron capaces de evitar tanta barbarie , y rota en su carne y en sus rencillas. Muy pronto, cuando el pasillo de Berlín de 1948 , se vio que los aliados para la guerra no estaban dis puestos a serlo para la paz, o mejor, para la incruenta guerra de la política y el poder económico. Y años más tard e, en 1956, cuando la expedición de Suez empre ndida por los in gleses, franceses e israelitas es d esmontada agria y desconsideradamente por Estados Unidos, que demostró una vez más su absoluta carencia de sentido proyectivo a lar go alcance. Y desde aquel momento Eu ropa , humill ada y resentida, se pliega en sí misma, y se alcanza la triunfal y descarada h egemonía de América. Es la vuelta de la s Carabelas, que fueron cargadas de espí· ritu, religión y cult ura, y r egresaron h asta la borda de praxis, taylorización, consumo, mercado, trust, organización y standards, pero vacías la s bodegas de esperanza, dig nidad y calor. El hom bre va a ser d es poseído de Dios y de las normas ética s, para ser medido en eficacia y productividad. Se anuncia una nueva religión sin fe y sin oficiantes. Se constituyen o inventan naciones que eran tribus , familias o cong lomerados, p er o que no tenían ni una historia en que respaldarse, ni un proyecto de vida en común. Y a esas naciones 114 SEBASTIÁN GARCÍA DÍAZ se les otorga un número, se les coloca en un área de influencia, y, lo que es peor, se les arrebata sus tradicionales creencias, que no son sustituidas por otras, con lo que el hombre queda con un hueco dramático en su alma, que en vano intenta llenar con televisores y frigoríficos. Se dice tanto, que no importa repetirlo una vez más: Vivimos época de crisis esencial y honda, que afecta a ideas, normas, estructuras y vida. De sde que Max Plank y lo s Nóbel del 32 Scheodin ger y Dirac, pu siero n los fundamentos científicos de la energía atómica, una serie de cambios que afectan desde las c omuni caciones hasta la religión, pasando por las relaciones entre los pueblos y la estimación de la persona , argumenta una cronología y razón de la cr isis por encima del empeño vanidoso del hombre que considera los avatares de su vida en cualquier época como testigos de crisis universal. Ha empezado en nosotro s el «shock» del futuro, que tan metódicamente ha descrito Arvin Tofler, y el inmenso estre· mecimiento de su aceleración es supe rior en el espíritu de lo que lo es en el cuerpo la aceleración de las naves espaciales: «En los tres decenios esca sos que nos separan del siglo XXI, millones de personas corrientes sufrirán una brusca colisión con el futuro». Se trata de algo más profundo y más visceral que el «cultural lag», o cu latazo de la cultura, que se ha venido sucediendo en l as mudanzas de épocas, siempre que el pensamiento ha ido por delante de la civilización, de la técnica, creando un hiat o temporal lleno de desasosiego. Dice Christopher Da wson qu e nu es tra época es la de Frankestein, ese pe rsonaje que creó un monstruo mecánico y después se dio cuenta que ha - bía escapado a su autoridad y amenazaba su propia existencia. El hombre adulto de nuestros días tien e domesticada la libertad . Constreñido a vivir en ciudades que no fueron hec has a su medida, la antigua muralla que las protegía se ha convertido en muralla particular que cala y atenaza su espíritu. El hombre en la ciudad ha perdido la raíz de la tierra, su paisaj e del alma, y la ciudad le condiciona un cuadro de solapada irritación propicia a la protesta, facilitando los caminos de la agresividad. Su soledad --cuando accede a ese SOCIOLOGÍA DEL PRESENTE 115 lujo, casi siempre por encima de su bolsaes una soledad con polución de ruidos y presencias, por una intimidad de endebles tabiques que la hace forzosamente compartida. Florentino PérezEmbid lo ha descrito con exactitud y rigor: «Aparece seño ra de la vida individual, la pri sa. Todo el mundo ti ene prisa, ha de acudir a una cita y luego a otra, a lugares muy dis tante s entre sí, quizás a países y aun a continentes distintos. Su rge la «agenda» como otro sím .bolo. Espectáculos de masa en Estadios o Palacios Depo rtivos gigantescos en los q ue el depo rte no se practica, sino que se mira y se vive con pasión, a veces próxima al delirio. V acac ione s pagadas, aunque cortas, en Residencias colectivas, caravana de automovilistas, trajes hechos para cualquiera y para nadie, latas de conserva. Domi ná ndolo todo ia veloc idad y el ruido ». El hombre no se siente libre . Sab e que su propia libertad individual está supetida a intereses más gene rales y gregarios, y por eso ti ene que invocar constantemente al «pueblo libre », a esa cur i osa ex presión del «mundo libr e» qu e ser ía ridícula si no fuera patética. La libertad neces ita grandes sumandos y ll ega a ser má s que un ejercicio natural del hombre, un ideal l ejano , po ético, soñado, sujeto a toda clase de cautelas. «No hay libertad con tra la libertad», dejó escr ito una de las mentes más liberales de la España co nt e mporáne a. El dirigismo estatal o de empresa en todo, has ta en la administració n del ocio, que ha s ido de sfigurado como fue nte de e nriqu ecim iento es pirit ual d entro de la contrac ultur a de masas. La democracia es c ada vez más falsa, má s difícil y asistimo s a su esca mot eo por poder es p ersona l es o de partido, que só lo co nservan de la democracia su fachada, y la ca pacidad <le s ub versión de la palabra , y no ll eg an si qui era a es tructurarse en despotismo ilus trado, porque un « pu eblo» man ejad o y azu zado dicen que no lo toleraría. La queja del hombre medio no es audibl e, y la s reivindicaciones han de hace rse a golpe de escá ndalo y t er rorismo , de violencia. Est e hombre medio qu e rechaza la violencia tiene ne ces idad de evadirse y si no quiere utilizar los mil inventos que la sociedad de consumo pone a su alcance para que se adormile consumiendo, busca su e vasión p ers onal. Por eso 116 SEBASTIÁN GARCÍA DfAZ hay en mundo de hoy 300 millones de alcohólicos, 250 millones de mascadores de coca, 300 millones de fumadores de cannabis y 400 millones de fumadores de opio, sin contar las drogas alucinógenas, euforizantes y psicodélicas de síntesis. Los que sabrían llenar el ocio no lo tienen, los que lo tienen no saben llenarlo. Ocio y superpoblación van lle vando a un descenso en la calidad y cultivo de las personas. Sucede que las clases de más cultura y más capacidad de docencia y formación tienen pocos hijos, mientras que los estamentos más elementales y primitivos son mucho más prolíficos, con lo que pronto se ha de hacer más notorio el ya indudable empobrecimiento espiritual del mundo. El hombre adulto tiene a veces más necesidad de olvidar que de evadirse. Olvidar en lo absoluto; porque no siempre puede darse el lujo del recuerdo. Ese recuerdo patrimonio del alma, poetizado por un hombre de nuestra tierra, Fausto Botella: Recordar es abrirse de par en par el alma, y acariciar las cosas que nos fuimos dejando olvidadas en ella, con el júbilo mismo con que un ayer ya mu erto las gozábamos nuestras recién hechas al tacto. Recordar es clavarse mil espinas de pronto , o quitarse otras tantas que nos iban doliendo. Recordar es vivirse y morir repetido, con un poco de dulce y otro poco de amargo mordiéndonos los labios. El recuerdo y el proyecto, los do s brazos del equilibrio de un hombr e en madurez , h echos difíciles y aleatorios por una progresiva incapacidad de creación , a veces por una radi - cal in co municación. Es la condición uniformada de la masa, de la que sólo interesa respetar la limitada capacidad de discriminación del consumo en ascenso, y para eso la incomunicación sólo re s peta el diálogo tácito de lo s grupos que tanto preocupa a los psicólogos, mientras la disconformidad es domesticada por el cu ltivo sistemático y descarado de un triun - SOCIOLOGÍA DEL PR ESENTE 117 falismo que abarrota la televisión y llena los diarios, para cubrir, con c ho rros de palabra s e imáge nes, la injusticia. La religión como riqueza individualizadora también está conociendo sus sucedáneos, y de una parte la campaña positiva qu e le apli ca un criticismo mal intencionado, y de otra la modernización de normas y valores, facilitan al hombre el olvido de unas verdades suprasensibles y de fe y el cumplimiento de mandatos que no tienen más fuer za de obligar que la libe rtad y el e spíritu; y cuando el hombre busca su refugio ha perdido la senda. Las máquinas, que en sí no son buenas ni malas, han producido al h om br e tecnificado. Y este «horno tecni cus » se regula por un a escala de valores absolutamente inválida para la convivencia y el personal perfecci ona miento, porque sus módulos s on cifras y no ideas ni emociones. El hombre busca tras el «Deus absconditus» de los místicos, y la «insec uritás» de los filósofos, de manera tan descarada que cuando las Naciones Unidas quisie ron ofrecer una agencia que congregara el máximo resp eto, inventaron el Conse jo de Seg uridad. No basta. El hombre, para darse calor, para sentirse más seguro, tiene que agruparse en masa y ésta -lo sabemos hasta la amargura -es manejada a fondo. Se desvaloriza la verdad por el hecho, se improvisa ese cómodo y socorrido comodín estético que la autenticidad. La angustia pierde su sana finalidad de impe dir la catástrofe y adop t ar defensas, p ara hacerse esta do, a veces in sopo rtable. La falta de hondura y curiosidad cr istaliza pronto en el ha stío, en la sofisticación. En cierto sen tido, la imagen de una parte de nuestra gente podría se r la del vie jo y adentrado Gog de P ap ini que vuelve a encontrar el simple c amino de la verdad en el « pan de la muchacha », o aquel aman ecer, siempre limpio, sobre la playa fría que tonifica los pies del hombre destruido en su alma, al final de la «Dolce vita». Heidegger ya hablaba del «mit sein», el estar con. El hombre de hoy está con mucha gente, pero no está ensimismado. Signo de nuestro tiempo, quizá más visible que los otros, la agresividad. Agresividad contra la naturaleza, agresividad contra los valores estéticos de las ciudades viejas, entre las 118 SEBASTIÁN GARCÍA DfAZ naciones, entre las razas, entre las ideas e incluso en la terapéutica y en los modos de enfermar y de morir del momento presente. Es la sublimación de la mediocridad . El mutuo apoyo espontáneo o previsto de los mediocres, de los perezosos. «El recelo y la pereza son responsables de la depresión de ánimo del hombre actual», dice Fernández Cruz. Las águilas vuelan solas, pero los rebaños deambulan rozándose los costillares. Hoy el líder nato tiene que convertirse en agitador para sobrevivir, para hacerse notorio. No es hora de capitanes, sino de cabos. Hora de monólogos o de silencios, no de diálogos; las tertulias desaparecen porque el hombre ha despreciado el valor del verbo . Tiempo del compromiso, la componenda, el arbitraje , la neutralidad. San Juan clamando hace XX siglos en el Apocalipsis, y hoy: «Porque no eres frío ni caliente, sino tibio, estoy para vomitarte de mi boca». Hombres neutrales, que olvidan que el que nada entre dos aguas termina con los pulmones deshechos, y que (como recordaba José Luis Pinillo) «el destino de los que se quedan entre dos fuegos es morir acribillados». Seguro que esta panorámica lleva las tintas cargadas, pero es precisamente mi intención destacar y remover lo más ne ga - tivo y pesaroso de nuestra sociedad, para obtener un buen contraste en donde insertar los c ondicionamientos sociológicos del presente. Yo se bien que existe una minoría lúcida, luchadora y trascendente. Que viven entre nosotros y nos enriquecemos con su trato, hombres de mente clara y co razón en activo, instituciones religiosas, grupos de estudio, que man - tienen una fidelidad a valores y normas ejemplares y naturalmente ellos nos salvarán. Nos salvará también una juventud inconformista, que busca con duro instinto caminos nuevos y más andaderos o que saben, como bu en os caminantes, que en el mundo no ha y camino, «Se ha ce camino el andar». Inconformismo juvenil de los mejores, que puede adoptar cuatro actitudes: Rebelde ante lo que se le ofrece y no le gusta, pe ro sin nin - gún plan positivo. Salvadora de aquellos valores que merecen la pe na ser extraídos de la ganga de mediocridad. Renovadora SOCIOLOGÍA DEL PRESENTE 119 como el espíritu evangélico es capaz de renovar (hacer de nuevo) situaciones creadas a su sombra pero desvirtuadas. Y simplemente retraída cuando no quiere saber nada de lo que encuentra ni se sitúa en cualquiera de las anteriores disposiciones, son los que acuden a los movimientos hippys o se evaden por la droga y la protesta. Entre aquellos hombres útiles y estos jóvenes signados de esperanza, se abre, es cierto, una brecha generacional. Pero esa brecha siempre ha existido. Sucede que ahora es más patente por una serie de circunstancias simultáneas que no es ocioso enumerar: La brecha o enfrentamiento cuaja hoy con mayor precocidad, ya que los jóvenes acceden antes a criterios propios y a capacitación de trabajo y polémica que en las estructuras sociales anteriores, en las que el proteccionismo de los padres se ejercía hasta bien entrada la veintena. El aumento del índice medio de vida hace coincidir tres generaciones en activo: los abuelos, los padres y los hijos. La primera posee el dinero, la segunda detecta el poder, y la tercera encuentra difícil el paso a uno y otro, al tiempo que se siente capacitada para el mando y la gestión. El enfrentamiento, pues, adqu i ere en seguida más ra dic a lidad por la imp aciencia y en muchos casos por la falta de generosidad de los mayores, que creen prolongar una juventud poseyendo unos atributos reverencial es. La brecha generacional ha adquirido más difusión al compás de la apertura de los medios de inform ación y espectáculo s, y a medida en que una política interesada en el enfrenta miento quiere valerse de lo s jóvenes para ju gar la carta cómoda de la subversión sin compromiso. El enfrentamiento a tono con los ti empos, a dquiere mayor violencia al est ar en crisis, por motivos éticos, la in st itución familiar . Y por otra parte por la renuncia o el d escon ocimiento de la t ern ura, esa gran fuerza del alma que va desapareciendo vergonzosamente del tesoro de la masculinidad. Y por último, la mutua y profunda gana de comprender, por parte de las dos genera cione s e nfrentadas, hace paradójicamente más profunda la in c ompr ens ión en razón al juego 120 SEDASTIÁN GARCÍA DÍAZ de argumentos con que cada uno trata de apoyar su tesis, y no es cuestión de tesis, sino de generosidad. El relleno de esa brecha abre puerta al optimismo y a la posibilidad de un replanteo crítico sobre el sistema, más de consignas que de ideas, que ensombrece el horizonte.