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El labrador poeta

Atienza Medina, Rafael

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EL LABRADOR POETA Por RAFAEL ATIENZA MEDINA En esta sesión pública que la Real Academia Sevillana de Buenas Letras celebra en homenaje y r ec uerdo a José Antonio Muñoz Rojas se hablará de los tres aspectos, de las tres caras que todo escritor tiene: la persona, quién era realmente José Antonio Muñoz Rojas. El personaje, es decir, la imagen que de él, a través de críticos, periodistas o entrevistas se ha ido creando, a veces parecida al original, y el autor, es decir, la obra, obviamente lo más importante: lo que le convierte en inmortal y lo que nos reúne a todos aquí. Del escritor y la obra van hablar otros dos inmortales, o al menos con voluntad de inmortalidad, pues so n también escritores, memorialistas y poetas: Aquilino Duque y Jacobo Cortines. Yo voy a limitarme a hablar del persona je y de la persona, el primero cambiante según la moda y los ti em pos, la segunda merecedora de una biografía que la modestia patricia del escritor no permitió. El personaje nació hace bien pocos años, a mediados de lo s noventa: hasta que el editor de Pre-Textos, Manuel Borrás, con su inteligente obstinación, decidió rescatar los poemas y textos en prosa del ya octogenario antequerano, el persona je, simplemente, no existía. Solamente la persona. Me atrevo a decir que ni siquiera existía el autor, si por autor entendemos escritor co n obra desplegada en las mesas de novedades de las librerías, críticas en revistas literarias y fotos en alguna solapa o en las páginas culturales de al gún diario. Todo cam bió con los libros que Manuel Borrás publicó, tras extraer a Muñoz Rojas poemas y ensayos como quien desenraíza un 216 HOMENAJE AL POETA JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS árbol, y, naturalmente, con los premios literarios que siguiero n. Muñoz Rojas recibió el premio nacional de poesía con 89 años, premio que le fue concedido por un libro, objetos perdidos, que escribió cuando tenía 86. Aún tenía que llegar el premio reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que recibió en 2002 con 92 años de edad. Con su sorna antequerana dijo "Los premios literarios, ya se sabe. Si te los dan demasiado pronto, mal. Si demasiado tarde, peor". En su caso era demasiado pronto: se vio ob ligado a salir de su envidiable gueto y a verse retratado y reseñado en diarios y revistas de libros. De repente, los olivares, cipreses y yeguas árabes que Muñoz Rojas veía desde su terraza se transmutaban en visitantes y curiosos: periodistas, fotógrafos, poetas, nue vos admiradores. De repente el paisaje le miraba a él y no al revés: en un santiamén pasó de contemplador a contemplado. El per sonaje ciertamente era carne de cañón: procedente de una familia que llega a Antequera a finales de la Edad Media, doctorando y luego lector en Cambridge durante tres años, traductor de John Donne, Wordsworth y Eliot, banquero y mecenas, labrador y poeta que habitaba su romana hered ad en la vega de Antequera. En fin, un tesoro para periodistas y curiosos, ninguno de los cuales se marchó defraudado. Un conocido poe ta se asombró de la nobleza de su porte y otros manifestaron ver en él la elegancia de un lord inglés, pese a su torpe aliño indumentario. Ciertamente, no hubieran sido menos inm ortales los versos de Muñoz Rojas, menos precisas sus traduccione s, menos agudos sus análisis de los poetas metafísicos ingleses sin Manuel Borr ás y su editorial. Ni menos rica su vida: a lo largo de toda ella había tratado con los mejores espíritus de su época, desde Eliot a Unamuno, desde Raymond Carra Luis Díez del Corral, y había sabido leer y ver como muy poca gente. Pero, como escribió Trapiello, tuvo la fatalidad de haber nacido en el seno de una familia patricia. No es sólo que no necesitase escribir, es que no necesitaba ser leído más allá de su entorno. Así, se com pla cía en comprar en la cuesta de Moyano, a precios de saldo, los restos de la edición de Ancora y Delfín y de Península de Las cosas del campo, para regalársela a s us amigos. La verdad es que no existió mejor gueto que aquel en que el vivió Muñoz Rojas, que fundó Nu eva Re vista con José Antonio Maravall y Leopoldo Panero, que co laboró con Altolaguirre y Prados en la revista Litoral, con Ber gamín en Cruz y Raya, con HOMENAJEALPOETAJOSÉANTON IO MUÑOZROJAS 217 Ridruejo, Laín y Rosales en Escorial. Amigo de Dámaso Alonso y de Aleixandre, de Juan Lladó y Soledad Ortega, de generaciones de economistas e ilustrados, hubo de sa lir de su dorado gueto cuando ya había cumplido los noventa años. Como ustedes saben, es imposible ocultar se en el campo: la ciudad está hecha para la intimidad, con sus porteros automáticos y toda suerte de puertas y contraventanas defendiendo la intimidad de cada alcoba. Pero en el campo, contrariamente a lo que se escribe, no hay espacio para la intimidad. Todo está abierto para el visitante. Quien busca soledad o intimidad jamás va al campo, que es un lugar para recibir. Además, la tradición y las raíces familiares, a las que tanta importancia otorgaba Muñoz Rojas cuando se hallaba en Antequera, le llevaban a cumplir con las leyes de la hospitalidad, lo que a veces le produjo incomodidad ante las invasiones bárbaras. El labrador antequerano fue también banquero y mecenas, y que me perdonen los académicos, tanto antequeranos como Sevillanos, la contradicción. En mi modesta experiencia, como accionista de un par de editoriales y del banco Urquijo, me pareció mejor mecenas que banquero. O dicho de otra manera, he conocido mejores banqueros (si es que buen banquero no es otra contradicción o, por lo menos, en estos momentos, una incorrección política), pero nunca mejor mecenas, más culto y acertado, más modesto y sabio. Sin buscar el resultado inmediato ni el reconocimiento de nadie, literalmente sin que su mano izquierda supiese lo que hacía la derecha, Muñoz Rojas escuchó con inteligencia, entendió como nadie, aconsejó, inspiró, ayudó, financió. En la sociedad de Estudios y Publicaciones, a la que dedicó toda su vida , enseñaron y dirigieron tesis doctorales Julián Marías y Javier Zubiri, Pedro Laín, Lafuente Ferrari, José Luis Aranguren. Fueron doctorandos Gonzalo Anes, Jesús Aguirre, Elías Díaz y un montón de etcéteras. De la mano de Muñoz Rojas se publicó la revista más prestigiosa y continuada de historia económica y análisis económico de la segunda mitad del siglo XX. En el Nuffield College de Oxford y bajo la dirección de Raymond Carr, contribuyó a renovar los estudios de la historia contemporánea de España con Joaquín Romero Maura, Juan Pablo Fusi y José Varela Ortega. Colaboró con el Europa Collegium de Brujas, fundado por Salvador de Madariaga. Fue uno de los gobernadores de la Fundación Europea de la Cultura, en Amsterdam y en Aspen, con 218 HOMENAJE AL POETA JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS el presidente del banco interamericano de desarrollo, creó el Instituto de Cooperación Internacional. No hay tiempo para enumerar más iniciativas ni los frutos que produjeron. Todo ello sin dejar de labrar ni de escribir: publicó su primer libro -Versos de retornoen 1929 y el último -La voz que me llamaen 2004. Labrador y poeta de Antequera, no del valle del Guadalquivir, de olivar y sierra, no de cereal y reses brava s, más cercano a Juan Valera que a Halcón o Villalón, podía decir de sí mi s mo lo qu e escribió Garcilaso: soy un soldado que escribe poesía, no un poeta que va a la guerra. Las cosas del campo es un libro escrito por un labrador, que dijo en una entrevista reciente: "N unca veo el campo como algo estéti co. No veo la estampa bucólica: veo la tierra labrada." Este punto de vista del labrador diferencia este libro de los cientos de libros horacianos que han ensalzado la sencilla vida del campo, el beatus ille. Esta arcadia rural ha sido cantada siempre, y siempre con un punto de afectación. Inventada en la antigüedad romana, la nostalgia por el campo es una constante en la literatura occidental. Grandes poetas y escritores de todos los siglos no han podido ev itar el ve rse arrastrados por esa fácil corriente past or il: Virgilio y Horacio, Plinio y Pope, Petrarca y Fray Luis, centenares de poetas han escrito montones de, en ocasiones bellísimos, lugares co munes en tomo a la sana e idílica vida del campo. El lírico contemporáneo que canta las excelencias de su re tiro no suele s er consciente de hasta qué punto está repitiendo textualmente a los clásicos latinos. Hay que decir en defensa de estos rei rusticae scriptores de la Roma clásica que el que sus textos constituyan hoy un lugar común no les quita originalidad ni mérito. Por el contrario, inventaron un mundo que aún se sigue copiando literalmente. Muñoz Rojas rompe con esta secular tradición pastoril y dominguera con su sobriedad de la brador, su precisión campesina, su cultura anglófila, su conciencia patricia: sus olivares y sus raíces seculares enriquecieron a la persona aunque disminuyeran su producción literaria. Ocupado en las más diversas tareas, patriarca de una extensa familia, acompañado siempre de Marilu Bayo, consciente de su ascendencia y amante de su labranza, Muñoz Rojas escribía como decía Velázquez, cuando quería s er caballero de Santiago, que pintaba: por placer. De no haber sido así, hubiera escrito más, pero no mejor.