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El trasfondo psicologista en la Teoría schopenhaueriana de la percepción

Cabrera Rodríguez, José Antonio

Abstract

El presente trabajo analiza la teoría schopenhaueriana de la percepción y su trasfondo psicologista. A tal efecto, se atenderá al debate fructífero sobre la sensación y la percepción, considerado de gran importancia en la moderna psicología. Desde este planteamiento, Schopenhauer propone la percepción como representación cerebral, una noción que asumirá la Psicología de la Gestalt a principios del siglo XX.

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Estud.filos ISSN 0121-3628 nº 52. Diciembre de 2015. Universidad de Antioquia pp. 95-110 * El artículo es producto del Grupo de Investigación “Filosofía y cultura contemporánea” (HUM-110), perteneciente a la Universidad de Sevilla, España. Cómo citar este artículo: MLA: Cabrera, José. “El trasfondo psicologista en la teoría schopenhaueriana de la percepción”. Estudios de Filosofía, 52 (2015): 95-110. APA: Cabrera, J. (2015). El trasfondo psicologista en la teoría schopenhaueriana de la percepción. Estudios de Filosofía, 52 (2015): 95-110. Chicago: Cabrera, José. “El trasfondo psicologista en la teoría schopenhaueriana de la percepción,” Estudios de Filosofía 52 (2015): 95-110. El trasfondo psicologista en la Teoría schopenhaueriana de la percepción* Psychological background in Schopenhauer´s theory of perception Por: José Antonio Cabrera Rodríguez G.I. Filosofía y cultura contemporánea Facultad de Filosofía Universidad de Sevilla Sevilla, España E-mail: [email protected] Fecha de recepción: 21 de noviembre de 2014 Fecha de aprobación: 7 de mayo de 2015 Doi: 10.17533/udea.ef.n52a06 Resumen. El presente trabajo analiza la teoría schopenhaueriana de la percepción y su trasfondo psicologista. A tal efecto, se atenderá al debate fructífero sobre la sensación y la percepción, considerado de gran importancia en la moderna psicología. Desde este planteamiento, Schopenhauer propone la percepción como representación cerebral, una noción que asumirá la Psicología de la Gestalt a principios del siglo XX. Palabras clave: objeto, intuición, sensación, percepción, representación cerebral, causalidad. Abstract. This paper analyzes Schopenhauer’s theory of perception and its psychological background. To this end, it will attend to the fruitful discussion about sensation and perception, which is considered one of the most important issues in modern psychology. In this way, Schopenhauer proposes perception as brain representation, a notion that Gestalt Psychology will assume at the beginning of 20th century. Keywords: object, intuition, sensation, perception, brain-imaging, causation Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 95 17/11/2015 3:25:25 p. m. José Antonio Cabrera Rodríguez 96 Introducción Resulta ya todo un clásico entre los epistemólogos disputar sobre cuál es la base en que se cimenta nuestro saber objetivo del mundo, a lo que se ha ido respondiendo de múltiples maneras que han ido abarcando desde la apuesta por un ser ingénito ideal extrapolado hacia el otro lado de nuestros confines empíricos, hasta la más simple asunción —extremada por pensadores como Condillac— de la nuda sensación como generadora autosuficiente de todo cuanto conocemos. A tal respecto, la Teoría del Conocimiento no ha escatimado en propuestas variopintas; pero no fue hasta bien entrado el siglo XIX, con la publicación de los Grundzüge der physiologischen Psychologie de Wundt en 1874 y el consiguiente surgimiento de la escuela asociacionista, que al problema filosófico de la interacción sujeto-objeto se le dio un moderno tratamiento científico y fisiológico y que años después habría derivado en el vigente paradigma gestáltico de la percepción. Pues bien, muchos de estos avances en la moderna psicología ya tuvieron antes grandes intuiciones filosóficas que le habrían servido perfectamente de apoyo; y entre estas grandes intuiciones, una de las más importantes fue sin duda la teoría schopenhaueriana de la percepción. Ante todo, hay que notar a todas luces que ya desde la antigüedad el conocimiento humano ha supuesto la ineludible interacción entre un sujeto cognoscente y un objeto conocido. Pero si bien es cierto que para los pensadores premodernos instalados en el realismo ingenuo el acto cognitivo constituía la captura fidedigna de una realidad externa, de un mundo ahí fuera (como si lo “fotografiáramos” con nuestra alma), subsistente y emancipado de nuestro poder cognoscente, la mayoría de epistemólogos modernos, sobre todo desde Descartes, se hurtaron a dicha ingenuidad tras percatarse del papel inequívocamente activo y constructivo que desempeñaba el sujeto. En efecto, el polo del “yo” tendría algo que aportar al objeto conocido, pues este no lo obtendríamos ya mediante una simple recepción pasiva de data. Y Kant acometió por fin ese giro copernicano del conocimiento merced al cual los objetos se amoldarían a las estructuras formales que les impondría el sujeto, funcionando este como el baricentro de aquellos, al igual que para Copérnico los planetas orbitarían en torno al Sol. El artículo que nos ocupa, así pues, pretende ofrecer una particular reflexión sobre la visión schopenhaueriana del conocimiento empírico del mundo. Por un lado advertiremos su cercanía con Kant, a quien adeuda el apriorismo de la causalidad, pero por otro comprobaremos, abundando en su intríngulis, que dicho conocimiento empírico toma la percepción como hecho neurofisiológico del animal (en cuyo reino nos Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 96 17/11/2015 3:25:25 p. m. El trasfondo psicologista en la Teoría schopenhaueriana de la percepción 97 incluimos los seres humanos) excediendo el sentido lato de la sensación. Esta comprensión adelanta ya los ulteriores avances de la Psicología de la Forma en la que el todo perceptivo desborda la mera suma de las partes sensitivas, con lo que quedaremos debidamente facultados para atribuir un trasfondo psicologista a la teoría schopenhaueriana de la percepción. 1. El a priori causal en la configuración del mundo percibido Aunque Schopenhauer ganara para su gnoseología todo un resorte neurofisiológico que había brillado por su ausencia en el trascendentalismo kantiano, resulta innegable su compromiso con la doctrina del regiomontano. Lo primero que, para Schopenhauer, nos enseña a simple vista hasta qué punto interviene nuestra inteligencia para configurar el mundo percibido es el apriorismo de la causalidad. Y es que, pese a descartar por completo su estatuto conceptual o categorial, Schopenhauer sí que coincide con Kant en no doblegar la causalidad al primado de la experiencia. Junto con el espacio y el tiempo, la causalidad constituye la piedra angular que articula la relación representacional entre sujeto y objeto. Ni resulta de un simple hábito con que logramos predecir los conjuntos futuros de percepciones (y por tanto quitaría la razón a la pretensión humeana), ni tampoco resulta ser un concepto puro de un entendimiento que no depende de los datos sensibles aunque esté en contacto con ellos mediante la Imaginación (contra Kant en este caso); por el contrario, la única demostración auténtica de que conocemos la ley de causalidad antes de toda experiencia radica en la necesidad de efectuar un tránsito desde la afección sensorial —que sólo se da empíricamente— hasta su causa para llegar a la intuición del mundo externo. (Schopenhauer, 2005: 67) El apriorismo de la ley causal se debe por tanto a un proceso genético fundamental en la construcción del mundo percibido. El sujeto perceptor cuando reconoce el objeto presuntamente real que se le aparece no ha procedido sino derivando de una mera afección subjetiva sin significado alguno — gnoseológicamente, no autosuficiente— la causa que la provoca como exterior, como fenómeno encuadrado simultáneamente en el espacio y el tiempo (formas puras de la experiencia sensible anexas a la causalidad). Sin la colocación de lo netamente sentido en unas coordenadas espaciales, en las que la afección remitiría a una causa actuante que daríamos por cuerpo real, nada podríamos en el fondo conocer. Así pues, No llegamos a intuir, es decir, a conocer un objeto, hasta que el entendimiento refiere aquella impresión que recibe el cuerpo a su causa, instala esta en el espacio intuido por él a Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 97 17/11/2015 3:25:25 p. m. José Antonio Cabrera Rodríguez 98 priori de donde parte el efecto, y así reconoce la causa como efectiva [wirkend], como real [wirklich], es decir, como una representación del mismo tipo y clase que el cuerpo. Mas ese tránsito del efecto a la causa es inmediato, vivo y necesario: pues es un conocimiento del entendimiento puro y no una inferencia de la razón, una combinación de conceptos y juicios según leyes lógicas. (Schopenhauer, 2013: 47) Debido a la ontología voluntarista que preside el sistema schopenhaueriano, tener experiencia objetiva de las cosas consistiría primariamente en intuir un mundo embozado bajo máscaras y fachadas distintas: a esto es a lo que bien podríamos llamar carnaval fenoménico del mundo donde lo plural y discontinuo imperan por doquier. En efecto, todo cuanto intuimos adquiere rasgos, contornos y determinaciones concretas; la materia, propiamente hablando, no es algo que exista como realidad apartada y externa a nuestra psique, sino que, por el contrario, supone una abstracción propia de nuestra razón. “Materia” sería en este punto una transposición nominal de la causalidad en cuanto efectiva, en cuanto operación que escenifica un desfile de máscaras y disfraces (formas) o sencillamente lo que obtenemos al abstraernos de estos embozos bajo los que se esconde la voluntad metafísica.1 Pues no olvidemos que la experiencia tiene que ver para Schopenhauer con el ámbito del engaño, del disfraz y la ilusión. O como él mismo afirma, por materia no hay que entender, al cabo de todo, sino la “mera visibilidad de la voluntad” (Schopenhauer, 2005: 75), un transparentarse ella a la conciencia que, en cuanto mero transparentarse, no ofrece significado ni objeto alguno, viniendo a comportar así la simple presencialidad del ser bajo el principium individuationis espacio-temporal (esto es, el acto de transitar de la ausencia a la presencia, un desocultarse del ser a la conciencia, dicho a la heideggeriana), y por tanto, otro de los nombres con que designamos la causalidad cuando la entendemos desde la pura abstracción, o sea, desde una operación lógica y no intuitiva. Sin ir más lejos, avizorando claramente la equipolencia entre conocimiento e intuición, la profesora Ávila Crespo ha circunscrito con bastante primor en qué consiste el conocer según Schopenhauer: Conocer es fundamente intuir. Es ordenar el mundo con el auxilio de las nociones puras de espacio, tiempo y causalidad, pero es también estar en contacto directo con el mundo. 1 Son las formas las que, para Schopenhauer, se rigen por la ley causal, y no la materia propiamente dicha, dado que, como estamos defendiendo aquí, esta no es más que una simple abstracción. Así, únicamente la forma da determinación, essentia, a la materia abstracta, que en sí misma solo origina la existentia. Y, sintonizando con Aristóteles, el agregado entre materia y forma (sustancia hilemórfica) daría lugar a los individuos concretos, que no son más que esas modificaciones de la materia, sus estados particulares (también recordando a Spinoza, los individuos como modos de “Deus sive Natura” —“sive Materia”, pudiéramos añadir). En este sentido para Schopenhauer, que de alguna manera redefine la frase heraclítea, la materia es lo único de veras inmutable: “solo las formas cambian; la materia permanece”. (Schopenhauer, 2005: 73). Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 98 17/11/2015 3:25:25 p. m. El trasfondo psicologista en la Teoría schopenhaueriana de la percepción 99 Conocer es, en fin, tomar parte activa en la representación, en ese doble sentido que le da Schopenhauer al término: como apariencia y como teatro, como fenómeno y como espectáculo. (Ávila Crespo, 1984: 155) La perceptibilidad del objeto, esto es, la posibilidad de ser intuido por un sujeto, nos sumergiría dentro de la arena cognoscitiva. Y ello conectaría con lo que arriba he denominado carnaval fenoménico del mundo, metáfora con la que he designado el inextricable ensamblaje entre el principio de individuación y la ley causal que Schopenhauer ilustraba rescatando la metáfora hindú del velo de Maya. De ahí procede el sesgo ilusorio, onírico, que empaña a la materia como sustrato de todas nuestras presuntas afecciones: conocer a nivel empírico (o sea, los fenómenos) supone intuir el disfraz; pero el concepto, como meta-representación que es, constituye una muñeca rusa más: el disfraz del disfraz. Por eso la ciencia, con todas sus sofisticadísimas invenciones, solamente atrapa una verdad lejana, más aún que la del animal; cuanto más elaborada y artificiosa la representación, tanto más nos aleja de la vivencia primaria intuitiva. Una de esas verdades sin las que la ciencia se esfumaría hogaño tiene que ver con el concepto de materia. Que la física teórica apueste por una teoría de las supercuerdas o de pábulo a micropartículas tales como los hadrones, leptones, quarks etc. no agota lo que la realidad podría dar de sí sin que pretendamos atraparla con todo nuestro acervo científico. Aun con el bosón de Higgs descubierto, las supersimetrías, los taquiones o las singularidades astrofísicas, no se despeja para siempre la incógnita de cómo se comporta la materia en sí misma; antes bien, esto nos enseña sólo el modo como el ingenio humano comprende su peculiar comportamiento. Cuanto más objetivemos mediante conceptos, más tapaderas pondremos al indescifrable misterio del ser. Recordemos nuevamente que, como diría Heráclito, “la naturaleza gusta de ocultarse”, y se oculta muchas veces bajo estos dispositivos de la física teórica. Diríase pues que nuestra ciencia más que descubrir lo que son las cosas, las encubre con los variopintos y refinados ropajes de los conceptos (representaciones abstractas) para cuya elaboración han abstraído lo singular y contingente de imágenes discretas (representaciones intuitivas) — en el caso ejemplificado, la física teórica, descontextualizándolas de su marco empírico.2 Pero como no pretendemos sustraernos a este marco, puesto que es en 2 ¿A qué aluden las supercuerdas, sino a un hipotético conjunto infinitesimalmente pequeño de las cuerdas que percibimos en nuestro día a día? ¿Con qué derecho alza Hawking, por ejemplo, a entidad astronómica los famosos “agujeros negros”, sino con aquél que le faculta la experiencia de los agujeros concretos y del color negro? Bien es cierto que, por más que nos los imaginemos como fantasmas, con ellos se persigue una comprensión teorética mayor de la constitución y funcionamiento de las subpartículas o del cosmos, y por tanto su enunciación nos sumerge en un plano absolutamente conceptual; pero en la medida que nos falte la intuición espacial de los mismos, no podemos decir que hayamos experienciado ni las subpartículas ni los agujeros negros en parte alguna; en su construcción nos ha asistido la fantasía y por ello empiezan siendo “fantasmas”, productos de nuestra facultad imaginativa que solo intuye en el tiempo. Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 99 17/11/2015 3:25:25 p. m. José Antonio Cabrera Rodríguez 100 él donde alcanzamos a percibir objetos, lo que elabore el conocimiento científico siempre vendría a posteriori de nuestras experiencias psicológicas sobre el mundo. Es por ello por lo que la ciencia, tendiendo su manto sobre las representaciones secundarias que son los conceptos, se fundamenta a fin de cuentas sobre los poderosos cimientos de las representaciones primarias que son las intuiciones, o lo que vale decir, las percepciones. El intuir intelectivo, y no el teorizar abstracto, constituye la fuente auténtica de nuestros conocimientos, algo que compartimos también con los animales. Y sobre este basamento comprenderemos mejor cómo la intuición empírica, equivalente a lo que la psicología entiende por percepción, requiere un sistema nervioso que la haga posible. 2. Gnoseología de la percepción: el mundo como representación cerebral El gran desmarque epistemológico de Schopenhauer con respecto a su influyente Kant consistió en haber reformulado la intuición (Anschauung) segregándola de la mera sensación (Eindruck). La cuestión crucial es la siguiente: así como para Kant sentir equivale a intuir, y por tanto toda intuición es implícitamente sensible, para Schopenhauer no se da en rigor tal equivalencia. Su noción de intuición la liga inexorablemente a la Eindruck, desde luego, pero eso no significa que el acto intuitivo se identifique totalmente con la nuda sensación. Para Schopenhauer, intuir introduce un plus a la sensación, tanto que bien pudiera afirmarse que es una suerte de un “sentir con sentido”. Este sentido sería aquello que los elementos apriorísticos aportan a la nuda sensación, por lo que de momento nos bastaría con decir que intuir es algo así como intelectualizar la sensación, o que la intuición es una sensación intelectualizada, orientada en espacio y en tiempo; es la portadora de la percepción. El modo animal y humano de intuir es por tanto la percepción (Wahrnehmung); gracias a ella nos abrimos a un mundo objetivo, asignamos la afección (impresión, sensación) propia a una causa exterior; y esto, como acto inteligente que es, bien lo atestigua Schopenhauer al principio de Sobre la visión y los colores, donde pontifica, a modo de insignia, su concepto de intuición intelectual en su modalidad empírica: Toda intuición es intelectual. Pues sin el entendimiento no llegaríamos nunca a la intuición, a la percepción o aprehensión de objetos, sino que nos quedaríamos en la mera sensación, que a lo sumo podría, en cuanto dolorosa o placentera, tener un significado en referencia a la voluntad, pero por lo demás sería una variación de estados vacíos de significado y nada que se asemejase a un conocimiento. (Schopenhauer, 2013: 47) Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 100 17/11/2015 3:25:25 p. m. El trasfondo psicologista en la Teoría schopenhaueriana de la percepción 101 Con esta divisa se concede partida de nacimiento al ya clásico problema del conocimiento cassireriano, que Schopenhauer emparenta con su concepto de Vorstellung. Sólo en el mundo de la representación, es decir, un mundo en que la nuda afección subjetiva se ha tornado intuición objetiva, accedemos a un primer estadio cognoscitivo. Para conocer no basta con sentir; hace falta intuir. Y el intuir es lo que en puridad sostiene la percepción. A menos que el entendimiento ejerza su particular función causal conduciendo la Eindruck hacia su Ursache (causa), no obtendremos ninguna representación, no habrá desdoblamiento entre sujeto y objeto. Por eso afirma Schopenhauer que la neta sensación queda justipreciada “en referencia a la voluntad”, teniendo en cuenta que tal voluntad es lo que somos internamente, desde nuestro lado invisible para los demás pero vivenciado internamente por nosotros; y ni el placer (Genuss) ni el dolor (Schmerz) concomitantes podrían ser nunca objetivados, jamás llegarían a poseer un rango gnoseológico preciso por cuanto el entendimiento no interviene ahí para nada. Al contrario de Kant, Schopenhauer sienta su gnoseología de la percepción sobre unas claras bases fisiológicas, lo que bien podrían haber compartido los psicólogos desde la segunda mitad del siglo XIX. Por ello, el filósofo de Danzig se pregunta por la linde que separa el sentir del percibir dentro de los seres orgánicos que habitan la naturaleza. Grosso modo, en el reino de los vivientes Schopenhauer sólo parece adjudicar facultad intuitiva a los seres humanos y a los cordados superiores, excluyendo según se desprende de su obra tanto a las plantas como a los animales inferiores (hoy día los catalogados como protozoarios, platelmintos, celenterados o poríferos). A nivel ínfimo, la planta es el primer ser vivo al que podría atribuírsele sensación, por cuanto se daría en ella la excitabilidad o irritabilidad, esto es, la capacidad de reaccionar ante unos estímulos externos sin tener por ello representación de ninguna clase. No en balde la planta constituye así el grado más bajo en que puede objetivarse a escala orgánica la voluntad de vivir; lo separa del animal la ausencia de representaciones intuitivas, y del ser humano, la ausencia tanto de estas como también de representaciones abstractas; de ambos, en resumidas cuentas, se distingue porque le falta la capacidad representativa: “aparece, por lo tanto, conciencia enteramente clara y neta de la existencia tanto propia como ajena, con la razón (facultad de los conceptos), facultad que eleva al hombre tan sobre el animal como a este le pone sobre la planta su representación meramente intuitiva” (Schopenhauer, 1970: 119). Ahora bien, y al igual que todo ente, el organismo vegetal sí que expresa una clara voluntad de vivir, evidenciada mediante su susceptibilidad a radiación solar en el proceso fotosintético, gracias Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 101 17/11/2015 3:25:25 p. m. José Antonio Cabrera Rodríguez 102 al cual sintetizan los nutrientes mediante los cloroplastos, cubriendo la necesidad alimenticia; así como se reproducen mediante polinización merced a la excitación de los pistilos. En el apartado sobre “Fisiología vegetal” de Sobre la voluntad de la naturaleza, Schopenhauer cita un extracto perteneciente al volumen I de la Histoire des progrès des sciences naturelles depuis 1789 jusqu´a ce jour, escrita por Georges Cuvier y publicada en 1826, donde entresaca una puntualización pertinente para lo que aquí estamos tratando. Según cuenta Cuvier, para el fisiólogo francés Henri Dutrochet (1776-1847) “los movimientos de las plantas son espontáneos, esto es, dependientes de un principio interno que recibe inmediatamente el influjo de agentes exteriores. Y como siente escrúpulo en atribuir sensibilidad a las plantas, emplea en vez de esa palabra la de nervimotilidad” (Schopenhauer, 1970: 109).3 Junto con Schopenhauer, nosotros desharemos estos escrúpulos discurriendo que la planta no traspasa la facultad sensitiva, por más que fisiológicamente se le quiera presuponer una cierta moción pseudonerviosa a nuestro juicio sólo asumible desde una perspectiva metafórica. Así que, llámesele como se prefiera, Eindruck sería todo lo más a lo que podría aspirar el organismo vegetal. Asunto distinto y no poco interesante sería la cualidad de espontaneidad que Dutrochet le concedería. La conclusión que aquí extraemos está así pues más que cantada: la planta siente, mas no percibe. Su incapacidad para percibir viene explicada por carecer de un entendimiento que le reporte Vorstellungen, o sea, por serle imposible construir un mundo objetivo. Por el contrario, todo su contacto con lo real es inconsciente y desprovisto de inteligencia; lo tangible para ella es la sensación del calor que excita sus hojas o de la humedad penetrando en sus raíces, pero siempre desde el puro desconocimiento, lo cual no quita para que igualmente exprese un impulso vital, un deseo traducible en la sobredicha espontaneidad, siendo así que esta no haría sino describir lo que como voluntad interna se nos hace manifiesto por fuera, bajo la representación intuitiva del espacio. (Schopenhauer, 1970: 109). Comoquiera que fuese, está claro que desde el orden vegetal hacia abajo (los actuales reinos plantae, fungi, protista, bacteria y archea en la escala orgánica), no cabría advertir ningún indicio cognitivo como tal. Puesto que sólo con la actividad intuitiva en la que interviene la Verstand el ser vivo se construye un universo representacional, sólo a los animales (si bien no cualquier animal, sino concretamente quienes posean un sistema nervioso con un cerebro, entre los que destacan los cordados superiores) les está destinado el privilegio de conocer. Para 3 La cursiva es mía. La referencia también está disponible en la obra original con traducción al castellano (Buffon et al., 1835: 176). Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 102 17/11/2015 3:25:25 p. m. El trasfondo psicologista en la Teoría schopenhaueriana de la percepción 103 Schopenhauer, en lo animal el conocimiento y la conducta motivada expresan sus rasgos distintivos: De ahí que el conocer, junto con el moverse por motivos condicionados por él, constituya el verdadero carácter de la animalidad, al igual que el movimiento por estímulos es el carácter de las plantas: pero lo inorgánico no posee más movimiento que el producido por causas en el sentido más estricto. (Schopenhauer, 1970: 24) Lo inorgánico obviamente sólo puede explicarse adoptando una etiología fisicalista: cualquier cambio en el estado de la naturaleza inorgánica tiene su razón en una causa motriz que le ha dado lugar; así, por ejemplo, cuando un conjunto de piedras compuestas por calcita se expone a temperaturas muy altas e influyen en ellas la presión atmosférica o calorífica, metamorfosean a mármol, y por tanto cambian de estado según las condiciones ambientales y la índole metamórfica que aquellas piedras ostentan. Pero para comprender el comportamiento animal, precisamos mucho más que etiología fisicalista o incluso conductista; tendremos que presuponerle el poder representarse fenómenos y, con ellos, el poder conocerlos. Por si fuera poco, la misma voluntad que se esparce por todos los seres, orgánicos o inorgánicos, afecta de manera peculiar al organismo animal precisamente qua organismo, o sea, gracias a su dimensión corpórea y, más en concreto, gracias a su sistema neuronal; le afecta por cuanto su querer va encauzado hacia el conocimiento: Establezco, pues, primeramente la voluntad, como cosa en sí, completamente originaria; en segundo lugar su mera sensibilización u objetivación, el cuerpo; y en tercer término el conocimiento, como mera función de una parte del cuerpo. Esta parte misma es el querer conocer (Erkennenwollen, la voluntad de conocer) objetivado (hecho representación), en cuanto necesita la voluntad para sus fines, del conocimiento. (Schopenhauer, 1970: 64). Sea como fuere, hay algunos autores que no le conceden a la intuición el marchamo merecido, al decantarse por conectarla muy de lleno con el aprendizaje, la imitación, las costumbres recurrentes o el método por ensayo-error. Tal es el caso en nuestro país de José Luis Pinillos, quien a propósito de unos experimentos con chimpancés sostiene: Tras los famosos experimentos de Köhler en Tenerife, durante la primera guerra europea, algunos psicólogos exageraron un poco el papel de la Einsicht, o intuición intelectual, con que chimpancés especialmente dotados parecían resolver de pronto ciertos problemas. Experiencias posteriores más controladas han mostrado, no obstante, que el tanteo y la experiencia previa, el azar y la observación de modelos humanos o de animales más viejos, facilitan en gran manera la aparición súbita de esos «destellos» o intuiciones repentinas de los animales. (Pinillos, 1993: 149). Nosotros sin embargo no vamos a coincidir con esta postura. Cierto es que cuanto más experiencia acopiemos, mejor equipados iremos en el viaje de la vida. Pero el acto intuitivo no se “alcanza” a modo de recompensa tras haberse enriquecido Estudios Filosofia No.52 fecha 17-11-2015.indd 103 17/11/2015 3:25:25 p. m. José Antonio Cabrera Rodríguez 110 2. Buffon, G. L. L. et al. (1835) Obras completas de Buffon, aumentadas con artículos suplementarios sobre diversos animales no conocidos de Buffon, por Cuvier, tomo III, Barcelona, Biblioteca U. C. M. 3. Cassirer, E. (1957) El problema del conocimiento en la filosofía y la ciencia modernas, vol. III, México, Fondo de Cultura Económica. 4. _______ . (1984) Filosofía de la Ilustración, México, Fondo de Cultura Económica. 5. Ertel, S., Kemmler, L. & Stadler, M. (eds.) (1975) Gestalt-theorie in der modernen psychologie, Alemania, Dietrich Steinkopf. 6. Koffka, K. (1973) Principios de psicología de la forma, Buenos Aires, Paidós. 7. Mora, F. (2005) Cómo funciona el cerebro, Madrid, Alianza. 8. Pinillos, J. L. (1993) La mente humana, Madrid, Temas de Hoy. 9. Rosas, A. 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