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El retrato de García Ruiz: una mirada personal del Renacimiento

García Ramírez, Laura

Abstract

Vivimos una época difícil para el arte, donde las normas se han roto e impera la innovación llevada a su más alto extremo. Pero no se puede decir que hoy día todos los pintores hayan seguido ese camino, hay escuelas que aun perduran y sus seguidores siguen fieles a sus principios. Uno de ellos es nuestro personaje García Ruiz, del cual quiero mostrar una faceta de su pintura, quizás una de las menos conocidas: los retratos.

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El retrato de García Ruiz: una mirada personal del Renacimiento Laura García Ramírez EL RETRATO DE GARCÍA RUIZ: UNA MIRADA PERSONAL D Vivimos una época difícil para el arte, donde las normas se han roto e impera la innovación llevada a su más alto extremo. Pero no se puede decir que hoy día todos los pintores hayan seguido ese camino, hay escuelas que aun perduran y sus seguidores siguen fieles a sus principios. Uno de ellos es nuestro personaje García Ruiz, del cual quiero mostrar una faceta de su pintura, quizás una de las menos conocidas: los retratos. El empleo del retrato en la pintura es tan antiguo como las pirámides de Egipto, pero no será hasta la antigüedad clásica, sobre todo en el mundo romano, cuando alcance su mayor compromiso pictórico. Con el suceder de los diferentes periodos artísticos y culturales, también el retrato ha evolucionado, aunque se ha seguido manteniendo unas características comunes a todos ellos y que son por todos conocidos. Sobre todo es la representación del rostro o de la figura entera de una persona. Puede aparecer el cuerpo entero, medio cuerpo, de tres cuartos o sólo el busto. Normalmente suele ser individual, pero también es frecuente que sea colectivo, sobre todo a partir del barroco. Tras el breve periodo del gótico en el que el retrato aparece asociado a las donaciones, es en el Renacimiento cuando alcanza su momento de esplendor. El renacimiento trae consigo un aire nuevo que influye en toda la sociedad. La pintura se convierte en un virtuosismo técnico, en una explosión de color de gran cromatismo. El retrato alcanza fama porque el ser humano es consciente de la importancia que tiene tanto en el mundo que le rodea, como en su propia ciudad. Pero a la hora de enfrentarse a un retrato, hay diferentes maneras de enfocar su la composición. En la escuela alemana y holandesa observamos como los retratados suelen aparecer inmersos en la composición, representados de mayor tamaño para que sean claramente identificables. Un claro ejemplo es el “Tríptico Portinari” de Hugo Van der Goes, actualmente en la Gallería degli Uffizi. Quizás se pueda considerar como una nueva forma de ver el retrato, porque los retratados, en este caso los donantes, aparecen en el cuadro mirando directamente al espectador, la forma de envolver la composición, la perspectiva y la distribución de la composición nos recuerdan claramente a otro gran maestro del retrato: Leonardo. Las damas de sus cuadros aparecen envueltas por el paisaje que las rodea, creando una atmósfera de misterio. El “retrato de Ginebra de Venci” (1474, Galería Nacional de Washington), de tres cuartos, mantiene esa atmósfera de tranquilidad y sosiego, las tonalidades son uniformes y envuelven la composición. Casi todos los elementos que aparecen en la composición están ahí porque tienen un sentido, son casi símbolos que utiliza Leonardo para hacer mas comprensible al personaje retratado, el árbol que aparece en el paisaje es un enebro, árbol del que se saca el licor que lleva su nombre: Ginebra. Leonardo seguirá pintando siempre paisajes en sus cuadros porque para él la naturaleza es el aprendizaje, el comienzo y el final de todo lo que nos rodea. Lo mismo ocurre con su obra mas famosa, "la Gioconda". Este retrato se ha convertido casi en un icono para el mundo del arte. El cuadro ejerce una cierta fascinación para el que lo contempla. A lo largo de la historia, se ha intentado resolver el “famoso misterio de la Gioconda”,se tiende a pensar que el misterio que produce el cuadro está en la enigmática sonrisa de la dama. Para mi el efecto no lo produce la sonrisa, sino toda la composición, que se convierte en un todo unitario. Tanto el paisaje como la mujer forman una sola pieza. No es un paisaje visto, ni un paisaje fantástico. La figura es el máximo exponente de la naturaleza, el último paso. Los retratos de García Ruiz, son el renacer de esa tradición casi olvidada que aparece en la Florencia del Renacimiento y que se va perdiendo a medida que avanza el arte. Sus obras producen la misma sensación. En "El jardín de Rocío", el paisaje envuelve toda la composición, los rosales de cristal y la vegetación van creando el vestido de la joven, unificando las tonalidades, difuminando las formas y envolviendo la figura. Figura y paisaje son una sola cosa. Como si fuera una "Alicia" en el jardín de su fantasía que ella misma va creando. Es casi un círculo el paisaje la crea a ella y ella a su vez crea el paisaje. "El jardín de Rocío" "El jardín de Rocío" (Detalle) "El jardín de Rocío" (Detalle) Lo más importante es la figura, ésta lleva todo el peso de la obra, aunque en el caso de José Antonio García Ruiz toda esta concepción tradicional puede tambalearse un poco. En sus obras podemos encontrar una mezcla del retrato clásico del renacimiento con una composición propia e imaginativa. Un toque personal que lo ha distinguido y distanciado de cualquier otro artista. Cada una de las partes de su obra puede ser mirada con lupa y se puede apreciar que es tan importante como la propia figura. Sin embargo, al observar la obra en conjunto encuentras una composición armónica, en la que cada una de las partes que has mirado con aumento tiene su sitio y sentido perfectos, sin que una destaque sobre otra. "El retrato de la señorita Laura Cruz" presenta una simbología similar, la explicación de quien es la joven allí pintada queda reflejada por el paisaje por el que camina la joven. La diferencia es que la figura aparece casi de frente y de cuerpo entero. El paisaje rocoso que rodea a la joven, con una vegetación un tanto indómita que crece dificultosamente entre las piedras, nos intenta decir donde vive, como es el mundo que la rodea. El vestido tiene reminiscencias de un pasado griego, recuerdo de las túnicas de las danzarinas, vaporoso y transparente; ella se va abriendo paso entre las olas. La claridad de la pincelada, la manera velada de tratar los volúmenes, el agua susurrante a los pies; toda la composición hace que la imaginemos como una Afrodita emergiendo del mar... llegando a una isla. "Retrato de la señorita Laura Cruz" "Retrato de la señorita Laura Cruz" (Detalle) "Retrato de la señorita Laura Cruz" (Detalle) Es una belleza diferente, no está dentro de cánones y proporciones, sino que es una belleza mas natural y por lo tanto mas libre. Se ha tendido ha demostrar que el ideal de belleza está en lo real, pero cualquier apariencia puede descubrir a través de las transparencias la forma ideal. El cuadro forma pareja con el retrato de la otra hermana (Srta. Yolanda Cruz). Pero aunque aquí, también, adquiere el paisaje una importancia considerable en la composición, es muy distinta la manera de tratarlo, porque el marco en el que se desarrolla es diferente. Retrato de la Srta. Yolanda Cruz Retrato de la Srta. Yolanda Cruz (Detalle) Retrato de la Srta. Yolanda Cruz (Detalle) Si en el primero la vegetación era un poco inhóspita, dominando principalmente el componente rocoso; en el segundo retrato ésta lo envuelve todo convirtiendo su entorno en un jardín. La abundancia o escasez del paisaje va acorde con la personalidad de las dos hermanas: una mas intimista e inaccesible y la otra mas jovial y extrovertida semejante a la naturaleza que la rodea. Otro retrato es el de la “señorita Judith Egea”. Aquí el paisaje se vuelve mas ensoñador y misterioso. La figura de frente sostiene una manzana en la mano, señalando el punto de vista al espectador. La vegetación evoca un jardín árabe, el colorido del vestido lleno de reflejos irisados, la arboleda de naranjos situada a sus espaldas. Toda la composición está envuelta en un aire oriental. Del cuadro emana el calor de la ciudad en la que vive, aromas de azahar y miel respira toda la composición. “Retrato de la señorita Judith Egea” "La tarde y la Maestranza" (Detalle) "La tarde y la Maestranza" (Detalle) Los retratos de García Ruiz y toda su obra, nos abre una maravillosa puerta hacia la creación pictórica. Sus retratos están llenos de un gran intimismo, convirtiéndolos en autenticas joyas para sus poseedores. Cada detalle de la obra abre nuevas puertas a la imaginación de quien los contempla, descubriendo en el día a día, cada vez más detalles que pasaron inadvertidos a las primeras miradas. La belleza de sus retratos es real, pero un realismo rodeado de un halo de idealización, que permite alejarla de lo cotidiano sin que se convierta en una dura identificación personal. Con su manera de tratar las composiciones, el colorido empleado, y el suave y elegante modelado de sus figuras, consigue acercarlas a una perfecta belleza ideal que en el fondo de la mente tiene cada uno de los retratados, y por encima de ellas, la del propio artista.