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Manolete y su época

Zoido, Antonio

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Revista de Estudios Taurinos N.º 6, Sevilla, 1997, págs. 171-178 MANOLETE Y SU ÉPOCA Exposición itinerante conmemorativa del 50.º Aniversario de la muerte de Manolete. Madrid, Pamplona, Murcia, Sevilla y Córdoba. Fundación Andaluza de Tauromaquia, con la colaboración de la Consejería de Gobernación y Justicia de la Junta de Andalucía, Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, Diputación de Córdoba, Ayuntamientos de Pamplona y Murcia y Fundación El Monte, mayo-diciembre de 1997. Fig. n.º 26.– Portada del Catálogo de la Exposición “Manolete” y su época (Apud. Casado, 1997). El primer concepto que llega a la mente del visitante es el de desigualdad: la ordenada sucesión de nombres y fechas que ha fijado el comisario Juan Casado, con el asesoramiento de Arsenio Moreno, no cristaliza en un todo definido, en un conjunto. Revolotea por el aire un olor a salón de cortijo ganadero lleno de recuerdos de tardes y de tertulia en el que los objetos, traídos de acá y allá se disponen sin orden, concierto y medidas. Luego, uno advierte que, independientemente de los años en los que se plasmaron las obras, allí hay dos teorías o secuencias, no buscadas sino nacidas de la personalidad incontrovertible de la propia existencia. Vázquez Díaz, Benlliure, Alfonso Grosso, Julio Antonio, Roca Rey..., por un lado; Sebastián Miranda, José Caballero, Benjamín Palencia, Alberto Sánchez, Manolo Hugué y Álvaro Delgado, por otro. Tan sólo Zuloaga y Picasso quedan como mirándolo todo desde un rincón. Antonio Zoido Naranjo 172 Fig. n.º 27.– «...Era la seriedad hecha figura, la elegancia hecha paz, pasión ardida...» (José A. Muñoz Rojas) (Apud. Casado, 1997: 22). Está claro que la época de Manolete estaba tan cercana a esa “edad de plata” de los años veinte que no pudo resistir sus influencias. Pero todo lo que antes fue síntesis entre lo culto y lo popular, volvió después a desgajarse, a retroceder sin espacio y sin tiempo. El Manolete de Vázquez Díaz se enmarca en la silueta del Lagartijo de Romero de Torres pero mientras en éste había modernismo, en aquél ha vuelto a hacerse carne la historicista de los becarios de la Academia Española de Roma (¿qué es La muerte del torerosino la continuación de La muerte de Isabel la Católica?). Exposiciones 173 Fig. n.º 28.– Benlliure, M.: Toro, bronce, 43 x 58 x 24 cms. Madrid, Col. particular (Apud. Casado, 1997: 58). De 1937 a 1947 no hay en España visiones totales del mundo: sólo las visiones-fragmentos que ha dejado una guerra llevada adelante por dos visiones totalizadoras. Yel héroe popular que encarnaron los toreros antiguos y Joselito o el Belmonte de antes de dejar la plaza, se ha convertido en un héroe oficial, mostrado y escondido a la vez por periódicos obedientes. Por eso la cuadrilla de Lagartijo, Frascuelo y Mazantini es casi la familia real de Carlos IV. La serie culmina con ese retrato casi anónimo del desconocido Espinosa aunque deje la pequeña sonrisa del Maniquí con traje de torero con traza de pelele goyesco. En medio de este panorama comenzaron desde lejos a llegar otros aires que recordaban vagamente tendencias anteriores: los de Venancio Blanco, el Manolo Hugué del pequeAntonio Zoido Naranjo 174 Fig. n.º 29.– Ferrant.: Diestro volteado, bronce 32 x 50 cms., bronce. Madrid, Col. M. Barberá (Apud. Casado, 1997: 78). Exposiciones 175 Fig. n.º 30.– Vázquez Díaz: Ignacio Sánchez Mejías, carbón sobre papel, 38 x 36 cms., Madrid, Col. particular (Apud. Casado, 1997: 107). ño formato, Benjamín Palencia o Pepe Caballero. Eran aires inconexos, balbuceantes (o quizá miedosos), rechazando el hieratismo y asentados sobre todo en el sentimiento. Porque no podían asentarse en nada más dentro de una España construida verticalmente. Entre ambas orillas pudo mantenerse milagrosa, o por desgracia pues murió en 1945, Zuloaga pintando como siempre había pintado. Sus Torerillos de pueblo son personajes de la Restauración, tan teatrales y tan auténticos –o tan teatralmente auténticos– como los de un esperpento de Valle Inclán. Es todo lo que da de sí la época. Sólo Picasso, en Francia, puede ver cómodamente los toros desde la barrera o Sebastián Miranda contemplarlos desde el caos de su particular bohemia. La exposición Manolete y su época es más que una buena atalaya de aquella España que empieza a estar ya casi al alcance del historiador y del historiador del arte. Antonio Zoido Naranjo 176 Fig. n.º 31.– Sánchez, Alberto: Toro ibérico, bronce, 65 x 26 x 12. Madrid, Col. part. (Apud. Casado, 1997: 99). Pero es así mismo otra cosa más importante: es la constatación de la fuerza de la corrida y sus elementos como fuente de inspiración artística históricamente continuada a partir de su canonización por Francisco Montes, Paquiro, hace evidente cómo los rasgos de identidad peninsulares cristalizados en Andalucía son capaces de atraer, aun en las épocas más difíciles, a artistas de todas las tendencias y estilos. Es posible que lo que haya que buscar en esta muestra, a parte de la calidad interna o el oficio de cada obra, sea la curación de determinados complejos a la hora de sacar, proyectar y hasta defender nuestros rasgos de identidad o nuestros elementos diferenciadores. En aquella España de las carExposiciones 177 Fig. n.º 32.– Palencia, Bemjamín: Tauromaquia, tinta china sobre papel, 57 x 78 cms., Albacete, Museo de Bellas Artes (Apud. Casado, 1997: 92). tillas de racionamiento, ordenada jerárquica y socialmente de arriba abajo y en la que sus dos mitades seguían dándose la espalda, sólo la plaza de toros seguía siendo un foro horizontal y circular, una república platónica de dos horas. Lo cual no es poco. Pero aún es más si tenemos en cuenta que el planeta de los toros fue también entonces un planeta común de las letras y las artes, un objetivo o aprehender por todo el que quiso crear –fueran cuales fueran sus ideas– y por todo el que gustó de mirar la obra creada. Antonio Zoido Naranjo Fundación Andaluza de Tauromaquia Antonio Zoido Naranjo 178