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Comentario a una página sobre Grecia de Valle IncIán

León Alonso, Pilar

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COMENTARIO A UNA PÁGINA , SOBRE GRECIA DE VALLE INCLAN * Por PII.AR LEÓN ALONSO La edad de oro amanecía, y los griegos, divinos pasto - res, contemplaban aún las pálidas estrellas. Era en el silencio de las majadas, sobre las colinas con olivos, entre los perros vigilantes. Sus almas se revelaron con la aurora; aquellos cabreros tenían los ojos soberanos de las águilas y todas sus instituciones las arrancaron a la celeste entraña del Sol. Los bosques de sagrados senderos, los arroyos claros, las grutas de donde vuelan en los ocasos los pájaros de largas alas, la sombra de los laureles, las playas lejanas y doradas, con el mar azul, fueron los pobladores de sus almas. Con ojos maravillados bajo la luz, recibían todas las imágenes como especies eucarísticas, y eran tantas y tan diversas las imágenes, que en ellas se cifraban las normas de todo el conocimiento. El sentir de los griegos fue hijo del mar y del cielo, de las colinas con olivares y viñedos, y de las serranías con rebaños, de los bosques con genios y de la lujuria de las fonnas. La varia emoción que iban devanando los ojos por los agrios caminos dio agilidad a los cuerpos y a las mentes. No recibían el conocimiento del mundo como una herencia fría en la urna de las palabras, manera de entender siempre larga, oscura, cronológica y crasa. Para aquellos pastores las ideas significaban números y formas bajo el ritmo del Sol. Cuando se reposaban en las alturas mirando al fondo de * Disertación leída en la Academia el día 31 de octubre de 1997. 82 PILAR LEÓN ALONSO los valles arados, verdes, intensos, experimentaban la emoción mística de la suma. Aquellos pastores arcádicos gozaron el éxtasis panida desde las crestas donde trisca el macho cabrío. Lo que habían aprendido de una manera semoviente era gozado en quietud. El conocer cronológico se hacía estático, y las almas se despojaban de la memoria como de la tela del tiempo, para aprender por el divino camino del Sol. Fue después bajo el cielo latino, cuando los poetas, guiados por el hilo de las palabras, tal como sonaban en la pauta griega, quisieron revelar el secreto de un mundo que no sabían ver. Nació entonces el arte bajo el remedo clásico. Pero aquellos hombres místicos, después de arar el pardo regazo de la llanura, de conocer uno a uno sus senderos, como largos relat os, se hacían cetro y co nciencia de visión sobre las cumbres. Y cada noche estrellada, reunidos en tomo de la s hogueras, sintiendo el vaho de los rebaños dormidos, era el goce de recordar las imágenes del día, y hacerlas revivir en el relato de los más ancianos. Y fue un ciego cantor, para quien la noche parecía eterna, quien primero en la música de las palabras hizo arder la corona del Sol. IX El Padre Homero pudo llamar a sus versos con un nombre de flor: helio-tropos Excmo. Sr. Director, Excmos. Sres. Académicos, Sras. y Sre s. : Es mi deseo de sde un primer momento hacer constar las verdaderas razones que hasta aquí me han traído, que no son otras que la afabilidad y benevolencia demostradas hacia mi persona por esta Real Academia Sevillana de Buenas Letra s, así como el afecto y la amistad con que siempre me han distinguido los Excmos. Sres. Académicos D. José Acedo Castilla, D. Alberto Díaz COMENTARIO A UNA PÁGINA SOBRE GRECIA DE VALLE INCLÁN 83 Tejera y D. Jacobo Cortines Torres. Primum mobile ha sido el interés cargado de afecto que en mi nombramiento como miembro correspondiente de esta Real Academia y en la celebración de este acto ha puesto el Excmo. Sr. D. José Acedo Castilla, a cuyo afecto correspondo haciéndolo extensivo a su familia desde una amistad, que remonta a la infancia, con su hija Mª Teresa. Quede dicho, asimismo, que a tomar la palabra en esta breve salutación, que no discurso, me mueve únicamente el agradecimiento a esta Real Academia, a su Director y a los señores académicos antes mencionados. Sea mi primera muestra de gratitud liberar lo antes posible a VV.EE. y a todos Vds., Sras. y Sres., de la obligación de escucharme. Me limitaré para ello a comentar brevemente lo que me sugiere la lectura de un texto precioso de Valle-Inclán, una página sobre Grecia entresacada de La, Lámpara Maravillosal. Siempre me ha parecido que hay en esta obra algo de libro de horas, de devocionario indiscutiblemente profano, pero cargado de intensa espiritualidad. A esta impresión no es ajeno el hecho de que Valle-Inclán la subtitulara «Ejercicios espirituales», designación peregrina si se considera lo mucho que hay en dicha obra de exaltación del paganismo, pero acorde con el espíritu de proceso catártico que le imprimiera el autor, proceso que le llevó a purificar su disciplina estética, como él mismo confiesa al comienzo de la obra. La página sobre Grecia es una de las más sugerentes o, al menos, así me lo parece, pues el motivo que la inspira es sumamente grato para mí por afición y por oficio. Un poderoso atractivo encuentro, además, en la sonoridad del lenguaje, pues no en balde el texto en cuestión forma parte del segundo apartado de la obra, el que lleva por lema «El milagro musical», expresión alusiva a la naturaleza puramente melódica que Valle-Inclán atribuía a las palabras, más allá de su carga conceptual y semántica 2. En efecto, es una orquestación verbal bellísima, en la que resuena hecha canto el aura inefable de la Hélade, la que en un primer momento fascina; pero a nada que se emprenda un sencillo ejercicio de hermenéutica, se empiezan a descrifrar las claves de un mensaje l. R. del Valle-Inclán, La Lámpara Maravillosa (Ejercici os espirituales), 1960. 2. /bid. 44 SS. 45 SS. 62, 66. 84 PILAR LEÓN ALONSO cultural no menos fascinante, al que nos introduce Valle-Inclán con estas palabras: « la edad de oro amanecía y los griegos, divinos pastore s, contemplaban aún las pálidas estrellas. Era en el silencio de las majadas, sobre las colinas con olivos, entre los perros vigilantes. Tiene este pórtico la grandeza y la solemnidad de un himno homérico, así como también la impronta de sencillo realismo propia de los poemas hesiódicos. Se diría que en un hermoso rapto poético se nos transporta a la arché mítica, a aquel principio que vió cómo el cosmos se escindía del caos, pues la mención de la actitud contemplativa ante las pálidas estrellas y la evocación de los orígenes en un ambiente de labranza y pastoreo son ciertamente fórmulas tomadas de viejas fábulas mitológicas alusivas al amanecer de la edad de oro. El comienzo del relato valleinclanesco nos sitúa, por tanto, en un plano de lejana perspectiva, desde el que se llega a intuir a los griegos absortos en el trance de la cosmogonía. El párrafo siguiente es continuación lógica del anterior y preludio de solución para el problema allí planteado. Dice así: «Sus almas se revelaron con la aurora; aquellos cabreros tenían los ojos soberanos de las águilas y todas sus intuiciones las arrancaron a la celeste entraña del Sol.» La sucesión de símbolos condensa un mensaje cifrado en la luz de la revelación, que al decir de los griegos es epifanía. Nótese, en primer lugar, la mención explícita al principio y al final del párrafo de la aurora y del sol, Eos y Helios, dos de las más importantes divinidades del mundo de la luz. A Eos, la aurora, nadie la ha definido ni descrito con las plasticidad y precisión que lo hizo Homero -«la de rosados dedos» 3ni ha vuelto a ser representada con la majestuosidad corpórea que le imprimió el arte helenístico en el famoso friso del Altar de Pérgamo, heraldo de 3. /l. XXIV, 788. Cf. XXII!. 109. COMENTARIO A UNA PÁGINA SOBRE GRECIA DE VALLE INCLÁN 85 Helios, al que se la asocia 4. Por su parte, el sol era para los griegos una divinidad astral, Helios «infatigable» lo llama Homero5, pues sin descanso recorre de extremo a extremo la corriente del Océano, sucediéndose así los días y las noches. Pero es en virtud de su esplendor luminoso y de su naturaleza radiante como Helios conecta en sentido espiritual con uno de lo s más grandes dios es del Olimpo, Apolo. El sobrenombre Febo, que con frecuencia es el que en exclusiva designa a Apolo, significa resplandeciente y alude a la pureza lumínica de su imagen6, a aquella esencia esplendente que Winckelmann exaltara en el Apolo del Belvedere 7. Conviene recordar, no obstante, que del más griego de los dioses la Grecia clásica tuvo una imagen bien di stinta, más severa, cual es la que refleja el Apolo del front ón occidental del Templo de Zeus en Olimpia8. Hacia él hemos de dirigir la mirada, p ara ver irradiar en todo su esplendor el ideal apolíneo y para entender hasta qué punto éste queda nimbado por el fulgor de la mirada del dio s. Tan penetrante y certera ll ega a ser esa mirada, que conoce hasta lo más profundo del acontecer, a diferencia de lo que les ocurre a los humano s, quienes, in cluso los m ás sagaces, sólo atisban la su perf icie de lo que acontece. Se explica así que Apolo sea el dios de la mántica, que posea el don de la adivinación profé tica y que rija la actividad oracular. A partir de esta faceta podemos enlazar con aquellas intuiciones que, al decir de Valle-Inclán, lo s griegos «arrancaron a la celeste entraña del Sol». Afloran en esta idea las formas más conspicu as de la creación intelectiva, entre l as cuales, la música y la poesía, protegid as y cultivadas con extrema perfección por el propio Apolo. Para lograr tan sublimes adquisiciones, Valle-Inclán hace contar a los griegos con «los ojos soberanos de las águil as », lo que viene a significar que los hace remontar el vuelo y uno piensa que h as ta las cumbres mismas del Helicón, el monte sagrado en el que moran Apolo y las Mu sas. 4. E. Rohde, Pergamon. Burgbe rg und Altar, 1976, 41 , fi g. 25. 5. JI . XVIII, 239 . 6. W. Olio, Lo s dios es de Gr ec ia, l 973, 52 ss ., 65. E. Simon, Die Giiller der Griechen, 1969. 1 30ss. 7. JJ. Winckelmann, Historia del Arte en la Antigüedad (1764), l 989, 481 ss. 8. Excelentes fotografías en W. Hege, G. Rodenwaldt, Olympia, 1936. 36 ss., láms. 4348. Puesta al dí a y referencia bibliográfica en H.-V. Herrmann, Olympia. Heiligtum und Wettkampfstatte, 1972. 133 ss., 213. 86 PILAR LEÓN ALONSO En última instancia y todavía más alto ubicaron los griegos a los progenitores de las Musas, Zeus y Mnemosyne, fuente última de todo conocimiento e inspiración, representado Zeus por el águila. La palab ra de Valle-Inclán se remansa seguidamente y se recrea en una descripción naturalista en la que evoca el medio en que se desenvolvió el hombre gr iego. Y lo describe así: «Los bosques de sagrados senderos, los arroyos claros, las grutas de donde vuelan en los ocasos Lo s pájaros de largas alas, la sombra de los laureles, las playas Lejanas y doradas, con el mar azul, fueron los pobladores de sus almas.» No sé cómo se habría tomado Aristóteles, tras un ingente trabajo para componer el primer gran tratado sobre física, es decir, sobre fenómenos de la naturaleza -fysis-, que a Va ll elnclán le bastara una compilación tan sucinta y poética, para evocar en parte lo mismo. La verdad es que las pretensiones de este último nada tienen que ver con el admirable siste ma taxonómico desarrollado en la obra aristotélica; lo que aquí se nos ofrece no pasa de ser un pergeño para traer a colación el problema de la integración del hombre en su ambiente natural, de la fusión con el medio en que vive. Me apresuro a hacer una salvedad y es que, aun cuando campesino y marinero, el griego fue por vocación y convicción hombre de ágora y polis y este es el medio por excelencia de la cultura griega. Pero al mirar ha cia fuera, lo primero que descubre es el escenario natural del paisa je , con el que se identificó plenamente y al que nunca agredió. La mejor prueba de esta actitud respetuosa es el carácter siempre integrador de la arquitectura griega, concebidos los edificios como parte del entorno en el que se alzan -piénsese en los grandes santuario s, por ejemplo-, de donde, entre otras razones, el carácter escultórico de los volúmenes ar- . quitectónicos en la antigua Grecia. Por lo mismo los altares siempre estuvieron al aire libre, de suerte que sacrificios, ofrendas y libaciones en honor de los dioses se hacían a plena luz, en pleno contacto con la naturaleza. En este sentido menciona Pausanias como hecho notable, en pleno siglo II d.C., que la plataforma del altar situado ante el templo de Zeus en Olimpia se hubiera formado con COMEN TA RJ O A UNA P ÁGINA SO BR E GRECIA DE VALLE INCLÁN 87 las cenizas de víctimas allí acumuladas durante siglos has ta una altura de 6'50 metros, cenizas convenientemente purificadas y apelmazadas una vez al año con aguas del río Alfeo9. ¿Y cómo no recordar que la observación de la na turaleza fue germen del pensa - miento filosófico griego, la gran deuda que el hombre actual sigue teniendo contraida con Grecia? Entiendo que Valle-Inclán rinde digno homenaje a sus creadores, cuando convierte a los fenómenos y elementos de la naturaleza en «pobladores de sus almas». Llegamos ahora a la parte m ás densa de la página valleinclane sca, la más honda y rica en ideas, como bien muestran estas frases: «Con ojos maravillados bajo la luz, recibían todas las imágenes como especies eucarísticas, y eran tantas y tan diversas las imágenes, qu e en ellas se cifraban la s normas de todo el conocimiento. El sentir de los griegos fue hijo del mar y del cielo, de las colinas con olivares y viñedos, y de las serranías con rebaños, de los bosques con genios y de la lujuria de las formas. La varia emoción que iban devanando lo s ojos por los agrios caminos dio agilidad a los cuerpos y a las mentes». Tres n ove dades advierto en estas frases, sustanciales ciertamente, po rque a través de ellas podemos atisbar, aunque s ólo sea de paso, el universo maravilloso creado por Platón. Me ceñi - ré a llamar la atención sobre cuestiones que me parecen cruciales y que me atrevo a calific ar de constelaciones en el uni ve rso del pensa mi ento platónico. La primera viene dada p or la mención de la s imágenes recibidas co mo especies eucarísticas. Imagen es a pa - riencia , al go que nos m antie ne en el plano de lo formal y concreto; apariencia, en ca mbio, es algo abstracto y nos co nduc e al plano del concepto, o sea, a lo que Platón lla mó idea. Por su parte el predicado «eucarísticas» quiere signifi car gratuitas y gratifi ca ntes, algo en todo caso a lo que es inherente la charis, la g ra cia. Nada tiene pues de ext raño que en ese a lud de imágenes, apar iencias, ideas nimbadas de gracia se cifraran las normas del 9. Paus. V, 13 , 8 ss. Herrmann, op. cit., 67 ss. 88 PILAR LEÓN ALONSO conocimiento, la segunda cuestión que nos interesa aquí. Norma es canon, la esencia de lo griego. El término se ha popularizado especialmente en el argot artístico, en homenaje al más célebre de los recordados, el canon de Policleto, plasmado en su famoso Doríforo; pero hubo otros antes y después y los hubo en otros ámbitos de la vida y de la cultura griega, como el religioso y, por supuesto, el filosófico. Recuérdese sencillamente el métron áriston -«la medida es lo óptimo»- entre las múltiples sentencias acuñadas por los siete sabios y expuestas en el santuario de Apolo en Delfos. Fue ese sentido de la mesura revestido de gracia y belleza, el que elevó el pensamiento griego a cimas inalcanzables. Platón es probablemente su más excelso representante, no sóio porque discurra con idéntica sabiduría y hondura por los diversos planos y ramificaciones de lo noético, sino porque al hacerlo deja la estela de un estilo sin par en cuanto a claridad y pulcritud literaria. Ambas cualidades se transparentan especialmente, cuando el tema tratado es la percepción, bien intelectual, bien sensorial, tercera cuestión suscitada por el texto de ValleInclán en relación con el sent ir y con la emoción que presta agilidad a los cuerpos y a las mentes. Como es fácil adivinar, la cuestión es trascendental por cuanto contiene la médula de la estética, uno de lo s saberes esenciales reconocido como tal a lo largo de la historia del pensamiento y de la cultura, cuyo punto de partida firme es Platón. Prosigue Valle-Inclán sobre los griegos: «No recibían el conocimiento del mundo como una herencia fría en la urna de las palabras, manera de entender siempre larga, oscura, cronológica y crasa. Para aquellos pastores las ideas significaban números y formas bajo el ritmo del Sol . Cuando se reposaban en las alturas mirando al fondo de los valles arados, verdes, intensos, experimentaban la emoción mística de la suma.» Números, ritmo, mística. Henos aquí ante la esencia de los misterios griegos, de la religiosidad iniciática tal y como se practicaba en Eleusis, en los cultos dionisiacos y en el ámbito de los movimientos filosófico-religiosos corno el pitagorismo y COMENTARIO A UNA PÁGINA SOBRE GRECIA DE VALLE I NCLÁN 89 el orfismo. Sin entrar a fondo en una de las facetas más sorprendentes de la religión griega, por no ser ésta la ocasión, merece la pena recordar que las religiones mistéricas mostraron un horizonte de bienaventuranza, de creencia en una vida futura más ju sta que la presente y de salvación liberadora para los iniciados. Si bien es cierto que los griegos desconfiaron siempre de lo que no fuera la religión olímpica, no lo es menos que los misterios y movimiento s afines tuvieron gran aceptación en una sociedad espiritualmente inquieta, como fue por excelencia la ateniense, de donde la popularidad de Démeter y Core, las diosas eleusinas, en AtenaslO. En este mismo orden de cosas, pero dentro del ámbito de la filosofía presocrática, Pitágoras y los pitagóricos representan el punto en el que la sutileza filosófica se depura hasta la abst racción matemática y armoniza con una espiritualidad religiosa purificadora y sa lvadora 1 1. Por no alargarme y por tratarse de un aspecto conocido de la cuestión, pa so sobre el alcance de ideas corno cadencia, pauta, medida acompasada, subyacentes en los términos «número» -arithmósy «ritmo» -rythmós-, consustanciales ambos a cualquier manifestación del espíritu griego, pero dotados de especial trascendencia y originalidad en el planteamiento pitagórico. Ascetismo, reencarnación, transmigración de las almas, poder catártico de la música y del canto son algunas de las creencias compartidas por pitagóricos y órficos, secta esta última fundada por Orfeo, músico y cantor, cuya conmovedora historia hizo revivir, trasladándola con fidelidad y sensibilidad al ambiente del carnaval de Río de Janeiro, el director de cine francés Marce! Camus en su película Oifeo Negro (l 959). Con los órficos toma carta de naturaleza una mentalidad religiosa basada en las ideas de culpa, castigo, expiación y recompensa póstuma para los iniciados12; de esa mentalidad se hizo eco el arte, que se llena de representaciones del Hades y de sus desgraciados moradores, para provocar la compasión y el temor a castigos desesperantes por 1 O. M.P. Nilsson, Historia de la religión griega, 1961, 262 ss. E. Simon, op. cit. 91 ss. 11. De Tales a Demócriro. Fragmentos presocráticos (a cargo de A. Bemabé). 1988. 69 ss. 12 . W.K.C. Guthrie, Orfeo y la religión griega, 1970 .