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La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos ejemplificadores: entre la pornografía y la performance feminista

Carmenati González, Meysis; Rubira García, Rainer; Venet Gutiérrez, Jacqueline

Abstract

El texto aborda, desde una metodología crítica, el desnudo femenino en dos escenarios de exposición del cuerpo: la pornografía y la performance de las marchas feministas. El objetivo es demostrar cómo la performance feminista está presente en relación al lenguaje de la política sexual neoliberal. La objetivación y el control que se ejerce sobre los cuerpos ejemplificadores emerge como un problema del espacio público y no del ámbito privado.

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IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos ejemplificadores: entre la pornografía y la performance feminista PUBLIC ADMISSION OR DISAPPROVAL OF FEMALE NUDITY AND THE FATE OF EXEMPLARY BODIES: BETWEEN PORNOGRAPHY AND FEMINIST PERFORMANCE Meysis Carmenati González Universidad Central del Ecuador (Ecuador) Universidad Rey Juan Carlos (España) [email protected] [email protected] 0000-0002-9375-7250 Rainer Rubira-García Universidad Rey Juan Carlos (España) [email protected] 0000-0002-5667-6080 Jacqueline Venet-Gutiérrez Universidad Rey Juan Carlos (España) [email protected] 0000-0002-2107-3060 412 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 Resumen El texto aborda, desde una metodología crítica, el desnudo femenino en dos escenarios de exposición del cuerpo: la pornografía y la performance de las marchas feministas. El objetivo es demostrar cómo la performance feminista está presente en relación al lenguaje de la política sexual neoliberal. La objetivación y el control que se ejerce sobre los cuerpos ejemplificadores emerge como un problema del espacio público y no del ámbito privado. Palabras clave Cuerpo, pornografía, marchas feministas, cuerpos ejemplificadores, neoliberalismo. Abstract The text deals, from a critical methodology, with the female nude in two scenarios of body exposure: pornography and the performance of feminist marches. The objective is to demonstrate how feminist performance is present in the language of neoliberal sexual politics. The objectification and control exercised over the exemplifying bodies emerges as a problem of the public space and not of the private sphere. Keywords Body, pornography, feminist marches, exemplifying bodies, neoliberalism. Sumario / Summary 1. Introducción / Introduction 2. El desnudo no es el mismo para unos que para otras / Nudity is not the same for some as for others 3. La pornografía como política sexual / Pornography as sexual politics 4. La política de admitir o desaprobar el cuerpo desnudo / The policy of admitting or disapproving the naked body 5. La protesta feminista en contra y en medio de la política sexual neoliberal / Feminist protest against and in the midst of neoliberal sexual politics 6. La política sexual de los cuerpos ejemplificadores / The sexual politics of exemplary bodies 7. Discusión y conclusiones / Discussion and conclusions 8. Referencias / References 1. Introducción Existe una diferencia sustantiva en cuanto a los escenarios donde el cuerpo femenino se expone desnudo. Tenemos, por un lado, el acceso cada vez más fácil y masivo, abierto y gratuito, a la pornografía, en sociedades donde esos cuerpos se difunden inescrupulosamente. A la par, las industrias culturales han 413 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos… IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 normalizado la hipersexualización y la reificación. Los desnudos son habituales en filmes, videoclips, carteles, spots publicitarios, series, y hasta en la prensa de crónica roja, donde muestran el testimonio más extremo de las políticas del sexo. Ya sabemos, tácitamente, en qué instante de una película se dedican unos segundos a exponer el acuerdo entre la productora y la actriz en cuestión, que dirá cuánto tiempo y qué cantidad de “carne” estará circulando en las pantallas. Por tanto, habitamos un sentido del mundo donde se acostumbra la exposición de los cuerpos de las mujeres, su disponibilidad a la mirada. En estas sociedades intensamente hipersexualizadas y pornificadas, como aseveran Laura Favaro y Ana de Miguel (2016) y Mónica Alario (2018), la industria cultural exuda sexo en variantes múltiples que van de la esquematización, criticada por Max Horkheimer y Theodor Adorno (1994), hasta las más burdas vallas de publicidad o, incluso, el tópico principal de campañas electorales, como el spot de campaña de la precandidata argentina a diputada nacional por la ciudad de Buenos Aires, Cinthia Fernández, en septiembre de 2021 (Fernández, 2021). Parecería que el desnudo femenino ya estuviese rayando en lo común, en una imagen totalmente normalizada. Sin embargo, no es así, no para todos los casos al menos. Como cualquier discurso, este adquiere sentido en un contexto donde el significante del cuerpo de las mujeres pasa por ser aceptado y explotado, o censurado, según el lugar que ocupa. Si en unos casos emociona y vende, en otros puede desestabilizar, molestar e incluso provocar una reacción enardecida. En los últimos tiempos ha sido frecuente encontrar actitudes como estas últimas en relación con los desnudos que hacen activistas feministas como parte de acciones performativas en marchas y plantones, manifestando que no es el mejor modo de protestar o aludiendo a la no identificación de otras mujeres con sus acciones y métodos. El desnudo en las marchas puede tener varias motivaciones y reflexiones que no serán tratadas en este texto. Una interpretación es el uso del cuerpo como parte de una estética política en denuncia de las atrocidades que sobre él se ejercen en sociedades con altos índices de feminicidio y penalización del aborto. El cuerpo se trasmuta en símbolo explícito de enfrentamiento al Estado, a su ausencia y complicidad, y a la cuantiosa tolerancia social ante la violencia estructural e institucionalizada. Lo hace al tomarse el espacio público, un ámbito donde, supuestamente, los cuerpos aparecen vestidos. Esa forma de desobediencia ante las normas respecto a la exposición pública del cuerpo no es un lenguaje nuevo para el feminismo, ni para otros movimientos sociales; pero en ninguno parece incomodar tanto como cuando marchan mujeres en demanda de sus derechos. No obstante, lo que concierne a este análisis no son las razones de las feministas para quitarse la ropa, un tema, además, que sugiere cómo y en qué 414 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 condiciones debe expresarse una protesta, y que es asunto pendiente para otros estudios. En concreto nos interesa reflexionar sobre la admisión o desaprobación del desnudo femenino. Llama la atención que la marcha feminista, masiva y potente, en sí misma no desestabiliza ni importuna tanto como el desnudo. Si estamos tan acostumbrados a ver cuerpos de mujeres “como vinieron al mundo”, ¿por qué molesta? ¿Qué hace que, en ese contexto específico, se genere una reacción de desagrado con capacidad para movilizarse en redes? Una explicación precipitada afirmaría que se trata de la hipocresía social, de esa doble moral que comulga con la publicidad reificante pero no logra aceptar el uso del cuerpo para denunciar violencia. Aunque puede estar vinculado, este criterio parece insuficiente. Si nuestra mirada está acostumbrada a que el cuerpo desnudo de las mujeres se exponga con frecuencia, ¿por qué incomoda tanto esa acción cuando se coloca en el escenario de una propuesta feminista? Esta interrogante nos lleva a plantearnos la existencia de una cultura altamente permisiva en cuanto a la pornografía y la cosificación de las mujeres en la publicidad y los medios, pero intolerante cuando el mismo cuerpo se exhibe a modo de denuncia, cuando esta acción se decide de forma autónoma y no responde a una lógica mercantil o patriarcal. Se trata entonces de una cultura que norma, con denotada exactitud, qué le permitimos, dónde y en qué condiciones, al cuerpo de las mujeres. Una cultura que, como observa Michel Foucault, vigila y castiga (2008). En el contexto actual del neoliberalismo, el discurso sobre el cuerpo femenino, sus lugares y lógicas de exposición, la utilidad que se le asigna o el valor que se le despoja, todo conduce a una política sexual neoliberal que aquí abordaremos desde la aceptación o el repudio del desnudo en relación con su carácter de objeto y a su vínculo con la categoría de cuerpos ejemplificadores. Se usa una metodología crítica de análisis y argumentación filosófica, que tiene sus bases en la Teoría Crítica, desde la Filosofía Clásica Alemana hasta su referente en la Escuela de Fráncfort con la concepción de Max Horkheimer (2008) sobre los fenómenos como expresión de los condicionamientos materiales y subjetivos del sistema de relaciones sociales, lo que permite estudiar las formas que asumen la ideología y la cultura hegemónicas (Gramsci, 1999) y cómo develan y hacen frente a las crisis sistémicas en el contexto del capitalismo. Asimismo, se utilizan las propuestas de Michael A. K. Halliday (2001) sobre el potencial de significación inscrito en los discursos, considerandos como acción y práctica social; y del Análisis Crítico del Discurso (ACD), en específico la consideración de Teun A. van Dijk (2005; 2014) sobre los modelos de contex- to que evidencian las relaciones de poder intersubjetivas y las concepciones del mundo. Epistemológicamente, se adopta la perspectiva interseccional de 415 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos… IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 la filosofía y la investigación crítica feministas de autoras como Kimberlé Williams Crenshaw (2006), Carole Pateman (1995) y Kate Millett (2021), interesadas no tanto en las actitudes de las mujeres como en las causas estructurales que las llevan a actuar de determinada manera en el escenario de una política sexual, asumiendo la revisión de Ana de Miguel (2020) sobre su nexo dialéctico con el neoliberalismo. 2. El desnudo no es el mismo para unos que para otras Es posible que un análisis sobre el desnudo masculino ofrezca igualmente desafíos teóricos, pero aquí se le enfocará únicamente en función del tema que tratamos. Al respecto, Rosa Cobo (2015) ha indicado que, “si bien en esta época se ha formado en el entorno popular una ideología de exaltación del cuerpo, este hecho no tiene el mismo significado para hombres y para mujeres” (p. 14). Por un lado, el torso masculino es libre de mostrarse en casi cualquier contexto. Es probable que una de las imágenes más fuertes y recurrentes de nuestra época, profundamente sedimentada en la cultura mediática, sea la de miles de varones, sin camiseta, con cara y pecho pintados, en un partido de futbol. Entre los aspectos formales de esa imagen y la de las mujeres marchando hay, en verdad, muy pocas y sutiles diferencias. Alguien no enterado pudiera pensar que son lo mismo, pero la recepción de ambas es infinitamente distinta. Esta oposición tan marcada, a la cual subyace una política normativa y un relato sobre el poder, se puede ejemplificar a propósito de la obra de Hermann Nitsch(Viena,1938) precursor deldenominado Accionismo vienés y representante notorio del arte de la segunda mitad delsiglo XX. Su propuesta también usa el desnudo y se caracteriza por realizar sacrificios de animales y rituales, escenas alegóricas de crucifixión, consumo de sangre y procesiones en túnicas blancas siempre manchadas por la abundancia de salpicaduras, vísceras y entrañas que son parte de la utilería. Todo ello tiene singulares significados que no son importantes para la reflexión de este texto. El punto es que, en medio de ese arte “de exceso”, el sitio web alemán Mangfall24.de, en una publicación sobre las críticas que hacen religiosos y animalistas a la obra de Nitsch, muestra una fotografía de un hombre totalmente desnudo y crucificado, con los ojos tapados, a quien le hacen beber sangre de un animal asesinado en el acto, mientras otro tanto corre por su cuerpo, el cual está ubicado sobre el cadáver de un cerdo. El sujeto se encuentra rodeado de ocho personas en ropa blanca, empapadas igualmente de sangre, junto al artista. De todo cuanto aparece en esa imagen, el sitio web censura únicamente los genitales del crucificado (Kunzt Gallery, 2014). 416 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 ¿Cuál es el misterio que se esconde detrás de este acto de censura? ¿Qué significado tiene que ese, en lugar de otros, sea el elemento retocado? Por extraño que parezca, no debe asombrarnos. Como explica la socióloga y antropóloga Beatriz Ranea (2016) se trata de: la construcción cultural del cuerpo masculino como símbolo de fortaleza y de poder, convirtiéndose en una frontera impenetrable. Los cuerpos penetrables son los cuerpos que son catalogados como pasivos. El cuerpo masculino normativo es activo y por tanto, ha de ser penetrador pero no penetrado. (p. 318) En el relato sobre el cuerpo, a los hombres se les identifica con el equilibrio, la fuerza, la racionalidad y el poder. Jean-Jacques Rousseau describe a los varones como seres racionales y sujetos políticos (Rousseau, 2016), mientras que “las mujeres son definidas como seres reproductivos, domésticos y sentimentales” (Cobo, 2015, p.8). La misma Rosa Cobo apunta que, mientras se les excluye de la política, a las hembras se les hipersexualiza por considerarse que pertenecen al espacio de la naturaleza y la biología. En cambio, los hombres son del mundo de la cultura, y se les asigna una superioridad ontológica (De Miguel, 2020) que no deja lugar a las representaciones de su fragilidad o vulnerabilidad. En el capítulo Los hombres: género masculino plural, del libro Desarmar la masculinidad (2021), Beatriz Ranea apunta: El cuerpo masculino adquiere especial relevancia desde la infancia como espacio de normalización de las prácticas de género. Tener un cuerpo normal implica poseer una determinada masa muscular, preocuparse por el tamaño del pene, adoptar una actitud viril en la forma de caminar o sentarse (…). Así, adecuarse a las normas de género masculinas supone disciplinar el cuerpo y masculinizarlo, pues a través del cuerpo se exhibe el género. (párr.16 y 17) Por lo tanto, esos genitales fueron censurados porque eran un objeto subordinado y pasivo, no mostraban el poder masculino, como sí lo hacen, en millones de tomas, los que protagonizan las escenas de la pornografía. El cuerpo del varón está construido para el poder y el cuerpo de las mujeres está construido para el no-poder. Las mujeres reciben el mandato de que sus cuerpos deben crearse en función de la mirada masculina y, precisamente por ello, la sexualidad debe ocupar un lugar central en las representaciones de lo femenino. (Cobo, 2015, p. 14) De este modo, resulta casi imposible encontrar una mirada tan poderosamente diferenciada como la que distingue entre el desnudo masculino y el femenino. 417 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos… IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 Respecto al primero, irónicamente, si los torsos se muestran sin escrúpulos, ver genitales en un filme o una serie (fuera de la pornografía) es mucho más difícil, con escasas excepciones en el cine de autor o el cine independiente. Aún más extraño es encontrarlos en los telediarios de algunos países o en notas de la crónica roja. Pueden aparecer miles de mujeres semi/desnudas, incluso descuartizadas, torturadas y desolladas, pero los hombres no serán exhibidos de esa manera. Al menos no en una posición vulnerable, en el lugar de objeto, de ente subyugado y pasivo. Un ejemplo a destacar es la revictimización y violencia que comete sistemáticamente la crónica roja en casos de feminicidios. Tómese en cuenta, por ejemplo, el brutal feminicidio de Ingrid Escamilla, en México. Debido a la filtración y posterior publicación de las fotografías, los medios revictimizaron a la joven sacando provecho de las imágenes de su cuerpo agredido y sin vida (Redacción Infobae, 2021). Esta política patriarcal sobre la exposición pública del cuerpo actúa como condición de partida para la aceptación o desaprobación del desnudo, una nomenclatura nunca neutral en materia de género. Se trata de una política que no es fija ni estable, se actualiza constantemente, y en la hora actual comulga con el universo de significados que ha instalado la racionalidad neoliberal. 3. La pornografía como política sexual De acuerdo con una investigación de Lluís Ballester y Carmen Orte (2019), el consumo de pornografía empieza alrededor de los ocho años. Explican que la industria pornográfica no es administrada por organizaciones filantrópicas sino por empresas capitalistas con enorme capacidad para imponer su presencia en los mercados y medios digitales. Por tanto, se convierte en fuente de educación sexual y funciona amplificando los estereotipos de género, la cosificación de la mujer, su percepción como objeto, así como motivando una tendencia a la agresividad sexual en hombres, además de incidir en la autoestima de los adolescentes consumidores: “las chicas se sienten físicamente inferiores a las mujeres que ven en los videos; los chicos dudan de su virilidad, piensan que no serán capaces de comportarse como los personajes que aparecen en la pornografía” (Ballester y Orte, 2019, p.16). Por tanto, la pornografía construye la imagen de mujeres y hombres, pero también las relaciones entre ellos. Es una potente narrativa sobre los cuerpos, sus roles, sus gestos, sus posibilidades, su utilidad, lo que parece apropiado o inapropiado en relación con estos y las jerarquías que se encarnan en determinada constitución anatómica. En ese sentido, lo que se narra importa sobremanera, como destaca Catharine MacKinnon. 418 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 Las mujeres están en la pornografía para ser violadas y poseídas, los hombres para violarlas y poseerlas, ya sea en la pantalla, por medio de la cámara o la pluma, a nombre del espectador. Esto no quiere decir que la sexualidad en la vida real o en los medios jamás expresa amor y afecto; sólo significa que el amor y el afecto no son lo que está sexualizado en el paradigma sexual real de esta sociedad, como atestigua la pornografía. Lo que sí está sexualizada es la violación (MacKinnon, 1991, p.14). El desarrollo actual de la pornografía debe entenderse en su vínculo orgánico con el neoliberalismo (De Miguel, 2020). Es en tal contexto donde se constituye a modo de “espectáculo” de la lógica de acumulación neoliberal, y lo hace a través de la normalización del dominio y la desigualdad. De ahí que posea un carácter funcional en los escenarios neoliberales, pues cumple un rol central en la reproducción de un mercado libre, ilimitado, donde la mercancía más lucrativa son las mujeres y sus cuerpos el vehículo para la expropiación y el despojo. La ganancia se extrae de la violencia en sí, más que de la venta que la hace posible (De Miguel, 2020). Es por ello por lo que, con el tiempo, el incremento exponencial de la plusvalía en la industria del porno (Cobo, 2015) ha conllevado el aumento irrefrenable de la violencia sexual. La pedagogía que logra excitar a los hombres con esta violencia (Alario, 2021) es esencialmente mercantil y neoliberal. Mientras más se difunda y más fácil sea el acceso, más temprano se adquiere este “saber-poder”, más rápido se inserta una comunidad masculina en el estado de cosas que permite la reproducción de su autoridad patriarcal. Y esta autoridad vende, no es neutral ante las relaciones capitalistas de producción en su contexto neoliberal. En última instancia, el problema va a ser el de “la imposición de la pornografía como sexualidad normativa y hegemónica” (De Miguel, 2015, pp. 30-31) y como forma substancial de relación entre los géneros. No es posible trazar una línea entre la excitación sexual y la que produce la sensación de poder. Incluso en la pornografía que puede parecer “menos violenta”, como en el soft porno –donde se solapan la opresión y la reglamentación neoliberal-patriarcal del cuerpo, bajo el pretexto de que la violencia desaparece porque no hay agresión física, desgarros, asfixias o vejaciones del más explícito calibre–, hay una analogía de subordinación. La sola cosificación y deshumanización inserta en la pornificación de la cultura es una narrativa del dominio, una balanza para medir el valor de cada ser humano, una retórica sobre la impunidad y la soberanía. Rita Segato, en relación a los crímenes de Ciudad Juárez, afirmaba que “todo parece formar parte de una gran máquina comunicativa” (2013, p.12). La hipótesis es que la pornografía también es esa máquina, pensada sobre todo para sociedades formalmente igualitarias. Pero ese relato sobre el cuerpo, esa manera muy 419 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos… IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 particular de exponerlo, no genera rechazo en la opinión pública, al menos no en lo que se refiere a la violencia. Se ha logrado normalizar al punto que es parte de lo que consumimos cotidianamente, en cápsulas doradas y adictivas. Cuando se toma conciencia de la magnitud de este hecho, no cabe más que preguntarse ¿cómo es posible que en sociedades pornificadas, alimentadas por la hipersexualización mediática, algún desnudo femenino pueda desestabilizar e incomodar? 4. La política de admitir o desaprobar el cuerpo desnudo El cuerpo humano es un metarrelato. En casi todas las culturas se ha instituido como una imagen del mundo. Esto es particularmente evidente en el arte de la antigüedad, en las civilizaciones clásicas del mediterráneo, en la cerámica de los pueblos precolombinos y en innumerables variaciones de las culturas populares durante la Edad Media y el Renacimiento, como expone Mijail Bajtín (2004). Con la Modernidad, el dualismo cartesiano marca una pauta respecto a la representación del mundo, pero los cuerpos de las mujeres se van a medir por una dicotomía más pedestre vinculada al reparto de la propiedad: el público para todos los hombres, y el privatizado para uno solo. Las filosofías de la postmodernidad, con sus epistemologías de la fragmentación, imponen un nuevo marco de referencia. Al renunciar a las visiones de la totalidad, abren la puerta al relativismo moral y desacreditan cualquier representación posible de un todo: niegan los metarrelatos, al decir de Jürgen Habermas (1988) y Adolfo Sánchez Vázquez (1990). De ahí que, en el rechazo al desnudo de la protesta feminista y su aceptación por una cultura cada vez más pornificada, se descubra una disociación en la retórica social sobre el cuerpo. Cuando se trata de la pornografía, el cuerpo se enajena de la mujer real y se reifica, como plantea Kajsa Ekman (2017), se reduce a objeto mercantilizable y consumible, a relato neoliberal-patriarcal. En el caso de las marchas feministas será lo contrario. Va a representar no solo a la persona que se desnuda sino a todo el movimiento, a la historia del feminismo en pleno, que transita de unas tetas verdes directamente a la guillotina de la opinión pública, esa misma que no se inmuta un ápice cuando el desnudo forma parte de un cuerpo torturado y asesinado, en un folletín de crónica roja, pero que aquí puede llegar a tildar la acción de exagerada y/o extremista. Esto responde a las formas que adquieren la ideología y la cultura en el escenario neoliberal donde la lógica de las filosofías postmodernas va a sostener sus relatos legitimadores. El cuerpo se puede enajenar, fragmentar o vender, y esto puede responder a una voluntad racional, a un deseo, a un impulso; porque, a fin 426 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 masculinidad disciplinando a las mujeres, sobre todo aquellas autónomas que son vistas como la causa de sus males (Femenías y Rossi, 2009). Los cuerpos de mujeres, que históricamente han encarnado la narrativa del poder social, se significan al modo de objetos con inusitada capacidad comunicativa. Su mensaje, alto y claro, intersecciona de múltiples formas con la retórica pornográfica y de la prostitución, con la publicidad reificante, como observa María Ávila (2018), pero tiene la capacidad de superar el eje mercantil y transmutarse en un relato del terror. Es decir, la violencia no tiene que ocultarse detrás de su erotización o de su utilidad mercantil, pues el objetivo es que en estos casos se haga manifiestamente explícita. De ahí que Femenías y Rossi (2009) distingan un propósito para los cuerpos ejemplificadores, al considerarlos “garantía de sutura de conflictos o como lugar de ejercicio de poder para humillar, deshonrar, negar o enviar mensajes cifrados a otros varones” (pp. 53-54). Para cumplir semejante objetivo, los cuerpos se fragmentan de acuerdo a los fines de su explotación, dividiéndose en: a) cuerpos objeto, donde actúan los parámetros homogeneizantes de las cirugías estéticas y las sumas de dinero que movilizan; b) cuerpos exóticos, que proyectan la otredad sexual, cultural, étnica, articulada a redes trasnacionales de prostitución y tráfico produciendo enormes cantidades de dinero; c) cuerpos maquila, de productoras sub-asalariadas sin derechos laborales, práctica que adopta la fisonomía del trabajo doméstico; y d) cuerpos ejemplificadores, disciplinados, cuya característica principal es que se exponen en el espacio público como testimonio del costo que acarrea para las mujeres la demanda de iguales derechos y reconocimiento. A la par, estos operan como “mediadores del reclamo violento de los varones excluidos” (Femenías y Rossi, 2009, p.55). Lo que nos interesa de la propuesta conceptual de Femenías y Rossi (2009) es su tesis sobre cómo esta violencia se narra y exhibe para la totalidad de las mujeres. La exposición pública de los cuerpos ejemplificadores, de un grupo de ellas, funda las bases de una normativa sexual que tiene que ser constantemente representada y encarnada. No basta con sexualizar, reificar, pornificar, deshumanizar. Los cuerpos ejemplificadores tienen una función complementaria a las anteriores: escenificar el castigo, el componente represivo de la política sexual, el que bajo ningún concepto puede traducirse al lenguaje neoliberal de los emprendimientos o la autonomía –aunque sí trasmite a cabalidad su lógica de expropiación y despojo–. El rol de tales “cuerpos-ejemplo” consiste en significar las consecuencias, decirnos que no aceptar la política sexual imperante conlleva un peligro tácito, instituido socialmente, y que en las entrañas de la sociedad habitan los ejecutores de sus principios. 427 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos… IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 Como ha demostrado Rita Segato (2013), “los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales sino expresiones de una estructura simbólica, un imaginario de género” (p. 20). Son esas las posiciones de los cuerpos ejemplificadores, funcionan instituyendo una normativa sexual estricta, que delimita las posibilidades, las indisciplinas y el castigo. Mediante su escenificación se prescriben y regulan adecuadamente los usos y espacios en que se expone, y cómo se lo hace, a cada cuerpo. Es ahí, en esa intersección, que la política sexual patriarcal se anexa con la racionalidad predadora del neoliberalismo y saca provecho. Pero ¿qué pasa con los cuerpos que no pueden leerse en ese específico lenguaje, con los que narran otras alternativas de habitar una corporalidad? Segato (2013) afirma que: cuando un sistema de comunicación con un alfabeto violento se instala, es muy difícil desinstalarlo, eliminarlo. La violencia constituida y cristalizada en forma de sistema de comunicación se transforma en un lenguaje estable y pasa a comportarse con el casi automatismo de cualquier idioma. (p.32) Según esta lógica, y entendiendo que los cuerpos desnudos son un texto siempre pre-interpretado, regulado y vigilado, es posible afirmar, por un lado, el rol enunciativo de la prostitución y la pornografía en sociedades formalmente igualitarias, junto a la cosificación de las industrias culturales. Por otro, se explica la incomodidad que producen cuerpos expuestos fuera de esos rangos normados y aceptados socialmente. Lo que desestabilizan es el lenguaje específico de la política sexual imperante, que es el medio fundamental para aprehender y apropiarnos de nuestra corporalidad individual. Asimismo, este lenguaje influye en como habitamos un cuerpo, tanto íntimamente como en la interacción cotidiana con los otros. Es mediante esa reacción que se interpreta la performance feminista del desnudo en las marchas, el cuerpo que se muestra insubordinado y no contempla usos patriarcales o mercantiles, ni poses pasivas o accesibles. Pero, fundamentalmente, al superar la condición de objeto, se distorsiona la racionalidad inmanente a la política sexual, en la medida en que la performance busca simbolizar no a otros, sino a los cuerpos ejemplificadores. La estética de esa denuncia alude directamente al componente del castigo, al cuerpo torturado, vejado, asesinado, abandonado en el espacio público para escenificar el círculo completo del continuo de la violencia, como expone el psicoterapeuta húngaro Péter Szil (2020). Al representarlo vivo y autónomo, ese acto revela el disciplinamiento, el mandato de destrucción y dominio que sostiene todas las otras opresiones aceptadas cotidianamente. Es un lenguaje sobre la irracionalidad y la injusticia presentes en el dispositivo represivo de la política 428 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 sexual patriarcal, al menos del único que no ha logrado, por extremo, elaborar un relato dulcificado que pueda solapar esa violencia. 7. Discusión y conclusiones Evidentemente, nuestro texto aborda una línea de investigación que requiere profundización pero que se abre con muchas posibilidades hacia el análisis de casos comparados y, específicamente, hacia el estudio de los discursos y la construcción de las identidades del cuerpo como herramienta de activismo, procesos que se han desarrollado en diferentes momentos según las mediaciones tecnológicas y políticas en torno a cada uno de los movimientos feministas. La mercantilización neoliberal de la sexualidad y la política sexual patriarcal regulan los cuerpos de las mujeres, asignándoles lugares más o menos fijos y estables, como la reproducción, el trabajo de cuidados, la prostitución y la pornografía. Ninguno de estos modelos puede representarse ni entenderse en la performance feminista de las marchas. Si lo propio del neoliberalismo es el consumo y la acumulación por expropiación y despojo, lo mismo puede decirse de la pornografía, aquí expresado en la trasmutación de la sexualidad en dominio, específicamente en la reificación de cuerpos que se reducen a objetos a ser apropiados y destruidos, para servicio de otros. Así, se sitúa un discurso sobre la sexualidad que se convierte en una forma de relacionarnos. Pero, por más evidente y cruenta que sea la violencia en la pornografía, predomina una representación social que la sigue referenciando como sexo natural y admisible. Es en esa medida, y en el sentido de que todo sistema necesita un equilibrio entre consenso y coerción (Gramsci, 1999), que la narrativa sobre el cuerpo de las mujeres como objeto sexualizado, reificado, pornificado y deshumanizado se articula con el mensaje complementario del castigo, el disciplinamiento de violaciones, torturas, mutilaciones y feminicidios. Esta enunciación manifiesta de la violencia no puede de ningún modo interpretarse como resultado del deseo o la voluntad racional de la víctima, pretextos que sí ha logrado instalar la explotación sexual para justificarse. En ese entramado, un rol fundamental asignado a las mujeres es el de cuerpos ejemplificadores. Y sin embargo, el eje que sostiene semejante crueldad es su presentación como algo que sucede, únicamente, en el ámbito privado. Ahí, en el subterfugio de la privatización, intersecciona ese discurso neoliberal que endulza y mistifica la explotación sexual de las mujeres con la permanencia de una retórica pública y sistemática sobre el castigo, sobre el peligro real de la tortura y la muerte, mediante cuerpos ejemplificadores que buscan mantener 429 La admisión o desaprobación pública del desnudo femenino y el destino de los cuerpos… IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 a las mujeres en su situación de inferioridad; porque solo así es posible reproducir las condiciones del patriarcado neoliberal, su lucrativa industria sexual y su infinita plusvalía mediática y fáctica. Lo que hace la protesta feminista es sacar ese relato de muerte y vergüenza al espacio público, que es el lugar que le corresponde. De este modo, la estética inscrita en esos desnudos desestabiliza el lenguaje tradicionalmente aceptado de la política sexual y se convierte en un dispositivo que no puede ser leído con facilidad. Es precisamente porque alude de forma directa al componente represivo, y lo muestra en su relación tácita con el Estado y la sociedad civil, que roza una parcela del lenguaje patriarcal estratégicamente silenciada, invisivilizada. Esto no quiere decir que algo como el feminicio no obtenga publicidad. Al contrario, la difusión y exhibición del castigo es esencial para su propósito. El problema es que no se le identifica como una parte constitutiva de las relaciones entre hombres y mujeres, sino solo como un hecho aislado privativo de un hombre y una mujer específicos, que parece no tener otra interlocución con el afuera más allá de las imágenes reiteradas en la crónica roja. Es nuestra propia incapacidad, como sociedad patriarcal, para leer esas señales, la que interpreta los significados del desnudo femenino en las marchas como un mensaje incómodo, desproporcionado, inadmisible. En el contexto donde predomina un modelo de normatividad femenina nítidamente dibujado, dominado por la sobrecarga de sexualidad neoliberal, enfocado en la erotización de la violencia sobre el cuerpo de las mujeres y en su cosificación y deshumanización, estos cuerpos in/disciplinados no se pueden erotizar ni mercantilizar. Quedan fuera de los lugares estables que le son asignados normalmente, y pierden su sentido en una sociedad que ha instalado exhaustivamente el relato sobre la corporalidad femenina desde el punto de vista masculino. La pornificación de la cultura sugiere que nos vamos acostumbrando a los cuerpos desnudos de las mujeres, pero, en realidad, nos adaptamos a los usos que les asigna el escenario neoliberal patriarcal. La pornografía no muestra desnudos, sino cuerpos pasivos, disponibles, penetrables, consumibles, sin deseo, sin autonomía, sin poder. El desnudo femenino en la protesta descubre un cuerpo de una forma que parece que la sociedad, y con ella los consumidores de pornografía, nunca han visto. Es una corporalidad que narra ese acto extremo del castigo, la tortura y la mutilación, y lo presenta como suceso comunicativo, performance cargado de significados, y problema público que concierne a toda la ciudadanía. Exterioriza el carácter estructural de esa violencia que no puede interpretarse como particular, aislada o pasional, ni puede leerse en las claves reduccionistas de 430 Meysis Carmenati González / Rainer Rubira-García / Jacqueline Venet-Gutiérrez IC – Revista Científica de Información y Comunicación 19 (2022) ∙ pp. 411-432 ∙ E-ISSN: 2173-1071 ∙ https://dx.doi.org/10.12795/IC.2022.I19.19 algunos noticiarios y la crónica roja. Descubre su nexo con el avance de la precariedad y el despojo en los contextos neoliberales, con el sistema de acumulación ilimitada de cuerpos que se ponen en función del deseo de otros, ya sea la agresión sexual o la aniquilación, como estratagemas de reafirmación de una identidad que sólo adquiere sentido al interior de esta historia de la violencia. Ciertamente la performance del desnudo en la marcha no es una teoría de la subversión, y en sí misma no conduce a propuestas claras acerca de cómo podemos transformar el patriarcado, pero, en su lugar, cumple una función enunciativa que es valiosa justamente porque perturba y desagrada. El acto de mutilación y destrucción no se solapa como en la pornografía, ni se encumbre como en esa prensa que sigue hablando de crímenes domésticos: pasa al primer plano de una argumentación pública que es difícil de interpretar, pero también de silenciar. Es su capacidad para desestabilizar las lecturas sobre el cuerpo-objeto, y narrar la esencia estructural del disciplinamiento y la agresión, lo que funda una condición de posibilidad al interior de los imaginarios colectivos, y esto es profundamente político. Si no lo fuera, no incomodaría. 8. Referencias Alario, Mónica (2018). La influencia del imaginario de la pornografía hegemónica en la construcción del deseo sexual masculino prostituyente: un análisis de la demanda de prostitución.Asparkía: investigació feminista, (33), 61-79. http://dx.doi.org/10.6035/ Asparkia.2018.33.4 Ávila, María (2018). La importancia del lenguaje en el proceso de reificación de las mujeres. Asparkía: investigació feminista, (33), 101-115. http://dx.doi.org/10.6035/ Asparkia.2018.33.6 Bajtín, Mijaíl (2005). La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais. En Alain Basail y Daniel Álvarez (Comp.). Sociología de la cultura, Tomo II (pp. 12-71). Editorial Félix Varela. 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