La narrativa taurina en la Edad de Plata
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Revista de Estudios Taurinos N.º 23, Sevilla, 2007, págs. 15-18 * Fundación de Estudios Taurinos LA NARRATIVA TAURINA EN LA EDAD DE PLATA Carlos Martínez Shaw* INTRODUCCIÓN a Edad de Plata de la literatura y la cultura en España, la época que corre desde el 98 hasta el final de la guerra civil, fue también la de la mayoría de edad, por su progreso tanto en número como en calidad, de la narrativa taurina. Sin embargo, los protagonistas de esa profunda renovación y revitalización no siempre aparecen reseñados en los manuales de historia de la literatura española, por lo que su vida y su obra tienden a ser conocidas sólo somera o fragmentariamente. Por ello, una revista dedicada al estudio de las cuestiones relacionadas con el mundo de los toros parece lugar apropiado para dar noticia de aquellos autores que se distinguieron por su interés en el planeta taurino y que, sin haber sido olvidados, merecen sin duda mayor atención de la que (salvo en algunos casos) han solido recibir por parte de la crítica literaria especializada. La época tal vez pueda considerarse inaugurada a estos efectos por la obra de Arturo Reyes (Cartucherita, 1897), que supera ya los límites del tratamiento romántico y costumbrista, gracias a la penetración psicológica y la intensidad narrativa, así como por la introducción del tópico de la resolución del conflicto espiritual ante el toro, que luego será retomado por L
Carlos Martínez Shaw 16 F. Cabañas Ventura (“Flor de la Sierra”, en Alma torera, 1911), por Raúl Barahona (La segunda de Feria, 1929) y hasta por Pío Baroja (“El capitán Mala Sombra”, en Memorias de un hombre de acción, 1935). Héctor Abreu (sobre todo en El Espada. Novela del toreo, 1905) llega más allá, proponiendo para el torero una trayectoria que se hará típica: miseria, aprendizaje, triunfo, ascenso social, amor y fracaso (que en este caso se da a la vez en el amor y en el oficio). Este será el esquema retomado por Vicente Blasco Ibáñez en una de las novelas más populares de ambiente taurino de todos los tiempos (Sangre y arena, 1908), que sólo tiene que añadir al recorrido diseñado por Abreu la muerte trágica, como en el relato de Reyes. La segunda década del siglo XX asiste a un cambio de perspectiva, presente ya en la novela inaugural de José López Pinillos (Las águilas. De la vida del torero, 1911), que si bien sigue algunos de los senderos ya trazados (duro aprendizaje, triunfo y ascenso social), se desmarca por el carácter resueltamente antirromántico del relato, tanto en su ambientación, como en los motivos de la elección del oficio de torero, la falta de pasión de su peripecia amorosa y la muerte fuera de los ruedos. En esta corriente se situarán, con sus peculiaridades propias, las obras que le siguen cronológicamente. Eugenio Noel se distingue por su declarada enemiga al flamenco y a los toros, unidos en una misma descalificación tanto en sus artículos como en sus novelas cortas. Antonio de Hoyos y Vinent, en la mayoría de sus obras de tema taurino (especialmente en sus novelas cortas incluidas en Oro, seda, sangre y sol, 1914), destaca el papel de los personajes femeninos y la presencia de la muerte. Alberto Insúa, por último (La mujer, el torero y el toro, 1926), plantea un triángulo amoroso, en el cual los toreros rivales encarnan dos paradigmas distintos de la torería que encuentran
La narrativa taurina en la Edad de Plata 17 resolución por vía dialéctica, mientras el conflicto es resuelto por el toro de forma original y sorprendente. Aún quedarían por mencionar otros dos autores y otras dos obras, como testimonio de la multiplicación de los enfoques y de los tratamientos dados a la materia taurina. Alejandro Pérez Lugín (Currito de la Cruz, 1921) se decantaría por la novela popular, ofreciendo una imagen más convencional del mundo de los toros, una trama melodramática y un happy end. Ramón Gómez de la Serna (El torero Carancho, 1926) pondría fin a esta viva etapa de la novelística taurina con un relato entre trágico y grotesco, en el que la conclusión dramática se deflacta deliberadamente con la escena de farsa que le sirve de contrapunto. Después de estas variantes, la narrativa sólo podía volver, aunque fuese provisionalmente, a la biografía. Esta fue la vía elegida por Manuel Chaves Nogales (Juan Belmonte, matador de toros, 1935), el estudio de cuya obra cierra la reducida serie de artículos que tratan de ampliar nuestros conocimientos y nuestras perspectivas sobre una serie de escritores que han enriquecido con sus narraciones no sólo la literatura taurina, sino, más allá, el valioso patrimonio literario legado por la Edad de Plata de la cultura española.
