La 'Escuela propiamente española': La polémica sobre el lenguaje poético y la idea de nación
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Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 247 LA “ESCUELA PROPIAMENTE ESPAÑOLA”: LA POLÉMICA SOBRE EL LENGUAJE POÉTICO Y LA IDEA DE NACIÓN MERCEDES COMELLAS Universidad de Sevilla. Grupo PASO 1 En su Historia crítica de España y de la cultura española (1783), Juan Francisco Masdeu hace una afirmación en la que merece la pena detenerse: A la poesía castellana se ha de conceder, a más de la lengua poética, que en todas las naciones se levanta por su naturaleza sobre el lenguaje ordinario, la lengua poético-española, superior al modo común de hablar, no sólo de las demás naciones, sino también de los mismos españoles. (Masdeu, Historia crítica 222) Se refiere Masdeu a una de las cuestiones más debatidas de finales del siglo XVIII, relativa al dialecto poético, distinto del lenguaje de la prosa y apartado del uso común (Romero Tobar, Panorama 157-158). Introducido el concepto en la teoría literaria española en fechas relativamente tardías, llegó a convertirse en “el principio rector de esa renovación de la teoría poética clasicista que surge a finales del siglo XVIII”, y como tal es utilizado por Forner, Estala o Moratín (Arenas Cruz 253-4). En su escrito sobre La célebre égloga primera de Garcilaso de la Vega (1771), Casimiro Gómez Ortega lo define como “aquella elección y colocación de voces, de que resulta una harmonía suavísima del todo diferente de la que se observa en la prosa”, y remite a Addison, quien, en Remarks on several Parts of Italy (1753), distinguía a los ingleses y franceses, “que siempre usan en metro de las mismas voces que en la conversación regular”, de los italianos, que abundan en “locuciones peculiares de los poetas [...] que jamás se admiten en la prosa” (Gómez Ortega 5). Masdeu dedica al lenguaje poético el “Diálogo octavo” de su Arte poética fácil (1801), donde Metrófilo explica a Sofronia que “[h]ay en nuestra lengua algunas voces y expresiones, que como más populares, se tienen por más propias de la prosa, y otras que pasan por más nobles y por más dignas del verso”, y aunque el poeta, “cuando se abaja a materias humildes y a modales plebeyos, como lo hace el gracioso en la comedia, escoge de propósito las expresiones y palabras más populares, [...] regularmente no suele, ni debe olvidarse de su nobleza poética” (206-207). Que la cosa no era tan fácil ni tampoco opinión unánime se deduce de la nota que añade a 1 El marco de este trabajo es el proyecto Hacia la Institucionalización Literaria: Polémicas y Debates Historiográficos (1500-1844) (SILEM II), del Plan Estatal de I+D+i, RTI2018-095664-B-C22.
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 248 la “Idea de la obra”: “Este artículo [el del “lenguaje poético”], que quizá es el más difícil de todos, merece tratarse con particular esmero” (s.p.). De hecho, la diferencia entre ambos lenguajes dio lugar a una larga polémica cuya trascendencia ha sido señalada en un lúcido trabajo de Fernando Durán, para quien fue “desencadenada por Meléndez Valdés y sus seguidores, en particular Cienfuegos y Quintana, pero también autores más alejados del núcleo del grupo, como José Mor de Fuentes o Félix José Reinoso” (123). Asociada con lo que Joaquín Arce denominó “la apertura lingüística” de la lírica prerromántica (455), o al afán innovador del neoclasicismo heterodoxo (Durán 123), sus agitados embates se prolongaron a lo largo de toda la centuria siguiente, confirmando las fuentes ilustradas de una de las contiendas más importantes de la poética decimonónica y, por añadidura, la continuidad literaria entre ambos siglos. Durante esos años que Gies (567) ha caracterizado como “un flux et un reflux constant entre l’évolution et la révolution”, la polémica fue adaptándose y adquiriendo nuevos argumentos en sus conexiones con otros debates: el que enfrentó a acalófilos y galo-salmantinos, tratado por el prof. Pérez Magallón en este mismo volumen, el que se sostuvo sobre el romance —uno de los más importantes de los inicios románticos para Romero Tobar (“Usos” 482-485)— y el que, con criterios prenacionalistas, visibles ya en el texto de Masdeu, se sostuvo desde los últimos años de la Ilustración sobre la verdadera tradición poética española y su canon. Tanto el texto de Gómez Ortega como el artículo que Aribau publicó años después en El Europeo de 1824 (“Sobre el dialecto poético de cada lengua y en particular sobre el de la castellana”) hacen referencia a la magnitud europea del concepto, que en los últimos años del siglo XVIII fue revisado en el dominio inglés por Wordsworth y llevado a dimensiones polémicas por Coleridge (Gullón 3). En el prefacio a la edición de 1800 de Lyrical Ballads, el primero reflexiona, como harán otros poetas contemporáneos, sobre la relación de la poesía y la prosa, que deben entretejerse como ocurre en la vida, y examina el nuevo paradigma poético, inclinado a la naturalidad y la cercanía: una poesía “artless” que evita la rima y prefiere un lenguaje llano, incluso popular, cercano al habla coloquial y restituido a la poderosa corriente del idioma utilizado en la conversación, en la vida. Aquellas ideas afectarían a las opiniones poéticas de Blanco White (Llorens 408), que, como Wordsworth, rechazó la diferenciación entre prosa y verso fundada en el lenguaje; y después a Antonio Alcalá Galiano durante sus años de exilio inglés, como demuestra su prólogo a El moro expósito de Saavedra (Caparrós 111). Según Aribau, la explicación del caso inglés tiene que ver con que “su dialecto poético es en sí muy poco diferente del común; como la construcción gramatical es tan fija e inalterable, se hace más sensible toda alteración dependiente del capricho del que escribe”. Para él, “la [lengua] italiana es la que posee un dialecto poético más rico y característico; de manera que el arte de entender los poetas de aquella nación es muy diferente de su gramática” (302). De
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 249 hecho, “[n]uestras estrechas relaciones con la Italia facilitaron este contrabando literario” y durante un tiempo el desarrollo de la lengua poética (305). Sin embargo, también en la Italia de los primeros años decimonónicos, los defensores del Romanticismo introdujeron cambios considerables en el lenguaje poético, simplificándolo y haciéndolo más accesible al gran público o, en todo caso, a los lectores menos eruditos, dando a sus versos una mayor concreción en la expresión, un tono más inmediato, más moderno, más acorde con el nuevo público al que se dirigían y con los diferentes temas que la nueva sociedad demandaba a los poetas (Balduino 34). En el ámbito alemán, también fueron muchos los prólogos, proclamas y críticas dedicados al proceso creativo como ejercicio lingüístico y su relación con la naturaleza de la experiencia vital, como el “Über die allmähliche Verfertigung der Gedanken beim Reden” (1805) de Kleist, o las reflexiones, tantas veces irónicas, sobre la conciencia artificiosa de la poesía que los Schlegel expusieron en Athenaeum (1798-1800). En estos escritos, el debate sobre el dialecto poético alcanza una dimensión filosófica al acometer la equívoca y compleja relación de la realidad con las palabras, especialmente en el caso de la enunciación lírica, desatada románticamente de los marcos genéricos y de la estratificación por estilos que la habían sujetado hasta entonces. La reforma de la lengua literaria rusa tiene lugar asimismo cuando las nuevas aspiraciones literarias del siglo XVIII, demandadas por Derzhavin, Muravëv o Dmitriev, se enfrentaron a la rígida jerarquía que imponía la distancia entre los diferentes niveles de estilo buscando una nueva lengua poética flexible (como simultáneamente ocurría en el panorama español, en el que según veremos, unos defendieron la estricta separación de los estilos en humilis, mediocris y sublimis, mientras que los innovadores probaron a romper aquellas limitaciones). También como en el caso español, en el panorama ruso la disputa entre ortólogos y neólogos se extendió desde su origen dieciochesco hasta penetrar las primeras décadas del siglo XIX (Horváth-Lukács y Tétényi 490). Mucho más cerca del ámbito peninsular quedaba el debate francés sobre la lengua poética y lengua cotidiana, que se convirtió en uno de los más encendidos cuando la idea neoclásica del lenguaje poético fue revisada por los innovadores. De un lado, La Harpe ataca a Lemierre en 1813 por ignorar que el poético es un lenguaje distinto y particular, mientras que nueve años después, en un artículo sobre Lamartine y Vigny publicado en Le Réveil, Hugo ironizaba sobre “la masse flottante de phrases convenues” que constituye la lengua literaria de una nación que, como la francesa, ha conocido ya “plusieurs siècles de littérature” (citado por Diaz 3). Crecieron en ese tiempo las críticas a la lengua literaria transmitida por la tradición, obsoleta y empobrecida, al tiempo que el entusiasmo por la renovación y la apertura a nuevas posibilidades.
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 250 El debate francés fue bien conocido en España, como demuestra el comentario de Alberto Lista en la Gaceta de Bayona de diciembre de 1828 a un artículo de Charles de Rémusat publicado un mes antes en Le Globe. Contrario a la propuesta de Sainte-Beuve de rescatar formas y metros de la antigua poesía francesa, en especial de Ronsard, Rémusat opina que esta fórmula solo añade a la poesía actual un aspecto envejecido, pedante, antinatural y afectado, enfrentado a la vez al buen gusto y al deseable principio de naturalidad en la lengua poética. La polémica surgida a raíz de la propuesta de Sainte-Beuve coincide con el debate español —sin ignorar sus diferencias— en al menos dos aspectos: en la intención de superar la crisis de la lírica apoyándose en la recuperación de los clásicos renacentistas (“C’est en songeant à son siècle que M. Sainte-Beuve enterpris de visiter les ruines du seizième”, 806) y en la reivindicación por parte de los más innovadores del arcaísmo (el arcaísmo neologista al que se refiere Durán 118). Asimismo, el artículo de Rémusat citado por Lista distingue dos líneas divergentes en la tradición del lenguaje poético: la artificiosa de Ronsard y la naturalidad de Malherbe 2 , como ocurrió también en la polémica española, que opuso dos trazados discrepantes para el diseño historiográfico de nuestra especificidad lírica: el del dialecto poético fundado por Juan de Mena y llevado a su perfección por Fernando de Herrera, y el de la naturalidad “prosaica” del romance, renovado desde finales del siglo XVIII por Meléndez Valdés y bendecido por Quintana. En todos los casos (el francés, el ruso, el inglés, el alemán y el español) se trataba de enfrentar los viejos términos ars y natura. Pero si el francés Rémusat concluye que la lengua francesa es seguramente una de las que menos diferencias presenta entre el verso y la prosa (“La langue française est assurément une de celles qui font le moins de différence entre les vers et la prose”, 808), Estala, Quintana, Lista y Reinoso se enorgullecieron, como antes Masdeu, de contar en la española con ese idiolecto lírico, forjado a través de los siglos. En ambos casos es evidente que la polémica no se refería solo al pasado literario, sino que estaban sobre todo debatiéndose los criterios del presente y el curso hacia el que encaminar el futuro de la lírica. Pero, ¿qué valor podía tener dicho dialecto poético en la renovación de la poesía? O, como se interroga Rémusat, “pourquoi chercher une langue de convention, pour une poésie qui n’aspire qu’a être vraie?” (808). La pregunta nos conduce inevitablemente al punto en el que esta polémica europea adquiere todo su sentido: el de la concepción misma de la función literaria, una vez que la belleza deja su estático trono a la más inestable verdad (la “vraie” a la que se refiere Rémusat) y al empuje de la vida (según reclamaban Novalis, Wordsworth o Schlegel). Como afirma Gies, la transición al Romanticismo no fue una cuestión de formas poéticas, sino de 2 “Il vient un moment où le public réagit sur les beaux-esprits, et rentre en possession de la langue littéraire, et même poétique. Telle est la révolution dont Malherbe fut l’artisan” (807).
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 251 cambio del concepto del mundo (575). Dicho cambio trajo consigo una radical mudanza en la relación entre las palabras y cosas, res y verba, núcleo de la mimesis literaria. La revolución gnoseológica kantiana, que convertía la cosa en hechura de la conciencia y por tanto inestable y subjetiva, complicaba extraordinariamente su traslación al plano verbal. De ahí la constante y casi obsesiva reflexión sobre la relación entre las cosas y la verdad de las palabras, sobre la comunicabilidad poética y el lenguaje que mejor la promociona, y sobre la concordancia entre el arte y la vida, que acompañó fielmente al pensamiento literario desde finales de la Ilustración. Según declaró Friedrich Schlegel en el fragmento 116 de Athenaeum, además de “reunir todos los géneros”, combinarlos con la filosofía, y “mezclar poesía y prosa”, la nueva poética que trajo el cambio de siglo trataba de “hacer viva y social la poesía, y poéticas la vida y la sociedad” (81). Para parecerse a la vida, la poesía debía romper el rígido sistema de los géneros tradicionales (humilis, mediocris, sublimis), que hacía corresponder un lenguaje y un tono emocional específicos a cada tipología. Si, como afirmaba Lista, “la elocución [...] es la que establece la diferencia esencial de los géneros” (“La Henriada” 275), también en ella estaba el remedio para disolver una segregación que nunca ocurre en la vida, donde emociones y experiencias, lo poético y lo prosaico se confunden. La batalla sobre la elocución poética era una batalla sobre la relación de la literatura con la vida. Pero también sobre sus relaciones con la sociedad, lo que ha de observarse en el contexto de la transformación radical que sufrieron los márgenes del campo literario. La ampliación de los canales y medios de difusión —en permanente renuevo desde finales del XVIII— permitió llegar progresivamente a un número mayor de lectores, en un proceso de democratización del ámbito literario que invitaba a la simplificación del lenguaje poético. Acercarse a estos lectores ávidos, que demandan a la poesía herramientas para conocer y explorar intelectualmente un mundo convulso y en ebullición, exigía nuevas y más flexibles estrategias verbales, sustentadas cada vez más en las emociones. Por otro lado, el prestigio del autor crece extraordinariamente cuando se apropia de la autoridad del filósofo, empieza a asumir un papel en la política (como para el caso español ejemplifica Jovellanos) y con ello una misión social de nueva envergadura que será constantemente reivindicada. No en vano Jovino escribía la “Epístola a sus amigos de Salamanca” (1776) instándoles a que abandonasen la poesía amorosa para empeñarse en “más nobles objetos”, “materias / dignas de una memoria perdurable” que requerían un nuevo lenguaje. Meléndez Valdés será quien con más empeño siga esa propuesta, poniéndonos “en una senda mucho más cercana del acierto” cuando “hizo versos de prosa rimada” (Alcalá Galiano 36-37), aunque en su momento aquella senda fuera vista con desprecio por quienes, como Moratín y su amigo Estala (35), veían en esa moda, de estirpe francesa, un trapacero intento de “persuadir a los españoles e italianos para que dejen su lenguaje poético y los imiten en rimar su prosa de gaceta”, esto es: un abandono del
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 252 dialecto poético español, sustento de nuestra tradición, para acogerse a novedades que solo podían hacer avanzar la lírica en el sentido equivocado. Sin embargo, ese deseo de novedad de Meléndez inició una exploración de los límites entre el lenguaje poético y el prosaico que acompañó a los sucesivos llamamientos a la incorporación de la filosofía en la poesía que hicieron después otros “prosificadores” del lenguaje poético, como José Joaquín de Mora o Campoamor. Los tres, Meléndez, Mora y Campoamor, fueron grandes apasionados del romance y lo practicaron con ambición renovadora; los tres buscaron escapar del idiolecto poético consagrado, tendieron al prosaísmo y se preciaron de filosofismo. Los tres tuvieron de frente, en el bando opuesto, a los defensores del dialecto poético español como lenguaje diferencial e irrenunciable, herencia de los clásicos renacentistas y en último término, de los clásicos de la Antigüedad. Los defensores del lenguaje poético expusieron sus argumentos como un trazado histórico, coincidiendo en ese empeño con los primeros intentos de ordenación del pasado literario, que no dejaban de ser a su vez propuestas para superar la crisis de la lírica y ofrecer una línea de continuidad hacia el futuro. Precisamente, la nueva visión historicista que surgió en los prolegómenos románticos europeos concedía al Arte y la Historia ese propósito: el de servir como elementos facilitadores del proceso regenerativo al mantener vivas en el presente imágenes y modelos del pasado que ayudaban a configurar el desarrollo futuro (Prawer 11; Krömer 226). Estala traza ya los primeros avatares de ese recorrido histórico del dialecto poético español en su Prólogo a las Rimas de Fernando de Herrera (1786), proponiendo al poeta sevillano como modelo. Aprovechando algunas ideas de Giovanni Battista Conti (Colección de poesías castellanas traducidas en verso toscano e ilustradas, 1783), distingue el papel histórico de Boscán y Garcilaso (“es preciso confesar que no pusieron el mayor cuidado en enriquecer nuestro idioma de lenguaje poético”) del llevado a cabo por Herrera, quien “advirtiendo el descuido y abandono de esta parte tan considerable en la poesía”, la enriqueció, pulió y perfeccionó hasta merecer “que se le tome por modelo en la elocución poética” (Estala 11 y 82). No en vano discípulo de Estala, Quintana aprovechó en varias ocasiones un argumento que servía bien a su nueva ordenación historiográfica de la literatura, asentada sobre la progresión de la lengua castellana y, en el ensayo preliminar a su edición de las Poesías inéditas de Francisco de Rioja y otros poetas andaluces (1797), organizó en tres etapas la poesía de los siglos XVI y XVII: de Garcilaso a los Argensola, de éstos a Góngora y de Góngora a Quevedo. Una década más tarde, en el prólogo a las Poesías selectas castellanas desde el tiempo de Juan de Mena hasta nuestros días (1807), incorporó a ese breve trazado de progresión el papel anterior de Juan de Mena, que, si hubiera sido continuado por los poetas de su tiempo, “el lenguaje poético, tan numeroso, tan vario, tan majestuoso y elegante, no envidiaría flexibilidad y riqueza a otro alguno” (XXVIII). Su elogio tuvo considerable difusión, y Mena pasó a tener un papel significativo en la
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 253 historia del dialecto poético, como se lee también en el repaso de Aribau, que repite aquella desiderata: El que en nuestro concepto enriqueció mayormente nuestra nomenclatura poética por este camino fue el famoso Juan de Mena, que escribió a principios del siglo 15º bajo el reinado de D. Juan el segundo. ¡Ojalá los que le siguieron hubiesen imitado la juiciosa libertad con que tomó de la lengua latina muchísimas bellezas que se han olvidado después! (306) Mena jugará a partir de entonces el papel de precursor del dialecto poético e iniciador de la historia poética española en las tesis historiográficas de los autores de la Academia de Letras Humanas de Sevilla, foro en el que, con anterioridad a ese prólogo de Quintana, había surgido la propuesta de usar el dialecto poético como hilo conductor para una historización más elaborada de la lírica, incorporando nuevos criterios de tinte nacionalista que complicarán los argumentos del debate. En concreto, Justino Matute y Gaviria expone en 1797 una relación historiográfica de la literatura española a partir de escuelas. Sobre aquella idea se elabora el pionero “Plan para una historia filosófica de la poesía española” de Manuel María de Arjona, que debió leerse ante los académicos sevillanos entre 1778 y 1799, años antes de ser publicado en el Correo literario y económico de Sevilla de 23 de julio de 1806 (fecha en que habitualmente se le data) y de allí copiado en La Minerva o el Revisor general del 22 agosto del mismo año. La fecha de su presentación original se deduce del “Examen del Bernardo de Balbuena” de Alberto Lista, quien allí afirma que “[e]s bien conocida en la Academia la clasificación de los poetas por escuelas. Se ha presentado un discurso donde, aunque brevemente, se indican los principales argumentos de esta clasificación. Me han parecido convincentes” (Ensayos 14). Una nota en el manuscrito de Lista (23000 de la BNE) indica que este discurso suyo fue leído “el día 15 de septiembre de 1799 en la Academia de Letras Humanas de Sevilla” (Díaz Rosales 692), luego la lectura del texto de Arjona tuvo que ser anterior. Probablemente ya entonces pudo dar lugar a porfías entre los académicos, lo que también sugiere la redacción de Lista (“sea o no justa la división que en aquel discurso se hace”), pero no será hasta 1806 cuando Reinoso publique, también en el Correo, las “Reflexiones sobre el Plan para una historia filosófica de la Poesía Española”, respondiendo críticamente a aquella propuesta historiográfica en lo que Ruiz Pérez considera un “ejercicio académico de debate” (187-188) y que ofrece claras diferencias en su ejecución y en el tono con el de Arjona (López Bueno 311), probablemente resumido para su publicación. Antes, Reinoso había presentado (el 23 de diciembre de 1798) y leído (el 7 de marzo de 1799) ante la misma Academia un Discurso en que se persuade el estudio de un habla propia de nuestra Poesía, atendida la negligencia que tuvieron en esta parte casi todos los buenos Poetas antiguos, propuestos como modelos del decir poético por los que han confundido el estilo con la dicción, considerado inédito, pero que he podido
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 254 encontrar reproducido en la Revista literaria (1891-1892) que dirigían en Sevilla Rodríguez Marín, Gestoso y Montoto. Los cuatro textos demuestran a los tres académicos à la page de las novedades europeas, y están claramente vinculados entre sí tanto por la preocupación por el lenguaje poético como por su intención “filosófica” (en el sentido sensista) de ofrecer una historia razonada de la poesía española. La incorporación del nuevo sesgo nacionalista será precisamente causa de discordia entre los compañeros de Academia. Y es que la lista de Arjona periodiza nuestra poesía distinguiendo entre una primera escuela italo-hispana (liderada por Garcilaso), una “segunda escuela italo-hispana o sevillana” (la de Herrera), y la “escuela propiamente española”, que se retrata aplicando el concepto de genio frente al arte (o mejor, a la artificiosidad): Algunos poetas españoles, de genio original, imitando a los italianos, griegos y latinos, lo hicieron con tal maestría, que produjeron un nuevo género de poesía cuyo carácter es una soltura, urbanidad y grandeza nada artificiosa, tan propio de la lengua española, que ninguna otra lo podrá copiar. Tales son Valbuena y Lope de Vega; tal es también Góngora en sus buenas poesías, [en las malas representa la “escuela corrompida española”]. (116-117) El carácter diferencial y distintivo de lo “propiamente español” se subraya de diferentes maneras: a través de la inclusión del valor de lo “original”, de la superación de los modelos, de la novedad y de la cualidad de intransferible a otras lenguas y naciones. Precisamente en esa dificultad para imitarse estriba el que también haya tenido pocos discípulos españoles en “los últimos tiempos”, “porque para imitar la frondosidad y lozanía de Lope se necesita una fuerza de ingenio que no se halla tan fácilmente como la otra fuerza violenta que se hace cada uno a sí mismo para imitar los de otras escuelas” (116). La fuerza de la imitación como técnica —ars que violenta y doblega la individualidad, conduciendo al poeta por el sendero de la corrección ya trazada— es incomparable a la mucha mayor fuerza del genio natural, convertido por las nuevas tendencias, recién introducidas en España, en protagonista radical del espacio poético. Por eso, si en los demás casos Arjona hace depender el sucederse de las escuelas del principio de la imitación, en el caso de la “escuela propiamente española”, por la participación que en ella tiene el genio natural, no parece clara la continuidad, pues, aunque la “escuela aragonesa o de los Argensolas” parte del “nuevo estilo, también propiamente español”, es “muy distinto del de Lope” (117). Adelantándose a la recepción schlegeliana en España, Arjona asocia esta “escuela” característicamente española con el cultivo de la poesía dramática, marca distintiva de nuestro genio, aunque también con la poesía épica, tan demandada desde finales de la Ilustración para revitalizar a una nación apagada y a la que, como se quejaba Quintana en 1807, las “musas
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 255 castellanas” habían sido en general “sordas, indiferentes” (LXXIX-LXXX). Entre los escasos ejemplos se contaba precisamente el Bernardo de Balbuena, que Lista pondera junto a Lope de Vega en el discurso que también leyó el año 1799 ante la misma Academia. El “Examen del Bernardo de Balbuena” es un discurso poco conocido y sin embargo muy interesante. El escaso seguimiento crítico que ha recibido —y que repasa Díaz Rosales (688-692)— no se detiene a observar su conexión con el discurso de Arjona. Sin embargo, son varias las referencias que Lista hace a aquella ordenación por escuelas y, sobre todo, a los argumentos de su clasificación, especialmente a los relativos a la “escuela verdaderamente española”. Según Lista, Balbuena, a pesar de su genio diferente, está unido a Lope por semejanzas “que nos obligan a colocarlos en una misma escuela, la que se ha llamado por el autor del Discurso que acabamos de citar, y a mi ver con sobrada razón, escuela puramente española. Como hemos dicho que Balbuena pertenece a ella, es de la mayor entidad manifestar el carácter particular de esta escuela” (Ensayos 14). Para definir ese “carácter particular” de la poesía española, Lista desarrolla la diferenciación de Arjona entre dos maneras creativas: la del artificio, vinculada a la imitación, y la del genio, inimitable. La primera fue seguida por “los mejores poetas de nuestro buen siglo, Herrera, León, los Argensolas, Garcilaso”, quienes dan bien a conocer en sus composiciones cuánto artificio emplearon en ellas; aun sus versos se resienten de este artificio, nacido sin duda de haberse propuesto imitar a poetas extranjeros ya antiguos, ya modernos, y haber, si no aniquilado, a lo menos encadenado el genio nativo y el carácter del idioma. (Ensayos 14) De otro lado, Lope, corifeo de la escuela española, renuncia al esmero y a la lima, con el resultado de ser malos, malísimos sus versos por la mayor parte, pues nada trabajaba, corregía, ni quitaba; mas los que en virtud de su genio, poético por naturaleza, tuvieron la felicidad de ser excelentes, conservaron un carácter de soltura y fluidez consiguiente al ningún trabajo y artificio que se empleó en su producción, y aquel giro ameno y suave que desconoce el estudio y la corrección. De aquí la dicción pura, frondosa y abundante, la versificación corriente, y constantemente sonora y halagüeña. Este carácter especial de amenidad y soltura, desconocido de los demás poetas, es propio del genio libre de nuestro idioma; por tanto, los poetas que, tomando por modelo a Lope, adoptaron su estilo, forman una escuela particular, que con justo título puede llamarse escuela puramente española. (Ensayos 15) En otros lugares del texto, Lista vuelve en los mismos términos sobre la musa “a veces juguetona, a veces noble, pero siempre fácil y halagüeña de la
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 262 como resultado la obra de los “copleros”, a los que el grupo de Sevilla consideraba los peores enemigos de la verdadera poesía y contra los que publicaron el antídoto de la Colección de poesías formadas por acuerdo de la Real Sociedad Patriótica de Sevilla para el uso de sus escuelas (Sevilla, 1817: IV-V). También Gómez Hermosilla —cuya obra los traductores de Bouterwek califican en una nota como “una rapsodia [...] con el extravagante título de Arte de hablar en prosa y verso” (Bouterwek 172), y que merecerá por contra la defensa de Reinoso en la última entrega de su reseña: “apreciable obra de uno de nuestros literatos más acreditados” (“Historia” nº 114: 3)— había despreciado el romance porque, habiéndoselo apropiado los copleros, “se ha hecho vulgar, se ha envilecido, no hay ya medio de ennoblecerle” (Gómez Hermosilla II: 176). La única salvaguarda para la poesía estaba en el oficio sabio de los cultos, y su verdadera tradición era la del conocimiento y el arte. Por eso enfada a Reinoso el tratamiento que Alfonso X recibe en la obra de Bouterwek, quien lo coloca por debajo de las expresiones de la literatura no culta, pero sobre todo el que se da a Juan de Mena, cuyo Laberinto Bouterwek caracteriza como “ficción tan fría como ridícula”. Para Reinoso, que con Lista lo tiene por el poeta que inauguró el habla poética distinta de la prosa, con Mena se inició “una nueva era, distinta de la precedente”, pues “es el más instruido y filósofo, y el de más genio y elocuencia de todos nuestros poetas antiguos” (“Historia” nº 113: 3). En la defensa que de él hace se observa cómo Reinoso está enfrentando toda la concepción histórico-poética del alemán, basada en la defensa de la naturalidad sobre el arte: El que tanta severidad ha usado con El Laberinto de Mena, el que en los versos mayores de Alonso el Sabio y en el poema del Cid no descubre rastros de poesía, ¿cómo ha podido ser tan indulgente con estas producciones irregulares de un siglo de ignorancia, como a su despecho las llama alguna vez, y encontrar poesía y fijar el origen de ella en romances que no ha visto ni se conservan, ni probablemente se compusieron jamás? ¿Puede creerse que esas piececillas vulgares, si fueron tales en tiempos más antiguos, y por consiguiente más rudos, tendrían más arte y espíritu poético que una obra extensa, escrita para lectores instruidos, con plan más meditado, con más esfuerzo y aplicación que los breves cantos del pueblo? (“Historia” nº 113: 4) Piensa Reinoso que la buena poesía se alcanza con formación erudita y necesita una “dicción ya formada y correcta”, una rima superior a la asonancia, artificio y estilo, y ello “no es cosa que se hace por el pueblo”. El romance, que “siempre conservará el carácter de su primitiva rusticidad”, solo “influyó para descorregir y desaliñar la poesía” (“Historia” nº 113: 3). Además de desmantelar la endeble cronología histórica que Bouterwek atribuye a los romances (“[n]inguno de los ejemplos que cita en sus notas manifiesta ser anterior al siglo XV” (3), pone en cuestión la famosa afirmación de Quintana de que el romance era la verdadera poesía española (tampoco sin
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 263 razón, pues la frase se solía presentar fuera del contexto original en que la empleó Quintana) y la impugna apoyándose en su tesis de la distinción entre lenguaje poético y prosístico: Este metro [del romance] es el más cercano a la prosa; le forman hasta los muchachos de escuela; es menester cuidar mucho de evitarle cuando se escribe, porque se desliza de la pluma sin advertirlo, y ese prosaísmo esencial que le constituye el más a propósito para la comedia [...] es por lo mismo el que lo hace menos idóneo para las composiciones sublimes. (“Historia” nº 114: 3) En su inédito Plan ideológico de una poética, de 1816, Reinoso dedicó un largo capítulo a los romances (Comellas, “El magisterio”). No los incluye en la poesía lírica, apelando a una distinción entre las emociones sublimes de la verdadera poesía y la simplicidad musical de aquel género sin arte que, insistirá en la Gaceta de Bayona, “no sirve para la poesía sublime” (“Variedades. Sobre” 3). También en el Plan se había referido a la famosa frase de Quintana, que se había ya por entonces convertido en bandera de otra manera de patrocinar nuestra tradición literaria: los cuales [los romances] sin embargo no deben colocarse, como tal vez se ha hecho, entre las composiciones líricas; porque estas nacen del sumo grado de impresión y participan de un entusiasmo y desorden a que nunca llegan los romances. Ni menos puede decirse que ellos eran en otro tiempo nuestra poesía lírica porque se cantaban al son del harpa o la vihuela. [...] Cuando los romances se cantaban a la vihuela habían florecido ya Garcilaso, León, Herrera, Francisco de la Torre, y florecían a la sazón los Argensolas, Jáuregui, Rioja; es decir, nuestros mejores poetas, que cultivaron y fijaron la lírica española desdeñando los romances y su música. ¿Pero qué música es la suya? Un canto pesado y monótono, semejante en su sencillez al recitado, que muestra bien no ser lírica la composición. (Plan 54-55) La actitud de Reinoso ha de entenderse en relación con el rechazo de las élites intelectuales españolas al pueblo, considerado “ignorante y digno solo de recibir lecciones u órdenes” (Álvarez Junco 135). Y aunque la Ilustración lo haga “beneficiario último de sus proyectos políticos”, la formación que se le proporciona desde las Sociedades patrióticas en las que colaboraron Lista, Blanco o Reinoso se ciñe al entrenamiento técnico para su cualificación laboral. Las virtudes y valores sociales, el conocimiento, se reservaba a las clases acomodadas. “Dentro de este último lote iba el orgullo nacional, basado en el conocimiento de la propia historia y la valoración de la cultura letrada” (Álvarez Junco 136). Con ese mismo orgullo nacional, reservado a la estirpe de los sabios, afirma Reinoso que “en España nunca han sido clásicos los romances, [...] y pudiera añadir que ni se han cultivado en la edad clásica de nuestra poesía, ni será clásica nunca
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 264 la edad en que predominen los romances. Su frecuente uso desentonará siempre la poesía sublime, y su facilidad allanará los penetrales de las musas a la muchedumbre” (“Historia” nº 113: 3). Para Reinoso, partidario del arte, lo natural es lo mismo que lo vulgar y no cabe en la única historia poética posible, la del clasicismo. También por ello la emprende con Lope, que “si fue el poeta más generosamente dotado por la naturaleza, ha sido también el que más se extravió en todas sus obras”. Su “poco discernimiento” se expresa en multitud de ocasiones: desde el Arte nuevo de hacer comedias, “que es un compendio de delirios”, hasta en la elección de la quintilla para escribir la vida de San Isidro (3). Reinoso es muy consciente del quebranto que aquellos defensores del romance, de la “democracia literaria” y de Lope de Vega estaban haciendo a su tesis histórica sobre la poesía española con el dialecto poético como eje, en la que cifraba la recuperación de la crisis de la lírica por lo que se ha señalado sobre el papel prospectivo con el que se concebía la Historia en el Romanticismo. De ahí que toda su argumentación contra Bouterwek se centra en rebatir la defensa del romance como el modelo lírico nacional por excelencia, y de la espontaneidad y el genio libre como atributo del carácter poético español. A ello consagra otro de los artículos de la Gaceta, titulado “¿El romance es poesía lírica de los españoles?”, donde emplea criterios supuestamente tomados de los grandes clásicos de la Antigüedad, pero que en realidad remiten a la base sensista de su poética (explícita en el Plan ideológico de 1816) y sobre todo al concepto de lo sublime. El apego que Reinoso (como Lista) tiene a la sublimidad y a su efecto sobre las emociones se hace muy evidente cuando opone la oda, el género sublime por excelencia, y el romance, que sale siempre malparado: En la oda solo se siente; en los romances se discurre. Se expresan también en ellos sentimientos, pero más remisos, de modo que no impidan la reflexión. Se pintan los objetos, pero más bien en descripciones circunstanciadas que en grandes imágenes. Jamás los romances más bellos de nuestros poetas expresan el sumo grado de impresión y enajenamiento; jamás llegan a la vehemencia y desorden lírico. (“Variedades. ¿El romance…?” 4) La posición de Lista no difiere mucho de la suya, aunque la expresara de forma menos combativa en su reseña al primer volumen del Romancero de Agustín Durán, también salido en la Gaceta de Bayona, donde matiza la famosa frase de Quintana e insiste en el prosaísmo del romance, así como en su falta de altura para ingresar en el espacio de la sublimidad poética: El romance es, propiamente hablando, la poesía popular de los españoles; porque su metro y consonancia es el más fácil y el que ocurre con más frecuencia en nuestra prosa. Por consiguiente, en este género se renuncia a los adornos pomposos y sublimes de la poesía, y su mérito consiste en expresar de una manera sencilla y fácil, ya los objetos, ya los sentimientos.
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 265 No es esto decir que no pueda elevar algo más su tono, y llegar hasta la nobleza lírica, [...] mas, en nuestro sentir, jamás podrá expresar bien los movimientos más enérgicos y sublimes de la poesía porque carece de cesuras, y sería muy poco cuerdo el poeta español, que teniendo a su disposición el variado y flexible endecasílabo, quisiese sujetar el desorden e impetuosidad de la poesía lírica al movimiento fácil y agradable, pero monótono, del verso de ocho sílabas. (Lista, “Romancero” 4) La apreciación que sin embargo hace a la singularidad nacional del género (“El romance es una clase de poesía que no es fácil comparar a ninguna de las que se cultivan en las diferentes lenguas de Europa [...] y para sentirla es necesario o haber nacido en España o haber permanecido mucho tiempo en ella”, 4) no es suficiente para elevarlo a la categoría de poesía de arte, que es en la que cumple competir en excelencia con los demás países. La “diferencia” española no suma, ni para Lista ni para Reinoso. Como Velázquez en sus Orígenes, que quería que “los extranjeros v[i]eran la injusticia con que han juzgado del talento poético de una nación, cuyos verdaderos sentimientos en materia de literatura no se deben buscar en medio del vulgo, casi siempre corrompido, sino en los escritos de los hombres sabios” (Velázquez 142), también Lista y Reinoso aspiraban a demostrar que España estaba a la altura de sus vecinos europeos. Todavía creen vivir en la república universal de las letras, para la que han buscado continuidad, incluso desde Bayona o desde Madrid, en su grupo sevillano o, mejor, su “escuela sevillana”. Bien lo sabían los autores del anónimo folleto salido en Madrid con el título de Diálogo entre Él y Yo, en contestación al artículo publicado en los números 112, 113 y 114 de la Gazeta de Bayona, contra la Historia de la Literatura Española, y que Juretschke atribuye a Gómez de la Cortina, uno de los traductores de Bouterwek (Vida 141-142). La diatriba está escrita con ánimo provocador y ofensivo; sus ataques, siempre personales, se amplían a toda la “escuela de Sevilla”, objeto de burlas y sarcasmos que inundan cada página. El conjunto de improperios permite observar al lector actual hasta qué punto aquel grupo de poder literario —y de conexiones políticas— era sentido por sus oponentes como un feudo dominante, aunque ya no inexpugnable, enfrentado a otro sector “madrileño” o simplemente castellano, dispuesto a derrocar por fin el reinado literario de los sevillanos, a los que ya no se teme: “los literatos y no literatos de todo el mundo civilizado se ríen de la escuela de Sevilla y hacen tanto caso de ella como de la primera camisa que se pusieron” (Diálogo 11); “porque la escuela de Sevilla ha tomado según parece por divisa: Solo nosotros. Y no reflexiona que a cada puerco le llega su san Martín” (16). “Crea V. que también hay en el mundo, y en Madrid sobre todo, reputaciones usurpadas. Duran por algún tiempo, pero a lo mejor viene el diablo y tira de la manta” (19-20). “Estaban acostumbrados a que todo el mundo les bajase la cabeza y… ya se ve…, les duele” (41-42). Porque la marca de los sevillanos es su arrogancia y su afán
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 266 de imponer su criterio por único: “Es que ellos están creyendo que son los únicos literatos que hay en España: el más modesto no se cambia por los siete sabios de Grecia” (68); “y eso que los de la escuela de Sevilla nos han dicho litteris moldis que tienen tal cual erudición en el griego. [...] ¿pues hay alguna ciencia, arte, idioma, etc., en que no se crean consumados?” (39). Su prurito verbal es insufrible: “¡y luego vendrán el articulista y su cliente y toda la escuela de Sevilla a enseñarnos a hablar en prosa y verso!” (28); “la escuela de Sevilla no se digna autorizar esas locuciones, por consiguiente, las reprueba como desautorizadas, espurias” (32). Pero, sobre su mala fe, su soberbia vanidosa y sus intrigas —no faltan referencias a “los empleos” que tienen y se les regalan (40)—, la crítica más importante es la que se hace a su manera de contar la historia literaria, a sus preferencias y a los criterios de su trasnochado canon: “¡Viva la lógica de la escuela de Sevilla, y demos a esta manada de genios infinitas gracias por el nuevo método de escribir historias que nos indican sus palabras!” (25); “Está visto. La escuela de Sevilla ha creído sin duda que, desacreditando a nuestros mejores autores, podrá ella pasar por reformadora y única: ¡qué chasco se lleva! Lo que ha conseguido es hacerse ridícula, insufrible y odiosa” (59). Ya no era “única”, tenía fuerte competencia; y tampoco “reformadora”, pues la verdadera reforma venía de la mano de la democracia literaria, asunto que afectaba al centro de la polémica, con el romance como punto neurálgico. El Diálogo no comparte la idea del dialecto poético, ni del clasicismo, cuyo valor discute por extenso (54-55) desde los nuevos presupuestos que las ideas schlegelianas habían difundido: cualquier autor valioso en cualquier época y género puede incluirse entre los clásicos. La visión del espacio poético como un Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos daba paso a una amplitud en la que los criterios de selección resultaban más lábiles e indefinidos, pues no descansaban en el arte verbal. Remitían más bien, como en Bouterwek, al imaginario del Volkgeist, como explica Böhl von Faber en carta de 15 noviembre de 1821 a Martín Fernández de Navarrete: Una nueva era de poesía comenzó, cincuenta años hace, en Inglaterra con la publicación de las baladas antiguas del pueblo por el Obispo Percy y poco después en Alemania por colecciones de la misma clase. Desde entonces se desterró la desgraciada imitación de griegos y latinos que tanto tiempo había trabado al genio, y se reconoció que nada puede hablar verdaderamente al corazón y al alma, sino lo que es nacional. (en Juretschke, “Die Deutung” 165) A este espíritu nacional “se acogieron las colectividades europeas en la afirmación de su espacio identitario resistente a la potencia dominante que era Francia y, brutalmente, en su enfrentamiento con las tropas napoleónicas” (Romero Tobar, “La visión” 13). De hecho, la asociación de los sevillanos para con el dominio francés no dejó de entrar en juego en otra réplica que suscitó la reseña de Reinoso: un folleto, salido esta vez en
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 267 Cádiz, con el título de Cuatro palmetazos bien plantados por el Dómine Lucas a los Gazeteros de Bayona, por otros tantos puntos garrafales que se les han soltado contra el buen uso y reglas de la lengua y gramática castellana, en su famosa critica de la Historia de la literatura española (1830). Su autor, Gallardo, aprovecha la ocasión para meter baza y desahogar su inquina contra los antiguos afrancesados, de los que la Guerra le distanció hasta hacerlos enemigos. Las viejas acusaciones se renuevan y los gaceteros de Bayona se presentan en la diatriba entregados a una francofilia verbal y mental (Gallardo 3-7), disfrazada de envarado filosofismo: “puesto que tanto los Sres. Críticos de Bayona la echan de estirados Filósofos, parrafeando a troche moche filosofías, eructando filosofía, con el nombre de la filosofía siempre en los labios y vacíos enteramente de filosofía los ventrículos del cerebro!!” (20). El tono de superioridad de los gaceteros y su elitismo se hacían insufribles a un Gallardo cuya posición era ya “en extremo favorable del pueblo” (Álvarez Junco 139). Las réplicas a la reseña de Reinoso demuestran que todavía no se había enterrado la animadversión por los antiguos afrancesados, pero también que en el mapa geoliterario se habían ido confirmando dos posiciones definidas, aunque de fronteras muy inestables: la de los francófilos culturales, defensores del ars, la corrección y el estudio, y la más novedosa de los alemanes e ingleses, que promocionaban la naturalidad, encarnada para el caso de España en la supuesta espontaneidad y facilidad del romance, además de en el orientalismo, el exotismo y otras variantes de lo marginal, que repelían a los clasicistas. En esta pugna entre el dominio cultural francés en declive y las nuevas perspectivas alemanas y británicas, España quedaba como territorio en disputa (igual que lo había sido en el terreno político o económico). Resulta al respecto muy significativa una supuesta carta publicada en 1810 en la Gazeta de Sevilla, órgano francés en la ciudad ocupada y del que Lista fue editor. Su imaginaria autora es una “religiosa de Cádiz”, que la envía “a una hermana suya, vecina de un pueblo sometido al rey D. Josef Napoleón”, espantada por la afición de los ingleses, contra todas las reglas del buen gusto, al folclore y la cultura popular españoles: Últimamente, el partido inglés es el más numeroso, pues cuenta con todos los gitanos, y vecinos del barrio de Santa María. Han creído los ingleses que el verdadero carácter español está en estas gentes, y sus bailes, sus canciones, sus modales y sus costumbres es [sic] para ellos de mucho aprecio. Casi todos cantan ya el olé y tienen vestidos de hombrillos, concurren a sus bailes y juman que es un contento. (“Carta” 429) Esa España “diferente” y popular, que atraía a los británicos y alemanes, dejaba al país en una posición de marginalidad (Pérez Magallón) que rechazaron los contendientes de Böhl en la querella calderoniana. A la altura de 1822, Lista todavía podía presentar sus posiciones como “una secta” en El Censor: “existe en el día una secta de literatos alemanes cuyos
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 268 principios en materia de poesía son opuestos a los que hasta ahora ha consagrado el buen gusto en las naciones más civilizadas. Dicen que cada pueblo tiene su poética particular, acomodada a sus costumbres e ideas” (Ensayos 49). Lista está convencido, todavía en sus años como redactor de la Gaceta de Bayona, de que “los observadores extranjeros distorsionaban las cosas de España” (Leonardo Romero, en Lista, Ensayos 275 n. 67). Sin embargo, tanto José Joaquín de Mora y Alcalá Galiano como el propio Lista acabarán por aceptar e incorporar aquella visión en mayor o menor medida. El primero ya había cantado alabanzas al romance en una carta muy citada que Paquita Larrea envió a Schlegel en 1813 (Pitollet 79); y en su primera réplica a Böhl, publicada en el Mercurio gaditano de octubre de 1814, señala que Schlegel hace justicia al carácter literario español, excusando “su poca sujeción a las reglas por la fogosidad e impaciencia de este genio, que se avanzaba él solo en todos los géneros por una osadía noble que le empeñaba casi siempre en crear” (Pitollet 102). Pero su vindicación radical del principio de la naturalidad llegará durante sus años de exilio londinense, cuando escriba en 1824 para The European Review la citada historia de la poesía española, que tiene al romance por eje y que caracteriza el “genio español” por su tendencia a romper las reglas del arte (Comellas, “La construcción”). En cuanto a Lista, su evolución puede resumirse brevemente en la comparación de dos textos. En la Gazeta de Sevilla de 1811 había traducido y anotado el artículo que Tourlet publicara poco antes en Le Moniteur universel, reseñando el anónimo y reciente Essai sur la littérature espagnole (1810), que suele atribuirse erróneamente a Marmontel. Contra lo que también se ha dicho, solo las notas a esta reseña son de Lista, que no debió sospechar cómo tras aquel Essai francés, y pasado previamente por una interesante versión epistolar del irlandés Dillon, se escondían al fondo los Orígenes de Velázquez (Contreras Jiménez). Claro que las sucesivas capas que habían ido depositando sobre la obra española las versiones extranjeras y las contaminaciones con otros textos introdujeron novedades que son las que en parte rechaza Lista, mostrando en las notas a pie de página su desacuerdo con algunos puntos de la imagen de la literatura española que defendían Tourlet y el autor del Essai. En particular, interesa ahora lo que apunta a los pasajes en los que el francés encarece el sustrato cultural árabe de la literatura peninsular; Lista anota su oposición, pues para él “[l]a literatura española se enriqueció muy poco con la oriental. Los árabes no sabían nada en la época de la invasión. [...] no conservamos ningún monumento literario que pruebe la influencia del gusto árabe en nuestra literatura” (Lista, Notas 216); añade en otra nota posterior que, en cuanto al carácter nacional, “los españoles no han recibido nada de las otras naciones. Los españoles que describe Tito Livio tienen las mismas cualidades fundamentales en su carácter que los del tiempo de Carlos V y Carlos III” (222); en el reinado del primero hace comenzar la verdadera tradición poética española, con Garcilaso: lo que vino antes era prehistoria. Sin
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 269 embargo, años más tarde, en “De la moderna escuela sevillana de literatura” (1838), demuestra haber aceptado plenamente la narrativa de los hispanistas extranjeros y así afirma que los poetas andaluces han “heredado de los árabes” un “carácter poético” singular, “más propio para sentir y para expresar sus propias ideas y pasiones” (271). De la misma manera, las tesis de Durán sobre el sincretismo cultural español le llevaron a cierto viraje en su teoría del dialecto poético, que cada vez más atribuyó a la escuela sevillana en oposición a la “verdadera escuela española”. Por su parte, Alcalá Galiano, en la etapa final de su exilio, prologa El moro expósito (1834) de Saavedra alegrándose de que “[p]or fortuna hubo en España una poesía nacional y natural por consiguiente, pues son inseparables ambas cosas. Aludimos a los romances [...]. También es nacional y natural, aunque no en tan alto grado, nuestra poesía dramática” (30). La identificación entre lo natural, lo nacional y la pertenencia al pueblo, de clara estirpe herderiana, había sido desarrollada por los alemanes, que la ejemplificaban con el romancero. Según Depping afirma en su Sammlung der besten Spanischen Romanzen (1817), la poesía española es la más natural de todas, como resultado de las circunstancias geográficas: los pueblos que tienen fronteras naturales se centran en sí mismos y generan mitos, historias y fábulas en poemas que se trasladan oralmente. Así ocurrió con los españoles, dueños de la mayor riqueza que existe en canciones heroicas, mitológicas y satíricas en sus romances, género que se corresponde, piensa Depping, con el de “balada” —el género poético de moda en Europa— (IX y X). Depping no duda en identificar la auténtica poética española con estas obras populares, cuya radical naturalidad se demuestra en que carecen prácticamente de reglas (“Dann hatte die Spanische Poetik so wenige Regel”), y se distinguen tan poco de la prosa que hasta las mujeres y los chiquillos pueden fácilmente atreverse a componerlas: “Die dazu gewählte Versart wich so wenig von der Prosa ab, dass selbst Frauen und Kinder leicht damit vertraut wurden” (XI). Estamos en las antípodas de la defensa del dialecto poético como marca reivindicativa de la tradición española. La identificación del Romancero con lo más genuino del espíritu español lo convirtió en el necesario puente para reunir la tradición lírica con las novedades de la época (Nowicka 39), y así lo hicieron las revistas del exilio, que apoyándose en él dibujaron “una línea de continuidad desde los tiempos antiguos hasta los avatares de la lírica más reciente, una línea que se superponía a las etapas de auge y decadencia de la literatura española, es decir, al Siglo de Oro, al denostado gongorismo y a la restauración literaria efectuada por los ilustrados” (Romero Tobar, “Las Historias” 97). Continuándola, surgiría la verdadera superación de la crisis de la poesía. La tesis del dialecto poético fue todavía defendida por Aribau desde un órgano de prensa que suele considerarse introductor de las ideas románticas en España, El Europeo. En el mencionado artículo “Sobre el dialecto poético”, afirma su opinión favorable en el debate: “si se nos pregunta si es conveniente que entre los dos dialectos [poético y prosaico] haya marcadas
Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 270 diferencias, diremos qué sí; y que una lengua será tanto más apta para la poesía cuantos más sean los medios que proporcione para expresar claramente las ideas de un modo diverso del lenguaje vulgar” (306-307). Sin embargo, la incorporación de valores románticos se hace notar, por ejemplo, en su rechazo a la lengua francesa por ser lengua “de la razón”, y por tanto más apartada “del lenguaje de la imaginación y de los afectos”, lo que tiene como consecuencia que “todo su dialecto poético se reduce a un corto número de trasposiciones” (302). Para entonces, el dialecto poético había ido perdiendo partidarios. Martínez de la Rosa, que alaba en su Poética de 1827 a Meléndez por haber “contribuido más que otro alguno a fijar el lenguaje poético, renovando muchas de sus antiguas galas”, se siente “obligado a advertir a los jóvenes que ya en él empieza a notarse el exceso de tan buena prenda, hasta el punto de rayar a veces en afectación; y que es necesario que estén precavidos contra este vicio que empezaba a afear nuestra poesía” (115). Mucho más radical es diez años más tarde el joven Patricio de la Escosura en el primer número del Museo Artístico Literario (1837), cuando tras hacer un alegato a favor de la democracia poética, repudia aquel lenguaje artificial y verdaderamente imposible de comprender para el que no estaba iniciado en sus misterios. Había una barrera insuperable entre el pueblo y el poeta: hablaban distintos idiomas, no podían comprenderse; ¿cómo pues podían estimarse recíprocamente? [...] Los poetas viven con el pueblo, sienten como el pueblo, comprenden qué puede sentir, le hablan su idioma y son comprendidos y apreciados. (2) Para entonces, Eugenio de Ochoa había publicado en El Artista (1835) un artículo sobre “La lengua castellana” que pedía renunciar definitivamente al dialecto poético, “dialecto informe de nuestros mayores, dialecto bajo cuya superficie se ven tan claramente las palabras griegas y latinas como las venas y los nervios en un cuerpo desollado” (53). La polémica, sin embargo, no había concluido. El discurso de ingreso en la RAE de Juan Valera (1862) estuvo dedicado a La poesía popular, ejemplo del punto en que deberían coincidir la idea vulgar y la idea académica sobre la lengua castellana, un intento de equilibrar las relaciones entre res y verba, ars y natura, tradición culta y popular. Se enfrenta a la muy difundida y “vana creencia de que el escribir no es arte, sino instinto; de que el pensamiento es lo que vale, y de que nada vale la forma, estableciendo entre el pensamiento y la forma de que va revestido una diferencia y un divorcio que jamás existieron” (1052). Los valedores de la poesía popular y de la espontaneidad lírica se han convertido en legión, y Valera viene a denunciar ante los académicos el error que ha prosperado de confundir el lenguaje poético con el de la prosa, cuando, según sostiene, siempre ha habido diferencia entre ambos (1061). Posición similar mantiene Giner de los Ríos en el mismo año, enfrentándose a quienes
Anejo 8 de DIECIOCHO (otoño 2021) 271 creen que el arte ha empezado por el estilo verdaderamente natural, vivo y sencillo; los que tal piensan confunden con la naturalidad la grosería, la torpeza, la indecisión, la falta de animación y de vida, cual si las incorrectas figuras que el niño traza en el papel pudieran ser tenidas por monumentos del más bello estilo, puro, sobrio y severo. (155) Tres años después, en 1866, uno de los discípulos de Lista, Manuel Cañete, en el prólogo a los Cantares de Melchor de Palau, desmonta los argumentos que el año anterior había expuesto Emilio Lafuente al frente del Cancionero popular. Colección escogida de seguidillas y coplas (1865). Para Lafuente, los españoles contamos con “un riquísimo tesoro, como quizá ninguna nación podrá vanagloriarse de poseer, de esa otra poesía natural y espontánea que brota sin esfuerzo, y se mantiene y propaga en esferas desdeñadas de los eruditos, sin que sean menos dignas de atención y estudio” (VI). Por contra, Cañete, que alude y cita directamente a Lafuente, piensa que es absurdo “presumir, por grande que sea la intuición poética del vulgo, que entendimientos sin ningún cultivo produzcan frutos sazonados y saludables” (XII) y, con el mismo elitismo de sus maestros Lista y Reinoso, distingue entre la poesía del vulgo y la de los hombres ilustrados: “Y no se diga que un tosco labriego es tan capaz de sentimientos y pensamientos poéticos como el hombre de mayor ilustración. No se diga que por carecer de cultura conserva intactos el vigor y virginidad nativa de su ingenio, y se halla más en aptitud de dar espontáneamente flores hermosas”, porque “no es lo mismo sentir poéticamente que revelar en metros cadenciosos y en lenguaje exacto y expresivo el poético sentimiento que abrigamos en el alma” (XIII). La dicción poética, que había sido reivindicada en 1860 ante la RAE por otro discípulo de Lista, Joaquín Francisco Pacheco, en el discurso antes mencionado, se había convertido en una marca de la escuela sevillana, cuyos miembros continuaron defendiendo un feudo cada vez más reducido (al menos a nivel nacional). Eran todavía reconocidos como un colectivo específico, como lo demuestran las invectivas de Campoamor, enfrentado a ellos desde las críticas de Cañete a sus Doloras, y que no dejó de cargar contra el dialecto poético, la tesis que mejor representaba a sus enemigos: “con el antiguo dialecto poético, aunque tengan lo que constituye la esencia de la poesía, que son el ritmo y la imagen, son imposibles los poetas buenos” (111-112). En su criterio, “[s]ólo el ritmo debe separar el lenguaje del verso del de la prosa” (113), y el rigor verbal de aquel lenguaje que Reinoso consideraba obligado para la lírica generaba, según afirmó, “escritores rimbombantes”, cuyas obras “suenan a huecas como las bóvedas de las tumbas” (112). El criterio democrático-literario vuelve a aparecer en su Poética: Cuando Herrera inventó un lenguaje especial para la poesía, ésta quedó fuera del círculo de las gentes, y el idioma común, sin artistas que lo fijasen, ha quedado en la prosa estancado y en la poesía muerto. Mientras
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Comellas, "Lenguaje poético y la idea de nación" 280