Antonio Ordóñez en el recuerdo. Catálogo de la Exposición instalada en la Plaza Monumental de las Ventas, del 26 de septiembre al 1 de octubre de 2008. Sevilla, 2008, 244 págs. [Reseña]
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La exposición conmemorativa de Antonio Ordóñez, una recreación fotográfica de los principales momentos de la trayectoria taurina del maestro, con algunas miradas al pasado (El Niño de la Palma) y al futuro (Francisco y Cayetano Rivera Ordóñez) de la afamada dinastía rondeña, merecía un catálogo que estuviese a la altura tanto de la gran figura del toreo que se evocaba, como del excelente material gráfico seleccionado, procedente de la Real Maestranza de Caballería de Ronda, Revista de Estudios Taurinos N.º 26, Sevilla, 2009, págs. 273-276 Fig. n.º 39.- Antonio Ordóñez en el recuerdo. Catálogo de la Exposición instalada en la Sala “Antonio Bienvenida” de la Plaza Monumental de las Ventas, del 26 de setiembre al 1 de octubre de 2008. Organizada por el Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid y la Real Maestranza de Caballería de Ronda. Comisario: Pedro Romero de Solís. Coordinadora: Victoria O’Kean Alonso. Sevilla, 2008, 244 págs.
Carlos Martínez Shaw 274 del Archivo de Miguel Martín (también de Ronda), del Fondo Fotográfico de M. Santos Yubero (del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid) y de algunas aportaciones de la Agencia EFE y del archivo privado de Francisco Rivera Ordóñez. Así se han reunido una serie de textos redactados unos por los organizadores y otros por reconocidos especialistas en la materia rondeña, entre los que hemos echado de menos la firma del amigo que se nos fue, Antonio García-Baquero, experto en la temática y unido al maestro y al resto de los colaboradores por fuertes lazos de amistad. Entre los obligados textos institucionales (presidenta de la Comunidad de Madrid, presidente del Consejo de Asuntos Taurinos, teniente de hermano mayor de la Maestranza de Ronda), no podemos dejar de destacar un luminoso párrafo de Rafael Atienza, que define de modo perfecto, con exquisita pluma, la trascendencia del toreo del maestro desaparecido hace ahora diez años: «Antonio Ordóñez fue el mejor torero de su época. Pero no era tan sólo su forma de torear lo que le convirtió en uno de los grandes artistas del siglo. Ni era tan sólo esa belleza, grave y melancólica, con que aparece en sus fotos de juventud, ni su indiferencia ante el riesgo ni su soberbia jupiterina Era, sobre todo, esa sensación, que sólo tienen los elegidos, de estar sometidos a un destino inexorable. Esto es lo que Hemingway y Orson Welles y tantos otros supieron ver, con asombro y emoción» A renglón seguido, Carlos Abella aporta nuevos datos sobre la biografía de Antonio Ordóñez, dando rienda suelta a su gusto por la estadística y la precisión: los párrafos finales ofrecen la secuencia temporal de su actividad taurina (novillero de 1948 a 1951, matador de toros de 1951 a 1962 y de 1965 a 1971), hasta llegar a su muerte, el 19 de diciembre de 1998, a los 66 años de su casa sevillana de la calle Iris, para terminar con una nota sobre el destino de sus cenizas: parte «esparcidas en la puerta de chiqueros de la plaza de toros de Ronda y el resto, meses después, en la Camarga francesa...».
Juan Antonio Gómez-Angulo dedica su contribución a rememorar, en su cincuentenario, la publicación por Ernest Hemingway de El verano peligroso. Y así, entre otros pormenores, lamenta las dificultades que ha tenido en España la difusión de la obra del escritor estadounidense: la versión íntegra de Muerte en la tarde (libro de 1932) no se ha publicado entre nosotros hasta el año 2005, mientras El verano peligroso (que narraba los avatares de la temporada de 1959 para la revista Life) no aparece en español hasta 1986 y, luego, en 2005, según su opinión en una pésima versión y con “prólogos inconcebibles” de James Michener y Rodrigo Fresán. Víctor Gómez Pin (“Antonio Ordóñez. La tauromaquia como exigencia”) y Álvaro Martínez-Novillo (“Los Ordóñez. La imagen de unos toreros de su época”) han optado por publicar sendas versiones de sus trabajos escritos para el volumen coordinado por Alberto González Troyano, Antonio Ordóñez y el toreo de su tiempo, editado en el año 2001 por la Maestranza de Ronda. En cambio, el propio Alberto González Troyano avanza una sugestiva hipótesis sobre las motivaciones que empujaron al maestro a dar un sentido profundo a su arte: la continuidad de la tradición rondeña (representada por los Romero y, ahora, por los Ordóñez, después de su reasunción por El Niño de la Palma) y la necesidad de establecer un diálogo entre la tauromaquia y otras expresiones artísticas y literarias. Con sus propias palabras: «A su vez Ronda y su plaza de toros dieciochesca pasó de ser un mero decorado museístico, de bello sabor arqueológico, a una tierra taurina de acogida sobre la que se proyectó, gracias al toreo de Antonio Ordóñez, una nueva gloria tan fundamentada como las anteriores. (. . .) Nunca gustó el diestro rondeño de esos ambientes castizos en los que se cultiva el elogio fácil para el artista nativo. Por el contrario, buscó siempre para la fiesta otros horizontes más exigentes y cosmopolitas. El papel que él asignaba a la tauromaquia, como fenómeno estético, le llevó a estaRecensiones 275
blecer una natural complicidad con los creadores de otros campos. Igual que el pasado taurino de Ronda fue para él motivo de emulación, también encontró, en su relación con escritores y artistas, estímulos para entroncar el toreo con la reflexión filosófica, con la literatura, la pintura y el cine». Esta poderosa propuesta enlaza con el artículo que cierra el volumen, el firmado por Pedro Romero de Solís y respondiendo al bello título de “La corrida goyesca de Ronda. Una historia sobre el abismo del arte”. El texto, además de ofrecer algunas notas eruditas (la prelación de Zaragoza en la celebración de corridas goyescas, siguiendo la apreciación de Ignacio de Cossío, o la fecha de fundación de tales festejos en Ronda, el 16 de setiembre de 1954), se centra en la vinculación establecida a partir de entonces entre la plaza de toros de la Maestranza de Ronda, la corrida goyesca y la dinastía de los Ordóñez, para concluir con un elogio de apasionado lirismo al coso rondeño y una pregunta retórica con respuesta afirmativa implícita: «Acaso el gran toreo ¿no es arte al borde del abismo?». En conclusión, un magnífico catálogo, una espléndida selección de fotografías, una serie de textos interesantes en general y, en algunos casos, muy expresivos e incluso muy logrados literariamente, un diseño ejemplar de Victoria O’Kean y una concepción general impecable del comisario, Pedro Romero de Solís. En suma, una obra que quedará para siempre al servicio del aficionado y del estudioso de la figura del gran maestro de Ronda y de su mundo. Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos Carlos Martínez Shaw 276
