Vida de la princesa de Eboli
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Es propiedad del autor.
IMPRENTA, ESTEREOTIPIA Y GALVANOPLASTIA DE AIIIBAL" y C.a
(sucesores de Iliv.Ideueyra), imprasore.s de cámara de 5. 31.
PRÓLOGO DEL AUTOR.
.111••
n
•••
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•
n
•••
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•
n
•••••••
Hay en la historia sucesos y
personajes secundarios en
realidad, pero que sirviendo para darnos á conocer me-
jor otros más principales
é
importantes , tienen justa-
mente el privilegio de excitar la atencion siempre que se
trata de ellos : así sucede con el episodio de los amores
y
las prisiones de Antonio Perez
y
la Princesa de Éboli
en el reinado de Felipe II. Escasa importancia mere-
cerían, con efecto, por sí solas, en una época en que
ocurrieron tantos hechos notables y se agitaron tan gra-
ves cuestiones políticas y sociales , las desgracias de un
ministro y de una cortesana; ni habria motivo para que
los rigores de que fueron objeto nos conmovieran más
que otros parecidos cuando el sistema de gobierno y la
dureza de los caractéres hacían por desgracia frecuentes
casos de la misma naturaleza. Si éste es citado con ma-
yor insistencia en las censuras de la crítica, y sirve de
argumento á dramas y. novelas, no es ni por el hecho en
sí mismo , ni por la simpatía que inspiran las víctimas,
ni áun por el atractivo que cierta clase de anécdotas des-
VI
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
pierta en nuestro espíritu ; la verdadera razon está en
que , á traves de la intriga que presenta, se aspira á
descubrir , mejor que abarcando la historia entera, el
carácter del poderoso monarca que regía á la sazon los
destinos de España.
Así es que, no satisfecha la curiosidad con las no-
ticias antiguas, á medida que se han descubierto nue-
vos documentos , han aparecido publicaciones comentán-
dolos. En 1846 Mr. Mignet, habiendo encontrado en el
Ministerio de Negocios Extranjeros de Francia un ex-
tracto manuscrito de la causa seguida contra Antonio
Perez, se apresuró á dar á luz su interesante obra titu-
lada Antonio Perez y Felipe II, y
pocos años despues el
Sr. Marqués de Pidal, hallando á su vez las
Consultas de
la Inquisicion de Aragon en
1590y 1591, escribió la
His-
toria de las alteraciones de Aragon,
dedicando tambien
uno de sus capítulos á las relaciones amorosas de Perez
y la Princesa , causa ocasional del levantamiento. El
Marqués de Pidal juzgó entónces que la materia quedaba
agotada, mas el hallazgo, en parte casual
y
en parte de-
bido á diligentes investigaciones, de importantes y cu-
riosísimos datos , ha venido posteriormente á demostrar
que, por el contrario, habian continuado ocultos ú olvi-
dados casi todos los que podian suministrar la verda-
dera explicacion de la conducta del Rey, que es precisa-
mente la parte que convenía dilucidar.
Con efectocreíase hasta ahora , que doña Ana de
7
7
Mendoza, princesa de Éboli , habia sido largo tiempo fa-
vorita de Felipe II ; que durante sus relaciones no des-
deñó tampoco los obsequios de Antonio Perez, y que la
PRÓLOGO.
prision de ambos no fué otra cosa que un acto de resen-
timiento del Rey al descubrir el engaño. Los nuevos do-
cumentos parecen destinados á modificar esta opinion,
porque áun cuando confirman la intimidad entre el se-
cretario del Rey y la viuda de su antiguo privado Ruy
Gomez de Silva, no dejan motivo para suponer que el mó-
vil de la conducta de Felipe II al castigarlos fueran los
celos y la satisfaccion de una venganza. La necesidad
de rectificar error tan grave requería otra nueva pu-
blicacion. Mas para que ésta llenase su objeto no bas-
taba la simple exposicion de los testimonios recien-
t
emente hallados ; era preciso entrar en mayores expli-
caciones, dando á conocer la posicion y carácter de doña
Ana de Mendoza, su espíritu inquieto y orgulloso, las
intrigas que promovia en la córte, y hasta la situacion
política del Reino , punto esencial que el soberano debia
tener presente en todas sus determinaciones ; era menes-
ter, en una palabra, no sólo hacer la monografía com-
pleta de aquella señora , sino enlazarla con la historia
de su tiempo , para que del fondo de este cuadro se des-
tacasen mejor los personajes que figuran en él,
y
á estas
condiciones nos hemos sujetado al escribir la
VIDA DE
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Por fortuna no han escaseado los datos necesarios. Per-
teneciendo doña Ana de Mendoza á una de las familias
principales de Castilla y habiendo su marido Ruy Gomez
de Silva desempeñado los cargos de más confianza al lado
de Felipe II, las crónicas nobiliarias, y principalmente la
crónica del gran cardenal de España
y de la casa de
Mendoza, escrita por D. Pedro Salazar de Mendoza , y
VIII
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
la
Historia genealógica de la Casa de Silva,
de D. Luis
de Salazar
y
Castro, suministran noticias relativas á su
origen, nacimiento y situacion de vida doméstica. La
Historia general de España,
algunas particulares, como
la de
D.
Juan de Austria,
por D. Lorenzo Van-der-
Hammen, las
Relaciones de Antonio Perez
1
y
el
Proceso
criminal
instruido con motivo de la muerte de Escobe-
do, tratan con más ó ménos extension
y
exactitud de sus
galanteos amorosos y de los motivos de su prision.
A estos materiales se han agregado los nuevamente
descubiertos, sobre los cuales conviene dar aquí algunas
explicaciones por haber sido la base de nuestro trabajo.
Las citas hechas por Mr. Mignet en su obra ántes men-
cionada, daban á conocer que en el Archivo general de
Simáncas se encontraba una correspondencia seguida en-
tre el Rey y el Presidente del Consejo de Castilla, rela-
tiva á la prision de Antonio Perez y la Princesa d
'boli, y los Sres. Salvá, editores de la
Coleccion de do-
cumentos inéditos para la Historia de España,
aprove-
chando esta noticia, se presentaron en aquel Depósito y
la copiaron. Del archivo particular de la casa de los Du-
ques del Infantado, á la cual se halla actualmente incor-
porada la de los antiguos Príncipes de Éboli y de Méli-
to, los Sres. Salvá tomaron, entre otros documentos
particulares , un diario muy interesante de la prision y
fallecimiento de doña Ana de Mendoza en Pastrana. Los
archivos de los Condes de Altamira, Duques de Sessa,
1
Consúltense
las
ediciones
de Ginebra de 1644, 1654
y
1676, impresas en igual tatua-
fio,
y
que son las que hemos
tenido presentes para citar las
páginas.
PRÓLOGO.
1X
eran abundantísimos en papeles del reinado de Felipe II,
y señaladamente contenian largas correspondencias del
Rey y de vários personajes de la córte, con Mateo Yaz-
quez , secretario de S. M., referentes á la Princesa de
Éboli y á Antonio Perez : mas por desgracia, al dividir-
se la casa, á consecuencia de las leyes de desvinculacion,
fueron enajenados á diferentes personas. Al saberlo los
editores de la
Coleccion de documentos inéditos
se dirigie-
ron á los principales compradores , copiando las cartas
que lograron haber,
y
con todos estos y algunos otros
documentos recogidos de diferentes procedencias , for-
maron el tomo Lvi de su
Coleccion,
el cual sólo contiene
noticias y comunicaciones relativas á la Princesa de
Éboli.
La importancia de los datos sacados de la casa de Al-
tamira estimulaba á continuar su exámen,
y
para conse-
guirlo hemos practicado las diligencias necesarias acu-
diendo á sus nuevos dueños. Nuestras gestiones han te-
nido completo éxito con respecto á la serie de legajos que
posee el Sr. Conde de Valencia de Don Juan , el cual los
puso enteramente á nuestra disposicion, ayudándonos á
repasarlos y clasificarlos : á él debemos casi todas las
cartas entre el Rey
y
Mateo Vazquez y otros muchos
1 La coleccion de MS. del
Sr. Conde de Valencia de Don
Juan contiene unas dos mil qui-
nientas cartas autógrafas é in-
éditas entre el Rey
y
Mateo Vaz-
quez. Este número no es sin em-
bargo más que una parte del to-
tal de aquella correspondencia,
por que Mateo Vazquez fué Se-
cretario de Felipe II durante
diez y ocho años, y ambos se
escribian diariamente. En los
Apéndices publicamos algunos
facsímiles que servirán á la vez
de muestra de su autenticidad
y
de la dificultad de consultarlas.
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
documentos de que nos hemos valido para escribir
la
obra.
El Sr. D. Mariano de Zabálburu, otro de los com-
pradores, aunque con igual voluntad de servirnos, y con
el propósito de promover la publicacion de los documen-
tos útiles para la historia, no ha podido por diferentes
causas reconocer
y
coordinar el lote que ha adquirido , y
así únicamente nos entregó un volúmen rotulado
Mara-
ñas de Antonio Perez,
en el cual, bien fuese el mismo
Mateo Vazquez , ó posteriormente alguno de los archi-
veros de la casa de Altamira, habla reunido un centenar
de cartas dirigidas á Mateo Yaz quez por sus amigos, re-
lativas á las desavenencias con Antonio Perez y la Prin-
cesa de Éboli. Este volúmen es el mismo publicado en
la
Coleccion Salvd,
pero la confrontacion no ha resulta-
do por esto ménos importante, porque siendo las cartas
autógrafas , sus autores se contentaban con rubricarlas,
y los editores de la
Coleccion de documentos inéditos,
no
conociendo la letra, las hablan reproducido sin deter-
minarla; mas en vista de los originales, nos ha sido fácil
calificarlas todas realzando de este modo su valor. Im-
presa ya esta obra,
y
cuando el Excmo. Sr. D. Antonio
Cánovas del Castillo se ocupaba en preparar la carta
prólogo que la precede, el Sr. de Zabálburu le ha pre-
sentado muchos documentos del mayor interés, porque
siendo parte integrante de las correspondencias que pu-
blicamos, confirman los hechos expuestos , ó ampliar
puntos sobre los cuales habian sido escasas nuestras
noticias. La entrega ha llegado felizmente á tiempo
para que
el
Sr. Cánovas del Castillo haya podido hacerse
PRÓLOGO.
XVII
la tranquilidad, la confianza, la suave firmeza de
quien puede, como el género de hombres de que
hablé untes, desafiar por su cuna ó mérito envi-
diosas murmuraciones, ó la del que anda cierto
por calles y plazas de encontrar más deudores
que acreedores.
Deudores serán de V. positivamente, y sin
sombra ya de metáfora, cuantos de aquí adelante
escriban sobre Felipe
II
y su tiempo. Es este libro,
con ser breve, copiosísima fuente de noticias, que
se buscarian en otro inútilmente. Por lo que toca
á Felipe II, eh. especial, ¿quién ha de trazar ya
con buena conciencia su biografía sin tener á la
vista los capítulos, y los inéditos documentos
que este volúmen encierra? ¿ Cómo hablar más
sin leer y releer sus páginas, de Maté() Vazquez
ó de Antonio Perez
y
la Princesa de Eboli?
A
mi juicio, el exámen de los hechos de que V. tra-
ta queda agotado. Todo cuanto un contemporá-
neo pudo saber lo sabe V. tambien,
y
expone,
con imparcialidad y claridad sumas, y sabe ade-
mas muchas cosas que sin duda ignoraron los mayo-
res ministros y más íntimos confidentes de Feli-
pe II; porque, ¿á cuál amigo ha dicho nadie sus
secretos todos, sin reservarse, grande
ó
peque-
fía, alguna parte? Si tal regla tiene tambien
excepciones, no habrá quien, despues de leer
estas páginas, la sospeche en el Rey, que goza
XVIII
LA PRINCESA DE ÉBOLL
por excelencia el titulo de
prudente.
Ha escudri-
ñado V. y visto tanto , respecto al asunto, que
para mí_ sólo dos personas ha habido que sepan
más de él en este mundo : Felipe
II
el uno , y el
otro su confesor. Ni tema V. ya otra competen-
cia en esto que la de los
espiritistas,
que de vez en
cuando conversan, segun dicen, con los muertos;
bien que tampoco es seguro que estén más obli-
gados ahora que estuviesen en vida, el monarca ó
su confesor, á satisfacer indiscretas preguntas.
Pero á propósito de preguntas , no puedo ya
ménos de hacerle á V., amigo mio, la primera
que me hice á mí propio, cuando leí su libro :
¿ ganará ó perderá la reputacion de Felipe
II
con los nuevos datos que da al puiblico ? Verda-
deramente ningun hombre bien enterado de las
cosas, ve hoy ya en el Rey prudente aquel
monstruo ferocísimo que los pinceles de sus ene-
migos religiosos y políticos habian pintado. So-
bran libros, papeles, y datos de toda especie
para probar hasta la evidencia que fué con él muy
pródiga en calumnias
la oposicion
de su tiempo.
Los estudios de Mr. Gachard y de Mr. de
Moily
2
,
por ejemplo, tienen ya justísimamente
relegada á la literatura fabulosa ó mítica todo
1 Don Cárlos
el
Philippe
Don Cáelos et Philippe
par M.Grachard, Bruxelles, 1863.
par Charles de Moiiy, Paris, 1863.
p RÓLoao.
xix
cuanto se ha dicho de los amores del príncipe
D. Cárlos con la reina Doña Isabel de Valois,
de los supuestos envenenamientos de aquella vir-
tuosísima Princesa y de D. Juan de Austria , y
áun de la muerte violenta del biznieto de doña
Juana la Loca, el cual estuvo muy poco ménos
demente que aquella infeliz hija , ó que la madre
misma de Isabel la Católica. ¿Qué pierde en mé-
rito el D. Cárlos de Schiller por no ser drama
histórico, si no de pura fantasía, ó inspirado por
una antigua leyenda histórica, verdadero mito,
engendrado en el seno de la tremenda crisis re-
ligiosa que afligió al mundo, desde el primer ter-
cio del décimosexto al segundo tercio del si-
guiente siglo? Mitos, en tal forma engendrados,
constituyeron ya el fondo de la trilogia de Es-
chylo ; y fabulosos son los más de los asuntos por
los trágicos de todo tiempo inmortalizados. El
mito de Felipe II forma esencialisima parte, sin
duda, del tesoro de fábulas y fantásticas creacio-
nes que, como todas las antiguas y modernas,
guardan siglo tras siglo, en sus entrañas, las na-
ciones protestantes. Dejémosle en buen hora
vivo en la poesía; pero la historia, que tantos
otros mitos ha descubierto y explicado ya, no ha
de hacer odiosa excepcion de Felipe II.
No fué él, en verdad, el único intolerante de
un siglo en que el concepto de la tolerancia, ni en
X
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
protestantes ni en católicos, estaba formado to-
davía; mas ¿qué importa? tra preciso que la
intolerancia se personificára en alguno con todos
sus aborrecibles caractéres, y en él la personifica
la poesía. Tampoco fué el único que en su siglo
emprendiese guerras religiosas; pero él personi-
fica, de igual modo, y en todo su horror, aquella
calamidad incomparable. Ni puede formahT)ente
sostenerse que fuera más tiránico ó sanguinario
gobernante que sus contemporáneos
y
contem-
poráneas solian serlo; pero en él se ha personifi-
cado, por último, con su realidad odiosa,
y
hoy
más que nunca antipática, la idea del despotismo
y del rigor gubernamental. Triste cosa es, sin
duda, servir de
mito
infame
y
de personificacion
del mal en la historia; pero, una vez en el se-
creto, poco importa. La poesía puede guardar su
propio caudal intacto, y sacar incólume el suyo
la historia. Lo cierto es, en el entretanto, que
esas várias personificaciones gigantescas hacían
del hijo de Cárlos V., hasta poco ha, un sér
aparte, sobrehumano;
y
que este libro, destello
último de la refulgente verdad histórica, nos lo
representa ya como un hombre de proporciones
naturales. ¿No es cierto que, despues de todo,
parece que ha perdido en el cambio?
Las verdaderas condiciones de aquel monarca,
de tan llevada y traida memoria, resaltan en sus
PRÓLOGO.
xxi
numerosísimas cartas íntimas y en sus decre-
tos, que fueron innumerables Cambien, de que
está ya impresa mucha parte, y hay otra grandí-
sima parte, muy bien estudiada, aunque in-
édita : caudal que todavía se acrecienta •con los
apéndices de este volúmen. Desvanecido, ante
la verdad desnuda, el fantástico mónstruo de
la polémica religiosa y de la poesía trágica, no
sé lo que V. pensará; pero yo me he adelan-
tado ya á indicar mi sospecha de que ahora han
de echar de ménos muchos en Felipe II, puesto
que falta el monstruo, al grande hombre. Mas
sea por un estilo, sea por otro, va ya para tres
siglos que él salió de este mundo, y no ha dejado
hasta aquí tranquilos sus huesos la polémica, ni
• probablemente los dejará nunca; lo cual mani-
fiesta por sí sólo que, si no fué en el bien, ni en
el mal, un sér sobrehumano, está muy léjos de
deber pasar por hombre comun, ó mediano rey
Felipe II.
Desde mucho ántes que escribiese V., ni acaso
imaginára escribir este libro, tenia yo publicada
ya la opinion de que no fué aquel un héroe clásico,
ni un paladin de la Edad Media, ni un santo, sino
un hombre de Estado á la moderna, y predecesor,
si no maestro, de todos los que han merecido tal
nombre despues. Con él precisamente terminan
los héroes, los santos, los paladines en el go-
XXII
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
bierno y en toda alta gestion de negocios hu-
manos, y los hombres de Estado, de Adminis-
tracion y de estrategia comienzan. Lo propio que
en España, se advierte en este punto en Alema-
nia, Inglaterra ó Francia. Y entre nosotros , si
Fernando V y Gonzalo de Córdoba fiaron ya
á
la
razon y al cálculo, tanto y más que al hierro sus
negocios, harto daban á entender que
todavía
eran hombres de Edad Media y paladines, cuando
por acaso los llamaba la trompeta al campo. Hasta
en Cárlos V, hombre del cual pienso yo que no
le hay superior en la historia , prepondera aún el
paladin sobre el hombre de Estado, con serlo y
grande; y más caballeros que hombres de Estado
fueron tambien, así su propio émulo Francisco I,
como Enrique IV, rival de su hijo.
Pero el más noble, el más puro, el que mejor
resume de ellos las condiciones del caballero cris-
tiano, glorioso ideal de los siglos medios , muy
distinto en verdad del de héroe clásico
,
es
,
á no
dudar, Cárlos V. Emperador de Alemania, Rey
de España, Señor de las nobles ciudades de Italia,
de las de Holanda
y
Bélgica y del Nuevo Mundo,
acepta de verdad desafíos, ni más ni manos que
cualquier capitan aventurero de su tiempo , y no
es culpa suya si no se llevan á cabo; busca en frá-
giles leños á los piratas hasta sobre los arenales
de Túnez ó Argel; blande el primero la lanza
PRÓLOGO.
XXIII
en Muhlberg, tal cual le representa el pincel de
r
ficiano ; honra en su estudio á este maravilloso
artista, como llora sobre el campo del honor á
Garcilaso ; guarda toda su vida el recuerdo y áun
el luto de su sola mujer, la malograda hermosura
que, segun cuentan, convirtió en santo á D. Fran-
cisco de Borja, despues de muerta; entrégase un
dia á merced de su constante adversario Francis-
co I, y otro da seguro leal á Lutero para que en
su presencia dispute con los doctores católicos y
los convenza, ó se deje de ellos convencer, pro-
curando así evitar por la sola virtud de la pala-
bra el nuevo cisma que quizá para siempre ha-
bia de dividir luégo á los cristianos; pide, pro-
mueve, protege con igual propósito la celebra-
cion del gran Concilio de Trent(); remóntase
en alas de su voluntad poderosa al temerario,
mas generoso intento de lograr por sí la recon-
ciliacion dogmática del catolicismo con el pro-
testantismo, mediante ámplias
y
recíprocas tran-
sacciones; y vencido, al fin, segun tenía que
serlo, en la imposible empresa, condénase toda-
vía en buena edad al mezquino claustro de Tuste,
donde, á la par que ora dia y noche, piensa,
escribe, aconseja, ordena aún todas las cosas de
España, cuna de su madre y patria suya por
eleccion, hasta el punto mismo en que entorna
sus ojos la muerte : haciendo así patente al mundo
XXIV
LA PRINCESA DE ÉJ3OLI.
que no egoismo vulgar, ni liviano deseo de esqui-
var trabajos, le encaminaron á aquellas soledades,
sino un desprecio sublime de toda vanidad, de
todo goce, de todo personal interes.—¿ Quién no
admirará, si admirar sabe, la grandeza épica que
esto encierra? Hasta en aquel ódio profundísimo,
inflexible, que en Yuste mostraba á la Reforma,
despues de haber luchado tanto en vano para
impedir que viniera el cisma, por medio de la
discusion y del concierto de las contrarias opi-
niones, y de haber luégo combatido con tamaño
valor contra sus secuaces en las llanuras germáni-
cas (ódio que heredó de él su hijo, y que trasmitió
al
'
fin á toda la nacion española), podrá echarse
de ménos habilidad política, pero no grande-
za. Ni es él, por cierto, el solo grande hombre
que haya querido remontar en vano la invencible
corriente de su siglo, zozobrando en la empresa.
Discúlpanle, ademas, en el periodo de la ira, su
moderacion primitiva, y su espíritu de concilia-
cion, desconocido y burlado por los protestantes,
y tan á mal llevado por la Santa Sede, que toda-
vía guarda Simáncas el proceso original que , á
causa del
Interim,
se le formó en Roma, sobre in-
dicios vehementes de herejía, bajo el pontificado
de Paulo IV. Ciertamente, otros hombres habrán
errado ménos que él; pero ninguno ha sentido,
pensado, puesto por obra más cosas, ni cosas más
PRÓLOGO.
XXV
árduas. Y es de advertir que en este mundo
naturalmente yerran ménos los que ménos hacen
y aunque por eso mismo, ó por virtud de las cir-
cunstancias, las medianías concluyan la vida en
paz con más frecuencia que los grandes hombres,
el valor propio de cada cual puede siempre me-
dirlo con rigurosa exactitud la Historia. No ha
habido más infelices conquistadores que Aníbal
y Napoleon I, al cabo y al fin, y nadie les disputa,
no obstante, sus glorias. En resolucion, la vida
de Cárlos Y, que tan rápidamente he bosquejado,
está más llena aún de arranques heróicos y sen-
timentales, que de frios cálculos de razon de Es-
tado ; y muchas de sus osadas aventuras milita-
res , marítimas, políticas , y religiosas, no son
para propuestas por modelo á ningun hombre
de gobierno del presente ni de los futuros siglos,
Hombres como Cárlos V nadie los volverá ya
más á ver, segun todas las señas, si no es abriendo
y profanando con pueril curiosidad los sepulcros.
No sucede, por cierto, otro tanto, con Felipe II.
Si no fué éste un hombre de genio , ó verdadera-
mente excepcional, por la inteligencia ni el ca-
rácter, tampoco puede hacerse de él, segun ya
he dicho , por sus defectos , repugnante y ex-
traña excepcion en la historia. Fué hombre sin-
gular para el siglo en que todavía vivió, y mucho
más para los anteriores; pero tal como despues
XXVI
LA
PRINCESA DE ÉBOLI.
ha habido muchos, y cada dia es probable que
haya más. Aseméjanse no pocos de los que le
detestan á aquellas
y
áun aquellos que no se
gustan al espejo. Quien quiera estimar bien su mé-
rito de hombre de Estado, debe primero estudiar
á conciencia su siglo, saber luégo exactamente lo
que era, lo que pensaba, lo que quería su nacion,
fijarse, por último, no tan sólo en los Estados
y
en el poderío, sino en las cuestiones y compromi-
sos que heredó de su padre. De otro modo es im-
posible el acierto.
La España ( ya sabe V. mi opinion, que hube
no
há mucho de exponer en lugar bien público);
la España no pudo nunca soñar por su situacion
topográfica, ni por los productos de su suelo , ni
por su poblacion , que le fuese dado ascender al
lugar altísimo que, durante todo el reinado de
Felipe II, ocupó entre las naciones. Otras veces
he citado en mis escritos las descripciones de Es-
paña de algunos extranjeros (el principal de
ellos Andrea Navagiero), cuyos datos prueban
incontestablemente la suma pobreza y despobla-
cion del territorio nacional en el gran siglo de
nuestra historia. Ahora puedo citar dos testi-
monios más : el del célebre y sagacísimo Fran-
cisco Guicciardini
1
,
y
el de Enrique Cock , No-
Opere inedite de Francesco Guicciardini
Leg ationc di
Spayna.
Firenze, 1864.
PRÓLOGO.
XXXIIÍ
nen alguna vez la palabra en la Historia y les
es dado explicar ante un público de todo punto
convertido ya á sus ideas, y por tanto benévolo,
lo que los Imperios como las Repúblicas, las dic-
taduras de toda especie de nuestro siglo, y sus
tribunales civiles y militares han hecho con ellos,
sépase desde ahora que los tiranos, como Feli-
pe II, han de contarse por miles en los venideros
siglos. Imaginemos por un momento triunfante el
programa de la Commune de París, ó el de los
internacionalistas y socialistas de Alemania y
otras partes; supongamos la propiedad, la fami-
lia, el Estado, despues de larga y sangrienta lu-
cha, organizados por el estilo que pretenden los
utopistas modernos; demos de barato que en las
nuevas sociedades, así constituidas, hubiese tam-
bien, como sin duda habria, sus historiadores; y
bien seguros podemos estar de que se oiria en tal
caso un diluvio de maldiciones y execraciones
contra los mejores gobernantes de esta Era, que
consolaria en su tumba, si allí pudiera enterarse
de estas cosas, al propio Felipe II. No hay opti-
mismo en lo que digo, sino pura imparcialidad y
justicia. La destruccion de la unidad religiosa pa-
recia en el siglo xvi propósito de no menor impor-
tancia y trascendencia que en nuestros dias la del
sistema social. Y ni siquiera el procedimiento su-
marísimo y puramente militar, con que, durante
e
XXXIV
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
el siglo actual, tantas veces se ha privado de la
vida á los vencidos, ha de encontrar mayor
gracia, si el caso llega, á los ojos de sus futuros
panegiristas, que la bárbara teoría profesada
por teólogos
y
políticos en el siglo décimosexto,
que estimuló á Felipe II á ordenar sentencias
de muerte sin forma alguna de juicio.
Más plausible que la del rigor es la censura
que de Felipe II se hace por el estado que al-
canzaron en su tiempo los negocios de Hacienda.
Triste fué, sin duda, como no podia ménos, dado
el desequilibrio enorme que hubo entre nuestros
empeños y nuestras fuerzas. Pero los apuros, los
malos expedientes, las extorsiones y las injusti-
cias á que el estado de la Hacienda española daba
entónces lugar , no eran cosas desconocidas, ni
siquiera raras en las denlas potencias europeas; y
no hay, en suma, que censurar en sólo Felipe II
la política que tamaños gastos ocasionara. Hay
ántes que condenarla en los Reyes Católicos , que,
no contentos con la conquista de Granada, lleva-
ron ya al continente de Italia muy mal provistos
á nuestros soldados; en Cárlos V, que, segun
ya he dicho, tomó sobre sí todos los compromi-
sos que continuó su hijo; y bien pudiera decirse
que en la nacion entera, ufana con sus glorias
presentes, imprevisora y poco cuidadosa, como
todas suelen, y más que otra alguna la nuestra
PRÓLOGO.
xn.v
en todos tiempos, del porvenir. Pero, sobre que es-
toy repitiendo cosas que he dicho en otras partes,
basta
y
sobra á mi propósito lo que dejo aquí
expuesto.
De ello resulta que, áun juzgado sólo por el éxi-
to, el gobierno de Felipe II fué tal, que no sin razon
le ha tenido hasta aquí por un gran Rey nuestra
historia. Y aún más favorable le habria sido el jui-
cio, si pusieran los escritores más atencion, que po-
nen por lo comun, en los medios y recursos con
que cada personaje histórico cuenta, al emprender
y realizar la obra que en él se censura ó aplaude ;
porque es claro , clarísimo, que el mérito de las ac-
ciones humanas está en necesaria relacion con la
cantidad ó magnitud de los obstáculos vencidos
al ejecutarlas, no siendo posible medirlo bien sin
comparar las. fuerzas de que en cada caso se ha
dispuesto ,
y
los resultados obtenidos con ellas.
Por eso he trazado hoy de nuevo el estado interior
de España, al tratar en general de los hechos de
Felipe II.
Pero, en fin, algo hay en este Rey que, á la
par que ménos grande, lo hace ménos simpático
que su bisabuelo y su propio padre. Cosa es ésta
que ni cabe negar, ni yo lo pretendo ; mas convie-
ne explicarla. Aun puesta aparte la indudable
superioridad personal que sobre él tenias , no
sólo Cárlos V , sino tambien Fernando V, ello
XXXVI
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
es que los hombres de guerra siempre alcanzan
ventaja en la opinion comun al hombre mera-
mente político ; fenómeno que no dejamos de
observar, por cierto, en nuestros dias. ¿ Quién
hubiera tenido nunca por un gran rey al ver-
sátil
y
concupiscente Enrique IV, sin el céle-
bre penacho blanco que lucia en las batallas,
y
sus empresas de soldado aventurero? No hay
que dudarlo: el Cárlos V á caballo
y
armado del
Ticiano, en el Museo del Prado, dejaria muy por
debajo al Felipe II de Pantoja en la biblioteca
del Escorial, aunque se ignorase la vida de en-
trambos. Las artes de la política, tampoco son
tan para vistas por dentro como las de la guerra.
En ésta la estratagema, el ardid, ó sean el disi-
mulo, el engaño bajo ciertas formas, no sólo pa-
recen lícitos, sino hasta loables; y eso mismo no
es tenido por excusable en la política, sino de
aquellos, á lo más, á quienes ha aprovechado.
Si muchas causas, triunfantes hoy y protegidas
ademas por el espíritu del siglo, estuviesen, como
ahora está la de la intolerancia católica, que
hasta la muerte sostuvo Felipe II, de hecho ven-
cidas, y áun desopinadas, ya naostraria más se-
veridad que va mostrando la historia contempo-
ránea, con ciertos caractéres y ciertos sucesos de
nuestros dias. Quién sabe! Tal vez algun cu-
rioso, hojeando en otro siglo estas páginas, que
PRÓLOGO.
xxxvii
acaso no morirán, porque las de historia mueren
rarísima vez , á causa de que unas sirven de prece-
dente á otras, en la lenta depuracion de la ver-
dad, me dará en este punto la razon, que hoy
pudiera negarme la opinion pública. Y si todos
los grandes hombres de Estado de este siglo lle-
gan á ser tan bien conocidos por dentro como
Felipe II ; si como él cuidadosamente guardan,
reunen y dejan por herencia á la posteridad to-
dos sus papeles, sin quemar ninguno; si son tan
amigos de escribirlo todo cuanto él era, dias han
de llegar tambien en que resplandezca mucho
más , que puedo yo hacer que resplandezca ahora,
la sinrazon con que se pretende que Felipe II fué
un hombre excepcionalmente di
s
imulado ó falso,
y vacilante ó cruel.
No fué él, á la verdad, sino un hombre pacien-
te, moderado, más fuerte con la cabeza que con
el corazon, de cerca débil é inflexible de léjos,
como tantos otros hombres se ven cada dia; in-
clinadísimo al bien
y
á la justicia; sin algunos de
los defectos, como, por ejemplo, el de la pereza,
y con todas las preocupaciones y los sentimientos
de sus súbditos,
y
en general de los hombres de
su época. El disimulo, la suspicacia, la descon-
fianza de los que le rodeaban y de todos los hom-
bres en comun, no fueron en él mayores que en
otros hombres de Estado, que pudieran compa-
XXXVIII
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
rársele, y han logrado que, sin mentar, ni siquiera
inquirir sus defectos, les tengan todos por gran-
des. Rabia en su retiro, en su reserva, en su
mismo silencio mucho de artificioso ; buscando in-
dudablemente por tales caminos la espontánea
veneracion, que no esperaba obtener de una su-
perioridad, en todo y á todas horas incontesta-
ble, como la de su padre. Del arte de dividir
para imperar mejor, vallase hasta con aquellos
que más cerca
y
más por debajo tenía , como
suelen y han solido siempre los gobernantes ,
igualmente en uno que en otro régimen políti-
co; sobre todo los de carácter débil, y aquellos
que no pueden ó no quieren. imponer su voluntad
desnuda y resueltamente.
Como hombre particular , no era, pues, ningun
santo, ni en realidad ha habido nadie que preten-
da canonizarle hasta ahora. Mas fué, como holla-
bre de Estado, celosísimo en todo cuanto entendía
que le ordenaba el deber ; apasionado y hasta fa-
nático por su familia , su nacion, y aquella de las
grandes causas del siglo que su familia y su patria
habian prohijado; mucho menos poderoso en rea-
lidad que los empeños de su política exigian ; obli-
gado, por tanto, á defenderla, no menos veces con
las artes de la política que con las de la guerra;
dotado de genio , si fuera cierto, como álguien
ha
dicho, que el genio es la paciencia; falto de él, se-
PRÓLOGO.
XXX1X
puramente, si por genio se toma tan sólo aquella
maravillosa inspiracion y facultad de adivinar,
ó como doble vista, con que el dedo de Dios dis-
tingue á algunos pocos seres privilegiados.
Ni era guerrero, como su siglo todavía más que
el nuestro, exigia , ni pudo ser siquiera (y no se
espante V. de la incongruencia, amigo mio) ; ni si-
quiera, digo, orador ú hombre parlamentario. Que
tambien en esto hay algo, por donde se levantan
los caractéres, y las artes de la política se enno-
blecen y justifican á los ojos de todos. Luchar,
vencer, á la luz del dia , por virtud de la propia
inteligencia y de la voluntad propia, parece
y
ha
parecido en todo tiempo brillante y glorioso á los
espectadores de los sucesos , no ménos que en
Grecia
y
Roma, en Inglaterra ó Espafia, aunque
no tanto, por lo comun, como arrollar la hueste
enemiga sobre el campo. Por el contrario , obrar
siempre en silencio, á solas, en la oscuridad, no
dar á conocer jamas el propio pensamiento en su
limpieza abstracta, sino envuelto y mezclado
siempre con las escorias y cenizas de la realidad
impura; no justificar con la superioridad personal
del brazo ó de la mente, el yugo, ó la obediencia
al ménos que á otros se impone , será siempre
antipático, no tan sólo en Felipe II, sino en quien
quier que sea, para los más de los hombres. Gober-
nar, en suma, al mundo con la pluma
y
la tinta
XL
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
únicamente, suele hoy ser, y era mucho más
todavía en el décimosexto siglo, un inmenso
y deslucidísimo trabajo, bajo el cual parece que
sucumbe á las veces la gran memoria que ha
dejado aquel rey; pero ¿ qué otro hombre, si
imparcialmente se mira , hubiera hecho en su caso
más? Tales son, en definitiva, los términos en
que hay que colocar la cuestion, tratándose de juz-
garle formalmente.
Pero he dicho al principio que muchas
y
mu-
chos esperaban impacientes el presente libro;
y
debo ahora añadir, que ellas y ellos se sienten
sobre todo movidos de curiosidad por saber
cómo andaba en punto á flaquezas nuestro gra-
ve, hasta adusto, y piadosísimo rey D. Felipe,
y si tuvo ó no amores con la semi-hermosa Prin-
cesa de Eboli, segun se supone. Asunto es éste
que para los más de los lectores encierra el prin-
cipal interes del libro , y no debo yo en lo más
mínimo defraudarlos, extendiéndome en ociosas
consideraciones. Seré , pues, sobremanera conciso.
A nadie ha de caberle la menor duda, despues
que lea este volúmen, de que jamas hubo corres-
pondencia de amor entre doña Ana de Mendoza
y
el Rey. Por mi parte debo decir que , cuando
di á luz mi
Bosquejo histórico de la Casa de Aus-
tria en España,
algo antes que comenzase V. sus
utilísimas é infatigables investigaciones, me abs-
PRÓLOGO.
XLI
tuve ya de seguir la opinion del Marqués de Pi-
dal, qué dió crédito á los dichos amores , pero sin
negar todo fundamento al asunto, como hizo
Ranke, y V. hace. La verdadera cuestion histórica
era ya para mí otra por entónces. Permítame usted
que repita algunas frases del
Bosquejo,
á fin de re-
cordar cuál era y es, en mi concepto, esta verda-
dera cuestion.
((No tardaron» (decia yo al tratar del prin-
cipio de los sucesos); no tardaron los muchos
»y
altos enemigos que Antonio Perez tenía en
»sospechar que de él procediese la misteriosa
»muerte de Escovedo. Fué todo uno, sospechar
»esto y atribuirlo, no á razones políticas, sino al
»deseo de quitar de enmedio á aquel hombre sa-
»
gaz , porque no revelase el secreto que habia
»descubierto, de estar en amorosas relaciones el
»dicho Perez con la viuda de Eboli, Doña Ana
»
Mendoza de la Cerda. Llegó al cabo á noticia del
»Rey el rumor este con pruebas bastantes para
»
darle crédito : juzgóse engañado como amante,
» amigo y juez ;
y ,
lleno de oculta ira, mandó
»prender con pretextos frívolos , por Julio de
»
1579, á la Princesa y á Perez. Contentóse con
»humillar á la Princesa; pero en cuanto á An-
»
tonio Perez , despues de tenerle preso cinco años
»
sin causa aparente, permitió que comenzára á
»formársele
un
proceso de cohecho, y otro luégo,
XLII
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
»y más riguroso todavía, para averiguar el moti-
»
vo cierto de la muerte de Escovedo. Nada hay
»
que decir respecto á la justicia con que pudo y
»
debió Felipe TI procurar el esclarecimiento de
»este último asunto; y áun es digno de elogio
»que para eso se prestase á hacer pública su par-
»ticipacion en él, ordenando á Perez que pun-
»tualmente refiriese cuanto habla pasado, con
» todos los antecedentes de la secreta sentencia
»ejecutada. Y lo largo de la persecucion mostró
»bien, en el ínterin, el rencor que el Rey le
»tenía, dando á sospechar de sobra la pasion par-
»ticular que en aquel caso le estimulaba. Por más
»que Ranke pusiera en duda su amor á la Prince-
» sa, no parece hoy posible negar que
á
esto se
»
refiriesen los
occulti rispetti
por los cuales dice
»
Tomás Contarini que le tomó odio el Rey. . . .
•
Ni hay por que negar crédito á este
»capricho amoroso, sabiéndose ya lo que sobre la
»aficion de Felipe II á las mujeres escribieron los
»embajadores venecianos Federico Badoero, Pau-
lo Tiépolo
y
Juan Soranzo , todos los cuales, de
»comun acuerdo, afirman que fué desordenadísi-
»mo de costumbres en este punto. El mismo An-
tonio Perez hace , por otra parte, frecuentes alu-
»
siones á ello en sus
Relaciones y cartas,
que se-
»rian inofensivas á no tratarse de cosa univer-
» salmente sabida entónces; si bien lo que da á
PIIÓLOGO.
XLIX
» con la que me...»' dejando sin terminar la frase.
Por estas citas, y otras que fácilmente podria
hacer, se ve que, áun sabiéndose ya por todo el
mundo que la muerte de Escovedo se hizo de ór-
den del Rey, lo cual excusaba toda justificacion
de parte del Secre
t
a
r
i
o
. cuando nada tenía él que
5
ganar en suponer que el verdadero orígen de su
larga desgracia fuese el amoroso despecho del
Rey, ni podía soñar siquiera con desacreditarle,
exponiendo tal motivo al juicio de la licencio-
sísima córte de Enrique IV, donde parecian ni-
ñerías iguales y áun mayores pasiones ó escán-
dalos, y los crímenes mismos, si tenian el amor
por causa, merecian disculpa y hasta aplausos;
sin el menor interes, por fin, en propagar seme-
jante fábula, constantemente insistió en su aserto
Antonio Perez, sosteniendo, miéntras le duró el
aliento, que el Rey habia pretendido á la Princesa,
que se habia ésta negado tenazmente á sus deseos,
y que la idea de que lo que él no acertó á conseguir,
su Secretario lo lograse, fué el principio y funda-
mento de la enemistad profundísima que á uno y
otro les demostró despues , con ocasion del pro-
ceso á que dió motivo la muerte de Escovedo.
acusacion es clara, notoria, con todos los carac-
téres externos de verdadera : ¿ prueba usted con-
1
Las Obras y Relaciones,
página
784.
L
LA PRINCESA DE EBOLI.
cluyentemente, mi buen amigo, que sea falsa y
calumniosa? Ya sabe V. que en este punto siem-
pre hemos andado un tanto desconformes. No
fuera justo, en verdad, que ocupase yo muc'
1
espacio de este libro exponiendo largamente las
razones en que fundo una opinion distinta de
la que V. expone. Pero nada perderá V., en mi
sentir, ni desmerecerá el libro, porque acabe de
explicar los fundamentos de tal opinion en po-
cos renglones; y sobre todo, tengo de Y. obte-
nida la necesaria licencia.,
Para mí la afirmacion de Antonio Perez, ino-
fensiva para el rey Felipe en aquel entónces , pue-
de muy bien ser tan cierta como otras muchas que
parecian mentirosas hasta que han demostrado los
documentos la habitual veracidad con que escribió.
Sería preciso para desmentirla alguna prueba feha-
ciente, que reconozco que no es posible que exis-
ta; pero al fin y al cabo no existe. Inverosímil no
es el hecho, por cierto , una vez sabido lo capri-
choso que en materia de mujeres era el Rey. Y,
si de indicios se trata, la soberbia que ostentan
las primeras cartas de la Princesa al Rey, en
tiempos en que tan sumisa andaba la nobleza es-
pañola, puede muy bien serlo de que no era de todo
punto nuevo para aquella mujer el tratar con
rigor al hombre á quien se dirigia, poniendo á
duras pruebas su orgullo y paciencia. Ni los ofre-
PRÓLOGO.
Lt
ce leves, en mi concepto, el curiosísimo volú-
men, no há mucho publicado en la
Coleccion de
documentos inéditos,
y compuesto de papeles que,
procedentes de la casa de Altamira, posee mi espe-
cial amigo D. Mariano de Zabálburu. Fué doña
Ana de Mendoza tratada en Pastrana se
g
un los
I
b
documentos rezan, con un desprecio cruel, y un
rigor dilatado y constante, que no se explican bien
por ninguna de las causas que V. expone con tan
escrupulosa conciencia. Por otra parte, el Rey apa-
rece en todo el asunto como dudoso y mal conven-
cido de la razon ; rencoroso, pero no bastante in-
dignado para dictar una resolucion extrema, como
pudo sin duda dictarla, ó bien hacer que se dicta-
se, durante las largas prisiones de la Princesa
y
de
Antonio Perez. En el fondo de los hechos, de to-
dos los documentos, late un misterio que se siente
más que se explica á las veces. Y la voz comun
respondió á este sentimiento íntimo, de los que
en el asunto se mezclaron ó tuvieron de él inme-.
diata noticia, exagerando como suele las cosas, y
convirtiendo intenciones en hechos consumados ;
pero haciendo cierto una vez más aquel refran
castellano, no siempre infalible, que dice, que
agua
ó piedra lleva, cuando el rio suena.
Tal, en suma,
es, y expuesta en tan breves términos como he
ofrecido, mi opinion.
No ha podido ella alterarse, como tampoco se
III
LA PRINCESA DE k1OLI.
ha alterado la de Y. por el exámen de los nuevos
documentos, muy curiosos algunos en verdad, que
he tenido yo la fortuna de comunicarle, despues
de impreso su libro, procedentes tambien de la
e
r
ran coleccion de D. Mariano de Zabálburu, é in-
éditos, y hasta aquí desconocidos en su mayor par-
te. Si de ellos da V. á luz algunos por Apéndice
4,
servirán únicamente para confirmar la exactitud
de los hechos que asienta, quedando en el entre-
tanto intactas su firme conviccion, y mis propias
dudas ó sospechas. Por alguno de estos últimos
documentos se ve que en los tiempos mismos en
que el poder Real era ya bastante poderoso para
que hombres como el famoso Duque de Alba se do-
blegasen humildemente, sin quejarse lo más míni-
mo de los mayores agravios , la Princesa de Éboli
era acusada, por un principal caballero, de decir en
sus conversaciones palabras tan graves como las
siguientes : «Gran cansancio es estarse los señores
• » toda la vida en señores, porque enfada ser siempre
» señores y nunca ser reyes» Comenzóse á abrir
sobre esto informacion
3
,
que con mejor acuerdo
se suspendió luégo, ya por lo difícil de la prueba,
ya por el poco aprecio que, á juicio de todos, me-
1
estos documentos
en la adicion al Apéndice, se-
ñalados con el núm. 164 y si-
guientes.
2
Apéndice núm. 175.
5
Apéndice núm. 175
y
si-
guientes.
PRÓLOGO.
LIII
recian las atrevidas palabras de la Princesa , por
más que no siempre debieran ser desdefia,das,
como experimentó á su costa Escobedo. Pero
Felipe II se mostraba , en el ínterin, muy en-
terado del violento modo de hablar de la Prince-
sa, segun prueba una nota de Secretaría, diri
-
gida al Rey en Madrid, á 28 de Julio de 1578, por
Mateo Vazquez , en la cual se lee el siguiente
párrafo : (( Una estratagema á mi parescer, y muy
» donosa, he oído oy que ha hecho la P. de .boli,
»
que estando con ella Antonio Perez , llamó á sus
»
hijos, y les dixo que por algunas causas de con-
»
sideracion se havia callado lo que les diría, y fue
»
que tuviessen á Antonio Perez por hermano, co-
»
mo a hijo de su padre. Así va el mundo»'.
A lo
que contestó al márgen, y de su propia letra,
Felipe II: ((Bien creo que os deven de a
y
er di-
»
cho esto , porque como os escribí el otro dia
»
deve de a
y
er personas que deven decir lo que
» ay y lo que no ay, y por cierto que esto es malo
»
de creer,
aunque si de alguna persona se puede
•
creer es desa señora , de quien me havreis visto
» anclar siempre bien recatado,
porque a mucho que
•
conozco sus cosas. Si ello es averío ella dicho,
»
yo seguro que no se encubrirá mucho tiempo»
1 Apéndice núm. 165.
2
Apéndice núm. 165.
LIV
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Otras interesantes palabras del Rey se leen al
márgen de una carta, igualmente hallada ahora
entre los papeles del Sr. Zabálburu, y escrita con
fecha de 24 de Agosto de 1575 , á propósito de la
pretension del Príncipe de Mélito de que su hija
la Princesa viniese á residir á Madrid desde Pas-
trana, donde á la sazon se hallaba; palabras que
demuestran la singular especie de miedo que aque-
lla mujer habladora
y
soberbia le inspiraba. ((Ten-
»go por muy cierto » (dice refiriéndose no sola-
mente al padre de la Princesa, sino tambien á sus
demas deudos), ((que para la conciencia y quietud
»
de todos ellos, y aun no sé si al honor, les conviene
» mas el no venir ella aquí ; y aun creo que para con-
» servar la amystad con sus padres : pues ella mis-
»
ma diz que dice que en ausencia son amygos y que
»
en presencia no lo pueden ser. Y Ruy Gomez me
» lo dixo asi á my muchas vezes ; y sé muy bien que
•
su voluntad no fuera de que viuda viniera ella
»aquí, ántes creo
y
sé que era tan fuera de su vo-
» luntad, que adonde agora está creo que lo sintiria
» si se hiziese ; y no es razon que yo ordene cosa
»
que sé, y tan de cierto, ser contra su voluntad : y
»
fuera de todo esto no sé si nos conviene á todos
» quantos estamos en la Corte y mas á los que no
»podemos salir della; así que, aunque yo me ubie-
»
ra de meter en estos negocios no me metiera en
» este en particular, guando estoy determynado
PRÓLOGO.
LV
»
tanto ha de no meterme en estas cosas. Fuera de
»
ellas holgaré yo mucho de favorescer las de Ruy
»
Gomez como lo merecia su servicio»
t
.
Qué mez-
cla singular de interes por las cosas de la Prince-
sa y de su familia ,
y
de recato, como él solia de-
cir, ó más bien miedo de mezclarse en ellas! Có-
mo aquella voluntad absoluta podia hallar trabas
en el carácter imperioso y la ordinaria destem-
planza de las palabras de una dama, á quien tan
fácilmente podia dejar de ver, ó tener alejada de sí,
aunque residiera en la misma córte ? Débil con los
que constantemente le rodeaban, por aversion á la
lucha constante y próxima, solia ser durísimo é
imperiosísimo de léjos, como al fin
y
al cabo lo
fué con la Princesa, despues del rompimiento total,
y de su prision y la de Antonio Perez. ¿ Por qué,
pues, desde ántes de aquellos sucesos , tan meti-
culoso y tan embarazado, al mismo tiempo que
tan irritado con el carácter
y
la persona de la
Princesa? Nuevas dudas para mí son éstas, naci-
das de los documentos novísimamente descubier-
tos , que léjos de desvanecer, fortalecen las prime-
ras que tuve.
Por último : lo que en estos últimos documen-
tos más me llama la atencion es el siguiente pár-
1
Apéndice núm. 164.
LVI
LA PRINCESA DE ÉBOLL
rafo, que, aunque algo largo,
j
uzgo oportuno co-
piar á la letra, de una carta con fecha 3 de No-
viembre de 1580 diri
g
ida al Rey por el Presiden-
te de Castilla : La causa de la reclusion de la
»
presa» , dice aquel primer magistrado de la Mo-
narquía, «nadie la sabe mejor que Y. M.
d
; y aun-
»que á los principios hu
y
o muchas opiniones y
•
discursos , sabida despues la verdad por las le-
•
tras y papeles de Y. M.
d
, todos se aquietaron,
entendiendo la gran ocasion que ella dió. Estos y
»
otros semejantes excessos y atrevimientos (corno
•
el que la presa hizo) suelen los Príncipes castigar
» como delicto por Justicia, ó como offensa por via
»de esdeflo. Si por via de Justicia entendió Y. M.d
»
castigar á la presa, huvierasse de guardar en su
»
prision y causa lo que el derecho y leyes man-
»
dan
y
disponen, que es haziendole cargo por la
•
informacion sumaria, e recibiendo sus descargos
»
en la via ordinaria , sobre la qual despues se
»
havia de seguir sentencia. Pero, viendo quin
•
fuera deste camino se ha procedido , todo el
» mundo juzga que, no por via de justicia, sino de
»
esdeflo y govierno aya querido Y. M.
d
curar
» esta Haga para remedio de lo que se desseava, y
»
pretende, de que alguna vez, ó vezes, Y. M.
d
, an-
»
tes fiesta prision, me hizo parte. El esdefío que
»
los Principes reciben no se puede limitar ni na-
» die (sino ellos solos) juzgarlo : solo leemos en la
PRÓLOGO.
LVII
»
scriptura que dize la sabiduria : «animas
Princi-
» pis adiratus será mansuescit»,
pero quanto aya
»de durar, ó quanto no, no lo declara la scriptura
»
y ansi lo dexa en el mesmo ánimo del Principe.
» Haviendo ya mas de quinze meses que la presa
»
está detenida, razon tienen sus hijos de supp.ear
»
con instancia á V. M.' se conduela della y su
»
casa, y le mande dar libertad, persuadiéndose que
»
en ánimo tan benigno y blando no podia durar
»
tanto el esdefío»'. Cuando esta carta se escribió,
no solamente el Duque de Medina Sidonia interce-
día por su suegra, sino tambien el de Pastrana,
que tan amargas quejas habia dado en otras oca-
siones de su madre. Habian pasado ya más de
diez y seis meses que estaba en prisiones la Prin-
cesa; el Presidente de Castilla, aunque no estu-
viera en todos los secretos del Rey , habia debido
ya oir y meditar mucho , acerca de todos aque-
llos sucesos , y, dirigiéndose al Rey mismo, sólo
explicaba su conducta con ella por motivos no de
j
usticia, sino de
esdeñ o
ú
sdegno,
palabra italiana
que, en la lengua del Petrarca, significa
ira, có-
lera ó rabia
únicamente. No es mucho, por tanto,
que algo de estos sentimientos sospeche yo tam-
bien.
1 Apéndice núm. 174.
LVIII
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Si se quiere ahora culpar con exceso á Feli-
pe II por ellos, fuerza será que dé yo aquí sus ra-
zones de descargo, para proceder en todo impar-
cialmente. La verdad es que de este libro aparece
claro lo que se sospechaba ya con suficientes fun-
damentos, á saber, que la Princesa
y
Perez hicie-
ron instrumento de su particular agravio contra
Escovedo á Felipe II, obligándole á cometer una
accion que sólo podía excusar á los ojos del Rey
una necesidad política inevitable, y una causa
muy justa en el fondo. Desde el punto y hora en
que se convenció de esto, ¿no tuvo motivos so-
brados Felipe II para procurar su castigo ? ¿ Cabia
más negro engaño en un Secretario, ni más pu-
nible falta en la Princesa? Cualquiera otro hom-
bre en lugar del rey Felipe habría experimen-
tado, en caso semejante, un resentimiento pro-
fundísimo. El haber autorizado
y
estimulado el
proceso de Perez, hasta el punto de consentir que
se mezclase en él su nombre, y su secreto se des-
cubriese, prueba hasta qué punto deseó el Rey
averiguar si, con efecto, hubo razon de Estado
y
motivo justo para condenar á muerte, aunque
sin
forma de juicio, á Escovedo, ó fué su sobe-
rana voluntad víctima de un miserable engallo
privado, de un horrible abuso de confianza , v de
una conjuracion por todos estilos criminal. Su res-
peto á la justicia resplandeció aquí como siem-
LA PRB CESA DE ÉBOLI.
CAPITULO I.
(1212 á 1540.)
Origen y grandeza de la Casa de Mendoza. — filigo Lopez de Mendo-
za,
en la batalla de las. Navas. — Ruy Lopez de Mendoza, Almi-
rante de Castilla.—Muerte gloriosa de
D.
Pedro Gonzalez de Mendo-
za en la batalla de Aljubarrota, El primer Marqués d Santillana.
— El Duque del Infantado. — Los Condes de Tendilla. — El Gran
Cardenal de España. — Doña Mencía de Lémus. — Origen del ape-
llido Hurtado. — D. Diego Hurtado de Mendoza, Conde de Mélito.
— Su hijo, Príncipe del mismo nombre.— Nacimiento de Doña Ana
de Mendoza y la Cerda.
La vida de doña Ana de Mendoza
y
la Cerda, Princesa
de Éboli, ofrece uno de los ejemplos más notables é inte-
resantes de la inconstancia en los favores de la fortuna.
Nacida de familia ilustre, desposada luégo con uno de
los hombres más distinguidos de la córte de Felipe II,
disfrutó largo tiempo de todos los goces de la prosperidad
y
la grandeza, y cuando viuda ya
y
entrada en anos se
habia retirado del mundo para dedicarse á ejercicios pia-
dosos
y
al cuidado de la hacienda de sus hijos, vióse de
pronto envuelta en recia tempestad que, arrancándola de su
2
LA PrttNCESA 192 ÉBOLI.
retiro la lanzó en un piélago de desventuras para condu-
cirla á morir, al cabo, abandonada en triste
y
miserable en-
cierro. La desgracia la ha perseguido hasta la tumba; con-
virtiendo su nombre en instrumento de acusacion contra
Felipe II, las pasiones políticas sólo le han conservado
para acumular sobre él, durante tres siglos, cargos in-
merecidos, presentándolo como muestra de escandalosa
desenvoltura. Tiempo es ya de aclarar la verdad; mas
ántes de hablar de la Princesa de Éboli, conviene dar á
conocer el orígen
y
situacion de su familia.
La casa de Mendoza ha constituido durante algunos
siglos uno de los linajes más poderosos de España, sien-
do merecida su importancia, porque en tan largo período
apénas hubo reinado en que no se hallase desempeñando
los más altos cargos del Estado, á veces tambien al fren-
te de las parcialidades que lo dividieron : sus hechos es-
clarecidos están inscritos en las páginas de la historia;
no es menester acudir á crónicas particulares para co-
nocerlos
1
.
Apareció este nombre,
á
principios del si-
glo xm, en uno de los momentos más gloriosos de nues-
tros anales, habiéndole hecho ilustre en el campo de ba-
talla de las Navas de Tolosa Iñi (Yo Lopez de Mendoza
2,
,t5
I
Segun las crónicas nobilia-
rias, los Mendozas proceden de
los antiguos señores de Vizcaya,
habiendo sido conocidos primiti-
vamente por el nombre de Seño-
res de Llódio (valle de la provin-
cia de Alava). Empezaron á venir
á Castilla al formarse este reino
en el siglo XI con D. Fernando I
de Navarra,
y
desde eutónces
ejercieron funciones distingui-
das, así en la córte al lado de los
Reyes, como en las provincias,
de gobernadores.—MS.
de la Bi-
blioteca Nacional. — Linages
y
Genealogías.
2
Halláro ns e en la batalla de
las Navas de Tolosa, que fué el
lúnes 16 de Julio de 1212, entre
otros Migo de Mendoza, caballe-
CAPÍTULO
t.
3
que combatiendo valerosamente en la vanguardia del
ejército cristiano mandada por D. Diego Lopez de Haro,
Señor de Vizcaya, su pariente
3
,
fué de los primeros que
penetraron en el campo enemigo buscando en él blason
eon que ennoblecer el escudo de sus armas
4
;
y
desde en-
tónces no cesó de prosperar
y
engrandécerse.
A
mediados del mismo siglo, Ruy Lopez de Mendoza
fué nombrado Almirante de Castilla por el Rey San Fer-
nando
y
confirmado á su muerte por D. Alonso el Sabio 5.
ro vizcaino
y
pariente de D. Die-
go de Haro , que es la primera
vez que en la historia de España
se hace mencion de la casa de
Mendoza »...
«... que en aquella parte que se
llama Alava poseia un pueblo de
este nombre, de que se tomó este
apellido de Mendoza. » (MARIA-
NA,
_Historia general de España,
libro
xi ,
cap. xxv, y libro
xvI,
cap. XVIII.)
5
((...
ordenaron las haces, ansí
como lo habian ya entre sí puesto
entre los castellanos, D. Diego
Lopez de Haro la delantera con
sus parientes
» —
Crónica del
Arzobispo
D.
Rodrigo , en caste-
llano, JIS. de la Biblioteca Na-
cional.
« Ordenamiento de las haces de
los Cristianos.— Don Diego Lo-
pez tomó consigo quinientos ca-
balleros muy bien guisados ,
y
á
sus hijos Lope Diaz
y
Pero Diaz,
y
á su cormano Migo de Mendo-
za
y
á sus sobrinos... »-FLORIAN
DE °CAMPO ,
Crónica general,
Ed. de
1541.
4
«
D'Ego de Mendoza, que fué
de los primeros que rompieron el
palenque de las cadenas, las to-
mó por orla de sus armas... »-AR-
GOTE DE MOLINA,
Nobleza de
Andalucía.
« El rico honre. Migo Lopez de
Mendoza se halló en la batalla de
las Navas con el rey Don Alon-
so,
y
fué de los primeros que
rompieron las cadenas que cerca-
ban el palenque de los moros.»—
DON PEDRO SALAZ AR DE MEN-
DOZA,
Crónica del Gran Carde-
nal de España,
cap. v.
5
«El cargo de Almirante habia
sido creado por el mismo San
Fernando en 1246 con motivo del
sitio y conquista de Sevilla
y
Cá-
diz, cuando extendiéndose ya
hasta el mar sus dominios, co-
menzaron á ser necesarias fuer-
zas navales para la defensa
y
se-
guridad de las costas : el primer
Almirante fué Ramon Bonifaz,
natural de Búrgos : el segundo
Ruy Lopez de Mendoza.»—SALA-
ZAR DE MENDOZA ,
Origen de
las dignidades seglares de Cas-
tilla.
4
LA
PRINCESA DE ÉBOLI.
En el siguiente, el Rey D. Pedro eligió á Pedro Gon-
zalez de Mendoza por su Mayordomo mayor
6
,
y conce-
diéndole en 1366 el Señorío de Hita y de Buitrago (pro-
vincias de Madrid
y
Guadalajara), igualó su situacion con
los primeros Ricos Homes de Castilla ': la muerte glo-
riosa de este caballero, que algunos años despues sacrificó
su vida en el campo de batalla de Aljubarrota por prote-
ger la retirada de D. Juan I (1385), acrecentó su honra,
más que las donaciones de D. Pedro su fortuna
8.
6
_no 1353. « Mudó el Rey don
Pedro los oficios de su casa
y
hizo
su Camarero á D. Diego García de
Padilla, hermano de su amiga;
dió la copa á Alvaro de Albornoz
y la escudilla á Pero Gonzalez de
Mendoza, fundador de la casa de
Mendoza ( digo, de la grandeza
que hoy tiene )»...—
EL PADRE
MARIANA,
Historia de España,
lib.
XVI,
cap.
XVIII.
SALAZAR DE MENDOZA,
Cró-
nica del Gran Cardenal,
cap. x.
8
La poesía popular , dispuesta
siempre á celebrar los rasgos ca-
ballerescos , ha conservado la
memoria del heroismo de Pedro
de Mendoza en un romance an-
tiguo publicado como anónimo en
el
Romancero general,
aunque
atribuido á Hurtado de Velarde,
en el que se supone que, habien-
do el Rey perdido su caballo, Men-
doza le cedió el suyo para que
pudiera salvarse. Hé aquí las
principales estrofas :
«Si el caballo vos han muerto,
Subid, Rey, en mi caballo ;
Si en
pié non podeis tenervos,
Llegad, subirvos hé en brazos.
Poned un pié en el estribo
Y el otro sobre mis manos ;
Catad que cresce el gentío;
Magiier fine yo , salvadnos.
Un tanto es blando de boca,
Bien como á tal sofrenadlo ;
Non vos empache el pavor ;
Dadle rienda y picad largo.
Lo que sembrastes en mi
Vos lo torno mejorado,
Que nunca la buena tierra
Negó el fruto ningun año.
Non vos obligo en tal fecho,
Nin me fincais adeudado,
Que tal escatima deben
A los reyes sus vasallos.
Y si es verdad lo que digo,
Non dirán los castellanos
En oprobio de mis canas
Que vos debo é non vos pago ;
Nin las dueñas de mi tierra
Que á sus maridos fidalgos
Los dejo en el campo muertos
E salgo vivo del campo.
A Diagote os encomiendo ;
Catad por aquel muchacho ;
Sed padre y amparo suyo
E Dios sea en vuestro amparo. »
Esto dijo el montañés,
Señor de Hita y de Buitrago,
Al Rey Don Juan el primero ,
Y entróse á morir lidiando.
CAPITULO
1.
5
El siglo xv fué notable por las parcialidades de lo
grandes y los disturbios que ocasionaron en Castilla : los
Mendozas apoyaron generalmente la causa de los Reyes,
pero sin detenernos á referir aquellos sucesos, preciso es
hacer mencion especial de uno de los personajes más no-
tables de la época.
Don Iñigo Lopez de Mendoza , nieto de Pedro Gon-
zalez , muerto en Aljubarrota , heredero de la lealtad de
sus antepasados, sirvió constantemente al Rey D. Juan II,
así sosteniendo la frontera contra los moros de Granada
95
como asistiéndole con sus gentes en las desavenencias con-
tra los otros Ricos Homes de Castilla, coaligados con los
Infantes de Aragon , y cooperó á la victoria definitiva
de
Olmedo en 1445
1
°, por cuyos servicios fué creado Ade-
lantado mayor de Andalucía
11
y
Marqués de Santillana,
La exactitud de esta anécdota,
que hasta ahora habia sido admi-
tida sin reparo por la historia
(LAFUENTE ,
Historia general de
España),
ha sido puesta en duda
recientemente por el Sr. D. C. Xi-
menez de Sandoval en su «
Mo-
nografía de la batalla
de
Alju-
barrota »,
fundándose en que no
se halla en las Crónicas del tiem-
po ; pero no por eso deja de re-
conocer el autor que, aunque se
despoje al hecho del colorido poé-
tico, subsiste siempre la parte
gloriosa, pues consta que Men-
doza, viendo perdida la batalla,
instó vivamente á D. Juan á re-
tirarse,
y
que despues se sostuvo
en el campo hasta perder la
vida.
9
« Tomó el magnánimo caba-
llero
D. Iñigo Lopez de Mendo-
za , señor de Hita y Buitrago, tan
sabio como esforzado , la villa de
Huelma á puro combate, estando
por capitan general de la fronte-
ra GARIBAY ,
Crónica
gene-
ral,
lib.
XXI,
cap.
In,
to
«..,
En la vanguardia iban
el Condestable don Alvaro , por
frente,
y á los costados los hom-
bres de armas,
y
por sus capita-
nes D. Alonso Carrillo, Obispo
de Sigiienza, y su hermano Pedro
de Acuña, Iñigo Lopez de Men-
doza y el Conde de Alba».-
« En la retaguardia... el Rey...
Rodrigo Diaz de Mendoza, Ma-
yordomo de la Casa Real, y Pe-
dro de Mendoza , Señor de Al-
mazan »...— MARIANA ,
Historia
general de España.
SALAZAR DE MENDOZA,
Mo-
narquía Española ,
t. 1, El
6
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
uno de los primeros títulos de esta clase concedidos en
España
12
.
No ménos diligente cultivador de las letras
que de las armas, el Marqués de Santillana, poniéndose
al frente del renacimiento literario de su época , compla-
cíase en el trato de los hombres de ciencia y de los poetas
y trovadores de su tiempo, teniendo su casa convertida
en Academia de cultura literaria, y sobresaliendo en estos
ejercicios tanto como lo habia hecho en los campos de
batalla
15.
Entre sus timbres de gloria, no es ciertamente el mé-
nos digno (le tenerse en cuenta haber sido progenitor de
mo autor, en su obra
Orígen
de las dignidades seglares de Cas-
tilla, y Leon ,
define de este modo
el cargo de Adelantado : « en la
paz es Presidente y Justicia ma-
yor de algun reino , provincia ó
distrito,
y
en la guerra es Ca-
pitan General. »
« El segundo Estado que en
estos Reinos alcanzó título de
Marquesado, fué el de las Astú-
rías de Santillana, por merced
del Rey D. Juan II hecha (en
1445)
á
Migo Lopez de Mendoza,
Señor de Hita
y
Buitrago, hijo del
Almirante D. Diego Hurtado de
Mendoza, y progenitor de los Du-
ques del Infantado ». —
SALAZAR
DE MENDOZA,
Monarquía
Espa •
hola ,
t,
1.
Santillana (partido judicial de
Torrelavega , provincia de San-
tander) pertenecia al patrimonio
de la casa de la Vega, una de las
más principales
,
del reino, incor-
porada á la de Mendoza por el
casamiento
de doña Leonor
de la
Vega , en quien habia recaído,
con el Almirante D. Diego (el
Diagote mencionado en el ro-
mance). Desde aquella época, los
Mendozas de esta rama adopta-
ron por armas las de la casa de la
Vega, con la leyenda «Ave
11Iaría
gratia plena».
13
((Valeroso caballero en quien
las letras no embotaron la lanza.»
—
GARIBAY,
Crónica ,
lib.
XXI,
cap.
LXV.—
« Gloria
y
ornamento
de España.» —
ID.,
Nobiliario.
« Tenía gran copia de libros , é
dábase al estudio , especialmente
de la filosofía moral, é de cosas
peregrinas é antiguas,
é
tenía
siempre en su casa Doctores é
Maestros con quienes platicaba
en las sciencias e lecturas que es-
tudiaba... órdenó en metros los
proverbios que comienzan « Fijo
» mio mucho amado ». Fizo así
mismo otros tratados en metros
y en prosa muy doctrinables. »—
HERNANDO DEL PULGAR,
Cla-
ros varones de Castilla.
CAPITULO I.
7
una generacion ilustre que durante el reinado de los Re-
yes Católicos prestó á su patria señalados servicios. Don
Diego, que era el primogénito, conservóse siempre fiel al
Rey D. Enrique IV
14,
y
adhiriéndose á su muerte á la
causa de doña Isabel, contribuyó tan eficazmente con su
poderoso apoyo
y
el de sus deudos
y
parciales á su afian-
zamiento en el Trono, que en recompensa aquellos reyes
le crearon Duque del Infantado al comenzar su reinado
en 1475
15
;
y más adelante asistió con numerosas fuerzas
á todas las operaciones de la campaña
y
conquista de
Granada
16.
En todas estas ocasiones acudieron Cambien los otros
hermanos del Duque
y
señaladamente
D.
Migo, primer
Conde de Tendilla que sucedió á su padre en el cargo
de Adelantado mayor de Andalucía;
y
algunos años des-
14
« é fué uno de los princi-
pales Señores del Reino que en-
tendieron en pacificar las divisio-
nes que ovo entre el Rey D. En-
rique é el Rey D. Alfonso su her-
mano... no dejó de seguir la via
del D. Enrique, aunque en ella
ovo algunos siniestros,
é
se vido
en grandes discrimines é aventu-
ras de perder su persona
é
casa.»
-HERNANDO DEL PULGAR,
Cla-
ros varones de Castilla.
45
« Avemos conocimiento que
vos sois el principal grande caba-
llero de nuestros Reynos que con-
servan nuestro Estado é sostie-
nen nuestra Corona »,— decia la
Carta Real de creacion del título
de Duque del Infantado, expedi-
da
por
los
Reyes Católicos , en
el
Real sobre Toro, á 22 de Julio
de 1475.—Nobiliario
de Raro,
t.
I.
El Ducado del Infantado se
compone de diferentes villas y
lugares situados en la Alcarria,
en las provincias de Guadalajara
y
Cuenca ; llamábase así porque
sólo habia sido poseído por algu-
nos Infantes hasta que el Rey don
Enrique IV lo cedió á este mismo
D. Diego de Mendoza en remu-
neracion de sus servicios.— SA-
LAZAR DE MENDOZA ,
Crónica
del Gran Cardenal. —
Siendo
ya
los Mendozas Señores de Hita,
la adquisicíon de estos nuevos
términos les habia hecho due-
ños de una gran parte de la Al«.
carria.
45
Historia
general.
8
LA PRINCESA LE ÉBOLI.
pues , muerto D. Migo, su hijo
y
sucesor en aquel man-
do tuvo la gloria de enarbolar el pendan de Castilla en
las torres de la Alhambra, en 2 de Enero de 1492, to-
mando posesion de aquella fortaleza , último baluarte
de una invasion de ocho siglos ".
Pero entre todos los hijos del Marques de Santillana,
ninguno tan esclarecido como D. Pedro Gonzalez de Men-
doza, aquel ilustre Prelado conocido en la historia por
el Gran Cardenal de España, que durante su larga vida
tuvo parte activa y muy principal en todos los sucesos
de su época. Dedicado por sus padres á la Iglesia desde
sus primeros años, elegido Obispo de Calahorra
18
cuando
sólo tenía veintiseis, trasladado luégo á la Diócesis de
17
«
La
rama de los Condes de
Tendilla igualó, si no por sus ri-
quezas , por los hombres ilustres
que produjo, á la primogénita de
los Duques del Infantado. El se-
gundo Conde de Tendilla fué Em-
bajador en Roma en tiempo del
Papa Inocencio VIII, de quien
obtuvo concediese á los Reyes de
España el Patronato de todas las
iglesias del reino de Granada ; de
regreso á España, cooperó muy
eficazmente á la conquista de
Granada, habiendo sido nombra-
do por sus servicios Marqués de
Mondéjar,
, Alcayde y Goberna-
dor de la Alhambra, para si y sus
sucesores, en quienes se conservó
este cargo durante mucho tiem-
po. ))--
LA
FUENTE ALCÁNTARA,
_Historia de Granada.
El segundo Conde de Tendilla
tuvo,
entre otros, dos hijos, de
los cuales no es posible dejar de
hacer mencion :
D. Diego Hurtado de Mendo-
za, no menos ilustre por sus mi-
siones diplomáticas que por sus
obras literarias , embajador de
Carlos V en Venecia, cerca de la
Santa Sede y en el Concilio de
Trento, autor de las
Guerras de
Granada y
de
El Lazarillo de
Tornees ;
Y dala María, conocida en la
historia tan sólo por el apellido
Pacheco , de su abuelo materno
el Marqués de Villena ; esposa de
Juan de Padilla, el célebre jefe
de los Comuneros, que interesán-
dose vivamente en su causa, áun
despues de perdida ésta
y
muerto
su marido, sostuvo durante algun
tiempo con heroico esfuerzo
la
defensa de Toledo.
18
El obispado
de Calahorra
y
CAPÍTULO
I.
9
de Sigüenza
19
5
que era una de las más ricas de España,
y
que retuvo toda su vida, promovido al Arzobispado de
Sevilla
y
creado Cardenal (1473), y por último, Arzo-
bispo de Toledo (1482), D. Pedro de Mendoza ocupó su-
cesivamente las más altas dignidades de España;
y
sin
embargo, no debió sólo á ellas su renombre `
2
°. Dotado de
un carácter enérgico
y
emprendedor, más aficionado á la
agitacion
y
el movimiento de la vida pública que al so-
siego y la tranquilidad del sacerdocio,
y
áun más apro-
pósito para manejar la lanza que el báculo pastoral, el
Prelado intervino constantemente y de la manera más di-
recta en todos los negocios del Estado
y
en todas las
Santo Domingo de la Calzada era
uno de los más importantes de
España, pues comprendia toda la
Rioja y las tres provincias Vas-
congadas.
l
°
El obispo de Sigüenza ejer-
cía en su diócesis , ademas de la
jurisdiccion eclesiástica, la seño-
rial
y
civil ; con lo cual aquella
Silla era una de las más ricas é
importantes del reino, y tanto
por este motivo,
como
por
su
si-
tuacion inmediata á los Estados
de la Casa de Mendoza, convenia
á éstos estuviese ocupada por un
Prelado perteneciente á la fa-
milia ; y así se comprende que
en el siglo
XVII ,
otro don Pedro
Gonzalez de Mendoza, hijo de los
Príncipes de Éboli , de quien se
hablará oportunamente, se hicie-
ra trasladar á ella despues de ha-
ber sido arzobispo de Granada
y
de Zaragoza.
20
El Cardenal Mendoza hizo
diferentes fundaciones piadosas
y
de beneficencia, habiendo sido
la más notable la del Colegio ma-
yor de Santa Cruz de Valladolid,
destinado á la educacion de cierto
número de estudiantes pertene-
cientes á familias nobles, que ca-
reciesen de recursos para seguir
por su cuenta los estudios. De
este colegio salieron muchas per-
sonas ilustres por su saber ;
y
en
el reinado de Felipe II los cole-
giales de Santa Cruz llegaron á
ocupar simultáneamente los prin-
cipales cargos del Estado, como
tendrémos ocasion de ver más
adelante.
El Cardenal Mendoza se abs-
tuvo, por respetos muy atendibles,
de nombrar Patrono al colegio,
pero poco despues de su muerte
los colegiales reconocieron por
tal á su hijo D. Diego Hurtado
de Mendoza, Conde de Mélito, en
cuyos descendientes se conservó
esta preeminencia.
10
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
guerras de su tiempo, mezclándose en las turbulencias de
Castilla, combatiendo personalmente en la segunda bata-
lla de Olmedo en favor de Enrique IV contra los señores
castellanos rebelados (1467)
21
, y en la de Toro, por la In-
fanta doña Isabel
y
en contra de los portugueses que apo-
yaban á la Princesa doña Juana (1476)
22.
Nombrado Gran Canciller de Castilla por el Rey don
Enrique y confirmado despues en este alto cargo por los
Reyes Católicos , acompañaba á la Reina Isabel en todos
sus viajes, y era consultado en todos los negocios , con-
tribuyendo primero á la reorganizacion del Reino, y des-
pues á las guerras de Granada, en las que mantuvo cons-
ti
SALAZAR DE MENDOZA,
Crónica del Gran Cardenal,
ca-
pítulo
XXX.
12
«...
el Cardenal con otro es-
cuadron habia arremetido al del
Príncipe (de Portugal ) diciendo:
« Traidores, aquí está el Carde-
»nal, » y dirigiéndose á los suyos
añadió , « apretemos los puños
y
» procuremos vencer, porque si
»los enemigos nos vencen , nos-
» otros dirán ellos que somos los
» traidores.
»—
SALAZAR,
Crónica
del Gran Cardenal,
cap.
XLIV.
«...
el Cardenal, peleando como
hijo de su padre, iba diciendo:
« Traidores, aquí está el Carde-
» nal » ; y estaba el Arzobispo de
Toledo (D. Alonso Carrillo) de
la otra parte, que podia cantar
al mismo són , que en su edad no
hacia peor su deber, segun fué
siempre animoso y generoso.» —
ZURITA ,
Anales de Aragon , His-
toria de Fernando el Católico.
Estos ejemplos de prelados
guerreros eran bastante frecuen-
tes en aquella época ; el turbu-
lento D. Alonso Carrillo pasó la
vida combatiendo
(y
no contra
los moros) : en 1545, obispo ya
de Sigilenza, concurrió, como
acaba de decirse (nota núm. 10),
á la primera batalla de Olmedo:
en 1467 se halló en el campo re-
belde,
y
fué de los últimos en re-
tirarse, á pesar de haber tenido
un brazo traspasado de un bote
de lanza ;
y
nueve arios despues,
siendo Arzobispo de Toledo , se
encontraba en la batalla de Toro
frente á frente con D. Pedro de
Mendoza , Cardenal y Arzobispo
de Sevilla. Siguiendo tambien la
costumbre de aquellos tiempos de
verdadera caballería en que los
Señores hacian alarde de lujo en
los combates, el Arzobispo don
Alonso , en Olmedo, llevaba so-
bre la armadura un rico manto
de escarlata en que tenía borda.
da una cruz blanca,
CAPITULO
I.
17
do por la industria de su persona, por su valor en las ar-
mas
y
con la espada en la mano
la ciudad de Mélito...
con sus casales... Francavila... con sus casales», etc., I°.
En recompensa de sus servicios, fué D. Diego creado
Conde de Mélito y de Allano, y Gran Justicier de Ná-
poles
41
,
y cuando terminada la conquista de aquel reino
regresó á España, pasó á ser Virey de Valencia, en don-
de se halló durante todo el tiempo de la insurreccion de
las Germanías (1519 á 1522), que al fin logró dominar,
no sin haber luchado más de una vez con adversa for-
tuna
42
.
El segundo Conde de Mélito, llamado tambien don
Diego
45
siguió á ejemplo de su padre la carrera de las
armas, siendo Virey de Cataluña y de Aragon , primer
Presidente del Consejo de Italia y miembro del de Esta-
do en tiempo de Felipe II , que le premió
y
acrecentó su
casa elevándole á la dignidad de Príncipe de Mélito
y
creándole Duque de Francavila -
14
.
La línea masculina de
los Condes de Mélito no pasó más adelante. Don Diego,
casado el año 1538 con doña Catalina de Silva , hermana
del Conde de Cifuentes, sólo tuvo una hija, que fué doña
Ana de Mendoza
/5.
40
Crónica del Gran Cardenal,
cap. LXXIII.
41
Crónica,
etc. 1. c. —
SALA-
ZAR, Y CASTRO
Historia genea-
lógica de la casa, de Silva,
part.
I.
42
Historia general de España,
y particulares del reino de Palen-
cia.
43
El primer Conde de Mélito
casó con dala Ana de la Cerda,
nieta de los Condes ( ahora Du-
ques) de Medinaceli , por lo cual
sus descendientes llevaron el ape-
llido Mendoza de la Cerda.
44
SALAZAR DE MENDOZA
Crónica del Gran Cardenal,
ca-
pitulo LXX1V.— SALAZAR Y CAS-
TRO ,
Historia genealógica de la
casa de Silva,
part.
1.
45
SALAZAR Y CASTRO,
part.
1,
págs. 344 y sig.
CAPÍTULO II.
(1540 á 1573.)
Partida de bautismo de doña Ana de Mendoza.—Su educacion.—Ruy
Gomez de Silva, despues Príncipe de Éboli
y
Duque de Pastrana : su
origen y venida á España al servicio de la Emperatriz Isabel : favor
que adquirió con Felipe II.—Proyecto frustrado de matrimonio con
doña Teresa de Toledo.— Su casamiento con doña Ana de Mendoza.
— Capitulaciones matrimoniales
y
dote concedido por el Rey.—Des -
posorios en Alcalá con asistencia de Felipe II en 1553.—Aplazamiento
convenido para la reunion de los cónyuges. —Marcha á Inglaterra
de Felipe II y de Ruy Gomez. — Prolongada ausencia. — Su regreso
y
reunion del matrimonio en 1559.—Felicidad doméstica : hijos que
tuvieron. — Distinciones de la Reina Isabel de Valois á doña Ana de
Mendoza.— Santa Teresa de Jesus. — Su estancia y fundaciones de
carmelitas en Pastrana. — Fallecimiento del Príncipe de Éboli. —
Causas del favor que disfrutó.—Su carácter
y
cualidades.— Elogios
de los escritores contemporáneos
y
de los embajadores venecianos.—
Examen de la verdadera importancia de los títulos que le fueron
concedidos por Felipe II
y
de la posicion que ocupó.—Sistema de go-
bierno de Felipe II.—Exclusion de la alta nobleza de los cargos pú-
blicos. — Origen modesto de los ministros y secretarios del Rey.—
Preponderancia de los togados, de los eclesiásticos y religiosos en la
adrninistracion del Estado. — Preferencia concedida á los extran-
jeros.
Pocas paginas son necesarias para referir la historia
de doña Ana de Mendoza en su juventud
y
(lun destines
en
todo el tiempo de su matrimonio, porque en aquel pe-
ríodo vivió tranquila y feliz, y las historias de los indi-
viduos, lo mismo que las de los pueblos, sólo son largas
CAPÍTULO
19
cuando tienen que enumerar contiendas y desventuras.
Nació doña Ana en la villa de Cifuentes (provincia de
Guadalajara), en casa de sus abuelos los Condes del mis-
mo título, siendo bautizada el dia 29 de Junio de 1540,
por D. Juan de la Cerda, canónigo de la Iglesia de To-
ledo : su partida de bautismo se halla inscrita, entre las
correspondientes al año 1540, en el libro primero de los
registros parroquiales de la iglesia del. Salvador de aque-
lla villa, que aún se conserva en sus archivos : mas para
comprobar la identidad son necesarias algunas explica-
ciones, porque este documento no designa á la bautizada
con el nombre con que despues ha sido conocida.
Dice así :
« Oy dia del Señor San Pedro de Junyo fué bautizada
la hija del Conde de Mélito, llamóse doña Juana de Syl-
va , fueron los padres Condes de Alyano de Almenara
y
bautizóla el canónigo Zerda.—(Firrnado)
ZERDA» I.
En el siglo xvI se hallaban ya establecidos los libros
parroquiales, pero la falta de formalidad con que aun se
llevaban los asientos, más los hacia parecer apuntes pri-
vados que registros públicos
'2
,
destinados á acreditar la
legitimidad
y
situacion de las familias; así es que la
concision de l partida precedente, no más correcta que
las denlas del libro , impide conocer una de las principa-
les circunstancias del bautizo. Aunque en ella no se ex-
El nombre y calidad de este
prebendado se hallan expresados
en el
Nobiliario de Haro,
tomo i,
pág. 86,
y
de él aparece que per-
tenecia á una rama de la casa de
los Duques de Medinaceli, siendo
por lo tanto pariente del Conde
de
Mélito.
GODOY-ALCÁNTARA,
Ensa-
yo histórico
sobre los apellidos
castellanos,
cap.
II,
20
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
prese, no puede dudarse que siguiendo la costumbre ge-
neral, se impondrir,n á la recien nacida diferentes nom-
bres de pila,
y
principalmente los de sus parientes más
cercanos, y por lo tanto, que ademas del de Juana , to-
mado de su tio el Conde de Cifuentes , hermano de la
Condesa de Mélito , se la daria tambien el de su abuela
paterna doña Ana de la Cerda, que fijé el que usó du-
rante su vida. La omision de este segundo nombre en la
partida no puede ser causa de objecion alguna.
En cuanto al apellido, la preferencia concedida al de
Silva está, conforme con las costumbres de la época, en
que todavía se aplicaba indistintamente á los hijos el de
cualquiera de sus ascendientes, sin atenerse á la filiacion
de la línea paterna, como sucede ahora , siendo muy co-
mun hallarse hermanos, hijos de los mismos padres, usan-
do apellidos diferentes, por obligacion impuesta á los su-
cesores de los mayorazgos, con el objeto de impedir se
oscurecieran los nombres de sus fundadores
5
.
Siendo
doña Ana el primer fruto del matrimonio de los Condes
de Mélito, D. Diego de Mendoza, que se propondría re-
GODOY-ALCÁNTARA,
yo,
1. c.
DON MARTIN FERNÁNDEZ DE
NAVARRETE,
investigando por
qué causa usaba Cervantes el
apellido « Saavedra» dice :—Cos-
tumbre muy comun en aquellos
tiempos en que se tomaban ,
usaban promiscuamente los ape-
llidos de los padres abuelos ó
parientes, á quien se debia la edu-
cacion ó la subsistencia, ó de
quienes se quería conservar la
memoria por sus notables hechos
y proezas.))—
rida, de Miguel de
Cervántes,
pág. 238.
Para conocer cuán frecuente
era este modo de trasmitir el ape-
llido, basta recordar algunos de
los nombres citados en el capítulo
anterior : —Doña María Pacheco,
esposa de Juan de Padilla (nota
núm. 17), era hija de D. Iñigo
Lo-
pez de
Mendoza, Conde de Tendi-
lla, y de doña Francisca Pacheco:
—el célebre Arzobispo D. Alonso
Carrillo (notas núms.
10
y
22),
hijo de Lope Vazquez de Acuña,
CAPITULO II.
21
servar para los hijos varones su propio apellido, cedió á
su primera hija el de su esposa, como atencion debida á
los Condes de Cifuentes, en cuya casa habia tenido lugar
el nacimiento. Más adelante, habiendo quedado dona
Ana heredera de su casa, restableció naturalmente el
apellido paterno '.
Todavía hay otras consideraciones que tomar en cuen-
ta. Consta, por diferentes documentos, que doña Ana de
Mendoza nació en la villa de Cifuentes
5
,
el año 1540
6,
y que fué hija única
7
;
y
resultando de la partida ántes
copiada que el año 1540 fué bautizada en la citada villa
una hija de los Condes de Mélito, no puede quedar duda
alguna de que la doña Juana de Silva, mencionada en
ella, es la misma persona que en las capitulaciones ma-
trimoniales aparece ya con el nombre de doña Ana de
Mendoza.
De la juventud de doña Ana nada se sabe,
y
probable-
mente nada habria tampoco que decir, siendo de suponer
se educaria como las demas doncellas nobles de su tiempo ;
primer Conde de Buendía, y de
doña Teresa Carrillo de Albornoz;
—y
el hermano mayor de
G
onzalo
de Córdoba sólo es conocido en
la historia por el nombre de Don
Alonso de Aguilar.
4
Con arreglo á esta práctica,
al ajustarse el año 1553 las ca-
pitulaciones matrimoniales en-
tre Ruy G-omez de Silva
y
doña
Ana de Mendoza, se estipuló que
en el caso de que esta señora lle-
gase á heredar la casa de su padre
el
Conde de Mélito, sus descen-
dientes usarian el apellido
y
ar-
mas de Mendoza con preferencia
al de Silva—
Coleechm Salvá,
to-
mo Lvi — disposicion que el mis
mo Príncipe de Eboli confirmó
al otorgar su testamento en 1573.
—Apéndice núm. 6.
5
Expediente de pruebas de
nobleza de D. Francisco de Silva
y Portugal, hermano del tercer
Duque de Pastrana. —
Archivos
de la órden militar de Santiago.
6
Así se infiere de la carta de
Juan de Eraso á Francisco Sá-
mano. — Apéndice núm. 2.
7
Testamento de darla Catalina
22
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
pero conviene observar que la circunstancia de haber
sido hija única debió influir mucho en su condicion, ha-
biéndose criado más mimada y consentida que si hubiera
tenido otros hermanos, y formado así desde sus primeros
años aquel carácter fuerte y entero que no bastaron á
quebrantar sus grandes adversidades.
En aquella época habia comenzado á introducirse la
costumbre fatal de casar á los jóv
,
nes demasiado pronto
atendiendo más que á ninguna otra consideracion, al
deseo de aumentar el caudal de sus casas
y
los blasones
de su nobleza los grandes señores,
y
á su ejemplo las cla-
ses ménos elevadas, ponian la mayor diligencia en con-
certar enlaces ventajosos para sus hijos , sin tener en
cuenta, no ya sus inclinaciones, pero ni siquiera la edad,
sucediendo con frecuencia que para evitar que otros se
anticipasen, los ajustaban áun ántes que los contrayentes
tuvieran la necesaria para el matrimonio ; en cuyo caso,
se celebraban únicamente los desposorios, aplazándose
para más adelante la reunion de los cón
y
uges. Por su
cualidad de rica heredera, tanto como
por
su ilustre san-
gre, estaba doña Ana, más que otra alguna , destinada
á un enlace de conveniencia, y no era dudoso que su
mano sería solicitada con empeño. Pronto sucedió así.
Distinguíase entónces en la córte
un
personaje que
fué durante toda su vida el servidor más apreciado del
Rey, y justo es decir que ningun valido ha dejado jamas
tan gratos recuerdos de su privanza. Ruy
8
Gomez de
de Silva, Princesa de Mélito.---
SALAZAR
Y CASTRO,
Casa de Sil,-
part.
I,
pág. 347.
8
Bu es nombre propio anti-
guo equivalente á Rodrigo, corno
Pero á Pedro, 'é Iñigo á Ignacio.
CAPÍTULO TI.
23
Silva
9
,
hijo de una noble familia portuguesa
10
,
habia ve-
nido t España siendo aún niño, con su abuelo materno
Ruy Tellez de Meneses, mayordomo mayor de la infanta
doña Isabel
11
,
en la época del casamiento de esta princesa
con el Emperador Cárlos V, formando parte de su servi-
La familia de los Silvas , ori-
ginaria de Galicia, estaba ya
constituida el siglo xi, en la época
de la fundacion del Reino de Por-
tugal. Sabido es que hácia el año
1090, la Infanta doña Teresa, hija
del Rey de Leon D. Alonso VI,
casó con D. Enrique de Borgoña,
llevando en dote, con el título de
Condado, el territorio situado en-
tre los ríos Duero
y
desde
donde extendiéndose luego hacia,
el
Mediodía, su hijo D. Alfonso
Enríquez formó aquel Estado.
Hallábanse en aquella comarca
las tierras que poseian los Silvas,
siendo Adelantado mayor D. Pe-
layo Gutierrez de Silva,
y
por este
doble motivo siguieron natural-
mente á sus nuevos señores, for-
mando parte de su primera noble-
za.—Véase la
Historia genealógi-
ca de la casa de Silva,
por D.
Luis
DE SALAZAR Y CASTRO,
dos to-
mos en fólio, impresa en 1685.
Sin duda recordaba estos ante-
cedentes el portugués Lopez de
Mendoza, cuando al escribir los
Apontavientos para la historia da
conquista de Portugal por Feli-
pe
no temió parecer exagera-
do exclamando con patriótico en-
tusiasmo :
Os Silvas tinhan una
grandeza que nao possuia nenhuma
outra familia de Europa
Ruy
Gomez de Silva desta
mesma
casa,
senhor de algunas terral en Por-
tugal, passou á Castella ao servizo
de dona Isabel, mulher do Empe-
rador Cárlos Y. —
Pasaje citado
por
MR GACHARD
en
su
obra,
D. Cárlos y Felipe
II,
cap. vi'.
Y Juan Rodriguez de Saa en sus
Poemas,
hablando de los Silvas,
dice:
Oje nao se actea presente mais
antigua geraÇao.
—SALAZAR
Y
MENDOZA,
Monarquía española,
t.
II, pág. 151.
10
Ruy Gomez era hijo segundo
de Francisco de Silva
y
de doña
María de Noroña, señores de Ul-
me
y
la Chamusca ; algunos histo-
riadores han dicho que no perte-
necian á una gran familia,
y
es
cierto que descendiendo de una
rama colateral, sus padres te-
nían escasos bienes de fortuna ;
pero la nota anterior hace cono-
cer que, como origen, la línea pa-
terna nada dejaba que desear ; y
en cuanto á la materna, el cargo
de Mayordomo mayor con que
vino á España el abuelo de Ruy
Gomez, demuestra que tambien
disfrutaba en su país gran consi-
deracion.
11
«Vino por Mayordomo mayor
de la Emperatriz Ruy Tellez de
Meneses y Silva, abuelo materno
de Ruy Gomez.»
SALAZAR Y
CASTRO ,
Casa de Silva,
part.
II,
lib. x, cap. vi'.
24
LA PRINCESA DE EBOLl.
lumbre en calidad de menino
12
,
y habiéndose captado su
gracia, fué designado para asistir al Príncipe D. Felipe
desde su infancia , cuando Ruy Gomez no pasaba de los
once años
15
.
Más adelante, así que el Príncipe hubo cum-
plido veintiuno, el Emperador, al organizar su casa
y
ser-
vidumbre, nombró á Ruy Gomez uno de sus gentiles
hombres ', y no mucho despues , al subir al trono Feli-
pe II demostró que le merecia el mismo aprecio que á
sus padres, eligiéndole su consejero de Estado v conta-
dor mayor de Castilla
15
,
concediéndole en el trascurso
«
fué
Ruy Gomez uno de
jos meninos que la vinieron sir-
viendo por órden del Rey don
Juan III su hermano ; y en Cas-
tilla desde esta ocasion á los que
llamaban pajes, llamaron meni-
nos, voz portuguesa que quiere
decir niño,
y
así el nombre como
el puesto se ha continuado des-
pues en la Casa Real , lográndole
los hijos de los primeros señores,»
—Casa de Silva,
1.
C.
13
«
Ruy Gomez fué el prime-
ro á quien (la Emperatriz) encar-
gó la asistencia del Príncipe don
Felipe su hijo, cuando Ruy Go-
mez no pasaba de once años ; y
como creciendo uno
y
otro halla-
sen igualmente precisada su in-
clinacion , amó el Príncipe tierní-
simamente á Ruy Gomez
y él
desde la infancia atendió á mere-
cérselo con tanto cuidado que
pudo dignamente establecerle en
el más alto lugar de su gracia...„
bien justificada fué la que consi-
guió
»—
Casa de Silva ,
1.
C.
11
«
Desde 15 de Agosto de 1548.
empezó á servirse la casa del
Príncipe (D. Felipe) al uso de la
de Borgoña. contra el deseo que
duraba en Castilla, de que la tu-
viese como los reyes pasados.
Nombráronle cinco sumilleres de
Corps ó gentiles hombres de cá-
mara, siendo el primero D. Anto-
nio de Velasco y el segundo Ruy
Gomez de Silva ; los tres restan-
tes fueron D. Juan de Silva, quin-
to Conde de Cifuentes alférez
mayor de Castilla . D..... todos de
la primera sangre del Reino.»
casa de Silva,
1. c.—
SANDOVAL,
Historia de Cárlos
T'.
1:3
Los contadores mayores eran
tres, y sus funciones, equivalen-
tes en cierto modo á las que hoy
corresponden al Ministro de Ha-
cienda, tenían mucha importan-
cia por hallarse encargados de
todos los gastos del Reino y de
/a Real Casa. Ruy Gomez de Sil-
va fué uno de los últimos conta-
dores mayores, porque algunos
años despues. preponderando los
letrados en la administracion de
Felipe I1, los suprimió , nom -
brando un consejo de Hacienda
CAPÍTULO II.
25
del reinado otras mercedes
y
distinciones, y princi-
palmente el título de Príncipe de Éboli
y
la grandeza
de España con la
denominacion
de Duque de Estremera
y
de Pastrana.
Era natural que en esta situacion pensára Felipe II
en proporcionará su favorecido un casamiento que , en-
lazándole con las casas más ilustres de Castilla , asentase
su situacion en el reino
16
,
y al efecto concertó su matri-
monio con doña Teresa de Toledo, hermana de D. G-omez
Dávila, Marqués de Velada, haciéndole merced de 10.000
escudos ; pero no habiendo tenido efecto este trato por
haber preferido aquella señora vivir retirada del mundo
tomando el velo de religiosa ", fué necesaria otra elec-
cion.
Doña Ana de Mendoza no se hallaba todavía en edad
de casarse , pero presentándose como uno de los mejores
partidos de su tiempo, juzgó oportuno el príncipe D. Fe-
lipe solicitar su mano ántes que fuese comprometida
con un presidente
y
ministros
togados : el presidente era ordi-
nariamente un prelado.
16
Salazar
y
Mendoza nos hace
conocer que en su tiempo se con-
sideraba como una obligacion de
los reyes ocuparse del casamiento
de sus servidores , pues hablando
del enlace de D. Beltran de la
Cueva , Duque de Alburquerque,
con doña Menc'ia de Mendoza,
hija del segundo Marqués de San-
tillana , dice : «De los mayores
cuidados que tienen los príncipes
para más acrecentar
y
sublimar á
sus
privados,
es el
procurar casar-
los lo más altamente que les sea
posible ; con esto, ademas de hon-
rarlos, les dan parientes y defen-
sores que los amparen
y
hagan
espaldas.. .. Muy grande obliga-
cion le corre al Príncipe de mira-
n()
Tenía el Rey D. Enrique
por muy particular privado á don
Beltran de la Cueva
Deseaba
casalle en una de las mejores ca-
sas de España
»
Crónica del
Cardenal Mendoza ,
cap. xxv.
7
SALAZAR Y CASTRO,
_Histo-
ria, de la casa de Silva,
part,
lib, x, cap,
26
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
en otro enlace ,
y
encargó á D. Juan de Silva, Conde
de Cifuentes, hermano de la Condesa de Mélito, pro-
pusiera á los padres el casamiento con Ruy Gomez de
Silva '
18
.
Prescindiéndose (como ya hemos dicho se pres-
cindia siempre en aquel tiempo) de la edad de la novia,
que á la sazon sólo tenía doce anos,
y
del afecto que tam-
poco era consultado
19
,
no podía por lo lemas darse una
18
ID.
ID,—Ruy Gomez de Silva
tenía entónees treinta y seis arios,
edad ciertamente desproporcio-
nada para la novia que se le de-
signaba ; por lo lemas era un
caballero rally apuesto y distin-
guido, como lo hace conocer
CAL-
VETE DE ESTRELLA
en su
Be-
la cien del viirje del Príncipe don
Felipe d sus tierras de la Baja
Alem ania,
impresa en Amberes
en 1552, que contiene minuciosas
descripciones de los festejos, jus-
tas
y
torneos celebrados en dife-
rentes ciudades con aquel motivo,
y en cuyas cuadrillas tomaba par-
te Ruy Gomez.
Federico Badoero decía de él
al Senado de Venecia en su rela-
cion del ario 1557. «Ha in tutti
li
suoi movimenti grazia, ed
pieno di gentilezza con certi detti
naturali da indur affezione ed es-
tirnazione grande. »
19
La historia genealógica de
la casa de Silva presenta, en los
mismos hijos de los Príncipes de
Éboli, dos casos que merecen
ci-
tarse.
Estos
sefiores contrataron su-
cesivamente el matrimonio de sus
tres hijos mayores con una rica
heredera, llamada doña Luisa de
Cárdenas : habiendo muerto el
primogénito siendo niño, trasfi-
rióse la novia al segundo, llama-
do D. Rodrigo, cuando éste tenía
solamente cuatro años : en 1577,
pareciendo
á
las madres de los
desposados (los padres habian
muerto, Ruy Gomez en 1573
y
D. Diego de Cárdenas en la bata-
lla de Lepanto) que la novia con-
venia más á D. Diego, que era el
tercero, procedieron á casarlos
antes que el novio hubiera cum-
plido catorce anos. Las conse-
cuencias de este enlace prematuro
fueron las que debian preverse,
segun tendremos ocasion de refe-
rir en el cap. VII.
El segundo caso es quizás más
grave: dolía Ana de Silva, que era
la hija mayor de los Príncipes de
Éboli , habia nacido en Mayo de
1561: cuatro arios despees se cele-
braron ya sus capitulaciones ma-
trimoniales con el Duque de Me-
dina Sidonia, verificándose los
desposorios en el de 1568, luego
que doña Ana hubo cumplido los
siete arios. Y no fué esto sólo, sino
cine en 29 de Enero de 1572, te-
niendo la desposada diez
y
me-
dio, el Nuncio de Su
Santidad,
Juan
Bautista Castagna, que fué
CAPÍTULO
33
de los más pequeños detalles de la vida doméstica de su
hija : el diario de esta dama, que en la actualidad se en-
cuentra en la Biblioteca Imperial de San Petersburgo, es
una pintura fiel de la córte de España y de la vida privada
de la Reina Isabel hácia el año 1560, segun dice el escri-
tor que lo ha examinado
y
publicado de él algunos tro-
zos
3
°
1
y
por ellos se ve que la Reina trataba con la mayor
intimidad á la Princesa de É boli , la asociaba á todas sus
fiestas
y
diversiones, salia á pasear con ella á caballo por
las alamedas de Aranjuez y de Toledo, la asentaba á su
mesa cuando la ausencia del Rey permitia alguna dero-
gacion á la etiqueta,
y
pasaba en su compañía largos ra-
tos de conversacion familiar
31 .
Nada más natural que
esta inclinacion de la Reina hácia doña Ana de Mendo-
za, siendo ambas señoras de la misma edad
32
y
tan eleva-
30
LE OOMTE H. DE LA FER-
RIERE.
Deux années de
712iSSiOn
á Petersbourq. — Journal privé
Elysabeth de Valois, adressé
Cathérine de Médieis par une
des dances franqaisesgue avaient
suivi
Elysabeth de Espagne.
31
Le Conte d'Albe
y
estoit.
Ung peu devant disner la Prin-
cesse de Evoli et la Marquise
Lewe ?
(a)
filie du dict Conte,
la vindrent trouver (á la Reina)
(a) Asi dice la publicacion hecha por
Mr. de la Ferriére, pero no siendo Leve
palabra española, es evidente que el
texto está malinterpretado
y
puede afir-
marse que dirá Lerin. Don Diego de To-
ledo, hijo segundo del Duque de Alba, se
habia casado por aquel tiempo con doña
Brianda de Beaumont , hija única
y
here-
dera del Conde de Lerin, Condestable de
et disnasmes et soupasmes toutes
et á sa table , et sans cérémonye
car nul homme ne la seruoyt, et á
son retour qui fut bien tard elle
fit monten les dites Princesse et
Marquise á cheval á la franÇaise
et galopérent long temps.—Id. id.,
pág. 237.—Aprés souper la Reyne
ne feit aultre chose que dévyser
avecques la Princesse d'Evoli qui
l'estoit venu veoir.--Id. id., pág.
21.
32
Estas escenas ocurrían en
Navarra , y tanto la posicion de esta se-
ñora en la Córte de España , como sus
conexiones en la de Francia, hacen muy
probable su favor con la Reina. La equi-
Yocacion en cuanto á la calidad de los
títulos carece de importancia, estando
el diario escrito por una señora extran-
jera, recien llegada
á
España.
34
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
da la condicion de la Princesa; pero habria sido imposible
si Felipe II hubiera manifestado hacia ésta la menor in-
clinacion , pues ni la jóven reina podia tardar en adver-
tirlo
y
en rechazar su compartía, ni la dama encargada
del diario pasar en silencio tan grave novedad.
El segundo hecho es conocido por la vida
y
obras de
Santa Teresa de Jesus. Queriendo la Princesa de É boli
cooperar
á
la reforma de la órden de Carmelitas empren-
dida por la Santa, la pidió que pasara á Pastrana á esta-
blecer un convento de religiosas, como en efecto lo veri-
ficó en 1569, siendo muy bien acogida por los Príncipes
de É boli, que la habian precedido ;
y
allanadas por la
prudencia
y
buen juicio del Príncipe las dificultades que
se presentaban
7
quedaron establecidos nada ménos que
dos conventos, uno de frailes
y
otro de monjas
55
.
Con
este motivo, Santa Teresa hubo de detenerse en aquella
Toledo el año 1560: la Reina doña
Isabel tenía quince años
y
la
Princesa de Éboli veinte.
sa
«
estando en esto me vie-
nen á decir que está allí un cria-
do de la Princesa de Ébolí , mu-
jer de Ruy Gomez de Silva
y
era que enviaba por mí, porque
habia mucho que estaba tratado
entre ella y mí, de fundar un mo-
nasterio en Pastrana
díjome.
que la Princesa estaba ya allá y
no iba á otra cosa
»
Hallé allá (en Pastrana) á
la Princesa y al Príncipe Ruy Go-
mez que me hicieron muy buen
acogimiento
Estuve allí tres
meses, en donde se pasaron liar-
- tos trabajos por pedirme algunas
cosas que no convenian á nuestra
religion : así me determiné de ve-
nir de allí sin fundar, ántes que
hacerlo; mas el Príncipe Ruy Go-
mez con su cordura (que lo era
mucho
y
-llegado á la razon) hizo á
su mujer que se allanase.»—SAN-
TA TERESA DE JESUS,
Libro de
las fundaciones,
cap. XVII.
« Llegó á Pastrana la Santa Ma-
dre
donde fué bien recibida
del Príncipe Ruy Gomez
y
de la
Princesa
y
diéronle en su casa un
aposento apartado
donde es-
tuvo más de lo que quisiera. »
DIEGO D YEPES ,
Vida de
Santa Teresa de (Jesus,
lib.
II,
cap.
CAPITULO II.
35
villa durante tres meses , y ya se deja conocer que no ha-
bria admitido tan prolongado hospedaje si entónces se
hubiera dicho que la Princesa era la favorita del Rey.
Sólo en obras de religion , conformes con el espíritu do la
época, en el cuidado de su numerosa prole
y
de corres-
ponder al cariño de su marido, que satisfacia á la par
su corazon
y
su orgullo, y no en galanterías de amor,
pasó el tiempo de su matrimonio doña Ana de Mendoza,
hasta que en 1573 sobrevino la muerte del Príncipe
51
3
y
con ella todas sus desgracias.
Comenzar émos este segundo período de su vida desde
el capítulo próximo; mas ántes de entrar en él es preciso
dejar bien determinada la posicion que Ruy Gomez ocupó
en la córte de Felipe II
y
las verdaderas causas de su fa-
vor
y
engrandecimiento, puntos sobre los cuales han for-
mado muy errados juicios algunos escritores por no ha-
berse detenido á estudiarlos bajo su verdadero aspecto.
En cuanto á las prendas del Príncipe de É boli, nada es
más fácil que describirlas con exactitud. Dotado de claro
34
El Marqués de Piclal en la
Historia de las alteraciones de
Aragon en tiempo de Felipe
t.
I,
pág. 289, pone equivocada-
mente la muerte de Ruy Gomez
de Silva el ario 1571 : el Príncipe
de Éboli falleció en 29 de Julio
de 1573, segun lo consigna D. Luis
Salazar y Castro en la
Historia
de la Casa de Silva,
part.
li-
bro x, cap. vil. Lo mismo dice
el P. Fr. Francisco de Santa Ma-
ría en su obra de la
ReM'nia de
los Descalzos de Nuestra Señora
del Cárnten,
lib. III ,
cap. xxi,
añadiendo, por cierto, una parti-
cularidad curiosa : « murió, dice,
á 29 de Julio de este presente alto
de setenta
y
tres, y habiendo es-
tado algun tiempo en el Purgato-
rio pasó á la eternidad,
como
nos
dirá la
Vida
de la insigne ermi-
taña doña Catalina de Cardona.»
El apéndice núm. 6, contiene
las principales disposiciones del
testamento de Ruy Gomez, firma-
do el dia 28 de Julio,
víspera de
su muerte.
36
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
entendimiento, no envanecido con su elevacion, pruden-
te, discreto, afable
y
desinteresado, conocedor como nin-
guno del carácter de su soberano,
y
atento sólo á su ser-
vicio, tenía sin duda alguna todas las dotes que constitu-
yen un buen ministro, no siendo extraño mereciese la
confianza del Rey, que desde su advenimiento al trono le
encargó de comisiones importantes. Ya en 1559 fué uno
de los plenipotenciarios que negociaron Ja paz de Cateau-
Cambresis,
y
ajustada ésta pasó á París á fin de entregar
á doña Isabel de Valois las joyas y regalos del Rey por
su concertado casamiento, y dar á la familia real de Fran-
cia el pésame por la muerte desgraciada de Enrique II
53.
No es del caso enumerar aquí los servicios prestados du-
rante toda su vida como consejero de Estado y uno de los
altos funcionarios de palacio; porque para presentar una
prueba completa, así de la confianza absoluta que Feli-
pe II tenía en él, como de la prudencia y tacto con que
sabia manejarse, basta recordar que el Rey le nombró
jefe del cuarto del Príncipe D. Cárlos
56
,
y que éste, á
pesar de su mala condicion y de la repugnancia con que
recibia cuanto procedia de su padre , acabó por apreciarle
35
SALAZAR Y CASTRO,
Casa de
Silva,
part. II, lib. x, cap, vi'.
51
En la Real cédula expedida
en 27 de Agosto de 1564, organi-
zando los gastos del cuarto del
príncipe D. Carlos , se leen estas
palabras: « Por quauto mi volun-
tad es que todo lo tocante á la
casa de dicho Príncipe se gobier-
ne, libre é despache por vos el
dicho Ruy Gomez de Silva
y
no
por otra persona alguna,» —
SA-
LAZAR,
Casa de Silva,
part. II. —
Felipe hablando de su hijo con
el Embajador de Francia, Mr. de
Saint-Sulpice , le dijo : « Que no
se lo fiaria á nadie en el mundo
más que á Ruy G-oniez. »
(Lequel
il
ate vouldrait fijer a homme
monde que Ruy Gomez.)
Carta
reservada del Embajador de 16 de
Marzo de 1565 citada por Mr. Ga-
chard.—.D.
Cárlos et Philippe
cap. vil,
CAPfTULO
37
y
distinguirle
37
.
En 1568, cuando tuvo lugar la prision
del Príncipe D. Cárlos, Ruy Gomez fué una de las per-
sonas de quienes el Rey se hizo acompañar en aquel acto,
y
pocos dias despues , habiéndose excusado el Duque de
Feria de custodiarle, Felipe II encomendó la guarda al
mismo Ruy Gomez , encargándole tambien que diese
cuenta del suceso á los Embajadores de las potencias ex-
tranjeras acreditados en España
38.
Todos los escritores contemporáneos están acordes al
hablar del Príncipe de É boli.
«Fué hombre de mucha puntualidad, afable
y
no punto
arrogante, pío,
y
en todas sus cosas igual, de ánimo ge-
neroso
celoso de la reputacion de su príncipe, y des-
de que comenzó á privar hasta que murió, que
-
fueron
muchos años, se conservó en un mismo grado, con gran
prudencia y universal aprobacion de todos, y en suma,
tuvo innumerables amigos
y
de los que mejor le conocie-
ron fué llamado «espejo de privados»
39.
«Esta privanza del Príncipe era con beneplácito
y
aplauso del pueblo, que le quería
y
respetaba y por eso
fué más estimado»
4°.
«Es la córte golfo tan peligroso, que pocos lo pasan sin
57
« n
Principe D. Cárlos
non
é amito de' servitori del ré ; e di
Ruy Gomez, che ora é suo mag-
gi ordomo maggiore, é stato inimi-
cissimo, ma per ora pare che l'ami
di cuore, perché la destrezza di
quest'uomo puo vincere ogni gran
rustichezza.»—Relacion de Anto-
nio Tiépolo al Senado de Venecia,
1567.
38 SALAZAR
Casa de Silva,
part.
u.,
lib. a, cap. —
GA-
CHARD,
D. c;árlos et Philippe II,
cap.
XIV
y XVI.
30
ANTONIO DE HERRERA,
His-
toria
general del ?mundo,
part.
TI.,
lib.
cap.
XVII.
40
SALAZAR DE MENDOZA,
Cró-
nica del Gran Cardenal,
lib.
II,
cap,
Lxxv.
38
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
tormenta— Fué Ruy Gomez el primer piloto que en
trabajos tan grandes vivió
y
murió seguro, tomando sierra-
pre el mejor puerto
aconsejó y- sirvió loablemente á
su príncipe
Vivo, conservó la gracia del Rey, muerto
le dolió su falta y la lloró su reino, que en su memoria
le ha conservado para ejemplo de fieles vasallos y pruden-
tes privados de los mayores príncipes
«
aquel gran privado, aquel maestro de privados y
de conoscimiento de Reyes, y
el
Aristóteles de esta filo-
sofía
el mayor maestro de la ciencia que ha habido
en muchos siglos»
42.
y para todo era bueno tener el favor de Ruy Go-
mez, que tanto favor tenía con el Rey y con todos
el Príncipe Ruy Gomez con su cordura (que lo era
mucho y llegado á, la razon) »
45.
«Los espíritus tenía altos, las manos limpias y la con-
dicion generosa»
44
Conformes con estas citas se hallan Cambien las rela-
ciones de los Embajadores venecianos acreditados en Ma-
drid.
«Ruy Gomez , decia Badoero, tiene tres cargos ; es
sumiller de Corps, consejero de Estado y contador mayor;
pero el sobrenombre que comunmente se le da es el de
Rey Gomez,
porque
parece que nunca ha habido privado
alguno que haya disfrutado de tanta autoridad ni sido
4l
LUIS
CABRERA,
Historia del
Rey Felipe 11,
cap. I, lib. x.
42
ANTONIO PEREZ,
Obras y re-
laciones,
edicion de 1676, páginas
539
y
636.
43
SANTA TERESA DE JESUS,
Libro de las fundaciones,
capitu-
lo XVII.
44
DUARTE NUÑEZ DE LEON,
portugues, citado por Salazar
y
Castro,
Casa de Silva ,
part.
II.,
lib. x.
CAPfTULO
39
tan estimado de su soberano como lo es éste
Siendo la
verdad que merece el puesto que ocupa y el grande
y
completo amor que S. M. le manifiesta, porque despues
de Dios no tiene otro pensamiento que la felicidad del
Rey, por lo cual se supone que no tardará en hacerle du-
que ó príncipe. Su índole es tan noble , que pocas veces
suele mostrarse la naturaleza tan generosa en este
punto »
45.
«Ruy Gomez es muy querido en la córte por los que
tienen negocios en ella, añadia Soranzo, por ser de un
carácter sumamente dulce y benévolo con todos
en
cambio no le quieren los españoles, que no pueden sopor-
tar su engrandecimiento, por su calidad de extranjero
y
principalmente portugues , nacion que detestan»
46.
Antonio Tiépolo reconocia que era «sumamente cortés,
afable, despejado, prudente y discreto en todo»
47.
•.5
u
Ruy Gomez
ha tre eari-
chi , di Somegliero di corpo, di
Consegliero di Stato, et di Con-
tator maggiore , ma il titolo
principale che gli vien dato é di
Rey Gomez,
perché pare che non
sia stato mai alcen privato con
Principe del mondo di tanta au-
torítá e cosi stimato dal signor
suo come egli
é
da questa Maestá...
» Ed in vero é defino di questi
gradi e del grandissimo e perfet-
to amore di ,Sua Maestá perché
dopo:Dionon sha altro:soggetto
che la felicitá di essa..... onde si
ha alcredere che gli abbia a-dare
qualche Ducato 6 Principato.
»
Ha
ingegno cosi nobile che
credo che a pochí la natura sia
stata in questa parte si cortese.—
FEDERICO BADOERO,
Relazione
del
1557.
4
°
«
Ruy Gomez... é molto ama-
to in Corte da quelli che negozia-
no per essere di dolcissima natu-
ra e clemente verso ognuno
ma
all' incontro é molto odiato dagli
Spagnuoli i quali no possono so-
portare tanta grandezza , princi-
palmente per essere forestiere, di
nazione portoghese, odiatissima
da loro.
»—
GIOVANNI SORANZO,
Relazione del
1565.
47
«
é gentilissimo Ruy Go-
mez, affabile, di buon ingegno,
accorto e discreto in ogni cosa.»—
ANTONIO TIEPOLO,
Relazione del
1567.
40
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Y por último, Segismundo Cavalli opinaba «sería lás-
tima grande que llegára á faltar, porque era el recurso
de los que tenian que tratar algun asunto y de toda la
córte»
48.
Nada más natural en esta situacion que la privanza de
Ruy Gomez
y
las distinciones concedidas por el Rey al
fiel, compañero de su infancia ; pero al recordarlas es pre-
ciso no dejarse deslumbrar por el título de Príncipe, que
por ser denominacion reservada en España al heredero
de la corona, pudiera parecer superior á las establecidas
y
corrientes. Acomodándose á la legislacion y costumbres
de los diversos Estados sujetos á su imperio, nuestros
Reyes no tenian reparo en conceder á sus súbditos estos
títulos cuando recaian sobre bienes situados en Italia; pero
léjos de constituir una jerarquía más elevada, los agra-
ciados ni siquiera eran considerados iguales á los Duques,
grandes de Castilla; en 1530, el Emperador Cárlos V
nombró Príncipe de Áscoli al célebre Antonio de Leyva,
llamando tan poco la atencion este dictado, que un siglo
despues Lopez de Haro, tan competente en esta materia,
al incluir en su
Nobiliario
á los descendientes de Ás-
coli, los clasificó entre los marqueses manifestando que
en su concepto no tenian derecho á figurar en la lista de
los duques españoles.
El caso de Ruy Gomez de Silva confirma con mayor
fuerza esta observacion : tomó el nombre de Príncipe de
Éboli, porque cuando Felipe II le hizo merced de un tí-
48
«
seria gran danno che si corte.» —
SIGISMONDO CÁVALLI,
venirse á perdere
perché é il ri-
Relaziot&e del
1570.
corso dei negozianti e di tutta la
CAPITULO II.
41
tulo, poseia la villa de Éboli
y
su término, adquiridos á
consecuencia de un arreglo de familia con su suegro el
Conde de Mélito; pero no satisfecho con el rango de
príncipe italiano, prefirió establecerse en España, y ven-
diendo aquellos bienes compró otros en Castilla en los
años de 1565 á 68, por lo cual Felipe II le hizo Grande
con la denominacion de Duque de Estremera, cambiada
en 1572 por la de Duque de Pastrana donde fundó de-
finitivamente su casa y mayorazgo, trasmitiendo el nom-
bre á sus sucesores, sin que pueda afirmarse si hasta en-
tónces disfrutó la consideracion
y
prerogativas anexas
á
la grandeza, que en todo caso sólo habría obtenido por
gracia personal. Notables fueron ciertamente las merce-
des que recibió el príncipe Ruy Gomez , pero ni Felipe II
delegó en él , como lo hicieron en otros privados los Re-
y
es sus sucesores , la gobernacion del Estado, ni le ensal-
zó á más alta esfera que á los demas grandes señores del
reino.
Hubo todavía otra causa (la más importante, sin duda
alguna, porque se enlaza con el sistema político de Feli-
pe II), que contribuyó sobre todo al engrandecimiento
del Príncipe de É boli. El Emperador Carlos V, en las
instrucciones dadas á su hijo D. Felipe en 1543, le en-
cargaba muy especialmente que no se valiera de los
grandes señores del país para el gobierno interior del
reino : reconociendo la conveniencia de mantener en los
ejércitos á la nobleza, cuyos sentimientos son tan á pro-
49
Los apéndices números 159 procedencia é importancia de los
y
160 contienen una noticia de
la
Estados de Éboli
y Pastrana.
42
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
pósito para
el servicio de las armas y sabiendo que los
nobles sólo servirian gustosos á las órdenes de los gran-
des , le recomendó les confiriese los mandos militares
para hacer la guerra en el extranjero ; añadió que podian
ttunbien dárseles misiones diplomáticas y áun mandos
civiles en los dominios españoles, donde contribuirian con
su ostentacion á realzar la importancia del soberano que
representaban ; pero en España no juzgaba el Emperador
que debia colocarlos en posiciones importantes , sino que
por el contrario, quería se los mantuviese ociosos en sus
casas , alejados del poder, sin intervencion ni influencia en
el gobierno y en la gestion de los negocios públicos, para
que de este modo fueran perdiendo la fuerza y el pres-
tigio 5°.
Eran estos consejos harto conformes con las inclinacio-
nes de Felipe
II
para que dejase de seguirlos, y la histo-
ria de su largo reinado nos hace ver su persistencia en
este punto; seria error creer que las libertades populares
fueran las únicas vencidas en los campos de Villalar
51;
el período de la decadencia habia comenzado para aquellas,
como para otras instituciones, con el advenimiento al tro-
no de la dinastía austriaca : la nobleza castellana dejó de
ser convocada á las Córtes desde el año 1538
52
,
y
en Ara-
5
°
La carta del Emperador
dando á su hijo estos consejos,
fecha en Palamós á 6 de Mayo
de 1543, cuando se disponia
á
em-
barcarse para Alemania, se halla
publicada integra en el
Semana-
rio erudito de Valladares,
t. xiv.
5(
El levantamiento de las co-
munidades tuvo lugar en 1520,
y
la derrota de Villalar en 23 de
Abril de 1521.
52
«
La grandeza, que se mani-
festó esquiva en 1521 á la causa
de las comunidades, recogió en
1.538 el fruto de su desden y de su
aislamiento dejando de ser llama-
da á las Córtes desde esta época
por sus intempestivos alardes de
CAPITULO III.
49
Sus primeros actos al morir el Príncipe de Éboli fue-
ron arrebatos de pasion, y apénas hubo recogido su úl-
timo suspiro , anunció la determina,cion de retirarse al
convento de Carmelitas de Pastrana, como lo puso inme-
diatamente por obra. Referirémos este suceso copiando
textualmente á uno de los historiadores de la órden del
Cármen, porque no puede encontrarse una descripcion
más animada, y que dé idea más cabal del carácter de
aquella señora que tanto interesa conocer.
miento de su persona
y
casa, que
era con muchas músicas
y
regoci-
jos diferentes que de ordinario
habia y que era como lo que se es-
cribia en libros de caballería». —
Carta, del licenciado Ortega á
_rateo Vazquez.— Coleccion
t. 56.
u... bien es que entienda algun
escudero que si
yo
quiero la casa,
por nada que él diga la dejaré de
hacer... que los escuderos no te-
nian que decir con lo que hacian
las grandes sefioras...»—
Proceso
crimin-il. Declaraciones de D. Je-
rónimo Diaz doña Catalina Her-
rera, poniendo estas palabras e•
boca de la Princesa eo oto dirigi-
das á Escobe& , cuando éste la
habló de su intimidad eon An-
tonio Perez.
« ... tenemos sospecha que la
hembra es la levadura de todo
esto... cosas dichas por mujer li-
bre
y
que no teme nada.»—Carta
de D. Antonio Paros al Rey, de
7
de Marzo,
1579. — Apéndice nú-
mero 30.
« La Princesa le dijo, que aun-
que era muerto el príncipe Ruy
Gomez, ella podia más
y
sabía
más que nunca.»
—Proceso crimi-
nal.—Declaracion del Marqués de
Za
Eivara,
pág. 303.
e... cierto ella es aparejada para
hacer cualquier cosa por su per-
sona, la cual, entre otras cosas en
que habia excedido, era en escri-
bir billetes firmados de su nom-
bre, diciendo injurias
y
amenazas
á todos los que hablaban la me-
nor palabra del mundo del con-
sorte. » —Carta
del Sr. Bustos de
Villegas á Hateo Varquez.—Apén-
dice núm. 75.
«
1:e::1Tentado al
portugnes (A
1,!,?,), que d.
miedo i)ice hac...:r cuan-
to se ve._ todo ceará en cesando
el trato y comunicn.elon con esta
sefiora, que es de do ilde nace todo.»
—Carta de Pero Jr
T
u
r
itez
,
de Toledo
á _Hateo
-
Vazquez.----
Apéndice nú-
mero 58,
no quiere sigo lo que se le
antoja, con la mayor libertad y
enojos y dichos que nunca creo
que ha tellido mujer de su cali-
dad,
y
ninguna enmienda en ello.»
—Carta de Felipe II á D. CriS"
50
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
«Lastimada con exceso la Princesa de la muerte de su
marido, dando más riendas á la pena que á la razon, des-
pues de los pensamientos sin consejo, que en semejantes
ocasiones turban el corazon... pidió de repente á Maria-
no le diese su hábito, posponiendo toda consulta, para
vestirse de monja y entrarse en el convento de carmelitas
tóbal de Mora su embajador en
Portugal,—
Apéndice núm. 83.
«Que yo digo á Y. M. que pen-
sando cuán diferentemente mere-
ció esto mi marido, estoy muchas
veces á pique de perder el juicio,
sino que la desvergüenza de ese
perro moro que V. M. tiene á su
servicio me lo hará cobrar.»—
Car-
ta
ta
de la Princesa
á
Felipe
II que-
jándose
de Mateo: Vazquez.—Capí-
tulo
v.
«Dicen que su prision es porque
escribió al Rey que si no la ven-
gaba de Mateo Vazquez, que le
haria dar de puñaladas delante
de S. M., y que enviándola á ha-
blar con fray Diego de Chaves,
dijo que no la trujese recaudos
del Rey porque no los quería oir.»
—
Carta de Pero Nuñez de Toledo
á
Mateo Vazquez,—
Apéndice nú-
mero 51.
«... V. M. cuya intencion , como
todos sabemos, fué castigar á la
Princesa por sus solturas... La
Princesa delinquió en no cumplir
lo que V. M. la mandó
y
en ser
tan libre y desacatada como se
sabe.»—
Cartas
de D. Antonio Pa-
zos al Rey.—
Apéndices núme-
ros 77
y
82.
«... aquel personaje... no la tie-
ne por capaz de razon. »—
Carta,
de Pedro
1Vn'ñez
de Toledo. —
Apéndice
núm. 15.
«... se puede librar por la Co-
rona, alegando los suyos que es
loca ». —
Carta del Sr.' Bustos de
Villegas.—Apéndice
núm. 109,
«...sigue la inclinacion que tu -
y
o toda su vida á tener poca
quietud : yo creo que el verdade-
ro juicio es creer que realmente
no le tiene. » —
Carta de Pedro
Nuñez de Toledo. ---
Apéndice
núm. 128.
«...su marido cubrió mil faltas
de ella, de furiosa y terrible mu-
jer.,. orgullosa
y
loca. » —DON
FRANCISCO DE ARAGON, CONDE
DE LUNA,
Comentarios á los
su-
cesos
de Aragon én
1591
y
1592.—
MS. de la Biblioteca Nacional,
H. 39.
4
Este P. Mariano y Fray Bal-
tasar de Jesus, de quien se hace
mencion más adelante, eran los
dos primeros religiosos del con-
vento de Carmelitas descalzos
fundado en Pastrana por Santa
Teresa, habiendo sido los que
asistieron al Príncipe de Éboli á la
hora de la muerte. La historia del
P. Mariano, que es bastante origi-
nal, se halla referida por la misma
Santa Teresa á propósito de las
fundaciones hechas en Pastrana.
CAPÍTULO III.
51
descalzas que habia fundado en Pastrana, que aún no
quiso esperar se le hiciese nuevo. Vistióselo, fuése á Pas-
trana, entróse de hecho en el convento, vueltas las espal-
das á gravísitnos negocios de estado y hacienda, que
de su direccion pen.dian, sin admitir mejor consejo. No
habiendo demudado con las telas la entereza de la volun-
tad imperiosa, ni la grandeza del estado, ni la comodidad
del regalo, ni la costumbre de mandar, ni el gusto de
ser servida (porque el dolor de la pérdida temporal no es
cuchillo de estos apetitos, ántes muchas veces incentivo)
dió mucho en que entender á la gran prudencia de Isa-
bel de Santo Domingo, que aquella casa gobernaba, de-
seando cosas que no se compadecian con la quietud
y
re-
tiro de la descaleez... Llegando á ella (á la villa de Pas-
trana) el P. F. Baltasar de Jesus, que se adelantó al
carro en que la Princesa iba, porque no quiso coche en
representacion de tristeza, aquella mesura noche, á las
dos de la mariana, llamó al convento de las religiosas:
bajó la madre Santo Domingo, que lo gobernaba, y ha-
biendo oído al P. Prior cómo traia á la Princesa á ser
monja, porque la muerte de su marido le habia quitado
la vida del siglo, y que ya traia hábito puesto y mostraba
en, sus palabras
y
hechos cumplida renunciacion que sería
para mucho bien y crédito de la planta nueva de la Or-
den, con espíritu prudente dijo : «¿
La
Princesa monja? Yo
doy la casa por deshecha.»
Llamó luégo á las mon
j
as, com-
pusieron la casa, previnieron dos camas, una para la
Princesa
y
otra para su madre, que llegaron á las ocho
del dia. Mudároule el hábito, porque el que tomó de Ma-
riano ni era á propósito, ni tan limpio como convenia.
52
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Descansó algun tiempo,
y
mostrando presto su resuelta
voluntad , quiso que luégo se les diese el hábito á dos
doncellas que llevaba, pagándoles con un poco de sayal
los salarios de largos años. Respondiendo la priora que
era necesario licencia del prelado, dijo con mucho enfado:
(.(¿ Qué tienen que ver en mi convento los frailes?» Detu-
vo la ejecucion la madre priora hasta consultar al padre
prior, no sin sentimiento de la Princesa. Habiendo con-
ferido lo que convenia, se resolvieron de darles el hábito.
Hízose en el locutorio, poniéndose la Princesa en medio
de las dos para que tambien le alcanzasen las bendiciones;
lleváronla despues á comer carne con su madre en una
pieza aparte. Despreció aquel servicio, fuése al refectorio,
y dejando el lugar cercano á la priora, que le tenian pre-
venido, tomó uno de los ínfimos sin rendirse ni á ruegos
ni á exhortaciones, conservando superioridad en lugar in-
ferior.
» Considerando la priora que voluntad tan entera habia
de ser ocasion de muchos disgustos , consultó con la
Princesa , su madre, que sería acertado que aquella seno-
ra tomase alguna parte de la casa donde pudiese vivir
con sus criadas
y
ser visitada de los seglares, con puerta
que entrase á la clausura cuando gustase,
y
no otra per-
sona seglar. Pareció á todos bien el consejo, á ella mal,
porque no habia sido suyo,
y
quedóse en el convento como
estaba.
»El dia siguiente, habiendo enterrado al Príncipe y
cumplido con las exequias, la llegaron á visitar el Obispo
de Segorbe y otras personas de calidad que allí se halla-
ron: díjole la madre Isabel que las hablase por la reja
CAPITULO
53
de la iglesia , mas ella no quiso sino que entrasen en la
clausura, é hizo en esto tanto esfuerzo A pesar de los re-
ligiosos
y
religiosas
y
seglares que la visitaban , que se
abrieron las puertas del convento y entraron con los se-
ñores muchos criados atropellando los decretos del conci-
lio, las órdenes de la santa madre, el retiro y silencio de
las religiosas
y
todo buen gobierno. Porque no piensan
los señores que lo son si sirven á las leyes. No contenta
con esto, instó en que le habian de dar dos criadas segla-
res,
y
ofreciéndose la madre priora que ella y todas la
servirían,
y
en especial las dos novicias que la habian ser-
vido en el siglo, de nada se contentó, pareciéndola que lo
ponian leyes.
» Escribió la madre Isabel á nuestra madre Santa Te-
resa la muerte del Príncipe, la determinacion de la Prin-
cesa y los primeros lances que con ella le habian pasado.
Escribió la Santa
S
una carta á la viuda monja, cual de
su discrecion se podia esperar. El poco gusto causó des-
estima eion
y
todo le daba en rostro sin permitir que en
nada le fuesen á la mano. La madre Isabel y dos religio-
sas de las más antiguas le dijeron que si de aquella ma-
nera habia de proceder, entendiese que la santa fundado-
ra las habia de sacar de allí y llevar adonde pudiesen
guardar sus leves, superiores en 'su estima á todas las
grandezas del mundo. Enojóse de suerte, que cogiendo
sus criadas se fué á unas ermitas que habia en la huerta,
y allí estuvo sin que las religiosas la tratasen por estar
5
Esta carta no se ha conserva-
ciones publicadas de las cartas de
do, pues no se inserta en las colee-
Santa Teresa,
54
LA PRINCESA DE ÉBOLI,
fuera de clausura. Enviáronle, empero, las dos novicias
para que la asistiesen, por no ser entónces tan compren-
didas en las leyes del claustro.
»Allí abrió una puerta á la calle, donde admitia toda
comunicacion, templando en gran parte el dolor de la
muerte del marido. Cesó con esto la obra de la iglesia
y
convento,
y
la limosna que Ruy Gomez Labia dejado
para el sustento con que comenzaba á padecer mucha
necesidad»
6.
Estas primeras escenas anunciaban otras más agitadas
en adelante , pudiendo desde entónces designarse los es-
collos en que Labia de perecer doña Ana, el dia que obli-
gada
á
abandonar aquel puerto de refugio se encontrase
como nave sin piloto lanzada á las tempestades del
mundo.
El Príncipe de Éboli habia nombrado en su testamento
á su mujer tutora
y
curadora de sus hijos y administradora
de su hacienda ; la Princesa escribió desde el convento al
Rey, solicitando la eximiese de estos cargos, á fin de po-
der consagrarse completamente á ejercicios piadosos
7;
pero Felipe II, creyendo sin duda que no convenid privar
á los hijos de los cuidados de su madre, la contestó que
aceptase al mónos provisionalmente. Su carta que se ha-
6
FRAY FRANCISCO DE SANTA
MARÍA,
Reforma de los descalzos
de Nuestra Señora del
C9912"
capítulos XXVI y xxviri. Ma-
drid, 1644, — Esta relacion con-
cuerda con la hecha más en resn -
men por
FRAY ANTONIO DE SAN
JOAQUIN en el
Año Teresiana
t,
I,
pág. 220.
7
Esta carta no se ha conserva-
do ; pero de la contestacion del
Rey, así como de lo que dice sobre
este punto
SALAZAR Y CASTRO
en su
Historia genealógica de la
Casa de Silva,
se infiere clara-
mente haberse escrito.
CAPÍTULO III.
55
lla publicada en la historia de la casa de Silva, decía asi:
« EL REY. -
Princesa doña Ana de Mendoza, prima.
Como quiera que holgára yo mucho de que se pudiera
a
y
er tomado resolucion en lo de la tutela y administra-
cion de las personas é hazienda de vuestros hijos (que
nos aveis suplicado), para que desde luego pudiérades
estar libre de este cuidado, han sido tantos y tan graves
los negocios que han ocurrido despues que el príncipe
Ruy G-omez de Silva, vuestro marido, falleció, que no ha
avido lugar para ello : é ansí es forzoso é necesario, que
entre tanto que esto se haze , que será con la brevedad
que se pudiere vos os encargueis de la dicha tutela y
administracion, como os lo ruego y encargo mucho lo
hagais , pues demas de que por el presente no se puede
excusar, por los inconvenientes que podrán resultar de lo
contrario, yo por lo mucho é bien que el dicho Ruy Go-
mez me sirvió continuamente é la aficion que le tuve é
tengo á sus cosas é vuestras, recibiré en ello mucho
placer é servicio. Del Pardo á xxv de Septiembre de
1573 años. — Yo
EL REY.—
Por mandado de Su Majes-
tad,
Juan Vazquez. » El
sobre escrito : Por el Rey á
la Princesa de. Éboli , su prima
8.
La Princesa hubo de resignarse,
y
dos dias despues la
fijé discernido el cargo de tutora en virtud de auto judi-
cial dictado por el juez gobernador del Estado de Pas-
trana
9.
8
SALAZAR Y CASTRO,
Casa de
Silva,
parte
II.
9
La escritura de discernimien-
to
y
aceptación de la tutoría, fe-
cha en 27 de Setiembre de 1573,
tomada de los archivos de la casa
del señor Duque del Infantado,
se ha publicado en la
Coleceiun
Salvó,
t. 56.
56
LA PRIXCESA DE ÉBOLI.
La
resolucion de doña Ana Labia sido sin duda alguna
sincera, pero como tomada en un momento de arrebato,
era de suponer que, aun persistiendo en ella, no lograria
acomodarse con la estrechez
y
la severidad de las reglas
del claustro. Al entrar en él habia depuesto á las puertas
su ilustre titulo y las galas de su antigua condicion,
adoptando el modesto nombre conventual de « sor Ana de
la Madre de Dios»,
y
vistiendo el. tosco sayal de las reli-
giosas descalzas; pero no era posible despojarse con
igual hmcilidad del carácter con que la dotrí la naturaleza,
Los altercados que habia comenzado á tener con las reli-
giosas desde el dia de su ingreso en la comunidad, fue-
ron en aumento por su manera caprichosa de proceder
10,
y
no alcanzando á persuadirla las observaciones de la ma-
dre priora , ni las de la santa fundadora , c
i
ne la escribió
con este motivo, ni áun las de su misma madre la Prin-
ceso de Mélito que al principio la Labia acompañado á
Pastrana, los superiores de la Órden se dirigieron al Rey
para que la obligara á dejar el convento antes de profe-
sar. Al saberlo doña Ana, acudió tambien á S. M. pi-
diendo con la mayor instancia su amparo. Hemos citado
antes la carta del Rey á la Princesa; copiarémnos ahora la
de esta señora, que nos hace conocer persistia con la mis-
ma firmeza que al principio en el propósito de continuar
en el convento :
10
«Con la pena que tenía no le
podían caer en mucho gusto las
cosas á que no estaba acostumbra-
da de encerramiento, y por el
Santo Concilio la priora no podia
darle las libertades que quería...»
-SANTA TERESA DE JESUS,
Li-
bro (.-b las fandaciones,
cap.
XVII,
«...y
pensando juntar la autori-
dad de princesa con la humildad
del estado, no los podia hacer ca-
ber en el saco del sayal.» —
FRAY
DIEGO DE YEPES,
-
Vida de Santa.
Teresa,
lib, xi, cap,
xxi,
CAPÍTULO III.
57
Señor : El prior de Atocha ha llegado aquí con una
novedad tan grande para mí, como es dezirme que salga
luego deste monesterio, y me vaya á la casa de mi hijo,
dando á entender que de más de la autoridad de su oficio
de visitador la trae tambieu de V. M. para executallo ;
como esto postrero es tan differente de la merced y favor
que
V
M. ha dado intencion de hazer á mis hijos guando
le dieren lugar sus grandes ocupaciones,
y
ha sido ser-
vido que en el entretanto yo tenga cuydado dellos, sin
hazer otra mudanza, no he podido persuadirme que la
tenga, y que si lo haze es procurada del mismo, pare-
ciéndole que sola ésta puede bastar á mudarme de mi
propósito ;
y
porque este es vivir y morir en el hábito que
tengo
y
en esta casa, por averla, fundado mi marido,
supplico á V. M. con la humildad que devo, que conti-
nuando los muchos favores y mercedes que siempre nos
ha hecho, sea servido de ordenar al prior que hasta que
vengan de Roma los despachos que fueren menester para
que yo pueda conseguir mi propósito,
y
obedecer lo que
Y. M. me ha mandado, no permita que por iuducimiento
de nadie vo haga mudanza tan desautorizada para mí y
para los huesos de mi marido, mandando, por la breve-
dad con que él procura mi salida , al inquisidor general
que le scriva quél alce la mano desta pretension ,
y
por
amor de Dios que vuestra majestad me perdone este atre-
vimiento y pesadumbre, que el aliarme tan sola
y
desam-
parada me haze usarla. Guarde Nuestro Señor la S. C. R.
Persona de V, M. corno la cristiandad lo ha menester.—
Umilde vasalla y echura de V. M. Ana de la Madre
58
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
de Dios. »—El sobre escrito : Al Rey Nuestro Señor, en
su mano
11
.
No acostumbrando Felipe II á tomar resolucion alguna
sin consultarla tintes con sus consejeros, envió la carta
á su secretario Mateo Vazquez , encargándole la exami-
nase en la Cámara de Castilla; su billete decia así :
«Ved esa carta de la Princesa de É boli y platicad con
los de la cámara lo que en ello parecerá convenir. El
obispo de Cuenca que estuvo hoy conmigo en otros ne-
gocios , me habló tambien en éste. Es verdad quel prior
de Atocha me dixo que su provincial, que entendia con
esta órden, le avia cometido esta visita, y quél estaba
en esto, porque con buena conciencia no podia hazer otra
cosa. Yo le dise que hiziese su oficio,
y
sosp
e
ché que era
cosa encaminada por parte de algunos amigos de Ruy
Gomez, para que pudiese tener más quenta con sus hi-
j
os y cosas; y por cierto que creo que tendria más obli-
gacion á esto que á ser monja»
12.
La
observacion del Rey era justa : doña Ana tenía más
obligacion de cuidar á sus hijos que de hacerse monja;
ni
correspondia tampoco al poder real intervenir en un
asunto que era exclusivamente de la potestad eclesiásti-
ca. El consejo de Castilla debió pensar del mismo modo,
y
la Princesa se vió obligada á salir del convento en los
11
Coleccion de MS. del señor
cida, siendo de letra de la Prin-
Conde de Valencia de Don Juan.
cesa tan sólo la firma.
El original es de mano descono-
12
Coleccion de id. id.
CAPÍTULO
in.
65
dujo siempre como un advenedizo engrandecido ; habia
recibido una educacion esmerada que perfeccionó recor-
riendo las principales capitales de Europa; tenia mucha
expedicion en el despacho, talento
y
recursos de irnagi-
nacion para buscar salida en situaciones difíciles, ins-
truccion variada, viveza de espíritu, facilidad de expre-
sarse en diferentes idiomas,
y
con estas dotes ganó pronto
el favor del Rey y de la córte; mas no supo conservarlo,
pues sus defectos oscurecieron el brillo de sus cualidades.
Era aficionado al lujo sin medida: el aparato
y
la osten-
tacion de su casa competían con las de los más grandes
señores. Salia de Madrid acompañado de numeroso sé-
quito de pajes
y
criados; por la noche se servian en su
casa cenas suntuosas,
y
se jugaba de continuo cruzándose
sumas considerables
27
.
Habia debido á la naturaleza una
27
Las siguientes citas tomadas
del proceso criminal instruido
contra Antonio Perez el año 1582
confirman este juicio.
«... en lo del gasto y ostenta-
cion... le parece seria gasto de 15
á 20.000 ducados
(a)
cada ario.
»—
Deelaracion de Rodrigo de
Castro, arzobispo de Sevilla .
«...
tiene por cierto que vale su
recámara y muebles más de 140.000
ducados... y oyó decir que la cama
en que dormía la mandó hacer
como la de
-
S.
M.»—Deelaracion
de D. Pedro de Velasco,
«,..
tenía tantos criados á su
ser-
vicio,
como si tuviera mil Tien-
tos de renta.»
«... yendo este testigo á Toledo
(u)
El
ducado equivaF a entónces á 97
ó 28 reales de la moneda actual,
le encontró... con coche , carroza
y litera,
y
muchos criados á caba-
llo.
y
á pié que le acompañaban.»
—Deelaracion del Conde de Fuen-
salida.
«...
entendió que en casa de An-
tonio Perez habia, mucho exceso
de juego.» —
Declaracion de don
Rodrigo de Castro.
«...
le ha visto hacer gastos muy
excesivos así en el adorno de su
casa, persona
y
criados, como en
el juego.» —
Declaracion de Den
Juan
Gaitan.
los que allí jugaban eran el
Marqués de Auñon ,
D.
Antonio
de la Cerda, Octaviano Gonzaga
y
otros,
y
las más veces cenaban
allí con grande ostentacion (le
platos
y
vianda. » —
Deelaraeion
de D, Fernando Solís.
5
7
66
LA PRINCESA DE EBOLI.
figura distinguida
28
; pero su elegancia era afeminada, pre-
sentándose siempre cubierto de esencias y perfumes
29.
Para sostener el lujo se hizo venal, recibiendo dinero á
manos llenas por despachar los negocios públicos
3°.
Entre las declaraciones relati-
vas al lujo de Antonio Perez, se
encuentra la siguiente, que es cu-
riosa, porque hace ver cuánto han
variado desde entónces los precios
de las funciones de teatro... «y
todo el invierno pasado de 1581
tuvo un aposento en las comedias,
aderezado con tapices
y
sillas que
le costaba cada dia 30 reales, por
donde le parece que procede como
hombre fuera de juicio y no como
ministro.» —
Deelaracion de don
Fernando Solís.
18
e ...
tenia los dotes casuales
de la naturaleza : gentil hombre
de cuerpo : buen rostro, como á
varon convenia. » —
CABRERA,
Historia
de Felipe 11, lib. XII,
cap. III.
29
«...
usaba mal del favor, der-
ramado, no virtuoso, demasiada-
mente suntuoso y curioso en el
vestir, rico, odorífero
y
pomposo
en
8u
casa... estaba muy lejos de
poseer gravedad de costumbres y
templanza en los deleites y pasa-
tiempos , dado al regalo
y magni-
ficencia
y
algunas veces á vicios
y
superfl u idads.» — D.
LUIS C A-
BRE itA ,
Historia de Felipe II,
lib. VII, cap.
VII.
59
«...
era imposible que dejase
de aprovecharse de los negocian-
tes, porque á este testigo le dijo
Antonio Perez que cuando murió
su padre quedó tan pobre, que
con vender la casa que habia la-
brado no alcanzaba á las deudas.»
—Deelaracion del Conde de Fuen-
salida.
«...
le ha visto hacer gastos exce-
sivos.., de que se habia murmura-
do mucho, porque no habiendo he-
redado hacienda de su p
q
dre...
y
oyó decir que D. Antonio de Padi-
lla, maestre de campo... le dió una
pieza de tela de oro y otras cosas
que llegaban á 1.000 ducados.»—
Declaracion de D. Juan Gaitan.
«...
este testigo dió al dicho An-
tonio Perez 4.000 ducados por el
despacho
y
título de dicho cargo...
y que los príncipes de Italia le
daban tambien buena mancha.»—
Deelaracion
de D. Luis de Obera.
« ...y
que es bien notorio que
quien quisiese negociar con el
Rey vaya con las manos llenas
á
su casa.» —
Declara.eion de D. Pe-
dro Velasen.
«...
y en cuanto á la legalidad de
su oficio lo tiene por muy sospe-
choso, porque oyó le habia dado
Marco Antonio Colonna 6.000 du-
cados por el título de Virey de Si-
cilia. »
Declaracion de D. Fer-
nando Solís.
« y que tambien la Princesa
de Éboli le habia dado cosas en
cantidad de más de 40.000 duca-
dos á él y á su
mujer.»—Deelara-
eion de D. Luis Henriquez.
CAPITULO
III.
67
La corrupcion de sus costumbres habia alterado su sa-
lud
31
.
El Príncipe de Éboli concertó su casamiento con
doña Juana Coello para moderar su vida disipada
32
;
pero
el cariño debido á doña Juana no le impidió continuar
sus galanteos
33
9
acabando por pagar con deslealtad el
favor que el Príncipe le habia dispensado. Ni áun reparó
en manchar sus manos en la sangre de un amigo, cuando
éste quiso atajarle en el camino de sus desvaríos. Mas
adelante sus delitos fueron aún más graves, pues faltó
á su patria, primero sublevando por un interes personal
á los aragoneses ,
y
despues conspirando contra su Rey
desde el extranjero. Perez ha sido juzgado hasta ahora con
alguna simpatía, ya porque la inspiran siempre las des-
gracias
34
7
ya porque apénas emigrado publicó él mis-
31
Antonio Perez é persona
macilente, di non molta sanitá,
assai disordinato e amicissimo
de' suoi comodi e piaceri.» —
Re-
lacion de Alberto Badoero,
1578.
32
«...
al dicho Príncipe (de Ébo-
li) le tenía un poco levantado de
cascos desde que rehusó casarse
con su mujer doña Juana Cuello
y
el inconveniente que para :sto
puso.»—Declaracion,
de
doñas Ca-
talina deHerrera.
«...
Antonio Perez se casó en Ma-
drid á 3 de Enero de 15G7, con
doña Juana Coello
y
Vozmedia-
no. » —
ALVAREZ BAENA ,
Hijos
ilustres de Madrid.
33
«.,.
y
tambien dijo que siendo
paje de S. M. su hijo D. Alonso,.
vió que una noche á las once de
ella, el dicho Antonio Perez ha-
blaba desde el suelo á una venta-
na con la señora doña Ana Man-
rique, dama de la Reina, tratán-
dose de ellos
y
cosas de am ores.»—
Declanzeion de D. Pedro de Ve-
lasco.
«... y
que vió hablar muchas ve-
ces por la noche en el Escorial
con la señora doña Ana Manrique
á Antonio Perez... y en el bosque
de Segovia hablando de amores
y galantería.» —
iDeclaracion, de
D. Alonso de Velasco.
34
« Les théories de la pnlitique
italienne , qui n'étaient du reste
que trop conformes á la pratique
généralement , lui avaient
doriné une perversité d'esprit que
n'aval t feas trop repoussé sa na-
ture. Dans la lutte desesperes
le precipi6a
.
ent ses exicés et ses
fauces, il déploya des ressourees
d'esprit si variés, il montra
68
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
mo
sus
Relaciones,
que durante mucho tiempo han sido
la única quia para explicar aquellos sucesos; pero despues
de conocida la causa criminal que se le formó y descu-
biertos otros documentos , es preciso rectificar las prime-
meras impresiones. Seguramente hubo en aquel proceso
no poca irregularidad, sin que deban admitirse como ve-
races todos los testigos; pero hay dos cosas que resultan
averiguadas; Perez fué culpable de engaño al Rey en la
muerte de Escobedo,
y
Felipe II, al castigarle, no obró
á impulsos de las malas pasiones que se han supuesto.
Cometió doña Ana de Mendoza su primera falta ligán-
dose en estrecha intimidad con Antonio Perez á su regreso
á Madrid en 1576 ó 77 : la declaracion prestada en las
actuaciones indicadas por doña Beatriz de Frias, mujer
del contador Lopez de Vivanco, nos permite determinar
la fecha : afirmó doña Beatriz que , habiendo venido á
la córte la Princesa, con motivo de la muerte de su ma-
dre, estuvo á visitarla Perez, y como se presentára su-
mamente perfumado, segun su costumbre, la Princesa de
É boli le censuró en términos que se retiró ofendido
35
;
pero pasado algun tiempo, y poco ántes que ocurriera la
muerte de Escobedo, la Princesa, con ocasion de otra
telle energie de caractére, il fut
el opprimó, si eloquent , si pathé-
tique, qu'il dévint l'objet des plus
gónéreux dévouements, et ob-
tint la sympathie universelle. » —
MIGNET ,
Antonio Perez et Phi-
bloc
pág. 420.
35
...
habiendo venido la Prin-
cesa
á
esta
córte á la muerte de
su
madre,
y
habiendo entrado el se.
cretario Antonio Perez á visitarla
un dia despues de esto, dijo la
Princesa á esta testigo :— No
veis que el liviano ha dejado este
aposento, porque le dicen que
no
ande
de esa manera y tan oloro-
so?»
—Proceso
CriMii,nal,
pág.
145.
CAPÍTULO ni.
69
visita del mismo Perez, dijo á doña Beatriz «que era muy
discreto y que habia de llegar á grande altura
«y
ya
en esta ocasion (continúa diciendo la declarante) se mur-
muraba en la casa las entradas y salidas de Antonio Pe-
rez,
y
se llegó á tener sospecha deshonesta entre él y la
Princesa))
36
.
Bien puede suponerse que las relaciones co-
menzaron hácia el tiempo de la segunda visita.
Antonio Perez se hallaba á la sazon en el apogeo de su
prosperidad. Secretario favorito del Rey y depositario de
sus secretos; ocupando en la córte un lugar principal, así
por sus talentos como por su ostentacion y elegancia;
agradable por su amena convemacion y su instruccion
variada, era su trato el más buscado y sus visitas las más
apetecidas. Sólo le faltaba una intriga ruidosa de amor
para completar su fortuna; ya los guardias del Rey le ha-
bian hallado algunas veces en las altas horas de la noche
hablando de amores con doña Ana Manrique, dama de la
Reina, al pié de las ventanas del Escorial
y
en el bosque
de
n
Secrovia
37
;
la Princesa de É boli lisonjeó más su va-
nidad. ¿Era hermosa todavía doña Ana de Mendoza en
1576? ¿ Podia inspirar grandes pasiones? Cumplidos ya
treinta y seis años, madre de diez hijos, desfigurada por
la pérdida de un ojo, debe suponerse que su hermosura
comenzaria á decaer ; pero esta consideracion , oportuna
para hacer ménos probable una pasion en el Rey, no te-
nía valor en el caso de Perez; no era sólo un sentimiento
de amor lo que le movia ; dada su situacion , Perez
y la
56
Proceso
criminal,
pág. 145,
57
Véase la nota núm. 33.
70
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Princesa no podian ménos de entenderse; convenia á ésta
atraer á su casa al ministro para mantener su importan-
cia,
y
convenia á aquel frecuentarla para satisfacer su va-
nidad ; por esto sus relaciones no tardaron en ser conoci-
das del público ; sus continuas visitas y los cuantiosos re-
galos que entre ellos se cruzaban las divulgaron pronto,
CAPITULO IV.
(1578 á 1579.)
Llegada á Madrid de Juan de Escobedo, Secretario de D. Juan de
Austria.— Su antigua amistad con Ruy Gomez de Silva y con An-
tonio Perez.— Su carácter
y
disgusto al enterarse de la intimidad
entre Perez
y
la Princesa de Éboli. — Causas de su muerte.— Ma-
teo Vazquez, secretario del Rey ; su condicion y carácter.— Infor-
ma al Rey del asesinato de Escobedo , atribuyéndolo á Antonio
Perez.—Explicacion satisfactoria de su conducta,—Proceder extra-
ño del Rey, que lo participa á Perez.— Enemistad de Perez contra
Vazquez.—Vazquez procura la reconciliacion ; gestiones inútiles
del Doctor Milio, los hermanos D. Agustin Alvarez y Pedro Nuñez
de Toledo, el Conde de Khévenhüller, Embajador del Empera-
dor de Alemania, y otros.—La Princesa de Éboli apoya á Antonio
Perez ; sostenido por esta Señora se niega á toda avenencia.—Inter-
vienen otros personajes : El Cardenal Arzobispo de Toledo, el Pre-
sidente del Consejo Real, el Conde de Chinchon, Fr. Diego de Cha-
ves, confesor del Rey, Fr. Hernando del Castillo, predicador de
S. M. : lenguaje notable de este religioso.—Cartas de Agustin Al-
varez dando cuenta de la situacion á Mateo Vazquez,
y
del Doctor
Milio informando directamente á S. M.
Iban trascurridos así algunos meses cuando á fines de
Julio de 1577 se presentó en España Juan de Escobedo,
Secretario de D. Juan de Austria, Gobernador á la sa-
zon de los Países Bajos, que venía á la córte á promo-
ver el despacho de varios asuntos
y
á solicitar auxilios.
Era Escobedo uno de los caballeros más allegados á la
casa del Príncipe de É boli , á quien habia debido favor
y
proteccion constante: por él habia sido al parecer colo-
cado en el puesto que ocupaba al lado de D. Juan; al
72
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
morir le habia trasmitido su plaza de Regidor perpétuo
de la villa de Madrid
1
,
en prueba de afecto, y Escobedo
habia asistido á la cabecera de su lecho y firmado como
testigo su testamento
2
.
Continuando sus buenas relacio-
nes con la familia, cuando algun tiempo clespues pasó á,
Nápoles, le (lió la Princesa de É boli sus poderes para
que tomara posesion del Estado de Francavila en aquel
Reino
3
5
cedido á uno de sus hijos por su abuelo el Prín-
cipe (le Mélito. Su amistad con Antonio Perez era igual-
mente estrecha: ambos eran en cierto modo hechuras del
Príncipe de Éboli , y se hallaban con motivo de sus ne-
gocios en contínua correspondencia; poco tardó por lo
tanto en enterarse de la novedad que ocurria, y siendo de
un carácter rígido y áun áspero, á juzgar por el estilo
de sus cartas, quiso, á fuer de servidor leal y agrade-
cido, volver por la memoria del finado, é indicó brus-
camente á la Princesa que si no se cortaba aquel trato/
estaba dispuesto á ponerlo en conocimiento del Rey para
que lo hiciera cesar
4
.
No fué menester más para perder-
se : ofendida en su orgullo doña Ana de Mendoza, con-
1
El acta de trasmision ha si-
do publicada en la coleccion de
documentos inéditos para la his-
toria de España del Sr. Salva, to-
mo 56.
Véase el extracto del testa-
mento en el Apénd. núm. 6.
5
Coleccion Salvá,
tom. 56.
4
Con pretexto de celo de cria-
do, hablaba mal en la familiari-
dad de Antonio Perez con la Prin-
cesa de
Eboli.—ANTONIO
PEREZ,
Obras y Relaciones,
pág. 6.
«
fué un
dia Escobedo á de-
cir á la Princesa lo que se mur-
muraba las entradas de Antonio
Perez en descrédito sayo , y co-
menzando á decirla que él por
que habia comido su pan le hacía
decir aquello, la Princesa se le-
vantó
y
le
dixo que los Escude-
ros no tenian que decir en lo que
hacian las grandes Seloras,
y
con
esto se entró allá dentro.»—Proce-
so criminal instruido contra Anto-
nio Perez.
Declaracion
de Doña
Catalina de Berrera.
CAPÍTULO
73
certó la venganza con Antonio Perez, y éste, que era
harto poco escrupuloso, no vaciló en echar mano para sa-
tisfacerla á mansalva del expediente que más natural se
presentaba.
Estimulado por la popularidad que su valor y sus em-
presas le habian granjeado, D. Juan de Austria dejaba
volar su juvenil imaginacion en alas de ambiciosas ilu-
siones, aspirando á establecerse en una posicion indepen-
diente: la conquista de Túnez le habia hecho esperar en
la formacion de un Estado cristiano cuya defensa le
fuera confiada; pero Tunez habia sido recobrado por los
turcos,
y
desde Flándes soñaba que apoyando á los católi-
cos y á la reina de Escocia Maria Estuardo, sería llamado
á compartir con ella el tálamo
y
el trono. No olvidaba
por esto el generoso mancebo la lealtad debida á su rey
y
señor, ni le ocultaba sus pretensiones; pero el carácter
frio
y
cauteloso de Felipe II veia en cada uno de estos
proyectos un peligro. Antonio Perez explotó esta vena.
Ya algunos años antes Juan de Soto, predecesor de Esco-
bedo, habia sido separado del lado de D. Juan por supo-
nerse influia en sus aspiraciones ; Perez dió á entender
al Rey que Escobedo era más peligroso, y hasta llegó á
insinuar, segun lo manifiesta él mismo en sus
Relacio-
nes,
que D. Juan mantenia tratos sospechosos en Fran-
cia con el Duque de Guisa,
y
sus parciales , y que al pre-
tender establecerse en Inglaterra, llevaba la intencion de
caer un dia sobre Santander
y
apoderarse de España
5.
5
La
relacion detallada de es-
tos sucesos se encuentra en las
obras siguientes :
Proceso criminal instruido con-
tra Antonio Perez,
impreso en
Madrid, 1788.
Declaracion de
74
LA PRINCESA DE ÉBOLL
No necesitaba Felipe II más pruebas para acoger acu-
saciones de este género,
y
dándolas crédito con tanta ma-
yor facilidad cuanto que conocia la estrecha amistad de
los dos secretarios, cayó en el lazo que se le tendia. Era
entónces , si no principio de legislacion, por lo ménos
doctrina corriente que el soberano podia prescindir de las
formalidades establecidas en la instruccion de las causas,
é imponer por sí mismo á cualquiera de sus súbditos la
pena que creyese merecia, cuando estuviera convencido
de su culpa,
y
por razon de Estado no fuese conveniente
juzgarle por los trámites ordinarios
6
,
Políticos
y
teólo-
Antonio Perez en el tormento.
ANTONIO PEREZ,
Obras y Re-
laciones. — Memorial del hecho :
2.
a
parte.
DON LORENZO VANDER HAM-
MEN,
Historia de
D.
Juan de
Austria.
EL MARQUES DE PIDAL,
His-
toria de las alteraciones de Ara-
gon en el Reinado de Felipe 11,
lib.
'v.
LAFUENTE ;
Historia general
de España,
par-t.
III,
lib.
1I,
ca-
pítulo
XXII.
Mr. Mignct, en su obra
Anto-
nio Perez et Philippe II,
trae
tambien la relacion completa to-
mada del memorial del hecho de
Antonio Perez
y
del proceso cri-
minal.
6
«
era doctrina corriente en
las córtes de los Reyes que éstos,
cuando estaban ciertos de la cul-
pabilidad de uno de sus súbditos,
podian en conciencia
y
en ley
mandar quitarle la vida
por cual.
quier medio, sin proceso y forma-
cion de causa, y sin ninguna de
las solemnidades judiciales que
resguardan la inocencia. »
EL
MARQUÉS DE PIDAL,
Alteracio-
nes de Aragon,
lib.
iv.
En comprobacion de que esta
máxima estaba extendida por
otros países, el Marqués de Pidal
cita oportunamente á Capefigue,
el cual, hablando de la muerte
violenta dada al mariscal d'An-
cre, por órden de Luis
XIII,
se
explica así : « Les parlementaires
consultés declarérent, qu' il n'
était pas necessaire de poursui-
vre inmédiatement le procés du
maréchal d'Ancre, car , en droit,
le souverain avait le privilége
d' exécuter ceux de ses sujets, dont
la mort paraissait nécessaire á la
sureté, du royaume.
II
fut aussi
établi que le commandement ab-
solu du Roy suppléait au défaut
des formalités.»—
Rickelieu, Ma-
zarin et la Fronde,
CAPiTTJLO IV.
81
diencia que pedian los Alcaldes de Córte encargados de
instruir la causa
20
.
El 11 de Abril, Vazquez, respondien-
do, sin duda, á una pregunta del Rey, le escribia :
«Agustin Alvarez de Toledo fué el que me dijo lo de
aquel Secretario, y aquí va un papel suyo que si V. M.
puede verle ántes de la consulta de hoy podria ser muy
á propósito »
21. ¿
A qué secretario se alude en este nuevo
billete,
y
qué era lo que habia dicho Agustin Alvarez de
Toledo?
22.
Otro billete de Mateo Vazquez (no hallado ahora entre
sus papeles, sino citado por el mismo Antonio Perez en
sus
Relaciones),
responde á estas preguntas.—Héle aquí :
«Mucho se esfuerza en el pueblo la sospecha con-
tra aquel secretario de la muerte del otro,
y
diz que no
las trae todas consigo (como suelen decir), que así anda
á recaudo su persona despues que sucedió, y que un
juicio que se ha echado
23
dice que le hizo matar un
grande amigo suyo, que se halló en sus honras
24
,
y
por
20 Apéndice núin, 9,
21
Apéndice núm. 10.
22
La nota núm. 36 de este mis-
mo capítulo contiene una noticia
relativa á D. Agustín Alvarez de
Toledo y su hermano D. Pedro.
25
Segun Cabrera, las personas
que apelaron á este medio singu-
lar de informacion. fueron el mis-
mo Vazquez
y
sus parciales ; dice
así : « Mateo
-
Vazquez de Lecca,
»Secretario favorecido del Rey,
y
»Agustin Alvarez de Toledo, de
))su Consejo , y Pedro Nuiíez su
»hermano , enemigos de Antonio
»Perez ,
y
el hijo del difunto, ha-
»cían instancias con el Presidente
»Don Antonio Pazos y decían
»blicamente que le hizo matar
»Antonio Perez, émulo suyo. Es-
»tos consultaron á Pedro de la
»Era, astrólogo de no vulgar opi-
»nion ,
y
dijo le mandó dar la
»muerte un grande amigo suyo
»y
que se halló en su funeral.»—
Historia de Felipe 11,
lib. XII,
cap. 3.°
Mr. Mignet, en su obra
An-
tonio _Perez y Felipe _U
(pág. 121),
ha tralucido esta frase diciendo:
« on pretend que e' est un Brand
»ami du mort qui a fait assassi-
9
82
LA PRINCESA DE EBOLI.
una mujer;
y
el día que entró á ver la del dicho secreta-
rio á la del muerto, diz que la del muerto levantó la voz
echando maldiciones al que lo habia hecho, y de manera
que se notó mucho; y si V. M. fuese servido de pregun-
tar con secreto á Negrete qué se dice desta muerte
y
qué
sospecha él, creo convendría,
y
preguntalle las causas
que tuviere para lo que dijere, aunque no me ha dicho
nada, pero yo he entendido de otra parte que él habla en
ella:
y
por satisfacer á los ministros y á la república, que
tan escandalizada está del negocio,
y
divertir opiniones
que andan muy malas y de muy dañosa consecuencia,
conviene mucho que V. M. mande apretadísimamente
que se siga
y
procure por todas vías y modos posibles
averiguar la verdad: y para la vereda de la sospecha que
digo es propio el papel que envié á V. M. de Agustin
Alvarez de Toledo y me lo volvió V. M.
25.
En este billete , que indudablemente se refiere al an-
terior de 11 de Abril , dice Vazquez que la voz pública
atribuia á Antonio Perez el asesinato; que éste habia
sido cometido por causa cede una mujer», y que el pa-
pel escrito por Agustin Alvarez conteuia indicaciones
Iner cclui-ci,
paree qu'
il P a trou-
»vé allaut 1.-:ar les brisóes de ses
»honneurs », suponiendo que Pe-
rez habia hecho matar
á
Escobe-
do porque veia en él un émulo á
su ambicion. La equivocacion en
que ha incurrido el escritor es
palpable ; la palabra
honras
está
usada en la carta de Vazquez co-
mo sinónimo de
exequias
ó
fu-
nerales,
sin que puede significar
otra cosa,
Don Luis Cabrera en su
Historia
de
Felipe 11.
al contar el
caso del mismo modo, se habia,
servido precisamente de la pala-
bra funerales , como acaba de
verse.
Lo mismo dice Vander Ham-
men siguiendo á Cabrera.—.His-
toria
de Don Juan de Austria,
fólio 318
y
siguientes.
"
Relaciones de Antonio Pe-
rez. — Memorial del hecho ,
1.1
parte.
CAPÍTULO IV.
83
útiles para el esclarecimiento de la verdad. La con-
ducta de Vazquez en todo esto aparece completamente
justificada; Secretario del Rey, teniendo obligacion for-
zosa de darle cuenta de todo lo que ocurria, ¿ cómo no ha-
cerlo de los graves rumores que circulaban en el público?
¿ Cómo no advertirle que por satisfacer á la república,
tan escandalizada del negocio,
y
para divertir opiniones
que andaban ya muy malas
y
de muy dañada consecuen-
cia, convenia mucho que S. M. mandára que se procurase
por todas vías
y
modos posibles averiguar la verdad? Era
evidente que si la justicia no ponía mano muy apretada
en el negocio, aquellas opiniones dañadas habian de hacer
remontar á más alto origen la muerte de Escobedo, atri-
buida por el pronto tan sólo
á
Antonio Perez. Para ex-
presarse de este modo no era preciso que Vazquez -fuese
enemigo de Perez
y
envidioso de su posicion , como dice
éste en sus
Relaciones
26
;
bastaba sólo ser un servidor
puntual en el cumplimiento de su deber.
Ménos fácil de explicar es la determinacion del Rey.
Antonio Perez refiere que el mismo Felipe II le entregó
el billete de Vazquez, encargándole que, consultándolo con
el Marqués de los Velez , le propusieran la contestacion
que habia de dar
27
.
Ilicidronlo así ambos ,
y
sometido al
Rey el proyecto ele respuesta, añadió éste algunas frases
como para hacerla más explícita, no sin dar cuenta al
26
« Esta demanda
y
querella
» fué fomentada y ayudada de los
» enemigos de Antonio Perez ; de
» los envidiosos, digo, de su lugar
»y
de la gracia que poseia cerca
» de su ii,ey;mayores éstos que losl
» enemigos y ofendidos de muerte
»que llaman,»
Antonio Perez
Rela,e io nes ,
pág. 7.
27
Memorial
del
hecho,Laparteo
84
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
mismo Perez , de la razon que para añadirlas habia teni-
do. Las
Relaciones
de Antonio Perez contienen igual-
mente este documento, expresando con letra bastardilla
la parte añadida por el Rey; dice asi:
«Para con vos :
yo he entendido ya de dónde ha pro-
cedido este caso; pero de manera que ro lo puedo decir,
con desear yo harto que se supiese por otra vía para que se
castigase: y
así os aseguro que es bien diferente de todo
esto, aunque
creo que el que lo hizo tuvo harto forzosa causa
para ello, y
así no hay que hacer fundamento de lo que
aquí decís, que es demasiada curiosidad y juicios bien
arroj ados »
28.
Poco despues de ocurrida la muerte de Escobedo, su
mujer é hijos acudieron al Rey pidiendo justicia de ella
contra Antonio Perez ; mas ((el Rey, á quien por dife-
rentes consideraciones no desplugo que aquella muerte
descargase por otra parte como nublado , abrazó fácil-
mente la querella , ó al ménos la dejó correr»
29
.
Cier-
tamente no habria sido posible detenerla sin exponerse
á
los inconvenientes indicados por Vazquez ; pero si Fe-
lipe II no podia recusar la demanda de la familia de
Escobedo, ¿qué necesidad tenía de mezclar en este asun-
to á Mateo Vazquez , haciendo saber á Perez que ins-
taba pidiendo la formacion de causa? ¿ A qué enseñarle
sus cartas consultándole sobre el modo de desenten-
derse de sus instancias? ¿No era esto darle á entender
que Vazquez le tenía mala voluntad y trataba de perder-
le? Siendo esta observacion tan obvia no podia ocultár-
18
Memorial del hecho
Relacioizes,
pág.
7.
CAPITULO IV.
85
sele que obrando de este modo habia de indisponer á
Antonio Perez contra su cr)mpañero,
y
como el carácter
de Felipe II no permite suponer que procediera por inad-
vertencia, preciso es convenir en que lo haria con pro-
pósito deliberado para algun fin que en su artificiosa po-
l
ítica tenia dispuesto.
La enemistad
y
rivalidades entre Mateo Vazquez y
Antonio Perez habrian sido naturales hasta cierto pun-
to ; ambos ocupaban al lado del Rey el mismo cargo, y
ambos debian aspirar al favor de su soberano. Ademas
Perez , educado con el mayor esmero y preparado desde
luégo á desempeñar las más altas funciones, hombre de.
mundo, amigo del fausto y la ostentacion, debia sentirse
celoso de un compañero advenedizo, de dudoso origen,
criado entre elérigo's
y
encumbrado al mismo cargo que
él desde la modesta posicion de secretario y familiar del
Obispo de Sigüenza. Los gustos é inclinaciones de Vaz-
quez eran completamente distintos de los de Antonio Pe-
rez , aunque no por esto debemos creer que fuera insen-
sible á las ofensas,
y
el empeño que siempre puso en
aparecer descendiente de una familia ilustre demues-
tra bien la consideracion en que deseaba ser tenido. Es
lo cierto, sin embargo, que ningun vestigio se encuentra
de desavenencias anteriores al año 1578; sus relaciones
habian sido hasta entónces las que correspondian entre
compañeros; la discordia comenzó á propósito de la
muerte de Escobedo,
y
principalmente con la noticia dada
por el Rey á Perez de las gestiones de Vazquez.
Los billetes de éste que acaban de citarse están es-
critos en el mes de Abril , inmediatamente despues del
86
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
asesinato, siendo notable que sean los únicos relativos al
suceso, aunque se conservan otros muchos pertene-
cientes al mismo año
5 ').
Con razon puede suponerse
que , en vista de la carta del Rey, Vazquez se absten-
dria de insistir; pero despues de lo ocurrido no era po-
;,ible que continuara la buena inteligencia entre ambos
secretarios; por el contrario, nada podía cerrar la bre-
cha abierta en ella: Vazquez consideraba á Perez reo de
homicidio, no habia de amarle: Perez sabía que Vazquez
le ha,bia denunciado, tenía que aborrecerle: la enemis-
tad estaba latente, pero existia siempre : el Rey habia
sembrado cizaña, necesariamente brotaba mala yerba.
Hallábase Antonio Perez persuadido de que Vazquez
y los suyos, envidiosos del lugar y favor que disfrutaba,
habian fomentado la querella de la muerte de Juan de
Escobedo, aconsejando á su hijo Pedro que le acusase
al Rey de autor del delito, y tanto Perez como la Prin-
cesa reproducian
á
cada paso esta queja, añadiendo que
en casa de Vazquez se reunian sus amigos
y
parciales
conspirando para perderle
51.
Vazquez por su parte se defendia bien de este cargo;
30
Segun se ha dicho en el Pró-
logo, la coleccion de manuscritos,
procedentes de los archivos de la
casa de Altamira , que posee el
Sr. Conde de Valencia de Don
Juan, contiene más de dos mil
cartas ó billetes inéditos de Fe-
lipe II y Mateo Vazquez : entre
éstos hay unos cuatrocientos cor-
respondientes
á
los dos años de
1578
y 79, que es el período de
que vamos á ocuparnos,
151 «
Vejase el Rey cada dia más
apretado de los que demandaban
justicia y de los valedores de
ellos , principalmente del Secre-
tario Mateo Vazquez, persona
bien conocida, de las no conoci-
das,
y
el templo donde se hacian
las juntas contra Antonio Perez,
y el que muy de ordinario solici-
taba al Rey por la justicia con el
escándalo que decia
que corria.»
Relaciones,
pág. 7,
CAPITULO IV.
87
como Secretario del Rey estaba obligado
á oir á
todo el
mundo, cuanto
más
al hijo del muerto, que tambien tenía
honores de Secretario de
S. M.; pero él
no le habia acon-
sejado que presentase querella alguna, sino al {contrario,
ni
habia querido encargarse del negocio, ni tomar su pa-
pel, ni escribir al. Rey, ni hacer otra diligencia
32
.
Esta
explicacion es muy verosímil por hallarse conforme
con el carácter de Vazquez
más
tímido que ambicioso,
más amante del sosiego
y
la tranquilidad que de las
grandezas y glorias del mundo, poco inclinado á pro-
mover discordias y enemistades que en
último
resultado
pudieran volverse contra él; pero prescindiendo de estas
consideraciones , hay otra razon poderosa para no dar
crédito á la acusacion , pues no podria haber olvidado la
carta del Rey indicándole no se mezclase en el asunto.
Antes de concluir el año estallaron los mal encubiertos
rencores: era Perez demasiado altivo para sufrir mucho
tiempo á su
compañero,
y
creyéndose seguro del Rey,
ya
por las muchas prendas que de él tenía, ya por las nue-
vas muestras de confianza que continuaba recibiendo, co-
menzó á manifestar su resentimiento. El primer cuidado
de Vazquez al advertirlo fué tratar de satisfacerle va-
liéndose del Dr. Milio
33
5
persona muy relacionada en la
32
Apéndice núm. 28.
33
No tenemos noticias parti-
culares acerca de este sujeto, aun-
que persona muy introducida en
la Córte, pues se le encuentra en
relaciones con los principales per-
sonajes de ella, y áun escribiendo
directamente al Rey mismo : sólo
una de sus cartas nos informa de
una particularidad curiosa, la de
haberle confiado el Duque de Al-
ba el cuidado de su casa cuando
por órden del Rey fué preso y
conducido al Castillo de Uceda.
—Carta del Dr. Milio á Mateo
Vazquez, fecha á 3 de Enero de
1579.—
Goleccion Salvá,
t. 56,
88
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
córte y amigo de entrambos; pero sus gestiones fueron
infructuosas, habiéndose negado. Perez á admitir las ex-
plicaciones. Viéndole tan obstinado Vazquez, creyó nece-
sario dar cuenta de lo que ocurria al Rey, con quien se
hallaba en el Pardo pasando el invierno, y así lo verificó
en carta de 12 de Diciembre, manifestando que en su
concepto el resentimiento procedia , ó bien de que se ha-
bria querido indisponerlos con murmuraciones infunda-
das, ó bien de que Perez hubiera llegado á saber que él
habia prevenido á Pedro Escobedo acudiese al presidente
del Consejo de Castilla para tratar de la muerte de su pa-
dre; mas como esto último lo habia hecho de órden del
Rey, y por su parte tampoco habia dado lugar á quejas,
teniendo tranquilo su ánimo, se proponía continuar su ca-
mino derecho, sin hacer caso de las acusaciones de que
era
objeto
34
.
Al expresarse así Vazquez no podía sospe-
char que Perez conocia su primer billete por habérselo
comunicado el mismo Rey, por lo cual el ódio que le ma-
nifestaba tenía algun fundamento : ignoraba Cambien que
en el asunto de Escobedo, Perez habia procedido con au-
torizacion del Rey,
y
que por esto contaba con su apo-
yo. Entre tanto, Felipe II, continuando en su reserva
y
sin dar importancia á la queja, se limitó á contestar,
«cierto debe haber ruines terceros en el mundo, poco
amigos de paz
y
sosiego»
55
.
Sin duda no recordaba en
aquel momento que habia sido él quien habia encendido
la discordia con la imprudente comunicacion hecha á Pe-
rez del billete de Vazquez.
33
Apéndice nilm, 13,
33
Apéndice ntlin, 13.
CAPITULO
89
Desechada la mediacion del Dr. Millo, buscó Vazquez
otro negociador, encargando el arreglo á D. Agustin
Alvarez de Toledo
56
1
que desde lu.égo se dirigió á la
Princesa de Éboli. No consta por qué razon entabló su
trato con esta señora ; pero sin duda lo hizo así por ser
conocida en la córte su intimidad é influjo con Perez,
y sabido tambien que era ella la principal promove-
dora de las discordias lo cierto es que la Princesa ad-
36
D. Agustin Alvarez y su her-
mano Pedro Nuñez de Toledo (ó
Pero Nuñez, que es como se le
llama ordinariamente en las cor-
respondencias que examinamos)
son las dos personas con quienes
Vazquez mantuvo más estrecha
y
constante amistad , habiendo ha-
bitado muchos años en la misma
casa. Los Toledos pertenecian á
una familia noble de Madrid, co-
mo descendientes de D. Alonso
Alvarez de Toledo, Tesorero del
Rey D. Enrique IV, y de Doña
Catalina Nuñez su mujer , cuyos
apellidos llevaban respectiva-
mente.
D. Agustin Alvarez de Toledo
fué Ministro de los Consejos de
Contaduría é Indias, y Procura-
dor á Córtes por la Villa de Ma-
drid en las del año 1579: era hom-
bre de instruccion y buen conse-
jo, pues se conservan muchos pa-
peles suyos notables sobre mate-
rias de gobierno
y
administra-
cion.
De Pero Nuñez sólo sabemos
que era clérigo, sin que conste
cuál fuese su situacion en la Igle-
fflia ; probablemente disfrutaria,
alguna capellanía de sangre, pero
debia tener ademas cierta impor-
tancia, porque Mateo Vazquez
le recomendaba cuestiones deli-
cadas para tratar con el Nun-
cio de S. S. Las cartas suyas, que
publicamos, dan á conocer su ta-
lento é ingenio.
Los hermanos Toledo se ocupa-
ban constantemente de los asun-
tos personales de Mateo Vazquez,
figurando ademas entre sus prin-
cipales partidarios en las desave-
nencias con Antonio Perez ; al
comenzar éstas, les consultó, á lo
que parece , acerca de la conduc-
ta que debia seguir, por cuyo mo-
tivo Perez les tomó grande a
y
er-
sion, denunciándolos al Rey re-
petidas veces • «
Braba anda
la folla por momentos
y
las Jun-
tas; anoche hubo una en casa de
los hermanos , gobernadores del
mundo» ; dice en una de sus car-
tas al Rey (
PIDAL,
Alteraciones
de Aragon, t.
I, apéndices). Por
esta causa Vazquez, para evitar
murmuraciones se vió precisado
á abandonar su casa,
y
al regre-
sar de Lisboa en 1583, tomó nue-
vo aposentos
90
LA PRINCESA
nn
It
BOLI.
mitió como cosa natural sus primeras indicaciones ; pero
no las escuchó mucho tiempo , porque poco despues
envióle á decir que aunque aquellos dias había recibido
algunos billetes suyos y respondido á ellos, desde allí
en adelante no la escribiese
ni
viese jamas, porque «á
quien en compañía de Mateo Vazquez trataba de acusar
á Perez de la muerte de Escobedo, no le podía dejar de
tener por enemigo »
Viendo Vazquez cerradas á su comisionado las puer-
tas de la casa de la Princesa , valióse de otro repre-
sentante de mayor autoridad, acudiendo al Conde de
E hévenhüller, Embajador del Emperador de Alemania,
acreditado cerca del Rey
38
.
Tomólo éste con grande
empeño, y durante algunas semanas visitó frecuente-
mente á Perez y la Princesa, esforzándose por justifi-
car á Vazquez ; pero aunque alguna vez demostraron los
adversarios disposiciones conciliadoras , de nuevo vol-
vian á su tema, repitiendo que era él quien incitaba
á Escobedo contra Perez. En vano expuso el Embaja-
57
Apéndice núm. 14.
38
El Conde de Khévenhüller,
Embajador del Emperador de
Alemania, Rey de romanos , in-
tervino muy activamente en el
arreglo de estas desavenencias,
como lo confirma el mismo Anto-
tonio Perez diciendo : «...presen-
ta por testigo al mundo al Baron
(Conde
debió decir ) Keveniler,
Embajador del Emperador en la
Córte Católica ; testigo no sólo
de esta verdad, pero de otras
prendas
y
confianzas,
»—Relacio.
nes,
pág. 47.—Las Memorias de
este diplomático relativas á su
mision en España se conservan
en Viena
(.Anales Ferdinandei
vol. 41) ; pero á juzgar por lo que
dice Ranke, que las ha examina-
do,no contienen nada sobre esto,
confirmando así su observacion de
que aquel agente no gustaba ha-
blar de algunas cosas. —
L'
Es-
pagne sous Charles V et Philip-
ye
traduit de 1' allemand par
Haiber.
CAPÍTULO
VIII.
187
fundado este temor, cuando el Duque de Medina Sido-
nia, al saber que el Marqués de la Favara, reconci-
liado con la Princesa de Í1
-1
4boli, se disponia á ir á Pas-
trana y pasar de allí á Lisboa; alarmado con la noticia ,
se apresuró á escribir á su confesor, que á la sazon se
hallaba en aquella capital , previniera á Vazquez se
guardára mucho de aquel hombre desalmado 54.
no :e, las malas mañas
y
entrañas
deste (Antonio Perez), que si de
adonde está sale con autoridad
no le conviene (á vuestra merced)
jamas apartarse de la presencia
de Su Majestad, porque hacién-
dolo, creo verdaderamente corre-
ria peligro grande su persona,
y
enmendarian en V. m. lo que fal-
tó en Escobedo. » — Carta de un
señor de estos reinos á Mateo
Vazquez.—Apéndice núm. 70.
cr
Yo he dicho á V. m. siempre,
y lo vuelvo ahora á decir, que
deste caballero portugués y de la
otra persona no creeré que V. m.
ni yo nos podrémos jamas fiar,
y
quien otra cosa me dijere, ni
aconsejare , ni le creeré, ni pen-
saré que es nuestro amigo.
»—
Carta
del Conde de Barajas
á
Mateo Vazquez , fecha
11
de Di-
ciembre de 1582. — MSS. del Se-
ñor Conde de Valencia de Don
Juan.
54
no tiene Dios ni alma....
diga vuestra paternidad al señor
Secretario Mateo Vazquez que se
guarde mucho, mucho
porque
la Princesa
y
el Marqués se han
hecho uña
y
carne,
y
él va dere-
cho, dicen, á Pastrana, y de allí á
Portugal....» (Carta del Duque de
Medina Sidonia á su confesor el
P. Fr. Vicente, fecha en Sanlú-
car á 20 de Enero de 1582).—Apén-
dice núm. 139.
El verdadero objeto del viaje
del Marqués de la Favara á Lis-
boa fué embarcarse en la escua-
dra enviada desde aquel punto
á las Islas Azores, como se ha di-
cho en la pág. 173, y no hay no-
ticia de que promoviese cuestion
alguna contra Mateo Vazquez.
Bien es verdad que á su llegada
le ocurrió una novedad impor-
tante, porque Rodrigo Vazquez
de Arce, que á la sazon habia
comenzado á instruir el proceso
criminal por la muerte de Esco-
bedo, le hizo prestar declaracion
(Apéndice núm. 142), y esto de-
bió hacerle conocer el mal giro
que para sus amigos iba toman-
do aquel asunto. — La declara-
cion del Marqués de la Favara
no se ha conservado por la razon
indicada en la nota al apéndice
núm.
143.
CAPITULO IX.
(1581 á 1590.)
Consideraciones sobre el estado político del reino en 1581.—Situacion
alarmante en Madrid.— Medidas adoptadas por Felipe II contra
los principales promovedores de las discordias.—Su imparcialidad.
—Comision dada á Rodrigo Vazquez de Arce en 1582 para instruir
una informacion sobre la muerte de Juan de E scobedo : su resultado.
—Instrucciones comunicadas en su vista á Rodrigo Vazquez en 27
de Agosto.—La Princesa de Éboli es relevada de la tutela y admi-
nistracion de los bienes de sus hijos.—Nombramiento de una junta
de administracion
y
de Pedro Palomino para Gobernador
y
Justicia
Mayor de Pastrana.—Carta del Rey á la Princesa anunciándola este
acuerdo.—Juicio de visita instruido por el licenciado Salazar contra
Antonio Perez. Es condenado. — Regreso de Felipe II á Espaila :
su marcha á Aragon en 1585. — Continuacion del proceso criminal
encomendado á Rodrigo Vazquez. — Confírmanse los cargos contra
Antonio Perez
y
la Princesa de É boli.—Explicacion de la supresion
de las formalidades judiciales con respecto á la Princesa. -- juicio
formado por los contemporáneos sobre la conducta del Rey con esta
seilora.—Escasez de noticias desde 1583 á 1590.
La energía del Emperador CArlos V consolidó en Cas-
tilla el poder real al principio de su reinado, y la mano
firme de su hijo mantuvo despues sumisos (t los señores
y ti los pueblos; pero en el seno de la monarquía se en-
cerraban aún elementos poderosos de desorganizacion.
Aunque apartada del gobierno la nobleza conservaba su
consideracion social y sus fuerzas, de que en aquel mismo
año hacía digno, pero peligroso alarde, acudiendo, por úl-
CAPÍTULO
189
tima vez en la historia, al llamamiento del Rey para auxi-
liarle en la conquista de Portugal
1
:
era natural que re-
cordando su antigua importancia, quisiera recobrarla, y
si á la sazon se mantenia tranquila, podia tenerse por
cierto que, presentándose ocasion favorable, se apre
Q
,u-
l'aria á aprovecharla. La grave enfermedad que Felipe II
sufrió durante su estancia en Badajoz liabia
p
uesto al
descubierto este peligro, porque algunos Grandes se re-
unieron para concertar la conducta que seguirian caso
de que llegase á faltar
'2.
En algunos pueblos duraban las rivalidades y resenti-
mientos entre los vecinos
5
,
y en otros existian partida-
rios de las antiguas instituciones del reino, pues aunque
los monarcas, obrando hábilmente, habian comenzado á
recibir en su servicio á los descendientes de los comune-
ros
1
,
la causa en cuya defensa Labial' luchado en 1521
4
«La frontera de Portugal por
la parte de Galicia, Castilla y
Extremadura era guardada por
los seflores que tenias en ella lla-
gares y vasallos. Tales eran los
Condes de Lému;
,
,, Monterey, Be-
navente , los Marqueses de Alca-
fiices
y
Cerralbo, los Duques de
Medina Sidonia y Feria y otros».
--LAFUENTE,
Histo
p
ia de Es-
paña.
2
«...
el Sr. Presidente de Ha-
cienda me ha dicho que cuando
S. M. estuvo en Badajoz enfermo,
el Almirante andaba publicando
cine si faltaba S. M., él y el Conde
de Bona-vente, y el Condestable
y
el Duque dyl Infantado estaban d
una,
y
que no bastaria nadie con-
tra ellos.»—Carta á Mateo Yaz-
quez de 1.
0
Julio de 1581—Apén-
dí ce ní m. 127.
«En los pueblos hay opinio-
nes, enojos
y
enemistades.
»—Ac-
t
(
zs
(
7e
7115 C
o
n'tt'g (
.
7e
t
-
Wtilla
en
1558. PeticionXLVIII.--CABRERA
GES
T
:IDOBA,
en su
Historia
de
Felipe 11,
dice que en algunas po-
Naciones, como Plasencia, Truji-
llo, Jerez de los Caballeros, Sevi-
lla
y
otras, subsistian aún los an-
tiguos partidos del siglo anterior.
« En
verdad algunos minis-
tros de las persecuciones de estas
personas eran descendientes
de
los Comuneros», dice Antonio
Perez, refiriéndose principalmen-
te al Conde de Barajas, cuya fa-
190
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
las ciudades de Castilla no estaba tan olvidada que no
pudiese servir de nuevo de bandera
5.
Las cuestiones religiosas contribuían, tanto como las
políticas, á complicar la situacion. Los descendientes de
los moriscos y de los judíos, convertidos al cristianismo,
que eran muy numerosos, muchos de ellos noblemente
emparentados, ricos é influyentes, continuaban privados
de los privilegios de la nobleza , y excluidos de la mayor
parte de las dignidades eclesiásticas, civiles
y
militares
6;
y los que procedian de personas procesadas por la Inqui-
sicion velan sus nombres inscritos en los claustros de las
iglesias, y condenados á perpétua infamia. Una parte
considerable de la poblacion se hallaba así por distintas
causas descontenta y ansiosa de mudanzas.
Entre Aragon y Castilla la union sólo existia en la
persona del Soberano, quejándose los aragoneses de que
el Rey mostrase mayor predileccion por los castellanos,
y
éstos de las restricciones que al ejercicio del poder real
oponían aquéllos, apoyados en su legislacion y sus fueros
7.
milla (los Zapatas) se habia pues-
to en Madrid á la cabeza de este
bando,—Memorial del hecho,
par-
te
3.a
5
«
si potria dubitare che in
occasione della morte di questo
re, o di qualche sinistro acciden-
te che gli avvenisse, se Lene solio
cessate
le sollevazioni delle co
-
contro i principi , come
successe in tempo del imperator
Carlo V
potessero rinnovarsi
questi ed altri umori
di
peggior
digestiones.--Re/acion
de G. 1
liforosin•
al Senado de Venecia
en 1581.
Los moriscos bautizados eran
más de 400.000,
y
los descendien-
tes de judíos por línea de varones
de hembras, representaban una
cifra mucho mayor, segun dice
LORENZO
Pmum , en
su
Rela-
CiOn
al Senado de Venecia de
1576.
7
Relacion de
LORENZO PRIV.-
LT
1
1. c.
CAPÍTULO IX.
191
La dinastía presentaba por su parte un lado muy dé-
bil; el Rey, avanzado en edad, sólo tenía por sucesores
infantes en la cuna, huérfanos ya de madre, sin que cerca
del trono hubiera un príncipe capaz de ampararlos, en-
cargándose , en caso necesario, de su tutela y de la go-
bernacion del reino.
Poco asegurado podia hallarse el sosiego público en
vista de intereses tan hostiles ,
y
así debia conocerlo el
mismo Felipe II que,
aunque vivamente preocupado por
la larga insurreccion de los Estados de Flándes, no se de-
cidió á emprender el proyectado
viaje á
aquel país, con-
siderando que su
presencia
era necesaria en España para
conservar la tranquilidad
8.
No era mucho
lo que se habla alejado pasando
á
Por-
tugal,
y
ya comenzaban á sentirse los efectos, adquirien-
do mayor importancia las discordias en Madrid. En el
primer periodo estuvieron reducidas á los dos Secreta-
rios, sus allegados y parciales; en 1581 se extendian
los principales señores de la córte : los prelados y
con-
sejeros que al principio intervinieron para cortarlas ,
se
hallaban ya fuera de juego ; en vez de mediadores dis-
cretos veíanse sólo contendientes armados ,
y
el encono
de los ánimos hacía temer un conflicto : alarmado por
8
« La presenza di S. M. aiuta
grandemente a conservar quei
regni
pace e senza discordie
delle quali cosí come in al-
tri tempi
se nc
son veduti gli
effetti cosi ora non mancano le
cause
essendo piena la Spagna
di gente mal contenta
si potria
grandemente dubitarc, di (vial-
che sollevazione guando non vi
tenesse il freno..... la presenza e
vigilanza del ré : tanto pin che
in
essa non mancheriano capi,
essendovi molti signori grandi,
ricchissimi, mal soddisfatti
»
—LORENZO PRIULI, 1. C.
192
LA PRINCESA DE É BOLI.
esta situacion el Presidente del Consejo de Castilla, ex-
citaba vivamente al Rey para que acudiera al remedio;
cc
porque se iba encendiendo un fuego que sería malo
de apagar»
9.
El remedio propuesto por el Sr. Pazos consistia sen-
cillamente en proceder á la forielacon de causa para
averiguar si Perez había tenido alguna parte en la
muerte de Escobedo, east;gán.
,
lee severamente si resul-
taba culpable,
y
en ca
:3
o c >A
l
mario devolviéndole la liber-
tad, aunque hubiera de quedar separado del servicio Di.
1\ o quiso E
l
(ii
i
;3 11 acep
ta
r este partido, por parecerle que
la naturaleza del negocio no permitia someterlo tt un
juicio ordinario
y
por lo tanto páblico
11
;
pero apre-
miando las circunstancias se decidió t obrar, y segun su
costumbre lo hizo con completa imparcialidad, reprimien-
do á los adversarios lo mismo que
á
los parciales de Pe-
rez
y
la Princesa. En primer lugar, para evitar una ccli-
sien, dispuso que D. Alonso de Layva saliera de Madrid,
pasando á Barcelona
á
esperar órdenes
concertó la
ida á', Sanlúcar del Du
q
ue de
T
'asi, r
v le-vocó
Ó
Carta de D. Antonio Pazos al
Rey, de 1 de Noviembre de 1.581.
Apéndice núm. 13'.
io
Carta de id. id., de 18 de No-
viembre 1G31.--Apéndice núme-
ro 135,
((si
el negocio fuera de cali-
dad que sufriera
pro
cederseen él
por juicio público, desde el pri-
mer dia se lilbiera
beclio
.»—Con-
testacion del Rey á D. Antonio
Pazos.—Apéndice núm. 135.
12
Procuré saber si don
Alonso de Ley-va era vuelto de
Guadalajara..
y
esta madona le
avisé me hablase, como lo hizo:
dixele el recado
y
mandato de
Y. .1\1. y encarguéle lo cumpliese
y
se
fuese á Barcelona »—Carta
de D. Antojo Pazos al Rey, fe-
cha 21 d.e l oviembre de 1581.—
Apéndice núm. 13G,
95
((Dijele que en ninguna ma-
nera le consentiria ir á Y. ni
á darle fastidio.., pero que para
ir al Duque (de
Medina Sidoicia)
CAPÍTULO
193
por lo ménos limitó el permiso concedido
á
Antonio Pe-
rez para presentarse en la calle
ti
,
y
algun tiempo des-
pues dió comision á Rodrigo Vazquez de Arce para que
procediera secretamente á una informacion acerca de la
conducta de Perez
y
la Princesa,
y
de la parte que hu-
bieran tenido en la muerte de Escobedo ").
Era Rodrigo Vazquez
te
'
uno de los dos jurisconsultos
le daria libertad, pues tenía car-
ta suya. Vino en ello... Yo escribí
al de Medina
como
iba, rogán-
dole procurase recogerlo, y ansi
se partió.»—Carta de D. Antonio
Pazos al Rey, fecha 30 de Setiem-
bre de 1581.—Apéndice núm. 132.
la
«...mejor sería que no saliese,
que no que hiciese estas demostra-
ciones.»—Contestacion marginal
del Rey á la Carta de D. Antonio
Pazos de 4 de Noviembre.—Apén-
dice núm. 134.
«... despues que se le dió licen-
cia para salir, aunque con la li-
mitacion que sabeis, se volvieron
á renovar (las murmuraciones),
y
así creo le estará mejor el reco-
gimiento. »— Contestacion de Fe-
lipe 11 á la Carta de D. Antonio
Pazos de 21 Noviembre.—Apén-
dice núm. 136.
15
Proceso criminal contra An-
tonio Perez.
Introduccion.
46
Rodrigo Vazquez de Arce
pertenecia á una familia distin-
guida de togados, habiéndolo
sido su padre
y
hermanos; se edu-
có en el colegio de Santa Cruz
de Valladolid,
y
terminados sus
estudios fué nombrado por c_11 Em-
perador Carlos V oidor de la Chan-
cillería de Granada, donde per-
maneció muchos años. Su impor-
tancia política y el favor que des-
pues tuvo con el Rey, comenza-
ron con la mision que desempeí'ió
en Portugal, por la cual le nom-
bró consejero de Castilla, y á su
regreso á Madrid Presidente del
Consejo de Hacienda, en 1584.
Más adelante, en 1592, fué ele-
vado
á
la suprema dignidad de
Presidente del mismo Consejo
Real de Castilla, en reemplazo
del Conde de Barajas, siendo, por
último, designado por Felipe II
como uno de sus testamentarios.
Ignorando, sin duda, que en
1582 Vazqucz se hallaba en Lisboa
y que fué en aquella ciudad en
donde comenzaron á instruirse
las diligencias contra Antonio Pe-
rez,
Y
guiados sólo por las indica-
ciones que contiene el prólogo
del proceso impreso, en el cual se
considera equivocadamente que
ya era Presidente del Consejo de
Hacienda, cuando el Rey le confi-
rió esta comísion ; algunos escri-
tores han censurado agriamente
á Felipe II una eleccion que, co-
mo se ve, no pudo ser más natu-
ral en aquel momento: siendo de
suponer que tambien seria con-
forme
con las prácticas judicia•
13*-
194
LA PRINCESA DE
ÉBOLI.
enviados á Lisboa en 1580, en auxilio de los Embaja-
dores de España, que despues de la muerte de D. Sebas-
tian trataron de hacer valer los derechos de Felipe II á
aquella corona
17
;
y satisfecho el Rey de su conducta
y
servicios , cuando más adelante pasó á Portugal, le re-
tuvo á su lado, nombrándole del Consejo de Castilla
y
confiándole negocios graves y comisiones importantes.
Cumpliendo con su encargo Rodrigo Vazquez, tomó de-
claraciones durante los meses de Mayo y Junio de 1582
á diferentes personas de la alta servidumbre real, y á
otros señores de la córte, que
á
la sazon se hallaban en
Lisboa, completándolas con las que prestaron por escrito
testigos ausentes ,
y
de ellas resultaron graves cargos
contra Antonio Perez por su venalidad, su lujo
y
cor-
les de aquel tiempo el que conti-
nuase siempre conociendo de este
asunto. — Tanto el Padre Gil
Gonzalez Dávila en su
Teatro de
las grandezas de 3Iadricl ,
como
Salazar de Mendoza en sus
Bio-
grafías de los colegiales ilustres del
Colegio de Santa Cruz en Vallado-
lid,
hacen grandes elogios del
carácter
y
condicion de Rodri-
go Vazquez, pero Antonio Perez,
por el contrario , le trata en sus
Relaciones
con la mayor dureza,
y como las obras de este autor
son más conocidas que las de los
dos primeros , han prevalecido
sus acusaciones. En realidad pa-
rece era hombre frio
y
maligno,
aunque ocultaba estas cualidades
bajo apariencias de suavidad
y
dulzura
(PIDAL,
Alteraciones de
Aragon,
tomo
1,
pág. 351), con-
dicion que, sin duda, se extendia
á todos sus hermanos llamados
en la córte « ajos confitados ». —
Carta del Doctor Francisco San-
chez de Liévana á Mateo Vazquez.
—MS. del Sr. Conde de Valen-
cia de Don Juan.
17 « Felipe II determinó enviar
á Portugal (demas de los Emba-
jadores que allí tenía) otros dos
que fueron Rodrigo Vazquez de
Arce
y
Luis de Molina, personas
muy insignes
y
singulares en la
doctrina legal.., los cuales, como
Embajadores, porque tal título
llevaron, informaron al Rey (don
Enrique) de palabra y por escri-
to... La doctrina
y
gravedad de
Rodrigo Vazquez...»—HERRERA,
Historia del Portugal...
en 1582
y
1583.
CAPÍTULO IX.
195
rupcion de costumbres
18
1
y contra él y dona. Ana de
Mendoza por su escandalosa intimidad, atribuyéndoles la
muerte de Escobedo, que habia manifestado abiertamente
su reprobacion
19.
Examinando el extracto del proceso criminal " ins-
truido por Rodrigo Vazquez , se observa que la informa-
cion quedó, al parecer, suspensa en este punto, y no ha-
llándose otra explicacion se habia supuesto que á la
cuenta andaba entónces muy blanda la mano del Rey con
Antonio Perez »
21
;
pero los documentos descubiertos re-
as algunos de estos car-
gos en las citas hechas en el ca-
pítulo m. Notas núms. 27
y
30.
19
Sobre este punto declararon:
En 1582.—D. Juan Gaitan, ma-
yordomo mayor del Archiduque
Alberto ;
D, Pedro de Velasco, capitan
de la Guardia española de S. M.,
Y D. Rodrigo de Castro, Arzo-
bispo de Sevilla.
En 1585 . — Martin Gutierrez,
vecino de Bubierca ( Aragon),
Y Jerónimo Diaz.
En 1589.—Su mujer dolía Cata-
lina de Herrera (a),
Y doña Beatriz de Frias (1)).
En 1590.—Andrés Morgado,
Y el Marqués de la Favara.
Omitimos estas citas por su na-
raleza.
90
El proceso original existia
en el Archivo de Simáncas á me-
diados del siglo
XVII
(Proceso im-
preso,
pág. 230), pero actualmen-
(a,
b)
Estas señoras eran, al parecer,
dos damas ó dueñas de la servidumbre
de la Priucesa de Éboli.
te no es conocido su paradero,
sin que se sepa cuándo fué saca-
do de aquel depósito,
y
sólo se ha
conservado un extracto hecho por
un curioso en 1669, del cual se
hallan copias manuscritas en di-
ferentes bibliotecas,
y
que fué pu-
blicado en Madrid por D. Anto-
nio Espinosa, el ario 1788.
Una de las copias manuscritas,
descubierta por M. Mi
g
net en el
Archivo del Ministerio de Nego-
cios Extranjeros de París, fué la
que le indujo, segun él mismo in-
dica en el prólogo, á escribir la
interesante obra titulada
Anto-
nio Perez, y .E,>lipe,
de que nos
ocuparémos más adelante. Es pro-
bable que si este distinguido es-
critor hubiese sabido que la cau-
sa circulaba impresa en Espada,
habría dado otra interpretacion
á algunos de sus párrafos, consi-
derando no podio contener nada
ofensivo al Rey Felipe II una pu-
blicacion hecha el siglo pasado
«con privilegio y las licencias ne-
cesarias.»
21
Proceso criminal,
pág. 44,
19G
LA PEINCESA D ÉBOLL
cientemente han dado á conocer los trámites que fué si-
uniendo. Felipe II habia prevenido á, Rodrigo Vazquez
que
á
medida que fuera recibiendo las declaraciones se
1as trasmitiese para examinarlas
2
Lugo, pues , que las
hubo reunido, consultó el caso con su confesor, el padre
fray Diego de Chaves, como solía hacerlo en todos los
asuntos importantes , y con el mismo Rodrigo Vazquez,
y
considerando probadas las culpas, resolvió imponer la
pena, con arreglo á la misma máxima aplicada anterior-
mente en el caso de Escobedo
2;
de que el Soberano ab-
soluto podia prescindir de los Tribunales para castigar á
sus súbditos.
Pero queriendo evitar se repitieran los rumores á que
tres años ántes habia dado lugar la prision simultánea
de Perez y la Princesa,
y
que el público volviera á ocu-
parse del asunto, determinó separar las dos causas,
y
que
entreteniéndose la de Perez, á, pretexto de un juicio de
visita, se comenzase desde luégo á proceder contra dala
Ana de Mendoza, que era lo más urgente, por su manera
irregular de vivir
y
por lo mal que administraba la hacien-
da de sus hijos. La instruccion comunicada con este mo-
tivo á Rodrigo Vazquez , que es la verdadera clave de
este negocio, decia así :
«Habiendo mirado
y
pensado en lo que me consultas-
teis sobre las cosas de la Princesa de É boli
y
tambien
de Antonio Perez,
y
visto lo que decis, despues de ha-
22
Cartas de Rodrigo Vazquez
á Mateo Vazquez. — Apéndices
pims. 142
y
143.
25
Capitulo 1v, pág.
74.
CAPÍTULO IX.
203
cuando á mediados del año ty
sieruiente de 1584 el capi-
tan Pedro de Quintana, pariente de Escobedo, y el al-
férez Antonio Enriquez , uno de los asesinos, escribie-
ron al Rey acusando formalmente á Perez de haber sido
el instigador del crímen
31
;
pero Felipe II, continuando
en su propósito de mantener separadas las causas de los
dos reos, dejó correr algun tiempo sin tomar en cuenta la
acusacion, hasta que el licenciado Salazar terminó sus
diligencias , y habiendo sido sentenciado Antonio Perez,
fué conducido á cumplir su condena al castillo de Tu-
ruégano (Segovia)
35.
En 1585 Felipe II fué á Aragon
á
celebrar Córtes,
y
hallándose en Monzon encargó á Rodrigo Vazquez, que
le acompañaba en el viaje, recibiese declaraciones al ci-
tado alférez Antonio Enriquez y á otros cómplices suyos,
aragoneses , que tambien se hallaban en aquel reino
36.
El testimonio de éstos confirmó, agravándolos, los enr-
gos conocidos ya contra Perez
y
la Princesa
37
/
y
reno-
vada la instruccion , se continuó cuando la Córte volvió
á Madrid
58
,
hasta que despues de recorrer muchos trá-
mites , incluso el tormento de Perez, dió por resultado
la confesion de éste de que habia hecho matar á Es-
cobedo
39
/
aunque obrando por órden del Rey, decla-
racion que hubo de confirmar el mismo Felipe II 40.
dia 11 de Febrero de 1583
y
llegó
al Escorial el 23 de Marzo si-
guiente.
34
Proceso criminal contra An-
tonio Pere
y
,, págs. 45 y 49.
35
Relaciones,
págs. 55
y 56.--
Memorial del hecho, 3.
2
parte.
56
Pr,
,,
ceso,
pág. 56.
37
Proceso,
pág. 76 y 79.
38
Proceso,
pág. 141
y
145.
39
Proceso,
págs. 158
y
sigs.
lo
Proceso,
pág. 154.
204
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Leyendo este proceso, ocurre de nuevo, con mayor mo-
tivo todavía, la observacion hecha sobre el juicio de visi-
ta, pues á pesar de que estuvo abierto durante ocho años
(desde 1582 á 1590)
y
de que muchos testigos depusie-
ron contra doña Ana de Mendoza, dirigiéndola las más
graves acusaciones , nunca fué interrogada , ni oidos sus
descargos, como se hizo con Antonio Perez ; y terminada
la instruccion los Jueces dictaron sentencia contra éste
41
sin hacer mencion de la Princesa. En las instrucciones
de 27 de Agosto, el Rey, aludiendo sin duda alguna á la
intimidad amorosa entre Perez
y
la Princesa, habia ma-
nifestado que en aquel negocio habia algo que no conve-
nía se entendiera ni dijera, y áun cuando el secreto
con que se instruian las causas llamadas de Estado, sin
que el público liegára nunca á tener conocimiento de
ellas, hubiera evitado el escándalo, bastó sin duda la con-
sideracion de la naturaleza del caso para resolverlo en la
forma que en ellas se prescribe. Las
Relaciones
de Anto-
nio Perez hacen conocer que ésta era la regla establecida,
pues recordando su dictámen al Rey acerca de la con-
ducta que convenia seguir para satisfacer las instancias
de los parientes de Escobedo, dice, propuso «se remitiese
á justicia aquella demanda en cuanto á él tocaba, te-
41
La sentencia pronunciada
por los jueces Rodrigo Vazquez
de Arce y el Ldo. Juan G-omez
no expresa los motivos, pues sólo
dice: «que por la culpa que de
todo ello resulta contra el dicho
Antonio Perez, lo debian conde-
nar y condenaban con pena de
muerte natural de horca, y á que
primero sea arrastrado por las
calles públicas, en la forma acos-
tumbrada, y que despues: de muer-
to le sea cortada la cabeza... y sea
puesta en un lugar público...»—
Proceso crimin,al,
pág. 206.
CAPÍTULO IX.
205
hiendo la mano en lo denlas de la Princesa de Éboli, como
se acostumbraba en semejantes casos cuando intervenia
honor de mujer áun de mediana calidad»
42
.
Mostrán-
dose fiel observador de esta práctica, Felipe II deter-
minó se quemasen las instrucciones de 27 de A
g
osto,
tt,
por lo que trataban de Perez y la Princesa, así como
todos los denlas papeles relativos al mismo asunto, y esto
basta para explicar el curso que siguió este negocio y
las disposiciones tomadas con respecto á entrambos.
No habiéndose seguido una causa regular, no es dado
decir si llegó á ser probada la complicidad de la Princesa
de Éboli en la muerte de Escobedo, ni si la pena que se
la impuso se aplicó tambien por este delito ó se referia
sólo á su manera desordenada de vivir y de administrar
la hacienda que la estaba confiada. Juzgando, sin embar-
go, por los datos que poseemos, y principalmente por el
mismo proceso criminal en que tan comprometida apa-
rece, bien puede afirmarse que no estaba exenta de culpa
en aquel suceso. Segun los principios actualmente esta-
blecidos en materia de derecho , la facultad de imponer
penas está reservada á los Tribunales, despues de ins-
truidas las causas en la forma prescrita,
y
con arrreglo
á esta doctrina, no pueden aprobarse las medidas toma-
das contra la Princesa de Éboli ; más para apreciar un
hecho con imparcialidad es preciso referirse á la época
en que ocurrió
y
á las ideas
y
principios entónces domi-
nantes, y como en tiempo de Felipe II se reconocia al
Rev la facultad de castigar á sus si.Wditos , complicados
42 Capítulo
y
,
pág.
101,
206
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
en causas de Estado, prescindiendo de las formalidades
judiciales establecidas para los casos ordinarios, y ade-
mas se observa que la conducta de la Princesa de É boli
era muy desarreglada, habiendo vehementes indicios de
faltas mucho mayores, y que el Rey hizo cuanto estuvo
de su parte para evitar el castigo, no es posible censu-
rarle por la determinacion que al fin hubo de adoptar.
Los documentos particulares relativos á este punto,
hallados hasta ahora, son tan escasos, que no bastan á dar
á, conocer el concepto formado de la resolucion del Rey
por los contemporáneos. Hernando de Vega, Presidente
del Consejo de Hacienda, escribió á Mateo Vazquez que
la resolucion de S. M. habia, parecido muy acertada y
áun cristianisima en toda la córte
15
,
y
Vazquez le res-
pondió desde Lisboa «que tambien él la habia oído apro-
bar allí »
41
;
pero estos testimonios tienen escaso valor,
porque proceden de personas demasiado interesadas para
que sus oidos percibieran los juicios contrarios : ademas
las frases citadas sólo se referian á las medidas de encar-
celamiento de la Princesa
y
privacion de la tutoría, por
sus desarreglos en Pastrana
y
no á hechos anteriores.
Con las puertas de la prision parece haberse cerrado
el camino á las investigaciones del historiador. Ya Mateo
Vazquez, al contestar á Hernando de Vega, le habia ma-
nifestado que por su parte no se metia en el asunto de la
Princesa de Éboli , ni quería saber lo que sucedia, res-
puesta que indicaba claramente que no le convenia ocu-
parse mucho de él, y como por aquel tiempo se verificase
43
Apéndice núm. 149.
44
Apéndice id. id.
CAPITULO
IX.
207
el regreso del Rey á España, cesaron completamente
las correspondencias, sin que se hayan hallado datos re-
lativos á los siete años si
g
uientes. Desde fines de 1582
/7>
hasta principios de 1590, sólo quedan algunos papeles
sin importancia : cuatro cartas dirigidas por la Princesa
al Cardenal Arzobispo de Toledo en los primeros dias de
la prision, quejándose de la resolucion tomada contra ella
y pidiéndole la ayudase
45
;
otras dos de la misma época,
escritas por sus parientes el Marqués de Mondejar y fray
Pablo de Mendoza, dando cuenta de la situacion de esta
señora
46
;
una carta de doña Ana al Rey, quejándose de
la conducta de Pedro Palomino
17
,
desahogo natural en
un prisionero,
y
várias actuaciones judiciales relativas
á
la administracion de su hacienda y de sus hijos meno-
res
48
.
Pero no es necesaria una relacion escrita para saber
cómo se pasa la vida en una prision : iguales son los dias
de todos los desgraciados que se encuentran en este
estado, siendo la única diferencia las tristes reflexiones
del delincuente, tanto más dolorosas en el caso actual,
cuanto mayor habia sido su grandeza. Dejemos, pues,
por ahora á la Princesa en su encierro, que demasiado se
presentará ocasion de visitarla ántes de concluir su his-
toria.
43
Apéndices núms. 151, 152,
153 y 154.
46
Apéndices nUms. 155
y
156.
Gleccion,
Sale(,, t. 5G, p. 440.
48
Coleceion Salvá,
t. 56, pági-
na 426 y siguientes.
CAPITULO X.
Examen de la anécdota relativa á los amores de Felipe TI con la
Princesa de Éboli.----- Alusiones hechas en el memorial presentado
al Rey por Mateo Vazquez.—Version de Antonio Perez.—Expresio-
nes vagas de los historiadores contemporáneos, D. Luis Cabrera
y
D. Jerónimo de la Quintana. —Silencio de Van-der-Hammen.—El
Padre Miniana acepta la noticia, tomándola de las Relaciones de
Antonio Perez.— Manuscrito veneciano anónimo de la Biblioteca
Nacional de París indicando que el segundo Duque de Pastrana era
hijo de Felipe II.—observaciones sobre este manuscrito.— Antonio.
Perez, emigrado en París, propala en aquella capital esta anécdota :
BrantHme, D'Aubigné, Madame D'Aulnoy y Gregorio Leti la re-
producen
y
comentan en sus obras.—Refutacion de estos escrito-
res. — Mr. Mignet y el Marqués de Pidal la han repetido reciente-
mente.—Exámen é impugnacion de sus juicios.
Hemos seguido paso á paso á la Princesa de Éboli en
todos los períodos de su vida
y
examinado la conducta
del Rey con respecto á esta señora, sin hallar el menor
indicio de una pasion amorosa correspondida ó desecha-
da, y sin embargo es opinion general que Felipe II
mantuvo con ella estrechas relaciones
y
que su desgra-
cia, así como la de Antonio Perez
y
la prolongada pri-
sion á que ambos fueron reducidos , no tuvieron otra
causa que el resentimiento del Rey al descubrir que habia
sido suplantado por su Ministro favorito. Tan extendida
se halla esta creencia, que sería empeño vano tratar de
CAPPITLO
209
desarraigarla ; mas como no por esto sea ménos intere-
sante conocer su origen, preciso es analizar este punto
ántes de terminar la historia.
Dicho queda que desde el momento en que se hicieron
laq prisiones, el Presidente del Consejo de Castilla ob-
servó que el juicio público comenzaba á extraviarse ', y
que pocos dias despues Pedro Nuñez añadia que en el
pueblo corrian versiones escandalosas , que no eran para
repetidas
2
.
Veamos si ha habido escritores ménos escru-
pulosos que las hayan trasmitido.
En el capítulo vil se ha dado cuenta de una represen-
tacion hecha al Rey pidiendo no limitára el castigo de
Perez y la Princesa á la prision que hasta entónces su-
frian, sino que llevándolo adelante, les impusiera una con-
dena formal
y
duradera. Exponiendo las consideraciones
que así lo requerian, su autor se expresaba en estos tér-
minos :
«Si parase en sólo lo hecho
paresceria que fué más
indignacion que culpas que hubiese en los presos , prin-
cipalmente con la voz que por parte dellos y sus valedo-
res
y
amigos se ha extendido por todas partes , dentro
y
fuera del reino. Y procediendo S. M. con tanta conside-
racion y cristiandad en todas sus cosas, no se debe pen-
sar, ni dar lugar á que se piense ni diga cosa tan indig-
na de su grandeza »
3.
No dice el Memorial qué voz era la que se habia exten-
dido, ni en las correspondencias particulares de aquella
I
Cap. vi, pág. 131.
3
Apéndice núm. 76.
9
Cap. id., pág.
142
y
143,
14
210
LA PRINCESA DE L+ BOLI.
época se hallan sobre este punto otras noticias que las
mencionadas al hablar de las prisiones; mas no por esto
se han perdido sus ecos, recogidos precisamente por la
persona á quien más interesaba conservarlos. Veinte años
despues de aquellos sucesos, Antonio Perez escribió é im-
primió sus
Relaciones, y
al tratar de su primera prision,
envolviéndose en frases estudiadas para que quedasen
oscuras, dice así
«De dónde procediese aquella tan fuerte resolucion
por causa tan pequeña como amistades con una tan pri-
vada persona
1
,
no es fácil de decir. Yo referiré algunos
juicios secretos, que son los libres en tales siglos,
y
cada uno hará el suyo
y
le aplicará á lo que le pare-
ciese; que las resoluciones del poder absoluto no se dejan
sujetar así como quiera al juicio de la razon ni al discur-
so humano. Quién decia que por vivir el Rey ofendido de
la antigua
y
continua duracion de la entereza de la Prin-
cesa de Éboli haciéndole menosprecio
Quién que por
disgusto ó enojo contra Antonio Perez por sospecha ima-
ginada é inimaginable, no de corona ni de persona, qui-
zá de deseo de lo que acabo de decir, que de éstos uno
no cumplido turba más que ofensas mil, y que se apro-
vechó del color de amistades para satisfacerse de entram-
bos, del uno por lo que no le dió , del otro por lo que no
recibió ni comió : quién que por no acertar á salir ya de
la demanda de la muerte de Escobedo
»
5-6,
4
El Secretario del Rey, Mateo
Vazquez.
Relaciones,
pág. 32.
6
Ademas de este pasaje, Pe-
rez aludió en algunas de sus cara
tas á su intimidad con la Prin-
cesa
y
á sus funestas consecuen-
cias ; pero en realidad sus exprc-
CAPÍTULO X.
211
Estas fueron sin duda alguna las voces difundidas por
los presos y sus parciales á que alude la Representacion,
y conviene consignar su origen , porque procedencia tan
sospechosa disminuye su importancia. Ni es ménos opor-
tuno analizarlas : algo más de lo que dice Antonio Perez
hubo seguramente en él asunto, pues el proceso no per-
mite dudar de su trato amoroso con la. Princesa; pero
aparte de esto que no habria estado bien en él revelar,
debe notarse que áun cuando imprimió sus obras en el
extranjero, lo cual le permitió hacerlo con toda libertad,
no sólo se abstuvo de decir que el Rey hubiera manteni-
do relaciones con doña Ana de Mendoza, sino que al
contrario, dió á entender que su enojo provino de que ha-
biéndola solicitado, sin ser correspondido, sospechó des-
pues que se mostraba más complaciente con su Secreta-
rio. Las cartas que mediaron entre el Presidente D. An-
tonio Pazos y el Rey el dia de las prisiones, y la men-
cion del Memorial, á cuyo autor, siendo cierto el caso,
no le habria convenido ocuparse de él, ni siquiera para
mostrar indignacion, inducen á creer que, áun reducida
siones no pueden interpretarse en
el sentido de que la persecucion
que sufrió fuera motivada por los
celos del Rey. Una sola vez usa
Perez esta frase al hablar del
caso, mas explicándola en segui-
da,
g
rade que el Rey tuvo celos
de que seducido por el atractivo
de la .Princesa la descubriese los
secretos de Estado de que tenía
conocimiento. La carta de Perez
decía así: «Seílor
celos fueron,
pero en esta forma
celos, digo
de que la aficion de aquella joya
engastada en tantos y tales es-
maltes de la naturaleza y de la
fortuna, no costase el alma de los
sacramentos y confianzas de An-
tonio Perez.» Y estos no son ce-
los de amor, sino recelos
y
descon-
fianzas del hombre de Estado.—
Las alusiones á stis relaciones
amorosas hechas por Perez en dife-
rentes pasajes de sus cartas, pue-
den verse recopiladas por el
MAR-
QUÉS DE PIDAL
en su obra sobre
las
Alteraciones de Arayon,
t.
r,
pág. 314
y
315,
212
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
á estos términos, la acusacion era infundada ; mas una
vez que ha desplegado sus alas la maledicencia es dificil
cortar su vuelo : aquellas voces , contenidas en los pri-
meros tiempos por lo falsas , se renovaron luégo, y au-
mentándolas la ignorancia ó la malicia, han venido á
constituir uno de los principales cargos dirigidos á la
memoria de Felipe
II.
D.
Luis Cabrera, el más autorizado historiador de
Felipe
II,
dando cuenta de la prision de Antonio Perez,
dice en su enfático lenguaje : « El suceso fué, gran causa
de emulacion, si bien la sospecha de que hizo matar
á
Escobedo abonó en parte la prision ; á otros pareció te-
ner fundamentos mayores , remitiendo la verificacion á
la revelacion del tiempo de secretos y causas»
7.
El verdadero motivo de la prision de Antonio Perez
fué, pues segun este historiador, su emulacion y ene-
mistad con Mateo Vazquez , tinque no faltáran gentes
que la atribuyeron
á
complicidad en el asesinato de Es-
cobedo ; pero corno tambien añade que «á otros pareció
tener fundamentos mayores», que por entónces perma-
necieron ocultos, es preciso tratar de descubrir cuáles
pudieran ser éstos. Del proceso criminal instruido con-
tra Antonio Perez aparece haber sido acusado de vena-
lidad y corrupcion,
y
sobre todo, de infidelidad en
el cumplimiento de sus deberes como Secretario del
Rey,
y
de que revelaba á la Princesa de É boli los secretos de
Estado
8
,
habiendo cometido la muerte por satisfacer
7
DON LUIS CABRERA DE CIÓIt
DOR
A,—Histopia de Felipe
Dr()
XII
I
cap.
XVIII.
8
Cap. ni, notas 27 y 30.
—PPod
ceso criminal contra Antonio Pe-
rez,
pág. 203,
CAPÍTULO X.
219
fruto de aquellos amores. La pasion del Rey, tan vehe-
mente en 1579, databa de veinte años, puesto que el Du-
que de Pastrana nació en 1562; comenzó estando casada
la Princesa, y no habia dado lugar en tanto tiempo á nin-
gnn hecho de que se haya conservado noticia. Excusado
parece refutar de nuevo una indicacion contra la cual
protesta cuanto queda escrito : anadirémos, sin embar-
g
alcrunas observaciones. La autoridad del Manus-
era
°
es menor de lo que
á
primera vista pudiera creerse.
Hállase coleccionado en un grueso códice señalado con el
núm. 1234
17
(sin otra calificacion), que contiene dife-
rentes memorias de distinta procedencia, como sucede
en todas las compilaciones de este género, mereciendo el
principal lugar por su importancia catorce ó quince re-
laciones auténticas de Embajadores venecianos con nom-
bres conocidos ; pero aunque intercalado entre éstas, por
exigirlo así el órden cronológico, no pertenece á tan im-
portante categoría; figura como anónimo y se comprue-
ba que en efecto no es oficial
18
,
por no haber sido in-
cluido en la
Coleccion de Relaciones'
publicada hace al-
17
Mi% Mignet, que ha citado
repetidas veces este códice en su
obra
Antonio Perez y Felipe II,
lo designa equivocadamente con
el núm. 1203, mas aunque en la
cubierta subsiste este número, es
como correspondiente á la clasi-
ficacion que tenía antes en la nu-
merosa coleccion de Cloislins, en
la Biblioteca de la abadía de
Saint-Germain des Pros, de don-
de procede en el Catálogo de
la Biblioteca Nacional está desig-
nado con el núm. 1234, segun he-
mos tenido ocasion de compro-
barlo.
18
Mr. Armand Baschet, en su
obra
La diplomatie Venitienne
(pág. 255), dice haberse descu-
bierto que el manuscrito anóni-
mo procedia del Embajador Al-
berto Badoero. Al parecer, ha
s9,-
cado esta noticia de una de las
notas puestas por el Sr. Albéri en
la interesante coleccion titula-
da :
Relazioni degli ambasciatori
Veneti
(tomo
XIII,
impreso en
Florencia
en
1861), en la cual
220
LA PRINCESA DE ÉBOLL
°
linos años en Florencia
'
9
.
La circunstancia de hallarse
colocado entre otras relaciones venecianas induce á pen-
sar que pudo ser obra de algun empleado de la Emba-
jada de la República en Madrid, siendo ésta la mejor
suposicion para realzar su valor. En 1584, la Princesa
de É boli se hallaba presa hacía cinco años; «el vulgo
ignorante, grande adivinador, multiplicaba las causas»
de la prision, entregándose á «conjeturas voluntarias»,
como dicen nuestros historiadores, para explicársela, y
el veneciano anónimo aceptó la más maliciosa, creyén-
dola sin duda, por lo mismo, la más probable; pero su
noticia queda muy desvirtuada al compararla con la
Relacion
oficial de Mateo Zane, de que nos harémos car-
go en el capítulo inmediato.
El año 1590, Antonio Perez, evadiéndose de su pri-
sion en Madrid, se refugió en Aragon al amparo de sus
fueros,
y
algunos meses despues, viendo perdida la causa
de los aragoneses, sublevados á instigacion suya, y teme-
roso del terrible castigo que le esperaba si caia en poder
de los agentes del Rey, emigró á Francia, en donde
fué muy bien acogido por la Princesa Catalina, hermana
manifiesta, á propósito de las
Re-
laciones
de los Sres. Priuli
y
Ba-
doero, que al publicar pocos años
ántes Mr. Gachard
Les relations
des ambassadeurs venitiens su).
Charles V et Philippe II,
se ha-
bia equivocado atribuyendo al
primero una relacion que en rea-
lidad correspondia al segundo.
Mr. Baschet no ha debido adver-
tir que la relacion de la Biblio-
t
eca de Paris no puede atribuirse
á Badoero, porque se refiere á los
sucesos de España en 1584,
y
la
mision de este agente habia ter-
minado en 1578. Ademas, la re-
lacion de Alberto Badoero ha
sido publicada por Alberi
y
no
contiene el pasaje citado del ma-
nuscrito de la Biblioteca.
49
E. ALBúRi.—
Le relazioni
degli ambasciatori Veneti al Se-
nato, edic. de 1861.
CAPITULO X.
221
de Enrique IV, residente á la sazon en Pan, que le pre-
sentó luégo al Rey en Paris
2
°.
Llegó Perez á la córte
en las mejores condiciones para excitar interes v captarse
el favor público; once años de prision habian borrado el
recuerdo de sus antiguas faltas, apareciendo sólo sus
desgracias
y
sus brillantes cualidades , la crueldad del
tormento á que habla sido sometido, la audacia de la
evasion y la fecundidad de sus recursos para levantar al
pueblo arngones en su defensa. La prision de la Princesa
de É boli, coincidiendo con la de Perez, prestaba tambien
á su situacion un colorido novelesco que no se descuidó
en aprovechar : su correspondencia con las personas que
le preguntaban la causa de las prisiones da á conocer la
interpretacion que les daba la sociedad francesa
y
la cau-
tela con que Perez dejaba acreditarse un rumor que le
hacia más interesante
21
.
En sus conversaciones era, á lo
que parece, más explícito todavía; D. Aubigné dice termi-
nantemente en su
historia universal
que el mismo Perez
le habia dicho que la causa de su desgracia habia sido una
rivalidad con el Rey en el amor de una señora distingui-
da
22
.
Perez fué el propagador de esta noticia en el ex-
20
D'AUMGNÉ,
Histoire uni-
verselle,
edic. de 1626, tom.
pág. 430.
21
Cartas de Antonio Perez.—
PIDAL ,
Alteraciones de
Aruyon,
1. c. en la nota núm. 6.
'
22
Antonio Perez... C'estoit
granó hornme d'Estat, mais qui
mesloit parmi les grandes affaires
les galanteries espagnoles et les
intermesses d'amottrs, et partant
(comete nous apprismes de lui) le
roi d'Espagne et Antonio Perez
estant devenus rivaux en l'amour
d'une dame, aprs les premiéis
souNons vaincus... la rnatiére s'é-
ehaufra et le Poi u.sInt des avan-
tages de la grandeur...» D'AuBr-
GNÉ,
Histoire unirerselle,
1. c.
222
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
tranjero, despues de haber sido quizás uno de los inven-
tores en España.
Existia por aquel tiempo en Paris un escritor muy á
propósito para hacer populares estas hablillas. Mr. (le
Branthúme era un hombre distinguido, completo cortesa-
no, bien relacionado con la nobleza de su país
y
gran afi-
cionado á recoger
y
publicar toda clase de cuentos y
aventuras galantes , de que están llenas sus obras. A prin-
cipios del siglo
XVII
publicó una larga serie de biografías
titulada:
Vidas de los Grandes capitanes del siglo anterior,
que naturalmente comprende la de D. Juan de Austria,
y en ella intercaló la relacion de los dobles amores de la
Princesa de É boli. Cuenta que Felipe II obsequió mu-
cho tiempo á esta señora , habiéndose valido para sedu-
cirla de Antonio Perez , y que el Duque de Pastrana,
primogénito de los Príncipes de Éboli , nacido de estos
amores, se parecia al Rey, siendo como él blanco
y
rubio.
Perez , aprovechando por su propia cuenta la comision
que había desempeñado, lograba tambien los favores
de
la Princesa; más adelante llegó Escobedo
á
España,
y
queriendo impedir el escándalo amenazó con dar cuenta
al Rey, habiendo sido esta la causa de su muerte
25.
Branthúme, que viajó mucho durante su vida, habla estado
en Madrid en su juventud , por lo cual parece que debia
hallarse bien informado, pero pronto se descubre su lige-
reza, pues aunque el final de la relacion está conforme
con la historia , el principio es todo fingido.
PIERRE DE
B OURDEILLES,
TI:16111F,,
Les vies des grands cape'.
ABBÉ ET SEIGNEUIt DE BRAN-
taines dtt siéele dernier.
CAPITULO X.
223
Don Rodrigo de Silva, segundo Duque de Pastrana,
heredó este título y la casa de su padre por fallecimiento
de su hermano mayor
21
1
pero no era el primogénito; ma-
yor que él era tambien su hermana doña Ana, que fué
despues Duquesa de Medina Sidonia ; mas dejando á
parte esta inexactitud , incurre Branth6me en otra mu-
cho más grave , suponiendo que Antonio Perez había
intervenido en los amores del Rey con la Princesa. Pe-
rez fué nombrado Secretario de S. M. despues de la
muerte de su padre, acaecida en 1566, y áun consta que
Felipe II dilató algunos meses darle la vacante, por no
merecerle confianza á causa de sus hábitos de frivolidad
y costumbres disipadas
26
;
y D. Rodrigo de Silva había
nacido cuatro años ántes
27
:
probablemente en la época
á que Branth6me se refiere, Antonio Perez no estaria
aún en relaciones directas con el Rey. Estos errores,
unidos á otras expresiones de la historia, permiten adi-
vinar su verdadero fundamento : miéntras estuvo en Ma-
drid no oyó hablar del caso; pasados muchos años, cuan-
do se hallaba en París escribiendo las Biografías, co-
menzó á circular el cuento de los amores, y no hay
para qué decir si aprovecharla la oportunidad de sazonar
su relato con una aventura en que figuraban tan altos
personajes.
Aunque apoyada en tan débiles fundamentos la fábula,
de los amores del Rey con doña Ana de Mendoza, creida
24
Cap ir, nota núm. 29.
15
Id. id.
26
Yotieia de la vida de
Ante-
9?,•im
Perez,—Apéndice núm.
161.
17
Cap.
nota ni m. 29,
224
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
con facilidad, corno toda acusacion que es materia de
escándalo, pasó en el siglo inmediato á ser tenida por
hecho corriente é indiscutible ,
y
en este sentido ha-
bla de ella Mad. D'Aulnoy, la cual, en la interesante
relacion de sus viajes por España en el reinado de Cár-
los II, dice que viniendo á, Madrid se detuvo en Bui-
trago, para visitar el palacio de los Duques del Infan-
tado,
y
que habiendo encontrado allí un retrato de la
Princesa de Éboli, «de quien tanto se habla hablado por
su hermosura y por la pasion que inspiró á Felipe II»,
estuvo largo rato contemplándolo
28.
Ni quedó limitado á Francia este rumor, sino que
tambien se extendió por otros países. Precisamente el
mismo año en que Mad. D'Aulnoy visitaba el castillo de
Buitrago, publicó en Amsterdam la vida de Felipe II
Gregorio Leti
29
5
y
sin duda para distraer el ánimo de
28
MAD.
D'AULN0Y.—Re/atiom
du
voyage
en
Espagae.
Carta fe-
chada en Buitrago á 13 de Mayo
de 1679.—Véase en el Apéndice
núm. 158 la descripcion de este
supuesto retrato.
29 Gregorio Leti, escritor del
siglo xvii, fué natural de Milan,
pero habiéndose hecho protestan-
te tuvo que abandonar su país, y
despues de muchas viscisitudes
que le ocasionaron su. carácter
y
escritos mordaces y violentos, ex-
pulsado de Ginebra y de Lóndres,
se estableció en los Países Ba-
jos, en donde imprimió la mayor
parte de sus obras, siendo una
de ellas la
Vida de Felipe "I,
en
seis
tomos, publicada en Halla-
no el ai'ío 1679
y
traducida luégo
al frauces. Este autor escribió
muchísimo, pero con razon tiene
poco crédito. Baste decir, como
muestra de su ligereza, que ni si-
quiera supo quiénes eran los Prín-
cipes de Éboli : en la anécdota
en cuestion nunca llama con este
nombre á Ruy Gomez de Silva,
ni á doña Ana de Mendoza ; y en
el capítulo relativo á la prision
del Príncipe Carlos, despues de
citar al Príncipe de Éboli entre
las personas que asistieron al Rey
en aquel acto, aiíade que algunos
escritores han dicho que tambien
concurrió Ruy Gomez de Silva, su
primer Ministro, como si fueran
personas diferentes,
CAPITTJLO X.
225
sus lectores , afectados por la relacion de capítulos de un
colorido sombrío, compuso otro de tintes más claros, des-
cribiendo estos amores
y
adornándolos con todas las ga-
las de su fantasía; pero miéntras así se dejaba llevar de
su imaginacion, faltaba completamente á la verdad en
los hechos más probados. Afirma que el Rey conoció á
doña Ana de Mendoza , todavía soltera, en las bodas del
Duque de Lerma , aunque sus relaciones no comenzaron
hasta el año 1569, cuando ya habia fallecido doña Isabel
de Valois
y
se hallaba casada doña Ana. Antonio Perez
representa por de contado en esta relacion el mismo papel
que ya ántes le habia repartido Branthóme, pero añade
que su comision fijé muy fácil , porque Ruy Gomez
sacrificaba su honra á su ambicion. En cuanto
á
doña
Ana de Mendoza, Leti, olvidando completamente el ca-
rácter severo del Rey
y
las costumbres españolas del
siglo xvi, que no habrian hecho posibles ciertas escenas,
habló de ella como pudiera de la más impudente corte-
sana en una época de relajacion : Aspasia
y
Lais en la
antigua Grecia no habrian conocido tantos artificios para
retener á sus amantes.
No por ser más repetidas, eran capaces estas ficciones
de destruir la verdad, y sin embargo, envolviéndola en
densas nieblas la impediau difundir su brillo
7
)
()
;
la anéc-
3
°
ROBERTO WATSON
(escocés)
escribió el siglo pasado una
His-
toria de Felipe JI,
en que al tra-
tar de la sublevacion de los ara-
goneses en 1590, habló tambien
de los amores del Rey con la Prin-
cesa de Ébolí ; pero su relacion,
enteramente conforme con las
obras de Antonio Perez, ran-
th6rne y Gregorio Leti, cla á co-
nocer fácilmente que se limitó á
seguirlos.
15*
226
LA PRINCESA DE ABOLL
dota siguió propagándose, y ya liemos
visto
que en el
siglo xvm, el Padre Miniana, español y religioso, no tuvo
reparo en admitirla en la Historia de España.
Dos escritores distingnidos, uno extranjero
y
otro es-
pañol, han contribuido en nuestros días á difundirla de
nuevo : Mr. Mignet en su interesante obra
Antonio Perez
y Felipe II, y
el Marqués de Pidal en la
Historia de las
alteraciones de Aragon en el reinado de Felipe II,
la ad-
miten como un hecho indudable , hallando en ella la ex-
plicacion de los rigores empleados por el Rey con la
Princesa
y
el supuesto rival.
La sencilla narracion de los sucesos y el análisis do
los documentos extractados, presentando la conducta de
Felipe II bajo su verdadero aspecto, bastan para contra-
restar esto juicio, y es poco por lo tanto lo que habrá que
decir para completar la refutacion.
Las pruebas en que se funda Mr. Mignet son :
1.
a
Las gracias concedidas por Felipe II h Ruy Go-
mez de Silva y á doña Ana de Mendoza con motivo de
su casamiento.
2.
a
La asercion del manuscrito de la Biblioteca Na-
cional de Francia.
3.
a
Las declaraciones contenidas en el proceso crimi-
nal instruido contra Antonio Perez.
4.
a
Las citas tomadas de la correspondencia seguida
con el Rey por D. Antonio Pazos, Presidente del Con-
sejo real de Castilla.
La
relacion hecha en el capítulo rt al dar cuenta del
matrimonio de doña Ana de Mendoza con Ruy Gomez de
Silva ha desvanecido ya las maliciosas indicaciones rola-
CAPITULO Y.
227
tivas al interes manifestado por Felipe II en aquella oca-
sion ; y con respecto al manuscrito, quedan Cambien ex-
puestas las observaciones que disminuyen su impor-
tancia.
Menor es todavía la que tienen las pruebas que se ha
pretendido sacar del proceso criminal ; hay en éste, segun
se ha dicho, no pocas declaraciones relativas á la venalidad
de Perez , á su corrupcion de costumbres, á su escanda-
losa intimidad con la Princesa de É boli,
y
al suceso que
indujo á ambos amantes á promover la muerte de Esco-
bedo, pero ninguna se encuentra que haga la más ligera
alusion á relaciones entre la Princesa de Éboli
y
Feli-
pe Mr. Mignet ha creído hallarla en la declaracion de
un tal Andres i\iorgado, repitiendo las expresiones diri-
gidas por la Princesa á Escobedo cuando éste la amenazó
daria cuenta al Rey de sus relaciones con Perez , pero
padeció un error; las palabras puestas en boca de la
Princesa son demasiado groseras para reproducirlas tex-
tualmente, pero modificados los términos venias á de-
cir : Contad al Rey lo que quisijredes, Escobedo, que
yo no he de dejar de hacer mi gusto por temor de des-
agradarle»
51
:
esta manera de explicarse no supone que
dona Ana de Mendoza tuviera con su soberano la misma
clase de relaciones que con Antonio Perez , y para pre-
ver que el Rey se habia de disgustar al saberlo, bastaba
el hecho en sí , aunque no le interesara por otro con-
cepto. Una consideracion muy sencilla hace conocer que
31
MIGNET,
Antonio Perez, et Philippe ii ,
pág. 84. —
Proeeso
pág. 189.
228
LA PRINCESA
Dn
ÉBOLI.
la frase atribuida á la Princesa no tiene la significacion
que Mr. Mignet la ha dado ; el juez de la causa, lo mis-
mo que Morgado, buscaban cargos contra Perez , pero
nada estaba, más léjos de su ánimo que complicar al Rey
en el proceso ; si algo hubiera resultado en este sentido,
habrian tenido buen cuidado de eliminarlo.
No está de más observar que la declaracion de Andres
Morgado es una de las más sospechosas de un proceso en
que las hay que merecen bien escaso crédito. Escobedo
fué asesinado el 31 de Marzo de 1578; desde entónces
habian comenzado á instruirse las diligencias consiguien-
tes ,
y
sin embargo, Morgado no compareció hasta el
mes de Marzo de 1590; segun sus declaraciones él no
fué testigo de la escena que refiere , sino que tenía cono-
cimiento de ella , porque Escobedo la contó á un herma-
no del declarante llamado Rodrigo, antiguo servidor de
Antonio Perez que habia fallecido; por manera que entre
el suceso y la declaracion hay un intervalo de doce años
y dos muertos. Ni es esto todo : Andrés Morgado añadió
que su hermano habia sido envenenado por órden de An-
tonio Perez hacía algunos años; ¿por qué no se ha-
bia quejado ántes? La respuesta es muy sencilla : la de-
claracion de Morgado está dada poco despues de haber
sido sometido Perez al tormento,
y
entónces sería un
mérito acumular cargos contra él, si acaso se buscaban
falsos testimonios para agravar sus faltas
52.
5
'
2 Es sensible que Mr. Mignet
no
acertase á interpretar el ver-
dadero sentido de algunos pasa-
jes de los textos españoles exa-
minados para escribir su obra;
no es la declaracion de Andrés
Morgado la única que se en-
cuentra en este caso. En el ca-
CAPITULO
XI.
235
es reconocer que la conducta del Rey les prestó más de
una vez motivo á anécdotas escandalosas, de que hacen
memoria Badoero, Paolo Tiépolo
y
Soranzo en sus Re-
laciones de 1557, 1563
y
1565, por las cuales se ve que,
no contento con las cuatro mujeres que recibió con la ben-
dicion de la Iglesia, extendia fuera del hogar doméstico
sus afectos, habiendo sido su modo de vivir bastante des-
ordenado durante aquel periodo.
El nombre de Ruy Gomez de Silva aparece frecuente-
mente en estas Relaciones, á causa de su distinguida
posicion en la córte ; pero no sólo no se encuentra en
ellas la menor alusion ofensiva á su honra ó la de la Prin-
cesa su mujer, sino que, por el contrario, en todas se halla
justificado, como se dijo en el capitulo el favor que dis-
frutaba, así por su lealtad
y
celo en servicio del Rey,
como por la nobleza
y
elevacion de su carácter. El falle-
cimiento del Príncipe de É boli en 1573 alejó á la
de la córte. Su regreso
y
estancia en Madrid desde 1576
á 1578 no dieron motivo alguno para ocuparse de ella á
los embajadores de Venecia. En 1579 desempeñaba este
cargo Francisco Morosini , cuando ocurrieron las prisio-
nes
1
por lo cual se vió obligado á hacer mencion del su-
ceso en su relacion oficial, pero su manera de expresarse
excluye la idea de cuestiones de amor, pues dijo se creia
que Antonio Perez sería restablecido en su antiguo car-
go, por ser hombre de muy buen talento
y
muy á propó-
sito para él ; y si la prision hubiera dado lugar á cierta
2
«
iIl
luogo suo si credo che
inolto atto a quell exercizio.—Re-
abbia a ritornar Antonio Perez,
lacio?, de Gioan 15
.
aneeseo Moro-
uomo de buonissimo giudízio e
sini, en
1581.
236
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
clase de comentarios no habria podido suponer que recu-
peraría el favor del soberano.
Otros dos embajadores venecianos hicieron todavía
mencion de Antonio Perez despues del que acaba de ci-
tarse.
En el mismo año de 1584 en que aparece fechada la
relacion anónima de la Biblioteca Nacional de París,
analizada en el capitulo anterior, presentó la suya ante el
Senado de Venecia Mateo Zane, que acababa de desem-
peñar el cargo de Embajador de la República en Madrid.
Habiendo coincidido su mision con la muerte de la Reina
doña Ana de Austria, Zane refiere que Felipe II, no con-
siderando bastante asegurada la sucesion á la corona por
haberle quedado tan sólo un niño débil
y
enfermizo, habia
pensado volver á casarse, á pesar de su edad
y
sus acha-
ques; pero en su relacion no se halla ya ninguna de aque -
llas anécdotas picantes que años anteriores se habian visto
obligados á recoger otros embajadores,
y
á que habria po-
dido dar ocasion la libertad de la viudez ; cambio de cos-
tumbres muy natural , porque en 1584 el Rey llegaba
á los cincuenta
y
siete años , edad poco á propósito
para galanterías. En otro pasaje de la misma relacion,
Mateo Zane, al tratar de D. Juan de Idiaquez, antiguo
Embajador de España en Venecia, sucesor de Antonio
Perez en el cargo de Secretario de Estado, dice, refirién-
dose á este último, que habia sido relevado por las cau-
sas que ya se sabian»
5
.
No habiéndolas especificado más,
3
Giovanni Idiaquez
fa l'uf-
detto il carico per le occasioni
ficcio in luogo del Segretario An- que sono
note.—.Relacion de Ilia-
tonio
Perez, al quale fu inter-
teo Zane,
en 1584.
CAPÍTULO XI.
237
no es posible determinarlas, pero parece natural aludiera
á las que realmente eran sabidas ; esto es, á las disen-
siones con uno de sus compañeros, extendidas despues
por toda la córte,
y
á su corrupcion y venalidad, por las
cuales se le estaba formando causa.
Tomás Contarini , dando cuenta del levantamiento de
Aragon en 1591, manifestó que en otro tiempo el Rey ha-
bia querido en extremo á Antonio Perez, pero que despues,
habiendo caido en desgracia, por motivos ocultos ó reser-
vados le aborrecia del mismo modo
4
.
El informe de este
Embajador, aunque en contradiccion á primera vista con
el de Zane se explica , sin embargo, fácilmente : en los
primeros años de su prision Perez fué tratado con bastante
blandura sin que se formalizáran contra él graves acusa-
ciones ; con razon pudo creer entónces Zane que no se
le hacían otros cargos que los generales ya mencionados.
Trascurrido algun tiempo se renovó el proceso, tratán-
dole con el mayor rigor, y no es extraño que á su vez sos-
pechara Contarini habria otros motivos que no eran co-
nocidos ; pero como éstos podian proceder de causas muy
distintas, sus palabras no autorizan á suponer que tra-
tase de hacer alusion á rivalidades de amor. El mismo
Contarini continúa diciendo que Perez cc fué sometido al
tormento para arrancarle la confesion de lo que S. M. de-
seaba saber»
5
;
y en el interrogatorio que le hizo el Juez
«Antonio Perez
quanto un
tempo amato e incredibilmente
caro al Re, altrettanto per occul-
ti rispetti , caduto in disgrazía e
odiato da
lui.»—Relaeion de lb.
más Centarini,
en 1593.
Fatt o prigione in Madrid e
con esquisiti e atrocissimi modi
tormentato per cavarne quello
che piú bramava sua Maestá di
sapere. »—Id.
id.
238
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
en aquel terrible trance, no hay nada que indique se tra-
tAra de descubrir secretos de esta especie
U.
Desde el año 1560 al 1568 Felipe II estuvo casado
con dona Isabel de Valois, hija de Catalina de Médicis;
durante este período los Embajadores de Francia en Ma-
drid, Sebastian de l'Aubespine , obispo de Limoges , y
Mr. de Saint Sulpice , tuvieron encargo especial de co-
municar A la Regente cuantas noticias podían interesarla
como Reina
y
corno madre, y los extractos publicados de
sus correspondencias dan á conocer que no fueron ménos
diligentes que sus colegas de Venecia para penetrar en
la vida privada del monarca
y
del esposo ; pero sus des-
pachos, al paso que confirman otras anécdotas amorosas,
nada dicen de relaciones del Rey con la Princesa de
É boli.
Tampoco hizo alusion alguna A ellas el diario de aque-
lla dama francesa mencionada al principio ', que la soli-
citud de la reina Catalina de Médicis habia puesto al
lado de su hija, para estar informada de cuanto interesaba
á su felicidad. En resúmen ninguno de los agentes ex-
tranjeros oficiales ú oficiosos residentes en Madrid que
por la naturaleza de sus funciones habrian debido dar
cuenta de la pasion del Rey por doña Ana de Mendoza,
llegó,
que se sepa, á tratar de ella,
y
su silencio confir-
mando el de los escritores españoles contemporáneos, se-
ría prueba suficiente para negarla. Pero todavía hay otras
más precisas.
Proceso criminal contra, An-
en el tormento,
pág.
168
y
sigs.
tonioPerez. Declaracion de Perez
7
Cap.
Ir,
pág. 33.
CAPÍTULO XL
239
En la relacion oficial de Juan Soranzo se cuenta que
Felipe II, á su regreso de Flándes, habia comenzado á
obsequiar á una dama de su hermana la princesa doña
Juana, llamada doña Eufrasia de Guzman , y que des-
pnes de haber tenido de ella una hija, la habia casado con
el Príncipe de Áscoli, dándole, con gran escándalo de la
eórte, un puesto en palacio para que permaneciese en Es-
paña
8
.
En 1564, el embajador Mr. de Saint Sulpice es-
cribia á Catalina de Médicis que «segun le habia mani-
festado el Príncipe de Éboli, se habian cortado las rela-
ciones amorosas del Rey con la dama favorita, que habia
salido de palacio»
9
,
y
aunque no nombra á esta señora,
no parece dudoso que ambos embajadores se referirian
á la misma".
8
«Ha avuto essendo in Fiandra
una figliuola
Dopo che si ri-
trova in Spagna ne ha avuta, per
quello che vien detto, un' altra
con donna Eufrasia (le G-uzman,
che era dama della principessa
sua sorella, la quale medesima-
mente fa nutrire , e ha maritata
la madre nel Prncipe d'Ascoli
con dote onorata, e fatto lui della
camera
il che da molto di ra-
gionare, perciocché si giudica la
Maesta sua non aversi del tutto
voluto privare di questa donna,
perciocché essendo il marito ita-
liano, per cagion di onore, dove-
va condur la moglie fuori di cor-
te
».—ALBÉ
EtI,
Le relazioni...
1.
c.
«
R uy Gomez
adj ousta
quelques choses de ses amours
passées, qui avaient cessé et es-
toient hors de la maison, de sorte
que tout alloit si bien qu'il ne se
pouvoit désirer mieulx ».—Carta
reservada fecha á 7 de Octubre
de 1564, citada por Mi.
GACHARD
en su obra
Don Cárlos et _Phi-
lippe II,
cap.
IX.
0
La noticia que el Príncipe de
Orange nos da de estas relaciones
amorosas difiere de la de Juan So-
ranzo, pero no disminuye su gra-
vedad. «Il a tenu mesnage ordi-
naire (dice) avec donna Eufrasia,
la quelle estant enceinte de son
faict, il contraignit le Prince
d'Ascoli l'espouser, et au bout de
quelque temps
le pauvre prince
mourut de cleplaisir pour ne pon-
voir rémédier
a ce qu'un bas-
tard de faict d'aultrui ne fust
son hézitier.»--Apoloyie
de Gui-
llaume de Nassau
citada en las
notas núms. 11 al 17 de este mis-
mo capítulo.
No podemos determinar cual
240
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
La determinacion de las fechas es aquí muy importan-
te. Felipe II regresó de Flandes en 1559,
y
como el Du-
que de Pastrana nació en 1562 , es claro que las relacio-
nes amorosas con la Princesa de Éboli habrian tenido
que comenzar en este intervalo. Esta observacion da lu-
gar á muchas consideraciones. En primer lugar, no es
probable que Felipe II, ademas de estar casado, mantu-
viera cierto género de intimidad con dos señoras á la vez,
de estas dos versiones es la más
exacta. Si dona Eufrasia había
tenido antes de casarse una niiía,
ésta fué ocultada, pues no se en-
cuentra noticia de ella en ningu-
guna parte: de su matrimonio con
D. Antonio de Leyva , tercer
Príncipe de Ascoli (que, en efec-
to, murió muy jóven), solo quedó
un hijo llamado Antonio Luís,
que heredó su casa, siendo muy
curioso que la vida de este caba-
llero tuvo mucha semejanza con
la de D. Rodrigo de Silva, segun-
do Duque de Pastrana. Corno éste,
pasó á Flandes en el año 1588
con objeto de embarcarse en la
expedicion proyectada contra
In-
glaterra,
y destruida la escuadra,
ingresó en uno de los tercios es-
pañoles de aquel ejército. Ser-
vían en los dos primeros tercios
(dice D.
ANTONIO COLOMA
en su
Historia de las guerras de Flán-
(les ,
libro pág. 54), con la asis-
tencia que pudieran dos particü-
lares soldados, el Duque de Pas-
trana
y
el Príncipe de Ascoli, en-
salando á los grandes seiiores
que aspiran á los mayores cargos
militares
cuánto
conviene subir
á ellos por
.
este camino.» Más ade-
lante entró en Francia con el
Duque de Palma para sostener
al partido de la liga contra Hen-
rique
IV,
y á fines del siglo y
principios del siguiente comba-
tió en el Milanesado
y
el Pian
monte á las órdenes del Conde de
Fuentes, como Maestre de Cam-
po general del ejército.
En la coleccion de manuscri-
tos del Sr. Conde de Valencia de
Don Juan, se encuentran bastan-
tes cartas dirigidas por la princesa
dona Eufrasia á Mateo Vazquez
pidiéndole intercediese con el Rey
en favor de su hijo, preso á la sa-
zon por una calaverada propia de
sus pocos años, cometida en la
iglesia de las Descalzas Reales
un dia de Semana Santa del ano
1581, cosa bastante frecuente en
aquel tiempo, como lo dá á co-
nocer un curioso artículo titula-
do
De la litera al travtvia,
pu-
blicado en el número 1v de la
llustracion Española y Ameri-
cana
del presente lulo. Segun se
ve por alguna de estas cartas, aún
habia quien recordaba el antiguo
favor que la Princesa habia mere.
CAPPru LO XI.
241
de modo que la pasion comprobada por la una excluye
necesariamente á la otra. En segundo, debe notarse que
Juan Soranzo, tan indiscreto al hablar de los amores
del Rey con
doña Eufrasia , no tuvo nada
que decir de
doña Ana de Mendoza, prueba de que ésta no daba mo-
tivo para censurarla. Ademas , siendo
tan altivo é inquie-
to el carácter de la Princesa de Éboli , no se hubiera re-
signado al desairado papel de compartir con otra dama
los favores del Rey; por lo cual habrian quedado noticias
de sus Celos
y
sus intrigas, con mayor razon aún que en
el caso de Antonio Perez.
Y
por último, si los amores
del Rey con doña Ana de Mendoza hubieran sido públi-
cos , no puede creerse que el marido mismo hablára con
el Embajador de Francia de otros galanteos de S. M.,
hallándose comprometido su propio nombre.
No es el silencio de los Embajadores extranjeros resi-
dentes en Madrid el único testimonio que puede invocar-
se en defensa de Felipe
II ;
hay otro de mayor autoridad
en este caso, porque procede de su más encarnizado ene-
migo. En 1580, el Rey, no pudiendo dominar la insurrec-
cion de los Países Bajos,
y
reconociendo que su princi-
cipal sostenedor era Guillermo de Nassau , Príncipe de
Orange , hizo publicar un edicto, poniendo á precio su
cabeza
y
ofreciendo grandes recompensas al que le qui-
tára la vida
11
.
Para justificar esta disposicion, no sólo se
cido á su Soberano, pero éste,
sin conmoverse por tales recuer-
dos, dejé que la justicia siguiera
su curso, y el jóven Príncipe fue
condenado á dos rCios de dester-
ro de la córte y dos mil ducados
de multa.
Ban et aiet en forme de
p
p
oseription fait par la Maje st é
da Roi -Vo.
g
fre ,Vire aleneontre de
(1uillaume de Nassau, Prinee
d'Orange, co,'ime chef et pertur-
batear des l'Etat de la Chrestien-
té
en Illaestricht le
xv,einepur
16 •
242
LA
PRINCESA DE ÉBOLI.
enumeraron en aquel documento los delitos políticos im-
putados al Príncipe de Orange como jefe de la rebelion
y
del partido protestante , sino que, examinando Cambien
su vida particular, se le acusó de haber sacado de un con-
vento á una religiosa con la cual vivia maritalmente
El Príncipe de Orange contestó á este edicto en un ma-
nifiesto célebre, que tituló su
Apología, y
que presentó
á los Estados Generales del país y comunicó á las cór-
tes extranjeras
15
,
defendiendo su conducta política y
explicando la legalidad de su nuevo matrimonio con-
traido públicamente "; pero provocado por esta alusion
de l'an de gríiee .MDLXXX.—
Apologie
de Guillaume de Nas-
sau, reimpresa por Emile Flattau
en Bruselas y Leipzig en 1858.
«
Comme aussi luy (el Prín-
cipe de Orange) depuis homm.e
m
arié qu'il estoit, vivantc encoires
sa seconde femme, auroit prins
une Religieuse et abbesse béniste
sr)lemnellement de main épisco-
palle..... qu'il tient encoires au,
pros de luy
Ban et ediet
Apologie.....
1.
c.
13
Apologie ou défense de
Mg
.
neur
le Prince d' Orange
contre le ban et edict publié par
le Rol d'Espagne
á Delf en
Iiollande le III jour de Fevrier
MDLXXXI;
1.
C.
14
La acusacion no era com-
pletamente cierta, pero es preci-
so reconocer que tenía muchas
apariencias de verdadera. Carlota
de Borbon, hija del Duque de
Montpensier, habla tomado el
velo de religiosa en el convento
Jouarre (Diócesis de Meaux),
en donde se educaba al cuidado
de una tia suya abadesa del Mo-
nasterio; mas, segun parece, al
pronunciar los votos protestó que
los hacia contra su voluntad, y
sin duda tampoco adquirió luégo
la vocacion necesaria para con-
tinuar en el claustro, porque al-
gunos años despues, habiendo
sido elegida Superiora, aprove-
chó la ocasion para evadirse con
otras religiosas de la comunidad,
refugiándose en Alemania. Las
diligencias practicadas por sus
parientes
y
por el mismo Rey de
Francia á fin de reducirla á la
razon fueron infructuosas,
y
Car-
lota de Borbon se estableció des-
de entónces en Heidelberg al am-
paro del Elector Palatino, donde
se encontraba cuando en 1572 la
conoció el Príncipe Guillermo de
Orange, y enamorándose de ella,
determinó casarse. El enlace pre-
sentaba grandes dificultades, por-
que ademas de la situacion espe-
cial de Carlota de Borbon, el
CAMTV Xt.
243
entró á su vez en el terreno de las recriminaciones per-
sonales,
y
recordando la máxima de que «el que no está
limpio de pecado' no debe tirar la primera piedra»':',
acumuló todos los cargos que podian hacerse á Feli-
pe II en punto á amores ilícitos. Las largas relaciones
seguidas en su juventud con doña, Isabel de Osorio, de
quien había tenido varios hijos
;
las sostenidas despues
Príncipe Guillermo estaba casa-
do con Ana de Sajonia (hija del
célebre Duque Mauricio), aun-
que habia tenido que separar-
se de ella por su reprensible con-
ducta. Conociendo, pues, la ne-
cesidad de satisfacer los escrú-
pulos de los protestantes aus-
teros , á cuyo frente se hallaba,
consultó el caso con cinco Minis-
tros ó Pastores de la Iglesia evan-
gélica de mucha autoridad entre
los calvinistas, los cuales opina-
ron por unanimidad, como era
de suponer, que ((habiendo prue-
bas suficientes de que Ana de
Sajonia había faltado á la fideli-
dad conyugal, el Príncipe Gui-
llermo estaba en libertad, segun
el derecho divino y humano, para
contraer nuevo matrimonio, y
que la mujer con quien se casára
sería su esposa le
g
itima ante Dios
y los hombres» (Tu. JtJSTE,
Gui-
llanme le nelturne).
Con respec-
to
á
Carlota de Borbon, su ante-
rior estado no podía ser obstácú-
lo al matrimonio, entre otras ra-
zones alegadas por el Príncipe de
Orange, porque cuando profesó
no tenía la edad requerida por el
mismo Concilio de Trento para la
validez de los votos
(Apologie ,
1. c.). Apoyado en estas razones,
celebró solemnemente su matri-
monio en la iglesia de Brielle,
e112 de Julio de 1575.
15
«Celui qui s'appareille pour
mesdire d'aultrui doibt estro
exempt de tout crimen..,—
02G
delense,
1, c.
D'aultant que du temps qu'il
(Felipe II) faignist espouser l'In-
fante de Portugal, mére de Don
Charles, il navoit estre marié
donna Isabella Osorio, de la
quelle aussi il a eu deus ou trois
enfans, dont le premier se nomme
D. Pedro et le second D. Bernar-
dino.»—Apologie, 1. c.
El cargo principal que el Prín-
cipe de Orange dirige aquí á Fe-
lipe II acusándole de que cuando
contrajo matrimonio con la In-
fanta María de Portugal estaba
ya casado en, secreto, no debe ser
exacto, porque el itánces sólo tenía
diez y seis ai
-
los y medio,
y
no
es probable que á esta edad, y
viviendo su padre, hubiera po-
dido celebrar tal casamiento :
más natural es suponer que sus
relaciones con da a Isabel co-
menzassn á la muerte de cloila
María que, como es sabido, fa-
lleció al primer parto. En esta
época, si Felipe II no se casó con
dofía Isabel, por lo ménos hizo
244
LA
PRINCESA DE ÉBOLI.
con doña Eufrasia, de Guzman , casada con. el Prín-
cipe de Áscoli para encubrir su deshonra
17
;
hasta el ma-
trimonio con doña, Ana de Austria, su sobrina carnal,
destinada de antemano á su hijo el príncipe D. Cárlos ;
todas las faltas cometidas en esta materia por Felipe II
salieron entónces á la vergüenza de la publicidad ; y sin
embargo, el nombre de doña Ana de Mendoza no apare-
ció en aquella lista escandalosa. Cuando el Príncipe de
Orante escribió su manifiesto en Febrero de 1581 hacía
cerca de dos años que la Princesa de É boli se hallaba
presa ; suceso tan notable tenía que haber sido muy co-
mentado en toda Europa,
y
si la causa que le habia mo-
tivado hubiera sido una cuestion de amores, la ocasion
no
podia ser más oportuna para citarlos;
pero en vez
de
esto Guillermo de Nassau sólo habló de doña Ana con-
doliéndose de su suerte. Al recordar las antiguas rela-
ciones del Rey con doña Isabel de Osario, dice que Ruy
Gornez de Silva fué quien anduvo en aquellos tratos, á los
cuales debió mercedes
y
riquezas,
y
que despues de
muerto ((intentaban arrancárselas á su viuda estruján-
dola indignamente como si fuera una esponja»
18
.
El
silen-
una demostracion notable para
poner á cubierto su honra, pues
la dió cédula de esposo, segun
refiere D. Benito Maestre en las
.11
7-
fitieias histórieas de D. Diego
Hurtado de Mendoza
con que
ilustró la novela
El Lazarillo
de Tórmes ,
impresa en Madrid
en
1844. — El Sr. Maestre lla-
ma á esta selora, dala Isabel de
- Velasco, quizás porque sería co-
nocida indistintamente por am-
bos apellidos enlazados con fre-
cuencia en aquella época, pero
es la misma persona á que se re-
fiere el Príncipe de Orange
y
otros
escritores que han hablado de
ella.
17
Notas núms 8
y
10 de este
mismo capítulo.
18
«
D u quel mariage pourroit
donner bon tesmoignage Rigo-
mes, Prince d'Yvoli (Élooli) s'il
estoit vivant, car il en fust le
CAPITULO XII,
(1590 á 1592.)
Triste situacion de la Princesa de Éboli en Pastrana. — Don Alonso
del Castillo Villasante, Gobernador del Estado
y
Alcaide del Pala-
cio.—Nuevo é injustificado rigor en la prision de D. Ana de Men-
doza en 1590,
y
causas á que parece puede atribuirse. — Diario del
Escribano Jerónimo Torrontero.—Enfermedad que contrae la Prin-
cesa en su encierro, — Su fallecimiento en 2 de Febrero de 1592,—
Conclusion,
Hacia ya muchos años que la Princesa de Éboli, en-
carcelada en su palacio de Pastrana, apénas mantenia co-.
municaciones con el exterior, cuando inesperadamente se
presenta ocasion de penetrar en su triste morada y seguir-
la dia por dia hasta acompañarla al sepulcro : valiera unís
que las puertas de la prision no se abrieran sino para
dar paso á su cadáver, porque entónces, al inclinarse an-
te el féretro con el respeto debido á la desgracia, sólo
habria que contemplar en él un delincuente castigado por
la justicia humana, severa sin duda, pero justicia al ca-
bo , quedando exento de toda reconvencion el monarca
que habia decretado su encierro ; mas despues de esta vi-
sita, al observar el rigor con que se agravó la situacion
y
se abreviaron los dias de aquella señora, sin nueva culpa
252
LA PRINCESA DE ÉBOLI,
por
su
parte, preciso es censurar tambien disposiciones
que parecen dictadas por un sentimiento de despecho,
y
que por lo ménos son infundadas
y
arbitrarias.
Despues de haberlo ejercido algunos años , Pedro Pa-
lomino habia cesado en su cargo, siendo reemplazado por
D. Alonso del Castillo Villasante
1
,
Caballero del Hábito
de Santiago, nombrado por el Rey Gobernador, Justicia
mayor y Administrador de los Estados de Pastrana , y
por lo tanto alcaide de la prision de la Princesa. Pro
curaba D. Alonso guardar á ésta las consideraciones
debidas á su
condicion
y
estado ; pero como al fin tenía
que cumplir un mandato desagradable, era mal recibido
por su ilustre prisionera,
y
sea que se negase á oirle, sea
que él temiera ver desfigurada su conducta, habia esta-
blecido un sistema singular de comunicaciones, corres-
pondiéndose tan sólo en presencia de un escribano , que
daba
fe
y
testimonio de cada uno de sus actos. Estas di-
ligencias, conservadas en los archivos de la familia, con-
tienen el diario puntual de los dos últimos años de la vi-
da de doña Ana de Mendoza, y de ellas tornamos las no-
ticias siguientes, extractadas en cuanto es posible para
hacer ménos dolorosa su lectura
2.
Ocupaba la Princesa las habitaciones interiores del pi-
so principal de su palacio
5
9
teniendo sólo en el primer
SALAZAR Y CASTRO ,
Histo-
ria de la casa de Silva,
parte
II,
pág. 527.
2
El diario original se encuen-
tra en el archivo de la casa del
Sr. Duque del Infantado. El Se-
ñor Salva lo ha publicado ínte-
gro en la
Coleccion de documentes
inéditos,
tomo 56.
3
SALAZAR Y CASTRO ,
en
la
Historia genealógica de la casa
de Silva,
dice que el año 1582 la
Princesa de Eboli, dejando la tu-
toría de sus hijos, se retiró á
CAPÍTULO XII.
253
cuarto una ventana con vistas á la plaza ; las domas caian
á los patios ; D. Alonso conservaba en su poder las llaves
del aposento ,
y
la comunicacion se hacia por medio de
un torno, colocado cerca de la puerta como en los con-
ventos de religiosas, y protegido por una verja,, que cus-
todiaban los guardas
y
porteros encargados á la vez del
servicio exterior. Contigua á la pieza del torno estaba la
capilla, en cuyo fondo habia una reja ó tribuna, para que
la Princesa y su servidumbre presenciáran desde su de-
partamento los oficios religiosos. Doña Ana sulia tam-
bien acudir á esta reja cuando el escribano tenía que ha-
cer alguna notificacion. A la
Princesa
acompañaban en
el encierro su hija menor doña Ana de Silva
4
y
tres ó cua-
tro dueñas, ó doncellas destinadas á servirla,
y
en lo rela-
tivo al trato de su persona, parece se hallaba regularmente
atendida , aunque acostumbraba quejarse
5.
vivir con mayor quietud á la
Concepcion Francisca, de Pas-
tralla , donde permaneció hasta el
fin de sus dios... pero esto no es
exacto.
D
oma Ana estuvo en aquel
convento al enviudar, cuando
aun lo ocupaban las religiosas
Carmelitas , segun se dijo en el
cap.
m ;
pero despues de presa só-
lo residió en su palacio, en el cual
se conservan todavía recuerdos y
pruebas indudables ; y el
mismo
diario
de la prision la presenta
terminante diciendo que se puso
una reja « en la ventana
que
cae á la plaza del Mercado », cir-
cunstancia que conviene al pala-
cio cuya fachada principal da á
la plaza,
y
no puede referirse al
convento situado en otra parte de
la poblacion. Pero
D.
Luis de Sa-
lazar, considerando sin duda ofen-
siva para el honor de la casa, por
cuya cuenta escribia , la prision
de doña Ana de Mendoza, omitió
toda la parte relativa á su encier-
ro y confinamiento, prefiriendo
que la obra fuese inexacta en
este punto.
4
El Apéndice núm.
162
contie-
ne una breve noticia biográfica
relativa á esta señora.
5
D.
Alonso del Castillo dijo:
quel dicho mayordomo tiene he-
cho hacer una pieza de marafia,
de gorgoran (a), la cual tiene
(a) E5pecie de tela burda, de cordon-
cillo, hecha con los desperdicios de la
seda, lisa
y
de un solo color,
254
LA PRI/WESA DÉ 130LT.
A pesar de ser la prision tan severa no presentó du-
rante muchos años ninguna apariencia exterior de cár-
cel; mas á principios de Mayo de 1590 D. Alonso reci-
bió instrucciones especiales, mandándole poner fuertes
rejas en todos los huecos y ventanas
6
.
¿Cuál fué la cau-
sa de esta determinacion? ¿Cómo podia agravarse la pena
sin nuevo cielito, ni qué nuevo delito cabia en quien ha-
cía tantos años se hallaba privada de libertad? Preciso es
volver á la córte para encontrar la explicacion de esta me-
dida. Antonio Perez, el antiguo cómplice de doña Ana
de Mendoza, sometido á tormento en el mes de Febrero
de 1590, despees de haber estado largo tiempo sujeto á
un proceso criminal, tuvo que confesar la parte que ha-
bía tornado en la muerte de Juan de Escobedo , ocurrida
doce arios ántes ;
y
no ocultándosele el triste fin que des-
pues de esto le esperaba, trató de ponerse en salvo
y
se
evadió de su prision en la noche del miércoles 18 de Abril
siguiente
7
,
refugiándose en Aragon. Causó en Madrid
no poco alboroto este suceso,
y
sin duda alguna el temor
de que pudiera haber obrado en combinacion con la Prin-
e
g
pérando que la dicha Señora
Princesa la pida, y firme el reci-
bo della,
y
por no lo hacer su Se-
loría no se le ha dado ni cortado
de vestir ; no lo queriendo corno
no lo quiere , sino sólo á fin de
decir no se le da
todos los ex
-traordinarios que la dicha Solo-
ra Princesa pide de holanda
y
otras cosas, que todo se le da lue-
go,
y
así se le daria el vestir si lo
quisiere,» —Autos
de
T67707Ltere,
e «...
y
que se
aperciba
á
V.
1
S.R
(la Princesa), que tiene órden de
S. M. para hacer lo que hace,
y
tan fresca ques fecha del sábado
diez y nueve del presenten (Mayo,
1590).—Artos del Escribano Tor-
ron.tero,
1. c.
7
Véase en la noticia biográfica
relativa á Antonio Perez ( Apén-
dice núm. 161) la nota fijando el
dia de su evasion.
CAPÍTULO XII.
255
cesa, ó que ésta se animára á imitar su ejemplo, movie-
ron al Rey á tomar, para impedirlo, la precaucion que
acaba de indicarse.
Obligado D. Alonso á cumplir la órden, comenzó anun-
ciándola á la Princesa, con todo el miramiento posible,
por medio del escribano Jerónimo Torrontero; pero ne-
gándose obstinadamente doña Ana á franquear la entra-
da, hízose indispensable al cabo de algunos dias proceder
por fuerza. El 22 de Mayo se presentó á la puerta de su
aposento con el escribano
y
una cuadrilla de albañiles , y
hallándola cerrada por la parte de adentro, dispuso se ar-
rancase el torno,
y
que penetrando por el hueco uno de
los albañiles, descorriera el cerrojo interior
8
.
Verifica-
do así , abrió los candados, entrando con los demas ope-
rarios, que en seguida comenzaron su tarea. La obra du-
ró tres dias , habiéndose puesto en todas las ventanas re-
jas dobles, lo más separadas entre sí que permitió el grue-
so de las paredes ; en la ventana que daba á la plaza se
colocó ademas una alambrera
9
.
Nada más triste que aquel
espectáculo; dejemos á Torrontero la penosa tarea de des-
cribirlo.
el dicho Gobernador..
visto que todo lo susodicho son
dilaciones de no querer cumplir
la dicha Sra. Princesa lo que de
parte de S. M. se le ha pedido
y
ordenado, mandó á Miguel Ruiz
é á los demas oficiales que para
el dicho efeto están llamados
que
en presencia de mí el pre
-
sente escribano quiten el torno
questá é cala á la primera cuadra
de la dicha Sefiora Princesa,
por el agujero dél entren
y
quia
ten el aldaba de la puerta por
donde se entra al dicho aposento
para
que
su merced
(D.
Alonso
del Castillo) pueda abrir con su
llave y reparar la ventana de la
dicha primera pieza, é que todo
lo que en ello se fuere haciendo
se vaya escribiendo por
mí
el di-
cho escribano al pié de este auto.
—Autos
de Jerónimo Torrontero.
Y
luégo el dicho Gobernador
256
LA PRINCESA DE ÉBOLI
«La dicha señora Princesa pidió testimonio como su
Señora
y
la dicha doña Ana, su hija, están indispuestas
y
en
la cama, y que diese testimonio
cómo estaba dicho
aposento al tiempo que se abrió la dicha puerta. Estaba
alzado un paño de pared ,
y
de cara de la entrada del di-
cho aposento estaba la cama de la dicha señora Princesa,
en la cual parecia estar su Señoría
y
su hija doña Ana.
No las vi, mas las oí hablar; y parecia estar en la dicha
cama; no se parecia la cabecera
de
la dicha cama, por-
que estaba con una cortina; la dicha cama se parecia de
medio por
abajo;
y
en el dicho aposento 'labia otras dos
camas, que parecian ser de las criadas, porque algunas
no estaban levantadas,
y
todo el dicho aposento estaba
ocupado con las dichas
tres camas ;
las dos camas esta-
ban armadas en alto, como se acostumbran de ordinario,
y la una en el suelo; y la dicha señora Princesa dijo que
porque conste á 5. M. las malas
y
falsas
informaciones
que le han sido fechas, se le dé testimonio,
y
cómo don
Alonso le tiene puesta una guarda más que Palomino le
tenia, y que cómo es posible que S. M. no remedie esto,
y que de cada cosa desto le dé testimonio de por si , para
lo enviar á sus hijos con toda presteza.
»El dicho
D.
Alonso», continua diciendo el diario de
mandó al dicho Miguel Ruiz é
otros oficiales que presentes esta-
ban, que sentasen en la ventana
de la dicha cuadra que cae á la
plaza del Mercado, la primera
reja en medio del hueco de la
ventana del dicho aposento
acabada de echar la dicha reja se
puso
y
echó otra reja de hierro á
dos pies de hueco de la que pri.
mero se habia echado, poco más
ó menos, á la parte de hácia den-
tro, en la misma forma que la
primera, excepto que la primera
reja que cae al mercado tiene
unos hilos de hierro entretejidos
á manera de celosía.—Antes
de
Torrontero.
CAPITULO
xu.
257
Torrontero, (c mandó á todos los oficiales que entienden
en la dicha obra que con todo comedimiento é respeto pa-
sen por delante el aposento de su Señoría por la entrada
dél, para los que caen al patio , con los materiales nece-
sarios para el dicho reparo , con el ménos ruido que ser
pueda, y cumplan lo que les está mandado,
y
no hablen
palabra ni entiendan más que en sus oficios y con toda
diligencia é cuidado. E ansi entraron al postrero aposen-
to, que cae á la entrada de la cocina, en el cual tapiaron
un poco vacío que habia , que parecia como alhacena ó al-
coba, y pusieron dos rejas, una en el marco de la misma
ventana
y
otra más dentro, dejando como dos piés, poco
más ó ménos , y se fué entendiendo en quitar los marcos
de las otras ventanas para hacer el mismo reparo.
Y
da-
das las doce horas de medio dia , el dicho dia el dicho
gobernador mandó que los dichos oficiales se saliesen é
fuesen , por si su Señoría quería comer, é salieron ; é al
tiempo de cerrar la dicha puerta de la dicha cuadra pri-
mera , la dicha señora Princesa me tornó á pedir testimo-
nio de las dichas apelaciones y fuerza que se hace en sus
aposentos ;
y
fecho esto , el dicho D. Alonso cerró la dicha
puerta con la llave , é nos salimos , é mandó á los dichos
oficiales que en acabando de comer vengan á proseguir
en la dicha obra. Y para que dello conste, de pedimento
de la parte de dicha señora Princesa, di la presente hoy
dicho dia.—Jerónimo Torrontero » 10.
Al siguiente , hallándose el escribano mirando la obra,
llegó (dice) María G-omez ", criada de su Señoría, y di-
i
°
Coleccioh Sulvd,
t,
LVI, 1, c,
ti María Gomez era una criada
17
558
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
jo
que me llamaba. Fui á su aposento, y por detras de
un paño de pared que está delante de la cama oí como la
dicha señora Princesa estaba en la dicha cama dando
grandes voces, llorando y sollozando, diciendo muchas
cosas, entre las cuales decia « j Qué informaciones tan
»falsas han sido éstas que me ponen en cárcel de muerte á
» mí y á mi hija! Nunca ofendí á mi Rey
y
Señor. Dios
»del cielo, remédianos, pues vos veis todo
y
con mano lar-
ga haceis mercedes , y así confio nos habeis de remediar.
»Hija, pídelo tú á Dios, que no nos ha de faltar, que á
»nadie faltó. Dadnos por testimonio , Torontio, que nos
» ponen en cárcel escura, que nos falta el aire
y
el aliento
»para poder vivir ; que no es posible que S. M. tal quiera
»ni permita, siendo bien informado ques cristianísimo ,
y
»escribid á mis hijos que supliquen á S. M. quel doctor
»Bailes, que sabe estos aposentos y ha estado en ellos, de-
clare cómo no se podia vivir en ellos, estando como es-
taban sin rejas , cuanto más agora hechos cárcel de muer-
te, oscuros y tristes.» Dijo demas desto otras palabras
tocantes á esto, y quel doctor Manuel, médico , los viese
y declarase, y todo se enviase á sus hijos con toda bre-
vedad»
12.
Desde aquel triste momento sólo llantos y miserias
contienen los autos de Torrontero : los sufrimientos mo-
rales , tanto como los físicos, devoraban la vida de doña
jóven, vivaracha y locuaz, que
desempeñaba el oficio de tornera,
por lo cual estaba siempre de
conversacion con los guardas de
la portería. La Princesa de Éboli
la distinguió haciéndola mandas
especiales en su testamento.
42
Autos del Escribano
r011'On-
te
p
o,
1. c.
CAPÍTULO
259
Ana, que cada dia presentaba nuevas quejas por el trato
que se la daba, pidiendo se enviasen á sus hijos y á su
abogado en Madrid, el licenciado Rojas, testimonios de
sus protestas contra D. Alonso del Castillo; consignába-
las el escribano en sus autos; D. Alonso hacia constar á
continuacion las explicaciones que le justificaban , tras-
mitiéndolas luego puntualmente, y no puede dudarse que
los interesados las harian llegar á manos del Rey ; pero
por más que se busque, no se halla el menor indicio de
instrucciones á D. Alonso para que moderase el rigor de
la prision. Ni el recuerdo de los servicios del príncipe
Ruy Gomez, ni el trascurso del tiempo, ni la prolongada
enfermedad de la Princesa, nada bastó á ablandar la se-
veridad inflexible de Felipe II, cuyos acuerdos, una vez
tomados , eran irrevocables
15.
No tardaron en hacerse sentir los efectos de aquel es-
trecho encierro. Con razon habia dicho la Princesa que la
dejaban en cárcel de muerte : tan faltos de aire y de ven-
tilacion debieron hallarse aquellos aposentos, que dos de
sus criadas cayeron gravemente enfermas y tuvieron que
ser sacramentadas
14
.
Sus dolencias fueron creciendo, y
43
quando finalmente ne
piglia uno in disgrazia , mai piú
lo rimette, o gli perdona. Ha
questa natura e propietá il re
che non si presto piglia in odio
alcuno, non lo castiga o fa ven-
detta, ma quando entra in una
di queste vie, segue innanzi senza
altra remissione»
Relazione di
Segismondo Cavalli,
1570.
«
é
moho
vendicativo, ne si
scorda facilmente l'ingiurie, ma
sa coprire molto bene i suoi af-
fetti
de maniera que dicono in
Spagna per proverbio , cha dal
riso del re al coltello non vi sia
differenza alcuna.»—Relazione
di
G. Francesco illorosini.
1581.
« Sopporta, ma
é
fama che non
scordi mai l'ingiurie che gli
ven-
gon fstte. »—
Relazione di Fran-
cesco Vendramino,
1595.
á
doña Gregoria de Mo-
rales
y á María la
Caba, sus cria-
260
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
durante el invierno quedó tullida , sin poder salir de su
cuarto, ni átin levantarse á veces de la cama
15
.
Así pa-
só el año 1591 ; conociendo entónces que su fin estaba
próximo, pidió los sacramentos , que la fueron adminis-
trados el dia 20 de Noviembre por D. Miguel Huerta,
canónigo de la iglesia colegial de Pastrana, su capellan
y confesor
16 .
Pero todavía se prolongó su vida algunas
semanas; el acta de la visita hecha por el doctor Simal el
18 de Enero contiene detalles acerca de su estado
y
de la
excitacion de su espíritu contra D. Alonso del Castillo
171
que suprimirnos por ser demasiado tristes.
En este punto quedaron como interrumpidos los autos
de Torrontero ; sin duda la gravedad del mal no permitió
la Princesa continuar sus quejas, cesando con esto la
necesidad de contradecirlas. Quince dias despues otorgó
das, que han estado enfermas,
y
el dicho dotor Simal curándolas,
las cuales confesaron y comulga-
ron dentro en su aposento.—Au-
tos de Torrontero.
15
(En 20 de Diciembre de
1590.)—D. Alonso del Castillo
dijo que las criadas de la Prince-
sa
publican en el torno y dicen
á las personas que allí asisten,
que su Sefioría está mala
y
con
calentura y otras indisposiciones,
(4 de Febrero de 1591).—Certi-
fico y doy fée é testimonio quel
dicho dia la dicha doña Isabel de
Velasco dijo que la dicha Señora
Princesa no salia al dicho torno
á
pedirme los dichos testimonios,
porque estaba enferma en la ca-
ma, tullida. Asimismo certifico:
que para dos notificaciones del
Sr. Lic.
do
Martinez de Vazquez,
que de treinta dias ó veinte á esta
parte he ido á hacer á Su Seño-
ría, no ha salido Su Selioria á
la
reja de la Capilla donde se solian
hacer, sino á la puerta de su apo-
sento donde Su Señoría me oia é
respondia á lo que se le notifica-
ba : y la dicha María G-omez
y
otras criadas decian
y
dicen no se
puede levantar Su Señoría de la
cama, por estar tullida
—Au-
tos de Torrontero.
4
"
«
Todo lo cual se hizo con
grandísima quietud
y
recogi-
miento ». —
Autos dél Escribano
Torrontero.
1. c.
17
Autos del Escribano Torron-
tero.
1, c.
CAPITULO XII.
2G7
masculina ; la mujer sucedió en el trono, heredó des-
pues los títuloslos mayorazgos, y pudo siempre tras-
cp
mitir su apellido
y
con él la nobleza de su propia sangre:
ejemplos numerosos demuestran que las mujeres corres-
pondieron durante la Edad Media
á
las disposiciones fa-
vorables de la ley,
y
al trasformarse la sociedad y des-
aparecer la antigua organizacion política y social, ellas
fueron sus más genuinos sostenedores ; porque sin hablar
de la reina doña Isabel la Católica, en 1521 doña María
Pacheco, levantando en los muros de Toledo el estandarte
de los Comuneros, enrojecido ya con la sangre de su ma-
rido, fud uno de los mas gloriosos defensores de las liber-
tades de Castilla ; y medio siglo despues doña Ana de
Mendoza, inquieta y turbulenta, pero altiva
y
desdeñosa,
Con sus defectos
y
sus cualidades , que servian igual-
mente para arrastrarla á luchas sin provecho
y
para sos-
tenerla en la adversidad sin humillacion; desatendiendo
las demandas del Rey, y prefiriendo la prision en los
torreones de San Torcaz
y
de Pastrana entes que incli-
narse á pedir perdon y gracia, cuando se creyó castigada
sin motivo, aparece con un carácter propio de la alta
clase á que pertenecia, que realzando sus prendas, hace
disculpables sus defectos y la da un título honroso para
figurar dignamente en las páginas de la historia, como
el último representante de la antigua nobleza castellana.
FIN.
.
APÉ
NDICES
.
ADVERTENCIAS
PARA LA MEJOR INTELIGENCIA DE ESTOS APÉNDICES,
1.
a
Felipe II habla establecido la costumbre de escri-
bir á sus Ministros al márgen de las cartas que recibia
de ellos, unas veces contestando sencillamente á sus con-
sultas, y otras añadiendo nuevos puntos ; siguiendo esta
práctica, se insertan á dos columnas todas las correspon-
dencias que se encuentran en este caso.
2.
a
Tanto el Rey como los Ministros trataban de asun-
tos diferentes en una misma carta; pero no siendo nece-
saria la reproduccion íntegra de estas comunicaciones,
que ademas daria lugar á confusion en la lectura, se pu-
blican completas solamente algunas , como muestra
(Apéndices núms. 7
y
8), entresacando de las denlas los
párrafos que tienen relacion con la obra, é indicando
las supresiones con líneas de puntos. En la misma for-
ma se han señalado las frases omitidas por innecesarias.
3.
a
La fecha de las correspondencias entre Mateo Yaz-
quez
y
el Rey se encuentra ordinariamente al respaldo
de sus billetes; pero como Vazquez no se separaba de su
Soberano y éste le contestaba en el acto las fechas con-
vienen igualmente á la consulta
y
á la respuesta.
4.
8
En la mayor parte de los billetes se halla á con-
4
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
tinuacion de la fecha una indicacion sumaria del conte-
nido, puesta por Vazquez , sin duda al clasificar sus pa-
peles (núm. 8): resultando innecesarios estos resúme-
nes, se han suprimido.
5.
a
Con respecto á las correspondencias entre el Rey
y
el Sr. Pazos, Presidente del Consejo de Castilla, con-
viene tener presente que Felipe II salió para Portugal
en Marzo de 1580, habiendo quedado en Madrid el Se-
ñor Pazos; de modo que continuando Felipe II la cos-
tumbre de contestar al Presidente en sus mismas cartas,
el dia
y
lugar de las respuestas son diferentes de los
indicados en las cartas. En estos documentos, la fecha
corresponde siempre á la comunicacion del Sr. Pazos,
porque el Rey no acostumbraba á ponerla.
6.
1
Casi todos los documentos publicados son autógra-
fos, escritos de mano propia,
y
carecen regularmente de
firma, teniendo tan sólo una rúbrica; así es que cuando
se encuentra alguno de letra desconocida no ha sido po-
sible determinar su origen.
7.
a
En los documentos originales abundan las abrevia-
turas, sobre todo en los nombres propios, siendo tambien
muy frecuente la falta de puntuacion , y no escasas las
de ortografía; haciendo dificultosa la lectura estas irre-
gularidades se han salvado generalmente en la impresion.
8.
1
Para la clasificacion de los apéndices se ha ob-
servado únicamente el órden de las fechas.
9.
a
Habiendo sido impresos recientemente en la co-
leccion de
Documentos inéditos para la Historia de Espa-
ña,
del señor Salvá (tomo
LVI)
algunos de estos apéndi-
ces, se han señalado con un asterisco * los que se en-
cuentran en este caso.
APÉNDICES.
5
' CAPITULACIONES PARA EL CASAMIENTO DE RUI
r
GOMEZ DE
SILVA CON DOÑA ANA DE MENDOZA, CELEBRADAS EN-
TRE
S. A.
EL PRÍNCIPE DON FELIPE Y LOS CONDES
DE MÉLITO PADRES DE ESTA SEÑORA.
18 de Abril de 1553.
Lo que se assienta
y
capitula entre el Príncipe nuestro
Señor
y
Conde y Condesa de Mélito sobre el casamiento que
se
ha
tratado entre Ruy Gomez de Silva, Sumiller de Corps
de Su Alteza,
y
doña Ana de Mendoza hija de los dichos
Condes, es lo siguiente :
Primeramente; que la dicha doña Ana de Mendoza se ha
de desposar luego por palabras de presente con el dicho Ruy
Gomez de Silva como está concertado f.
Item; que Su Alteza, por razon del dicho casamiento,
dará seis mil ducados de renta en los Reynos de la Corona
de Castilla al dicho Ruy Gomez de Silva y á la dicha doña
Ana
de Mendoza para ellos y despues de sus dial , para
sus hijos
y
descendientes legítimos , para que los tengan por
bienes de mayorazgo en acrecentamiento del mayorazgo é
Casa del dicho Conde de Mélito , y con los vínculos y su-
missiones dél, de manera que muriendo el dicho Ruy Gomez
de Silva con hijos, la dicha doña Ana de Mendoza tenga
y
goce los dichos seis mil ducados de renta en su vida, segun
4
Desposarse por palabras de
presente equivale en la actuali-
dad á casarse, pero no se enten-
dia de este modo en el siglo
XVI,
y
este contrato fué sólo de espon-
sales
y
promesa de matrimonio
para más adelante, como lo da á
conocer la cláusula en que se dis-
pone
«que el dicho Ruy
Gomez
de Silva y la dicha doña Ana se
velen en haz de la Santa Madre
Iglesia dentro de dos años de la
fecha de esta capitnlacion»,
por
que sabido es que despues de los
esponsales la novia continuaba
en casa de sus padres, sujeta á
la patria potestad, siendo las ve-
laciones las• que constituian la
parte esencial del Sacramento.
6
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
y
como
ha de gozar el Estado del dicho Conde su padre ,
y
con que el sucessor del dicho mayorazgo sea obligado á traer
las armas de Mendoza
y
las armas de Silva, las de Mendoza
á la mano derecha y las de Silva á la mano izquierda.
(Siguen las cláusulas relativas á la fundacion del mayorazgo.)
Item; que si el dicho Conde de Mélito huviere y dexare
hijo varon legítimo al tiempo de su fin é muerte , de manera
que no suceda en el dicho mayorazgo la dicha doña Ana de
Mendoza, que desde agora el dicho Conde de Mélito promete
y da en dote á la dicha doña Ana de Mendoza su hija cien
mil ducados de oro, y que para la seguridad desto y obligar
los bienes de sus Estados, saque las facultades necesarias.
•
Item ; que dicho Ruy Gomez de Silva ha de prometer y
dar en arras á la dicha doña Ana de Mendoza diez mil duca-
dos de oro, y sacar facultad bastante para los poder prome-
ter
y
obligarse y asegurarlos.
Item; que dicho Ruy Gomez de Silva y la dicha doña Ana
de Mendoza se velen en haz de la Santa' madre Iglesia den-
tro de dos años de la fecha desta capitulacion, y que Su Al-
teza cumpla con ellos en este tiempo lo arriba capitulado
...
1
Mr. Mignet, que ha citado
estas capitulaciones en su obra
Antonio Perez et Pkilippe ,
pág. 77, traduciendo esta cláusu-
la, dice haberse estipulado que
«el matrimonio no se consumaria
hasta dentro de dos arios
en aten-
CiOn
á, la poca edad de la novia
»
(
que le mariage suspendu quant
á son acomplissement,
¿t cause
tiF2G
jeune
a
ge de
la flancée,
devra s'ef-
fectuer dans deux ans á partir
de la signature de Pacte). Posible
es que la consideracion que in-
•
•
•
dujo á los contratantes á señalar
un plazo de dos arios para cele-
brar el casamiento fuese la corta
edad de doña Ana, pero en la ca-
pitulacion no se hace alusion
guna á este punto, y áun parece
probable que la verdadera razon
del aplazamiento fuese el viaje
proyectado de Ruy Gomez con el
Rey á Inglaterra, pues por lo que
respecta á la edad, ya hemos visto
que en aquella época se casaban
las mujeres harto jóvenes.
APÉNDICES.
7
Item ; que cerca de lo contenido en esta capitulacion y para
que se cumpla lo en ella contenido , los dichos Conde
y
Con-
desa y Ruy Gomez de Silva y doña Ana de Mendoza ha-
gan
y
otorguen las escrituras que fueren necesarias; fecha
en Madrid á diez
y
ocho dias del mes de Abril de mil y
quinientos
y
cincuenta y tres años Yo
EL PRÍNCIPE.-
Don Diego Hurtado de Mendoza.—La Condesa de Mélito.-
Ruy Gomez de Silva.— Por mandedo de Su Alteza: Juan
Vazquez.
2.
CARTA DE JUAN DE SÁMANO SECRETARIO DEL EMPERA-
DOR CARLOS
Yy
AL SERVICIO DEL PRÍNCIPE DON FE-
LIPE : -
FRACISCO DE ERASO, SECRETARIO TAMBIEN DEL EM-
PERADOR.
7
de Mayo de 1553.
Su Alteza ha casado á Ruy Gomez con hija del conde de
Mélito, que agora es heredera de su casa , y tambien lo po-
dría ser de la del conde de Cifuentes ; porque no tiene sino
un niño
y
ese bien delicado. La moza es de 13 arios y bien
bonita aunque es chiquita; y en caso que no herede la casa
del conde de Mélito , si Dios le diere hijo , la cual es de
1
Mr. Mignet supone fechadas
estas capitulaciones á 8 de Abril
de 1553 , padeciendo en esto una
equivocacion , como puede verse
en la
Historia genealógica de la
casa de Silva,
por
SALAZAR Y
CASTRO
(Parte II, pág. 523 ), de
donde las hemos tomado , y en
la cual se hallan publicadas ín-
tegras, copiadas probablemente
de la escritura original,
y la fe-
cha trascrita' con palabras en vez
de cifras.
El documento existente en el
Archivo de Simáncas y consul-
tado por Mr. Mignet, que es una
copia
ó
traslado del original, lle-
va tambien la fecha del 18, aun-
que escrita con los numerales usa-
dos en aquella época, en esta for-
ma :— Fecha en Madrid á XVII)
dias del mes de Abril de jgdliij.
8
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
más de veinte
y
dos mili ducados de renta, la dota el conde
en cien mili ducados, y Su Alteza ha dado á Ruy Gomez
seis mili ducados de renta perpétuos para él
y
sus succeso-
res , que no es mala merced para la primera ; y entre tanto
que se los puede dar, se le han de pagar en su cámara. Y
demas desto, por hacerle más favor y merced, se salió un dia
al Pardo, y de allí fué á Alcalá á hallarse en el desposorio,
que no fué poco solemnizado. Yo seguro que haya hartos
scriptores deste casamiento; pero si no lo hacen con este cor-
reo, no quisiera ser yo el auctor,
, y así, Señor, será para
vos solo ; . • .
1
.
.
.
es que Su Majestad no la ha fecho á
ningun privado suyo en su tiempo. Mucho querria saber como
le habrá parescido á Su Majestad.
•
•
•
(Archivo general de Simáncas.—Estado.—Le.
gajo núm.
100.)
3.
* CARTA DE RUY GOMEZ DE SILVA-Á. FRANCISCO DE ERASO.
Madrid á 7 de Mayo de 1553.
MUY MAG.
C
°
SEÑOR.
Á la hora que supe que este correo se despachaba, despaché
con esta carta á Medina, para que la encaminasen á V. m.
para que por ella supiese como estoy desposado con hija del
conde de Mélito con tantas mercedes de Su Alteza y favores
que yo, por ser parte, no quiero decir mas dellas que dar
gracias á Dios y cuenta á V. m. como á señor y amigo y su-
plicarle , pues ya tengo manera para poderle mejor servir,
que entienda que pues he dado voluntad hasta aquí por no
tener mas, daré agora todo lo demas que fuere necesario á su
1
Por estar roto el papel, falta
una palabra que parece
seria
merced.
2
V.
(Vuestra merced).
APÉNDICES.
15
7.
CARTA DE MATEO VÁZQUEZ - AL REY.
San Lorenzo
25 de
Junio de 1575.
DE MANO DEL REY.
Tampoco he tenido nada de
Juan Vazquez
Y la venida de Escovedo es
tan cierta como vereis por esa
su carta, y aunque no parece
que deve de ser á pedir dine-
ros, quedo yo tan podrido y
cansado della que no puede ser
mas; aunque convendrá des-
pacharle luego, no dexo de sos-
pechar que se deven de cargar
allá con él, y que esta deve de
haber sido mas causa dembiar-
le que otra ninguna.
Y
bolvedme luego
eso
de
Antonio
Perez.
Sagrada Católica Real Ma-
jestad.
2
Juan de Ovando, Presidente
de los Consejos de Indias y de
Hacienda, fué uno de los Minis-
tros más entendidos de Felipe II.
3
Francisco Gutierrez de Cue-
llar, dt.1 Consejo de Hacienda, y
más adelante Contador Mayor de
Castilla.
4
Juan
Vazquez de Salazar,
S.
C. R. M. 1.
De Juan de Ovando
2
ha
venido la carta que va aquí,
y
si V. M. no sabe de la venida
de Escovedo, yo sospecharia
que podria ser nueva del Mar-
qués de Aufion , que es muy
su amigo, quizá pareciéndole
que se ha de mejorar su par-
tido diziendo que viene, pero
al está, F.
c
° Gutierrez de
Cuellar
3
que no se descuida-
rá en lo que se offreciere de
advertillo.
nomdrado Secretario de
E
stado
y
de la Cámara de Castilla en Mar-
zo de 1571, por muerte de Fran-
cisco de Eraso, fué, durante mu-
chos arios, uno de los principales
Secretarios de Felipe
II
y Asis-
tente de las Córtes celebradas en
aquel reinado, cuyo Presidente
era el del Consejo Real de Cas-
tilla,
16
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Segun esto paréceme que se-
rá bien einbiarlo á E." Yaz-
quez con secreto, y espantome
como no entra en ello Salasar.
(MS, del
Sr,
Los juezes para la visita
que Muñoz hizo en la Go-
leta son: del Consejo Real
Fuenmayor
y
Pv."
Vazquez 1;
y
de la Guerra, F.
e
° de Ibar-
ra
y
Don Francés
2
;
V. M.
verá, siendo servido á quien
se embiará el memorial del
soldado.
Conde de Valencia de Don Juan,)
8.
CARTA DE MATEO VÁZQUEZ - AL REY.
San Lorenzo 1.
0
de Abril de 1578.
(Resúmen en la Carpeta de letra de Mateo Vazquez.)
Sebastian Perez ( Cartilla ),— Junta con Velarde.— Venida de Fran-
cisco Hernandez, — Muerte de Escovedo.
DE MANO DEL REY.
S. C. R. M.
Allí he puesto lo que vereis
Ha visto Sebastian Perez
que le podeis mostrar ó comu-
lo que V. M. advirtió en la
nicar.
cartilla,
y
respondido lo que
va aquí, á que será V. M.
servido de mandar se respon-
da á Sebastian Perez luego
porque entienda esta tarde
en ello.
Será bien que la haya
el
No hu
y
o ayer la Junta con
1
Rodrigo Vazquez de Arce, des-
pues Presidente del Consejo de
Hacienda
y
Juez de la causa con-
tra Antonio Perez.
2
D. Francés de Alava, General
de Artillería, habia sido Embaja-
dor en París.
APÉNDICES.
19
abro hasta mañana, y son da-
das las
x
y no he cenado, y
quédame la mesa llena de pa-
peles para mañana pues ya no
puedo mas agora.
V. M. de lo que en él se ha
considerado.
(1118, del Sr. Conde de Valencia de Don Juan.)
1
1.
CARTA DE MATEO VÁZQUEZ. - AL REY.
Madrid 15 de Abril de 1578.
DE MANO DEL REY.
Muy bien me parece que se
examinen los dos , y por Ro-
bles que es del hábito de San-
tiago será menester haber
cencia antes del Consejo de
Ordenes, como se acostumbra;
asi
lo
advertid al Alcalde.
Yo no quedé anoche con ca-
bega para poder responder aun
á
esto, agora la tengo mejor y
así espero llamaros hoy y pro-
curare que sea á las tres por
que haya mas tiempo.
•
•
•
•
•
S.
C. R.
M.
El Alcalde Hernan Velaz-
quez dice que hay necesidad
de examinar á Robles el de
Flandes y tambien á Sebas-
tian de Santoyo sobre el ne-
gocio de Escovedo, para que
mande V. M. lo que será ser-
vido que se haga en ello.
(MÁS, del Sr.
Conde de Valencia de Don Juan.)
20
LA PRINCESA DE ÉBOLL
12.
CARTA DE ESTEBAN DE IBARRA —
á
MATEO VAZQUEZ.
4
1578.
ILLUSTRE SEÑOR :
Cuando vino el aviso que habian muerto á Scovedo, embié
á decir á V. m. con Briviesca que me havia puesto miedo ver
que havia en el mundo quien se atreviese á los Secretarios
del Rey, pues de razon donde estos no estaban seguros, mal
lo podia estar quien lo era de un scudero, y aunque en aquel
tiempo lo dixe con sola la consideracion que me dió aquel
subcesso y por ponerme tambien yo en número de los Se-
cretarios, es cierto verdad que aora despues que he passado
mas adelante con la contemplacion deste atrevimiento , estoy
atónito de ver que sea possible haver subcedido en la córte
del Rey de Sparía ,
y
no me admira manos que se pueda ha-
ver exsecutado tan cautamente que no se haya hallado indi-
cio ni rastro por donde averiguar quién fuesse el autor. La
muerte de un hombre, aunque sea un ganapan , guando le
matan de aquella manera y acaesce en un lugar tan seguro
y
donde-tanta justicia hay como en Madrid, siempre da ma-
teria para que se discurra mucho sobre ella, pero en este
negocio hay muchas causas y cosas para temer tras este
otros sucesos, pues si se considera el lugar que Scobedo te-
nía con el Rey
y
los negocios que por su mano se havian
tratado y tratavan, assi de S. M. como de su hermano , y las
personas con quien los trataba, y que le han muerto á los
ojos, se puede decir, de su amo, nescessariamente confessará
tambien que tiene muy largas raíces ,
y que
es obra de mas
que hombre ordinario, y exsecutada por manos
y
ánimos que
Esta carta no tiene fecha, pe- haber sido escrita poco
despueu
ro
su
contesto
indica claramente
de la muerte de Escobedo.
APÉ
NDICES.
21
deven tener tan osada determinacion como es menester para
emprender cualquier empressa por difícil y peligrosa que
sea. Lo qual todo y ver qual está el mundo y quin lleno
destrangeros este reino , y que entre ellos se puede muy bien
creer que deve de hacer muchos con dañadas intenciones en
lo de nuestra fe y religion católica, y que por este respecto
las han de tener forÇossamente contra el Rey nuestro Señor,
pues S. M. es hoy en la tierra el que tiene en pie la iglesia
de Dios y el que persigue á los paganos y hereges y á todos
los enemigos della,
y
tras esto el descuido con que el Rey
anda por estas soledades , así en lo que toca al recato de su
persona como al acompañamiento della, me ha puesto tanto
temor , que en ninguna manera he podido contenerme de de-
cir á V. m. que como cristiano y criado de S. M. cargado de
tantas obligaciones, que sin la natural le tiene, está obli-
gado á suplicarle mire por sí , poniéndole delante todos los
inconvenientes que de un descuidado sueño podrian sobreve-
nir, y guando S. M. no lo quiera hacer por lo que á sí mismo
toca, hágalo en consideracion de la falta que hará á toda la
cristiandad y á sus hijos y todos sus reinos , cuyo bien y
quietud solo consiste aora en que Dios le dé muy larga vida,
y si bien es verdad que de las costumbres, vida y cristiandad
de S.
M.
se sigue á
sus
buenos vasallos una averiguada per-
suasion que está con él la mano y bendicion de Dios , y que
esta le guardará y sustentará como pilar en que se apoya su
templo y sacramentos, todavia en ley divina y natural es pru-
dentíssima cosa ayudarse los hombres para que les ayude
Dios, y apartarse por sí propios de los peligros para que
les guarde Dios dellos.
El dia que partió la Reina de aquí vi entrar en el patio des-
ta casa á S. M. guando venia de acompañarla, tan solo y
tan desnudo de todo lo que suele
y
puede ser parte para po-
ner temor y respecto en un ánimo mal intencionado y deli-
berado , que me es Dios testigo, que repressentándosseme
en aquel punto el caso de Scobedo , melemblaron las car-
nes. En tiempo de los Romanos y otras monarquías hay
scriptos muchos desastres acaescidos
á
Emperadores y
Reyes
22
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
muy poderosos. Al Rey D. Hernando , visabuelo de S. M.
en Barcelona le dió un ombre una cuchillada
i
;
y
yo vi en
Milan tenazear un corsso que se metió en la cámara de
D. Fernando de Gonzaga, siendo gobernador de aquel Estado,
para matarle , el cual despues de presso confessó en el. tor-
mento que antes que tentasse aquella traycion, sabia
que
aunque la ejecutasse no podia salvarse, pero que habia juga-
do la vida de muy buena gana por hacer aquel servicio al Du-
que Octavio Farnesse , que se lo habia encomendado; y
V. m. crea que el que se atreve á perder el miedo á Dios y
su justicia y el que le pierde á las perpetuas penas del in-
fierno , mucho mas fácilmente le perderá á la muerte por ha-
cer una hazafiossa maldad en servicio del demonio, que es
tan astuto que sabe muy bien engañar, y es capitan de los
hereges y les está cada dia ensefiando el camino por donde se
pierdan
y
pongan
al mundo
y
particularmente á la cris-
tiandad en confussion.
Si V.
m.
considerare todo esto que aquí he dicho como
cosa que la digo yo , con mucha razon podria hacer burla
dello pero si lo considerare con la gravedad que el mesmo
negocio requiere y con el amor que á su amo tiene, y el buen
zelo y intencion con que me he movido á scribirlo , á mi pa-
rescer hallará en ello sustancia, y si la hay suplico á m. lo
repressente á S. M. en la forma y tiempo que mejor le pa-
resciere , y suplíquele V. m. en nombre de todos los que
bien le quieren y de todos los cristianos no ponga en manos
de la fortuna lo que le ha puesto Dios en las suyas,
muestre S.
M.
en esto la prudencia que Dios le dió
como
la muestra en todo lo denlas, para que en todo sea singular
exemplo al ,mundo, y mientras Dios fuere servido , amparo
á su Iglessia y á sus vassallos y criados , y si con poner len-
gua en esta materia merezco pena y tal que no me salve
della mi intencion , yo lo pongo en manos de V. m. para que
I
Este atentado contra la vida el asesino, que era un maniaco,
de Fernando el Católico tuvo lu- fué preso y condenado á muerte.
gar el
7
de Diciembre de 1492 :
APÉNDICES.
23
use de este papel
y
disponga de mi á su voluntad, pues no
la puedo yo tener en nada sino para servirle , quanto mas
en lo que tanto me vá como hacer servicio á mi Señor y Rey
natural.
Besa las manos á V. m., su verdadero servidor, Este-
van de Ibarra
(MS. del Sr. Conde de Valencia de _Don Juan.)
13.
CARTA DE MATEO VÁZQUEZ - AL REY.
El Pardo 12 de Diciembre de 1578.
DE MANO DEL REY.
Si fuere posible veré hoy
esto, que carga tanto y que-
1
Estéban de Ibarra (hermano
de D. Diego, Embajador en Pa-
rís) desempeñó á fines del reina-
do de Felipe II un papel impor-
tante, pero su situacion en la épo-
ca en que escribió esta carta no
nos es conocida : su nombre em-
pieza á aparecer en la historia el
ario 1589 como proveedor general
de las flotas de Portugal; en 1591
tuvo las mismas funciones en el
ejército castellano que penetró en
Aragon á las órdenes de D. Alon-
so de Vargas, con motivo de la
sublevacion de aquel reino en fa-
vor de Antonio Perez, y al ario
siguiente fué enviado á Flándes
como Visitador ó Investigador de
la inversion de fondos públicos,
cargo análogo á los anteriores.
Pero esta vez el nombramiento
de Investigador no fué, en rea-
S.
C. R. M.
•
•
•
lidad , más que un pretexto para
encubrir la comision más delica-
da é importante de dirigir, ó por
lo manos de influir en la conducta
del Archiduque Ernesto, que ha-
bia sido nombrado gobernador
de los Países-Bajos, Ibarra per-
maneció en aquel puesto tres
arios, siguiendo con Felipe II
y
sus ministros D. Cristóbal de Mo-
ra y D. Juan Idiaquez una in-
teresante correspondencia, que
existe en el Archivo de Simáncas.
Mr. G-achard, Director general
de los Archivos de Bélgica, tiene
anunciado que se propone publi-
carla. (HERRERA,
Historia gene-
ral del mundo,
parte nr, libro v,
cap vi n,
y
libro
VII,
cap.
XIX. -
GACHARD,
Correspondanee de
Philippe
Introduction.)
24
LA PRINCESA DE ÉBOLL
dóme de ayer tanto que no es
posible verlo agora y por esto
os vuelvo todas estas cosas sin
verlas, pues despues me ha-
veis relacion de ellas y querría
atender á las que acá tengo.
Una carta del Doctor Mi-
llo, por que no se olviden di-
ferencias, que paresce año
este dellas, aunque en mi áni-
mo no la ha havido con quien
allí dize
1
,
antes por haver yo
entendido que se mostraba
sentido de mí sin saber yo
de qué , dixe á Milio que
guando le viesse le dixese que
yo le besaba las manos, á que
respondió «es posible que se
acuerde de mí, dígale que no se acuerde tanto de mi. » Dio-
me Milie esta respuesta
y
para mas convencer al que se la
dió dixe á Milio que le tornase á hablar en conformidad con
lo que agora me scrive. No sé de que pueda nascer tanto
sentimiento ni tanto brio como aquel, si no es que muchos
que me han venido á dezir mal dél como me le dizen de
otros , no pudiendo yo excusar siendo ministro de V. M.
de oir á todos , han ido á él con alguna invencion tomando
el oficio del Demonio, que es meter cizaña entre los hom-
bres para que no seamos amigos; ó si es invencion del mis-
mo temiendo oficios contra él con V. M. que esto se paresce-
ria á lo que dezia el Vice-canciller hablando de D. Francés ;
y
si yo hubiera dicho á V. M. todo lo que se me ha dicho de
él fuera menester mucho tiempo para ello, pero he procurado
ir muy detenido y recatado en esta parte por buenos respec-
tos. Quizá de haber yo avisado á Escovedo que hablase al
4
Antonio Perez,
No se acierta á leer lo mas
de esta que la debió de SCri-
bir apriesa y yo leerla tam-
bien , pero debe ser como aquí
dezís. Y cierto debe haber rui-
nes terceros en el mundo y po-
co amigos de paz y quietud.
No hay tal como ir muy ca-
mino derecho en todo como yo
creo lo deveis de hazer.
APÉNDICES.
25
Presidente como V. M. me lo mandó ha resultado entender
algo, pero no paresce que se dexa esto creer , ni yo tengo
para que hacer caso de estos dichos
y
sentimientos, si no ir
por el camino derecho como hasta aqui lo he desseado
y
procurado en el servicio de V. M. á quien suplico me perdone
haber dado esta Tienta que por parescerme de qualidad que
no
se podia excusar, lo he hecho.
(MS. del Sr. Conde de Valencia de Don Juan.)
14.
* CARTA DE PEDRO NUÑEZ DE TOLEDO Á MATEO VAZQUEZ.
Madrid 26 de Diciembre de 1578.
ILUSTRE SEÑOR :
Hoy
á
hora de córner envió aquella gran señora
1
á decir
á
mi
hermano, que aunque ella recibiria gran merced en verle,
pero que por ahora lo dejase por cierta ocasion
que
le diría
doña Agustina ; y luégo despues de comer , vino su marido
á
decirle que aquella señora habia enviado
á
decir
á
su mujer
con un gentil hombre, que dijese á mi hermano que, aunque
estos dias habia recibido algunos billetes suyos
y
respondido
á
ellos , pero que de aquí adelante no la escribiese ni viese
jamás , porque quien en compañía de Mateo Vazquez trata
de acusar al portugués
2
la muerte de Escobedo , no puede
dejarle de tener por enemigo ,
y
que
ella tampoco entrase más
en su casa.
Olvidóseme de decir que mi hermano respondió al recaudo,
que él no trataba ahora de besar las manos de su Exc.', y
que por esto no tenía para qué saber de tercera persona el in-
conveniente ó ocasion que habia para
no hacerlo.
Presupuesto todo esto , y que debe haber alguna gran
La Princesa de Eboli,
2 Antonio Perez,
26
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
bellaquería contra V. m. y contra mi hermano , nos ha pare-
cido hablar al Arzobispo
y
decirle lo que pasó entre V. m. y
Escobedo y entre V. m. y nosotros; y como la resolucion
que V. m. tomó fué no querer encargarse del negocio ni es-
cuchalle, ni tomar papel ni escribir al Rey ni hacer otra dili-
gencia, sino solo dejar á Escobedo
in manu consilii sui ,
para
que, entendiendo el Arzobispo esta verdad, pueda desenga-
fiar las partes á quien toca , porque este cáncer no pase ade-
lante. No se pondrá en ejecucion hasta saber lo que á V. m.
le parece sobre todo, y así suplico á V. m. me mande de res-
ponder muy particularmente lo que es servido se haga
y
cómo,
porque tan gran maraña no enrede más cosas
y
más per-
sonas.
(MS. del Sr. D. Mariano de Zabálburu.)
15.
* CARTA DE PEDRO NUÑEZ DE TOLEDO -Á MATEO VÁZQUEZ.
Madrid 31 de Diciembre de 15781.
ILUSTRE SEÑOR
En aquella liga diz que entran el electo de Avila
y
Negrete,
y dicen así que se juntaban en esta casa á hacerla dos cléri-
gos, V. m.
y
yo ; un letrado , que es mi hermano, un. valien-
te, que es Negrete, y un simple, que es Suazo. Vea V. m.
si son buenos interlocutores para una comedia. Cada hora me
parece cosa de ménos fundamento y substancia, y en que sé
cierto que la parte ofendida no tiene culpa ninguna , como
V. m. apunta muy bien en su papel que vuelvo aquí.
Hablé á aquel gran personage en ello , y díjome tres cosas
4
En la coleccion de documen-
tos inéditos del Sr. Salva ( tomo
56) esta carta ha sido publicada
equivocadamente con fecha de 31
de Diciembre de 1579.
APÉNDICES.
33
22.
* CARTA DEL DOCTOR MIMO - á MATEO VÁZQUEZ.
Madrid 5 de Febrero de 1579.
ILUSTRE SEÑOR:
•
•
•
•
•
•
•
•
•
•
Ayer de mañana estuve una grande hora con el señor doc-
tor Carbajal, y le dí muy particular cuenta de todo. Espantó-
se de la gallardía de aquel caballero, aunque dice que ha sen-
tido en la Princesa que no quiere bien á V. m. Siente en ex-
tremo cualquier disgusto de V. m. ,
y
he conocido dél que no
vive V. m. engañado en la confianza que hace de su amistad;
porque entiendo dél que la hará á V. m. en todas las ocasio-
nes que se ofrecieren en que podella hacer ;
y
ha sido acerta-
do de dalle cuenta de lo que pasa, porque trata con mucha
gente,
y
es bien que esté advertido , para saber lo que ha de
decir cuando oyere hablar en ello.
Entiendo que el señor Pero Nuñez dijo á Scobar lo que
m. habia dicho á su hermano ; de ahí debe de asir aquel
caballero. Dios lo encamine todo como más se sirva.
•
•
•
•
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•
.
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•
•
(11J8, del Sr. D. Mariano de Zabálburu.)
23.
* CARTA DEL DOCTOR MILIO
MATEO VÁZQUEZ.
Madrid 6 de Febrero de 1579.
MUY ILUSTRE SEÑOR :
La Princesa aplazó anoche al Embajador para las tres de
la tarde, y fijé al plazo. liase hallado allí el Secretario Antonio
5
34
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
Perez ; en fin háse dado y tornado largo. Antonio hizo gran-
des protestos de que le pesaba que no podia servir al Emba-
jador en esto como desea, que en cualquier otra cosa lo ba-
ria; que lo que podia hacer por su Sefioría era que perdonaba
á V. m. y á los huéspedes ,
y
que agora ni en ningun tiempo
daria mal por mal, ántes procuraria dar bien por mal. Res-
pondió el Embajador que en esto no hacia nada
por ; por-
que perdon presuponia ofensa, y que las partes no confiesan esta,
y
que
él no creia en ninguna manera que la tenian. Afirmá-
ronse la Princesa
y
él que sin duda la tenian V. m.
y
los hués-
pedes, y que no procuraban esta amistad sino para podelle
ofender mas, y tornó á pedir al Embajador que no le apreta-
se mas , porque este era negocio que le tocaba á la honra y
á la vida. Remató la Princesa ; « dejemos agora esto hasta que
se acabe esto de Escovedo; entónces podrá ser tratar deste
negocio.» Han estado de cerca de dos horas altercando so-
bresto; al fin se ha venido el Embajador descontento de no
haber podido servir á V. m. como lo desea, y hará en cual-
quier ocasion que
V
m. le diere para ello. Paréceme que bas-
ta lo hecho,
y
que se podrá dar cuenta dello á las personas á
quienes paresciere á V. m. que será bien. Cuya muy Ilus-
tre persona
(MS. del Sr. D. Mariano de Zabálburu.)
24.
* CARTA DE PEDRO NUÑEZ DE TOLEDO - Á MATEO YAZ-
QUEZ.
7
de Febrero de 1579.
ILUSTRE SEÑOR :
*************
•
•
Hará mi hermano las diligencias que V. m. manda , y con
el confesor tratará si quiere dar cuenta de todo á Su
Mages-
tad , que sería de gran importancia ;
y
si no , veremos por
APÉNDICES.
35
qné medio será bueno dársela , y en el entretanto V. m. man-
de escribir á Milio que pida al embajador del Emperador que
hable al Arzobispo
y
le diga todo lo que ha pasado y lo que
él entiende del negocio, concertando que antes se vea mi her-
mano con él, para que le refresque la memoria de lo que ha
de hacer
y
decir y con esto me parece que nos podemos quie-
tar , encomendándolos mucho á Dios , para que los alumbre y
dé su gracia con que no le ofendan.
(MS. del Sr, D, Mariano de Zabálburu.)
25.
* CARTA DE PEDRO NUÑEZ Á. MATEO VAZQUEZ.
Madrid 8 de Febrero de 1579.
Anoche estuvo mi hermano con el Conde de Chinchon ,
y
á cierto propósito se vino á hablar en la maraña de Antonio
Perez , en la cual quedó tan satisfecho como los demás , y le
dijo que él hablaria pocas palabras en ello ; pero que serian
pesadas y las asentaria en parte donde harian fructo , y que
á V. m. le deseaba servir , porque el lugar que tenia le reco-
nocia de mano de V. m., y que el agradecimiento habia de
llegar á la sepultura. Desta manera se han desengañado per-
sonas graves, lo cual es causa de hacer la nuestra mucho
mejor. Dios nos ayude y les dé luz para que conozcan el en-
gaño en que están.
(MS. del Sr. D, Mariano de Zabálburu.)
36
LÁ PRINCESA DE ÉBOLI.
26.
'
1
CARTA DEL DOCTOR MILIO - Á MATEO VÁZQUEZ.
Madrid 10 de Febrero de 1579.
Anoche recibí el despacho de V. in. , y hoy he hablado al
Embajador. Dice que procurará veer al Toletano y procurará
trabar plática, por donde venga á tratarse deste negocio, que
entónces hará el oficio que conviene. No le paresce por algu-
nos respectos tratar este negocio de propósito.
Al doctor Carvajal he hablado y dádole cuenta de todo lo
pasado : dice que estará advertido para hacer en las partes
adónde le pareciere convenir, los oficios necesarios. Me dice
le envió á visitar ayer la Princesa con los duques de Pas-
trana
y
Francavila, que está en casa con un poco de ca-
tarro.
•
(MS. del Sr. D. Mariano de Zabálburu,)
27.
* CARTA DE AGUSTIN ALVAREZ DE TOLEDO ---• Á MATEO
VAZQUEZ.
Madrid 13 de Febrero 1579.
...
•
•
•
•
•
•
•
Tambien hice la misma diligencia con el confesor, con el
cual están las espaldas seguras, y yo contentísimo de lo que
estima á V. m. persona, ministerio,
y
prudencia con que
se emplea en él , y cuán necesario es para grande alivio de
Su Magestad.
Estas, señor, son las diligencias á mi parecer sustanciales,
y
no sé, fuera dellas, cuales convendrá hacer sin mirarlas
y
APÉNDICES.
37
pesarlas mucho, como se hace todo lo que pasa por el juicio
y
eleccion de V. m. debajo de cuya correccion soy siempre de
parescer que no nos inquietemos con cada cosa que dice el uno
y
se le antoja al otro.
Vuelvo aquí todos los papeles que V. m. ha mandado,
y
los demás han padescido en fuego, como tambien quie-
re V. m. que sea y muy justamente. Guarde Nuestro Se-
ñor, etc.
(MS. del Sr. D. Mariano de Zabálburu.)
28.
* CARTA DE AGITSTIN ALVAREZ DE TOLEDO — Á MATEO
VÁZQUEZ.
Madrid 13 de Febrero de 1579.
ILUSTRE
SEÑOR
En esta ausencia de V. m. han levantado una grande ven-
tisca la señora Princesa de Eboli y Secretario Antonio Perez,
de la cual no he querido dar cuenta , por parescerme que no
tenia substancia para hacer caso della, y porque tambien tuve
por imposible que perseverase un momento cosa tan sin fun-
damento; pero viendo ya que no solo la procuran sustentar,
sino que antes la van fomentando cada dia con nuevas pre-
venciones, me ha parescido conveniente que lo sepa V. m. todo,
y aun necesario informar de la verdad á Su Magestad, si bien
no lo está ya de lo contrario.
Y es ansí que habiendo ó imaginado ó entendido Antonio
Perez que Escobedo ha querido pedirle la muerte de su pa-
dre, él y la señora Princesa de Eboli han publicado que tra-
ta dello , persuadido del consejo de V. m., de mi hermano y
mio , y otras veces dicen que intervinieron en él, duque de
Alba, obispo de Avila, Comisario general, Zuazo, Negrete
y
otras personas , la variedad de las cuales es muy claro argu-
mento que dicen lo que imaginan y no lo que ha sido ni pue-
de ser verdad.
38
LA PRINCESA DE É BOLI.
He procurado desengañarlos por medio del embajador del
Emperador, el cual , bien informado de la verdad , procuró
persuadir á la señora Princesa y á Antonio Perez juntos el
agravio que nos han hecho en lo que han dicho
y
creido , y la
obligacion que tienen de ó tenerse por satisfechos , ó mostrar
con evidencia el fundamento que tienen para lo contrario , y
no queriendo hacer lo uno ni lo otro , dicen -últimamente que
se procura su amistad para hacerles mayor daño so color della,
siendo cosa tan indigna (le la profesioi:i de todos,
y
de que
debiese caer en su imaginacion cosa tan fea.
Habiéndolo dejado en este estado, me paresció dar cuenta
de todo al señor presidente del Consejo y al padre fray Diego
de Chaves, los cuales quedan muy desengañados de lo que
ya les habian dicho,
y
juzgan por cuasi imposible que tan
sin propósito se haya hecho ni imaginado de nuestra parte
lo que dicen.
Y no contentos con lo pasado , ó mal satisfechos del poco
crédito que se dá á ello, me dijo el señor Presidente que le
habian dicho que, estando yo un dia con la señora Princesa,
habiamos pasado una grande borrasca sobre esta materia
,
siendo ansí , como lo certifiqué á su S.
a
fiLma
y
es
es verdad,
que palabra ni imaginacion della no se habló en esta mate-
ria, ni la S.
a
Princesa me la preguntó , ni yo se la respondí,
sino tan léjos della como el cielo de la tierra, ni puedo creer
que. su Ex.
a
diga otra cosa, corno pudiera ser , habiéndolo
entendido diferentemente si se le hubiera hablado en ello.
Todo lo cual es muy bueno que suceda tan al revés, pues
se acordará V. m. que lo que realmente pasó es que V. m.
nos dijo á mi hermano y á mi la cuenta que le acababan de
dar de la pretension de Escoveclo , cerca de pedir por justicia
la muerte de su padre , á quien y con qué fundamentos, para
saber de nosotros lo que, siendo clérigo y ministro , debia
V.
ni. hacer; y que aunque al principio paresció pedir por
escrito todo lo que habian dicho á V. m. de palabra, por
entender más claramente que no era de sustancia ninguna;
7
pero últimamente se resolvió V. m. de no meterse ni hablar
más palabra en ello que fuese ó dejase de ser, ántes de di-
APÉNDICES.
39
vertillo, advirtiendo que, por la gravedad del caso, era nece-
sario muy grande fundamento,
y
muy mayor siendo contra tal
persona. Y porque esta buena obra, hecha con pecho
y
ánimo
tan cristiano, celoso de la paz y de la conformidad , no se
podia pagar con otra tal, la han convertido en querérnosla
hacer tan mala cosa que cierto me espanta, y no ménos á
cuantos hablan en ello que saben la verdad , la cual nos sa-
cará á muy buen puerto y experimentarémos la que Sant
Pablo dixo. Omnia
monda mundis.
V. m. será servido de estar advertido de todo, para pro-
ceder en ello como más convenga al servicio de Ntro. Señor
y
de Su Magestad,
y
para que cese algun escándalo que
nasce desto
y
el que podria resultar. Guarde Ntro. Señor, etc.
(MS. del Sr. _D. Mariano de Zabálburu.)
29.
* CARTA DE JUAN FEBN.ANDEZ ESPINOSA
--Á MATEO VAZ-
QUEZ.
18 de Febrero de 1579 1.
SEÑOR :
Dixome el Presidente de Ordenes
2
que le habia visitado
el Secretario Antonio Perez en esta enfermedad , y prevení-
dole para peticion de hábito ó por hijo de Gonzalo Perez y
nieto de Bartolomé Perez , ó por hijo de Huy Gomez, afir-
mándose en que por cualquier parte destas lo podia muy bien
tener y traer, y que era plática que tenía ya comenzada con
Su Majestad el marqués de los Velez ,
y
que la respuesta de
Su
Magestad habia sido por entónces :
creo que era su padre
Esta carta no tiene fecha en
el
original, pero se conoce haber
sido escrita en 18 de Febrero por
servirla (le contestacion otra de
Mateo Vazquez , de 19, publicada
en la
Coleccion Salva,
tomo 56,
página 145, que no se reproduce
por carecer de importancia.
2
D.
Antonio de Padilla, del
Consejo Supremo de Castilla,
Presidente de los Consejos de
Ordenes
y
de Indias.
40
LA PRINCESA DE ÉBOLI,
clérigo cuando le hubo,
y á esto responde él que no , sino que
era soltero,
y
diz que tambien le habló en la queja que tenía
de V. m.;
y
aunque yo esperé que viniera á algo particular,
no vino , ántes á este propósito me dixo que de aquello tenía
guardado para decir á V. m. de palabra.
.
.
Y díxome tambien que en la plática se habia atravesado
hablar del arzobispo de Toledo, y que él le habia dicho lo
mucho que le havia ayudado para lo del capelo, interpretan-
do el Presidente de Ordenes que aquello era para advertille
que podia y hacía amistad á quien le valia
y
hacía por él.
...........
•
•
•
•
•
•
Contóme el Presidente á la clara que havia mucha amistad
entre don Pedro su hermano , y el Secretario Antonio Perez,
y
que á el dicho su hermano decia Antonio Perez de ordina-
rio aquello de la amistad que el Presidente hacía á V. m., y
la sospecha de la del duque de Alva;
y
áun llegó á decirme
que creia que se aconsejaba con el hermano en lo del andar
recatado, de manera que solo lo que entiendo que me reservó
fué los puntos del Secretario Escovedo contra él (si se los
dijo , que no lo sé; pero infiérolo de haberme dicho que lo
habia de decir de palabra á V. m.). Díceme que le dixo que
en aquello del hábito le ayudaria en todo lo que buenamente
pudiese ,
y
en otra cualquier cosa que el Rey le preguntase,
y él le pudiese ayudar cuando estuviese más satisfecho de su
habilidad y suficiencia por trato particular de papeles. Hago
yo cuenta que el hermano del Presidente le debe de haber
puesto al Presidente
en consideracion
en la amistad con An-
tonio Perez , y que , corno entra esta plática en tiempo que él
está tan adelante en el amistad con V. m., y es V. m. tanto
más á su modo , y está presente él á esto de Escovedo, que
aunque todos le deben de tener por no verdadero , como toca
tales puntos , no dejará de recelarse quien quiera que le oye-
re
se detendrá
en la dicha amistad; pero creo yo que Antonio
Perez , corno quien siempre se ha valido de personas coloca-
das, y para prevenirse del caso presente y de lo de adelante,
y para sostenerse y pasar adelante, que no cesará de hacer
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APÉNDICES.
41
amigos los más que pudiere, y que el marqués de Aufíon
hará oficio por él demás del don Pedro; y tambien considero
que es gran sciencia en lo que vá Antonio Perez , en cuanto
á no dejar de acudir á los que más amigos piensa que son de
V. m. ; porque el Presidente de Ordenes está reputado por
tal, y yo en
más rata parte
soy muy conocido, y que si la
fortaleza de las amistades no se conserva en su punto, que
son estos acometimientos de consideracion. Ibame dando in-
tencion el Presidente de que yo escribiese todo lo que habia
pasado él con Antonio Perez, y salíle al camino y díxele que
lo escribiese á V. m. de su parte
y
de la mia para un rato de
conversacion.
(MS. del Sr. D. Mariano de Zabálburu.)
30.
* CARTA DEL SR.
D.
ANTONIO PAZOS PRESIDENTE DEL
CONSEJO REAL DE CASTILLA — AL REY.
Madrid 7 de Marzo de 1579.
DE MANO DEL REY.
No os he respondido ántes,
porque habiendo de venir ayer
acá el personage, quixe pri-
mero entender del lo que ha-
bia, y él me dijo lo mismo que
aquí decís, y tambien he que-
rido este tiempo para pensarlo
bien ; y por cierto que quanto
más
lo pienso, más confuso
me hallo; porque de una par-
te y de otra hay grandes con-
sideraciones , y no puedo aca-
bar de ctquietar bien mi con-
S.
C. R. M.
Esta tarde stuve con aque-
lla persona, y todos dos tra-
tamos el negocio
y
resolucion
dél, y hallámosnos muy con-
fusos de ver que cresce la
pertinacia del hombre, cuan-
to con mayor blandura con él
se procede;
y
tenernos sospe-
cha que la hembra es la leva-
dura de todo esto, y ansí lo
entenderá V. M. por los seis
villetes suyos que con éste
van , que ella embió al per-
42
LA PRINCESA DE ÉBOLI.
ciencia á poder venir en lo de
Italia, sin más reformacion;
pero porque ha dias que no he
visto la que paresció á los que
se juntaron á ello, y otros me-
moriales que tengo sobrello,
quiero tomar estos dices de re-
cogimiento para verlo bien todo
y pensarlo. Tambien en este
tiempo me confesare y comul-
garé y encomendare á Dios,
para que me alumbre y enca-
mine, para que tome en pasan-
do la pascua la resolucion que
nzás convenga á su servicio y
al descargo de mi consciencia
y bien de los negocios , que es
solo lo que he tenido en este,
aunque ya me lleva un poco
ver que este negocio anda pú-
blico, que no podia ser ménos,
tratándose con muger, y que
será muy mal ejemplo , y mu-
cha desautoridad ver que por
tales caminos y formas se sa-
len con lo que se les antoja y
les vale el haberme querido
tomar en el mayor tiempo de
necesidad y por hambre , ques
cosa que me ha parecido muy
ramal, y con que se ha perdido
mucho crédito comygo ; y pues
hoy habrá junta acá , despees
della lo podreis tratar todo
con el pez sonage y (hen leerle
lo que aquí digo , y tomarse
resolucion entre vos y
a
de lo
sonage y él me los dió á mí,
con asegurarle que sólo V. M.
los venia; y pésame mucho
que son de tan mala letra que
darán fastidio
á
Y. M.,
á
quien suplico tome en pacien-
cia algunas cosas de las que
en ellos leerá, que al fin son
dichas por muger libre é que
no teme nada : en fin, ella da
á entender que con lo del es-
tado ha de dar V. M. de mer-
ced tres mili ducados en cada
un año, que ella le offresce
otros tres. V. M. verá lo que
en esto habrá de hacer, que
lo que al personage y á mí
paresce es que V. M. tome
resolucion de darle lo de Ita-
lia con la reformacion que
está hecha : que esto (á nues-
tro juycio) tiene ménos in-
conviniente que lo demás ; y
con el tiempo y occasiones
tendrá V. M. lugar para po-
dello más reformar guando
quisiere é le paresciere con-
venir, y con esto se aquietará
el hombre
y
asosegará sus
designos.
Y
guando esto
V.
M.
no fuere servido hacer,
séalo en darle buena licencia
é haga cuenta que murió ,
y
ansy se provea de quien le
sirva en su ministerio : que
pues no hay otro remedio, es
bien abrazar este y salir de
APÉNDICES.
49
Al papel vuestro que tuve
cosa alguna, sino que
V. M.
anoche no puedo responder ,
hiciesse dél libremente corno
por ser largo y andar tan ocu-
de criado que tan verdadera-
pado,
assí lo dejare' para
mente le Labia servido é ser-
responderos de palabra, en
viria , confiando del Real áni-
pudiendo llaniaros.
mo de V. M. é de lo que sus
servicios han merescido, que
V. M. le hará merced, la que
verá que conviene
y
es necesaria á la restauracion de su hon-
ra y estimacion en el mundo, que todo queda en mano de
V. M. Heme holgado entender esto dél, y fio mucho del áni-
mo con que me lo dijo;
y
atrévome á decir que agora es bien
que V. M. con más larga mano de lo que habia determinado,
lo honre; y esto suplico yo á V. M. con todas las veras que
puedo, y tomo licencia de siempre acordarlo á V. 31 De casa
á 29 de Abril 1579.
(
g
reta. de Shodneas.— Patronato eclesiástico.—
Legajo
reúna. lo.)
33.
* CARTA DE
D.
ANTONIO PAZOS - AL REY.
Madrid 30 de Abril de 1579.
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.
.
......
.
Esta malaria , venido del Consejo , envié á llamar el hom-
bre, y le mostré lo que V. M.
y
espondia á su particular en
el punto que ayer conmigo resolvió. iolgósse infinito de ver
y entender las favorecidas palabras con que V. M. mostraba
satisfaccion de la resolucion que habia tornado, y de nuevo
con grandes alientos se ofresce á servir cómo é de la manera
que V. 31. quisiere; y creo cierto ,
y
me prometo de su hi-
dalgo ánimo
y
voluntad, que lo hará mejor que hasta aquí,
si lo passado puede tener mejoría,
y
podrémos decir por él lo
4
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