Reflexiones de un poeta sobre masculinidad
Abstract
Ante la imposibilidad de hacer teoría, para la que no estoy preparado, he decidido confrontar la teoría clásica feminista con mis propias vivencias y hacerme una serie de preguntas, algunas de las cuales presentan respuestas parciales o aproximadas, pero ciertas en lo que a mí se refiere como macho de la especie. La sociedad, la familia patriarcal y mi propio yo se confrontan. De ello surge una nueva visión de mi “ser hombre” sin ser el macho de turno.
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REFLEXIONES DE UN POETA SOBRE MASCULINIDAD1 Felipe L. Aranguren2 Para Fisa, que me enseñó un mundo. RESUMEN Ante la imposibilidad de hacer teoría, para la que no estoy preparado, he decidido confrontar la teoría clásica feminista con mis propias vivencias y hacerme una serie de preguntas, algunas de las cuales presentan respuestas parciales o aproximadas, pero ciertas en lo que a mi se refiere como macho de la especie. La sociedad, la familia patriarcal y mi propio yo se confrontan. De ello surge una nueva visión de mi “ser hombre” sin ser el macho de turno. Palabras clave: Masculinidad, Amor de madre, El joven macho, Matar al niño, Alienación ABSTRACT Facing the impossibility to make theory, para la que I'm not prepared, I have decided to confront the feminist clasical theory with my own experience and ask myself a set of questions, some of which show a partial or aproximate answers, but true for me as a male of the species. Society patriarchal family and my own vision confront themselves. 1 Texto que resume la Conferencia del autor en el Ciclo 20 años del SIMS 2 Sociólogo y poeta. La inclusión de “poeta” en el título es responsabilidad de la directora de la revista ©Universitat de Barcelona
From that confrontation a new vision of my “ being a man” appears without being the typical “macho”. Key words: Masculinity, Mother Love, The young male, Killing the child, Alienation PESO ANCESTRAL de Alfonsina Storni Tú me dijiste: no lloró mi padre; Tú me dijiste: no lloró mi abuelo; No han llorado los hombres de mi raza, Eran de acero. Así diciendo te brotó una lágrima Y me cayó en la boca… más veneno Yo no he bebido nunca en otro vaso Así pequeño. Débil mujer, pobre mujer que entiende, Dolor de siglos conocí al beberlo; Oh, el alma mía soportar no puede Todo su peso. ©Universitat de Barcelona
La masculinidad como género se refiere a los papeles socialmente construidos que, al ser educado en ellos, hago míos. Estos papeles se construyen y transmiten en la familia, la escuela, la sociedad y el trabajo, la religión y los medios de comunicación. Yo no soy persona, en sentido estricto, hasta que interiorizo, evidencio, acepto o critico lo social, hasta que lo hago exterior, es decir, lo hago político. La sociedad `patriarcal es represiva y está marcada por la dominación. Así, lo que representa el poder es meramente dominación, tanto sobre uno mismo como sobre otras personas. Esta dominación que se ejerce en el poder está teñida de agresividad, concretamente de lo que Herbert Marcuse llama “agresividad excedente”, algo que va más allá de la agresividad natural de la especie humana, depredadora por naturaleza. Esta agresividad excedente se demuestra en forma de violencia que se ejerce sobre uno mismo y sobre otras personas. En esta sociedad los valores de agresividad dan paso a la violencia cuando esta se presenta como solucionadora de conflictos, de la cual la mejor expresión es la guerra. Según Marina Subirats “los hombres matan a las mujeres porque se matan más entre ellos”, tanto en las guerras como en el trabajo, los deportes de riesgo, por medio de homicidios o suicidios. De todo ello emana la aceptación de la agresión, el sometimiento a la ley del más fuerte. La teoría darwiniana ha hecho un flaco favor en este sentido, ya que presupone la aceptación del axioma que define la supervivencia de los más fuertes y adaptados frente a los débiles. Sin embargo, parece claro que si la especie humana pudo prosperar en los primeros tiempos fue más bien por el apoyo mutuo entre los miembros de las tribus, como muy bien señaló Piotr Kropotkin. Y sólo cuando la especie se impone sobre la naturaleza surge la dominación de unos sobre otros en el seno de la propia especie. Según Michael Foucault “la psique es una construcción histórica” basada en la etnia, la clase, el sexo, etc, pero no especialmente a nivel genético o psicológico. ©Universitat de Barcelona
Todos estos valores están enraizados con la idea de masculinidad, que se convierte en paradigma y modelo para toda la humanidad. Y así, ante la igualdad de derechos para hombres y mujeres, surgen aquellas mujeres que interiorizan los valores masculinistas sin criticarlos y terminan siendo mujeres militares o “mujeres Thatcher”. La sociedad transmite estos valores que son preexistentes a la persona, ya que la sociedad existe antes que el individuo concreto. De esta manera la identidad y la subjetividad quedan sometidas a esos valores anteriores a nuestro nacimiento, donde se educa a cada persona para ser la persona “adecuada” y con una personalidad “conveniente”. En un sistema que tiene el egoísmo como motor centra y donde el miedo y la culpa son alimentados por gobiernos y religiones, el medio no permite construir la propia identidad. Por tanto “realizarse” como persona es imposible. Se producen sujetos en serie, productores y consumidores, cuyo fin es la alienación del individuo. El control sobre los cuerpos (biopoder) se convierte en control sobre la vida entera del ser humano, donde lo masculino deviene en la articulación de cuerpo, saber y poder con el objetivo de la dominación típica del sistema capitalista patriarcal. En este sistema es básica la destrucción de los procesos empáticos, cosa que facilita la idea de la inevitabilidad de las injusticias y proponen la violencia como solución a los problemas. Además el sistema estructurado política y económicamente se presenta como un sistema sin alternativas, lo que impide pensar en soluciones de cambio. Todo ello genera más y más alienación. Aunque es evidente que la familia está cambiando, (divorcio, de hijo único, con la desaparición de la familia extensa, etc), yo crecí en una familia de siete hijos, primos a porrillo, tíos, abuelos y demás parentela, donde los papeles venían dados y en una sociedad autoritaria, la franquista, modelo perfecto de poder represivo. Intentaré confrontar la teoría clásica feminista con mi propia existencia y de ello extraer una ©Universitat de Barcelona
cierta verdad y unas posibles conclusiones. Como todos los intentos de aquellos que no podemos construir teoría no carecerá de errores. La teoría dice que el padre es el amo y constituye la autoridad máxima. Por definición no hace nada en casa y siempre toma las decisiones finales. Es poderoso (entre otras cosas es el que aporta las finanzas a la familia). Es castrador con su mujer y con sus hijos, haciéndoles sentir su superioridad. Marca su distancia. Se mantiene por encima de los demás y no debe dar explicación de sus decisiones. De esta manera la masculinidad se expresa como distancia y se ejerce en el poder (en la familia y con los otros machos dominantes). Eso infantiliza al hijo macho quien, al quedar dominado y fascinado, procede a identificarse con el padre y aprende de él gestos, maneras y procedimientos. Si todo ello es así, yo, joven macho, procedo a integrar el complejo de Cronos. Pueden producirse entonces dos cosas: que el hijo mate al padre (síquica o físicamente) o que el hijo mate al niño que hay en él. Esta segunda posibilidad es la que se produce mayoritariamente. Para ser “hombre” hay que sofocar y matar al niño que soy. Eso me impedirá desarrollar mi afectividad. No sólo se me castra, sino que suicido mi niñez. La teoría dice que la madre es pasiva. Que no pasa de ser una función del padre. Y así es como la percibe el joven macho que sabe que nunca será como su madre (si acaso como su padre). El resultado es que el amor de madre que la hembra siente por su cría, el joven macho lo entiende como algo que no hay que ganárselo, ya se sabe como son las madres, así que no valora dicho amor. Lo tiene a pesar de todo y haga lo que haga. El joven macho quiere a su madre, claro, pero no la valora y la considera inferior. La mayoría de los hombres machos consideran el mentar a la madre como el peor de los insultos. La madre es sagrada y las otras… bueno, las encontramos en la calle. Y tal vez por eso muchos hombres buscan a su madre en las otras mujeres. ¿Así que amar a mi ©Universitat de Barcelona
madre me educa y facilita el amar a las mujeres? No puede ser, porque la considero inferior. Si mi madre estaba frustrada, ¿aprendí yo amándola a no frustrar después a las mujeres? Si mi madre me quiere porque sí, con su enorme amor de madre ¿eso no puede darme la idea de que las demás mujeres deben quererme también por mi cara bonita? En cualquier caso la cuestión que al joven macho le importa es adquirir status de macho dominante en la sociedad. Los papeles para ello se adquieren pronto. Mi masculinidad proviene en gran parte de mi padre, la aprendí en la infancia y se vive en el sistema. Esto hace vivir en permanente estado de inseguridad (vulnerabilidad, miedo), a la defensiva. Ser hombre es, antes que todo, no ser mujer ni maricón y despreciar los valores de ambos. Tener cojones. El hombre se desvaloriza al aceptar papeles femeninos y desconfía del buen entendimiento entre mujeres y homosexuales. ¿O es pura envidia? El caso es que el hombre queda al margen. La masculinidad es la no implicación afectiva, recordemos que los niños machos no lloran. Hay que reprimirse. Esta represión lleva a la masculinidad excesiva y obsesiva, que se refuerza a sí misma. Hay que ser “fríos”. Ello implica una vigilancia estrecha sobre mí mismo. En ese momento yo, joven macho, llego a la auto represión y a la alienación de mi “ser posiblemente otro”. Me cargo de hostilidad y culpa porque sé que fallo. Me acorazo de miedo hacia los demás y hacia mí mismo. No existe la empatía. Me encuentro solo y aislado. Pero como el poder se garantiza en el ejercicio de la violencia legítima y es valorada altamente yo, macho joven, me valorizo en el uso de la violencia. Cuando ejerzo la violencia paso de objeto a sujeto activo, adquiero status. Y todo ello teniendo como objetivo el poder, el control, el dominio. Así que en centro de mi autoestima como joven macho aspirante a macho dominante hay una enorme represión. Lo que se llama “ser dueño de mí”. Uno se ©Universitat de Barcelona
implica con el medio, la abstracción, la independencia (incluso hasta el egoísmo y la egolatría), el pensamiento técnico, el razonamiento teórico y la gestión del tiempo. Obligaciones permanentes, el beneficio, la necesidad de ser reconocido, son mi campo. Y soy el primero en competitividad y fuerza. Yo sé que todo ello es pura alienación, pero no importa. Recordemos que el objetivo, el poder, merece la pena. Todos los hombres hemos sido sometidos, golpeados o vejados. Lo hemos sufrido y hemos aprendido a hacerlo. Los hombres, como nuestros genitales, nos proyectamos hacia afuera. Por eso es tan importante un pene grande (para nosotros) Porque la masculinidad no es un espacio interior (¿un útero?), sino una proyección de poder. Y por bajo que esté uno en el escalafón de los machos siempre estarán las mujeres y los hijos como dominación del reprimido-alienado. Incluso en los mejores casos sabemos que las mujeres quedan prendidas de sus afectos, dependientes (sean madres o esposas). Nosotros sabemos que las mujeres buscan el imposible de la felicidad posible y que eso las llevará a la frustración al percatarse de que el hombre ideal no existe. Nosotros sabemos que las mujeres quieren ser valoradas y conquistadas, pero en mi triunfo puede estar mi derrota y tal vez “ella” sea más feliz sin mí. Todo ello no hace más feliz al hombre y somete a la mujer. Esto me lleva a la gran pregunta. ¿Estoy satisfecho de ser hombre y de ser el hombre que soy? Si me contesto que desde luego es mejor ser hombre que mujer, estoy fallando el test. Sólo la respuesta “No” es posible. Uno se da cuenta de que hay que matar al niño que fui y me conformo (me alieno) con ello. Yo desconfío de la gran fraternidad de los hombres, del clan, del macho entre machos. Vivo en un terreno de pugna, de competición, jerarquía, poder y dominación. Esta sociedad impone valores que hay que eliminar. Y lo primero es ejercitar la autocrítica, ya que la aceptación de la alienación como solución es falsa. Como lo es el mero reparto de papeles sin que ©Universitat de Barcelona
toquemos el poder y la propiedad. La crítica de las tradiciones y religiones, la aceptación de que el macho que soy no es un macho convincente. ©Universitat de Barcelona