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EDMUNDO O’GORMAN Y GIAMBATTISTA VICO Conrado Hernández López Para el historiador mexicano Edmundo O’Gorman la reflexión filosófica se constituyó en un arma o en un instrumento, cuya eficacia y necesidad surgieron de la lectura de diversas interpretaciones de los procesos históricos y de las meditaciones acerca de su naturaleza y su sentido. En su juventud O’Gorman se entusiasmó por el historicismo, pero posteriormente prefirió no adscribirse a una corriente o escuela específica sino a una tradición. Para O’Gorman, Vico forma parte del linaje de los historiadores a quienes no interesa la historia comprobada sino la historia comprendida, no la constatación rigurosa de los hechos, sino su articulación en la dinámica global del pensamiento. Por eso ambos tienen coincidencias en sus reflexiones sobre la naturaleza del conocimiento histórico, la función de la imaginación, los métodos para entender la diversidad cultural y, sobre todo, el problema de aprehender una “universalidad racional” que no se limite al orden técnico–instrumental. PALABRAS CLAVE: Vico, Edmundo O’Gorman, historicismo, historia, pensamiento hispánico. According to the Mexican historian Edmundo O’Gorman, philosophical reflection was constituted as an arm, or as an instrument, which’s efficacy and necessity emerged from different interpretations of historical processes, and from meditations as to its nature and meaning. In his youth, O’Gorman was enthusiastic about historicism, but later we preferred not to be ascribed to any specific trend or school, but to a tradition. O’Gorman considers Vico as one of those historians who are not interested in history as something to be checked, but as something to be understood; not in the rigorous confirmation of facts, but in its articulation in the global dynamics of thought. Therefore, there are coincidences in their reflections on the nature of historical knowledge, the function of imagination, the methods to understand cultural diversity and, mainly, the problem of getting an ‘universal rationality’ which would not be limited to the technical or instrumental order. KEYWORDS: Vico, Edmundo O’Gorman, historicism, history, Hispanic thought. La obra del historiador Edmundo O’Gorman (1906–1995) es una de las más interesantes y originales de México en el siglo XX1. En este caso, la originalidad se entiende en dos sentidos: por una parte, en la manera muy personal de buscar la coherencia entre su idea de la historia y la práctica de su oficio, y por la otra, en su 123Cuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007) Sevilla (España). ISSN 1130-7498 © Conrado Hernández López Edmundo O’Gorman
capacidad para percibir el nexo entre la actividad intelectual y las circunstancias vitales de cada momento histórico. En general, sus investigaciones y reflexiones se sustentaban en una particular concepción de la historia. En ésta, el conocimiento del pasado, como una “función de la vida”, debía ser significativo (y no sólo descriptivo) y proporcionar respuestas significativas a las preguntas fundamentales de la vida y de la cultura. Ejemplo de erudición, O’Gorman partía de un repertorio amplio y personal de obras filosóficas e históricas. Se interesó por las corrientes del pensamiento de su tiempo, lo que dejó una honda huella en sus primeros libros, pero también por las ideas recibidas de la tradición. Después de todo, ésta constituye el punto de partida para alcanzar una verdad no desligada de la vida y de sus exigencias. En su juventud O’Gorman se entusiasmó con el historicismo (en el camino abierto por Ortega y Gasset) como una corriente innovadora; pero posteriormente prefirió adscribirse no tanto a una corriente o escuela como a una tradición o un linaje: la “estirpe” de los historiadores para quienes “[…] la verdad del pasado no se halla en el suceso mismo, menos aún en el documento, sino en la visión eidética de quien contempla, con los ojos del espíritu, el gran espectáculo del vivir humano para discernir, por debajo de su agobiante y caótica multiplicidad, un proceso unitario encaminado hacia la plenaria realización del hombre”2. En este contexto, el objetivo del presente ensayo es señalar algunos rasgos de la manera en que O’Gorman enmarca su postura sobre el conocimiento histórico en una tradición de la que forma parte otro pensador paradigmático en la cultura occidental: Giambatistta Vico (1668–1744), el historiador y filósofo napolitano también asociado con diversas formas de concebir la historia por otras generaciones de filósofos e historiadores. O’GORMAN Y EL HISTORICISMO O’Gorman formó parte de la misma generación de historiadores de Silvio Zavala, José Fuentes Mares, Francisco de la Maza, Wigberto Jiménez Moreno y Leopoldo Zea, entre otros. Estudió derecho como la mayoría de ellos, y ejerció como abogado antes de dedicarse profesionalmente a la historia en 1938 (no es raro que sus comentaristas y críticos destacaran la estructura jurídica de sus argumentos). En los años cuarenta, O’Gorman vivió el proceso de “institucionalización” de la cultura mexicana impulsada por los gobiernos de la revolución y correspondió a su generación marcar los lineamientos en la enseñanza, la investigación y la difusión en las instituciones y los centros recién creados. En la nueva práctica profesional de la historia se impulsaba un modelo que buscaba lograr la objetividad y la imparcialidad a través de un riguroso manejo documental para garantizar la validez Cuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007)124 Conrado Hernández López
de un estudio, pero buena parte de la producción historiográfica siguió manteniendo un carácter pragmático y político. No por casualidad, entre 1940 y 1970, se consolidaron los mitos políticos fundamentales de la nación mexicana: el “liberalismo fundador y la revolución permanente”3. En el plano cultural, como señaló Abelardo Villegas, el afán de autoconocimiento y el retorno al origen se volvieron dos constantes en el pensamiento mexicano del siglo XX4. El nacionalismo no sólo tuvo expresiones políticas e ideológicas, sino también artísticas, etnológicas, intimistas y filosóficas. Las posturas abarcaban desde un nacionalismo exacerbado que buscaba antecedentes gloriosos y para el que nuestra peculiaridad nacional justificaba el retraso parcial (y como observó O’Gorman trataba de hacer de la necesidad una virtud), hasta un nacionalismo más “ilustrado” que exaltaba el pasado y, al mismo tiempo, le volvía la espalda para reiterar la necesidad de un transplante de la cultura Occidental. En este segundo caso, el afán de autoconocimiento cobró cuerpo en una corriente intelectual que, entre 1945 y 1955, intentó crear una filosofía original a partir del análisis de los “modo de ser” del mexicano tal como se revelaban en su comportamiento, formas de expresión y las distintas actitudes que conforman su realidad histórica. La reflexión de la realidad nacional desde la historia de su cultura y sus formas de pensamiento era el mejor medio para comprender la problemática universal de la filosofía5. Desde los treinta O’Gorman se interesó por la filosofía de Ortega y Gasset, que sería decisiva en su obra, a partir de la lectura de Revista de Occidente. En los cuarenta tradujo libros y ensayos de diversos filósofos (Adam Smith, David Hume, John Locke y R. G. Collingwood) y fue observador atento del desarrollo de la filosofía y la historiografía en México y Europa. Pronto mostró rechazo por la tendencia que llamó “cientificista”. Desde entonces, y a lo largo de toda su vida, mantuvo una actitud crítica hacia prácticas de la historia que, en su opinión, banalizan, oscurecen y legitiman el pasado: aquellas que responden a fines políticos y motivaciones pragmáticas encubiertas en un sutil juego que consiste en aprovechar “una convención tan sólo válida para el conocimiento de las realidades físicas y naturales”6. Esto abarcó desde antiguas posturas que se sustentaban en los supuestos y métodos tomados de las ciencias naturales hasta tendencias más recientes que incluyen a la historia entre las ciencias sociales. Aunque el cambio de una perspectiva a otra haya implicado “nuevos, especiales y más sofisticados medios de investigación”, no alteraba el supuesto básico de que la historia es un tipo de realidad que puede ser conocida científicamente. Por el contrario, advertía O’Gorman, la historia “no procede por comparación y abstracción en los hechos, ni formula leyes generales, es decir, es una ciencia que ni utiliza el método científico ni llega a conclusiones de índole científica”7. A mediados de la década de los cuarenta, O’Gorman proclamó el historicismo como una corriente revolucionaria que afirmaba el carácter histórico de la condiCuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007) 125 Edmundo O’Gorman y Giambattista Vico
ción humana (historicidad es la capacidad de engendrar historia). En sus estudios dejaba claro el origen de sus enfoques e ideas. Con Hegel comprende la dinámica de la historia como una racionalidad que se realiza al nivel de la conciencia; con Dilthey liga la comprensión de la vida y la conciencia histórica en una autocomprensión fundada en la historia; de Ortega toma el perspectivismo y el circunstancialismo, el cambio generacional, la razón vital y el imperativo de salvación; con Gaos estudia la historia como historia de la historia, o mejor dicho de la historiografía, y cómo la génesis de los conceptos, como texto y expresión verbal, muestran el significado de una vida y un momento histórico; en fin, sigue a Heidegger –que estudia en los seminarios de Gaos– en su planteamiento sobre la historicidad de la existencia, los modos de ser de ésta y la idea del hombre como “ser para la muerte”. En la obra de O’Gorman también abundan las referencias circunstanciales a otros pensadores como Croce, Spengler, Hume, Max Scheler, y muchos otros de una larga lista. Como le interesaba la historia comprendida y no la historia comprobada, la reflexión filosófica se constituyó en un arma o instrumento, cuya eficacia y necesidad surgieron de la lectura de diversas interpretaciones de procesos históricos y de meditaciones acerca de su naturaleza y su sentido. En este punto hay que señalar que las referencias de O’Gorman a la obra de Vico son prácticamente inexistentes en sus primeros escritos. Es difícil saber cuando lo leyó por primera vez. Cuando lo hizo, según parece, no le impresionó demasiado, a pesar de la buena prensa que el historiador napolitano tuvo en los pequeños círculos académicos de esos años. Hay que tomar en cuenta que era el inicio de un auge editorial sin precedente, donde se multiplicaban los libros y las traducciones en campos cada vez más diversificados. Así Vico fue considerado “filósofo de la historia” y por eso encontró un lugar inicial en los estudios filosóficos, donde Croce y Meineke –recién editados– lo consideraron precursor del historicismo moderno. Por eso, aunque no hay ningún conjunto consistente de textos de O’Gorman dedicados a Vico, éste se hace presente en los enfoques y las reflexiones de aquél sobre el conocimiento histórico de acuerdo con el clima espiritual de la época. En 1941, el Colegio de México (recién abierto como tal) publicó la primera versión de la Ciencia Nueva traducida por José Carner. La obra fue comentada por prestigiados académicos como Joaquim Xirau (Revista de Filosofía y Letras), Eugenio Ímaz (Letras de México) y Leopoldo Zea (Cuadernos Americanos), quienes coincidían en el problema de ubicar a un pensador casi olvidado en la tradición intelectual de Occidente. Para Zea, Vico inició una nueva etapa en la historia de la filosofía y fue el primero en proponer una “ciencia de la historia”8. Con todo, la Ciencia Nueva no motivó ningún comentario particular de O’Gorman, que entonces era participante asiduo en los seminarios de José Gaos. Sin embargo, años después, la influencia de Vico se hizo patente en un estudio de los procesos del pensamiento y los cambios culturales en una larga duración. En La idea del descubrimiento de América (1951) Cuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007)126 Conrado Hernández López
O’Gorman se refirió al error, muy frecuente entre historiadores, “contra cuyo peligro ya amonestaba Vico”, que consiste en “pensar que basta el registro bibliográfico de la aparición de una idea importante para probar que, al otro día, se ha apoderado del clima cultural en todas las capas sociales”. Este prejuicio también aparece en la breve exposición sobre Vico de Idea de la historia de Collingwood, obra que O’Gorman tradujo en 1952 para el Fondo de Cultura Económica. En su único libro teórico, Crisis y porvenir de la ciencia histórica (1947), O’Gorman expuso sus preocupaciones y propuestas en una perspectiva historicista y existencialista, pero una década después volvió a una actitud más escéptica (por la que no podía convertir en dogmas sus propias ideas). Aunque disminuyó su entusiasmo por el historicismo, que pasó a ser “otro modo” de conceptuar los hechos históricos, nunca renunció al método derivado de éste, ni a los supuestos teóricos que mantuvo implícitos o explícitos en su obra posterior. Tampoco renunció a su crítica de las posturas científicas con la convicción de que en la historia no puede haber verdades de tipo científico porque las verdades históricas no son únicas y condicionadas, sino plurales. En 1976 O’Gorman afirmó que la “verdad personal” de cada historiador es la que percibe como significado “detrás” de los hechos y no “en” los hechos, pues éstos no contienen una verdad dada y permanecen abiertos a distintas interpretaciones. El historiador puede ofrecer su “visión personal” de un proceso histórico, pero carece de alternativa en el caso de que los otros se nieguen a participar de ella, como ocurrió en su tiempo con la “penetrante y poderosa visión de Juan Bautista Vico”, en cuya tradición O’Gorman enmarcó sus concepciones personales sobre la disciplina. La autonomía del conocimiento histórico se explica porque, “a diferencia del botánico y del antropólogo para quienes, respectivamente, el número de hojas de un árbol dado o el nombre específico de un dios tribal son hechos que se pueden dejar a un lado, los pensamientos, decisiones y actos individuales y demás particularidades personales son de la mayor importancia para el historiador”9. Si el existencialismo de la época estaba conformado por ideas realmente revolucionarias éstas tenían que trascender la clausura de los entendidos y extenderse a otros sectores sociales, donde irremediablemente serían deformadas y desvirtuadas. Independientemente de la difusión que pudiera haber alcanzado (y que puede ser mayor de lo que se piensa), el interés académico por el historicismo no llegó más allá de los sesenta. De cualquier modo, las academias y las publicaciones proporcionaron un espacio para que, en los siguientes años, la obra de Vico volviera a ser considerada la precursora de nuevas perspectivas para el estudio de la historia y de las ciencias sociales. En libros y revistas, nacionales y extranjeras, se destacaron especialmente sus aportes para el conocimiento de la facultad imaginativa y sus elaboraciones, es decir: de las formas de la “espiritualidad” como elementos fundamentales para comprender la naturaleza humana y la razón misma. Sin embargo, Cuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007) 127 Edmundo O’Gorman y Giambattista Vico
Vico también puede ser reivindicado desde más de una perspectiva porque ha perdido vigencia el supuesto de una teoría viquiana sistemática y coherente del devenir histórico. Esto favorece la abundancia de aproximaciones a los diversos aspectos del ideario de Vico (derecho, literatura, lenguaje, mitos, ritos, estructuras mentales). Para O’Gorman, éste forma parte de la estirpe de historiadores a quienes no interesa la historia comprobada sino la historia comprendida, no la constatación rigurosa de hechos, sino su articulación en la dinámica global del pensamiento. EN LA TRADICIÓN DE VICO Si en un primer momento intentó echar las bases teóricas de la “auténtica ciencia de la historia”, O’Gorman se limitó, posteriormente, a destacar la autonomía del conocimiento histórico frente a otras perspectivas que postulaban los hechos del pasado como “realidades en sí” y que equiparan la explicación científica con la estructura y posibilidad de toda verdad acerca de esa realidad. Toda su vida estuvo convencido de que, por su peculiaridad, el conocimiento histórico sólo cobra sentido y significación al hacer inteligible la actividad del hombre para sí mismo en su tránsito a un futuro siempre incierto y amenazante. Por eso, aunque no es posible evadirse de la percepción, la imaginación y la lógica que este universo nos ha impuesto, ni el llamado universo empíricamente accesible, ni los instrumentos que se emplean para describirlo se explican a sí mismos. Son respuestas creadas por el hombre a la necesidad de comprender y otorgar un sentido a su mundo. Apelar a la razón como el árbitro último de la validez tiene implicaciones positivas (a medida que postula a la lógica como frontera infranqueable, más allá de la cual no es posible la comunicación) y negativas (al definirse a sí misma mediante criterios extraídos del corpus existente de la ciencia y, en consecuencia, no tienen más validación que la eficiencia de ésta última). Vico ya había argumentado que las verdades de la ciencia y la matemática son de origen intuitivo pero se vuelven racionalmente demostrables porque son construcciones nuestras10. Para O’Gorman, la verdad en la historia depende de la intuición, y por eso consiste en una “revelación”, similar a la del físico “cuando percibe el oculto vínculo entre dos fenómenos en apariencia desligados”, pero distinta en cuanto a que se basa en un estudio cualitativo más que cuantitativo, y el resultado tiene un carácter más privado y personal11. Como muestra una de las obras más conocidas de O’Gorman (La invención de América, 1958), la historia es un proceso inventivo de formas y entes singulares, una inquisición que tiene “por punto de partida las visiones que de sí misma va elaborando la vida consciente en la actividad de su propio irse viviendo”12. En este sentido, “el proceso inventivo” del ser corporal (o geográfico) de América puso en crisis el arcaico concepto insular del mundo; en consecuencia, “el proceso de la realización del ser espiritual de América” puso en crisis “el viejo concepto de mundo histórico como privativo del devenir europeo”. Con estas contribuciones “el homCuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007)128 Conrado Hernández López
bre de Occidente se liberó de su antigua cárcel de su mundo insular” y de la dependencia moral del viejo europeocentrismo de la vieja jerarquía tripartita13. Conviene aclarar que inventar, en este caso, es lo contrario de reproducir, de repetir. A O’Gorman no le interesa el pasado del hombre como el archivo de lo meramente idéntico e inmutable, sino como el lugar de posibilidad de encuentro con lo radicalmente nuevo a partir de las condiciones y las posibilidades reales del “hombre en el pasado”. Contar desde la posibilidad de innovación equivale a narrar desde el sujeto o el hombre mismo14. Por el contrario, la perspectiva de la ciencia aspira a contar desde lo necesario, desde el objeto o, en otras palabras: objetivamente. Pero relatar la labor inventiva o creativa del hombre desde sus condiciones y sus posibilidades concretas es lo que hace al sujeto un verdadero sujeto, ya que al objeto todo le viene de fuera y se le vuelve determinación, lo cual garantiza su identidad y su estabilidad. Si el objeto permanece siempre “idéntico a sí mismo”, la objetividad es la garantía de su identidad (de que “es lo que es” y no otra cosa). En cambio, el sujeto es autotransformación, modificación constante de lo dado e indefinición de lo una vez definido. En la definición hegeliana –que O’Gorman aplicó al caso de América– su esencia consiste en “no ser lo que es y ser lo que no es”15. Esto no quiere decir que el sujeto sea lo indeterminado o lo inestable, sino que, más bien, tiende permanentemente a indeterminarse, a “inventarse” una y otra vez. Si los sujetos encarnan esta exigencia permanente, es obvio que, en la historia, ninguna colección de textos, ningún paradigma u ordenamiento, puede agotar lo posible, ni determinar en una única dirección y de una vez por todas el sentido de la posibilidad, como supuso el mito del progreso16. Para O’Gorman, las mutaciones de los entes históricos “responden a la variable idea que en el curso de la historia el hombre va teniendo de sí mismo”. Esto se debe a que el hombre es “una extraña criatura que tiene la capacidad de inventarse diversos estilos de vida, es decir, diversas maneras de ser”17. Al referirse a Vico, Berlin destacó que el verdadero conocimiento busca explicar por qué las cosas son como son y no solamente lo que son18. O’Gorman encuentra la clave en el análisis de los modos de ser de la historia misma y de su necesidad, es decir, en indagar qué es la historia y qué es lo que hace que sea como es19. En general, la pluralidad cultural y la distancia temporal hacen que las preguntas y las respuestas difieran en las sociedades y los hombres del pasado, al igual que las aspiraciones, lenguaje, mitos y símbolos. Frente a esta complejidad, el historiador debe vincular los testimonios en un marco explicativo que dé cuenta de las relaciones de los hechos entre sí y de su sentido, para no convertir lo histórico en un árido amontonamiento de datos y limitar el estudio a reproducir la información de las fuentes. En nuestros días es moneda corriente aceptar que interrogar al pasado involucra la interacción de hechos e interpretaciones con una variable dosis imaginativo–especulativa20. Aunque la imaginación se limite a la facultad de “fabular” y de Cuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007) 129 Edmundo O’Gorman y Giambattista Vico
especular, la historia se construye como una invención colectiva en doble sentido: como descubrimiento del hecho y como ficción. En el último caso los historiadores, políticos, notarios, escritores, periodistas, etcétera, contribuyen a crear un depósito general de imágenes del pasado que debe su funcionamiento tanto a los arquetipos míticos como a rigurosas constataciones empíricas21. En todo caso, el papel fundamental de la imaginación constituye un punto de contacto entre las perspectivas de O’Gorman y Vico sobre el estudio de la historia del hombre y de la sociedad humana22. “El reto del historiador –dice O’Gorman en un aforismo– es hacer inteligibles con la imaginación las zonas irracionales del pasado”23. Y su tarea consiste en “ofrecer una visión de la índole histórica del género humano y de los esfuerzos y logros individuales para realizarla”, por lo que “[...] debe entender al cuerpo social como una organización al servicio del bienestar personal –no un organismo de programa vital determinado– en un proceso temporal de acontecimientos concretos y singulares, sólo plenamente comprensible si se concede su valor y eficacia a los pensamientos, decisiones y acciones”24. El hombre es un ser capaz de imaginar una vida nueva o un “modo de ser” que quiere realizar en el futuro. La imaginación le permite el prodigio de “concebir la realidad antes de que exista” y por eso “se equipara al acto creador reservado sólo a la divinidad”25. De ahí el rechazo de O’Gorman a las tendencias que limitan el elemento subjetivo en la investigación histórica y que fomentan la desconfianza por las ocurrencias propias, ya que la imaginación alimenta sucesivamente la “cadena de las experiencias humanas” que constituye la historia (como señaló Ortega y Gasset en Historia como sistema), por lo que posibilita percibir y comprender las relaciones ocultas y las vivencias de los otros hombres. Gracias a la imaginación, según O’Gorman, el hombre puede comprender y explicar el pasado bajo la premisa de que es “su pasado”. Esto supone, por un lado, la existencia de cierta “universalidad potencial” de todo lo humano para los seres humanos, y, por el otro, que la raíz de esa universalidad no es la racionalidad, sino la imaginación, ya que en ésta radica la capacidad de toda sociedad para crear imágenes y creer en ellas. O’Gorman concluye que la “suprema facultad” del hombre “no es la razón sino la imaginación”26. Por eso, son siempre imaginativas “las preguntas y las contestaciones esenciales a nuestra vida” y el hecho mismo de “proponernos preguntas y el darnos contestaciones esenciales”27. De este modo la imaginación engloba y motiva a la conciencia racional, ya que tiene un uso “reproductor” (razonador y matemático) y otro “creador” (poético, ético y religioso) en función de lo “real”. Haciendo un paralelismo a partir de la idea de que conocemos las cosas por medio de la conciencia que tenemos de ellas, Vico también postuló una naturaleza Cuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007)130 Conrado Hernández López
humana común que hace posible que hombres de una cultura puedan comprender las leyes, el arte o la literatura de otra. Concibió la “fantasía” –o la imaginación– como la facultad que posibilita penetrar en mentes diferentes y entender qué fue lo que motivó los distintos actos, pensamientos, actitudes y creencias, explícitas e implícitas, en el pasado humano. Al vincular esta facultad con la memoria, Vico encontró tres puertas para entrar al pasado (el lenguaje, los mitos y los ritos) y supuso que, si se buscaba qué era entender a los hombres, las obras de éstos no podían sernos absolutamente ininteligibles, a diferencia de la “impenetrable” naturaleza no–humana28. En términos generales, O’Gorman se enmarcó en la tradición de Vico, a cuya obra Isaiah Berlin atribuyó el “divorcio entre las ciencias y las humanidades”, y compartió su postura frente a las tendencias científicas: “Lo específico y lo único contra lo repetitivo y lo universal, lo concreto contra lo abstracto, el movimiento perpetuo contra el reposo, lo interno contra lo externo, la calidad contra la cantidad, los principios unidos por una cultura contra los principios intemporales, la lucha mental y la “autotransformación” como condición permanente del hombre contra la deseabilidad de la paz, el orden, la armonía final y la satisfacción de todos los deseos humanos racionales”29. Frente a las otras culturas, según O’Gorman, la modernidad de Europa no consistió en el abandono de una etapa más atrasada a otra más adelantada, sino en “el abandono de una manera vigente de concebir al hombre, su lugar en el cosmos y su destino en la historia, para ser sustituida por otra manera nunca antes ensayada”30. En Vico una cultura no puede ser más o menos perfecta que otra porque cada estadio de la civilización genera su propio arte y sus formas de sensibilidad. No puede hablarse de progreso de lo imperfecto a lo perfecto –noción que entraña un criterio absoluto de valor–, sino de un cambio inteligible, donde las etapas no siguen una secuencia mecánica sino que resultan de las nuevas necesidades creadas por la “satisfacción de las antiguas y por la incesante autocreación y autotransformación de los hombres”, perpetuamente activos. Como no se trata de establecer hechos y dar explicaciones causales, el historiador, como el artista, debía utilizar su poder imaginativo para examinar lo que una situación “quería decir para los comprendidos en ella, cuál era su perspectiva de ella, por cuál regla se guiaban”31. Aunque no entra en contradicción con los métodos sociológicos o estadísticos, e incluso puede servirse de ellos, la función principal de la historia es “el recuento de la sucesión y variedad de la experiencia y actividad de los hombres, de su continua autotransformación desde una cultura hacia otra”. Por eso, “comprender la historia es comprender lo que los hombres hicieron en el mundo en que se encontraCuadernos sobre Vico 19-20 (2006-2007) 131 Edmundo O’Gorman y Giambattista Vico