La aplicación de los "modos tecnológicos" en el análisis de las industrias paleolíticas. Reflexiones desde la perspectiva europea
Abstract
En este artículo se presenta un análisis crítico sobre las aportaciones y limitaciones del esquema de los modos tecnológicos de grahame clark para el estudio del paleolítico inferior y medio se observa la necesidad de redefinirlo y, para ello, se proponen
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LA APLICACIÓN DE LOS "MODOS TECNOLÓGICOS" EN EL ANÁLISIS DE LAS INDUSTRIAS PALEOLÍTICAS. REFLEXIONES DESDE LA PERSPECTIVA EUROPEA por FERNANDO DIEZ MARTÍN* RESUMEN En este artículo se presenta un análisis crítico sobre las aportaciones y limitaciones del esquema de los Modos tecnológicos de Grahame Clark para el estudio del Paleolítico inferior y medio. Se observa la necesidad de redefinirlo y, para ello, se proponen algunas nuevas perspectivas. ABSTRACT A critical analysis is presented in this paper on the contributions and limits related to Grahame Clark' s technological Modes model for the study of the Lower and Middle Palaeolithic. The need of its redefinition is pointed out and some new perspectives are proposed. Palabras claves Paleolítico inferior y medio, olduvayense, achelense, musteriense, Modos tecnológicos 1,2 y 3. Key words Lower and Middle Palaeolithic, Oldowan, Acheulean, Mousterian, Technological Modes 1,2 and 3. INTRODUCCIÓN El estudio del Paleolítico europeo ha estado fuertemente influido por una concepción evolucionista e historicista, que se ha visto particularmente reflejada en el análisis y la interpretación de las tecnologías más antiguas. Dada la fuerza ideológica y el protagonismo de las corrientes evolucionistas en la historia del pensamiento occidental (Adams 1998: 9-73) no podemos sorprendernos del papel que éstas han jugado en el estudio de la Prehistoria y el modo en el que las caracterizaciones de los objetos arqueológicos se han guiado por la relación simple/complejo (Torrence 1989). La perspectiva gradualista, plenamente vigente en los albores decimonónicos de nuestra disciplina, sigue manifestándose aún, menos nítidamente, en las preferencias de algunos investigadores. * Área de Prehistoria. Universidad del País Vasco. C/Francisco Tomás y Valiente, s/n. Apartado 2111. 01006 Vitoria-Gasteiz. [email protected] SPAL 12 (2003): 35-51 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
36 FERNANDO DÍEZ MARTÍN El caso de la línea historicista, no necesariamente ligada a la anterior, nos interesa más en esta reflexión. Su papel ha sido consustancial al origen y desarrollo de la ciencia prehistórica en Europa, hasta el punto que se ha convertido en su rasgo distintivo. Como bien es sabido, mientras que la arqueología norteamericana ha estado ligada desde sus comienzos a los intereses y planteamientos de la antropología (gracias a una prehistoria viva, en la figura del nativo americano, que difícilmente podía distinguirse de la etnología), la europea se ha relacionado, por tradición, con la historia y su discurso. Aquí, el Otro que hace las veces de nativo americano (Adams 1998: 6) se hundía en la noche de un pasado histórico efectivo. Esta concepción puede observarse de manera prominente en nuestra Prehistoria más antigua y en el modo en que se ha ido construyendo a lo largo de los arios. La tradición paleolitista europea ha tendido preferentemente a historiar los vestigios por antonomasia de aquel pasado, la industria lftica. Ello se consiguió llevando al extremo la práctica de la agrupación, poniendo en relación yacimientos que compartían determinados rasgos o particularismos tipológicos. El uso de los yacimientos de referencia, o epónimos, para designar dichas asociaciones, generó un complejo entramado de relaciones y de listados toponímicos interminables. (fig. 1) La figura 1 reproduce un modelo que puede servirnos como ejemplo ilustrativo de tal situación. Ciertamente, no se trata solo, aunque también sea así, de una procedimiento analítico que puede llegar a frustrar y agobiar al más entusiasta, perdido en una maraña de rasgos distintivos, de relaciones sincrónicas o influencias diacrónicas entre tecno-complejos, grupos, facies y subfacies que parece no acabar nunca (clactoniense, tayaciense, taubachiense, achelense, micoquiense, musteriense, charentiense, vasconiense, pontiniano, szeletiense...), sino que posibilita un comentario más amplio. Esta perspectiva conlleva primordialmente un modelo de interpretación del registro arqueológico que confía en convertir los rasgos objetivos en entidades de carácter histórico. No en vano, cada recuadro de la figura 1 representa algo que ha sido identificado a menudo con nombres tan significativos y rotundos como cultura, tradición o civilización, reflejo de grupos humanos con entidades históricas, culturales y sociales cuya independencia y relación podría ser observada a partir de los datos arqueológicos'. Obviamente, éstos —también los vinculados a nuestro pasado paleolítico— evidencian en diversa medida interacciones sociales de algún tipo o pertenecen a entidades culturales que el investigador intenta poner de manifiesto. Un buen ejemplo de ello es el debate que, durante casi treinta arios (Gowlett 1996: 155), se está llevando a cabo sobre el significado de los primeros yacimientos arqueológicos y la posibilidad de que en ellos se compartieran los recursos y, por tanto, se interactuará socialmente (una completa revisión de este tema puede verse en Kuhn y S arther 2000). En este caso nos referimos a la Cultura y Sociedad con mayúsculas, a la asunción de que los tipos y las agrupaciones lfticas que éstos definen tienen valor como indicadores sociales de las relaciones espaciotemporales existentes entre grupos humanos (Shanks y Tilley 1987: 81). Collins (1969: 277), por ejemplo, considera que las tradiciones y los estadios paleolíticos deben ser interpretados análogamente a lo que Childe entendía por cultura cuando se refería a los primeros grupos agricultores: llamaremos grupo cultural o cultura a ese conjunto de rasgos regularmente asociados. Asumimos que tal complejo es la expresión material de lo que hoy sería un grupo humano específico (Childe 1929: v-vi). Esta perspectiva no solamente se observa en publicaciones que vieron la luz en momentos más acordes con esa nomenclatura, como pudiera ser el entonces fundamental y significativo trabajo de Breuil (1936), sino con posterioridad a la propuesta de renovación taxonómica presentada ya en los años sesenta en Bishop y Clark (1967). Así, por ejemplo, el achelense y sus industrias contemporáneas sin bifaces (clactoniense o tayaciense) se han visto como respuestas arqueológicas propias de grupos humanos culturalmente distintos (Tieu 1991: 93-102). El problema y la duda, en estos casos, reside en la medida en que la información social que podemos arrancar de los aspectos tecnológicos y económicos del registro puede revelar la existencia de estructuras culturales de tal magnitud. 1. Un ejemplo paradigmático de la perspectiva "tradición-cultura", como él mismo la define, lo constituye el análisis de Collins sobre el Paleolítico europeo (1969). SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
MIMO must. oriental musteriense oriental charentiense suroriental musteriense oriental/ caucasiense-~ Fig. 1. Esquema genético de fases regionales en el Paleolítico europeo (basado en Otte 1996: fig. 116) o, rri t:1 o o u o CI) o o, o C/2 tr1 e7) O tipo clé / ilskaia micoquiense de Europa —I oriental IM!".11 . paleolitico supenor facies starocelie aurinaciense MY ", szeleti musteriense tardio ira n m. levallois/ bernani muster. dentic. mus . must. tip. centrocino leval. must. oriental tipico facies volgograrlo pontiairisoiaurinaciense ponnnian levallois oriental tipo nioldova achelense oriental/ caucasiense tipo Altinuhl musteiiense micoquiense de Europa central. levalloisiense. achelense clactoniense/tayaciense 1 must./ levallois charent. 1 oriental charentiense ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
38 FERNANDO DÍEZ MARTÍN En los últimos arios determinadas corrientes interpretativas, en absoluto nuevas, se han asentado con firmeza y los investigadores son más conscientes del complejo mundo de la variabilidad tecnológica y de los múltiples factores que pueden determinar las formas finales de los objetos, principalmente de naturaleza funcional o ambiental (Toth 1982: 3-4, Santonja 1996: 11). Estas perspectivas no pueden desligarse de la tendencia a aligerar los análisis líticos de una excesiva carga tipologista y del uso de nuevos esquemas de clasificación más preocupados por los procesos que por los objetos en sí. Como dice Gowlett (1996: 135): La tipología estática y clasificadora se ha acabado. Por el contrario, predomina una perspectiva más dinámica de acercamiento a la tecnología como práctica social. La popularidad masiva que ha alcanzado en los últimos arios el concepto de las cadenas operativas y la profusión de su uso son fiel reflejo de ello (véase por ejemplo, Boéda et al. 1990, Panera y Rubio 1999). Si los métodos de análisis de la industria se han visto transformados en diversa medida, es obvio que los modelos taxonómicos de referencia lo habrán hecho de forma similar. Ante una situación metodológica y teórica en la que predomina la diversidad, podríamos simplificar las opciones del siguiente modo: 1. aquellas en las que el esquema historicista sigue estando substancialmente presente, mostrando el poder atávico de su discurso, aunque con un lenguaje que recurre a menudo a terminologías más suaves, tales como facies o aspecto (Otte 1996); 2. las que situaríamos en un punto intermedio, manteniéndose fieles a la koiné terminológica clásica ya su valor universal, pero simplificándola y aligerando el uso de las facies regionales; 3. las que han querido apartarse radicalmente del escenario histórico-cultural de la tradición europea y proponer nuevos marcos de comprensión de la realidad paleolítica. EL ESQUEMA DE LOS MODOS TECNOLÓGICOS DE GRAHAME CLARK COMO NUEVO HORIZONTE INTERPRETATIVO La actualidad y diversidad metodológica de la investigación paleolítica europea debe comprenderse, como hemos visto, en el marco de su particular andadura. En lo referente al universo conceptual de la evolución de las industrias líticas, y a su adscripción terminológica, la mayor parte de investigadores están optando por la segunda de las opciones propuestas anteriormente. Éstos aceptan el valor del lenguaje tradicional como medio universal de comunicación y dan por bueno el uso de conceptos estructurales o "complejos industriales" tales como el olduvayense o el achelense, mientras que las facies secundarias son apartadas, al verse como meros reflejos de la compleja variabilidad que caracteriza a las tecnologías paleolíticas. Otros autores han sopesado más el valor de las palabras y de su carga histórico-cultural. Por ello han considerado que la mejor forma de desmarcarse completamente de aquella "agobiante" perspectiva historicista consistía en el cambio de las etiquetas y el abandono de la nomenclatura tradicional. No es de extrañar, por tanto, que estos investigadores optaran por revitalizar precisamente el esquema de los modos tecnológicos propuesto por Grahame Clark (1977), arqueólogo británico asociado a la escuela ecológica de los años 502. Considerar que esta tendencia representa simplemente una posición simbólica de ruptura con la "tradición" sería simplificar la realidad en demasía, puesto que los relativamente escasos investigadores europeos que han optado por utilizar el esquema de los modos tecnológicos han tomado posiciones significativamente alternativas y rupturistas con los esquemas tradicionales. Entre ellos hay que hacer mención de Foley y Lahr (1997), que partiendo de ideas expresadas anteriormente (Foley 1987), defienden que la tecnología paleolítica puede estudiarse desde una perspectiva filogenética, 2. Junto a la ecología cultural de los norteamericanos Julian Steward o Gordon Willey, la escuela ecológica de mediados del siglo XX comparte el interés por los aspectos medioambientales del registro arqueológico (fauna, flora, territorio y paisaje) frente a la tradicional perspectiva histórico-cultural y su interés por las tipologías (Renfrew y Bahn 1991: 33). SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
LA APLICACIÓN DE LOS "MODOS TECNOLÓGICOS" EN EL ANÁLISIS DE LAS INDUSTRIAS PALEOLÍTICAS... 39 análoga a los procedimientos cladísticos usados por la antropología física. Esta concepción pretende desligar los análisis tecnológicos de la influencia historicista y alinearlos con modelos propios de la biología evolutiva. En este marco, el esquema de los modos tecnológicos se convierte en el utensilio más adecuado para tales fines, puesto que en el continuum tecnológico que representa el esquema de Clark, donde cada estadio aparece descargado de referencias histórico-culturales, es fácil interpretar cada nuevo rasgo que se une a la secuencia (los tipos tradicionales) como meras apomorfías biológicas (Foley y Lahr 1997: fig. 3). Foley asume, pues, que los conjuntos líticos constituyen, como los fósiles homínidos, rasgos particulares de la evolución humana y hace suya, por tanto, la máxima una especie, una tecnología. Dejando de lado las críticas que se han vertido sobre esta concepción filética de la producción lftica (Clark 1989) y sobre su observación efectiva en el registro arqueológico (Cosgrove 1999, d'Errico et al. 1998, Bar-Yosef y Kuhn 1999), es necesario reconocer el éxito con que este discurso cladístico ha utilizado el esquema de los modos tecnológicos. Otro ejemplo significativo de la aplicación de la propuesta de Clark puede verse en diversas contribuciones de Carbonell et al. (1998, 1999). En este caso concreto, la terminología se asume como la más adecuada a las investigaciones actuales, que se centran menos en la tipología y cada vez más en la tecnología y las cadenas operativas (Bermúdez de Castro et al. 1999: 192). Semejante opción resulta a primera vista coherente tanto con el momento actual de la investigación, que comentábamos más arriba, como con la trayectoria teórica y metodológica mostrada por este equipo en lo que respecta al estudio de la problemática tecnológica paleolítica (Carbonell et al. 1992) y la necesidad de superar las contradicciones generadas desde el marco historicista (Carbonell et al. 1996: 89). Después de todo lo observado, las ventajas que, a priori, podríamos enumerar en la aplicación del esquema de los modos tecnológicos son las siguientes: 1. La propia nomenclatura referida a la secuencia tecnológica paleolítica es más aséptica o, si se quiere, más objetiva. La terminología, por tanto, agrupa y describe entidades arqueológicas objetivamente observadas, dejando de lado las referencias clásicas y los posibles remedos histórico-culturales que aún pudieran quedar en ellas. Esta cualidad se ha utilizado de manera significativa en la ya comentada perspectiva cladística o paleoantropológica (usando las mismas estrategias analíticas tanto para el registro biológico como para el cultural). 2. Puede convertirse en un instrumento útil de análisis interregional y global (Schick 1994: 575). Al olvidarse, como decíamos, una estructura basada en los yacimientos epónimos, se evitan las rigideces derivadas de este esquema, que obligaban a comparar de algún modo cada yacimiento con el lugar y las colecciones de referencia que marcaban la pauta. Ahora, por el contrario, se señalan rasgos comunes que agrupan sintéticamente a conjuntos dispares pertenecientes a un mismo ciclo o estadio tecnológico. Desde esta perspectiva, y ante estudios de escala media y grande, se podrá hacer hincapié en los rasgos tecnológicos compartidos por industrias como las de Koobi Fora (Isaac et al. 1997) y las de Olduvai (Leakey 1971), poniendo menos énfasis en las diferencias tipológicas que hicieron etiquetar a las primeras con el nombre de industrias "KB S" o "Karari" cuando se comparaban con el olduvayense normativo. Otro caso interesante y paradigmático está constituido por la complejidad tipológica observada al final del Paleolítico inferior. Muy a menudo el Paleolítico medio europeo se ha identificado exclusivamente con el musteriense, sin reparar en que éste último constituye un estadio confinado a un tiempo y un espacio dentro de las industrias mesopaleolíticas, que incluirían una multitud más de formas regionales, entre las que se encuentran, por citar algunas, el charentiense francés, el pontiniano italiano, el vasconiense cantábrico o los grupos de Europa oriental, tales como las industrias de Jankovich (Otte 1996: 208). Existen ocasiones en las que resulta conveniente hacer prevalecer los rasgos estructurales que unen frente a los particulares que separan: no solamente ante la problemática de la variabilidad regional del Paleolítico medio europeo, como hemos visto, sino cuando se afrontan temas relacionados con análisis territoriales de diversa índole. SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
40 FERNANDO DÍEZ MARTÍN 3. El abandono del esquema de complejos industriales clásicos permite superar los sesgos y contradicciones propias del legado científico. A través del marco actual de conocimiento, que confirma a África como el origen de las radiaciones humanas y de las tecnologías lfticas producidas durante el Paleolítico inferior (Aguirre y Carbone!! 2001), sería más apropiado utilizar un sistema que asumiera o favoreciera en su nomenclatura este esquema y no otro. Así, el complejo tecnológico que se define principalmente a partir del morfotipo bifaz, que surge en África oriental hace unos 1,5 Ma. (Clark 1994), no acabaría definiéndose a través de los materiales recogidos en las terrazas del valle del Somme francés (Breuil 1939). ANÁLISIS CRÍTICO DEL MODELO: ¿NOVEDAD O CONTINUIDAD? De manera consciente hemos abierto este trabajo abordando sucintamente el marco en el que se sitúa el uso actual del sistema de los modos tecnológicos, las perspectivas que lo han puesto en práctica y las legítimas expectativas que abre. Es momento ahora de acudir al trabajo original y exponer los recursos instrumentales explícitamente expuestos por su autor. De este modo pretendemos establecer una comparación y poner en relieve las marcadas diferencias de fondo existentes entre el esquema original y el marco en el que se está usando en la actualidad. Un repaso detallado a la propuesta de Clark Tal y como se ha comentado, Grahame Clark expone su perspectiva sobre la evolución de las industrias líticas en su libro World Prehistory, publicado por primera vez en 1961. Aquí nos hemos servido de la tercera edición revisada y aumentada de 1977 (23-38), en la que amplía detalladamente sus propuestas. Clark usa como punto de partida para su argumentación el papel preponderante que tuvo la talla lítica en la Prehistoria humana y la variedad y diversidad de técnicas utilizadas a lo largo del tiempo. A partir de aquí, reconoce la existencia de un fondo evolucionista ene! comportamiento tecnológico, basado en el perfeccionamiento de los procedimientos a lo largo de amplios periodos de tiempo. Puesto que los objetos líticos favorecen la adaptación al entorno, el proceso evolucionista se ve empujado gracias a la tendencia a producir cada vez tecnologías más eficaces. El concepto de adaptación como motor de la tecnología se usa aquí dentro del contexto de las perspectivas ecológicas de mediados del siglo XX que, posteriormente, darán paso al universo funcionalista (Maschner y Mithen 1996: 5). Estas perspectivas se apoyan en la máxima clásica: la cultura es un medio extrasomático de adaptación (White 1949). El citado proceso de evolución y de incorporación de nuevos elementos técnicos queda definido en 5 estadios diferentes, llamados modos, cuyos rasgos específicos son los siguientes: Tabla 1. Propuesta de los Modos Tecnológicos de Clark (Clark 1977: tab. 5) Tecnologías líticas dominantes División temporal Modo 5: componente microlítico en artefactos compuestos Mesolítico Modo 4: técnica laminar de lascas Paleolítico superior Modo 3: utensilios sobre lascas obtenidas de núcleos preparados Paleolítico medio Modo 2: hachas de mano talladas bifacialmente ) Modo 1: cantos trabajados y lascas 1 Paleolítico inferior SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
LA APLICACIÓN DE LOS "MODOS TECNOLÓGICOS" EN EL ANÁLISIS DE LAS INDUSTRIAS PALEOLÍTICAS... 41 A pesar de que la sucesión desde el Modo 1 al 5 revela una realidad objetiva diacrónicamente, Clark avisaba de varios aspectos que son esenciales a la hora de comprender y aplicar su esquema y que están íntimamente vinculados a su visión ecológica del registro: — el proceso es continuo y no exhibe diferencias bruscas entre los distintos modos. Es probable que, al entenderse como una adición gradual de rasgos tecnológicos, en un mismo conjunto se combinen técnicas relacionadas con distintos modos. — la secuencia tecnológica no implica necesariamente una secuencia cronológica, de forma tal que, por ejemplo, el Modo 1 no es obligatoriamente más antiguo que el 2. Dos grupos humanos localizados en el mismo plano temporal se verán empujados a mantener o rechazar elementos técnicamente menos progresivos en función de los condicionantes ambientales. — el esquema no es universal sincrónicamente y está condicionado por el factor migratorio y la importancia diferencial de la competencia a lo largo del globo: la estasis tecnológica se verá propiciada en regiones periféricas donde las circunstancias ecológicas o demográficas no imponen nuevos retos adaptativos. Una de las cuestiones más interesantes de la perspectiva de Clark está relacionada con el marco ecológico que, como hemos comentado, es clave en su postura. Sin lugar a dudas, este elemento es notoriamente meritorio y, en muchos aspectos, precursor de ideas utilizadas posteriormente, tales como el rechazo apriorístico a la relación automática e inflexible entre cualquier modo tecnológico y un paréntesis cronológico concreto3, la importancia de los condicionantes ambientales en la variabilidad industrial (Mosquera 1995) o el papel de la tecnología como instrumento de adaptación ecológica, visión –esta última– que encontramos perfectamente recogida en la idea de que los artefactos líticos constituyen un recurso para hacer más accesible el medio natural (Carbonell et al. 1983). Por el contrario, al subrayarse el papel jugado por las migraciones, el movimiento de ideas, la competición y las relaciones centro/periferia en el proceso de innovación tecnológica, parece que el autor aún concede cierta confianza, aunque no hasta el punto que lo hace Foley, a la relación existente entre una tecnología específica y especies biológicas concretas. Esta perspectiva hoy por hoy, precisamente en virtud de los distintos factores de variabilidad que venimos citando (y que Clark alude), resulta poco acertada. La documentación arqueológica y etnográfica se encarga de mostrar que, por ejemplo, la tecnología necesaria para producir láminas no es privativa de Horno sapiens moderno (Bar-Yosef y Kuhn 1999), del mismo modo que los esquemas más elementales, como los propios del Modo 1, no se limitan a los representantes más antiguos del género Horno (Cosgrove 1999). Contradicciones del modelo Sin duda alguna, al margen de estos aspectos, el núcleo por excelencia de la propuesta está relacionado con la propia secuencia de modos y los rasgos seleccionados por el autor para definir e individualizar cada uno de ellos. Para Clark, los rasgos de innovación tecnológica que van apareciendo a lo largo del Paleolítico, y que se van sumando a los conocimientos anteriores, se concretan en determinadas morfologías que constituyen las serias de identidad dominantes y distintivas de cada modo: desde la producción básica de cantos trabajados/núcleos y lascas (que permanecerá como substrato invariable a lo largo de toda la secuencia diacrónica), los grupos humanos van introduciendo en sus repertorios el bifaz (Modo 2), la técnica levallois de predeterminación de núcleos (Modo 3), la talla laminar (Modo 4) y la elaboración de microlitos (Modo 5). 3. Este aspecto está netamente vinculado a discusiones que han florecido posteriormente, tales como la valoración del papel jugado por el factor estilítico (Gamble 1995) o los binomios simple/complejo, eficazJineficaz (Torrence 1989:2) como marcadores útiles con valor cronológico. SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
42 FERNANDO DÍEZ MARTÍN Una observación pausada de este modelo difícilmente halla diferencia alguna entre lo que se propone y las perspectivas ya conocidas de la tradición historicista. Los modos de Clark usan como rasgos diagnósticos elementos heterogéneos, pertenecientes a los dos principios de talla definidos por Boda (et al. 1990): mayoritariamente hacen hincapié en la explotación (producción simple de cantos y lascas, técnica levallois, técnica laminar), pero también acuden a la configuración, al tener en cuenta el bifaz. Es cierto que, en un vistazo superficial, parece que la propuesta de los modos es netamente tecnológica (al basarse primordialmente en el uso diagnóstico de determinadas técnicas: levallois o laminar), pero el caso del Modo 2 y la excesiva exigüidad con que se determinan los caracteres técnicos invitan a no considerar este modelo exclusivamente como tal. Esta dependencia de un solo objeto o técnica como marcador de un particular estadio, no solo equipara el esquema de Clark con las pautas utilizadas por la tipología convencional, sino que —más importante— automáticamente lo está relacionando con las perspectivas históricoculturales que parecía superar. Así, en vez de confiar en los procesos o las técnicas que generan artefactos finales para determinar una etapa tecnológica (la impronta distintiva de la tecnología procesual de los últimos arios y del modelo de reconstrucción de cadenas operativas), se utiliza un único objeto como referente (situado por definición en la fase final de la cadena productiva). Útil final equivale a tipo en las tipologías tradicionales, las cuales podrían definirse como el estudio y la definición de determinadas categorías descriptivas o formas (Otte 1996:238), que fundamentalmente tienen en cuenta la panoplia de objetos localizados al final de la secuencia de producción —eso es, los configurados o retocados—, dejando en un segundo plano las etapas productivas de la cadena. Podemos colegir, por tanto, que el Modo 2 se define a partir de un único tipo, que funciona como un fósil-guía tradicional. Su presencia o ausencia es fundamental a la hora de decidir si una industria pertenece o no al Modo 2. Algo parecido ocurre en el resto de los casos, de tal suerte que será la presencia de la talla predeterminada la que defina el carácter Modo 3 de una industria. Más allá, nos atrevemos a sugerir, que desde el punto de vista metodológico, este modelo constituye un instrumento más limitado y, en algunos casos, menos eficaz que las nomenclaturas anteriores. Si asumimos, como hemos pretendido hacer notar anteriormente, que tanto aquéllas como el esquema de los modos tecnológicos poseen un substrato común basado en el papel de tipos-forma o tipos-técnica, debemos reconocer entonces que, al menos la compleja estructura de facies y grupos regionales, en su afán descriptivo y particularista, hacía más justicia a la variedad y diversidad del registro arqueológico paleolítico. Las perspectivas tradicionales reconocían las diferencias existentes y las posibles relaciones entre tecno-complejos sincrónicos a partir de determinados rasgos tipológicos, de tal suerte que la presencia del bifaz era característica del achelense y la ausencia del bifaz asociado a instrumentos elaborados sobre lascas no preparadas identificaba a otros conjuntos, tales como el tayaciense o el clactoniense. En el sistema de los modos tecnológicos al simplificarse los tipos diagnósticos, se dejan de lado las excepciones a la norma, ahora más rígida que nunca. De este modo, el fósil guía no define ya un particular recuadro de la comentada figura 1, sino todo un sistema, empobreciendo con ello los instrumentos que tenemos a la hora de establecer definiciones o valoraciones de tipo arqueológico que, paradójicamente, parecían verse reforzadas. El Modo 2 como eje central de la problemática Nos hemos referido ya en varias ocasiones al ejemplo del Modo 2. Ciertamente, éste, tal y como lo define Clark, supone uno de los problemas fundamentales del sistema, puesto que descansa en un marco epistemológico decimonónico y trasnochado: el uso del bifaz como único referente a la hora de definir, no solamente un tecno-complejo o una facies, sino todo un estadio tecnológico, olvidándose (a pesar del supuesto carácter tecnológico que comentábamos anteriormente) de otros rasgos técnicos asociados (Wenban-Smith 1998:93). SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
LA APLICACIÓN DE LOS "MODOS TECNOLÓGICOS" EN EL ANÁLISIS DE LAS INDUSTRIAS PALEOLÍTICAS... 43 Es obvio que detrás del útil bifacial, como objeto final que es, existen unos principios tecnológicos específicos y un particular dominio de la talla (Jones 1994: 262-263) de un orden estructural suficientemente significativo como para rechazar la idea lanzada por algunos investigadores de que la única diferencia, por ejemplo, entre las industrias del Modo 1 y las del Modo 2 se encuentra en la presencia o ausencia de bifaces (Villa 2001: 119). Son esas características, como expondremos más adelante, las que deberían tomarse en cuenta y no simplemente el más significativo de sus resultados. Esta actitud irremediablemente nos conduce a ciertos peligros y callejones sin salida de los que debemos ser conscientes. El primero de ellos lo constituye el hecho de que no contamos con una respuesta unívoca sobre el significado de los bifaces y su papel en los distintos conjuntos industriales (Gamble 1998). Su presencia en el registro se ha explicado en función de varios factores: económicos y funcionales, asociados al procesamiento de grandes animales (Jones 1980, Díez 1993: 335), tal y como ejemplifican algunos casos (S antonj a eta!. 1980, Pipemo et al. 1999: 86-106); ambientales, en relación a entornos abiertos de pradera, poco arbolados (Butzer 1977, Mithen 1994) o, incluso, sociales (Kohn y Mithen 1999). Desconocemos con total seguridad, por tanto, las claves y múltiples contingencias que determinan la presencia de este objeto en un yacimiento determinado, las cuales pueden estar relacionadas con factores de variabilidad propios del carácter versátil de los objetos durante el Paleolítico inferior y medio (Mosquera 1995: 337). Si el Modo 2 está constituido exclusivamente por conjuntos donde hay bifaces, ¿dónde quedan situadas otras industrias tradicionalmente paralelas al achelense? ¿deberían ser consideradas Modo 1? Este es un problema de cierto alcance, puesto que durante el Pleistoceno medio europeo conocemos la existencia de toda una gama de agrupaciones industriales que carecen del morfotipo bifaz y que, tal y como define Clark, se basan en "cantos/núcleos y lascas" pertenecientes al Modo 1. Entre estas industrias se encuentra el clactoniense, que hace más de dos décadas se interpretó como una industria preparatoria del achelense y, por consiguiente, relacionada con éste (Ohel 1978) y que, en los últimos arios, se acepta como una respuesta puntual (sin bifaces) a las variaciones de materia prima que se producen a lo largo del paisaje (Ashton et al. 1994: 589) o del tiempo (Wenban-Smith 1998: 96). El clactoniense de yacimientos como High Lodge, el tayaciense de Arago —incluso con bifaces (Label 1984)—y el tabauchiense de Bilzinsgleben, Schóningen o Vértesszülüs (Mania eta!. 1999, Thieme 1999, Dobosi 1990) son industrias que se desarrollan paralelamente al achelense y que se caracterizan fundamentalmente por la configuración de artefactos sobre lascas no preparadas. A pesar de que la perspectiva tradicional aceptaba la existencia de unas industrias de lascas paralelas y diferentes culturalmente al achelense, con origen posiblemente pre-achelense y precursoras del musteriense (Breuil 1932), los estudios recientes apuntan tanto a la similitud tecnológica existente entre ellas (Svoboda 1987) como al hecho de que, salvo la existencia del bifaz, los elementos tecnológicos exhibidos repiten las mismas pautas que las encontrados en el achelense (Villa 2001: 119). Resulta difícil comprender cómo y al amparo de qué similitudes tecnológicas, en el marco propuesto por Clark, estas industrias que no cuentan con los tipos requeridos (el bifaz o la técnica levallois), deberían entrar en el Modo 1. A pesar de que, por otro lado, parecen vincularse con el Modo 2, la escasa flexibilidad del esquema "tipológico" de Clark las aleja irremediablemente de la norma. HACIA LA REDEFINICIÓN DEL SISTEMA DE MODOS TECNOLÓGICOS Más de treinta arios después de que la propuesta de Clark viera la luz, existe una evidente falta de acuerdo en lo que respecta a su puesta en práctica. Los investigadores han hecho suyo el uso de la nomenclatura, haciendo que ésta sirva a intereses y sensibilidades distintas, sin que hasta el momento se hayan producido revisiones criticas del esquema, adaptaciones o declaraciones explícitas que sometan a una comparación con la propuesta original aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de un Modo tecnológico concreto. SPAL 12 (2003) ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2003.i12.02
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