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La alameda, un jardín público de árboles y agua: origen y evolución del concepto

Albardonedo Freire, Antonio José

Abstract

El presente trabajo constituye una compilación de fuentes historiográficas sobre el origen, la definición del concepto de alameda y el significado urbanístico de esta nueva tipología de jardín de árboles, la alameda, que desde el reino de España se difundió por todo el Imperio. En él se realiza un recorrido por la jardinería ejecutada con árboles, desde el Mundo Clásico hasta la Edad Moderna, prestando especial atención a los precedentes de este tipo de jardines.

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Anuario de Estudios Americanos, 72, 2 Sevilla (España), julio-diciembre, 2015, 421-452 ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 La alameda, un jardín público de árboles y agua. Origen y evolución del concepto/ The Alameda, a Public Garden with Trees and Water. Origin and Evolution of the Concept Antonio Albardonedo Freire Universidad de Sevilla Universidad Autónoma de Chile El presente trabajo constituye una compilación de fuentes historiográficas sobre el origen, la definición del concepto de alameda y el significado urbanístico de esta nueva tipología de jardín de árboles, la alameda, que desde el reino de España se difundió por todo el Imperio. En él se realiza un recorrido por la jardinería ejecutada con árboles, desde el Mundo Clásico hasta la Edad Moderna, prestando especial atención a los precedentes de este tipo de jardines. PALABRAS CLAVE: Historia del Urbanismo; Teoría del Urbanismo; Jardines públicos; Jardines de Árboles; Alamedas; Edad Antigua; Edad Moderna; Europa; España. The aim of this study is to offer a compilation of historiographical sources about the origin, the concept and the urbanistic significance of the newly born type of treegardens, «la alameda» (promenade). These new gardens flourished and spread during the Spanish empire. It is a travel through the gardening based on trees, from the Classical period to the Modern Age, paying special attention to the foregoing facts that led to this type of gardens. KEYWORDS: History of Urbanism; Theory of Urbanism; Public gardens; Trees gardens; Alamedas; Old Age; Early Modern; Europe; Spain. 421 Los estudios sobre las alamedas se han publicado en España y en Francia durante las tres últimas décadas. En España, algunos estudios se centran en las características de esta tipología. Entre ellos destacan los trabajos de Concepción Lopezosa Aparicio sobre el paseo del Prado de Madrid, proyecto realizado para la entrada triunfal de doña Ana de Austria con ocasión de su matrimonio, y que ha llegado a nuestros días profundamente transfigurado por las reformas de los siglos XVIII y XIX.1Las condiciones de la fundación de la alameda de Hércules de Sevilla (1574) han sido estudiadas por el autor del trabajo que se presenta en estas páginas, quien ha vinculado la génesis de la alameda con un proceso de hibridación de algunos modelos artísticos representado por el arte de la pintura y los aparatos temporales edificados para las entradas triunfales.2 La alameda sevillana es en la actualidad un jardín de árboles urbano de carácter histórico que, como tal, debería alcanzar el mayor nivel de protección patrimonial como jardín histórico, ya que el conjunto ha llegado hasta nuestros días sin radicales transformaciones. Aunque en origen se concibió como homenaje a la nueva dinastía de los Habsburgo, fue un espacio de clara función urbanística, que al tiempo cumplía un importante papel recreativo para el ocio de los ciudadanos y jardín de sociabilidad teatral y que, además, contó con contenidos simbólicos y epígrafes humanísticos, realizados por Francisco Pacheco, de la escuela de Fernando de Herrera, recientemente analizados por Solís.3 Por otra parte, estos jardines públicos de árboles en Europa, han sido estudiados por Henry W. Lawrence quien estableces sus orígenes en Italia y los Países Bajos en la década de 1540. Sin embargo, el autor no consideró el importante papel desempeñado por las alamedas españolas como modelo de gran difusión en América.4 Las relaciones entre los jardines de árboles en la península ibérica y sus coetáneos europeos no han sido definitivamente estudiadas. En efecto, sólo en las últimas décadas se han generado interesantes trabajos como los publicados por María Antonia Durán Montero, que establece la vinculación entre la alameda de Hércules en Sevilla (1574) y la de Nuestra Señora del Prado en Valladolid (1603) con los proyectos de lugares públicos america- 1 Lopezosa Aparicio, 1995, 2005 y 2008; Brandis García, 2011. 2 Lleó Cañal, 1979, 194-199; Albardonedo Freire, 1998, 2000 y 2002 (191-208); Fernández Chaves, 2012, 174-184; Paya, 2014. 3 Solís de los Santos, 2012. 4 Lawrence, 2008, 11-29. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 422 nos, en especial, por su paralelismo, entre las de Sevilla y de los Descalzos de Lima (1610).5Otros autores se han centrado en la alameda Central en México (D.F.), o en la de Quito;6y las interesantes aportaciones de Paya sobre las alamedas construidas en los estados de Flandes del Imperio Español.7Aún sin éxito, ciertos autores han intentado demostrar que en América las alamedas surgieron de modo independiente en el continente americano, sin influencia europea alguna.8 Durante la Edad Moderna se plantaron jardines públicos en un amplio número de ciudades y villas del reino de España. Por ejemplo, se construyeron en La Haya (1550), Úbeda (paseo de la Alameda o del Pastor, ca. 1550),9Madrid (paseo del Prado, 1578), Sevilla (alameda de Hércules, 1574), Valladolid (alameda de Nuestra Señora del Prado, 1603), Segovia, Jaén, Baeza, y Cazorla.10 De hecho, los primeros ajardinamientos de espacios públicos se constatan en el reino de España, de modo que, pese a que desde la Antigüedad la concepción de la ciudad ideal incorpora espacios públicos con árboles, en otros estados de Europa su construcción se vio demorada hasta el siglo XVIII por la falta de recursos. Paralelismos entre las alamedas renacentistas españolas y los entornos arbolados de la Antigüedad Las primeras reflexiones escritas documentadas sobre el valor de los árboles y los bosques corresponde a la Antigüedad, que, como declaraba Plinio, «árboles y bosques se concebían como el mayor don conferido al hombre»; según el autor, de los bosques se obtenía sustento, descanso confortable gracias a sus hojas secas, y vestimenta,11 además de otros valores materiales o económicos imprescindibles para el hombre, como la energía obtenida con la combustión de madera y las piñas, la alimentación con la 5 Durán Montero, 1985. 6 Castro Morales, 2004; Duarte, Sánchez y Ugalde, 2001; Herrera, 1984, 393-394. 7 Paya, 2014. 8 Muñoz Rebolledo e Isaza, 2001; Segawa, 2004. 9 Albardonedo Freire, en prensa. 10 Veiga, 1973, 68-69; Aguilar Diosdado y García León, 1988; Moreno Mendoza, 2005; Durán Montero, 1985, 179-181; Pareja Delgado, 1989; Uceda Ureña y Peragón López, 2003; Contreras y López de Ayala, 1974; Van Den Berg, 2001. 11 Plinio, 1629, XII, 1; Plinio, 2010, v. 3, 9. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 423 fruta y numerosas sustancias químicas obtenidas de las resinas. El autor recordaba agradecido que con su madera se hizo posible surcar los mares, construir viviendas, tallar imágenes y la savia de ciertos árboles permitió el disfrute del aceite y el vino.12 Los griegos y romanos admiraban el gran tamaño de los árboles y se ofrecían como ofrenda incruenta a los dioses. Se llegó a pensar que en estos gigantes se asentaban las divinidades, y en ellos realizaban los cultos; efectivamente, el mismo Plinio el Viejo nos dejó escrito: «Los árboles fueron templos de la divinidad, y todavía en la actualidad, a la antigua usanza, los sencillos campesinos le dedican a un dios el árbol que más descuella».13 El árbol fue considerado en todas las culturas el elemento vegetal más difícil de poseer, admirado por su larga permanencia en el mismo lugar, por el lento crecimiento hasta alcanzar su extraordinario tamaño14 y por sus gratificantes efectos sensoriales (el placer visual de su aspecto,15 la sensación de su sombra, el sonido de los susurros, el olor de las resinas y el gusto de sus frutos). Las razones por las que los bosquetes arbolados proliferaron a partir del mundo clásico fueron las siguientes: ya en la Grecia clásica, se propugnaba el disfrute y la posesión de grandes ejemplares o conjuntos arbóreos, por su aristocrático porte y por valorarse el tiempo que precisaba para alcanzar la envergadura conveniente. En consecuencia, el conocimiento sobre el cultivo de los árboles también fue muy valorado,16 y se orientó entre otras cosas a organizar con planificación geométrica los árboles. Especialmente, eran en gran medida estimados los bosquetes ornamentales con alineaciones de árboles de carácter geométrico, entornos urbanos que proliferaron por los escasos cuidados que los árboles precisaban una vez enraizados. También por sus beneficios como entornos sociales, y que permitían conformar áreas de paseos de sombra para el disfrute, e incluso (como sucedió en el mundo clásico) para entrenamientos de atletas; de hecho, en Atenas y Roma se dedicaron amplias superficies con árboles, con una organización generalmente ortogonal. 12 Plinio, 1629, XII, 4; Plinio, 2010, v. 3, 13. 13 Plinio, 1629, XII, 3; Plinio, 2010, v. 3, 11. 14 Idem. Otras referencias a la gran altura de los árboles en Plinio, 1629, VIII, 9; IX, 9; X, 3; VI, 32; XVI, 40. 15 De los árboles se ha dicho con razón que son los únicos cadáveres bellos de la naturaleza. 16 Plinio, 1629, XII-XIX. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 424 En las alamedas también se buscó el contacto con la naturaleza dentro de la ciudad, y un espacio en el que el paseo fuera el fin principal; se creía, no sin razón, que ambas actividades aportaban a los humanos beneficios físicos y psíquicos. De hecho, no era nueva esta opinión, pues ya desde la Antigüedad se conocían estas ventajas saludables y Vitruvio, en su tratado De Architectura (siglo I d.C.), nos dejó claros comentarios sobre el particular: El descubierto que se dexa en el medio entre los pórticos parece debe vestirse de plantas. Su paseo al descubierto es muy agradable, singularmente para la vista […]. Asi mismo, tomando el cuerpo calor con el movimiento del paseo, y desecando el ayre los humores de los miembros, alivia la plenitud, y evacua las superfluidades, disipando lo que no puede llevar el cuerpo.17 Las alineaciones de árboles en los bordes de los caminos y en los bosquetes de la Antigüedad, serán los que en el siglo XVI permitieron concebir las alamedas en España durante reino de Felipe II, con el fin de generar sombra, factor determinante en la proliferación de las alamedas, ya que permitían dar agradable cobijo a grandes concentraciones humanas. Las alamedas de la Edad Moderna eran paseos formados por varias calles de árboles que existían gracias a la imprescindible presencia del agua de riego. Y sin duda, los fines buscados en ellas era disfrutar de la sombra para distintas actividades, entre ellas el entrenamiento solitario y en grupo, el ejercicio atlético en todas las formas posibles, incluso para los caballistas. En las alamedas también se producía el descanso sentado, y la contemplación de los ciclos vitales de la naturaleza, que ayudaba a la relajación psíquica y al estudio. A esto se sumaba las múltiples formas de relación social, marco perfecto para ver o ser visto, además de para cortejo amoroso que se producían entre iguales. En efecto, a las alamedas públicas acudían los distintos estamentos sociales a pie o en coche de caballos, reuniéndose en torno a la charla y al son de la música. Las distintas ocasiones para reunirse en las alamedas eran el buen tiempo, las devociones, la fiesta y el mercado, entre otras. Los árboles protagonistas de las alamedas promovidas en España durante el reinado de Felipe II fueron especies de álamos (Populus alba, Populus Nigra y Populus Tremula), aunque ocasionalmente también surgieron otras con diversos géneros de árboles. Por el contrario, en la 17 Vitruvio, 1787, v. 9, 38, 127; Grimal, 1984, 80. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 425 Antigüedad clásica, tanto en Grecia como en Roma, los árboles más característicos para los mismos espacios arbolados, públicos y privados, habían sido los plátanos de sombra (Platanus Orientalis). Sobre estos géneros de árboles de sombra, álamo y plátano, Teofrasto los incluía en el mismo grupo, aquel que consideraba de rápido crecimiento si se cultivaba en un terreno bien regado: Si se aprovechan terrenos idóneos y se les prestase los cuidados pertinentes, se reproducirán igualmente, como ocurre con los árboles del bosque y del pantano, es decir, el plátano, el sauce, al álamo temblón, el álamo negro y el olmo; porque todos estos árboles y otros semejantes crecen deprisa y con toda facilidad.18 En las alamedas la elección de la especie del álamo estuvo ligada a su rápido crecimiento, especialmente cuando crecía en lugares pantanosos, y a la facilidad para reproducirlos. Además contribuyó a la elección de esta especie, la extraordinaria carga mitológica del álamo en la Antigüedad, pues estaba estrechamente vinculado con Hércules, hijo de Zeus. Plinio el Viejo nos lo contó de la siguiente manera: Hay especies arbóreas que gozan de permanente protección por estar consagradas a determinadas divinidades, como el roble a Júpiter, el laurel a Apolo, el olivo a Minerva, el mirto a Venus y el álamo a Hércules.19 En la mitología clásica también existen importantes referencias a los árboles, un caso vinculado con los álamos es el de la ninfa Leuce (en griego llamada «la Banca» o «álamo blanco») fue amada por Hades, y con él vivió en su reino. Después del fallecimiento de Leuce, Hades la metamorfoseó en un álamo blanco (Populus Alba) de los Campos Elíseos, lugar donde se pensaba que los piadosos pasarían su vida futura. Asimismo se decía que Hércules, después de salir del reino de Hades (los Infiernos) y de haber vencido al Can Cerbero, el perro de Hades, se hizo una corona de álamo blanco recogido en los Campos Elíseos. El escritor Mario Servio Honorato nos lo contó así: Populus alcidae gratissima quia ea velatus ab inferis rediit: quam Homerus ἀχερωΐδα dicit, ab Acheronte ad superos translatam; qua corona usus, duplici colore foliorum, geminos labores (superorum) inferorumque testatus est. De hac sane arbore fabula 18 Teofrasto, 1988, III, 1, 149-150. 19 Plinio, 1629, XII, 1, 3; Plinio, 2010, v. 3, 11-12. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 426 talis est; Leuce, Oceani filia, inter nymphas pulcherrima fuit; hanc Pluton adamavit et ad inferos rapuit. quae postquam apud eum completo vitae suae tempore mortua est, Pluton tam in amoris, quam in memoriae solacium in Elysiis piorum campis, Leucen nasci arborem iussit, ex qua, sicut dictum est, Hercules se, revertens ab inferis, coronavit.20 Asimismo, Pausanias dejó testimonio de que Hércules trajo el álamo blanco desde Tesprotia de Epiro a Atenas, y recordó que con ramas de álamo se coronaba a los vencedores en los juegos de Olimpia.21 Para finalizar esta relación de escritos clásicos, recordaremos que Virgilio nos indicó que Hércules se había ceñido la cabeza con ramas de álamo en señal de triunfo, tras dar muerte a Caco en la cueva del monte Aventino.22 Con este conjunto de fuentes escritas tenemos oportunos argumentos para valorar la decisión tomada en Sevilla de dedicar la nueva alameda a Hércules, mítico fundador de la ciudad.23 El nombre debió ser refrendado por los munícipes cuando la mandaron plantar en 1574, basándose en la extraordinaria carga mitológica que relacionaba a Hércules con los álamos, y al mítico fundador de Sevilla con la dinastía Habsburgo. Podemos concluir este apartado afirmando que el álamo es uno de los árboles más vinculados con la mitología clásica, además de formar parte principal del ceremonial en el culto a Hércules de los templos de Roma.24 Asimismo, en el concepto de alameda se dan los siguientes elementos esenciales: el ser un espacio con planta generalmente rectangular, definido por las hileras de árboles; la abundancia de agua que daba vida por medio de fuentes y acequias; y las calles de ida y vuelta para el paseo. Además, algunas construcciones complementaban el espacio: desde el siglo XVI las acequias, portadas y ciertas símbolos religiosos; ya desde el siglo XVIII se generalizaron los bancos para el descanso y el palco para los músicos. En ocasiones se sumaban otras construcciones monumentales que completaban el adorno, de acuerdo a la estética y al poder económico de cada época. A las alamedas se les otorgaba un topónimo que frecuentemente estaba vinculado a ciudadanos ilustres, a los que se rendía homenaje. 20 Honorato, 1881 Ecl. 7.61; Estrabón, VIII, 3, 14; Plinio, 2010, v. 3, 12. 21 Pausanias, V, 13, 3; 14, 2. 22 Virgilio, VIII, 276-277. 23 Albardonedo Freire, 1998. 24 Marcos Casqueiro, 2002. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 427 Los jardines de árboles alineados, públicos y privados, del mundo clásico Frente a las escasas publicaciones sobre la jardinería clásica griega donde apenas contamos con el capítulo que Gothein dedicó a Grecia, en una historia general de la jardinería de 1914, y estudios arqueológicos concretos como por ejemplo el que realizó Thompson del templo de Hefaistos de 1937.25 Por el contrario sobre la jardinería romana contamos con estudios generales importantes como el precursor trabajo de Grimal de 1944, y con la avanzada investigación arqueológica de la ciudad de Pompeya llevada a cabo por Jashemski desde 1979 o los estudios de casos concretos como el de Önnerfors sobre el pórtico de Octavia.26 La evidencia arqueológica muestra que existieron pequeñas reservas de espacios centrales con vegetación en el ágora de las ciudades de la Grecia clásica. Para la historia de la jardinería, la cultura griega clásica no posee un estilo de jardín tan definido como el estilo que se practicó en los jardines del antiguo Egipto. Fue manifiesta la diferencia entre el esplendor en las demás artes griegas y su relativa debilidad en materia de jardines. Marie Luise Gothein, en su Geschichte der Garden Kunst,27 explicó que la democracia griega no favoreció la concentración de grandes fortunas. Sin estas últimas riquezas no se pudieron crear ni mantener grandes jardines particulares. No obstante, la democracia no fue incompatible con la ordenación de grandes espacios públicos urbanos, reservados para el solaz de los ciudadanos. La sede del poder político de las ciudades de Grecia no se encontraba aislada en un edificio, ni lejos de la vida ciudadana, sino en el ágora, en el centro de la ciudad, y generalmente próximo crecía un gran árbol o un conjunto de ellos.28 Con el progreso de las ciudades esas arboledas se fueron organizando como jardín público, donde la geometría reinaba en la disposición arborescente, alineada y ordenada por el hombre, quien bajo su sombra encontraba en los meses calurosos el mejor amparo. En Atenas hubo una creciente preocupación por incluir en plazas públicas los árboles. Estos gigantes vegetales siempre satisfacían las necesidades que después se buscaron en los distintos tipos de jardín: verdor, 25 Gothein, 1914; Thompson, 1937. 26 Grimal, 1944; Jashemski 1979; Önnerfors, Olinder y Tengström, 1974. 27 Gothein, 1979, I, 53; Carroll-Spillecke, 1992. 28 Baridon, 2004, 180. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 428 olor, sombra, orden del espacio, frutos comestibles, definición del lugar por la presencia de una variedad u otra arbórea y ciertas variedades con claros significados mitológicos, en torno a los que se definieron claros valores simbólicos. Sin embargo, en los proyectos más antiguos parece que no se puso mucho énfasis en la correcta disposición arbórea.29 No obstante, pron- to en el entorno de los templos de Atenas y de otras ciudades se plantaron ordenadamente árboles de acuerdo con las líneas que marcaban los ejes de las columnas de los pórticos de los templos, y con la misma separación que el espacio del intercolumnio. Así se ha podido constatar en las excavaciones arqueológicas de algunos templos, especialmente en aquellos que se elevaron sobre colinas rocosas. La naturaleza del lugar obligaba a que para plantar los árboles tuvieron que abrirse pequeñas cubetas, perforando la roca del macizo y rellenándolas de tierra, con el fin de en ellas plantar los jóvenes árboles. Tales cubetas, excavadas en el s. III a.C., han sido la huella de interés arqueológico que nos ha permitido conocer la localización exacta de la plantación alrededor del templo de Hefaistos (449 y 425 a.C.),30 o del santuario de Heracles en la isla de Tasos, en prefectura de Kavala en Grecia.31 En definitiva, esta plantación arbórea organizada en ciudades y áreas inmediatamente adyacentes a éstas, se utilizó como elementos definidores, por los que a través de las especies otorgar la identidad de un sitio y su función. El uso de los árboles se limitaba a los lugares de culto y enterramien- to, a los gimnasios, palestras, a los centros filosóficos de la Academia y el Liceo32 y de concentración ciudadana. En el Liceo y en la Academia de Atenas existía un pequeño conjunto de árboles plantados en forma de paseo formado por plátanos de sombra y regados por una acequia. La primera función de estos bosquetes era servir como el espacio para la docencia, además de un lugar de esparcimiento, un complejo deportivo de entrenamiento y lugar de enterramiento de ilustres. Estrabón refirió la existencia del Liceo, de la Academia y de los demás «jardines de los filósofos».33 Fueron estos lugares de gran reconocimiento internacional y el árbol tuvo larga vida pues parece que perduró hasta el 29 Panzini, 1993, 3. 30 Thompson, 1937. 31 Launey, 1937. 32 Platón, 1988, VI, 249; Teofrasto, 1988, I, 1,7 y 90; Plinio, 1629, XII, 3, 7 y 9; Plinio, 2010, v. 3, 11, 15 y 16; Plutarco, 1990, 324; Diógenes Laercio, III, 5. 33 Estrabón, IX, I, 17. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 429 Séneca (4 a.C.-65 d.C.) conoció la primera generación de los grandes jardines estéticos, escenario de la vida relajada de los aristócratas, especialmente durante el gobierno de Nerón (54-68d.C.). Quizá por el rechazo que para él representaba esa vida, en Epistulae Morales ad Lucilium (ca. 65 d.C.) aún ensalzó un sentimiento religioso que inspiraba los grandes árboles naturales y salvajes, un estado de la cuestión que estaba ya en decadencia: Si tibi occurrerit vetustis arboribus et solitam altitudinem egressis frequens lucus et conspectum caeli ramorum aliorum alios protegentium summovens obtentu, illa proceritas silvae et secretum loci et admiratio umbrae in aperto tam densae atque continuae fidem tibi numinis faciet.53 Los grandes jardines aparecieron no sólo en la ciudad de Roma sino también en las correspondientes a las regiones de Campania, en la Lombardía, en el Lacio, y en numerosas ciudades y villas de todo el territorio. En Roma se introdujo la influencia del Mediterráneo oriental, tanto griega como del Oriente helénico. Entre otras novedades se introdujo el arte de los jardines de árboles, con pinturas de paisajes campestre y escenas de influencia griega y de Alejandría. Asimismo se transformó la arquitectura de la casa romana que se abrió al jardín mediante los pórticos, desde donde se contemplaba el paisaje circundante.54 El primer jardín público de Roma El parque público más antiguo que conocemos de la ciudad de Roma es el Pórtico de Pompeyo. En su origen fue una galería porticada que ro - deaba un espacio abierto intermedio ajardinado con árboles, formando parte del teatro de Pompeyo en Roma construido hacia el año 55 a.C.55 Nos ha llegado buena información del jardín que estaba inspirado en la palestra griega y definido por tres calles de plátanos de sombra, laureles y columnas. Se trataba de un recinto ortogonal de aproximadamente 180 por 135 m, 53 Séneca, 41, 3: «Cuando con ancianos árboles, cuya altura excediese con exceso la ordinaria, te ocurre [te encuentras] un bosque frecuentado, y que con la densidad de ramas entretejidas esconde a tu vista el cielo, aquella grandeza de la selva, lo arcano del lugar, y la admiración de la sombra tan densa y tan continua en descubierto, alguna deidad testifica a tus ojos».Moya del Baño y Gallego Moya, 2011. 54 Grimal, 1984, 440. 55 Ramallo Asensio, 2000; Gagliardo y Parker, 2006. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 436 definido por un eje central ordenador, perpendicular a la escena. El jardín se dividía en tres calles, la central bordeada de plátanos de sombra era la de entrada y dos laterales; en total el espacio estaba formado por cuatro líneas de árboles y columnas, todos paralelos al eje más largo. El pórtico de Pompeyo marcó el inicio de un modelo de jardines de árboles que se consolidó en teatros construidos durante el gobierno de Octavio Augusto. Dicho pórtico perimetral tuvo las funciones de resguardo de espectadores en caso de lluvia y de almacén como mencionó Vitruvio,56 y con carácter representativo, como espacio adecuado para la relación de las elites locales. El pórtico se añadió en teatros donde acudía la familia imperial o el poder político y económico, como ocurría entre otros teatros en los de Volterra, Ostia y Mérida. La tipología de los pórticos se introdujo en Roma en el año 100 a.C., pasando a un tamaño monumental en la década de 80 a.C., en los edificios conmemorativos del triunfo de los generales romanos como Pompeyo que volvieron victoriosos de Oriente.57 El pórtico romano más antiguo que ha dejado evidencias arqueológicas es el pórtico Metelo del circo Flaminio,construido por Quinto Celio (146 a.C.)58 y después dedicado por Augusto a su hermana Octavia (27 a.C.).59 Tal y como dijo Alberti, el jardín de árboles es también arquitectura,60 por ello ya antes Vitruvio se había ocupado del valor constructivo de los árboles al hablar de las formas arquitectónicas realizadas con árboles como la división del espacio, las alineaciones del pórtico de Pompeyo. Vitruvio señaló que era fácil reconocer en aquella disposición interior modelos orientales, como las hileras de plátanos simétricas usados en los jardines sagrados de Oriente de época Helenística. Tanto la elección del plátano para el pórtico de Pompeyo, como la elección de un modelo de edificio cerrado por un cuádruple pórtico era semejante a los jardines de las palestras y de otros jardines griegos. Todo ello apunta claramente que el pórtico de Pompeyo está directamente relacionado con la tradición helenística oriental de los «paseos». Las galerías de columnas que rodean un edificio o peristilos eran ya en época de Pompeyo una tipología generalizada. Sin embargo, la estructura de un espacio totalmente cerrado por pórticos y un jardín de árboles en 56 Vitruvio, 1787, V, 9. 57 Gros, 1987, 62. 58 Plinio, 2010, 34, 3; Plinio, 1629, v. 2, 34, 3, 614. 59 Önnerfors, Olinder y Tengström, 1974; Richardson, 1976. 60 Alberti, 1991, IX, 2 y 374. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 437 su interior era una recientísima novedad, incluso en el mundo griego del s. I a.C. El propio Vitruvio apuntaba cómo el modelo seguido en el pórtico de Pompeyo estaba vinculado con el pórtico ateniense de Eumenes, y con el viejo pórtico del Témenos de Dionisio, detrás del teatro de Atenas.61 Por lo tanto, los jardines públicos dados por Pompeyo a sus compatriotas no tienen nada que ver con la tradición italiana de jardín. Estos son una novedad traída por Pompeyo en sus viajes de conquista por el próximo Oriente. En el jardín helenístico del pórtico de Pompeyo también se crearon aulas destinadas a la enseñanza, construcciones que vamos a encontrar en los jardines privados, donde tomaron una gran importancia. El ejemplo de Pompeyo fue seguido por Octavio Augusto y por sus colaboradores a quien Roma debió la existencia de la mayor parte de sus jardines públicos generalmente plantíos de árboles. Fue entonces cuando se limpió la parte central del Campo de Marte de Roma, con la ayuda del general y Edil Marco V. Agripa (63-12 a.C.), y se abrió al público el jardín del pórtico de Pompeyo, por el deseo de Augusto de regalar al pueblo de Roma, jardines dignos de un emperador como él.62 La búsqueda de la herencia romana en los siglos del Renacimiento: acerca del orden de los jardines en los textos latinos clásicos Como hemos visto, conservamos un extraordinario conjunto de escritos sobre cultivos de árboles ornamentales, de gran calidad que se extiende durante novecientos años siendo el más antiguo del siglo V a.C. Son textos de distinto carácter que contienen reflexiones sobre la vida en contacto con la naturaleza vegetal ornamental, y su cultivo destinado a la contemplación estética y a la recreación. Por tanto están alejados de otros fines productivos agrícolas, y no reclamaban a esas especies más que belleza y disfrute para el hombre, sin demandar rentabilidad económica alguna. Estos escritos clásicos han tenido un enorme valor para ayudar en la Edad Moderna a recuperar un nuevo interés por el cultivo de árboles y plantas ornamentales, coincidiendo con la nueva mentalidad renacentista. Junto con la nueva forma de entender la ciencia, el saber filosófico y estético, un nuevo y prometedor amanecer surgió buscando en la vida urbana el contac- 61 Vitruvio, 1787, «De los pórticos y paseos detrás de la escena», V, 9, 31, 125. 62 Grimal, 1984, 173. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 438 to con los árboles y la naturaleza, en ámbitos privados primero y públicos después, procurando con ellos el placer estético y la recreación entre árboles ornamentales, ordenados por el hombre generalmente con ayuda de una elemental geometría, en los nuevos proyectos de jardinería. Los hombres del Renacimiento buscaron en los textos de escritores clásicos distintos relatos, algunos son interesantes descripciones de distinta longitud, otras obras completas concebidas como tratados técnicos o teóricos en los que se trata sobre las trazas del espacio de recreación de los jardines. En todos se manifestó un importante interés por el disfrute personal y por el cultivo de los árboles, dispuestos en conjuntos geométricamente ordenados y según los principios de la armonía, en todo caso buscando consecuencias muy positivas para el hombre en el contacto con la naturaleza. Es amplia la relación de textos procedentes de sabios filósofos griegos como Platón, Aristóteles o Teócrito, eruditos latinos como Catón el Censor, Varrón, poetas como Lucrecio, Catulo, Virgilio, Horacio, Ovidio, ilustrísimos literatos como Cicerón, o el enciclopedista Plinio el Viejo, y también de historiadores como Suetonio, y san Sidonio Apolinar. No obstante los principales tratadistas que aportaron información sobre jardines clásicos a los hombres del Renacimiento fueron Vitruvio y Columela. Todos ellos incluidos con acierto por Michel Baridon en distintas obras de compilación de fuentes sobre la jardinería en general, en los que analizó la rica información sobre jardines de todo tipo que nos han aportado los autores clásicos.63 A partir del siglo XV, una nueva estética y nueva concepción del mundo de los jardines estuvo protagonizada principalmente por el humanista y arquitecto Leon Battista Alberti, y por los arquitectos Antonio Averlino il Filarete, Francesco di Giorgio Martini, Sebastiano Serlio y Andrea Palla - dio. Sus propuestas teóricas y técnicas para los jardines estuvieron basadas en la interpretación de los escritores clásicos de distinto tipo. En aquel conocimiento de los textos de la Antigüedad también colaboraron los do - minicos Francesco Colonna y Agostino del Riccio. No obstante, Leon Battista Alberti gracias a su extraordinario dominio del latín fue el primero en poder leer con gran aprovechamiento los textos clásicos que habían llegado al siglo XV, interpretarlos y explicarlos en su tratado De re aedificatoria, obra a la que se dedicó durante gran parte de su vida. Alberti creó un fundamento teórico para la arquitectura que no pudo ser superado en su totalidad por ninguno de sus contemporáneos, y 63 Baridon, 2004, I, 179-302. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 439 que constituye la obra clave de la recuperación de la arquitectura y de la jardinería clásica en Europa. Fue él quien difundió con claridad y conocimiento la herencia clásica sobre arquitectura y jardinería en Europa. En De re aedificatoria dedicó el libro IX a «La ornamentación de los edificios privados», y en esta parte, cuando hablaba de los posibles temas a tratar para los revestimientos del edifico y el acabado con pintura, recomendaba que, entre otros asuntos, en los edificios del jardín la decoración conveniente era las costumbres de la vida campesina: será la más adecuada para los jardines, por ser la más alegre de todas. Lo que más nos alegra el espíritu es la contemplación de pinturas en las que figuren comarcas agradables… paisajes exuberantes de flores y de vegetación.64 En este mismo libro IX reunió la más rica información sobre los jardines que tuvo un largo interés en la recuperación de estos nuevos espacios de recreo tanto privados como los públicos, que comenzarán a realizarse desde mediados del siglo XVI en los reinos de los Habsburgo españoles y en Italia. En el capítulo IV da con claridad las claves del jardín, que orientaron en la nueva concepción de las alamedas urbanas y periurbanas de las ciudades de los Austrias como lugar que debe ser agradable y placentero, en el que se debe disfrutar de la sombra: Habrá también jardines y plantas agradables, y en el jardín un pórtico desde el que puedas tomar el sol así como disfrutar de la sombra. Habrá también un espacio sumamente placentero. Surgirán inesperadamente cauces de agua de numerosos lugares. Setos de hoja perenne delimitarán los senderos.65 En las recomendaciones dadas para los jardines por Alberti dominan las referencias a un conjunto de árboles que se convertirán en los más tradicionales y repetidos de los jardines de Italia desde el silgo XV: Y no faltarán cipreses cubiertos de hiedra. Se trazarán círculos, semicírculos y las figuras que convengan a las superficies de los edificios con el laurel, el cedro, el enebro con las ramas recogidas y mutuamente entrelazadas […]. La vid, con la cual cubrían los senderos del jardín, los antiguos la colocaban sobre columnas de mármol. Dichas columnas tenían un espesor equivalente a la décima parte de su longitud, de orden corintio.66 64 Alberti, 1991, 380. 65 Ibidem, 380-381. 66 Ibidem, 381. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 440 A continuación Alberti en el tratado acudió a una copia libre de un texto las Epístolas, de Horacio, para ensalzar la sombra destinada a resguardar al amo y seguir estableciendo una diferencia clara entre los campos de cultivo y el jardín ornamental: Dice el famoso poeta: Produzca la zarza cerezas silvestres y endrinas, y que la encina y el acebo procuren / abundante alimento al ganado, sombra en abundancia al amo*. Pero tales cosas puede que convengan más a las fincas hortofrutícolas que al jardín.67 Finalmente, Alberti al terminar de tratar la villa rural para comenzar a dar las características de la vivienda urbana, recomendaba otra de las características de su arquitectura, la de buscar la construcción de pórticos en los que era deseable que se pudiese disfrutar de una agradable vista, si era posible desde un lugar elevado: La casa de ciudad, por otro lado, no les irá un ápice a la zaga en alegría a las fincas con jardín por lo que hace a sus partes interiores (salas de estar o comedores); pero en las exteriores, como es el caso del pórtico y del vestíbulo, no estarán dotadas de tanta alegría como para que dé la impresión de que se ha echado en olvido la seriedad.68 La información arbórea dada por Alberti será clave para definir las nuevas alamedas y los paseos flanqueados por árboles aportando dos interesantes recomendaciones. La primera es hacer plantíos de las hileras de árboles y la segunda, seguir una ordenación de acuerdo con los principios de la geometría, como se encuentra referido en la primera edición del tratado De Re Aedificatoria de 1485, donde recomienda la disposición en orden de quincunce,69 tradicional en las alineaciones de árboles romanas. Esto, unido a la forma habitual de los paseos en el mundo clásico, divididos en tres calles, contribuiría a perfilar el concepto general de la estructura de los paseos en forma de alameda: Las hileras de árboles se colocan en línea, a igual distancia entre sí y con los ángulos en correspondencia, como se suele decir, al quincunce.70 Haremos que el jardín esté 67 Idem. El asterisco remite a esta nota a pie de página: «(N. del T.) Horacio, Epistolae, 1 16, 9-10. No es cita literal». 68 Idem. 69 Diccionario de la Real Academia de la Lengua: quincunce. (Del lat. quincunx, -cis) Disposición semejante a la figura de un cinco de dados, con cuatro puntos que forman rectángulo o cuadrado y otro punto en el centro. 70 «Arborum ordines ad lineam et interuallis comparibus et angulis correspondentibus, uti aiunt, ad quincunquem», Alberti, 1485, 163v, líneas 9-11. LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 441 verde con hierbas raras, y con las que poseen propiedades medicinales. Me gusta la costumbre que entre los antiguos solieron tener los administradores, cual es la de agasajar a los amos trazando sus nombres en la superficie con boj o con plantas olorosas. La rosa formará un seto, estará entrelazada con los avellanos y los granados.71 En efecto, también un texto de Marco Fabio Quintiliano (ca. 35- ca. 95 d.C.) nos dejó su opinión favorable a los árboles frutales frente a los ornamentales, además de indicar que incluso con ellos se podía alcanzar el orden y la geometría en las alineaciones siguiendo el quincunce: ¿Por ventura tendré yo por mejor cultivada una tierra donde no se presenta a la vista lirios, violetas y manantiales de agua, que otra que está cargada de mies y llena de viñas? ¿Estimaré en más un plátano estéril y los arrayanes de ramas artificiosamente cortadas, que el olmo bien casado con la vid y la oliva que se desgaja por su mismo fruto? Dejemos aquellos árboles [ornamentales] para los ricos: aunque ¿cuáles serían sus riquezas si no tuvieran otra cosa? Pues qué, ¿aun en los frutales no buscamos también el adorno juntamente con el fru- to? ¿Quién lo niega? Pues también plantamos los árboles a cuerda y con cierto orden. Y si no ¿qué mejor vista que la de una quincunce que por donde quiera que se mire están todos los árboles en hilera? Pues aun esta disposición contribuye para que igualmente chupen el jugo de la tierra? [...]. De modo que la utilidad debe ir junta con la hermosura; pero esto lo discernirá cualquiera de mediano talento.72 El trazado regular del jardín público renacentista de árboles La condición primordial del jardín renacentista de las alamedas era la regularidad de la composición, fundamentada en la geometría según se establecía en la tratadística. Estos espacios preferentemente rectangulares se creaban por la implantación de dos ejes perpendiculares sobre el plano horizontal, generalmente allanado. El trazado regular comprendía la forma rectangular del perímetro, y además líneas paralelas y la disposición ortogonal entre ellas, separadas por intervalos modulados. Para la implantación en espacios urbanos irregulares en ocasiones fue necesario dejar alrededor de la alameda unos márgenes libres que salvaban las irregularidades de las alineaciones de las fachadas limítrofes, como ocurrió en Sevilla en 1574. 71 Alberti, 1485, IX, 4; Alberti, 1991, 381. 72 «Quis negat? Nam et in ordinem certaque interualla redigam meas arbores. Quid enim illo quincunce speciosius, qui in quamcumque partem spectaueris rectus est?». Quintiliano, 1558, VIII, 3 y 430; Quintiliano, 1916, VIII, 38-39. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 442 La regularidad en el jardín se daba en los elementos principales que lo constituían: suelo, arquitectura, agua y vegetación. El terreno se nivelaba para dar uniformidad, la geometría regular también afectaba a la arquitectura del jardín y a la vegetación sujetada a alineamientos rectos de árboles. La distribución del agua se debía producir por acequias rectas, por el contrario las formas curvas o poligonales sólo se daban en las pilas o tazas de las fuentes. La regularidad comprendía el eje axial del jardín, el cual dividía con una línea imaginaria central que enlaza todas las partes; y atravesaba la avenida principal y la portada de acceso, en caso de existir. La relación compositiva, como correspondencia entre ejes, seguía las recomendaciones LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 443 FIGURA 1.—Francisco Manuel Coelho (dib.), José Amat (grab.), Plano de Sevilla, 1771. Se levantó por disposición de Pablo de Olavide, asistente de la ciudad. Se puede observar la irregularidad de las alineaciones de fachadas colindantes, regularizadas con unos márgenes libres de ocupación. teóricas dadas por la tratadística de Antonio Averlino il Filarete y Francesco di Giorgio Martini. La simetría axial era reforzada por las fuentes alineadas en el eje de simetría o distribuidas en pares simétricos en torno a él. Este eje de simetría aportaba una jerarquización de acuerdo a la proximidad o distancia respecto a la línea imaginaria ordenadora del conjunto. Por último, el núcleo normativo básico de la composición de las alamedas atendería a la buena proporción recomendada por Alberti en el libro I, 9, el de mayor contenido teórico del tratado de arquitectura,73 y que trata de cómo la buena proporción gobierna las relaciones de medida de las partes con el todo. El trazado regular no era una excepción destinada en exclusiva para los jardines, pues entonces se estaba intentando pasar del urbanismo espontáneo de la ciudad medieval, a un urbanismo geométrico y racional expresado en la ciudad ideal de la tratadística. Palladio en su libro III,1, al hablar de las vías de la ciudad recomendada, abordó el interesante aporte ornamental de los árboles, el animoso efecto causado por ellos sobre los ciudadanos y la grata sombra que proporcionaban a todos: E si come nelle Cittá si aggiogne bellezza alle vie con le belle fabriche; cosí di fuori si accresce ornamento a quelle con gli arbori, i quali, essendo piantati dall’una, e dall’altra parte loro, con la verdura allegrano gli animi nostri, e con l’ombra ne fanno commodo grandissimo.74 Las alamedas urbanas Estos principios teóricos de la arquitectura del Renacimiento se pudieron materializar en las alamedas urbanas que fueron creadas en el siglo XVI como jardín público de árboles, destinadas al servicio de la recreación y el ornamento urbano. Tal tipo de jardín siempre estaba trazado regularmente mediante la plantación de hileras de grandes árboles de sombra. Entre ellos se elegían especialmente los álamos, los olmos y los tilos por lo que debían contar con abundante agua de riego. El concepto de alameda como mo - dalidad de jardín público, era distinto de las alamedas naturales que crecían en los ríos y, diferente también de las alamedas plantadas por el hombre. Estas últimas tenían distintos fines como la producción de madera, o la 73 Alberti, 1485, I, 9; Alberti, 1991, 81. 74 Palladio, 1570, lib. III, 3. ANTONIO ALBARDONEDO FREIRE Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 444 LA ALAMEDA, UN JARDÍN PÚBLICO DE ÁRBOLES Y AGUA Anu. estud. am., 72, 2, julio-diciembre, 2015, 421-452. ISSN: 0210-5810. DOI: 10.3989/aeamer.2015.2.02 445 FIGURA 2.—Las murallas renacentistas perimetrales de la ciudad de Lucca, entre torres se plantaron hileras de árboles en 1544. 1.ª) Georg Braun y Franz Hogenberg, «Lucca», Civi - tates Orbis Terrarum, Colonia, 1617, vol. 4, 50. 2.ª) F. B. Werner (dib.), Johann Friedrich Probst y Jeremias Wolff (dibs., eds.), «Lucca», ca. 1730. 3.ª) Panorámica actual. 1.ª 2.ª 3.ª Moreno Mendoza, Arsenio: «La alameda, un lugar de desahogo y recreación», en Urbanismo en la Úbeda del siglo XVI: entre la tradición medieval y la reforma, Jaén, Instituto de Estudios Giennenses, 2005, 211-222. Moya del Baño, Francisca y Gallego Moya, Elena: «La Epístola 41 de Séneca traducida por Quevedo y defendida por él de “los ataques” de Muretus», en Hernández González, Fremiot; Martínez Hernández, Marcos y Pino Campos, Luis Miguel (eds.), Sodalivm Mvnera. Homenajea Francisco González Luis, Madrid, Ediciones Clásicas, 2011, 412-438. Muñoz Rebolledo, María Dolores e Isaza, Jean Luis: «Naturaleza, jardín y ciudad en el Nuevo Mundo», Theoria, 10, Universidad del Bío-Bío, 2001, 9-22. Önnerfors, Alf; Olinder, Björn y Tengström, Emin: Porticus Octavia in Circo Flaminio: topographical studies in the Campus region of Rome, Roma, Svenska Institutet i Rom, 1974. 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