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López Delgado, Juan Antonio : Antonio Montes. Vida y tragedia de un torero, Murcia, Neocromo Producciones Gráficas, 200 páginas [Reseña]

Martínez Shaw, Carlos

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Fig. n.º 32.- López Delgado, Juan Antonio (2014): Antonio Montes. Vida y tragedia de un torero, Murcia, Neocromo Producciones Gráficas, 200 páginas. Revista de Estudios Taurinos N.º 35, Sevilla, 2014, págs. 247-252 Para entrar por derecho, empezaremos por decir que nos hallamos ante una biografía modélica, de esas que tanta falta hacen en la bibliografía taurina española. La obra, en efecto, reúne todos los requisitos exigibles: una laboriosa recopilación de fuentes abundantes, variadas y fiables, un aparato bibliográfico impecable, una aproximación hecha desde la ciencia historiográfica (no en vano su autor es Correspondiente de la Carlos Martínez Shaw 248 Real Academia de la Historia) y la erudición más rigurosa, una apuesta valiente por la verdad incluso cuando hay que lidiar con fechas o conceptos no por repetidos menos inexactos o incluso tendenciosos, una aproximación aquilatada y no por ello desapasionada, un conocimiento profundo de la técnica y de las suertes de la tauromaquia para sustentar opiniones fundamentadas sobre los distintos lances y las distintas formas de torear, una escritura sabia y al mismo tiempo sabrosa con un dominio sorprendente del mejor castellano, una espléndida colección de fotografías bien buscadas y bien insertas al hilo de la exposición y unas conclusiones medidas que dejan al lector convencido de la pertinencia de un juicio exquisitamente ponderado. En fin, una obra definitiva para el perfecto conocimiento de la temática tratada, en este caso la vida y el arte del torero trianero Antonio Montes. La biografía empieza por el principio, por el nacimiento y primeros pasos del biografiado. Aquí ya se corrige un error demasiado frecuente, gracias a la consulta de la documentación original: la fecha de nacimiento, el 20 de diciembre de 1874, y no de 1876, como consta incluso en el azulejo consagrado a su memoria en el número 63 de la calle Pureza. Y a renglón seguido una vida de niño pobre primero y de modesto oficial de carpintería después, lo que, en sus propias palabras, colocan, junto a la vocación naturalmente, el hambre y la falta de horizontes como principales acicates para lanzarse al mundo de la torería: «¿Por qué fui torero? Yo era un oficial de carpintero. En mi oficio había llegado, teniendo dieciocho años de edad, hasta donde se puede llegar. Por delante de mí veía muchos años de trabajo y siempre la miseria de un jornal insuficiente hasta para comer». Y, en consecuencia el aprendizaje del maletilla indigente: «la escuela de la capea, del matadero, del tentadero, del maleta de cuadrillas bohemias toreando toros de verdad, al abrigo de la noche y de la luna, con un sucedáneo de muleta y un pantalón hecho sietes». Recensiones de libros 249 Esta imagen de aspirante menesteroso la conservaría durante toda su etapa novilleril: «zapatillas más que mareadas, camisola y faja con zurcidos y un viejo traje de luces desechado –sin borlas y casi falto de alamares y caireles– que había pertenecido a José Sánchez del Campo, Cara-Ancha». Desde que consigue sus primeras oportunidades, empiezan a perfilarse las virtudes que nunca le abandonarán: la lidia con los pies fijos y la estocada recibiendo al toro. La primera cualidad la señalaría ya Selipe en 1898: «Esta manera de fijar los pies, de aguantar, ceñir y vaciar reposadamente, es el toreo de la buena escuela, es lo que hace tiempo se perdió y parece va a resucitarlo Montes». Y la corroborarían muchos otros, como Néstor Luján: «Montes llevaba un secreto dentro: el resorte conmovedor que representa el toreo de brazos con los pies parados en la arena». Sobre la segunda, dejemos hablar al propio autor: «Si en tiempos de Frascuelo y el Tato era el modo supremo de acabar –por virilidad y un tanto acaso aún por estética– con el toro bravo en una plaza, la de recibir fue suerte que se había ido aletargando ya. Ni las condiciones de los toros en general ni la fusión aquella de jurisdicciones en los terrenos de picar y sin hartazgo hasta los caballos favorecían el matar a los toros recibiendo en la época, dicen que menos brillante y gloriosa, que comienza con la retirada de Guerrita. Es justamente Montes quien la rescata y la eleva hasta la mayor y más peligrosa extremosidad». Y, como le dijo un día un aficionado a Frascuelo, según nos cuenta Pascual Millán: «tú no eres un matador completo: para eso se necesita recibir toros», es decir matar recibiendo, como Antonio Montes. Antonio Montes toma la alternativa en Sevilla el 2 de abril de 1899 (con veinticinco años) de manos de Antonio Fuentes, y el 11 de mayo siguiente lidia en Madrid su primera corrida como matador de toros. A partir de ahí sigue una trayectoria caracte- Carlos Martínez Shaw 250 rística cuyos principales hitos puntúa con toda pulcritud y oportunidad su biógrafo, anotando con regularidad temporadas y plazas, faenas y cogidas, triunfos y sinsabores. Capítulo aparte merece la inclinación del torero por México, donde acude por primera vez el año 1903, donde experimenta un nuevo vigor y un intenso anhelo por llevar una vida plena y donde se le ve con más frecuencia que en España acompañado por su novia Grace, que estuvo a su lado hasta el final. Sin embargo, de la detallada crónica de este trajín diario, el autor va entresacando algunas notas que permiten valorar el lugar de Antonio Montes en la historia de la tauromaquia. Sobre todo, como es lógico, su condición de antecedente directo de la revolución de Juan Belmonte. Para ello, recurre a algunos expertos, como Gonzalo Argote: «Por ese camino nos podemos aproximar a lo que significar “torear como mandan los cánones”: será hacerlo conforme a aquellos modelos dignos de imitación en el arte del toreo. El modelo lo tenemos claro: fue Juan Belmonte; el precursor también está claro: fue Antonio Montes…». Pero para Gregorio Corrochano, nuestro torero se encuentra en las raíces no sólo del Pasmo de Triana, sino también en las de otros grandes matadores: «Primeramente diremos que si le buscan antecedentes los encontraremos en Antonio Montes, el que murió en México. No ha visto Ortega torear a Montes, de modo que es intuitivo, nativo en él, esta concepción del toreo. Acaso haya visto torear a Belmonte, que también tiene su antecedente en Montes. Pero tiene más de Montes que de Belmonte. Si algún parecido tiene con Belmonte es porque los dos derivan de Montes. Pero veo en Domingo Ortega una herencia más legítima de Montes» Finalmente, para cerrar esta pequeña galería, acudamos a una sentencia de Rafael el Gallo: «Un torero clásico es el que sabe hacer y ejecuta una faena completa, conforme a las tradiciones de las buenas escuelas…El único torero a quien he visto torear clásico de capa ha sido Antonio Montes». Aunque, como confiesa el autor, no tenemos demasiados datos de su vida interior, sabemos que el torero era un constante lector (especialmente adicto a Miguel de Cervantes y al padre Isla) y un asiduo visitante de iglesias y museos: «Cuando le dejaba la ansiedad del torear, gustábale, vestido de corto, adentrarse por iglesias y conventos de Sevilla y admirar las obras de arte. Si de novillero toreaba en los alrededores de Toledo, siempre encontraba pretexto para acudir a la ciudad imperial e intentar sacarle tajada al misterioso Greco». Pero Antonio Montes no hablaba mucho ni se prodigaba en exceso, como bien dijo José María Calderón, el popular miembro de su cuadrilla, después de su mortal cogida en la plaza de la capital mexicana: «Yo tenía por el pobre Antonio verdadero fanatismo. Más que nada, por lo hombre que era y por lo callao para hacer las cosas grandes». Mejor no se puede expresar una idea. En efecto, la vida de Antonio Montes acaba en la Ciudad de México en enero de 1907 (apenas cumplidos los treinta y dos años), después de haber sido ensartado por el peligrosísimo toro Matajacas un segundo después de que el torero le asestara la estocada de muerte. La agonía del diestro duró cuatro días, en los cuales hizo testamento (a favor de su madre y con una manda para la “señorita Grace”) y expresó claramente su voluntad de que su cadáver fuera repatriado a su ciudad natal, siendo plenamente consciente de que la vida se le escapaba, al decirle a Calderón, que removía los muebles de la habitación del hotel: «Mejó prepara un ataúd y cuatro sirios, porque me siento morí». Recensiones de libros 251 Y el epílogo se puso, en efecto, en Sevilla, donde fueron trasladados sus restos mortales, desembarcados en el muelle de San Telmo ante una multitud conmocionada por la muerte del torero. De Triana su cuerpo pasó a su morada definitiva en el cementerio de San Fernando. Y la espléndida biografía de Juan Antonio López Delgado concluye con una recapitulación que se sitúa en el justo medio entre la precisión y el sentimiento. Por una parte, la frialdad de las cifras (esos ochocientos toros lidiados desde su alternativa) y por otra la visión de un toreo serio y de un torero templado, que merece el respeto de todos los aficionados. Como epílogo, el del autor: «Antonio Montes es un valor auténtico, puro, consecuente … Su vida noble y su muerte en sacrificio por enaltecer la fiesta cobran hoy día toda su claridad» El esfuerzo de escribir este libro, riguroso y hermoso a la vez, habrá valido la pena si la figura del torero de Triana queda rescatada de las inexactitudes y las frivolidades de algunas opiniones superficiales y así se alza hasta el lugar que le corresponde por las muchas virtudes de las que dio testimonio dentro y fuera de los ruedos. Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos Carlos Martínez Shaw 252