Homenaje a Pipo. voz y ecos
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HOMENAJE A PIPO. VOZ Y ECOS CARMEN SERVÁN REYES Universidad de Sevilla El recuerdo y la memoria mantienen presentes a los que ya se han ido, y los homenajes nos ofrecen la oportunidad de resaltarlos frente a otros, mostrando nuestra admiración y respeto. Precisamente el respeto y la admiración son la esencia de este escrito, que no pretende sino transmitir, modestamente, lo que significó para mí tener como maestro a Bartolomé Clavero. Si algo he aprendido con el transcurrir de los años es que la voz de Pipo tiene muchos ecos. Es una voz que adquiere un eco distinto en cada uno de los medios en los que se desenvuelve. Seguirá sonando fuerte, rotunda, desafiante, provocadora, y nos seguirá interpelando cada vez que leamos alguno de sus muchos escritos. Pero el eco de la voz de Pipo está también, y sobre todo, en cada una de las personas que lo conocimos, que lo escuchamos, que pudimos compartir con él nuestras inquietudes. Precisamente fue así como llegó hasta mí cuando yo era una estudiante de último curso en la Facultad de Derecho de Jerez; a través de una de las personas que más lo quiso y lo admiró: Carmen Muñoz de Bustillo. No tuve entonces la suerte de tenerlo como profesor, pues él ya había regresado a Sevilla, y en el área de Historia del Derecho y de las Instituciones ejercían entonces la docencia las profesoras Raquel Rico y Carmen Muñoz, a la que había dirigido su tesis doctoral. Pero era fácil comprobar que en Jerez seguían resonando sus ecos. Sus inquietudes, su audacia, su osadía como historiador del derecho serán difíciles de igualar en aquella Facultad. La voz de Carmen fue, entonces, la voz de Pipo. Ella me acercó a su maestro e infundió en mí el respeto y la devoción que nunca perdió. Más bien al contrario, muchos fuimos testigos de cómo se fue incrementando a medida que ambos iban creciendo personal y académicamente. Ella me enseñó a valorar la gran oportunidad que suponía que Bartolomé Clavero aceptara dirigir mi tesis, y se alegró, tanto o más que yo, cuando él acep-
42 CRÓNICA JURÍDICA HISPALENSE Nº 20-21/2022-2023 tó con entusiasmo el proyecto de investigación que yo le presenté. Donde quiera que esté, a Carmen le gustará saber que tampoco la olvidamos. Se fue muy pronto, como Pipo, porque siempre es pronto para despedirnos de quienes han sido importantes en nuestras vidas. Tengo que reconocer que fui una privilegiada, soy una privilegiada, porque Pipo compartió conmigo su manera de hacer “Historia del Derecho”. Siempre será un orgullo para mí haber sido discípula suya. Al principio yo le llamaba profesor Clavero y lo trataba de usted, y por más que insistió en apearme el tratamiento, no fue hasta que defendí mi tesis doctoral que empecé a llamarle Pipo. Era una manera, tal vez ridícula, pero simbólica, de demostrarle que yo era su alumna, y que seguía dependiendo de él para completar mi formación. Desde el primer momento que entré en su despacho ya me sorprendió. Quién no recuerda el despacho de Pipo en el edificio de la Fábrica de Tabacos: grande, luminoso, con una mesa que a mí me pareció enorme, pero no lo suficiente como para acoger los montones de libros que iba acumulando con el pasar del tiempo. Libros propios y ajenos, de quienes lo admiraban y deseaban su atenta lectura, libros de la colección que dirigía, libros encima de las sillas, separatas y más separatas… un caos dentro de un orden. Cuando le ayudamos a hacer la mudanza a la nueva sede de la Facultad nos regaló muchos de esos libros, muestra de un carácter desprendido y generoso. Muchos años más tarde, al comenzar una nueva etapa académica, donó a la Biblioteca de la US un fondo bibliográfico formado por 2179 libros impresos, que favorecerán la investigación y el desarrollo de la cultura, a lo que dedicó toda su vida. El gesto lo enalteció como académico y le procuró el respeto de toda la comunidad universitaria. No hay mejor legado que el conocimiento. Al principio, cuando nos reuníamos, él hablaba, voz autorizada, y yo lo escuchaba, sin atreverme a interrumpir. Necesitaba, por entonces, dedicar un tiempo a procesar sus indicaciones, pues me faltaban las claves para comprenderlo. Tuve que leer sus escritos, releerlos si soy sincera, y empecé a comprobar cuántas cuestiones me suscitaban, cuántas ventanas se me abrían, cuán fina y certera era su mirada para detectar los elementos clave de los temas que abordaba. Y poco a poco me fue enseñando que la Historia del Derecho es una ciencia compleja, que conjuga las humanidades con lo jurídico, con lo político y con lo social. Cuando comencé mi andadura como investigadora, yo pensaba que se trataba de hacer una historia de normas y de instituciones, mera sucesión de fechas y disposiciones; una historia de
43CARMEN SERVÁN REYES un pasado remoto que fue, y al que no le interesaba el presente. Pero a Pipo el presente le interesaba, y mucho, y ahí están sus escritos para comprobarlo. Su voz se proyectaba más allá de lo que la historiografía convencional hubiera esperado de un historiador del Derecho. Aprendí de él la importancia de la cultura jurídica, pues insistía en que la historia constitucional se imbrica con la cultura jurídica, y no es solo cuestión de estudiar unas u otras instituciones. Y, más en concreto, dirigió mis inquietudes hacia la cultura de las libertades, de los derechos, que le interesaron toda su vida. Insistía, además, en que no podía olvidarme de hacer, sobre todo, una historia del sujeto constitucional, muchas veces complicada, meticulosa, atenta a categorías jurídicas, no siempre tenidas en cuenta, como el género, la religión, el estado, la raza o el orden doméstico. Por eso la voz de Pipo es una voz multidisciplinar, como bien se comprueba al ver cuán diversa es la procedencia de quienes están presentes en este merecidísimo homenaje. Es una voz difícil de encasillar, pues estaba constantemente abierta a explorar territorios múltiples. La libertad que buscaba era, además, la libertad que practicaba, y nunca me impuso su criterio ni mediatizó mis escritos. Era un director atípico, si lo comparo con los de mis compañeros de doctorado, porque no me llevó de la mano, sino que me impulsó hacia delante; recorrió el camino conmigo, pero siempre como acompañante, como apoyo, sin barreras ideológicas. Si se me permite la expresión, nunca me dio el pez y siempre la caña. Ser alumna de Bartolomé Clavero me abrió muchas puertas. Pude realizar mis primeras estancias de investigación en Florencia, en el Centro di Studi per la Storia del Pensiero Giuridico Moderno, que tanto ha influido y sigue influyendo en nosotros, con otro gran maestro a su cabeza, que conocí gracias a Pipo, el profesor Paolo Grossi. Junto a este, un nutrido grupo de profesores, hoy también maestros, y que en este homenaje están representados en la figura del profesor Pietro Costa. Todos ellos abrieron mis horizontes conceptuales y proyectaron mis investigaciones con su particular método de trabajo. También pude realizar estancias de investigación en la Universidad de Berkeley, y consultar sus magníficos fondos bibliográficos, al objeto de completar mis conocimientos en historia constitucional. Pero lo que me interesa destacar es que todas esas puertas se me abrieron por ser alumna del profesor Clavero, y no por méritos propios. Por todo eso, nunca podré agradecerle lo suficiente el tiempo que me dedicó; todo lo que me enseñó; su generosidad.
44 CRÓNICA JURÍDICA HISPALENSE Nº 20-21/2022-2023 Porque si algo me queda de Pipo es su GENEROSIDAD, con mayúsculas. Era una persona desprendida, que compartía lo que sabía, que era mucho, y nunca vi en él atisbo alguno de vanidad o de ambición, ni asomo de mezquindad. Su despacho siempre estaba abierto, en la penumbra, con sus libros, con su música… y uno entraba en el mundo de Pipo y salía habiendo aprendido algo. Todos en el Área sentimos por él una gran admiración, un gran respeto y, lo que es más significativo, un gran afecto. Hemos tenido mucha suerte de tenerlo tan cerca y poder compartir con él nuestra vida académica. Cuán- to se echa de menos recorrer ese pasillo y tenerlo ahí sentado, ocupado, escribiendo, leyendo, pero dispuesto a conversar y a intercambiar opiniones. Muchas veces nos parece escuchar sus pasos característicos de los últimos años. Disciplinado y constante, superó sus encontronazos con la enfermedad a base de fuerza y valor, y también entonces nos dio lecciones. Pero Pipo no era solo un académico. Siempre lo aplaudiremos por eso. Traspasó los límites de la Universidad para proyectar su voz más allá de los anaqueles de las bibliotecas. Sus puntos de vista se trasladaron a la ciudadanía, y porque le importaban los ciudadanos y los pueblos, se implicó personalmente en misiones internacionales, recorriendo territorios, observando in situ, redactando informes. Denunciando lo que se decía o lo que se callaba. La voz de Pipo es, también, una voz sin fronteras. A Pipo lo recordaremos siempre. Ahí está su voz, aquí sus ecos.