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ADVERSIDAD Y ADAPTACIÓN EN NIÑOS Y NIÑAS EN ACOGIMIENTO FAMILIAR. FUNCIONES EJECUTIVAS, COMPRENSIÓN DE LAS EMOCIONES Y REPRESENTACIONES DE APEGO TESIS DOCTORAL PABLO T. CARRERA GARCÍA
Universidad de Sevilla Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación Adversidad y adaptación en niños y niñas en acogimiento familiar Funciones ejecutivas, comprensión de las emociones y representaciones de apego Tesis doctoral Pablo T. Carrera García Sevilla, 2020
Adversidad y adaptación en niños y niñas en acogimiento familiar Funciones ejecutivas, comprensión de las emociones y representaciones de apego Memoria presentada por Pablo T. Carrera García Para la obtención del Grado de Doctor con mención de Doctorado Internacional Directores: Jesús M. Jiménez Morago Profesor Titular del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación Maite Román Rodríguez Profesora Titular del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación Universidad de Sevilla Sevilla, 2020
A mis amigos y amigas, por su guaracha
“Un adulto desgraciado puede recomenzar su vida en otra parte, puede cambiar de lugar, puede volver a empezar desde cero. Un niño infeliz, en cambio, no puede ni pensarlo. Sabe que es infeliz, pero no puede expresar esa infelicidad con palabras y, sobre todo, sabemos que en su interior ni siquiera puede cuestionarse sobre sus padres o sobre los adultos que le hacen sufrir. Un niño desdichado, un niño que sufre, siempre se siente culpable, y esto es lo que resulta abominable (…). Entre todas las injusticias que existen en el mundo, las que atormentan a los niños son las más injustas, las más innobles y odiosas. (…) El tiempo transcurre muy de prisa–, llegará un día en que también ustedes tendrán hijos. Espero que entonces los amen y que ellos los amen también a ustedes. A decir verdad, ellos los amarán si ustedes los aman primero; y, en caso de que no los amen, volcarán su amor o su afecto y ternura hacia otras personas o hacia cualquier otra cosa, puesto que la vida está hecha de tal suerte que uno no se la puede pasar sin amar o ser amado. Bueno, muchachos, ¡las clases han terminado y les deseo unas felices vacaciones!” Discurso del profesor Pichet en “La piel dura” (película de François Truffaut, 1976). “There is a crack in everything, that’s how the light gets in.” Leonard Cohen, “Anthem” (álbum The future, 1992). “Au milieu de l’hiver, j’apprenais enfin qu’il y avait en moi un été invincible.” Albert Camus, “L’été” (1954)
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 14 PARTE II. ARTÍCULOS 143 CAPÍTULO 5. CAREGIVER RATINGS OF EXECUTIVE FUNCTIONS AMONG FOSTER CHILDREN IN MIDDLE CHILDHOOD: ASSOCIATIONS WITH EARLY ADVERSITY AND SCHOOL ADJUSTMENT .............................. 145 CAPÍTULO 6. DIFFERENTIAL ASSOCIATIONS OF THREAT AND DEPRIVATION WITH EMOTION UNDERSTANDING IN MALTREATED CHILDREN IN FOSTER CARE ............................................................. 171 CAPÍTULO 7. FOSTER CHILDREN’S ATTACHMENT REPRESENTATIONS: THE ROLE OF TYPE OF MALTREATMENT AND RELATIONSHIP WITH BIRTH FAMILY ........................................................... 195 CAPÍTULO 8. ADAPTIVE FUNCTIONING AMONG CHILDREN IN FOSTER CARE: VARIABILITY AND ASSOCIATED FACTORS. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 221 CAPÍTULO 9. ATTACHMENT & BIOBEHAVIORAL CATCH-UP: UNA INTERVENCIÓN CON NIÑOS Y NIÑAS QUE HAN SUFRIDO ADVERSIDAD TEMPRANA Y SUS FAMILIAS ......................................... 247 PARTE III. DISCUSIÓN GENERAL 265 CAPÍTULO 10. DISCUSIÓN GENERAL .................................. 267 1. RESUMEN E INTEGRACIÓN DE LOS PRINCIPALES RESULTADOS ................. 270 1.1. ¿Cómo son las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones de apego, en menores en acogimiento familiar? 270 1.2. ¿Cómo se relacionan las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones de apego en menores en acogimiento familiar con distintos factores de adversidad y de la trayectoria en el sistema de protección de menores? .................................. 273 1.3. ¿Qué variabilidad en su adaptación positiva muestran los menores en acogimiento familiar, y qué factores (tanto los vinculados con la adversidad como con mecanismos psicológicos) se relacionan con presentar una adaptación positiva? ................................... 282
15 1.4. ¿Cómo se puede intervenir de forma eficaz a partir del conocimiento sobre los mecanismos del desarrollo afectados por la adversidad en menores en acogimiento familiar? .................................... 284 2. LIMITACIONES Y FORTALEZAS METODOLÓGICAS Y SUSTANTIVAS, Y FUTURAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN ............................................ 287 3. CONCLUSIONES PRINCIPALES E IMPLICACIONES PRÁCTICAS ................... 294 PARTE IV. BIBLIOGRAFÍA Y APÉNDICES 303 SUMMARY AND CONCLUSIONS ...................................... 305 REFERENCIAS ..................................................... 337 APPENDIX 1. INDICATORS USED FOR THE THREAT/ ABUSE AND DEPRIVATION/NEGLECT SCORES ......................... 389 APPENDIX 2. STUDY 1 .............................................. 391 APPENDIX 3. STUDY 3 .............................................. 395 SOBRE EL AUTOR / ABOUT THE AUTHOR .............................. 397 ÍNDICE
17 PRESENTACIÓN El acogimiento familiar es una medida especialmente compleja dentro del sistema de protección de menores, en la que un menor que debe ser separado de sus padres biológicos pasa a ser cuidado por otra familia, ya sea temporal o permanentemente, sin perder los lazos con su familia biológica. La variedad de actores implicados, las experiencias adversas que han sufrido los menores previamente al acogimiento, la inestabilidad de diseño que muchas veces conlleva, o la presencia de intervención profesional desde el principio hasta el final forman parte de esa complejidad (Amorós & Palacios, 2004; Dozier, 2005; Freundlich, 2014). Aun así, es una de las grandes alternativas a la institucionalización de menores en centros de protección, y las investigaciones desde hace décadas no dejan lugar a dudas: en términos generales, un niño o niña crece más saludablemente en una familia –incluso si no es su familia biológica– que en un acogimiento residencial bajo cuidado grupal (Dozier et al., 2014; Lee et al., 2010). En España el acogimiento familiar se comenzó a implantar a finales de los ochenta, y ha recorrido un largo camino ya hasta nuestros días, auspiciado por la legislación en protección a la infancia y aumentando sus números muy paulatinamente frente al acogimiento residencial (Amorós & Fuentes-Peláez, 2004; Palacios, 2010). Hemos ido conociendo más la realidad de esta medida a partir de valiosas investigaciones, centradas en un primer momento en conocer de manera descriptiva los tipos de acogimiento que estaban funcionando y algunas de sus características, ya que era muy poco lo que se sabía sobre esta medida (del Valle et al., 2008; del Valle & Bravo, 2003; Jiménez & Palacios, 2008). Es en este contexto donde nos planteamos la necesidad de progresar en la investigación en acogimiento familiar, estudiando algunos procesos y dimensiones que han sido escasamente estudiadas en esta población y que pueden contribuir a avanzar en algunos de los retos más apremiantes en este campo, tanto desde el punto de vista de la investigación como de la intervención (Carrera et al., 2016; Fisher et al., 2016). Creemos que para avanzar en estos retos resulta útil partir del conocimiento generado desde la ciencia del desarrollo sobre las experiencias tempranas, la adversidad, y su influencia en los procesos de desarrollo, ya que la gran mayoría de los menores en acogimiento familiar han sufrido experiencias adversas (Fisher et al., 2016; Turney & Wildeman, 2017).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 18 Por ello consideramos también en esta disertación los últimos avances en este campo, con una visión del desarrollo que subraya la plasticidad en el ser humano, la consecuente importancia del contexto y de las primeras experiencias en la vida, y el proceso de desarrollo como acumulativo, probabilístico, interactivo, jerárquico y transaccional (Fox et al., 2010; Gottlieb, 2007; Masten & Cicchetti, 2010; Rutter & Sroufe, 2000; Sameroff & Chandler, 1975; Sroufe et al., 2010). La adversidad temprana se entiende entonces como una desviación del contexto esperable del desarrollo, en la que determinadas experiencias esperables (es decir, experiencias que algún sistema cerebral o de otro tipo necesita para su configuración) están ausentes, o se dan de una forma atípica o amenazante (Humphreys & Zeanah, 2015; McLaughlin, 2016; Nelson & Gabard-Durnam, 2020). La adversidad, especialmente si es temprana, moldea el funcionamiento de determinados procesos y mecanismos, que el niño o niña llevará consigo a nuevos contextos y relaciones en los que su comportamiento se verá afectado por estos mecanismos o procesos dañados, si se quiere, por la adversidad, situándole en riesgo de nuevas experiencias negativas o de una mala adaptación que añadan elementos adversos a su trayectoria (Golm et al., 2020; Masten & Cicchetti, 2010; Moreno, 1996). Desde estas coordenadas se plantea esta tesis doctoral para profundizar en la investigación en acogimiento familiar y avanzar en los retos que se mencionarán después. Además, este trabajo se enmarca en la línea centrada en desarrollo infantil en situaciones de protección a la infancia liderada por el profesor Jesús Palacios en el Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla desde hace más de 25 años. Este grupo de investigación ha contribuido decisivamente a la investigación e intervención en protección a la infancia en España, desde los primeros trabajos sobre adopción nacional en los años 90 (Palacios et al., 1997) a investigaciones más recientes y en profundidad sobre adopción internacional (Palacios et al., 2011; Román et al., 2012) o la elaboración de materiales y programas de intervención (Palacios et al., 2006, 2014). En el campo del acogimiento familiar, el profesor Palacios y otros miembros del grupo como la profesora Esperanza León formaron parte del proyecto “Familias Canguro”, clave en el desarrollo y la implantación de esta medida en nuestro país (Amorós et al., 2003). También se han desarrollado en el seno del grupo otras investigaciones sobre esta medida en Andalucía (Jiménez-Morago et al., 2013; Jiménez & Palacios, 2008) y programas de intervención como “Viaje a mi historia” u otros (Jiménez et al., 2013; Palacios, 2014). En este grupo de investigación surge en el año 2015 la posibilidad de desarrollar un proyecto de investigación para analizar en profundidad áreas del desarrollo de los menores acogidos y procesos familiares en la familia acogedora, liderado por el profesor Jesús
19 Jiménez Morago, con la participación de las profesoras Maite Román y Esperanza León y con la inestimable colaboración de la profesional del acogimiento e investigadora Irene Viedma de Márgenes y Vínculos en Sevilla. Posteriormente, se incorporaron otras investigadoras en formación como Cristina Murillo y Nuria Molano. El objetivo del proyecto fue avanzar en el conocimiento científico sobre el acogimiento familiar en una medida comparable a lo que ya se había avanzado en otras medidas como la adopción internacional (Palacios & Brodzinsky, 2010). De hecho, este proyecto cubre el mismo rango de edad y utiliza varios de los mismos instrumentos que un proyecto anterior del mismo grupo de investigación con una muestra de menores adoptados de Rusia y en acogimiento residencial, como se detalla más adelante en la Sección de Metodología. Respecto al proyecto sobre acogimiento familiar, tuve la oportunidad de participar en él desde su inicio en 2015, tomando parte en la selección de instrumentos y diseño general del proyecto, en la larga y laboriosa recogida de datos en sí, en la coordinación del tratamiento y la gestión de los datos recabados, y, finalmente, en los análisis de los datos y divulgación de los resultados en publicaciones científicas y congresos. El colaborar en estas distintas fases de un proyecto de investigación ha resultado una experiencia especialmente gratificante y rica en aprendizaje, al poder valorar de primera mano el proceso de recogida de datos mediante instrumentos estandarizados de una realidad personal y humana compleja, en qué medida estos instrumentos captan diferencias reales en los constructos psicológicos que entendemos que valoran, cómo finalmente damos sentido a todo este proceso imperfecto con el análisis estadístico de datos, y en qué medida podemos llegar, finalmente, a conclusiones con solvencia científica. Durante este tiempo mi formación se vio enriquecida también por la participación en la recogida de datos del proyecto longitudinal “Bienestar y desarrollo de adolescentes con distintas trayectorias de adversidad y recuperación. Retos personales, familiares y sociales“, liderado por la profesora Maite Román y la profesora Mª. Carmen Moreno, en el que tuve la suerte de poder conocer y valorar con medidas de corte psicológico y neurocognitivo a adolescentes adoptados de Rusia y sus familias. Dentro del proyecto de investigación más amplio en acogimiento familiar en familia ajena mencionado, “Desarrollo socio-afectivo y cognitivo en niños y niñas en acogimiento familiar. Adversidad, procesos familiares y adaptación”, en esta tesis doctoral nos centramos en algunos aspectos que pueden ayudar a avanzar en dos retos principales en el campo del acogimiento familiar: ayudar a explicar la variabilidad en la adaptación de los menores en acogimiento y mejorar la intervención en este campo, de manera que sea PRESENTACIÓN
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 20 más especializada y basada en la investigación. Para ello nos centramos en áreas con un papel potencialmente mediador entre la adversidad y la adaptación posterior, como son las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones mentales de apego. Es decir, son áreas que sabemos que se ven afectadas negativamente por la adversidad y que suelen predecir la adaptación en otros contextos y relaciones, por lo que se perfilan como a) factores que pueden explicar en parte la variabilidad en la adaptación de los menores en acogimiento familiar, y b) objetivos de intervención para prevenir posibles dificultades posteriores como consecuencia de la exposición a adversidad. (Dozier et al., 2002). Abordamos también los tipos de adversidad más frecuentes en acogimiento familiar y como se asocian con las áreas mencionadas, así como la variabilidad en la adaptación positiva en diferentes ámbitos de los menores y los factores asociados a estas diferencias en adaptación. Para analizar los diferentes contenidos explorados en esta tesis doctoral nos hemos basado en el estudio empírico con 51 menores en acogimiento en familia ajena de cuatro a nueve años mencionado, desde una perspectiva multi-método y multi-informante, incluyendo información recabada de los acogedores, las profesionales, los tutores de los menores, o directamente del niño o niña. En este último caso, incorporamos instrumentos con un costoso trabajo de acreditación y codificación como el Story Stem Assessment Procedure, una medida narrativa semi-proyectiva para evaluar de forma indirecta las representaciones mentales de apego en la infancia (Hodges et al., 2003). Para poder utilizar este instrumento en la evaluación, recibí formación y me acredité en el Anna Freud Centre (Londres, Reino Unido) en los años 2015 y 2016. Este trabajo y mi trayectoria académica se han visto enormemente enriquecidas por la estancia de investigación que realicé en el año 2018 en la Universidad en Delaware (EEUU), bajo la supervisión de la profesora Mary Dozier y su equipo, responsable de una de las intervenciones basadas en la evidencia con menores que han sufrido adversidad temprana más reconocidas, Attachment and Biobehavioral Catch-up (Dozier & Bernard, 2019). Gracias a su generosidad y la de sus compañeras pude aprender de primera mano de su modelo de intervención y de la diseminación de una intervención basada en la evidencia a nivel comunitario. Fruto de esa estancia elaboramos un capítulo de libro incluido en esta disertación, el Estudio 5, en el que se resume esta intervención y que ejemplifica como una investigación básica con los mismos presupuestos que la desarrollada en esta disertación puede culminar en el desarrollo de intervenciones eficaces con menores en acogimiento familiar y otras poblaciones que han sufrido adversidad. He tenido la fortuna
21 de seguir colaborando con este equipo desde entonces, como supervisor en la diseminación de la intervención y realizando otras tareas como la traducción de los materiales de la intervención al español. Enmarcada en las líneas brevemente delineadas, a nivel formal la tesis doctoral se presenta bajo la modalidad de compendio por publicaciones. Los resultados de la disertación se presentan en cinco estudios, detallados en el listado de publicaciones disponible a continuación de este apartado: cuatro de ellos son artículos empíricos publicados o en proceso de publicación en distintas revistas científicas, y el quinto es un capítulo de libro en proceso de publicación. Estos estudios se complementan con un primer bloque de introducción general y metodología y un bloque final de discusión general. El primer bloque se subdivide en cuatro capítulos, un primero en el que se sientan las bases conceptuales de la adversidad temprana y como afecta al desarrollo humano, un segundo en el que se revisa la figura del acogimiento familiar como medida de protección y algunos de sus retos actuales, y un tercero en el que se sintetiza ambas líneas discursivas y se exponen los objetivos de la investigación. En un cuarto capítulo se describe brevemente aspectos generales de la metodología que no son abordados en los artículos. El segundo bloque se compone de cinco capítulos, uno por cada estudio, que forman el grueso de la tesis doctoral y en el que se presentan los resultados. En el tercer bloque, la discusión general, se realiza un resumen global e integración de los resultados en base a las preguntas de investigación, se discuten las limitaciones y fortalezas de la disertación y las posibles líneas futuras de investigación y se proponen implicaciones para la práctica y la investigación. A continuación, se expone un resumen en inglés de los principales de los principales puntos de la introducción y la discusión general, así como de las conclusiones. La tesis doctoral finaliza con las referencias bibliográficas y los anexos. PRESENTACIÓN
LISTADO DE PUBLICACIONES En esta tesis doctoral: Carrera, P., Jiménez-Morago, J. M., Román, M., & León, E. (2019). Caregiver ratings of executive functions among foster children in middle childhood: Associations with early adversity and school adjustment. Children and Youth Services Review, 106, 9–10. https://doi.org/10.1016/j.childyouth.2019.104495 Indicadores de calidad: SJR IF: 0,8; posición 12/57 en Social Work (Q1) y 134/339 en Developmental and Educational Psychology (Q2). JCR IF: 1,52; posición 11/44 en Social Work (Q1) y 19/47 en Family Studies (Q2). Carrera, P., Jiménez-Morago, J. M., Román, M., & León, E. (2020). Differential associations of threat and deprivation with emotion understanding in maltreated children in foster care. Child and Family Social Work, 1–10. https://doi.org/10.1111/cfs.12783 Indicadores de calidad: SJR IF: 1,06; posición 7/57 en Social Work (Q1). JCR IF: 1,34; posición 16/44 en Social Work (Q2) y 22/47 en Family Studies (Q2). Carrera, P., Román, M., & Jiménez-Morago, J. M. (en revisión de pares). Foster children’s attachment representations: the role of type of maltreatment and relationship with birth family. Attachment & Human Development. Indicadores de calidad: SJR IF: 1,11; posición 80/339 en Developmental and Educational Psychology (Q1). JCR IF: 2,00; posición 32/77 en Developmental Psychology (Q2). Carrera, P., Román, M., & Jiménez-Morago, J. M. (enviado). Adaptive functioning among children in foster care: variability and associated factors. Journal of Applied Developmental Psychology. Indicadores de calidad: SJR IF: 1,21; posición 68/339 en Developmental and Educational Psychology (Q1). JCR IF: 2,66; posición 20/77 en Developmental Psychology (Q2). Dozier, M., & Carrera, P. (en prensa). Attachment & Biobehavioral Catch-up: Una intervención con niños y niñas que han sufrido adversidad temprana y sus familias. En M. Marrone y E. Wolfberg (Eds.) Apego y parentalidad. Psimática.
23 Otras publicaciones: Carrera, P., Jiménez-Morago, J. M., Román, M., León, E., & Viedma, I. (2016). La investigación en acogimiento familiar: de la descripción a los procesos de adaptación y desarrollo. Apuntes de Psicología, 34(2–3), 291–300. JSM (2015) PSYCHOLOGY (923 OF 1027; Q4). ISSN 0213-3334 Jiménez-Morago, J. M., Carrera, P., & Cortada, N. (2019). Nens, nenes i adolescents en acolliment i adopció: propostes per a la seva atenció educativa a centres de primària i secundària [Niños, niñas y adolescentes en acogimiento y adopción: propuestas para su atención educativa en centros de primaria y secundaria]. Col-lecció monogràfics Càtedra Educació i adolescència Abel Martinez Oliva, Edicions de la Universitat de Lleida. https://doi.org/10.21001/monografics.6.2019 Jiménez-Morago, J. M., León, E., & Carrera, P. (en preparación). La intervención en situaciones de adversidad y maltrato infantil. En varios, Manual de intervención familiar. Universidad de Sevilla. LISTADO DE PUBLICACIONES
31 CAPÍTULO I LA ADVERSIDAD TEMPRANA COMO DESVIACIÓN DEL CONTEXTO ESPERABLE PARA EL DESARROLLO En este primer capítulo realizaremos un acercamiento conceptual a la naturaleza del desarrollo humano y la relevancia de las experiencias tempranas en el citado desarrollo. Primero abordaremos la funcionalidad de la inmadurez del ser humano desde el momento de su nacimiento y su relación con la gran plasticidad en el desarrollo de nuestra especie. Pasaremos a revisar cómo, debido a esta gran plasticidad en el desarrollo, es fundamental crecer con las condiciones mínimas que se han denominado parte del “contexto esperable para el desarrollo”, subrayando la presencia de un cuidador adulto estable como parte fundamental de esas condiciones y la relevancia, como consecuencia de esta inmadurez y plasticidad, de las experiencias tempranas en el desarrollo humano. A continuación, haremos una revisión actualizada del concepto de adversidad temprana. Dicha revisión no es exhaustiva, sino que se dedicará especialmente a clarificar y sintetizar los aspectos más relacionados con esta tesis doctoral y aquellos relevantes para comprender sus resultados. En este repaso trataremos la definición de adversidad temprana, para después comprobar los tipos de adversidad más comunes en los niños y niñas en acogimiento familiar y la conceptualización dimensional de diferentes experiencias de adversidad. También resumiremos las consecuencias de la adversidad temprana en el desarrollo, apuntando algunos aspectos pertinentes para su comprensión como los factores moderadores, su heterogeneidad y la resiliencia, y el papel de la adaptación a entornos adversos. Por último, repasaremos los mecanismos que explican las consecuencias de la adversidad temprana y la utilidad de estudiarlos tanto de un punto de vista básico como aplicado. En este sentido, mencionaremos brevemente los mecanismos fisiológicos y neurobiológicos y nos detendremos más en los mecanismos psicológicos, entre los que se encuentran las dimensiones principales analizadas en esta disertación.
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 32 1. PLASTICIDAD, EL CONTEXTO ESPERABLE PARA EL DESARROLLO Y LA RELEVANCIA DE LAS EXPERIENCIAS TEMPRANAS 1.1. INMADUREZ EN EL SER HUMANO Y SU FUNCIONALIDAD El ser humano viene al mundo totalmente inmaduro e indefenso, y depende del cuidado de los adultos durante un largo periodo hasta alcanzar la madurez al finalizar la segunda década de vida (Bjorklund, 1997; Bogin & Smith, 1996; Thompson & Nelson, 2011). Este periodo tan prolongado, en comparación con otras especies, tiene claras desventajas: inmadurez cognitiva y motora, desprotección frente a posibles peligros, necesidad de una dieta densa en energía para sostener el crecimiento a la vez que se tiene un sistema digestivo inmaduro, inexperiencia social, o una lenta adquisición de herramientas básicas como la comunicación y el lenguaje. Todos estos factores implican que el niño depende de los adultos para su cuidado, protección o alimentación (Bogin, 1997; Bogin, 2015; Bowlby, 1969/1982). Sin embargo, este inusualmente lento desarrollo hasta la adultez confiere ventajas desde un punto de vista evolucionista para los adultos de la especie: una de ellas es que un mayor periodo de inmadurez al nacer y un desarrollo más lento se relaciona con una mayor flexibilidad para ajustarse al entorno inmediato (Bjorklund, 1997; Bogin, 1997; Bruner, 1972; Thompson & Nelson, 2011). Esto resulta útil para las especies que se deben adaptar a ambientes cambiantes y complejos, como es el caso de la humana (Bateson et al., 2004). Al tener un periodo más largo de crecimiento, en especies con una gran capacidad de aprendizaje como el ser humano, el individuo puede captar mejor de las señales de su entorno y ajustar su desarrollo a las características de éste, aumentando sus posibilidades de supervivencia. En el caso del ser humano a esto se une la existencia de una cultura compleja que reúne el conocimiento adquirido a través de generaciones, facilitando aún más la adaptación al medio al no necesitar una persona aprender todo desde cero (Goodnow & Lawrence, 2015; Super & Harkness, 1986). Por el contrario, en especies en las que no hay una infancia tan prolongada y se alcanza la adultez antes, si el entorno para el que ese animal viene preparado de una forma más canalizada desde que nace cambia, lo más probable es que sea incapaz de adaptarse y muera (Bogin, 1997). Esta capacidad para que el desarrollo se vea afectado
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 33 por el entorno se denomina plasticidad en el desarrollo (developmental plasticity; Bateson et al., 2004; Kuzawa & Bragg, 2012; Lerner & Hood, 1986; West-Eberhard, 2003). Esta plasticidad es relativa, varía de individuo a individuo y según el área (por ejemplo, algunos aspectos del desarrollo físico presentan una mayor plasticidad que otros) y, aunque esté presente durante toda la vida, es más marcada en determinados momentos como los primeros años de existencia (Bjorklund & Ellis, 2014; Ellis et al., 2011; Lerner & Hood, 1986). Un aspecto esencial para comprender la gran inmadurez con la que nace y el largo periodo de infancia del ser humano es el lento desarrollo de su cerebro. El cerebro humano es especialmente complejo y grande para su tamaño corporal, hasta tres veces mayor de lo que correspondería a un primate antropoide de su envergadura (Falk, 1980). El crecimiento prenatal del cerebro está limitado obstétricamente, ya que la cabeza del feto tiene que pasar por el canal del parto de la pelvis, reducido debido a la bipedación de nuestra especie (Rosenberg & Trevathan, 2002). Esto implica que, a pesar de que nazca con el mayor tamaño de cerebro neonatal en términos absolutos de entre todos los primates, el ser humano presenta un porcentaje de desarrollo del cerebro menor al nacer que otros primates en relación con el tamaño que dicho órgano alcanzará en la adultez (Coqueugniot & Hublin, 2012; Schultz, 1940). Es decir, el cerebro humano tiene un desarrollo postnatal intenso y mayor que el de las especies más cercanas a la nuestra (Fox, Levitt, & Nelson, 2010; Gogtay et al., 2004; Neubauer & Hublin, 2012). Al presentar gran parte de su desarrollo postnatalmente, el cerebro inmaduro del niño es un órgano altamente plástico y maleable que está preparado para aprender de y adaptarse a las presiones y características del ambiente en el que se desarrolla (Greenough et al., 1987; Nelson, 1999; Pascual-Leone et al., 2005). Los genes disponen tan solo la arquitectura inicial de los circuitos cerebrales, y son las interacciones con el ambiente las que refinan estos circuitos mediante un proceso en el que una sobreproducción inicial de sinapsis se ve sometida a una poda o selección basada en la experiencia (Fox et al., 2010; Greenough et al., 1987; Luo & O’Leary, 2005). Para ello, el desarrollo del cerebro en la especie humana aprovecha determinadas experiencias que es esperable que estén presentes en el entorno de todos los niños de la especie. Este mecanismo, en el que se depende especialmente de la experiencia para un desarrollo del cerebro normal, no está exento de riesgos, pero permite un refinamiento y rendimiento mucho mayor de los sistemas neuronales (Black, 1998; Fox et al., 2010; Greenough et al., 1987; Kolb et al., 2013).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 34 1.2. PLASTICIDAD Y EL CONTEXTO ESPERABLE DEL DESARROLLO Por tanto, desde el punto de vista evolucionista, una de las razones y, al tiempo, una de la ventajas que aporta la gran inmadurez (Bateson, 2007; Bateson et al., 2004; Bogin, 1997; West-Eberhard, 2003). La plasticidad puede entrar en juego de diferentes maneras, como se revisará después y, además, existen diferencias individuales notables en el grado de plasticidad al ambiente, tanto para experiencias positivas como negativas (Ellis et al., 2011; Marshall & Kenney, 2009; Pluess & Belsky, 2010). También es necesario matizar que entender la “experiencia” y el “ambiente” como algo ajeno y externo a la persona es inexacto y discutible (Overton, 2004). El individuo no es un recipiente pasivo de las experiencias, sino que en muchas ocasiones tiene un papel activo respecto a las experiencias y entornos que encuentra. Desde muy temprano el niño o niña construye activamente, filtra, representa e interpreta su entorno, pudiendo ser más relevante la interpretación subjetiva o representación de la experiencia, que la experiencia en sí (Bronfenbrenner & Morris, 2006; Carlson et al., 2004; Sameroff & Chandler, 1975; Scarr, 1992). La plasticidad del ser humano nos confiere ciertas ventajas como especie para determinados aspectos, pero a la vez el grado de inmadurez de los diferentes sistemas del individuo implica un mínimo de experiencias necesarias para que el desarrollo se despliegue dentro del rango de la normalidad. Este mínimo implica que estén presentes las experiencias típicas para la especie, que han sido ubicuas a lo largo de nuestra historia evolutiva (Bjorklund & Ellis, 2014; López, 2008; Nelson, Zeanah, & Fox, 2014; West & King, 1987). El contexto en el que estas experiencias están presentes se ha denominado el contexto esperable para el desarrollo (o “nicho ontogenético”) e incluye no solo parámetros físicos, como exposición a un determinado rango de luz y temperatura, sino también uno o varios cuidadores adultos estables y familiares, exposición al lenguaje o una red social de iguales con los que interactuar, entre otros factores (Bjorklund & Ellis, 2014; Tottenham, 2018; West & King, 1987). Aunque no es un aspecto teórico principal de esta tesis doctoral, es relevante apuntar que, siendo estas experiencias básicas comunes a todos los miembros de nuestra especie, las de índole más psicosocial son configuradas de diferente manera según varios parámetros, uno de los más importantes la cultura (Goodnow & Lawrence, 2015; Super & Harkness, 1986). Esta ejerce una influencia decisiva en otros factores más próximos al niño o niña, como las costumbres reguladas culturalmente respecto al cuidado infantil, la disposición física y social que rodea al niño o las propias ideas y creencias de los cuidadores
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 35 sobre los cuidados necesarios a la infancia y sobre el desarrollo infantil (Super & Harkness, 1986; Weisner, 2002). La noción de que el contexto y los procesos más próximos al niño o niña están insertos dentro de otros escenarios más distales que también influyen en su desarrollo es uno de los pilares de la perspectiva ecológica y sistémica del desarrollo humano, el paradigma predominante desde hace varias décadas en la psicología del desarrollo o evolutiva (Bronfenbrenner, 1979; Bronfenbrenner & Morris, 2006; Palacios & Rodrigo, 1998). Volviendo a los aspectos del contexto ecológico más próximo al niño o niña, entre las experiencias típicas para la especie cabe destacar una de especial importancia para el desarrollo socio-emocional y los objetivos de esta tesis doctoral: la presencia de uno o varios cuidadores adultos estables y comprometidos con el cuidado del niño, a lo largo de toda la infancia, pero especialmente en los primeros años (Bowlby, 1969/1982; Tottenham, 2014). Un cuidador adulto es imprescindible para la supervivencia del bebé inmaduro; requiere del mismo para funciones obvias como la alimentación o la protección (Bogin, 1997). Pero, además, el cuidador proporciona regulación a un bebé que es incapaz de regularse por sí mismo. Las respuestas ajustadas del cuidador adulto a las señales y conductas del bebé –y después del niño o niña– proporcionan un input esencial para el desarrollo normal de sistemas clave como el sistema de estrés, el de apego, o los atencionales (Bernard et al., 2013; Feldman, 2007; Fonagy et al., 2002; Gunnar et al., 1996). 1.3. EL ROL PRIVILEGIADO DE LAS EXPERIENCIAS TEMPRANAS EN EL DESARROLLO Una de las principales conclusiones que se destila de lo discutido sobre la inmadurez del ser humano al nacer y su dependencia de las experiencias para su desarrollo en los primeros años es que esas experiencias tempranas van a ser especialmente relevantes para el desarrollo posterior. Esta idea está presente en diferentes tradiciones de la psicología, pero —a pesar de su sentido intuitivo— ni siempre se ha aceptado tal cual, ni ha sido fácil de demostrar a nivel empírico por una serie de dificultades metodológicas (O’Connor, 2016). Por ejemplo, se ha criticado que la continuidad entre las experiencias tempranas y el desarrollo posterior está más relacionada con la continuidad del contexto de crianza que con las consecuencias de los primeros años en sí (Schaffer, 2000). Sin embargo, resultados procedentes de diferentes tradiciones teóricas y metodológicas como, por ejemplo, estudios longitudinales con capacidad de controlar las experiencias posteriores a los primeros años (tales como Sroufe, Coffino, & Carlson, 2010), modelos animales con manipulación experimental de las
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 36 condiciones de crianza (verbigracia, Weaver et al., 2004), o investigaciones con niños que pasaron de instituciones con una fuerte privación a ser adoptados por familias en países occidentales (por ejemplo, Rutter & Sonuga-Barke, 2010) han aportado una evidencia sólida sobre las consecuencias a largo plazo de las experiencias tempranas. Por una parte, los periodos sensibles en el desarrollo y la plasticidad expectante de la experiencia implican que, si un sistema no recibe de manera suficiente una experiencia esperable durante un determinado momento del desarrollo —lo que se denomina periodo sensible—, ese sistema quedará afectado y con una capacidad limitada para la recuperación (Knudsen, 2004; Zeanah et al., 2011). Por ejemplo, parece que la privación de estimulación contingente asociada a la institucionalización en los primeros años limita de forma importante la configuración y el desarrollo inicial de los circuitos neuronales relacionados con la atención y las funciones ejecutivas. Esto tiene como consecuencia dificultades persistentes en forma de impulsividad, inatención y déficits en funciones ejecutivas aún años después de pasar a un contexto adecuado y estimulador (Kennedy et al., 2016; McLaughlin et al., 2014; Peñarrubia, Palacios, & Román, 2020; Wade, Fox, et al., 2019). Por otro lado, la programación adaptada a la experiencia implica que, en respuesta a determinadas “señales” del entorno codificadas por el organismo en una etapa temprana, diferentes sistemas biológicos y comportamentales del organismo se configuran a largo plazo de una manera que en algún momento de nuestra historia evolutiva fue adaptativa para el entorno asociado a esas señales (Bateson et al., 2004; Belsky & Pluess, 2013; West-Eberhard, 2003). Este concepto estuvo inicialmente muy asociado a la literatura sobre la relación entre malnutrición prenatal y predisposición a enfermedades coronarias y diabetes (Barker, 1997). En este caso, la falta de nutrientes actúa como una “pista” para el organismo sobre el tipo de ambiente al que debe estar preparado para enfrentarse y programa al organismo para lidiar con la escasez de nutrientes, lo que supone un problema cuando la dieta es finalmente rica en nutrientes. A nivel más psicológico o comportamental, por ejemplo, un entorno caótico e impredecible en la infancia parece predisponer a una trayectoria de vida “rápida” en la que se prima la asunción de riesgos, la reproducción temprana y la crianza de muchos hijos e hijas sin una gran dedicación a los cuidados parentales. Esta estrategia sería la más adaptativa desde el punto de vista reproductivo en esas condiciones (Belsky et al., 1991; Ellis & Bjorklund, 2012). De forma similar, relacionado con los conceptos de adaptación condicional y la plasticidad dependiente de la experiencia, los aspectos más salientes del entorno moldean la
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 37 manera de funcionar y responder de diferentes sistemas del individuo (Ellis et al., 2017; Frankenhuis & de Weerth, 2013). Por ejemplo, en lo relativo al desarrollo afectivo se ha encontrado que los niños que han sufrido maltrato físico muestran un sesgo de atención para detectar la ira al reconocer expresiones faciales de emociones (Pollak, Cicchetti, Hornung, & Reed, 2000). Aunque esto puede predisponer a determinados problemas de adaptación y sociales en otros contextos, no es difícil imaginar cómo resulta adaptativo en un contexto en el que se sufre maltrato físico (Pollak, 2003). Además de estos efectos directos de la experiencia temprana en el desarrollo posterior, gran parte de la relevancia de las experiencias en los primeros años se debe a la propia naturaleza jerárquica y acumulativa del desarrollo. Los primeros años y las vivencias que se tengan en ellos resultan especialmente relevantes porque son las condiciones iniciadoras de las trayectorias de desarrollo, de manera que cada hito del desarrollo se construye a partir de las competencias más básicas adquiridas previamente (Sroufe et al., 2005, 2010). Siguiendo esta perspectiva jerárquica y transaccional, la calidad de las experiencias tempranas es un factor decisivo que moldea el nivel de competencia con el que el niño o niña se enfrenta a nuevas experiencias y contextos posteriormente, en los que las experiencias que viva influirán a su vez su desarrollo psicológico, y así sucesivamente (Moreno, 1996; Sameroff, 2009; Sameroff & Chandler, 1975). Los mecanismos por los que las experiencias tempranas afectan a la biología y al comportamiento de los individuos a largo plazo son variados y se revisarán en una sección posterior. Como nos podemos imaginar después de revisar la importancia de las experiencias tempranas en el desarrollo, si dichas experiencias en los primeros años están marcadas por la ausencia de atención y de cuidados, el estrés continuado o la violencia y el daño por parte de los mismos cuidadores adultos que debieran proteger, estimular y regular, las consecuencias en el desarrollo no pueden ser más que generalizadas y, en muchos casos, graves. Este tipo de situaciones de adversidad es el tema del siguiente apartado de la introducción.
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 38 2. ADVERSIDAD TEMPRANA: CONCEPTO Y TIPOS DE ADVERSIDAD 2.1. CONCEPTUALIZACIÓN DE LA ADVERSIDAD TEMPRANA Como se estableció en el apartado anterior, los primeros años son una etapa especialmente sensible en los que las experiencias tienen consecuencias a largo plazo por sus efectos en los sistemas (neurobiológicos, fisiológicos, cognitivos…) aún inmaduros del individuo. El tiempo en concreto al que nos referimos con experiencias tempranas depende del área, ya que pueden tener periodos sensibles distintos. De forma general, y sin relegar los años posteriores en los que evidentemente el desarrollo también se ve afectado por las experiencias, todo parece indicar que en los dos primeros años de vida se da una acumulación de periodos sensibles para muchas de las áreas más importantes del desarrollo, como la competencia social, el lenguaje, el sistema de apego o el sistema de estrés, entre otras (Nelson & Gabard-Durnam, 2020; Nelson, Zeanah, & Fox, 2014; Nelson, Zeanah, & Fox, 2019). La adversidad en años posteriores también puede tener efectos negativos en el desarrollo, pero si las experiencias tempranas durante esos periodos sensibles son de carácter negativo o determinadas experiencias necesarias para el desarrollo están ausentes, muchos de los sistemas cognitivos, emocionales, neurobiológicos o fisiológicos se verán afectados en sus mismos cimientos (Nelson & Gabard-Durnam, 2020). No es de extrañar, por tanto, que desde casi el comienzo de la psicología como disciplina se hayan considerado y estudiado las consecuencias psicológicas de las experiencias negativas o especialmente estresantes en la infancia. Sin embargo, el estudio de diferentes tipos de situaciones negativas para el desarrollo infantil, como por ejemplo la depresión materna, el maltrato a la infancia, la violencia de género o la pobreza, se llevó a cabo tradicionalmente por líneas independientes de investigación (McLaughlin, 2016). Se comienza a considerar que estas diferentes influencias y eventos adversos son indicadores del mismo constructo a partir del estudio epidemiológico Adverse Childhood Experiences, que analizó en una amplia muestra estadounidense la influencia conjunta y acumulativa en la salud adulta de distintos tipos de adversidad en la infancia, como abuso físico o sexual, negligencia, violencia doméstica o tener cuidadores con problemas de adicción o de salud mental (Anda et al., 2006; Felitti et al., 1998). En este estudio se encontró una gran co-ocurrencia de eventos adversos en la infancia y que existe una relación lineal
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 39 entre el número de eventos estresantes sufridos en la infancia y muchas de las principales causas de morbilidad y muerte en la adultez, como por ejemplo la obesidad, el alcoholismo, o enfermedades del corazón o pulmonares. Asimismo, por esos mismos años surge el modelo de carga alostática, que explica los efectos acumulativos en el desarrollo de eventos adversos de diferente tipo en la infancia a partir del desequilibrio que causa la activación continuada del sistema de estrés y sus consecuencias a largo plazo (Danese & McEwen, 2012; McEwen, 2000). Mientras que el efecto de las hormonas asociadas al estrés puede ser protector a corto plazo, la liberación de las mismas para adaptarse a situaciones percibidas como estresantes de forma continuada tiene un coste a largo plazo en el organismo, en forma de desequilibrios químicos y alteraciones de ritmos circadianos, denominado carga alostática. Este desequilibrio se relaciona con progresivos daños y alteraciones en el funcionamiento y la arquitectura del cerebro y con una cascada de eventos con consecuencias fisiológicas y psicológicas tan variadas como enfermedades cardiovasculares, depresión o hábitos de vida poco saludables (Danese & McEwen, 2012; McEwen, 2000; McEwen, 2013) A partir de ese momento, se renueva un gran interés por explicar la salud física y mental adulta a partir las experiencias tempranas, subrayando el papel negativo de la adversidad temprana (Knudsen et al., 2006; Shonkoff et al., 2012). Desde esta perspectiva, no existe consenso en lo que entendemos por adversidad temprana; en general, los autores se refieren a padecer niveles de activación y estrés de manera estable y a la exposición a eventos particularmente estresantes durante los primeros años, es decir, a estar ante “una amenaza, real o percibida, para la integridad psicológica o fisiológica del individuo” (McEwen, 2000, p. 108). Esta conceptualización de la adversidad basada en un enfoque acumulativo y en el papel del estrés presenta algunas limitaciones que se discutirán después. Pero, además, desde esta perspectiva la mayor parte de la literatura habla de la adversidad temprana o de los eventos adversos en la infancia sin proporcionar una definición consistente y compartida de estos conceptos. Esto tiene implicaciones, como que no hay una delimitación clara entre qué tipo de experiencias suponen adversidad temprana y cuáles son experiencias estresantes o negativas pero que se puedan considerar normativas, o confusión entre conceptos relacionados como adversidad temprana, estrés o trauma (McLaughlin, 2016; Rutter, 2016; Steptoe et al., 2019). La profesora Katie McLaughin de la Universidad de Harvard (EEUU) ha tratado de abordar estas dificultades proponiendo una definición de adversidad que a nuestro juicio es la
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 46 de exposición a algún tipo de maltrato infantil previamente al acogimiento familiar del 73 % (Jiménez & Palacios, 2008) y del 98 % (Fuentes et al., 2013). Por tanto, es indubitable que el maltrato infantil y sus consecuencias suponen un elemento crucial para entender el desarrollo y la adaptación de los niños y niñas en acogimiento familiar. 2.2.2. Institucionalización La institucionalización de niños y niñas en residencias en las que conviven de forma grupal bajo la atención de cuidadores profesionales ha sido el principal recurso de protección a la infancia durante mucho tiempo (en España, hasta los años 90 o incluso en los inicios del s. XXI). A lo largo del s. XX varios psicólogos y psiquiatras infantiles empezaron a alertar sobre el riesgo para el desarrollo que supone la institucionalización, entre ellos John Bowlby, padre de la teoría del apego (Bowlby, 1951), o Rene Spitz con su descripción del “hospitalismo” (Spitz, 1945). En un principio se entendió los efectos negativos de la institucionalización principalmente en términos de deprivación maternal, algo que Michael Rutter discutió en su libro “Maternal deprivation reasssesed” (1981), en el que señaló el papel también relevante de la falta de interacción social y de estimulación para entender las consecuencias de la institucionalización. Desde entonces se han desarrollado numerosas investigaciones sobre los efectos de la institucionalización, especialmente a raíz del aumento de la adopción internacional en los años 90 y 2000 de niños y niñas en instituciones de países como Rumanía, Rusia o China (Gunnar et al., 2000; Palacios & Brodzinsky, 2010; Selman, 2009). Estos estudios han analizado el efecto de la privación asociada a pasar los primeros años en macro-instituciones, a menudo con grandes carencias en términos de estimulación, ratio de cuidador/niños e incluso en atención a necesidades físicas básicas (en el caso especialmente de Rumanía). También se ha estudiado en profundidad la posibilidad de recuperación en diferentes dominios del desarrollo, una vez que el niño o niña pasa a un contexto estimulador como es una familia adoptiva (Hostinar et al., 2012; Nelson et al., 2014; O’Connor et al., 2003; Palacios, Román, et al., 2014; van IJzendoorn et al., 2011). Evidentemente, las instituciones varían en su calidad y en el nivel de privación al que someten a los menores. Gunnar y colegas (2000) propusieron tres niveles de privación dependiendo de en qué medida se cubren las necesidades de los niños y niñas. El nivel más básico de necesidades cubre una alimentación adecuada, higiene y cuidado médico. En un segundo nivel estarían las necesidades de estimulación y de un ambiente que promueva
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 47 el desarrollo motor, cognitivo, del lenguaje y social. Por último, las más difíciles que una institución satisfaga, las necesidades relacionadas con desarrollar relaciones interpersonales estables y un vínculo de apego con un cuidador adulto consistentemente disponible (Gunnar et al., 2000). En función de si una institución es capaz de cubrir o no el primer nivel de necesidades, el segundo, o el tercero, variaría su nivel de privación. Las instituciones o centros de acogimiento residencial en España, por los que muchos de los niños y niñas en acogimiento familiar han pasado, serían del tercer nivel, es decir, cubren bien las necesidades más básicas de alimentación e higiene, así como las de estimulación, pero resulta más difícil que cubran las necesidades de relaciones interpersonales estables. Es decir, son de una naturaleza y un nivel de privación muy diferente a las macro-instituciones de los que la mayoría de los niños y niñas adoptados internacionalmente provienen. Por tanto, los hallazgos provenientes de estos estudios son de una utilidad limitada para la población infantil en acogimiento familiar en España. Además, en nuestro país los niños y niñas generalmente no entran en un acogimiento residencial en sus primeros años sino con más edad, tras años de preservación familiar o de fracasos en otras medidas de protección (López & Del Valle, 2015). Esto es especialmente así a partir de las modificaciones legales del año 2015 que prohíben la entrada en centros de menores de tres años (Bengoechea, 2019). En aras de la simplicidad, nos centraremos, por tanto, en la literatura científica sobre situaciones de institucionalización o acogimiento residencial que sean directamente relevantes para entender los efectos de centros de protección como los de nuestro país, es decir, en las investigaciones sobre las posibles consecuencias en el desarrollo derivadas de crecer en centros de protección de buena calidad y no en las investigaciones sobre la institucionalización temprana. En relación con esta última literatura, hay revisiones recientes en las que se expone un excelente resumen de los principales hallazgos de la investigación (ver Berens & Nelson, 2015; Dozier, Zeanah, Wallin, & Shauffer, 2012; Gunnar & Reid, 2019; van IJzendoorn et al., 2020). Tampoco debatiremos el papel del acogimiento residencial en el sistema de protección a la infancia, que se revisará en una sección posterior, sino que nos centraremos en sus efectos en el desarrollo infantil y adolescente. Bajo el término acogimiento residencial se dan situaciones de muy diverso tipo, desde centros de primera acogida en los que el niño o niña llega nada más ser retirado de su familia, a hogares con pocos niños y niñas y centros terapéuticos para adolescentes con
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 48 problemas de conducta (Bravo & del Valle, 2009; Martín et al., 2017). En España generalmente estos centros están formados por pequeños grupos de 6-8 niños y niñas, bajo el cuidado de educadores formados, y en ellos se satisface de forma adecuada la vida cotidiana y las necesidades de estimulación y apoyo de los menores (Fuertes & del Valle, 2001; Palacios, 2003). Sin embargo, es más difícil que respondan de forma adecuada a las necesidades emocionales y de vinculación de los menores, lo que se comentará después. En la actualidad la población mayoritaria a la que atienden son adolescentes, con especial mención de los menores extranjeros no acompañados (Bravo & del Valle, 2009). Aun así, se sigue dando un uso del acogimiento residencial mucho mayor del deseable con niños y niñas más pequeños; según el último boletín estadístico de protección a la infancia, en 2018 el 14,98 % (3.189) de los niños y niñas en acogimiento residencial en España tenían menos de 11 años (Observatorio de la Infancia, 2020). Existen pocos estudios en general sobre el desarrollo y el ajuste de menores en centros de protección de países desarrollados que no presenten el nivel de privación de las macro-instituciones de países en vías de desarrollo o del tercer mundo. Los pocos existentes en nuestro país han mostrado que estos menores presentan un perfil de dificultades serias y déficits en diferentes ámbitos, desde la competencia social (Martín et al., 2008; Palacios et al., 2013), a las representaciones de apego y los síntomas de trastornos de apego (Palacios et al., 2009; Román et al., 2012), los problemas emocionales y comportamentales (González-García, Bravo, et al., 2017; Jiménez-Morago et al., 2015; Segura et al., 2016), el bienestar subjetivo (Llosada-Gistau et al., 2015), o la competencia académica (González-García, Lázaro-Visa, et al., 2017; Montserrat et al., 2013). Otro estudio sobre el desarrollo de niños y niñas que han crecido en centros de protección de buena calidad de otro país es el clásico de Tizard y colegas, que analizaron el desarrollo de niños y niñas en acogimiento residencial en el Reino Unido, con un ambiente estimulante y buena ratio adulto-niño, aunque con cambios frecuentes de cuidadoras. Estas investigadoras encontraron que los niños y niñas de la muestra presentaban problemas de hiperactividad, comportamiento y en las relaciones sociales con compañeros y adultos, aun años después de haber dejado la institución (Hodges & Tizard, 1989; Tizard & Rees, 1975). Evidentemente, en estos estudios resulta difícil discernir si los problemas de diverso tipo que presentan estos niños y niñas son debidos a crecer en un acogimiento residencial bajo cuidado grupal, a la adversidad previa a su institucionalización que típicamente han sufrido, o a una combinación de ambos factores con otros como el riesgo genético (del Valle, 2003; Roy et al., 2000). Es complicado en este campo llegar a una inferencia
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 49 de causalidad sólida debido a los límites éticos obvios en aleatorización y a los diversos sesgos de selección implicados (Foster & McCombs-Thornton, 2013). Aun así, hay un puñado de trabajos que aportan evidencias a considerar en este terreno. Rutter y colegas llevaron a cabo un estudio para responder, precisamente, a esta cuestión (Roy et al., 2000). Compararon a niños y niñas británicos menores de 12 años que habían estado o en acogimiento residencial o en acogimiento familiar de forma permanente (sin cambios de cuidador principal) desde muy temprano en sus vidas. Los antecedentes de adversidad temprana y riesgo biológico/familiar no diferían entre los dos grupos. Evaluaron dificultades sociales, emocionales y comportamentales −especialmente hiperactividad− mediante cuestionarios administrados a los cuidadores principales y a los profesores, y mediante observación directa del comportamiento en clase. Encontraron que los menores en acogimiento residencial presentaban bastante más incidencia de hiperactividad, un nivel algo mayor de dificultades sociales y más problemas de falta de selectividad en sus relaciones sociales que los menores en acogimiento familiar o el grupo control de bajo riesgo. Los autores argumentaron que, dadas las similitudes en otros posibles factores explicativos como la adversidad padecida o el riesgo biológico, estos problemas eran atribuibles a las condiciones de crianza, es decir, al crecer bajo cuidado en grupo en acogimiento residencial (Roy et al., 2000; Roy et al., 2004). Otro estudio especialmente informativo respecto a los efectos del acogimiento residencial en el desarrollo es el de Vorria y colegas, con menores de entre 9 y 11 años que llevaban viviendo en un centro de protección griego durante varios años (Vorria, Rutter, et al., 1998; Vorria, Wolkind, et al., 1998). Esta muestra tiene las características especiales de que a) la mitad de los menores entraron en la institución a los 5 o 6 años, y pocos entraron siendo bebés, y b) las razones principales por las que estaban en acogimiento residencial eran, en muchas ocasiones, porque sus padres no podían atenderles por extrema pobreza o por el hecho de vivir en condiciones aisladas. Por tanto, su exposición a adversidad previa a la institucionalización era baja; de hecho, ninguno había sido admitido en la institución por maltrato físico o sexual. En este análisis se encontró que los menores en acogimiento residencial presentaban un nivel mayor de dificultades (especialmente en el caso de los chicos) en las relaciones sociales, el ajuste escolar o los problemas emocionales, que un grupo de comparación de bajo riesgo (Vorria, Rutter, et al., 1998). Los que habían vivido una experiencia de estabilidad familiar previa a la institucionalización tenían un nivel comparable de problemas
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 50 emocionales y comportamentales al grupo control, pero sí presentaban también más dificultades en su adaptación a las tareas de la clase o, especialmente, en su falta de relaciones sociales de confianza con los iguales. Los autores concluyeron que estos problemas sociales se debían a alguna experiencia asociada a crecer en acogimiento residencial, si bien es cierto que estos niños eran etiquetados en el colegio como institucionalizados e iban juntos a las mismas clases (Vorria, Rutter, et al., 1998). También los estudios que se realizaron con los niños y niñas que recibieron cuidado grupal en los kibutz en Israel aportan información interesante sobre los efectos negativos del cuidado grupal independientemente de otros factores de riesgo, ya que estos niños y niñas no habían sufrido ningún tipo de adversidad temprana (Aviezer et al., 2005; Oppenheim, 1998). Los menores dormían en grupo en una casa aparte, lejos de sus padres y bajo la atención de cuidadoras profesionales. Los niños y niñas que dormían comunalmente mostraron más inseguridad en el apego que infantes en kibutz que dormían con sus familias o que otros de familias típicas en Israel o el resto del mundo, lo que se atribuye a la experiencia nocturna de falta de disponibilidad de la figura de cuidado y exposición a adultos no familiares (Aviezer et al., 2002). En definitiva, el cuidado grupal de por sí, tal y como se da en el acogimiento residencial y aun en centros de protección bien equipados, parece suponer un riesgo para el desarrollo, especialmente en aspectos como la hiperactividad, las relaciones sociales o la seguridad emocional. Uno de los principales mecanismos por los que este riesgo se considera que actúa es un aspecto intrínseco al cuidado grupal: la falta de un cuidador estable, emocionalmente comprometido y disponible de forma consistente (Dozier et al., 2014), algo que ya explicó con total claridad Palacios (2003): Siendo cada vez más pequeñas y dotadas cada vez de mejores y más cualificados profesionales, las instituciones resuelven bien la vida cotidiana de los institucionalizados, aportándoles además una vida crecientemente normalizada (…). Pero al volver a la residencia se encuentran con profesionales que hacen su trabajo generalmente bien o muy bien, pero que son profesionales, sujetos a turnos, a la llegada y salida de niños... No son las mejores circunstancias para aportar a los niños y niñas el tipo de relación fuertemente comprometida y personalizada que es característica de los entornos familiares. Lo que los profesionales no pueden hacer es tratar a los institucionalizados como hijos (p. 361).
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 51 Tal y como se remarcó en el apartado sobre el contexto esperable para el desarrollo, una de las experiencias típicas para la especie esencial es la presencia de uno o varios cuidadores adultos, que estén disponibles de forma estable, consistente y emocionalmente comprometida con el niño o niña (Bowlby, 1969/1982; Tottenham, 2018). No es solo que en el acogimiento residencial el cuidado profesional y lo que conlleva (cambios de turnos, normas rígidas, cambios de cuidador…) dificulten el establecimiento de este tipo de vínculos −que sí se dan en un contexto familiar−, sino que las propias normas y los trabajadores lo evitan. Por ejemplo, en un estudio cualitativo realizado con profesionales que trabajaban en centros de protección uno de los temas recurrentes era que los educadores y educadoras creían que lo mejor era saber y tener claro que los residentes no eran sus hijos y que el día a día del hogar pertenece a su ámbito profesional, así como que ellos “no pueden sustituir al vínculo afectivo incondicional que los niños crean con sus padres desde el nacimiento” (Campos, Ochaíta, & Espinosa, 2011, p. 66). Mary Dozier y otras figuras relevantes del campo de la intervención con niños y niñas que han sufrido adversidad temprana apuntan, en una declaración consensuada, otros riesgos que puede conllevar el acogimiento residencial (Dozier et al., 2014). Además de lo explicado sobre la ausencia de un cuidador estable y emocionalmente disponible, señalan como factores de riesgo el mayor índice de maltrato y abuso en acogimiento residencial frente al acogimiento familiar (Euser et al., 2014), los efectos negativos del contagio por contacto con iguales con conductas antisociales (Dishion et al., 1999), la rigidez de las normas y las dificultades para equilibrar las necesidades individuales de autonomía progresiva y supervisión de los menores que esto conlleva (Smetana et al., 2014), o el alto grado de violencia entre iguales (Mazzone et al., 2018). Ya se ha hecho referencia a algunas de las posibles consecuencias en el desarrollo del cuidado en grupo en centros de protección, como las dificultades sociales y la hiperactividad. Aparte de las ya nombradas, cabe destacar la sociabilidad indiscriminada o falta de selectividad en las relaciones sociales como efecto del cuidado en grupo (Hodges & Tizard, 1989; Zeanah et al., 2002; Zeanah & Gleason, 2015). Este patrón persistente de comportamiento se caracteriza por la facilidad para irse con extraños, la falta de respeto de los límites del espacio físico personal e interacciones sociales de forma indiscriminada con adultos no familiares (Lawler et al., 2014; Zeanah & Gleason, 2015). Está asociado a problemas de diverso tipo como inatención y sobreactividad, problemas externalizantes y peor competencia social (Guyon-Harris et al., 2019; Penny Roy et al., 2004; Rutter et al., 2007). Se ha argumentado que puede tratarse en parte de una adaptación al contexto
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 52 atípico para el desarrollo que supone la falta de un cuidador estable y la interacción frecuente con distintos adultos no familiares (Rutter et al., 2007). Afortunadamente, en nuestro país se recurre cada vez menos al acogimiento residencial como medida de protección para menores de 12 años (Observatorio de la Infancia, 2019). A pesar de ello, muchos de los niños y niñas en acogimiento familiar han pasado periodos de diferente tiempo en acogimiento residencial, especialmente aquellos en familia ajena; un estudio a nivel nacional evidenció que hasta el 69 % de los menores en acogimiento familiar en familia ajena habían pasado por un acogimiento residencial previamente (López et al., 2010), cifra que se eleva hasta el 82.1 % o el 92 % en estudios en Andalucía (Fuentes et al., 2013; Jiménez & Palacios, 2008). Es por ello, y teniendo en cuenta los riesgos para el desarrollo revisados, por lo que incluimos el acogimiento residencial como un tipo de adversidad en los menores en acogimiento familiar a considerar en esta disertación. 2.2.3. Exposición prenatal a drogas y alcohol La exposición prenatal a drogas se refiere a situaciones en las que una madre gestante consume algún tipo de sustancia como alcohol, tabaco, cocaína, opioides u otras durante el embarazo, exponiendo al feto a los efectos tóxicos de dicha droga (Aguilera & Izarra, 2005; Lester et al., 2004; Thompson et al., 2009). Al tener el feto una gran vulnerabilidad, este tipo de sustancias pueden tener consecuencias a corto y largo plazo en el crecimiento físico y el neurodesarrollo , como se explicará más adelante (Behnke & Smith, 2013; Cruz Landeira et al., 2006). Hay efectos específicos conocidos de diferentes drogas, como el síndrome alcohólico fetal en el caso del alcohol, pero en la mayoría de los casos se da una poli-exposición a diferentes sustancias, combinada con otros factores de riesgo prenatales como estrés maternal o una mala alimentación (Jansson & Velez, 2011; Lester et al., 2004; Rutter & Azis-Clauson, 2015; Young et al., 2007). Es difícil estimar la prevalencia de bebés que nacen habiendo sufrido exposición prenatal a drogas, pero la alta tasa de mujeres en edad fértil que consumen alcohol y tabaco en nuestro país junto con los escasos estudios de prevalencia de consumo de drogas durante el embarazo, apuntan a que es una problemática extendida (Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, 2019; Ortigosa Gómez et al., 2011). En poblaciones de riesgo y bajo nivel socioeconómico, como suelen ser los padres y madres biológicos de los menores en acogimiento familiar, es más frecuente que el consumo durante el embarazo sea
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 53 más alto, si consideramos las extendidas desigualdades socioeconómicas en comportamientos de riesgo para la salud como el consumo de alcohol y drogas (Pampel et al., 2010; Phelan et al., 2010). La mayoría de las drogas consumidas en el embarazo traspasan la barrera placentaria y llegan al feto, afectando negativamente al mismo por diferentes mecanismos. A menudo se dan una serie de factores de riesgo asociados al consumo prenatal de sustancias de los que resulta difícil separar los efectos de la exposición a la droga en sí, como hábitos de salud de la madre inadecuados, presencia de enfermedades infecciosas o malnutrición (Cruz Landeira et al., 2006; Rutter & Azis-Clauson, 2015; Solís Sánchez et al., 2001; Thompson et al., 2009). Además, los efectos de la exposición prenatal a drogas en el desarrollo dependen de factores cruciales como la etapa de gestación, la cantidad consumida y el modo de consumirla o la vulnerabilidad del feto y la madre (Behnke & Smith, 2013; Cruz Landeira et al., 2006; Thompson et al., 2009). Aun así, hay una evidencia sólida que confirma que la exposición prenatal a drogas puede tener efectos tanto a corto plazo, detectables al nacer el bebé (deformaciones congénitas, nacimiento prematuro, bajo peso al nacer, o anormalidades motoras y del sistema nervioso) como a largo plazo (crecimiento físico, comportamientos de tipo impulsivo y desinhibido, limitaciones cognitivas relacionadas con la atención y el desarrollo intelectual, etc.; Abar et al., 2012; Behnke & Smith, 2013; Cruz Landeira et al., 2006; Thompson et al., 2009). Aparte de los mecanismos específicos de cada droga, todas estas sustancias desregulan el sistema dopaminérgico de recompensa, lo que se relaciona con una predisposición latente al abuso de estupefacientes que se puede poner de manifiesto en la adolescencia (Lester et al., 2004). La exposición prenatal a muchas de las drogas como el alcohol, la nicotina, la cocaína y los opioides causan alteraciones en el crecimiento y la arquitectura del cerebro, en la regulación de neurotransmisores y en áreas corticales de orden superior abundantes en proyecciones dopaminérgicas como el córtex prefrontal, sustrato de algunos de los sistemas cognitivos más complejos (Behnke & Smith, 2013; Flak et al., 2014; Min et al., 2014; Rutter & Azis-Clau- son, 2015). No es sorprendente, por tanto, que tanto la exposición prenatal a cocaína, a nicotina o, especialmente, a alcohol, se haya asociado a alteraciones comportamentales con base en el neurodesarrollo, similares al trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Estas alteraciones comportamentales pueden ir unidas a déficits cognitivos, especialmente en las funciones ejecutivas, pero también en la memoria, el razonamiento viso-espacial o el lenguaje (Aguilera & Izarra, 2005; Behnke & Smith, 2013; Cruz Landeira et al., 2006; Green et al., 2009; Hagan et al., 2016; Min et al., 2014; Thompson et al., 2009; Tiesler & Heinrich, 2014).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 54 Cabe destacar la exposición al alcohol, por ser una de las sustancias más consumidas en el embarazo y de la que se tiene más evidencia sobre sus efectos; de hecho, es una de las primeras causas prevenibles de defectos congénitos y discapacidad intelectual. La exposición intrauterina a alcohol está asociada a alteraciones y trastornos de diverso tipo, incluyendo el síndrome alcohólico fetal completo y las alteraciones asociadas en el sistema nervioso, los rasgos faciales, el crecimiento físico, el desarrollo cognitivo o el neurodesarrollo (Committee on Substance Abuse and Committee on Children with Disabilities, 2000; Martin Fernandez-Mayoralas & Fernandez-Jaen, 2011; Randall, 2001). Pero, además, los efectos adversos en el desarrollo de la exposición prenatal a alcohol pueden estar presentes aunque no se dé dismorfia facial; se ha encontrado que solo el 25% de los niños y niñas afectados por la exposición prenatal a alcohol muestran dicha dismorfia facial (Hagan et al., 2016). Menores sin el síndrome alcohólico fetal completo pero con otros trastornos del espectro alcohólico fetal como el síndrome alcohólico fetal parcial o los trastornos del neurodesarrollo asociados al alcohol, también muestran dificultades persistentes (presentes a lo largo de la infancia, la adolescencia y la edad adulta) y a menudo graves en las principales áreas afectadas por la exposición prenatal a alcohol: la atención y el control de impulsos, el pensamiento abstracto y el lenguaje, el desarrollo intelectual, las funciones ejecutivas, o las habilidades sociales y de comunicación (Committee on Substance Abuse and Committee on Children with Disabilities, 2000; Flak et al., 2014; Kully-Martens et al., 2012; Randall, 2001). Un meta-análisis sobre la prevalencia de trastornos del espectro alcohólico fetal en menores en medidas de protección mostró que alrededor de un 6 % presentaron síndrome alcohólico fetal completo y un 16 % otros trastornos del espectro alcohólico fetal, si bien en este estudio se incluían muestras de instituciones de países de Europa del Este en las que es esperable que esta prevalencia sea especialmente elevada (Lange et al., 2013). Otro estudio encontró que, en una muestra clínica de 547 menores acogidos y adoptados, 156 (28,52 %) cumplían los criterios de diagnóstico de algún trastorno del espectro alcohólico fetal. De estos 156, 125 nunca habían sido diagnosticados con estos trastornos, lo que implica una ratio del 80,1 % de fallo o ausencia de diagnóstico (Chasnoff et al., 2015). Por tanto, parece que las dificultades derivadas de la exposición prenatal a alcohol puede ser un factor relevante pero infravalorado en los menores en el sistema de protección con más dificultades. Naturalmente, el desarrollo y los posibles problemas en las áreas mencionadas no son resultado de un único factor, por relevante y dañino que pueda ser, sino de un
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 55 proceso evolutivo en el que múltiples variables, tanto individuales como contextuales, interaccionan a lo largo del proceso (Lester et al., 2004; Sroufe, 1997). Las consecuencias en el desarrollo de la exposición prenatal a drogas y alcohol son moduladas por las experiencias postnatales, tanto por factores de protección (cuidado parental sensible, recursos familiares, etc.) que amortigüen los efectos negativos de la exposición prenatal, como por experiencias de adversidad post-natales que se sumen a la prenatal, multiplicando los problemas y dificultades (Bada et al., 2012; Fisher et al., 2011; Price et al., 2017). Una gran parte de los niños y niñas en acogimiento familiar vienen de familias con una acumulación de problemas, entre ellos el abuso y la adicción a las drogas, convirtiéndose de esta forma en una población especialmente en riesgo de haber sufrido exposición prenatal. Estudios en Estados Unidos señalan que entre el 43 y el 70 % de los niños y niñas en una medida de protección tienen padres biológicos con problemas de consumo de drogas (Young et al., 2007). En nuestro país, el análisis a nivel nacional de del Valle y colegas encontró que el 25,6 % de las madres y el 18 % de los padres de menores en acogimiento en familia ajena tenían problemas de drogodependencia, y aproximadamente un 10 % problemas de alcoholismo (del Valle et al., 2008). Otros trabajos en Andalucía dan cifras mayores, como el casi 60 % en el estudio de Jiménez y Palacios (2008), o el 45 % de madres o padres de menores en acogimiento familiar que son toxicómanos en el estudio de Fuentes y colegas (Salas et al., 2009). Los menores que han sufrido exposición prenatal a drogas son a menudo los menores más jóvenes en esta medida, ya que a veces son retirados en el mismo hospital en el que nacen, al confirmarse la exposición (Fisher et al., 2016; Prindle et al., 2018). En definitiva, la exposición prenatal a drogas es un tipo de adversidad especialmente dañina por lo temprano que se da y por sus posibles efectos persistentes en el neurodesarrollo y las capacidades cognitivas de orden superior. Desafortunadamente, los menores en acogimiento familiar son una población especialmente en riesgo de haber sufrido este tipo de adversidad por la alta prevalencia de problemas de consumo de alcohol y drogas en sus madres biológicas, y por ello es un factor relevante en los estudios con esta población. 2.2.4. Cambios de medida/inestabilidad Todos los niños y niñas en acogimiento familiar han pasado como mínimo por una separación y cambio de cuidadores en el momento que pasan de vivir con sus padres biológicos a la familia de acogida (Amorós & Palacios, 2004; Leve et al., 2012). Además, una
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 62 de género, actúan negativamente en el desarrollo mediante el mismo mecanismo. Este mecanismo común sería la desregulación de los sistemas de estrés, tal y como explica el modelo de carga alostática mencionado antes y otros relacionados (Danese & McEwen, 2012; McEwen, 2000). A pesar del indudable soporte empírico de estos modelos y su importancia al manifestar la relevancia de la adversidad temprana para la salud pública (e.g., Hughes et al., 2017), han sido cuestionados por varias razones. Una de las principales críticas es que consideran las consecuencias de eventos adversos en la infancia muy diferentes entre sí, de manera equivalente y no diferenciada. También es discutible que las consecuencias de algunos tipos de adversidad temprana como la negligencia se den principalmente por medio del sistema de estrés (Rutter, 2016). Aunque la desregulación del sistema de estrés es incuestionablemente uno de los mecanismos por las que la adversidad temprana causa efectos negativos en el desarrollo a largo plazo (Koss & Gunnar, 2017), hay una serie de dimensiones cognitivas, afectivas y sociales que se ven afectadas por algunos tipos de adversidad, y no se encuentran relacionadas directamente con el sistema de estrés, como el lenguaje, el procesamiento de la información social, el reconocimiento de emociones y otras (McLaughlin & Sheridan, 2016; Sheridan & McLaughlin, 2014). Diferentes autores han propuesto que las experiencias de adversidad se pueden clasificar a partir de dimensiones subyacentes comunes a varios tipos de adversidad, que actúan por mecanismos parcialmente dispares en el desarrollo y tienen distintas consecuencias (Humphreys & Zeanah, 2015; McLaughlin & Sheridan, 2016; Zeanah & Sonuga-Barke, 2016). Dos de estas dimensiones serían la amenaza y la privación. Las experiencias de amenaza se caracterizan por la presencia de experiencias atípicas o inesperadas que suponen daño o amenaza de daño para la integridad física del individuo, de forma similar a la definición de evento traumático. Esta dimensión incluiría experiencias adversas como abuso físico y sexual, exposición a violencia doméstica o exposición a violencia en el vecindario (McLaughlin & Lambert, 2017; Sheridan & McLaughlin, 2014). Las experiencias de privación, por otro lado, implican la ausencia de experiencias ambientales esperables y típicas para la especie, como exposición a lenguaje, estimulación social y cognitiva, interacciones con adultos de forma consistente, etc. Esta definición se solapa considerablemente con la de negligencia, aunque también podría incluir factores como la pobreza o la institucionalización (McLaughlin & Sheridan, 2016; McLaughlin et al., 2016). En la Figura 2 se detalla de forma gráfica como se sitúan diferentes tipos de adversidad en los ejes de privación y amenaza.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 63 Figura 2. Modelo dimensional de adversidad con los ejes de privación y amenaza y cómo se sitúan diferentes tipos de adversidad El modelo dimensional de adversidad también pone considerable énfasis en el aprendizaje (o la falta de él) como un mecanismo principal por el que la adversidad temprana afecta al desarrollo (McLaughlin et al., 2019). El aprendizaje es uno de los medios por el que el ambiente moldea las capacidades afectivas y cognitivas, y lo hace de forma diferente según el tipo de adversidad. Por ejemplo, en el caso de la dimensión de amenaza cobran especial importancia los procesos de aprendizaje relacionados con el miedo, como la identificación de estímulos amenazantes y las respuestas emocionales magnificadas a esos estímulos. Estas dificultades en reactividad y regulación emocional y en el procesamiento de
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 64 la información social se dan por exposición a experiencias de amenaza, pero no en el caso de padecer experiencias solo de privación, y están en la base de problemas tanto de tipo internalizante como externalizante (Lambert et al., 2017; McLaughlin & Lambert, 2017). En el caso de la privación, la falta de respuestas contingentes por parte del cuidador adulto limita el aprendizaje asociativo (después de A viene B), en la base de muchas funciones cognitivas complejas (Machlin et al., 2019; McLaughlin & Sheridan, 2016).Distintos estudios avalan esta conceptualización de la adversidad y cómo afecta al desarrollo, mostrando asociaciones diferenciales de acuerdo a lo esperable de las dimensiones de amenaza y privación con aspectos como las funciones ejecutivas, la regulación emocional, el condicionamiento del miedo o el procesamiento de la recompensa (Dennison et al., 2019; Machlin et al., 2019; Miller et al., 2018; Sheridan et al., 2017). Estas dimensiones no son las únicas posibles en las que clasificar las experiencias de adversidad; por ejemplo, las experiencias de pérdida o de impredecibilidad también serían realidades relevantes subyacentes a algunas experiencias de adversidad. De todas maneras, modelos más específicos como este pueden ser de gran ayuda para conocer mejor los mecanismos por los que diferentes tipos de adversidad afectan al desarrollo, lo que es de una gran utilidad para desarrollar objetivos de intervención eficaces, como se explicará más adelante (Shonkoff & Fisher, 2013).
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 65 3. CONSECUENCIAS EN EL DESARROLLO DE LA ADVERSIDAD 3.1. BREVE RESUMEN DE LAS CONSECUENCIAS DE LA ADVERSIDAD EN EL DESARROLLO La adversidad tiene consecuencias en muchas de las áreas de la adaptación personal, en múltiples niveles de análisis: desde el nivel socio-económico a la salud mental, el desarrollo emocional, los hábitos de vida o el desarrollo del cerebro (Berens et al., 2017; Bick & Nelson, 2016; Cicchetti & Dawson, 2002; Shonkoff et al., 2009). A un nivel general, la adversidad es un factor de riesgo importante para muchas de las enfermedades y problemas de salud física más relevantes, incluido el cáncer, las enfermedades del corazón y respiratorias, una pobre salud inmunológica o la adicción a drogas (Campbell et al., 2016; Hughes et al., 2017). También es uno de los factores de riesgo más relevantes para todo tipo de problemas de salud mental, tanto en la infancia y adolescencia como en la adultez. Los tipos de adversidad relacionados con un mal funcionamiento familiar (maltrato familiar, enfermedad mental parental) parecen ser los más asociados al desarrollo de psicopatología (Kessler et al., 2010; McLaughlin et al., 2012). En general parece que hay poca especificidad respecto a los trastornos mentales relacionados con la adversidad (o con sus distintos tipos) y más bien parece estar vinculada con una vulnerabilidad general a desarrollar cualquier tipo de trastorno mental, tanto del espectro internalizante como del externalizante (Conway et al., 2018; Kessler et al., 2010). Los niños y niñas que han sufrido adversidad temprana también están en riesgo de tener un ajuste escolar negativo, incluido absentismo escolar, malos resultados académicos o fracaso escolar (Fry et al., 2018; Romano et al., 2015). Diferentes tipos de adversidad temprana, especialmente el maltrato infantil y la institucionalización en los primeros años, también predicen problemas en las relaciones sociales con los iguales (Humphreys et al., 2017; Matheson et al., 2017; Raby et al., 2018). Como se mencionó antes, un resultado ampliamente replicado en la investigación es que la acumulación de diferentes eventos adversos en la infancia predice peores resultados que un tipo de adversidad o factor de riesgo por sí solo (Berens et al., 2019; Evans et al., 2013; Hughes et al., 2017).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 66 Por tanto, el papel de la adversidad temprana como factor de riesgo para el desarrollo físico, social, emocional, académico etc., es más que probado. Sin embargo, también es cierto es que se da una gran heterogeneidad en la adaptación de personas que han sufrido incluso el mismo tipo de adversidad. Una de las razones por las que esto ocurre es porque hay una serie de factores que moderan la relación entre la exposición a la adversidad y sus consecuencias en el desarrollo. 3.2. FACTORES MODERADORES Algunos de los factores relevantes que influyen en la gravedad y el tipo de consecuencias de la adversidad son características de la propia experiencia adversa como la cronicidad (si se ha mantenido a lo largo del tiempo en diferentes etapas evolutivas o si han sido eventos concretos) y la severidad, por ejemplo, en el caso del maltrato en la infancia (Cowell et al., 2015; English, Bangdiwala, et al., 2005; English, Graham, et al., 2005). Otro elemento especialmente importante y a menudo difícil de evaluar es el momento del desarrollo (“timing”) en el que se da la exposición a la adversidad (Fox et al., 2010; Sroufe, 2009; Tottenham, 2009). Por ejemplo, parece que la privación psicosocial tiene un impacto especialmente acusado en los sistemas de respuesta de estrés cuando se da en los dos primeros años, lo que posiblemente refleje un cierto periodo sensible para el desarrollo de este sistema (McLaughlin et al., 2015). El momento en el que se dé la exposición a la adversidad puede ser tan relevante como para predecir efectos contrarios en alteraciones del tamaño de la amígdala o con el desarrollo de problemas internalizantes frente a problemas externalizantes como consecuencia del maltrato físico, por ejemplo (Keiley et al., 2001; Tottenham, 2009). Otro tipo de factores moderadores serían aquellos relativos a las características individuales del niño o niña. Entre estos factores está el sexo. Distintos estudios han evidenciado una mayor vulnerabilidad en varones a la mayor parte de experiencias de adversidad en el ambiente: por ejemplo, la relación entre maltrato y conducta antisocial se da especialmente en varones (y sobre todo en aquellos portadores de un determinado gen; Kim-Cohen et al., 2006), los varones son más vulnerables a complicaciones obstétricas o perinatales que el sexo femenino (Stevenson et al., 2000), los niños con apego desorganizado presentan más riesgo de desarrollar problemas externalizantes que las niñas (Fearon et al., 2010) o, en un estudio en Rumanía, el pasar a un acogimiento familiar desde una institución resultó un factor protector frente al desarrollo de problemas internalizantes en niñas pero no en niños (Zeanah et al., 2009).
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 67 Aparte de la mayor vulnerabilidad masculina a la adversidad, la manifestación disfuncional consecuencia de una experiencia de adversidad se puede manifestar de forma diferente en niños y niñas (por ejemplo, más fácilmente como problemas externalizantes en niños e internalizantes en niñas debido a los sesgos de género en estas dimensiones de problemas de salud mental; Rutter, Caspi, & Moffitt, 2003; Zahn-Waxler, Shirtcliff, & Marceau, 2008). Los niños también tienen una maduración biológica más tardía, y las niñas suelen tener un desarrollo más avanzado en algunos aspectos del lenguaje, habilidades de comunicación o socio-cognitivas, lo que pueden ser importantes herramientas para procesar experiencias difíciles, capitalizar el apoyo social y desarrollar una buena adaptación a pesar de la adversidad (Hines, 2015; Rutter et al., 2003). En cualquier caso, y sin entrar más en el complejo entramado de aspectos socio-culturales y biológicos que puede haber detrás de estas diferencias de género, lo que parece claro es que las experiencias de adversidad pueden afectar de manera diferente a niños y a niñas (Berens et al., 2017; Rutter, 1970). Otro factor moderador relacionado con las características individuales del menor son las diferencias en sensibilidad al contexto, es decir, el grado en que una persona es afectada por experiencias ambientales como los tipos de adversidad revisados (Belsky et al., 2007; Belsky & Pluess, 2009; Boyce & Ellis, 2005). Aquellos con un temperamento reactivo o portadores de ciertos genes que regulan el sistema serotoninérgico o dopaminérgico, por ejemplo, presentan una mayor plasticidad, y por tanto, son más vulnerables a los efectos de la adversidad temprana. Esa mayor responsividad al contexto en muchos casos se da, no solo frente a influencias ambientales negativas, sino también frente a otras positivas, por lo que estos menores con mayor plasticidad también responderían más ante experiencias positivas como una intervención psicológica o el apoyo de una familia de acogida (Belsky, 1997; Belsky & Pluess, 2009; Drury et al., 2012; Pluess & Belsky, 2010). Por último, hay un tipo de factores moderadores relacionados con las experiencias vividas durante y después de la adversidad, como la presencia de elementos protectores, los apoyos y ayudas recibidas y el tipo de experiencias posteriores a la adversidad (por ejemplo, victimización secundaria en los casos de abuso sexual o recibir tratamiento; Rutter, 1987; Rutter & Sroufe, 2000; Sroufe et al., 2010). Entre estas experiencias posteriores estarían los “turning points” o puntos de cambio, que pueden suponer virajes positivos estables en el funcionamiento psicológico. Algunos ejemplos pueden ser experiencias positivas en la escuela, y desde una perspectiva del ciclo vital, una experiencia de pareja estable y positiva (Rutter, 1996).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 68 En definitiva, la influencia de estos factores moderadores y otros aspectos implican que la relación entre la exposición a adversidad y la adaptación no sea específica ni directa, sino más bien probabilística y resultado de interacciones entre estos diferentes factores tanto relacionados con la propia adversidad, como con el individuo y con las experiencias posteriores, como se ampliará a continuación. 3.3. LA VISIÓN DE LA PSICOPATOLOGÍA DEL DESARROLLO: CASCADAS EN EL DESARROLLO, MULTIFINALIDAD Y RESILIENCIA Los problemas en distintas áreas derivados de las situaciones de adversidad (o por el contrario, la buena adaptación) en los menores que han pasado por estas situaciones no es el resultado, por tanto, de un único factor, sino de una trayectoria de desarrollo en la que múltiples condicionantes en diferentes niveles de análisis, tanto dentro del individuo como en el contexto, han interactuado a lo largo del tiempo (Cicchetti, 2006; Sroufe, 1997; Sroufe & Rutter, 1984). Esta visión evolutiva, ecológico-sistémica y transaccional del desarrollo del individuo, es la adoptada por la psicopatología del desarrollo . En relación con los menores que han sufrido adversidad, esto implica diferencias respecto a un modelo más médico o clínico clásico, que conceptualiza los posibles problemas como síndromes o enfermedades que el niño o niña “tiene” como algo interno a él o ella y que son resultado principalmente de un agente patógeno unicausal, ya sea el “abandono”, la exposición prenatal a alcohol, u otros (Sroufe, 1997). En contraposición, una perspectiva evolutiva considera que la adaptación actual es resultado de un proceso jerárquico y acumulativo de desarrollo, en el que múltiples elementos tanto de riesgo como de protección interactúan en diferentes momentos, llevando al individuo a trayectorias más o menos adaptativas de forma probabilística. Los factores de riesgo y protección están en múltiples niveles de análisis, desde el neurobiológico (por ejemplo, el sistema de respuesta al estrés) o el psicológico (por ejemplo, la capacidad de agencia personal) en el individuo, a niveles contextuales como la familia, el colegio, o la cultura (Bronfenbrenner & Morris, 2006; Gottlieb, 2007; Masten & Cicchetti, 2016; Rutter, 1987; Sameroff, 2000; Sameroff & Chandler, 1975; Sroufe, 2009). Una perspectiva del desarrollo jerárquica y acumulativa implica que la adaptación actual se basa en parte en la adaptación anterior, con especial importancia de la superación o no de las principales tareas en cada etapa evolutiva (el desarrollo de un apego seguro en la primera infancia, la autonomía y la auto-regulación en la etapa preescolar, etc.; Sroufe,
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 69 Egeland, Carlson, & Collins, 2005). Así, tanto las competencias y logros como las dificultades se van arrastrando, ya que disponen al individuo con más o menos posibilidades de enfrentar con éxito o no los nuevos retos y contextos, creando reacciones en cadena o cascadas en el desarrollo (Cicchetti, 2006; Masten & Cicchetti, 2010; Moreno, 1996; Rutter & Sroufe, 2000). Por ejemplo, las dificultades de regulación emocional como consecuencia de experiencias de maltrato pueden dificultar las relaciones con los iguales en el contexto escolar, lo que muy probablemente influirá también en la motivación de ese niño o niña para ir al colegio y en sus logros académicos, y a la larga, puede que en la autoestima, las expectativas al relacionarse con los iguales y la competencia en otros ámbitos (Kim-Spoon et al., 2013). El que la relación entre adversidad y consecuencias en el desarrollo posterior sea probabilística, fruto de la compleja interacción entre los factores de riesgo y protección y otros aspectos, está en la base de uno de los resultados más consistentes en la investigación con personas que han sufrido experiencias de adversidad en la infancia: la enorme variabilidad en el funcionamiento y la adaptación de personas que han sufrido un grado de adversidad parecido (Cicchetti & Rogosch, 1996; Garmezy, 1974; Masten & Cicchetti, 2016; Rutter & Sonuga-Barke, 2010; Sameroff & Chandler, 1975). A esto hace referencia el fenómeno de la multifinalidad, es decir, que personas que han sufrido un mismo factor de riesgo pueden presentar consecuencias de distinto tipo, incluyendo entre ellas la ausencia aparente de problemas y la buena adaptación y funcionamiento (Cicchetti & Rogosch, 1996; Luthar et al., 2000; Rutter, 1987). Estos últimos casos son los que cubre el campo de la resiliencia. La resiliencia se refiere, por tanto, a la capacidad de mostrar una buena adaptación a pesar de haber sufrido riesgos significativos que supongan una amenaza para el desarrollo. Es un concepto interactivo, que implica tanto que haya habido un riesgo significativo como que la persona muestre una buena adaptación (Cicchetti & Garmezy, 1993; Luthar et al., 2000; Masten et al., 1990; Masten & Cicchetti, 2016; Rutter, 1987, 2012). Esta capacidad no se debe entender como un rasgo fijo del niño o niña que lo hace invulnerable, sino como fruto de múltiples procesos entre sistemas dentro y fuera del niño o niña que ayudan a que éste tenga una relativa buena adaptación. Es un concepto dinámico, es decir, en algunos momentos una persona puede funcionar de una manera resiliente y en otros no, y también depende del área del desarrollo que se considere (Rutter, 2012; Yates et al., 2003). Una pregunta muy relevante derivada de la investigación en resiliencia es cuáles son esos procesos que llevan a algunas personas a mostrar una buena adaptación a pesar de
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 70 la exposición a la adversidad, y si se pueden promover (Masten et al., 1990; Rutter, 1987). Esto nos lleva a analizar los mecanismos mediadores por los que opera el riesgo y la protección, lo que permitiría definir objetivos estratégicos de intervención mediante los que prevenir las consecuencias de la exposición a la adversidad, parando cascadas negativas en el desarrollo y promoviendo una trayectoria resiliente. 3.4. MÁS ALLÁ DE LA DESREGULACIÓN Y EL DÉFICIT: PLASTICIDAD Y ADAPTACIÓN A ENTORNOS ESTRESANTES Desde hace unos años una serie de autores con base evolucionista (en el sentido de la filogenia, es decir, de la evolución de las especies mediante selección natural) han aportado un matiz relevante al modelo acumulativo de riesgo, en el que los efectos de diferentes tipos de adversidad temprana se conceptualizan como déficits y desregulación de los sistemas del desarrollo. Estos modelos de riesgo acumulativo, como el llamado de carga alostática u otros relacionados como el de estrés tóxico, ponen énfasis en cómo las experiencias repetidas y continuadas de estrés en la infancia implican desregulación fisiológica y daño a áreas del cerebro, con la consecuencia de déficits en capacidades cognitivas como las funciones ejecutivas o la inteligencia (Lupien et al., 2009; Shonkoff et al., 2012; Shonkoff et al., 2009). Los autores enmarcados en la psicología evolucionista del desarrollo no niegan este mecanismo, pero proponen es que esta es solo la mitad de la historia; los entornos de crianza de alto riesgo y estresantes pueden desregular y causar déficits en algunas áreas mientras que en otras las regulan hacia patrones de funcionamiento que son adaptativos bajo esas circunstancias, aunque sean negativos para la salud y el bienestar del individuo (Ellis et al., 2017; Frankenhuis & del Giudice, 2012; del Giudice & Ellis, 2016). De acuerdo con esta perspectiva, los ambientes estresantes modularían algunas capacidades cognitivas y emocionales de manera que promovieran la adaptación y la supervivencia en un entorno impredecible y amenazante, mediante la plasticidad dependiente de la experiencia y la programación adaptada a la experiencia (Frankenhuis & de Weerth, 2013; Pollak, 2003). Una adaptación de este tipo, por ejemplo, sería el ya mencionado sesgo para la detección de la ira en expresiones faciales en menores que han sufrido maltrato físico (Pollak et al., 2000). Este mecanismo sería ciertamente adaptativo para un contexto en el que emociones de ira preceden a golpes y amenazas a la integridad física, pero puede tener
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 1 71 consecuencias negativas como interpretar situaciones y emociones ambiguas en otros contextos (por ejemplo, con los iguales) como también hostiles, o desarrollar un estado de hipervigilancia a la amenaza que confiera vulnerabilidad a desarrollar psicopatología (Crick & Dodge, 1994; McCrory et al., 2017). A un nivel más complejo, se han desarrollado teorías basadas en los modelos antropológicos-biológicos de historia de vida, aunque por tener una utilidad limitada para el presente trabajo no se revisarán (ver Belsky, Steinberg, & Draper, 1991; Ellis & Bjorklund, 2012; del Giudice, Gangestad, & Kaplan, 2005). El matiz relevante para entender algunas de las consecuencias de la adversidad en el desarrollo que introducen estas perspectivas es que no hay un solo tipo de funcionamiento que sea “óptimo”, “adaptado” o “normal”, sino que estos conceptos siempre van a estar en función del contexto en el que el individuo se desarrolla. Desde esta perspectiva, hay una diferencia entre lo que es una consecuencia adaptativa o no de la adversidad y lo que es una consecuencia deseable o no desde el punto de vista social. Una secuela en el desarrollo de crecer en entornos adversos puede ser adaptativa, aunque no promueva el bienestar ni la salud mental o física del individuo (ni la de las personas que le rodean) ni sea deseable desde el punto de vista social, tan solo tiene que promover su supervivencia y reproducción en ese contexto determinado (Ellis et al., 2017; del Giudice & Ellis, 2016). Un ejemplo podría ser el comportamiento antisocial y agresivo, que hasta cierto punto puede cumplir una función adaptativa en entornos de alto riesgo, si bien es una condición no deseable desde el punto de vista social (Ellis & Bjorklund, 2012). Evidentemente, muchas de estas adaptaciones conllevan costes asociados en forma de problemas sociales y de salud física o mental. Por supuesto, no todas las consecuencias de la adversidad temprana son de este cariz; por ejemplo, difícilmente una inteligencia más limitada o retrasos en el lenguaje pueden ser adaptativos de alguna forma. Y evidentemente, esto tampoco implica que no siga habiendo un horizonte de adaptación y funcionamiento que se considere preferible desde el punto de vista del bienestar, la salud mental y la adaptación a la sociedad, y al que haya que aspirar. Esta importante tarea es probable que resulte más fácil si comprendemos bien por qué se dan determinadas consecuencias de la adversidad en la infancia.
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 78 y el contexto esperable para el desarrollo nos conduce inevitablemente a que lo más adecuado sea que ese niño o niña sea cuidado en un nuevo contexto familiar. Es en este punto donde entra el acogimiento familiar como una medida clave en el sistema de protección de menores.
PARTE I - INTRODUCCIÓN GENERAL Y METODOLOGÍA EL ACOGIMIENTO FAMILIAR COMO MEDIDA DE PROTECCIÓN A LA INFANCIA CAPÍTULO 2
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 81 CAPITULO 2 EL ACOGIMIENTO FAMILIAR COMO MEDIDA DE PROTECCIÓN A LA INFANCIA Una vez revisada la importancia de los primeros años de vida y el impacto en el desarrollo de experiencias de adversidad, pasamos a precisar cómo los estados modernos articulan su actuación para prevenir este tipo de situaciones y, particularmente, intervenir una vez se ha detectado una contingencia de una gravedad suficiente para que requiera la separación de un menor de su familia biológica, y su cuidado temporal o permanente en otro contexto. Al contrario que en el caso de la adversidad temprana, sí existen excelentes revisiones en castellano sobre el sistema de protección en España, la atención a las familias y el papel del acogimiento familiar como medida de protección, por lo que parece innecesario repetir un relato detallado del ordenamiento jurídico y del funcionamiento del sistema de protección de menores en España (ver Álvarez Velez et al., 2016; Amorós & Palacios, 2004; Ayala-nunes, 2017; de Paúl Ochotorena, 2009; de Paúl Ochotorena & Arruabarrena, 2007). Por tanto, en este bloque de la introducción nos limitaremos a plantear un breve marco internacional de los preceptos que guían las intervenciones de protección a la infancia, y cómo se han articulado estos principios en los sistemas de protección a la infancia en general y en la legislación española. Después repasaremos cuáles son las medidas de cuidado alternativo en los casos en los que se debe separar al menor de su familia biológica, temporal o permanentemente, y el papel fundamental del acogimiento familiar para evitar la institucionalización de estos menores. A continuación, revisaremos con más detalle la medida de acogimiento familiar, incluyendo sus diferentes tipos y funciones, y las características especiales de esta medida que la diferencian de otras, como la inestabilidad de diseño y la pertenencia a dos familias, la biológica y la acogedora. Examinaremos también algunas conclusiones de la investigación internacional en este campo. Por último, haremos un recorrido por el desarrollo de esta medida en España, la investigación a nivel nacional sobre el acogimiento familiar y algunos de los retos para la investigación en acogimiento familiar.
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 82 1. EL SISTEMA DE PROTECCIÓN A LA INFANCIA 1.1. LOS DERECHOS DE LA INFANCIA COMO PRINCIPIOS RECTORES DE LA PROTECCIÓN INFANTIL A lo largo de la historia los niños no han tenido una consideración o protección especial, y es solo con el avance del estado de derecho y la conciencia sobre las cuestiones sociales, desde la segunda mitad del s. XIX y principios del XX, cuando se empieza a considerar a la infancia como una etapa especialmente necesitada de protección y cuidados, a la que el Estado tiene la obligación de proteger (Ariès, 1960/1988; Fuchs, 2007; Heywood, 2018; Jiménez, 1997). Esta preocupación se empieza a recoger en el derecho internacional en la Declaración de los Derechos del Niño de Ginebra por la Sociedad de Naciones en 1924 (League of Nations, 1924), se amplía después de los desastres de la II Guerra Mundial en la corroboración y actualización de esta declaración por la Asamblea General de Naciones Unidas en 1959 (United Nations General Assembly, 1959) y en la creación de un organismo de la ONU especialmente dedicado a la infancia (UNICEF), y se termina de concretar en la Convención por los Derechos del Niño de 1989 de la ONU (United Nations, 1989). Este último acuerdo va un paso más allá de las declaraciones anteriores −que funcionaban como meras guías para los Estados miembros− al implicar un compromiso de los Estados firmantes a cumplir lo estipulado en dicha convención (Cardona, 2012). Estos acuerdos de derecho internacional recogen el derecho de la infancia a crecer en una familia que le proporcione cariño y en un ambiente saludable, así como a recibir educación. También reconocen su necesidad de especial protección, la obligación de los Estados de proteger y ayudar a los niños y niñas en situación de vulnerabilidad, y a sus familias como el ambiente más idóneo para atender las necesidades infantiles. Los Estados firmantes (todos los pertenecientes a la ONU menos Estados Unidos, Somalia y Sudán del Sur) se comprometen a que los niños y niñas no sean discriminados por razones de sexo, etnia o religión, a asegurar la satisfacción de las necesidades en la infancia garantizándoles atención sanitaria, educación y formación, oportunidades de juego y de expresar su opinión en la medida de sus posibilidades, así como a proteger a los menores de toda forma de crueldad y explotación, entre otras cosas. Un principio rector
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 83 de todos estos acuerdos es que las intervenciones del Estado que conciernan a niños y niñas deben guiarse por el interés superior del menor, es decir, de lo que se considere que es preferible para el niño por encima de otros intereses como el de los propios padres biológicos. Las declaraciones de derechos de la infancia y, especialmente, la Convención de los Derechos del Niño, han servido y sirven como principios generales que guían las leyes y las políticas de los Estados respecto a la infancia, incluida la articulación del sistema de protección de menores (Amorós & Palacios, 2004; Groza et al., 2011). Aun así, es necesario apuntar que el poder real de la ONU para que los Estados vayan más allá de firmar declaraciones de buenas intenciones y cumplan de forma efectiva su compromiso en el apoyo a la infancia y las familias es cuanto menos escaso, y las necesidades de muchísimos menores no son atendidas de forma adecuada incluso en países desarrollados como España, con una tasa de pobreza infantil del 30 % (Save the Children, 2019). En España, la Constitución de 1978 recoge que el estado social debe garantizar los derechos de la infancia, reconociendo y apoyando a las familias como primer garante y responsable de esta tarea, pero también protegiendo directamente a los menores en el caso de que la familia no cumpla su obligación. Esta disposición se desarrolla en la ley 21/1987 de protección a la infancia, que introduce por primera vez las figuras del acogimiento familiar y la adopción, y define la figura de desamparo. Algunos años más tarde, la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor 1/1996 avanza en la ordenación jurídica española en materia de menores introduciendo un marco jurídico común para las actuaciones de protección a la infancia y recogiendo las disposiciones de tratados internacionales como la Convención de los Derechos del Niño previamente mencionada, ratificada por España en 1990. Las recientes modificaciones legislativas del año 2015 (Ley 26/2015, de 28 de julio, y Ley Orgánica 8/2015, de 22 de julio) actualizan este marco jurídico incorporando las tendencias internacionales actuales en materia de protección a la infancia, como la prioridad de la permanencia y la estabilidad, un especial énfasis en las medidas familiares y en la participación del menor en las decisiones, o una definición más clara del interés superior del menor. Todas estas leyes son fruto de los cambios históricos en cómo se entiende la protección a la infancia, y disponen la arquitectura y el funcionamiento de la actuación del Estado para garantizar los derechos de la infancia por medio de diferentes tipos de intervenciones y administraciones, entre las que destaca el sistema de protección de menores.
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 84 1.2. ENTRE LA PROTECCIÓN A LA INFANCIA Y EL APOYO A LAS FAMILIAS Como resultado del movimiento de los derechos de la infancia y de los tratados internacionales anteriormente referidos y, naturalmente, junto con el avance del estado del bienestar en otros ámbitos, en la segunda mitad del siglo XX los Estados empiezan a desarrollar sistemas de protección a la infancia modernos para dar respuesta a las situaciones de desprotección e intentar garantizar los derechos de niños y niñas (de Paúl Ochotorena & Arruabarrena, 2007; Williams, 1983). Históricamente, los sistemas de protección a la infancia partían de un modelo coercitivo centrado en la detección del abuso, en el que los niños debían ser “rescatados”, con una conceptualización del niño como la víctima y de los padres como legalmente responsables, cuando no criminales. La actuación principal era, por tanto, “rescatar” a ese niño del abuso separándolo de su familia y colocándolo típicamente en instituciones (del Valle & Bravo, 2013; Gilbert, 2012). Este enfoque estrecho en la protección al menor está anticuado, ya que el mandato de los acuerdos internacionales en derechos de la infancia no es simplemente proteger al menor de un posible daño (lo que es, evidentemente, esencial), sino también promover el bienestar de la infancia de forma más integral. Y promover el bienestar de la infancia es inseparable de apoyar a las familias como principal contexto en el que se satisfacen las necesidades infantiles, algo que también se pierde de vista desde un enfoque exclusivamente de protección frente a situaciones de maltrato o explotación (Groza et al., 2011; Mallon & Hess, 2014; Rodrigo et al., 2008, 2015). En inglés existe el término child welfare (bienestar infantil) para referirse a este sistema más allá de la protección a la infancia, que incluye toda la red de apoyo e intervención con menores y familias desde el Estado. Estas dos perspectivas suponen un péndulo entre las que los sistemas de protección a la infancia de distintos países han basculado en diferentes momentos: proteger al menor y evitar el daño separando al menor de su familia biológica, frente a apoyar a las familias biológicas e intervenir con ellas para paliar las dificultades, evitando la separación (Lindsey, 1994; Waldfogel, 1998). Actualmente se intenta integrar ambas perspectivas, y la tendencia general a nivel internacional es de un sistema de protección en colaboración con las familias, implantado en servicios de cooperación a nivel comunitario, basado en las competencias y fortalezas, y que no se centre solo en familias de alto riesgo en las que se dé maltrato, sino que tenga diferentes niveles de apoyo e intervención según un continuo de necesidades. A la vez, se intenta asegurar la protección del menor con procedimientos
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 85 rápidos de actuación (del Valle & Bravo, 2013; Gilbert, 2012; Hidalgo et al., 2009; Lindsey & Shlonsky, 2008; Mallon & Hess, 2014; Rodrigo et al., 2008). Por tanto, al hablar de sistemas de protección a la infancia en la actualidad debemos extender ese concepto para incluir los servicios de apoyo a los menores y sus familias, que incluyen un continuo de medidas de prevención e intervención según el nivel de necesidades y riesgo, desde programas universales de parentalidad positiva enfocados a la población general, a intervenciones psicoeducativas orientadas a familias en situación de pocos recursos o riesgo psicosocial, o intervenciones intensivas y terapéuticas de preservación familiar con familias de alto riesgo. Estas intervenciones se llevan a cabo desde diferentes sistemas de la administración pública, principalmente el sistema sanitario y los servicios sociales (Garrido-Fernández et al., 2009; Grimaldi-Puyana et al., 2012; Hidalgo et al., 2016; Mallon & Hess, 2014; Rodrigo et al., 2008; Waldfogel, 1998). En la ley 1/1996 se introduce el concepto de riesgo para referirse a situaciones en las no se están atendiendo adecuadamente las necesidades de un menor dentro de su familia, pero la tesitura no es tan grave como para requerir la separación del menor; a estas situaciones están destinadas intervenciones psicoeducativas y terapéuticas como las mencionadas anteriormente, con el fin de reducir los factores de riesgo y que el menor pueda continuar en su familia biológica siendo atendido adecuadamente (Grimaldi-Puyana et al., 2012; Lindsey & Shlonsky, 2008). La primera opción es, por tanto, facilitar que el menor crezca con su familia biológica, prestando −al menos, en teoría− los apoyos necesarios si se dan situaciones de riesgo. Desafortunadamente, hay casos en los que la problemática es muy grave, o en los que las intervenciones de preservación familiar no han tenido éxito, y se considera, bajo la premisa del interés superior del menor, separar al niño o niña de su familia biológica. Los técnicos deben tomar entonces la compleja decisión, debidamente informada y documentada, de declarar al menor en desamparo, asumiendo el Estado la tutela del menor y retirándosela a los padres biológicos (de Paúl Ochotorena, 2009; Fuertes, 2002; Molina et al., 2019). Legalmente se recurre a la figura del desamparo por causa del “incumplimiento, o del imposible o inadecuado ejercicio de los deberes de protección establecidos por las leyes para la guarda de los menores”, definidos como la obligación de los padres de “velar por él, tenerlo en su compañía, alimentarlo, educarlo y procurarle una formación integral” (Artículo 172 CC y 18 L.O.1/1996). De forma más concreta, las circunstancias que llevan a la declaración de desamparo son todas aquellas que conllevan un grave perjuicio para el menor, en muchos casos situaciones de abuso y negligencia como las repasadas antes,
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 86 pero también consumo reiterado de sustancias en los padres, inducción a la mendicidad o a la prostitución, ausencia de escolarización, abandono del menor, o la imposibilidad de cuidarlo (por ejemplo, si ambos progenitores son encarcelados y no hay otros parientes que puedan hacerse cargo). En estos casos el Estado debe procurar a los menores en desamparo un contexto alternativo donde crecer, en el que sus necesidades sean atendidas de forma satisfactoria, ya sea temporal o permanentemente (hasta los 18 años). Estas medidas se denominan de diferentes maneras: medidas de protección, de cuidado alternativo, o en inglés out-of-ho- me (literalmente, fuera del hogar). 1.3. LAS MEDIDAS DE CUIDADO ALTERNATIVO: DE LA INSTITUCIONALIZACIÓN A LAS MEDIDAS FAMILIARES Históricamente, la respuesta principal que se ha dado a los niños abandonados o que debían ser retirados de sus familias ha sido la institucionalización, generalmente en el marco de la caridad y con un papel protagonista de las instituciones religiosas (Berens & Nelson, 2015; del Valle & Fuertes, 2000). En países en vías de desarrollo y subdesarrollados este tipo de institucionalización sigue siendo la principal medida de cuidado alternativo, junto con el acogimiento por familiares de manera informal (Groza et al., 2011; Leinaweaver, 2014; Monasch & Boerma, 2004). Las instituciones de corte clásico pueden ser variadas, pero comparten el ser lugares de cuidado grupal en el que las personas encargadas de los menores son profesionales, típicamente con rutinas rígidas insuficientes para adaptarse a las preferencias individuales, con una tendencia a aislar a los niños del mundo exterior, falta de posesiones personales, e imposibilidad de ofrecer un cuidado personalizado y consistente (Berens & Nelson, 2015; Dozier et al., 2012). Ya se abordaron algunos de los efectos negativos en el desarrollo del cuidado grupal en acogimiento residencial de buena calidad; como es esperable, el crecer en este tipo de macro-instituciones tiene consecuencias aún más graves en el desarrollo −desde el físico, al cognitivo, emocional, o social− que han sido señaladas a lo largo del s. XX de forma paralela al avance de la preocupación por los derechos de la infancia (Bowlby, 1951; Chapin, 1915; Spitz, 1945; van IJzendoorn et al., 2011). Con diferentes velocidades y momentos de inicio, la tendencia general en países desarrollados a lo largo del siglo XX ha sido la desinstitucionalización de la infancia despro-
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 87 tegida y el desarrollo de un sistema de cuidados alternativos basado en medidas familiares (del Valle & Bravo, 2013; Groza et al., 2011). Este esfuerzo de desinstitucionalización es alentado por los estudios que muestran los efectos muy negativos de la institucionalización temprana y del mandato claro de los tratados internacionales, incluyendo la Guía sobre Cuidados Alternativos de la ONU de 2010, de que los niños y niñas tienen derecho a crecer en un contexto familiar, ya sea su propia familia o una alternativa (United Nations General Assembly Human Rights Council, 2010). Dadas las evidencias empíricas de las que se dispone, lo deseable es que el acogimiento residencial en la protección a la infancia pase a tener un papel muy minoritario, para situaciones muy concretas y de carácter temporal (por ejemplo, adolescentes que no quieran integrarse en una familia). Esto formaría parte de una tendencia general en la intervención social, basada en la evidencia, hacia medidas comunitarias, familiares y normalizadas (eso sí, con el debido apoyo profesional), también con otras poblaciones en riesgo de institucionalización como personas discapacitadas o con enfermedades mentales graves (Beadle-Brown et al., 2007; Fakhoury & Priebe, 2007). Aunque algunos profesionales e investigadores abogan por el papel del acogimiento residencial en los sistemas de protección modernos como un recurso terapéutico para poblaciones específicas, como adolescentes con serios problemas mentales (Whittaker et al., 2016), existen medidas de carácter más comunitario como el acogimiento profesionalizado, que pueden atender a gran parte de estos casos, y que hasta ahora han evidenciado ser más eficaces y menos costosas a nivel económico que el acogimiento residencial (Lee et al., 2010). Las principales medidas de cuidado alternativo familiares son la adopción y el acogimiento familiar. La adopción es la medida más extrema del sistema de protección, porque implica que el menor declarado en desamparo pasa a formar parte de una nueva familia de forma irrevocable y permanente. El menor jurídicamente deja de ser hijo de sus padres biológicos para ser hijo de sus padres adoptivos y se corta todo contacto con la familia biológica (con la salvedad de las adopciones abiertas; Palacios, 2009; Palacios et al., 2019). A pesar de que en las adopciones abiertas sí se puede mantener el contacto con la familia biológica, esta figura es muy reciente en España y de momento son muy pocas las existentes. En esta medida, al contrario que en el acogimiento, sí hay relación de filiación entre el menor y sus padres adoptivos (McRoy, Grotevant, Ayers-López & Henney, 2007; Rosser & Berástegui, 2017).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 94 sentimientos de pérdida en los menores, mantener la relación para facilitar la reunificación en los casos que esta sea el objetivo, aportar un sentimiento de continuidad en los menores y ayudar en el desarrollo de su identidad, reparar relaciones, y fomentar una relación de colaboración entre la familia de acogida y la biológica (Amorós & Palacios, 2004; Hess, 2014; Salas et al., 2016; Sen & Broadhurst, 2011). Respecto a si el contacto con la familia biológica es beneficioso o perjudicial para los menores en acogimiento familiar, no hay una respuesta a esa pregunta en general, sino que depende de factores como la calidad del contacto, la actitud de los acogedores respecto a la familia biológica, si el adulto con el que el menor tiene el contacto fue el perpetrador del maltrato, y otros factores (Boyle, 2015; Sen & Broadhurst, 2011). Varios estudios señalan consecuencias positivas de las visitas de buena calidad como un mayor éxito en la reunificación (León & Palacios, 2004; Wulczyin, 2004), o mejor salud mental y bienestar en los menores acogidos (McWey et al., 2010; Schofield & Beek, 2005), mientras que otros señalan que las visitas causan perturbaciones a los menores como problemas de ansiedad y de sueño y, en general, tienen un efecto negativo en los niños y niñas, según los acogedores (Jiménez & Palacios, 2008; Poitras & Tarabulsy, 2017). Uno de los factores clave para el éxito de los contactos es que haya una relación de cooperación y aceptación entre la familia acogedora y la biológica (Chateauneuf et al., 2018; León et al., 2017; Linares et al., 2010). Si hay una relación de oposición entre ambas familias, el menor acogido puede verse sometido a un conflicto de lealtades, lo que supone un estrés emocional considerable. En este sentido, y aunque no existe mucha literatura empírica al respecto, algunos estudios muestran que menores en acogimiento familiar se ven sometidos a un grado alto de conflictos de lealtades (Baker et al., 2013), y que, a mayor conflicto de lealtades, mayores problemas de ajuste en los menores acogidos (Leathers, 2003; Linares et al., 2010). Una cuestión adicional es la presencia de la intervención profesional durante todo el proceso, tanto antes como durante y después del acogimiento, lo que no ocurre en otras medidas como la adopción (Amorós & Palacios, 2004). Esto requiere de los acogedores un esfuerzo de colaboración importante incluido, como hemos mencionado antes, colaborar y facilitar las visitas con la familia biológica, una especial disponibilidad, y estar abiertos a la cooperación con los profesionales del sistema de protección (Amorós & Palacios, 2004; Berrick & Skivenes, 2012). El acogimiento familiar, por tanto, presenta una diversidad de tipos según los objetivos del mismo, el perfil de los acogedores y la relación previa del menor con la familia
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 95 de acogida, además de otros aspectos que aportan todavía más complejidad. Esta diversidad, unida a las diferentes políticas de intervención en cada país, lleva a que haya que ser cautos con las afirmaciones generales o de trazo grueso sobre esta medida. Aun así, la investigación que ya durante décadas se lleva realizando sobre acogimiento familiar permite llegar a ciertas conclusiones −debidamente matizadas− e identificar retos para la investigación e intervención en este campo que revisaremos a continuación. 2.3. LA INVESTIGACIÓN EN ACOGIMIENTO FAMILIAR: ALGUNAS CONCLUSIONES GENERALES Una de las primeras conclusiones de la investigación acumulada sobre acogimiento familiar ya se ha explicitado en la sección sobre los tipos de adversidad: los menores en acogimiento familiar han sufrido distintos tipos de adversidad, sobre todo maltrato, exposición prenatal a drogas, cambios de medida, institucionalización, y otros factores de riesgo familiares y sociales (Oswald et al., 2010; Turney & Wildeman, 2017). La segunda conclusión está relacionada con unas de las dimensiones más estudiadas: los problemas de salud mental. Los menores en acogimiento familiar presentan una tasa elevada de problemas de salud mental en comparación con la población general; por ejemplo, un estudio estadounidense representativo a nivel nacional encontró que el 63,1 % de los menores en acogimiento en familia ajena y el 39,3 % de los acogidos en familia extensa presentaban dificultades de nivel clínico en el Child Behavior Checklist, un instrumento extensamente utilizado en la investigación sobre salud mental en la infancia (Burns et al., 2004). Estudios en otros países han encontrado resultados similares: en Noruega, Lehman y colegas (2013) encontraron que la mitad de los menores en acogimiento familiar, en una muestra de más de 200, cumplía los criterios de al menos un diagnóstico del DSM-IV en una entrevista diagnóstica, mientras que en otro trabajo a nivel nacional en Reino Unido estas cifras eran del 38,6 % de los menores en acogimiento en familia ajena y del 31,5 % de los acogidos en familia extensa, usando la misma entrevista. Como punto de comparación, la prevalencia en la población en general infantil y adolescente de algún tipo de trastorno mental es del 13,4 % según un meta-análisis a nivel global (Polanczyk et al., 2015). Algunos menores en acogimiento familiar presentan, además, dificultades aparte de los problemas externalizantes e internalizantes más típicos como ansiedad postraumática, dificultades en las relaciones interpersonales y de apego, comportamientos sexuales
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 96 inapropiados, o disociación, con una alta comorbilidad y de una manera consistente con el concepto de trauma en el desarrollo (D’Andrea et al., 2012; Dejong, 2010; López-So- ler, 2008; Tarren-Sweeney, 2008). También suelen manifestar una tasa más alta que en la población general de retrasos en el desarrollo, por ejemplo, en el desarrollo cognitivo, del lenguaje, o motor (Pears & Fisher, 2005; Stock & Fisher, 2006). De acuerdo con los resultados de diversos estudios, los menores en acogimiento familiar también están en riesgo de dificultades en el área académica. La mayoría de las investigaciones muestran un rendimiento académico bajo y un alto grado de repeticiones de curso, necesidad de educación especial, expulsiones, absentismo y abandono escolar (Montserrat & Casas, 2018; Stone, 2007; Trout et al., 2008). Esto resulta preocupante, ya que la educación es una de las principales vías para una adaptación positiva en la adultez y para la movilidad social (Montserrat & Casas, 2018). Al igual que otros menores que han sufrido maltrato, las relaciones sociales con los iguales es otra de las áreas en la que los menores en acogimiento familiar pueden presentar dificultades (Leve et al., 2007). La siguiente conclusión general se desprende de los mismos estudios que la anterior, y es que, aunque es cierto que a nivel grupal los menores en acogimiento familiar presentan un nivel más alto de dificultades en distintos ámbitos, se da una gran heterogeneidad: en la mayoría de los análisis se encuentra que un grupo amplio de menores en acogimiento familiar no presenta dificultades en el ámbito evaluado, mientras que otro porcentaje de menores −normalmente, mayor que en la población general− sí los presenta (Fisher et al., 2016; Goemans et al., 2018). Debido a la tasa elevada de diferentes problemas en el desarrollo de los menores en acogimiento familiar, algunos autores han criticado esta medida como perjudicial para el desarrollo infantil, sobre todo en los países anglosajones (e.g., Lawrence, Carlson, & Egeland, 2006) y a pesar de que el acogimiento familiar es consecuencia en la mayor parte de los casos de una adversidad previa, que es la que predice las dificultades. Por ello son necesarios, más allá de estudios que comparen a menores en acogimiento familiar con la población general, las investigaciones que analizan la eficacia del acogimiento familiar en promover o no la adaptación y el desarrollo de menores que han sufrido adversidad. Un meta-análisis del 2015 combinó más de 20 estudios que han analizado los problemas de ajuste externalizantes e internalizantes de menores en acogimiento familiar desde una perspectiva longitudinal, es decir, evaluando a menores en acogimiento familiar varias veces a lo largo de un determinado tiempo (Goemans et al., 2015). No detectaron una
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 97 mejoría o empeoramiento a nivel total, aunque cabría cuestionarse si esta pregunta a nivel tan amplio tiene algún sentido práctico en primer lugar, y si un meta-análisis es la mejor manera de acercarse a este campo en el que la diversidad y la variabilidad es la norma. No parece que buscar un efecto homogéneo del acogimiento familiar en el desarrollo sea el enfoque más útil por tanto, algo que ha remarcado en repetidas ocasiones el profesor Tarren-Sweeney. En consonancia con dicho enfoque, este investigador se interesó por los subgrupos de menores en acogimiento familiar que mejoraban, se mantenían igual o empeoraban en su estudio longitudinal de siete a nueve años de edad, con menores en acogimiento familiar permanente. Los resultados reflejaron que el 60 % de los menores mostraban o mejora en su salud mental o estabilidad (positiva) durante ese tiempo, mientras que menos de un cuarto empeoraba. La media en las puntuaciones de salud mental no era diferente desde la primera medida a la segunda siete o nueve años después (Tarren-Sweeney, 2017). Otra perspectiva que puede arrojar más luz sobre la eficacia del acogimiento familiar como medida de protección es la comparación con menores que también han sufrido adversidad, pero para los que se eligió otra medida que no fuera el acogimiento familiar, lo que nos aproxima al pensamiento contrafactual (Concato et al., 2000; Simon & Rescher, 1966). Un meta-análisis diferente de los mismos autores que el anterior combinó los pocos estudios en los que se compara la adaptación de menores en acogimiento familiar, con menores de familias en riesgo que permanecieron con sus familias, no encontrando diferencias entre ambos grupos, que presentaban más dificultades que la población general (Goemans et al., 2016). El equipo de Mary Dozier en la Universidad de Delaware ha realizado evaluaciones extensas de su intervención Attachment and Biobehavioral Catch-Up (ABC), tanto con menores en acogimiento familiar, como con otros en familias atendidas por el servicio de protección de menores por maltrato infantil. Esto les ha permitido realizar comparaciones entre los dos grupos, no incluidas en el meta-análisis anterior. Encontraron que los menores en acogimiento familiar presentaban un sistema de estrés mejor regulado que los que estaban en sus familias biológicas (Bernard et al., 2010), así como un desarrollo del lenguaje más avanzado (Zajac et al., 2019) y mejor regulación comportamental (Lind, Goldstein, Bernard, & Dozier, en prensa) y de las emociones (Labella et al., 2020). Otro estudio en Israel encontró que 15 meses después de tomar la decisión sobre separar o no a menores en riesgo de sus familias y que fueran acogidos o se quedaran con su familia biológica, los niños y niñas en acogimiento familiar presentaban mejor calidad de vida que los menores que se quedaron con sus familias biológicas (Davidson-Arad, 2005).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 98 También se han llevado a cabo estudios longitudinales comparando la adaptación de menores que permanecen en acogimiento familiar frente a otros que, habiendo estado en acogimiento familiar, se decidió que volvieran con sus familias de origen. Un trabajo en Reino Unido mostró que, después de cinco años, el mayor predictor de adaptación positiva era haber permanecido en un acogimiento familiar. El 63 % de los menores que habían vuelto con sus familias de origen después de un acogimiento familiar habían entrado de nuevo en el sistema de protección de menores en ese tiempo (Biehal et al., 2015). Otro estudio, este estadounidense, encontró que, seis años después de la decisión, los menores que había sido reunificados presentaban más problemas anti-sociales, fracaso escolar, consumo de sustancias o arrestos en la adolescencia que menores que habían permanecido en acogimiento familiar (Taussig et al., 2001). Por el contrario, Lloyd y Barth (2011) siguieron a un grupo de bebés en el sistema de protección estadounidense que permanecieron en acogimiento familiar, fueron adoptados o volvieron con sus familias biológicas, encontrando que los menores en acogimiento familiar presentaban peores resultados que los otros dos grupos. Sin embargo, en este estudio no disponían de información sobre si esos acogimientos habían sido estables, lo que parece que es uno de los factores clave; otro estudio que analizó las trayectorias de menores en el sistema de protección estadounidense encontró que los menores con trayectorias inestables (ya fuera por cambios de medida en acogimiento familiar o por reunificaciones fallidas) presentaban peores resultados que aquellos con trayectorias estables (ya fuera en un acogimiento familiar, en una adopción, o tras una reunificación; Villodas, Litrownik, Newton, & Davis, 2016). Por último, la evidencia más clara es la existente respecto a los beneficios del acogimiento familiar frente al acogimiento residencial. El trabajo ya citado de Roy y colegas (2000; 2004) comparando a menores en acogimiento familiar y residencial permanente en Reino Unido y otros estudios comparando medidas de acogimiento familiar y residencial (Lee et al., 2010) señalan claramente que los resultados son más positivos para los menores en acogimiento familiar. En el proyecto Bucharest Early Intervention Project se evaluó a menores pequeños en instituciones rumanas y después una parte de los mismos pasó a acogimientos familiares (fueron asignados de forma aleatoria) y otra siguió en el cuidado usual, es decir, en un principio siguió en las instituciones y después algunos fueron reunificados o adoptados según el caso (Nelson et al., 2014). Los menores fueron evaluados a lo largo de la infancia y la adolescencia, y los investigadores encontraron efectos positivos de la intervención de acogimiento familiar en muchas áreas que habían sido afectadas por la adversidad −mostrando una recuperación más o menos completa según el área−,
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 99 entre ellas el sistema de apego, las habilidades sociales, el control inhibitorio, la actividad cerebral, el desarrollo de la materia blanca del cerebro, la psicopatología, la inteligencia, o el lenguaje (Almas et al., 2015, 2016; Bos et al., 2011; McDermott et al., 2012; Nelson et al., 2014; Vanderwert et al., 2016; Windsor et al., 2011; Zeanah et al., 2005). Algunas otras áreas como las funciones ejecutivas (excluyendo el control inhibitorio), los problemas externalizantes, o el perímetro cefálico, sin embargo, no mejoraron en los menores en acogimiento familiar respecto a los que siguieron en instituciones (Nelson et al., 2014). Evidentemente, hay muchos más temas en la investigación en acogimiento familiar en los que no podemos entrar en esta revisión, como las relaciones en la familia de acogida y las capacidades parentales de los acogedores, la perspectiva de los menores y otros actores implicados sobre el acogimiento, las trayectorias educativas de los menores, o diferentes procesos como la transición a la vida adulta, las reunificaciones, el acoplamiento o la captación de familias acogedoras (Amorós & Palacios, 2004; Balsells et al., 2017; Fisher et al., 2016; Freundlich, 2014; Leve et al., 2012). Respecto a las intervenciones basadas en la evidencia en acogimiento familiar, las trataremos en una sección posterior. De la breve revisión que hemos realizado se puede concluir que los menores en acogimiento familiar han sufrido un grado elevado de experiencias de adversidad y presentan mayores dificultades en salud mental y en otros ámbitos como el ajuste escolar que la población general; sin embargo, esta conclusión negativa se ve matizada por los resultados más positivos en comparación con menores que también han sufrido adversidad y están en otros contextos, y la gran variabilidad en adaptación que presentan los menores. Explicar y dar cuenta de esta variabilidad es uno de los principales retos para la investigación en acogimiento familiar, uno de los muchos que presenta esta área. Pero antes de pasar a considerar este reto, y dado que esta investigación se centra en menores en acogimiento familiar en España, resulta pertinente hacer un breve repaso sobre la intervención e investigación en acogimiento familiar en este país. 2.4. EVOLUCIÓN DEL ACOGIMIENTO FAMILIAR EN ESPAÑA: INTERVENCIÓN, INVESTIGACIÓN Y RETOS En España el retraso y el aislamiento que supuso la larga dictadura franquista implicó que hasta entrados los años 80 del siglo XX tuviéramos un sistema de protección a la antigua usanza, en el que las únicas medidas de cuidado alternativo eran la institucionalización y la
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 100 adopción de bebés (Amorós & Fuentes-Peláez, 2004; Bravo & del Valle, 2009; Fuertes, 1992). En una primera etapa, que va desde mediados de los años setenta hasta finales de los ochenta, este modelo empieza a cambiar hacia una perspectiva más comunitaria, pasando de las grandes instituciones auto-suficientes a centros de protección más pequeños e insertos en la comunidad (del Valle & Casas, 2002). A la vez, a mediados de los ochenta se empieza a dar a conocer en el ámbito académico y profesional el acogimiento familiar como medida de protección, especialmente en Cataluña y bajo el liderazgo de Pere Amorós (Amorós, 1987; Amorós & Sans, 1985; Ripol-Millet, 1987). El antecedente más claro hasta entonces habían sido los acogimientos preadoptivos llevados a cabo a partir de 1975 por el Movimiento de Atención a Cierta Infancia (MACI), una institución catalana comprometida con la infancia desprotegida. La primera experiencia de acogimiento familiar con retorno a la familia biológica se dio en Barcelona en 1983, por iniciativa del Ayuntamiento de esta ciudad (Amorós & Fuentes-Peláez, 2004). En 1987 la Ley 21/1987 del sistema de protección a la infancia establece legalmente la figura del acogimiento familiar a nivel nacional y la prioridad de las medidas familiares frente a las residenciales, dando pie a la segunda etapa en la evolución del acogimiento familiar. En esta fase se impulsa el acogimiento familiar en el sistema de protección, si bien el acogimiento residencial sigue siendo predominante. Se da un aumento de los acogimientos familiares en familia ajena y extensa a partir de 1993, a la vez que se realizan campañas de difusión y sensibilización a nivel nacional (Amorós & Fuentes-Peláez, 2004; Amorós & Palacios, 2004). Se generalizan los acogimientos con previsión de reunificación, se establecen los acogimientos familiares permanentes y se llevan a cabo programas de acogimiento familiar especializado (Amorós et al., 2001; Amorós & Palacios, 2004). También se avanza en los modelos de intervención hacia una metodología más rigurosa y profesional: en 1994 se desarrolla un programa de formación para las familias acogedoras (Amorós et al., 1994) y en 1995 se crea la figura de las Instituciones Colaboradoras de Integración Familiar (ICIF), que se encargan de los procesos de captación, valoración de idoneidad, acoplamiento y seguimiento en los acogimientos familiares, y que deben estar integradas por profesionales con formación específica en el acogimien- to familiar (Viedma et al., 2016). A partir de 1996 se dan una serie de cambios que permiten hablar de una tercera etapa. Con la Ley 1/1996 de Protección Jurídica del Menor se perfilan las funciones del acogimiento familiar como una medida que no trata de sustituir a la familia biológica, sino de servir de ayuda a familias en situaciones de crisis, lo que lleva también a impulsar los
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 101 programas de preservación y reunificación familiar. Uno de los principales impulsos del acogimiento familiar en esta etapa fue el programa “Familias canguro” de la Fundación Obra Social La Caixa (Amorós et al., 2003). En el marco de este proyecto se impulsó la práctica del acogimiento familiar en varias comunidades autónomas, se evaluaron a los actores implicados en el acogimiento familiar y su desarrollo, y se desarrollaron nuevas modalidades de acogimiento, como el acogimiento familiar de urgencia. También se impulsó la intervención, desarrollando programas de formación para familias acogedoras de urgencia (Amorós et al., 2002) y para familias acogedoras extensas (Amorós et al., 2004). Dentro de este proyecto también se analizó una submuestra de menores que fueron reunificados, estudiando factores asociados a la reunificación como las visitas (León & Palacios, 2004). Los investigadores principales de este proyecto, Pere Amorós y Jesús Palacios, publican en el año 2004 un manual sobre el acogimiento familiar en castellano en el que se resume el conocimiento científico sobre esta medida y las buenas prácticas en la intervención (Amorós & Palacios, 2004). A partir de este importante precedente, en la primera década de los 2000 empiezan a aparecer investigaciones sobre el acogimiento familiar en España, fundamentalmente de carácter descriptivo. Cabe destacar el primer estudio descriptivo sobre el acogimiento familiar a nivel nacional en 2003 por Jorge del Valle y su equipo de la Universidad de Oviedo (del Valle & Bravo, 2003), que se ve ampliado en 2008 por un estudio más extenso −ambos encargados por el Ministerio de Asuntos Sociales− en el que además de los perfiles de los menores y las familias, se evaluaron los resultados de la medida, indagando en aspectos como la trayectoria en el sistema de protección de los menores, los casos de ruptura y la estabilidad de los acogimientos (del Valle et al., 2008). Jesús Jiménez y Jesús Palacios, de la Universidad de Sevilla, llevan a cabo en 2008 un estudio sobre el acogimiento familiar en Andalucía, evaluando además de los perfiles aspectos como la comunicación, los estilos educativos de los acogedores o dimensiones del desarrollo de los menores acogidos (Jiménez & Palacios, 2008). Estos estudios descriptivos, junto con las escasas estadísticas disponibles a nivel estatal, ponen de manifiesto la amplia mayoría en esos momentos de los acogimientos en familia extensa frente a los acogimientos en familia ajena, que no terminan de despegar. En el estudio a nivel nacional del año 2003, por ejemplo, el 85,5 % de los acogimientos familiares eran en familia extensa frente a solo el 14,5 % en familia ajena (del Valle & Bravo, 2003). Durante estos años diferentes investigaciones en Asturias, Valencia, Girona o Andalucía aportan información sobre los perfiles y las necesidades de los acogimientos en familia extensa, mayoritarios pero a pesar de ello olvidados y poco atendidos (del Valle et al., 2002;
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 102 Fuentes & Bernedo, 2009; Molero et al., 2007; Montserrat, 2007; Villalba, 2002). En conjun- to, estos estudios descriptivos y sobre el acogimiento en familia extensa suponen un primer acercamiento al acogimiento familiar desde la investigación, una medida sobre la que se sabía muy poco en España. Aunque suelen dar una visión positiva sobre el desarrollo de la medida, también señalan retos como el uso excesivo del acogimiento residencial, las vulnerabilidades de un modelo permanente en el que los acogedores suelen llevar a cabo solo una acogida y no repiten, el predominio de unos acogimientos en familia extensa que están insuficientemente atendidos, o la escasa implantación del acogimiento en familia ajena. Además, durante la primera década del siglo XXI el sistema de protección se ve desbordado por el boom de las adopciones internacionales y la llegada de menores extranjeros no acompañados, lo que desvía la atención necesaria para completar la transición de un sistema de cuidados alternativos residencial a uno familiar (Palacios, 2010; Palacios & Amorós, 2006). A partir de los primeros años de la década que empieza en 2010 se podría considerar que empieza otra etapa que dura hasta la fecha de esta disertación, en la que destaca la diversificación de la investigación en acogimiento familiar, el paulatino avance de los acogimientos en familia ajena y el ligero aumento de la cultura del acogimiento en la sociedad, los avances en la intervención más allá de los programas de formación para abordar retos específicos del acogimiento familiar y el impulso del acogimiento familiar en las nuevas leyes de protección a la infancia de 2015. En cuanto a la investigación, aumentan los estudios sobre algunos de los procesos más complejos en acogimiento familiar como la transición a la vida adulta (del Valle et al., 2011; Montserrat & Casas, 2014), los contactos y visitas con la familia biológica (León et al., 2016; Salas et al., 2016), las tasas y los factores de riesgo de rupturas (Bernedo et al., 2016; López et al., 2011; Montserrat et al., 2020; Palacios et al., 2015), o la comunicación en las familias acogedoras (Jiménez-Morago et al., 2013). Caben destacar algunas aportaciones en especial por su relevancia. Por un lado, Carme Montserrat y Ferrán Casas, de la Universidad de Girona, han realizado varios estudios desde la perspectiva de la calidad de vida y el bienestar subjetivo de los menores en acogimiento familiar y residencial, encontrando que los menores en acogimiento residencial presentan peor bienestar que los menores en otras medidas, entre otros resultados (Dinisman et al., 2012; Llosada-Gistau et al., 2017, 2019). Este equipo también ha participado en un estudio europeo sobre los resultados educativos de los menores en el sistema de protección, visibilizando las dificultades que los menores tanto en acogimiento familiar como, especialmente, en acogimiento residencial suelen presentar en su rendimiento académico y ajuste escolar (Montserrat et al., 2013; Montserrat & Casas, 2018).
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 2 103 El equipo liderado por María Jesús Fuentes de la Universidad de Málaga llevó a cabo un proyecto de investigación que fue también más allá de lo descriptivo, al indagar en la relación entre problemas de conducta y estilos educativos parentales −además de en otros aspectos como las visitas− en una muestra de 104 menores en acogimiento en familia ajena (Bernedo et al., 2012; Fuentes et al., 2013; Fuentes et al., 2015). Utilizando el Child Behavior Checklist y escalas de tipos de disciplina y afecto, y combinando información tanto de los profesores como de los acogedores, una de las principales aportaciones de este estudio fue demostrar la relevancia del tipo de disciplina y el afecto de los acogedores para el nivel de problemas de conducta de los menores (que a menudo se suelen tomar como un resultado solo de las experiencias adversas pasadas; Bernedo, Salas, Fuentes, & García-Martín, 2014; Fuentes et al., 2013; Fuentes et al., 2015). Por otro lado, el equipo GRISIJ de la Universidad de Barcelona, liderado por Pere Amorós y, tras su jubilación, por Nuria Fuentes, ha seguido investigando y desarrollando programas de intervención en el campo del acogimiento familiar. A partir de la investigación sobre las necesidades de las familias y los menores en los procesos de reunificación y los principios de la parentalidad positiva, este equipo ha desarrollado un programa psicoeducativo para apoyar a las familias y menores en esta transición, “Caminar en familia”, que ha sido evaluado y actualmente se implementa a nivel comunitario en diferentes puntos de España (Amorós et al., 2013; Balsells et al., 2011; Balsells et al., 2013). También han desarrollado un programa de intervención grupal dirigido a adolescentes en acogimiento en familia extensa basado en la promoción del apoyo social, SAFE (Fuentes-Peláez et al., 2017), y han señalado incansablemente la necesidad de contar con la participación de los menores y las familias en el sistema de protección y en las intervenciones que les atañen (Balsells et al., 2017). Se ha ido avanzando también en otros aspectos de la intervención con los menores en acogimiento familiar, por ejemplo, con el programa “Viaje a mi historia” y otros similares basados en el modelo de historia de vida, que pretenden facilitar la comunicación y un sentido de continuidad e identidad (Jiménez et al., 2013). Otras iniciativas dentro del campo de la intervención durante estos últimos diez años incluyen guías para la atención educativa a menores en acogimiento y adopción, como la desarrollada por el equipo de la Universidad de Sevilla (Jiménez-Morago, Carrera, & Cortada; 2020; Palacios, Jiménez, et al., 2014), o un manual para la valoración de idoneidad en acogimiento familiar (Palacios, 2014). Fuera del ámbito académico, cabe destacar la labor de intervención de centros con una larga trayectoria de trabajo en el acogimiento familiar y la adopción, como el centro Agintzari en el País Vasco, con un modelo de intervención que prima la cooperación con la
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 3 111 CAPITULO 3. EL ESTUDIO DE MECANISMOS MEDIADORES PSICOLÓGICOS COMO RESPUESTA A LOS RETOS DE LA INVESTIGACIÓN E INTERVENCIÓN EN ACOGIMIENTO FAMILIAR. JUSTIFICACIÓN Y OBJETIVOS DE LA DISERTACIÓN En este último capítulo de la introducción sintetizamos las dos ramas de literatura revisada: por un lado, los retos para la investigación e intervención en acogimiento familiar, y por otro, el estudio de los mecanismos mediadores entre la adversidad temprana y la adaptación. En primer lugar, justificamos cómo el estudio de algunos de estos mecanismos puede ayudar a explicar la variabilidad en el desarrollo y la adaptación de los niños y niñas en acogimiento familiar y cómo este tipo de investigación básica ha permitido desarrollar intervenciones eficaces con esta población. A continuación, repasamos brevemente los tres mecanismos psicológicos que se analizan en esta disertación y su relevancia para los menores en acogimiento familiar. Cada uno se trata con más detalle en el estudio correspondiente. Por último, planteamos los objetivos generales y específicos de la disertación, en base a la justificación teórica y las necesidades de investigación planteadas. Las hipótesis o expectativas se plantean en cada uno de los estudios que abordan cada objetivo específico.
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 112 1. EL ESTUDIO DE LOS EFECTOS DE LA ADVERSIDAD EN LOS MECANISMOS PSICOLÓGICOS MEDIADORES PARA EXPLICAR LA VARIABILIDAD EN LA ADAPTACIÓN DE MENORES EN ACOGIMIENTO FAMILIAR Y COMO BASE DEL DESARROLLO DE INTERVENCIONES BASADAS EN LA EVIDENCIA Uno de los retos para la investigación en acogimiento familiar, por tanto, es estudiar qué factores llevan a la variabilidad en la adaptación que presentan estos menores. Dentro de este reto más general, algunas de las direcciones más concretas son estudiar los efectos de tipos de adversidad comunes en el desarrollo de los menores y las dimensiones que llevan a que algunos menores muestren una buena adaptación, a pesar de haber sufrido adversidad. El estudio de los mecanismos del desarrollo que se ven afectados por la adversidad es una de las posibles vías para avanzar en los retos para la investigación planteados, por varias razones. Siguiendo las líneas esbozadas sobre cómo la adversidad tiene consecuencias en el desarrollo de forma probabilística mediante determinados mecanismos mediadores, puede que algunos menores se hayan visto afectados en estos mecanismos del desarrollo por la adversidad y otros no especialmente, y esto sea lo que explique que algunos muestren dificultades y otros una relativa buena adaptación. Por ejemplo, sabemos que la adversidad afecta a las funciones ejecutivas, y que estas capacidades predicen el ajuste escolar o los problemas de salud mental (Blair & Diamond, 2008). Si hay menores en acogimiento familiar con especiales dificultades en sus funciones ejecutivas, es probable que presenten problemas en áreas como el ajuste escolar, la salud mental o las relaciones con los iguales, y, al contrario, puede que haya menores en acogimiento familiar con un buen desarrollo de las funciones ejecutivas que explique en gran parte su buena adaptación a pesar de la adversidad sufrida. Si además sabemos que las funciones ejecutivas son especialmente afectadas algunos tipos de adversidad, pero no por otros, esto nos ayudaría a entender mejor los procesos que subyacen a la variabilidad en la adaptación de los niños y niñas en acogimiento familiar (Fisher et al., 2006). Los mecanismos mediadores entre la adversidad y la adaptación se han denominado también fenotipos intermedios en psiquiatría y psicopatología, aunque en este caso se refieren específicamente a mecanismos que se relacionan directamente con síntomas
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 3 113 psicopatológicos (Cannon & Keller, 2006; Nolen-Hoeksema & Watkins, 2011). Dichos mecanismos son factores que predicen de forma directa la psicopatología (o la adaptación de modo más general), se encuentran dentro del individuo y normalmente son modificables. A la vez, han sido moldeados por factores más distales del entorno, entre los que se encontrarían las experiencias de adversidad, que tienen un efecto causal en los síntomas psicopatológicos solo a través de estos mecanismos mediadores o fenotipos intermedios. Por tanto, estos mecanismos son un posible objetivo de intervención estratégico para acciones que pretendan prevenir posteriores dificultades en personas que han sufrido factores de riesgo distales, como puede ser la adversidad temprana (McLaughlin, 2016; Nolen-Hoeksema & Watkins, 2011). En el ámbito del acogimiento familiar muchas de las intervenciones basadas en la evidencia (es decir, aquellas con una eficacia demostrada de forma rigurosa, normalmente con ensayos clínicos aleatorizados) han seguido este modelo. Por ejemplo, Philip Fisher, de la Universidad de Oregon, y Mary Dozier, de la Universidad de Delaware, han desarrollado intervenciones exitosas con menores en acogimiento familiar enfocándose −entre otras dimensiones− en la desregulación del sistema de estrés como mecanismo mediador entre la adversidad temprana y la adaptación (Bernard et al., 2010; Fisher et al., 2000, 2006). Estos investigadores, basándose en modelos animales y la neurobiología del estrés, hipotetizaron que el eje HPA de los menores en acogimiento familiar podía estar desregulado (Gunnar et al., 2006). Ambos encontraron, en estudios separados, que bebés y niños y niñas en edad preescolar en acogimiento familiar presentaban patrones de cortisol desregulados, con un nivel de cortisol matutino anormalmente bajo (Bruce et al., 2009; Dozier, Manni, et al., 2006). El análisis de los tipos de adversidad específicos relacionados con la desregulación de los patrones de cortisol indicó que los menores con bajos niveles de cortisol matutino habían sufrido una negligencia más severa que los demás; esto fue un resultado importante porque tradicionalmente los factores que se suelen considerar más preocupantes y demandantes de servicios son el abuso físico y el sexual (Bruce et al., 2009). Ambos investigadores han desarrollado intervenciones en las que uno de los objetivos es regular el sistema de estrés de los menores en acogimiento familiar. Aunque desde perspectivas teóricas distintas −Fisher desde el aprendizaje social y Dozier desde la teoría del apego−, y centrándose en diferentes edades −Fisher con preescolares y Dozier con bebés de hasta dos años−, en ambos programas de intervención se enfocan en los cuidados por parte del adulto y la relación adulto-niño como un aspecto modificable, que puede ayudar a promover la regulación del sistema del estrés del menor (Dozier, Peloso, et al.,
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 114 2006; Fisher et al., 2006). La regulación social del estrés en la infancia por parte de un cuidador adulto es un fenómeno conocido, por lo que, al mejorar la atención y la sensibilidad del adulto al menor (particularmente en situaciones estresantes), es esperable que menores con un sistema de estrés desregulado se beneficien de esta regulación externa y se acabe normalizando su producción de cortisol (Gunnar et al., 1996; Hostinar et al., 2014). En ambas intervenciones esto fue precisamente lo que encontraron: los menores en acogimiento familiar que habían recibido la intervención mostraron patrones de cortisol más regulados y similares a menores que no han sufrido adversidad temprana, que los menores en acogimiento familiar que no habían recibido la intervención, mejorando así también su funcionamiento psicosocial (Dozier, Peloso, et al., 2006; Fisher et al., 2000). En definitiva, el estudio de los mecanismos del desarrollo que se ven perturbados por la adversidad y que predicen la adaptación posterior es una dirección de investigación que nos puede ayudar a entender mejor la variabilidad en los menores en acogimiento familiar, incluidos aquellos que presentan una buena adaptación. Esta vía ha demostrado, además, ser una dirección exitosa de investigación, ya que ha permitido el desarrollo de intervenciones eficaces con esta población que se han centrado, entre otros aspectos, en el sistema de respuesta al estrés como objetivo de intervención. Además de la desregulación del sistema de estrés, existen otros mecanismos del desarrollo de tipo psicológico que pueden tener un papel equivalente en menores en acogimiento familiar y de los que sabemos relativamente poco. Es el caso de las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones mentales de apego.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 3 115 2. MECANISMOS MEDIADORES PSICOLÓGICOS RELEVANTES EN MENORES EN ACOGIMIENTO FAMILIAR 2.1. FUNCIONES EJECUTIVAS Y SU RELEVANCIA EN MENORES EN ACOGIMIENTO FAMILIAR Las funciones ejecutivas son habilidades cognitivas de orden superior que permiten el control voluntario de la atención, las emociones y el comportamiento, por lo que son claves para la auto-regulación (Blair & Ursache, 2011; Calkins & Marcovitch, 2010; Diamond, 2013; Müller & Kerns, 2015). En la infancia, las principales funciones ejecutivas son el control inhibitorio, que permite la inhibición de una respuesta dominante en favor de otra más apropiada; la memoria de trabajo, que favorece mantener información o instrucciones mentalmente y trabajar con ella; y la flexibilidad cognitiva, que capacita a cambiar perspectivas y adaptarse con flexibilidad a reglas o requerimientos cambiantes (Diamond, 2013; Garon et al., 2008). Estas funciones ejecutivas básicas se combinan en funciones ejecutivas más complejas como el razonamiento, la planificación por pasos para alcanzar una meta o la resolución de problemas (Collins & Koechlin, 2012). En los últimos 15 años se ha acumulado evidencia que muestra cómo la mayoría de tipos de adversidad temprana, incluyendo el maltrato físico y la negligencia, la institucionalización temprana, la exposición prenatal a drogas, la acumulación de riesgos psicosociales como pobreza y caos familiar, o los cambios repetidos de cuidador principal, tienen un efecto negativo y persistente en las funciones ejecutivas (Blair & Raver, 2012; Cowell et al., 2015; Green et al., 2009; Merz et al., 2016; Micalizzi et al., 2019; Pears et al., 2010). Además, las funciones ejecutivas predicen la adaptación en muchas de las áreas de competencia más relevantes en la infancia (y también en la adultez), entre ellas el ajuste escolar y la competencia académica, los problemas emocionales y comportamentales, y las relaciones con los iguales (Allan et al., 2014; NICHD Early Child Care Research Network, 2003; Razza & Blair, 2009; Sulik et al., 2015). No es de extrañar, por tanto, que hayan sido señaladas por muchos autores como uno de los más importantes mecanismos del desarrollo que median entre las experiencias de adversidad y la adaptación posterior. Este papel ha sido confirmado en algunos estudios, que han mostrado cómo dificultades en funciones ejecutivas mediaban entre
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 116 la adversidad temprana y aspectos de la adaptación como el ajuste escolar o problemas de psicopatología (McDermott et al., 2012; McDermott et al., 2013; Pears et al., 2010; Wade, Zeanah, et al., 2019). Por lo tanto, con toda probabilidad esta es un área relevante para entender el desarrollo y la adaptación de los menores en acogimiento familiar. A pesar de ello, y como se explicará con más detalle en el capítulo correspondiente, la investigación sobre las funciones ejecutivas en menores en acogimiento familiar es bastante escasa. 2.2. COMPRENSIÓN DE LAS EMOCIONES Y SU RELEVANCIA EN MENORES EN ACOGIMIENTO FAMILIAR La comprensión de las emociones es una de las capacidades dentro del paraguas de las habilidades socio-cognitivas, comprensión social o mentalización. Se refiere al reconocimiento y la atribución de las emociones en uno mismo y los demás, desde identificar las diferentes reacciones emocionales a entender sus causas o su relación con aspectos mentales, como las creencias o los recuerdos (Carpendale & Lewis, 2015; Castro et al., 2016; Denham, 1998; Dunn, 2000; Pons et al., 2004). La comprensión de las emociones se desarrolla en interacción con el cuidador principal y, una vez que aparece el lenguaje, las conversaciones en las que se hablan sobre emociones y estados mentales son una de las principales fuerzas que promueven el desarrollo de esta capacidad (Aznar & Tenenbaum, 2013; Dunn et al., 1991; Fonagy et al., 2002; Harris et al., 2013). Por ello, la negligencia y las interacciones en las que no se da esta estimulación provocan normalmente retrasos y déficits en el desarrollo de la comprensión de las emociones (Edwards et al., 2005; Fries & Pollak, 2004; Luke & Banerjee, 2013; Raikes & Thompson, 2006; Sullivan et al., 2008). Pero, además, el desarrollo de la comprensión de las emociones tiene un fuerte componente dependiente de la experiencia y funcional. Así, como se ha mencionado ya, los menores que se ven expuestos a un nivel elevado de ira desarrollan un sesgo de sobre-detección de esta emoción, y estos sesgos funcionales producto de ambientes hostiles pueden predisponer a dificultades posteriores (McCrory et al., 2017; Pollak, 2003; Pollak & Tolley-Schell, 2003). Esto ha llevado a algunas autoras a señalar que un paso importante en esta área es investigar si distintos tipos de adversidad (aquella caracterizada principalmente por la amenaza frente a la caracterizada por la privación) tienen relaciones diferenciales con las habilidades socio-cognitivas (Heleniak & McLaughlin, 2019).
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 3 117 La comprensión de las emociones, como el resto de capacidades socio-cognitivas, es importante para entender a los demás y por tanto saber responder adecuadamente en situaciones sociales (Denham et al., 2003). Los niños con mejor comprensión de las emociones suelen comportarse de manera más prosocial y muestran una mejor competencia social con los iguales que los que tienen menos capacidad en esta área (S. Denham et al., 2002; Dunn & Cutting, 2001; Ensor et al., 2011; Trentacosta & Fine, 2010). También parece haber cierta relación entre déficits en comprensión de las emociones y problemas de tipo externalizantes (Heleniak & McLaughlin, 2019; Kay & Green, 2015; Trentacosta & Fine, 2010). Aunque la evidencia sobre el papel de mediador de la comprensión de las emociones entre adversidad y adaptación es limitada, un estudio encontró que mejores capacidades de mentalización moderaban las consecuencias en la salud mental de sufrir abuso sexual (Ensink et al., 2016), y un análisis cualitativo con acogedores halló que estos creían que problemas en habilidades socio-cognitivas estaban en la base de las dificultades en las relaciones sociales de los menores (Luke & Banerjee, 2012). A pesar de su posible relevancia en menores en acogimiento familiar, como una capacidad afectada por la adversidad y en la base de una buena adaptación social, la investigación sobre esta área es muy limitada, y prácticamente ningún estudio ha indagado en las relaciones diferenciales de distintos tipos de adversidad en la comprensión de las emociones. 2.3. REPRESENTACIONES DE APEGO Y SU RELEVANCIA EN MENORES EN ACOGIMIENTO FAMILIAR Las representaciones mentales de apego o modelos internos de apego se refieren a las representaciones sobre uno mismo y los demás internalizadas a partir de las relaciones de apego, que cumplen la función de guiar −de forma no consciente− la conducta en nuevas relaciones, así como la percepción y el procesamiento de información relacionada con el apego (Bowlby, 1973; Bretherton & Munholland, 2016; Main et al., 1985; Thompson, 2008). Las experiencias de maltrato, falta de cuidadores estables, separación o pérdida del cuidador principal, u otros estresores en la relación con las figuras de apego, tienen como consecuencia que estas representaciones mentales de apego se caractericen por la inseguridad, las defensas y la evitación, o la desorganización, como han mostrado diferentes estudios (Hodges & Steele, 2001; Rodríguez et al., 2012; Román et al., 2012; Toth et al., 2000). Estas expectativas negativas en las relaciones con los demás y sobre uno mismo se
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 118 relacionan a su vez con dificultades en las relaciones sociales con iguales o con profesores, y con problemas de salud mental, especialmente en el caso de la desorganización (Futh et al., 2008; Laible et al., 2004; Madigan et al., 2016; Rydell et al., 2005; Vaughn et al., 2019; Verschueren & Marcoen, 1999). Es esperable, por tanto, que este tipo de representaciones mentales se hayan señalado tradicionalmente como una de las maneras por las que las experiencias tempranas se “meten debajo de la piel”, influenciando la adaptación a nuevas relaciones y contextos (Carlson et al., 2004; Dweck & London, 2004). Su importancia para la adaptación de los menores en acogimiento familiar, que se enfrentan a la difícil tarea de desarrollar relaciones de apego en un nuevo contexto familiar, es muy significativa (Bovenschen & Spangler, 2013; Milan & Pinderhughes, 2000). A pesar de ello, la investigación sobre las representaciones mentales de apego en menores en acogimiento familiar es escasa. Estas tres dimensiones, como hemos desarrollado, cumplen el papel de mecanismos del desarrollo mediadores entre la adversidad temprana y la adaptación posterior, con lo que su estudio nos puede ayudar a avanzar en los retos mencionados y, en definitiva, a entender mejor el desarrollo y la adaptación de los niños y niñas en acogimiento familiar.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 3 119 3. OBJETIVOS DE LA DISERTACIÓN Siguiendo la revisión de literatura planteada sobre el reto de la variabilidad en el desarrollo de los menores en acogimiento familiar y la relevancia para entender esta variabilidad de a) los mecanismos del desarrollo mediadores entre adversidad y adaptación, b) la influencia en el desarrollo de los distintos tipos de adversidad más comunes en menores en acogimiento familiar y c) los factores que contribuyen a la adaptación positiva en menores en acogimiento familiar, el foco principal de esta tesis doctoral es el estudio de las tres dimensiones revisadas con un potencial papel de mecanismo mediador entre la adversidad temprana y la adaptación: las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones mentales de apego. A esto se une un enfoque transversal en la variabilidad en el desarrollo de los menores en acogimiento familiar y en los modelos de intervención derivados de este tipo de investigación sobre adversidad y mecanismos del desarrollo. Con el estudio de estas tres dimensiones, de las que se sabe muy poco en el campo del acogimiento familiar, y de la variabilidad en la adaptación positiva de estos niños y niñas, creemos que aportamos una contribución original al conocimiento en esta área, desarrollando una línea de investigación que ya ha demostrado ser útil para la intervención en este contexto. En concreto, las principales preguntas de investigación que guían esta tesis doctoral son las siguientes: • ¿Cómo son las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones mentales de apego en menores en acogimiento familiar? • ¿Cómo se relacionan las funciones ejecutivas, la comprensión de las emociones y las representaciones de apego en menores en acogimiento familiar con distintos factores de adversidad y de la trayectoria en el sistema de protección de menores? • ¿Qué variabilidad muestran los menores en acogimiento familiar en su adaptación y qué factores (tanto relacionados con la adversidad como con los mecanismos psicológicos analizados) se relacionan con una adaptación positiva en esta población? • ¿Cómo se puede intervenir de forma eficaz a partir del conocimiento sobre los mecanismos del desarrollo afectados por la adversidad en menores en acogimiento familiar?
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 126 d. Estar en un acogimiento familiar dentro de las provincias de Cádiz o Sevilla: Las familias y los menores acogidos participantes residían en las provincias de Cádiz y Sevilla. Ello se debe, por un lado, a un criterio de proximidad geográfica, ya que el equipo investigador estaba basado en Sevilla y, por otro, y principalmente, a que estas dos provincias eran en ese momento dos de las tres con más acogimientos familiares en Andalucía (Observatorio de la Infancia en Andalucía, 2017), dentro de la Comunidad Autónoma con más acogimientos familiares en números totales en España. (Observatorio de la Infancia, 2017). Dado el limitado número de menores acogidos que cumplían las condiciones marcadas por criterios de inclusión (edad, tipo de acogimiento, tiempo de estancia en acogimiento, no presentar discapacidad), se decidió evaluar a todos los menores de las provincias de Sevilla y Cádiz que en el periodo de recogida de datos cumpliera con los requisitos indicados. 1.2. PARTICIPANTES La recogida de datos del estudio se extendió desde mayo de 2016 a diciembre de 2017. Durante este periodo, y de acuerdo a la información proporcionada por las ICIFs participantes, del total de menores acogidos en las provincias de Sevilla y Cádiz, 65 cumplieron los criterios de inclusión en la investigación. De estos 65 menores, 13 no participaron en el estudio: 1. En seis casos se debió a la negativa de los acogedores a participar, alegando razones como falta de tiempo, otras razones de carácter personal, o por encontrarse el menor en proceso de transición a otras medidas. 2. En siete casos los técnicos de las ICIFs valoraron que era preferible que esas familias acogedoras no participasen por razones técnicas y no se entró en contacto con ellas. Por tanto, evaluamos a 52 niños y niñas y a sus familias de acogida durante la recogida de datos. Una menor participante fue excluida después de haber sido evaluada por error ya que no cumplía con un criterio de inclusión en el estudio tras la revisión detallada de su expediente (tiempo en la familia de acogida), por lo que la muestra total fue de 51 menores. Finalmente, participaron en el estudio el 80% de los menores
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 4 127 acogidos residentes en ambas provincias que cumplían los criterios de inclusión del estudio, lo que supone una alta tasa de participación en estudios en psicología (Arfken & Balon, 2011). Los análisis de atrición con los datos disponibles de los menores no participantes (edad de entrada en el sistema de protección de menores, edad del menor y género) no mostraron ninguna diferencia entre los menores participantes y no participantes. Los profesores y profesoras de los menores integrantes del estudio también fueron invitados a participar como informantes sobre algunos aspectos del desarrollo de los menores acogidos. De los 51 menores de la muestra participaron 46 profesores y profesoras, lo que supone una tasa de respuesta muy alta, del 90,19 %. Los resultados de los análisis no mostraron diferencias en problemas emocionales o de comportamiento o en otras variables sociodemográficas entre los niños y niñas cuyos profesores participaron en la investigación y aquellos cuyos profesores rehusaron participar (n = 5). Finalmente, la muestra estuvo compuesta por 51 menores, entre cuatro y nueve años, en acogimiento en familia ajena, que se encontraban en 47 familias de acogida (hubo cuatro familias de acogida con dos menores participantes; en tres casos estos menores eran hermanas y en uno no). En la Tabla 1 se describen las características de la muestra (género, edad de entrada en el sistema de protección, tiempo en el acogimiento familiar, u otras) y en la Tabla 1 se detalla la distribución de algunos factores de riesgo. En el Estudio 1 y en el Estudio 4 se utilizan submuestras de la muestra total: en el Estudio 1 se analiza la submuestra de menores mayores de cinco años (n = 43) y en el Estudio 4, aquellos para los que estaba disponible la información completa que debía ser contestada por el tutor o tutora (n = 45). En la Figura 3 se explicita la distribución de los menores en los distintos tipos de acogimiento familiar (de urgencia, temporal y permanente), una información que se ofrece solo de manera parcial en los artículos, en los que se diferencia entre acogimiento a corto plazo (de urgencia y temporal) y permanente. En la Figura 4 se detalla la distribución de los casos evaluados según la ICIF encargada: Aproni, Fundación Márgenes y Vínculos (Sevilla) y Fundación Márgenes y Vínculos (Cádiz).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 128 Tabla 1. Exposición a diferentes factores de riesgo en la muestra Variables n% Exposición prenatal a drogas 11 21,6 Negligencia 45 88,2 Maltrato emocional 46 90,2 Matrato físico 22 43,1 Abuso sexual 11 21,6 Número de acogimientos previos 0 12 23,5 1 26 51 2 9 17,6 3 4 7,8 15 8 28 AFU AFT AFP AFU: acogimiento familiar de urgencia AFP: acogimiento familiar permanente AFT: acogimiento familiar temporal Figura 3. Distribución de los tipos de acogimiento en la muestra.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 4 129 33 10 8 MyV Sevilla MyV Cádiz Aproni Figura 4. Distribución de la muestra según ICIF encargada del caso. 1.3. COMPARACIÓN DE LA MUESTRA RESPECTO A ESTUDIOS PREVIOS CON NIÑOS Y NIÑAS EN ACOGIMIENTO FAMILIAR En este apartado nos ocupamos de analizar posibles obstáculos a la validez externa de los resultados por la selección de la muestra. Cabe mencionar que el objetivo de la investigación no es estudiar de forma exacta las características de la población de menores en acogimiento en familia ajena en España desde un punto de vista descriptivo como en otros estudios (p.e., del Valle et al., 2008; Jiménez y Palacios, 2008), sino más bien analizar dimensiones, exposiciones y procesos que son relevantes en esta población (García Blanco et al., 2018; Rothman et al., 2013). Por lo tanto, no resulta necesario una representatividad desde el punto de vista estadístico basada en un muestreo aleatorio –que sí sería preciso si se quiere describir las características de la población de menores en acogimiento familiar en España, por ejemplo–, sino que la muestra no difiera sistemáticamente de la población de una manera que interaccione con los constructos de interés (Highhouse & Gillespie,
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 130 2008). La validez externa o aplicación de los resultados a la población de referencia o parecidas se basa en las relaciones encontradas y en los aspectos teóricos, que son los que se generalizan (Rothman et al., 2013). En consecuencia, para que los resultados tengan validez externa sí es importante que la muestra no esté sesgada en aspectos relevantes para la pregunta de investigación (por ejemplo, en un hipotético caso de una muestra de menores en acogimiento familiar en la que ningún menor ha sufrido maltrato familiar), pero no que la muestra sea estadísticamente representativa de la población (Highhouse & Gillespie, 2008; Rothman et al., 2013). 1.3.1. Comparación de la muestra respecto a estudios previos con niños y niñas en acogimiento familiar en España Para comprobar la medida en la que se dan sesgos o no en la muestra evaluada respecto a la población general de menores en acogimiento familiar, en la Tabla 2 se detalla la información disponible de muestras de los tres principales estudios previos con niños y niñas en acogimiento en familia ajena en España: el de Jiménez y Palacios (2008) y el de Salas y colegas (2011), ambos en Andalucía, y el del Valle y colegas (2008) a nivel nacional. Este último se basó en la evaluación de expedientes y en entrevistas a los acogedores. También se presentan los datos disponibles sobre los acogimientos en familia ajena del boletín de datos estadísticos de medidas de protección a la infancia del año 2016, en el que se empezó el proyecto de investigación. Respecto a algunas de las circunstancias del acogimiento familiar y otros aspectos relacionados con la intervención, parece que el perfil de los menores de esta investigación es muy parecido al de trabajos anteriores: en todos los estudios algo más de la mitad de los menores tenían visitas con su familia de origen y alrededor de un tercio de los acogedores tenían estudios superiores. En el momento de la recogida de datos los menores de la muestra evaluada habían pasado, de media, más de dos años en el acogimiento familiar actual, un tiempo similar al que habían pasado los menores de 4 a 10 años del estudio de Jiménez y Palacios (2008) y algo inferior al de los menores del estudio de Salas y colegas (2011), lo que es comprensible si se tiene en cuenta que esta muestra tenía de 5 a 18 años.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 4 131 Tabla 2. Tabla de comparación entre la muestra analizada, estudios previos con menores en acogimiento en familia ajena en España, y datos estadísticos de medidas de protección en España del año 2016 Rango edad Edad Género Edad entrada en SPM (años) Tiempo en AF actual (años) AFU AFT o simple AFP Problemas de ajuste c Maltrato familiar Estancia en AR Acogedores con estudios superiores Visitas con familia de origen N M (SD) % de chicas M (SD) M (SD) %%%M (SD) %%%% Muestra de la tesis doctoral 51 4-9 7,07 (1,63) 52,94 3,89 (2,08) 2,24 (2,06) 29,41 15,68 54,9 13,59 (6,19) 94, 1 25,59 33,3 62,7 Jiménez y Palacios (2008)a28 4-10 6,5 (1,51) 51b4,00 1,82 - - - 15.11 (5.53) 57.1 82.1 32,1 60b Del Valle y colegas (2008) 357 0-18 6,95 (4,56) 49,9 - - - 45,10 54,9 - - 69.5 41,2 64,1 Salas (2011) 104 5-18 11 (3,2) 46,15 - 3,71 0 4,81 95,19 - 98,1 92,3 33,8 58,7 Boletín estadístico (2017) 6.909 0-18 - 49,74 - - 4,44 28,97 66,57 - - - - - Nota. SPM = Sistema de protección de menores; AF = Acogimiento familiar; AFU = Acogimiento familiar de urgencia; AFT = Acogimiento familiar temporal; AFP = Acogimiento familiar permanente; AR = Acogimiento residencial. a En los casos disponibles, los datos son de una submuestra de 4 a 10 años publicada en Jiménez-Morago, León, y Román (2015). bEstas cifras se refieren a la muestra completa de niños y niñas (n = 53) en acogimiento en familia ajena de 0 a 18 años de Jiménez y Palacios (2008). c Puntuación de dificultades totales en el SDQ (Goodman, 1997).
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 132 En relación con el maltrato sufrido de forma previa a la intervención del sistema de protección, esta información solo estaba disponible en dos de los estudios. Mientras que en el estudio de Salas (2011) es una cifra parecida a la de la muestra evaluada en este trabajo doctoral (más del 90 %), en el estudio de Jiménez y Palacios (2008) esta cifra es menor (57,1 %). Hay una diferencia notable en el porcentaje de menores que han estado previamente en un acogimiento residencial: en los dos estudios andaluces la gran mayoría de los menores habían pasado por un acogimiento residencial y en el estudio nacional de del Valle y colegas (2008) más de la mitad también, mientras que en la muestra analizada en esta disertación solo el 25,59 % había estado en un acogimiento residencial con anterioridad. Teniendo en cuenta que estos tres estudios se realizaron aproximadamente una década antes de este proyecto de investigación, esta diferencia es, con toda probabilidad, resultado del paulatino aumento de los acogimientos familiares —en particular, los de urgencia—, y la disminución del acogimiento residencial para los niños y niñas más pequeños en el sistema de protección español, especialmente a partir de las modificaciones legislativas de 2015. Respecto al género, está equilibrado tanto en la muestra evaluada como en los estudios empíricos previos y en los datos estadísticos del año 2016 sobre los menores en esta medida en España. Los datos sobre problemas emocionales y comportamentales según el Strenghts and Difficulties Questionnaire, una prueba de cribado ampliamente utilizada (Goodman, 1997), muestran una media parecida (con una diferencia de alrededor de un cuarto de cualquiera de las dos desviaciones típicas) y elevada de dificultades, tanto en la muestra de cuatro a diez años de Jiménez y Palacios (2008) como en la evaluada para esta tesis. Por último, respecto a los tipos de acogimiento, habría que mencionar que la distinción entre acogimiento de urgencia y temporal fue muy difusa en la recogida de datos de nuestro estudio, ya que muchos acogimientos que a todos los efectos eran de urgencia (valoración de idoneidad, motivación de los acogedores, etc.) se podrían haber considerado temporales por haber pasado el niño o niña acogido más tiempo del establecido para los determinados de urgencia. En este sentido, creemos que la comparación más fiable es entre acogimientos de corta duración (urgencia y temporales) frente a acogimientos permanentes. La distribución en el año 2016 en España de acogimientos permanentes frente a temporales o de urgencia en familia ajena, era del 66,57 % frente al 33,41 % respectivamente, algo más desequilibrada que en la muestra evaluada, en la que la distribución fue del 54,1 % (permanente) y 45,9 % (temporal y urgencia). La distribución en nuestra muestra coincide con la del estudio de del Valle y colegas (2008), mientras que en el de Salas (2011) la práctica totalidad de la muestra estaba en un acogimiento familiar permanente.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 4 133 En definitiva, parece no haber diferencias de calado o sesgos que amenacen las posibilidades de generalización de los resultados de esta tesis doctoral entre el perfil de los niños y niñas en acogimiento en familia ajena de la muestra evaluada y el perfil de los menores en acogimiento en familia ajena en España en estudios anteriores, de acuerdo con los datos de los que se disponen. La mayor diferencia respecto a los estudios previos, llevados a cabo hace alrededor de una década, es la menor proporción de niños y niñas que han estado en un acogimiento residencial previamente al acogimiento familiar en la muestra evaluada, lo que atribuimos a un efecto de cohorte debido a los avances en el sistema de protección español durante estos últimos diez años (Álvarez Velez et al., 2016). 1.3.2 Comparación de la muestra respecto a estudios previos con niños y niñas en acogimiento familiar a nivel internacional La comparación de la muestra evaluada respecto a los niños y niñas en acogimiento familiar en familia ajena en general resulta más difícil, y es inevitable que solo se pueda hacer a trazo grueso. Además, hay diferencias entre el funcionamiento de distintos sistemas de protección, por ejemplo, en España los niños y niñas en acogimiento familiar suelen haber estado en menos acogimientos previos que los de otros países (del Valle & Bravo, 2013; López & Del Valle, 2016). Aun así, diferentes revisiones apuntan a que, de manera general, los niños y niñas en acogimiento familiar presentan características como una tasa alta de maltrato infantil previamente al acogimiento —especialmente de negligencia y maltrato emocional y en menor medida de abuso físico o sexual— así como de exposición a otros eventos adversos (Oswald et al., 2010; Turney & Wildeman, 2017). Una gran parte de ellos suele tener visitas con su familia biológica (Fossum et al., 2018; Hess, 2014; Sen & Broadhurst, 2011), y la mayoría ha estado en medidas previas de protección (Fisher et al., 2016; Rubin et al., 2007). Respecto a los acogedores, típicamente los acogimientos en familia ajena se caracterizan por buenas condiciones socio-educativas (Amorós & Palacios, 2004; Ehrle & Geen, 2002). Como ilustración, en un estudio comparable reciente con 49 niños y niñas de entre tres y seis años en acogimiento familiar en Alemania, la gran mayoría había sufrido algún tipo de maltrato (86,9 %), principalmente maltrato emocional (86,9 %) y negligencia (60,5 %), y en menor medida maltrato físico (23,7 %) y abuso sexual (7,9 %). El 61,2 % tenían visitas con su familia biológica, y el nivel educativo de los acogedores era medio-alto (Bovenschen et al., 2016; Gabler et al., 2018). Es decir, el perfil de adversidad y las circunstancias de los
AdversidAd y AdAptAción en niños y niñAs en Acogimiento fAmiliAr. funciones ejecutivAs, comprensión de lAs emociones y representAciones de Apego 134 menores de este estudio eran muy parecidas al de los menores en la muestra evaluada en el proyecto de investigación en el que se basa esta tesis doctoral. En definitiva, creemos que la muestra evaluada presenta el perfil típico de los niños y niñas en acogimiento en familia ajena en general, sin sesgos sustanciales que pudieran obstaculizar la generalización de los resultados del estudio, evidentemente, con la cautela necesaria según las particularidades culturales y nacionales de los diferentes sistemas de protección en distintos países. De una manera más general, creemos que los resultados del estudio de esta muestra también resultan informativos para entender los procesos de adversidad y desarrollo en niños y niñas que, aunque no estén en esta medida, hayan sufrido los tipos de adversidad temprana que son comunes en menores en acogimiento familiar.
PARTE I - InTRoduccIón gEnERAl y mETodologíA CAPÍTULO 4 135 2. PROCEDIMIENTO La recogida de datos de los menores y de las familias acogedoras se llevó a cabo mediante una visita domiciliaria por familia de dos horas de duración, en las que el autor de la disertación y otra investigadora, que es también psicóloga y técnico de una de las ICIFs colaboradoras (Fundación Márgenes y Vínculos) se desplazaron al hogar de cada una de las familias acogedoras. En estas visitas se evaluaba al niño o a la niña participante y al acogedor o acogedora principal, definido como aquel que tuviera una relación más estrecha con el menor o pasara más tiempo con él o ella. Las visitas se establecían por teléfono una vez que los técnicos de las ICIFs habían informado brevemente de la investigación a las familias que cumplían los criterios de inclusión en el estudio. En esta visita se administraban los instrumentos de evaluación a los menores y una serie de cuestionarios a los acogedores, entre ellos los utilizados en esta disertación. Los acogedores también respondían una entrevista semi-estructurada sobre el proceso de acogimiento y las circunstancias y adaptación del menor al acogimiento familiar. Las profesionales encargadas de cada caso cumplimentaron una hoja de recogida de información sobre las circunstancias actuales de los menores, su trayectoria en el sistema de protección a la infancia y la situación de desprotección anterior a la entrada en el sistema de protección, así como una ficha sobre características de la familia biológica de los menores. También proporcionaron las hojas de recogida de información sobre los indicadores de maltrato sufridos por el menor según el Sistema de Información sobre Maltrato Infantil de Andalucía (SIMIA; Observatorio de la Infancia de Andalucía, 2011). Tras la visita domiciliaria, y con la previa autorización de los acogedores, se contactó con el colegio de los menores para informar del estudio y solicitar la participación del tutor o la tutora de los menores participantes. En los casos en los que coincidía con el inicio de curso, se llevó a cabo a partir del mes de noviembre para asegurar que cada niño o niña había pasado al menos un mes y medio en su actual colegio. Tras la llamada telefónica, se le enviaba al profesor o profesora un correo electrónico con las autorizaciones del estudio y un enlace a una encuesta online en la que se incluían los diferentes cuestionarios.
PARTE II ARTÍCULOS
PARTE II - ARTÍCULOS CAREGIVER RATINGS OF EXECUTIVE FUNCTIONS AMONG FOSTER CHILDREN IN MIDDLE CHILDHOOD: ASSOCIATIONS WITH EARLY ADVERSITY AND SCHOOL ADJUSTMENT CAPÍTULO 5
147 CHAPTER 5 STUDY 1: CAREGIVER RATINGS OF EXECUTIVE FUNCTIONS AMONG FOSTER CHILDREN IN MIDDLE CHILDHOOD: ASSOCIATIONS WITH EARLY ADVERSITY AND SCHOOL ADJUSTMENT ABSTRACT Children in foster care often present difficulties related to executive functions, such as poor school adjustment and impulsivity. Despite their importance, few studies have analyzed executive functions in foster children, especially beyond preschool age. This study sought to analyze the executive functions of a sample of 43 Spanish foster children aged between five and nine years (M = 7.51, SD = 1.29), using a caregiver-reported questionnaire. We also explored the relationship between executive functions and early adversity variables and teacher-reported school adjustment. Results indicate that participants experienced more executive function-related difficulties than the measure’s standardization sample in almost all areas, particularly in behavioral regulation, although they were found to have age-appropriate executive function levels in some areas, such as monitoring and organization of materials. Prenatal substance exposure was associated with poorer planning/organization skills, whereas other early adversity variables showed no statistically significant associations with executive functions. A higher level of difficulty in inhibitory control and other areas were associated with poorer school adjustment as reported by teachers. The results of our study point to an important presence of executive function difficulties in foster children in middle childhood, a finding which highlights the need for early intervention efforts targeting these skills among this population. Keywords: foster care; executive functions; middle childhood; early adversity; school adjustment. Based on: Carrera, P., Jiménez-Morago, J. M., Román, M., & León, E. (2019). Caregiver ratings of executive functions among foster children in middle childhood: Associations with early adversity and school adjustment. Children and Youth Services Review, 106, 9–10. https://doi.org/10.1016/j.childyouth.2019.104495 .
PARTE II - ARTÍCULOS DIFFERENTIAL ASSOCIATIONS OF THREAT AND DEPRIVATION WITH EMOTION UNDERSTANDING IN MALTREATED CHILDREN IN FOSTER CARE CAPÍTULO 6
PARTE II - ARTículos CAPÍTULO 6 173 CHAPTER 6 STUDY 2: DIFFERENTIAL ASSOCIATIONS OF THREAT AND DEPRIVATION WITH EMOTION UNDERSTANDING IN MALTREATED CHILDREN IN FOSTER CARE ABSTRACT Children in foster care are a remarkably heterogeneous group regarding their adaptation, and disrupted emotion understanding is one of the processes that may lead to differential outcomes in them. Previous research has found different effects for abused and for neglected children in emotion recognition. However, very few studies have analyzed more complex forms of emotion understanding in maltreated children while considering different adversity dimensions. The present study analyzed associations between threat and deprivation exposure and different facets of emotion understanding in a sample of maltreated children in foster care. The sample comprised 51 children from 4- to 9-years old (M = 7.07, SD = 1.63) in non-kin foster care in Spain. We used the Test of Emotional Comprehension to measure emotion understanding, and maltreatment reports to measure exposure to threat and deprivation. Threat exposure predicted enhanced external emotion understanding after controlling for age, vocabulary, and deprivation, particularly understanding emotions based on desires. Deprivation predicted worse external emotion understanding. Our findings reinforce the limits of cumulative risks models for understanding foster children’s developmental outcomes and the value of assessing separately adversity dimensions when possible, given the variable relations of threat and deprivation exposure with social cognitive development. Keywords: emotion understanding; early adversity; dimensional model of adversity and psychopathology; maltreatment; foster care Based on: Carrera, P., Jiménez-Morago, J. M., Román, M., & León, E. (2020). Differential associations of threat and deprivation with emotion understanding in maltreated children in foster care. Child and Family Social Work, 1–10. https://doi.org/10.1111/cfs.12783
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