Francisco Morales Padrón, in memoriam
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Canario de Gran Canaria, grancanario; “Canarión”, no en el aumentativo despectivo con que apodan los tinerfeños –“chicharreros”, en reciprocidad- a sus vecinos, sino en el valorativo. Canario grande, más que grancanario, arraigado a su tierra en la distancia, presente siempre en la ausencia, cercano en la lejanía, unido permanentemente en la separación por el vínculo del amor a la gran patria chica. Este canario de nacimiento, que jamás perdió el gentilicio de su linaje, vino a Sevilla, atraído por el prestigio universitario de su Sección de Historia de América y de su flamante Escuela de Estudios Hispanoamericanos, a estudiar Historia de los Descubrimientos… y descubrió Sevilla; aún más, les descubrió a los sevillanos mucha Sevilla insólita, oculta, escondida, y lo más íntimo de ella, sus sentimientos. Lo conocí en el curso de verano de la Universidad Hispanoamericana de Santa María de la Rábida del año 1949; él, joven Secretario de la Dirección y yo estudiante. Lo recuerdo en su oficio de “operador de cabina”, encargado afanoso de la proyección nocturna de cine que amenizaba las noches tras las jornadas de trabajo, un trabajo leve, grato, instructivo, interesante, provechoso en el desarrollo de las lecciones del programa. Desde aquel punto de partida, recorrimos juntos muchas rutas, muchas singladuras: compañeros de Claustro en la Universidad de Sevilla; miembros de la Junta de Gobierno, él Decano FRANCISCO MORALES PADRÓN, IN MEMORIAM Por MANUEL OLIVENCIA RUIZ
de Filosofía y Letras cuando yo lo fui de Derecho y de Ciencias Económicas y Empresariales; académicos de esta Real Corporación, él Director a la época de mi ingreso, más de 27 años de convivencia en esta Casa; juntos también en la primera etapa de FOCUS, la gran aventura cultural emprendida por Javier Benjumea, nuestro Académico de Honor, a quien yo ayudé a montar la estructura jurídica de la Fundación y del que Paco fue, desde la dirección de sus actividades, un eficaz colaborador. Muchas singladuras compartidas me permitieron descubrir la personalidad de aquel experto en descubrimientos. Aquel joven y dinámico universitario que conocí en La Rábida triunfó como reconocida autoridad en su materia, “Historia de los Descubrimientos Geográficos y Geografía de América”. Enseñó a generaciones de estudiantes lo que era el descubrimiento: el hallazgo de lo oculto, la manifestación de lo cubierto, el conocimiento de lo hasta entonces ignorado o desconocido. Descubrir, en suma, es desvelar lo velado, correr el velo de la ignorancia; es la capacidad de la mente humana para aumentar el conocimiento e incorporar a él lo existente, pero no conocido. El inventor y el artista crean ex novo; el descubridor no crea, halla y difunde lo ya existente. El Profesor Morales Padrón enseñó los descubrimientos geográficos de portugueses y castellanos en la búsqueda de la ruta de Indias; los primeros, por levante y los segundos por poniente. El resultado no fue el descubrimiento del Nuevo Mundo, sino del Mundo en su globalidad. Del Mare Nostrum, en posesivo, el mar de nuestra casa, cuna de la civilización occidental, la capacidad de la mente humana saltó el Non Plus Ultra para aventurarse en la mar incógnita, desconocida, tenebrosa. Y explicó ex cathedra que fue el espíritu de iniciativa del Renacimiento el viento que impulsó las velas de aquellas naves, el afán de saber, de desentrañar lo ignorado; en suma, de conocer la naturaleza y dominarla. Cuando preparábamos la conmemoración del V Centenario del Descubrimiento de América, espíritus sensibles y susceptibles se sintieron heridos por el término descubrimiento, que atribuían a una visión “eurocéntrica” en la que los nuestros eran los “descubridores” y los suyos los “descubiertos”. Morales Pa- MANUEL OLIVENCIA RUIZ192
Helena Ruiz, viuda del profesor Morales Padrón, con los académicos que intervinieron en la sesión pública en su homenaje en la Academia: Enriqueta Vila Vilar, Manuel Olivencia Ruiz, Rafael Manzano Martos y Ramón María Serrera. Don Francisco Morales Padrón en una de sus últimas intervenciones públicas en la academia
drón se resistió al cambio del término “descubrimiento” por el de “encuentro”, el eufemismo propuesto para encubrir artificiosamente el Descubrimiento, con mayúscula. Los contemporizadores cedieron a esa pretensión e incluso quisieron hacer de la conmemoración del Descubrimiento por antonomasia una ceremonia expiatoria de los españoles, con una visión equivocada del hecho histórico de la llegada de las naves castellanas, exagerada de sus consecuencias negativas y miope de las positivas; pero el Profesor de Historia de los Descubrimientos de Sevilla se negó a cambiar el término que daba nombre a su cátedra. Y yo, que aprendí de él el significado, escribí en una “tercera” de ABC que el término “Descubrimiento”, lejos de ser jactancia, era el reconocimiento de la ignorancia, el levantamiento de un velo que nos ocultaba la realidad existente y del que ambas partes fueron sujetos activos, porque también los indígenas descubrieron que existían hombres “blancos y barbudos”, y caballos y ruedas… El gran historiador mexicano Silvio Zavala me pidió autorización para publicar el artículo en una revista de su país. Por cierto, ninguna de las naciones iberoamericanas faltó a la cita de la isla de la Cartuja en 1992. El maestro enseñó historia de los Descubrimientos de otros y descubrió América a sus alumnos. Toda enseñanza es descubrir a otros lo que ignoran. Enseñando los descubrimientos de otros, enseñó América a muchas generaciones de estudiantes, en su Facultad y en la Escuela Diplomática. Pero Sevilla la descubrió para sí y nos la mostró a todos. La descubrió apasionadamente, con la pasión del amor, del encanto de levantar el velo que cubre la faz de la amada y descubrir su belleza, sus secretos, sus sentimientos, sus rasgos ocultos. Fue un descubridor de Sevilla y la describió para hacer partícipe de su descubrimiento a los mismos sevillanos, a los que introdujo hasta en la clausura monacal. En el Prólogo del libro de nuestro compañero Enrique Valdivieso y Alfredo Morales, Sevilla Oculta (1980), Morales Padrón vuelve a una Sevilla que él ya conocía y la revive en la prosa de los autores y en las imágenes de los Arenas, padre e hijos, para regresar a la Sevilla Insólita que nos había descubierto ocho años antes, el “retorno a la clausura”, al tesoro artístico de los conventos. Paco Morales MANUEL OLIVENCIA RUIZ194
nos citó en el compás de la Sevilla misteriosa y nos introdujo en la clausura para descubrirnos las joyas de sus bellas artes, de sus ceremonias, de su vida, de “lo no visto o lo que no se deja ver”, como él escribió con precisión de maestro de los descubrimientos. Nos descubrió una Sevilla que no es sólo realidad oculta, sino imaginación, leyenda, fantasía, vivencias tan reales como la Sevilla misma. Enseñó siempre lo que otros habían descubierto y nos enseñó también lo que él había descubierto y quiso difundir, porque el verdadero descubrimiento es el que se comunica y participa, es decir, aquel del que se hace “partícipes” a otros. De la Sevilla insólita a la Sevilla de cada día, de los conventos a los corrales de vecinos, de Sevilla en América a la América en Sevilla, nuestro descubridor nos mostró sus descubrimientos. Algunos sevillanos no le perdonaron que la Sevilla que él había descubierto y enseñaba no coincidiera exactamente con aquella que ellos vivían y de la que se creían propietarios e intérpretes únicos; pero él mostró la que vio al correr el velo que la cubría, “su Sevilla”, la que vivió y en la que quiso morir. FRANCISCO MORALES PADRÓN IN MEMORIAM 195