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Revista Universitaria de Historia Militar Volumen 12, número 25, Año 2023, pp. 176-198 ISSN: 2254-6111 La sangre desde el tendido. Percepciones de la guerra en Gibraltar (1936-1939) Bloodshed as seen from the front row: Perception of the Spanish civil war in Gibraltar (1936-1939) Julio Ponce Alberca Universidad de Sevilla [email protected] Resumen: La colonia británica de Gibraltar ofreció un observatorio único para contemplar el desarrollo de la vecina guerra civil española. Pero el tema de las percepciones e imágenes elaboradas desde el Peñón sobre lo que estaba ocurriendo en España ha sido escasamente explorado pese a los numerosos testimonios disponibles. Con frecuencia se ha instalado en el discurso público una imagen del enclave durante la guerra civil determinada por su solidaridad con los republicanos españoles y su decidida vocación antifranquista. Y, probablemente, sea esa una percepción mediatizada a partir de los años sesenta cuando el régimen franquista ordenó el cierre de la verja de Gibraltar y así permanecería durante más de una década, incluso durante la transición democrática española. Fue en esas fechas cuando el Peñón adquirió un carácter de bastión democrático contra una dictadura. Sin embargo, la historiografía sobre el Peñón muestra algunos matices importantes a esa visión amistosa con la Segunda República española. Hoy sabemos, por ejemplo, que Gibraltar fue un centro de refugio para figuras destacadas del antirrepublicanismo, que sus autoridades observaron con cierta reluctancia acerca de lo que ocurría al otro lado de la verja y que la heterógenea población gibraltareña no adoptó una homogénea actitud en favor del régimen republicano español. Parece, pues, oportuno aclarar este aparente contraste entre memorias e historia y ése es, precisamente, el objeto de las líneas que siguen: el estudio de las visiones –siempre subjetivasde los españoles y británicos que pasaron por la Roca en aquellas trágicas fechas. Para analizarlas hemos
177 distinguido tres conjuntos de población: los refugiados españoles en el Peñón, los gibraltareños y otros ciudadanos británicos, y por último el parecer de las autoridades del enclave (especialmente los gobernadores). Nuestro objetivo se centra en verificar si esas impresiones fueron similares entre los tres grupos indicados y dentro de cada uno de ellos. Los testimonios de los coetáneos a los hechos enriquecen sensiblemente la reconstrucción histórica del pasado. Palabras clave: Gibraltar, Guerra Civil española, refugiados, percepciones, estereotipos. Abstract: The British colony of Gibraltar served as a unique vantage point from which to observe the unfolding of the Civil War in neighboring Spain. However, despite the numerous testimonies available, the issue of the perceptions and images about the conflict in Spain originating in the Rock has been only superficially explored. The enclave's image as welcoming to Spanish Republicans during the Spanish Civil War and having a resolute anti-Francoist vocation has been successfully installed in public discourse. This mediatized perception stems probably from the sixties, when Franco's regime announced the closure of the Gibraltar fence ―it remained closed for more than a decade, even during the Spanish democratic transition. It was at that time that the ROCK was perceived as a democratic bastion as opposed to the neighboring Spanish dictatorship. However, the historiographical literature on the Rock evidences certain important nuances to this vision of this place's friendly disposition to the Second Spanish Republic. Nowadays it is known, for instance, that Gibraltar gave shelter to prominent anti-republican figures, that its authorities observed with some reluctance what was happening on the other side of the fence and that the heterogeneous Gibraltarian population did not adopt a homogeneous attitude in favor of the Spanish Republican regime. Therefore, it seems appropriate to clarify this apparent contrast between memories and history, and that is precisely the aim of the following lines: the study of the ―always subjective― perceptions of Spaniards and Britons who spent a certain amount of time in the Rock on those fateful dates. In order to analyze them, three population groups will be distinguished: Spanish refugees, Gibraltarians and other British citizens and, finally, the opinion of the enclave's authorities (especially the Rock's governors). The objective is to verify whether impressions were similar among the three groups and within each of them. As we know, contemporary testimonies significantly enrich the historical reconstruction of the past. Keywords: Gibraltar, Spanish Civil War, refugees, images, stereotypes.
RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 178 . Recibido 30/01/2023 Aceptado 19/09/2023 Para citar este artículo: Julio PONCE ALBERCA: “La sangre desde el tendido. Percepciones de la guerra en Gibraltar (1936-1939)”, Revista Universitaria de Historia Militar, Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176-198.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 179 La sangre desde el tendido. Percepciones de la guerra en Gibraltar (1936-1939) Julio Ponce Alberca Universidad de Sevilla [email protected] Introducción l pasado nos habla desde las huellas que deja y la ocupación del historiador es recopilarlas, valorarlas e interpretarlas. Lo que ya pasó conforma un país extraño y fascinante a recorrer que merece ser respetado con honestidad y rigor. Esto puede resultar obvio, pero no es tan evidente cuando el relato canónico es puesto en cuestión por las fuentes y el historiador se hace preguntas incómodas.1 Los episodios más controvertidos del pasado son objetos sobre los que la memoria oficial elabora interpretaciones adecuadas en el marco de los intereses del presente. Este es un fenómeno bastante extendido y Gibraltar no es una excepción. La relación del Peñón con España es problemática desde 1704, atravesada por períodos de abierto enfrentamiento dentro de una situación general de tensa estabilidad. A comienzos del siglo XX, la España que había perdido sus últimas colonias apenas podía soñar con la recuperación de un enclave muy valioso para los intereses del mayor imperio mundial de aquel entonces. La dependencia económica de Gran Bretaña, además, aseguraba la suficiente docilidad por parte de España, más allá de la incomparable relación de fuerzas. La solidez de Gibraltar como enclave colonial descansaba también en que la zona del Campo de Gibraltar no supusiera una amenaza. Y no lo era. Por el contrario, el entorno suministraba a la colonia y a sus fuerzas armadas productos frescos, mano de obra y entretenimiento. El contrabando y otras actividades ilegales terminaban de engrasar una compleja maquinaria simbiótica de desigualdad y prosperidad2. Indudablemente, el cierre de la verja en 1969 supuso un punto de inflexión para los gibraltareños y los habitantes del Campo. El drama económico y social afectó a los dos lados de la frontera, pero en Gibraltar se produjo un efecto específico: el desarrollo de un sentimiento de desconfianza y rechazo hacia España. La dictadura franquista 1 Antoon DE BAETS: Crimes Against History, London-New York, Routledge, 2019. 2 Resulta imposible incluir en estas líneas un exhaustivo estado de la cuestión sobre Gibraltar. Como referencias recientes que, a su vez, contienen bibliografía citamos los siguientes títulos: Chris GROCOTT y Gareth STOCKEY: Gibraltar: a modern history, Cardiff, University of Wales, 2012; Andrew CANESSA (ed.): Barrier and Bridge. Spanish and Gibraltarian Perspectives on Their Border, Brighton, Sussex Academic Press/Canada Blanch Centre for Contemporary Spanish Studies-LSE, 2018; Andrew CANESSA (ed.): Bordering on Britishness. National Identity in Gibraltar from the Spanish Civil War to Brexit, London, Palgrave Macmillan, 2019. E
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 180 pasó a ser una seria amenaza para el espíritu libre y democrático de un pueblo bajo la protección de la bandera británica. Aquella actitud gibraltareña arraigó tanto que posteriormente no cambió radicalmente esa percepción tras la apertura de la verja o la presencia de una España democrática en organizaciones como la OTAN o la Unión Europea. La impregnación de antifranquismo devino en un difuso sentimiento antiespañol que emerge aún con relativa facilidad. Y, obviamente, ello ha sesgado la autopercepción de su propio pasado con una imagen mítica: Gibraltar resistió al fascismo durante la Segunda Guerra Mundial como luego hizo frente a las presiones del régimen franquista. Franco y los sublevados fueron siempre enemigos acérrimos de Gibraltar desde 1936 y, en consecuencia, durante la guerra civil española el espíritu del pueblo gibraltareño estuvo al lado de la causa de los pueblos vecinos que no era otra que la defensa de la Segunda República. En el año 2016 se organizaron unas jornadas en Gibraltar sobre la guerra civil y el papel desempeñado por la colonia británica durante el drama que asoló a España. Se celebraron con el apoyo del sindicato gibraltareño (Unite), con la de los sindicatos de izquierda españoles que fueron invitados (CCOO y UGT), con exclusiva presencia de historiadores británicos –algunos tan solventes como Gareth Stockey– y con el apoyo del gobierno gibraltareño que quiso mostrar una imagen histórica del Peñón como baluarte antifranquista, democrático y, por extensión, contrario a la derecha española que gobernaba precisamente en España en aquellos días. En suma, se trataba de demostrar que Gibraltar había sido solidario con los españoles de izquierda.3 Obviamente, no se podía ocultar lo que investigaciones históricas habían demostrado: la connivencia de las autoridades coloniales y los grupos empresariales gibraltareños con el bando franquista.4 Y hubo algunas alusiones a ello, pero siempre fueron anecdóticas al lado del insistente realce del papel de los sindicatos locales como exponentes del apoyo del pueblo gibraltareño a la república. Recuerdos seleccionados suelen conducir al relato. Esa narrativa confortable ensalzaba el compromiso y la solidaridad de Gibraltar con la legítima república española. Una narrativa que se ha visto condensada en tributos y reconocimientos entre organizaciones obreras en estos últimos años.5 Y ha ido más allá al colocar una placa –sorprendente desde el punto de vista histórico– en el parlamento de Gibraltar en memoria de los gibraltareños que lucharon en la guerra civil 3 El vídeo derivado de aquellas jornadas en: https://www.youtube.com/watch?v=Tr0_AqAOkXs [consultado por última vez el 28-01-2023]. 4 Julio PONCE ALBERCA: Gibraltar y la Guerra Civil Española. Una neutralidad singular, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2009. Íd.: Gibraltar and the Spanish Civil War, 1936-39. Local, National and International Perspectives, London, Bloomsbury, 2014. 5 Los tributos en: https://www.surinenglish.com/gibraltar/201811/23/civil-information-centre-pays-20181123094650-v.html; https://www.unitetheunion.org/news-events/news/2018/november/unite-gibraltar-receives-plaque-in-recog- nition-of-union-support-during-spanish-civil-war/ [consultado por última vez el 09-03-2023].
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 181 española.6 La larga sombra de ese relato ha alcanzado incluso a exposiciones como la del Museo Virtual de Ecología Humana donde se describe a Gibraltar como un refugio para los republicanos españoles, sin mayores matices, tomando una parte de la historia por el todo7. Precisamente el cometido de este artículo es verificar si allí se desplegó esa actitud tan absolutamente favorable o, por el contrario, los testimonios acusan importantes matices a esa idílica imagen, bien porque hubo en la colonia numerosas simpatías con los alzados o bien por simple indiferencia de los más. Sin duda, el Peñón era un observatorio singular para contemplar la guerra. Un tendido privilegiado ante la violencia desatada a tan sólo unos metros, justo detrás de la verja. Hay que advertir que Gibraltar no es sólo su población permanente al ser lugar de tránsito frecuente y, más aún, en tiempos excepcionales de guerra. Al objeto de abordar las percepciones de la guerra civil vamos a seleccionar tres conjuntos humanos integrantes del «público» de aquella plaza. Por una parte, los refugiados españoles en el Peñón; por otro, la población gibraltareña, los extranjeros y los británicos que fueron evacuados a través del enclave; y, por último, las máximas autoridades de la colonia entre las que destacaba el gobernador, quien tenía la última palabra. Aunque había otras autoridades vinculadas al ejército y la marina con competencias propias, un sistema judicial y otros representantes de la Corona, el gobernador tenía hilo directo con el gobierno británico. Más aún: los gobernadores eran los representantes de la Jefatura del Estado. Sus opiniones recogían perfectamente el parecer del conjunto de las autoridades coloniales quienes se consideraban en esa época, implícitamente, muy por encima de los españoles refugiados y de los súbditos gibraltareños, incluido su consejo local (dedicado a cuestiones estrictamente civiles sin mayores poderes). Todos ellos, de un modo otro, observaron la sangre desde más allá de los burladeros. La mirada de los refugiados Es sabido que miles de españoles buscaron refugio en Gibraltar para huir de la guerra civil. Nada nuevo, pues a lo largo del siglo XIX y el primer tercio del XX los que no cabían en la España del momento con frecuencia huían a Gibraltar buscando refugio y seguridad. Ya fuese huyendo del francés, del absolutismo o incluso del liberalismo, los 6 Sorprende la colocación de esa placa pues desconocemos que haya estudios que demuestren que hubo un número significativo de gibraltareños luchando y dando su vida en la guerra civil a favor de la Segunda República. Si los hubo, no debieron de pasar de un número testimonial. En cambio, sí los hubo en favor del bando nacional en número muy pequeño (José Luis MESA GUTIÉRREZ: Los otros internacionales: voluntarios extranjeros desconocidos en el bando nacional durante la guerra civil (1936-39), Madrid, Barbarroja, 1998). Es bastante dudoso que la colocación de la placa fuese en homenaje de esos combatientes a favor de los franquistas. https://www.gbc.gi/news/plaque-parliament-commemorate-gibraltarians-who-fought-spanish-civil-war- 31577 [consultado por última vez el 09-03-2023]. 7 https://museoecologiahumana.org/en/obras/gibraltar-a-refuge/ [consultado por última vez el 09-03-2023].
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 182 españoles perseguidos encontraban bajo la bandera británica la seguridad que no hallaban bajo la propia. Aunque muchos de ellos compartían la reivindicación de la soberanía española sobre un trozo de la provincia de Cádiz, no podían evitar la sensación de consuelo al salvar sus vidas gracias a esa rareza del pequeño enclave británico. Lo realmente novedoso ahora fue el volumen de población que se precipitó en los primeros días de la guerra civil. Ya no se trataba de grupos de conspiradores que salían de España: era una auténtica masa que huía de la guerra. Ni todos tenían un compromiso político, ni todos profesaban un ánimo antifascista; tan sólo les movía el miedo ante la violencia desatada. El impacto fue notable. Nunca habían entrado más de 5.000 refugiados de golpe en el enclave, como ocurrió en el mes de julio de 1936, lo cual desató muestras de solidaridad de los gibraltareños con sus vecinos, pero también despertó la preocupación de las autoridades de un enclave militar incapaz de absorber tanta población foránea. La oleada fue posible por la singularidad de Gibraltar y la comarca aledaña, un territorio caracterizado por su identidad fronteriza y lastrado por el subdesarrollo, la pobreza y el latifundismo. La colonia de Gibraltar representaba para muchos españoles que vivían en el Campo una posibilidad de vida trabajando allí, moviendo productos de contrabando, sirviendo a los británicos o, como ocurrió al estallar la guerra, escapar de la violencia o la muerte cruzando la verja o alcanzando a nado las orillas del enclave. No todos se encontraban en peligro real, pero en esas circunstancias lo que dicta la conducta son las percepciones. Y muchos tenían motivos para temer lo peor porque el apoyo al Frente Popular en localidades como La Línea, San Roque o Algeciras había sido masivo (entre el 85 y el 90% de los votos).8 Prestando atención a las cifras, nos damos cuenta de que el problema no era tanto de número de refugiados como de limitación espacial en el Peñón. De hecho, si tenemos en cuenta la población de cuatro de los municipios del Campo de Gibraltar (Algeciras, San Roque, Los Barrios y La Línea) vemos que el porcentaje de refugiados en el Peñón fue muy limitado con respecto a ese conjunto demográfico. Entre los cuatro términos municipales agrupaban una población de más 74.000 habitantes de hecho en 1930 (que serían algo más de 88.000 en el censo de 1940).9 Y son varias las reflexiones que suscitan estos datos. La primera es que la población del Campo de Gibraltar durante los años 30 aumentó pese al impacto de las pérdidas de la guerra civil. Sobra decir que no estamos poniendo en duda el indudable trauma producido por la guerra, pero sí que no hubo merma demográfica. En segundo lugar, que el número de refugiados en Gibraltar 8 Algunos datos son reveladores: tanto la tasa de natalidad como la de mortalidad eran más altas allí que en el conjunto de España; el 1,2% de las fincas ocupaba el 58% de la superficie agraria. Vid: José Manuel ALGARBANI RODRÍGUEZ: La guerra civil española en un territorio de frontera. El Campo de Gibraltar (1931- 1944), Tesis doctoral inédita, Universidad de Cádiz, 2022, pp. 28-29, 32 y 77. 9 Datos obtenidos del Instituto Nacional de Estadística (INE). https://www.ine.es/inebaseweb/libros.do?tntp=71807# [consultado por última vez el 20-09-2023]
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 183 representó un porcentaje en torno al 7% de la población de la zona (tomando tan sólo los cuatro municipios indicados y el volumen estimado de 5.000 refugiados), sin contar aquellos que huyeron directamente hacia otros destinos (Málaga, por ejemplo). Estos datos parecen indicar que la mayoría de los habitantes del Campo no percibieron la guerra como una amenaza inmediata que motivase su huida. Gibraltar, no obstante, cerró la frontera para evitar la llegada de más personas. Hay fotografías de familias enteras congregadas en la verja mientras las fuerzas militares inglesas reforzaban el cierre con alambradas.10 Los refugiados españoles desesperados fueron recibidos con solidaridad por parte de muchos gibraltareños, ante las reticencias del gobernador y la cúpula militar. Si para unos era un deber acoger a un familiar o prestar alguna ayuda, para los otros la prioridad era la seguridad del enclave. De ahí que se cerrase la frontera a cal y canto para impedir más asilados en los días siguientes al 18 de julio, mientras que los que habían conseguido entrar fueron reenviados a la zona republicana o hacia puertos seguros como el de Tánger. Había que librarse de esos miles de refugiados en un Peñón que tenía una función esencialmente militar. Además, era preciso reabrir pronto la frontera para que pasaran los trabajadores españoles que diariamente iban a trabajar allí. Los británicos querían volver a la normalidad y los refugiados representaban un contratiempo. De ahí que las autoridades coloniales se entendieran pronto con los sublevados para reabrir la verja y evacuaran a buena parte de los refugiados antes de finales de 1936. Para finales de octubre ya habían sido evacuados unos 2.000 refugiados y entre noviembre de 1936 y mediados de enero de 1937 siguieron el mismo destino unos 1.30011. No serían los últimos. Esa estrategia no impidió, sin embargo, que un pequeño número consiguiera quedarse en Gibraltar para trabajar durante años. Fueron la excepción, no la regla; no había sitio para todos. Tras todo esto latía una soterrada desconfianza hacia los republicanos españoles a los que se les calificaba en los documentos oficiales de rojos («reds»), siguiendo el vocabulario de los sublevados. La Segunda República y sus desplazamientos hacia la izquierda, especialmente tras la llegada del Frente Popular, despertaron las alarmas. De hecho, contrasta el trato dispensado a los refugiados republicanos con el ofrecido a los derechistas que habían solicitado refugio allí desde abril de 1931. Tres meses después de haberse proclamado la Segunda República 131 familias habían recibido el permiso de residencia sin mayor contratiempo.12 Ahora se trataba de miles de personas que huían de la guerra. Y muchos eran de izquierdas. 10 Un ejemplo de fotografía: https://ignaciotrillo.wordpress.com/2020/09/08/43673/ [consultado por última vez el 20-09-2023] 11 Julio PONCE ALBERCA: Gibraltar and the Spanish Civil War, 1936-1939…, p. 52. 12 Francis SILVA et al. (eds.): Red Ship and Red Tape. The José Luis Díez and Gibraltar, Ubrique, Editorial Tréveris, 2021, p. 11.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 184 El asunto de los refugiados españoles en el Peñón está aún pendiente de estudio en buena medida. Para el cometido de estas líneas, tal vez sea Jonathan Jeffries uno de los autores que más ha ilustrado las complejas aristas del problema.13 Para los intereses prioritarios militares británicos los refugiados republicanos eran un estorbo: sólo una parte de ellos podía trabajar, constituyendo el resto un problema demográfico de personas deambulando que agriaban las relaciones con el Campo bajo control de los sublevados. Pese a los esfuerzos de una parte de la sociedad gibraltareña por acogerlos, muchos republicanos españoles sintieron que aquel no era su lugar bajo la presión de la policía y los medios de control de que eran objeto. Es imposible saber qué pensaban todos y cada uno de los refugiados en el Peñón, pero si exploramos algunos de los testimonios disponibles lo primero que llama la atención es que constituyeron un conjunto bastante heterogéneo. Podía suponérseles unidos por el infortunio, la angustia de la huida, el miedo a la violencia o, incluso, el compromiso ideológico. Pero hay indicios de diferencias internas notables. Hubo ejemplos de valentía excepcional como fue el caso de Anita Carrillo. Destacada militante comunista, consiguió entrar en el Peñón nada más comenzar la guerra, pero volvió el 21 de julio al ser informada de que su marido había sido fusilado. Se disfrazó de señora inglesa y volvió a cruzar la frontera para buscarlo. Por fortuna, se encontró con que estaba vivo y se ocultaron durante cerca de un mes hasta que el 20 de agosto volvieron a entrar en Gibraltar por mar. Su objetivo era residir allí el tiempo justo para reintegrarse a la zona republicana. Para septiembre el matrimonio ya estaba en Málaga enrolado en las milicias antifascistas. Anita Carrillo no estaba dispuesta a ponerse a salvo para huir de la guerra. «Eso no lo hacen unos comunistas», le dijo a Margarita Nelken en una entrevista que le hizo en la revista gráfica Estampa en marzo del año siguiente.14 Pero otros preferían ser evacuados fuera de España o incluso permanecer en Gibraltar, una posibilidad difícil tanto por limitaciones de espacio como por la presencia de enemigos. Bajo el título de «A pesar de los esfuerzos del líder laborista de Jibraltar (sic), los refugiados españoles viven sometidos a los fascistas», un artículo denunció las facilidades con la que más de 100 italianos desembarcaron procedentes de Palma de Mallorca para entrar en La Línea. En el mismo barco también llegaron los toreros Belmonte, José Sánchez Mejías y Carnicerito de Málaga (Bernardo Muñoz) quienes «se expresaron en tonos facciosos y marcharon a Sevilla para torear a beneficio de los rebeldes». Todo esto lo afirmaba el directivo de las Juventudes Socialistas Unificadas José Bravo, quien se había desplazado al Peñón «para realizar una misión especial» (quizás relacionada con el espionaje o los suministros). En aquel ambiente, según Bravo, la 13 Jonathan JEFFRIES: “Los refugiados republicanos entre la espada y la pared, franquismo, el Imperio británico y solidaridad obrera en Gibraltar”, Cuadernos Republicanos, 63 (2007), pp. 107-121; Íd.: “The Politics of Colonialism: The Case of Albert Fava”, Socialist History, 29 (2016). 14 Referencia tomada de Manuel ALMISAS ALBÉNDIZ: Capitana Anita Carrillo, ejemplo de mujer republicana, El Puerto de Santa María, Ediciones Suroeste, 2020, pp. 69-82.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 191 sosegadas y no se dejaban arrastrar por la propaganda de uno y otro bando. De hecho, ella vio con sus ojos la violencia republicana pero no por ello sucumbió a las exageraciones de la propaganda nacional. De ahí que sus aseveraciones cobren valor como testimonio. Supo describir con nitidez las actitudes de los británicos que deseaban ser evacuados de Málaga: Para la mayoría de ellos, la guerra civil no era más que un motivo de enojo, una brusca interrupción de sus vacaciones justo en el apogeo de la temporada. No vi en ninguno de ellos ni rastro de una remota conciencia de que estaba ocurriendo algo de importancia trascendental para los españoles y probablemente para el mundo entero. Para la mayoría, la guerra no parecía afectar a nada más que a sus pequeños mundos…33 Eran los mismos que se quejaban de la falta de cauces para su evacuación descalificando como «comunistas» a los españoles que ponían todo tipo de obstáculos. Todo eso alimentaba una visión antirrepublicana que se extendía hasta las propias dotaciones de los destructores dedicados a transportar a los súbditos británicos y se amplificaba en la Roca. A partir de ahí, la imaginación tenía alas libres para flotar en el aire de la exageración como las historias de monjas desnudas masivamente violadas por milicianos34. Una auténtica «pornografía de la violencia» —definida así por Gamel— que, sin embargo, no podía ser coartada para ocultar o silenciar atrocidades como, por ejemplo, el asesinato de un chico de 18 años por el solo hecho de pertenecer a la familia Larios y ser sobrino de Carlos Crooke.35 Cuando el matrimonio Brenan-Woolsey llegó a Gibraltar contempló la cantidad de refugiados «de todas las clases y de todos los partidos» que había. Lo que vio fue muy distinto de las edulcoradas visiones de un Gibraltar denodadamente dispuesto a prestar todo tipo de ayuda a los refugiados españoles, tal y como hicieron durante un tiempo los directivos del TGWU. Sus palabras hablan por sí solas: … todo Gibraltar, en su conjunto, causaba una impresión de lo más desagradable durante la guerra civil. Los infelices refugiados vivían atenazados por el miedo y el odio, y de vez en cuando se producían enfrentamientos entre ellos; su estado de angustia y agitación conseguía que todo el mundo se sintiera intranquilo e inseguro. La mayoría de los civiles y de los oficiales del Ejército y la Marina británicos que nos encontrábamos decían las más inconcebibles 33 Ibídem, p. 74. 34 Ibídem, pp. 72, 80 y 135. 35 Ibídem, p. 106.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 192 insensateces acerca de los «rojos» y los «comunistas» y contaban un montón de historias descabelladas sobre las atrocidades. Sin embargo, a ninguno de ellos le preocupaba lo más mínimo el sufrimiento real que estaban padeciendo los españoles de todas las clases; este era un asunto que les traía totalmente sin cuidado. Por otro lado, era bastante lógico: lo que a ellos les interesaba realmente era la equitación, el tenis, la natación y el bridge. ¿Qué demonios tenían ellos que ver con el pueblo español y sus pesares?36 Y añadía más, con evidente ironía: En otro orden de cosas, nos divirtió comprobar que lo único que de verdad les hacía ver a los gibraltareños que, después de todo, la guerra española podía tener consecuencias importantes, fue la posibilidad de que, si continuaba la contienda, ese invierno los sabuesos de Calpe [se refería a la Royal Calpe Hunt, una montería dedicada a la caza del zorro] no pudieran cazar en la costa de enfrente. Pero sin duda el general Franco, un perfecto caballero, como nos decían muy seriamente, se las compondría para arreglarlo de algún modo. Supongo que se referían a que mantendría la guerra alejada de Algeciras para evitarles molestias innecesarias.37 Pero lo que más le irritó no fue aquella cómoda visión de una sangrienta guerra contemplada desde una barrera protegida por la Union Jack. Ni siquiera su impasibilidad, porque «… es bastante corriente mostrar indiferencia ante las desgracias de los demás». Lo que le molestaba de veras era la mezcla de «indiferencia e ignorancia con los prejuicios más virulentos y una abierta delectación en los relatos sobre crímenes y atrocidades».38 En este punto venía a coincidir con el aristócrata escocés Peter Chalmers- Mitchell —un simpatizante de la causa republicana— cuando describió tanto las exageraciones de los refugiados británicos como las advertencias que le hicieron en el Peñón para ser precavido ante la existencia de muchos simpatizantes franquistas.39 También hubo británicos que venían de la zona rebelde. No se trataba de propiamente de refugiados al ser el producto de canjes de prisioneros entre los dos bandos. Son escasos los testimonios disponibles, pero sí hemos localizado el del periodista y espía Arthur Koestler. Fue detenido en Málaga y enviado a la prisión de Sevilla durante tres meses, hasta ser canjeado por la esposa de un piloto de los insurgentes. Sus alusiones a Gibraltar son muy escasas: tan sólo recuerda la colonia como lugar de paso hacia la 36 Ibídem, p. 197. 37 Ibídem, p. 201. 38 Ibídem, p. 198. 39 Peter CHALMERS-MITCHELL: Mi casa de Málaga. Memorias de un aristócrata escocés en la España republicana, Sevilla, Renacimiento-Centro de Estudios Andaluces, 2010, pp. 172-179 y 336-338.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 193 metrópoli.40 Gibraltar era un simple peldaño para la salida de los británicos canjeados pues solicitaban de inmediato ser enviados al Reino Unido. El caso de Koestler fue, sin duda, muy singular. Logró salvar la vida estando bajo la diana del general Gonzalo Queipo de Llano. La mirada de las autoridades británicas del enclave Tras lo expuesto no debe resultar difícil imaginar cuáles fueron las percepciones de las autoridades y altos funcionarios británicos. Hombres partidarios del orden, disciplinados y fieles el gobierno de Su Majestad, no podían concebir el estado de cosas de la zona republicana. Dos fueron los gobernadores de Gibraltar en los años de la guerra civil. El primero de ellos fue el general Charles Harington (1933-1938) y el segundo fue el también general Edmund Ironside (1938-1939). El gobernador era la máxima autoridad y, aunque había otros responsables coloniales, su testimonio es revelador de las percepciones que aquel estamento tuvo sobre la guerra civil. Es importante tener en cuenta que el conjunto de autoridades políticas y militares eran casi siempre aves de paso: desempeñaban su cargo en Gibraltar transitoriamente para proseguir su carrera, a ser posible en la metrópoli. Podía o no gustarles su destino, pero era difícil que llegasen a desarrollar una estrecha identificación con el Peñón y, menos aún, con los habitantes civiles. La jerarquía entre ingleses y gibraltareños era sólida y bastaba cualquier excusa para recalcarlo. De lo que sí eran conscientes era del enorme valor de Gibraltar para los intereses geoestratégicos del imperio británico. Los gibraltareños en cambio se identificaban con su tierra, permaneciendo en ella toda su vida o buena parte de la misma. Estos gobernadores dejaron sendos testimonios de su paso por la colonia, especialmente el primero de ellos. Harington escribió sus memorias justo al final de sus días bajo el título de Tim Harington Looks Back (1940). El segundo redactó unas memorias que se conservan en su archivo personal (depositado en el Imperial War Museum de Londres) y vieron la luz en forma de edición a cargo de Roderick Macleod y Denis Kelly (1962).41 Entre ambas vemos, pues, diferencias: las primeras fueron redactadas por el propio protagonista, mientras las segundas fueron objeto de edición por parte de otras personas respetando el original, pero extractando lo que consideraron esencial. Además, Harington las publicó casi inmediatamente después de los hechos, con lo cual sus recuerdos estaban frescos. Las de Ironside, sin embargo, vieron la luz más de dos décadas después e intervinieron otras manos y otras perspectivas. Las de Harington condensan toda su carrera militar (1890-1940), mientras que las otras arrancan en 1937, los últimos años de toda su vida castrense (1937-1940). 40 Arthur KOESTLER: Memorias, Barcelona, Lumen, 2011, pp. 847-848. 41 Charles HARINGTON: Tim Harington Looks Back, London, John Murray, 1940; Edmund IRONSIDE: Time Unguarded: the Ironside Diaries 1937-1940, New York, David McKay Company, 1962.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 194 Pese a todo, se detectan interesantes semejanzas entre las dos publicaciones. Ambas fueron reeditadas justo al año siguiente de aparecer (en 1941 y 1963 respectivamente). Las dos proceden de altos militares del ejército de tierra que desempeñaron los más altos cargos (sobre todo Ironside que llegó a ser jefe del Estado Mayor Imperial (Chief of the Imperial General Staff) y que fueron enviados a Gibraltar como una especie de destino dorado previo a la retirada del servicio activo. De ahí que los mandatos de gobernadores hayan sido siempre relativamente breves y rara vez hayan superado los cinco años. Como decíamos, era un dulce lugar de paso reservado a los altos cargos militares más veteranos. Lo que no esperaba Harington es que su cómodo cargo se complicara notablemente en 1936. Para Ironside, su sucesor, aquel destino fue menos grato pues otra guerra asomaba por el horizonte y Gibraltar debía preparar sus defensas. Sea como fueren sus circunstancias en el cargo, lo cierto es que de ambas memorias se pueden extraer dos percepciones importantes. Por una parte, su valoración de Gibraltar como colonia; por otra, su visión de la guerra civil. Y las dos se encuentran relacionadas de algún modo. Veámoslo a continuación. El general Harington dedicó todo un capítulo a su estancia en Gibraltar, tras una dilatada carrera militar. Llegó en 1933 y recordaba claramente la atmósfera colonial del enclave. Después de ser cumplimentado por las autoridades militares y coloniales, tomó posesión y recibió muestras de lealtad de todas las comunidades civiles que allí habitaban. La situación era tranquila. Gibraltar recibía mano de obra y suministros de la vecina España, además de la libertad de salir por la frontera. Eso era lo que importaba: el mantenimiento de la fortaleza y de la base naval gracias a la cooperación vecina. En esas circunstancias, los problemas eran menores: su primera dedicación consistió en el restablecimiento de relaciones con Pablo Larios, marqués consorte de Marzales, para que prosiguieran las actividades cinegéticas del Royal Calpe Hunt.42 Garantizado ese entretenimiento, el gobernador se dedicó a viajar y pasar su mandato de forma bastante agradable. Sin embargo, el 18 de julio lo cambió todo: «…the unfortunate Spanish Civil War began». Nada dice en sus memorias acerca de las causas de una guerra entre la Nationalist Spain y la Government Spain, de las matanzas y la violencia, pero sí se ocupó del problema de los refugiados sobre los que dejó bien claro que «they could not remain in Gibraltar».43 La guerra civil, desde luego, no era de su incumbencia salvo en lo tocante a la estabilidad del Peñón y la función que desempeñaba para el imperio británico. Nada habla en su libro de asesinatos ni de represiones; la sangre ajena era algo imperceptible desde su óptica. Y esa óptica la dejó meridianamente clara ante el público británico destinatario de sus memorias: 42 Charles HARINGTON: op. cit., p. 184. 43 Ibídem, p. 190.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 195 People in this country have never realized our position in Gibraltar. They have never understood how dependant we are on Spain, and how vital it is for us to be friends with our neighbours in Spain whatever their politics. We were not concerned with their troubles, or with Whites, or Reds, or whatever they might be.44 Es, sin duda, una visión de la guerra civil muy distinta a la de los españoles y a las de los extranjeros que se involucraron en la misma. El gobernador defendía las prioridades imperiales y el conflicto español debía ser observado y tratado desde ese prisma. Era pues una memoria periférica, una percepción desde el exterior de España y, además, constituía una imagen muy particular porque era el producto del ajuste de intereses. Harington apenas habló de la guerra, ni siquiera se paró a describir someramente lo que estaba ocurriendo más allá de la verja. Incluso quiso ser aséptico en sus afirmaciones para no vincularse con ninguno de los dos bandos en lucha. Con todo y aún reconociendo las dificultades interpuestas por las nuevas autoridades franquistas, su evaluación era favorable a los sublevados: The difficulties over passes were never ending. All sorts of fines were imposed on those who worked in Gibraltar. The military and civil authorities at La Línea were always at loggerheads, and our negotiations with them become more difficult. At the same time I am quite prepared to state that the country administered by General Franco was much better administered than it had been before the war.45 Y, por si quedaba alguna duda sobre las preferencias de aquel gobernador y los asuntos a los que le daba más importante, añadió: I was never privileged to meet General Franco, but I had many dealings with him, and I shall always be grateful to him for numerous matters in connection with Gibraltar, and especially for his consideration regarding the Royal Calpe Hunt. Naturally the first Winter of the war, and before Malaga fell, we did not ask for permission to hunt in Spain but in both my last seasons General Franco was good enough to grant permission, and this will ever be gratefully remembered in Gibraltar. It may be asked why I should stress the question of hunting so much. It is for this reason: Gibraltar itself is a very confined place. (…) it is, therefore, good for people to get right off the Rock and away into Spain. Polo, golf, bathing and other amusements take place in Spain, but the Royal Calpe 44 Ibídem, p. 193. 45 Ibídem, p. 194.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 196 Hunt, dating from the days of Wellington, has afforded sport to almost the whole garrison and has been much appreciated by all.46 Esa era la imagen que tenía la máxima autoridad en Gibraltar sobre España y venía a coincidir con lo que denunciaba Gamel Woolsey. Lo que preocupaba a los británicos era poder salir a España, divertirse, recibir de ella productos frescos y mano de obra y, sobre todo, que no supusiera una amenaza para las instalaciones militares y navales del Peñón. Pero para Harington ni siquiera las piezas de artillería montadas por Franco en torno a la bahía de Algeciras suponían un problema pues según él estaban dirigidas a prevenir los ataques de la flota republicana.47 Eso sí: era consciente de los avances proporcionados por las nuevas armas (artillería, aviación) que hacían más vulnerable al enclave. Y se atrevió a consignar en sus memorias dos posibles soluciones que rezumaban desdén y superioridad. Una de ellas era tomar todo el entorno del Campo de Gibraltar «by purchase or agreement» porque, según él, «Algeciras, San Roque, Campamento, La Línea were all more British than Spanish». En su mentalidad, los españoles no pondrían objeciones: «I think the inhabitants would have welcomed it, certainly the farmers and supporters of the Hunt would have, and British wages would have been very acceptable». La segunda solución era hacerse con Ceuta también (no un canje) y mantener las dos orillas del Estrecho disponiendo, además, de más espacio para construir una pista de aterrizaje.48 Todo parecía posible para un inglés que tenía un concepto de los españoles notablemente bajo, con la excepción del general Franco y de algunos aristócratas españoles. Tampoco tenía un concepto mucho más elevado de los gibraltareños a los cuales aceptaba en cuanto súbditos dóciles de Su Majestad. En todo caso, no eran ingleses. Su sucesor, Edmund Ironside, no pensaba de forma muy diferente. Al fin y al cabo eran compañeros de armas y amigos. Su misión consistió en reforzar las defensas y la capacidad ofensiva del Peñón, incluida la construcción de la pista sobre el istmo. Harington ya había empezado las obras pero con Ironside —tras la crisis de Munich (1938)— todo se aceleró.49 Según sus memorias editadas, Ironside no le concedió la más mínima importancia a la guerra civil española que ya se encontraba en fase terminal y bajo la más que previsible victoria de Franco. Lo que le preocupaba desde hacía años eran los recortes británicos en gastos de defensa. Una política suicida habida cuenta de las responsabilidades que conllevaba el sostenimiento del imperio británico.50 Ironside aceptó al cargo de gobernador aparejado a ser una especie de comandante en jefe en el Mediterráneo por invitación del secretario de Estado para la Guerra, Leslie Hore- 46 Ibídem, p. 194. 47 Ibídem, pp. 191 y 207. 48 Ibídem, p. 208. 49 Ibídem, p. 206. 50 Edmund IRONSIDE: op. cit., capítulo IV.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 197 Belisha.51 Creía que el Mediterráneo era una pieza esencial en el sistema defensivo imperial y, desde luego, Franco no iba a representar un peligro, a diferencia de lo que pensaba el propio Hore-Belisha para sorpresa de Ironside. De hecho, éste le preguntó «… whether he had been told that by his military advisers, but he did not answer».52 No sería hasta el mes de noviembre de 1938 cuando Ironside llegó a Gibraltar. Unas semanas antes se entrevistó con John Vereker, vizconde de Gort, por entonces jefe de Estado Mayor (Chief of the Imperial General Staff). Tampoco hablaron de España y de lo que estaba ocurriendo allí. Lo importante era mantener abiertas y garantizadas las rutas del imperio. Para Ironside Gibraltar era simplemente un destino apetecible, pero no un lugar decisivo para una toma de decisiones en tiempos de una hipotética guerra contra Alemania cada vez más real. La relevancia del Peñón se resumía en servir los intereses del ejército británico. Con todo, su interlocutor fue aún más descarnado: «Gort said to me that Gibraltar was only a “garage” as far as I was concerned and it didn´t matter in the least whether I went there or not. I smiled to think what the Gibraltarians would say to this if they knew».53 Desde luego, Ironside no discutió con Gort sobre la dignidad de Gibraltar y sus habitantes. Se limitó a ejercer su mandato allí entre noviembre de 1938 y mayo de 1939 apuntalando la fortaleza con el fin de prepararla para la guerra mundial que vendría poco después. El propio Gort sería también gobernador en Gibraltar (1941-1942) y su opinión sobre aquel estratégico «garaje» quizás había cambiado por aquel entonces ante el escenario abierto por la caída de Francia y la entrada de Italia en la guerra. En cualquier caso, Ironside aceleró la construcción de las infraestructuras de defensa y se dedicó a navegar por los alrededores. Pero su mirada estaba puesta en horizontes más amplios y, de hecho, poco después de su vuelta de Gibraltar se convirtió en jefe del Estado Mayor Imperial (septiembre 1939). En sus memorias nada significativo se decía de la conclusión de la guerra civil española ni de sus consecuencias. En la mentalidad de Ironside y de tantos otros jerarcas militares ingleses, la victoria de Franco no iba a suponer un grave problema para los intereses británicos. Conclusiones Tras lo expuesto resulta incuestionable la solidaridad de algunos gibraltareños con los refugiados republicanos, pero eso fue una parte de la historia. La guerra civil despertó en Gibraltar reacciones diversas. Las simpatías en favor de la Segunda República fueron evidentes en la TGWU y en sectores de la población gibraltareña con estrechas relaciones personales más allá de la verja. Sin embargo, también hubo claros colaboradores del 51 Ibídem, p. 52. 52 Ibídem, p. 53. 53 Ibídem, p. 69.
La sangre desde el tendido Julio Ponce Alberca RUHM Vol. 12, Nº 25 (2023), pp. 176 – 198 © ISSN: 2254-6111 198 bando franquista y, entre ellos, muchos empresarios y comerciantes, además del respaldo otorgado por el gobernador. Por otro lado, Franco no era percibido como una amenaza por las autoridades de la Roca, pese al apoyo de alemanes e italianos y una retórica nacionalista que, sin embargo, no impidió la construcción del aeropuerto (1938). En segundo lugar, hemos podido comprobar los contrastes entre las visiones de los españoles, de los gibraltareños y de los gobernadores del Peñón. Para los refugiados españoles Gibraltar fue una tabla de salvación, aunque no todos siguieron el mismo destino: sólo una minoría consiguió quedarse en la colonia. Pese a la solidaridad y simpatías con uno y otro bando, la mayor parte de los gibraltareños contemplaron la guerra civil como algo ajeno en la que no era conveniente involucrarse más de lo necesario. Para gran parte de los extranjeros evacuados vía Gibraltar y para muchos ingleses, la querella española había alterado sus planes de verano y poco querían saber de la violencia desatada por unos y otros. Desde luego, de allí no salió una cantera de combatientes ni ninguna Brigada Internacional. Como recogió Woolsey, la pintoresca España y sus atrasados habitantes eran merecedores de una ayuda indispensable, bajo una mezcla de idealismo y superioridad paternalista. Pero pocos estaban dispuestos a abandonar la seguridad de una barrera que les preservaba de la violencia. Por último, los gobernadores ingleses asistieron impasibles al espectáculo del derramamiento de otra sangre desde su palco intocable de intereses imperiales. ¿A quién le importaba España y los españoles mientras su docilidad fuese la mejor salvaguarda de Gibraltar? Lo importante era entenderse con el presumible vencedor. Tampoco dudarían los gobernadores en sacar expeditivamente a todos los civiles gibraltareños de la colonia durante los años de la guerra mundial. Algunos de ellos fueron trasladados a Londres, una ciudad fuertemente bombardeada mientras Gibraltar apenas recibió algunos ataques aéreos leves y sabotajes localizados. Cada uno ocupaba su lugar en aquella jerárquica pirámide. La preservación del enclave militar siempre fue lo prioritario.