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Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría

Sales, Juan Carlos

Abstract

Desde al menos 1945, el régimen de Franco condicionó su existencia a la capacidad de adaptarse a las exigencias del mundo occidental de posguerra, en diversos aspectos políticos y sociales. Los cambios más visibles en el seno del franquismo fueron tanto la progresiva desaparición de elementos puramente fascistas como la asunción de un rol católico y anticomunista que hiciera más afable la cara del Régimen, lo cual se correspondió con un acercamiento al reciente aliado estadounidense. Sin embargo, estas transformaciones deben verse en un contexto más amplio, englobando una perspectiva historiográfica que les otorgue pleno sentido. La tesis que se defiende aquí es que la línea económico-política que siguió el franquismo, especialmente a partir de los años 50 (planificación, desarrollismo, modernización...), estuvo legitimada y auspiciada por un discurso concreto –y hegemónico en la parte Occidental de Europa– que tiene como base una visión de la historia asimismo única o hegemónica: la historia del liberalismo económico de guerra fría, así como la idea de modernización que se deriva de ella.

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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría National-Liberalism: the Legitimation of Francoism between Late Capitalism and the Cold War Juan Carlos Sales1 Universitat Jaume I (España) ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0984-271X Recibido: 12-11-2020 Aceptado: 28-05-2021 Resumen Desde al menos 1945, el régimen de Franco condicionó su existencia a la capacidad de adaptarse a las exigencias del mundo occidental de posguerra, en diversos aspectos políticos y sociales. Los cambios más visibles en el seno del franquismo fueron tanto la progresiva desaparición de elementos puramente fascistas como la asunción de un rol católico y anticomunista que hiciera más afable la cara del Régimen, lo cual se correspondió con un acercamiento al reciente aliado estadounidense. Sin embargo, estas transformaciones deben verse en un contexto más amplio, englobando una perspectiva historiográfica que les otorgue pleno sentido. La tesis que se defiende aquí es que la línea económico-política que siguió el franquismo, especialmente a partir de los años 50 (planificación, desarrollismo, modernización…), estuvo legitimada y auspiciada por un discurso concreto –y hegemónico en la parte Occidental de Europa– que tiene como base una visión de la historia asimismo única o hegemónica: la historia del liberalismo económico de guerra fría, así como la idea de modernización que se deriva de ella. Palabras-clave: ordoliberalismo, modernización, franquismo, historiografía. 1 ([email protected]). Este artículo se enmarca dentro del programa de Formación del Profesorado Universitario, con referencia FPU16/04193, desarrollado en el grupo de investigación Historia Social Comparada de la Universitat Jaume I. 234 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 Abstract Since at least 1945, the Franco regime conditioned its existence on the ability to adapt to the demands of the postwar Western world, in various political and social aspects. The most visible changes in the Franco regime were both the progressive disappearance of purely fascist elements and the assumption of a Catholic and anti–communist role that made the face of the Regime more affable, which corresponded to a rapprochement with the recent American ally. However, these transformations must be seen in a broader context, encompassing a historiographic perspective that gives them full meaning. The thesis defended here is that the economic–political line that Francoism followed, especially from the 50s (planning, developmentalism, modernization ...) was legitimized by a concrete discourse –hegemonic in the Western part of Europe– which is based on an hegemonic vision: the history of cold war economic liberalism, as well as the idea of modernization that derives from it. Keywords: Ordoliberalism, Modernization, Francoism, Historiography. 1. Introducción: historiografía y legitimación La conocida teoría sobre el “fin de la historia”2, típica todavía en algunos sectores neoliberales conservadores y clásica ya desde Francis Fukuyama, representa ajustadamente –más allá de su solvencia teórica– una concepción historicista ligada al liberalismo que se basa en la simplificación política auspiciada por el contexto de los años 90 del siglo XX. Como se sabe, su tesis pretende diluir los contrapesos del comunismo y el socialismo para sostener que la única vía exitosa para el mundo desarrollado, que acabará por implantarse tarde o temprano en todos los Estados en proceso de modernización, es la democracia liberal burguesa y el capitalismo de mercado (Fukuyama 1992). Por el lado estrictamente académico, siquiera plantear que la historia ha llegado a su fin entra de lleno en la querella de la historiografía misma por razones suficientemente obvias. De pronto se plantean implícitos puntos cardinales del oficio del (meta)historiador, como la conceptualización de la mayúscula Historia como un proceso unidireccional, o como el desarrollo de realidades inaprensibles que llegan a un fin final. Poner sobre la mesa este tipo de escorzos teóricos, amparados en una concepción histórica decimonónica 2 El artículo en el que se basa (The end of history?) fue publicado en el verano de 1989 en la revista The National Interest, y traducido al español para la revista Claves en abril de 1990. Tras la caída del mundo soviético, Fukuyama amplió su contenido hasta convertirlo en libro, despojándole además de los interrogantes. La mencionada respuesta en History Today fue publicada como libro (After the End of History), traducido para la revista valenciana Debats con el título “A propósito del fin de la historia” (1992). 235 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 teleológicamente indefendible para las posteriores etapas, no significa sino negar, al mismo tiempo, todas aquellas vetas de pensamiento autónomo y crítico que renovaron la forma de entender la historia en el siglo XX, como bien demuestra la multiplicidad de escuelas, enfoques y metodologías que desarrollaron la ciencia histórica hasta como la conocemos actualmente. De este modo, no es baladí que el principal eco académico en respuesta a las tesis de Fukuyama proviniera precisamente de la revista de divulgación History Today, en un monográfico que recogía diversas contribuciones de académicos estadounidenses y europeos, y que el principal foco de interés no fuera tanto la crítica al modelo económico e ideológico que postulaba como único, sino defender las teorías marxistas de la historia como contenedoras de amplio valor crítico e historiográfico. Ellos mismos habían podido diferenciar entre la validez de un discurso historiográfico concreto y unos postulados políticoideológicos que en realidad no tenían un vínculo necesario e irreductible: “El mayor peso de la argumentación ofrecida por Fukuyama estriba simplemente en la afirmación de que el marxismo –el leninismo, en realidad– está muerto como guía para la construcción política del antiguo bloque soviético” (Ryan et al. 1994: 11). A este respecto, Fukuyama defendió que su “final de la Historia” no significaba la ausencia de hechos y nuevos retos, ni tampoco que el liberalismo se impondría de forma fáctica en todos los territorios del globo. El asentamiento del mercado y la democracia solo tendrían opción de darse, realmente, una vez se llevara a cabo la modernización de los países altamente industrializados. Este segundo punto es de suma importancia, porque nos devuelve a la discusión clásica en torno al tópico de que la modernización de un Estado –en sentido amplio– conlleva el germen de la unidireccionalidad histórica señalada. Esta visión sobre la evolución de los Estados y las sociedades ha sido también ampliamente discutida y, si bien es más reciente de lo que pareciera, actualmente se puede considerar rebatida. Josep Fontana escribió un opúsculo al albur de toda esta efervescencia historiográfica, propia de finales de siglo, en el que identificó la visión unívoca de la historia correlativamente a la conciencia burguesa industrializadora (Fontana 1992: 132 y ss.). De ahí provendría, ateniéndonos a esa explicación, la equivalencia entre el proceso industrializador portador de la mejora económica y tecnológica con el concepto –tan primario precisamente para la burguesía decimonónica– de progreso. Para el ámbito académico contemporáneo, sin embargo, parece claro que la industrialización no conlleva de suyo las premisas de la democratización. En general, la mejora económica resultado de la implementación de medidas técnicas o de la eficacia administrativa que sustenta este tipo de procesos no precipitan ni democratización ni liberalismo, si bien pueden ser agentes modernizadores en un mero sentido “burgués” o, a lo sumo, condicionantes 236 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 positivos que impulsen la emancipación social bajo ciertas circunstancias. Solo así se podría entender la anomalía que representa, entre otros muchos casos históricamente conocidos, la España de Franco: un Estado desarrollado, según las mediciones de agencias independientes de la época, con un proceso industrializador rápido y un crecimiento económico prácticamente inigualable3. Pero si todo esto es cierto, si la modernización no concluye en democratización, ni siquiera en un tibio liberalismo político, ¿de dónde procede la supuesta legitimidad internacional del franquismo para esta época? Más allá de su mera supervivencia por factores de política externa, ¿cómo pudo el franquismo legitimar su sistema político, entrando en el relato histórico de la Europa desarrollista y comunitaria? 2. El contexto de Guerra Fría. Hegemonía repartida El mundo se volvió bipolar poco después de 1945. Este es el diagnóstico usual de los manuales de historia que reconstruyen la segunda mitad del siglo XX, y que además implica una ulterior diferenciación que pivota en torno a los años 70: una primera parte de reconstrucción europea y creación de alianzas de diferente signo –la Golden Age de Hobsbawm– y una segunda parte que comenzaría con la crisis que truncó la tendencia positiva en la economía Occidental y terminaría con la caída del régimen soviético (Judt, 2012; Hobsbawm, 1994). Aun con estas distinciones, lo que caracteriza de forma nítida y continua esta mitad de siglo sigue siendo la rivalidad de las dos superpotencias que lucharían hasta el final por imponer su propia línea ideológica al resto del mundo. Durante la posguerra, la imposición de la ideología liberal/capitalista de raigambre estadounidense llegó por vías muy concretas. Más allá del conocido Plan de Recuperación, que fue la aportación material más importante hacia la paulatina americanización de Europa, se encontraban toda una serie de recientes apariciones institucionales y acuerdos que estaban destinados a hacer germinar todo un sistema nuevo de relaciones interestatales (Judt 2012: 358): Consejo de Europa, Comunidad Europea del Carbón y del Acero, Unión Europea de Pagos, Organización del Tratado del Atlántico Norte… El objetivo de estos tratados, pactos e inyecciones de capital era, principalmente, la estabilización política y económica de la Europa arrasada tras la guerra, así como la consolidación de unas clases medias que evadiese la posibilidad de que el comunismo pudiera penetrar entre la miseria y el desánimo social. A este respecto, no hay que olvidar 3 Este diagnóstico es, claro está, el relativo a la economía de la última parte del franquismo, especialmente la que comprende la etapa de 1960. Ver: F. J. Paniagua, La ordenación del capitalismo avanzado en España 1957–1963 (Barcelona, 1977), J. Nadal (comp.), La economía española en el siglo XX. Una perspectiva histórica (Barcelona, 1994). 237 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 que desde la instauración de la influencia norteamericana se asumen también sus discursos, y no solo en cuanto a las pautas de consumo, sino también a la cultura popular. Por tanto, la fundamentación del nuevo orden mundial –ya no solo económico, sino ideológico, social y cultural– desde la visión liberal del Estado americanizado debía imponerse como la única posibilidad real, adelantándose a las mismas pretensiones que configuraban el imperialismo de la Unión Soviética (Núñez Seixas 2015: 65 y ss.). Para el entonces presidente del Partido Socialdemócrata de Alemania Kurt Schumacher, un comentador excepcional de la época, el objetivo de este proceso era crear una Europa capitalista y, a la vez, clerical y conservadora (Judt 2006: 395). Precisamente estas características del nuevo sistema Occidental eran, en alguna medida que en seguida concretaremos, compartidas por el franquismo. A eso tuvo que agarrarse la España de los años de posguerra para no acompañar a sus homólogos fascistas en la desaparición4. Ahora bien, ¿qué es lo que llegó a España de esta americanización? Pues no se encontraba al principio en ninguno de esos nuevos organismos europeos, y tampoco recibió ayuda del Plan Marshall, si bien se le designaron otras líneas de crédito con similar propósito. Desde luego que no llegó el estadio de la normalización parlamentaria ni de la apertura social hacia los derechos civiles. En España desembarcó, por el momento, otro de los parámetros que estaban dentro de las agendas liberales: la difusión de técnicas de gestión política y económica de inspiración capitalista (Núñez Seixas 2015: 11). De ello se hablará en el siguiente apartado. Lo que no hay que dejar de resaltar ahora es el decisivo paso del franquismo desde su existencia desagradable y problemática a la posición de prevalencia internacional en virtud de su condición de “dictador amigo”. Las armas con las que contaba, en la situación bipolar de guerra fría (anticomunismo, catolicismo, posición geoestratégica…), lograron que el Régimen se viera como un defensor más –y, por cierto, bastante valioso– de la civilización Occidental de naturaleza ya descrita. Veamos brevemente cómo España puso el primer pie en el escenario que caminaba hacia el “final de la historia”. Para empezar, el franquismo se fue ajustando progresivamente a los estándares de una economía que se imponía ideológicamente en contra del enemigo socialista. Para las etapas de planificación desarrollista copiaron directamente las directrices francesas que se habían estado practicando desde el Plan Monnet (Nadal 1994:18). El marco económico se fue liberalizando y, finalmente, España consiguió entrar en algunos respetados organismos dedicados al desarrollo de los países democráticos occidentales. No son 4 Conocida es la expresión del omnipresente almirante Carrero Blanco: “No tenemos más que tres [armas], pero serán eficaces si se las maneja con habilidad: nuestro catolicismo, nuestro anticomunismo y nuestra posición geográfica”. J. Tusell, Carrero. La eminencia gris del régimen de Franco (Madrid, 1993), p. 117. 238 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 desconocidas, por otro lado, las ausencias de transformaciones que, fuera del ámbito estrictamente económico, repercutieran en el carácter político-social, con lo que el franquismo siguió siendo, pese a las novedades, lo que era desde el principio: una dictadura tradicionalista y ultracatólica. Si hubo intentonas de “cambios” reales dentro del sistema político franquista estas no fueron más que insustanciales lavados de imagen jurídicos de cara al exterior, como muestra sintomáticamente la aprobación de un irrisorio constitucionalismo en base al Fuero de los Españoles, de 1945. Como se ha apuntado anteriormente, la industrialización y el desarrollo económico de un país no implica por sí mismo la adopción de unas políticas sociales acordes a ese desarrollo, por el simple hecho de que ambos fenómenos son autónomos e irreductibles el uno al otro. Este es el argumento de quienes defienden que una economía desarrollada no tiene porqué ser consecuencia de una política democrática o liberal, por lo que se pone en duda la idea de la modernización como único camino a la prosperidad social5. Todo ello encuentra su ejemplo en la relación que mantuvieron España y Estados Unidos ya por los años 40. Como se sabe, desde los primeros contactos entre la oficialidad del franquismo y los representantes políticos del Congreso estadounidense, hubo tensiones por la necesidad de España de obtener ciertos beneficios (desde económicos e industriales a institucionales y militares) y el requisito de los norteamericanos de que el franquismo fuera implementando medidas rumbo a la normalización democrática. Ante la reticencia de los actores políticos del franquismo a implementar medidas democráticas que de alguna forma pusieran en peligro, aunque fuera mínimamente, los pilares rígidos del Régimen, y viendo cómo el bloque soviético crecía hasta convertirse en una gigante amenaza real, a Estados Unidos no le quedó otra opción que entablar la relación diplomática con un aliado que a la postre sería descrito como de dictador amigo: “Una vez que quedó en claro para el gobierno de Madrid que el precio de la ayuda al régimen prestase la potencia líder en el mundo occidental no iba a consistir de ningún modo en exigencias de cambio político democratizador, el horizonte se vio despejado: cualquier otro precio podía pagarse… y se pagó” (Viñas 1981: 28-29). 3. Formas de legitimación: burocratización y catolicismo político Pere Ysàs y Carme Molinero (2008) hablan con gran criterio acerca de la naturaleza del régimen de Franco en el contexto de posguerra antes detallado. 5 Como veremos en el siguiente apartado, la “modernización” como tal puede tener diferentes rostros, y para hablar de un caso como el franquismo, donde sí se modernizaron ciertas estructuras, hay que acotar bien las parcelas donde estos procesos tienen lugar. 239 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 Su diagnóstico reside en detectar la imposibilidad de integración en el nuevo mundo “aliado”, debido a su incapacidad de evolucionar hacia formas que recompusieran su esencial legitimidad ganada en la Guerra Civil. El sentido de “legitimidad”, en este caso, queda cercado por una conceptualización del franquismo como la imposibilidad de su existencia. Por así decir, su mera existencia contradeciría los nuevos fundamentos europeos, al menos virtualmente. Aun admitiendo ciertos éxitos basados en lo económico que le permitieron alargar la supervivencia, su irremediable disolución unida como un destino trágico a la desaparición de su cabeza suprema (Franco) evidencia, para estos autores, una falta de legitimación real en el estatuto del franquismo. El problemático proceso interno de institucionalización en sus distintos aspectos ofrecería, pues, la clave de su ilegitimidad en la nueva Europa. En este artículo, sin embargo, vamos a transitar otro tipo de conceptualización acerca del término legitimidad, que se refiere específicamente al campo de la teoría política expuesta por Max Weber. Así, hablando en términos puramente weberianos, la legitimación del franquismo se podría corresponder con una heterogénea designación de elementos tradicionalistas y burocráticos. Para entender el cambio que sufre su estructura política –la que le lleva a adaptarse a ese nuevo orden mundial y, finalmente, a no desaparecer– hay que preguntarse, primero, quién manda políticamente en el centro de poder que es el franquismo. Y para contestar esta pregunta debe esclarecerse la situación de dominación que establece la legitimidad de un poder hacia sus ciudadanos. Es decir, ¿cuál es el sentido de legitimidad con el que el franquismo pretende establecer su poder y ejercer una dominación política? En el tipo de dominación y obediencia hacia el poder (Macht), Weber (2016: 69) distinguió claramente entre Herrschaft y Autorität. El primero corresponde al modo en que la sociedad está en condiciones de aceptar el mando político en cuestión, de acuerdo a parámetros diversos pero siempre voluntariamente. El segundo consiste en el acatamiento al poder por la mera imposición, donde el poder del gobernante se detenta a través de la fuerza o coacción. Por eso aquí no se va a hablar de la dominación por represión directa (tema que ha sido ampliamente investigado dentro de la historia del franquismo) sino de cómo se da una legitimación positiva ante la sociedad y ante los demás Estados. Es cierto que la legitimación que nunca pretendieron ocultar los franquistas fue la que les proveyó la victoria en la Guerra Civil. A la construcción contrarrevolucionaria, antimoderna y de extrema derecha que fue el resultado para España al final de la contienda se le debe añadir, además, la sacralización de la guerra como cruzada y la beatificación de los vencedores como santos y mártires. Por otro lado, por mucho que en el franquismo de primera hora existieran verdaderos burócratas en el seno de su gobierno –porque ciertamente 240 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 los hubo6– no se deduce de ello una dominación burocrática ni una dominación cercana a la legal o jurídica. De hecho, el personalismo de Franco hacía imposible una dirección cercana a las antes nombradas, cayendo en las variaciones tradicionalistas o caudillistas. El caudillismo y su teoría principal la sugirió insistentemente Francisco Javier Conde, quien condensa en el plano teórico el estadio jurídico-político del franquismo que representa las bases falangistas del Movimiento Nacional7. Y sin ser Franco una figura carismática al estilo de los viejos representantes fascistas, el mandato de caudillo como virtud providencialista otorgada por la Iglesia hacía de su figura el portador de prebendas autojustificativas. Efectivamente, tendremos que esperar hasta las reformas gubernamentales del año 1957 para que este tipo de acciones políticas se vayan diluyendo ante formas de dominación amparadas en otros ideales, más ajustados a la “dominación racional” weberiana. Solo bajo la perspectiva institucionalista tras las reformas legislativas a partir de estos gobiernos se encuentra la clave de la burocratización real del Régimen. Siguiendo de cerca la senda de Weber, Manuel García-Pelayo acometió la explicación de aquella etapa evolutiva en la que regímenes basados en el carisma del líder tienden a crear estructuras que permiten manejar el complejo social. Es precisamente entonces cuando el aparato burocrático emerge para mantener en el tiempo una dominación carismática o tradicional, que de otra forma no podría sobrevivir (García-Pelayo 1982: 91). Por tanto, aun partiendo de posiciones puramente tradicionalistas y caudillistas, se va a lograr un estadio burocrático, completando así la necesaria institucionalización burocrática del carisma. La Ley de Régimen Jurídico de la Administración del Estado de 1957 es un claro ejemplo de este cambio en el modo de entender la acción política, que finalmente se corresponde con una forma weberianamente racional de adoptar las decisiones políticas. Esta ley se inspira en un modelo de eficacia administrativa que coadyuva la desconcentración de competencias del mando único, al otorgar ciertas capacidades al recientemente creado Ministerio Subsecretario de la Presidencia. Los gobiernos sucesivos, amparados en su eficiencia técnica, marginarían a Franco de la dirección diaria del poder estatal8. 6 Esta es la conclusión que se recoge en Dahlström, C. y Lapuente, V., Organizing Leviathan. Politicians, Bureaucrats and the Making of Good Government (Cambridge, 2017). Ver también el completo estudio de la burocracia española en: Bañón, R., Poder de la burocracia y Cortes franquistas, 1941-71 (Madrid, 1978). 7 Ver el clásico estudio de este autor: F. J. Conde, Contribución a la doctrina del caudillaje (Madrid, 1942). Otros teóricos también representativos de esta doctrina son, por ejemplo, Luis Legaz Lacambra, Eugenio Vegas Latapié o Juan Beneyto. 8 Si bien Franco se alejó de la toma de decisiones en ciertos ámbitos y de la forma perenne a la estaba acostumbrado, pudo fortalecer su figura política y social al atribuirse lo éxitos económicos que el nuevo rumbo gubernamental estaba imprimiendo. Ver: J. M. Zaratiegui, “¿Los mismos perros con distintos collares? Solución de continuidad entre la tercera fuerza y la tecnocracia española”, en Brocar, 43 (2019), p. 247. 241 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 La otra cara de la moneda fue la cuestión sobre la legitimación del franquismo en el aspecto religioso. Como se apuntó al principio, en un momento epocal de guerra fría, de lucha contra el comunismo y de la presentación del franquismo como resguardo de la moral cristiana en su preciada localización estratégica, el breve resquicio que el autoritarismo franquista aceptaba para que la tradición social se mantuviera a expensas de algunos avances modernizadores fue clave. Pero los cambios conllevaban un desprendimiento de los más íntimos rasgos tradicionalistas del Régimen. Como diría más adelante José Casanova (1999: 144), “la tecnocracia, las ideologías del desarrollo y las que proclamaban el final de la ideología llegaron a sustituir al catolicismo como base para la legitimación ideológica del régimen”, en unos tiempos de clara tendencia secularizadora. Cabe descartar, por tanto, cualquier idea relacionada con la apertura social y la transigencia del franquismo durante estos “cambios”, y mucho menos la otorgación de nuevas leyes y derechos reales. El Régimen ni siquiera se planteó adaptar su condición religiosa a los nuevos tiempos (especialmente tras el Concilio Vaticano II y las apuestas por un catolicismo más social y progresista) en pos de asumir unos postulados con los que contexto histórico le apremiaba. Hacerlo le hubiera supuesto perder esa pátina de legitimidad que, aun de forma no política, le ofrecía una condición positiva ante la sociedad. Lo que sí se dio fue un tipo concreto de modernización en el franquismo, que debe entenderse específicamente como la progresiva burocratización de la estructura política interna, reforzando la vía administrativa para la dominación racional. El fin que perseguía esta reforma era la consecución de unas cotas de superávit económico que le permitieran presentarse como un país solvente y de cierta relevancia en el escenario internacional. La burocratización del Régimen llegó desde un camino fácilmente rastreable si atendemos a la variación de los contrapesos políticos internos, como se ha apuntado. Estos ajustes previos le permitieron ganar flexibilidad a la hora de adaptarse a las estructuras imperantes propias de la época. 4. Una era de desideologización Antes de popularizarse el magnánimo “fin de la historia” lo había hecho otra corriente con cierta similitud en sus postulados, y que ya empezaba a intuir la época finalista en unas sociedades con claros imperativos posmodernos: el fin de las ideologías. El iniciador de esta corriente intelectual es otro controvertido autor estadounidense, que también recibió, junto a la polémica de su argumentación, la crítica abierta de los sectores de izquierda. Daniel Bell escribió en 1960 su obra más célebre con el nombre mismo de The End 248 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 de una política económica adherida a esos valores. En él primará la libertad económica y el capitalismo industrial y de emprendimiento, pero en el horizonte siempre se mantendrá una meta de “libertad” arraigada en preceptos de la filosofía nacional. Fuera de dudas queda que la libertad concreta solo puede realizarse en la realidad social a través de ese sistema económico-político, y sin embargo la pieza central que asegura y a la vez regula la correcta aplicación de la economía liberal le corresponde al Estado constitucional y democrático. Así, aunque la piedra pivotante de la teoría ordoliberal es el mercado capitalista, la regulación de sus condiciones ha de provenir necesariamente de un actor institucional. Dicho de otro modo: el capitalismo debe quedar sometido a las leyes propias de la estructura jurídica, que le otorga precisamente ese “orden” que lo regula. Por lo tanto, esta planificación no puede separarse de su correspondencia nominal que se condensa en la fórmula mannheimiana de “planificación para la libertad”. Esta es la noción concreta de la economía surgida en Alemania tras la guerra, y encierra aquel sentido liberal que es su base misma. El objetivo, y esto hay que tenerlo claro, es aupar el sistema liberal-capitalista –amparado por el constitucionalismo y desde luego vinculado al mercado– a la posición dominante que ha perdido durante las etapas de totalitarismo político. Del mismo modo, tanto creadores como discípulos de estos principios de economía niegan las designaciones puras de “planificación” en el sentido de intervencionismo a la manera fascista o comunista. Lo que buscarán reiteradamente será conseguir una tercera vía entre el laissez-faire radical y la intervención completa del Estado. Es por ello que este sistema se contrapone al conocido neoliberalismo, o liberalismo de raíz austríaca, al menos en cuanto a la negación de las realidades naturales que para el neoliberalismo autorregulan los mecanismos sociales. Por el contrario, se hace necesaria la ordenación estatal desde la política misma, encargada de mediar entre los dos espacios. ¿Por qué podría interesar tanto al franquismo importar esta forma de entender la economía política? Más allá de verse obligado a solucionar asuntos concretos con los que lidiaba en esos momentos (grave crisis económica debido a la gestión autárquica llevada a cabo hasta entonces, apremio por ajustarse a parámetros de acuerdo a las normas financieras internacionales, etcétera), el franquismo podía servirse del ordoliberalismo en tanto herramienta válida para su eterno deseo de adaptación hacia el exterior. Una vez más, el franquismo encontró el recoveco doctrinal –escondido esta vez tras la idea foucaultiana de la legitimación del Estado por la economía– que permitiera justificar o incluso avalar su existencia14. 14 Esta idea proviene de los análisis sobre la historia del neoliberalismo de los franceses Christian Laval y Pierre Dardot, principalmente desde su libro conjunto La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal (Barcelona, 2013). Ver también: L. Álvarez, “La economía otra y la invención del Neoliberalismo”. 249 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 Es fácil comprender que cualquier vía exitosa hacia tal liberalismo, teniendo en cuenta el carácter esencialmente antiliberal del régimen de Franco, no podía recaer en otra forma que no fuera un programa económico apoyado directamente en la planificación estatal de la esfera económica15, cuya ideología aportara ciertos matices compartidos por el franquismo. Ejemplos históricos de economía planificada y estatalmente dirigida habían sido los gobiernos totalitarios. El franquismo, en cambio, ignorará la crítica planteada por los defensores del ordoliberalismo en su intento de evitar este tipo de regímenes: no es la economía capitalista burguesa la que disuelve fatalmente los lazos sociales tradicionales, sino la asunción de poder estatal y su crecimiento altamente desarrollado con respecto a las demás esferas públicas y privadas. Es evidente que la dictadura no pudo ni quiso dejar de lado su naturaleza represiva. Pero también es cierto que se daban diferencias marcadas entre la sistematización política nazi, por ejemplo, y el tipo de régimen dictatorial que es el franquismo, lo que nos devuelve a las viejas discusiones sobre el estatuto autoritario/totalitario de la España de Franco que se popularizaron desde los años 70 con Juan José Linz y otros. Es por ello que, una vez más, no es del todo ajustable una definición de la planificación económica puramente fascista con el caso español. Volviendo a nuestro tema, cabe preguntarse cómo conseguiría finalmente el ordoliberalismo producir una legitimación suficiente como para mantener una dictadura ultraderechista en una Europa de mayoría democrática. Esto no deja de tornarse complejo ante la hipotética transferencia de virtudes civiles que la economía produce a través del Estado, y que en teoría lo impregnan. Así, existe para este liberalismo una clara legitimación del Estado en tanto que este, aplicando el derecho público, organiza positivamente la economía y, a través de la libre disposición económica en la sociedad, produce una ansiada libertad positiva. El Estado, por lo tanto, quedaría legitimado al regular una economía que produce verdadera libertad civil (Laval y Dardot 2013: 106). Para ulteriores investigaciones queda la cuestión de cómo se podría establecer, en el franquismo, un sistema puramente económico eliminando esa parte esencial sobre la supuesta virtud civil que se contrae en su aplicación, como parece que ocurrió. Desde luego que la explicación debe encontrarse cercana a la compleja noción de modernización mencionada anteriormente. Pero pasemos al punto concreto donde más puede confluir el franquismo político con el liberalismo económico descrito y la formación de legitimidad. Por su 15 “Aunque había nacido como una reacción liberal frente al nacionalsocialismo, sus principales representantes proponían una fuerte intervención del Estado, que se creía era una necesidad en la España de la postguerra, y, contrariamente a Keynes, que simpatizaba con el partido liberal británico, ellos lo hacían con partidos conservadores”, M. Martín Rodríguez, La escuela de Friburgo y los economistas españoles (Madrid, 2016), p. 15. Aunque, con todo, esta adhesión “a la conservadora” no justificaría por sí misma la aceptación de postulados que pudieran contravenir los principios básicos del Régimen. 250 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 misma raíz filosófica, el ordoliberalismo, y esto es lo fundamental, incide en un sentido de legitimación no solamente económico, sino sociológico, pues un Estado legítimo es “un Estado que se somete al derecho, que respeta el principio de libertad de elección, por supuesto, pero es también un Estado que obedece al principio de subsidiariedad, tal y como lo defiende la doctrina católica, o sea, que respeta los medios de integración de los individuos en las esferas naturales jerarquizadas” (Laval y Dardot 2013: 108). Así las cosas, eliminado ese molesto pasaje sobre el principio de libertad de elección y los derechos civiles, no hay nada que pudiera congratular más a la élite franquista que la reivindicación de las unidades naturales como la familia o el municipio, desde donde encuentra de hecho el fundamento que erige su celebrada “democracia orgánica”. Esas “realidades sociales”, con amplias reminiscencias cristianas, se convertirán para el franquismo en fundamentos autojustificativos donde encuentre finalmente una explicación racional y “europea” para legitimar sus esfuerzos antiparlamentarios. La penetración en España de esta intelectualidad provino, como no podía ser de otra forma, de aquellos círculos compartidos por integristas –muchos de ellos adheridos al Opus Dei– que nutriría aquel grupo difuso de tecnócratas, aunque el Instituto de Estudios Políticos y otras instituciones de diversa condición ideológica también invitaron ocasionalmente a sus referentes. La continua visita de intelectuales ordoliberales invitados por los modernizadores integristas a la casa franquista es fácilmente rastreable: Stackelberg en 1943, Eucken en 1949, Röpke en 1950, etcétera (Martín Rodríguez, 2016). Además, jóvenes economistas españoles en formación viajaron hasta Alemania para formarse con ellos, y las traducciones de las principales obras del ordoliberalismo, de la mano de Rialp con un activo Rafael Calvo Serer ya a la cabeza, no se hicieron esperar. Fue precisamente Calvo Serer quien se encargaría de entablar una conexión fecunda entre el economista Wilhelm Röpke y los postulados que perseguía el integrismo franquista con su idea de modernizar a España administrativa y económicamente. Si bien no se puede hablar propiamente de connivencia entre el economista alemán y el franquismo, sí se llegó a tal punto de alabar el sentido tradicional y cristiano que se había perdido bajo los totalitarismos y que seguía en peligro de desaparición debido ahora al influyente control soviético. De un modo similar a como haría Carl Schmitt, Röpke (1962) admite que en la centralidad de la civilización europea, reconocida como “seno materno” todavía digna de ejemplo, posee España una posición histórica valiosa y asimismo respetada como guardiana de la tradición europea católica. Más allá de las cuestiones espirituales, la visión estatalista de Röpke encontró también una fácil recepción en aquella España: si bien le niega al Estado la superioridad absoluta de todas las esferas, le adscribe por otro lado la capacidad 251 Nacional-liberalismo: la legitimación del franquismo entre capitalismo tardío y guerra fría Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 de mantenerse independiente de grupos de interés económicos, lo que le convertiría en un Estado verdaderamente fuerte al servicio de los intereses de “su comunidad” (Molina 2001: 54). Por otro lado, la tercera vía sobre la que teorizaría Röpke –marca de la casa del ordoliberalismo clásico– consistente en un camino intermedio entre la totalización estatal y el capitalismo clásico, encontró en Calvo Serer un altavoz privilegiado para el caso español y además repercutió en su movimiento sobre la tercera fuerza. Es claro que el valenciano conocía bien el trabajo del alemán. En un artículo publicado en La Vanguardia, a la altura de 1957, Calvo utilizó un escrito de Röpke para atacar a los “liberales del (neo)liberalismo”, o sea, a aquellos que siguen la doctrina del neoliberalismo, que por supuesto queda bien diferenciada, para Calvo, del liberalismo que representa el alemán. Se trataba de nuevo de sacar a relucir los resortes antiliberales del franquismo, en el sentido de despreciar la primacía de la soberanía popular con la “volonté genérale”, la aplicación rígida del principio de “laisser faire, laisser passer” y el desvanecimiento del individuo de las “sociedades primarias en las que naturalmente se desenvuelve”16. Y así como Röpke enalteció a esa España históricamente cristiana, Calvo Serer pudo denominarle, con un tono pretendidamente elogioso, como de “antiliberal”. El franquismo logró adaptar su peculiar ordoliberalismo para la política económica. El Régimen continuó cimentando su ideología ultranacionalista y alargando sus principios básicos reaccionarios, aunque adquiriera premisas de ese movimiento para su economía política, resumido aquí bajo la fórmula de “nacional-liberalismo”. Solo así logró colocarse en el vagón de cola de los países liberales occidentales, lo que le permitió una supervivencia estable aunque por momentos agónica, y definitivamente legitimada ya por el discurso hegemónico liberal. Todas las aparentes paradojas relativas a la modernización franquista (¿no constituye un modo de presión, para la adopción de unas formas concretas político-sociales, el integrar un sistema económico que precisamente necesita de esa característica para llegar a su fin último [la libertad concreta]? ¿Fue tan fácil eliminar ese requisito de libertad e incluir todo el resto? ¿Tuvo influencia, mediante desgaste interno, para la disolución progresiva y final del franquismo?) adquieren un sentido específico cuando se plantean a la luz de la compleja situación historiográfica que sumerge a España –hasta casi ahogarla– en el panorama político internacional. 16 R. Calvo Serer, “Los neoliberales ante la libertad”, en La Vanguardia (17/01/1957). 252 Juan Carlos Sales Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 23, nº 47. Segundo cuatrimestre de 2021. Pp. 233-253. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2021.i47.11 Bibliografía: Álvarez, L. (2013). “La economía otra y la invención del Neoliberalismo”, en Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, 31. pp. 25–39. Bantigny, L. (2015). “La fin de l’histoire n’aura pas lieu”, en Écrire l’histoire, 15, pp. 19–26. Bañón, R. (1978). Poder de la burocracia y Cortes franquistas (1941–71). Madrid: Instituto Nacional de Administración Pública. Bell, D. (1988). The End of Ideology. New York: Harvard University Press. Bueno G. (1992). “Estado e historia (en torno al artículo de Francis Fukuyama)”, en El Basilisco. Revista de Materialismo Filosófico, 11. Casanova, J. 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