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John Stuart Mill: Tres ensayos sobre la religión. Introducción, traducción y notas de Gerardo López Sastre. Madrid: Trotta, 2014, 196 pp. [Reseña]

Espinosa Antón, Francisco Javier

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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 34. Segundo semestre de 2015. Pp. 393-396. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i34.19 John Stuart Mill: Tres ensayos sobre la religión. Introducción, traducción y notas de Gerardo López Sastre. Madrid: Trotta, 2014, 196 pp. Francisco Javier Espinosa Antón Universidad de Castilla-La Mancha (España) John Stuart Mill decía en su Autobiografía que era una de las poquísimas personas de su tiempo que nunca tuvo creencias religiosas, porque había sido educado por su padre en la idea de que era imposible creer en Dios, dada la existencia de un mundo tan lleno de mal. Por eso, para él lo normal era no creer y desde esta posición escribió tres ensayos acerca de la religión. El primero, escrito entre 1850 y 1858, se titula La Naturaleza y tiene como objeto mostrar que la mayoría de las ideas sobre la Naturaleza predominantes en su tiempo eran poco razonables. La naturaleza no es una madre, ni nuestra amiga: “la anarquía y el reino del terror se ven sobrepasados en injusticia, ruina y muerte por un huracán y una peste” (p. 71); “matar, el acto más criminal conocido por las leyes humanas, es algo que la Naturaleza hace una vez a todos los seres vivos; y en una gran proporción de los casos, después de prolongadas torturas” (p. 70). No podemos pensar, pues, que haya una Naturaleza maravillosa, que nos lleve a creer en un divino creador bueno y omnipotente. Por lo mismo, la Naturaleza no nos suministra un criterio para distinguir el bien y el mal, ni unas normas o leyes que debamos cumplir en nuestras acciones: “o es correcto que debamos matar porque la Naturaleza mata; torturar porque la Naturaleza tortura; arruinar y destruir, porque la Naturaleza hace lo mismo; o no deberíamos considerar en absoluto lo que hace la Naturaleza, sino lo que es bueno hacer” (p. 72). Teniendo en cuenta este carácter malo de la Naturaleza, la única teoría de la creación que sería admisible para los creyentes es la de que Dios no tuvo suficiente poder para hacer un mundo en el que no hubiese males físicos ni males morales. Así se salvaría su bondad a costa de su poder. El segundo, La utilidad de la religión, fue escrito en la misma época que el anterior. A Mill no le interesaba tanto saber cómo se había originado la religión en el pasado, como por qué seguía permaneciendo en el presente. La respuesta a la cuestión era que la religión seguía teniendo una utilidad social moral, aunque sus creencias ya no fuesen consideradas verdaderas. El debate sobre la utilidad de la religión apareció, afirmaba Mill, cuando los argumentos a favor de su verdad habían dejado, en gran medida, de convencer. 394 Francisco Javier Espinosa Antón Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 34. Segundo semestre de 2015. Pp. 393-396. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i34.19 La religión, para él, posee un gran poder de conformar los espíritus haciéndoles abandonar el egoísmo y vivir para los otros seres humanos. Responde en la actualidad a esa necesidad de tener concepciones ideales más grandiosas y más bellas que lo prosaico de la vida: “en tanto que la vida humana resulte insuficiente para satisfacer las aspiraciones humanas, habrá un anhelo de algo más elevado” (p. 113). Pero su poder no se deriva de algo sobrenatural, sino simplemente, piensa Mill, de que las Iglesias tienen un gran poder en la educación y en la opinión pública, y estos dos factores tienen un tremendo influjo en la conformación moral de los seres humanos. Cualquier institución que tenga en sus manos la educación de la infancia y la juventud, que son los momentos en los que se imprimen en la vida los sentimientos éticos, así como el poder de configurar la opinión pública, fuente del elogio y de la censura, tiene un impac- to capital en la formación moral de los individuos. Así pues, la influencia social moral de la religión no tiene nada de extraordinario ni de sobrenatural. Además, atribuir un origen sobrenatural a la moral ocasiona un gran problema: evita que la moral sea criticada y mejorada, pues se piensa que proviene de los dioses. Por otra parte, también es un problema para Mill el que, como frecuentemente hacen las religiones, promuevan que los fieles cumplan sus deberes para con los otros sólo para recibir como premio la salvación y la felicidad eternas, lo que reforzaría el elemento egoísta del ser humano, mientras que lo moral debería cultivar en el ser humano los sentimientos desinteresados. No le parece a Mill, en otro orden de cosas, que la religión sea útil en cuanto que proporciona consuelo ante la muerte, pues si este mundo fuera un lugar de felicidad (“es duro morir sin ni siquiera haber vivido”, p. 122), todo el mundo se conformaría con el tiempo que ha vivido, y nadie querría, sino más bien temería, una ilimitada inmortalidad. Aunque hay un aspecto, señala Mill, en el que la religión reporta un consuelo que ninguna otra institución puede hacer: la esperanza de reunirse con los seres queridos que nos precedieron en la muerte. Quizá sea este el principal motivo, cree, por el que sigue habiendo religiones. Viendo este conjunto de problemas, se pregunta Mill si los beneficios que produce la religión no podrían obtenerse de otra manera, mediante una religión secular de la Humanidad, que sería una religión sin creencia en la divinidad. Pueden cristalizar unas poderosas convicciones y fuertes sentimientos en torno a la Humanidad, concebida como un todo continuo que incluye su pasado, presente y futuro, por lo que se apela a un sentimiento de lo Infinito. Se trata de la Humanidad concebida como el conjunto de las cosas buenas del ser humano: las personas buenas, el arte, la moral, la democracia… Así se convierte en un objeto ideal hacia el que podemos experimentar tal sentido del deber que puede dirigir toda nuestra vida. Por eso, se puede llamar religión: es un credo, una fuerte convicción, que ilumina y dirige todos las acciones de una vida humana, junto con un profundo sentimiento que motiva a cumplir los deberes a que 395 Tres ensayos sobre religión Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 34. Segundo semestre de 2015. Pp. 393-396. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i34.19 impulsa ese credo. En definitiva, se trata de una causa por la que vivir y luchar, mucho más fuerte y emotiva que el amor a la patria. No habría otro premio para esta religión y esta moral que la aprobación que mostrarían por nuestras buenas acciones todos los que en esta vida respetamos, e idealmente todos los buenos hombres del pasado y del futuro. De alguna manera la memoria de un hombre bueno pervivirá en los hombres buenos. El tercer ensayo, bastante posterior, pues se escribió entre 1868 y 1870, unos años antes de morir, no modifica sustancialmente las ideas de Mill, aunque añade, quizá, algunos matices. Se titula El teísmo. Allí examina Mill el valor de las argumentaciones en las que pretende basarse la religión. Analiza el argumento del designio. Para explicarlo permítaseme retocar libremente un ejemplo de teleología de Aristóteles (Física, II, 9, 200a): si llegásemos a un remoto planeta y viéramos enormes bloques de piedra dispuestos de manera que formaran un muro, no se nos ocurriría decir que el volcán de al lado ha estado arrojando esos bloques y que casualmente han ido cayendo tan ordenadamente que han formado esa construcción; de la misma manera cuando contemplamos la complejidad de una planta o del ojo de un perro pensamos que no son fruto de la casualidad, sino que ha habido un diseñador inteligente que los ha creado. Al revisar este argumento, Mill señala que estos efectos podrían explicarse por la teoría de la evolución y de la supervivencia de las especies más adaptadas, aunque no sería irracional sacar del argumento del designio un fundamento para creer en un Dios diseñador. En todo caso, parece decir, hay que ser escéptico: será la ciencia la que en el futuro determinará con mayor precisión estas cuestiones. Si alguien, a partir del argumento del designio, se pusiera a pensar en las cualidades que tendría ese diseñador del universo, diría que posee una gran inteligencia y que es un ser benevolente, pero no podría decir que es omnipotente, porque un ser benevolente y omnipotente no habría permitido la existencia de tanto mal en el mundo. Llegados aquí, si examinamos el caso de Cristo, afirma Mill, no encontramos nada que haga imposible que las esperanzas de los que creen en él sean vanas. No pretendió nunca ser Dios, dice nuestro filósofo, sino un enviado de Dios para traer a la tierra la virtud (a él le parece que es el reformador moral más grande de la historia de la Humanidad). La ciencia no apoya estas expectativas del creyente, pero tampoco demuestra que sean imposibles. Podríamos decir que en cuanto a la verdad de la religión Mill defiende el escepticismo o, en todo caso, “uno de los grados más bajos de probabilidad” (p. 188). En conclusión, este tipo de argumentaciones, que se dan especialmente en la religión cristiana, no están dentro de la racionalidad, sino más bien en el de la esperanza. No valen para una religión de la razón, pero sí para una religión de la imaginación y de los sentimientos. Y no hay una incompatibilidad entre el campo de la razón y la ciencia y el campo de la imaginación y los sentimien- 396 Francisco Javier Espinosa Antón Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 17, nº 34. Segundo semestre de 2015. Pp. 393-396. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 doi: 10.12795/araucaria.2015.i34.19 tos: “Cuando tanto la imaginación como la razón reciben su cultivo apropiado, ninguna de ellas llega a usurpar las prerrogativas de la otra” (190). Esta religión de la imaginación es, por otra parte, un gran freno al desaliento que provocan las experiencias del mal en la vida cotidiana y no le parece irracional que haya gente que tenga estas esperanzas, que son al mismo tiempo consoladoras y edificantes, en cuanto que llevan a esas personas a hacer el bien al prójimo y a la Humanidad. Además, esta religión de la imaginación puede ayudar y fortalecer a la verdadera religión, que para Mill es la religión de la Humanidad. A los incentivos propios de la religión de la Humanidad para dedicar la vida en ayudar a los hombres, la religión cristiana añade el incentivo de estar cooperando con Dios y con su enviado, el Profeta de Nazaret. Como vemos, Mill se mantiene en su posición de no creyente, pero parece querer contribuir a diseñar una religión que, depurada de las muchas inmoralidades que ha tenido a lo largo de su historia, pudiera ser aceptable a un ser humano racional y colaborase en la misma tarea que la religión de la Humanidad. Para acabar, sólo unas palabras para hablar del trabajo del prof. Gerardo López Sastre. Su extensa introducción, de 40 páginas, es, sencillamente, inmejorable: interesante, inteligente, redactada con gusto literario, clarificadora. Y, sobre todo, un magnífico resumen de las ideas de Mill. La traducción, por otra parte, intenta mantenerse lo más fiel posible al texto de nuestro filósofo, aunque quizá en determinados momentos hubiera sido más clara una traducción más libre. En conclusión, se trata de una obra que no ha perdido vigencia e interés y que tiene un valor añadido por su introducción.