Discurso de contestación
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DISCURSO DE CONTESTACION Por IG NACIO MARÍA DE LOJENDIO E lRURE Para quienes han hecho de la ense ñan za norte y eje de sus vidas po cas satisfacciones hay más apetecibles que la de acoger, a la vuelta de los años , a aquellos que en sus aulas recibieron la primera sacudida de su personalidad y retornan triunfadores en la pelea del tiempo. Este es el sentimiento que la deferencia de nuestra Corporación me permit e albergar ahora, al dar la bienvenida al nuevo académico. Le acompañan la aureola de la fama bien ganada, el vigor de su palabra rica y punzante, y la belleza de su poesía. Sólo el arte puede alcanzar cum br es tan señeras en esta hora del mundo que a la par se disputan la ansiedad y la desolación. En Aquilino Duqu e, poeta, escritor, se da una correspon - dencia cabal entre ser y par ecer. Su perfil externo es el trasun to fiel del perfil espiritual de su per so na; no cabe confor - midad más cumplida que la de los rasgos de su rostro físico con los caracteres de su rostro moral. Para ha cer la síntesis de su semblanza humana no encuentro mejor expresión que las palabras del gran impresionista al emán que, absorto en la contemplac ión de la natural eza , exclamó: «Sólo las apariencias no engañ an». La boca apretada y tensa, los ojos a medio ento rnar tras los cristales que celan el filo de su mirada, apenas un rictus sutil, mezcla de ironía so c rática y sorna andaluza, vuelve Aquilino Duque, como en lo s tiempo s de la cátedra de Arias Montano en el caserón de Laraña, la frente enhiesta, el paso firme, limpio y transpar ente el aire que el fango de los caminos no ha podido viciar, y con aquella discreta des-
68 IGNACIO MARÍA DE LOJENDIO E IRURE envoltura con que el ginebrino autor de «La nueva Heloísa» entonaría la canzonetta «Vengo di Cosmópoli». Como nos muestra el magnífico discurso que acabamos de escuchar, vuelve a rendir un homenaje nostálgico -y crítico- a su madre Andalucía, grávida de siglos. Por esa ruta de tres milenios que ha diseñado ante nosotros desfila el complejo destino de un pueblo a través de sus momentos de plenitud y postración, de su cultura «cristalina», una cultura que «no es cosa de masas, sino cosa de hombres», y al detener por un instante su marcha histórica en este hoy tan incierto, Aquilino Duqu e, con gesto a un tiempo de alarma y esperanza, dirige su mirada hacia las fuentes que «pueden devolver a Andalucía su amenazada identidad». Este «poeta de los periplos universales» -así lo definió un también antiguo alumno de nuestras aulas que, como él, honra a esta Academiavuelve a recorrer los viejos momentos íntimos en los que vivió el arrebato de la temprana juventud -«éramos poetas porque éramos jóvenes y felices»-, en los que escuchó la llamada de sus mayores inmediatos, los grandes de la generación del 27, y siguió la pauta de la poesía andaluza que nos describe «ligera y luminosa, llena de im ágenes y transida de fantasía». Donosamente recuerda aquélla su primera experiencia poética: «Si Cernuda reinaba en Córdoba, en Sevilla y Cádiz, claro está, mandaban Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti, un Juan Ramón en el que cifrábamos nuestro afán de universalidad y un Alberti en el que nos resconocíamos los burguesitos andaluces». Observador agudo del entorno humano en el que estrenó su inspiración, no tardó en tomar con valentía la decisión de liberarse <<por un lado de la facilonería provinciana y por otro, del gregarismo nacional». Pone proa a Europa, al mundo, e inicia, sin tacha y sin miedo, los que ll amará sus «cursos de aspirante a la universalidad». Al cabo de los años, de marchas y retornos en los que aún no ha dado cima a su tarea, vuelve hoy Aquilino Duque con las manos llenas de obra consagrada: la narrativa fascinante de «Los consulados del Más Allá», «La rueda de fuego», «La linterna mágica», «El mono azul», «La historia de Sally Gray}> ...
DISCURSO DE CO~TESTACIÓ:-< 69 y sobre este friso recio y ambicioso, la voz con alas de sus versos: «La calle de la Lun a» , « El campo de la Ver dad », «De pa labra en p ala br a», « El invisi ble anillo» .. ., sus «C uatro libros cardinales» o si, se quiere, l os cuadrantes en que se a br e la rosa de los vientos de su infin ito hori zonte poético. No seré yo quien ce da a la osa d ía de describir y menos aún de enjui ciar este retablo palpitante de vida que es el universo creador de Aquilino Duque. Con a utorid ad que excede de la mí a, otros han dado en justicia su vered icto y le han rendido su admiración. Voy a limitarme a una g lo sa breve del hombre y de sus fr utos , un esbozo el eme nta l que trataré de hilvanar con sus propias palabras. En su obra de ficción, ese tap iz a bi ga rrado de mil figuras, mo mentos y colores, sorpr ende la riqueza de la trama, la fuerza de expresión con que denuncia el envilecimiento de las ideas y la d egrad ación humana de los modernos trans - forma do res del m un do, «en este proceso -dice- de autodestrucción que ll amamos progreso». Flagela sin piedad, con la vara fina de la ironía, a los «portatirs os libertarios », a los cu lpabl es de la «devastación de la naturaleza» que «c onlleva una devast ación del espíritu», a los t ra ficante s de almas y cuerpos qu e en nombre de la libertad esclavizan al hombre. Decía Andr é Gide que «el escritor debe saber nadar cont ra la corriente». E sa es la corr i en te contra la qu e lucha Aquilino Duque. Lo hace con el arma de la palabra qu e desenmascara la farsa , con los recursos de su lenguaje que, tanto en la viveza de las imágenes como en la agilidad a veces trepidante de la acción, sirve a la verdad crudam ente, sin escon de rse e ntre los velos del falso pudor, a través de los sór didos escenarios de la vida cosmopo lita que él bien conoce y en los qu e mueve con rara h abili dad los hilos de la intriga. Para luchar con los qu e de la libertad hacen un tir an o o un ver du go, A quilin o Duqu e se revuelve, se rebela blandiendo como a rm a su propi a libertad . Sabe qu e la mayor parte de las veces el ejercicio de la liber tad es áspero y amargo, y qu e la libertad que no libera es cruel caricat ura de libertad. Se rebela y dice no. Es su revue lta p erso nal que
70 IGNACIO MARÍA DE LOJENDIO E IRURE vibra contra la agitación masiva de los revolucionarios de hoy que matan y destruyen al dictado intelectual de los fríos adoctrinadores y manipuladores de turno. Con razón dice Oct avio Paz que «la revolución es la revuelta, convertida en teoría y sistema». Otras veces, en cambio, nuestro poeta, en los relatos breves, moja la pluma de ave en la recreación de sus personajes in sólitos, de puro mínimos y simples, grotescos unos, tiernos y t em blo rosos otros, vacilantes, como perdidos en la bruma. Sobre ellos deja caer las gotas tibias de la sonr isa y la emoción. «Poéticamente habita el hombre». En medio de l trá fago de l mundo, Aquilino Duqu e revive esta profunda experien - cia de Holderlin y se libera en la poesía. Abre despacio la puerta escondida entre el follaje y penetra en el recinto interior para conversar a solas consigo mismo y perderse por las avenidas del reino que no tiene fronteras. Allá es donde ser y saber se encuentran y confunden, donde milagrosamente pasamos desde el silencio denso e impenetrable a percibir poco a poco la voz de las cosas. Las cosas tienen voz. Nos llaman, y no las oímos. La verdad del ser es luz que la misma espesura en que nosotros la envolvemos nos impide ver. El verdadero poeta es el que capta las voces arcanas, d que vislumbra esas lucecitas que p arpadean en la oscuridad cerrada de la noche. Como chispa de luz, como eco l ejano de verdad sintió el hombre la poesía en la hora del parto de las viejas c ulturas, las culturas madres. Desde entonces, la poiesis es modo sutil de conocimiento que perm i te al hombre hacer suya, rehacer en sí mismo, en una misteriosa revelación, la verdad. D espués de sus versos tempranos, «jóvenes y felices», versos de primavera y cascabel, Aquilino Duqu e se lanza ~ recorrer nuevas etapas de su senda poética. Le impulsa el vigor de su pensamiento al que parece dar alas una sensi· bilidad lozana y fértil, paso a paso más exquisita en sus matices: es «el esmeril de la neblina» que empaña las riberas de la ría vizcaína ... , son los «cielos rasgados , surcos fu-
DISCURSO DE CONTESTACIÓN 7l gitivos» cu an do «salta la maña na >) en el amanecer del Aljarafe. Poco a po co, al dictado de la vida, asciende, monte arriba, las alturas del camino. Llega el d ía de su prim era mirada atrás, en la que aho nda el diálogo con su soledad, esa poblada soledad del poeta genuino de quien , como del genio, pu e de decirse que nunca está menos s olo qu e cuando está so lo. «Me subo a la montai1.a del pr esente para ver la llanura interminable de los sueños ext i ntos ... » Aprende que la vida es part ir s iempre, una vez y otra, y siem pre volver. Volver -dic e- «a la ex traña patria ... »: «Allí tengo mi casa, allí mi cielo, allí donde la vida es esperanza y es ausencia crecida hacia el regreso ... donde el jazmín se espesa en la alta noche, donde se vuelve siernpre.» Su i nspi ración madura en la noble academia del sen timien to : «Dicen que eres po eta ... porque has amado .» Se hace má s honda, más penetrante en la g ran inquietud que no cesa: «Qué tienes tú que no tienes sosiego y das la paz ... » I ntu ye, en fin, la ho ra del relente , c uando la tarde va de recog ida , cam ino del m ist eri o. La pr esien te en la contemplación de la ciudad e terna , en el soneto bell ísi mo que cierra su «Tríptico romano». La voz se hace delgada y tenue, suplicante:
72 IGNACIO MARÍA DE LOJENDIO E IRURE «Dame la m.ano, amor, que tengo frío.» Con la carga de su libertad y su verdad a cuestas, dos palos de una misma cruz, peregrina Aquilino Duqu e por este pícaro mundo . Dios hinche de fe sus velas y, con la verdad, le dé su vida, su luch a y su paz. El sabe que en lo más recogido de nuestro ser vida y muerte, lucha y paz son algo incompartible, de un solo y sólo de uno. Joven todavía, este poeta que se asoma al balc ón de su madurez y al que hoy acogemos en la vieja y remozada casa, ha empezado a rendir c uentas que anuncian un balance algo más que provisional: «El pan, los ojos, la verdad, los besos, la certidumbre de llegar un día a verle a Dios la cara. Junto a eso ¿qué vale todo lo demás?»