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La desigualdad de género en la prehistoria ibérica: una aproximación multi-variable.

Cintas Peña, Marta

Abstract

Esta Tesis Doctoral tiene como objetivo principal responder a la pregunta de si existieron o no diferencias de género en la Prehistoria de la península Ibérica, así como si tales diferencias son susceptibles de considerarse desigualdad. Para abordar esta cuestión, se plantea un análisis formalizado que incluye una aproximación teórica a los principales problemas y conceptos implicados, así como una metodología de estudio novedosa basada en criterios explícitos de análisis a partir de la valoración de diversas variables agrupadas en tres grandes bloques: bioarqueología, prácticas funerarias y representaciones gráficas y plásticas. En relación con los principios teóricos, esta investigación se fundamenta en los planteamientos de la Arqueología Procesual y de la Arqueología de Género. El primero de estos enfoques defiende la existencia de un isomorfismo entre el registro funerario y la sociedad viva que lo produjo, lo que implica la posibilidad de conocer la vida de las comunidades humanas del pasado a través del estudio de la gestión de la muerte. Además, el Procesualismo apuesta explícitamente por la aplicación de técnicas de análisis externas al investigador/a que permitan sostener empíricamente las hipótesis planteadas. Por su parte, la Arqueología de Género cuestiona la validez de los discursos construidos tradicionalmente acerca de la Prehistoria, y hace hincapié en la necesidad de poner el foco no sólo en los hombres, sino también en las mujeres o los individuos infantiles para generar un conocimiento más amplio y, en consecuencia, más verdadero de las sociedades del pasado. Asimismo, el enfoque de género señala la importancia de tener en cuenta la subjetividad del sujeto que investiga con el objetivo de establecer mecanismos que limiten o eliminen los posibles sesgos que puedan surgir en la creación de conocimiento. En cuanto al método de análisis empírico seguido, este incluye tres grandes grupos de variables: en el primero, los indicadores considerados son razón de sexo, patologías, marcadores de violencia, marcadores ocupacionales, movilidad (isótopos de Sr y O y ADN) y dieta (isótopos de C y N); en el segundo de los grupos, relativo a las prácticas funerarias, las variables a analizar son tipo de contenedor, contextos primarios versus secundarios, marcador de individualidad, organización espacial, orientación y posición, contenido y gestos funerarios (manipulaciones óseas, pigmentaciones y termoalteraciones). Por último, en las representaciones gráficas se proponen sendas aproximaciones cuantitativa y cualitativa. Partiendo de este planteamiento teórico y metodológico, en esta Tesis Doctoral se ha analizado el registro osteológico y funerario de un total de 2478 sujetos identificados en 93 yacimientos de la península Ibérica y pertenecientes a los períodos Paleolítico Superior, Mesolítico, Neolítico y Calcolítico. De estos 2478 individuos, 422 son femeninos o femeninos probables, 522 masculinos o masculinos probables, 729 indeterminados adultos y 805 no adultos de sexo desconocido. En lo que respecta a las evidencias gráficas y plásticas, estas proceden de 122 yacimientos, distribuidos a lo largo y ancho de la geografía ibérica e igualmente adscritos a las etapas mencionadas. Los datos recogidos acerca de esta muestra de la población prehistórica ibérica han sido registrados en una base de datos diseñada ex profeso para esta investigación, y posteriormente sometidos a un análisis cuantitativo que ha incluido estadística descriptiva y pruebas de significación estadística. Aunque el conjunto de la información recogida es fragmentario y presenta bastantes problemas (por ejemplo por la influencia de los procesos postdeposicionales en el registro óseo, por la indefinición o inconsistencia en los criterios de publicación de datos bioarqueológicos, o incluso por la imprecisión de las descripciones publicadas de los contextos correspondientes), los datos obtenidos permiten realizar un amplio y robusto análisis del problema planteado, dando lugar al primer examen nunca realizado de la cuestión de las relaciones de género en la Prehistoria en todo el ámbito peninsular ibérico. Estos resultados sugieren que para el Paleolítico Superior y el Mesolítico las evidencias disponibles no permiten hablar de la existencia de un sistema sexo/género, ya sea por la pobreza del registro, ya sea por la ausencia del mismo. Indicios de la aparición de diferencias de género tempranas entre mujeres y hombres se encuentran por primera vez en el Neolítico, potencialmente asociadas al ámbito de la violencia a través de la mayor asociación de los hombres con los traumas, los proyectiles y las escenas de caza y enfrentamiento en el arte rupestre levantino. Las diferencias de género aparecen también entre las sociedades de la Edad del Cobre, aunque sin una aparente evolución lineal desde el Neolítico, con cambios y sin que pueda plantearse un desequilibrio de poder o una situación de desigualdad. En conjunto, este estudio supone la primera aproximación realizada a nivel peninsular y en una cronología amplia a la desigualdad de género. La metodología multi-variable propuesta permite trascender los límites de las investigaciones particulares llevadas a cabo anteriormente y abrir una nueva vía de análisis de las relaciones entre hombres y mujeres en las sociedades prehistóricas.

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M ar t a Ci nt a s P eña L a D es i gu aldad d e G é ne ro e n l a Pre hist o ria I b é ri ca: U na Apro xim aci ó n M u l ti-V ariab le. T es is Doct o ral di ri gi da po r: Leo nardo García Sanjuán Dep ar t a ment o de P reh ist o ria y Arqueo l ogía Se vi lla, M a yo de 2018 UNIVERSIDAD DE SEVILLA TESIS DOCTOR AL La Desigua ldad de Género e n la Prehistori a Ib érica : Una Apr oximación Mu lti -Variable. Marta Cinta s Peña Dirigida por: Leonardo G arcía Sanj uán Departam ento de Prehi storia y Arqueología Universida d de Sevill a Sevilla, May o de 2018 2 Diseño de portada: Arias. 3 A mi madre y a mi padre, incondicionales. A Ana, por su tiempo y su confianza. 4 Esta Te sis Doctoral ha sido financ iada a tra v és de la c onvocatoria Contratos Predoctorales o de Pe rsonal I nvestigador en Formación (PIF) del V Plan Propio de Investigación de la Universidad de Sevilla ( 2013 - 2017). 5 ÍNDICE RESUMEN .................................................................................................................................. 11 AGRA DECIMIEN TOS .............................................................................................................. 13 INTROD UCCIÓN ...................................................................................................................... 15 INTROD UCTION ....................................................................................................................... 21 CAPÍ TULO 1. JUSTI F I CACIÓN Y PLANTEAMI ENT O TEÓR IC O ...................................... 27 1.1. El conoc imiento del pa sado. ........................................................................................... 29 1.1.1. Pasado y posibilidad de conocimient o ................................ .................................... 29 1.1.2. Dificul tades en la cre ación del conocim iento cie ntífico. ........................................ 34 1.2. ¿Por qué u n estudio sobre d esigualdad sexu al? .............................................................. 39 1.3. Propues tas antropológ icas y arqueol ógicas sobre e l origen de la desigualdad sexual .... 44 1.4. El estudio de la desigu aldad sexual a pa rtir de la Arqueología de la Muerte .................. 55 1.5. Análisis d e la desig ualdad sexual. Pl anteamiento teórico ............................................... 60 1.5.1. Algunos apuntes sob re el estudio d e la desiguald ad sexual .................................... 60 1.5.2. Natura leza de la div isión sexual d el trabajo, de l sistem a sexo -género y aproxim ación a su estudio en la Preh istoria ........................................................................ 65 1.6. Valorac ión y conclusió n .................................................................................................. 74 CAPÍ TULO 2. METODO LOGÍA ............................................................................................... 81 2.1. I ntroducción .................................................................................................................... 83 2.2. Muestra : criterios de s elección ........................................................................................ 84 2.2.1. Dem ografía y práctic as funerarias .......................................................................... 85 2.2.1.1. Paleo lítico Superio r ............................................................................................ 85 2.2.1.2. Meso lítico ................................................................ ........................................... 86 2.2.1.3. Neolí tico ............................................................................................................. 87 2.2.1.4. Calco lítico .......................................................................................................... 88 2.2.2. Repres entaciones ..................................................................................................... 89 2.2.2.1. Paleo lítico Superio r/Mesolítico .......................................................................... 90 2.2.2.2. Neolí tico ............................................................................................................. 92 2.2.2.3. Calco lítico .......................................................................................................... 94 2.2.3. Conside raciones fina les .......................................................................................... 96 2.3. Dem ografía ...................................................................................................................... 96 2.3.1. Razón de sexo ......................................................................................................... 98 2.3.2. Análisis de dieta .................................................................................................... 102 2.3.3. Movilid ad .............................................................................................................. 104 6 2.3.4. Paleop atología ....................................................................................................... 105 2.3.5. Marcado res de violen cia ....................................................................................... 107 2.3.6. Marcado res de activi dad ....................................................................................... 108 2.4. Práctica s funerarias ....................................................................................................... 110 2.4.1. Contened or ............................................................................................................ 110 2.4.2. I nhu m aciones prim ari as versus secun darias ......................................................... 111 2.4.3. Marcado r de indiv idualidad y asoc iación o no c on infantiles ............................... 112 2.4.4. Organiz ación espacia l ................................................................ ........................... 113 2.4.5. Orien tación y posició n .......................................................................................... 113 2.4.6. Conten ido .............................................................................................................. 114 2.4.7. Gestos funerarios .................................................................................................. 115 2.5. Representa ciones grá ficas y plástica s ........................................................................... 1 17 2.5.1. Aproxim aciones cua ntitativa y cualitativa ............................................................ 118 2.6. Estructu ra de la base d e datos ....................................................................................... 119 2.6.1. Dem ografía ........................................................................................................... 1 20 2.6.2. Práctic as funerarias ................................................................ ............................... 121 2.6.3. Repres entaciones ................................................................................................... 123 2.7. Pruebas estadísticas ....................................................................................................... 1 23 2.8. Valorac ión general ................................................................ ........................................ 124 CAPÍ TULO 3. EL PALE OLÍTI CO SUPERI OR ...................................................................... 127 3.1. I ntroducción .................................................................................................................. 129 3.2. Registro ós eo ................................................................................................................. 130 3.3. Dem ografía .................................................................................................................... 140 3.4. Práctica s funerarias ....................................................................................................... 144 3.5. Conclus ión .................................................................................................................... 1 53 CAPÍ TULO 4: EL MESOL ÍTIC O ............................................................................................ 155 4.1. I ntroducción .................................................................................................................. 157 4.2. Registro ós eo ................................................................................................................. 158 4.2.1. Local ización geog ráfica y tipos d e yacim ientos ................................................... 167 4.2.2. Cronolog ía radiocarb ónica .................................................................................... 1 68 4.3. Dem ografía .................................................................................................................... 171 4.3.1. Paleop atología ....................................................................................................... 175 4.3.2. Marcado res de violen cia ....................................................................................... 180 4.3.3. Marcado res ocupacio nales .................................................................................... 180 7 4.3.4. Movilid ad .............................................................................................................. 182 4.3.5. Dieta ...................................................................................................................... 182 4.4. Práctica s funerarias ....................................................................................................... 187 4.4.1. Contened or ............................................................................................................ 188 4.4.2. Contex tos primarios versus secundarios ................................ ............................... 190 4.4.3. Marcado r de indiv idualidad ................................ .................................................. 191 4.4.4. Organiz ación espacia l ................................................................ ........................... 194 4.4.5. Posición y orientació n ........................................................................................... 1 95 4.4.6. Conten ido .............................................................................................................. 200 4.4.6.1. Categ oría artefactu al ........................................................................................ 201 4.4.6.2. Funció n ................................................................ ............................................. 203 4.4.6.3. I ndividuos que sobresa len ................................................................................ 208 4.4.7. Gestos funerarios .................................................................................................. 209 4.4.7.1. Man ipulaciones ós eas ....................................................................................... 209 4.4.7.2. Pigm entaciones ................................................................................................ . 209 4.4.7.3. Term oalteraciones ............................................................................................ 210 4.5. Representa ciones ........................................................................................................... 2 10 4.6. Conclus ión .................................................................................................................... 2 19 CAPÍ TULO 5: EL NEOLÍ TICO ............................................................................................... 225 5.1. I ntroducción .................................................................................................................. 227 5.2. Registro ós eo ................................................................................................................. 228 5.2.1. Local ización geog ráfica y tipos d e yacim ientos ................................................... 244 5.2.2. Cronolog ía radiocarb ónica .................................................................................... 2 47 5.3. Dem ografía .................................................................................................................... 255 5.3.1. Paleop atología ....................................................................................................... 262 5.3.2. Marcado res de violen cia ....................................................................................... 268 5.3.3. Marcado res ocupacio nales .................................................................................... 271 5.3.4. Movilid ad .............................................................................................................. 273 5.3.5. Dieta ...................................................................................................................... 277 5.4. Práctica s funerarias ....................................................................................................... 284 5.4.1. Contened or ............................................................................................................ 285 5.4.2. Contex tos primarios versus secundarios ................................ ............................... 289 5.4.3. Marcado r de indiv idualidad ................................ .................................................. 292 5.4.4. Organiz ación espacial ................................................................ ........................... 296 8 5.4.5. Posición y orientació n ........................................................................................... 2 98 5.4.6. Conten ido .............................................................................................................. 303 5.4.6.1. Categ orías artefact uales .................................................................................... 309 5.4.6.2. Funció n ................................................................ ............................................. 315 5.4.6.3. I ndividuos que sobresa len ................................................................................ 317 5.4.7. Gestos funerarios .................................................................................................. 323 5.4.7.1. Man ipulaciones ós eas ....................................................................................... 323 5.4.7.2. Pigm entaciones ................................................................................................ . 326 5.4.7.3. Term oalteraciones ............................................................................................ 327 5.5. Representa ciones ........................................................................................................... 3 29 5.6. Conclus ión .................................................................................................................... 3 37 5.6.1. A m odo de síntesis ................................................................................................ 3 38 5.6.2. Marco g eográfico y diacronía ............................................................................... 339 5.6.3. Dem ografía y condic iones de vida ........................................................................ 340 5.6.4. Práctic as funerarias ................................................................ ............................... 342 5.6.5. Dom inación ........................................................................................................... 345 CAPÍ TULO 6. EL CALC OLÍTI CO .......................................................................................... 351 6.1. I ntroducción .................................................................................................................. 353 6.2. Registro ós eo ................................................................................................................. 353 6.2.1. Local ización geog ráfica y tipos d e yacim ientos ................................................... 395 6.2.2. Cronolog ía radiocarb ónica .................................................................................... 3 97 6.3. Dem ografía .................................................................................................................... 405 6.3.1. Paleop atología ....................................................................................................... 413 6.3.2. Marcado res de violen cia ....................................................................................... 418 6.3.3. Marcado res ocupacio nales .................................................................................... 423 6.3.4. Movilid ad .............................................................................................................. 425 6.3.5. Dieta ...................................................................................................................... 428 6.4. Práctica s funerarias ....................................................................................................... 434 6.4.1. Contened or ............................................................................................................ 434 6.4.2. Contex tos primarios versus secundarios ................................ ............................... 439 6.4.3. Marcado r de indiv idualidad ................................ .................................................. 444 6.4.4. Organiz ación espacial ................................................................ ........................... 448 6.4.5. Posición y orientació n ........................................................................................... 4 51 6.4.6. Conten ido .............................................................................................................. 457 15 INTRO DUCCIÓN 16 Han pasado algo más de cien años desde que el 7 d e Dici embre de 1 914 se estrenara en cines el corto cómico His Prehistoric Past. En él, un joven C harles Chaplin pasea por el parque cuando le sobreviene el cansancio, ante lo que decide tum barse e n un banco y dormir. Un fundido y un as poc as pa labras nos indican entonces que está soñando y que la acción acaba de tr asladarse a l a Prehistoria. Concretamente, al tiempo del jefe (“ K ink”) de la playa „Wakiki‟, fácilmente identificable por la cachiporra que sostiene entre sus manos y po r en contrarse sent ado y rode ado de sus h ermosas esposas mientras contempla cómo otro personaje tro glodita efectúa un baile que prete nde ser ridículo. Tras esta presentación vuelve a aparecer en escena Charlot, aún con el inconfundible bombín pero ya no ataviado con pantalones bombachos, sin o con una piel anudada al hombro que no deja lugar a dudas a cerca de su c arácter d e “ hombre de la s cavernas ” . El parque ha sido sustituido por el campo y él, que no tiene mechero ni cerillas, intenta encender se la pip a friccionando piedras. S u mirada s e dirige entonces hacia la iz quierda de l a cámara y entendemos que se cruza con l a de la muj er del si guiente plano, que mira a la derecha. Inmedia tamente, y como era de es perar, Chaplin queda prendado de ella. Cómo resistir a la belleza. Pero la joven es, en efecto, una de las esposas del jefe y el conflicto estalla. Durante los si guientes q uince mi nutos asistimos al enfrentamiento entre ambos hombres, su reconciliación, un nuevo combate y el triunfo final de nu estro prota gonista, que se convierte en jefe (“now I‟m the K ink”) y se queda con la(s) chi ca(s). Será por poco tiempo, puesto que el destronado recobr a rápidamente la vitalidad, coge una piedra enorme y golpea con ella en la cabeza a Chaplin, quien despierta en el parque intentando inconscientemente def enderse de la porra de un policía. Los bancos no son para dormir. Salvando las debidas distancias, los discursos ge nerados sobre la Prehistoria han sido durante mucho tiempo similares a este His Pre historic Past. El pasado prehistórico ha sido el de ellos, no el de ellas, y a menudo los libros lo han explicado a partir de los liderazgos mas culinos, los enfrentamientos entr e los hombres o el intercambio d e esposas. Man Makes Himself se titula originalmente la clásica obr a de Gordon Childe, constituye ndo un ejemplo de que el re lato construido sobre el pasado ha hec ho que entendamos la (pre)historia como a lgo “que ha ocurrido a las mujeres, mi entras que los hombres han hecho que ocurra” ( Sorensen, 2000: 17). La irrupción del Feminismo en Arqu eología en las décadas d e los 70 y 80 del siglo XX ha contribuido notablemente a modificar esta imagen, poniendo el ac ento en la necesidad de situar a las mujeres como sujeto activo del desarrollo social y cultural al mismo nivel que los hombres. Además, ha cuestionado la asociac ión de estereotipos, 17 tareas o esferas simbólicas a las mujeres y v arones del pasado, señaland o sesgos y desvelando apriorismos que no se sustentan en ninguna bas e empírica. La investigación arqueológica en su conjunt o se ha visto claramente beneficiada por la llegada y consolidación de este enfoque, y el conocimiento que tenemos ho y d e la Prehisto ria es más completo y más real que antes. Sin embargo, queda aún un largo camino por recorrer tanto fuera como dentro de nuestras fronteras. En Es paña son numerosos los t rabajos que abordan las relaciones d e gé n ero o la desi gualdad sexual en la Prehistoria, pero h abitualmente a través de aspectos particulares como el arte (Escoriza-Mateu, 2002; Olària Pu yoles, 2011) , las práctica s funerarias (Prados Torreira et al. , 2012; L iesau von L ettow-Vorbeck et al. , 2015) o las actividades de mantenimiento ( Montón-Subías y S ánchez-Romero, 2008; Alarcón García, 2010a y b). Por el contrario, resultan todavía escasos los intentos por analizar la vida de las muj eres y lo s hombres como sujetos gene rizados desde una metodología holística y a escalas geo gráficas y t emporales de mayor amplitud que la que presentan los límites físicos y cronológicos de un único y aci miento. Esta Tesis Doc toral parte del convencimiento de que es posible rebasar tales límites y de que las mujere s del pasado tuvi eron un papel relevante e n ta nto que mitad de la humanidad. Es consecuencia directa de quienes no se conformaron con His Prehistoric Past y dedi caron su esfuerzo, su ti empo y su entusiasmo a construir un espacio en los libros que hablara también de Her Prehistoric Past y que nos hiciera a todas y todos más consci entes no sólo de lo que se dice, sino sobre todo de lo que no se dice y de las razones d e tales sil encios. En el ámbito acadé mico p ersonal, tiene sus bases en el T rabajo Fin de Máster “Disimetría sexual en la Prehistoria de Europ a: aproximación desde los contextos funera rios del Paleolítico Superior”, dirig ido por Assumpció Vilá Mitjà y presentado en la Univers idad Autónoma de Barcelona en 2012. Durante el ti empo de r ealización de esta Tesis D octoral, h aber c ursado la L icenciatur a de Antropolo gía S ocial y Cult ural en la Unive rsidad de Sevilla, así como la realización de sendas estancias de investigac ión en la Maison de la Archéologie et Ethnologie René-Ginouves (CNRS -Nanterre, Francia), du rante los meses de S eptiembre y Diciembre de 2015, y el Institut für Ur-und Frühgeschichte und Ar chäologie (Tübingen, Alemania), entre Octubre de 2016 y Enero d e 2017, también han supuesto una influencia clara e n el des arrollo y finalización del trabajo que aquí se presenta. En el seno del Grupo de Investigación ATLAS -Territorios y P aisajes en l a Prehistoria Reciente de Andalucía, este trabajo da continuidad a una línea de investigac ión en Arque ología Feminista y /o de Género iniciada por Olga Sán chez Liranzo con la realización de la Tesis Doctoral que lleva por tí tulo Planteamientos Feministas para la Praxis de una Arqueología Social. Un Análisis Crítico de la Historiografía Marxista. 18 Recogemos, por tanto, e l testigo de las Arqueologías Feminista y de Género, y espera mos con esta Tesi s Doctoral colaborar en la producción d e un análisis científico que nos explique también a nosotras, y que nos p ermita entender de qué manera hemos llega do a la situación act ual. Conscientes d e los avances pero también d e las carencias, proponemos un análisis macro a nivel de l a penín sula Ibérica a p artir de tr es ámbitos: la demografía , l as prácticas funerarias y las representaciones artísticas, en una horquilla cronológ i ca igualmente extensa que abarc a desde bandas cazadoras -recolectoras hasta comunidades sede nt arias de economía agrícola-ganadera. La metodología multi-variable planteada amplía el enfoque d e los trabajos realizados hasta ahora en la medida en que considera un ma yor núme ro de indi cadore s y permite la elaborac ión de hipótesis a gran escala. Mientras que las variables del primer grupo (demografía) nos revelan las condiciones de vida d e los sujetos, las del segundo (registro mortuorio) y t ercero (grafías) nos informan acerca de las c aracterísticas sociales de su existencia y su cosmovisión, abriendo una vía pa ra aprox imarnos al comportamiento humano a través de la contrastac ión necesaria del segundo y tercer grupos con el primero, ú nico directamente vinculado con los individuos . En ese sentido, la propuesta m etodológica se p erfila como un intento preliminar de una futura y deseable “teoría de alcance medio” para el análisi s de las relaciones de gé nero y el estudio de las desigualdades entre hombres y mujeres, potencialmente aplicable a distintas regiones y períodos y a partir de la q ue avanzar en el conocimiento de la complejidad social en la Prehistoria. Hemos dividido el texto en se is capítulos. En el primero se abordan la justificación del tema escogido y los problemas derivados del estudio del pasado. Además, se realiza un breve recorrido por las n umerosas propuestas antropológicas y arqueológica s existentes en torno a la cuestión del origen de la desigualdad sexual y se plantean los fundamentos teóricos sobre los que de scansa este trabajo. En el segundo capítulo se exponen los criterios de selección d e la muestra, distinguiendo por period os, y s e detalla la metodología aplicada , dividida en los tres grandes bloques cita dos previamente: de mografía, prácticas funerarias y repre s entaciones. Pa ra c ada uno de ellos se plantean y razonan las va riables de estudio, que suman un total de 15: razón de sexo, dieta, movili dad, patologías, marcadores d e violencia y marcadores ocupacionales en lo que r especta a las bioarqu eológicas; tipo de contenedor, inhumaciones pri marias o secundarias, marcador de individualidad y asociación con inf antiles, or ganizac ión espacial, orientación y posición, contenido y ge stos fu nerarios en el grupo relativo a las prác ticas funerarias; aproximaciones cuantitativa y c ualitativa en las representaciones. Asimismo, se indica n las pruebas estadísticas de c ontr aste de las hipótesis y el modo en el que se h an recopilado los datos. 19 Los capítulos tres, cuatro, cinco y s eis están ded icados al análisis del pr oblema: las diferencias entre muj eres y homb res en la P rehistoria de la p enínsula Ibérica a partir de los ítems indicados previamente. El orden se guido es cronológico. Los capítulos 3 y 4 se dedican a las sociedades cazadoras y recolectoras del Paleolítico Superior y d el Mesolítico, respectivamente, mientras que en los capítulos 5 y 6 nos centramos en las poblaciones del Neolítico y la Edad del Cobre, ya en la Prehistoria Reciente. En todos ellos se ofrecen va loracio nes independientes con respecto a la etapa en cuestión. Por último, las conclusione s generales ofrecen una panorámica diacrónica y una valoración global del trabajo realiz ado de cara a futuras ap roximaciones y con el objetivo que la lectora y el lector puedan ten er un a visión de conjunto sobr e las muje res y hombres qu e conformaron las sociedades de la Prehistoria de la pe nínsul a Ibérica. 20 21 INTRO DUCTION 22 23 Over one hundred y ears have passed since the short comed y film “His Historic Past” was first shown in cinemas on 7 th December 1914. In the film, a young Charlie Chaplin is strolling through th e park when he is overcome b y tiredness and de cides to lay down on a bench and sleep. A fade to black and a f ew words indica te that he is dreaming and the action has shifted to Pre history . Specifically, to the time of the king (“Kink”) of Wakiki beac h, easil y identified b y th e club in his hands and for finding him sat surrounded b y his beautiful wives while h e watches another troglodyte perform a dance which is intended to be f oolis h. Following this displ ay, Charlot once again appears on the scene, still wearing his unmistakable bowler hat but no longer in his breeches, but rather wearing a hide knotted at the shoulder, leavin g n o room for doubt about h is character as a “cavema n”. T he park has been replaced b y countr y side and with neither a lighter nor matches, he tries to light his pipe b y striking stone s together. His gaze then wanders to the left of the camera and we gather that his e yes m eet with those of a wom an in the n ext fram e, who is looking to the right. I mmediatel y , and as expected, Chaplin is hooked. How can he resist such beauty ? However, the young girl is, in effect, one of the king‟s wives and the conflict beg ins. Over the next fifteen minutes, we witness the struggle between the me n, their reconc iliation, a new fight and the final triumph of the protagonist, who becomes the king (“now I‟m the Kin k”) and he sta ys with th e girl(s). It does not last long, as the overthrown king quickl y recovers his stamina, takes a huge s tone and hit s Chaplin over the head, who w akes up in the park unconsciousl y tr y in g to de fend him self from the truncheon of a policeman. The be nches are not for sleeping. Difference s aside, the d iscourse on P rehistor y has long b een simil ar to “His Prehisto ric Past”.The prehistoric past has been on e of m en and not of women, and often books ha ve desc rib ed it fr om the point of view of male leadership, c onfrontations between men and the exchange of wiv es. “M an Makes Himself ” is the o riginal title o f the classic work b y Gordon Childe, an example of how a tale constructed on the p ast has made us interpret (pre)histor y as something which “has occurred to women, while men have made it happen” (Sore nsen, 2000: 17). The emergence of Feminism in Archaeolog y in th e 197 0s and 80s of XX century has somewhat contributed to chang in g this image , highlighting the need to place women on a par with men as active subjects of social and cultural development. Furthermore, it has questioned the association of stereoty pes, tas ks and s y mbolic spheres with women and men from the p ast, i ndicating bi as and revealing prejudices th at have no empirical foundation. Archaeological research as a whole has clearl y ben efitted from the arriv al 24 and consolidation of this approach and toda y, our kno wledge of Prehistor y is more complete and realistic than pr eviousl y. However, there is still a long wa y to go both in t he Iberian Peninsula and abro ad. There ar e man y papers i n Spain which address gender relations and sexual inequalit y during Prehistor y , however the y usuall y approach the subject matter from specific contexts such as art (Esc oriza -Mateu, 2002; Olària Pu y oles, 2011), funerar y practices (Prados Torreira et al. , 2 012; Liesau von Lettow -Vocbeck et al. , 2015) or maintenance activities (Montón- Su bías and Sánchez -Romero, 2008; Alarcón García, 2010a and b). On the other hand, there are still few attempts to analy se the life of women and men as gendered subj ects usin g a holistic methodolog y and at broader geographic and temporal levels than that which presents the physica l and c hronological limits of a unique site. This Doctoral Thesis stems from the conviction that it is possible to transcend such limits and that women from the p ast pla y ed a significant role as h alf of humanit y. It is the direct con sequence of those who did not conform with “His Prehistoric Past” and who dedica ted the ir time, effort and ent husiasm to making room for “Her Prehistoric Past” in literature, making us more conscious not onl y of what is said, but rather of what remains uns aid and wh y. On a personal academic note, it builds on the master‟s dissertation “ D isimetría sexual en la Prehistoria de Europa: aproximación desde los contextos fun erarios del Paleolítico Superior ” (“Gender Dis s y mmetr y in European Prehistor y : as seen from Upp er Pala eolithic Funerar y Contexts”), supervised by Assumpció Vilá Mitj à and presented at the A utonomous University of Barcelona in 2012. Stud y ing the undergraduate degree in S ocial and Cultural Anthropolog y at the University of S eville as well as und ertakin g rese arch placements at the Maison de l a Archéologie et Ethnolo gie René- Ginouves (CNRS-Nanterre, France) in 2015 and the Institut für Ur-und Frühgeschichte und Archäologie (Tübingen, Germany) in 2016, while working on this Doctoral Thesis clearly inf luenced in its developm ent and finalisation. Within the research group ATLAS-Territorios y P aisajes de la Pre historia Reciente de Andalucía, this works gives continuit y to the line of research on Feminist and Gender Archaeology initiated b y Olga Sánchez Liranzo with her D octoral Thesis Planteamientos Feministas para la Praxis de u na Arqueología Social. Un Análisis Crítico de la Historiografía Marxista . We therefor e take up the testimon y o f Feminist and Gender Archaeolog y and hope that, through this D octoral Thesis, we will collaborate in the c reation of an account which also illustrates w omen, enabling us to u nderstand how w e have re ached the curre nt sit uation. Taking into consideration the advances and also the pitfalls, we propose a macro analysis at I berian P eninsula level, looki ng at three contexts: 31 nacimiento a finales del siglo X IX. Esta carencia -estímulo ha supuesto la adaptación de técnicas ho y empleadas de forma habitual como la datación p or carbono 14, su calibrac ión a través de la dendrocronología, la Arqueometría, el uso de sistemas de información geográfic a ( S I G), los análisis arqueobotánicos o la más reciente aplicación de isótopos estables para los estudios de dieta o movilidad, por citar algunas de las más conocidas. Aunque esto ha permitido mejorar considerablemente la calidad y c antidad de información qu e pod emos extraer del registro arqueológico, las difi cultades que entraña la creación de conocimiento en P rehistoria siguen si endo much as. En relación a ello cabe preguntarse en qué medida es posi ble conocer el p asado, qu é significa el conocimiento del pas ado y si este conocim iento puede considerarse científico, cuestiones que a bo rdaremos a continuación brevemente. El pasado no es , como adelantábamos al comien zo, pero sin duda ha sido , y ha sido de una única y deter minada manera y no d e múltiples ( L ull Santiago, 2007: 20). De ello son muestra los restos arqueológ icos, producto del pasado pero recuperados en nuestro presente, materiales tangible s, palpables, visibles, que nos dan información sobre lo que fueron en el momento de su f abricación y uso. Los restos arqueológicos han vivido antes de nu estra observación, constitu ye ndo precisamente ése su valor, y existen independientemente de n uestra presencia o ausencia (Bate Petersen, 1998: 106). La realidad existe más allá de quien la percibe. En torno a la cuestión de la posibil idad del conoc imiento existen dos grandes debates teórico-filosófic os: el que enfre nta id ealismo y materialismo, y el que se centra en la oposición racionalismo/ relativismo. El posicionamiento en ambos aparece como necesario e ineludible a l a hora de afrontar cualquier investigación. En el primero de ellos, fr ente a la visión idealista que mantiene que el ser h umano, a través de su conci encia, crea el mundo (García S anjuán, 1999: 9), la materialista dirá que no es sino el mu ndo el que está en primer lugar, y qu e “no es la con ciencia de los hombres la que determin a su ser sino, por el contrario, el ser soci al lo que de termina su concienc i a.” (M arx, 1989: 7 -8). La ind ependencia de la ex istencia de la realidad con respec to a qui enes la per ciben es una de las razones que nos obligan a la afirmación de la unicidad del p asado. Nuestro presente es el m ejor argumento par a conf irmar que, en efec to, el pasado ha sido sólo uno ( Lull Santiago, 2007: 19). Que los acontecimientos se hay an sucedido de una única manera y no de varias no ase gur a, sin embargo, que la construcción del pas ado que realizamos en el p resente sea absolutamente fiable y no deje espacio a la duda y la reformulación. Aunque los hechos sean unos en concreto, la interpretación de las causas que c ondujeron a ellos, o la de las cons ecuencias que ge n eraron, puede ser div ersa, lo que nos lleva a la se gunda de las cuestiones planteadas: qué tipo de conocimiento podemos generar. 32 La realidad no es equival ente al conocimiento de l a rea lidad (Bate Petersen, 1998: 55); no debemos perder de vista que el relato que creamos y transmitimos no es ni podrá ser nunca un fiel reflejo de lo que ocurrió. Tal constatación, sin embargo, no debería ser entendida como una declaración de escepticismo, sino de honestidad: es imposible conocer el pasado en s u tota lidad, lo que no significa que no pueda c onocerse en absoluto, ni tampoco que toda interpre tación del p asado sea igualmente válida. Con respecto a lo primero, cabe preguntarse qué es la totali dad y si queremos realmente conocer la totalidad y para qué. El todo, la cosa ínt egra, no consti tuye per se un conocimiento más vál ido o mejor qu e la parte. Interrogarnos acerca d e la necesidad del conocimiento d el to do nos lleva rá in evitablemente a la pregunta: qué que remos conocer. Se nos ex ige a sí definir y justificar nuestro objeto d e estudio. El estudio del pasado en general y del p asado prehistórico en parti cular en ocasiones corre el riesgo de perderse en la búsqueda incesante de información sin preg untarse para qué sirve tal información, qué tipo de informac ión es la relevante y , en c aso afir ma tivo, por qué debemos otorgarle relevancia (Cruz Berrocal, 2009: 32). Es importante diferenciar, por ello, las preg untas princi pales de las secundarias y saber en todo momento cuál es la finalidad a la hora de formular una pre gunta, cuál es el propósit o de nuestra investigac ión y cuál es el objetivo del conocimiento histórico. En nuestra opinión la respuesta es sencilla: el conocimiento hist órico ha de aspirar al progreso social, entendiendo por pro greso no el av ance ad infini tum en un s entido evoluci onista, sino la mejora de las condicion es materiales de la ex istencia de las personas a través de un a comprensión más compl eta de sí mismas/os como sujetos en el mundo, del porqué de su contexto, las causas de e llo y sus posibles cons ecuencias, así como las alternativas qu e existieron y que podrían, en el futuro, existir. No es nuestra intención c on el presente trabajo as pirar al conocimiento del pasado como un todo, cuestión q ue resulta totalmente inviable, sino únicamente al de una p arte concre t a del mismo: la desigualdad sexual en los grupos sociales de la Preh istoria de la península ibérica y, más concretamente, si el r egistro arqueoló gico nos permite o no hablar de diferencias entre las persona s que vivieron en I beria entre el Paleolítico Superior y l a Edad del Cobre. Continuando con lo anterior, e n lo que r especta al segundo de los debates (relativismo versus r acionalismo), la controversia se presenta como una o posición entre quienes consideran que l a realidad ex iste independientemente del ser hum ano y qu e ésta se ri ge por determinadas le ye s que pueden ser descubiertas y explicadas a tr avés d el método c ientífico (r acionalismo), y quienes considera n que no es posible un conocimiento objetivo de la realidad (r elativism o). Es decir, mientras que el racionalismo (autores como Popper, Bunge , Hempel, L akatos) defiende la existencia de criterios universales y, en relación a éstos, define el conocimiento como c ientífico o no 33 científico, el relativismo (Kuhn, Foucault, Fe y er abend) postula que tales criterios universales no ex isten, y que el conocimiento que se genera no es real, sino que ha sido crea do por el ser human o a partir de una serie de reglas lógicas. En su propuesta, el relativismo concede al indi viduo un peso clave a la hora de elaborar conocimiento y concluye que, puesto que todo indi viduo es subj etivo, necesariamente la ciencia h abrá de ser igualme nte subjeti va. Encontramos, además, una diferencia importa nte en lo qu e se r efiere a la conceptualización de la relación entre las distintas teorías. Por una parte, el racionalismo establece jerarquías entre las distintas teorías, considerando unas como verdaderas y otras como falsas, en fun ción de la adaptación de éstas a los criterios universales. Tales criterios son, básicamente, dos: la consistencia lógico- formal de l a teoría, es decir, que ésta no tenga contradicciones en sí misma; y la consistencia empírica, que la propuesta hay a sido contrastada a través del método cie ntífico ( ya se a induc ción o método hipotético-deductivo). Sobre este último punto cabe, además, hacer una nueva diferenciación entre quie nes postulan que la contrastación puede permitirnos verificar una teoría, por una p arte, y quien es postulan que una teoría científica nunca p uede considerarse verdadera, si no como máximo "no refutada" (falsacionismo popperiano). Por otra y fr ente al racionalismo, el relativism o argumenta que la distinció n entre teorías verdaderas y falsas es arbitraria , y a firma que no es posible considerar unas como mejores a otra s o vi ceversa. Aunque ambos grupos aparec en h abitualmente como bloques homogéneos, en realidad no lo son. Tanto en el primero como en el segundo exist en importantes discrepancias entre los d istint os autores/as, gradaciones de relativismo y racionalismo que deben ser tenidas en cuenta, tales como el anarquismo epistemológico de Paul K . Feyerabe nd o el positivismo lógico (Garc ía Sanj uán, 1999: 3 -5). Así, l a perspectiva relativista, en su ve rsión más ex trema, puede llevarnos a un callejón sin salida: bajo la presunción de que todo conocimiento es igualmente válido o, lo que es lo mismo, de que ninguno lo es, ¿para qué elabo rar conocimiento? L a imposibilidad de valorar de forma jerarquizada distintas proposiciones en relación a su validez explicativa nos conduce, no sólo a la inactividad, sino tam bién a la potencial just ificación de planteamientos que, directamente, atenten contra el progreso soci al en los tér mi nos en los que lo hemos definido previamente. Con respecto a la propuesta r acionalista, ésta puede llegar a caer en la obsesión del dato po r el dato, olvidando la necesidad d e articular una propue sta ex plicativa integ ral. Por otra parte, y si bien no compartimos los plantea mientos relativistas por las cuestiones y a mencionadas, sí valoramos positivamente la crítica que el relativismo ha permitido elaborar con respecto a la universalidad y objetividad del conoci miento que el racionalismo dice producir. Nos referimos en concre to a l a crítica feminista al 34 racionalismo. En ese sentido, ni “las preguntas que la ciencia plantea [ a través de los/as investigadores/as] son inocentes” (Cruz Berrocal, 2009: 32), ni quienes se encuadran a sí mismos /as en el racionalis mo están fuera del mundo ni son agentes ex ternos a un contexto social, por lo que cabe considerar la posi bilidad de que “las reglas del „ método raciona l‟ enmascaren un sesgo mas culino con un manto de objetividad ” (Johnson, 2000: 70). Sin embargo, alcanzar una mayor objetividad sin caer en el androcentrismo no pasa, en nuestra opinión, por ne gar l as posibilidades del conocimiento c ientífico y adoptar una postura rel ativista, sino por la mejora del método bajo un paradigma racionalista que tenga en cuenta ta mbién la influencia del contexto y la subjetividad del investigador/a. Aunque h emos de ser conscientes de que nuestro conocimiento siempre es limitado y mejorable ello no implica necesariamente la imposibilidad de alcanzar cualquier grado de certeza (Artigas, 2006: 82). Frente a las críticas d el relativismo, ¿cómo defender la v eracidad de un enunciado? Siguiendo a Most erín (1973: 460 - 4 62), diremos que podremos comprobar la veracidad d e un enunciado en cuatro c asos: en el caso de que el enunciado s ea analítico y su verdad sól o dependa de su propia gramática y semántica; si nos es posi ble comprobar personalmente y de forma directa su v eracidad; si es un teorema o enunciado válido de una teoría científica que esté vigente e n el presente y , en consec uencia, aceptado por la comunidad científica; y , por último, si ha y t estimonios fiables de que t al enunciado sea cierto. En lo que respec ta a l as ex plicaciones que podamos elaborar sobre tiempos pretéritos, habremos de considerar especialmente (aunque no sólo) el ú ltimo de los casos: la presencia de tes timonios fiables. Cómo saber si un testimonio es o no fiable en el caso concreto que nos ocupa será una cuestión que discuti remos más adelante, tanto en el ap artado 4.3. d el presente capítulo como en el conjunto del C apítulo 2, donde se propondrán y justifica rán las variables a considerar en este trabajo de investigación. 1.1.2. Dificultades en la cre a ción del conocimiento científico. Tomar como punto de p artida la afirmación de que el pasado ha ex istido de una única forma, si bien nos sit úa en la posibilidad de conocer, en general, y de conocer el pasado, en pa rticular, no indica n ada ac erca de c ómo llevar a cabo t al em presa. Son la perce p ción y los método s de observación los que posibilitan tender un pu ente desde el pasado, a través d e los restos d el mismo, hast a nosotras/os. Porque lo s percibimos podemos conocerlos. Pero como comentábamos previamente hemos de tener en cu enta que nuestra percepción vendrá siempre determinada por los métodos de observación y por los objetivos de la i nvestigación. Investigaremos lo que queramos investigar o lo que nos pidan investigar, y esa primera selección del ámbito de estudio siempre responderá a un condicionamiento. Toda respuesta posible requiere de una pregunta 35 formulada p reviamente o, en otras palabras y a la inversa, no se encuentra lo que no se busca (Watson et al ., 1987: 128). La distancia que el investigador/a mantiene con r especto al objeto de estudi o no es neutra, no sólo porque nuestra investigación - toda investigac ión en definitiva - necesita de un pl anteamiento p revio que es uno, y no varios y, en conse cuencia, viene determinado, sino también porque percepción implica interacción, pudiendo producirse una influencia d e quien percibe sobr e lo percibido y viceversa. Esta situación se complica cu ando el objeto de estudio y quien estudia son la misma cosa: el ser humano. Así, “ e l conflicto social conforma y perfila a la C iencia Social con una serie de connotaciones qu e dist inguen su desarrollo en los niveles epistemoló gico y t eórico del desarrollo d e la Ciencia Natural” (García Sanjuán, 1999: 2). A ello se deben en bu ena medida las resistencias que habitualmente muestr an ciertos sectores – especialmente los vinculados a las Ciencias Naturales -, a la hora de denominar científico al conocimiento que se produce sobre lo humano. Tales críticas ol vidan que es el método, y no el objet o ni el ámbito de estudio, el que permite o no calific ar el conocimiento de científico o no - científico, así como ha bl ar o no de ciencia. Porque, ¿qué se entiende por ciencia? Si atendemos a las definic iones que del concepto de ciencia pudieran ha cerse nos encontr aríamos con, por ejemplo , la que alude al "conjunto d e conocimientos obtenidos mediante la observación y el r azonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y le yes generales" (RAE), o l a que señala el “c onjunto de conocimientos que al guien tiene, adquiridos por el estudio, la investi gación o la meditac ión ” (María Mol iner). Etim ológicamente, nuestra palabra cien cia proce de de la voz latina scientia , es decir, “ conocimiento ” , mientras que su equivalente en griego clás ico, episteme , nos estaría hablando, simplemente, del “saber rigur oso” (Mosterín, 2000 : 12). Si bien la Arqueología o la Prehistoria/Historia, tal como e nuncia la p rimera definición, no están actu almente (ni lo pretenden en muchos casos, que es lo realment e problemático) en condiciones de ofrecer un a únic a ex plicación en forma d e “principios y le y es genera l es” equivalente a las que elaboran otras disciplinas como la Física o las Matemáticas, sí ti enen la capacidad d e produ cir ex plicaciones potencialmente ap licables a una variedad importa nt e de casos o, al menos señalar el camino que debe seguirse para ello. Podemos pensar, por ejemplo, en las pro puestas e x plicativas en re lación a la transición del Paleolítico/Mesolíti co al Neolítico, a los comienzos de la es critura o a la transformación del sistema económico feudal al capitalismo. Por otra p arte, si dirigimos nuestra atención a la segunda de las definiciones tendremos que concluir que, en este caso, tanto la Arqueología como la Historia cuentan con un g ran vo lum en de conocimientos elaborados como consecuencia del estudio, la investigación o la meditación, pudiendo adquirir ambas en tal caso la condición de ciencia. 36 S i continuamos ley endo las dist intas acepciones que para la palabra “ ciencia” nos ofrecen ambos diccion arios mencionados previamente, nos encontraremos con la más específica de “ciencias humanas”. La RAE se refiere a ellas así: “l as que, como la psicología, antropolo gía, sociología, hist oria, filo sofía, etc., se o cupan de aspectos del hombre no estudiados en las ciencias naturales", y la de María Mol iner: “las que, a diferencia de las naturales, estudian hechos dire ctamente relacionados con el hombre, a menudo difícilmente medibles.” Dejando de lado el evidente androcentrismo de a mbas definiciones, qu e s e tratará convenientemente en un apartado posterior, resulta llamativo que se e stablezca una oposición tan clara entre ciencias humanas y naturales. Implícitamente se muestra una concepción de las naturales como las verdaderas ciencias, quedando las socia les o humanas en una segunda posición con respecto a aquéllas. ¿A qué obedece esto?, ¿ cuál o cuáles son los moti vos? Podrían apuntarse al menos tres: la variabilidad del comportamiento humano, la dificultad de aislar y controlar las distintas variab les que interfiere n en la condu cta de las personas y la imposi bilidad de encontra r una intermediación totalmente neutral entre objeto de estudio y sujeto que estudia, esto es, el conflicto social sub y acente a tod a investi gación enmarcada en las Cien cias So ciales (García Sanjuán, 1999: 2) que mencionábamos con anteriorida d. La variabilidad del comportamiento humano y la inexist encia, a pesar de los intentos de demostrar lo contrario (evolucionismo), de una única línea evolutiva posible que permita explicarlo, d ificultan un análisis del d esarrollo de los grupos sociales en los mismos términos en los que s e realizaría la in vestigación en torno a l o natural, no afec t ado del mismo mo do por las variables d e orden antrópico. S i bie n el contexto condiciona el núme ro de opciones convirtiéndolas, en últ ima inst ancia, en finitas, éstas son a menudo tan numerosas y dif erentes entr e sí que complican sobr emanera el estudio de las causas y las consecuencias de las acciones en términos universales (las numerosas formas de const ruir los gé n eros de los distintos grupos humanos son buen ejemplo de ello). Pero esto no significa, sin embargo, qu e e studios centrados en grupos sociales concre tos no puedan proporcionar inform ación fiable en alto grado, como han demostrado algunos de los recientes ej ercicios de aplicación de pro gramas informáticos de simulación social al pasado humano (Vila Mitjà et al ., 2010: 202). Con respecto al análisis de las posibles variables - condicionadas a su vez por esta diversidad de conductas que mencionábamos ante riormente -, las causas de la dificultad de tal empresa no debemos buscarla s tanto en l a complejidad d e los grupos humanos, como en la dificultad d e aislar las dif erentes va riables y experimentar con ellas. Porque el pasado y a no existe no son p osibles las comprobac iones por repetición, aunque s í podemos proponer explicaciones, experimentar con los restos o recrear las condiciones en las que habrían vivi do los grupos humanos y, en función de tal experimentac ión, 37 contrastar distintas hipótesis y a vanzar en el conocimiento. S i bien es innegable que existen ciertos umbrales imposibles de superar ( Mosterín, 1999), diremo s en términos ge n erales que los lí mites no los marca tanto el registro como nuestr a propia capacidad de analizarlos, es decir, los instrumentos de observación (Watson et al ., 1987: 42). La multi causalidad de los procesos sociales, por último, provoca a menudo que dos o tres propuestas te óricas estén en condiciones de responder el mismo número de interrogantes, con lo que escoger cuál de ellas es más valida que otra s u ele llevar al investigador/a a un callejón sin salida. El problema aquí no reside tanto en la dificultad de encontrar una única ex plicación, como en la de entender que no ha y una explicación única y universal para un a amplia variabilidad de contex tos, con lo que la problemática de partida resulta, senc ill amente, falsa (Clarke, 1973:15). Así, nos vemos en la obligación de afirmar que no , no es posible en la ma yoría de los casos una explicación única y universal, si bi en ello no si gnifica que no sea posible plantear hipótesis que nos acerquen a una m ejor comprensión de los hechos o a establecer principios genera les con los que estudiar el comportamiento humano desde una perspectiva amplia. Postulados que posteriormente habrán de s er c ontrastados en cada caso concreto. La cientificidad, por tanto, y la validez del conocimiento que cree mos en torno al pasado tendrá que ver con el respeto o no al método, la contrastac ión d e nuestros planteamientos iniciales y la capacidad de nuestras propuestas para responder a los interrogantes y las críticas que se le for mulen. Además d e ello, tradicionalmente se ha acusado a qui enes s e d edican a l a investigac ión en torno a las Ciencias Sociales de no tener una actitud neutral con respec to a su objeto de estudio, convirtiendo u na s explicaciones que h abrían de ser objetivas en subj etivas, y restando así calidad y validez a las mismas. En este sentido, el problema reside no tanto en la neutralidad o no d e la cienci a, cuestión qu e nos parece una entelequia, (Johnson, 2000: 12) , como en el énfasis y el empeño mostrado por algunos y algunas en d efender tal posibilidad – la de que el conocimiento esté, en efec to, d esvinculado de quien lo produce -, que niegan de forma rotunda las posiciones ideológicas implícitas e n su ámbito de estudio y acusan, paradójica m ente, a quie nes ofrecen resultados opu estos de estar fuertemente politiz ados/as. La neutralidad exist e para todas l as person as que se dedican a la investigación o no exist e par a ninguna. En nuestra opinión, más probablemente lo segundo. Toda creación de conoc imiento está condicionada, en última instancia, por e l contexto sociohistórico en el que se encuentre la p ersona o pe rsonas que lo producen; la neutralidad es una quime ra (Hernando Gonzalo 1992: 13; Moncó Rebollo, 2011: 45). O, citando a Simone de Beauvoir: “Sin duda, es imposi ble tratar ningún prob lema humano sin tomar partido” (2008: 62). Así, realiz ar una declarac ión d e principi os teóricos al 38 comienzo de cada estudi o sería asumir, honestam ente, que no sólo l a elección del tema, sino también del paradigma escogido, r esponden a criterios subjetivos (Bate P etersen, 1998:32; Cruz Berrocal, 2009: 32) que precisamente por ello deben ser argumentados convenientemente, en pr imer lugar, e integrados en una teoría del conoci miento cu y os métodos de observación y procedimientos de análisis permitan un conocimiento científico, después. El silenc io no supone neutralidad ni objetividad, ni implica más que eso mi smo: silencio. Esta pretensión de objetividad y la falsa universalidad del sujeto que estudia han sido en numerosas ocasion es ya debida y eficazmente demostradas (Amorós, 1985: 25), por lo que no creemos necesario detenernos más aquí. Como decíamos, el resultado del análisis dependerá en cierta medida pero no sólo del enfoque teórico del q ue se parta. En la medida de lo posible éste no debería impedir enunciar interrogantes de diverso tipo si se les pretende dar respuesta. A menudo sucede que no disponemos de explica ciones para determinadas cuestiones; cabría preguntarse si uno de los motivos de tal situación no e s sino no habe rnos para do a formular l as preguntas adecuadamente (Vila Mitjà, 2011: 20). L os inte rrogantes ex presados estarán, qué duda cabe, también condicionados por nuestra experiencia previa (Kuhn, 2006: 215), por lo que p ensar p osibili dades a partir d e otros presupuestos de partida será siempre un ejercicio recomendable. Con objeto de alcanzar una reflexión más coherente, cu estionar si l as p osibles explicaciones que estamos proponiendo responden más a visiones del presente que a la información que se extrae realmente de los restos materiales del pasado ta mbién ha d e ser una constante. El presentismo en a rqueología es, d esgraciadamente todavía, una práctica h abitual incluso por parte de nombres d estacados en la investigación ( ver por ejemplo Arsuaga Ferreras y Baquedano P érez, 2013: 28 -29), tanto a partir de nuestra propia realidad, como a partir de realidades que, aparentemente, son parecidas a las que pudieron haber ocurrido en el pasado. En este sentido, las analog ías etnográfica s suponen un arma de doble filo (Kelley y H anen, 1988: 257), pues si bien es cierto que tienen la capacidad de ayudarnos a pensar en grupos humanos del pasado que hubieran presentado similares características a algunos de los actuales, ello no no s puede ha c er olvidar que los procesos por los que han pasado l os últimos son radicalmente diferentes de los que condicionaron a los primeros. Es precisamente esa una de las r azones por las que son presente y no p asado. Los grupos cazadores y re colectores que existe n en la actualidad en distint as regiones del mundo no son paleolíticos. Esto, que pudiera parecer una obviedad, a veces se olvida. La viabilidad o no de las analogías etnográficas deberá establecerse y argumentarse convenientemente en cada caso. En se gundo lugar, lo más relevante no es si utili zamos o no analogías etnográficas para formular las hipótesis, sino si estas hipót esis están contrastadas en el registro (Watson et al ., 1987: 70) pues de lo contrario no servirán. Las analogías en sí mi smas 39 no prueban nada (Metcalf y Huntin gton, 1991: 18), y deben emplearse al comienzo del proceso de inv estigación, no al final. En consecuencia con lo anterior, no sólo es deseable y necesario el conocimiento del pasado, como apuntábamos al comienzo, sino que también es p osible, aunque hemos de ser c onsci entes d e l as dificultades que entraña su p roducción. Responder a qué conocimiento, por qué o para qué será lo que nos lleve a plantear la necesidad de realizar cie rtas investigaciones y r echazar otras. En los apartad os siguientes explicaremos el por qué de la investigac ión que aquí se lleva a cabo, el planteamiento teórico sub y acente, nuestra propia propuesta teórica o las aproximaciones que diversas investigadoras e inve sti gadores han realizado en torno a este tema anteriormente. 1.2. ¿Por qué un estudio sobre desigualdad sexual? La s mujeres viven, en to do el mundo, en situación de desigualdad con respecto a los hombres. Mul titud de estadísticas, informes, proy ectos, trabajos de i nvestigación, etc., r ecogen situaciones objetivas de discriminación por razón de sex o (Global Gender Ga p Report 2006 en adelante). Desi gualdad s alarial, feminización de la pobreza, violencia sexual, acoso labora l o repre s entación cosificada de las mujeres en los medios de comunicación, son alg unos d e los asp ectos en los que esta disc riminación se manifiesta. La entidad d e la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres ( ONU Muj eres) y multitud de o rganismos, tanto internacionales como nacionales 1 proponen medidas para atajar es te p roblema . La discriminación posi tiva, la política de cuotas o la lucha a nivel internacional contra la trata de mujeres con fines de explotación sexual son sólo algunos e jemplos. Ante un problema de tal envergadura no es f ácil encontrar solucion es a l a a ltura y, au nque han sido mu y importantes los avances conseguidos en las últimas déc adas (sufragio e n el conjunto de los países con derecho a voto , acceso a la educación, divorcio, aborto, etc.) 2 , aún queda mucho por hacer. Como ejemplo de ello podemos hacer alusión al tercero de los ll amados Objetivos de Desarr ollo del Milenio, a los que se pretendía llegar en el año 2015 - sin duda en un alarde de entusiasmo e ingenuidad a partes iguales - , centrado específicamente en promover la igualdad entre los géneros y el empoderamie nto d e la mujer 3 , y que h acía especial hincapié en la importancia d e la educación. A pesar de es te acuerdo, a día de ho y existe una importante diferenc i a en la 1 http://www.insti fem.com/dire ctorio -feminis mo-categorias/ 2 Estos derec hos, no obstante, no se han lo grado de form a u niversal, y en gran número d e p aíses (Arabia Saudí, Afganistán o Irak por citar algu no s de los casos más san grantes) las mujeres siguen siendo consideradas eter nas menores d e edad y estan do subor din adas a los hombres. 3 http://www.un.or g/es/millenniu mgoals/gender.sh tml 40 tasa de alfabetización entre hombres y mujeres , con cif ras d e población masculina no alfabetizada e n torno al 2 0% frente al 60% de la femenina (UNESCO) 4 . Actualmente, las muj eres de todo el mundo se enfrentan, en dife rente m edida, a una discriminación que podríamos clasificar en cuatro tipos diferenc i ados. Económica, al no dispo ner de los mismos recursos que los hombres, recibiendo un sal ario inferior y teniendo un menor a cceso a puestos de media y alta cualificación (la lla mada bre cha salarial); política, estando infrarr epresentadas en los órganos de tom a de decisiones ; sexual, sufriendo violencia, abuso, explot ación y mutilación; y simbólica, habiéndose crea do sobre ellas un discurso que las hace inferiores y las cosifica ( “Convertir a un ser humano en cosa es el pr imer paso para la viol encia injustif icada contr a esa persona”, Kilbourne, 1979), sustento y justificación ideológ i ca de las desigualdades materiales. Estas cuatro c lases de discriminación que he m os mencionado, y que podrían subdividirse en dif erentes apartados, están conectadas entre sí. Todas se in terrelacionan y r etroalimentan, por lo que la solución al probl ema de la desigualdad entre los géneros pasa ne cesariamente por propone r modelos alternativos a las sit uaciones que causan todas ellas. Así, pretender combatir la viol encia sexual sin educar en modelos de conducta alternativos a los tradicionales, o aspirar a una sit uación de igualdad en la repre s entación d e muj eres y hombres en los distint os planos de la sociedad sin entender y aspi rar a modificar la invisibi lización que las primeras han sufrido a lo larg o de la Historia, entre otras muchas cuestiones, nos parece una contradicción. La violencia simbólica no es tan p alpable como la física, pero está ahí y actúa como su sustento (Bourdieu, 2000: 12), pues ti ene que ver con la forma en que las personas perciben y se repre sentan el mundo y a sí mismas, actuando luego en consecue n cia. L a alteridad de las mujeres (De Be auvoi r, 2008: 50), el conformarse como lo otro en el mundo, tiene sin duda relación con esta violencia simbólica: la invisibilidad histórica , la ausencia de modelo s no tra dicionales, el mantenimiento de estereotipos, la conformación de las muj eres como lo pasivo, lo inmóvil, lo que está abajo, húmedo o frío, frente a lo activo, lo móvil, lo que se encuentra arriba, que es seco, cálido ( Bourdieu, 2000: 31), ha cen que lo cultural parezca natural, e imposibilita el cambio. Para la mejora de las condiciones de vida de las mujeres, y entre otras muchas medidas n ecesarias, es imprescindible la tom a de conciencia por parte de estas de que son sujetos activos en el mundo, en el presente, en el futuro y, por supuesto, que lo fueron en el p asado. No se puede cambiar el futuro si no se conoce el presente, y no se conoce el pres ente si no sabemos qué ocur rió en el pasado y qu é nos tr ajo hasta aquí. Creemos firmemente, q ué duda cab e, qu e ha y que reinventar el futuro (Fontana i Lá za ro, 1982: 262). 4 http://www.unesco.o rg/educatio n/uie/confi ntea/pd f/3a_span.p df , p . 7. 47 debate entr e “patriarcalistas” y “matriarcalistas” que tendrá lu gar en las d écadas de los 60/70 y que, para algunas, aún no está cerrado (Escoriza Mateu, 2007: 203). De modo similar a los a utores ya mencionado s, el antropólog o in glés Lewis Henry Mor gan (1987) in tentará c ategorizar las di stintas formas de or ganización social posibles a través de la t e oría del parentesco. Así, las dist intas modalidades de la gestión de las r elaciones s exuales entre mujeres y hombres (promiscuidad, matrimonio punuluano, sindiásmico, patriarcal y monogámico) habrían ido modificando paulatinamente la or ga n ización social desde cierto igualitarismo hasta la opresión patente. Así, al estado matriarcal inicial le habría sucedido el patriarcal. L a evolución propuesta por Mor ga n no se entiende como natural y necesaria p ara alcanzar el status de civilización, en oposi ción a Bac ho fen, McLennan o Maine, sino consecuencia de un proceso histórico y po r t anto social. Por este mo tivo influirá de forma decisiva en El Origen de la familia, la propiedad privada y el estado. A pesar de que la obra de Engels (2003) vería la luz en 1884 es aún ho y , a pesar de su antigüedad, una de las más conocidas en torno a la cuestión de los comienzos de la desigualdad entre hombres y muje res, así como entre clases. Esto da cu enta, por una parte, de la vigencia, al menos en el ámbito académico y en sectores situados políticamente a la iz quierda, del pensamiento marxista; por otra, de la incapacidad de quienes nos/se dedicamo s/dedican a la investigación a la hora de transmitir las nuevas propuestas teóricas a la s ociedad. Si bien El origen de la famil ia, la propiedad privada y el estado ha sido ya debidamente criticado, ta nto por quienes comparten las bases de su propuesta ( Leacoc k, 1983; Sacks, 1979), como por quienes consideran que sus plante amientos iniciales son erróne os (Ortner, 1979; R osaldo, 1979), a él le d ebemos el primer intento serio por dar una explicación a la situación de ex plotación de las mujeres por los hombres, así como a la desigualdad entre clases. P ara Engels, la división se x ual del trabajo, a d iferencia de lo que opinaría Marx, responde a causas sociales, y no naturales. Ésta, junto con la propiedad privada y el matrimonio monógamo serían los puntos de partida de la opresión de las muj eres. La aparición de la p ropiedad priva da fun cionaría como un detonante para establec er, por parte de los hombres, el control de la sexualidad femenina, poniendo fin al derecho materno y d ando un carácter históri co - la gran derrota hist órica del sexo femenino en todo el mundo (Engels, 2003: 102) – y por ende, cultural, a la problemática. La confluencia de la propiedad privada, la familia y el estado pondrían punto y final a l salvajismo y darían paso a la civilización, a la sociedad de clases. En consecuencia con lo anter ior, para el pensador alemán la eliminación de la propiedad privada vend ría necesariamente aco mpañada de la igualdad plena entre 48 hombres y mujeres. Se v inculan de esta form a la explotación de clase y la de género, asociación en la que la segunda (de género) queda supeditada a la primera (de clase). Enge ls inició así un gran debate que aún ho y sigue vigente en ciertos círculos y que ha contribuido en bu en número de ocasiones al claro enfrentamiento entre marxismo y feminismo. Desde una perspectiva tambi én marx ista encontramos ot ros autores y autoras que deben mencionarse, al menos rápidamente, co mo Auguste Be b el (1980) o Alexandra Kollontai (1976). El escritor y político socia ld emócrata alemán hizo un e studio en profundidad, por primera vez centrado en exclusiv a en la mujer, en el que defendió la igualdad entre h ombres y mujeres. Bebel plante ó la reproducción como la clave para entender la p roblemática, considerando la opresión de l as mujeres por lo s hombres no como un problema natural dado e irremediable, si no como una cuestión s o cial que deb e modificarse. Con respecto a la segunda, Alexand ra Kollontai - la primera mujer de la historia (léa se historia o ccidental) en ocup ar un puesto en el gobierno de un país -, discrepaba en relación a la reproducción como elemento base sobre el que se sustentaría todo el edificio de la desigua ld ad. Para ella, las sociedades cazadoras -recolectora s habrían sido i gualitarias 8 , la división sexual del t rabajo no habría tenido lugar en tal momento inicial, y las características físicas e intelectuales de mujer es y h ombres no se habrían apenas diferenciado. La expli cación en torno a la de sigualdad ha y que buscarla, creía Kollontai, en la sedentarización y la aparición de la ga nadería y la agricultura, inventada por las mujeres, y e n el reparto de tareas que se ha ría como cons ecuencia. Más a delante, el funcionalismo, c on Malinowski, Evans-Pritchard o R adcliffe Brown como algunas de sus cabe zas visibles, entendió las culturas co mo sistemas, organismos en equilibrio, en los que la estructuración de sus partes puede ser entendida en relación al conjunto (Abad Mir, 2006: 6). Desde esta perspectiva teórica la desigua ld ad sex ual se explica, no podía ser de otra m anera, como una cuestión funcional , práctica, útil, que es así porque sirv e, eficiente, que se manti ene porque permite la estabilidad social. Al igual que ocurre con buen número d e postulados funcionalistas, en nuestra opinión este tipo de afirmaciones, más que explicaciones constituye n descripciones que contribu y en a la comprensión del funcionamiento de ciertas dinámic as sociales, pero no responden al porqué del sur gimiento d e las mismas, a la vez que permiten y , en cierto modo jus tifican, el mantenimiento de l status quo . L as propuestas funcionalistas que tratan la desigualdad sex ual constituyen un ejemplo ilustrativo de que si no se ve el problema , es imposible encontrar la re spu esta al mismo. Una apreciación sim ilar puede hacerse a propósito de la propuest a de ex plicación del origen y desarrollo de la cultura que el antropólogo estructuralista francés Claude 8 I gualitarias r ealme nte, no tal y co m o ha de finido igualitaria s la teo ría antrop ológica tradicio nal: aque llas en las que cualquier ho mbre puede alcanzar una po sición de po der. 49 Lé vi -Strauss, mu y influ ido por Marcel Mauss (2009), plantea en el volumen Las estructuras elementales del parentesco (1998). El intercambio de muj eres y el tabú del incesto son, para este autor - que nun ca pret endió dar respuesta al orige n de la desigua ld ad entre hombres y mujeres, sino explicar el funcionamiento de los sistemas de parentesco (Rubin, 1 986: 14) -, las primeras e videncias de la cultura. Al se r las mujeres el objeto intercambiado y no e l sujeto que intercambia s e hace patente su subordinación a los ho mbres. Así, Lévi- Strauss “ubica l a opr esión de l as mujeres en sistemas sociales antes q ue en la biolo gía” (Rubi n, 19 86: 18), pues el intercambio d e mujeres es una norma de carácter social, no natural, pe ro tom a como p resupuesto de partida las diferenc i as entre los sexos, que sí considera naturales, por lo que no expli cará por qué son las muj eres las intercambiadas y no l os hombres. Esta ausencia expli cativa le valdrá numerosas cr íti cas por parte del movimiento feminista. La falta de interés que hemos visto en distintos autores a la hora d e tratar problemáticas relac ion adas con las mujeres está re lacionada con la p resunción de que el hombre ( andros ) ha estado, está y estará en el centro del mundo, y que su estatus no necesita de ex plicación, sino que simplemente viene dado (Bourdieu, 2000: 22). Además de en algunas d e las propuestas mencion adas, más vinculadas con el ámbito de la Antropología, el androcentrismo está presente también en explicaciones asociadas en mayor m edida con el campo de la Paleontología y la Arqueología. Entre ellas, la llamada “teor í a del Hombre Cazador” (Lee y Devore, 2009). Bajo esta denomi nación y por parte d e autores como W illiam S. Laug hlin, Sherwood L . Washburn o L ancaster (Moncó, 2011: 91), encontramos una de las explicaciones de corte más biologicista que se han dado al o rigen de l a desi gualdad sexual. Este enfoque neoevolucionista/darwinista, que considera al ser humano un primate más, se afanó por buscar s emejanzas con otros g rupos de primates con el objetivo de entender el proceso de t ransición del animal al humano. Con tal propósito, el y a citado Sher wood L . Washburn realizó trabajo de campo con grupos de primates - babuinos concretamente -, mientras que Devore hizo lo propio con sociedades cazadora s- recolectoras, comparándolas posteriormente, y ll egando a la conclusión de que la ca za, p rimera y principal estra tegia de supervivencia , es la responsable del proceso de hominiz ación. Según estos investiga dores, la cooperación ne cesaria de los machos del grupo en la actividad cine gé tic a dio origen al lenguaje, requisito indispensable para l a cultura, mientras que la incorporación de proteí nas a la dieta permitió un aumento del tamaño del c erebro, lo que a su vez tra jo aparejada una ma y or dependencia d e las crías con respecto a las mad res. La caza se erigió así en actividad principal que no sólo diferenció a unos de otras, sino que fue además mot or y prin cipal causa de l a evolución humana. 50 De esta form a, la divi sión sexual del trabajo, determinada biol ógicamente (en ningún momento s e plantea la posibil idad de que la caza no fuera u na a ctividad masculina), h abría d esencadenado un desarrollo d iferencial que habría d ado lugar, en última instancia, a la sup remacía de unos y l a opresión de otras. Los hombres ap arecen como garantes d e la supervivencia del grupo, responsables de la evolución y de l a aparición de la cultura. Esta explicación que, sin embarg o, no resiste los para lelos etnográfic os, tan empleados en otras ocasiones, es la que pervive y s e man tiene con más fuerza en el imag inario c olectivo actual. Como contrapartida a tal propuesta se desarrollará, por parte de Zihlman y Godall, la tesis de “la Mujer Re colectora” (Linton, 1979). Ahora será la recolección la actividad defendida como principal, utilizando para ello como base argumental información etnográfica de grupos cazadores recolectores qu e obtienen, de forma m ayoritaria, el grueso de su dieta no de la caza sino de la recolecc ión. Se da de esta forma una situación totalmente opuesta: la recolección, antes complemento, pasa a ocupar un lugar central, y la caza, antes central, se entiende a hora como complementaria. En este esquema serán las hembras las encargadas de la recolección y , en consecuencia, las causantes de la evolución humana. Si la tesis del Hombre Cazador había estudiado a los babuinos, modelo ag resivo en el que los machos adultos ejercen un control to tal sobre el grupo de hem bras y sobre los machos más jóvenes, la propuesta de la Mujer Recolectora se fijará en los chimpancés, con una estructura mucho más igualitaria y en la que las hembras mantienen cierta independencia. La ap arición de la cultura se entiende también como consecue n cia de l a cooperación, qu e habrí a dado lugar al len guaje, p ero no debido a la actividad cinegética, sino a la recolección. De forma opuesta a l a tesis del Hombre Cazador, el prin cipal instrumento no será un a he rramienta/arma d e caza, sino un cesto para guardar y transportar lo recogido. Frente a ba buinos, chimpancés; frente a c aza, recolección; en oposic ión a las armas, los sacos y frente a l hombre, la mujer. La importan cia del debat e Hombre Caz ador/Mujer Recolectora estriba no tanto en la medida en que nos ofrece dos opciones entre las que escoger una, sino en cu anto a que evidencia claramente que nuestras respuestas vendrán condicionadas por nuestras preguntas, a la vez que muestra la r elativa facilidad de p roponer hipótes is totalmente opuestas entre sí para explicar una misma situac ión . Ambas hipótesis tienen bases argumentales, ambas dan una posible ex plicación a la cuestión de la ho minización, la aparición de l lenguaje o el origen de la cultura. Las e videncias materiales no nos permiten, ho y por ho y , refrendar ninguna de las dos a favor de la otr a y pasar d e la hipótesis a la ley . Sin embar go, el hecho de que haya sido la prime ra, la teoría del Hombre C azador, la que haya gozado y goce en la actualidad de ma y or crédit o tendría que hacernos pensar ha sta qué punto la superioridad masculina está en el inconsciente 51 colectivo, o en qué medida aceptamos argumentos prese ntes del tipo “los hombre s cazan/cazaba n y las mujeres recolectan/recolectaban” para expli car el pasado , a pesar de que no exista elemento material alguno que nos p ermita defender tal cosa. Si bien estas dos teorías no aclararon ni demostraron el origen d e la desigualdad sexual sino que, en todo caso, lo ent endieron (al menos la del Hombr e Caz ador) como dado en función de la división se xual d el trabajo, sí crea ron – y es por eso que las mencionamos - un caldo de cultivo a partir del que r esponder al por qué de la subordinación de las muj eres. El d ebate Hombre Cazador/Mujer R ecolectora “nos hace preguntarnos si en realidad las mujeres han estado siempre subordinadas a los hombres, investigar la natura l eza del poder y c ómo es comp artido por los sexos, e indagar el papel jugado por el lenguaje simbólico del género” (Harris y Youn g, 1 979: 22). Esta discusión acabó posteriormente dando lugar a dos g r andes grupos de propuestas e n torno a l a universalidad o no universalidad del patriarcado. Se recupera así una vez más aunque de manera diferente, el debate del patriarcado/matriarc ado de finales del XIX y qu e ya hemos comentado brevemente al inicio de e st e apartado. Alguna s de l as figuras más destacadas qu e tom arán parte en l a citad a contienda patriarcado vs. matriarcado serán Ortner (1979), Rosaldo (1979) o Sacks (1979). Las dos primeras de fendieron la universalidad d e la s ubordinación de las muj eres, mientras que Sacks retomó y actualiz ó la propuesta de Engels afirmando la existencia, en el pasado, de sociedade s no patriarcales. Para Ortner, desde una perspectiva estructuralista y con clara influenc ia del antropólogo f rancés Lé v i-Strauss, la causa de la subordinación de las muj eres debe buscar se en la identificación que universalmente se hace de ellas con la naturaleza, por una parte, y de los homb res con la cultura, por ot ra. La estructura social q u e valora en mayor medida a los hombres y les concede privilegios con resp ecto a las mujeres estarí a construida sobre estas bases simbólicas. Ortne r aclara en repetidas ocasiones que esto no significa que las mujeres estén más próx imas a la naturaleza que l os ho mbres, o éstos más cercanos a la cultura que aquéllas, sino que ambos son percibidos así socialmente (Ortner, 1979: 126). Las muj eres y los hombres no son inferiores o superiores, podríamos decir, sino qu e están debajo o arriba. Por ello, si entendemo s que la cultura ha de tras cender la n aturaleza para pod er des arrollarse plenamente, y l as sociedades d e manera universal consideran a las muj eres como naturaleza, entonces a parece como “natural”, automático, que los hombres subordinen a las mujere s. La di cotomía naturaleza/cultura fue empleada tambi én por R osaldo en su artículo “Mujer, cultura y socied ad: una visión teórica” (1979), aunque esta le otorgó menor importancia que Or tner. Rosaldo hizo hincapié en otro par de contrarios: doméstico/público, afirmando que es esta estructu ración de la vid a social l a que ll eva al 52 desarrollo dife rencial de hombres y muj eres y a s u dist into status dentro del grupo. De forma universal, c onsid era esta a utora , la mujer aparece vinculada al ámbito de lo doméstico, liga do a la reproducción y al cuidad o, y el hombr e se d esenvuelve en el espacio de lo público. Ambos campos, además, se conceptualizan simbólicamente de distinta manera, estableciéndose una jer arquía por la cual lo público es superior a lo doméstico y, e n consecuencia, los hombres superiores a las mujeres. Contrariamente a Ortn er y Rosaldo y desde un enfoque claramente materialista que prioriza lo económico frente a lo simbólico, Sacks (1979) argumentó la no universalidad del patriarcado. No se trata de afirmar la existencia de sociedades no patriarcales en el presente, propuesta que no resistiría una crítica desd e la etnografía, sino su necesaria extensión a lo largo y ancho del planeta y en todo mom ento durante el pasado. Sacks retomó, en cierta medida, el planteami ento de Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado , considerando correctas sus prin cipales ide as (1979: 247), si bien se mostró crítica con al gunas de las afirmaciones d e éste. A t ravés del estudio de cuatro sociedades: mbuti, lovedu, pondo y ganda, S acks de fendió que es la transformación de la propiedad productiva en poder pú blico o domésti co lo que acabó ge n erando desigualdad entre hombres y muj eres primero, y ent re cl ases después. "La base material para la tran sformación de las muj eres de miembros iguales de la sociedad a esposas subordinad as, se basa en el desarrollo de recursos productiv os valiosos - inicialmente la domestica ción de grandes animales - que pasaron a ser propiedad privada ” (1979: 250). Por ello, l a solución al problema del patriarca do y la subordinación de las mujeres pas aría por modific ar la producción doméstica y hacer que ésta fuera co nsiderada trabajo público. Si pensamos en el contexto en el que apare ci e ro n y s e desarrolla ro n estas tres propuestas podremos int uir cuáles fueron algunas de las críticas que recibi eron. La llega d a de la Tercera Ol a y sus reivindicaciones sobre la identida d, la diversidad del sujeto polí tico mujer – ahora “mujeres” – y el cuestionamiento general d e lo establecido, entre otras cuestiones, m arcó sin duda un antes y un después en el feminismo, tanto académico como social. Las hipótesis de Ortner, Ros aldo y S acks, como tantas otras, no se libraron de ser acus adas de etnocentrismo y ahis toricidad, así como de concebir erró neamente un único sujeto mujer frente a la plurali dad de identidades posibles o, en menor medida, de hacer excesivo hincapié e n l a biología. Algunos años más tarde Maurice Godelier (1980) o Eleanor Leacock (1983) cuestionaron también, al igual que hiciera Sacks, la universalidad de la opresión de las mujeres. El primero puso el acento en el valor social otorgado al trabajo que realiza cada cual , muj er u hombre, en la división social del trabajo. Según este autor, “ lo que más pesa en la or ganización económica de las sociedades no es la división del trabajo consagra do a l a subsiste ncia sino las formas so ciales del control de los recursos y del 53 producto, es decir, las relaciones sociales de producción ” (1980: 18). Así, l as contradicc ion es tanto de clase como de sexo se habrían desarrollado en paralelo, retroalimentándose mutu amente (1980: 23). Leac o ck, por su parte, t a mbién vincul ó cronoló gicamente ambas d esi gua l dades – de clase y d e género - argumentando que r espond ía n a causas difer enciadas. En su opinión, la capacidad biol ógica de procreación de las muj eres se transformó en explotación a través de la modificación de las relac iones sociales (1983: 269). L a biología sería así la base sobre la que se asienta la subordinación, pero no necesariamente la causa de ella. Con respecto a la universalidad actual de l patriarcado, Leacock conside ra qu e debe expli carse a tr avés del an álisis de los procesos d e colonización y e xpansión capitalista, es decir, como parte de un proceso histórico (1983: 263), por lo que toda traslación del sistema social de las sociedades cazadoras recolectoras actuale s haci a el pasado es presentista y errónea. En este momento de a uge de las ex plicaciones en torno a la subord inación femenina aparece también la importante obra Mujeres, graneros y capitales (1985), del francés C laude Meillassoux. Aunque no se t rata d e un estudio es pecífica m ente destinado a explicar la posición de inferioridad de las mujer es como en el caso de Ortner, Rosaldo o S acks, sino centrada en los diferentes modos de producción de las sociedades cazadoras rec olectoras, horticultoras o pasto riles, sí se aborda, en la primera parte del li bro, la problemática de la que aquí nos ocupamos. Del mismo modo que para las autoras mencionadas, para el antropólogo galo la división sexual del trabajo está relacionada con la subordinación femenin a, es un hecho cultural y no natu ral (1985: 38) y , en conse cuencia, no ha de entenderse como dada, sino que necesita de ex plicación . Según Meillasoux la propiedad privada no es la c ausa de la desigualdad, si no que son el control de la sexualidad de las mujeres, de la reproducción, y el posterior intercambio de éstas que y a propusiera Lèvi-Strauss lo s factores que marcarán un ant es y un después en las relaciones entre ho mbres y muj eres. El esquema, así, sería la apropiación de la propiedad privada de l os medios de re producción (las mujeres) po r parte de los hombres, que precede a la apropiación de la propiedad privada de los medios de producción , a la que ya s e refiriera Engels, acaecida en un segundo momento . Meillassoux no ex plica , sin emb argo, cómo se produciría es e primer cambio trascendental. Sólo un año después de la ap arición d el cit ado libro Mujeres, gra neros y capitales, la investigadora austrí aca Gerda Lerner planteó en La creación del patriarcado (1990) la historicidad de este sistema de dominación. Esta obra es trascendente en cuanto a que no hace uso sólo de la teoría antropológica, sino que combina, por primera ve z, fuentes históricas y ar queológicas, marcando u na diferenc i a con respecto al resto de trabajos citados. N uevamente siguiendo a E ngels, L erne r 54 vinculó las contr adicciones de clase y sex o y defendió que la opresión de las muj eres surgió y s e consolidó con el inicio de la “ civilización ” y los estados arc aicos, que se config u raron desde el pr incipio como sistemas de organización so cial patriarcale s. A diferencia de las propues tas que hemos visto, L erner incluso pondrá fecha a la aparición del patriarcado, situando cronológicamente sus inicios y (lento) desarroll o entre 3100 a.C. y 600 a.C. (1990: 25). Como y a dijeran Engels, S acks o Meillassoux , el desenca d enante de todo ello habría sido la apropiación, por parte de los hombres, de la sexualidad de las mujeres, que precedió a la propi edad privad a y/ o la so ciedad de clases (1990: 26). La nov edad, como decíamos, es el intento de pas ar de la hipót esis antropológica a l a constatación histórica, en un intento por comprobar em píricamente a través de los restos – las referencias a fu entes escritas y arqueoló gicas son mu y numersoas - la validez de la propue sta teórica. Por último , y p ara citar alguna de las propuestas aparecidas más recientemente y dentro de nuestras f ronteras, encontramos l a hipótesis de la “contradicción principal” (Estévez Escalera et al . 1998) y la de la “disociación razón - emoción” (Hernando Gonzalo, 2012). Según la primera , “ entre las sociedades apropiador as [es decir, cazadora s- recolectoras] cuanta ma yor es la producción más se compromete la reproducción social ” (Estévez et al ., 1998: 11), por lo que en la bas e del sistema social que oprime a las mujeres se encontraría el control de la reproducción, entendido siempre como cultural y p roducto de r elaciones sociales. Para Almudena H ernando Gonzalo, sin embargo, “la clave del llamado orden patriarca l ” la constitu y e la disoci ación razón - emoción (Hernando Gonzalo, 2012: 31) o, dicho de otro modo, la construcción diferencial de las identidades de hombres (identidad individual y valor d ado a la razón ) y mujeres (identidad relaciona l y valor dado a la emoción) a lo largo del tiempo. Según esta propuesta, los hombres poco a poco fo rmaron grupos d e pa res masculi nos en los que se otor gaba un ma y or peso a la razón (Hernando Gonz alo, 2015: 84 ) y a la identidad individual, impidiendo que las mujeres se individualizaran en la misma medida, puesto que de lo contr ario el d esarrollo social habría s ido inviable, considerando que todo ser humano necesita para su supe rvivencia de un vínculo emocional que le dé estabildad y seguridad en el mundo. Esta última tarea quedó en manos de las mujere s y dio lugar al establecimiento de desigua ldades entre unos y otra s. A través del breve recorrido realizado en las pág in as precedentes hemos visto algunas de las principales propuestas que expli car el origen del patriarcado o de la subordinación de las mujeres. En las últimas décadas, sin embargo, el interés por explicar los inicios de la desigualdad ha decaído en favor de los análisis conc retos de las relaciones entre hombres y mujeres. De lo macro, como ocurre en otros tantos ámbi tos y a propósito de tantos otr os temas, se p asa a lo mi cro; de las problemáticas universales a las situaciones particul ares; de lo social a lo i ndividual; del feminismo al género. 55 Creemos que todo ello tiene relación con cómo se conceptualiza y se v e a sí mismo/ a el sujeto moderno, hombr e, pero t ambién y cada ve z más la muj er, o ccidental y del si glo XXI, cu yas preocupaciones ahora están más relacionadas con su propia i dentidad que con el contexto que le ha llevado a ella. Nos hemos erigido en una su erte de sujeto independiente que vive en el mundo pero qu e se siente, más que nunca, apar te de él; qu e se cree hecho/hecha a sí misma y no produ cto de su contex to; que no busca soluciones colectivas sino particulares; que se define cada vez más por lo que le diferencia del resto que por lo que le asimila a la comunidad. El ámbito académico y l a investigación no son, desde luego, ajen os a todo ello y en e se sentido somos conscientes de las dificultades de emprender un estudio que p rima l o macro y lo social frente a lo micro e individual y qu e recupera, aunque desd e otra perspectiva, un tema y a p ara much as y muchos cerrado. 1.4. El estudio d e la desigualdad sexual a partir de la A rqueología de la Muerte La gestión de la mue rte, hecho común a tod as las sociedades human as tanto del pasado como del pres ente, supone una importante fuente de info rmación para la Arqueología (Vicent, 19 95: 15; P arker Pearson, 1982; 2012: 3). El c arácter delibe rado, planificado, ideolo gizado, sing ular y sincrónico de los c ontextos funera rios (G arcía Sanjuán, 2005: 53) hacen de éstos una herramienta fundamental a l a hora de estudiar l as sociedades del pasado. Al t ratarse de depósitos cerrados, el volumen d e información que aportan en términos tanto de re gistro mat erial cuantitativo com o cualitativo (conservación) su ele se r muy superior al de otros lugares como zonas de hábitat o espacios de producción. Además, la posibilidad d e asociar elementos a p ersonas a través del ajuar, o el p otencial explicativo del registro óseo gracias al desarrollo y aplicación de la bioarqueología (determinación sex ual, determinación de la edad, estudio de patologías, dieta, movilidad, etc.) nos permiten no sólo aproximarnos al pasado, sino directamente a las personas que vivieron en el pasado. Por todos los motivos expue stos los conte x tos funerarios han sido especialmente objeto de atención a la hora de abordar la problemática de la desigualdad en el pasado. Al permitirnos conoc er aspectos como el s exo/gé nero, la edad o l a clase (Gibaja Bao et al . 2012: 1; Nilsson y Tarlow, 2013: 3), los espacios de gestión de la muerte se han erig ido, sobre todo a partir de la irrupción de la llamada Nueva Arqueología en las décadas de 1960 y 1970, en potenciales indicado res por excelencia d e la evolución de la complejidad social a lo larg o del tiempo. Sin embargo, el estudio de las prá cticas funerarias y del r egistro que de ellas recuperamos ha experimentado en l as últimas dé acadas importantes transformaciones , vinculadas a los distintos enfoque s teóricos que se han su cedido en Arqueolog ía. A 56 pesar de sus diferencias t odos ellos pretenden, de una u otra man era, ex plicar lo que del pasado pervive en el p resente. En ocasiones esta pretensión no es más que una descripción y acumulación ingente d e datos – Hist oricismo C ultural – , en otras, un intento de entende r los procesos sociales que tuvieron lugar en el pasado – Procesualismo. Haremos a continuación un breve recorrido por l a s principales perspec tivas teó ricas y en relación a la aprox imación que cada una de ellas realiza al estudio de los contextos funerarios: el Historicismo Cultural, centrado especialmente en la elaboración de tipologías mate riales asoci adas a etapas culturales ; la Nueva Arqueología, cu yos esfuerzos se d irigieron a hacer d e la arqueología u na disciplina científica; el Mate rialism o histórico, que incluye en el análisis categorías específicamente marxistas; por último, el P osmodernismo/Postprocesualismo, que intenta ace rcarse a la dimensión simbóli co -ritual de los enterramie ntos, y las Arqueologías Feminista y de Género, particular mente interesadas en la relación entr e hombres y muje res. Con Vere Gordon Childe, primero, y esp ecialmente con la Nueva Arqueología después, se superará el i mpedimento planteado p or el Historicismo Cultur al . Según este enfoque teórico, no es posibl e conocer l a or ganización social d e un grupo a partir de sus restos funerarios ( Lull Santiago, 199 7 -1998: 65), puesto que que no ha y una equivalencia directa entre los restos funerarios de una comunidad y el modelo de organización social. El Historicismo-Cult ural, más vinculado al anticuarismo, preferirá los objetos frente a los esqueletos, a través de los que elaborará secuencias tipológicas con el objetivo de orde na r cronológicamente las diferentes culturas . Tal sit uación se verá modificada en gra n medida a partir de las décadas de 1960 y 1970, momento en que hace i rrupción l a llamada Nueva Arqueolo gía o Pr ocesualismo. De inspiración positivista, quienes lo impulsaron y desarrollaron se propusieron hacer de la Arqueología una discipl ina científica . Para ello insistieron en una ma yor rigur osid ad a la hora de recuperar datos arqueológicos (Chapa Brunet, 2006: 26), señalaron la elaboración de le yes generales como una de las aspir aciones principales , y abogaron por la aplicación de técnicas complementaria s venidas de otros ámbitos , así como por la utiliz ación de la arqueología experimental y la etnografía. La Nueva Arqueología recogió la propuesta de Leslie White por la que la cultura se enti ende como “an extrasomatic mech anism employed b y a p articular animal species in o rder to make its life secure and continuous” (White, 2007: 8) , lo que la ll evó a ex pli car el c ambio cultural como una a d aptación al medio. En el caso c oncreto del estudio de los contextos fune rarios bajo un enfoque procesualista, d estacan los trabajos de Lewis R. Binford y lo que se h a ve nido llamando el “enfoque Binford - Saxe” (Vicent -García, 1995: 19). A través de esta propuesta, una parte important e del espectro investigador acepta la proposición de que las prácticas 63 un pacto patriarcal (Amo rós Puente, 1985: 275), en los primeros las mujeres pertenecen siempre al grupo familiar, pues son ellas quienes otorgan la línea de desc endencia. En los patrilineales, sin embargo, tras el matrimonio ellas pasan a estar vi nculadas a su marido, perdiendo su red familiar de apo y o y quedando en una posición d e dependencia con relación al va rón. De la misma forma oc urre con el lugar de r esidencia, y la matrilocalidad es más frecuente en grupos en lo s que la desigualdad sex ual es menor, puesto que al p ermanecer en su grupo d e ori gen y contar con m ás soporte social las mujeres disfrutan de m a yor seg uridad. Como veíamos previamente, a pesar de qu e en la práctica l as variantes pos ibles de matrilinealidad, matrilocalidad, patrilinea lidad y patriloca lidad están en la actualidad asociadas al pa tri arcado, ello no significa qu e debamos utiliz ar tal a priorismo para analizar las sociedades del pasado. Como apuntaba Leacok (1983), los grupos etnográfic os conocidos actualmente han vivido un proceso de des arrollo y adapta ción muy diferente al de lo s grupos del pasado, q ue se transformaron. Las sociedades cazadora s recolectoras o agrícolas ganaderas con bajo nivel de estratific ac ión social de la actualidad no son reductos de otro tiempo que permanezcan a día de hoy en la Edad de Piedra, como habitualmente se suele decir, y d e las que podamos obtener una copia exacta para trasladarla a tiempos prehistóricos. Si son comparables es p orque no son iguales, sino parecidas. S u situación contemporá nea es también el resultado de un proceso conformado po r una sucesión de hec hos y adaptaciones de las que el patriarcado podría ser, e n tre muchas otra s, un a de ellas. Lo anterior il ustra que l a desigualdad ti ene que ver con un a cuestión no sólo de ausencia y pres encia sino, fundamentalmente, de grado. En lo que a la disimetría sexual, más concretamente, respecta, ésta se sustenta en la creación de distincio nes entre dos grupos (mujeres y hombres ) a partir de la atribución diferencial, al menos binaria y , en cualquier caso, internamente homog énea, e xclusiva y excluyente, de carac terísticas, símbolos, elementos, etc., de modo que esto permita a posteriori , ya no un trato diferencial, sino opresivo. Nos referimos, en definitiva, al sistema sexo/género, concepto acuñado por l a antropóloga Ga yle R ubin, y de finido por esta autora como el “conjunto de disposicion es por el que una so ciedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfa cen es as necesidades humanas transfo rmadas” (Rubin, 1986: 97). Dent ro de estas disposiciones encontramos la división sex ual del trabajo, presente en todas las sociedades humana s, si bien de formas mu y diversas. Con la división sex ual del trabajo lo que pri mero es únicamente diferencia biológica o división en función del sex o pasa a c onvertirse en un a rí gida asignación de tareas en p ares dicotómi cos y exclu yentes. Estri ctamente n o debiéramos denominarla división sexual de l trabajo, sino más bi en división de gén ero del trabajo , división 64 cultural de tareas en fun ción del se xo o directamente sistema d e prohibici ones (Amorós Puente, 1985: 227), puesto que a excepción de la capacidad de gestar, exclusiva de las mujeres, nad a en la biología indica que las muje res o los hombres ha ya n de se r las/los únicas/únicos responsables de un a tar ea u otra. E n ese s entido, c oincidimos plenamente con Amorós Puente (1985: 283) cuando afirma, no sin cierto sar casmo, que: “[…] no se enfatiza lo obvio, no se prohíbe aquello que no se puede hacer. Encontram os aquí claram ente los límites del biologism o cuando se quiere hacer derivar l a div isión sexual del trabajo de sus bases biológ icas; es obvio que una señora pr eñada de ocho meses no puede caza r un m amut; pero, si no puede, no hace falta un ting lado m it ológico m uy complicado pa ra racionalizar lo y hac er que se quede en casa; norm almente se disuadi rá ella sola por imperativ os de l a bi olog ía. Cuando hay sistemas de prohibiciones es precisam ente porque hay mec ani smos de poder inte resados en que existan." Decimos que no debiéramos d enominar a esta sit uación división sexual del trabajo porque ést a nos remite c ontinuamente a lo “natu ral” y /o biológico, es de cir, a lo sexual, crea ndo si gnificado a partir del significante, y no a la inversa. Una vez establecido el concepto resulta mu cho más difícil deconstruirlo. La posmodernidad ha ace rtado, sin duda, en su hincapié en la importancia del discurso, de los conceptos y l a creación de contenido en la dirección significante  si gnificado y no siempre si gnificado  significa nt e, y la división sexual del trabajo , entre otros muchos, es ejemplo de ello. Parece evidente que, ant e la pregunta ¿ es el sistema de prohibición de actividades en las sociedades prehistóricas “natural”? , nadie respondería afirmativamente y , sin embargo, la interr ogaci ón: ¿ es la división sexual del trabajo “ natural ”? no siempre suscita una respuesta ne gativa. A pesar de ello y de la mi sma manera que ocurría con el término “prehistoria”, la idea de “división se xual del trabajo” goza de una larga tray ectori a académica y está tan fuertemente im plantado que resulta imposible y realmente poco p ráctico aspirar a sust ituirlo por otro, por lo que, teniendo en cuenta lo dicho, lo utiliz aremos en lo sucesivo. Específicamente, con división sexual del trabajo nos referiremos a la asignación cultural de ta reas de forma dif erencial, excluy ente e internamente homo génea en función d el gé n ero q ue da lugar a dos grupos socialmente distintos: hombres y mujeres. Salvando esta pequeña digresión conceptual, y continuando con la r eflexión en torno a la división social del trabajo y la división sex ual del trabajo, podemos establecer un paralelo entre la primera y la sociedad d e clases, por una parte, y entre la segunda y la desigualdad de género, por otra. En el caso de la segunda, no o bstant e, habremos de incluir una etapa inte rmedia: la división sex ual del traba jo (Tabla 2 ). 65 DIFE RENCIA DIFE RENCIA/DESI GUALDAD DESI GUALDAD Aptitudes y destrezas individuales División soc ial del trabajo Desigualdad de clase/ sociedad de c lases Diferencia sexual reproductiva División sexu al del traba jo Desigualdad de g énero / sociedad de g éneros Tab la 2. Etapas e n el tránsito entre diferencia y desigualdad. Fue nte: elaboració n propia. Ni las aptitudes individuales ni la diferencia sexual re productiva i mplican desigua ld ad per se ; son, sin embarg o, las bases n aturales sobre las que de scansarán las posteriores división social del trabajo y división sexual del trabajo. Éstas a su vez, no son condición suficiente, pero sí necesaria para el establecimiento de la desigua ld ad. Aunque la desi gualdad de género podría t eóricamente p resentarse en al menos dos formas (m atriarcado y patriarcado), con múltiples gradaciones entr e ellas, en la práctica etnográfica sólo es con o cida bajo la segunda. Si en el estudio de la desigualdad social podría inicialmente parecer sufi ciente con mostrar grupos diferenciados que pudieran relacionarse con niveles desiguales de acceso a la riqueza, en el caso del estudio de la desi gualdad sexual hay que ir, necesariamente , más allá. Existe, inicialmente, tal diferencia ( el dim orfismo sexual ), lo que resta es saber si esa difere n cia es utilizada o no como cimiento par a la desigualdad o si, por el contrario, permanece exclusivamente co mo diferenc i a. El sis tema sex o-género en su conjunto y la división sex ual del trabajo, en particular, resultan claves en el análisis y la compre nsión del proceso. 1.5.2. Naturaleza de la división sexual del trabajo, del sistema sexo-gé nero y aproximación a su estudio en la Prehistor ia En la li teratura especializ ada, tanto antropológica como arqueológica, se ha aceptado tradicionalmente ( y aún en la actualidad se ace pta de forma m ayoritaria) la premisa siguiente : la división sexual del trabajo no im plica desig ualdad social. Este presupuesto de partida ha bitualmente a parece formulado también c omo: la división sexual del trabajo supone complementarie d ad, no desigualdad. La ar gumentación no es en absoluto nueva 12 y ha sido utilizada no para igualar lo que cada sex o aporta, sino más bien para asegurar e l mantenimi ento del status quo , beneficioso para los hombres. La división sexual del tra bajo se presenta, además, como una de las características principales de las sociedades pr ehistóricas, desde las cazadoras recolectoras del Paleolítico Superior, hasta las de la llamada Ed ad del Hierro, en o casiones con un pie en la Prehistoria y otro ya en la Historia. La ma y or funcionalidad y efici encia atribuidas 12 “C ada se xo po see lo que le fa lta al otro . Los sexos se co m pl etan, pues, mutuamente, Son r adical mente distintos, y la felicid ad y perfección de a mbos deriva de q ue cada uno de ello s sepa recib ir del otro lo que sólo éste puede apor tarle.”, Ruskin, citado en M illet, 1995 : 180. 66 con frecuencia a la divi sión sex ual del trabajo habrían permiti do una dist ribución del tiempo más óptima, un mejor acceso a los recursos, un más eficaz aprovec hamiento de los mismos y , en consecuencia, un mayor des arrollo social del grupo. Pero, ¿ es la división sexual del tra bajo realmente una herramienta eficaz? , ¿ a qué o a quién beneficia? y, sobre todo, ¿existía en el pasado? La división sex ual del t rabajo ha sido constatada por la etnografía a lo larg o y ancho del planeta en soc iedades con dist intos niveles de complejidad so cial y de mu y diversas fo rmas (Murdock y Provost, 1973; Ka y Martin y Voorhies: 1978: 177; Boserup, 1993; Noss y Hewlett, 2001). En lo qu e se refie re al ámbito de la Prehistoria, reciente m ente se han pu blicado interesantes estudios realizados en torno a esta cuestión que inciden, a pa rtir de criterios osteológicos, en una posible división sex ual del trabajo, caso de la vinculación qu e hacen Villotte y Knüse l (2014: 172) de los marcadores óseos en los epicóndilos mediales de los húmeros de individuos masculinos con actividades cinegética s. Pero expli car un mar cador óseo como resultado no sólo d e una actividad concre t a, con los probl emas que ello presenta (J iménez-Brobeil et al ., 2004: 141; Laffranc hi, 2010: 66), sino con el conjunto de la divi sión sex ual del trabajo, nos parece excesivo. Por otra p arte, el lanzamiento de obj etos en general y lanzas en particular no es el único medio emple ado para cazar, d ebiendo nombrarse n ecesariamente el arco y otro tipo de instrumentos cu y o uso tanto por mujeres como por hombres está documentado en la lite ratura etnográfica (Kay Martin y Voorhies: 1978: 177; Romanoff, 1983: 342; Estioko-Griffin y Griffin, 1981; Goodman et al ., 1985: 1203; Noss y Hewlett, 2001: 1024 y 1027; Chapman, 2007: 69 -70). Desde la Arqueología de Género/F eminista también se ha abor dado la problemática de la divisi ón sex ual del trabajo en l a Prehistoria, aunque en algunos casos tales publicaciones no se refieren en exclusiva al estudio de la misma sino, más ampliamente, a los roles de las mujer es en la P rehist oria (por ejemplo Sánc hez Romero, 2000; 2004; Escoriza Mateu, 2002; Sánchez R omero y Moreno Onorato, 2005; Sanahuja Yll, 2007; Alarcón García, 2010b; Piqué Huerta y Escoriza Mateu, 2011). Tanto estos trabajos como el anterior mente citado son aún excepcionales. En nuestra opinión, la Arqueolo gía no ha realiz ado hasta el momento ava nces suficientes a la hora de ex plicar ni la presencia ni la ausencia de división sexual del trabajo en las sociedades del pasado, ni tampoco acerca de qué formas concretas adoptaba ésta. En la mayor pa rte de los ca sos los/as prehistoriadores/as se han conformado con tr asladar el modelo p ropuesto por la etnografía a los grupos humanos pretéritos, sin preocuparse demasiado en si sus afirmac iones tenían o no anclaje en el registro material, cuestión difícil de argumentar especialmente en las c ronologías más antigua s (Paleolítico Superior, Mesolítico y Neolítico). S e nos ha dicho ( y se nos sigue diciendo) a partir de una analogía directa y qu e resulta anacrónica, no sólo que las 67 sociedades d el pasado tenían división sexual del trabajo, sino que ésta s e expresaba en formas mu y sim ilares a l as de nuestros esquemas de género a ctuales: caza, metalurgia, comercio o política, entre otras, del lado de los hombres; rec olección, hilado, cuidado y cocina a so ciadas a las mujeres. Salvo excepciones, la división sexual del trabajo en la Prehistoria ha sido entendida como d ada. Esta asunción previa tiene que v er con la elaboración d e conocimiento no sólo en Arqueología, sino también en Antropología. De forma sintética, la creac ión del discurso en torno a la división sexual del trabajo en sociedades cuy a complejidad social es aún incipiente (sociedades cazadoras recolectoras, agrícolas, pastoriles, etc., que han sido objeto de estudio etnográfico) y su aplicación posterior a los grupos humanos de l p asado ha seguido los siguientes pasos: En primer lugar, se constata de forma universal y por pa rte de diferentes etnógrafos (ma yoritariamente hombre s aunque no sólo) la exist encia de la división sexual del trabajo en soc iedades a ctuales suscepti bles de ser comparadas, por su nivel subsistencial y de complejidad social, con las pre históricas. Esta constatación viene acompaña d a por la asun ción generalizada, univer sal y acrítica de binomios como caza - hombres/recolecc ión-muj eres, metalurgia-hombres/cerámica-mujeres, ám bito público - hombres/ámbito privado-mujeres, etc., así como por la presentación de los primeros como principales y de l as segundas como sus complementarias. En segundo lu gar, se apli ca lo anterior a las sociedades del pas ado, que se explicarán tomando como modelo los grupos etnográficos estudiados. A partir de los años 70, en tercer lugar, esta dinámica en p arte s e rompe con l a aparición d e publicaciones relacionadas con los estudios de género/feministas (desarrollados en su mayor í a por muj eres, aunque no sólo). Dentro d e la importante producción que se lleva a cabo podemos diferenciar dos grupos, relacionados a su vez con las diferencias de planteamiento entre el f eminismo de la diferencia y el feminismo de la igualdad. Por una parte, encontramos trabajos en los que s e ha ce hincapié en la eno rme variabilidad de la división sexual del trabajo y se critica la acept ación inmediata de los pares arriba mencionados; por otra, algunas autoras ponen e l acento, no en la n egación de tales binomios (caza-hombres/mujer-re colección), sino en la nece sidad de valorar las tarea s en los mi smos términos, o incluso otorgarle ma y o r peso a las r ealizadas po r las muj eres (rec ol ección) (T anner y Zihlman, 1976: 598). En ese sentido se buscarán, por ejemp lo, grupos social es en los que la recolección fuera la actividad determinante, como sucede entre los bosquimanos g / wi (Silberbauer, 1981: 235 y 237) . Dos deba tes sub ya cen a estas dos perspectivas tan diferentes entre sí: por una parte, la visión natura l- biologicista vs . la cultural-política de la división sexual del trabajo (Godelier, 1980: 18; Meillassoux , 1985: 38); por otra, la suficiencia vs . 68 insuficiencia del presente para ex plicar el pasado. Con anterioridad a los años 70, e l enfoque natural-biologicista se había impuesto frente al cultural, extendiendo entre otras cuestiones la clasificació n de “igualitarias” par a las sociedades cazadoras - recolectoras, y e ntendiendo, en consecuencia, que la desigualdad entre hombres y mujeres es natural y a parece como da da (Vila Mitjà et al ., 2010: 202). Lo que viene d efinido por la naturaleza no es desigual en la medida en que no obedece a factores culturales. Si defende mos el c arácter natural de la división sexual del trabajo o del reparto de poder entre hombr es y muje res habremos de considerar estos hechos como inm odificables y no sujetos al libre albedr í o. No sólo la división sexual del trabajo propia de nuestro mundo, como comentábamos previamente, sino el más amplio sistema sex o/género en el que ésta se inserta, ha sido y es aún empleado para explicar el pasado. Así, se ha realizado en muchos casos un traspaso casi automático a la P re historia de conceptos con importante carga simbóli ca como h eterosexualidad, familia nuclear, público/priv ado, fuerte/débil, activo/pasivo, etc. (Parker Pearson, 2012: 97 ). El uso de t ales términos ha contribuido a la creación d e una úni ca imagen d e las so ciedades pr ehistóricas en lo que a la repre s entación de los géneros se refiere, desde las cazadoras recolectoras del Paleolítico Superior y Mesolítico europeos hasta las últimas de la Edad del Hierro. Los hombres del presente cazan, y los de l pasado cazaban; las m ujeres del presenten cos en, y las del pasado cosían. Sirva la cita siguiente (Arsua ga F erreras y Baquedano Pérez, 2013 : 28- 29) de ejemplo ilustrativo, la c ursiva es nuestra: "Los neandertales encontr arían a los f ora steros altos, fuertes pero menos anchos de caderas que ellos, con las piernas m uy lar gas una frente levantada como la de sus propios niño s pequeños, y como ellos con las ce j as poco sa liente s, con los pómulos m arcados, y m ás oscuros de piel y de c abellos. Y una mandíbula rara, t erminada en pun ta. Les i nteresa rían a los neandertales, sobre todo a l os hombres , las puntas de hueso y de asta que enmangaban los forasteros en sus venab los, en lugar de las puntas de piedra que ello s usaban en las armas arro jadizas." […] "En un m omento determinado, el jefe de los cromañones se señalaría a sí mismo con la m ano, poniéndosela sobre el pecho, por ejemplo, y pronunciarí a su nombre pa ra identifica rse. Yo soy... ¿Haría lo mismo el jef e de la banda neandertal? ¿Se ll evaría la mano al cue rpo y pronunciaría su nom bre propio?" Si bien el tex to del que f orman parte estos ex tractos está más cerca d e la li teratura que de la cien cia, el he cho d e que haya sido elaborado por un investi gador de la talla de Juan Luis Arsu aga ofrece, a ojos del l ector/a, cierto rigor, contribu yendo al desarrollo y mantenimiento de una imagen presentista de la Prehistoria. Pero no existe tal rigor. ¿ De 69 qué manera podría saberse que son los hombres los más int eresa dos en l as puntas de hueso y asta? , ¿tenían jefe los/as cromañones?, ¿y los/ as neandertales? , ¿era n hombres tales jefes? Una recreación de estas caracter ísticas se corresponde a la perfecc ión con nuestra visión actual de los géneros y, más que una imagen , supone un reflejo. En el imaginar io colectivo saber que los hombres del pasado m ás remoto eran los je fes, como lo son ahora, o que se int eresaban por las armas, como s e interesan ahora, r efuerza los roles d e gé n ero, dotándolos de validez , inmutabilidad e incluso naturalidad. No sabemos si eran los hombres los más interesados en las armas, ni tampoco si eran los je fes, ni siquiera sabemos si entre cromañones y neandertales había jefes. L a construcción del conocimiento en Prehistoria ha de aspirar a algo más que la trasposi ción de ideas actuales al pasado. Sin embargo, ¿no es sie mpre la r econstrucción d el pasado elaborada a partir del presente? Sí, el conocimiento del pasado se genera inevitablemente en el ti empo presente, pero la cuestión fundamental no es temporal sino ideológica. La preg unt a que debemos formular es si existen arg umentos empíricos que apo ye n las hipótesis o interpretaciones planteadas, o si bien las propu estas ex plicativas que s e re alizan no ti enen nin guna base ar gumental, y simplemente se tr asladan a un mom ento pretérito, “disfrazándose en oc asiones de un ropaje complej o lo que es una vieja idea” (Guilaine y Za mmit, 2002: 47). El asunto realmente estriba no si en la reconstrucción del pasado se elabora desde e l pr esente, sino en si ésta es pre s entista. Efectivamente , si a s ustantivos como “reconstrucción”, “e laboración” o “creac ión” del conocimiento sobre las sociedades del pasado, se añade el adjetivo “prese ntista”, la situación creada no deja d e ser para dójica, además d e p erfectamente circular : la im agen del presente sirve de sust ento a la realización de una imagen del pasado que, posteriorme nte, se pued e ena rbolar para justificar y /o explicar el pr esente. Se exclu y e así, toda posibilidad de rela ción entre los géneros distinta a la dominante en el sistema binario actual (Finlay, 2012: 144). En el pasado, evidentemente, cazaban los hombres (de nuevo la cursiva es nue stra): “[…] centrado casi exclusivamente en los grandes animales, q ue con toda probabilidad eran cazados por los varones […]” (Fernández Martínez, 2000: 276) Y en la actualidad son, efectivamente, los hombres, quienes mejores aptitudes presentan para ello: “Effective throwing behaviour (probabl y o f stones initi ally ) ma y date as far back as 4 million y ears ago (Calvin, 1983; Darlington, 1975; Isa ac, 1987). Toda y , mal es perform significantl y b etter than females in spatial abilit y t ests, as in gauging movements across the visual field (J ardine y Mar tin, 1983; Voye r et al ., 1995), as well 70 as in both throwing v elocit y and accurac y exercises (Jardine and Martin, 1983; Tillaar and Ettema, 2004; Whittake r and Kamp, 2006).” (Villot te y Knü sel, 2014: 172). A pesar d e la r apidez con la que Villo tte y Knüse l se deshacen de esta cu estión, la controversia de la exist encia o ausencia de diferencias entre homb res y mujeres en lo relativo tanto a sus capacidade s física s como mentales dista mucho d e estar resuelta (para un a revisión de los estudios sobre dimorfismo sexual cere bral ver por ejemplo Barral Morán y Delgado Echeverría, 1999). Exist en ejemplos, como los citados en el extracto anterior, tanto de may o r habilidad de los hombres frente a las mujeres en evaluac ión de movimientos o en ejercicios de campo visual, como de la reducción de éstas con el paso del tiempo (Fe in gold, 1988; Pueyo y J aie, citado en Barral Morán y Delgado Echeverría, 199 9: 150) - lo que daría argumentos a la p erspectiva culturalista - , o directamente d e la au sencia de tal es diferencias (González Garc ía y C asáis Martínez, 2011). En términos estri ctamente anatómicos también el deb ate si gue lejos de cerrarse, con publicaciones r ecientes que defienden la inexist encia de dist inciones relevantes, por ejemplo a nivel cerebral , que permitan hablar de “cerebros masc ulinos” y “cerebros femeninos” (Joel et al., 2015). Además, tanto la posibilidad de que ha y a o no diferencias en unas y otr os puede explicarse a partir de ambas perspectivas: biologicista o culturalista, y en función d el peso que se conceda a los factores genéticos o a los factores ambientales ( Lawton, 1994), respectivamente. En consecuencia, ligar marcadores de actividad en húmeros masculinos de esqueletos del P aleolítico S uperior con resultados ex traídos de ciertos tests de evaluación de las capacidades en la actualidad tal y como hacen Villo tte y Knüsel (2014) nos r esulta, c uanto menos, cuestionable si lo que se pretence co n ello es ir más allá y defender las diferencias ent re hombres y muje res a partir de un esencialismo biológico. A pesar d e lo que, en n uestra opini ón y en tér minos sociales, suponen trabajos como el citado, el probl ema para algunas/os parece s er no la asociación infundada de unas actividades y todo un universo sim bólico a un gén ero o a otro, s ino la mente perversa de quienes, por c itar un ejemplo c oncreto, valoran como cual itativamente superior la caza f rente a la reproducción (Hurcom be, en Parker P earson, 2012: 102). E s cierto que la cuestión radica también en la evaluación que hagamos de tales actividades - y en ese sentido es im portante ejercitarse en la eliminación de posibles sesgos subjetivos -, pero creemos que la práctica que deb e ab andonarse por completo es la que comienza repartiendo la caza, la recolecc ión, la elaboración de la cerámica o la técnica metalúrg i ca y acaba en algunos c asos asumiendo presupuestos indemostra dos como que las pinturas rupestre s fueron, qué duda cabe, realizadas por hombres. A propósito de esto resulta mu y ilustr ativa la anécdota filmada por e l cineasta Werner Herzog (2013 ) e n el aclamado documental “La cueva de los sueñ os olvidados”, centrado en el descubrimiento y primera investigación de la cuev a paleolítica de 71 Chauvet, en Francia. Entre los minutos 32:40 y 34:20 la conservadora de la cu eva, Dominique Baffier ex plica, junto a la arqueóloga Valérife Feruglio, uno d e los paneles pintados (la cursiva es nuestra ): “ D. Baffier - Alors, nous tr availl ons actuellem ent sûr ce g rand panneau, qui a ét é recouvert d'em preintes de m ains positives. Et en é tudiant les em preintes on a pu mettre en évidence les nombres de gestes de l'individu, ses déplacem ents. Il a comm encé accroupi, et puis après il s' est mis en extensi on, pour arriver jusqu'aux m ains supérieures. Ce panneau es t composé par les em preintes d'un seul homme qui doit à peu près mesurer 1,80. V. Feruglio - D'un seul hum ain . D. Baffier - D'un seuuule h umain... 1,80... Euh..., c' est g rand! Cam eraman - I t is t he only one pe rson? D. Baffier - Une personne, une pe rsonne d'1,80. [A pesar de ello, un poco más adelante , continuando con la explicación:] D. Baffier - [ ...] On va retrouver sa trace plus loin dans la cavité. On va le pouvoir le reconnaître à cause de ce petit doig t tordu puisqu' il a appliqué sa main plus loin dans la cavité. Donc on va suiv re le chem inement de cet homme .” Asociaciones d e género como las mostradas en los ejemplos precedentes se encuentran profundamente alojadas en nuestra subjetividad, independientemente de si somos hombres o mujeres; de forma conscie nte o inconsciente todas y todos somo s susceptibles de interioriz ar y r eproducir ses gos. P recisamente por eso es imprescindible investigar de forma rigurosa y evitar id eas pr econcebidas que no ti enen sustento empírico. Lo anterio r sirve para s eñalar algunos de los problemas que podemos encontrar al tratar tanto la división sex ual del trabajo como el sistema sex o -gé nero en la Prehistoria pero, ¿ es la división sexual del trabajo necesariamente desigual? , ¿ implica la existencia de un sistema sexo-gé n ero?, ¿ es, en sí mismo, el sistema sexo -gé n ero desigual? Si ace ptamos que la di visión se x ual del tra bajo im plica desigualdad e ntonces necesariamente también lo hará cualquier asociación recurrente de ellas o de ellos con ítems relacionados no sólo con una u otra a ctividad, sino en gen eral con cualquier aspecto de la vida que no sea el reproductivo, aunque no pod amos establecer el gra do de la misma ni su dirección. Es decir, asumiríamos de forma indirecta qu e la existencia de un sistema sex o/género también viene acompañada de desigualda d sexual. Si, por el contrario, pensamos que la división se x ual del trabajo no conlleva desigualdad sino sólo diferencia, podre mos considerar en los mismos términos el sistema sexo/género. 72 Puesto que la igualdad o la desigualdad no son una cuestión de aus encia o presenc i a sino, fundamentalmente, de grado, no resulta sencillo de cantarse por una u otra opción ni es tampoco nuestra intención hacerlo aquí. A prior i , ni la división sexual del trabajo ni el más amplio sistema sexo -género en el que ésta se insert a son condiciones suficientes para argumentar de form a incontestable la diferencia de poder entre hombr es y muj eres en el seno d e un grupo humano, p ero sí suponen condiciones necesarias para el establecimiento de la desigualdad, al distinguir claramente dos grupos opuestos entre sí e internamente homo géneos. En otras palabras, tanto s i la división sexual del trabajo y el sistema sexo -género se entienden como una cuestión de diferencia (Figura 1) o de desigualdad (Figura 2), y aunque no sabemos de qué forma o por qué tuvo lugar el tránsit o de una a otra, lo que es claro es que para que la segunda se produjera la primera hub o de ser previamente desarrollada. Figura 1. Divis ión sexual d el trabajo y si stema sexo - género como una c uestión de diferencia. Fuente: elaborac ión propia. Figura 2. Divis ión sexual d el trabajo y si stema sexo - género como una c uestión de desig ualdad . Fuente: elaborac ión propia. 79 Desestimamos, en la m edida de lo posible, el uso del té rmino sepultura , pues cree mos qu e dificulta la correcta comprensión d el texto al aludir, por una parte, a la acción de enterrar y , por otra, al lugar en el que se realiza el depósito funera rio (Aliaga Almela, 2012: 15). Además, suele ser asociada con el ritual funerario y, en ese sentido, aparece más ligada a la int erpretación que a la descripción del contex to (Boulestin y Duday, 2005: 27). En relación al enterramiento , este usualmente se caracteriza como primario o secundario. Se gún Boulestin y Du da y enterramiento primario es “le dépôt d'un cadavre ou d' une portion de cadavre réalisé alors que les éléments du squelette conser vent encore la totalité de leurs relations an atomiques”, mientras qu e por enterramiento secundario se hace alusión a “le dépôt de restes r éalisé lorsque les éléments du squelette ont partiellement ou totalement perdu leurs relations anatomiques.” (2 005: 26 y 27). Volve re mos sobre estos términos y la dificultad que entraña su utilización en el Capítulo 2. Metodología. En lo que se refiere al material que puede acompañar a la persona enterrada, consideramos ajuar / contenido a todo aquello consecuencia de un a modificación (una herra mient a, por ejempl o) o de un acto (una ofrenda de un animal completo, por ejemplo) antrópico, que contenga la tumba, es decir, que forme parte de l depósito funerario , a ex cepción del individuo. Es probable que originalmente no to do el material fuera ajuar en un sentido estricto . No obstante, entendiendo que la información que nos ofrece el ajuar es so cial y no individual, que re presenta o simboli za la imagen que la sociedad tiene d el individuo y no necesariamente al individuo e n sí mismo, y que l a tumba es un esp acio de consumo (Lull Santiago, 1997 -1998: 69), creemos que lo más cohere nt e de c ara a un análisis completo y consistente es tener en cuenta todas las evidencias, puesto que es la única forma de homogeneizar los contexto s en relación a un mismo criterio. Veamos a continuación la metodología propuesta para el análisis de la diferenc i a y poten cial desigualdad sexual de las sociedade s q ue habitaron la península Ibérica entre el Paleolítico Superior y l a Edad del Cobre . 80 81 CAPÍTU LO 2. METOD OLOGÍA 82 83 2.1. Introducción La conversión de los restos arqueológicos en d atos cuantificables y obj etivables plausibles de ser interpretados de forma científica pasa necesariamente por la aplicación de una metodolo gía de estudio . Etimológicamente, el con cepto “ met odología ” nos remite a los voc ablos gri egos meta , hacia o más allá, hodos , camino, y lo gos, estudio. La metodología no es otra cosa que la teoría del método, o lo que es lo mismo, el estudio de cómo ir más a llá en el camino o de cómo avanzar en el conocimiento de algo. Se trata de la reflexión sobre el conjunto de pr ocedimientos necesarios para alcanz ar un objetivo, en nuestro caso, responder a las pr eguntas que formulábamos en el Capítulo 1 y en torno a l as que gira la tot alidad de esta Tesis Doctoral: ¿ existen evidencias arqueológica s que nos permitan hablar de d esigualdad sexual en la Prehistoria de la península Ibérica?, ¿cuáles son los indicios materiales que podrí amos considerar para abordar este tema?, ¿existen distinciones entre p eríodos en relación al m ayor o menor grado de de si gualdad sexual? El Capítulo 2, por tanto, tiene como objetivo diseñar una “ hoja de ruta ” que nos permita recorrer el c amino que transcurre d esde el punto de salida de la formulación de tales interrogantes hasta el de ll egada a su posible respuesta o respuestas. P ara facilitar una lectura á gil y ordenada lo h emos divi dido e n cinco apartados, al gunos de ellos y a mencionados en e l Capít ulo 1. En primer lugar, y puest o que realizar una inves tigación ex haustiva de la totalidad del registro arqu eológico para la P rehistoria d e Iberia ex cede claramente l os lími tes de este trabajo, se ex ponen los criterios empleados para la selección de los yacimientos que serán incluidos y se ofrece un listado de los mismos. A continuación, se desarrollan y justifican cada una de las variables ele gidas para abordar l a probl emática de la desigua ld ad sex ual en la Prehistoria de la p enínsula ibérica. Estas va riables están agrupada s en tres grandes bloqu es: antropol ogía física o demografía, práctica s funerarias y representaciones gráficas. Se trata de los apartados 2.3, 2.4 y 2.5, respec tivam ente. Poner el foco en tres aspectos diferentes nos permitirá ofrecer una visión amplia y contrast ada. Las variables, por s u parte, sirven p ara analiz ar con más detalle las evidencias ar queológicas. A partir de las mismas hemos confecc ionado la Base d e Datos en la que se recoge la información. Por últim o, en la sección 2.6, se hace alusión a las pruebas estadísticas empleadas, imprescindibles para contrastar los d atos y dis cernir entre resultados si gnificativos y no significa tivos. En definitiva, la función de las mismas no es otra que la de c ontrastar las hipótesis acerca de la existencia o inexist encia de relación entre el sexo y las dist intas variables planteadas. 84 Un breve apunte acerca de la estructura de la base de datos y una val oración global, a modo d e conclusión, cierran el Capítulo. 2.2. Muestra: criterios d e selecc ión Abordar la evolución de las relaciones de género a lo largo de un período de m ás de treinta y cinco mil años de Prehistoria es un reto considerable. R esultaría una labor ingente , excesiva e innecesaria para los objetivos que quere mos alcanzar pretende r abarcar la totalidad de los contex tos funerarios y r epresentaciones gráficas y plásticas de la Prehistoria d e la pení nsula Ibérica desde el P aleolítico Superior h asta finales de l a Edad del Cobre, por lo q ue hemos optado por hacer una selección de los mismos. Unido a ello, la enorme variabilidad de los estudios sobre prácticas funerarias, tanto a nivel osteológico como en lo que se refiere a la dist ribución espac i al, el tamaño de las tumbas o la caracterización de los ajuares, entre otros, así como el a menudo difícil acc eso a información detallada y de primera mano, nos ha ll evado a la definición de una se rie de criterios que nos permitan con cretar qué yacimientos son susceptibles de ser incluidos en este trabajo. De modo simil ar hemos procedido con las r epresentaciones gráficas y plásticas. En ambos casos hemos intentado guardar tanto un equilib rio cronológ i co como geográfico, aunque las características d el r egistro arqueológico peninsular no siempre lo ha hecho posible. En lo que se refiere a la s prá cticas funerarias y los datos demográficos, se ha tenido en cuenta la confluencia de ambas vari ables en los mismos y acimientos. Es decir, restos óseos sin contexto y contex tos sin restos óseos han sido descarta dos. En términos ge n erales los criterios d efinidos y utili zados para la inclusión de un y aci miento en el estudio han sido los siguientes:  Material acce sible a través de publicaciones.  Sujetos ma y oritariamente representados, si no por la totalidad del esqueleto, sí al menos por las partes anatómicas más determinantes a la hora de establecer el sex o: coxales y cráneo especialmente. Aquellos y acimientos en los que se haya recuperado un importante volumen de re stos óseos pe ro estos no hayan sido caracterizados sexualmente debido a su estado de cons ervación o a las características del contexto han sido descarta dos.  Existencia de estudios de antropología física, pues de lo contrario sería imposible establecer compar aciones entre individuos masculinos y femenin os.  Contextos datados y sin graves proble m as de registro.  En la medida de lo posible, disponibili dad de d atos referentes a ti po de contenedor funerario, así como disposición, orien tación y posición del o los cuerpos en el mismo, e información relativa a los objetos de ajuar asociado. 85 Se ex ponen a continuación de forma sucinta los yacimientos seleccionados para cada período. En los respectivos ca pítulos se ofrece información más detallada. 2.2.1. Demogr afía y prácticas funerarias 2.2.1.1. Paleolític o Sup erior La totalidad de los rest os humanos recuperados en la península Ibérica para el Paleolítico Superior han s ido cuantifica dos en un NM I d e 68 ó 74 , pertenecientes a 31 y acim ientos diferentes (Tabla 3). La dificultad de ofrecer una única cifra se debe a la fragmentación de los restos en algunos de los contextos. Puesto que aquí se muestra únicamente un listado base no nos detendremos más sobre las característica s del registro, que se d etalla y ex plica de fo rma po rmenorizada en el Capítulo 3. Paleolítico Superior. Yacim ient o Provincia País NMI F / F? M/ M? IND NAD El Castillo Cantabria España 6 ó 7 2 1 0 ó 1 3 Cova Foradada Alicante España 2 0 0 1 1 Cueva Mor ín Cantabria España 5 0 0 4 1 Les Mallade tes Valencia España 1 0 0 0 1 Lagar Velho Leiria Portugal 1 0 0 0 1 La Carig üela Granada España 2 1 1 0 0 La Riera Asturias España 3 0 0 2 1 El Parpalló Valencia España 7 ó 9 2 1 2 ó 3 2 ó 3 Caldeirão Santarém Portugal 7 0 0 1 6 Cova Beneito Alicante España 2 1 0 0 1 Las Caldas Asturias España 3 0 0 0 3 El Mirón Cantabria España 1 1 0 0 0 La Pasiega Cantabria España 1 0 1 0 0 Rascaño Cantabria España 2 1 1 0 0 Tito Bustillo Asturias España 3 0 0 3 0 Lapa do Suão Leiria Portugal 1 0 0 1 0 Errala Guipúzcoa España 1 0 0 1 0 La Chora Cantabria España 1 1 0 0 0 El Pendo Cantabria España 1 0 1 0 0 Gruta do Alm onda Santarém Portugal 3 ó 6 0 0 0 ó 3 3* Les Cendres Alicante España 2 0 0 0 2 Santim a m iñe Vizcaya España 1 0 0 1 0 La Lloseta Asturias España 1 0 0 1 0 Santián Cantabria España 1 0 1 0 0 Cobalejos Cantabria España 1 0 0 1 0 La Paloma Asturias España 3 0 0 3 0 El Buxu Asturias España 1 0 0 1 0 Nerja Málaga España 1 0 0 1 0 86 Gruta de Sa lemas Lisboa Portugal 1 0 0 1 0 Casa da Mou ra Leiria Portugal 1 0 0 1 0 Cova Foradada Alicante España 2? 0 0 1? 1? TOTAL 68 ó 74 9 7 26 ó 30 25 ó 27 Tab la 3 . I ndividuos cons iderado s en el análisis del Paleo lítico Superior de la Península I bérica: NMI y desglose por sexos. F/F?: fe menino o femenino pr obab le; M/M? : masculino o masculino probab le; I ND: indeterminado adulto; NAD: no adulto d e se xo desconocid o. La separació n entre lo s do s grupos de yacimientos se debe a las car acterísticas de los conte xtos. *Uno de lo s sujeto s de Gr uta do Alm o nda podr ía ser juvenil o ad ulto. P ara más detalle s sob re es to y s obre las refere ncias bibliográficas consultad as ver Capítulo 3 . Paleo lítico Superior . Fuente: elaboració n propia. Como puede verse en la Tabla 3 del conjunto y a de por sí e scaso para una cronolog í a tan amplia como la del P aleolítico Su perior, tan sólo un NMI de 16 sujetos (9 femeninos o probables femeninos y 7 masculinos o probables masculinos) ha n podido ser caracterizados sexualmente; en términos porcentuales y considerando un NMI d e 68 la cantidad de individuos con estimación sexual es del 25%. 2.2.1.2. Mesolítico El número de restos humanos recuperados en y aci mientos de la península Ibéric a se incrementa considera blemente para el Mesolítico. Las estimaciones para todo el período sugieren un NM I tot al en torno a los 400 -450 individuos (Elder, 201 0 ; Arias Cabal, 2014: 71), valor que superaría en seis ve ces ve ces e l NM I pa ra el periodo anterior. No obstante, las particularidades de buena parte de los restos - especialmente los recuperados en concheros de los valles del Tajo y del Sado, en P ortugal, objeto de excavaciones antiguas -, nos han obligado a consi derar para el análisis una cifra mucho más reducida. L as razone s concretas se exponen en el Capítulo 4. Mesolítico. Concretamente, h emos seleccionado 172 sujetos pertenecientes a 20 yacimientos (Tabla 4 ). Yacim ient o Provincia País NMI F / F? M/ M? IND NAD Aizpea Navarra España 1 1 0 0 0 Arapouco Setúbal Portugal 22 8 10 1 3 Braña-A rintero León España 2 0 2 0 0 Cabeço da Arr uda Lisboa Portugal 30 6 6 13 5 Cabeço das Am oreiras Setúbal Portugal 6 0 5 0 1 Cabeço do Pez Setúbal Portugal 26 9 6 7 4 Casa Corona Alicante España 2 1 0 0 1 Cingle del M as Nou Castellón España 7 1 1 0 5 Colom ba Asturias España 1 0 1 0 0 Cueva de Lina tzeta Guipúzcoa España 1 0 0 0 1 Cueva de N erja Málaga España 1 1 0 0 0 El Collado Valencia España 15 4 9 1 1 El Truchiro / La Garm a Cantabria España 1 1 0 0 0 Jaizkibel 3 / J3 Guipúzcoa España 1 0 1 0 0 87 Los Azules Asturias España 1 0 1 0 0 Los Canes Asturias España 4 1 2 1 0 Moita do Seba stião Santarém Portugal 29 10 12 4 3 Tito Bustillo Asturias España 1 0 1 0 0 Vale de Rom eiras Setúbal Portugal 20 4 4 8 4 Várzea da Mó Setúbal Portugal 1 0 0 1 0 TOTAL 172 47 61 36 28 Tab la 4 . Individuos considera dos en el análi sis del Mesolítico d e la Península Ibérica: NM I y desglose por sexos. F/F? : femenino o fe m e nino probab le; M/M? : masculino o m asc ulino pro bable; IND: indeter minado adulto; N AD: no adulto de sexo d esconocido. Fuente: elaboración pr opia. De estos 172 individuos, 107 han sido i dentificad os como femeninos o femeninos probables (47) o masculinos o masculinos probables (61), lo que supone un 62,21% del total y nueva m ente impl ica un in cremento im portante en comparación con los datos disponibles para el Paleolítico Superior peninsular. 2.2.1.3. Neolítico El aumento en el núm ero de restos humanos d esde el Paleolítico Supe rior al Mesolítico al que venimos haciendo alusión se convierte en explosión entre esta segunda etapa y el Neolítico. Se han documentado decena s de y acimientos distribuidos a lo largo y a n cho de la geografía peninsular con presencia de restos antropológicos para el periodo qu e transcurre entre los milenios V I a IV/III a. C. En la ma y o r parte de los casos, no obst ante, estos materiales no han sido objeto de estudio osteológico, por lo que no pueden incluirse en el análisis. Se detallan a continuación en un listado (Tabla 5) aquellos que sí han recibido un tratamiento científico adecuado y a partir de los que se trabajará en el presente estudio. Se trata de 21 yacimientos y un total de 515 sujetos. Yacim ient o Provincia País NMI F / F? M/ M? IND NAD Alberite Cádiz España 2 1 1 0 0 Algar do Bar rao Ribatejo Portugal 20 2 3 11 4 Algar do Bom Santo Lisboa Portugal 15 3 8 3 1 Alto del Re inoso Burgos España 42 6 13 8 15 Azután Toledo España 9 0 1 3 5 Bòbila Madur ell Barcelona España 140 13 12 61 54 Cam í de Can Grau Barcelona España 38 11 12 5 10 Can Gam bús Barcelona España 57 8 7 42 0 Castelo Belin ho Faro Portugal 16 0 3 10 3 Cerro Virtud Alm ería España 11 2 5 4 0 Costamar Castellón España 7 0 4 0 3 Cova de les Ag ulles Barcelona España 10 0 0 4 6 Cueva de Chav es Huesca España 1 0 1 0 0 La Caserna d e Sant Pau del C amp Barcelona España 26 4 3 3 16 88 La Lám para Soria España 1 1 0 0 0 La Sima Soria España 26 9 2 5 10 La Tarayue la Soria España 17 1 11 2 3 Los Casca j os Navarra España 36 4 23 6 3 Minas de Gav á Barcelona España 23 7 5 6 5 Paternanbide a Navarra España 13 5 5 1 2 Polideport ivo de Martos Jaén España 5 2 0 0 3 TOTAL 515 79 119 174 143 Tab la 5 . Individuos con siderado s en el análisis d el Neolític o de la Península Ibér ica: NMI y des glose por sexos. F/F? : femenino o fe m e nino probab le; M/M? : masculino o m asc ulino pro bable; IND: indeter minado adulto; N AD: no adulto de sexo desco nocido. Fuente: elabo ración pro pia. Casi dos centena res (19 8) sujetos han sido identificados c omo femeninos o femeninos probables (79 ) o masculinos o masculinos probables (119), lo que da una cifra del 38,45% del total de individuos. El 61,55% restante permanece como indeterminado. 2.2.1.4. Calcolítico La tendencia cr eciente continúa dur ante el II I mi lenio o la llamada E dad del Cobre, momento en el q ue la s edentarización y l a domesticación de anim ales y pl antas están ya consolidados – aunque ello no implica necesariamente que no siguiera habiendo grupos nómad as o que se abandonara de forma definitiva la caza y la recolección. Al igual que para el Ne olítico, hemos escogido 21 yacimientos, si bien en esta ocasión el contin gente demográfico al canza los 1723 sujetos, una cantidad mu y superio r a la correspondiente al periodo previo. S u distribución por sitios se muestra a continuación en la Tabla 6. Yacim ient o Provincia País NMI F / F? M/ M? IND NAD Aldeagord illo Áv il a España 5 0 2 0 3 Cam ino de las Yeseras Madrid España 53 16 6 12 19 Cerro de la Cabez a Áv il a España 9 1 8 0 0 Cueva Nardak oste I V Guipúzcoa España 14 2 6 1 5 El Perdido Madrid España 34 11 8 2 13 El Rebollosi llo Madrid España 21 1 2 10 8 El Tom ill ar Áv il a España 19 2 5 1 11 Fuente Celada Burgos España 4 1 2 0 1 Huerta Monte ro Badajoz España 109 15 29 17 48 La Magdalena Madrid España 15 6 4 4 1 La Molina Sevilla España 10 4 4 1 1 La Pijotilla Badajoz España 178 18 27 110 23 La Vital Valencia España 4 1 2 1 0 Marroquíes (N1) Jaén España 43 11 7 13 12 Paimog o I Lisboa Portugal 413 69 46 175 123 95 Si bien la biblio grafía sobre este tema es mu y abundante (Siret, 190 6-1907; Almagro Gorbea, 1973; Hurtado Pérez, 1978, 1980; Caro Bellido, 1982; Lillios, 2008 , etc.) 15 , nuestro interés se centra p rincipalmente y al igual que en el resto de variables consideradas, en l a posible dife renciación entre hombres y mujeres, es decir, entre repre s entaciones con atribut os masculinos po tencialmente identificables c on los primeros, y piezas con atributos femeninos adscri bibles a las se gundas, respectivamente. Es por ello que, salvo una descripción y análisis inicial de c arácter general acerca de cuestiones como yacimiento al que pertene ce, región, ti pología ( cruciforme, falange, betilo, etc.) o materia prima empleada , dirigir emos la mirada h acia los antropomorfos caracter izados sex ualmente. Puesto que una recopilación pormenoriz ada y ex haustiva del corpus t otal de repre s entaciones idól icas calcolíticas conservadas excede con cre ces las posibilidades de esta Tesis Doctoral, hemos tomado como base del análisis el trabajo realizado por García Pérez (2012) para el ámbito geográfico a ndaluz. El catálogo elaborado por esta autora cuenta con un total de 1028 entrada s para las siete provincias andaluzas. A estas hemos sumado las correspondientes a las piezas antropomorfas de la provincia de Bada joz, debido a la importancia de esta re gión en general y d el yacimiento de L a Pijotilla, en particular. Los datos de conjunto se muestran en la Tabla 10 , sin hacer en este caso alusión a los yacim ientos de los que proceden los objetos, p uesto que un listado completo resultaría ex cesivamente extenso y dificultaría la lectura del texto sin aportar información relevante. En cualquier caso los distintos sitios de hallazg o de estas piezas se espec ifi carán en el capítulo pertinente. Tipo Total F M IND Antropomorfo 57 9 9 39 Betilo 232 0 1 231 Cilíndrico 90 0 0 90 Cruciform e 84 0 0 84 Falange 308 11 0 297 Hueso Larg o 21 0 0 21 Ov oidal 10 0 0 10 Placa 96 2 0 94 Tolva 93 5 0 88 Otros 67 4 0 63 Total 1058 31 10 1017 Tab la 10 . Distrib ución de las representacio nes idólicas de Andalucía y la pro vincia d e Badajo z en función del tipo y su ca racterizació n sexual. F.: fe m e nina; M.: masculina; I ND.: i ndeter minada. Fuente : elaborac ión propia a p artir de García P érez, 2012. 15 Par a una revisión historiográfica en profundidad ver García Perez, 2012: 4 y ss. 96 De las 1058 figuras recopiladas sólo 41 presentan elementos que las hacen susceptibles de identificación, bien como femeninas (31), bien como masculi nas (10), lo que representa únicamente un 3,88% del total. Si atendemos sólo a las antropomorfas, en este caso la c if ra se eleva y la carac terización sex ual alcanza a un 32% d el conjunto. 2.2.3. Consideraciones finales La aproximación al conjunt o de las evidencias arqueológicas s eleccionadas se plantea a partir de t res grandes bloques: demografía, prácticas funerarias y rep re sentaciones grá fi cas. De ellos, el grueso del tra bajo se c entra en los a spectos demográfic os y relativos a las prá cticas funerarias , mientras que el correspondiente a la iconografía s e propone de forma complementaria a los anteriore s. La s dist intas variables p ropuestas para c ada uno de los tres ámbitos son descritas y just ificadas a continuación. En la medida de lo posible se realizará un análisis que combine una valor ación tanto a nivel peninsular o intery acimientos como en un ámbito más reg ional o intra y acimientos, de manera qu e las visiones mac ro y micro puedan contrastarse entre sí. Los datos referentes a las variables que se detallan en l as siguientes pág in as serán evaluados a trav és de p ruebas de significación estadística, igualmente explicadas en el pre s ente capítulo. 2.3. Demogr afía La Antropología Física y la Paleodemografía ha n demostrado ser herramienta s fundamental es en el conocimiento de las socie dades del presente y del pasado. Los inicios de la segunda – que centran nuestro inte rés al estar más relacionada con un a cronolog í a prehistórica - se remontan a la mitad del siglo XX y los trabajos de Lawre n ce Angel sobre la antigua Grecia (Hoppa , 2002: 9) . Desde entonces, y especialmente tras el im pulso dado por la Nuev a Arqueología, la Paleo demografía h a experimentado un importante desarrollo 16 , pasando de realizar únicamente estimaciones de edad y /o sex o a int entar responder a p reguntas más complejas ligadas , por ejemplo, al estado de salud de las poblaciones prehistóricas (W ood et al ., 1992: 344). Uno de los mayores ex ponentes de ello son l os estud ios pa leodemográficos y paleopatológicos desarrolla dos para ex plicar cuestiones generales como la mortalidad y s u relación con la presenc i a de p atologías e n los esqueletos (Wood e t al ., 1992: 356), la influencia qu e en la dieta tuvo la transición del modo de subsistencia c azador-recolector nómada al agrícola s edentario durante el N eolítico en la diet a ( Bocque t -Appel y Dubouloz , 2003) , o la elaboración de osteobiografías ( Willi amson y Pfeiffer, 2003; Stodder y Palkovich, 2012) para un a reconstrucción más completa de las vidas de los individuos . 16 Desgraciada m e nte más vis ible fuera que dentro d e nuestras fronteras, aunq ue este retraso p arece revertirse en los últimos a ños. 97 La f ascinación que la Arqueología experimentó, durante buena parte de su infancia, por el objeto en sí mismo, más aún por el objeto e x cepcional, provocó un gran desinterés hacia el registro de carácter antropoló gico . Los restos osteoló gicos lanzados a las terreras en las excavaciones ll evadas a cabo a finales del siglo X IX y pr im eras décadas del XX se han l levado con ellos info rmación muy importante sobre las gentes del pasado que ya no podremos recuperar nunca. Afortunadamente en las últimas décadas esta sit uación se ha inve rtido, y los restos biológicos humanos so n ahora, más que nunc a, objeto de estudio , si bien el coste económico de muchos de los aná lisis disponibles (tales como ADN, dieta o movili dad) impide en según qué ca sos que se aprovec h e al máx imo su potencial. Además, la conservación de los restos biológicos humanos no siempre es la deseable. Factores tafonómicos (madrigueras, roedores, raíces) o condiciones edafoquímicas (acidez del suelo), entre otros, alteran de una form a importante el r egistro óse o, llegando en oc as iones a provocar incluso su d esaparición. A ello ha y que añadir, por ú ltimo, los problemas concretos derivados de la r ecuperación de los restos, que pueden “no sobrevivir a la transición conservados-descubiertos y descubiertos- recogidos” (Roca, 2012: 69). Todas estas circunstancias prov ocan en buen número de casos una infrarrepresentación de cier tos segmentos de población, especialmente d e los individuos no adultos. El problema de equiparar el registro funerario a la población viva es una de las principales dificultades a las que ti ene que enfrentarse la P aleodemo grafía. Es evidente que la sociedad muerta no es la so ciedad viv a, y menos aún los restos óseos que han llega do a nuestras manos , que h an pas ado po r numerosas etapas en las qu e se han visto necesariamente tr ansformados (Figura 4). Figura 4. De la pob lación viva a la selecció n ósea. Fuente: el abor ación propia. Aunque es importante tenerlo en cuenta, en el caso que nos ocupa no nos parece esencial que la selección ósea se corresponda o no con la pobla ción viva. En primer lugar, y puesto que nuestro interés se centra en la búsqueda de asociaciones de g énero que permitan identificar la aparición y el desarrollo de diferencias entre hombres y mujeres, no im porta excesivamente si éstas eran compartidas por toda la población o sólo por algunos se gmentos de ella, lo que resulta relevante es su exist encia misma . En segundo lu gar, la inform ación que propo rciona la paleodemografía no pue de obtenerse, 98 a día de ho y, d e ninguna otra forma: los r estos disponi bles son los que son y habremos de conformarnos con ell os (Roca, 2012: 75), a p esar de que no siempr e presenten las caracter ísticas óptimas y deseables para la re construcción de la s so ciedades del pasado. Para el análisis demog rá fico diacrónico y centrado en la desigualdad sexual que aquí se pretende abordar se han tenido en cuenta sobre todo aquellos individuos identificados como masculinos o femeninos con cierto grado de fiabilidad. No obstante, se dan en todo mom ento datos del total de los inhumados para tener una referencia a la que acudir . Somos conscientes, en primer lu gar, de las críticas que pes an sobre los distintos métodos de e stimación sexual de los esqueletos , motivo por el que se ha otorga do prioridad a los que emplean pelvis y cráneo, por una parte, y/o mandíbula, por otra, como indicadores s exuales. Para éstos, los porcentajes de fiabilidad se sit úan en torno al 96% y al 92% (Meindl et al., 1985: 80), respectivamente. En se gundo lugar, los protocolos de estimación sexual en antropolog í a física han sido acusados, por parte d e ciertos/as investi gadores/as, de arrojar excesivos y sospechosos po rcentajes d e individuos masculinos (Parker P earson, 2012: 105) , con un sesgo en torno al 12% a favor de éstos (Weiss 1972: 243). Asumimos, en ese sentido, las desconfianzas que ello pueda suscitar. Se prescind e, en la medida de lo posible, de individuos que puedan arrojar dud as importantes o se ha ce men ción expresa de los mismos para el conocimiento de ello p or parte d el lector/a. No es nuestro cometido ni objetivo cuestionar la validez de las estimaciones sexuales que presentan las distintas publicaciones, por lo que nos limitamos a recoger y poste riormente analizar los datos disponibles. A continuación se enumeran y explican las variables que se utili zan en esta Tesis Doctoral para e l análisis de la demografía. 2.3.1. Razón de sexo La razón de sex o, en ocasiones llamada también ratio de sex o, índice de masculinidad o índi ce de feminidad, nos ofre ce una primera aproximación a nuestro objeto de estudio: las mujeres y los hombres d e la Prehistoria de la pení nsula I bérica, permitiéndonos tener un a visión global sobre la relación cuantitativa entre los restos disponibles correspondientes a ambos. Este indicador demo gráfico permite comparar el número d e ind ividuos masculinos frente a fe meninos y/o vice versa. La fórmula empleada para ello es: RS = 100* hombres/mujeres Puede ap arecer ex presada en centenas (105, po r ejemplo) o en unidad es (1.05), mostrando en ca d a caso el número de hombres (105) por ca da 100 mujeres. 99 La razón de sex o en el nacimiento en pobl aciones modernas es li geramente superior en favor de los hombres, con datos globales de 1.05 (Chamberlain, 2006: 18) . Puede variar posteriormente en relación a la edad, a causa de las di ferencias en mortalidad de ambos grupos, por la movi lidad o como consecuencia de distint a s práctica s culturales (infa nticidio femenino, por e jemplo), entre ot ros mot ivos. De esta forma, la razón de sexo en distin tas etapas de la vida nos puede ofrecer información indirecta sobre l as prácticas cultura l es y l a organización social de los grupos humanos. Que los seres humanos se han valido de diversos procedimientos de control de la natalidad para regular la población a lo largo del ti empo es alg o plenamente constatado (Harris y Ross, 1999 ). Entre estos métod os cabría citar tanto los actuales anticonceptivos, producto en buena medida de la época contemporánea oc cidental, como prácticas como el infanticidio (esp ecialmente el femenino), documen tado desde la Antigüedad en sociedades como la griega, la romana o la egipcia (Gonz ález W ag ner et al ., 1993). C uando la r egulación de la pobl ación va en detrimento de un sexo y en beneficio del otro, ello queda necesariamente refl ejado en la cantidad de mujeres y de hombres que ha y pres entes en un a comunidad. Así, si comp aráramos la proporción entre hombre s y mujeres de dive rsas poblaciones humanas, espec i almente para los primeros años d e vida , veríamos cómo pued e influir lo social en la aparente conformación “natural” de una socie d ad. Esta razón de sex o, en consecuencia, nos informa tanto sobre la re gulación en sí misma, como sobre los motivos que llevan a ella y sobre la posible valoración diferente de un sexo frente a otro 17 . El ejemplo actual más evidente es el aborto selectivo por sexo y la proporción existente entre hombres y mujeres en p aíses como China (117.8), Pakistán (109.9) o la India (110.5) (Gilmoto, 2 012: 20), cuyos índices como vemos arrojan cantidades bastante superiores para ellos frente a ellas, y están directamente relacionados con la discriminación sex ual hacia las muj eres en est os lugares y la preferenc i a por la descendencia masculina . Paradig m áticos son también los ejemplos de sociedades como la y anomami , con una subsistencia basada en la caza y la recolecció n y cu ya r azón de sexo a mediados del siglo pasado era de 120 /100 (Harris, 2009: 65). Esta valoración social di ferencial entre unos y otr as podemos encontrarla en buena parte de los grupos etnográficos cazadores- recolectores, agrícola-ganaderos o p astoriles, muchos de los cual es han sido considerados una suer te de ejemplo prehistórico contemporáneo y en consecuencia expuestos como pa ralelos de aquellos que nos precedieron hace miles de años. Nos referimos, por citar algunos casos, a los selkna m (Gusinde, 1982), los y am ana o los murngin (Llo yd Warner, 1937). Tales sociedades cazadora s- recolectoras fueron algunas 17 O de una minoría étnica o c ual quiera otro grupo diferenciable; aquí nos re feriremos e xclusiva mente al sexo por ser este el objeto del presente trabaj o. 100 de las escogidas como analogía de los grupos humanos del Paleolítico Superior europeo, habiendo sido denominadas en muchos casos, y siguiendo la termi nología de Fried (1967) como “igualitarias”, a pesar de las evidentes diferencias existentes entre hombres y mujer es. Vemos, por tanto, cómo el control demogr áfico , evidentemente cult ural y sustentado en los ejemplos anteriores por una ideología que prima los valores masculinos sobre los femeninos, ti ene como consecuencia la existencia de elevadas tasas de masculinidad que pued en ll egar a producir un important e desequil ibrio entre sexos. Sin embargo, un índice favorable a los hombres frente a las mujeres por sí m ismo no siempre ha de entenderse como p roducto de una situación de de sigualdad. Es necesario conocer el contex to que da lugar a t ales valores demo grá fic os para poder esclarecer cuáles son las causas de los mi smos. El infanticidio femenino nos permite reflexionar sobre esta cuestión. Veamos algunos escenarios posibles. Entre los grupos sociales que, según estudios etnográficos, practican o practicaban en el pasado el infanticidio femenino podemos citar a los aborígenes australianos murngin (Llo y d Warner, 1937: 96). A pesar de tal práctica, estas comunidades alcazaban posteriormente, en l a etapa adulta, un equilibrio demográfico entre hombres y mujeres. El retorno a la simetría demográfica entre sex os en este caso estaba ligado a actividades como la guerra, que provoca ba un a alta mortalidad entre los varones qu e se encontra ba n en la franja de eda d en torno a los 25 años (L l o yd Warne r, 1937: 158 ). Para complicar aún más l a situación anterior, los murngin tenían una organiz ación social que permitía la poliginia (Lloyd Warner, 1 937: 155 y 156), es deci r, un hombre podía tener varias esposas, lo que sin duda resulta paradójico si tenemos en cuenta el citado infanticidio fem enino. La diferencia en número entre hombres y muj eres legitimaba esta práctica, provoca ndo un a infrapo blación de mujeres con relación a los varones, e impidi endo consecuentemente que to dos los hombres t uvieran no y a uno, sino varias parejas del se xo opuesto. Si la poli ginia es un a pr áctica común , es evidente que la necesidad de mujeres aumenta. Para solven tar este problema de infra población de mujeres, agravado adem ás por la poliginia, los hombres del grupo se enfrentaban a los varones de la comunida d vecina, e n ocasiones hasta la muerte, y s ecuestr ab an a las mujeres en un afán por obtener y demostrar poder, aumentando así el número potenciales espos as. Estas luchas perpetuaban un círculo vicioso por el que se pr efería a los varones en el nacimiento, creando una s it uación de superpoblación d e hombres e infrapoblac ión de mujeres, que posteriormente se c onvertía en el caldo de cultivo de luchas violentas en las que, además, se pretendía obtener no ya un equilibrio demográfic o, sino una su perpoblación de mujeres (Figura 5 ). 101 Figura 5. Me canismos de co ntrol d emog rá fico y s u influencia en la organizació n social de los murngin. Fuente: elabor ación prop ia. Lo anterior es importante porque, a priori , una mayoría demográfica de hombres frente a mujeres, o viceversa, n os puede hacer caer en afirmaciones si mplistas co mo: razón de sexo favora bl e a lo s hombres es igual a situación social favorable a l o s hombres. No ha de ser así necesa riamente. E l valor de la razón de sexo es un indicador más a tener en cuenta, pero no es suficiente por sí mismo. Esta cue stión es cruc ial en Arqueolog ía, puesto que no podremos rec urrir a la sociedad viva correspondiente para confirmar o re futar las posibles hipótes is surgidas a partir de la razón de sex o. Conocer los índices de masculinidad/feminidad pa ra las distintas etapas de la P rehistoria de la península ibérica puede a y udarnos a obtener datos a partir de los cuales analizar el resto de variables que se rán consideradas , pero no son suficientes a la hora de establecer hipótesis únicamente basadas en estas cifras. Por otra parte, v alores d e individuos masculinos y/o femeninos mu y al ejados de los niveles demográficos esperables par a sociedades preindustriales nos podrían estar hablando de a cceso diferencial al tratamiento funerario ( Brown, 1981: 30), pero u n registro antropoló gico con may o ría de individuos masculinos o femeninos no basta para hablar de desigua ld ad a favor de los hombres o de las muje res, re spec tivamente. El problema se agudiza teniendo en cuenta que carecemos de métodos fiables para determinar el sex o en individuos infantiles, por lo que en principio prácticas como el infanticidio femenino no serían demostra bl es a partir de criterios osteológicos. La razón de sex o, como el resto de variables que se mencionarán a conti nuación es , por tanto, un criterio más a tener en cuenta que habrá de ser valorado en relación al resto. 102 2.3.2. Análisis de dieta Por su relación con el estado de salud y el estatus social, o tro indicador que puede ofrecernos información acerca de la desi gualdad potencial existente entre hombres y mujeres en la Prehistoria de la península ibérica es el acceso a determinados alimentos, esto es, la dieta. Aunqu e alimentarse es una ne cesidad natural pa ra la supervivenc ia humana, no lo es en absoluto qué comer, a ex cepción de sustancias imposibles de digerir par a el organismo, ni tampoco el cómo hacerlo. La comida e s un producto cultural, por lo que el análisis de la misma nos estará informando, en prime r lugar, sobre el estado nutricional de una persona o de un grupo y, en segundo lu gar, sobre la gestión cultural de los alimentos. Parafraseando a Harris, y en re lación a la desigualdad, no debemos además “olvidar que los alimentos no son sólo fuente de nutrición para la mayor í a, sino también de riqueza y poder para una minoría ” (Harris, 1997: 16). Quizás los tabúes alimenti cios sean el ejemplo m ás claro de l a gestión cultural de la alimentación. A menudo li gados a ceremonias o momentos de tránsito, estas prohiciones suelen estar t ambién diferenciadas co n relación al sex o. Encontramos, entre otras, restricciones en el acceso a comida a jóvene s varones en ceremonias de iniciación masculina (Gusinde, 1982: 281; Bridge s, 2000: 411), a niñas qu e ti enen la primer a menstruación ( Gusinde, 1982: 281 y 389) o a mujeres tras el p arto (Gallardo, 1910: 229 y 230), por citar algunos de los ca sos más habituales. Ade más, existen numerosos ejemplos, tanto etnográficos (Harris y Ross, 1999: 81 y 82 ) como arqueológicos (Wilson, 1997: 133), que acreditan la vin culación entre desi gualdad y /o complejidad social y acceso diferencial a determinados alime ntos (Privat y O‟Connel l , 2002: 788; Richards et al., 2003: 69). En situaciones extremas de desigualdad social encontramos segmentos de población con poco a nin gún acceso a comida y qu e, en consecuencia, presentan importantes ca rencias nutricionales con evidencias visibles en lo s huesos que pueden llega r a ser causa de muerte (Geber, 2014). La s dife rentes técnicas que constitu y en lo q ue se ha venido denomi nando reconstrucción de la pa leodieta permiten conocer cuál fue la alimentación de una persona en sus últimos años de vida , así como en qué medida ésta estaba confor mad a por recursos ve getales o animales, terrestres o marinos (Richards et al ., 2003: 69). En Arqueología, la aproximación a la dieta de una población puede realizarse a partir de distintos métodos indi rectos (estudio de los restos de fauna, de las evidencias arqueobotánicas y /o análisis de contenido de recipientes, entre otro s) o directos (coprolitos, elementos traza o isótopos estables). Debido a que nuestro interés se centra en analizar posibles diferencias en la dieta de mujeres y hombres, d escartamos la información no indi vidualizable procedente d e los restos de fauna, elementos vege t ales o contenidos. Por otra parte, y ante la dificultad de recopilar la totalidad de la información disponible, nos centraremos específicamente en los análisis de isótopos 103 estables (C y N), po r ser en la actualidad los más ex tendidos y los que mejores resultados ofrece n d e cara a la comparación entre sujetos o poblaciones. La re construcción de la dieta de las poblaciones pasadas a trav és del análisis de isótopos estables se basa en la premisa de que los seres humanos, a través de la alimentación y a lo lar go de su vida, van incorporando a su organismo distintos elementos que con forman los tejidos y huesos. De esta forma, el cuerpo humano guarda información sobre la ali mentación de las personas, puesto que los valores de C y N que se han ido fijando a lo largo del tiempo serán di stintos en función de los recursos de orige n terrestre o m arino, vegetal o animal, que el sujeto en cuestión ha y a consumido. Concretamente , se analiza la proporción existente entre 13 C y 12 C, ex presada como δ 13 C, y entr e 15 N y 14 N, expresada como δ 15 N. En el caso del C, la ratio de C en el hueso gua rda relación con la ratio de C en la dieta, lo que hace posible aproxim arnos a la alimentación de una persona o de un animal a partir de la propo rción de C presente en sus huesos. L os valores d e C en la materia ósea están relacionados a su vez con la inco rporación diferencial d e C q ue hacen las plantas a trav és de la fot osíntesis. Así, las llamadas plantas C4 (maíz o azúcar de caña ) tendrán un valor δ 13 C mayor que las C3 (árboles o tubérculos), y del mismo modo ocurrirá con quien es las consumieron (animales y/o humanos que comieron las plantas, así como animales y humanos que comieron los animales que a s u vez habían consumido las plantas). En las z onas templadas son las plantas C3 las más habituales, con valores δ 13 C entre -22 ‰ y -38 ‰ , mientras que en regiones cálidas y secas predominan las C4, con valores δ 13 C en un rango entre - 9‰ y - 21‰ (Sp encer Larsen, 2015: 302 y 303). Las pl antas marinas, por su pa rte, tienen valores δ 13 C a medio camino entre los d e las plantas C3 y C 4 (S pencer Larsen, 2015: 304). El valor δ 13 C permite, además, dist inguir entre alimentación fundamentalmente marina (en tor no a -12 ‰) y alimentación funda ment almente terrestre (-21 ‰ a -20 ‰) (Fontanals -Coll et al., 2015). Si el valor de δ 13 C nos indica el consumo marino o terrestre de un sujeto, el de δ 15 N nos ofrece información sobre la posi ción del individuo en la cade n a trófica. Así, una persona que ha ya tenido una alimentación basada en productos animales y qu e ha y a consumido mayores cantidades de carne tend rá u na ratio d e δ 15 N superio r a quien se hay a alimentado con recursos de ori gen vegetal. En ese sentido, los lactantes, que s e alimentan fundamentalm ente a partir de leche materna, presentarán elevados valores de δ 15 N, lo que permite obtener inform ación sobre e l momento de destete (Richards et al ., 2003: 67) - accesible tambi én a través de los isótopos de ox ígeno ( Laff oon et al ., 2013: 749; Britton et al ., 2015) – o sob re situaciones de carencia nutricional rel acionadas con el embara zo (E riksson, 2013: 130). 104 Conocer la dieta d e una persona o de un grupo en el pasado posi bili ta su contrastac ión con la de otra/s u otros , y permite c on posterioridad el establecimiento de potenciales grados de desigualdad en relación al acceso a determinados alimentos. En nuestro caso, se evaluará diferencias entre mujeres y hombr es. 2.3.3. Movilidad La info rmación acerca la movilidad de una persona, de una parte de una comunidad o de una co munidad en su tot alidad puede a yudarnos a entender de qué manera los grupos s e desplazaron por el territorio, así como de qué forma s e desarrolla b an las pautas de residenc i a y la vinculación de éstas con p atrones de exogamia o endogamia. Esto últ imo es importante para el objetivo del presente trabajo, pues la m anera en la qu e hombres y muj eres se muevan con r elación a s us grupos de orige n está li ga da a normas de matrilinealidad y matrilocalidad o patrilinealidad y patrilocalidad, r espectivamente, con las implicaciones para la desiguald ad sex ual que ello puede tener y que ya fueron de bid amente comentadas en el Capítulo 1. En Arqueología, conocer la movilidad d e las gentes de l p asado es posible a partir del análisis de isótopos de estroncio (Sealy et al ., 1991: 403; Price et al ., 2004: 14 ; Bentley, 2006 ), de oxígeno ( Laffoon et al ., 2013 ), del ADN (Keyser-Tracqui et al ., 2003: 247; Mulligan, 2006: 366; Bolnick y Glenn S mith, 2007: 617; La luez a Fox, 2010: 78 ) y de l a variación de los caracteres en el esqu eleto, cuestión a la que suele hacerse referenc i a a partir de los términos “ caracteres epigenéticos ” o “caracteres no métricos ” (Rihuete Herrada , 2002: 283 ). Aunque reco geremos in formación sob re los cuatro in dicadores men cionados, damos prioridad a los da tos procedentes d e isót opos de Sr y O, por una p arte, y A DN, por otra, ya que habitualmente se publi can de m anera más sistemática y permiten una comparación más solvente. En primer lu gar y con respecto al Sr y el O, al igual que ocurre con el C y el N, este elemento es absorbido por los seres vivos a lo larg o de su vida a través de la alimentación. Presente en el medioambiente, el Sr y el O son variables en función d el lugar, y tal variabilidad hace posible qu e podamos comparar, a partir de los distint os niveles de estron cio que presenten los individuos , los lugares de residencia de diferentes grupos. Además, el estroncio es responsable de la formación del esmalte de los dientes durante la infancia, lo que nos permite saber si una persona ha cambiado de residencia entre la niñez y la e tapa a dulta (Bentley, 2006). Con relación al ADN, su grado de similitud o diferenc i a puede informarn os sobre el parentesco bioló gico y la cercanía genética de l as personas componentes de un grupo. Si , por ejemplo, la v ariabilidad del ADN del conjunto de las mujeres en terradas en el mismo y acimiento es pe queña y la de los hombres es gra nde, es posi ble plantear la 111 trabajo cob ra sentido e n las relaciones so ciales d e producción y no en el esfuerzo” ( Lull Santiago y Pica zo Gurina, 1989: 17). Por nuestra parte, nos li mitaremos a señalar las diferencias entre los dist intos ti pos de conten edor y en relación a los sujetos que acogieron. Debido al carácter diacrónico del presente estudio y las dificultades que puede p lantear la comparación de estructuras pertenecientes a cronologías mu y alejadas e ntre sí en el tiempo, hemos establecido varias categorías; esta clasificación si gue, parcialmente, la p ropuesta po r Mora Molina et al . (2012 ): 1. Sin contenedor (abrigos y cuev as naturales fu ndamentalmente, aunque no sólo). 2. Cista. 3. Estructura negativa sin elementos pétreos. 4. Estructura negativa c on elementos pétreos. 5. Cueva artific ial. 6. Covacha. 7. Estructura megalítica. Tales ca t egorías se emplearán, a priori , únic a y exclusivamente de forma descriptiva, y no pretenden indicar una jerarquización. Sólo la aso ciación con otr as variables podrá informar nos sobre su potencial vinculación con el estatus de la person a o personas inhumada s en ellas. 2.4.2. Inhumaciones prim arias versus secundarias El carácter primario o s ecundario de un depósito está directamente rel acionado con la fase o las fases por la/s que un cuerpo pasa desde el fallecimiento de la person a en cuestión hasta su esqueletización completa, y nos permite tene r una visión más completa de las prác tic as funerarias que dieron lu gar al registro óseo. La distinción entre primario y se cundario permite, por ejemplo, saber si el cadáver s e e xpuso o fue transportado de un lugar a otro previamente a su inhumación definitiva. Aunque – o quiz ás precisamente porque - la producción bibliográfica al respecto es mu y abundante 19 , las publicaciones muestran importantes discrepancias a la hora de calificar un depósito como primario o secundario. Nos limitaremos a recoger la información tal y como aparece en los trabajos, sin cuestionar la clasificación propuesta por los/as autores/as y con el objetivo de ser consistentes en el análisis. Al igual que con otras va riables, se realiza en primer lugar una descripción a nivel peninsular, dist inguiendo posteriormente entre los individuos masculinos y femeninos, por si existieron diferencias achaca bles al sexo. 19 Destacan espec ialmente los tr abajos d e Duday (2006, 2009); Duday et a l. (1990). 112 2.4.3. Marcador de ind ividualidad y asociación o no con infantiles La individualiz ación del ritual funerario ha sido entendida como indicativa de cómo unos individuos se diferencian d e otros con respecto al r ango social. El tránsito desde los enterra mientos colectivos en tumba s megalíticas y cuev as hacia las inhumaciones individuales que se produce entr e fines d el Neolítico y durante todo el Calcolítico, por una parte, y fines de la Edad del Bronce, por otra, es así, vist o como el paso desde sociedade s po co jerarquizadas hasta sociedades plenamente desiguales. Sin embarg o, si retrasam os la mirada hacia las primeras evidencias conocidas de ge stión de l a muerte v eremos que éstas son fund amentalmente individual es. Los datos sugieren que en la mayoría de los casos lo s grupos cazadores-recolectores de la Prehistoria europea, aparentemente igual itarios, enterraban a sus muertas/os de manera individual. Esta práctica se habría mantenido durante el Neolítico, cambiando con posterioridad hacia el ritual colectivo, que se generaliza de forma paralela al inicio y desarrollo del fenómeno del megalitismo. Lo anterior impli ca que el enterramiento individual per se, frente al col ectivo, no está necesariamente ligado a una posición superior en la escala social, sino que tiene que ver con cómo gesti ona la mu erte una s ociedad. Es decir, un enterramiento individual en el Neolítico no nos está indic ando de manera incontestable una posi ción social superior del/la inhumado/a; tampoco quienes fueron e nterrados/as e n tumbas colectivas en la Edad del Cobre gozaban ne cesariamente de un a posición s ocial sim ilar . Se trata de momentos di fere nt es con maneras ta mbién dist intas de entender y gestionar la muerte. Sin obviar lo anterior, es cierto que la t endencia h acia la inhumación individual en detrimento de la colectiva par ece estar en r elación con la complejidad de una sociedad, especialmente a p artir del comienzo del Estado. En ese sentido, habría existido un desarrollo de la jerarquiz ación de forma paralela a la transición desde el modelo colectivo de enterramiento hasta el individual. Puesto que la presente T esis Doctoral tiene uno de sus lí mites cronológicos en el final de la Edad del Cobre , la consolidación de la individualización del ritual funerario a partir de la aparición del Estado se no s escapa , pero sí vere mos d e qué manera se suceden las transformaciones desde el Paleolítico Superior, así como el comienzo de la transición hacia la inhumación individual a finales del III milenio a.C. Un se gundo factor a considerar vincul ado al carácter individual o colecti vo del depósito es el de las tumbas dobles. Sin quere r hacer en absoluto de la relac ión entre muj eres y mad res un esencialismo que equipare a las p rimeras con las s egundas, es cierto que la reproducción juega y ha juga do un p apel fundamental en la vida de muchas mujeres, en el pasado y e n 113 el presente. El proceso de gestación, parto y post erior lactancia necesariamente llevado a c abo por mujeres h a dado lugar a la creación de una asociación entre éstas y los individuos infantiles, vinculación que, no obstante, no tendría po r qué mantenerse un a vez finalizada la lactancia. A pesar de ello, la crianza de niños/as y, por extensión, el cuidado de p ersonas so n actividades asociadas con las mujeres en g ran número d e sociedades. ¿Tiene esta asociación un reflejo en el mundo funerario? Para responder al interrogante analizaremos de manera independiente las estructuras que ha yan albergado a dos individuos , distinguiendo aquellas o cupadas p or un sujeto no adulto y un a mujer frente a las que a lb erguen un no adulto y un hombre. 2.4.4. Organización espacial Del mismo modo que en la actualidad encontramos zonas reserva das a la vida, existen y han existido en el pasado áreas rese rvadas a la muerte, de las que los cementerios - con origen en el Mesolít ico (Parker Pearson, 2012) son los máximos exponentes. Tanto unas como otras tienen ha bitualmente una dist ribución interna organizada e intencion al que pue de estar vinculada, entre otras cuestiones, a jerarquización social, sexo, edad, acce so a r ecursos o religión. En consecuencia, pueden informarnos sobre la estructura del grupo humano (Goldstein, 1981: 57) y las posibles diferencias interna s entre personas y, específicamente, entre muje res y hombres 20 . Para aproximarnos a po sibl es distinciones espaciales en la dist ribución de los contextos y en función del sexo o la edad de la persona , se establece un número mí nimo de 5 tumbas. En aquellos ya cimientos que cump lan este requisito se distinguirá entre estructuras principales, periféricas y aisladas, siempre recogiendo la interpretación realizada en la public ación correspondiente. Por el contrario, en los sitios en los que el número de tumbas sea in ferior a 5 el aná lisis no se llevará a cabo. 2.4.5. Orientación y posición En numerosas culturas, la posición y la orientación en las que se dispone el cuerpo de un individuo al morir no es azarosa, sino que sigue un patrón concreto establecido por cada grupo hum ano. En algunos casos estas p autas están d eterminadas por el sex o o el género de la p ersona. Así, exist en un buen número de ejemplos de ne crópolis en las que los varones eran d epositados sobre su lado derecho y las mujeres sobre el izquierdo, o viceversa (Parker Pearson, 2012: 54). La homoge neidad qu e presentan estas pautas en ciertos yacimientos ha ll evado a algunos/as inves tigadores/as a plantear la ex istencia de un tercer género como explicación a las excepciones que suponen los indi viduos masculinos colocados en posición femenina, o los femeninos dispuestos a la mane ra masculina, como ocu rre en el cementerio m esolítico de Vedb aeck, en la actual 20 Como sucede, por ejemplo, en la necróp olis neolítica de P assy ( Francia) (Cha mbon, 2003 : 506 ). 114 Dinamarca (Parker Pearson, 2012: 105). De manera simil ar sucede con l a orientación, por lo que ambas (posic i ón y orientación) se pl antean como variables de análisis. Con respecto a la p rimera, se agrupan las posibilidades en 4 grupos: decúbito supino/dorsal (DS); decúbito prono/ventral (DP), d ecúbito lateral izquierdo (D LI) y decúbito lateral derecho (D LD) . Ad emás, se ti ene en cu enta si el individuo está no flexionado (NF), f l exionado (F) o hiperf l exionado (HF). En la orientac ión, po r su parte, la clasificación se realiza nombrando el eje c abeza- pies, siempre en ese orden y en r elación a l os puntos cardinales. L as op ciones contempladas son o cho: N/S, S /N, E/O, O/E, N E/SO, SO/NE, NO/SE y SE/NO. Se indicarán expresamente l os casos en los que no sea posible emplear esta categorización, y a sea por tratarse de individuos que presenten un a orientación diferente, ya sea porqu e los cuerpos se hay an en contrado sin conexión ana tómica. 2.4.6. Contenido Los elementos de ajuar depositados en la tumba constitu y e n, junto a los contenedores, la base empírica tradicionalmente utiliz ada por la Arqueología para hablar de complejidad y desigualda d social. Aunq ue en al gunos casos las d iferencias en la naturaleza, cantidad y distribución de los ajuare s han sido c riticadas como indicadores fiables de jerarquización (Hodder, 1982; Parker Pearson, 20 12), en otros muchos está comprob ada su utilidad (Shennan, 1975; Brown, 1981: 30; Lull Santiago y Estévez Escalera, 1985). No obstante, si nuestro interés se centra no en la llamada jerarquización vertical , sino en la horizontal, la cuestión se complica un poco, pues aparentemente ex iste una mayor vinculación ent re cantidad y c alidad del ajuar ajuar y la primera (Carr, 1995: 178-180), qu e entre ajuar y la segunda. Por nue stra pa rte, no nos limitaremos sólo a buscar diferencias en el número y la singularidad de los objetos asociados a hombres y a mujeres, sino también al tipo de artefactos, puesto que ello podría estar haciendo alusión de manera indirec ta a la existencia de un sistema sexo/géne ro. La vinculación más frecuente de unos el ementos u otros a varones o a mu jeres no es en absoluto un a idea nueva y d esde prá cticame nte los inicios de la A rqueología como disciplina científica se conoce n algunas asociaciones de artefactos que pare cen recurrentes en dist intos puntos geográficos y en d iferentes et ap as cronológicas. Una de las más conocidas e s la que re laciona suje tos femeninos con a dornos e individuos masculinos con armas. Esta asociación ha sido objeto de c rítica por par te del enfoque feminista (Harrington, 2007: 335 -337), que h a señalado la importancia de no entenderla como un apriorismo, es decir, de no asumirla previamente, de la necesidad de un ma y or rigor a la hora de int erpretar los restos osteológicos en asociación con objetos, así como de la g rave confusión e ntre los conceptos sexo y género. Estas apreciacion es , que 115 podrían pa recer evidentes, obed ec en al h echo de qu e durante décadas se ha yan empleado los objetos de ajuar como marcadores de sex o, confundiendo sexo con género y viceversa, y obviando i ncluso la necesidad de re alizar estudios antropológicos fiabl es. Un ejemplo paradigmático es el de la l lamada Dama Roja de Paviland, asumida inicialmente como mujer a causa de los adornos y de l a enorme cantidad de ocre que la rodeaba , int erpretada también de carácter ornamental y , en consecuencia, más propia de una mujer que d e un ho mbre. El estudio antrop ológico posterior estimó, sin embargo, que no se trataba de una mujer, sino de un hombre (Jacobi y Tigha m, 2008 : 900 ). A pesar de – y teniendo en cuenta - lo anterior, así como de las im portantes evidencias que no se corresponden con el binomio adornos/mujer y armas/hombres (Quesada Sanz, 2012) y defendiendo evidentemente la necesidad ineludible de realizar estimaciones sex uales a partir de criterios osteoló gicos y no culturales, es ci erto que tal asociación existe y que puede a y udarnos a la hora de identificar la aparición del concepto d e género. En la Prehistoria l a encontramos especialmente a partir de la Edad del Bronce, siendo el Argar exponente de ello en la península I bérica (Lul l Santiago y Estévez Escalera, 1986: 449) , aunque ha y ejempl os que la atrasarían hast a el Neolítico (Mercadal y Ag ustí, 200 6: 38; Stratton y Boric, 2012 ). Una visión amplia de los contextos funerarios de la P rehistoria de la península Ibérica podría, sin duda, aportar datos relevantes a este respecto, no sólo en relación a la vinculación armas/adornos mencionada, sino en lo que se refiere a los marcadores de gé n ero d e manera g lobal . La distinción de género puede estar motivada tanto por la tipología artefa ctual del objeto como por su función (tec nómic a, sociotécnica o ideotécnica), por lo que nuestro aná lisis considera ambos aspectos. Para llevar a c abo la aprox imación, se propon en varios niveles: en un primer momento, se distingue e ntre tumbas con presencia de elementos de ajua r y tumbas en las que no se recuperó ningún objeto. En segundo lugar, se diferencia entre ajuares individualizables y aquellos que no pueden asociarse a ningún sujeto en particular y que, en consecuencia, han de ser calificados c omo colectivos. E ste punto es especialmente relevante en los contextos megalíticos y l as cuevas del Neolítico y la Edad del Cobre, dond e en muchos casos resulta i nviable ll evar a cabo una comparación entre los elementos que acompañan a unos u otros individuos. P or último, se analizan y comparan entre sí sólo los objetos individualizables claramente asociados a un cuerpo , teniendo en cuenta las categor í as de artefactos y l a función, por una p arte, y el s exo y la edad de los sujetos, por otra. 2.4.7. Gestos funerarios A través de la denominación de gestos funerarios nos referimos a aspectos asociados con el ritual que no caben en las categorías anteriores pero que podrían estar 116 haciendo alusión, tambié n, a diferencias entre ho mbres y muj eres o entre adultos y no adultos. Se abordan, con cretame nt e, tr es asp ectos: la pi gmentación, las m anipulaciones óseas y l as termoalteraciones. De ellas prob ablemente la primera es la más releva nte en la medida en que p arece presentar una clara asociación con el estatus social. La utilización de pigme ntos de coloración roj iz a en los rituales funerarios de innumerables tumbas prehistóricas en cronolo gías muy difer entes y lu gares separados ge o gráficamente entr e sí por importantes dist an cias, es un hecho incontestable. L as primeras evidencias conocidas exceden con much o nuestra cronología de e studio (Bahn, 2007: 6) pero son il ustra tivas de su dilatado uso. Existen infinidad de ejemplos arqueológicos para todos los períodos en los que se ha dividido la P rehistoria del viejo continente, desde el Paleolítico Superior, con yac imientos tan destacados como Paviland (J acobi y Hi gham, 2008: 900 ), Dolni Vestonice (Alt et al , 1997: 123) o Arene Candide (Giacobini, 2006: 171 ); ha sta el Calcolítico o la Eda d del B ronce (L ópez Padilla et al ., 2012: 276-277). También encontramos utilización de este tipo de pigmentos en el desarrollo de a ctividades no vinculadas al mundo funerario ( L lo yd Warner, 1937: 310, 480 y 481, 502 , etc.; Gusinde, 1982: 659; J aulin, 1985: 85) y en objetos con destacada carg a simbólica (Masvidal, 2006: 40). Más allá de la constatación de su existencia, distintas propuestas se h an re alizado para explicar esta práctica. Hay quienes la consideran accidental y proponen que el pigmento rojo habría estado en la vestimenta de las personas inhumad as, pasando lue go a los cuerpos, mientras que otras explicaciones señalan su deposición delibe rada como parte d el ritual funerario. Entre las que consideran su uso inte nci onal hay quienes plantean que el pigmento podría haber sido utilizado, en algunos casos, como producto para el embalsamamiento (Delibes de Castro, 2000: 230) o a modo de maquillaje (L óp ez Padilla et al ., 2012: 287). Por otr a parte, t rabajos recientes ponen el acento en la contaminación causada por el cinabrio, que contiene importantes cantidade s de mercurio, y su influencia en la salud de la s p ersonas (Emslie et al., 2015; 2016). En ese sentido, e s relevante mencionar que gran parte de las publicaciones en las que se recoge la existencia de pi gmentación rojiz a dan por s entado que el p igmento sea, precisame nt e, ocre, a pesar de que bien pudie ra tratarse también de cinabri o (Delibes de Castro, 2000: 228) . Además del men cionado carácter tóx ico y contaminante de esta sustancia, su distinción del ocre es fundamental de c ara a identificar lo s lugares de abastecimiento, menos abundantes. En lo que concierne a la simbología, el color rojo ti ene universalmente u na clara vinculación con la san gre (Jones y MacGregor, 2 002: 8) y s e relaciona con ideas como pureza o limpieza (Llo yd Warner, 1937: 310) o con con ceptos contradictorios entre sí, como la vida y la muerte. Nos ha pare cido además relevante incluir esta variable de 117 estudio en el análisis considerando la vinculación sim bólica del rojo , no y a con la sangre en general, sin o con la menstru ación en pa rticular, objeto de tabúes y prescripc ion es de dist into tipo en n umerosos grupos documentados en la li teratura etnográfica. Aunque hasta el momento no son muchas las publicacion es que h ablen de una posible relación entre pi gmento rojo y géne ro, c ab e preguntarse po r la mi sma a raíz de algunas interesantes informaciones r ecientes que muestran una localiz ación diferencial de esta/s sustancia/s en cuerpos pertenecientes a la cultura argárica identificados como mujeres frentes a los asignados como hombres (López Padilla et al , 2012: 287, figura 3 y 288). Así, en al gunos contex tos el color rojo se concentra en la cabeza en el caso de los hombres, mientras qu e en el de las mujeres está distribuid o, además d e en la c abeza, en varias part es del cuerpo: talones, rodillas, muñecas, codos, hombr os y t ronco. Además, exist e una mayor frecuencia d e pigmentación rojiz a en los esqueletos de ellas frente a los de ellos (López Padilla et al , 2012: 288). A diferencia de lo que oc urre con el color rojo, no existen arg umentos que señalen una asociación del estatus con las manipulaciones óseas o l as termoalteraciones. No obstante, hemos considerado oportuno recopilar tambi én esta información e incluirla en el análisis por si la ausencia de vinculación se deb iera no y a a la aus encia de asociación en el pasado, sino a la de información en el p res ente como cons ecuencia de la falta de investigac ión. Tanto en lo que respecta a las pigmentaciones co mo a las manipulaciones óseas y la presencia de fuego, el análisis se efectúa a nivel genera l y dist inguiendo entre contextos o individuos que las mostraran, p rimero, y entre sex os después, considerando sólo aquellos sujetos en los que sí se constatan. 2.5. Represe nta ciones gráficas y plásticas La iconografía es quizás, junto a los contextos funerarios, el ámbito de investigac ión en el que ma y or número de estudios con relación a la desigualdad, social y /o sexual, se han llevado a cabo. Por vinculación a ella y por considerarse que, al menos a partir de cierto momento, el arte tiene una clara funcionalidad p ropagandística al servicio de los poderosos (Guilaine y Zammit, 2002: 29), constituye una herramienta de estudio de la e volució n de la complejidad social. Desde el análisis tradicional de las m u y conocidas venus pal eolíticas ( Clot tes, 2000; Masvidal, 2006; Mussi, 2012 ) y n eolíticas (Masvidal, 2006) ha sta las más reciente s c entradas en las pinturas rupestres y con una clara vocación feminista (Escoriza Mateu, 2002), las expresiones gráficas y plásticas de los distint os grupos sociales del p asado, nos informan sobre cómo esas sociedades, o al menos una parte d e ellas, se veían a sí mismas. 118 En numerosas ocasiones se ha hecho mención al hecho de que las primeras repre s entaciones gráficas y plásticas d e tipo antropomorfo realizadas por el ser humano son de mujeres (Masvidal, 2006: 37; Menéndez, 2010: 32, figur a 1.3), así como a la existencia, como apuntá bamos en apartados anteriores, de una ma y o r cantidad de repre s entaciones femeninas que mas culinas para c ronologías vinculadas con sociedade s cazadora s r ecolectoras nómadas o para l as primeras sociedades agr ícolas semi - sedentarias (Parker Pear son, 2012: 163), qu e lu ego cambiará hasta darse la situación opuesta. La ma yoría de r epresentaciones femenin as se ha asociado en algunos casos con normas de carácter matrilineal y /o matrilocal, y vicev ersa cuando se tr ata de repre s entaciones fundamentalmente masculinas, hablándonos teóricamente el equilibrio de sistemas social es en los que exist iría bilateralidad en las no rmas de adscripción y residencia (Parker Pearson, 2012: 163). En lo que a l a iconografía se refiere, hab ríamos pasado d e un mundo simbólicamente dominado por lo femenino a otro en el que lo masculino, ligado a actividades como l a guerra , es el el emento principal. El registro arqueol ógico s e llena entonces de guerreros en diferentes soportes: estelas de guerrero/del su roe ste, figurillas sardas, etc. El apogeo máxim o de tal masculinidad lo encontraríamos con las primeras sociedades de clase s y estatales plenamente consoli dadas como la Grecia Micénica. En el caso de la Penín sula Ibérica, estas formas iniciales de Estado estarían repre s entadas princip almente por El Argar ( Gili Surinach et al ., 2001), donde se constatan elementos suficientes para hablar de jerarquización. I nd ependientemente de si aceptamos o no la hipótesis del estado arg árico (Gilman, 2013) sí hay consenso en lo que respecta a la desig ualdad que habr ía traído la Edad del Bronce en g eneral, y la cultura argárica, en pa rticular, con lo que la transi ción del III al II mi lenio aparece como un límite temporal. El análisis del registro gráfico- pl ástico se plant ea a p artir d e una aproximación doble, cuantitativa y c ual itativa. 2.5.1. Aproximacion es cu antitativa y cualitativa En iconografía la m era presencia, frente a la ausencia, puede ser indi cativa de poder. Por ello, una primera aproxim ación a la re presentación de mujeres y hombres en la Prehistoria de la p enínsula Ibérica h a de pasa r por cuantificar en qué medida son mostrados los sex os. La caracterización s exual de una fi gura , no obstant e, no siempr e resulta sen cilla, y mucho s de los antropomo rfos no pueden analizarse en estos términos, permaneciendo como indeterminados o n eutros. Para pod er v alorar la f recuencia de imáge n es sexuadas se propone establecer un “índ ice de sex uación” que p ermi ta sabe r, en prime r lugar, en qué medida las repre sentaciones figurativas antropomorfas están sexualmente marcada s con respecto al total. 119 En un seg undo mom ento y una vez conozcamos esta cifra , consideraremos únicamente aquellas figuras identificables como hombres o como mujeres, y aplicare mos la fórmula d el índice de masculinidad, a modo de raz ón de sex o grá fica. L a distinción entre representaciones de hombres y mujeres tendrá en cu enta, bien los elementos biol ógicos, ya sean caracteres sexuales primarios o secundarios (genitales, senos, presenc i a de barba), bien las a sociaciones claras y consistente s a éstos. Un ejemplo de lo anterior serían las faldas en el arte rupestre levantino, ligadas siempre a la presenc i a de s enos, lo que identifica a sus portadoras como mujeres (Es coriza Mateu, 2002: 53). Por últim o y cuando sea posible, nos referiremos a las actividades que realiz an los hombres y mujeres que a parezcan en las represent aciones, por una parte, a sí como a los elementos que se asocien a ellos y/o ellas, respectivamente . El análisis, en consecuencia, consta de tres niveles: (i) índice de sexuación para distinguir entre el total de antropomorfos y los antropomorfos caracterizados sexualmente, (ii) razón de sexo, para diferenciar entre el número de hombres y el de mujeres, y (iii) e lementos asocia dos y actividades re presentadas con el objetivo de valorar asociac ion es de género. 2.6. Estructura de la base de datos Para recopilar la información se ha elabo rado ex profeso una base de datos en Acce ss, ya qu e este programa informático permite realiz ar búsqued as y cruzar datos de forma relativamente sencilla a través de la herramienta “asistente para consultas ”. Ambas cuestiones nos parecían c rucialespara posteriormente pode r contrastar fácilmente las dist intas hipótesis y generar las tablas de contingencia neces arias para los test de chi cuadrado. A demás, con Access es p osible exportar la información a otros formatos como Excel de cara a la elaboración de tablas para soporte en papel. El formato escogido para ello ha sido el de ficha individual (“formula rio”) , puesto que el sujeto es el ele mento mínim o de análisis. No obstante, los datos pueden consultarse también como tabla, tanto de forma independiente en los distintos campos (dieta, movilidad, ti po de contenedor), como de forma general en los grupos de variables (bioarqueológicas o demográficas, por una parte, o práctica s funerarias, por otra). En cada una de estas fichas ha y una p rimera parte dedicada a datos de carácter ge n eral con un tot al de 21 campos: id, id en la publicación, datación del sujeto, sexo, criterio de sexo, edad tal y como ap arece en la publicación, criterio de ed ad, grupo de edad homo gene izado, tip o de restos, depósito primario o secund ario, carácter a rticulado o no, estructura/UE, dat ación de la estructura/UE, NMI en la estructura, datación del y acim iento, nombre del y acimiento, re gión, país, coordenadas, b ibliografía y comentarios (Fig u ra 6 ). 120 Figura 6. Dato s generales d el individuo rec opilado s en la base de datos. Fuente: elabor ación pro pia. A este primer bloque d e información le sucede el de demo grafía o bioa rqueología y , por último, el de prácti cas funerarias. 2.6.1. Demogr afía Los datos demográficos, por su parte, s e agrupa n en cinco ca mpos, corre spondient es a las cinco va riales de análisis mencionada s en las páginas prece d entes: patolo gías, dieta, movilidad, marcadore s de actividad y mar cadores de violencia. A su vez, cada uno de ellos se divide en distintas subcateg oría s, tal y como puede ve rse en la Figura 7. Ma rcadores de actividad, marcadores d e violencia y patologías comparten un campo d e “localización” para recoger el lu gar e n el que se ha registrado la evidencia ósea (extremidades inferiores, superior es, tro nco o bloque cráne o facial). En todos los campos se i ncluye una subcategoría extra denominada “comentarios” para recoger inform ación adicional que pudiera no corresponder a ninguna de las restantes. 127 CAPÍTU LO 3. EL PAL EOLÍT ICO SUPERIOR 128 129 3.1. Introducción A pesar de l a eno rme variabilidad de la expresión cultural hum ana, de la diversidad inherente a la especie ex presada en todos los ámbitos, existen una serie de interrogantes comunes que nos identifican como colectividad y par a los que hace muc ho tiempo que se bus ca una respuesta satisfactoria. La ma yoría – por no decir todas – d e estas grandes p reguntas están relacionadas con la capacidad simbóli ca de los seres humanos, hecho que se erige en la línea divisoria por excelencia entre nosotros, nosotras y el resto de seres vivos del planeta. Se trata, en definitiva, de l a identidad propia construida en oposición a lo externo. ¿Qué es lo que nos ha ce humanos? O, dicho de otro modo: ¿qué poseemos qu e no sea poseído por el resto? La respuesta para algunos es clara y debe expresarse en relación al lenguaje, el pensamiento abstracto, arte o la conc iencia de la p ropia existencia y de su finitud. No obstante lo anterior, los límites entre lo que consideramos como p ropiamente humano y lo que percibimos co mo no humano n o son inamovibles y , en consecuencia, han experimentado cambios a lo largo del tiempo. Pertenecer a la mis ma especie no siempre ha significado c ompartir el adjetivo de “humana” o “humano”. Ex isten miles de ejemplos que lo atestiguan, desde la institución de la esclavitud grieg a o romana, pasando por la conquista del continente americano y las famosas discusiones en torno a la humanidad o no de la población indígena sostenidas por Ba rtolomé de las Casas, hasta las posi ciones más recientes de p ar adigmas como el difusionismo o el evolucionismo del siglo X IX. Éstas, en sus vertientes más racistas y misóginas, dedicaron muchos de sus esfuerzos no y a a buscar lo que nos iguala como especie, sino a indagar en aquello q ue nos diferencia int ernamente, o rdenando je rárquicamente grupos étnicos, expresiones culturales o sex os y géneros. La humanidad no era apta para todos los públicos. Todo ello e xpli ca, en parte , que en el nacimiento de la disciplina arqueológ ic a hubiera una creencia genera lizada que asumí a que las ge ntes del P aleolítico no enterraban a sus difuntos/ as, pues esto excedía las capacidades de tan primitivas y simples sociedades (Binford, 1968: 139). ¿C ómo compartir humanid ad con s eres salvajes e irracionales? C on posterioridad, a la luz de nuevos de scubrimientos arqueológicos, de la tr ansformación d el pensa miento humanista y de importantes cambios políticos, económicos y sociales, esta idea ha acaba do difuminándose hasta desaparecer. N adie ho y discutiría que quienes vivieron en el Paleolítico S uperior tenían pensamiento simbólico y eran consci entes de su propia ex istencia y d e la ex periencia de la muerte; t ampoco nadie cuestionaría que se trataba de sociedades plenamente humanas. 130 ¿Pero cuáles son, concretamente, las primeras evidencias de tal c apacidad?, ¿en qué mom ento los seres humanos tom aron consciencia de la muerte y fueron capaces de ge stiona rla culturalmente? Ríos de tinta ha n corrido en to rno a e sta cuestión. Hay quienes sitúan las prime ras muestras de tratamiento de la muert e en el yacimiento de Atapuerca, Bur gos, con una cronología en torno a 300.000 BP (Arsuaga Ferreras et al. 1997). En otros casos, r eferidos a Homo neande rthalensis, las fechas se retrasan hasta 60.000 BP (Pettitt , 2002: 2) , mientras que si hab lamos de Homo sapi ens los primeros enterramientos se sitúan alrededor del 29.000 (Pa viland, Reino Unido) ó 29.000/28.000 BP (Kostenki, Rusia), no habiendo restos anteriores, por tanto, al Gravetiense (Pettitt, 2011: 207). Todo ello en lo que respecta al r egistro general ; veamos a continuación cuáles son las evidencias osteoarqueológicas disponibl es en la peníns ula Ibérica y cuáles d e ellas son susceptibles de s er consideradas consecuencia de pr ácticas funerarias. 3.2. Registro óseo Los miles de años que comprende el perí odo con ocido como Paleolítico Superior apenas han d ejado huella en lo que a restos humanos se refiere. Lo qu e en el continente europeo en su conjunto es escaso, en la península Ibérica se vuelve casi inexistente. Contextos tan espectaculare s como los d e Balz i Rossi (Giacobini 2006) en la península Italiana, Dolni Vestonice (Formicola et al. 2001) en el interior continental, actual República Checa, o Sunghir ( Formicola y Buzhilova, 2004) en la estepa r usa, por citar algunos, no tiene n p aralelo en Iberia. En los últimos años se han elaborado algunas recopilaciones de los restos humanos conservados para el P aleolítico S uperior ibérico (Pér ez Ig lesias, 2007; Pérez Iglesias, 2012/2013; Balbín Behrmann, 2015). Estos corpora arrojan un NMI de 51 (Pérez I glesias, 2012/2013: 243): a penas cinco de cenas de individuos para más de treinta mil años de lapso temporal y 583.832 km² de territorio. A partir d e la revisión bibliográfica realizada p ara el presente capítulo tal recuento ascendería a un NMI de 68 (Tablas 12 y 13), aunque 16 de esos casos muestran ciertos problemas de contexto, cronolog ía o análisis antropológico, por lo que ofrecemos la información de forma se parada (Tabla 13). No obstante lo anterior, es importante tener en cuenta que l a información presenta una gran di versida d en cuanto a su calidad, y que también algunos de los individuos compilados en la Tabla 1 podrían ser considerados dudosos según otros criterios. Ello obedece, en bu ena medida, al hecho de que una part e relevante de los restos fu eron recuperados a finales del siglo XIX y/o princ ipios del XX, lo que hace que la información relativa a ellos no sea mu y precisa. Los datos de buena calidad referidos a hallazgos recientes como Mir ón (Straus et al. 2011; 2 015), o Lagar Velho (Zilhão y Trink aus 2002a), así como las publicaciones que han g enerado, 131 contrastan de m anera significativa con otros como El Castillo (Vallois y Delmas 1976) o Cova Bene ito (Iturbe y C ortell 1982; Domenec h 2001), entre otros, ante cuyas publicaciones surge n numerosas dudas. Además, los años transcurridos desde el descubrimiento de buena parte de los restos hasta la actualidad han tenido como consec uencia que, en al gunas ocasiones, el registro óseo se ha y a extraviado, habiendo sido rec uper ado más t arde e n sótanos de museos (El Parpalló, en Arsuaga Ferreras et al ., 2001); se ha ya visto gravemente dañado (Nerja, en Lalueza-Fox, 1995: 289), o se h aya perdido definitivamente (Gruta de Correio Mór, en Barroso Cruz y Cunha, 2007/2008: 80). Por últim o, un im pedimento releva nte añadido a la hora de af rontar el an álisis de este registro arqueológico es l a escasez de da taciones, ya sean radiocarbónicas u obtenidas a partir de otras técnicas (T L, U -Th) (Anexo. Tabla 1 ), lo que en alg uno s casos arroja dudas importantes sobre los restos. Únicamente par a el Mirón (Straus et al. 2015: 184) disponemos de dataciones hechas sobre el propio hueso h umano, estando los restantes individuos re gistra dos fechados atendie ndo al nivel estratigráfico, en el mejor de los c asos, o al y acimiento arqueológico en su conjunto, en la peor de las situaciones. Por si fuera poco, es sabido que las fechas radioca rbónicas del Paleolítico Superior, por su antig üedad, no son todo lo f iables que debieran, lo que añade un elemento más de imprecisión. Todo ello h ace que no sea posible r ealizar ningún tipo de ap roximación a la diferenciación cronológica por períodos, ni tampoco responder a interrogante al guno que tenga que ver con el comie nzo de la aparición d e los restos, e l final o l a concentración de los mismos. 132 Yacimiento Pro vincia ID Restos NMI Sexo Edad Referencia El Castillo Cantabria CAS001 1 frontal (F1), 1 frag. de par ietal y 1 frag. indeterminado 1 F > 40 Vallois y Delma s, 197 6 CAS002 1 frontal (F2) 1 M 30 - 55 Vallois y Delma s, 197 6 CAS003 1 frag. de mandíbula infantil, 10 frags . craneales, 4 frags., y 1 M2 inf. der. 3 IND 1 Inf. (4/5) y 2 ads. Cabrera Vald és, 19 84: 422 ; Tejero et a l ., 2010 : 14. CAS004 1 hemicráneo ( frontal, parietal y occipital) (F3) 1 F? Ad. Balbín Behr mann, 2015: 9 ; Pérez Iglesias, 2007: 11 CAS005 1 per oné fragmentado en dos ¿CAS 004? IND IND Tejero et al ., 2010: 1 3 y 14 Cova Forada da Alicante FOR001 1 epífisis proximal fémur, 1 frag . distal tib ia, 1 falange inter media pie 1 IND Ad. Arsuaga Ferreras et al. , 20 01: 299-300 ; Casabó i B ernard, 2 001 : 410. FOR002 1 frag. de p arietal 1 IND Inf. Arsuaga Ferreras et al ., 2001: 299 -300 ; Casabó i B ernard, 2 001 : 410. Morín Cantabria MOR001 Morín I: " seudomorfos de sedi mentos finos de carácter ar cilloso" ( González Echegara y y Freeman, 19 73 : 229). 1 IND IND González Eche garay y Free man, 1973 MOR002 Morín II: " seudomorfos de sed imentos finos de carácter ar cilloso" ( González Echegara y y Freeman, 19 73 : 229). 1 IND IND González Eche garay y Free man, 1973 MOR003 Morín III: " seudomorfos de se dimentos finos de carácter ar cilloso" ( González Echegara y y Freeman, 19 73 : 229). 1 IND IND González Eche garay y Free man, 1973 MOR004 Morín IV: " Este relleno ter minaba a la altura d el suelo de la tumba, y acaso fue parte d e un enterramiento más antiguo (Mo rín IV?) , y a destruido." ( González Echegara y y Freema n, 1973 : 225). 1 IND IND González Eche garay y Free man, 1973 MOR005 1 molar deciduo 1 IND Infantil González Sai nz y Gonzále z M orales, 1 986: 134 . 133 Les Malladet es Valencia MALL001 1 occip ital fragmentado 1 IND Inf. (5- 7) Arsuaga Ferreras et al. , 20 01: 300- 305 ; 2002 Lagar Velho Leiria LAG001 Elementos craneale s y postcrnea les, 90% d el esqueleto 23 1 IND Inf. (4- 5) Duarte et al. , 199 9; Zilhao y Trink a us, 2002 a La Carigüela Granada CAR001 1 fragmento de p arietal der echo y 1 mandíbula con 5 molares 1 M 25 - 30 Almagro Go rbea et al ., 1970 ; Garralda, 1975 : 39; P érez Iglesias, 2007 CAR002 1 tibia d er. 1 F? Ad. Almagro Go rbea et al ., 1970 ; Garralda, 1975 : 39; P érez Iglesias, 200 7: 13 La Riera Asturias RIE001 1 frag. de occipital y 1 fra g. de p arietal 1 IND AO Garralda, 1986 a: 323; Straus y Clark, 1986 RIE002 1 frag. de cr áneo 1 IND Inf. (8- 10) Garralda, 1986 a: 323; Straus y Clark, 1986 RIE003 1 molar 1 IND Ad. Garralda, 1986 a: 323; Straus y Clark, 1986 El Parpalló Valencia PAR001 1 cráneo bastante co m pleto (Parpalló 1) y 1 frag . proxi m al de húmero (Par palló 2) y 2 tibias. 1 F AO (14,8 ) Arsuaga Ferreras et al ., 2001: 305 -316. PAR002 1 cuerpo m a ndibular der . (Parpalló 3) 1 F AO/ad. Garralda, 1975 PAR003 4 molares (Parp alló 4) 1 M Ad. jo ven Garralda, 1975 PAR004 1 frag. de p arietal der . 1 IND Ad. Arsuaga Ferreras et al. , 20 01: 305- 316 PAR005 1 frag. de p arietal izq , ¿PAR 004 ? IND Ad. Arsuaga Ferreras et al. , 2001: 305 - 316 PAR006 1 canino superio r der . 1 IND 9- 11 Arsuaga Ferreras et al. , 20 01: 305- 316 PAR007 2 tibias (d er. e izq.) ¿PAR 00? IND < 17 Arsuaga Ferrer as et a l. , 20 01: 305- 316 PAR008 2 fémures (der . e izq.), 1 vérteb ra lumbar y 1 frag. vertebral 1 IND IND Arsuaga Ferrer as et a l. , 20 01: 305- 316 PAR009 1 M ₃ d er. 1 IND 15 - 17 Arsuaga Ferreras et al. , 20 01: 305- 316 Caldeirão Santarém CALDEI001 Frag. maxilar izq con M2 y M3 1 IND Ad. joven Tr inkau s et a l ., 20 01 : 8 – 9 CALDEI002 Frag. m a ndíbula con die nte deciduo m2 1 IND AO Tr inkau s et a l ., 20 01 : 9 23 Par a un inv e ntario co mpleto de los restos ver Duarte et al. 2002 . 134 CALDEI003 1 incisivo izq. (Caldeirao 3), 1 frag. p roximal de radio d er. (Caldeir ao 7), 1 metacarpo 4 izq . (Caldeirao 8) y 1 falange de la mano (Caldeirao 9) 1* 24 IND AO Tr inkau s et a l ., 20 01 : 11-15 CALDEI004 1 incisivo sup. izq. ( Caldeirao 4) y 2 incisivos sup. ders. (Caldeirao 5 y 6) 2 IND AOs Tr inkau s et a l ., 20 01 : 12 CALDEI005 1 incisivo 2º der. (Caldeirao 10) y 1 molar deciduo 2 (Caldeirao 11) 2 IND Inf. y AO Tr inkau s et a l ., 20 01 : 15 Cova Beneito Alicante BEN00 1 1 frontal, 1 o ccipital y 2 frags . de par ietal (Beneito 1 ) 1 F Ad. joven Balbín Behr mann, 2015; Car rión et al. , 1993; Do m enec h, 2001 ; Iturb e et al. , 19 93; Pérez Iglesias, 20 07; 2012/ 2013 BEN00 2 Frags. de par ietal (Beneito 2) 1 IND AO Balbín Behr mann, 2015; Car rión et al ., 1993; Do m enec h, 2001 ; Iturbe et al . , 1993; Pér ez Iglesias, 2 007 ; 2012/2013 Las Caldas Asturias CALDAS00 1 1er molar deciduo maxilar izq . 1 IND Inf. Haber Ur iarte y Corchón Rodríguez, 20 05 CALDAS00 2 1er molar deciduo maxilar izq. 1 IND Inf. Haber Ur iarte y Corchón Rodríguez, 20 05 CALDAS00 3 2º molar deciduo maxilar izq . 1 IND Inf. Haber Ur iarte y Corchón Rodríguez, 20 05 El M irón Cantabria MIR001 1 mandíbula con 11 d ientes in situ , 1 incisivo, 1 frag. de tibia, frags. de peroné, 2 frags. de clavícula, 15 vértebras, 1 4 costillas, huesos de pies y manos, patelas, frag. de escápula y 2 frags. de pelvis 1 F Ad. (+30) Straus y González Mo rales, 2 01 2: 58 ; Straus et al., 2011; 2015 a: 184; Carretero et al. 2015 La Pasieg a Cantabria PAS001 1 maxilar con 1 se gundo m ola r 1 M Ad. González Eche garay y Ripoll Per elló, 1954 : 55 Rascaño Cantabria RAS001 1 frag. de parietal y 1 frag . de o ccipital 1 F? 35 - 40 Guerrero Sala y Lorenzo Lizald e, 1981 RAS002 1 incisivo central s uperior izq . 1 M? 45 - 50 Guerrero Sala y Lorenzo Lizald e, 1981 24 El incisivo izquierd o po dría pertenecer a CALDEI0 01, 002 , 004 ó 006. 135 Tito Bustillo Asturias TIT00 1 1 canino 1 IND IND Balbín Behr mann, 201 5; Eld er, 2010; P érez Iglesias, 20 07; 2012 /2013. TIT00 2 1 incisivo central s uperior 1 IND AO Garralda, 1976: 198 TIT00 3 1 premolar superior 1 IND Ad. Garralda, 1976: 198 Lapa do Suã o Leiria LAP001 1 incisivo y 1 premolar inferior izq 1 IND Ad. Barro so Cruz y Cunha, 200 7/2008: 80 . Erralla Guipúzco a ERR001 1 molar superior der . y 1 ca nino superior d er . 1 IND Ad? De la Rúa Vaca, 19 85 ; Ho y os Gó mez y Fumanal García, 1985 : 32. La Chora Cantabria CHO001 1 frag. de m a ndíbula co n 4 dientes (C1, P 1, P2 , M1), frag . d e maxilar con M1 D y 2 molares aislados (M2 D y M2I) 1 F? IND González Eche garay et al . , 196 3: 49 . El Pendo Cantabria PEN0 01 Esplacnocráneo ( incluyendo 1 molar permanente, 3 molares deciduos y 1 canin o en erupción), etmoides, esfenoides y parte d el frontal. 1 M? Inf. (10) Balbín Behr mann, 2015: 1 0; Elder, 2 010; Pérez Iglesias, 2007 : 12; 2012/ 2013 . Gruta da Almonda Santarém ALM001 C¹ der, P ³ der, P4 der, M² der, fragmento m a xilar der. con dm¹, dm² y M¹ 1 IND Inf. (8) Tr inkau s et a l. 20 11: 4 04- 407 ALM002 C1 izq, P ₃ izq 1 IND AO o Ad. joven Tr inkau s et a l. 20 11: 4 07- 408 ALM003 di¹izq, d i² der, dm ₂ der , dm1 der, d m ₂ izq 1 IND Inf. (2) Tr inkau s et a l. 20 11: 4 08- 409 ALM004 Diáfisis metacarp o in maduro ¿ALM 001 ? IND Inf (5- 12) Tr inkau s et a l. 20 11: 4 09- 410 ALM005 Falange 5 pr oximal mano ¿ALM 002 ? IND IND Tr inkau s et a l. 20 11: 4 10 ALM006 Falange pro ximal pie ¿ALM 002 ? IND IND Tr inkau s et a l. 20 11: 4 10- 411 Tabla 12 . Restos humanos Paleolítico Superior PI. Categorías d e sexo: F/F ?: fem enino o fem enin o probable; M/M?: ma sculino o masculino p robable; IND: indeterminado adu lto; NAD: no adulto de sexo desconocido. Categorías de edad: Inf .: in fantil; AO: adolescente/juvenil ; Ad.: adulto; IND: indeterminado. Fuente: elab oración propia. 136 Yaci miento Pro vincia ID Restos NMI Sexo Edad Referencia Les Cendres Alicante CEN001 1 falange de p ie 1 IND 14 - 16 Arsuaga Ferreras et a l ., 2001 CEN002 1 canino 1 IND 11 - 13 Arsuaga Ferreras et a l ., 2001 Santima miñe Vizcaya SAN001 1 molar 1 IND IND Herrasti Erlo gorri y Etxeber ria Gabilo ndo, 2011 La Lloseta Asturias LLO001 1 cráneo y fragmentos de hueso 1 IND IND Balbín Behr mann, 2015: 9 Santián Cantabria SANTIAN001 1 cráneo, 2 premolares y 1 molar 1 M AS Balbín Behr mann, 2015: 1 0 Cobalejo s Cantabria COB001 1 molar 1 IND IND Obermaier, 1 985: 181 La Palo m a Asturias PAL001 Fragmentos d e maxilar y v ari os dientes indeterminados 1 IND IND Ho y os Gó mez et al . , 198 0: 120 PAL002 1 molar 1 IND IND Ho y os Gó mez et al. , 198 0: 121 PAL003 2 dientes indeter minados 1 IND IND Pérez Iglesias, 2007 : 11 El Buxu Asturias BUX00 1 1 falange y 1 molar 1 IND IND Soto, 19 84: 803 . Nerja Málaga NER001 2 metatarsos y 5 falanges de p ie 1 IND IND González-Tab las, 199 0; Lalueza Fox, 1995 Gruta de Salemas Lisboa SALEM001 Fragmentos d e cráneo y hueso s largos 1 IND IND Barro so Cruz y Cunha, 200 7/2008: 82 Casa da M oura Leiria CASA001 Mandíbula y crá neo 1 IND IND Barro so y Cunha, 2007/2 008: 80 Cova Foradada Alicante FOR003 18 frags.: 1 frag. distal húmero; 1 frag. distal metacarpo; 1 m etacar po; 1 frag. distal metatarso; 1 ala ilíaca; 1 frag. proxi m al r adio ; 1 frag. proxi m al 1ª falange de mano; 1 metacarpo; 1 ª falange de m a no; 1 frag. pro ximal, 2ª fala nge mano; 1 frag. clavíc ula; 1 frag. coro na canino inferior; 1 frag. esmalte; 1 fra g. 1er molar superior; 1 rótula; 1 cor ona 1er molar superior; m itad d is tal r ad io y 1 f r ag . p r o x i m al m e tatar s o 2? IND Adulto e infantil Arsuaga Ferreras et al ., 2001: 299 -300 ; Balbín Behr mann, 2015: 7 ; Casabó i Bernard, 2001 Tab la 13 . Restos h umanos P aleolítico Super ior PI que presentan pro blemas d e contexto, datac ión o análisis. Categoría s de sexo: M: m asculi no; I ND: indeter minado. Categorías de ed ad: IND: inde ter minado; AS: adulto se nil. Fuente: elab oración pr opia. 143 “consumió una dieta mixta, incluyendo pescado, c arne y v egetales” (García-González et al. 2015: 36), lo que serí a coherente con l a re gión costera en la que se encuentra el sitio. Los resultados del análisis del microdesgaste dental de los restos de Rascaño sugieren también una alimentación mixta, aunque con gran aporte de elementos ve getales, y ante lo que los autores muestran cierto escepticismo : “[…] Sobre el método de Puech pensamos que necesitam os mayores evidencias sobre sus fuentes antes de aceptarlo si n reservas, ya que estam os m uy poco seg uros de que n uestro individuo fuera en la gran époc a de la caza y la depredació n un cons umidor de sólo el 20,66% de proteínas animales, aunque realmente la combina ción de m étodos utilizada concluy a a favor de un consider able veg etarianismo.” (Guerr ero Sala y Lorenzo Lizalde 1981: 31 7). Aunque estas conclusiones son interesantes, coin cidimos plenamente con García González et al . (2015: 36), quiene s afirman la necesidad de dispone r de una may or cantidad de datos para poder comparar r esultados y ver en qu é medida los mencionados podrían ser representativos del conjunto de la población de origen. Esta cautela e s extensible a todas las variables prese ntad as. Pero si escasa es la infor mación disponible relativa a la dieta, la correspondiente a ADN y/o movilidad debe calificarse de inexistente. Sólo el individuo de El Mi rón ha sido objeto de un estudio de ADN, cu yos r esultados se han publi cado recientemente e n el ambicioso trab ajo de Fu et al. (2016), en el que se p resenta un map a genético de la población europea p ara el periodo compr endido entre 45.000 y 8.500 B P y a partir del estudio de un total de 51 individuos. Una vez más, ha y que entender esta ausencia de datos en relación a las caracter ísticas de los restos óseos conservados en la península I bérica: i ntervenciones antigua s, contextos en m uchos casos dudosos, pr obable contaminación de los restos e incompatibilidad de cara a un análisis de ADN , etc. Además, puesto que e n la mayoría de los y acimientos el NM I es 1, los estudios de ADN no podrían responder a interrogantes sobre pare ntesco, ya que no ha y muestras suficientes p ara comparar los valores. S í permitirían, no obstante, ofrecer información sobre la movili dad de los individuos y arrojar cierta luz sobre los movimi entos migratorios o sobr e l a concepción del espacio que, en el P aleolítico Superior, podrían tener los grupos humanos (ver por ejemplo Fre i et al. 2015 para la Edad del Bronce europea). Hasta aquí en lo que r especta a variabl es demográficas y at endiendo únicamente a los elementos óseos preservados. Si los indi viduos a los que pertenecen tales evidencias restos recibieron o no un tratamiento funerario es una cu estión que tratare mos a continuación. 144 3.4. Pr á cticas funerarias La escasez de restos humanos conservados pert enecientes a los grupos c azadores - recolectores del Paleolítico Superior europeo a la que hemos hecho alusi ón e n lo s apartados precedentes ha ce pensar en una ge stión de la muerte que, en la mayoría de los casos, no deja huella. Aunque si tenemos en cuenta el conjunto total de l os elementos óseos recuperados estos probablemente sup eran el millar de in dividuos 28 , si consideramos solo aquellas eviden cias d e carácter funerario, la cif ra desciende considerablemente. Debi do a las c aracterísticas de los contex tos y a l as d udas sobre el carácter funerario o no de muchos de ellos e s difícil ofrecer una cantidad c oncreta, pero la ma y oría de las publicaciones no llegan a contabil izar los dos centenerares de sujetos (ver, por ejemplo, Harrold 1980; Binant 1991; Riel Salvatore y Cla rk 2001; Zilhão y Trinkaus 2002b: 523 - 5 24; Elder 2010; Pettit t 2011; Riel Sa lvatore y G ravel-Miguel 2013). En cualquier caso, es evidente que los ha llazgos son insuficientes para estudiar con detalle las p rácticas mortuorias de las soc iedades que habitaron en este la rgo período de alrededor de 30.000 años. La escasez y l a fragmentación del registro lleva inevitablemente a formular ciertos interrogantes. ¿Qué ha y detrás de su formación?, ¿prácticas de incin eración?, ¿ exposición del cadáve r? , ¿deposición en ambientes lacustres? No ha y una únic a forma de gestionar la p érdida de u n miembro del grupo y l a consecue nt e aparición de un cadáver. El tratamiento que se le dé al cuerpo difiere en función las culturas, no debiendo confundirse inhumación con práctica funeraria y ausencia de la mi sma con inexistencia de gestión de la muerte. “Ne gative emotional responses to the absence of corpses are not universal” (Weiss-Krejci, 2013 : 288), por lo que es im portante tener en consideración la p osibilidad de que las sociedades del Paleolítico Superior no dieran esp ecial significación a los restos humanos per se . La conservación de la entidad física, el cadáver, no es un requisito para la afirmación de la existencia de ritual, si bien en Arqueolo gía puede constituir un elemento determinante para su identificación. E l cuerpo no necesariamente ha d e preservarse íntegramente , y práctica s como el c anibalismo o el acto de arrojar el difunto/a a los anima les (Weiss- Krejci, 2013: 285) y que dan lu ga r a registros óseos incompletos, pudieron haberse realizado en el pasado. Todo ello constituy e un a posible ex plicación ante la evidente falta de restos esqueléticos para una cr onología tan amplia en una región geográfica de gran tamaño c omo es el Paleolítico Superior europeo. Además, las distintas formas de gestión de la muer te no tiene n por qué ser incompatibles entre sí, sino que pueden convivir en el ti empo. Es posi ble hablar de coexistencia de inhumac ión e incine ración, conservación del cuerpo o d estrucción d el 28 Par a Francia, por ejemplo, se ha contabilizado un NMI de 232 par a el Magdaleniense (Pettitt, 2 011: 216) . 145 mismo, deposiciones primar ias o secundarias, etc . A tenor de las evidencias disponibles, la heterogeneidad de formas de p rocesar el cadá ver aparece como una interpretación plausible para explicar el re gistro pro cedente del P aleolítico Superior europeo. Constatar la diversidad de prác tic as a través del registro arqueológico n o es una tarea complicada, pero no resulta tan sencillo responder a por qué unos indi viduos recibieron un tratamiento y no otro ; cuáles son las razones que ll evan al grupo a inhumar a una persona y no a ot ra, a incinerarla , a abandonar su cadáver e n medio d el bosque. En la cuestión que nos ocupa referida a los grupos cazadores r ecolectores europeos, h a y quien a pa rtir del análisis de los re stos disponibles ha defendido la existencia de una selección consciente de unos indivi duos frente a otros por parte del grupo. Así, sólo h abrían tenido acceso a la inhumación quienes pr esentaran ciertas patologías, vinculando enterramiento con enfermedad (Formicola et al ., 2001: 378), o quienes se encontraran en un determinado rango d e edad ( Zilhão 2005), siempre teniendo en cuenta que estamos asumiendo que la muestra d e enterramientos preservada repre s enta co rrectamente la totalidad de l as inhum aciones que un a vez exist ieron (Z ilhão, 2005: 238). Sea cual fuera la causa, es indiscutible el he cho de que sólo al gunos indi viduos eran inhum ados: h a y me nos de 5 enterramientos conservados del Paleolíti co Supe rior por milenio en Eurasia (Riel Salvatore y Gra vel-Miguel, 2013: 304) 29 y que, en consecue n cia, esta p ráctica concreta era prob ablemente más una excepc ión que una norma (Pettitt, 2011: 212; Arias Cab al, 2014: 70), un rito re strin gido a una minoría (Parker Pearson, 20 12: 1 51). Tal afirm ación cobra, si cabe, m a yor rotundidad al dirigi r la atención a la p enínsula Ibérica. Como hemos visto, para todo el período y e n todo el territorio comp rendido actualmente por España y Portu gal contamos ex clusivamente con una inhumación primaria ( Lagar Velho) y otra (Mirón ) inicialmente entendida como secundaria (Straus et al. 2011) e interpretada en posteriores publicaciones como primaria (Geili ng y Ma rín- Arroyo 2015: 53; Marín -Arroyo 2015: 64). Se tr ata de sendos depósitos gravetiense y magdaleniense, resp ectivamente, para los que e xiste un consenso cla ro acerca d e su intencionalidad y, por e n de, de su carácter funerario. Además de los citados, ha y quienes también incluy en en el exclusivo grupo de los contextos funera rios intencionales los yacimientos de Cueva Morín y Grut a da Almonda (Carre t ero et al. 2015: 11) . En el primero d e los casos, y aunque los ex cavadores d e Cueva Morín no plantearon dudas al r especto d e la existencia de e nte rramientos en el y acim iento (González Echegara y y Freeman, 1973) , las particularidades del mi smo – 29 Según el recuento realizad o por Riel-Sa lvatore y Gravel -Miguel (2013 : 306) contaríamos con 109 enterramientos (15 1 individuo s), de los cuales ad emás, ta n sólo 85 ( 117 individuos) serían co mpletamente fiables. 146 saponificac ión de los cadáveres y ausencia de r estos óseos - hacen que la información referida a tales indi viduos deba tomarse con ci erta cautela. En lo que respecta a la Galeria N ascente de la Gruta da Almonda, l a argumentación del mismo como intencional se basa en la aparición de cuatro co nchas per foradas que s e asociarían a modo de ajuar a los restos de los tres individuos recuperados (Trinkaus et al. 2011). Restos que, por otra parte, son bastante ex iguos ( ver ALM001 a ALM006, Tabla 12), por lo que entendemos q ue el c arácter d e funerario debe mantenerse entre interrogantes. A excepción de tales evidencias, el NMI restante conservado ( Tablas 12 y 13) está conformado a p artir de restos tan escasos que r esulta aventurado d arles, a priori, el califica tivo de inhumacio nes, no ya primarias, que no podrían serlo en ningún caso, sino incluso secundaria s. Pero que las gentes del Paleolítico Superior no tuvi eran la inhumación c omo principal práctica funeraria no si gnifica que no realizaran ningún tipo de gestión cultural de la muerte. Puesto qu e es evidente que l as actividades que ha y an sido llevadas a cabo en el pasado influ y en de forma determinante en la producción del re gistro arqueológico que recuperamos en el presente, cabe preguntarse qué tipo de prácticas pueden estar vinculadas a la conformación del r egistro del qu e disponemos, así como de qué manera éste es producto de p rocesos tafonómicos, de una gestión antrópica o d e la combinación de ambos. Mientras que en los contex tos primarios hay u na alta preservación de huesos larg os y d e ma y or robust ez como el fémur o la ti bia, en los d epósitos secundarios es el bloque craneofacial el qu e constitu y e una d e las p artes anatómicas con may o r índice de conservación, especialm ente en oposi ción a huesos de manos y pies o las costillas, habitualmente ausentes ( Roksandic, 200 1: 109 y 110; Bec k, 2016a: 61). Esto sugiere que el re gistro del P aleolítico S uperior habría sid o formado como consecuencia de un tratamiento del cadáver que inclu ye necesariamente más d e una fase (U belaker 2007: 42), y que puede haber comprendido prácticas como la ex posición del cue rpo, el desmembramiento, el descarnado, la fra gmentación de los huesos, el desplazamiento de los restos, etc. Evidencias de todas ellas se han co nstatado a nivel continental, habiendo sido agrupada s por Petti tt (2011: 9) bajo l a deno minación de Cronos co mpulsions , en referenc i a al dios griego que devora b a a sus hijos. En la península Ibérica , salvo las excepciones y a mencionad as de Lagar Velho y El Mirón, los elementos óseos recuperados están altamente fragmentados y pertenecen, en su mayoría, al c ráneo y la mandíbula, frente a restos postcraneales, lo que descarta por completo su carácter de depósito primario y los acerca a fo rma r parte de los califica dos como Crono s compulsions. L a preservación diferencial de dientes frente a huesos larg os, entre otros, constit uy e un ar gumento para defender la existencia de un tratamiento antrópico c o nsciente, deliberado y de carácter ritual frente al simple azar. 147 Según algunos investigadores, tales características permiten plantear la hipót esis de una posible manipulación y s elección consc iente de uno s elementos anatómico s frente a otros por parte d el grupo (Pérez I glesias, 2007: 9). Efectivamente, si los restos humanos recuperados fu esen producto del azar o consecuencia d e factores tafonómicos , esperaríamos encontrar una mayor variabilidad de evidencias óseas, en especial en lo que se refiere a huesos largos, cu ya conservación suele s er m ejor, como el fémur o la tibia. Unido a la existencia de contextos similares a nivel continental, ello hace q ue esta hipótesis resulte razona ble, si bien t eniendo en cu enta la tremenda escasez de inhumaciones peninsulares en comparación c on las europeas y, p or tanto, las particularida d es propias del registro peninsular, “he cho que llama l a atención” (González Echega ra y et al. , 1963: 50). Si atendemos a los datos disponibles (Tablas 12 y 13), y recuperando lo que apuntábamos al comienzo de este c apítulo, un NM I de 44 30 (64,7%) del co njunto de 68 está representado única y exclusivamente por elementos pertenecient es al bloque crane o facial; de los 24 restantes, 13 31 (19,1%) presentarían t anto elementos craneales como post craneales; fin almente, un NM I de 8 32 (11,8%) está compuest o sólo por elementos postcraneales. Hay que añ adir, por ú ltimo, los 4 (5,9%) seudomorfos de Morín, de los que no se conserva n restos óseos. ¿Es posi ble que este regist ro sea producto únicamente de factores tafonómicos? Teniendo en cuenta l as carac terísticas de conservación de las di stinta s partes anatómicas, esperaríamo s encontrar un a ma y o r cantidad en el grupo de indivi duos que presentan tanto elemento s del bloque craneofacial como postcraneales. Sin embarg o, el porcentaje de sujetos en esta categoría apenas alcanz a el 20%, mientras que c asi el 80% restante (exclu y endo los 4 individuos de Morín) de los individuos están representados, bien únicamente por elementos del bloque craneofacial, bien por restos exclusivamente postcraneales. Llama l a atención, ad emás, en rel ación a este último grupo el caso d e CAR002 (1 tibia), PAR007 33 (2 tibias) y PAR008 (2 fémures y 2 vértebras ). Según la clasificación en niveles de intencionalidad realizada por Pariat (2007) para distinguir entre restos óseos humanos producto del azar o no necesariamente vinculados a un tratamiento antrópico , por una p arte, y restos consecuencia de p rácticas rituales y , por ende, producto de la actividad humana, por otra, la presencia de 30 Concretamente CAS002, CAS00 4, FOR002 , MOR00 5 , MALL00 1, CAR001, RIE001 , RIE002, RIE003, PAR002, PAR003, P AR004, P AR005, P AR006, PAR009, CALDEI001, CALDEI002, CALDEI004 (NMI 2), CALDEI005 ( NMI 2), B EN001, BEN002, CALDAS001, CALDAS002 , CALDAS003, PAS001 , R AS001, RAS002, T IT001, TIT002, T IT003 , LAP001, ERR001, CHO0 01, PEN0 01, ALM003, CEN0 02, SAN001, SANTIAN001 , COB001 , PAL001, P AL002 , PAL 00 3, CASA001. 31 CAS001, CAS003 (NM I 3), LAG001 , PAR001, MIR001 , ALM00 1+ALM004 , ALM00 3+ALM005 y ALM006, LLO00 1, BUX0 01, SALEM001. 32 FOR001, CAR002, P AR007, PAR008, CALDE I003, CEN001, NER00 1, FOR003 (NMI 2). 33 Po drían pertenecer al mismo individuo q ue PAR001. 148 “elementos pr eviamente seleccionados” s e correspondería con un gesto de nivel 1 (Pariat 2007: 18). Siendo nivel 0 la máxima aus encia de intencionalidad y niv el 5 la máxima presencia de intencionalidad, cabe concluir que el registro del Paleolítico Superior ibérico, en un sentido general, está más cerca d e ser interpretado como no intencional, si bien no es posible calificarlo en esos términos de forma tajante. Evidencias óseas como las recuperadas en El C astillo (CAS001 y CAS002) o Cova Bene ito (BEN001, BEN002) constituy en un ejempl o pa radigmático de un ge sto de intencionalidad 1, mostrando gran parecido con contextos galos aunque de cronolo gía posterior y citados a modo de modelo como Bourguignon-les-More y o Charente à Montagant (Pariat 2007: 132). Otros eleme ntos indicativos de una s elección consciente se rían l a prese ncia de marcas de manipulación ósea (Pariat 2007: 132 ), así como de pigmentación. Tales indicadores est án pr esentes en un NMI d e 12 ( 1 7,7%): BEN001, BEN002, CAR001, CAS001, CAS002, CAS004, L AG001, M IR001, MOR001, MOR003, PEN001 y RAS001. A propósito d e CAS001 y CAS002, l os llamados por Obermaier “cráneos - copa”, d ebemos mencionar que fueron poste riormente analizados, negándose la existencia de tales trazas antrópica s (G arralda, 1992) 34 , lo que rebajaría la cifra a un NMI d e 10 (14,7%). Es interesante, además, el hecho de que el indiv iduo femenino re cuperado en El Mirón no conserva se apenas elementos pertenecientes al bloque craneofacial, a excepción de la m andíbula, pero sí presentase los dedos de los pies y d e l as manos en buen e stado (Carretero et al. 2015: 11). Ello ha llevado a los /as responsables de su estudio a plantear l a posibilidad de que el ritual f unerario d el que fue obj eto esta mujer comprendiera al menos dos partes: la inhum ación inicial en el lugar d el descubrimiento, en un primer mom ento, y el traslado del c ráneo y otros el ementos óseos ( húmeros, cúbitos, radios y f émures) a un segundo emplazamiento, posteriormente (Carretero et al. 2015: 25). Algo similar pudo hab er sido lo ocurrido a Morí n I (MOR001 de la Tab la 12), cuy a cabeza fue, se gún los excavadores, “intencionalmente separada del tronco” (González Echegaray y Freeman 1973: 227) , así como a Morín III (MOR003 de la Tabla 12), a quien “las extremidades de ambas piernas [ le] fueron amputadas y, al menos por lo que respe cta a l a pierna iz quierda, quemadas” (González Echegara y y Freeman 1973: 231). Creemos que no resulta muy aventurado pensar que esta segunda fase il ustrada por las e videncias de El Mirón y Cu eva Morín es la r epresentada por la inmensa mayor í a de los restos óseos recuperados para el Paleolítico Superior de la península 34 Citado en P érez Iglesias, 20 07: 10 . 149 Ibérica. No sólo por aquellos individuos cuyos restos se limitan al bloque craneofacial, sino también por los que únicamente presentan el ementos como fémures (PAR008) o tibias (PAR007; CAR002), puesto qu e tambié n serían susceptibles de considerarse consecue n cia de una selección ósea . La s particularidades del registro afectan igualmente a la aproximación a otras variables como posición, orientación, contenedor, contenido, or ganización e spacial o asociación con infantiles propuestas en la metodología (ver Capítulo 2) que, si bien podrían apo y ar en ciertos casos la int encionali dad de un contexto, no pueden ser analizadas más que e n ciertos individuos. En lo que respecta a orientación y posición, sólo contamos con d atos en los dos casos en los que las inhumaciones han sido int erpretada s como primari as. Así, e n L agar Velho la orientación recogida es E-O, su posición de cúbito dorsal, con las piernas ligeramente flexionadas y la mano derecha descansando sobre la cadera (Zilhão y Almeida 2002: 38). En segundo lugar, e l adulto femenino recuperado en El Mirón, descansa ba sobr e su lado izquierdo con los miem bros, tanto superiores co mo inferiores, muy flexionados (Geiling y Marín-A rro y o 2015: 52; Marín-Arroyo 2015: 62 -63). Según la reconstrucción gráfica (Marín-Arroyo 2015: 63), su orientación es N-S, con la cara en dirección surest e. En los restantes individuos (NM I 66 ) no es posible determinar ninguna de estas dos variables. De manera similar ocurr e con el cont enedor. De hecho, ninguno de los sujetos recuperados mostraba si gnos de haber estado ins erto en algún ti po de estructura, con la excepción del infantil de Lagar Velho, que se encontraba en una fosa superf icial de unos 30 cm de p rofundidad (Duarte 2002: 201). No obstante lo anterior y a unque ello no implique la exist encia de un contenedor, en ciertas ocasiones los restos humanos sí aparecían ocupando un espacio delimitado, lo que sería indicativo de la intencionalidad del acto. Así ocurre con los pertenecientes a El Mirón (MIR001), Les Malladetes (MALL001) y Cova Beneito (BEN001 y BEN002), a los que creemos es necesario hacer alusión. En el caso de El Mirón, el individuo femenino conservado se en contraba inserto en el espacio entre la es quina sureste del vestíbulo de la cueva y un gran bloque con presenc i a de grabados, en un área claramente separada d el resto. Adem ás, su torso había sido cubierto por rocas c alizas, en lo que se int erpreta como un intento d e proteger el cuerpo (Geiling y Marín -Arroyo 2015: 53). En segundo lugar, el oc cipital infantil gravetiense de Les Mall adetes (MA LL001), fue encontrado en un pequeño nicho e n la pared interior de la cueva, bajo un bloque y junt o a carbone s y abundantes restos óseos (Arsuaga Ferreras et al. 2002: 382). Una situación semejante es la de los cr áneos de Cova Beneito (BEN001 y BEN002), pertenecientes a una cronolo gía solutrense. S egún 150 se reco ge en I turbe et al. , (1993:73) junto a ellos aparecieron dos núcleos con ocr e y un percutor y , adem ás, “cerraba este enterramiento […] con la presencia de una gran piedra fuertemente encajada y con ocre en su cara superior y en el lateral que mi raba a los cráne os y tres pequeñas piedras sin colocación aparente.” El análisis de otras va riables como or ganización espacial y asociación con individuos infantiles no puede llevarse a c abo ante la escasez de datos. Sí puede realizarse algún comenta rio a propósito del conte nido o ajuar p resente en los casos de Lagar Velho, Cova Beneito y la Gruta da Almond a. En Laga r Velho se recuperaron dos conchas d e Littori na obtusata (una de ellas cerca de las vértebras cervicales) y cuatro caninos de ciervo ( C ervus elaphus ) asoci ados al individuo infantil. Los seis objetos estaban perforados y son interpre tados como elementos ornamenta les (Vanhaeren y D‟Erric o 2002) , concretamente como p arte de un peinado (caninos) y un collar (concha s ), respectivamente (Duarte 2002: 201). Además, se identificaron t ambién como ajuar/ofrendas al niño/a dos pelvis de ci ervo ( Cervus elaphus ), loc alizadas una junt o al cráne o y otra los pies d el individuo, as í como los huesos de un conejo ( Oryctolagus cuniculus ) inmaduro situados entre las tibias (Dua rte 2002: 201). Con relación a Cova Bene ito, los elementos recupe rados susceptibl es de considerarse ajuar era n una lámina con restos de ocre, una p equeña concha perforada, varios fragmentos y un a gran bola de o cre y un pequeño raspador cuya vi nculación con el enterramiento no sería tan clara al encontrarse un poco desplazado ( I turbe et al. 1993). En lo que respecta a Grota da Almonda, los ex cavadore s recogieron junto a los restos óseos cuatro conchas perforadas - 3 Theodoxus fluviatil is y 1 Hynia reticulata - (Trinkaus et al. 2011: 403) , principal argumento para defender la intenci onalidad del depósito. En los restantes c ontex tos no se mencionan posibles elementos de ajuar. No obstante, ha y que t ener en cuenta que siempr e ex iste cierto grado de s ubjetividad a la hora de asociar según qué elementos a los restos óseos de un individ uo, y que en ocasiones objetos claramente vinculados para un/a investigador/a pueden no estarlo para otro/a. Los artefactos recuperados en El Mirón, por ejemplo, no han si do interpretados como ajuar (Geiling y Marín-Arro y o 2015: 53). A pesar de que la cultur a material asociada ha sido tradicionalmente considerada un indi cador de jerarquiz ación o diferenciac ión social, la escase z de evidencias en el caso que nos ocupa no permite ahondar mucho más en esta cuestión. U na mirada al panorama continental europeo, donde sí existen contextos con elementos de ajuar (Vanhaere n y D‟E rrico 2002: 158 y 179) , ofr ece una pe rspectiva un tanto diferente. Depósitos como el de S unghir, en el que s e descubrieron los restos en con exión anatómica de dos individuos infantiles rodeados de, entre otros objetos, miles de 151 cuentas de collar, plantean interesantes interro gantes ac erca de la or ganización social de los grupos d el Paleolítico S uperior, así como del estatus adquirido o adscrito de sus miembros (Zilhão y Tri nkaus 2002b: 528; Parke r Pearson 2012: 156), entre otras cuestiones, y contra st an con la pobreza relativa del registro peninsular. Ajuar, contenedor, presencia de pi gmentación, marca s de manipula ción, selección ósea y conexión anatómica han sido las principales variables tratadas en las páginas prece d entes p ara intentar discernir si los contextos en los que h an aparecido restos humano s pertenecientes al Paleolítico Superior peninsular son o no i ntencionales. Creemos que ex isten argumentos para defender el carácter de fun erario – y , por tanto, intencional – de gran parte de ellos. S e mu estra a continuación (T abla 14 ) un resumen gráfico d e lo discutido, presentando las presenci as y /o ausencias en cada uno de los ítems tenidos en cuenta. ID NMI Conexión anatómica Selección ósea Marcas manipulació n ó s ea Pigmentación Contenedor Ajuar ALM001 1 ALM002 1 ALM003 1 ALM004 * ALM005 * ALM006 * BEN00 1 1 BEN00 2 1 BUX00 1 1 CALDAS001 1 CALDAS002 1 CALDAS003 1 CALDEI001 1 CALDEI002 1 CALDEI003 1 CALDEI004 2 CALDEI005 2 CAR001 1 CAR002 1 CAS001 1 CAS002 1 CAS003 3 CAS004 1 CAS005 * CASA001 1 CEN001 1 152 CEN002 1 CHO001 1 COB001 1 ERR001 1 FOR001 1 FOR002 1 FOR003 * LAG001 1 LAP001 1 LLO001 1 MALL001 1 MIR001 1 MOR001 1 MOR002 1 MOR003 1 MOR004 1 MOR005 1 NER001 1 PAL001 1 PAL002 1 PAL003 1 PAR001 1 PAR002 1 PAR003 1 PAR004 1 PAR005 * PAR006 1 PAR007 * PAR008 1 PAR009 1 PAS001 1 PEN0 01 1 RAS001 1 RAS002 1 RIE001 1 RIE002 1 RIE003 1 SALEM001 1 SAN001 1 SANTIÁN001 1 TIT00 1 1 255 confirman qu e la p rimera ( Bòbila Madurell, NM I 140) fu e utilizada en u n int ervalo de tiempo de entre 255-435 años (Gibaja et al. ,2017: Tabla 4), Can Gambús (NM I 38) entre 340 y 500 años (Gibaja et al. , 2017: Tabla 4) y Camí d e C an Grau (NM I 57 ) en torno a 411 años (Morell Rovira et al ., en prensa). L as tres fechas dispo nibles para Alto del Reinoso (NMI=73), sin embargo, son mucho más cercanas entre sí, y muestran un empleo del espac io durante un lapso de 60-80 años (Alt et al ., 2016: 6). Un uso relativamente corto, durante no más de 4 generaciones (tomando como media 25 años por generación), se ha propuesto también pa ra otros lugares d el int erior como La Tarayuela, L a Velilla, La Sima, La Vega y Los Zumacales (Rojo Gu erra y Garrido Pena, 2012: 26; Alt et al ., 2016: 19). P odemos añadir a este r especto que en el dolmen de Alberite s e han recuperado ú nicamente 2 indi viduos, a pesar del tamaño del monumento 69 . Aunque es indiscutible que los monumentos meg alíticos presentan biografías de larga tra ye ctoria (Díaz -Guardamino Uribe et al , 2 015), que en ocasiones p ueden superar el milenio y t raspasar culturas mu y dist intas entre sí – no hay más que pensar en la actual celebración d e los solsticios en Stonehenge u otros lugares emb lemáticos - las fecha s obtenidas a p artir de los restos humanos de las gentes n eolíticas que en ellos encontramos resultan muy cercanas entre sí. En c onsecuenc i a cabría pensar que, de s er cierta tal reutilización dura nte sig los de los mismos, debía producirse también una “limpieza” periódica de los esqueletos, quedando en el interior del sepu lcro sólo los restos de aque llos individuos que hubier an falle cido más r ecientemente. Volvere mos sobre esta cuestión en el Capítulo 6, dedicado al Calcolítico, período en el que realmente se produce el apogeo del megalitismo. Por el momento pasamos a mi rar más de cerca el conjunto de 515 individuos inhumados durante el Neolítico. 5.3. Demogr afía Los dist intos estudios antropológicos realizados a los 515 individuos aquí analizados han permitido e stimar el sexo en 198 sujetos (38,4% del total), permaneciendo los restantes 317 (61,6% del total ) como indeterminados adultos (174 ó 33,8% del total 70 ) y no adultos de sexo desconocido (143 ó 27,8% del tot al) 71 . De los 198 individuos en los que sí ha sido posible distinguir entre hombres y mujeres, 119 (el 60% del total de sexados) han sido identificados como masculinos o probables 69 En es te caso la s fechas dispo nibles no so n d e hue s o, por lo que no es posible establece r una cronología clara de uso como en el caso d e Alto del Reinoso. 70 Los individuos 13 y 14 d e La T arayuela son clasificado s en la publicación cor respondiente co mo alofisos per o, al ser los únicos dos del co njunto, lo s he m os recogido co mo indeter m i nados par a facilitar la lectura y la elabor ación de gráficas e n el análisis. 71 Ha y 10 j uveniles cu y o se xo s í ha sido po sible estimar y que, salvo en el apar tado relativo a ed ad, d onde se tendrán en c uenta co mo n o adultos, se han inc luido en los resp ectivos gr upos de sex o. Se trata de 4 femeninos o femeninos probab les: GR AU028, CAS CA J0 23, PAT ERN008 y PATERN0 09, y 6 masculinos o m asc ulinos pr obables: REINOSO005 , REINOSO02 0, VIRTUD004, CASCAJ0 16, CASCAJ02 6 y GA VÁ010 . 256 masculinos frente a 79 ( 40% del total de sex ados) considerados femeninos o probables femeninos. Si se tratara de una población viv a, l a razón de sex o sería de 151, es decir, habría 151 hombres por cada 100 mujeres, lo que en ningún caso podría ser equivalente a una ra tio natural, sino que habría de ser pr oducto de una modificac ión cultural. Nuestra muestra, por ta nto, no es representativa de una población viva, sino de una muerta y, más con cretamente, de quienes han recibido un tratamiento funerario que deja huella en el registro arqueológ ico. Si bien hay que tener en cuenta los numerosos adultos indetermin ados, cuy o total asciende a 174, nuevamente y c omo veíamos con anterioridad para las sociedade s cazadora s- recolectoras, e l número de hombres supera con creces al de mujeres. ¿Tenían estos un acce so preferente a práctica s de inhumación? , ¿existe una pauta c lara al respec to en cada uno de los ya cimientos o esconden estas cifras cierta diversidad en los distintos lugares? El desg lose de los totale s de sujetos femeninos, masculinos, indeterminados adultos y no adultos de sexo desconocido en cada uno de lo s yaci mientos (Tabla 37 y Figura 20 ) muestra los si guientes datos. En 7 d e los 21 sitios la mayor cantidad observada corre spond e al grupo de masculinos o masculi nos probables (Algar d o Bom Santo, Camí de C an Grau, Ce rro Virtud, Costamar, Cueva de Chaves, La Tara yuela y Los Cascajos), en 6 casos a no adultos (Alto del Reinoso, Azután, Cova de les Agulles, La Caserna de Sant Pau del Camp, La S ima y Polideportivo de M artos), en 3 casos a indeterminados (Al gar do Barrao, Bóbila Madurell, Can Gambús) y sólo e n 2 lugar es a individuos femeninos o posibles femeninos (La Lámpara y Minas de Gavá). Los restantes 2 y acimientos hasta alcanzar 21 (Alberite y P aternanbidea) presentan el mismo número de sujetos femeninos que masculinos. Por tanto, los individuos masculinos son ma y oritarios con relación al resto y especialmente a las mujeres, no sólo en términos ge n erales sino también tomando los yacimientos por sepa rado. Yacim ient o F / F? M / M? IND NAD Total Nº I nd. % Nº I nd. % Nº I nd. % Nº I nd. % Alberite 1 50,00 1 50,00 0 0,00 0 0,00 2 Algar Barrao 2 10,00 3 15,00 11 55,0 0 4 20,0 0 20 Algar Bom Santo 3 20,00 8 53,33 3 20,0 0 1 6,67 15 Alto del Re inoso 6 14,29 13 30,95 8 19,0 5 15 35,7 1 42 Azután 0 0,00 1 11,11 3 33,3 3 5 55,5 6 9 Bòbila Madur ell 13 9,29 12 8,57 61 43,5 7 54 38,5 7 140 Cam í de Can Grau 11 28,95 12 31,58 5 13,1 6 10 26,3 2 38 Can Gam bús 8 14,04 7 12,28 42 73,6 8 0 0,00 57 Castelo Belin ho 0 0,00 3 18,75 10 62,5 0 3 18,7 5 16 Cerro Virtud 2 18,18 5 45,45 4 36,3 6 0 0,00 11 Costamar 0 0,00 4 57,14 0 0,00 3 42,8 6 7 Cova de les Ag ulles 0 0,00 0 0,00 4 40,0 0 6 60,0 0 10 Cueva de Chav es 0 0,00 1 100,0 0 0 0,00 0 0,00 1 La Caserna S t. Pau 4 15,38 3 11,54 3 11,5 4 16 61,5 4 26 257 La Lám para 1 100,0 0 0 0,00 0 0,00 0 0,00 1 La Sima 9 34,62 2 7,69 5 19,2 3 10 38,4 6 26 La Tarayue la 1 5,88 11 64,71 2 11,7 6 3 17,6 5 17 Los Casca j os 4 11,11 23 63,89 6 16,6 7 3 8,33 36 Minas de Gav á 7 30,43 5 21,74 6 26,0 9 5 21,7 4 23 Paternanbide a 5 38,46 5 38,46 1 7,69 2 15,3 8 13 Pol. Martos 2 40,00 0 0,00 0 0,00 3 60,0 0 5 Total 79 119 174 143 515 Tabla 37 . Nº individuo s por grupos d e sexo en contextos funerarios n eolíticos de la P I. F/F?: femenino o femenino probable; M/M?: masculino o masculino probable; IND: indeterminado adulto; NAD: no adulto de sexo descono cido. En sombreado el grup o con presencia may oritaria en el yacimiento; en negrita, el grupo con caracteriz ación sexual más representado. Fuente: elabora ción propia. Figura 20 . Individuos con estimación sexual del Neolítico p eninsular considerado s en este an álisis. M/M?: masculino o masculino probable en azul y en la parte sup erior; F/F?: femenino o femenino probable, en amarillo y en la parte inferior. Fuente: elaboración propia. No obst ante lo ant erior, l a tabla me rece un comentario más detallado para no caer en la simplificación. En el dolmen de Alberite se recuperaron únicamente 2 individuos (1F y 1M? ), mientras q ue en la Cuev a d e C haves los r estos corresponden a 1 sujeto (1M), al i gual qu e en La Lámpara (1F), po r lo que estos tres yacimientos no pueden analizarse en términos de dife rencias de s exo y /o edad, al no alcanzar una cantidad mínima de individuos que c omparar entre sí. En segundo lugar, en aquellos lugare s en los que los no adultos son e l grupo mayor itario es difícil realizar comentario alguno en términos de sex o, puesto que los individuos infantiles y /o juveniles (salvo excepc iones en estos últimos) no prese ntan suficientes diferencias a nivel morfoló gico y, en consecuencia, no pueden s e r caracter izados sex ualmente. Mención aparte merecen los y acimientos de Bòbila Madurell y Can Gambús en los que, tal y como se recoge en la Tabla 37, habría 61 (NMI = 140) y 42 (NM I = 57) 0% 10% 20% 30% 40% 50% 60% 70% 80% 90% 100% Alberite Algar Barrao Algar Bom Santo Alto del Reinoso Azután Bòbila Madurell Camí de Can Grau Can Gambús Castelo Be linho Cerro Virtud Costamar Cova de les Agulles Cueva de Chaves La Caserna St. Pau La Lámpara La Sima La Tarayuela Los Cascajos Minas de Gavá Paternanb idea Pol. Martos M / M? F / F? 258 individuos adultos indeterminados, respectivamente. Estos datos han sido recogidos del estudio antropológico más reciente y que ma y or n úmero de sujetos abarca, realizado por Allièse (2016). Esta investigadora considera que el deficiente estado de conservac ión de los esqueletos no permite realizar una estimación sex ual fiable en muchos de ellos lo que im pide, en consecuencia, discutir en términos de razón de s exo más allá de decir simplemente que hombres y mujeres están presentes en el re gistro (Allièse, 2016: 83, 154 y 227 ). Una opinión diferente, sin embargo, es la sostenida por los/ as autores/as d e los informes vinculados al pro y ecto Sepultur as N eolíticas 72 , que sí realizan una adscripción sexual en ma y o r número de indi viduos, siendo ésta la recogida en otros trabajos (Roig B uxo et al. , 2010; Ruiz et al , 2 010; Fontana ls-Coll et al. , 2015). S i tenemos en cuenta estos últimos, los datos para Can Gambú s-1 hablan d e un total de 21 masculinos, 15 femeninos, 8 alofisos y 7 indetermi nados (Roig Bux ó et al ., 2010: 71), mientras que en el caso de Bòbila Madurell las cifras asc enderían a 35 masculinos, 13 femeninos y 11 indeterminados (Alliése, 2016: Anexo 34 -37). En ambos casos vuelve a darse un a cantidad superior de sujetos identificados como hombres frente a los estimados como mujeres, dato que, en opinión de Allièse (2016: 228) d ebe tomarse con preca u ción. Teniendo en cuenta las im portantes diferencias entr e los datos ofrec idos por la primera y los referentes al pro y ecto c abe preguntarse si, ante indi viduos indeterminados los métodos osteológicos de estimación sexual no presentarán una tendencia hacia la clasificación de ciertos caracteres como masculinos 73 . Continuando con lo a nterior, en Camí de C an Grau, Minas de Gavá y Paternanbidea , si bien los masculinos son mayor í a, las cifras d e femeninos se aproximan bastante a ellos, con lo que no cabe hablar de una diferencia significativa, tal y como apuntan Martí i Rosell et al . (1997: 100) a propósito de Camí de Can Grau. Difere nt e es el caso de los lugares de Algar do Bom S anto (8M, 3F, 3 IND ), Costamar (4M, 0F y 0IND), La Tara y uela (11M, 1F, 2 IN D) y Los Cascajos (23M , 4F y 6 IND), donde la presencia de mujeres n o existe o está muy por d ebajo de la d e los hombres. ¿A qué responde esta situación? Una de las explicaciones ofrecidas es la que habla de la posibilidad de que estemos ante una selecci ón cultural que no da acceso a las muje res a tales contextos funerarios, haciendo especial alusión a depósit os en monumentos megalíticos. Esta hipótesis ha sido lanzada a p ropósito fundamentalmente de ciertos lugares del interior peninsular como La Peña de la Abuela o el dolm en de las Ar nillas (Delibes de Castro, 1995: 77; Rojo Guerra et al ., 2005: 61 y 62), no incluidos aquí por dist intas razones ( ver 72 Informes elab orado s por Eulàlia Subirà y J ord i Ruiz, la primera d e hecho, directo ra d e tesis de Allièse. En Allièse (20 16, Anexo: 34 -3 7) puede verse una co mparac ión entre las e stimacione s sex uales realizada s por ella y las co rrespondiente s al p royecto. 73 “It is worth notin g that se x deter mination based solel y on c rania, without taki ng i nto ac co unt t he pelv is results in a n i mbalance in the sexes.” (Alt et al ., 2 016: 9 ). 259 apartado 5.2. Re gistro óseo del presente c apítulo), aunque también en rel ación a otros contextos sí considerados como el túm ulo de L a Ta rayuela. Con respecto a éste, Velasco V á zquez señala que “se observa un predominio de varones como consecuencia directa de un acto intencional del que quedan excluidas (sic) un porcentaje significativo de las mujeres del grupo” (2005: 349). En efecto, en el caso de los y acimientos incluidos en este análisis, las mayores diferencias se encuentran en La Tara y uela, d e carácter me ga lítico, aunque también en los sitios de Costamar, Los Casc ajos y Algar do Bom S anto, los dos primeros con enterramientos en estructuras negativas, el último en cueva. Por ello no podemos decir que, de ser cierta la ex clusión de las mujeres y la pr eferencia por los hombres, tal selección sea una carac te rística exclusiva del mundo megalítico neolítico. Si estas apreciaciones se confirman en el futuro en un ma y or número d e l ugares estaríamos ante la primera selección clara de género en términos ideológicos y /o simbólicos de la Prehistoria Reciente . A la inversa exist e un caso en el que podríamos estar frente a una ma yoría de sujetos femeninos en r elación a los masculinos: el yacimiento de La Sima (2M, 9F y 5IND). En este caso el número de indeterminad os adultos asciende a 5, por lo que es posible que éstos estuvieran escondiendo una ra tio de sex o más cercana entre ambos grupos, al igual que sucede con Cerro Vi rtud (5M, 2F, 4I ND) y Alto del Reinoso (6F, 13M, 8IND). No obstan te, a dif erencia d e lo que ocurre en los dos últimos - donde cabría la posibilidad de que todos los individuos indeterminados fueran mujeres, en cuy o caso no habría una razón de sex o favorable a las hombr es -, en La Sima incluso aunque los 5 indetermina dos adultos fuesen masculi nos seguiría existiendo una ma y oría clara de fe m eninos, tal y como afirman Nicklisch et al . (2005: 337). Esta situación, aunque no tan evidente como la de Los Cascajos o L a Tara y uela, podría considerarse equivalente, y quiz ás nos esté informando también sobre una selección cultural bas ada en el sex o. ¿Existieron lugares funerarios ex clusivos o preferentes para hombre s y lugares fun erarios exclusivos o pre ferentes p ara mujeres?, ¿únicamente para los primeros? ¿ Tiene la exclusión de las muj eres r elación con los inicios de una ac umula ción difere n cial de poder por parte de los hombres? En lo que respecta a la edad, de los 515 individuos rec opilados, 340 (66% del total) son adultos frente a 153 (29,7 % de l total) no adultos y 22 (4,3% del tot al) indeterminados. Tenien do en cuenta que las estimaciones generales sitúan los porcentaje s d e infantiles en poblaciones demo gráfica mente arcaicas entre el 30% y el 70% (Bocquet y Mass et, 1977) y/o entre el 40% y el 50% (Rinne, 2001) p ero en nin gún caso por d ebajo del 20 % (Lohrke et al ., 2002), los datos de conjunto aquí presentados serían susce ptibles de s er representativos de una población natural. 260 La situación por y acimientos (Tabla 38), sin embarg o, es mu y v ariable: en 4 lugares (Cueva de Chaves, L a Lámpara, Alberite y Can Gambús) no se recuperaron evidencias óseas de nin gún individuo no adulto. En los restantes las cifras son mu y diferentes entre sí. En el citado límite del 20% o por debajo de éste estarían los y acim ientos de Los C ascajos (16,67 %), Cerro Virtud (9,09%), C astelo Belinho (18,75%), Al gar do Bom Santo (6,67%), Al gar do Barrao (20 %) y La Tara yue la (17,65%). Es decir, en 11 de los 21 lu gares analizados el número de individuos infantiles y juveniles es completamente incompat ible con una población natural: faltan niños y niñas en los contextos funerarios. P or encima del 20%, y en orden de menor a mayor presencia se sitúa n Minas de Gavá (21,74 %), Camí de Can Gr au (2 8,95 %), Alto del Reinoso (40,48%), La Sima (38,46%), Bòbila Madur ell (38,57%), Costamar (42,68%), Azután (55,56 %), Polideportivo de Martos y Cova d e les Agulles (ambos con 60%), y La C aserna d e Sant Pau del Camp (61,54%), todos ellos potencialmente compatibles con una población demográfica mente arcaica. Yacim ient o Adultos No adultos I ndeter m inados TOTAL n % n % n % Los Casca j os 25 69,44 6 16,67 5 13,89 36 Cueva de Chav es 1 100,00 0 0,00 0 0,00 1 La Lám para 1 100,00 0 0,00 0 0,00 1 Paternanbide a 9 69,23 4 30,77 0 0,00 13 Cerro Virtud 10 90,91 1 9,09 0 0,00 11 Castelo Belin ho 9 56,25 3 18,75 4 25,00 16 Bòbila Madur ell 82 58,57 54 38,57 4 2,86 140 Azután 4 44,44 5 55,56 0 0,00 9 Cam í de Can Grau 25 65,79 11 28,95 2 5,26 38 Costamar 4 57,14 3 42,86 0 0,00 7 Alberite 0 0,00 0 0,00 2 100,00 2 Caserna San t Pau del Cam p 9 34,62 16 61,54 1 3,85 26 Can Gam bús 55 96,49 0 0,00 2 3,51 57 Algar do Bom Santo 14 93,33 1 6,67 0 0,00 15 Alto del Re inoso 25 59,52 17 40,48 0 0,00 42 La Sima 15 57,69 10 38,46 1 3,85 26 Minas de Gav á 17 73,91 5 21,74 1 4,35 23 Algar do Bar rao 16 80,00 4 20,00 0 0,00 20 La Tarayue la 14 82,35 3 17,65 0 0,00 17 Cova de les Ag ulles 4 40,00 6 60,00 0 0,00 10 Polideport ivo de Martos 2 40,00 3 60,00 0 0,00 5 Tab la 38 . Distribución de individuos del Neo lítico pen insular d istinguiendo entre adul tos, no adultos e indeter minados. En r ojo, 0%; en amarillo, ≤20%; en verde, >2 0%. Fuente: elaborac ión propia. Varios comentarios relevantes pue den hacerse al r especto. 261 En primer lugar, y sin te ner en cuenta los sit ios de Cueva de Chaves (NMI=1), La Lá mp ara (NM I= 1) y Alberite (NMI=2) vemos que ha y dos lugares con ningún niño/a o ningún ni juvenil. Se trata de Cerro Virtud (NMI=11), un ente rramiento colectivo en estructura negativa al aire libre en en el que se recuperó un único juvenil y ningún infantil 1 ó 2), y de Can Gambús (NM I= 57), p erteneciente a los sepulcro s de fosa , y donde no se halla ron restos de ningún sujeto no adulto. Al igual qu e ocurría en el caso de la diferencia entre ho mbres y muj eres, las ex plicaciones al efecto alude n nuevamente a la exclusión por mot ivos culturales de infantiles y juveniles, tanto en C erro Virtud (Montero R uiz et al ., 1999: 122), como en Can Gambús (Allièse, 2016: 82). Argumentac iones similares encontramos también para aquellos y acimientos que citábamos previamente en los que la representación, si bien existe, está muy por debajo de la esperada. Es el caso de La Tar a y uela, donde se alude a un a “selección intencional consustancial a la práctica fúneraria en relación a quién es depositado en el interior de este sepulcro” (Velasco Vázquez, 2005: 350). En el extremo opuesto a este conjunto de localizaciones con escasa presencia de niñas, niños y juveniles se sitúa el ya cimiento de La Casern a de Sant P au del Camp, con 16 individuos no adultos de los 26 totales, lo que arroja un porc entaje del 61,54% del total. Aunque tal valo r quedaría dentro d el intervalo propuesto por Bocquet y Masset (1977), cabe preguntarse si es La Caserna de Sant Pau de l Camp un sitio de enterramiento preferente para los individuos inf antiles y juveniles equiv alente al qu e podría haber sido La Sima para las mujeres. En segundo lugar, es interesante el hecho de que prec isam ente tres de los y acim ientos, bien con ausencia de individuos no adultos, bien con presencia de éstos en porcentaje s in feriores al 20%, sean los mi smos que aquéllos con men ores cif ras de mujeres con relación a hombres: nos r eferimos especialmente a Algar do Bom Santo, La Tarayuela y Los Cascajos y , en me nor medida, a Cerro Virtud. Aunque no incluido en el presente análisis por distintos motivos previamente explicados (ver aparta do 5.2. Re g istro óseo de e ste capítulo), parece que una situac ión similar se produjo en el dolmen de Las Arnillas, donde los menor es de 1 3 apenas alcanzarían el 15% del total (Delibes de Castro, 1995: 78) y en el que, recordemos, también habría habido una mayor í a destacada de suj etos masculinos. Así, parece que no sólo exist iría una selección cultural sex ual sino también en relación a la e dad por la que los hom bres tendrían preferenc i a sobre mujeres y sujetos infantiles y juveniles. La m entablemente, ni en el caso d e la diferencia entre hombres y mujeres ni en el de adultos versus no adultos la cronolo gía nos ofrece pista alg un a: Los Cascajos pertenece al VI/V mileni o cal a.C., siendo d e hec ho el y acimiento con l as fechas más antigua s d e los 21 aquí analizados, las dataciones de Cerro Virtud corresponden al V milenio cal a.C., y l as d e Algar do Bom S anto y La T arayuela adscriben éstos al IV 262 milenio cal a.C. En consecuencia, si realmente se produjo en este periodo un a acumulación de poder simbóli co o ideológico por parte de los hombres que llevaba a que éstos tuvieran un espacio rese rvado en algunos contex tos funerarios frente a mujeres e indi viduos no adultos, tal situación hubo de tener lu gar d e manera puntual y a lo largo de todo el Neolítico, máxime teniendo en cuenta que la ma yoría de los restos óseos pertenecen cronológicamente al IV mi lenio. ¿Podría hablarse, entonces, de episodios aislados de p redominio masculino que no llega a consolidarse? Veremos qu é ocurre con las siguientes variables. 5.3.1. Paleopatología Antes de abordar el análisis de las patologías presentes en los ind ivi duos pertenecientes a contex tos funerarios del N eolítico peninsular es importante decir y tener en cuenta que existe una enorme diversid ad en las distintas publicaciones qu e pone de m anifiesto la ne cesidad de establecer un protocolo normalizado d e pres e ntación de los datos. Una mínima homo geneidad y estan darización al o frecer la información es crucial para pode r realizar comparaciones, no y a a gran escala, sino que excedan simplemente los lími tes de un único y acimiento. Sin esto es imposi ble avanzar en e l conocimiento del estado de salud de las poblaciones pr ehistóricas. Con relación a las 21 localizaciones aquí tratadas, en muchos casos surgen dudas incluso a la hora de dist inguir entre ausencia de patologías en el sujeto y ausencia d e estudio patológico. En consecuencia, nos c entraremos en las diferencias que pudier an darse entre grupos de sexo y /o edad en aque llos restos para los qu e sí tenemos constancia que han sido objeto de un análisis paleopatológico. Somos c onscientes de que esto implica un sesgo en relación a los restantes, pero en nuestr a opin ión los datos de las publicaciones ac tualmente disponibles no permiten ha cer otro tipo de aproximación al conjunto de las evidenc ias óseas. Con el objetivo de situar al lector/a, comentaremos en primer lu gar y brevemente cada uno de los ya cimientos, siguiendo p ara ello u n orden cronológico. Est e comentario es extensible a las variables “marcadores de violencia” y “marcadores ocupacionales”, identificadas habitualm ente como cons ecuencia de un análisis centrado en las patologías. El estudio paleopatológico de L os Cascajos, aun que llevado a cabo, no ha sido publicado aún 74 ; los artículos y div ersos trabajos dispon ibles sólo ofrecen información osteológica básica, como el sexo y l a edad (Hervell a Afonso, 2010). Tam poco los datos relativos a la Cueva de Chaves resultan de gran utilidad, pues son mu y escasos y poco detallados (Utrilla Miranda et al ., 2008), a pesar de lo cual los hemos incluido en este estudio. En la otra sepultura individual sele ccionada, La Lámpara, no se h ace m ención 74 Manolo A. Rojo Guerra, co mun icac ión personal. 263 alguna a cuestiones paleopatológicas a excepción de un comentario sobre la dentición: “no conservab a ap enas d ientes y los alvéolos molares estaban completamente cerrados” (Rojo Guerra y Kunst, 1 999: 505). No se indica qué piezas dentale s son las perdidas en vida o en qué e stado s e encontraban el resto de dientes. En la publi cación relativa al yac imiento de Pate rnanbidea (García Gazólaz , 2007) se rea liz an algunos comentarios sobre varios de los individuos, por lo que sobreentendemos que cuando no se dice nada es porque no se apre ciaron en los restos lesiones patológicas, aunque no se indi que ex presamente. Más exhaustivo es el análisis sobre el sit io de Cerro Virtud (Montero Ruiz et al ., 1999), que sí inclu ye información sobre patologías, así como sobre ra s gos epigenéticos. En relación al últim o de los y acimientos del c. V I /V milenio ca l a.C., Castelo Belinho, los artículos únicamente hacen alusión a la presencia, en al gunos individuos, de “algumas cáries dentárias”, así como una p eriostitis ligera en una tibia (Gomes, 2010: 71). No se da más información ni del número de caries, ni de los sujetos a los que pertenecen é st as o la citada tibia. Avanzando en el tiempo y en una cronología y a del c. I V milenio cal a. C. encontramos en un prim er m omento el sitio de Bóbila Madurell. Lamentablemente, sus más de un centenar de inhumados no han sido objeto de un estudio paleopatológico 75 , por lo que nos vemos en la obligación de no considerarlo. En el dolmen de Azután el estado de conservación – altamente fragmentado - d e los restos no permite ir mucho más allá y los elementos “que pueden presentar al guna patología son mu y escasos (porosidad ectocraneal, reborde artrósico… )” (González Martín y Campo Martín, 2005: 250) . Aunque se hace hin capié en “el buen estado de salud del conjunto (ausencia de caries y cálculo), lo que pu ede d eberse a la baja ingesta de hidratos de carbono o a costumbres relativas al cuid ado y l a higiene dental del grupo” (González Martín y Campo Martín, 2005: 250), no es posible individualizar los distintos restos, por lo que no pode mos pasar del conjunto al indivi duo. Otros yacimientos como Camí de C an Grau (Martí i R osell et al ., 1997) y Costamar, presentan ma y or es posibil idades (Polo Cerdá y García Prósper, 2009) al ofrecer la información asociada a los distintos individuos. Evidentemente todo ello ti ene relación c on las características del d epósito, el contene dor en el qu e se se pultó al individuo, y si se tr ata de un contexto individual o plural. Así, la información disponible para lugares con estructuras negativas como los citados es de mayor calidad que la relativa a contextos megalíticos o cuevas. 75 Florence Allièse, co municaci ón personal. 264 Al igual que ocurría en Azután, en el dolmen de Alberite se imponen la escasez y preservación de los r estos: un fragmento de escot adura ciática de l a pelvis en el caso d el masculino y 2 fémures atribuidos al femenino. Restos tan ex iguos no permiten ahondar en el estado de s alud de los individuos y el estudio antropológico no menciona evidencia alg un a de enfermedad (Gómez Sánchez, 1996). Para la Caserna de Sant P au del Camp sí hay estudio patoló gico publicado (Estebaranz et al. , 2008), pero no siempre los datos están individu alizados, por lo que sólo hemos incluido aquellos que sí 76 . En la siguiente necrópolis en orden cronológico, Can Gambús, la situación es la misma que para Bòbila Madur ell: no hay estudio paleopatológico al que acudir 77 , lo que resulta un tanto desolador teniendo en cuenta las caracter ísticas d el yacimiento y el eleva do NMI (57). A propósito de la cueva de Algar do Bom S anto existe un estudio antropológ ico (McGarvey, 2002) que analiza 19 cráneos p ero que no hemos inc luido ante la imposibilidad de vincularlos a individuos concretos, puesto que no ha y forma de saber si se corre spond en o no con los publicados en Carvalho, 2014a y Carva lho et al ., 2015. Por último, en los yacimientos de Alto del Reinoso (Alt et al ., 2016), La Sima (Nicklisch et al ., 2005), Gavá (Villalba, 1999; C asas y M ajó, 2009), Al gar do Barrao (Carvalho et al., 2003), La Tara yuela (Velasco Vázquez, 2005), Cova de les Agulles (Gómez i Bach et al. , 2008) y P olideportivo de Martos (Lizcano P restel, 1999) sí se explicita la existencia de un estudio paleopatológico, y se d a la información corre spondient e, si bien ésta no siempre es individualizable, caso de Algar do Barrao o La Tara y u ela, o resulta mu y poco detallada, caso de Poli deportivo de Martos. En Cova de les Agulles, según los autores/as “no hay observaciones patológicas ni tax onómicas de int erés" (Gómez i Ba ch et al ., 2008: 95), tampoco en los sujetos de la Mina 9 de Gavá (Villalba, 1999: 45). En conc lusión, hemos de descartar total y lamentablemente para el aná lisis de paleopatología, mar cadores de violencia y m arcadores de actividad los indi viduos pertenecientes a Los Cas cajos, Bòbila Madurell, Can Gambús y Al gar do Bom S anto, ante la ausenc i a de una p ublicación r elativa a la p aleopatología. Incluiremos, aunque en muchos casos con reserv as a causa de la imprecisión de los datos o l a conservación de los restos, los correspond ientes a Alberite, Dolmen de Azután, La Lámpara, Cova de l es Agulles, La Caserna de Sant P au del Camp, Castelo Belinho, Cueva de Chaves, Costamar, Gavá, Camí d e Can Grau, Poli deportivo de Martos, Paternanbidea, Alto del Reinoso, L a Sim a, La Tarayuela y Cerro Virtud. El conjunto de sujetos inhum ados en estos 17 yacimientos arr oja un NM I de 267. 76 He m os i ntentado, sin éxito, acceder al informe paleopato lógico co mpleto. 77 Ver nota 7 5. 271 Rosell et al ., 1997: 116) y en otras que se trata del individuo II (un hom bre) (Martí i Rosell et al. , 1997: 79) 80 . Los problemas citados a la hora de dist inguir entre indi viduos que han sido objeto de un análisis paleopatológico y no han mostrado evidencias de ninguna enfermedad a nivel óseo, por una parte, y los que no han sido estudi ados, por otra, impiden tener una cifra de conjunto con la que vincular los que sí presentan r asgos de vi olencia. P or ello, al contrario de lo que ocurría con los traumas, no es posible realizar el test de χ 2 aquí, puesto que desconocemos e l número de individuos con ausencia de marcadores y , además, el número de o bservaciones es excesivamente pequeño. Debemos limitarnos, por tanto, a describir los restos y d ecir que, en efecto, ex iste una cantidad más elevada de hombres que de mujeres que muestr an lesiones potencialmente asociadas a episodios violentos. 5.3.3. Marcadores ocupacionales La aproximación a las actividades realizadas a parti r del estudio de los marcadores ocupacionales presenta los mismos problemas qu e mencionábamos con a nterioridad en relación a las patologías y los m arcadores de violencia. De forma ex presa s e hace alusión a los mismos en al menos un individuo en los y acimientos de Algar do Barrao, La Caserna de Sant Pau del Camp, Costamar, Minas de Gavá, Camí de Can Grau, Alto del Reinoso, L a Sima, La Tara y uela y Cerro Vi rtud. No obstante, en la mayoría de los casos se tra t a de comentarios generales no individualizables. Entre los restos del S ondeo 2 de Algar do Barrao, por ejemplo, aparecieron dos tibias platicnémicas, aso ciadas con la posición e n cuclillas (Carvalho et al ., 2003: 113) pero que no pueden vincularse con nin gún sujeto en particular. Algo similar ocurre en el sitio de La Tara y uela, donde “en las pocas epífisis distales [conservadas] de las tibias se aprec i a una import ante frecuencia d e facetas de flexión en las superfi cies anteriores, cuy a constatación suele ponerse en relación con la adopción habitual de la postura de cuclillas. En el mismo sentido apunta la presencia de „impresiones ti biales‟ en las superficies postero- latera les de los cóndilos laterales o mediales de los f émures [ …]” (Velasc o Vázquez, 2005: 356). Además, los individuos de La Tarayuela presentan marcadores en las extremi dades inferiores relacionados con desplazamientos cotidianos a pie por terre nos irregulares y abruptos (Velasco Vázquez, 2005: 356), mientras que el desarrollo de los miembros superiores habría estado causado po r “difere ntes ejercicios de notable int ensidad” ( Velasco Vázquez, 2005: 355). Teniendo en cuenta la razón de sexo en este últim o lugar (1100; 1 mujer frente a 11 hombres) lo más probable es qu e se 80 En nuestro caso hemos op tado por recogerlo como masculino por que esta es la información que aparece en la ficha i ndividuali zada de la estruct ura, mientras que la mención a l femen i no ( Individuo I) se realiza en un apartado específico y difere nciado d edicado a traumas, po r lo q ue pensamo s que sería más fácil que el error se hubiera pro ducido aq uí. 272 tratara de hombres, pero en cualquier caso no podemos saber si tal posición y /o actividad se a so ciaría igualmente con las mujeres. Tampoco en la necrópo lis de La Caserna de Sant Pau del C amp encontramos información individualizada, aunque en este caso ello se debe a la publicaci ón, y no a las caracter ísticas del yacimiento, puesto que se trata de sepulturas e n estructuras negativas que contienen uno o dos individuos. L os/as autores/as defienden que de media los sujetos masculinos presentan v alores para fémur y ti bia asociados con esfuerzos más intensos – como “subir montañas reiteradamente - mientras que las muj eres tendrían un mayor desarrollo de las ex tremidades superiores, concretame nte de la inserc ión de l deltoides (Estebaranz et al ., 2008: 79). Ello l leva a plantear la ex istencia d e un patrón de actividades diferenciado en función del s exo. En nuestro caso nos limi tamos a recoger tal información, puesto que los datos no se ofrec en desglosados por individuos y no es posible contrastarlos. En otros 13 individuos pertenecientes a los y acimi entos de Costamar, M inas de Gavá, Camí de Can Gra u, Alto del Reinoso, La Sima y C erro Virtud sí encontramos comentarios vinculados de forma específica a su jetos concretos (Anexo: Tabla 3 2). Se trata de 6 mujeres, 6 hombre s y un adulto cuy o sexo no ha podido estimarse. En las mujeres, los mar cadores identific ados son fuertes inserciones mu sculares en las ex tremidades, tanto superiores (GAVÁ003 y S IMA022) como inferior es (SIMA019), face t as (GRAU003 y SIMA008) y deformac iones (GAVÁ012). Todas ellas relacionadas con un mayor desarrollo muscular y actividad intensa. En el caso de una de las mujeres de Gavá (G AVÁ003) los mar cadores se vinculan con actividades mineras, entre las que se incluirían el transpo rte de cargas pesadas sobre l a c abeza ( Borrell Ten a et al ., 2015: 84), que habría afectado al cuello, o el mantenimiento de una postura en cuclillas (Casas y M ajó, 2009: 218) atestigua d a por la presencia de una faceta en la cara anterior de l a epífisis distal de la tibia. En los hombres encontramos igualmente inse rciones musculares y desarrollo muscular (GAVÁ002, GRAU002, S I MA020 y RE I NOSO011), así como desgaste dental relacionado con la sujeción de cuerdas en la boca y el uso d e la dentadura como una herramienta o tercera mano (COSTA003 y COSTA004). Al igual q ue ocurría con una de las mujeres de Gavá (GA VÁ003), en el adulto masculino GAVÁ002 las evidencias ós eas se aso cian con un ma y or desarrollo de los miembro s superiores, especialmente el derecho (Borrell Tena et al ., 2015: 84), y se vincul an e n su conjunto con la realización de a cti vidades mineras. La presencia de marcadores ocupacionales similares (a ex cepción del d esgaste dental de los sujetos d e Costamar, y acimiento en el qu e no s e h a recuperado ningún femenino) en el mismo número de hombres (6) que de mujeres (6) sugiere la 273 inexistencia de una divi sión sex ual del trabajo. La mi sma conclusión ha sido alcanzada por Duboscq (2017: 477) en su Tesis Doctoral sobre la caracterización de las relaciones sociales en las c omunida des neolíticas del nore st e peninsular. 5.3.4. Movilidad Contamos con datos de isótop os de Sr y /o O únic amente pa ra los y acimientos de Algar do Bom Santo ( Carvalho et al ., 2016) y Alto del Reinoso (Alt et al ., 2016) (Anexo: Tabla 33). Hasta el momento de escribir estas líneas, ningú n resu ltado ha sido publicado en lo que respecta a los otros 19 sitios aquí considera dos. En el primero, en Algar do Bom Santo, se tomaron muestras de 14 restos óseos humanos, con resultados entre 0.7103 y 0.7136, así como de 5 restos d e fauna , cu y os valores se encontraban entre 0.7099 y 0.7102. Consi derando que para esa zona ge o gráfica no se conocen recur sos geológicos co n cantidades de 87 S r/ 86 S r superiores a 0.710, los/as autores/as de la publicación señalan que aquellos individuos que presenten una ratio por encima de 0.7105 podrían ser no -locales (Carvalho et al ., 2016: 202). Ello daría un total de 11 de los 14 sujetos analizados p otencialmente no lo cales o, al menos, móviles durante una parte del año. La interpretación propuesta por los/as autores/as de l estudio es que el grupo e nterrado en Al gar do Bom Santo inclu y e una pob lación que s e desplaza y un tipo de economía pastoral itinerante (Carva lho et al ., 2016: 2 02). Si atendemos a la distribuc ión por sexos, 3 de los 14 individuos que muestran valores por debajo de 0.7 05 y que, en consecuencia, serían loc ales a teno r de lo anterior, son sendos adultos masc ulinos y un adolescente de sex o indeterminado. Las únicas tres mujeres del conjunto de sujetos muestran una ratio superior a la mencionada, al igual que otros 6 hombres y 2 indi viduos cuyo sexo no ha podido estimarse. La presencia de masculinos tanto en el grupo de locales como e n el de no -lo cales no indica ría, en principio, ninguna diferencia vinculable con un patrón endog ámico/exogámico ni en relación a la patrilocalidad o matrilocalidad del grupo, máxime teniendo e n cuenta que la interpretación sugiere la movilidad itinerante del grupo, y no un origen distinto al resto. La presencia en el conjunto de un único no adulto, el citado adolescente, im pide hacer ning un a valoración sobre diferencias en función de la edad. En segundo lugar, en el y acimiento megalítico de Alto del Reinoso la situación varía. En este caso son 19 los sujetos analizados, y en 16 de ellos se t omaron dos o incluso tres muestras (36 muestras en total). También se midieron restos de fauna, concre t amente de dos individuos de Bos taurus. L os rangos para los humanos se encuentran entre 0.70893 y 0.50948 (Alt et al ., 2016: 12). Las medias de los valores, tanto en conjunto como diferenciando entre mujeres, hombres e individuos no adultos, y el tamaño de la muestr a lleva a los/as r esponsables de la publi cación a postular la ausencia de individuos no locales (Alt et al ., 2016: 12), puesto que ninguno de ellos 274 sobresale cla ramente co n relación al resto. Por tanto tampoco aquí pueden avanzarse hipótesis acerca de la matrilocalidad o patrilocalidad del grupo inhumado (Alt et al ., 2016: 21), ya que todos los sujetos habrían sido originariamente d e la misma zona ge o gráfica. Una alternativa a los isó topos de Sr para aproximarnos a aspectos relacionados con la residencia o la procedencia de los sujeto s es el ADN, que nos ofrece además información sobre cercanía o lej anía genética. E n los últimos años se h a publicado un importante número de es tudios que emplean el ADN en la investi gación del desarrollo de las sociedades prehistóricas en lo que constituy e una línea de trabajo in dependiente y muy prometedora. El Neolí tico, como etapa inte grada en la Prehistoria, y c oncretame nt e el Neolítico de la Península I bérica, se ha vis to favorecido por este avance en la investigac ión. La ma y oría de los trabajos, sin embargo, tien en como objetivo arrojar algo de luz acerca d e la p roblemática del ori gen y la ex pansión del Neolítico a p artir del análisis de la diversidad genética de las poblaciones cazadoras-recolectoras, por una parte, y agrícolas, por otra. ¿Qué sig nifica esto? Pues que en muchos casos no se of recen resultados asociados a in dividuos concretos que pudieran lue go dar lu gar a un análisis en términos de sexo, sino que únicamente se indican las muestra s est udiadas y s e comparan sus resultados en relación a la cronología par a int entar discernir si ha y o no una llegada de población exógena importante a partir del V I milenio cal a.C. y, en consecue n cia, si el Neolítico peninsular es un proceso endógeno o ex ógeno. Esto ocurre en Sampietro et al ., 2007; S ampietro et al ., 2007; Gamba et al ., 2012; Szécsén y i -Nagy et al ., 2017, que analiza n restos óseos de, entre otros lugares, los y acimientos de L a Tarayuela, Cuev a de Chaves, La Case rna de S ant P au del Camp , Can Gambús y Camí de Can Gra u, t enidos en cuenta en el presente trabajo. Además de los mencion ados, también se han tomado muestras para el análisis de ADN de sujetos de otr os cuatro sit ios de los 21 aquí considerados: Los Cascajos (Hervella Afonso, 2010: 146), Paternanbidea (Hervella Afonso et al ., 2009: 32), Algar do Bom Santo (Fernández-Domínguez y Arro yo-Pardo, 2014: 137) y Alt o del Reinoso (Alt et al ., 2016: 7, 8 y S I ). En estos casos sí se ofrecen datos individualizados, con lo que es posible asociarlos a sujetos concr etos. Tanto estos como los no ind ividualiz ados a los que hac íamos alusión previamente están recogidos en el Anexo: Tabla 34. Al no aparecer los resultados relativos a La T ara y uela, Cuev a de Chaves, La Caserna de Sant Pau del Camp, Can G ambús y Camí de Can Grau vinculados a s exo y/o edad de los individuos no podemos hacer ningún comentario atendiendo a estas dos categor ías. Tampoco en las publi caciones respectivas se dice nada acerca de esta cuestión, motivo por el que ex cluimos tales y aci mientos. Sí se tiene en cuenta, por el 275 contrario, en Los Cascajos, Paternanbidea , Algar do Bom S anto y Alto del Reinoso, sitios que comentaremos a continuación en orden cronológ ico y de manera independiente. Conocemos haplogrupo y haplotipo de 23 indi viduos pertenecientes al y acimiento de L os Cascajos. El estudio fue realizado como parte de una tesis doctoral (Hervella Afonso, 2010) y publica do posteriormente, junto con otros resultados ( Hervella Afonso et al. , 2012). De los sujetos analizados, 18 eran masculinos o masculinos probables, 3 femeninos y 2 no adultos. De sexo indeterminado. A través del ADN se pretendía d ar respuesta a si existía o no una vincula ción entre afinidad genética y localización del enterramiento (área del poblado o área de la necrópolis). La posibilidad de que en el y acim iento unas personas hubieran sido inhumadas en un área d el lu ga r y no en otra por ser miembros de una misma familia o de un m ismo li naje quedó descartada tras el estudio (Herve lla Afonso, 2010:172), que no mostró relaciones de parentesco entre los individuos. Por el contrario, los análisis sacaro n a la luz una impo rtante diversidad ge n ética, con hasta 14 haplotipos diferentes que podrían agruparse en 4 ha plogrupos (H, U, K, J ) (Hervella Afons o, 2010: 145). Los haplo grupos correspondientes a las mujeres son compartidos (H, J y K) también por hombres, además de comune s en el continente europeo, por lo que no ex istiría una diferencia en términos de procedencia para ellas o para e llos. La mi sma investigadora firma, junto con ot ros/as, la publicación de los restos del sitio de Paternanbidea (Hervella Afonso et al ., 2 009), incluidos posteriormente también en el citado trabajo de 2 012 (Hervella Afonso et al ., 2012). El interrogante a resolver vuelve a ser las posibles relac iones parentales entre los sujetos enterrados, teniendo en cuenta ad emás las particularidades de este yacimiento, donde se ex cavaron cuatro fosas, de las que tres eran dobles y una acogió a hasta 7 cuerpos (García Gazól az, 2007). En esta ocasión se obtuvieron resultados de 9 individuos (Hervella Afonso et al ., 2009: 32): 4 femeninos o proba bles femeninos, 2 masculinos, 1 indetermina do y 1 no a dulto (infantil II ). A excepción de los individuos PATERN004 y PATERN013, ambas mujeres adultos de las tumbas PAT -1E y PAT4E, respectivamente, que compartían el subhaplogrupo H3, ninguno de los restantes podrí an calific arse d e parientes en términos ge n éticos a p artir d e los resultados del ADN (Hervella Afonso et al ., 2009: 35 y 36). No existen, en consecuencia, ar gumentos pa ra d efender el enterramiento co mún motivado por cercanía gené tica, al menos vía materna. Tampoco se menciona en l a publicación ninguna diferencia r elevante entr e los h aplogrupos de hombres y los de mujeres, siendo todos habituales en esta reg ión geo gráfica . En tercer lu gar y ya c. IV milenio cal a.C. conta mos con los datos de la cueva de Algar do Bom Santo, en Portugal. La extracción e interpretación corrió a car go de Fernández-Domínguez y Arroyo Pardo (2014), quienes obtuvieron informac ión genética 276 de 9 sujetos, entre los que se cuentan 6 masculinos o masculinos probables , 1 femenino probable, 1 indeterminado adulto y 1 juvenil de sexo no conocido. Tampoco en esta ocasión se pudo atestiguar una relación vía materna entre los individuos inhumados, que presentaban una “espectacular diversid ad genética mitocondri al” (Fernández - Domínguez y Arroyo Pardo, 2014: 138), tanto a ni vel de haplotipo como de haplo grupo. Esta variedad de haplo grupos registrada (U5, T2, J , HV0, H10, K1, J, R8 y U5) es explicada por Fernández -Domínguez y Arro y o P ardo como consecuencia de una modelo social de orga ni zación de ti po patrilineal, así como por una insuficiencia d e muestras, que impide contextualizar los resultados obtenidos. El hecho de qu e únicamente dos de los 9 individuos compartan un mismo haplogrupo (J ) (Carvalho, 2014b: 229) lleva a int erpretar este y acimiento como un lugar de enterramiento de distintas comunidades, que habrían empleado este espa cio de ne crópolis para enterrar a sus difuntos/as. Evidentemente la heterogeneidad del grupo se refiere ta nto a mujeres como a hombres, lo que implica la imposibilidad de establecer patrón alguno en relación al sexo, más allá de la inexistencia misma de un patrón. Por ultimo, en el monumento me galítico de Alto del Reinoso s e logró extraer ADN de las muestras de 26 sujetos (Alt et al ., 2016: 7, 8 y S I). De ellos, 3 eran mujeres, 10 hombres, 5 indet erminados y 8 no adultos. Se identificaron 17 linajes mitocondriales y 8 haplogrupos: H3, J , K, T2, U4, U5b, V (este últim o presente en 1 femenino y 1 masculino y h asta el momento ex clusivo de Alto del Reinoso) y X, todos ello s frec u entes en Eu ropa. S e da un pr edominio en l a península Ibérica de K, T2 y U5b, interpretado como el producto de afinidad genética vía materna entre a lgunos de los individuos enterrados (Alt et al ., 2016: 11 y 12 ), si bien los/ as mismos/as autores/as d e la publicación sugieren que podrían simplement e reflejar un linaje Neolí tico común, al ser estos haplogrupos identificados en otros y acimientos peninsulares (Alt et al., 2016: 21). Así, en ninguno d e lo s yacimientos mencionados hay datos que permitan argumentar una or ganización social patrilineal o matrilineal, matrilocal o patrilocal. En cualquier caso y a tenor de lo anterior, es import ante tener en cuenta qu e en todos los trabajos citados se ha an alizado ADN mitocondrial, es decir, la posible vía materna, lo que no implica que po damos descartar una po tencial vía paterna, tal y como h an apuntando Ferná nd ez-Domínguez y Arroyo Pardo (2014: 138) pa ra Algar do Bom Santo. La ma y or abunda ncia de AD N m it ocondrial frente al nuclear hace que sean aún muy escasos los estudios del cromosoma Y, a partir de los que sería posible indagar acerca d e la patrilinealidad. Avanzar en el conocimi ento de los modelos de organización social de la Prehistoria en relación al sexo (patrones d e endo gamia/exogamia y de tran smisión de la herenc i a) pas a sin duda por la obtención de ma yor cantidad de datos tanto de isótopos 277 de Sr y O como de ADN. En ese sentido es de esperar qu e en un futuro que no parece muy l ejano contemos con un corpus de información robusto que permita ir más allá de la mera prop osición d e hipótesis que, hoy po r ho y , resultan además mu y dé biles. 5.3.5. Dieta Para aproximarnos a la dieta de las pobla ciones neolíticas peninsulares hemos recopilado un total de 1 47 resultados de análisis de isótopos de δ 13 C y δ 15 N (Anexo: Tabla 35) que se corre sp onden con 142 individuos (hay 3 individuos con 2 resultados y 1 con 3) de los 515 in cluidos en esta Tesis Doctoral. Los da tos pertenecen a los y acim ientos de Algar do Bar rã o (n=4), Bòbila M adurell (n =44), Algar do Bom S anto (n=18), Castelo Belinho (n=11), Costamar (n=4), Can Gambús (n=37) y Alto del Reinoso (n=29). Salvo los 4 de Algar do Barrã o, todos los demás a nálisis están individualizados, por lo que es posible cruzar los resultados de dieta con l os de sex o y /o edad, entr e otros. Los da tos de Algar do Bom S anto, por este motivo, se inclu y en sólo en la aproximación de carácter más ge neral. A nivel descriptivo global, los valores de δ 13 C (n=147) pres entan un int ervalo qu e va desde - 16,8‰ (máximo) hasta - 20,6‰ (mínimo), mientras que los de δ 15 N muestran un rango entre 7,9‰ (mínimo) y 12,4‰ (máximo) (Tabla 43). La media del conjunto de datos de δ 13 C es de - 19,50 ‰ ±1ζ 0,51 y la de δ 15 N es de 9,43‰ ±1ζ 0,81 . Vemos, por tanto, que hay una diferencia importante con relación a los datos de los que dispon íamos para el período anterior. Además de lo mencionado, en Alto del Reinoso (n=4) (A lt et al ., 2016: SI Table 10) y B òbila Madurell (n=7) (Fontanals -Coll et al ., 2015: 164) se tomaron también muestr as de f auna con objeto de comparar éstas y las pertenecientes a seres humanos. En ellas, los valores de δ 13 C para Alto del Reinoso oscilan entre - 20,73‰ y - 21,51‰ y los correspondientes a δ 15 N se sitúan entre 4,50‰ y 6,12‰. En lo que resp ecta a Bòbila Madurell el rango para δ 13 C está entre - 19,4‰ y - 21,6‰ y p ara δ 15 N entre 2,7‰ y 7‰. La representación gráfica de estos valores, disti nguiendo entre los d istintos y acim ientos, se muestra en la Figura 21. Tanto en ella como en la citada Tab la 43 podemos ver que existe una gran con centración entre - 18‰ y 21‰ para δ 13 C y entre 8‰ y 11‰ para δ 15 N, con ligera s d esviaciones. Aparentemente, por tant o, ex iste una importante uniformidad en la diet a de los 142 i ndividuos para los qu e contamos con datos, con independencia del lugar geográfic o e n el que se hallaran. Los datos más extremos entre sí los encontramos, para δ 13 C en Castelo Belinho: media - 18,81‰ ±0,51 1ζ y Bòbila Madur ell: media - 19,69‰ ±0,36 1 ζ, por una parte, y pa ra δ 15 N en Can Gambús: med ia 8,99‰ ±0,53 1ζ y C astelo Belinho: media 10,19‰ ±0,64 1ζ, por otra. En ambos casos la diferencia ap enas supera el 1 ‰, por lo que, si bien he mos de ten erla en cuenta, no resultaría significativa. Las cifras de conjunto d e todos los y acimientos 278 presentan valores que s e corresponden con una dieta basada en proteína de origen terrestre (tanto procedente de recursos vegetales como animales), compatible con el momento de sedentarización e inicios de la agricult ura que supone el N eolíti co. En ese sentido, destaca la ausencia de datos susceptibles de ser considerados consecuencia de un consumo de alimentos de ori gen marino (con rango entre - 18‰ y - 12‰ siendo - 12‰ consumo puramente marino). La preferencia por los alimentos de or igen terrestre por parte de las poblacio nes neolíticas ya ha sido señalada en otr as ocasion es (Carvalho et al ., 2016: 199). Todos los individuos F / F ? M / M? δ 13 C 1ζ δ 15 N 1ζ δ 13 C 1ζ δ 15 N 1ζ δ 13 C 1ζ δ 15 N 1ζ Algar do Barrão (n=4 ) -19,38 0,31 9,06 0,70 - - - - - - - - Bòbila Madu rell (n=44) -19,69 0,36 9,18 0,81 -19,78 0,47 9,03 0,51 -19,58 0,81 9,19 0,81 Algar Bom Santo (n=1 8) -19,29 0,30 10,07 1,00 -19,52 0,38 10,57 0,44 -19,19 0,31 9,67 1,08 Castelo Belinho (n=11) -18,81 0,51 10,19 0,64 - - - - -18,67 0,77 10,58 0,40 Costamar (n=4) -18,51 0,61 9,14 1,12 - - - - -18,74 0,50 8,74 0,94 Can Gambús (n=37 ) -19,55 0,57 8,99 0,53 -19,73 0,12 8,68 0,12 -18,95 1,44 9,35 0,66 Alto del R einoso (n=29) -19,64 0,28 9,87 0,42 -19,50 0,18 9,70 0,08 -19,64 0,27 10,08 0,48 Tabla 43 . Datos de δ 13 C y δ 15 N del Neolítico de la P I. Se muestran las medias to tales en cada uno de los yacimientos y separadas po r sexos. F.: fem en ino, M.: m asculino. En negrita, los valores superiores a la media. Con * lo s que representan sólo a un individuo. Fuente: elaboración propia. Figura 21 . Dato s d e δ 13 C y δ 15 N d el Neolítico peninsular diferenciando por yacimientos. Fuente: elaborac ión propia. 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16 - 22 -21 - 20 - 19 - 18 -17 - 16 - 15 - 14 δ 15 N δ 13 C Algar do Barrao Bòbila Madurell Bom Santo Castelo Belinho Costamar Can G ambús Alto del Reinoso 279 No obstante lo anterior, en la Figur a 21 parece a simple vista que varios individuos (1 de Bòbila Madurell, 2 d e Al gar do Bom S anto, 2 de Castelo Belinho, 2 Costamar y 1 de C an Gambús), tengan tener valores superiores, bien en δ 13 C, bien en δ 15 N, que los alejan de los demás. Veamos un poco más e n detalle cada uno de los y acim ientos (Anex os: figuras 90 a 95 ) y por o rden cronológico, de qué suje tos se trat a y si sus valores efectivamente se distancian de mane ra sig nifi cativa o no de los del resto. En Al gar do Bom Santo (Anexo: Figura 90) los d os individuos que se situaban a cierta distancia del resto son BOM003 y BOM004 81 . El primero es un adul to probablemente femenino, mientras que el s egundo es un adulto masculin o. En ambos casos, aunque en especial el masculino, los sujetos presentan v alores de δ 15 N significa tivam ente superiores al resto, no así para δ 13 C. Teniendo en cu enta que el δ 15 N nos informa sobre la po sición del individuo en la cadena trófica, podemos decir que ambos podrían haber tenido un consumo superior de carne que el resto. Es llama ti va, de hecho, la dif erencia en los valores de los distint os indi viduos, sobre todo entre los masculinos. BOM001 y BOM010 82 , presentan un valor de δ 15 N inferior en más de 2‰ con relación al citado BOM004. En Can Gambús (Anexo: Figura 91) el indi viduo que v emos r etirado en la Fi gura 21 es GAMB011 83 : un adulto masculino. Sus valores no son tan diferentes a los de l resto de sujetos con resp ecto a l a posición en la cadena trófica, es d ecir, δ 15 N, sino con relación al consumo terrestre y /o marino, indicado por δ 13 C. Aunque también éstos se situarían dentro de los rangos estimados par a un a dieta mix ta de origen terrestre, este hombre hab ría consumido una ma yor cantidad de alimentos procedente s del mar en relación al resto del grupo. No hay que olvidar que los valor es máx imos indicativos de una dieta con un apor te marino determinante o “puro” s e en cuentran en - 12‰ (Schulting et al. , 2008: 764), por lo que se trataría de nuevo de un ali mento de tipo complementario. GAMB011 presenta i gualmente, como otros sujetos, valores más altos de N susceptibles de ser considera dos consecuencia de un ma y or consumo de carne. Ello unido al aporte en su dieta de recursos marin os podría ser indicativo de un desigual acceso social a los recur s os. En la representación por separado d e los datos del yacimiento de Bòbila M adurell (Anexo: Fi gura 92) ciertamente h a y un individuo con v alores dis tintos al conjunto, en especial en lo que conci erne a δ 15 N. Se trata del sujeto BOBI 137 84 , un individuo no adulto clasificado como Infantil I (0 -6 años). Por tanto, su posición en la gráfica podría 81 #03 y #04 en las publicacione s correspo ndientes (Carvalho, 201 4a). 82 #01 y #10 de l as publicaciones cor respondientes (Car valho, 2 014 a). 83 CG -1 130 de las p ublicaciones (Allièse, 201 6). 84 MS -78B de las p ublicaciones co rrespo ndientes (Allièse, 2016 ). 280 explicarse como consecuencia de la lactancia, que ha ha demostrado causar valores más altos de δ 15 N (Schwarc z y Schoeninger, 1991: 299). En Alto del Reinoso (Ane x o: Figura 93) los datos tanto de C como de N se solapan, a excepción qui zás del indi viduo RE I NOSO030 85 que presenta cantidades d e δ 15 N ligeramente superi ores a las de algunos de los otros sujetos. Éstas no son suficientes, en opinión de los autores/as d e la publicación, par a ser consideradas indicativas de un acceso diferencial al consumo, ya sea en el conjunto de los individuos o distinguiendo entre grupos de sexo y /o edad (Alt et al , 2016: 22). Los 2 sujetos d e Costa mar (Anex o: Figura 94) a los que h acíamos alu sión con anterioridad son COSTA005 y COSTA007 86 , un juvenil de sexo indeterminado y un adulto probablemente masculino, respectivamente. Al igual que ocurría en Algar do Bom Santo, ambos presentan valores de N que superan el 1‰ con respect o a los otros dos indi viduos muestreados, también masculinos, lo que podría relacionarse con un mayor consumo de ca rne por parte de los primeros. En la publicación correspondiente se hace alusión a l consumo de a limentos de origen mar ino por parte de tales dos individuos (Salazar-García, 2009: 415) que, si bie n es cierto, debe entenderse como un complemento a una dieta de proc edencia terrestre. Por último, en Castelo B elinho (An exo: Figura 95) los valores re tir ados con relación al resto pertenec en a CASTE013, adulto masculino, y CASTE015 87 , no adulto . En ambos casos se trata de diferencias en los valores de δ 13 C que, no obstante, se encuentran dent ro de los rangos habituales p ara una dieta fundamentalmente mix ta de productos de origen te rrestre, a unque con cierto a porte d e recursos de procedencia marina. En cualquier caso, no habría una diferencia sustancial con respecto a los demás individuos del yac imient o. ¿Qué ocurre si nos centramos específicamente en el análisis de las diferencias por sexos? Con el objetivo de poder apreciar éstas se han desglosado la s medias por y acim iento y sexo (Tabla 43) y se h an representado gráficamente tanto en conjunto (Figura 22) como en cada uno de los y aci mientos ( Anexo: Figuras 90 a 95), distinguiendo entre m asculinos, femeninos, indeterminados adultos y no adultos de sexo desconocido. Como no podía ser de otro modo, vemos que de nuevo ha y un a serie de sujetos que en apariencia se diferencian del grueso de los indi viduos. No es necesario que repitamos a cuáles esta mos haciendo alusión, pues se tratade los mismos citados previamente, pero sí nos parece interesante menci onar que, a ex cepción de un femenin o, 85 Rein 29 | In v. 2499 – 501 (A lt et a l. 2016 ). 86 GE 00 0-090 y GE 000 -096, respectiva mente. 87 Estructuras 53 y 59, respectiva mente. 287 cronolog í a, dist inguiendo entre c. IV y V milenios cal a.C., por una p arte, y c. I V milenio cal a.C., por otra, la situación ca mbia li geramente (Fig uras 25 y 26 ). Figura 25 . Distribució n d e l os individuos i nhumados en la PI en contextos funerario s del c. VI y V milenios cal a.C. EN CEP: estructura negativa con ele mento s p étreos. ENSEP : estructu ra negativa si n elementos pétreo s. Fuente: ela bor ació n propia. Figura 26 Distribución de los individ uos inhu mados en la PI en co ntextos funerario s del c. IV milenio cal a.C. ENCEP : estructura negativa con ele mentos p étreos. ENSEP: estructura negat iva sin ele mentos pétreos. Fuente: elaboración p ropia. El NM I p ara el período comprendido entre c. 55 00 cal a.C. y c. 4200 cal a.C., es de 78, mientras que el correspondiente a c. 4200 cal a.C. en adelante es de 437. Durant e los dos primeros milenios, grosso modo , en los q ue se desarrolla el Neolítico, los tipos de estructuras funerarias representadas son única mente dos, tal y como puede verse en la Figura 25: estructuras negativas sin elementos pétreos (que albe rgan al 92% de los 78 sujetos mencionados) y estructuras n egativas c on elementos pétreos (8 % de los 78 individuos). Sin embarg o, con el transcu rrir del tiempo la práctica funeraria se complejiza en la medida en que aumenta en su diversidad. Así, durante el c. I V mi lenio cal a.C. (Figura 26) están presentes tanto las ya mencionadas estructuras negativas (con o sin elementos pétreos) como sujetos depositados directamente sobre el suelo (sin contenedor), sobre todo en contextos de cuevas y /o abrigos, así como las primeras estructuras megalíticas, que lle gan a a coger al 18% de los 437 inhu mados. En el y acim iento de las Min as de Gavá encontramos, de forma excepcional, el citado individuo depositado en una covacha . ENSEP 92% ENCEP 8% Sin datos 11% Sin contenedor 19% ENSEP 26% ENCEP 26% Covacha 0,2% Megalito 18% [Document text truncated for crawler view.]