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Los dos Ortega: Tauromaquia y Filosofía

Río Herrmann, Alejandro del

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Revista de Estudios Taurinos N.º 54, Sevilla, 2024, págs. 149174 LOS DOS ORTEGA: TAUROMAQUIA Y FILOSOFÍA* Alejandro del Río Herrmann** A mi hermano Enrique, consumado doctor, aficionado verdadero ntes de entrar en faena, hagamos un preámbulo. Son conocidos los retratos del filósofo José Ortega y Gasset y del matador de toros Domingo Ortega debi dos a Ignacio Zuloaga. El retrato del primero, pintado en Zumaya, data del paso del filósofo por la localidad guipuzco ana, con ocasión de una estancia veraniega, en torno a 1935; el segundo, pintado en Madrid, en el estudio de Zuloaga en las Vistillas, fue terminado en mayo de 1945, pocos meses antes de la muerte del pintor. A los dos Ortega le unió a Zuloaga la amis tad: antigua y dilatada con el filósofo, tardía e intensa con el matador. A estos dos, filósofo y matador, los ligó a su vez una amistad de la que da prueba el intercambio entre ambos que constituye el nudo de mi intervención. Una terna si idealmente formada por filosofía, tauromaquia y pintura, vitalmente encar nada en estos amigos de la belleza y de la verdad que cultivaron entre sí –«raro linaje», decía Cicerón1 – el difícil arte de la amistad. A *Este trabajo recoge, con algunas modificaciones, el texto de la conferen cia del mismo título pronunciada en el Ateneo de Madrid el 17 de abril de 2024. El cartel anunciador de la conferencia reproducía los dos retratos pintados por Ignacio Zuloaga a los que se alude al comienzo y al final. ** Doctor en Filosofía y editor. Miembro de la Unión de Bibliófilos Taurinos. 1Cicerón (2002: 97). Alejandro del Río Herrmann 150 Una terna que corporeiza lo mejor de la vividura hispana –en forma de una toma de conciencia meditativa, creadora, viven cial– en un periodo histórico fatalmente marcado por la Guerra Civil. Apuntemos que Ignacio Zuloaga fue desde chico, más que un simple aficionado a la fiesta de los toros, un aficionado a tore ar. De joven quiso ser torero, y de adulto acompañaba siempre que había ocasión a Domingo Ortega o a Juan Belmonte a un tentadero. En la plaza de toros de Azpeitia lo vemos lancear de capa a una becerra mano a mano… con José Ortega y Gasset, precisamente en el verano de 1935. Este «casi casi torero profe sional», en palabras de José María de Cossío2, construye la mayor parte de su obra pictórica «obsesionado por España y aun por los temas más exacerbada y trágicamente españoles, y en primer lugar por el extraño y singular ambiente que la fiesta de toros supone». «Su versión de la fiesta», explica Cossío, es de «gravedad tremenda, sin falsas concesiones al pintoresquismo superficial». En esa visión destacan «sus toreros de aldea, sus impresionantes figuras de lidiadores sin fortuna», «heroicos ganapanes que arriesgan su vida en las placitas de los pueblos en tormentosas tardes de feria veraniega». Estos personajes (el Corcito, el Trianero, Pepillo), observa Cossío, representan lo que Ortega y Gasset calificó de “esfuerzo puro”: el afán de esca par de una vida condenada a la vulgaridad por la única vía de sal vación que le queda a quien el mundo de la cultura y de la técnica le son ajenos. Los cuadros zuloaguescos, había escrito Ortega en 1910 pidiendo una “Exposición Zuloaga”, «son como unos ejercicios espirituales que nos empujan, más que nos lle van, a un examen de conciencia nacional»3. Pues la virtud de la 2Para las citas siguientes de José María de Cossío véase Cossío (1961: 982991). 3Ortega y Gasset (2016: 108109). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 151 pintura de Zuloaga estriba, sigue diciendo, en «dotar de intimi dad» a la vida española. También «la fábula de Domingo Ortega» –por emplear el título del escritor y gran amigo suyo Antonio DíazCañabate4– lleva desde su origen la impronta del esfuerzo puro (bien podía “el paleto de Borox” haber devenido uno de esos toreros de aldea) y se cumple en la intimidad, vista y no vista, del acto de la lidia. Pero vayamos al asunto que nos encara cual astado: el pro blema bicorne de tauromaquia y filosofía. I. El 29 de marzo de 1950 impartía Domingo Ortega en el Ateneo de Madrid una conferencia bajo el título “El arte del toreo”5. A esas alturas del siglo, Ortega es el maestro consuma do que ha cumplido más de una veintena de temporadas en los ruedos, desde su irrupción inesperada en ellos, «sin indicios ni aprendizaje» (en expresión de Luis Calvo)6: el estreno como novillero en la plaza madrileña de Tetuán de las Victorias; la alternativa el 8 de marzo de 1931 en Barcelona (de la mano de Gitanillo de Triana); la confirmación en Madrid el 16 de junio de 1931 (de la mano esta vez de Nicanor Villalta); las 93 corridas toreadas ese mismo año que le sitúan enseguida a la cabeza del escalafón, y el posterior dominio indiscutible de la Fiesta (sólo 4DíazCañabate (1950: 2936). 5Me remito para las citas posteriores a la edición Domingo Ortega (1985). 6En su prólogo al citado Diaz Cañabate (1950: 5). Hablando ahí Luis Calvo de Juan Belmonte y de Domingo Ortega, a los que trató y de los que dice que «los dos llevaron al toreo un ritmo nuevo, modelado en su soledad laboriosa y reflexiva», añade sobre el segundo: «Tengo oído muchas veces a Domingo Ortega que su aprendizaje de torero se hizo estudiando, meditando, especulando en el aislamiento absoluto de su mocedad oscura, humilde e ilusionada. El toreo es, en primer lugar, “cosa mentale”, y luego, disciplina “educativa”» (Ibídem: 6). Alejandro del Río Herrmann 152 contrarrestado quizá por un Manolo Bienvenida), hasta la inte rrupción de la Guerra Civil7. Un periodo que Fernando Claramunt acotó como la “tercera época de la Edad de Plata” del toreo8. Vendrá, después de la guerra, la década de Manolete. Una época en la que “El Monstruo”, no sólo con una concepción nueva, o no tan nueva, del toreo, pero que él define e impone, sino sobre todo por su personalidad –que, en frase del mismo Claramunt, «encarnaba congojas, orgullo y altivez del alma española»–, es el torero del momento9. En esos años de posgue rra, Domingo Ortega, a pesar de los nuevos vientos, se mantiene arriba, al tiempo que aquilata su tauromaquia, la suaviza por así decir, ante un toro cada vez más afinado, en el que lentamente (y arrastrando el brutal impacto de la contienda civil en la cabaña hispana) se va plasmando el proceso de selección ganadera ini ciado décadas atrás bajo los auspicios de Rafael Guerra, Guerrita, y continuado por José Gómez Ortega, Joselito. Domingo Ortega se despide en la temporada de 1949, aunque reaparecerá brevemente en las de 1953 y 1954; entretanto y des pués, se suceden los incontables festivales. Y siempre, en el campo, las tientas o capeas, como las organizadas en su finca de Navalcaide donde aparece junto con Ortega y Gasset, entre otros intelectuales, en la segunda mitad de los años cuarenta10. El trato 7Véase la entrada “López Ortega (Domingo)”, en Cossío (1960b: 504 508). Véase también el apéndice de “Estadísticas de las corridas y festivales tore ados por Domingo Ortega etc.”, en Santainés (1988: 425483). 8Claramunt (1988: 144154) y ahí, en especial, el apartado “La época de Domingo Ortega”. De Fernando Claramunt conviene al menos leer también, a este respecto, su ensayo (1999: 161170), que trata tanto del matador como de Ignacio Zuloaga, y en especial del retrato del primero, cuadro en el que «lo cervantino y lo velazqueño convergen para dar al personaje fortaleza, reciedumbre y decisión a prueba de reveses e infortunios» (1999: 166). 9Claramunt (1988b: 253255 y 304330). 10 Véase, por ejemplo, las fotografías en el catálogo José Ortega y Gasset y la Tauromaquia (2015: 31 y 33). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 153 de Domingo Ortega con el mundo de las letras y de las artes, de forma análoga a Juan Belmonte (a quien también, dicho sea de paso, retrató magníficamente su amigo Zuloaga), alimenta el interés que despierta su maestría por conocer, de primera mano, su concepto del arte del toreo, su tauromaquia. A este respecto, y como prolegómeno al análisis de la conferencia de Domingo Ortega, se hace obligado un excurso de carácter técnico que los menos entendidos o no aficionados sabrán perdonar por su extensión, y cuyas carencias sabrán disculpar quienes lo son. II. En la reseña dedicada a “Domingo López Ortega”, en el tomo tercero de Los toros. Tratado técnico e histórico, hace José María de Cossío algunas consideraciones sobre la índole de su toreo. «La primera cualidad que caracteriza a Ortega», escribe, «es el poder, palabra que prefiero a la habitual de dominio. No es sólo que domina los toros, sino que ante ellos da una sensa ción de fortaleza, de resolución, de energía valerosa». En este sentido Ortega está en la línea de un Guerrita o de un Joselito, pero sin desplegar la riqueza de recursos de estos. Prosigue Cossío diciendo que la base del toreo de muleta de Ortega es «el pase cambiado por bajo con la derecha, que la falta de visión taurina de los críticos comenzó a llamar trincherilla y, pasma dos, han acabado llamando trincherazo». Los estilistas habrán de lamentar el carácter aparentemente rudimentario y reiterativo de este toreo que, según reconoce Cossío, no tiene «la profundi dad ni la resonancia patética de un Belmonte, ni la ligereza, la volubilidad y la gracia de un Gallo». Pero en ese toreo de pura eficacia y sin floritura reside, remata, «lo grave y serenamente digno del arte de Ortega». Ya casi para terminar, destaca Cossío lo que se nos antoja un elemento capital que habría que ver en unión con todo lo anterior: «[Ortega] es de los toreros que tie nen una idea orgánica de la lidia, de la sucesión de las suertes y Alejandro del Río Herrmann 154 de la evolución de las facultades del toro de la salida al arrastre». Así pues, subrayo en este punto, que tienen el conocimiento de la conducta del toro en el transcurso y a través de las vicisitudes de la lidia. Hasta aquí lo que leemos en el Cossío. Acudamos brevemente a otros dos testimonios autorizados que nos ayuden a fijar mejor la figura taurómaca de Domingo Ortega. Guillermo Sureda, en su Tauromagia11, al tratar de los principios fundamentales del toreo, pone en primer lugar la téc nica, el oficio, esto es, «el conocimiento de las reses, de las suer tes y de los terrenos». En los toreros «predominantemente técnicos, largos, poderosos» se cumple lo que Sureda denomina, con magnífica frase, «estética consciente»: digamos la belleza, la emoción, la “magia” como flor de la inteligencia, del trabajo, de la “maquia”. En este contexto, comenta: «En definitiva, creo que todos debemos estar más cerca del concepto taurino de un Domingo Ortega –lo más difícil es pensar ante la cara del toro, dijo el gran torero en cierta ocasión– que del que tienen esos que se arroban ante un torero sin oficio y sin técnica, capaz de darle al toro de carril media docena de pases estéticamente válidos, pero “sin fundamento”». Hay una «inteligencia torera», ese «pensar ante la cara del toro», consistente, sigue diciendo Sureda, en «la capacidad de elección y de síntesis para los pro blemas que el toro plantea continuamente en el ruedo». No es casual que Sureda introduzca aquí al otro Ortega, al filósofo, para apuntalar una de sus tesis fundamentales, la que sostiene que «el toreo es geometría», citando el “envío” del segundo a Domingo Ortega al que volveremos más adelante. No nos deten dremos aquí en la discusión que hace Sureda de dos de las cues 11 Sureda Molina (1978: 1639) Nos referimos primero a los apartados “Las condiciones esenciales”, “Del valor y su misterio”, “Los principios funda mentales” (ahí, en pág. 30, la noción de «estética consciente»), “La inteligencia torera” y “Las tres medidas” (ahí, en pág. 36, la referencia a José Ortega y Gasset a propósito de Domingo Ortega). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 155 tiones taurinas más disputadas (acaso con la de la “bravura” del toro) como son las de “cargar la suerte” y el “temple”, sobre las que en parte discrepa y en parte coincide con lo dicho por Domingo Ortega en El arte del toreo12. Habrá ocasión de seña lar también algo al respecto. En cambio, vale la pena mencionar, tanto por lo vívido del testimonio como por la cosa misma, el juicio del autor sobre sus propias impresiones pasadas de la corrida celebrada el 30 de mayo de 1945 en Madrid en la que Domingo Ortega alternó con Armillita, Parrita y Manolete. Cito el pasaje que me interesa: «Creo recordar que ni Armillita, ni el mismo Manolete, ni Parrita cortaron orejas. Sí, en cambio, Domingo Ortega, el gran torero de Borox. Y por partida doble, a su segundo toro. Aquello, a mí, repito, entonces acérrimo manoletista, me sentó como un tiro, e incluso creí de un modo rotundo que la conce sión de aquellas orejas había sido una arbitrariedad por parte de la presidencia. ¿Por qué pensaba yo eso? Pues, sencillamente, porque acostumbrado, como yo estaba, a calibrar los méritos de una faena de muleta por los «pases» que en ella se daban, en aquel momento –y, repito, con mis diecinueve años exaltados e ignorantes– fui incapaz de darme cuenta del enorme mérito que tenía aquella faena de Domingo Ortega, en la que no hubo más de media docena de naturales, pero que toda ella se realizó sin soluciones de continuidad, sin un solo vano, con un ritmo y una armonía totales. La memoria viene en mi ayuda y me dice que lo que en ella predominó fue el toreo por la cara, algo que a mí me parecía entonces algo así como una… vulgaridad y que hoy sé que es una de las cosas más difíciles de realizar. Y en el toreo por la cara, Ortega ha sido absolutamente genial»13. 12 Sureda Molina (1978: 3950) Véase los apartados “Cargar la suerte” y “Teoría del temple”. 13 La cita procede del apartado “Toreo por la cara”, Sureda Molina (1978: 5960). Alejandro del Río Herrmann 156 Retengamos esto: el toreo por la cara, del que dijo Antonio Bienvenida, citado en este punto por el autor: «En este sentido siempre ganándole terreno al toro) Ortega ha sido un auténtico prodigio». De ello extrae Sureda el siguiente corolario [curiosamen te, sobrepujando el hincapié del propio Ortega en la “cargazón de la suerte”]: la tríada canónica del toreo clásico, según el tra tadista, habría de completarse como sigue: «Parar, mandar, tem plar y ligar»14. Por su parte, José (Pepe) Alameda (pseudónimo de Luis Carlos Fernández y López Valdemoro) deja algunas apreciacio nes valiosísimas que conciernen a la tauromaquia de Domingo Ortega en dos libros de una inteligencia y finura de análisis sin par: Los arquitectos del toreo moderno y El hilo del toreo15. En el primero, que traza en su ilación, con una mirada lim pia y despierta sin concesiones a lugares comunes o verdades consabidas, la evolución interna del “toreo moderno” (esto es, el toreo que surge con y se basa en el “toro moderno”: «tipo están dar, líneas redondeadas, encornadura más reducida»), el autor describe el momento en que irrumpe Domingo Ortega16. Toreros y público, dice, encandilados por el toreo en redondo (descu bierto por Chicuelo y que, una década aún antes de Manolete, se extiende como moda e imitación más que con verdadero cono cimiento de causa), olvidan el toreo de eficacia y de dominio en aras de la belleza. Entonces, «rompiendo los cristales», cuenta Alameda, «llegó al toreo Domingo Ortega». Pero este no restau 14 En el apartado “Ligar los pases”, Sureda Molina (1978: 56). 15 Citamos por las ediciones siguientes: Alameda (2010) (importa señalar que la primera edición vio la luz en B. CostaAmic, México D. F., 1961, con ilus traciones de Pancho Flores, entre ellas dos que dibujan a Domingo Ortega) y Alameda (1989). 16 Véase el capítulo III, Sureda Molina (1978: 3336). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 157 ra tanto como más bien innova. Pues convierte todo el repertorio «de pelea» en algo distinto que el mero recurso para salir del paso de los toros difíciles. Lo convierte en toreo creador, en «intimidad», me atrevería a decir con el término de Ortega y Gasset. Escribe Alameda: «El primero que le dio un muletazo de trinchera a un toro bravo, con propósito de lucimiento, fue Domingo Ortega. El torero de Borox ajustó, ciñó y depuró el toreo de combate, no tocado por Belmonte». Ortega, prosigue Alameda, «juntó el poderío y la estética, porque dio belleza y modernidad a un toreo que hasta entonces había sido eminente mente práctico». Es más, remata: «En resumen, aquel toreo de dominio y recursos [aclaro: “el toreo por delante”] que en Gallito fue ligereza de escuela, mala barismo eficaz y batallador, era el toreo que ahora reanudaba Fig. n.º 37. Dibujo de Domingo Ortega, realizado por Roberto Domingo en Toledo, 1942. Imagenes cedidas por el autor del artículo. Alejandro del Río Herrmann 164 de exponente de nuestro carácter y de nuestra sensibilidad, o lo que puede tener de defensa o de reacción contra impulsos comunes a todos los pueblos»24. Los toros. Tratado técnico e histórico, aun enfrentándose «con el tema taurino en toda su integridad», a sabiendas de la «profunda significación en la vida española» de la fiesta de los toros, no pretende, en palabras de su editor y redactor principal, más que «servir en el acarreo de materiales imprescindible» para dicha «interpretación o empresa final», para ese «verdadero libro» o, en expresión de Domingo Ortega, para «el libro del arte del toreo». Se trata, por tanto, de un lugar común del momento. Pero Domingo Ortega precisa con nombre y apellidos: sólo don José Ortega y Gasset, dice, sería capaz de escribir ese libro por «ser el único gran filósofo» que siente el arte del toreo. También esto es algo, como sabemos, que flota en el ambiente. Pues Ortega el filósofo parece querer retomar por entonces el antiguo proyecto –anunciado en 1914 en la contraportada de la primera edición de Meditaciones del Quijote como última de una serie de diez meditaciones– que había de titularse Paquiro o de las corri das de toros. El ensayo «sobre las corridas de toros» se vuelve a anunciar en la edición de sus Obras completas de 1946. Y en dis tintos lugares, a lo largo de los años cuarenta, hasta los Papeles sobre Velázquez y Goya de 1950, Ortega va dando pistas de la importancia que concede a la corrida de toros moderna, a la gran revolución del toreo, en orden a seguir pensando el tema de España. Hay que ver por tanto en la invitación implícita de Domingo Ortega un reconocimiento de esta inquietud que mueve al amigo filósofo, al tiempo que cortésmente lo exonera por anticipado de cualquier compromiso «por sus muchas ocu paciones mentales». La otra opción, esto es, que fuera un mata dor de toros quien acometiera él mismo dicha empresa letrada, 24 Cossío (1960: 3). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 165 más bien parece fungir aquí de figura retórica. Pues obvia la evi dencia histórica con la que, por ejemplo, un Gregorio Corrochano (aunque sea pro domo sua) inicia su “Introducción a la Tauromaquia de Joselito” de que «las Tauromaquias funda mentales son consecuencia del trato de grandes maestros del toreo con escritores competentes»25. Sea lo que fuere de la inten ción del Ortega matador, lo cierto es que el Ortega filósofo se da 25 Corrochano (1989: 21). Fig. n.º 38. José Ortega y Gasset y Domingo Ortega toreando al alimon en la finca de Navalcaide. amistosamente por aludido y responde con un breve escrito, “Enviando a Domingo Ortega el retrato del primer toro”, que, en la primera edición de la conferencia en Revista de Occidente en 1950, se publica como “Anejo” a esta, y en la segunda de 1961, aparece anejado también a la otra conferencia de Domingo Ortega Alejandro del Río Herrmann “La bravura del toro”26. Pero ¿acude el Ortega filósofo al trapo del Ortega matador o lo rehúye? Quien lea el “envío” de Ortega y Gasset, sin ni siquiera conocer los esbozos y fragmentos sobre toros reunidos por Paulino Garagorri en el volumen La caza y los toros, publicado en 1960 en Revista de Occidente, no podrá por menos que sentir cierta perplejidad. La siente cualquiera concer nido por el arte de lidiar toros. Pero ha de ser mayor en quien ade más comparta tal afición con esa otra querencia que, desde su invención en la antigua Grecia, atiende al nombre de “filosofía”. ¿Realmente ofrece este texto, aunque fuera sólo en forma rudi mentaria, los elementos de una filosofía taurina? No es este el lugar para tratar de la circunstancia del pen samiento de Ortega y Gasset en los años desabridos, ambiguos e indecisos de su regreso a España tras la Guerra Civil. (Su primer acto “oficial”, por cierto, fue la conferencia sobre el teatro pro nunciada en el Ateneo de Madrid en mayo de 1946). Pero se me antoja que ese clima de extraña provisionalidad, de reconoci miento al mismo tiempo que de reserva o de rechazo sin más, pesa tanto sobre su renacido interés por la tauromaquia como sobre su propia indecisión con respecto a un libro filosófico dedicado a los toros. No puede sorprendernos en cualquier caso que aliviara esas incertidumbres con amistades taurinas, como la de Domingo Ortega. Como tampoco que, sobre todo de puertas hacia fuera (pensemos en su clamorosa acogida en Alemania), cultive y se deje halagar por la imagen del “filósofo torero” (Torero des Geistes, «torero del espíritu [o del intelecto]» le lla mará la prensa alemana)27. Vayamos entonces al “envío” y a los textos póstumos que pertenecen a su órbita. 166 26 Citamos según la ya mencionada edición de El arte del toreo, donde el texto de Ortega y Gasset figura en las páginas 4154. Naturalmente, aparte de en las dos primeras ediciones de Revista de Occidente, el texto se recoge también en la recopilación de Paulino Garagorri, que mencionamos líneas más abajo, en dis tintas ediciones sucesivas. Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 167 V. “Enviando a Domingo Ortega el retrato del primer toro” se preocupa en primer lugar por demarcar los terrenos respecti vos. Dice Ortega y Gasset que «en esta conferencia un gran tore ro habla de lo suyo». Esto “suyo” se resume, para el filósofo ducho en abstracciones, «en la cuestión de dónde están los pito nes del toro y dónde, en relación con ellos, tiene que estar la cadera del torero y cada una de sus piernas y su brazo, y qué movimientos y quietudes debe practicar». «La doctrina tauro máquica expuesta por Domingo Ortega», confirma un poco más abajo, «se nos presenta con cierto aire de teorema geométrico». Esto es correcto y no deja de ser sugerente como análisis, pero resulta a un tiempo demasiado escueto y parco de contenido. Más sugestiva es la idea de que «la doble melodía de movimientos que es cada suerte» está afectada de dramatismo (ya decía el otro Ortega que el toreo no es un ballet). Son “sosegadas prisas” (según la magnífica expresión de José Daza recogida por Ortega y Gasset), en la medida en que la suerte tiene lugar «en peligrosa proximidad a las astas del animal». Todo lo demás el Ortega filó sofo lo relega aquí al campo de lo que despacha como «más rigu 27 Puede verse el trabajo de González Alcázar (2008: 43104) que reúne abundante documentación gráfica. En las páginas 97 y 101102 se mencionan ocho titulares de la prensa en lengua alemana (uno de 1949, dos de 1954 y cinco de octubre de 1955, con motivo de la muerte de Ortega), todos los cuales se acogen al tópico del Torero des Geistes. En la página 101, por cierto, se reproduce una noticia del diario Pueblo del 19 de octubre de 1955, también a raíz de la muerte del filósofo, con este curioso titular: “La última conversación de Ortega y Gasset con su peluquero: le tuvo que explicar una faena de Domingo Ortega”. Seguirá siendo de obligada lectura la biografía de Zamora Bonilla (2002). Dentro de su capítulo V y último, “Réquiem de vivos y muertos”, véase los apartados “Portugal está más cerca de España. Años de mucho trabajo”, “Otra vez en tierra española. Ilusiones personales y desilusiones públicas” y “Cosecha de prestigio internacional con una filosofía abierta y muchas obras inacabadas”, en especial, págs. 455 y 473, en que se menciona a Domingo Ortega, y págs. 474 ss., sobre la admiración en Alemania por la filosofía de Ortega y Gasset. Alejandro del Río Herrmann roso tecnicismo», y él, se apresura a declarar, no es un «aficiona do a los toros». ¿Cuál es entonces su terreno propio? Ese terreno, o esa perspectiva, son los de una «intelec tual generosidad», en bella y característica expresión orteguia na. Lo que le importa al Ortega filósofo es lo que «significa» la «realidad» de las corridas de toros, una realidad «de primer orden» «dentro de las dimensiones de la historia española en los dos últimos siglos», dice, la cual no puede ser comprendi da «desde el punto de vista del «aficionado», sino que, para serlo, requiere del punto de vista del que aquí, curiosamente, llama «analizador de humanidades». Pero viene ahora el des vío, la finta, el quiebro: «No he escrito nunca sobre materia tauromáquica, y no son las circunstancias presentes oportunas para que inaugure tal opera ción. Prefiero, pues, enviar a Domingo Ortega algo que acaso no interese a los lectores de su conferencia, pero que es cosa nueva y de importancia en un estudio a fondo de la realidad que han sido las corridas de toros». Y sigue a continuación el descubrimiento del retrato del toro primigenio, uro o Auerochs, del que es descendiente direc to «nuestro toro bravo», «que se ha perennizado en España», señala Ortega, «cuando desde muchos siglos antes había des aparecido de todo el mundo». Pero también en el quiebro se carga la suerte. Y es lo que –por así decir, entre burlas y veras– hace el Ortega analizador de humanidades que, como en él es sólito, deja aquí una perla para los buenos entendedores: «No sé si se tiene esto bien en cuenta, si se está atento a que esa función del coraje, lo que en la terminología taurina se llama «casta», es superlativamente inestable y siempre a punto de extinguirse». Pues esa imagen del primer toro lo que hace es darnos la evi dencia del «trágico destino de toda una magnífica especie con centrada en un solo individuo». ¿Qué quiere decir con todo esto 168 Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 169 el Ortega filósofo? ¿Qué le quiere decir al Ortega matador de toros y, con él, a todos nosotros, a saber, “españoles” (y pongo el sustantivo entre comillas) aficionados y no aficionados a la fiesta de los toros? ¿Quiénes somos estos “españoles al margen” que hemos tenido la idiosincrasia histórica de criar esta especie zoológica de excepción que es el toro bravo? Pienso que son estas las preguntas que, trágicamente, melancólicamente, laten detrás de ese “retrato del primer toro” que Ortega el docto envía a Ortega el maestro. En cualquier caso, y quiero subrayar la idea, es esta la cuestión, acaso el enigma, que el filósofo Ortega y Gasset lega públicamente. Gracias a los textos editados por Paulino Garagorri (y, sobre todo, a los apuntes y notas de trabajo póstumos recopila dos en la Revista de Estudios Orteguianos28) podemos acceder al taller de donde nunca salió “Paquiro o de las corridas de toros”. Me limito aquí a unas mínimas consideraciones sobre el primer conjunto. Está la consabida (pero quizá no suficientemente com prendida) afirmación (enunciado de un programa pendiente) frente a aquellos que Ortega designa como «lugarcomunistas» que se alimentan de tópicos y desconocen la historia del toreo: «Frente a ellos afirmo, “de la manera más taxativa”, que no puede comprender bien la historia de España desde 1650 hasta hoy quien no se haya construido con rigorosa construcción la historia de las corridas de toros en el sen tido estricto del término; no de la fiesta de toros que más o menos vagamente ha existido en la Península desde 28 Véase los tres números de Revista de Estudios Orteguianos que ofrecen las “Notas de trabajo de la carpeta Toros”, en edición de Felipe González Alcázar y M. Isabel Ferreiro Lavedán: 21 (noviembre de 2010), págs 2758; 22 (mayo de 2011), págs. 2956; 23 (noviembre de 2011), págs. 525. Para la conferencia pre liminar al presente trabajo no hemos considerado aún estas notas. Alejandro del Río Herrmann hace tres milenios, sino lo que nosotros actualmente lla mamos con ese nombre»29. Lo que llamamos corrida de toros, «en el sentido de un espectáculo rigorosamente conformado, sometido a reglas de arte y a normas de estética», dice Ortega, tuvo una gestación lenta. Pero una vez cuajó en torno a 1740 como obra de arte, añade, «el efecto que esto produjo en España fue fulminante y avasallador». «Fue una auténtica obsesión», remata. En las “Notas para un brindis”30, con ocasión de «la insólita combinación que representa reunirse a comer unos toreros en torno a un filósofo», «comida en que comulgan tau romaquia y filosofía», el Ortega filósofo vuelve al asunto. Quiere aprovechar la oportunidad para que «por primera vez se hable de las corridas de toros seriamente», pues el papel de los aficionados estriba, dice, en hablar de ellas «apasionadamen te». (La misma crítica formulada por Domingo Ortega en su conferencia). El “discurso de la corrida”, como felizmente lo ha llamado François Zumbiehl31, es esa especie de runrún con sustancial a la corrida de toros, a su realidad histórica y vital, según el propio Ortega y Gasset reconoce, y al que, como hemos visto, llega a calificar de “obsesión”: un gozarse en el discurso que no sería, ni filosófica ni vitalmente, auténtico hacerse cargo. 170 29 Ortega y Gasset (1962: 141). Puede consultarse la reciente edición (2022: 148) con prólogo de Víctor J. Vázquez. Véase en dicho prólogo la referen cia a la fotografía en la que aparecen toreando al alimón Domingo Ortega y José Ortega y Gasset y al «aire torero, de viejo torero, en la expresividad de Ortega [don José]», como también, más adelante, a su verdadera pasión, la «pasión razon adora», y a su aspiración a establecer «un canon de comprensión filosófica de los toros […] con esa conciencia clara que tenía Ortega de la singularidad española del hecho taurino» (págs. 1213). La fotografía está reproducida, por ejemplo, en el mencionado catálogo de exposición (2015: 20). 30 En las páginas (1962: 144149) y (2022: 151156). 31 Zumbiehl (2009). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 171 El borrador inédito del “envío”32, por su parte, desarrolla el punto, luego apenas indicado, de la “geometría del toreo”. Aquí Ortega afina más. Pues no se trata de una geometría abs tracta, sino de una “geometría actuada”: la «intuición de los terrenos el del toro y el del torero», aquella «extraña inspiración cinemática» que constituye «el más substantivo talento del gran torero». «Componente primario de la intuición tauromáquica», prosigue Ortega, es «la comprensión del toro». Pero no la de las propensiones de su comportamiento particular, sino filosófica mente, esto es, «en su condición genérica de toro». Y dado que el toro, en esa definición genérica, es «el animal que embiste», «comprenderlo es comprender su embestir». Pero la embestida, señala aún Ortega con acuidad, nunca es ciega, «se dirige clari vidente al objeto que la provoca», lo cual permite que sea dirigi ble por parte del torero. Todo el desarrollo muestra una perspicaz comprensión de la tauromaquia del maestro de Borox, como queda patente en el siguiente pasaje: «La crítica a que Domingo Ortega somete en estas páginas otros modos de torear lleva implícita la censura de que estos eluden y soslayan la furia del toro, mientras que el definido por él solicita esa furia obligándola a iniciarse y la deja ser en toda su plenitud. Dígaseme si la doctrina por él expuesta no puede resumirse así: torear bien es hacer que no se des perdicie nada en la embestida del animal, sino que el torero la absorba y gobierne íntegra». Llama la atención que percepciones tan ajustadas como estas no pasaran al envío. ¿Finta o inhibición? Difícilmente podría extraerse de los apuntes dispersos de Ortega y Gasset una articulada filosofía del toreo, el encuentro feliz entre filosofía y tauromaquia, a pesar de sus valiosas intui ciones e incitaciones. Esta específica tarea queda abierta. Pero es 32 En las páginas (1962: 132139) y (2022: 139146). Alejandro del Río Herrmann inequívoca su actitud genuinamente filosófica en la exigencia de hacerse cargo. Una exigencia que ambos, el Ortega filósofo y el Ortega matador, echan en falta de manera significativa en el afi cionado. Exigencia de estudio, de conocimiento, de rigor. De aprendizaje y transmisión. Exigencia de una disposición de espí ritu que tiene en la figura del torero –«caña pensante» pascalia na que, en su verticalidad firme, pero flexible, recoge y conduce sabiamente la fiera acometida del toro– el paradigma de la “hombría de bien”33. Así nos contemplan ambos, tal como los pintó Zuloaga: el uno resuelto, bien plantado en su traje de luces, poseedor de un saber antiguo; el otro ensimismado, sosteniendo con elegancia reposada un libro, inquiridor incansable. Los dos Ortega. 172 33 Lectura inexcusable a este respecto es el libro de Gómez Pin (2002). Los dos Ortega: tauromaquia y filosofía 173 BIBLIOGRAFÍA Alameda, José (1989): El hilo del toreo, Madrid, EspasaCalpe (colección La Tauromaquia 23). _______ (2010): Los arquitectos del toreo moderno, Barcelona, Ediciones Bellaterra (colección Muletazos). Cicerón, Marco Tulio (2002): La amistad, Madrid, Trotta. Claramunt, Fernando (1988): “La Edad de Plata, tercera época (19301936)”, en Historia ilustrada de la tauromaquia II, Madrid, EspasaCalpe (colección La Tauromaquia 17), págs. 144154. _______ (1988b): “Manolete y su tiempo (19391947)”, en Historia ilustrada de la tauromaquia II, Madrid , Espasa Calpe, págs. 253255 y 304330. 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