Historia política y parlamentaria de España : (desde los tiempos primitivos hasta nuestros días)
Full text
HISTORIA POLITICA Y PARLAMENTARIA
DE
(DESDE LOS TIEMPOS PRIMITIVOS HASTA NUESTROS
D'Ab )
ESCRITA Y DEDICADA
A S. M. LA I1E1NA DMA ISABEL 11
POR
JUAN RICO Y A:VIAT,
Abogado de los Tribunales del Reino, Secretario honorario de S.
Comendador
de la Real Orden Americana de Isabel !a Católica é individuo de varias
Corporaciones científicas y literarias,
TOMO II.
Mahrib.
IMPRENTA DE LAS ESCUELAS PIAS.
1861.
•
•
CAPITULO XXIII.
Revolucion de 1820.
SUMARIO.
Objeto y tendencias de esta obra.— Estado de la nacion y de los partidos al
verificarse la revolucion.— Triste posicion de Fernando VIL—Desprestigio
de su gobierno —El partido liberal.—La revolucion como gobierno de
he-
cho.—Desmanes del populacho de Madrid.— Jura Fernando la Constitucion
del año 12. —Consecuencias de la primera concesion.—Medidas contem-
porizadoras. — Célebre manifiesto del rey.— Entusiasmo que produce.--- Tu-
multos en las provincias.• Traicion del general Freire.— Vacilaciones de la
Junta provisional.—Su ebilidad , su rigor y sus contradicciones.— Siguen
restableciéndose las reformas de 1812.—Origen de las modernas sublevacio-
nes militares.—Carácter de la política de 1820.—La milicia nacional.—So-
ciedades patrióticas. — Su preponderancia en la segunda época constitucio-
nal.— El Conservador. persecucion contra los afrancesados.—
Disuelve el gobierno la famosa sociedad de
Lorencini.—
Apurada posicion
de los primeros ministros constitucionales. —Inconveniencia de sn nom-
bramiento. —Natural exigencia del liberalismo. —Inflexibilidad constitucio-
nal de los ministros de 1820.—Inutilidad de sus esfuerzos.— La Constitucion
de Cádiz era el gérmen de aquella lucha entre la monarquía y la democracia.
Antes de dar comienzo á la segunda parte de la
HISTORIA
ro-
LÍTICA. Y PARLAMENTARIA DE ESPAÑA ,
creemos conveniente repetir de
nuevo cuál es el objeto que á escribirla nos ha impulsado, y cuá-
les las tendencias que á nuestros trabajos pensamos dar.
Ya en la
introduccion
de la obra hemos puesto en relieve la
utilidad y conveniencia del gobierno representativo sobre los go-
biernos absolutos y republicanos, y la necesidad de establecerlo
en España de una manera sólida y provechosa en que los poderes
públicos funcionen en su órbita legal sin lastimarse ni ofenderse,
y en que las prerogativas del trono y los derechos del pueblo se
ejerzan sin lucha y sin envidia , y se respeten sin violencia.
CAPÍTULO
XXIII.
Siendo el objeto único de nuestra obra la defensa y enalteci-
miento de la monarquía constitucional , hemos dado hasta aquí,
como
,
daremos en lo sucesivo , la preferencia en nuestros traba-
jos á la historia de las Córtes españolas del presente siglo , exa-
minando concienzudamente sus mas notables disposiciones ,
y
apreciando , como se merece , las grandes reformas introducidas
por ellas en todos los ramos de la pública administracion, á las
cuales debe España su regeneracion política y social ,y la recon-
quista en Europa de su antiguo y distinguido puesto , perdido
torpemente en las últimas épocas del sistema absoluto.
Los parlamentos españoles antiguos y modernos se han distin-
guido generalmente por la rectitud de sus miras , por la calma y
gravedad en sus resoluciones , por su asiduidad en los trabajos,
por su celo en promover el bien del pais , por su abnegacion y
p
atriotismo en las cuestiones de interesó de orgullo nacional y
especialmente por su elocuencia, colocándose por todas estas cir-
cunstancias al nivel de los mas acreditados de Europa. Su histo-
ria , pues , debe ser grata tarea para nosotros y de sumo interes
y aprovechamiento para nuestros lectores'
Las instituciones representativas, tan características del go-
bierno de España desde su formal organizacion, y tan en armonía
por lo mismo con los hábitos tradicionales de los españoles, han
ido arraigándose de tal modo en la política del pais, que hasta
sus mas antiguos y encarnizados enemigos no pueden menos de
reconocer y confesar que
•
su conservacion y su prestigio son ya
una necesidad imprescindible en los tiempos modernos. Cono-
ciéndolo así nosotros , hemos acometido la ardua empresa de es-
cribir la
HISTORIA POLÍTICA Y PARLAMENTARIA DE ESPAÑA
en el presen-
te siglo sin encono y sin lisonja , guiados únicamente de la ver-
dad histórica , y de nuestra buena fe y nuestra conciencia acon-
sejados.
Hechas estas ligeras manifestaciones , que hemos creido opor-
tunas para la verdadera apreciacion de nuestra obra , reanudare-
mos el interrumpido hilo de los trabajos , trazando la historia de
la segunda época constitucional , una de las mas variadas y nota-
bles que registran nuestros anales parlamentarios.
ItEVOLUCION
DE
1890.
7
Empezó la segunda época constitucional , corno empiezan
siempre las mudanzas políticas ; con aplauso de unos y con sen-
timiento de otros.
A decir verdad , la vuelta al poder de los constitucionales el
año 20 si no fué muy aplaudida por lo general de la nacion
tampoco fué mirada con disgusto, por la esperanza de prudentes
reformas y adelantamientos en beneficio de los intereses generales.
Bien comprendia el pais que aquella no era cuestion nacional
como en 1808 , sino una lucha política entre una fraccion y
el
monarca. La España de entonces no era ni con mucho la de aho-
ra. La creacion de los partidos políticos era muy reciente, y po-
cos los españoles que se hallaban decididamente afiliados á los
que con tanto empeño se disputaban el poder,
Los partidos políticos no se estienden ni robustecen en seis
años. Se necesita mucho tiempo para que lleguen á hacerse nu-
merosos y respetables. Los principales elementos de que se van
formando son el interes , la conviccion , la venganza , el estudio,
la ambicion , la educacion , los compromisos casuales y las tradi-
ciones de familia.
Elementos que solo pueden desarrollarse con el tiempo , que
trae en sus negras alas, para robustecer los partidos, las mudan-
zas políticas , las revueltas populares, los desmanes del poder, los
cambios de fortuna , los agravios individuales y las guerras civi-
les. Por eso no es de estrañar que
los
partidos políticos en
1820
fuesen tan exiguos , y que la nacion mirase con indiferencia sus
luchas y persecuciones.
Verdad es que desde 1814 había cambiado notablemente el
aspecto de la nacion , convirtiendo el españolismo de la guerra de
la independencia en política de partidos , los patriotas en libera-
les, los fernandistas en absolutistas. La nacion en los últimos
seis años habia perdido su unidad monárquica , su unidad patrió-
tica , su unidad religiosa.
No era ya la España de 1808 , que se levantaba en masa y
acometia como un solo hombre á las huestes aguerridas de Napo-
leon, animada de un mismo sentimiento, impulsada por una cau-
sa misma. Ahora era la España liberal la que se insurreccionaba
8
CAPÍTULO XXIII.
contra la España absolutista
á
los
ojos
de otra España mas nu
-
merosa que las dos, indiferente y apática en aquella contienda.
La política habia sembrado ya entre los españoles los odios
y
las
persecuciones de que siempre va provista, y habia cortado al
mismo tiempo la raiz al frondoso árbol de la unidad nacional, sin
cuya sombra no pueden florecer la agricultura , la industria ni el.
comercio.
Al verificarse el cambio de 1820 hablase perdido ya la fe en
los absolutistas, el candor político en los constitucionales, el pa-
triotismo en casi todos los españoles. En su lugar habíanse des-
arrollado la ambicion, el espíritu sistemático de partido, la vani-
dad política, la intolerancia de las ideas, la rutina de los principios.
Y no eran ya los partidos tampoco los que luchaban con bue-
na fe como en 1812 , no. Era el partido liberal el que luchaba
ahora con Fernando
VII ;
era el recuerdo de los agravios sufridos
en pugna con la esperanza de causarlos de nuevo ; era el comba-
te de la democracia con la monarquía era el antagonismo de lo
antiguo con lo moderno. Lucha á muerte entre ambos elementos,
trabada con ira, sostenida sin nobleza , terminada con descrédito
de ambos combatientes.
La posicion política de Fernando era por denlas violenta y
enojosa. Vencida su soberanía, tenia que recibir ahora á la fuer-
za lo que buenamente no habia querido aceptar en 1814. Enton-
ces pudo modificar el liberalismo á su antojo , imponiéndole su
voluntad, y ahora tenia que someterse á él sin modificacion al-
guna, con todas sus exageraciones . sus desaciertos y sus vio-
lencias.
En 1814, sin ensangrentarse con los corifeos del bando libe-
ral , tolerando sus doctrinas en lo que de sensatas y provechosas
tuviesen, habría tenido en ellos amigos tibios en vez de enemi-
gos encarnizados, y aunque la revolución los hubiese colocado
ahora junto á él , ni ellos llegaran con odio ,
ni
él los recibiera
con repugnancia.
Pero precisamente debla ser violenta la union en el poder de
Fernando y
los
jefes liberales, que le enseñarian á todas horas
las sangrientas señales que los grillos y los sufrimientos habian
ItEVOLUCION DE
1820.
9
dejado impresas. Violento y en sumo grado repugnante debía ser
para un monarca tan orgulloso corno Fernando
VII
verse obligado
á compartir el poder con unos
presidiarios
condenados por él tan
injustamente , y que nunca podian ser ya sus verdaderos amigos.
Tampoco ellos podrian olvidar, por mucha que fuese su abne-
gacion, sus recientes ofensas, ni tener en el monarca la mas
mínim
g
. confianza.
La lucha era , pues , inevitable desde el primer dia , y solo la
prudencia porfia estorbar nuevas desgracias en lo sucesivo. ¿La
hubo por parte de alguien? La historia que vamos á escribir de
Ir segunda época constitucional contestará por nosotros.
Nunca la ley del vencedor parece justa y suave á los vencidos,
y aunque en la apariencia se acate , no se perdona medio ni oca-
sion para eludirla ó anularla.
Jurada ya la Constitucion por Fernando , tuvo que admitir
las condiciones que el liberalismo quiso imponerle, sin fuerza pa-
ra resistirlas ni aun prestigio para modificarlas.
No era ya la sociedad de 1820 aquella que años antes habia
luchado con Napoleon y habia admitido las reformas de buena fe'
sin que interviniese para nada la política ni el espíritu de partido.
unida y compacta en sus sentimientos de monarquía . de religion
y de independencia, si bien algo disidente en la marcha del go-
bierno. Toda habla cambiado en la actualidad.
Fernando VII no era ya el monarca querido y vitoreado del
pueblo , sostenido por la nobleza, respetado por el bando liberal.
En los últimos seis años habla descontentado á muchos , perse-
guido á no pocos y convertido su inmenso prestigio
de
1814 ,
si no
en a version , en indiferencia para los mas.
Por el contrario , los liberales hablan vuelto á la escena ro-
deadi,s de la aureola del martirio , tan acepta siempre á los ojos
de
la
impresionable plebe ; pero no eran va aquellos innovadores
del año 10, llenos de patriotismo, de ilusiones , de pureza en sus
miras , de candor en sus principios.
Ahora eran políticos sistemáticos que volvian en brazos de
una sublevacion militar con la vanidad en el alma y el resenti-
miento en el corazon.
10
CAPÍTULO XXIII.
El ejército, por su Parte, en vez de ser una institucion salva-
dora, era un elemento de anarquía y desórden, que ponla la fuerza
dictatorial de sus armas á merced de los mas osados ó de los mas
ambiciosos.
La nacion, er
g
fin, bastante desmoralizada, sin fe en la política,
sin entusiasmo por ningun principio , desereida , desmayada , sin
gobierno y sin recursos , ni pocha defender á la monarquía de los
ataques de la democracia, ni asociarse á esta en una regeneracion
completa y radical.
En situacion tan triste se hallaba España en marzo de 1820, cuan-
do Fernando VII juró, obligado por la revolucion, el código de Cádiz.
El decreto del 7, como ya hemos dicho , no satisfacia á los
conjurados ; pues si bien se reconocía en él la Constitucion y se
ofrecía jurarla , era preciso que los hechos , por humillantes que
fuesen , vinieran á confirmar y muy pronto la buena fe de aque-
llas promesas.
La revolucion no se contenta nunca con dominar de
derecho
al principio de su reinado. Como es ya un
gobierno de hecho ,
no
ve satisfecha su vanidad, ni cree asegurada su victoria, si no
practica
sus principios y pone por obra sus deseos.
El trono habia reconocido el poder de la revolucion , admi-
tiendo su dogma y ofreciendo jurarle oportuna y solemnemente.
Estaba, pues, proclamado y admitido el derecho de la revolbiciong
si bien entonces era el
derecho del mas fuerte ,
pero faltaba el
he-
cho .
es decir , la violencia , el despotismo revolucionario , y fué
preciso practicarle. k corno el despotismo de la revolucion, solo
lo practica
el
pueblo, que ha sido y será siempre en todas épocas
y gobiernos el verdugo de la política, porque él se encarga siem-
pre de ejecutar cuando la política condena , tocóle desempeñar su
oficio el dia 9, y despues de haber hecho pedazos las puertas de
la Inquisicion y dado libertad á los presos encerrados allí y en las
cárceles por opiniones políticas , allanó la ciega muchedumbre el
palacio de su rey, imponiéndole su voluntad omnímoda de la ma-
nera que acostumbran á hacerlo las turbas : con gritos , impreca-
ciones y amenazas.
Parodia de la revolucion francesa , cuando el populacho de
REVOLUCION DE
1820.
1 1
Paris obligó á Luis XVI á beber un vaso de vino y á cubrirse la
cabeza con un gorro encarnado. El envilecimiento del trono trajo
en pos de sí en Francia el regicidio y el terror. En España solo
dejó la escena del dia 9 una mancha en la dignidad del monarca,
que se borró luego con sangre.
Gracias á los esfuerzos de algunos individuos de la grandeza,
fué contenida la muchedumbre en la escalera del regio alcázar,
logrando antes sus representantes , que eran seis desconocidos,
que el rey mandase la instalacion del último ayuntamiento cons-
titucional , y acordara la formacion de una
Junta provisional con-
sultiva ,
que defendiese y representase en aquellos días los inte-
reses
y
derechos de la triunfante revolucion.
En la tarde del mismo dia se presentó en palacio el nuevo
ayuntamiento, cuyos dos alcaldes
D.
Pedro Sainz de Baranda y
D. Rodrigo Aranda fueron elegidos por aclamacion popular.
Instado y empujado Fernando por la plebe , y en presencia
de seis comisionados populares, que daban la ley en aquellos
momentos , juró en el salon de embajadores la Constitucion del
año 12, aparentando serenidad y regocijo, pero sintiendo en su
alma el dardo de la violencia, y grabando en su mente con rojos
caractéres el recuerdo de tanta tropelía y tanto escándalo.
Fin el sistema de las concesiones por debilidad el mal está en
la primera ; el pueblo es insaciable en sus deseos revolucionarios,
y obtenido un primer triunfo, no tiene ya prudencia ni abnega-
cion para contentarse con él ; cuanto mas victorioso , muéstrase
mas exigente ; cuanto mas exigente , mas anárquico , y cuanto
mas anárquico, mas próximo está á ser vencido y castigado.
Esa`es la vida del pueblo en revolucion vencer, exigir, tira-
nizar y perecer.
En la vida de los reyes, no resistir es caer; conceder es abdi-
car; temblar es morir.
Si Fernando VII hubiese resistido, aunque poco, al sublevarse
el ejército en la Isla , encaminándose á Cádiz al frente de una di-
vision , hubiese reanimado el entusiasmo popular, y sofocado sin
disparar un tiro la insurreccion del ejército espedicionario. Pero
encerrado en su palacio entre cobardes
:
y aduladores , que lo
18
CAPÍTULO XXIII. .
principio la tolerancia de opiniones políticas, obligaba con graves
penas á todos los españoles á que jurasen el dogma del partido
liberal.
Los famosos diputados
persas
de 1814 fueron víctimas á su vez
del espíritu revolucionario, pues la Junta los confinó á distintos
monasterios hasta que el nuevo Congreso juzgase sus causas.
Así se anudó el hilo de los agravios políticos, acabando de
sembrar en los partidos la venenosa simiente de las venganzas y
re icores con que todos ellos han profanado sucesivamente
su
causa y han desvirtuado y hecho odiosas sus doctrinas.
Inicuo sistema de persecucion y proscripciones que poniendo
en tortura la conciencia de los hombres, los arrastra indefecti-
blemente al perjurio ó á la miseria , y va creando esa tradicion
sangrienta entre las familias, que se trasmiten de generacion en
gQneracion el recuerdo de sus agravios y los deseos de la ven-
ganza.
Cuántos hijos se han afiliado en los diversos partidos políti-
cos , contra su carácter y sus inclinaciones , por solo el motivo
de haber sido sus padres perseguidos ó vejados por el bando
opuesto !
No se comprenden ciertas medidas de rigor y (le esclusivismo
en la Junta provisional con el humanitario, acertado y reparador
decreto de 23 de abril. que. levantaba el destierro de los emplea-
dos y prosélitos de José Bonaparte , mandando ademas se les de-
volviesen los bienes secuestracins.
La tarea principal de la Junta era la de ir resucitando las re-
formas de los constituyentes de Cádiz , anuladas en un dia por
Fernando VII.
Restableciéronse otra vez los supremos tribunales en la forma
y con las atribuciones prescritas por la Constitucion ; abolióse el
repugnante espectáculo de la horca, y se desterró de nuestros có-
digos la vergonzosa pena de azotar desnudos por las calles á los
reos.
En lo que no anduvo atinada la Junta fué en licenciar algu-
nas fuerzas de las insurreccionadas por Riego y Quiroga ; pues
ademas de diseminar por la nacion estos nuevos elementos de
REVOLUCION DE
18110.
19
desórden , que envalentonados con su triunfo, cometian toda clase
de tropelías por los caminos y las poblaciones, era esa rebaja del
servicio un poderoso aliciente para que otras tropas se sublevasen
en adelante en sentido contrario.
Tambien fué impolítica la promocion á generales de los co-
mandantes que
5e
pusieron al fuerte de la insurreccion , porque
se daba á aquel suceso el carácter de una conjuracion de ambi-
ciosos, se relajaba la disciplina y se abria la puerta á modernas y
peligrosas rebeliones, abogadas en sangre unas, premiadas otras
en mengua de la lealtad y en perjuicio del sosiego y el órden de
la nacion.
Aquellos escandalosos ascensos fueron á nao dudarlo el origen
verdadero de esas innumerables sublevaciones de los tiempos
modernos, realizadas por lo coman, sin otro objeto que satisfacer
las ambiciones de unos pocos con un entorchado ó .una cartera
ministerial; premio generalmente de una traieion , de nna des-
lealtad , de un crimen.
Sublevaciones asquerosas que desmoralizando al ejército,
han trastornado la sociedad y dado á la política ese tinte de
fuerza y de coaccion , que no debe tener , y á ciertos gobiernos
el carácter de dictadores.
Sublevaciones creadas por
el
inmoderado deseo de goces ma-
teriales; por ese afan de medrar en poco tiempo, que es la enfer-
medad del siglo XIX; por esa insaciable ambicion de algunos mi-
litares, faltos tal vez de mérito y
de
valor para ganar sus grados
en el campo de batalla ; sublevaciones sofocadas ó triunfantes á
espensas de la sangre
del
pobre soldado ó de las; crédulas turbas
populares, con la que comercian vil é inhumanamente sus ambi
ciosos jefes ó directores.
Desgraciado pais aquel en que el trono y la libertad se pro-
clamen
y
sostengan por la fuerza de las bayonetas ! Ni la libertad
ni el trono , así sostenidos y proclamados , serán provechosos y
duraderos , ni en ese pais habrá otra cosa que tiranía y des o–
bierno.
Estéril y odiosa política será siempre la que se imponga á
balazos! Los derechos
ó
los deberes, que se escriben con lapunta
CAPÍTULO
XXIII.
de un sable, suelen borrarse las mas veces con
la sangre de los
mismos que los escribieron.
La revclucion , que era democrática el año 10, convirtióse en
demagógica el año 20. Ya no dominaba en la nueva política aquel
espíritu reformador, que todo lo discutia y analizaba todo. El de
la segunda época constitucional era ese espíritu revolucionario,
que destruye, que sintetiza y ejecuta.
No era ya tampoco aquel liberalismo exageradamente popular,
que tenia por norte de sus innovaciones el bien y la felicidad de
los mas. El liberalismo del año 20 era esclusivista y de pandi-
llaje : era el liberalismo personal,
DO
el ideal: el liberalismo de los
hechos, no el de los principios.
La organizacion de la milicia nacional y la pública instalacion
de las sociedades patrióticas dieron á la situacion del -año 20 un
tinte de revoiacion francesa con sus
jacobinos
y
sus secciones ar-
lid
odas.
La milicia nacional que tuvo su origen en el alzamiento de 1808,
era una inslitucion tan útil y necesaria entonces, como perjudicial
é inoportuna fué despues.
En la primera época era una milicia, verdaderamente de la
nacion , que defendia el órden en 111s poblaciones , que guarnecia
sus murallas y rechazaba de ellas á los enemigos , que salir; á ba-
tirse en union del ejército, y que hacia siempre su penoso servi-
cio dentro y fuera d3 sus hogares , sin promover asonadas , sin
defender á ningun partido, sin mezclarse para nada en los asun-
tos y en la politica del gobierno.
Como representaba al verdadero pueblo, armado 'únicamente
para la conservacion del sosiego público y la defensa de la pro-
piedad, no se le permitia mas uniforme que una escarapela en-
carnada, y en vez de averiguar las ideas políticas de sus indivi-
duos, se averiguaba solamente si eran honrados.
Bajo ese punto de vista , y en la precision de sostener una
fuerza armada en las poblaciones , necesidad que no admitimos
en ningun tiempo ni en :)
,lingun sistein
q
, reo
existiendo una guerra
como la del año 8, abogaríamos por la formacion de una milicia
que, basada en la honradez y garantías sociales del individuo,
REVOLUCION DE
189.
sin organizacion militar, y con jefes nombrados por la autoridad
superior de entre los vecinos mas aptos , sirviera para la perse-
cucion de malhechores, para el mantenimiento íle la tranquilidad
local y para evitar y contener esos ridículos motines del pueblo
bajo, que poner, en graves conflictos en determinadas épocas á las
autoridades y á los pueblos.
Esa verdadera milicia urbana, compuesta de gente honrada y
de posicion social, serviría á buen seguro de antemural contra la
tiranía del poder, y de dique á los escesos del populacho.
Independiente, por componerse de gente acomodada, y agena
de ambiciones, por el mecanismo de su organizacion , ni se do-
blegaria nunca á las exigencias del poder, ni cederla tampoco á
los halagos y amenazas de los revoltosos.
Vendria á ser una institucion de inmenso poderío
é
influen-
cia, pues componiéndose
l
de cuantas personas tuviesen que per-
der en las poblaciones, los gobiernos respetarian su opinion y su
fuerza , pasivamente anunciadas , y los revolucioliariús encontra
rian en ella un obstáculo insuperable para sus maquinaciones y
trastornos.
Esa milicia, formada por los hombres acomodados de todos los
partidos, no seria en ningun caso revolucionaria pues nadie
querría poner en peligro sus intereses; y sin organizacion mili-
tar, sin espíritu políti
y
). sin carácter de corpor
g
ei,)n , tendria que
ser una fuerza pasiva con muchos medios para hacer el bien y sin
ninguno para hacer el mal. Pero repetimos que aun así la cree-
mos inútil siempre , pues para guardar los públicos intereses y
sostener el principio de autoridad, la fuerza'' mas conveniente e;
la fuerza militar,
civilmente organizada ,
como se encuentra
hoy dia.
No fué de índole pacifica ciertamente la milicia nacional de la
segunda época, ni mucho menos las que luego le han sucedido.
Aquella institucion, como las posteriores, fué solo una milicia de
partido; instrumento como siempre de unos cuantos ambiciosos a
quienes sirve de escalon para medrar , y á cu
y
a tolerante sombra
se fraguaron todos los motines populares.
Milicia de partidarios armados , que absorbe en su seno lo
malo de la clase baja , y cuyo elemento pervierte y desacredita á
CAPÍTULO XXIII.
la misma institucion. Fantasma popular_colocado delante del trono
para amedrentarle , detras del pueblo para azuzarle y compro-
meterle.
La milicia nacional de 1820 á 1823 compuesta de constitucio-
nales, que adornaban sus sombreros con cintas verdes los parti-
darios de Riego, y con moradas los de Padilla ; y las milicias de
ahora , formadas de liberales en 183k, de exaltados en 40, y de
demócratas en '54L, no han producido mas que trastornos, por !o
mismo que eran milicias de partido, y de partido intolerante y
exigente, por lo mismo que estaba armado.
Otro elemento de revolucion mas trascendental y temible se
desarrolló con la inauguracion de la segunda época constitu-
cional.
Hablarnos de las
sociedades patrióticas
establecidas pública-
mente para discutir sobre materias políticas, sirviendo de eco á
!as
sociedades secretas
que produjeron la insurreccion de la Islay
que se hallaban á la sazon perfectamente-.organizadas.
En el antiguo y célebre café de
Lorencini
se reunían por en-
tonces los mas fogosos patriotas , y encaramados sobre una mesa
esplicaban y comentaban el derecho político en sentido revolucio-
nario ante un público de desocupados y curiosos , que aplaudian
ó silbaban á rabiar, segun las circunstancias y el mérito de tan
grotescos tribunos.
Allí se hablaba de todo; de cosas y de personas. Con su pre-
sidente, sus secretarios y su reglamento, la sociedad patriótica de
Lorencini
aprobaba ó desaprobaba las primeras providencias de
Fernando
VII,
presentando proposiciones y tomando acuerdos á
manera de un Congreso legítimamente constituido.
Ridícula parodia de los
rneetings
ingleses y de los jacobinos de
Paris; mas ridícula por ciertas gentes que en ella tomaban parte
y por los ademanes y lo grotesco de su oratoria.
No contentos los patriotas de
Lorencini
con desbarrar libre-
mente y á todas horas, haciendo uso , ó mas bien, abusando de
uno de los principales derechos políticos y el mas delicado, el (le
asociacion , quisieron ser poder é influir directamente en la nueva
política. A este objeto, instigados por los jefes de las sociedades
23
RENOLUCION DE
1820.
secretas, declamaron fuertemente en los primeros días contra lo,;
deseos del monarca de nombrar un ministerio conciliador, que
sirviese de término medio entre vencedores y vencidos.
fambien condenaron públicamente y acordaron representar
contra el prudente y político decreto me abria las puertas de la
patria á los
afrancesados,
valiéndose para ejercer su influencia y su
coaccion de
El Conservador,
primer periódico revolucionario que se
publicfj despues de la mudanza de 1820, y que venia á ser el dia-
rio oficial de la sociedad y el principal representante de la prensa.
Ese papel , anal escrito y peor pensado , desatóse en impro
perios y groseros insultos contra las personas escogidas por el rey
para el nuevo ministerio , y sobre todo , contra los expatriados
partidarios de José Bonaparte , obligando á la Junta á proponer
rara el nuevo gobierno á los corifeos del bando constitucional ,
y
la derogacio.n del decreto de amnistía en favor de los
a francesados.
Restituidos ya muchos ch estos á la península , prohibióseles
pasar el Ebro , dejándolos en provincias desconocidas , y faltos
completamente de recursos , y teniendo que regresar casi todo {1
pais estranjero á continuar su vida de padecimientos
y
miseria,
burladas inhumanamente sus esperanzas de abrazar á sus familias
y recobrar sus bienes.
Tan injusta y arbitraria medida trocó en enemigos (le la Cons-
titucion á los
afrancesados ,
que pudieron haber sido muy bien,
por sus ideas reformadora.` , hábiles y entendidos partidarios , y
despertó en ellos desde entonces un enconado odio á la causa li-
beral ; odio de trascendentales consecuencias por ser gente ilus-
trada y (le prestigio.
Envalentonados con su influencia los jacobinos de la Puerta
del Sol , donde se hallaba situado el café , trataron de hacer alarde
de su poder midiendo su estension en lapolítica.
El nombramiento del marques de las Amarillas para ministro
de la Guerra labiales descontentado sobremanera, y dirigiéronsc á
palacio en sor de tumulto á exigir á los denlas ministros la sepa-
racion de su compañero.
El ministerio, compuesto (le los hombres mas notables de las
Lto
primeras Córtes, entre los que descollaba por su fama v sus co-
24
CAPÍTULO XXIII.
nocimientos D. Agustin Argüelles , volvieron por los fueros ie la
autoridad, y con una, entereza que les honra , prendieron á la
comisiona de los amotinados patriotas , y disolvieron la sociedad de
Lorencini.
Sus restos se refugiaron en el café de
San Sebastian ,
donde
continuaron las peroratas patrióticas, pero no con las pretensiones
de
Lorencini;
ademas, la calidad de las personas que allí se con-
gregaban quitaba ya toda importancia á esta sociedad , á quien el
público no favorecia con su asistencia y sus aplausos como á la
anterior.
Tiempo y ocasion tendremos en el trascu
•
so de esta historia de
ocuparnos de otras sociedades del mismo género, pero de mas
importancia que , precipitando los sucesos . influyeron y no poco
en el desprestigio y segundo hundimiento de la causa liberal.
Ya hemos indicado que Fernando y la Junta se vieron obliga
dos por la presion de los clubs á entregar las riendas del gobierno
á los gefes. mas autorizados del partido reformador.
* Apurada y violenta debía ser sin duda la posicion de estos go-
bernantes en el estado crítico y anómalo en que la nacion se
encontraba.
La mudanza habia sido muy repentina y radical para que no se
resintiesen todas las clases , todas las ideas, con tan rudo sacudi-
miento.
La nave del Estado , encallada por espacio de seis años en un
lago manso y reducido , navegaba ahora en alta mar y á toda vela
por un piélago embravecido y sin horizontes, impelida por vientos
contrarios , mensajeros de próxima tormenta.
Pocas situaciones , tal vez ninguna , ha atravesado España tan
vaga , tan irregular, tan nueva como la de 1820.
Por un lado , un monarca obligado á jurar una Constitucion
que no podía menos de aborrecer, por ver en ella un límite injusto
y arbitrario á su poder legítimo y reconocido. Por otra , un par-
tido de revolucionarios que , en alas de urri insurreccion militar.
se habían elevado hasta las mismas gradas del trono. En frente de
un ejército , desmoralizado por el triunfo , una grandeza , resenti-
da por la desgracia.
REVOLUCION DE
1820.
Junto á las sociedades secretas , fuertes por su organizacion y
audaces por el buen éxito de sus anteriores manejos, un clero po-
deroso por su influencia , esclusivista por carácter, y activo y agita-
dor Por interes.
Con tales y tan encontrados elementos , que ponian en com--
bustion las imaginaciones é irritaban los sentimientos de los
españoles, que en su mayor parte vejan con impasibilidad é indi-
ferencia la incierta marcha, de la política , abriéndole paso y sin
adornarse con ninguno de sus colores , qué podría esperarse de
aquella situacion que fuese lógico y conveniente á los intereses
generales ? ¿ Cómo comprender hasta dónde ilegarian la prudencia
y la buena fe del monarca ? ¿ Quién podria asegurar que la revolu-
cion se detuviese un instante en su desbocada carrera ? Y en aquel
combate á muerte de la democracia y la monarquía , ¿, á qué com-
batiente de los dos auxiliaria la sociedad?
Oscuro por demas se presentaba el horizonte político en abril
de 1.820 , en que se encargaron del gobierno los primeros minis-
tros constitucionales , pasando algunos de ellos desde los presidios
al despacho de las secretarias.
Eran estos
D.
Agustin Argüelles , D. Evaristo Perez de Castro,
D. José Canga Argüelles , O. Antonio Porcél , O. Manuel García
Herreros y el marqués de las Amarillas , reemplazado luego por
D. Cayetano Valdés.
Cuéntase que uno de ellos tuvo la delicadeza de rehusar la
cartera , recelando que el rey le hubiese elejido de mala voluntad,
y que al saberlo Fernando , le llamó á su presencia, y tomando en
sus manos un ejemplar de la Constitucion , le dijo : « La he jurado
libremente y de todo corazon , y la cumpliré y la haré cumplir
escrupulosamente.
Ifise sostenido por algun historiador de aqüellos sucesos la
i
nconveniencia de semejantes nombramientos , impuestos al mo-
narca á favor de las personas á quienes mas crudamente habia
perseguido. No cabe dada que con esa exigencia empezó á ser
muy desacertado el sistema de la revolucion de humillar é irritar
el amor propio del rey , poniéndole á la vista un continuo re-
cuerdo de sus desaciertos é injusticias.
CAPÍTULO XXIII
Siendo, como ya lo eran, conocidas sus naturales inclinaciones
al absolutismo, y con pruebas suficientes para sospechar 4e su
sinceridad y franqueza, no fué en manera alguna político ni pru-
dente imponerle la asociacion en el gobierno de unas personas
que por sus antecedentes democráticos hablan de inspirarle a
y
er-
sion, arraigando en su ánimo la instintiva repugnancia á la Cons-
titucion , contra la que por precision habia de conspirar.
Con un ministerio sensatamente reformador , sin anteriores
compromisos con la revolucion ni con el trono , que hubiera he-
cho mas suave á los ojos
de
Fernando el cambio brusco y ofensi-
vo de su posicion; que hubiese quitado á las reformas del alío 12
lo que tenian de usurpadoras y revolucionarias , ahogando en su
cuna aquel espíritu político , trastornador y socialista , que desde
el fondo de las sociedades masónicas se esparcía por los pueblos,
contagiando á las clases proletarias; y halagando algo los intereses
de las privilegi4das , sin perjuicio de la igualdad política y de la
buena adruinistracion , quizá se habrian ahorrado desmanes
y
tropelías cometidas posteriormente por todos, encaminando desde
entonces la inesperta política por una senda de razonables inno-
vaciones y de verdadero y pacífico progreso.
Pero la idea liberal habia triunfado tumultuosamente de 12
absolutista , y era preciso hacer vanos alardes de su triunfo en
las regiones del poder ; era indispensable
y
hasta cierto punto
lógico que siendo el vencedor el liberalismo , fuesen ministros
los principales liberales. En esa exigencia estaba exactamente ca-
racterizado el origen y tendencias de la nueva política. Política
personal mas bien que filosófica; de partido y no de ideas; sis-
temática y no de conveniencia.
La manera de practicar tan impracticable sistema era un enig-
ma muy difícil de resolver. O sostener con firmeza los principios
constitucionales y degradar la persona del monarca en su autori-
dad y su poder, ó transigir con la monarquía y descontentar á la
revolucion.
Para no caer en alguno de esos estrenaos
y
mantener sin vio-
lencia el difícil equilibrio del gobierno repre
s
entativo se necesita-
ban otros Ministros mas flexibles y menos encariñados
con su obra.
REVOLUCION DE
189O .
'2i
Argüelles y sus compañeros eran muy severos constituciona-
les , y muy impracticable la Constitucion para gobernar mucho
tiempo sin provocar conflictos entre los públicos poderes y sin
aumentar el antagonismo , disgustando á sus respectivos parti-.
dardos.
En honor de la verdad, los ministros de 1820 ni eran revolu-
cionarios ni palaciegos ; y con su buena fe , su entereza y su
religioso respeto al código de Cádiz contenian con una mano los
desesperados golpes del absolutismo , y rechazaban con la otra
los violentos empujes de la revolucion.
Pero las cosas tenian mas poder que las personas , y las pa-
siones eran mas fuertes que las ideas ;
y en
aquella Constitucion
sernirepublicana , semimonárquica , que con tanto teson defen-
dían y con tanto cariño respetaban , se encerraba ese gérmen de
mutua oposicion y de continua lucha , que hacia inevitable la cai--
da y la muerte de uno (le los dos atletas que tan encarnizada-
mente se disputaban desde 1808 el imperio de la sociedad espa-
ñola : la democracia y el absolutismo.
Pronto 'presenciaremos las peripecias del combate , y veremos
quién es el vencedor , las armas con que se pelea y las conse
cuencias del triunfo. Ay del que tropiece en la lucha! Ay del
que caiga por debilidad ó por torpeza! Ese sentirá instantánea-
mente en su garganta el puñal del enemigo.
CAPÍTULO X XIV . CÓRTES
el cielo de la política , una mancha en la historia del gobierno, una
desgracia para los pueblos que gobierne.
Bajo tristes auspicios , y con augurios bien funestos , empeza-
ron sus tareas las Córtes de la segunda época constitucional.
En las juntas preparatorias , celebradas en los primeros dias
de junio, surgieron ya notables síntomas de desunion entre los
liberales, que casi por completo componían la cámara popular.
Allí empezó la lucha entre los partidarios de la moderacion y
los que pretendian (
l
_ar á la nueva política un movimiento preci-
pitado y atropellador ; entre
doceañistas
y
exaltados ;
entre
funda-
dores
y restauradcres. Eran mas numerosos los primeros, y á su
frente se hallaban el conde de Toreno y
►
artinez de la Rosa.
Seis años de sufrimientos rabian comunicado el frio (le la es
periencia á aquellos corazones tan fogosos en la época anterior; y
sin la energía tribunicia de sus primeros tiempos; sin ilusiones,
que asesinó un desengaño ; con la imaginacion apagada ; guiados
por el bien público ; aconsejados par la esperiencia y el raciocinio,
trataban de encarrilar la revolucion por entre el trono y el pue-
blo, sin que se atascase ni atropellase en su curso
á ninguno de
los dos.
La tolerancia era la base principal de su sistema , útil siempre
y practicable solo en tiempos normales y de calma , pero impo-
sible en un pais y en una época en que todo estaba desquiciado y
abatido ,
y en
que habia que organizarlo y constituirlo todo.
En frente de tan acreditados y esperimentados republicos,
colocáronse jóvenes de fogosa imaginacion , sal dos de las lógias
masónicas , que así como los constituyentes del año 10 , estaban
empapados en el filosofismo enciclopedista. Halan estudiado con
afan los sangrientos anales de la revolucion francesa . y querian
acompañar la restauracion de nuestra libertad con iguales escenas
de terror y de delirio.
En sus demagógicos ensueños juzgaban al pueblo español al
re
y
es de lo que propiamente era , y no velan un monarca con
mucho prestigio todavía entre las masas ignorantes , un clero y
una grandeza con grandes recursos de ol)osicion , con actividad,
con audacia, con una influencia general é indestructible.
DE LA. SEGUNDA 1POC%. CONSTITUCIONAL.
35
Sobresalia entre aquellos ilusos y desatentados representantes,
que se guiaban solo por las impresiones (le su ardiente corazon,
el desde entonces célebre Romero Alpuente , apasionado admirador
de las doctrinas
maratistas.
Figuraban á su lado, por suexaltacion
talento, Moreno Guerra , Calatrava , García Page , Florez Estrada,
Sancho y otros.
• Algunos , aunque escasísimos individuos , contaba en aque-
llas Córtes la escuela ami-reformista , corno Alegría , Lobato y
algun otro.
Lo mismo que en las Córtes de 1810, aparecía organizado en
las de 1820 el partido de los
americanos,
quienes , dominados solo
por el interes particular de las colonias , apoyaban cuantas medi-
das podían contribuir á su engrandecimiento y emancipacion,
Comprendiendo lo útiles que para el logro de su objeto serian
la desorganizacion política de la metrópoli y la debilidad del
gobierno supremo , votaban las reformas descabelladas y se unían
á los mas exaltados', así en las Córtes como en las lógias , para
proponer ó plantear las mas peligrosas innovaciones.
Merced al interesado apoyo , al especulador liberalismo de los
diputados americanos , decretáronse las leyes de señoríos, de ala-
yorazgos , de sociedades patrióticas y otras de la misma índole,
tan inoportunas en su rondo como perjudiciales en la forma, por
la manera atropelladora de discutirse y plantearse.
Las elecciones de la mesa sirvieron de campo de batalla á los
dos partidos. Triunfó el moderado .en el nombramiento de la pre-
sidencia , que recayó en el arzobispo de Sevilla , D. José Espiga,
iiustrado constituyente de Cádiz. Apoyó el gobierno esta eleccion;
pero harto contemporizador con los revolucionarios , influyó para
que fuese nombrado vicepresidente el general Quiroga , el mas
autorizado jefe del levantamiento de la Isla y representante ge-
nuino entonces de la triunfante revolucion.
Con esta transaccion quedaron los partidos en calma por algu-
nos Bias , y coa las gratas esperanzas que á unos y á otros inspi-
raba aquella tregua , abrieron las Córtes sus sesiones.
Algo turbó el general regocijo con que se preparaban todos á
presenciar la apertura un grave suceso de la víspera.
3 6
CAPÍTULO XXIV .- CÓRTES
Alborotáronse por la noche en su cuartel los guardias de la
real persona, y en medio del alboroto dieron muerte á un compa-
ñero que custodiaba los estandartes.
Este contratiempó y las patrullas de nacionales y paisanos ar-
mados que acudieron cuando los conjurados trataban de montar
á caballo , hicieron abortar la conjuracion , que quedó terminada
con la prision de sus caudillos.
Aun no ha podido saberse, y es probable que no se sepa nun-
ca , el verdadero objeto de aquella sublevacion militar. Por la
clase de los sublevados , en contacto íntimo con la corte ; el
ocurrir ese suceso la víspera de la apertura del Congreso; y las
fundadas sospechas de haber intervenido Fernando dias antes en
la abortada conspiracion del ex-ministro Eehevarri, que inten-
taba trasladar á Burgos la persona del monarca , creyeron algu-
nos entonces que el tumulto de los guardias tenia su origen en
palacio, proyectándose con el objeto de evitar que el rey prestase
al dia siguiente el odiado juramento á la Constancia'.
Sospechan algunos , por el contrario , que fue dirigido el al-
boroto por los guardias constitucionales , que aunque pocos eran
muy exaltados, con ánimo de apoderarse de la real familia y pro-
clamar al dia siguiente en las Córtes un Gobierno democrático.
Aunque el gobierno tuvo mucho cuidado de sobreseer esta
causa , y aunque intervino marcadamente en esos acontecimien-
tos el gobernador militar de Madrid, general Velasco ardiente
y probado constitucional , las. circunstancias de aquella época y
el foco de conspiracion que ya archa en el regio alcázar. nos in-
clinan
,
á creer que el tumulto de los guardias fue una descabe-
llada tentativa del rey ,
mas bien, de sus ocultos y alucinados
consejeros.
Era' distintivo de los conjurados un pañuelo blanco atado al
brazo, y hasta en eso parecia mas bien una empresa monárquico-
caballeresca , con la que los guardias querian recordar á los cé-
lebres
caballeros de la banda.
Por si el gobierno no tenia bastante que hacer con celar á
los conspiradores absolutistas de dentro y fuera de palacio , los
patriotas anarquistas lo ponían en guardia continuamente con
DE LA SEGUNDA EPOCA CONSTITUCIONAL.
3 7
sus planes trastornadore
s
, fraguados en las sociedades públicas y
secretas.
Laprincipal d3 las últimas , organizadora de la revolucion de
la Isla, habla sentado sus reales en Madrid , sirviendo de centro y
de guía á las infinitas creadas ya en provincias.
Bien constituida , con innumerables y ordenadas ramificacio-
nes, con adeptos en todas las clases , con influjo en la milicia na-
cional , y sobre todo en el ejército , dirigida por constitucionales
de empuje y de talento , entre los que descollaban San Miguel,
Gallardo , Alcalá Galiano y Manzanares , era otro gobierno secre-
to , otro poder ilegal pero mas temible que el que
ejercian
Ar-
güelles y sus amigos.
Dueña de los periódicos mas exaltados: contando en su seno
muchísimos diputados , todos los generales afectos al nuevo sis-
tema y no pocos empleados de categoría en la administracion y
en la magistratura ; teniendo ademas á su devocion las sociedades
patrióticas; el club de los masones traía alarmado al ministerio y
asustado al monarca , poniendo en combustion á todo el reino.
Eco principal de sus deseos y dócil instrumento de sus tras-
tornadores planes , la sociedad patriótica de los
amiyos del órden,
establecida en el café de la.
Fontana de Oro >
secundaba en público
las secretas tendencias de la l.ógia masónica, y ejercia en aquellos
ellas con sus escandalosos espectáculos suma influencia en los
constitucionales
a
vanzados.
Una tribuna levantada ea el espacioso salon del café , servia
para los que arengaban al auditorio. Separaba una barandilla
los socios de los oyentes , que acudian en gran número atraídos
de la curiosidad.
Allí se declamaba desesperadamente
y
se sostenían los dog-
mas políticos mas peligrosos entre los desenfrenados aplausos de
las turbas , que aplaudian con mas entusiasmo cuando se pronun-
ciaban acaloradas acusaciones centra los ministros , contra los
diputados ó contra el mismo rey.
&Di se (lió á conocer, corno elocuente y apasionado orador, Al-
calá Galiano, que enloquecía á la muchedumbre con su simpática
voz , su arrebatador estilo y sus máximas tribunicias.
38
CAPÍTULO XXIV .-CORTES
Alternaban con el , desde entonces 2élebre tribuno , el poeta
Grorostiza, Cortabarría y Adan, que copian larga cosecha de aplau-
sos en detrimento del Orden y en menoscabo del trono y del prin-
cipio de autoridad.
Al mismo tiempo que de escuela revolucionaria, servia la so-
ciedad de la
Fontana
de iniciadora de los movimientos populares,
haciendo pomposos alardes de cuerpo legalmente constituido,
cosa que disgustaba al gobierno y atemorizaba á la corte.
Cuando el general Quiroga vino por aquellos días á la capital,
la sociedad de la
Fontana
le preparó un triunfal recibimiento,
como lo habla ya hecho antes con Arco Agüero , saliendo como
en procesion hasta la puerta de Atocha á recibir al general en
jefe del ejército libertador, asociándose á la fiesta del ayunta-
miento, y dándole la sociedad un magnífico convite patriótico en
las alamedas de la
Virgen del Puerto
entre brindis revoluciona-
rios y peroraciones democráticas.
Llegó por fin el dia 9 de julio , destinado para la apertura de
las Córtes , y la circunstancia, nueva en el pais, de abrirlas el mis-
mo rey en persona, atrajo un gentío inmenso á los alrededores
del palacio de Doña María de Aragon , lujosamente preparado , y
cuyas tribunas se hallaban ocupadas de antemano , unas por el
cuerpo diplomático , que ratificaba así á nombre de varias poten-
cias el anterior reconocimiento del nuevo sistema , otras por los
consejeros de Estado y magistrados del tribunal supremo de jus-
ticia , y las restantes por personas de ambos sexos de lo mas no-
table y escogido de Madrid.
El público se apiñaba en las galerías, y en todos los semblan-
tes se pintaba el
ansia de
presenciar la solemnidad del juramento
del monarca , y de oir el discurso de apertura.
Un repique general de campanas y las salvas de la artillería
anunciaron la salida de palacio , y el cercano toque de la marcha
real y los atronadores vivas de la muchedumbre agolpada de-
lante del edificio , indicaron á los diputados reunidos en el sa-
Ion ,
y en traje de ceremonia , la próxima llegada de Fernando.
Entró este acompañado de una diputacion del Congreso , y al
saludar contento y afable á los representantes y al público con el
DE LA SEGUNDA
-
tiPOC.1 CONSTITUCIONAL.
39
sombrero en la mano y en ademan tranquilo y satisfecho , una
aclamacion unánime de los diputados y espectadores acogió su
llegada.
La reina , acornpaíiada de una crecida servidumbre le habla
precedido unos momentos , colocándose en una tribuna.
Sentado el monarca en el trono, y rodeado de los ministros y
altos funcionarios de palacio , subió hasta su asiento el presi-
dente de las C ates , acompabd3 de los secretarios , y puesto
en pie Fernando, pronunció con voz firme y serena el siguien-
te juramento sobre el libro de los Evangelios que aquel tenia
abierto.
«Don Fernando VII por la gracia (le Dios y la Constitucion de
la Monarquía española, rey de las Españas, juro por Dios y por
los santos Evangelios, que defenderé y conservaré la religion Cató
lica , Apostólica , Romana , sin permitir otra alguna en el reino:
que guardaré y haré guardar la Constitucion política y leyes de
la monarquía española , no mirando en cuanto hiciere sino al bien
y provecho de ella; que no enagenaré, cederé, ni desmembraré
parte alguna del reino ; que no exigiré jamas cantidad alguna de
frutos, dinero, ni otra cosa, sino las que hubieren decretado las
Córtes; que no tomaré jamas á nadie su propiedad; y que respe-
taré sobre todo la libMild política de la nacion , y la personal de
elida individuo ; y si en lo que he jurado, ó parte de ello, lo con -
trario hiciere, no deseo ser obedecido, antes aquello en que con-
traviniere sea nulo y de niugun valor, Así Dios me ayude y sea
en mi defensa , y si no, me lo demande.»
Una salva de vivas y de aplausos acompañó á las últimas pala-
bras del rey , que de aquel modo tan resuelto , tan absoluto y tan
solemne sellaba el pacto constitucional, legitimando así las dema-
sías y recientes violencias de la revoluciona al imponérselo, y rati-
ficando con el signo de una cruz y la santidad de sus palabras la
verdad de sus promesas anteriores.
Sentados todos, y solo de pie el erudito y digno presidente,
Señor Espiga, dirigió un discurso al rey, tan hábil , tan circuns-
pecto, tan templado, que mereció la completa aprobacion de los
hombres sensatos
y
que merece lo insertemos á continuacion:
40
CAPITULO XXIV. CORTES
((
Señor :
» Las Gines en tiempo de menor ilustracion, pero de grandes y subli-
mes virtudes , conservaron las leyes fundamentales del reino, la g,loria y
esplendor
del
trono ,
y
la prosperidad nacional ; pero una tan sabia insti-
tucion que unja al rey y á la nacion con les grandes y nobles sentimien-
tos de amor y lealtad , vino progresivamente á menos ; ca
y
ó por ultimo en
olvido , y la nacion llegó á ser el teatro de la ambicion corno el rey el
instrumento de las pasiones. El dia del nacimiento de
V. M.
fué, la aurora
de la restauracion de España mas de veinte millones de habitantes
vieron en el tierno príncipe, el digno sucesor de San Ferrando. Congratu-
libanse con estas dignas esperanzas, cuando al mismo tiempo, en el seno
de la nacion , se coneebia el sacrílego proyecto de atentar á los sagrados
derechos de Y.
M. ;
uu vil impostor introduce con la mas negra perfidia
sus huestes enemigas, y arranca de los brazos de los fieles españoles á su
amado monarca , en
el
momento mismo en que felizmente se labia sen-
tado en el trono de sus gloriosos progenitores. Entonces rugió el leon de
España , y nn grito general y uniforme da aliento y vigor á los esforzados
hijos de Pelayo y mientras que los bravos guerreros presentan sus pe-
chos de bronce, y ahuyentan
de
este virtuoso suelo
.
las legiones del tira-
no, los padres de la patria , que habian sido llamados por el voto general
de las provincias, restablecen la Constitucion de la monarquía española,
que declarando solemnemente sagrada é inviolable la persona del rey,
afianza mas la corona sobre las reales sienes de Y.
M.,
le asegura de las
viles asechanzas de ale un valido, y puede Y.
M.
hacer así mas libremente
el bien de los pueblos , y su pública felicidad.
» Creian los dignos hijos de la madre patria, que no podian correspon-
der mejor á la confianza con que les habian honrado las provincias , ni
ofrecer á su rey un obsequio mas agradable , que dar firmeza á un trono
vacilante , apoyándole sobre la base
de
una ley fundamental , que siendo
el testamento de nuestros padres y la espresion de la sabiduría , de la
justicia y de la voluntad general, cerraba las puertas, no menos á la vil
lisonja , que á una injusta agresion ; aseguraba la administracion de
13
justicia , establecía un sistema justo en la Hacienda publica, y sancionaba
el debido respeto , obediencia y veneracioil á las leyes y á la autoridad
real. Así pensaban en Cadiz los representantes de la nacion. Yo los ví,
señor, lanzar profundos suspiros al cielo, al acordarse del duro cautiverio
de su rey. Yo los ví , como hijos desamparados , derramar lágrimas de
dolor y de amargura , y humillados ante los altares del Cordero de Dios,
pedir que volviese tan tierno padre á los brazos de su numerosa
y
des-
consolada familia. Yo los ví , arrebatados de júbilo y alegría , desahogar
su oprimido carazon , cuando supieron que el Señor se habla dignado
oír
sus fervorosas oraciones, y que el ángel tutelar de la España habla bajado
á despedazar las duras cadenas de la
tiranía. Tales eran sus generosos
DE LA SEGUNDA ÉPOCA CONSTITUCIONAL.
41
sentimientos , cuando el sórdido interes, la sagaz amhicion , la atroz ca-
lumnia y una cruel venganza , despues de haber meditado en la lóbrega
mansion del crimen de sus detestables maquinaciones , se atrevió á llegar
hasta el trono y profanar sacrílegamente el santuario de la majestad.
Pero
cubramos, señor, con un velo estos tristes testimonios de la flaqueza hu-
mana,
Llegó por fln el dia feliz en que apareciese sobre el horizonte español
un astro luminoso que disipara las nubes espesas que habian estendido la
intriga y la maledicencia , y se presentara la santa verdad con toda la
brillantez que escita en unos la admiracion , el respeto en otros , la
‹.xmfusion en muchos y el convencimiento en todos. La España vuelve
dichosamente
á
ver reunidas las Córtes que hicieron tan gloriosos los
reinados de los Alfonsos y Fernandos, y la mas virtuosa de todas las na-
ciones olvida los agravios, perdona las injurias, y solo se ocupa y se
complace con el restablecimiento de un gobierno constitucional , en con-
servar la pureza de la santa religion , y en dar testimonio de gratitud y
veneracion
á
su rey , sentado ya sobre su augusto trono en el Congreso
nacional , despues de haber prestado
un
solemne juramento , con
el
que
se ha hecho mas grande que el hijo de Filipo con su conquista de los
reinos del Oriente.
i
Oli
rey magnánimo ! Los nobles y leales espa-
ñoles reconocen los innumerables males de que los habeis salvado con
este acto generoso , derrocando el genio del mal que estaba para arrojar
la tea de la discordia entre nosotros. Todos esperan que se acabe de sofo-
car este
gérmen venenoso, y que en su lugar tome
un asiento eterno la
paz
y
la concordia. Desaparezcan para siempre los temores, los sobresal-
tos y la desconfianza que almas criminales han procurado inspirar conti-
nuamente en el corazon del mejor de los reyes , y todos se miren alred.e-
dor del trono con aquella
.
alianza fraternal que asegura el órden, pro-
(hice la abundancia , mantiene la justicia y conserva la paz.
Y
yo ór-
gano fiel de este Congreso y de la grande nacion que representa , permi-
tidme , señor, que os ofrezca el debido homenaje de su
lealtad y de los
nobles sentimientos que le animan.
n La misma España que en todos tiempos ha dado claros testimonios
de lealtad y amor
á sus
reyes, solemnemente os ofrece, que si las virtu-
des de sus esclarecidos padres fueron siempre el mas firme apoyo del
trono y
del
monarca ,
sus
hijos, que acaban de dar en la guerra mas san-
grienta ejemplo de fidelidad
que no
reconocieron las generaciones pasa-
das , harán sacrificios dignos
de
los
héroes españoles y de la
admiracion
de los futuros siglos. »
A este discurso del Sr. Presidente contestó S. M. diciendo:
«Agradezco las expresiones y sentimientos de amor y lealtad,
12
CAPITULO XXIV -CÓRTES
que por el órgano de su presidente me manifiestan las Córtes,
y
con su cooperacion espero ver libre y feliz á la nacion que tengo
la gloria de gobernar.»
En las críticas circunstancias en que hemos pintado á la na-
cion, en la agitacion creciente de los partidos , en la natural si-
tuacion de dudas y desconfianzas de Fernando, en la incertidum-
bre, en las vacilaciones de la nueva política era asaz difícil y pe-
ligroso un discurso de apertura en que la nacion , ó mas bien el
partido liberal, representado por las Córtes , hablase al monarca.
como era preciso, de lo pasado , de lo presente y de lo porvenir.
¿ Cómo sondear heridas recientes y mal cicatrizadas sin abrir-
las y ensangrentarlas ? ¿ Cómo compadecer á las víctimas sin
ofender al sacrificador? ¿Cómo enaltecer lo actual sin condenar lo
pasado ? ¿Cómo halagar al trono sin ofender á la revolucion?
¿ Cómo aplaudir á la revolucion sin mortificar al trono ?
Empresa era esta sumamente comprometida en aquellos mo -
mentos , y de la cual salió airoso el arzobispo electo de Sevilla.
¡Con qué delicadeza se recuerdan los atropellos de la pasada época,
atribuyéndolos á la ambicion y á las calumnias de los favoritos,
dejando siempre á salvo la personalidad de Fernando! Con qué
tacto , con qué habilidad diplomática se habla en ese discurso de
olvidar agravios y perdonar injurias ! Con qué sagacidad inofen-
siva se aconseja al monarca que deseche los temores, los sobre-
saltos y las desconfianzas que sus ocultos consejeros le inspiran
para que odie y haga nueva guerra á la Constitucion ! Cómo se
le halaga, se le mima y se le adula, pero poniendo siempre á sus
ojos la democrática Constitucion de Cádiz con su soberanía na-
cional y sus intolerables restricciones !
La discreta arenga del presidente de las primeras Córtes del
año 20, respira tanto candor como hipocresía. Es candorosa, por-
que indica y quiere probar que la Constitucion de 1812 no es
otra cosa que una recopilacion de nuestras antiguas leyes, hecha
con ánimo de dar firmeza á un trono vacilante, y sancionar el res-
peto y veneracion de la autoridad real.
Necia manía en que cayeron los reformadores de Cádiz, cuan-
do hasta en el mismo preámbulo de la Constitucion se empeñaron
DE LA SEGUNDA EPOCA CONSTITUCIONA L.
43
en probar que con ella no se introducian novedades en el go-
bierno monárquico de España , pues no se hacia otra cosa que
reunir en un código las varias leyes y disposiciones de nuestras
antiguas Cortes , dispersas en nuestros fueros, ordenamientos y
a
pragmáticas.
Absurda opinion, de nadie creida, pero que convino propalar
entonces para
dejar mas espedito y suave el camino de la re-
forma.
Algo de hipocresía se notaba tambien en el discurso de aper-
tura , apellidando á Fernando VII
rey magnánimo , el mejor (le los
reyes, tierno padre,
y otras alabanzas que ni los liberales sentían
ni él aceptaba.
Tampoco aceptaba ni podía aceptar las ideas políticas del dis-
curso, que leyó en seguida, dirigido á las Córtes y que , como
todos los de su clase, sirven solo para anunciar la marcha polí-
tico-administrativa de los ministros que lo redactan.
No tuvieron tacto ni cordura los que aconsejaron. al rey la
lectura de aquel documento, pues á trueque de condenar la épo-
ca anterior con mas odio que templanza, y de hacer alarde de su
constitucionalismo , pusieron á Fernando en el duro trance de
condenarse á sí mismo, anatematizando su anterior conducta.
Véanse sino los siguientes párrafos , donde parece que resalta
el deseo de mortificar el orgullo del monarca , poniendo en sus
la bios ideas exageradamente democráticas y calificaciones de
.
otras
épocas demasiado duras para el mismo que las recitaba.
«
SEÑORES DIPUTADOS :
«Ha llegado por fin el día objeto de mis mas ardientes deseos , de
y
erme rodeado de los representantes de la heróica y generosa nacion es-
oafíola , y en que un juramento solemne acabe de identificar mis intereses
y los de mi familia con los de mis pueblos.
"Cuando
el esceso de los males
promovió la manifestacion clara del voto
general de la nacion , oscurecido anteriormente por las circunstancias
lamentables , que deben borrarse de nuestra memoria , me decidí desde
luego á abrazar el sistema apetecido, y á jurar la Constitucion política de
la monarquía , sancionada por las Córtes generales y estraordinarias en el
año de 1812.
Entonces recobraron , así la corona como la nacion , sus derechos
legítimos,
siendo mi resolucion tanto mas espontánea y libre, cuanto mas
conforme á mis intereses y á
los
del pueblo español ,
cuya felicidad nun-
50
CAPÍTULO XXIV.- CÓRTES
inmunidades eclesiásticas y de los derechos de la corona.
Empero, lo que mas alarmaba al gobierno eran los 'inyectos
perturbadores de las sociedades masónicas y las escandalosas se-
siones dc las llamadas patrióticas. Y no obstante que algunos mi-
nistros, descendiendo de su elevada altura , se afiliaron en las
ro
rilneras, dando motivo á caricaturas y anécdotas , que en nada
les favorecian: el rompimiento era inevitable y el menor suceso
podia ocasionarlo.
La disolucion del ejército de la Isla fue la manzana de la dis-
cordia , y lo que trazó una honda linea de division, que en ocasio-
nes fue un abismo entre la revolucion y el gobierno ; entre los
ministros y las logias; entre los eonstitucionalls de 18l2 y los
acalorados patriotas de 1820; entre moderachs y exaltados.
El esclusivismo de los doceaiiista3 . peligrosa cundad de que
han hecho alarde en épocas posteriores, tenia altamente disgus-
tados klos restauradores del año 20 que, jóvenes sin servicios, y
sin mas méritos que su filiacion en las sociedades secretas , ó su
asistencia , sus aplausos y sus descabelladas proposiciones en Lo -
rencini, en San Sebastian (S'en la Fontana pretendian los mas
pingües destinos, desempeñados á la sazon por hombres de ap-
titud y de carrera.
El sistema que para lograrlos se seguia era tan escandaloso
como original. El pretendiente iba á la sesion y denunciaba al
emp:eado á quien quería sustituir , acusándole de absolutista y de
conspirador porque fue colocado en tiempo de Cárlos IV, porque
iba á la oficina en vez de ir á la sociedad , porque no gritaba en
las Córtes ó porque se acompañaba de algun
Cualquiera
de estas causas ú otras mas ridículas , era suficiente para pedir
su destitucion y dejar arruinada á una familia.
El disgusto llegó á su término con la medida indicada.
Desde que el ministerio se hizo cargo del poder , comprendió
que la continuacion de! ejército en el pie en que se h¿Illalia, con
su disciplina algun tanto relajada , con los resabios de iusurrec-
cion , que conservaba todavía , era un peligro constante para el
órden Ohne° y un seguro apoyo para los revolucionarios de las
logias, á cuya merced
estaba.
DE LA. SEGUNDA 150CA CONSTITUCIONAL.
51
Con el pretesto de hacer economías y de organizar el ejército,
propuso el ministro de Hacienda , Canga Argiielles, la disolucion
de ias divisiones de la Isla , á cargo entonces del general Riego,
por hallarse en las Córtes de representante
su
principal
jefe
el
general Quiroga.
Era Riego, como hombre de arrojo y de carácter irreflexivo,
el elemento mas á propósito para secundar los planes de los revo-
lucionarios, y en él pusieron sus ojos , haciendo lo posible para
conservarle al frente de sus mimadas tropas.
Para togado, y no convinien(lo por entonces una resistencia
á
fuerza armada , proyectaron resistirse
pasivamente, pero con
ta
dos los visos de una rebeldía.
Al efecto el general y sus soldados representaron para que se
revocase la Orden de un modo que , aunque parecia consulta , era
realmente una amenaza.
Tambien acudieron al gobierno con igual objeto los vecinda-
rios de Cádiz y de San Fernando, el gobernador del primer pun-
to, general Vald
é
s, y su ayuntamiento y diputacion provincial.
Grave era ya el apuro del ministerio. O abdicar
®
de su digni-
dad de gobernantes ó encender una guerra civil entre los mis-
mos constitucionales en bene
t
.icio siempre de la causa abso-
lutista.
Hubo, pues, que apelar á la astucia, y empleada con un per-
sonaje de cortos alcances en política ,
carro
Riego , clió muy úti-
les resultados. Lo mas conveniente entonces era dejar aquel ejér-
cito sin cabeza; y con
el
pretexto de que el rey quería conocerle,
y con halagos y promesas, trajeron á !llego á la corte.
Llegó á primeros de setiembre tan impensadamente, que su
presencia causó la mayor sorpresa en Madrid.
Disgustadas las sociedades con tan imprudente paso, que de-
jaba desarmada a la revolueion , no esquivaron por eso el prodi-
gar á su ídolo toda clase de obsequios y ovaciones. Se improvisó
para ello una especie de procesion, aunque muy concurrida,
pobre y desanimado aspecto.
Hacia dos dias que estaba ya en Madrid; todos le habían
visto;
el
gobierno le era contrario; sus amigos estaban descontentos;
52
CAPÍTULO XXIV. CÓRTES
la fiesta por consiguiente debia ser fria y sin ningun entusiasmo.
Apenas llegó
á
Madrid , en vez de presentarse al gobierno corno
un soldado sumiso , que pudiendo no habia querido resistirle al
frente de sus tropas y acaso vencerle. fué á visitar á los minis-
tros
á
quienes reconvino por la órden de la disolucian , y de
quienes se quejó por la ingratitud con que se remuneraban sus
servicios y los de sus parciales, amenuándoles con su prestigio y
su nombre, como si fuesen el nombre y el prestigio de un gene
ral que entra en la corte agobiado de laureles y al frente de un
numeroso ejército.
Aquella altivez y aquellas amenazas en un general sin solda-
dos y sin victorias no pasaba de ser una pobre baladronada , una
locura.
Acabó de desacreditarle á los ojos del gobierno
y
aun
á
los
tic
sus mismos partidarios la estraña conducta que siguió desde que
entró en la caphal.
Sobradamente aficionado al aura popular, que á tan poca cos-
ta se recoge en las calles y en las plazas , cruzaba las principales
de Madrid y paseaba por el Prado y otros sitios públicos, acom-
pañado de su estado mayor y seguido siempre de una turba de
chiquillos, de curiosos y desocupados, que lo vitoreaban sin ce-
sar. Mucho halagaban á Riego esas ridículas ovaciones callejeras,
que provocaba con sus palabras y ademanes.
Al ver aquellas estravagancias, aquella falta de dignidad en un
general , cuyas cualidades de valor y de arrojo nadie porfia ne-
garle, desconsolábanse los revolucionarios, que no veían en él un
digno jefe sino un calavera, y se alegraban los ministres, no vien-
do en él tampoco un general de grandes aspiraciones sino un ofi-
cial aturdido cuya vanidad se satisfacía con los gritos de los
muchachos.
Per si alguno pudiera creer que al retratar á Riego liemos re-
cargado algo nuestros pinceles del negro colorido de la pasion
política , véase el juicio que de aquel general forma en sus escri-
tos el célebre historiador y poeta Quintana , autoridad nada sos-
pechosa en la materia y testigo ocular de los sucesos que vamos
refiriendo
DE LA SEGUNDA
F
I
TOCA CONSTITUCIONAL.
«Yo quisiera, dice en sus
cartas
á Lord fitolland , poder pasar
en
silencio á este hombre estravagante mas bien que estraordi
vario, que en la prosperidad y en la desgracia , en la vida y en la
muerte , se ha equivocado siempre en las ideas que formaba de
las cosas y de los hombres, y mucho ibas en la de sí mismo.
En sus
.
; desvaríos consiste una gran parte de nuestras des-
gracias, y ellos caracterizan muchos de nuestros errores. El, en
vez de corresponder entonces al concepto que generalmente se
tenia de su carácter y de sus talentos ; en vez de manifestarse
digno restaurador de la libertad , y como tal . apoyo y columna
del gobierno quo se acababa de establecer con ella , se le ve en-
trar en una vana contestacion de palabras y de política con el
minsterio, afectar una pueril emulacion de sabiduría y elocuen-
cia con Argüelles. é intentar atraerse la popularidad y la
aten-
Piot'
por
medios, unos estraños á nuestras costumbres, y otros
ridíctIlos.
Tales fueron, arengar al pueblo desde los balcones de su po-
sada ; cantar el ominoso
trágala
en el teatro; y aun puede aña-
dirse que su paseo triunfal por Madrid tres ó cuatro días después
de haber llegado.»
No tardó muchos en probar á todos su nulidad y completa
ineptitud para ponerse al frente de la revolucion.
El 3 de setiembre fué obsequiado el general por la sociedad
de la Fontana con un convite patriótico , celebrado en la misma
sala de sus sesiones. Escusado es decir la clase de brindis y discur-
sos que allí se pronunciaron á presencia de la muchedumbre, que
rodeaba las mesas y llenaba el café. Inútil es indicar tambien que
habló Galiano y entusiasmó á todos con sus anárquicas ideas y
seductor estilo , y que peroró tatnbien con tanta vehemencia como
poco talento el héroe de la fiesta.
Las luces que iluminaban el salon, el calor .que producia la
owesiva concurrencia , la variedad y profusion de licores , de que
en semejantes ocasiones suele abusarse , el mismo ardor revolu-
ciona•io , que á los convidados animaba , todo concurrió á acalo-
rar los ánimos y á dar á aquella fiesta esa animacion v
ese
indis-
pensable dcsórden , precursor siempre de posteriores cscesos.
51
CAPÍTULO XXIV,---CUATES
Corno complemento de la funcion de aquel dia habíase dispues-
to en el teatro un espectáculo alusivo , y al que debió asistir- el
general. Numerosa y escogida concurrencia llenaba el del Príncipe
la noche del 3 , y al presentarse en su paco , fué recibido con
una salva de aplausos el atrevido y afortunado héroe de las
Cabe-
zas de San Juan.
Correspondió este á aquellas muestras de adhesion , dirigiera
do al público en un entreacto una arenga en lenguaje vulgar y
patriotero , salpicada tada ella de frases de relui
T
il.)ron , como
li-
bertad , constitucion , patria , pueblo , serviles , cadenas y tiranía.
Se habla entonado en los intermedios con el entusiasmo que
se acostumbraba en aquellos dias , el canto bélico dedicado al ge-
neral , y bautizado con su apellido.
El himno de Riego , el mejor de nuestros himnos nacionales,
escrito por D. Evaristo San Miguel , y cuya música de D. José
llcart , mas guerrera , mas marcial y tal). patriótica como la de la
célebre
marsellesa ,
ha producido y produce siempre un efecto ad-
mirable en nuestros soldados , entusiasmó y albor otó aquella no-
che á los concurrentes al teatro, por la significativa circunstancia
de untarse en presencia del personaje que lo habia inspirado.
Al final de su discurso manifestó Riego á sus locos aplaudido-
res la existencia de otra cancion patriótica , compuesta reciente
mente en Cádiz , mas agradable y espresiva que el celebrado
himno. Mandó á sus ayudantes que la cantasen , acompañándolos
el mismo general , y con escándalo de las personas sensatas , reso-
nó en el teatro la insultante música del
trágala
á cuyas groseras
y chavacanas estrofas hacían coro los alborotadores , entonando
el famoso estrivillo al estrepitoso rompas de aplausos , gritos y
bastonazos.
Es imposible describir el alboroto y la barahunda que el nuevo
canto produjo en la muchedumbre ; ridícula y vergonzosa escena
que el general Riego celebraba y animaba desde el palco con sus
palabras y ademanes y que el jefe político , que presidia, no pude
evitar , estando en peligro de ser arrojado del suyo á las lunetas
por los frenéticos coristas del
trágala.
Desocupado el local de las musas , convertido aquella noche
15 5
DE LA SEGUT;DA EPOCA.CONSTITUCIONAL.
por Riego y sus amigos , que todavia se hallaban dominados por
los rs'cuerdos del buiquete , en una plaza de toros , se desparrama-
ron por la poblacion, atronándola hasta la madrugada con el
nuevo hilan() , y obligando al gobierno á tenci• la tropa sobre las
armas , para evitar otros esceso3.
El escándalo y la imprudencia de Riego en la Fontana y el tea-
tro fueron tan públicos y notables, que el ministerio al dia si-
guiente comprendió que su presencia en la corte era sumamente
peligrosa para la conservaeion del órden. público , y le mandó
pasar de cuartel á Oviedo, exonerándole del cargo de la capitanía
general de (Galicia , conferida antes , para contentarle por la diso-
lacion de su ejército y para halagarle con ánimo de traerle á la
cort e.
Tan previsora medida no pudo menos de ser en tan críticas
crcuustancias una línea de division entre los constitucionales del
ar:c 12 y los revolucionarios del afilo 00 ; entre los liberales mo-
dorados y exaltados patriotas.
Las treguas quedaron rotas desde aquel dia entre ambos par-
tidos y la guerra empezada entonces ha durado hasta nuestros
chas con mas ó menos encarnizamiento en ciertas épocas, pero
siempre radical , 'sistemática y rencorosa , entre moderados y
Pxal---
tados,
‘I-111'e
p
rogresistas y conservadores ,
utopistas y doc-
trinarios.
Riego y los domas jefes militares . corno San
Miguel, Manzana-
res , Velase() y otros, que fueron destinados de cuartel á varios
puntos, se dispusieron á cumplir las órdenes del gobierno , pero
no sin intentar antes sus amigos ó sus parciales la revocacion de
aquel destierro , amotinando las turbas, y promoviendo -violen-
tas disensiones en las Ca'n'tes.
El héroe de las
Cabczas ,
que tan ridículamente quiso paro-
diar un aquella ocasion á Laffayete
y
á Washington , tomo
la ini-
ciativa
en avena disfrazada resistencia y Kesentú al presidente (fe
leas
Cortes un discurso,
que pensaba haber leido desde la Par-
ra , si
la
premura de la Orden de salida no se lo hubiese im-
pedido.
Despues de hacer en ese documento una apasionada defensa
56
CAPÍTULO XXIV. -CÓRTES
del ejército de la Isla , de indicar que su disolucion era el princi-
pio de un plan, reaccionario , de que era instrumento el ministro
de la Guerra , trataba de exagerar los peligros que rodeaban á la
Constitucion y la necesidad de conservar en pie de guerra aquel
ejército para contrarestar las tramas de sus poderosos enemigos,
entre los que, aunque embozadamente, incluia al mismo rey,
cuando decía:
« Las diferentes conspiraciones que se han sofocado desde sus
principios , esas cárceles llenas de tantos enemigos , quizás ins-
trumentos ciegos de otros de mas alta esfera , tanto mas crueles,
cuanta mas reforma se aguarda todavía , tantos empleos de im-
portancia ocupados por hombres desafectos conocidamente á las
instituciones liberales, atestiguan claramente que el sistema cons-
titucional no se halla todavía bien establecido ni consolidado.»
Concluía Riego su discurso augurando terribles desgracias para
la causa constitucional , si se disolvia su ejército , y amenazando
al gobierno y á las Córtes con la revolucion , envueltas sus ame-
nazas entre protestas de lealtad y de sumision por su parte y la de
sus amigos.
«Suplico al Congreso nacional , decía , que tome en consi-
deracion aquestas cortas reflexiones , que examine la opinion de
Andalucía , la de aquel ejército , la de los hombres que preven y
calculan , y vea en fin, si ha llegado el tiempo de decir que las
circunstancias han variado , que las leyes están en su vigor , y que
la Constitucion se halla triunfante en todas partes. El disgusto de
un ejército es contagioso; la desconfianza de una provincia pasa á
otra provincias los espíritus se inquietan , y cuando la concordia es
mas precisa , se introducen desuniones desagradables y funestas.
Era mi deber hacer esta esposicion al gobierno. Lo es igualmente
presentarla á las Córtes que deben vigilar eternamente sobre cuan-
to influye de una manera tan visible en el bienestar de nuestra
patria. Cumplí con estas dos obligaciones tan sagradas , é hice
cuanto estaba en mano de un amante de las leyes para evitar de-
sazones y desgracias. Las que ocurran acaso con motivo de tanta
desconfianza , no serán mi obra. Quiera el cielo que no pasen mis
recelos de exaltados pronósticos , y que nunca nos hallemos en el
DE LA SEGUNDA 1POCA CONSTITUCIONAL.
37
caso de buscar en vano la fuerza física y moral que es
nuestro apo—
yo :
fuerzas cuya importancia ó no seconoce
ó
se desprecia! Por mi
4'
parte re$uelto á
no
ser por mas tie
►
two el blanco de injustas re-
convenciones, de celos tan mezquinos, de imputaciones negras y
horrorosas, dejo voluntariamente un puesto incompatible acaso
con mi honor en las actuales circunstancias, y me vuelvo á la
simple condicion de ciudadano. Si la patria me decesitase por
segunda vez, volaré á su llamamiento y seré siempre para ella el
hombre que ha visto hasta el presente. Por ahora me contento con
el placer de haber merecido su viva gratitud, y con el que inspira
al hombre honrado el testimonio de su conciencia.
El ciudadano ,
Rafael del Riego.
Madrid , 4. de setiembre de 1820.
La lectura de este discurso , mas notable por su intencion
que
por su forma , puso en movimiento á los diputados de uno y
otro
partido, que se prepararon á la batalla. Dió la señal el señor Gu-
tierrez Acuña , ilustrado representante de la fraccion exaltada,
presentando al Congreso la siguiente proposicion :
«Yo gradúo que las Córtes no deben desestimar la representa-
cion que hace á las mismas el primer ciudadano español , el que
mas ha trabajado por restablecer el sistema constitucional,
el
que nos ha dado á todos la libertad, y el que nos ha constituido
en
este puesto. La providencia que contra él se ha tornado hoy,
ha sido precedida de la órden de disolucion de su pequeño ejér-
cito de la Isla, y la combinacion supuesta en la capital ha servido
de
pretesto para separar á unos y desterrar á otros de, esos hom-
bres que tanto han trabajado; con lo cual se da el mayor escán-
dalo á toda la nacion. Alultiplicanse las murmuraciones, crecen
las sospechas nacidas solo de un dicho , sin poder presentar un
solo testigo. La conducta de estos individuos está mancillada,
y
la vindicta pública reclama su castigo y un castigo el mas ejem-
plar
,
en
caso que sean cómplices de un delito tan horroroso : ó si
lodo fuese falso , una indemnizacion del honor , esplendor y
cré
dilo
que tan bien merecidos tienen,
»Por lo tanto propongo , que si las Córtes lo tienen á bien , se
pidan al gobierno las causas que han producido por una parte la
CAPÍTULO XXIV
CATITES
separacion de sus cuerpos de treinta y tantos patriotas,
conoci-
dos
por tales entre todos los que han trabajado en el restableci-
miento del sis1ema eonstilucional , por otra la disolucion del pe-
quel7io ejército (le la Isla la Separacion del mando y enviar de
cuartel á Oviedo al general Wego, la separacion de sus empleos
de otras personas , ciudadanos muy beneméritos , que están á
diserecion del poder ejecutiv(i. Para evitar el escándalo que hui
produrido en tod)s tales pr )vi,12nc,:as, d):r.') a las C:wtes exann
nadado
los antecedentes , formar la opinion
, dando un ir-
refragable testimonio de quiénes son los in.wentes y quiénes
los
culpables.»
Claramente se veían las tendencias de esa propvicion , que
apoyaron modilientlola, pero siempre con el objeto de justilielr
á
Riego , los diputados
mas
notables (te
parcialidad Florez Es-
trada , Romero Alimente , Istúriz , Moreno Guerra y otros.
Ensalzando y defendiendo la persona y los servicios del tur-
bulento general , ensalzaban y defendían á la revolucion.
El ejército de la Isla aun no se hallaba disuelto ; Riego y los
denlas desterrados se encontraban ea la corte ; las
.
sociedades se
cretas
habian
puesto en juego toda clase de resortes , entre otros
la publicacion de proclamas ineendiariv y la fljacion de pasqui-
nes . incitando
á
la revolucion ; Galiano segnia perorando en la
Fon
t
ana
á favor dol desterrada genenl Y ae!
l
z,n1-
1
,1
)
violentarnontp
á los ministros; las galerías se
11 nflaba:1
ocupa las desde muy tem-
prano por los mas ardientes ,alborotad)res .
y
en una de sus tri-
bunas presenciaba la discusion el mism)Riego en persona.
Todo esto alentaba al partido revolucioiiario
(
1,
1
las C" raes, que
esperaba fundadamente aquel dia llevar lo mejor do la batalla,
logrando la
rehabilitaeion
del general y la caiíia de aquellos mi-
nistros que habian tenido la osadía de desterrarlo.
Pero contra tantos elementos favorables á la revoluehm ela-
ban la causa del arden, hábilmente defeadida
por
los jefes mode
rados, y la energía salvadora del gobierno, dignamente represen-
tada por A•güelles.
Fácil le fué á Martinez de la Rosa triunfar en
la sesion del 5
de setiembre de sus audaces y numerosos enemigos.
59
DE LA SEGUNDA ÉPOCA CONSTITUCIONAL.
Con sólidas razones , con indestructibles argumentos , con vi-
aorosos y convenientes raciocinios esprcsados con claridad y en
"
sentido mesurado v digno, sostuvo los sanos principios de gobier -
no y la independencia de los públicos poderes. Probó hasta la
evidencia que el poder ejecutivo , al disolver aquel ejército y al
acordar los destierros de sus jefes, habla estado en su derecho, al
citli las Córtes no podían poner la menor cortapisa sin echar por
tierra la Constitucion.
Este discurso convenció plen
e á la mayoría , que des -
echó la proposicion . aprobando la
ducta del ministerio.
Derrotados los revolucionarios en el terreno legal, apelaron al
recurso supremo de los motines y asonadas.
Si
la razon y la justi-
cia los háian abandonado en las Córtes , la fuerza y la violencia
podian darles aun el triunfo en las calles y en las plazas.
Era preciso al toda costa evitar la salida de Riego , que aunque
inepto director de la revolucion , era sin embargo su persona u.
bandera á propósito para capitanear á las turbas , si bien, logrado
el triunfo, otros políticos mas audaces y de mas talento pisoteasen
aquella bandera.
No porque un ídolo sea de barro deja de servir en ocasiones
dadas para inflamar con él el fanatismo de sus adeptos. En las
revoluciones
-vale generalmente mas una idea que una persona;
arrastra mas un nombre que un caudillo.
La derrota del partido exaltado y del mismo Riego en la sesion
del 3 exasperó á sus parciales de un modo notable; exasperacion
que se hizo sentir aquella noche en los cafés y en los clubs por
medio de imprudentes amenazas y acusaciones.
El mas leve incidente podia producir una esplosion , y así su.
cedió
al siguiente dia.
Era costumbre inmemorial en la corte , v sigue siéndolo toda-
vía , cal reunirse I9s curiosos y forasteros en la plaza de Palacio
para presenciar la salida de
los reyes á
paseo en ciertas
horas
de
la tauie.
E
n la del día 6 a
g
uardaba á la puerta del re
g
io
alcázar
.7)
la salida de Fernando un gentío mas numerosoy mas inquieto
Ilue lo de ordinario.
Se habla dicho que los absolutistas, animados con la desgraci
6 6
CAPÍTULO XXIV. CORTES
Despues de indicar en el exordio de su discurso « que era
preciso ante todo descubrir las causas de los sucesos que habian
motivado la presentacion de los ministros en el seno del Con-
greso, saber por qué se habia gritado, alborotado, allanado una
casa, apellidado el nombre de Riego, verificándose un tumulto
en el teatro, y dádose gritos subversivos á las inmediaciones de
Palacio ,» pronunció las frases siguientes , que hicieron mucho
ruido y dieron grandes armas á sus adversarios
« Si se hubiese de estar, como tal vez habrá de estarse, á lo
que ha dicho el Sr. Palarea, creo que pueda llamarse esto una jus-
ticia del pueblo, es decir, que el pueblo, que sabia que en Palacio
habia habido iguales reuniones en muchos dias, que habia habido
esas voces tan contrarias , tan escandalosas y altamente ofensivas
á la Constitucion , y que sabia tarnbien que no se había tomado
providencia alguna por el gobierno para prohibir tales voces, ha
dicho ya que los conductores de esta máquina, ya que los ejecu-
tores ó aplicadores de la ley están tan pasivos , y no vengan á
esta nac ion , hagamos nosotros justicia , y venguémosla por nos
otros mismos. Si los serviles unidos se atrevieron á esplicar así
sus sentimientos, vamos nosotros los liberales á esplicar así los
nuestros, con el valor y firmeza de la Constitucion.»
Tan anárquicas apreciaciones sublevaron á la sensata mayoría
y dieron motivo á que Argüelles pronunciase un larguísimo y de-
tallado discurso en defensa de su conducta , pintando con vivos
colores la imprudente y revolucionaria del general Riego y sus
partidarios desde que llegó á la corte, y poniendo en claro el ver-
dadero origen de los sucesos. de aquellos dias , que no era otro
sino la exaltacion de las ideas liberales.
Rebatiendo las disolventes ideas que acababan de emitirse en
menoscabo de los buenos principios de gobierno y en oposicion
abierta á la existencia de la sociedad misma, decia el famoso ora-
dor de
1812:
«De todos modos , quisiera que el Sr. Romero Alpuente fuese
mas esplicito ; en
estekaso, yo
lo seria Cambien. No me esten-
deré á hablar de su doctrina , sobre el derecho del pueblo para
hacerse justicia; pero obligado á combatir semejantes principios,
DE LA SEGUNDA EPOCA CONSTITUCIONAL.
67
que son de la mayor trascendencia , me ceñiré á
decir que en
ellos ha manifestado ideas que están en contradiccion con
las que
siempre ha profesado. Desgraciada nacion aquella en
que se pu-
blica
que el pueblo está autorizado para hacerse justicia por
sí
mismo! Con tales principios, ¿qué nacion pudiera subsistir?»
Habló tambien en tan solemne debate el general Quiroga, jefe
principal del alzamiento de la Isla , y sus palabras fueron mor-
tales para la revolucion y sirvieron de poderosa arma para la de-
fensa del ministerio.
Adicto ya al partido moderado
y celoso del
aura popular de
Riego, trató de desprestigiarle en su discurso y de enaltecer al
ejército de la Isla, cuya fidelidad garantizaba. Queriendo poner
de manifiesto la ambicion de su rival, humillándose él mismo,
concluía de este modo su discurso :
«Yo, dijo en conclusion, que soy uno de los soldados del ejér-
cito salvador , no me glorío de ser el que mas haya hecho ,
sino de haber concurrido á establecer la felicidad nacional ; cedo
gustosísimo la gloria, á quien la opinion pública se. la dé; la vo-
luntad de la patria es la mia ; la voluntad general es la que debe
decidir los procedimientos de los hombres virtuosos.»
Estas palabras ofensivas en cierto modo á su compañero (le
sublevacion disgustaron generalmente , pero sirvieron en aquella
ocasion para rebajar la importancia que los revolucionarios atri-
buían á su jefe.
No se desanimaron por ese contratiempo sus parciales de las
Córtes. Gutierrez Acuña insistió de nuevo en la defensa de Riego
y en la acusacion del ministerio , á quien provocaba de este
modo
«¿No fuera mejor aun para el decoro del gobierno que este
patentizase las causas que ha tenido para estas providencias? ( La
exoneracion de Riego, su destierro y el de otros varios individuos.)
(
No convendría hacer saber al público que las intenciones de estos
hombres habian sido siniestras , que su buen concepto había sido
equivocado, ó que le habian desmerecido?4undado en estas re-
flexiones hice la proposicion que antes de ayer presenté al Con-
greso,
y no fué
admitida á discusion, y en ellas mismas
me fundo
68
CAPÍTULO XXIV.-CÓRTES
ahora, para que si no se juzga anticonstitucional, y si no se opone
á la sublime política que rige las operaciones del gobierno... se
descorra el velo de este misterio ; se abran las páginas *de ese
libro inquisitorial , y la nacion pueda ya juzgar con acierto en un
asunto en que está toda ella interesada. De otro modo, los malva-
dos creen que estas medidas los protegen abiertamente , y alzan
el grito con su esperanza ; y los buenos juzgan que el gobierno
ha sido seducido ó engañado... Descórrase el velo,
digo, y
los
que aparezcan culpados , sean de cualquier clase y en cualquier
número, caiga sobre sus gargantas la inexorable cuchilla de la
ley : el mismo Riego perezca si es criminal, y lo mismo sus com-
pañeros; pero si así no fuere, aparezcan con todo el esplendor á
que los haya hecho dignos su patriotismo...
»Los españoles ya no son un rebaño de carneros ; son, sí,
hombres libres que forman una bella sociedad de hermanos, uni-
dos con lazos estrechos de amor y virtud...
»Pido, pues, y repito, que si no es incompatible con la Cons-
titucion y con la política del gobierno, se nos hagan presentes
todas estas tramas y enredos. »
Al salir de los labios del tribuno estas palabras , un murmullo
de reprobaciomi se dejó oir en el Congreso, y levantándose el mi-
nistro Argüelles , habló con una elocuencia varonil y robustí-
sima contra los principios de la anarquía. «¡Desgraciada nacion
aquella en que se pregona que el pueblo está autorizado para ha-
cerse justicia por sí mismo!» Y enardecido por las injustas acusa-
ciones de los diputados que defendiendo á Riego calumniaban á
los secretarios del despacho, los amenazó con abrir las
famosas
páginas
de aquella historia y revelar la verdad entera. Entonces
varios diputados gritaron á una voz : « que se abran ;» y volvien-
do á tomar la palabra el ministro desnudó los sucesos del velo
que los cubria, pintó las faltas y la imprudencia de Riego con una
exactitud, con un pincel tan valiente y enérgico, que hizo enmu-
decer á los enemigos del gabinete, y se cubrió de un lauro in-
marcesible. Esta hoja
ée
la corona cívica del Sr. Argüelles es á nues-
tros ojos la mas brillante, y la que dará siempre testimonio de su mé-
rito, de su fecundidad y de sus conocimientos y recursos oratorios.
DE LA SEGUNDA ÉPOCA CONSTITUCIONAL.
69
Terminaremos esta reseña copiando algunos párrafos del dis-
curso del Sr. Martinez de la Rosa, el mas notable de aquella
célebre sesion. Anatematizando los alborotos que servian única-
mente para desacreditar la libertad , esclamaba con tanta poesía
como elocuencia :
«No, no veo la imágen de la libertad en una furiosa vacante,
recorriendo las calles con hachas y alaridos : la veo, la respeto, la
adoro en la figura de una grave matrona que no se humilla ante el
poder, que no se mancha con el desórden.» Y mas adelante: «Todo
el
que perturba el Orden público es criminal y merece castigo : que
su estravío proceda de inmoderado celo por la Constitucion ó del
odio que la profese, es indiferente en esta cuestion: en uno y otro
caso perjudica á la misma Constitucion , destruye el órden y atro-
pella las leyes.»
CAPITULO XXV.
Importantes reformas de las Córtes.
SUMARIO.
Doceañistas y exaltados.—Necio constitucionalismo de los primeros,—La re-
volucion en los clubs.—Arrepentimiento de los ministros.—Teoría revolu-
cionaria de los moderados.—Reprodúcense los ataques de las Córtes de Cádiz
á las clases privilegiadas.—Falta de equilibrio en los elementos constituti-
vos.—Reforma de los monacales.--Reduccion del diezmo.—Estincion de los
mayorazgos.— Premios patrióticos.— La prensa liberal. — D. Felix Mejía.—
Jurado popular.—Suprímense las sociedades patrióticas.— Su influencia y su
objeto.—Estado de la Hacienda.— Amnistía de los afrancesados.— Resistencia
de Fernando á sancionar el decreto de los frailes.—Utilidad del veto.—Coac-
cion empleada por el ministerio.—Despecho del rey.—Su política. Fray Ci-
rilo Alameda.
Como
se ha podido comprender por el estracto que de
la cé-
lebre sesion del dia 7 hemos hecho en el capítulo anterior, las
Córtes se hallaban profundamente divididas , y era ya imposible
toda avenencia entre los anarquistas y los hombres de gobierno.
Eran estos , como ya hemos indicado , los constitucionales del
año 12, que mas prácticos en la política y mas previsores por
los
anteriores escarmientos y desengaños , no querían separarse un
ápice del sistema constitucional , cuyo equilibrio era imposible
sostener por mucho tiempo entre un rey descontento y un parti-
do organizado en las sociedades secretas , demasiadamente imbui-
do en las máximas político-filosóficas del siglo anterior, y que no
podia olvidar la facilidad con que se hizo dueño de la nacion
cuando la sedicion de la Isla.
72
CAPÍTULO
XXI'.
Algo interesada estaba tambien la vanidad política de los mo-
derados. Acostumbrados á dar el tono á la opinion pública y á
dirigir á su capricho á las Cortes de la época anterior, no podian
ver con calma que unos hombres nuevos , sin reputacion , sin
servicios, jóvenes en su mayor parte y sin otros títulos que su
audacia revolucionaria y su acalorada imaginacion , quisiesen
apoderarse del mando supremo é imponer su voluntad y sus ideas
á sus maestros y directores.
Los mas sensatos del bando moderado conocian en medio de
todo que las cosas no podian marchar mucho tiempo de la mane
ra que se habia empezado, y que el mal estribaba en el mecanis-
mo de aquel sistema y no en la intolerancia y ambiciones de los
partidos
Estaba efectivamente el (talio en la misma Constitucion. Esta-
ba en que el rey no podia acostumbrarse á la humillacion con
que se le trataba , ni tolerar voluntariamente la tutela del gobier-
no representativo. Estaba el mal en que Fernando VII había sido
ya rey absoluto , y los reyes para reinar con una Constitucion,
por suave que sea , es preciso ante todo que no hayan conocido
otra cosa , que hayan visto al nacer rodeado su trono de repre-
sentantes del pueblo y de ministros responsables. Y aun así, para
que conserven algun afecto á esa clase de gobierno, no han de
ver menoscabados torpemente su prestigio y su autoridad , ni
han de leer la historia de las antiguas monarquías, ni han de es-
cuchar de boca de los palaciegos las seductoras tradiciones de
sus antepasados, cuyo capricho era ley , cuya voluntad era la
razon.
Mucho hubiese adelantado el gobierno en su marcha política,
y mucho se hubieran arraigado y acreditado entonces las ideas
moderadas, uniéndose mas á la monarquía sus prohombres des-
pues del brusco rompimiento con la revolucion en la sesion del 7.
Aquella era la ocasion mas propicia para haberse dedicado de
buena fe y en union del monarca á la revision y reforma del có-
digo de Cádiz. Reforma que hubiera extirpado por completo la
anarquía en las ideas , suavizando las luchas posteriores entre los
públicos poderes , quitando toda arma vedada á
la revolucion, y
IMPORTANTES REFORMAS DE LAS CÓRTES.
73
or
g
anizando un sistema representativo , monárquico y templado,
poco espuesto en adelante á sucumbir por la violencia
de las re-
acciones
ó por el desenfreno revolucionario.
Pero los
doceañistas ,
como
ya entonces se les llamaba, abro-
quelados en su absurdo
é
impracticable constitucionalismo , no
quisieron dar un paso hácia atras ni avanzar una línea hácia ade-
lante, y se mantuvieron inmóviles en medio del revuelto mar de
los partidos estiemos, como elevada roca , donde debian estrellarse
las olas de la reaccion palaciega y los huracanes demagógicos.
No preveian tan cándidos y confiados pilotos que , cuando el
mar de la política se embravece en algunas ocasiones , ni hay di-
ques que lo contengan ni rocas cuya cumbre no salpique su san-
griento oleaje.
Pronto nos hará comprender la historia de aquellos sucesos la
verdad y exactitud de estas apreciaciones.
Veamos ahora el resultado de la famosa sesion , conocida por
la de las
páginas,
á consecuencia de la alusion de Argüelles,
cuando amenazó con abrir la historia de los sucesos de aquellos
dias.
Desechóse , pues, corno era consiguiente la pretendida forma-
cion Je causa á los militares desterrados, y no se tomó en
eonsi-
deracion tampoco la proposicion de suspender el citado artículo
constitucional.
Corno fué tan notable la sesion del dia 7, y para evitar que se
interpretasen sus incidentes en perjuicio del órden público , acor-
dóse la redaccion
é
impresion de aquellos debates con preferencia
á todo , y que se circulasen inmediatamente á todas las provincias
y autoridades.
Grandemente celebrado por los ministeriales fué el triunfo del
gobierno , á quien dió prestigio pero no fuerza.
La Miscelánea
y
El Universal,
periódicos liberales , hábilmente
redactado el primero por D. Javier de Búrgos , que formaban en
primera fila , y que habian cantado poco antes himnosy alaban-
zas en loor de Riego y de sus parciales , aplaudían ahora al mi-
nisterio , alentándole
en su marcha de severidad constitucional y
de salvadora resistencia.
74
CAPÍTULO
xxv.
Los absolutistas alababan tambien públicamente, por la cuenta
que les tenia, la energía del gobierno. Los palaciegos prodigaban
á los ministros al cruzar las antecámaras sus plácemes y sus son-
risas , y hasta el mismo monarca desarrugó el ceño y suavizó la
voz al recibirlos en el despacho del día siguiente.
El partido exaltado no desmayó , sin embargo, por tan pública
derrota.
La revolucion se retiró de la escena parlamentaria , y se re-
plegó en las sociedades secretas. La de la
Fontana
cerró sus sesio-
nes , y separándose de su seno los ministeriales , quedó convertida
en un club de oposicion sediento de venganza.
El cuerpo director de los masones no suspendió sus conciliá-
bulos secretos , sino que , por el contrario , perseguia de todos
modos y secretamente á los vencedores del 7 , escluyendo del gre-
mio de la sociedad á Toren° Yandiola y todos los diputados que
sostuvieron al ministerio , conspirando desde entonces con un afan
y un odio , que habían de producir prontos y fatales resultados.
Poco tiempo saboreó el ministerio las dulzuras del triunfo.
Recelosos y desconfiados aquellos ministros , y Argiielles mas que
todos , se alarmaban aun mas por los halagos de palacio que por
las amenazas de los conspiradores.
Aquella imparcialidad tan decantada , y en la que hacian con-
sistir el mérito de su gobierno , no porfia ser duradera. Las
circunstancias habian de obligarles á ladearse á su pesar.
Así lo reconocieron los moderados en la sesion del 11 , en la
que espidieron un decreto aprobando las ofertas que los generales
Riego y Quiroga habian hecho en diferentes épocas á los individuos
de su ejército. En su virtud , se concedieron licencias absolutas á
los soldados que se sublevaron en Andalucía y que llevaban ya dos
años de servicio ; se señaló el sueldo de sus maridos á las viudas de
tres oficiales , muertos en la espedicion de Riego , y se asignaron
premios en metálico y en tierras de baldíos á las tropas revolu-
cionarias , que acababan de disolverse.
Así trataron los ministros y sus sostenedores de borrar el
reaccionario recuerdo de la borrascosa sesion del 7 , acariciando
á la gente exaltada , cuyas conjuraciones temian.
IMPORTANTES REFORMAS DE LAS CÓRTES.
75
Para sincerarse de la nota de monárquicos , que sobre los mo-
derados en aquellos cuas se arrojaba , y que sirvió á sus adversa-
rios de poderosa arma de guerra, enaltecieron el 25 por medio de
un decreto la memoria de los generales Porlier y Laci , fusilados en
la época del absolutismo , mandando inscribir sus nombres en el
salon de sesiones, y declarando beneméritos de la patria en grado
heróico y eminente á cuantos hablan sufrido pena de muerte por
adictos á la Constitucion , y especialmente al coronel Alvarez
de Acevedo , muerto en la reciente restauracion del sistema
constitucional.
Nada consiguieron con su liberal conducta los sostenedores del
equilibrio político de aquella época. El partido del movimiento
cobró nwevas fuerzas al sentir los halagos del gobierno , que , si
no miedo , respeto y consideracion al menos revelaban; la corte y
los absolutistas , por otra parte , perdida toda esperanza de atraer
á los moderados á su partido, empezaron á preparar con afan y
precaucion el ansiado cambio de la política española en sentido de
furibundo y absurdo retroceso.
Por mas templanza , por mas órden , por mas imparcialidad
de que quisiesen revestir sus actos el ministerio y la mayoría , la
verdad es que aquella conducta moderada no podria evitar, sino
dilatar cuando mas el choque de las ideas , que desde 1810 venian
luchando.
Ademas , aquella mayoría , á pesar de su sensatez , no consti-
tuía realmente un poder intermediario entre la democracia y el
trono.
El ministerio y los moderados constitucionales del año 12 eran
en sus ideas y aspiraciones tan reformadores , tan revolucionarios
como los restauradores de 1820. Solo que estos querian organizar
la revolucion por medio de las armas y la violencia , y aquellos
tranquilamente y escudándola en la ley. El resultado para el por-
venir de la nacion , para la posicion del monarca y para el interes
de las clases privilegiadas era el mismo.
No porque una
revolucion
trastornadora é infundada se entro-
nice en los estados , rodeada de la legalidad , deja de ser revolu-
clon , y mas perjudicial acaso que la introducida á mano armada,
CAPÍTULO XX\
i:ampomanes, Jovellanos, sin embargo de haber tratado la insti-
tucion de los mayorazgos como un aborto de los siglos de la ig -
1orancia, del orgullo y soberbia humana, destructora de la po-
blacion , de la agricultura y de las artes, no se atrevieron a acon-
sejar su estincion absoluta, sino á proponer los medios de que el
mal no recibiese aumento. Respetaron lo hecho bajo la autoridad
de las leyes, y solo desearon un remedio para lo futuro.
Imitaron en esto á las antiguas Córtes de Castilla , que tam-
poco intentaron se hiciese novedad en los mayorazgos ya funda-
dos , sino que se evitase la multiplicacion de estos , permitiéndo-
los solamente á personas de calidad.
Es tan antigua , tan arraigada y tan general aun entre los hom-
bres menos preocupados la
opinion
de que las vinculaciones son
indispensables para conservar el lustre y esplendor de las familias
nobles, que el célebre economista Adate Smith, al paso que re-
conoce como el que mas sus defectos
é
inconvenientes . cree que
han de durar
siglos
de siglos.
Si en Francia se abolieron en los primeros movimientos de
su
revolucion y en el acalorado entusiasmo de reformarlo todo,
al establecerse despues un gobierno mas estable volvieron los
mayorazgos , si bien se fijó la renta de que debe constar cada uno
segun la cla
s
e y dignidad del sugeto que ha de obtenerlo. La In-
glaterra los conserva igualmente con algunas modificaciones , y
con ellas ó sin ellas otras naciones.
Grande absurdo pareee que el hombre disponga para despues
de su existencia , y como un eterno legislador esté mandando en-
tre las generaciones mas remotas : cruel é inhumano parece que
un hermano , por sola la cualidad del nacimiento y sin mérito ni
virtudes que le hagan acreedor á la preferencia, lleve todo el pa-
trimonio, eseluyendo á los domas que por naturaleza tienen igual
derecho, condenándoles á la pobreza ó á un forzoso celibato.
Estas son verdades innegables é inconvenientes que no pueden
tolerarse bajo el punto de vista del derecho natural y aun del de-
recho civil. Pero en el órden politico, en el organismo de las
monarquías absolutas y aun en las constitucionales moderadas
corno la española, en que la nobleza es una clase que tiene legíti-
IMPORTANTES REFORMAS DE LAS CóRTES.
83
ma y necesaria represenlacion en
el
gobierno , son útiles
é indis-
pensables
los mayorazgos en las principales casas de esa nobleza,
si han de representar su papel con el decoro , con la
d:gnidad
y
con el lustre que su posicion social reclama y exigen sus tradi-
cionales títulos.
Lo que entonces debió hacerse , y siempre que se trate de la
reforma de los mayorazgos , es poner trabas á la vanidad de cier-
tas personas , que
sin
pingües rentas vinculan sus bienes lleva-
dos de un ridículo deseo de adquirir de ese modo cierto barniz de
nobleza que por su orígen ó sus méritos
ne pueden alcanzar : lo
que entonces debió hacerse es cortar el abuso de amayorazgar;
manía de épocas pasridas, olvidada en los tiempos presentes, y
tolerar el uso prudente de esa institucion, que sín perjudicar á la
riqueza del pais sirva solo para perpetuar las glorias y el esplen-
dor de ciertas familias.
•
Tras estas innovaciones económicas en la apariencia , y aun
alternando con ellas, adoptaron las Córtes otras medidas políticas,
que revelaban su espíritu liberal y el miedo al mismo tiempo de
que ese liberalismo se estralimitase.
Lo hemos apuntado ya y lo repelimos de nuevo. El sistema
re-
presentativo .
como sistema de equilibrio y contemporizacion , no
puede alimentarse de otra cosa que de dudas y vacilaciones ,
de
temores y desconfianzas.
Mientras los hombres del justo medio
desconfiaban del rey
y
tercian á las clases altas, alentaban la idea democrática con refor-
mas y medidas exageradamente populares. Cuando por el contra-
rio, oian el sordo rugido de la rmolucion , olvidábanse de sus na-
turales enemigos, los absolutistas, y refrenaban á los revwluciona-
rios á quienes ii
p
prudentemente alentaran antes.
Por eso
.
<
1
1 seguida de las indicadas reformas con que trataron
de
halagar á las clases hnjas, deprimiendo á las privilegiadas, pro-
diw
.
lronse los premios, llamados
patrióticos,
de una manera per-
judicialísinia á los intereses del Estado.
Nada indica tanto hasta qué punto llevaron las Córtes
su
exa-
geracion en premia' á los revolucionarios y conspiradores, como
la
circustancia de ocuparse un dia entero en buscar recompensas
CAPÍTULO
XV% .
para
el
cy( lebre
('ojo (le Málaga,
(le quien hablamos ya en otra parte
de esta historia . y que recordará el 1..etor estuvo :S punto (le ser
ahorcado por Orden de Fernando Vil como alborotador de las ga-
!erías y director de asonadas en Cádiz y Madrid en. la primera
epoca constitucional.
Era tal el furor demagógico que preocupaba al partido exal-
tado entowes, que se
oyó
en aquella sesion uno de
sus
diputa-
dos pedir para remunerar los padecimientos de tan celebre alb
►
ro-
tador, 'víctima del absolutismo, y
de
otros que se hal!aban en su
('aso, los bienes de cuantos hubiesen influido ó intervenido en su
persecucion , proclamando así el modem()
comunismo ,
cuando el
famoso apóstol
de
la escuela, Prou
►
bon, ni aun soñaba segura-
mente con el.
Ab 'raciones como esta pintan claramente
el
estado
y
tenden-
cías de aquella política y la imposibilidad de Cine subsistiese por
mucho tiempo.
La imprenta liberal seguía desbocada y provocativa á medida
que avanzaba la política y se enconaban los partidos. El Indigno
E,':peciaor
iba quedándose muy aíras en sus escándalos y dema-
sías desde la aparicion en la escena pei iodistica de
La
.
Tercerola v
El Zurriago.
redactado este último por D. Felix Mejía quien :"
.1
pesar
de
su fama y renombre, murió hace pocos años en un hos-
pital
de
Madrid , desvalido y abandonado de los liberales , cuya
cansa sostuvo con tanto valor y fanatismo en la epoca (le los tres
años.
Era
El Zurriago,
especialmente, periódico asaz agresivo é in-
sultante con el partido absolutíla y hasta con la inima p,Nrsona
del monarca á quien atribuia sin ambajes ni consideraciones la
causa de aquel desasosiego, de aquella alarma continua. de aquella
anarquía social, que el mismo ocasionaba
c011 sus
ineendiarios
es •
(Tilos
tntolerables por domas iban siendc/ va en la epoca que esta-
mos describiendo :os abusos de la lib,Ttad de e.wribir. A las chis-
tosas cartas
de
Li
Pobrecito holga;ai?,
atribuidas al presbítero Mi-
fiano, hablan sucedido en la arena periodística
El Conservador, El
Espectador, El Zurriago, La Tercerola. La ilifterca, El Universal,
IMPORTANTES REFORMAS DE LAS CÓRTES.
85
El. Eco de Padilla, El Diario nuevo de Madrid, El Diario de Cádiz,
La Bandera espaiiola, El Tribuno , El Censor, El Imparcial y
mil
folletos sueltos como las
Semblanzas
de los diputados y
El Tutili-
ni,ondi ,
plagados todos ellos de ataques groseros á la religion, al
rey, á las clases privilegiadas y
á
las mismas Córtes.
Alarmadas estas con aquella prensa jacobina y trastornadora,
• quisieron ponerla un correctivo ; pero no pudiendo salirse de su
programa popular y elástico, dieron una ky de imprenta , no tan
represiva cono se necesitaba entonces, y establecieron ó mas bien
ensayaron el jurado popular.
El resultado de esta medida era sabido y no se hizo esperar
mucho tiempo. El tribunal de jueces de hecho se sometía como
generalmente sucede á la ley de las circunstancias , y sus
fre-
cuentes
absoluciones alentaban el escándalo é impulsaban el desen-
freno de los periódicos.
La suavidad de la ley y la inutilidad del jurado fueron la
causa de nuevos y continuos desmanes periodísticos , que contri-
buyeron y no poco al descrédito y caila de la Constitucion.
Eletnentos eran estos y motivos suficientes para que la revo-
lucion , reconcentrada en las sociedades desde la famosa sesion
del 7 de setiembre, se animase á dar un golpe de mano que la
pusiese en posesion del supremo gobierno.
La pública de la Fontana tenia cerrado aun el local de sus se-
siones, pero el club masónico agitábase sordamente en los pre-
parativos de la esplosion , y se esforzaba sobre todo en crear en
las provincias nuevas sociedades patrióticas y en dar animacion
escándalo á las sesiones de las va creadas.
Tocóle, pues, á la mayoría moderada el turno de retroceder, y
á ese fin se ocuparon las Córtes de la existencia y organizacion
de dichas sociedades por cuyo lado se divisaba entonces el peligro.
A consecuencia de una proposicion presentada en 4 de setiem-
bre, por el diputado Alvarez Guerra para que se nombrase una
comision que presentara un provecto de ley, asegurando á los
ciudadanos la libertad de ilustrarse con discusionespolíticas y
evitando los abusos, se inició la
discusion
en primeros de octu-
bre, haciendo inauditos esfuerzos la minoría por salvar
las socie-
86
CAPÍTULO
XXV.
dales patrióticas, único refugio ya de la combatida revolucion.
Pretendían sus defensores probar la utilidad y necesidad de
las patrióticas asociaciones, comparándolas á las famosas
herman-
dades
de Castilla, toleradas y consentidas por los mismos reyes.
Fácil fué á la mayoría, representada en aquella discusion por
Garelly, y al gobierno, cuya voz llevaba Argüelles en esta y otras.
cuestiones importantes. rebatir los argumentos con mas itnagi
nacion que fuerza presentados en favor de las sociedades patrió-
ticas, demostrando hasta la evidencia cuán peligroso era sostener
encendida á todas horas aquella hoguera de agitacion y de tras-
torno, que abrasaba con sus llamas las toscas imaginaciones de L
muchedumbre en lugar de iluminar sus sentidos y de aclarar sus
inteligencias , como sostenian los amigos de las sociedades.
Solo el partido exaltado, ciego por su interes y sus planes
revolucionarios, no veia el gérmen de in¿luietud , de alarma y de
peligro que se encerraba en aquellas corporaciones , las cuales
remedando á los clubs franceses , pretendian sobreponerse á los
poderes establecidos, estraviando lastimosamente como aquellos
la
opinion pública.
Focos perennes de ambicion y de anarquía, cuyo único objeto
era dar impulso al carro de la revolucion , que hasta entonces
había cruzado pacíficamente nuestras ciudades , hollando cuando
mas
derechOs
é intereses , para que corriera en lo sucesivo por el
reino sembrando la destruccion
y
la muerte en su carrera.
Es un absurdo querer sostener que las sociedades patrióticas;
constituidas y reglamentadas á manera de congresos sin mas res-
ponsabilidad que la individual ni otra inviolabilidad que la otor-
gada por la opinion pública, dejen de estralumtarse en sus discu-
siones y se circunscriban únicamente á dilucidar puntos de dere-
cho constitucional á semejanza de las academias.
Tan cierto es esto, que las sociedades patrióticas del año 20,
desde el primer dia de su instalacion en Madrid y en las provin
cías, no se ocuparon en la discusion pacífica de máximas y prin-
cipios políticos, sino en la murmaracion y crítica de las auto-
ridades, en la amarga censura de lo acordado por las mismas
Córtes , en la propagacion de las ideas mas antisociales y
impoRTA:NTES REFORMAS DE LAS CORTES.
87
disolventes, y en el desprestigio del principio de autoridad.
Las sociedades corno la prensa tenian la vana pretension de
representar uno de los poderes del Estado , pero desempeñándolo
por medio del abuso y la violencia. Abuso y no pequeño era la
organizacion esencialmente política que se les habia dado , en
virtud de la cual discutían públicamente sobre los puntos ma.
.-
importantes de. la gobernacion del reino ; peroraban sobre reli
gion y sobre la existencia y facultades de la corona ; daban sotos
de censura ó de aprobacion á los ministros ; emitian su opinion
sobre los acuerdos de las Córtes; seguían correspondencia públi-
ca
secreta con otras sociedades , y enviaban sus comisiones.
nonio cuerpo legal y reconocido, al gobierno y á la Asamblea.
Eran , en fin , las sociedades patrióticas otro poder en peren-
ne lucha con el poder supremo, único y organizado de la manera
que la Constitucion establecia. Eran otras Cortes sin carácter le-
gal, pero de inmenso influjo en la opinion pública, que en cier-
tas circunstancias se sobrepone á la ley y á la autoridad.
Imposible se hacia la marcha de un gobierno templado y con-
servador con la existencia de las sociedades patrióticas que con
sus declamaciones tribunicias , sus principios 'democráticos y
amcnazas revolucionarias tenian alarmado al ministerio y mas
descontento y desconfiado al monarca. Así lo comprendieron las
Córtes , y aprobaron al fin por considerable mayoría el decreto
siguiente :
«Las Córtes, despues de haber observado todas las formali-
dades prescritas por la Constitucion , han decretado lo siguiente:
1.'
No siendo necesarias para el ejercicio de la libertad de ha-
blar de los asuntos públicos las reuniones de individuos consti-
tuidas y reglamentadas por ellos mismos , bajo los nombres
(If'
sociedades patrióticas ,
confederaciones, juntas patrióticas ó cual
(mier otro sin autoridad pública , cesarán desde luego con arregb
►
á las leyes
que prohiben estas corporaciones.
Los in,lividuQs que en adelante quieran reunirse periódi
cametite en algun sitio público para discutir asuntos políticos
N
cooperar á su reciproca ilustracion , podrán hacerlo
con previo
conocimiento de la autoridad superior local , la cual
será respon
88
CAPÍTULO XXV.
sable de los abusos , tomando al efecto las medidas que juzgue
oportunas , sin escluir la de suspension de las reuniones.
3.° Los individuos así reunidos no podrán jamas considerarse
corporacion , ni representar como tal , ni tornar la voz del pue-
blo , ni tener correspondencia con otras reuniones de igual clase.
Lo cual presentan las Córtes á S. M. para que tenga á bien dar su
sancion.—José María Calatrava ,
presidente.—Marcial
Antonio Lo-
pez , diputado secretario.—Miguel
Cortes,
diputado secretario.
Madrid 21 de octubre de 1820. »
Comunicado al gobierno para su ejecucion, volvieron á vacilar
los ministros, y aunque lo publicaron corno ley; quisieron hala-
gar aun al partido exaltado , permitiendo siguiese abierta la so-
ciedad de la
Cruz de Malta,
la mas demagógica , perturbadora y
revolucionaria dd'las sociedades de la corte.
Otras
medidas,
si
no de tanta importancia en el órden político,
de necesidad al menos , adoptaron las Córtes en
su
primera le-
gislatura , votando entre otras la ley del
maximum,
la de respon-
sabilidad de los infractores de la Constitucion , condenando á
muerte á los que conspirasen contra ella, y la de contratacion de
un empréstito de 200 millones y restablecimiento de la contri-
bucion directa.
Antiguos errores y modernos desaciertos habian colocado
nuestra hacienda al borde de la bancarrota. Al discutirse los pre-
supuestos del año venidero , resultó un
deficit
de ciento setenta y
dos millones , mientras que la deuda con interes ascendia á seis
mil ochocientos catorce , sus réditos á doscientos treinta y cinco,
y la que no gozaba interes á siete
mil
cuatrocientos cinco ; to-
tal , catorce mil doscientos diez y nueve millones.
Los nuevos arbitrios señalados para el pago de réditos consistían
en las rentas de las órdenes militares y en el sokante de los con-
ventos, despues de atendidas las pensiones, para las cuales no bas-
taban las rentas, como llevarnos dicho. Por otra parte, recurrióse
á una bancarrota verdadera, separando las atenciones vencidas de
las corrientes , y aplicando á las últimas los recursos del Estado.
Y mientras sus productos eran insuficientes tambien para este
IMPORTANTES REFORMAS DE LAS CÓRTES,
89
objeto, el Congreso nacional en el principio de la legislatura per-
donó á
los
pueblos la mitad de las contribuciones ; los ministros
cobraron íntegros los sueldos atrasados de lo$ seis años , y todos
los perseguidos en la época pasada acudieron á la Asamblea pi-
diendo el reintegro de sus pérdidas, y los premios á que se repu-
taban acreedores.
En vista de tantas urgencias decretóse un empréstito de dos-
cientos millones, que se contrajo bajo condiciones muy onerosas
con la casa francesa de Latirte , y restablecióse la contribucion
directa, juntamente con otras medidas de Hacienda , dirigidas á
vigorizar el exánime tesoro, y á poner órden en el caos de la
administracion.
En épocas de convulsiones políticas, como la que vamos rese-
!"'"ando , lo
último
de que se acuerdan los gobiernos es
la
Ha-
cienda. En lucha continua con todos los partidos, no hay tiempo
para administrar. Mientras las sociedades se constituyen, el poder
ejecutivo no puede salirse del mezquino círculo de la política per-
sonal , y si intenta algunas reformas no es ni puede ser la idea
del buen gobierno quien las aconseja, sino el interes de la propia
conservacion quien las plantea y ejecuta.
Así obraba por necesidad el ministerio constitucional de 1280.
Reducido á gobernar y consoltdar la nueva situacion política , no
tenia medios y ocasion para
k
ledicarse al arreglo
y
mejoramiento
radical de nuestra Hacienda; y para salir de los ahogos del
Mo-
mento
hacia lo que hacen los gobiernos en revolucion : adoptar
remedios ernpiricos y echar mano de los primeros recursos que
se presentan , aunque se ofenda la justicia y se resienta la buena
administracion. 1
4
:4i
esos
casos
la cuestion principal es vivir polí-
ticamente ;
la vida económica
y administrativa ya se asegurará
despees , cuando la política lo consienta.
El abandono
y despilfarro de la
liacien la ha sido ;siempre
sín
toma seguro de poca estabilidad y duracion en
los gobiernos.
Solo los
poderes fuertes
y consolidados se dedican
con
preferen-
cia á la parte económica antes que á la política , porque com-
prenden
qu
.
e vira conservarse
y conseguir el bien de un
Estado
es indispensable mandar poco y administrar mucho,
9 O
CA PÍTuLo
\Av.
No debemos pasar por alto una disposicion de aquellas Córte,
altamente justa y .reparadóra, que enjugó muchas lágrimas y
puso fin á muchos sufrimientos. Casi por unanimidad y coll
aplauso de todas las opiniones abrieron las puertas de la patria á
los emigrados por afectos á la causa francesa , cuando José Bona
parte se posesionó del trono de Espira.
Mandóse por un decreto se
les
devolvi Rseri i is bienes secues-
trados y todos sus derechos y honores, mas no los empleos, ocu
lados á la s
Z01.1
por los constitucionales.
Regresaron . pues , los
afrai2cmulos ,
y en honor de la verdad
no mostraron todo el aguclecimiento que debieran, pues desde
su entrada
se
unit
I
roll al partido abs
,
bríista . mas que per simpa -
tías , por odio
íil,erales á quienes declararon una guerra
muerte, y ett cuya caída influyeron poderosamente.
Aproximábase segun lo prescrito en la Constitucion , el tér-
mino de la legislatura anhelado por
el
monarca, fw
,
tidiado ya <h.
la
tutela de las tor
e
tes, y temido por los liberales de todos mati-
ces, que vejan en ellas el único escudo que rechazar pudiera los
proyectados golpes de Fernando á la Constitucion.
Seguia este aborreciendo mas y mas al ministerio y á las
Córtes y acechando la ocasion favorable de sacudir el yugo cons-
titucional que las circunstancias le hablan impuesto.
Los planes de reaccion iban desarrollándose notablemente ,
el descubrimiento de algunas conspiraciones y la aparicion de
algunos guerrilleros, proclamando la soberanía absoluta del mo-
narca, daban claros indicios de que la reconciliacion con el
ban-
bo liberal era imposible y aparente la conformidad.
La revolucion, por otra parte, comprimida, pero no sofocada,
porfia en juego sus elementos de perturbacion , tratando de dar
nueva vida á las sociedades, soliviantando la milicia voluntaria y
exasperando á la prensa. Elementos los tres que, si bien de órdcn
y seguridad par su esencia y objeto, conservaban en su práctica y
en su forma un germen de continua alarma y de frecuentes con-
flictos.
En aquel estado de tirantez política y desasosiego
general ,
el
menor acontecimiento en uno
ó
en otro sentido habia de produ-
IMPORTANTES REFORMAS DE LAS CORTES.
91
cir necesariamente fatales consecuencias , haciendo estallar la
guerra que secretamente regia en el palacio y en los clubs.
Ese acotecimiento llegó porque era preciso que llegase; por-
que la semilla de antagonismo que encerraba la Constitucion ha-
bia de germinar, y el odio del rey á tan depresivo código necesi-
taba un pretesto para salir del corazon á los labios, para pasar de
las ideas á los hechos.
Alentado por sus amigos y especialmente por el Nuncio de Su
Santidad, se negó Fernando , fundado en
los
escrúpulos de su
conciencia, á otorgar la sancion al decreto de las Córtes sobre
estincion de monacales.
Fuese pretesto para declarar la guerra al partido reformador,
fuese resultado de sus creencias, la verdad es que Fernando ejer-
cia, al usar del
veto suspensivo,
un derecho político consignado
en el código fundamental, que los ministros debieron respetar en
su puritanismo por las prácticas
'
constitucionales ,
hacer dimi-
sion de sus carteras acal,ando esas mismas prácticas. ¿A qué, por
el contrario, empeñarse en que el monarca sancionase aquel de-
creto, violentando su voluntad
y
su conciencia? ¿Era eso pruden-
te, oportuno y constitucional? ¿Si
el
rey no podía usar libremente
del veto suspensivo , á quét consignarlo solemnemente,
en el res-
taurado
y venerado código
(le Cádiz?
Creian aquellos ministros y muchos de sus parciales
clec,
existiendo la responsabilidad ministerial , debla el monarca apro-
bar cuanto aquellos le propusieran, dirigiéndole en el uso
de la
regia prerogativa. Fatal error que revela el atraso en que se ha-
llaban entonces las prácticas constitucionales,ó lo que es peor, la
vanidad y el amor propio de aquellos gobernantes, que lo sobre-
po.nian al decoro del trono y á la conveniencia del pais.
De seguirse esas doc:rinas, ¿,á qué quedaba reducida entonces
la regia autoridad A un poder nulo, irrisorio , sin voluntad ni
facultades; á una sombra de monarquía á una máquina de fir-
mar decretos.
Pero en los gobiernos representativos, donde todo es equili-
brío y contrapeso, el poder del monarca es un prudente mode-
rador del mecanismo legislativo , que imponiendo su veto á cier-
98
CAPÍTULO
XXVI.
nades secretas en la política de aquella época, y cuanto perturbaban
con él la sociedad , haciendo imposible todo gobierno , copiamos
algunas apreciaciones que , respecto á la organizacion y manejos
tte aquellos tenebrosos y anárquicos clubs, hace el señor Quintana
en sus ya citadas
cartas
á Lord Holland.
cl
granfle Oriente,
dice, prescribiendo á los hermanos fe im-
plícita en sus doctrinas y obediencia pasiva á sus mandatos , es-
taba seguro, cuando quería , de desacreditar la autoridad , de
contrariarla , de combatirla y, al fin, de aniquilarla.
Desagradaba un sugeto en un empleo? La imputacion, la ca-
lumnia , por groseras, por absurdas que fuesen , circulaban al
instante en todo el reino contra él, y era difamado y echado al
suelo.
¿ Contradecia una medida , una providencia del gotierno los
intereses ó los caprichos de la cofradía, aunque en sí llevase el
aspecto y el carácter de la utilidad general? Todos se conjuraban
para inutilizarla y desobedecerla. Era necesaria una demostracion
mas espresiva para conseguir los fines ? El tumulto, la sedicion, el
cisma , como medios sabidos y dispuestos , al instante se
realizaban.
Sentado el principio de que para ser buen mason y verdadero
hombre libre era preciso tener mas ley al
grande Oriente
que al
gobierno , por el mismo hecho estaba rota la obediencia en la ad-
ministracion , destruida la disciplina en el ejército , nula la armo-
nía y el concierto en el Estado. .
Así estos hombres incautos é inconsecuentes , dándose por re-
formadores de la sociedad, y declamando siempre contra los abu-
sos del sistema eclesiástico y monacal, no venian á ser ellos mismos
otra cosa que unos frailes y un Estado , como la Iglesia, ingerido
en el Estado.
¡fi Independiente
f
,
el Zurriago , el Indicador
y otros folletos
comuneros no conocían ni freno ni v
g
rgüenza en las injurias , im-
putaciones y denuestos. Los efectos que esta deplorable táctica
producia eran los retas perjudiciales al órden y á la libertad.
Por una parte se adulaba al populacho , se le alentaba á toda
clase de escesos, y se enseñaba á vilipendiar y despreciar á cuan-
EL REY Y EL LIBERALISMO.
9 9
tos
pudieran dirigirle y gobernarle; y por otra , los enemigos que,
dentro y fuera tenia la Constitucion española vejan ponérseles
la mano el triunfo á que aspiraban con el descrédito de las cosas
y de las personas, que estos frenéticos preparaban y conseguian.b
Tantos elementos de desórden escitados en vez de contenidos
por la impasibilidad del ministerio , que vela hasta con gusto la
ferinentacion de aquel volean, cuyas erupciones confiaba sofocar
• á su arbitrio, debían producir en todas partes el envenenado fru-
to de la anarquía y el desgobierno.
Las densas sociedades patrióticas volvieron igualmente á abrir
sus sesiones y á escandalizar con sus discursos , mezclándose ile-
galmente en la marcha de la politica, imponiendo su voluntad á
las autoridades, y dirigiendo amenazadoras representaciones al rey
y á la diputacion permanente de Córtes. Así lo hicieron las de
Logroño , Valladolid , la Coruña y otras provincias.
En Barcelona hubo el 27 de noviembre una terrible asonada,
en la que por vez primera aparecieron las cintas verdes con el
lúgubre letrero de
Constitucion ó muerte.
En Cádiz
y
en Valencia se reprodujeron antiguos motines , se-
parando empleados en el primer punto y pidiendo la muerte de
Elio en el segundo , la prision y estraña miento del reino del ar-
zobispo D. Vereinundo Arias , que se llevó á cabo.
Atizaban el fuego de la discordia con sus agentes disfrazados
de patriotas y sus abortadas conspiraciones los anti -constitucio-
nales, cuyos tratos de coniposicion con la sociedad masónica se
habian roto completamente desde el nombramiento de Carvajal,
en el que los liberales conocieron el doble juego del monarca.
El alto clero ,
como
siempre , era el que mas ruda oposicion
hacia al sistema constitucional, por lo mismo que las armas de
que se valia , las armas de la conciencia y de lá fe, eran mas sa-
gradas y respetables.
El
obispo de Orihuela
fué
estrañado de España por negarse a
que en su diócesis se esplicase la Constitucion. El Nuncio con
sus
notas y representaciones creaba
grandes embarazos en la ejecucion
de
las reformas eclesiásticas.
•
El prelado de Valencia en una furibunda pastoral proclamaba
00
CAPITULO XXVI.
1
oposicion y resistencia á las disposiciones del gobierno ; los
(obispos de Barcelona , Pamplona y otros suscitaban dudas y po-
Aian reparos á todo lo que el ministro les prevenía , y el general
de capuchinos y los de otras órdenes religiosas con sus observa-
ciones y consultas indicaban un plan de oposicion general y pa-
cífica : la peor de todas porque no se puede combatir de frente.
Unidos estos síntomas de pública conspiracion a
,
las conspira-
ciones secretas, (lucen muchos puntos se descubrian, y á la apari-
cion de varias partidas armadas, producian fuertes sacudimien-
tos en la opinion pública y en el espíritu liberal, que conmovian
violentamente al partido exaltado y al ministerio.
El miedo ó la prevision hacia que desconfiasen del último los
fogosos directores de las sociedades. En el estado de lucha y agi-
tacion á que habia llegado la política, era impotente el ministerio
con sus vacilaciones y equilibrios.
Aferrado en no abandonar el poder, cuya tenacidad servia de
rémora y de estorbo á los trastornadores planes de los exaltados,
declaráronle estos una guerra tenaz y sangrienta , aumentando
en audacia cuanto mayor era !a debilidad de los ministros.
Viendo los oradores de la
Cruz de Malta
la indiferencia con que
miraba el ministerio sus ataques y sus eseesos, le acometieron
en otro terreno , valiéndose de armas poco nobles, pero que pro-
baban lo encarnizado dei combate y la rabia de los acometedores.
Descorriendo el velo que cubria el misterio de los sucesos
concernientes á la sartcion
y
al último motin , denunciaron al pú-
blico les manejos atribuidos á los ministros para obligar al mo-
narca , y las condiciones á que se haflian sujetado en sus transac-
ciones con los revoltosos.
En una esposicion elevada á Fernando por la sociedad de
Malta
decían sus individuos que habian contribuido inocentemen-
te á la
última farsa
del mes de noviembre, en la que se habia
comprometido el crédito de la nacion , como lo prueban las ci
r
cunstancias poco favorables del empréstito y otras muchas; y en
la que el ministerio , tocando un sinnúmero de resortes, había
obligado al pueblo á creer que S. M. intentaba derrocar el siste-
ma representativo.
11E1
EL LIBEII1LIS
n
1(:).
101
\l'Imitase que habían visto al monarca forzado a regresar
'Madrid N á desterrar
á
su confesor únicamente porque los mínis
t:onservaeion tk
sus
destinos
tro le suponían contrarío á la
Acontecimiento memorable , eselamaban , en el qu,.
se
abusó
con
tanta
audacia del grito
sagrado de
la patria
está
en peligro.
y
en
cl
con grave
perjuicio de la tranquilidad pública fueron sor
prendidos nuestra credulidad y nuestro patriotismo.,,
1,a
conviecion adquirida por el Vulgo en las discusiones de las
s
∎►
iedades patrióticas
de
que el rey era enemigo declarado del
nuevo orden de ('osas, incitaba a cometer todo linaje de desmanes
eti 1
ilipt
9
del trono hasta
el
punto (le insultar al rey cuando
salla á paseo con dicterios indecorosos ,
y
de arrojar algunas pie_
dras sobre su coche y sobre
los
guardias que
lo
custodiaban.
klgunos de estos , embozados en
sus
capas y mezclados entre
los grupos del populacho , que voceaba en tono de insulto
al
lir
Fernando una tarde con su familia del real
alcázar.
tiraron im-
pri
p
b ntementi,
l
,
de las
espadas , y acuchillando á
los
alborotadores
hirieron entre otros á un miliciano nacional y a un regidor, que
ayuntamiento habla coluisimiado para
evitar aquellos escándalos,
Este suceso , que no plisó (le una calaverada
de
algunos
jóve
nes guardias, pum) eil c011tilOcion
á la capital.
14a
milicia empuñó
las armas ; las sociedades secretas
se re-
InTehatadainPitle; sal guarnicion
corrió a los puntos (testi-
Itad
►
.,
y vil
un momento la
corte presento
la imagen (le un cam-
po
(k
batalla.
Fuertes
destacamentos de
infantería v
(le artillería
bloquearon el cuartel de Guardias y disolvióse el cuerpo., obli
12,ando
su-; individuos á entregar las armas y á trasladarse con
sfala la espada al
►
tro
,
; edilicios donde halan de permanecer hasta
que las C
►
rtes decretasen su estincion , contin&mdose entretanto
('1 curso de las
causas.
Repugnaron al
príncipe las
medidas con que se contletri
►
:i
mí guardia
entera, en vez (le castigar á
los imprudentes (pu
hubi
e
sen delinquido;
pero el ministerio
acudió a! resorte de siem
pve: Fintó Valds la conmorion que babia estallado como
InQN
peligrosa , y el eonsvio
(le Estado
aconsejó igualmente al monarca
sup•esion del
cuerpo.
10'2
CAPÍTULO XXVI.
Corno prueba de la debilidad del gobierno y de la humillacion
y abatimiento del monarca , cumple á nuestro propósito hacer
mencion aquí del mensaje que envió Fernando á la municipalidad.
quejándose de los escesos de la plebe y diciendo con amargura:
fique la dignidad real habla sido hollada. »
Esta circunstancia nos revela el estado anárquico de la capital
y de toda España en aquella época en que un monarca español
mendigaba la proteccion de un ayuntamiento. Aquel cuadro re-
presentaba á la monarquía á los pies de la democracia ; el cetro
de
Carlos Y y de San Fernando hecho pedazos por el sable de
Riego.
Ya no podia sufrir el rey con paciencia la triste posicion en
que su debilidad , su imprudencia y las circunstancias lo hablan
colocado ; sobre todo , no podia tolerar á su lado la presencia de
los encargados del poder ejecutivo , que ni tenian valor para pro-
mover una saludable reaccion en las ideas, ni mucho menos para
contener los embates de la anarquía.
Fatalmente rodeado , como en épocas anteriores , de torpes y
egoistas palaciegos , trató de seguir un camino poco.legal y franco
para deshacerse de los ministros , cuya tutela le era ya insufrible,
y
romper el freno constitucional que lo contenia , lastimándole
en sus ímpetus absolutistas.
En un gobierno representativo, donde no estuviese supeditado
todo como entonces al terror y la amenaza , le es fácil al monarca,
sin salirse de la Constitucion, cambiar de posicion , dando el po-
der á hombres de mas prestigio ó mas entereza , que apliquen los
principios liberales en consonancia con los intereses de la nacion y
el decoro de la corona.
Pero en la época que vamos describiendo, en que material-
mente Fernando no podia hacer un uso legal de ninguna de sus
prerogativas, la mudanza del ministerio hubiera dado margen á
nuevos escándalos , y Dios sabe cuál hubiese sido su desenlace.
No atreviéndose. pues, á reemplazarlo por si , como podia ha-
cerlo , pasó en persona al consejo de Estado , buscando la aproba-
cion de aquel cuerpo en el cambio ministerial que proyectaba;
quejóse de los insultos que habla recibido . tolerados por los mi-
EL REY Y EL LIBERALISMO.
1.03
nistros , y de la coaccion que en diferentes ocasiones estos habian
ejercido sobre su voluntad.
Disculpáronse Argüelles y García Herreros , achacando su
energía y severidad en la defensa del código jurado
á
las maqui-
naciones de los absolutistas para derribarlo ; maquinaciones , se-
gun ellos Nevadas á cabo bajo la tutela y auspicios del trono.
Aunque hecha esta manifestacion en mesurado lenguaje , no
dejaba por eso de ser una imprudente acusacion contra el mo-
narca , quien, colérico y demudado , abandonó el Consejo y firmó
en nn arranque de ciego frenesí la prision de sus dos consejeros.
Medida que no se llevó á cabo , porque la calma y la reflexion le
hicieron comprender bien Pronto que río era mas que un rey de
nombre
y la revolucion un déspota de
hecho.
Sin embargo , no se retardó la venganza de aquella ofensa.
realizándola de una manera inusitada y estrepitosa.
Cuando el 25 de febrero de 1821 la comision de las Córtes
anunció al rey la próxima instalacion de las nuevamente convo-
cadas , manifestó este la necesidad de que la asamblea nacional
tratase de asegurar la inviolabilidad del trono , escarnecida por
los desacatos de aquellos dias*, y de evitar nuevos ataques al ór-
den
público.
En esta comunicacion de Fernando descúlrese ya una tácita
acusacion contra sus consejeros, tildados de débiles ó de revolu-
cionarios.
Parcial á estos fué la conlestacion del presidente del Congreso.
Cano
Manuel, al responder
á
la irid.icacion del monarca , « que la
conservacion del órden público no competía al poder legislativo.1
Principio constitucional por nadie negado ; pero que no se
opone á que
los cuerpos deliberantes interpelen y exijan la res-
ponsabilidad
á
los ministros, cuando el poder ejecutivo por su
falta de prevision y de energía da motivo
á
que se turbe la pú-
blica
tranquilidad , y se ofendan y menosprecien instituciones sa-
gradas ,
cuyo
decoro y prestigio interesa á todos los poderes
del
Estado.
El 1.°
de marzo abrió Fernando en persona la segunda let;is-
lat tira de las Córtes. sin el boato y acompañamiento
de
otras ve
101
.
•
CAPÍTULO XXVI.
ces , y sin
escitar
ningun entusiasmo entre los asistentes á la
ceremonia.
Despues de leido el discurso de costumbre , cuya minuta ha-
bia enmendado él
1-
1
-fismo, recargando los párrafos en que expre-
saba su afecto y simpatías al sistema vigente , leyó otro escrito que
nadie esperaba , y cuyo contenido asombró á todos y especial-
mente á los ministros que , de pie junto al trono , oían petrificados
su lectura.
Decia así la impolítica y entraña adicion al discurso ministe
rial , llamada
coletilla del rey .
concebida y redactada por el mis-
mo monarca :
•
De intento , dijo , he omitido hablar hasta lo último del
discurso de mi persona , porque no se crea que la prefiero al
bienestar de los pueblos que la divina Providencia puso á mi
cuidado.
•
Me es preciso , sin embargo , hacer presente á este sabio Con-
greso , que no se me ocultan las ideas de algunos mal intencio-
nados que procuran seducir á los incautos , persuadiéndoles que
mi corazon abriga miras opuestas al sistema que nos rige , y su
fin no es otro que el de inspirar una desconfianza de mis puras
intenciones y recto proceder. He jurado la Constitucion , y he pro-
curado siempre observarla en cuanto ha estado de mi parte, y ¡ oja-
lá que todos hiciesen lo mismo
Han sido públicos los ultrajes y
desacatos de todas clases cometidos á mi dignidad y decoro , con-
tra lo que exigen el órden y el respeto que se me debe tener como
rey constitucional ! No temo por mi existencia y seguridad Dios.
que ve mi corazon , vela y cuidará de una y otra y lo mismo la
mayor y mas sana par te de la nacion ; pero no debo callar hoy al
Congreso , corno principal encargado por la misma en la conserva-
clon de la inviolabilidad que quiere se guarde á su re:- constitu-
cional, que aquellos insultos no se hubiesen repetido segunda vez,
si el poder ejecutivo tuviese toda la energía y vigor que la Consti
tucion previene , y las Córtes desean. La poca entereza a
T
actividad
de muchas de las autoridades ha dado lugar á que se renueven
tamaños escesos; y si siguen , no será estrado que la nacion espa-
ñola se vea envuelta en un sinnúmero de males y desgracias.
El, REY 'V EL LIBERALISMO.
105
Confin
que no
será así, si las Córtes , como debo prometérmelo,
unidas íntimamente á su rey constitucional , se ocupan incesan-
temente en remediar los abusos , reunir la opinion y contener las
maquinaciones de los malévolos , que no pretenden sino la
desunion y la anarquía. Cooperemos, pues, unidos el poder le-
Ç
r
islativo y yo , como á la faz de la nacion lo protesto, en consolidar
el sistema que se ha propuesto y adquirido para su bien y com-
pleta felicidad.—Fernando. »
Sola una ignorancia completa de las prácticas parlamentarias,
ó el odio ciego de Fernand.o hacia sus consejeros responsables
pudo precipitarle hasta el punto de lanzar tan grave acusacion en
el seno mismo de las Córtes. Paso imprudente y anticonstitucio-
nal que revela por una parte la debilidad del monarca, que no se
atrevía á exonerar á los ministros sin justificar antes aquella
medida, y que por otra demuestra la coaccion que el liberalismo
ejercía sobre el trono, que no porfia usar libremente y sin
espo-
sicion de las garantías
s
constitucionales , no dando antes una sa-
tisfaccion á la representacion popular , por mas denigrativa y
humillante que fuese.
De regreso el rey á su palacio, y cuando los ministros tan
bruscamente acusados se preparaban á presentar sus dimisiones,
firmó el rey el decreto de exoneracion, que era de esperar , y
que si bien no produjo motín alguno, causó sumo descontento en
el partido liberal, que veja en semejante medida el principio de la
temida
y
aterradora reaccion.
Así cayeron del poder los primeros ministros constitucionales
del afio 20, que á pesar de su buena fe en casi todos los actos de
su vida pública, de su instruccion y su reconocido talento, no au-
pieron ó no quisieron dar á la nueva situacion una marcha sose-
gada, conciliadora y legal como la nacion exigia, el porvenir y el
interes de la causa liberal necesitaban,
Sin ser francamente revolucionarios ni monárquicos resueltos,
descontentaron al pueblo y al trono con su política de equilibrio
y
elasticidad. Demócratas por sus ideas, halagaban á, la democra-
cia , pero reprimian sus escesos por el egoismo de la propia con-
servacion.
106
cAriTuLn
XIVI.
Enemigos irreconciliables de Fernando, miraban con indife-
rencia los• ultrajes que se le hacian, sin conocer que no era á la
persona sino á la inst;tucion de la monarquía á quien dañaban.
Mucho pudieron hacer aquellos ministros en pro de la orga-
nizacion político-social de España, refrenando desde un principio
y con mano fuerte los instintos anárquicos de los clubs, tomando
en las Córtes una prudente iniciativa para el planteamiento de
sensatas y pacificas reformas, y procurando halagar al re/, defen-
diendo á todo trance su decoro y autoridad , y suavizando en la
práctica los irritantes principios democráticos sobre que estaba
basado el código de Cádiz.
Pero aquel ministerio, impuesto á la fuerza y á la fuerza sos-
tenido , débil y confiado , orgulloso é intransigente , dejábase
arrastrar por el viento de las circunstancias corno un buque des-
arbolado , cuya tripulacion solo se agita para salvarse cuando
tropieza en algun escollo.
Algunos meses antes la caida de los .ministros hubiera sido
aplaudida por la parcialidad exaltada que los odiaba desde los
acontecimientos de setiembre ; pero el peligro comun , cuando el
nombramiento de Carvajal, volvió á estrechar las diferentes frac-
ciones liberales, dando el ministerio las Primeras muestras de
reconciliacion con la reposicion de Riego en el mando de la capita-
nía general de Aragon , donde prosiguió su sistema de escándalos
y estravagancias, y con la colocacion en puestos de importancia
de otros desterrados , sus amigos y parciales.
Aun hicieron mas para recobrar su antiguo prestigio entre los
liberales avanzados. No solo remitieron cargos elevados á los ra-
biosos tribunos de las sociedades patrióticas nombrando entre'
otros á Ga
q
ano intendente de Córdobas sino que los ministros de
mas influencia , Argüelles y Valdés atiliáronse en el supremo
cuerpo
►
nasónico, reconociendo terminantemente con ese acto la
omnipotencia revolucionaria de los clubs.
Dígannos ahora los panegiristas de aquellos gobernantes si
era digno y prudente que hombres de gobierno respirasen el aire
pestilente de las logias, y que los encargados de conservar el
ór-
den
público tomasen parte en los tenebrosos planes de los clubs.
EL REY Y EL LIBERALISMO.
107
que no tenían mas objeto que la
exageracion
de las pasiones y la
perturbacion de la sociedad.
Por no interrumpir en nuestra narracion la marcha de la po-
litica general de España hasta la apertura de las segundas Cór-
tes, hemos omitido referir un suceso, que como detalle de aquel
()Tan cuadro, fué de suma importancia en aquella época , por las
fatalísimas consecuencias que á todos produjo su sangriento des-
enlace. Hablamos de la conjaracion del canónigo Vinuesa , vul-
garmente conocido por el
cura de l'ami-1,1'0n.
Ya desde el mes de enero habian ido descubriéndose conspi-
raciones en sentido absolutista . como la abortada en Galicia y
fraguada por la célebre
Junta apostólica,
que dió por resultado el
levantamiento del Abuelo, conocido guerrillero de la guerra de
la Independencia, en las cercanías de la corte, y la que colocó á
Quesada en Bayona para organizar los medios de entrar en la
península á combatir á mano armada la causa constitucional.
En aquellos dias circularon profusamente por Madrid, y se re-
mitieron á las provincias, papeles incendiarios que, con los títu-
los de
El Grito de un español _, La Papeleta de Leon , La Gacela de
Munich,
y otros, incitaban á una rebelion general contra el siste-
ma que á la sazon regia en España.
Descubierto por la autoridad el autor de tan sediciosos pape-
les, el clérigo D. Matías Vinuesa , fué reducido á prision hallán-
dose en su poder documentos irrefragables de una radical contra-
revolucion, cuyo plan de
ejecucion
y programa de gobierno,como
documentos curiosos. á
continuacion
insertamos:
Plan para conseguir nuestra libertad.
Este plan (dice Vinuesa) solo deberá saberlo S. M., el serenísimo señor
infante
D.
Carlos, el escelentísimo señor duque del Infantado, y el marques
de Castelar. El secreto y el silencio son el alma de las grandes empresas.
La noche que scl ha de verificar este plan hará llamar S. M. á los ministros,
al capital' general y al Consejo de Estado, y estando ya prevenida , entrará
una partida de Guardias de Corps, dirigida por el señor infante
D.
Carlos,
haciendo que salga S.
M.
de la pieza en que estén todos reunidos, en la que
quedarán custodiados. En seguida pasará al cuartel de Guardias el mismo
señor ,infante , y mandafá arrestar á los Guardias poco afectos al rey. El
duque del Infantado debe ir aquella misma noche á Leganes, á ponerse al
114
CAPÍTULO XXVI.
bando liberal los sucesos de Nápoles. I
►
Tpuesta alli tambien al
trono como en Portugal por medio de la revolucion una Constitu-
cion copiada de la nuestra , las poderosas naciones que formaban
la santa alianza, alarmadas con aquellos cambios, cuyo espíritu
democrático tercian inficionase sus estados , resolvieron ahogarlo
por la fuerza de las armas , y el gobierno constitucional de Nápo-
les murió como había nacido ; por la fuerza y violencia de las
circunstancias.
Motivo era este para traer sobresaltados y temerosos á los
constitucionales españoles, y osados y altivos á los conspiradores
absolutistas. No habia mas medio de conjurar una catástrofe se-
mejante que la union de los liberales moderados , la cordura y la
prudencia en las reformas , una reconciliacion mas ó
,
menos sin-
cera con Fernando VII, y la estincion de todo elemento de desór-
den
y de anarquía.
¿Se siguió esa conducta por las Córtes , únicas que podian
guiar la política por el buen camino? Todo al contrario.
En vez de agruparse alrededor del nuevo gobierno , inspi-
rándole una conducta firme y conciliadora , lo acogieron con des-
deñosa altivez , escatimándole su proteccion y sus consejos.
El nuevo ministerio compuesto de Bardají, Valdemoro, Cano
Manuel Feliu,
*
Barata , Escudero , Moreno Daoiz y Pelegrin,
que ingresó despues, hallábase combatido por todos lados. Si bien
se
mostraba mas deferente y respetuoso que su antecesor con la
persona del monarca , seguia no obstante la misma marcha de de-
bilidad y contemplacion con los anarquistas de las sociedades.
Obligado á presentarse en las Córtes por primera vez en la se
sion del 23 de marzo en que empezaron á discutirse las medidas
propuestas para la seguridad del Estado , no pudo captarse el
apoyo de la mayoría que , encariñada aun con Argüelles y sus
compañeros , encontraba muy pequeños á sus sucesores al com-
pararlos con aquellos, así en dotes parlamentarias corno en cua-
lidades de gobierno.
Nadie, sin embargo , podia negarles honradez , patriotismo y
buenos deseos , así como liberalismo y aptitud , especialmente á
Feliu , alma de aquel ministerio como Argüelles
.
del anterior ,
EL REY Y EL LIBERALISMO.
1 15
que si no le igualaba en mucho como orador , le aventajaba en
flexibilidad y travesura ; cualidades útiles é indispensables en un
buen ministro de gobiernos representativos , en que tanto impera
el poder de las circunstancias , y en que tan continuo es y tan
variado el movimiento de la máquina política.
s
\puraila y crítica era por domas lar situacion de los nuevos
gobernantes en la época que vamos recorriendo.
Las consideraciones con el monarca eran punibles defecciones
á la Constitucion á los ojos de los exaltados. Su tolerancia con los
anarquistas , falta imperdonable para los palaciegos. Cualquier
conflicto , cualquier acontecimiento desagradable, un crimen de
imprevision y de debilidad para aquellas
Córtes
desdeñosas y
apa•
.
monadas.
Sucede en política que los partidos estrenos son mas impru-
dentes y agresivos , cuanto mas avanzan sus contrarios en el
mis-
mo camino de la imprudencia y de la agiesion. Por eso cuanta
menos cordura observaba en su conducta el bando absolutista, mas
desenfreno se notaba en el bando liberal.
A las conjuraciones de los unos responc:ian las asonadas de
los otros ; á
los
libelos subversivos se contestaba cen discursos
incendiarios; al odio de Fernando VII se contraponia el despego
democrático de las Córtes.
Acontecia entonces en España lo que acontecer suele en los
estados cuando luchan' en pugna abierta los intereses públicos;
que insuficientes las leyes para la buena gobernacion, guerrean
los
partislos'
sin otras armas que sus
pasiones ;
sin otro objeto que
su recíproca destruccion.
La continuacion
i
de aquel estado de cosas era imposible. A la
lucha
de las ií
►
eas babia seguido la lucha de
los
hechos.
Los
partidarios de la antigua i3on:Irquía hallan levantado en
varias provincias
el
estan
larte dLi !a rebelion. y los acalorados de-
feHsores
del
liberalismo
cometian
por todas partes lo.':
?
;
mas grose-
ros
desmanes y los atentados mas escandalosos.
Aleov
puyblo
distin
k
;uido
por
sus adelantamientos en la
fabricacion de par
-
ros ,
en cuya
industria empezaba á Competir Con
estranjero , una turba de gentes del mismo pueblo y de los
116
CAPÍTULO XXVI.
lugares vecinos incendiaba las fábricas y destruia las máquinas
de hilar y cardar lana , so pretesto de que su introduccion, dis-
minuia el número de los trabajadores.
En Madrid se promovía por el fogoso Regato una asonada para
apedrear las casas de los embajadores de la Santa Alianza con el
solapado pretesto de precipitar la anunciada intervencion ; pro
yecto que evitaron las autoridades dispersando á los amotinados,
y
prendiendo al maestro zapatero , Damian Santiago , jefe visible
del motin.
En varios puntos de la península aparecíanse partidas de
facciosos , mandados por Aizquibil , Merino y el Abuelo , que
sembraban en las poblaciones por donde vagaban la alarma y el
terror.
Sin fuerza moral ni material el ministerio para contener á unos
y á otros ; rechazado por las Córtes y desairado por el rey, servia
solo de pantalla á los ocultos planes de Fernando y á la anarquía
de la asamblea.
Veia
.
conspirar al monarca , centro su mismo palacio de toda
clase de intrigas y conspiraciones , y tenia que cerrar los ojos
para evitar de ese modo mayores males. Tropezaba en las calles
con el desenfreno y osadía de las sociedades patrióticas , y se veja
obligado á retroceder para no provocar nuevos conflictos. Oia en
la cámara los
.
irritantes alardes de la democracia , y cerraba sus
oidor y enfrenaba su lengua para no encender la primera chispa
que habia de inflamar aquel volean.
Era inevitable que ahogase el rey de una vez la voz de las
Córtes ó que las Córtes arrojasen de una vez al rey de su trono
como se hizo , en casos semejantes , con Jacolw II en Inglaterra y
con Carlos X en Francia. Pero
.
ni el uno tenia corazon para rein9
dar á Napoleon y á Cromwell , ni la revolueion se creia tan po-
tente que se atreviese á pronunciar su última palabra , por miedo
de que se la ahogase en la garganta el verdugo de la ucaccion.
La Constitucion era una mentira en todos los labios ; una pe-
sadilla en todos los corazones. Era un manto con que se cubrian
todos para herirse con mas seguridad.
Véase como ocultaba con él su doblez Fernando VII. Al red-
EL REY Y EL LIBERALISMO.
117
birse la noticia del tratado de
Laibach,
en que se habla convenido
por las potencias del Norte la destruccion á mano armada de la
Constitucion de Nápoles , decía el monarca para tranquilizar á las
Cortes , por conducto del ministro de la
Gobernacion.
«S. M. no
cree que deben mirarse corno de la mayor importancia los
últi-
inos sucesos de Nápoles, y que , aunque las circunstancias no son
iguales, para consolidar la obra de nuestra libertad manda , sin
embargo , que los ministros velen muy particularmente por si los
enemigos del sistema tratan .de alterar la tranquilidad pública,
C•J
proponiendo á las Córtes lo que por si no puedan resolver ; que
compadece la situacion del rey de las Dos Sicilias porque rodea=
dode un ejército estranjero , no podrá menos de llevar á sus pue-
blos las calamidades que llorarán en su persona; que la opresiort
y consecuencias necesarias de la invasion estranjera no son me-
dios para que los reyes obren con libertad , ni para que aseguren
á sus súbditos lo que estos pueden exigir ; que conoce cuán fu-
nesto puede ser , no solo para los pueblos sino para los mismos
príncipes , la desgracia de aparecer con poca delicadeza en la ob-
servancia de sus juramentos y palabras ; y que por este motivo
se complace en decir nuevamente por mi conducto , que cada vez
está mas resuelto á guardar y hacer guardar la Constitucion , con
la que mira identificados su trono y su persona.»
No cabe mas disimulo que dar esas seguridades, cuando tan
abiertamente se conspiraba para dedruir esa alabada Constitucion,
y cuando agentes secretos se esforzaban en lograr de la Santa
Alianza la reproduccion en Madrid de la tragedia de Nápoles.
Los liberales , hasta los mas desconfiados é incrédulos , apa-
rentaron , por hipocresía tambien , convencerse de las buenas in-
tenciones del monarca , y en ese sentido el diputado demócrata,
Moreno Guerra, decia , adulando al rey , «que en medio del dolor
que habla causado á su corazon el estado de seis millones de ha-
bitantes que reclamaban su libertad , había tenido mucha satis-
faccion en oir el mensaje de S. M. , por el cual se veja la union
del rey constitucional de España con el pueblo ; que no habia en
él nada que no fuese digno de escribirse en los mármoles v en los
bronces ; que S. M. aparecia como un verdadero español ; v rla-
118
CAPÍTULO XXVI.
M'ID
la atencion del Congreso para saber cómo habia sucedido
aquella desgracia en Nápoles dij(), que no veia falta de valor en
el pueblo napolitano , ni menos en los militares ; y que lo que allí
habla sucedido era consecuencia de la poca delicadeza de los prín-
cipes , con respecto al cumplimiento de su palabra , y de los ju-
ramentos que prestan.»
Por la ligera reseña que acabamos de hacer de aquel suceso,
se comprende la falsía y el recelo de todos; recelo muy fundado
en los constitucionales , á quienes la desgracia de sus compañeros
é imitadores italianos tenia sumamente alarmados y temerosos.
Por mas ilusiones con que distraian su miedo , y por mas lison-
jeras que fuesen sus esperanzas , el recuerdo de 1814 les hacia
presentir la proximidad de otro peligro igual ; peligro con que
amenazaba el absolutismo europeo , cuya mano de hierro iba es
tendiéndose ya por Italia y ahogando entre sus afiladas uñas al
bullicioso y desordenado liberalismo.
Para que no quedase duda á los liberales españoles del porve-
nir que les aguardaba , halda dicho Rusia , á nombre de las de-
mas potencias , al ministerio español en una circular diplomática
de primeros de mayo.
«Esta última consideracion hará conocer á los ministros de su
Majestad Católica, con cuánta afliccion y dolor han sabido los so-
beranos los sucesos de 8 de marzo y los que le han precedido. A
su parecer la salvacion de España y el bien de la Europa exigen
sea este mal reparado, esta mancha lavada , este escándalo des-
nido. El honor de semejante reparacion parece pertenecer á las
Córtes. Que prescriban y reprueben altamente el medio empleado
para establecer una nueva forma de gobierno en su patria, y con-
solidando un régimen sábiamente constitucional , dicten leyes
enérgicas y vigorosas contra la sedicion y sublevacion.
Entonces y solamente entonces los gabinetes aliados podrán
mantener con España relaciones de amistad y de confianza.»
Los amenazadores consejos , el bien del pais , la tranquilidad
de España , el interes de la propia conservacion debian obligar
al partido liberal sensato y previsor á entablar una reforma poli -
tica en sentido moderado y en beneficio de la monarquía.
EL
REY Y EL LIBERALISMO.
119
Conociendo mejor las circunstancias y sus mismos intereses,
debieron los liberales proponer á Fernando VII la reforma radical
de la Constituc;on , cuyos defectos eran ya generalmente conoci-
dos, y agruparse de buena fe alrededor de su trono , prestando
un franco apoyo y una decidida cooperacion al poder ejecutivo
para estirpar de raiz todos los elementos de discordia y de tras-
torno.
¿ Quién sabe si Fernand9 , rotas amigablemente las trabas
que sujetaban su poder, recuperado el prestigio de su trono , se
hubiera satisfecho con una sensata reaccion en armonía con los
tiempos y las circunstancias, y
sin aspirar á un despotismo, como
el del año 14, anatematizado entonces por la civilizacion, hubiera
amoblado sus instintos y sus recuerdos á un gobierno templado
y conciliador, fundado en la soberanía real y modificada esta por
la intervencion de usas Córtes?
No es lo mas probable que su carácter dominante se conten-
tase con esa mudanza; pero era posible, habiendo talento y saga-
cidad en los liberales, y sobre todo, nada se perdía con intentarlo.
Siempre era eso mas beneficioso y prudente que entregar la
suerte del reino á lbs peligros de una brusca mudanza, ó á los
temibles azares de una violenta revolucion.
Y no se nos conteste que eran ilusorias é irrealizables esas
esperanzas halagüeñas, á cuya realizacion se oponian la ambicion
de mando del monarca , su odio á la causa liberal y su aficion al
absolutismo. Esa opinion , sostenida por los historiadores libera-
les , queda destruida por hechos posteriores , que todos hemos
presenciado ; por la misma historia que, poniéndolos en relieve,
desbarata los mas
fundados raciocinios y contradice los juicios
mas razonables.
Por eso sostenemos qup era muy posible entonces el estable-
cimiento de un
gobierno liberal
templado, como lo aconsejaba
Rusia,
sostenido por el
mismo
monarca, cuando recordamos que
desde el año 30 hasta
su
muerte, sin exigencias revolucionarias,
sino libre y voluntariamente, modificó su anterior política de ven-
ganza y persecueion, y logró dar á España un gobierno, si bien
absoluto, tranquilo, reparador y beneficioso,
120
CAPÍTULO XXVI.
Las Córtes ordinarias de 1820 siguieron opuesto camino del
que la prudencia y las circunstancias aconsejaban , y sembraron
con sus vacilaciones y su fanalismo constitucional la emponzo_
nada semilla de la anarquía y el desorden que tan amargos frutos
debla producir en bis dos años siguientes.
En su errado sistema de iMpedir por medios revolucionarios
la reaccion, que por todos lados amenazaba . apelaron , como los
convencionales franceses , á la ley del terror y á la ecitaclon de
las pasione3. En política el exagerado rigor de los gobiernos es
un sistema seguro de
su
debilidad y de su ruina.
El aran de las Cortes en aquellos días se cifraba únicamente
en acordar fuertes medidas para contener y castigar á sus ene-.
migos. Entonces se votó la famosa ley de 17 de abril sobre el
conocimiento y modo de proced¿r en las causas de la conspira -
-cion, que contenia disposiciones muy enérgicas.
Por ellas se sometia á ser juzgados militarmente por un con-
sejo de guerra ordinario, los reas de estos delitos de conspira_
cion que fuesen aprehendidos por alguna
tuerza
armada , desti-
nada espresamente á su persecucion , por el gobierno , ó por los
jefes militares comisionados al efecto. En la*misma disposicion
quedaban comprendidos
los
reos de esta clase , que con arma de
fuego ó blanca , ó cualquiera otro instrumento ofensivo , hiciere
resistencia á la tropa que
los aprehendiese ,
aunque procediese
esta
aprehension de órden, requerimiento ó auxilio prestado á las
autoridades civiles.
Abrazaba el decreto todas las disposiciones y aclaraciones de
estos dos artículos , especificando la categoría de toda resistencia
á las tropas, para el efecto de ser juzgados.Se incluían en ella los
que se encontrasen con los facciosos; los que habiendo estado con
ellos se encontrasen ocultos ó fuera de
.
sus casas. Tambien se suje-
taban á ser juzgados militarmente los salteadores de camino, los la-
drones en despoblado, siendo en cuadrilla de cuatro ó mas, siendo
aprehendidos por tropa del ejército ó de la milicia nacional, etc,
Por otro decreto del 17 de abril del mismo año, se establecian
las penas que
habian
de imponerse á los conspiradores contra lg
Constitucion, infractores de ella , etc.
EL REY Y EL LIBERALISMO.
121
Para dar una idea exacta del espíritu
de
esta ley, copiaremos
algunas de sus disposiciones:
«Artículo 1.° Cualquiera persona, de cualquiera condicion que
sea , que conspirase contra la Constitucion política de la monar-
quía española , ó el gobierno monárquico-moderado-hereditario
que la misma establece, etc..., será perseguido corno traidor y
condenado á muerte. 3.° Cualquiera español , de cualquiera con-
dicion y clase, que (le palabra ó por escrito no impreso, tratase.
de persuadir que no debe guardarse en las Españas , ó en alguna
de sus provincias, la Constitucion política de la monarquía en
todo ó en parte , sufrirá ocho años de confinamiento en algun
pueblo de las islas adyacentes, y perderá sus empleos, sueldos y
honores, ocupándosele ademas sus temporalidades si fuese ecle-
siástico. Si fuese extranjero, sufrirá las mismas pérdidas, y ade-
mas una reclusion de dos años, con espulsion despues del reino
para siempre. 4.° Al empleado público que incurra en este deli-
to, al eclesiástico
regular ó
secular que lo cometiese igualmente
ejerciendo su ininisterio, ó en sermon al pueblo, carta pasto-
ral, etc. , se le declara indigno del nombre español , con la pér-
dida de todos sus empleos , sueldos y temporalidades, y sufrirá.
ocho años de reclusion , y despues será espulsado para siempre
del territorio de la monarquía. El cura ó prelado de la iglesia
que presida , en que se pronuncie el discurso ó sermon al pue-
blo ; el secretario que autorice la carta pastoral , edicto ó escrito
oficial; el jefe político, alcalde ó juez respectivo, que inmediata-
mente no lo recoja y proceda contra el culpable, sufrirá una
multa de treinta á seiscientos pesos fuertes segun la gravedad
(le la culpa.
Si el empleado público ó el eclesiástico con su
serruon, discurso, carta pastoral, edicto ó escrito oficial, segun el
artículo precedente,
causasen alguna
sedicion
ó alboroto popular,
sufrirán la pena de este crimen , segun la clase á que
correspon-
da. á Todo español, de cualquiera clase y condicion , que
de
palabra ó por
'
escrito no
comprendido en la ley de libertad de
imprenta , propagase máximas ó doctrinas que tengan una ten-
dencia directa á destruir ó trastornar la Constitucion política de
la monarquía, sufrirá, segun la gravedad de las circunstancias , la
1/2
CAPÍTULO XXVI.
pena de uno á cuatro anos de confinamiento en algun pueblo de
las islas adyacentes, bajo la inmediata inspeccion de las respec-
tivas autoridades civiles. Si el reo de este delito fuese empleado
público, perderá ademas su empleo, sueldo y honores; y siendo
eclesiástico, se le ocuparán todas las temporalidades. Cuando un
empleado público
ó
un eclesiástico secular ó regular delinquiere
contra lo prevenido en este artículo, ejerciendo las funciones de
su ministerio, á mas de las penas anteriores, se estenderá el con-
finamiento á seis años. El estranjero que hallándose en territorio
español incurriese en este delito, perderá el empleo, sueldo y
honores que obtenga en el reino ; sufrirá la reclusion de un año,
y pasado, será espedido para siempre de España. 10. Los alcal-
des de los pueblos que no hiciesen celebrar en ellos las juntas
electorales de parroquia en los dial señalados por la
Constitu-
cion , avisando á los vecinos con una semana de anticipacion, su-
frirán la pena de privacion de sus empleos , con una multa de
cincuenta pesos fuertes , que será doble en las provincias de
Ul-
tramar.
La misma pena tendrán los jefes políticos con lo respec-
tivo
al puebla de
su
residencia, con una multa de quinientos
pesos fuertes , que será doble en Ultramar. H. Cualquiera per-
sona que impidiese la celebracion de unas ú otras juntas de
electores, sufrirá la pena de privacion de empleos, sueldos y ho-
nores que obtengan
y diez años de presidio. Si para ello usare
de la fuerza con armas
ó
de cualquiera
conmocion
popular, será
condenado á muerte. 17. Cualquiera que impidiese ó conspirase
directamente y de hecho á impedir la celebracion de las Córtes
ordinarias , en las épocas y casos señalados por la Constitucion,
ó
hiciese alguna tentativa para disolverlas ó embarazar sus sesio-
nes y deliberaciones, será perseguido como traidor y condenado
á muerte. 18. La misma pena se impondrá al que hiciese alguna
tentativa para disolver la diputacion permanente de Córtes ,
para impedirle el libre ejercicio de sus funciones. 23. El diputado
á Córtes que contra lo prevenida en los artículos 129 y 130 de la
Constitucion , admitiese para sí 6 solicitase para otro, algun em-
pleo
ó
ascenso, no siendo de escala ,
ó
alguna pensionó conde-
coracion de provision del rey, perderá el empleo, pensionó con-
123
EL REY Y EL LIBERALISMO.
decoracion , será declarado indigno de la confianza nacional, y si
se hallase en ejercicio, será espelido de las Córtes, y en su lugar
veddrá el suplente. 2i. Cuaquiera persona , incluso los
, que se abrogue y aconseje al rey para que se abrogue
al-
'utia de las facultades de las Córtes, ó al que le auxilie , auto-
rizando sus órdenes ó
ejecutándolas
á sabiendas, perderá los
empleos, sueldos
y
honores que obtenga; quedará inhabilitado
perpetuamente para obtener otros , y será recluso en un castillo.
27. No pudiendo el rey privar á ningun individuo de su libertad,
ni imponerle por si pena alguna , el secretario del despacho que
firme la Orden y el juez que la ejecute , serán responsables á la
nacion , y
wio
y otro perderán su empleo; quedando inhabilita-
dos perpetuamente para obtener oficio ó cargo alguno, y re
g
arci-
rán á la parte agraviada todos los
Perjuicios.
33. Ademas de
los
casos expresados en los artículos anteriores , la persona de cual-
quiera clase ó condicion que contravenga á
disposicion
espresa y
determinada en la. Constitucion, pagará una multa de diez á dos-
cientos duros , y en su defecto, sufrirá la pena de
reclusion
de
quince dias á un año; y resarcirá todos los perjuicios que hubiese
causado. Si fuese empleado público , quedará ademas suspenso
de empleo y sueldo por un año. 3L Todos los delitos contra la
Constitucio:J,
comprendidos en los treinta y dos primeros artícu-
los de esta
ley,
causarán desafuero; y los que
los
cometan, serán
juzgados por la jurisdiccion ordinaria. 35. El tribunal competente
de los arzobispos y obispos en las causas de esta ley, será el su-
premo de Justicia, y para los denlas prelados , la audiencia terri-
torial:»
Este notable decreto no tenia otra tenencia. que amenazar
al rey y detenerle en sus planes de conjurador' conminando
con graves penas á sus cómplices y auxiliares. El temor de un
golpe (le Estadio como el de 1811 les hacia ser vigorosos y provo-
vati
vos , encerrando al monarca en un círculo
de hierro , é impr-
diendole todas las salidas hasta la medio abierta ya con la corrup-
pion de alguno que otro diputado.
Aquel paso file, una nueva tea
arrojada imprudentemente en
la hoguera reaccionaria del real palacio, cuyo fuego se aumentaba
130
CAPÍTULO XXVI. EL REY Y EL LIBERALISMO.
&ion del poder ejecutivo en la organizacion de la Asamblea popu -
lar, se daba grande estension á la autoridad discrecional del pre-
sidente.
En los trabajos que dejarnos mencionados , se encierran los
principios , las ideas y los pensamientos mas capitales de todo
cuanto sobre estas materias se ha legislado en tiempos poste-
riores.
CAPITULO XXVII.
Córtes extraordinarias de 1820.
SUMARIO.
Juicio crítico de las Córtes anteriores.—Los moderados. Cobarde asesinato del
capellan Vinuesa.—Arenga el rey
á
la guardia de Palacio.—Indignacion ge-
neral de los diputados.—Frases insensatas de uno de ellos.—Garelli.—Ama-
gos de república.— Cabecillas realistas.—Batalla de las Platerías.—Triunfo
electoral de los moderados.—Los anilleros.—Aparente concordia entre el rey
y las Córtes.—Division territorial.—Ejército de reserva.—Código penal.—
Suprímese el derecho de representacion en el continente de América.—Nue-
vos
escesQs
de los demagogos.— Su resistencia al nombramiento de varias
autoridades.— A tacan las Córtes la regia prerogativa.—Periódicos revolucio-
narios.—Ciara-rosa.—Debilidad del jurado.—Ley adicional de libertad de
imprenta.--Célebres frases de Martínez de la Rosa y Toreno.—Son persegui-
dos
por
el populacho.—Justa indignacion de Calatrava.—Valiente discurso
del diputado Zapata.—Ley sobre el derecho de peticion.—Esencia y práctica
de este
derecho.—Ciérranse las Córtes estraordinarias,
El 30 de junio cerraron sus sesiones las primeras Córtes ordi-
narias de 1820, en medio de una calma aparente , precursora de
próximas tempestades , en que había de naufragar el bajel del
liberalismo , combatido por el oleaje revolucionario y por los hu-
racanes absolutistas.
Al juzgar ligeramente la conducta de aquellas Córtes, no pode-
rnos menos de elogiar la moderador' , la cordura y la energía que
mostraron en muchos actos de su primera legislatura , contenien-
do á la anarquía , y de condenar sus vacilaciones, su precipitacion
y su espíritu democrático en el segundo período de sus trabajos.
Ni su ordenanza militar, ni sus disposiciones en materias cri-
minales, ni sus leyes civiles, como la redencion de censos , estin-
cion de monjes y abolicion de señoríos, en la forma que se acorda-
1 39.i
CAPITULO xxvu.
ron, honran mucho la prudencia y prevision de aquellas Córtes,
que con sobra de ligereza y falla de justicia falsearon algunas
bases principales del órden público, como la obediencia del ejér-
cito , y atacaron por espíritu de partido ciertas respetables tradi-
ciones y sagrados derechos de propiedad.
La ralta principal en los últimos tiempos de sus tareas parla
mentadas, fue
.
sin duda alguna su exagerado constitucionalismo
y su altivo desden hacia la persona del rey, en menoscabo de la
institucion monárquica ; inseparable de aquella en sus glorias y
humillaciones.
Respecto á este punto no mediaba gran diferencia entre exal-
tados y moderados. Unos y otros eran enemigos irreconciliables
de Fernando, porque unos y otros habian sido víctimas en 181í
del despotismo y la venganza del gobierno restaurador.
Unos y otros eran revolucionarios en la esencia , como hijos
todos ellos de la revolucion , si bien los últimos , como de mas
talento y esperiencia, conocían que en materias políticas, la forma
es el todo; que la buena apariencia suele ser generalmente el velo
de las malas realidades.
Por eso los moderados , que con imprudente afan marchaban
tambien por el camino de las reformas, introduciendo la anarquía
en las ideas , se indignaban cuando sus contrarios las introducian
en los hechos. De ahí sus arranques de moderacion , su ener-
gía de hombres de gobierno en ciertas ocasiones, en que la re-
volucion impulsada por ellos mismos , y acaso sin pensarlo,
se salid del círculo legal donde inocentemente pretendian apri-
sionarla.
Sujetar la revolucion con la ley! Tanto valla á querer sujetar
el aire en un campo libre y estenso; á contener las olas del mar;
á impedir las erupciones del Veubio.
De ahí la noble actitud en que se colocaron las Cortes en la
alemorable se ion del 5 de mayo á consecuencia de un triste su-
ceso, 'que manchó los anales de la revolucion del afio 20 ensan-
jentando sus ir:ig:nas y sirviendo de augurio á nuevos y conti-
nuados desmanes.
Hablamos del cobarde asesinato del capellán de honor D. 31a-
CATITES ESTRAMIDINABIAS DE 1820,
1 33
htas Vinuesa , de cuya prision
y
sus causas hicimos meneion en
otra parte.
Tiempo hacia que los anarquistas
de
las sociedades secretas
hahian elegido al preso como víctima expiatoria de las conspira-
ciones de sus parciales
l
v de la ojeriza de su supuesto cómplice
Fernando, contra quien no se atrevian aun á desenvainar los pu-
ñales.
En una de las logias mas desoianizadoras ,
misterio
de la noche , hablase decretado el sacrificio del antigno
cura de
Tamajon,
en el caso de que la ley no lo sacrificase.
La revolucion , herida de muerte por los sucesos de Nápoles,
tenia miedo de morir y quería ahogar sus temores con sangre.
Nunca es mas feroz el javalí que cuando, herido en el bosque y á
punto de rendirse, se defiende de los perros que le rodean.
Condenado Vinuesa á diez años de presidio , en vez de ahor-
carle , como se esperaba , tratóse de llevar á cabo el misterioso
decreto del club , y se puso en movimiento para ejecutarlo á la
parte mas hedionda y soez de la sociedad•; gente abyecta y des-
moralizada, que no puede, ni quiere, ni sabe representar en las
revoluciones otro papel que el (le verdugo.
A las once de la mañana era ya público y notorio en la capi-
tal el horrible proyecto que se consumó á las tres de la tarde.
El gobierno y las autoridades, ó lo creian irrealizable, ó lo
toleraban. Es mas probable, por lo mismo que es mas honroso,
lo primero.
A la hora indicada , unos 150 miserables , despues de dar al-
gunos gritos subversivos en la Puerta del Sol , se diri
g
ieron en
tropel rr la cárcel de la Corona , y forzando las puertas , farisai-
camente defendidas por los nacionales que las custodiaban ,
con-
sumaron sus feroces designios asesinando al cavilan Vinuesa en
su calabozo , cubriendo su cuerpo
de
heridas , v destrozando su
cabeza de un martillazo.
Desde aquel dia fué el martillo en diferentes formas el distin-
tivo de aqtiella secta de asesinos, de aquellos maratisias españo-
les. Pero, no. Aquellos salvajes no eran dignos de ser comparados
con Marat. El energúmeno jacobino quería dominar con la gui-
131
CAPÍTULO XXVII.
llotina, y la guillotina es un arma mas noble que el puñal, por-
que
con
aquella es la conveniencia de un partido quien mata,
disfrazada de justicia , y con este asesina la cobardía., engalanada
con el manto del patriotismo. En el cadalso frances solo habla un
verdugo; Vinuesa en su cárcel tuvo mas de ciento.
Es imposible describir el efecto de terror que aquel vandálico
desman produjo en Palacio y en los hombres honrados de todos
los partidos.
El rey se creyó en peligro , y bajando á los patios (le Palacio,
arengó á su guardia , y apeló á su adhesion y fidelidad en caso
necesario. El gobierno puso sobre las armas la guarnicion y la
milicia, mas ya no hacia falta la defensa.
Las Córtes se ocuparon del asunto, hostilizando con ese mo-
tivo al ministerio por su imprevision y debilidad. Acusacion muy
fundada, pero que porfia herirles de rechazo, por el ningun apoyo
que daban al poder ejecutivo, y por la imprudencia con que alen-
taban á la revolucion con su vacilante conducta y sus democráti-
cas reformas.
Sin embargo, hay hechos como el ocurrido el dia 5, cuya pú-
blica participacion rechazan todos los partidos y todos los hom-
bres , aun los mismos que los aplauden ó los consienten en
secreto.
General y espontánea fué la indignacion en todas las fraccio-
nes de las Córtes ; y aunque hasta los jefes moderados, como To-
reno, hacían marcadas alusiones á la conducta inequívoca del
monarca, escusando los desórdenes del bando exaltado , corno
consecuencia de las intrigas y conjuraciones absolutistas , no por
eso dejaban de anatematizarlos y maldecirlos.
Solo el diputado Romero Alpuente , obcecado por sus anár-
quicas ideas y disolventes principios , casi se atrevió á aprobar el
vil atentado de las turbas.
Al discutirse la contestacion al mensaje del monarca , dando
cuenta á las Córtes de aquel crimen y pidiéndoles energía para
castigarlo y evitar otros de igual naturaleza , se espresaba así
aquel representante revolucionario :
« Pido que se añadan dos cosas : una , las palabras necesarias
CÓRTES ESTRAO1tDINARIAS DE
1820.
135
para templar lo que se dice acerca del delito y su castigo ; y otra,
las convenientes para tranquilizar el ánimo de Su Majestad , ha-
ciéndole ver que las medidas de la arenga y los cañones han sido
muy intempestivas , y obra que puede estar relacionada con la
misma sentencia , é indicada por los mismos pérfidos que fueron
causa de su pronunciamiento.
Debe añadirse lo conveniente para templar lo que se dice so-
bre el delito y su castigo. El delito se viene á pintar ahí en los
términos mismos que lo vió , ó se lo hicieron ver á Su Majestad;
y por consiguiente supone, que debe haber producido en todos
los españole, igual sentimiento que imprimió ó causó en su real
ánimo ; y esto no es exacto , esto no es cierto. En Su Majestad
produjo el sentimiento general que en todo español produce un
exceso , y ademas el de creer que podía tener relacion hasta con
su real persona.
z
Y siendo esto así , podrá correr que las Córtes
han sentido este suceso del mismo modo
.
(lue Su Majestad? De
•
in-
guna manera. Las Córtes lo habrán sentido por las reglas genera-
les de una infraccion de la ley, y de haberse tomado el pueblo la
justicia por su mano. Este es el sentimiento que habrán podido
tener las Córtes y la nacion; pero Su Majestad ha tenido el de que
corno la víctima ha sido Vinuesa , podrian haberlo sido otros mu-
chos y aun tal vez la misma real persona ; pues , por haber ba-
jado á arengar á las tropas y haberse puesto los cañones , no tuvo
otro fundamento que el temor inspirado por malvados consejeros,
de que podria alterarse la tranquilidad pública , y ponerse en pe-
ligro hasta la vida de Su Majestad. Y puesto que ninguno en la
nacion ha podido creerlo así , y ninguno ha podido tener ese do-
ble sentimienio que tuvo Su Majestad , no puede compararse
este suceso con ninguno de los que han ocurrido. El menor de
los que ha citado el señor Quiroga ha sido clavar un puñal en la
Constitucion; y aquí ha sido poner un puñal delante de la Consti-
tucion , aunque de rechazo é involuntariamente pudiera herirla le-
visimamente , porque podria sobrevenir un gran desórden, pero la
intencion de los autores tan lejos está de haber querido ofenderla,
y aun de mirarla de mala cara , que pusieron delante de ella los
puñales como un impenetrable escudo para defenderla y salvarla.»
136
CAPÍTULO XXVII.
Estas frases , tan insensatas como atrevidas , y tan peligrosas
en aquellos momentos en que todavía estaban ensangrentados los
puñales de las logias, fueron acogidos con universal reprobacion.
dando márgen á que algunos oradores distinguidos manifestasen en
notables discursos la nobleza de sus sentimientos v. las galas de
su oratoria.
El señor Martinez de la Rosa, primer orador de aquellas Cm'
tes, pronunciaba entre otras estas notabilísimas frases
e Todos estamos convencidos de que no hay libertad sin Orden,
y que, si algunos individuos se creyesen autorizados para ejercer
la justicia por su mano y sobreponerse á las leyes, ser* un insulto
el decir á los españoles que viven sujetos á la sombra de la Cons-
titucion, y la libertad seria en breve como esos fuegos fatuos que
se levantan sobre los sepulcros.
Las Córtes han visto este acontecimiento como todos los espa
fioles
•
, como el verdadero pueblo de Madrid , y yo al oir tantas
veces abusar de la palabra pueblo , debo desmentir :"1 la faz de la
nacion las negras calumnias con que se le mancilla. No es el
pueblo de Madrid el que se ha teñido con sangre; los que en el dia
2 de mayo de 1808 adquirieron el título de héroes, no pueden el
dia 4 de mayo de 1.821 haberse convertido en asesinos. El pueblo
de Madrid es sensato, ama las leyes, es digno de ser libre ; y nos-
otros no corresponderíamos á la confianza con que nos ha honra-
do la nacion, si viéramos insultadas las leyes y atropellada la
autoridad pública , y guardáramos en esta ocasion un infame
silencio.
Se dice que aguardemos á ver cómo miran las provincias este he-
cho. Pues qué, se esperan acaso parabienes por haberse cometido
un horroroso asesinato? No; las provincias de España, todos los ver-
daderos amantes de la Constitucion velan en este desgraciado un
criminal , que hubiera quizá debido subir al patíbulo y poner su
cabeza bajo la segur de la ley , pero no aprobarán jamas que ha -
ya perecido bajo el hacha de unos facciosos. La Pacion española es
sensata,
y
sabrá distinguir á Vinuesa criminal y sujeto al imperio
de la ley , de Vinuesa inerme , asesinado en un calabozo cuando
vivía confiado en la autoridad pública , cuando las mismas leyes
CÓRTES ESTRAORDINARIAS DEL
1820.
137
encadenaban sus pies , ligaban sus manos, y le entregaban inde-
fenso al furor de sus asesinos.
.
•
•
•
•
•
.
•
He o
p
io decir que las leyes deben acomodarse á las circunstan-
cias.
Nj se
oigan , Señor, estas espresiones en el Congreso de la
naden española! Y desgraciado el dia en que las toleremos sin
mostrar indi
es
nacion y escándalo ! Amoldando las leyes á las cir-
mnstancias se trató, en el fatal año de 181i , de sacrificar á los
amantes de la libertad; acallando á las leyes á merced de las cir-
cunstancias se cubrió de sangre y de luto una nacion vecina. Se
empezó por inmolar á los enemigos declarados del pueblo ; siguie-
ron despues lbs acusados de sospechosos, dándose este nombre á
los afectos á una monorquía constitucional; cayeron en seguida los
republicanos ilustrados , y los mismos verdugos, aun no
satisfe-
ellos de sangre , acabaron por asesinarse recíprocamente.
Ele oido tambien , con no menor sorpresa
s
que si ha habido
puñales que han derramado la sangre de los amantes de la
Consti-
tucion en Aran& y otros puntos ,
tambien hay puñales que la
defiendan. Pero z quién es, pregunto , quién es el que puede unir
las dos ideas de Constitucion y puñales? La Constitucion se
de-
fiende con la noble espada de la ley , mas no con el arma alevosa
de los asesinos.
No menos elocuente y oportuno estmo en su peroracion el sa-
bio y respet:thle
, otro de los corifeos del partido mo-
derado.
« Señor, esclamaba , en el centro del Congreso se apologiza el
asesinato! un
2sesi
nato á sangre fria , que es el peor de los síntomas.
Si
se
dijese que se habian reunido 2.0,000 almas ; que la fermen-
tacion habia durado
; que durante ellos se hahian sacrificado
100 víctimas, me hubiera afectado menos , porque semejantes es-
eos pueden ser efecto de un arrebato
,
extraordinario, de un
estral'ío reprensible, sí,
p
ero indeliberado (le lo que se llama ver-
daderamente p
►
blo, pues este pueblo que ama sinceramente el
bien , aunque no acierte en los medios , pasada la efervescencia,
oye con docilidad la voz de la razon. Pero , habiéndose cometido
el crimen de que se trata , pevia. por decirlo así , una citacion
ante diem,
con una marcha pausada, casi en formaeion, con alla-
138
CAPÍTULO XXVII.
namiento de un edificio público de la lev, como es la cárcel, á
lbs
tres de la tarde , estando congregadas las Córtes , y contando al
parecer
..
con el derZ
k
eho de participarlo tranquilamente al pueblo;
puesto que aquella tarde misma se dijo en un periódico que , si
bien el juez habia condenado al reo á
diez años de
presidio , una
porcion de ciudadanos, que hace muchos Bias le 'rabian condenado
á muerte , se dirigieron á la cárcel y acabaron con su vida. ¡ ()lié
escándalo . Señor ! Esto tiene raíces muy profundas. Yo descubro
aquí claramente que el hecho se reputa como el ejercicio de una
jurisdiccion ordinaria. Pero ¡a
.
y de la nacion! ¡ay de la libertad, si
este principio llega á consagrarse! »
El resultado de esta célebre sesion fué tranquilizar por el
momento á la nacion y asegurar la inviolabilidad del monarca.
Sin embargo,
como
podian ya mas las cosas que las personas;
como sobrepujaban en todos los partidos la imprudencia á la
conformidad , la ambicion al patriotismo , la desconfianza á la
buena fe, el deseo de la venganza á la necesidad de la reconcilia-
cion , luego que se cerraron las Córtes empezó la lucha , ya pú-
blica , ya privada, en todos terrenos.
Las sociedades secretas mas osadas, mas activas que nunca.
fraguaron alborotos y desmanes en la mayor parte de las provin-
cias, con amagos de establecer la repullica. en Málaga , Barcelona
y Zaragoza.
La persecucion y la venganza personal estaban á la órden del
dia, y el bando liberal corria loco y desenfrenado sin saber
adónde ni por qué camino.
El absolutista habia organizado tambien ,
como
elebnento de
ataque , sus sociedades secretas en defensa
del altar
y
del trono,
y
como consecuencia de sus manejos , apoyados unos y dirigidos
otros desde Francia. aparecieron en Sevilla , Toledo, Santander y
Castilla la Vieja los cabecillas Zaldivar. Merino y otros campeo-
nes de la fe.
La guerra civil iba ya asomando su espantosa cabeza por el
territorio español , y la envenenada atmósfera de la revolucion se
'labia filtrado ya por todas partes, atosigando la imaginacion de
los políticos y emponzoñando sus corazones.
CÓRTES ESTRAORDINARIAS DE
1820.
139
El ministerio habla recobrado algun ánimo, desde la clausura
de las Córtes que le servian de rémora , y los tribunales senten-
ciaban á la vez ‘á los anarquistas y reaccionarios.
El nombre de Riego, separado de la capitanía general de Ara-
gon por su tolerancia con los alborotadores , y su dudosa com-
plicidad en la abortada conspiracion para el establecimiento de la
república en Zaragoza, seguia siendo la bandera de los liberales
bullangueros.
Las sociedades secretas circularon sus instrucciones en favor
del desterrado general, y el
grande Oriente
y la
grande Asamblea.,
supremos cuerpos de los masones y comuneros de la corte , de-
terminaron el
18
de setiembre verificar una procesion cívica para
depositar en las casas consistoriales el retrato de su ídolo.
•
Esta ridícula farsa que, segun algunos historiadores, tenia por
objeto impedir la próxima apertura de las
Córtes
estraordinarias
y la sustitucion del gobierno monárquico con otro militar, for-
mado por dos generales , jefe uno de la masonería y otro de los
comuneros, encontró un dique en la energía del jefe político,
brigadier Martinez de San Martin , y en la cordura y decision de
la milicia nacional.
Llegada la procesion á las Platerías, desobedeciendo los ban-
dos prohibitivos de la autoridad ,
fué
detenida por los nacionales.
hitimados á retirarse pacíficamente los alborotadores , negáronse
á do,
y al
primer amago de la fuerza ciudadana- se dispersaron
atropelladamente , dejando por único despojo el retrato del
héroe.
Este triunfo del gobierno, ridiculizado por sus contrarios con
el
sarcástico
titulo de
batalla de las Platerías,
por el sitio
donde
ocurrió, dio bastante prestigio al ministerio, que preparó la aper-
tura de las nuevas Córtes en medio de una tranquilidad que nadie
esperaba.
Abrió el rey sus sesiones en 28 de setiembre de
1821. Aque-
llas Cortes
como
estraordinarias no podian tratar de mas asuntos
que
los
designados en la convocatoria por el trono, segun estaba
prevenido en varios artículos de la Constitucion.
El rey., al convocarlas, indicó
los
siguientes: «La
division, del
146
CAPÍTULO
XXVII.
receion ; se le npellidó virtud por el Sr. Florez
.
Estrada, que en
su
anárquico discurso reprodujo las peligrosas máximus que pre-
cipitaron la revolucion francesa c inundaron de sangre las plazas
de Pa•is.
Altivos y hasta provocadores mostráronse en aquel debatc
los
ministros. justamente resentidos de una oposícion tan infundada
Como rencorosa.
Alentados por la confianza que les dispensaba el rey, que no
hablan podido lograr sus antecesores , y orgullosos ademas con
sus
recientes irl
i
ndos sobre los anarquistas, atreviúse alguno de
ellos á decir á su:: severos jueces en tono de desprecio y amena-
za • que si no se les Winulaban otros cargos , los consejeros de
la corona tenias Orden de S.
T
M.
de
retirarse, pugne no estaban
allí
bajo partida de registro.»
Ainuliendu el de la Gr
►
bernacion,
Feliú : • que los pilotos no zbandonarian la nave mientras no lo
determinara el
capitan.»
Este principio inconstitucional que tan opuesto es á la teoría
de la responsabilidad del poder rjecutivo, y que echaba por tierra
las buenas prácticas parlamentarias, ofendió vivamente á las Cór-
tes hiriéndoles en su soberanía, y desatóse
oposicion vertiendo
en sus peroraciones las ideas mas anárquicas y disolventes.
Los moderados dufer,dieron con elocuencia y valor los inmu-
tables principios
.
del Orden social y las prerogativas de la corona
en nombrar y deponer libremente las autoridades; y por una in-
mensa mayoría se contestó al mensaje en los términos mas con-
servadores y lisonjeros para el monarca.
Pero la comisi
►
n presentó la segunda parte de su dietámen en
pliego cerrado, que no debia abrirse hasta que no se aprobase la
púr
p
ura, referente á la contestacion de S. M.
Encerraba aquel misterioso decumento una acusacion vaga
contra el ministerio. Defendió este lo mejor que pudo su con-
duela en aquellos acontecimientos , aunque sin éxito , pues en
verdad no pos( la las dotes
de
gobierno que reclamal
►
n las cir-
cunstancias . y despues de empeñados debates, apr obOse por 104
votos contra 49 la segunda manifusticion ;11 monarca, declan
►
do
que sus consejeros
habían perdido la pierza morid
para seguir al
CU
TES ESTRIORDINARIAS DE
1820.
147
frente de los negocios ,
y
rogándole que adoptara en su virtud
las medidas que juzgase oportunas.
Así se condenaba por un lado la rebelion de Cádiz y se pro-
clamaba por otro en las mismas Córtes. ¿ Eran mas revoluciona-
rios, mas rebeldes los gaditanos resistiéndose á obedecer á las
autoridades nombradas por el monarca , que los 10i diputados
queriendo obligar al
rey
con su impolítica declaracion á que se-
parase á sus consejeros?
¿No se oponian unos y otros al libre ejercicio de les regias
prerogativas ? ¿ No habia otros medios parlamentarios dentro de
la misma Constitucion, para retirar
ó
negar su confianza al go-
bierno como las votaciones contrarias á los proyectos de ley por
él presentados, las proposiciones s
g
bre responsabilidad ministe-
rial
y
otros análogos , antes que acudir al recurso opresor y fac-
cioso de enviar un mensaje al monarca cohibiendo materialmente
su voluntad respecto al nombramiento de sus ministros?
Alentira pare
c
e que muchos moderados, y entre otros el conde
de Toreno, votaran con la o' osicion exaltada , sin conocer que
aquella votacion , con caráctAT personal , era un ataque directo á
las facultades constitucionales del rpy.
Triunfantes las sociedades y
1o3
rebeldes
gaditanos en su
atan
constante de procurar la caida de aquellos ministros , que habían
osado barer frente á la anarquía
y
deponer y confinar á Lérida
al general Riego, siguieron mas pujantes en sus planes de tras-
torno, precipitando desde entonces con sus impruJencias cl hun-
dimiento del liberalismo.
Pronto cono( iú la fi accion moderada los fatales efectos de su
vacilante conducta, y en especial Toreno, víctima de allí á poco de
la intolerancia de los revoltosos.
'labia presentado el mi oist ello
exámen de las Córles tres
proyGietos de necesidad e impiwtanria en aquella época sobre ley
de imprenta, &t'echo de peticion y sociedades patrióticas. Tres
poderosas palancas de que se valia entonces la revolu•ion para
derribar todo gobierno templado, y contuoveit desde sus profun-
dos einne;itos el edificio social.
La imprenta desde los acontecimientos de Cádiz y
Sevilla ha-
148
CAPÍTULO
XXVII.
bia roto ya el freno á toda consideracion política y social. La re-
ligion, el rey, los ministros, las Córtes mismas sufrieron groseros
ataques de los periódicos, distinguiéndose
El ZurriRgo,
La
Terce-
rola, El Espectador,
órgano
de los masones ,
y El Eco de Padilla,
propiedad de los comuneros.
Sobresalia por aquel tiempo entre los escritores mas furibun-
dos un periodista de Cádiz, apellidado
Clara-rosa„
supuesto nom-
bre con que ocultaba el suyo verdadero. Era el tal escritor un
enclaustrado de pervertidas costumbres, de ninguna instruccion
y de una osadía sin igual.
Imitando á Marat en sus ideas sanguinarias y en lo chavacano
y estrambótico de su estilo, publicaba durante los dias de la
suhlevacion gaditana hojas feroces é incendiarias con que entu-
siasmaba á lo mas hediondo de la sociedad , sirviendo de instru-
mento á la de los comuneros , que dir'igia entonces el diputado
demócrata Moreno Guerra.
Pocas veces ha sido en España tan impetuosa el desborda-
miento de la prensa. Libelos, periódicos, hojas volantes, carica-
turas, de todo echaba mano la anarquía para aturdir al gobierno
y sobreponerse á la ley.
Mejor que pudiéramos hacerlo nosotros, pinta el estado de la
prensa en aquellos dias la comision nombrada para contestar al
mensaje de S. M. cuando dice en su dictamen, calificando las
causas y los acontecimientos de Cádiz:
('La libertad de imprenta , principal baluarte de la nacional,
es en cierto modo profanada por el abuso escandaloso que se ha
hecho de ella, especialmente en estos chas. No se ha respetado ni
el honor, ni el decoro de las personas, y se han proclamado doc-
trinas subversivas y sediciosas. »
El jurado, por miedo, por ignorancia,
ó
por un respeto escru-
puloso á la ley , que, no se atrevia á interpretar, :ihsolvia, con
asombro de todos, ciertos escritos á todas luces condenables.
Fundábase especialmente esta lenidad en la oscuridad de la
ley de imprenta que no hablaba de caricaturas y alegorías , ni
de
►
inia con claridad algunos delitos y penas. De tal modo era
es-
crupulosa
la conducta de los jurados, que los escritores condena-
CÓRTES ESTRAORDINARIAS DI
1820.
149
dos sufrian la prision en sus casas , porque la ley prevenia que
no la sufriesen en las cárceles públicas.
El ministerio, las Córtes ea su mayoría , todos los espaholes
honrados y pacíficos, que no habian abdicado de su religiosidad
y
su decoro, comprendieron la necesidad de poner un dique á
tanto escándalo, y para ello se discutió y aprobó el siguiente
proyecto de ley adicional á la de 22 de octubre de 1820 sobre
libertad de imprenta
Proyecto de ley adicional á la de 22 de octubre de 1820 sobre
libertad política de la imprenta.
TITULO
III. —
Dei la calificacion de los escritos.
Artículo
1.'
«Son subversivos los escritos en que se injuria la sagra-
da é inviolable persona del rey, ó se propagan máximas ó doctrinas que
le supongan sujeto á responsabilidad.
Art. 2.° »Son sediciosos los escritos en que se propalan máximas ó doc-
trinas , ó se refieren hechos dirigidos
á
escitar la rebelion ó la perturbacion
de la tranquilidad pública, aunque se disfracen con alegorías de persona
jes ó paises supuestos,
ó
de tiempos pasados , ó de sueños ó ficciones ó
dQ oirá manera semejante.
Art. 3.° » Son incitadores á la desobediencia en segundo grado los es-
critos que la provoquen con sátiras invectivas, aunque la autoridad con-
tra la cual se dirigen , ó el lugar donde ejerce su empleo , se presenten
disfrazados con alusiones ó alegorías, siempre que los jueces de hecho
creyeren , segun su conciencia, que se habla ó hace alusion á persona
personas determinadas.
Art.
I.°
»Son libelos infamatotios los escritos en que se vulneran la re-
putacion de los particulares, aunque no se les designe con sus nombres,
sino por anagramas, alegórías ó en otra forma, siempre que los jueces de
hecho creyeren, segun su conciencia , que se hable ó hace alusion á perso-
na ó personas determinadas.
•
krt. á.° »Las caricaturas están sujetas á la misma regla, calificaciones
y penas que se prescriben para los impresos en la ley de 22 de octubre
de 1820 y la
actual.
TÍTULO IV. —De
las penas correspondientes.
Art. 6: »La escitacion á la desobediencia por medio de sátiras ó invec-
Uvas,
de que hablan el art.
21
de la ley de 22 de octubre de
1820 , y
el 3.°
de esta , se castigará con seis meses de prision.
130
cAriirto xxvn.
Art. '1.`
sLa
pena que seriala el art. 23 de la ley de 22 de octubre
d,-; 1823 á los escritos injuriosos, será respectivamente la de seis, cuatro y
dos meses de prision , ademas 11 pecuniaria Tic allí se establece.
Art. 8.° »Las penas de prision de que se tia
.
,)Ia en !a ky de 22 de octu-
bre de 1323 y en la presente, se entenderán siempre en un castillo 4 for-
taleza.
•
TITULO V.—De
las personas responsables.
Art. 9.
•
»Cualquier escrito que se reimprima puede ser denunciado en
el lugar de la reimpresion ; y son responsables, el editor ó impresor que
respectivamente la procuraren (5 hicieren , segun se previene para' :a im-
presion en los artículos del título 5.° de la ley de 22 de octubre de 1820.
TITULO VI.
De las personas que pueden denunciar los impresos.
Art. 10. »Ademas de lo dispuesto en el art. 31 de la ley de 22 de
octu-
bra de 1820 acerca del fiscal , los p
•
omoteres fiscales de los juzgados de
primera instancia de las capitales de provincia , escitados por el gobierno
15 por el P. fe político de la misma , están obligados, bajo su responsabilidad,
á denunciar los irrrpresos de que habla el citado artículo , á interponer en
su caso el recurso ante la junta de proteccion de la libertad de imprenta,
y á sostener la denuncia en el juicio de calificacion.
TITULO VII. —
Dei modo de proceder en estos juicios.
Art. 11. »La persona que se juzga calumniada en un escrito, puede de-
mandar de calumnia ante los tribunales competentes , sin necesidad de
hacer ante el alcalde la denuncia que prescribe el art. 36 de la ley de 22 de
octuSre de 1820. En este caso se sigue el juicio por las reglas comunes,
como si el impreso fuese manuscrito. Ei impresor, á requerimiento de la
autoridad judicial , debe manifestar el nombre del autor editor, á res-
ponder por sí.
Art. 12. »El nombramiento de los jueces de hecho de que habla el
art. 37 de la ley de 22 de octubre de 1820, se hará en la forma siguiente : el •
ayuntamiento constitucional de la capital de provincia nombrará nna ter-
cera parte, y la diputacion provincial las dos restarnos. Una y otra clec--
don se entiende á pluralidad a bso:uta de votos.
»La diputacion provincial hará su eleecion en las primeras sesiones del
mes de marzo; verificada , pasará lista de los nombrados al ayuntamiento
para que este
practique inmediatamente la suya.
Art. 13. »Por esta sola vez los ayuntamientos sortearán de entre los ya
nombrados la tercera parte que les corresponde; y verificado el sorteo
CÓRTES ESTI15ORDINARIAS DE
18'20.
151
pasariln la lista dolos elegidos á las diputaciones provinciales
para que ha-
gan
desde fungo su elcccion.
Art.
11.
»Ciando los jueces de hecho declaran que «no
há
lugar
á
!a
forrnacioa
de causa,» se puede recurrir á la junta de proteccion de la li-
bertad de imprentl, para que examinando de nuevo la denuncia y el im-
preso, decida Luí- pluralidad absoluta de votos «si ti lugar ó no á la for--
macion de cansa,
»
se publicará de oficio en la
Gacela .de Madrid,
como se
previene en el art. 72 de la ley de 9.2 de octubre, de
1829,
con
resppcto
á la
caliIicacion y sent(Jacia. 1
7
4;) uno y otro caso se espresarán los nombres de
los javers de hecho, que hayan votado el sí ó
el
no.»
Ruidosos debates produjo aquella reforma coma todo lo que
se rozaba con la politica palpitante. La oposicion exaltada se
opuso
á
la apro
►
ation de tan sensato proyecto, siguiendo en.
SU
constante
manía
de acharar al partido absolutista lós desmanes
de la prensa con 'el
.
propósito de desacreditarlo.
Escusado es decir que Calatrava y Romero Alimente , defen-
sores constantes de la anarquía poLtica de entonces, se opusieron.
á tan sal valora medida.
Con la elocuencia y la
dccision de siempre defendieron los
jefes de la fraccion
moderada la conservaeim del
órden
y
el in-
teres de la causa liberal.
Wgrios sota de elogio los discursos pronunciados en aquellas
sesiones por Martinez de la Rosa, que esclamaba así con el acento
de la mas intima
: « 'friste cosa seria la libertad si fue-
sen necesarios
los abusos para sostenerla ! Solamente las leyes le
sirven de apoyo.»
Con nn menos conviccion proclamaba el conde de Toreno otra
amarga verdad , que nunca quieren comprender los revolucio-
narios.
a
En
mi concepto , decía , si un gobierno quisiese destruir la
llenad ,
tendria que seguir otro caming ni adoptar mw; me-
dios que Leer que continuasen estos abusos de la liberiad de la
prensa. Ll
•
pria el caso
de que
los ciudadanos se arrojasen en
manos d.:1 despotismo primero que vivir bajo una libertad tan
borrascosa trine no les asegurase sus
verdaderos
derechos.
¿ l'ues qué, acaso es gozar de sus derechos atacar á uno por-
que piense de distinta manera que otro? Esto seria establecer
una
tiranía la mas cruel de todas: la popular.»
132
CAPÍTULO XXVII.
Esta vigorosa y resuelta
oposicion á las doctrinas disolventes
irritó á los
agitadores ,
que preveian la aprobacion de los tres
proyectos si no la atajaban con el terror.
Al salir los diputados de la sesion , en que
Ce
habia sostenido
por la fraccion moderada la pronta represiou de la prensa, fueron
insultados Torero y Martinez de la Rosa por un grupo de amoti-
nados, de cuyos puñales se Salvaron milagrosamente.
Perseguidos, y allanada la casa del primero por los asesinos,
no pudieron hallarle , y se vengaron destrozando los muebles,
maltratando á los criados é insultando groseramente á la her-
mana del conde , viuda del general Porlier, fusilado por adieto á
la causa liberal.
Este inaudito atentado contra la inviolabilidad de las Untes
causó general asombro en la capital y suma indignacion en casi
todos los diputados.
A natematizóse por ambos partidos en la sesion siguiente tan
escandaloso suceso, que atribuyeron los exaltados como de cos-
tumbre á la ineptitud del ministerio y á los manejos de los abso-
lutistas. En tan horrendo delito nadie quería aparecer sospechoso
de complicidad.
El mismo Calatrava, el jefe mas reconocido del bando exalta-
do, se espresaba así :
•
«Hay , no lo podemos dudar , hay una faccion liberticida; una faccion
liberticida, digo, que afectando amor á la Constitucion y sirviendo acaso
por el influjo estranjero de instrumento á los mayores enemigos del sis-
tema constitucional, no trata mas que de privar á esta infeliz patria de
la libertad de que apenas principia á disfrutar. Es indispensable , repito,
que las Córtes no descansen hasta conocer la raiz del mal , arrancarla y
esterminarla; y para ello no nos queda otro recurso que aprobar la pro-
posicion del Sr.
Sancho.
Vuelvo á decir que me considero en este caso
mas interesado que nale, por lo mismo que he tenido una opinion favo-
rable á la que aparenta esa faccion. No ;
Cola( rara
jamas difiere opinio-
nes apenas; dice las suyas pudiendo errar de buena fe ; pero cuando
se
trata de insultar á diputados tan ilustre , que tantos méritos han con-
traido en la carrera de la libertad , yo me considero tan insultado en los
aplausos que con mala inteneion se me prodiguen , corno en las injurias
que se hagan á mis compañeros. ¿Qué diputado habrá que mire con indi-
ferencia tan escandaloso atentado: ¿ Dónde está la Constitucion , dúlvie
CUTES ESTRAORDINARIAS DE
1820.
153
libertad
y
dónde el respeto á esas leyes que tant
e
o proclaman?
Se
dicen
liberales. ¡Infames! El liberal respeta la Constitucion, obedece las
leyes.,
es
esclavo
de ellas
y
enemigo de los déspotas, El que no obedece
la ley
no es liberal, no es ciudadano; es un malvado. La Constitucion, no en
obsequio de las personas, sino corno medio indispensable para sostener
las libertades públicas, ha asegurado á los diputados la inviolabilidad en
sir.; opiniones. ¿
Y
son constitucionales, son liberales, son ciudadanos los
que
atacan esta inviolabilidad, esta libertad ? Son traidores : traidores los
llama la Constitucion y la ley , y traidores los llamo
yo
y Europa entera.
Traidores 'son los que coartan la libertad
á
las Córtes, y traidores los que
turban la tranquilidad de sus sesiones.
Y
¿cómo habrá libertad en las de-
liberaciones de las Córtes, si los diputados que espresan en ellas franca-
mente sus opiniones, son insultados al salir de este sagrado recinto, y
las casas donde se albergan las viudas , restos de las víctimas de la li-
bertad, son allanadas, sin respetar este asilo tan digno de serlo por los
que tienen amor á la libertad y á las leyes? ¡Ingratos! ¡ Hombres que se
han espuesto
mil veces á
perder la vida por conservarles la libertad;
viudas de los que han perecido en un cadalso por recobrarla; diputados
que han sacrificado cuanto tenian por sostener esta Constitucion, se ven
atacados por los que cobardemente se la dejaron arrebatar , por infames
que acaso entonces se complacieron en su ruina! ¿Estos son los que
ahora se llaman liberales? No; estos jamas encontrarán en
Calatrava
un
protector:
Calatrava
será el primero que no cese de clamar contra ellos;
Calatrava
será el primero que pida que caiga sobre ellos la cuchilla de
la justicia.»
El diputado Zapata , de la
fraccion conservadora, manifestó su
indignacion en un corto discurso, dando al hecho su verdadero
colorido. En estos términos prorumpia aquel enérgico represen-
tante:
«Ya hace (Has que mi coraza! , prósago leal , me anunciaba la
esce-
na.
hhorrorosa
que acaba de representarse por infames españoles en la ca-
pital de la monarquía , en la villa de Madrid. No hay que hablar ahora
de serviles ; no hay que desfigurar los hechos ; no hay que confundir las
personas. Los serviles con la cruz en una mano y la espada en la otra,
han
,
levantado el grito de rehelion : traidores han sido y enemigos de su
patria. Otros, empero, s
i
n
virtudes, sin patria, han tomado en sus inmun-
dos labios la Constitucion
y la
libertad, para clavar impunemente el pu-
l
-
Jai parricida en el seno de una madre que detestan. Traidores , asesinos,
cobardes, mancillando el
nombre augusto de
la ley fundamental , apelli-
dándoos liberales, no solo
haheis
tratado de atacar las autoridades y sus
providencias, no
os
haheis contentado con
haber
levantado
vuestra voz
151
arinto xxvn.
sacrílega en algunas cabitales , sino
que
os habeis atrevido ayer á leer_
caros al santuario de las leyes con el puñal en la ruano para acabar can
nuestra liben tad. Facciosos , traidores , asesinos , cobardes; sí, lo repito,
estos son vuestros nombres : no sois españoles, ni podeis , ni debeis ser
tenidos por tales. No; la nacion española no podrá ni por un momento ser
un campo horroroso en que se repitan las escenas sangrientas que aho-
garon la libertad en una nacion vecina. Si es esto lo que pretendeis, ¡cuán
poco conoeeis á la nacion española ! Poco importa , poco, que cuatro fac-
ciosos , hombres inmorales, cubiertos de oprobio, de vicios y de crímenes
hayan gritado ayer tiran
las
Cortes de
22 y 23, pues
ellos sostendrán la
onar-
quia.
Sacrílegos! Los representantes de la nacion española sostener la
rebelion , apoyar los desórdenes! Si son estas vuestras esperanzas, huid
de un suelo que os detesta, que no consiente vuestras miras liberticidu.
¿Habeis soñado, insensatos , qu'e vuestras amenazas podrian arredramos,
' que por miedo de vuestros puñales lirmariaws lo que exigese vuestro
capricho? No : las C'irtes españolas no serán víctimas de Vuestros desórde-
nes , como lo fuera la Convencion francesa. Pues qué, los recuerdos de
Daoiz y Velarde, la heroicidad riel innurtal Porlier ¿no viven en nues
ira innmoria? ¿ No están siempre en nuestros corazones ? ¿ No morirá de-
fendiendo la libertad cada uno de nosotros hasta verter su sangre? ¿No
firmaremos con ella lo que en conciencia creamos convnir á la nacion?
Este es nuestro deber. Pero, ¿cuál es la inejim prueba que podemos dar
de esta nuestra firme resuluciou ? tranquilamente la marcha que
hemos empezado ; entrar en la discusiun del proyecto, y dar con esto una
lecciori á los cobardes, á esos ho
i
r
i
hrfs sin virtudes que nada respetan,
que todo lo profanan. Llegar:: dia en que nuestros sucesores imiten nues-
tro ejemplo. Y pues esos malvados han tenido la audaci r de insultar, no
solo á las presentes Grtes, sino (t las venideras, no interrumpiin nuestra
marcha los gritos de los facciosos, ni las amenazas de !a anarquía. Sí,
sabedlo, huid , repito, de este suela que prutanais: han desaparecido
vuestras locas esperanzas: no
.
, no es la Emiña el lugar de vuestras vic-
torias.»
Las Córtes , y en particular los
dos
diputados perseguidos,
dieron en aquella oc
g
sion relevantes pruebas de independencia y
valor cívico , tomando parte con la milima decision que antes en
el debate del proyecto repre
s
ivo de ley de imprenta , que apro-
baron por fin las Córtes con alguna levísima modificac:on, des-
preciando las amenazas é insultos de los demagogos , y sin que
les retrajese de tan salvadora empresa la vista de
sus
aguzados
puñales.
NS
dans
ESTIUORDINARIAS DE
1890.
I
El mismo resultado tuvo el proyecto
sobre la práctica del de-
recho de petición redactado en estos términos
Artículo
1.°
►
Todo español tiene el derecho individual de representar á
las Cortes , rey y á las demas autoridades constituidas lo que juzgare
conveniente al bien público.
Art.
t.°
-»Los que dirigieren alguna representacion á peticion sobre los
neo;
.
)eies públicos á las Córtes, al gobierno ó las autoridades constituidas,
cualquiera que sea su número , no pueden nunca tomar la voz del pue-
blo , ni de ninguna corporacion, ni sociedad , ni clase , aunque perte-
nezcan á alguna de ellas para otro efecto; ni hablar en nombre de otras
personas aunque les hubieran dado poderes para ello. Los que contravi-
nieren á esta disposicion sufrirán una prisiorí de cuatro meses á un año.
Art. 3.° »Los militares en sus reclamaciones é instancias sobre asuntos
del servicio están sujetos á lo prevenido en las ordenanzas militares y
demas órdenes vigentes ; pero en los negocios políticos y civiles pueden
usar del derecho individual de peticion del mismo modo que los denlas es-
pañoles, con sujecion á lo dispuesto en esta ley.
Art. I.°
»Cuando muchos españoles dirigieren alguna representacion á
peticion á las Córtes, al gobierno ó las autoridades constituidas , todos
quedan responsables individualmente de la verdad de los hechos que es-
pongan , así corno de cualquier delito de subversion , sedicion, desacato
6 inobediencia que resultare en el escrito. Los cinco primeros que sus-
cribieren quedan responsables ademas de la identidad de todas las firmas.
Art.
5.*
»Los que hicieren fuerza á las autoridades para que se les
otorguen peticiones, 6 para que se dirijan otras á la superioridad, se
de-
claran
reos de motin, comprendidos como tales en el capítulo
III,
títu-
lo
III
de la primera paute del Código penal y sujetos á las penas allí es-
tablecidas.
Art.
6.*
»Cualquier cuerpo de fuerza militar, de cualquiera clase que
fuere, que apoyare peticiones hechas por modos violentos de motines, tu-
multos ó asonadas , bien sea auxiliándolos, 6 bien negándose á prestar á
la competente autoridad el auxilio que reclamare, será disuelto, sin per-
juicio de la furmacion de causa á que hubiere lugar, con arreglo á
or-
denanza_
¡km
7.°
»Si algunas de las peticiones ó representaciones de que hablan
los artículos antecedentes se imprimiere antes 6 despues de ser dirigida,
queda sujeta en todo á la ley de la libertad de imprenta en la misma ma-
nera que cualquier otro impreso.
Art.
8.°
»Los cuerpos 6 asociaciones legalmente constituidas no
pue-
den representa» como tales, ni hacer peticiones á las Cortes, al gobierno
ni á las autoridades públicas, sino acerca de los objetos de su respectivo
instituto.
258
CAPÍTULO XXXI.
separa desde entonces en la aplicacion del sistema absoluto,
sometiéndose unos á las circunstancias y necesidades de los tiem-
pos , al paso que los otros sostienen á todo trance el puritanismo
de sus ideas , la severidad inflexible de los principios estremos,
el interes , la tradicion y el amor propio de su escuela.
Componian el partido tolerante de los absolutistas los gran-
des , los generales antiguos, los diplomáticos , los hombres de
letras y los afrancesados , que unidos á la reaccion , no por gusto
sino por odio á los liberales, ejercian en ella, aunque eran escasos
en númeno , notable influencia por su cultura, su fama de hom-
bres entendidos , y sus conocimientos adquiridos en su forzosa y
dilatada emigracion.
Formábase el partido exagerado de la mayoría de ambos cle-
ros , de la milicia realista , de los cabecillas facciosos y antiguos
guerrilleros , de la plebe , afiliada siempre en los partidos avan-
zados por su innata aticion al desórden y al movimiento.
Irritados estos últimos con Fernando, quien parecía inclinarse
ya á una política mas prudente y conciliadora , buscaron otro
ídolo mas propicio á sus planes é intereses.
El infante D. Carlos, por su carácter apático y ardimiento reli-
gioso, fué el jefe que encontraron en su derrota , y á impulsos de
su buena fe realista , mas bien que de su ambicion personal ,
sose á la cabeza de los descontentos , siendo desde aquella época
su cuarto un foco perenne de fanáticos planes y reaccionarias
intrigas.
Harto pasajera por desgracia fué la ilusiori de los que creye-
ron inaugurada una nueva era de tolerancia y de justicia.
El destino de España estaba resuelto y debia cumplirse. Las
personas dominaban á las cosas ; el frenesí político se sobreponía
á las necesidades y al bienestar del pais.
Los nuevos ministros, á pesar de su moderacion y buenos de-
seos, no tuvieron fuerzas y habilidad para contener el torrente
de la reaccion y, mal su grado, fueron empujados y arrastrados
por él.
El partido furibundo rehízose pronta y fácilmente de su ante-
rior derrota , y dirigió de nuevo los destinos del pais con mas in-
RE
I
TAUR VION ABSOLUTISTA DE
1823.
359
tolerancia , con mas odio , con mas crueldad , si cabe , que en los
meses anteriores.
El consejo de Estado fue
restablecido en su primitiva
forma,
teniendo
cabilla
en él los realistas de mas subido temple.
La junta secreta de Estado , f
'
tinada en los primeros dial de
h rc taur3ei
, volviO á funcionar con mas actividad , adoptando
entre
otra
medidas inquisitoriales la fortnacion de un
índice gene-
ral
J
M Orden de apellidos, en (pe arbitrariamente se calificaba á
cada individuo , segun el papel que habla desempeñado
en la
(
.
poca de los tres año-; , anotando si era exaltado ó moderado,
elnnprador de bienes nacionales
ti
vinculados , fractnason
niunero
Tambien la restaurarion monárquica de España imitaba en
parte
el sistPnia singuinario (le la revolucion francesa , formando
como aquella y en diverso selitido una
ley de sospeciLosos ,
y no
faltando alizut
.1Iq•at
absolutista que en su caso la hubiese
pro-
eh
i
nailo y cumplido.
Seguíase practicando con igual afan que antes el absurdo y
violento sistema de las p
l
inf
icaciones, á la sombra del cual se
premiaban y witorizAan los pv
•
juriw
,
-; y apostasías.
Or;:iiiii3Osp por todo el reino una numerosa policía , no para
(1
111
'
c;
►
1 .
,
e
rvase el orden
previniese
los delitos , sino para per-
5 los liberales; y estableciéronse las siempre odiosas
comisio-
con eara•ter de permanentes y ejecutivas, que sir-
viendo de interprete á la venganza v no á la ley, fueron causa de
mas
un asesinato jurídico.
pstai
li
os nunca por esa especie de tribunales que, sustitu-
end
►
á los ordinarios ,
se cansa
f
:ran al descubrimiento v castigo
de delitos
, ejerciendo las mas
Veces
sus crueles funcio-
nes
con e,11
parcialidad , con
esa
, con esa
ligereza que los
cidi
,
litliye en in t, wilentos
del partido que
1o3
crea mas bien
'P
D
'
t
'
u
ini
chlbros
41(
.
la lev ,
bajo
divo solio
fint-.1en administrar
^u tiara.
Esas l'omisiones militares • verdaderos tribunales revoluciona-
rios , cuando tienen el
e
ar:ieter tic
políticos, son por otra
parte
útiles
necesarias pira contener el robo y el asesinato en ciertas
260
CAPÍTULO XXXI.
provincias y en ciertas épocas, en que la indolencia , la debilidad
y larga tramitacion de Íes tribunales civiles alientan á los mal-
hechores , y originan la Impunidad de los delitos privados.
La muerte del marques de Casa-Irujo , secretario de Estado.
y el mas inteligente y firme apoyo del realismo moderado , dió
nuevos elementos de triunfo al partido fanático , pues merced á
la inesperada vacante , ocupó la silla de Gracia y Justicia D. Fran-
cisco Tadeo Calomarde , uno de sus mas decididos corifeos,
y
fiel
representante de su despótico sistema por espacio de nueve años.
Sin notable instruccion el nuevo ministro , de pobre y humil-
de cuna, con mediano talento, poseia, sin embargo, esa diploma-
cia de los palacios que no todos comprenden , por mas avisados é
instruidos
,
que sean.
Mejor que ningun otro habia penetrado Calomarde el carácter
y tendencias de su augusto amo , y á complacerle, satisfaciendo
sus deseos y caprichos , se dedicó esclusivamente el nuevo mi-
nistro.
Calomarde comprendia muy bien que en los sistemas absolu-
tos la voluntad del monarca es la ley suprema , y para su mente
no habia mejores principios políticos ni otra voluntad para su
corazon , que la voluntad y los principios de Fernando VII. Era
pues absolutista intransigente y apasionado , porque así lo era el
monarca. Si este hubiese otorgado una carta como la francesa,
Calomarde hubiera sido un ministro constitucional , tan bueno
corno cualquiera otro de los modernos.
Por esa flexibilidad de carácter, por ese talento especial , que
talento se necesita y grande para ello, de plegarse y amoldarse en
un todo al carácter y talento de Fernando , fué su mas apreciado
favorito , y desempeñó el ministerio nueve años : cosa no vista en
nuestro pais y que probablemente no se verá jamas.
La subida de Calomarde contrabalanceó en las regiones mi-
nisteriales el poder de ambos partidos. El rey, con calculada in-
tencion, apoyaba á los dos alternativamente, evitando ser víctima
de uno de ellos. Sancionando disposiciones de templanza en un ra-
mo , y de violencia en otro , alentaba las esperanzas de todos sus
adeptos, y los refrenaba con el mútuo temor.
RE.STAURACION ABSOLUTISTA DE 1
83.
261
I.
►
n
ese juPg,
►
(11 equilibrio se sobreponía á los partidos que
bullían en d
►
Trelor su
y
o , haciendo que unos á otros se temiesen
est
►
i;ispn.
ese trunto
.sagaz
valiéndonos de la frase de un
historiador frances , asió Fernando rn su diestra una sangrienta
balanza , sobre cu
y
o fiel se afianzaba el trono . y arrojando para
iluilibrar la c:)1)ezas á uno y otro lado , refrenó ambos partidos.
'Fa
ti
pernHoso sistema (le vacilacion y contradicciones intro-
►
lucia el tl
►
smavo en los absolutistas de buena fe , mas afectos á
!a institucion
(pie
á la persona , al paso que el partido exagerado
e
►
lesenfrena
►
a
y enfnrecia.
1
41
,1 es
►
íritli teocráúvo y la anarquía realista , á cu
y
as insensa-
►
s aspiraciones servia
(k PCO
El Restaurador,
agresivo periódico
re
n
lactado por el furiblud
►
fray %nue! Martínez , presentado des-
►
l
w.;
rec
►
m
►
ei
p
;a para el obispado de Málaga , ponían el grito
pu
la
menor tolerancia ó debilidad del gobierno con
constituci
►
piales.
Tal era en aquella epoca el frenesí de la prensa absolutista, que
el cond()
(li
()faba
se
viví en la precision de suprimir todo periódi-
co, escept ndo ,
corno en
181
:1
,
el
Diario
y la
Gaceta.
.,,Vquellas
desenfrenallas publicaciones empujaban incesantemente al poder
por h
senda de la injustivia y la wrsecucion, y sembraban entre
las inasis un
odio
á
muerte
contra los caldos , eseitándolos á la
engarra con frases tan aterradoras como la siguiente :
,‹ Es preciso , decia
El Restaurador,
esterminar á los negros
hasta en sus cuartas generaciones. •
Las facciones , armadas todavía ,
y
las partidas sueltas de rea-
listas movilizados , residían con insolencia su licenciamiento , y
l
jt‘rcian suma
►
resion en el animo de lus ministras, im
►
osibilitán-
41,J1,'s para promover toda mejora v practicar todo acto (le buen
'Jobierno
que
no favoreciese á las reaccionarias miras de sus
par-
ti lirios.
r0compens‘a; v los destinos acallaron por
U
n
n'
►
mento las v‘ig('ocias rt'volticiomrias del bando exaltado, cu-
os tudividu
►
/; se adornaron con el
escudo de
fidelidad ,
creado á la
a
.
t'.
►
n para recomp(msar ;i los que
permanecieron adictos á Fer-
nando
en
los
tillímos tres años.
262
CAPÍTULO XXXI.
La
reaccion , dominante otra vez en todos los ángulos de al
monarquía, no pudo conseguir, sin embargo, su mas anhelado
triunfo ; el restablecimiento del Santo Oficio.
Por mas reclamaciones que hizo el clero, por mas que repre-
sentaron varios ayuntamientos y corporaciones , Fernando VII se
mantuvo en la negativa, y dió pruebas en aquella ocasion de
fii -
meza
de carácter y suma cordura.
El restablecimiento de la Inquisicion el año 24 era ya un con-
trasentido que la civilizacion europea rechazaba y los absolutistas
sensatos é ilustrados no consentian.
En su defecto crearon por sí varios obispos en sus di('
►
cesis
las llamadas
juntas de la fe,
ajenas de jurisdiccion criminal , y
establecidas principalmente para la censura y expurgatorio de li-
bros perniciosos, y el sostenimiento de la moral y de las buenas
costumbres.
La de Valencia fué la única que se estralimitó en sus faculta-
des , y apoyada por la sala del crimen de la Audiencia , reprodu-
jo todavía una escena de imprudente castigo y terroríficas cere-
monias.
Como dique al retroceso político con que caminaba la restau-
racion , se alzaba de vez en cuando algun hombre de importan-
tancia y sensatez que , apiadado de la nacion , tenia suficien-
te valor para proclamar ideas de tolerancia y buen gobierno en
medio de los ciegos y vengativos absolutistas. Fué uno el ha-
ron de Eroles , honrado y cuerdo partidario de la monarquía
absoluta.
Al encargarse del mando de la capitanía general de Cataluña,
manifestó la entereza de su carácter y la rectitud de su corazon,
escribiendo las bellísimas frases siguientes en una proclama á los
catalanes :
«No vengo , les decía , á atizar resentimientos , sino á sofo-
carlos : yo mismo no conservo otra memoria que la de los benefi-
cios. Orden y concordia; estos son mis votos y mi propósito.
los alaridos de la multitud , ni consideraciones particulares alte-
rarán la marcha majestuosa de la ley.,
Lastimoso contraste forma con el precedente escrito la pasto-
RES [:
r1,1. :ION
ABSOLUTISTA DE
18
•
23.
263
ral (1(
.
1
obispo de Leon de
10 &abril de 1833.
en que refiriendo-
sP, á la epoca que vamos narrando, dice :
1nb
I
nt
►
ban estiw
f
uir el entusiastn
r
) real con decretos
especio-
()
que klidiart
solo ;-+
adormel
.
er a
los incautos, y protoger á los
1113;
evo-
s
et-míos partidarios de la revolucion. Leed en
sus
procla-
mas esas amonestaciones con que os impulsaban
á la armonía, á
1;1 paz y
perilon
de las injurias de
1(
-
)s
enemigos constituciona-
les, al mismo tiempo que
s
e
descargaba todo el rigor de la ley
contra
los realistas que se
deslizaban en el menor defecto, Ay!
C
►
up) fin
11)
político
la
libertad es Una arma falsa con que se quie-
re f
.
sclavizar al
►
ueido , así en lo moral estas voces paz
y
con-
cordia , caridad v fraternidad son el arma con que Bonaparte
queria consolidar su
ihlir
►
acion,
y con las que los intrusos man-
darines ,
ateos de
nuestros
Bias , quieren establecer su cetro de
1
►
;
►
lvideis de lo que dice Isaías: que con los impíos
no
ten(...ais
union
ni
aun en el sepulcro ; y lo que encargan Sin
J(,an y San 1);11)10 ,
modelos y apístoles de la caridad : que ni co-
mamos ni aíro saludemos á los que no reciban la doctrina de
nurs!ro Señor Jesucristo.—No se deben cumplir todas las leyes
dimanadas de la autoridad , aunque sea legítima, cuando pugnan
con
la moral O son contrarias al
derecho
de un tercero.•
Con principios tan
antkociales
y desorganizadores, con res-
taurad
►
res canto el obispo
de Lvon , que eran los mas, ¿ qué go-
►
ienio p(Hlia cl)1istituirse medianamente en las críticas circuns-
tancias del
año
fit:onto podian organizar una sociedad ener-
gúmenos politiros (pie no
tedian mas lema de gobierno que la
destruccion v la venganza I)
p
or
„ply
►
►
t
H
ur
i
to ik.ereto m mdAndo sacar nu
e
vos
tí-
11110
,
a los
ab
medicos, escribanos
v
otros facultativos,
que
(
►
oeni,111
aquellos en la época constitucional, invadiendo
así en sn ascinerps1 politica ha
s
ta el templo
sagrado de
las
ciencias.
pi
►
r eso
st
.
deerctO
la devol
►
cion
de los
ma
y
orazgos á
1t que
los pos-pian
el
año 20, sti previa
indemnizacion á
los
comprado-
res
,
il
►
kirtindo ;
p
si mas d
e
una eslava , autorizando el despojo de
la propiedad
privada y despreciando
los
mas
sanos principios
de
tegislacion.
2
61
CAPÍTULO
XXXI.
En
medio del general desquiciamiento , á pesar de la carencia
absoluta de gobierno en el órden político , la Hacienda encontró
por casualidad feliz y seguro puerto en las ma:los del inteligente
y activo ministro del ramo D. Luis Lopez Ballesteros.
A su fecundidad en crear recursos , á su carácter regulariza-
,
dor , á su tacto y prudencia en el planteamiento de las rentísticas
reformas , debió sin duda Fernando 'Vil el que por algunos
años
pudiera subsistir su desastrosa política. Si la rueda de la Hacien-
da hubiese seguido el desordenado movimiento de las definas , la
máquina gubernativa habríase roto muy pronto , estrellándose
con sus directores en el descrédito de la monarquía pura , en el
inevitable disgusto de las clases ricas , en la consiguiente defrses-
peracion del pueblo.
Bien eonocian el monarca y sus rabiosos partidarios que no
podian pasar sin aquel escelente ministro, y por egoismo , mas
bien que por respeto , toleraban su permanencia en el poder,
á pesar de sus ideas templadas y conciliadoras.
Con ministros iguales á Ballesteros en talento , en rectitud y
sensatez España se hubiera curado pronto de sus antiguos y
siempre crecientes males, y Fernando adquirido poder y presti-
gio suficientes para estinguir los partidos políticos y ahogar á
fuerza de buen gobierno , de tolerancia y de justicia
hidra
revolucionaria , á que dió vida la incapacidad de su padre, y
que cada vez que resucita descubre mas cabezas y causa mayo-
res estragos.
Pero ya hemos dicho en otras ocasiones que el carácter, los
instintos y la educacion de Fernando VII, le separaban del buen
camino, por el que , á pesar de las intrigas y brusca oposicion
de Calomarde y otros favoritos , seguia Ballesteros proclamando
la conciliacion de todos los españoles, y dictando acertadas medi-
das de gran mérito muchas de ellas en circunstancias tan azaro-
sas y
o
kn el atraso en que la economía política se hallaba:
En el ramo de rentas y contribuciones separó la recaudacion
y
distribucion
de todas las del Estado, y limpió la contabilidad ge-
neral del embrollo y la confusion que la entorpecian ; puso en
práctica la bula de Su Santidad para exigir de ambos cleros diez
65
P,ESTAURAIO
CLON .VISOLITISTA DE
1823.
'2
millones de reales á 'título de subsidio anual , desoyendo las inte-
r! adas reclamaciones de las clases afectadas con la impo-
c1011.
Conociendo lo arraigado d sistema antiguo , v lo peligroso
qui!
,.)iempre toda innovacion en la materia , restableció bajo
,,r
(
hmadas bases el orden primitivo de vontribuciones, pagando
(ida pros incia las suyas respectivas ,
y
resucitó la de frutos
(
Válit'lid
►
se de agwites probos y activos , y de atinadas ci
•
cu-
[tres
y
nuevos aranceies , autwntó cofbiderablemente los réditos
(le las aduanas , mejoró las rentas del aguardiente, del bacalao,
del tabaco y de la sal ,
y
triplicó el producto del papel sellado
e
,
4tendie11do su uso.
creilito español t
e
staba en
S1111
-
1a
decadencia á su entrada en
I ministerio. Levantarlo y engrandecerlo en las principales pla-
.
,
,as de Eur
►
a fue su mayor deseo , su mas co:Istante aran.
La frecuencia con que se cambiaba de gobierno en la penín-
,
y
el ningun respeto á los actos de las administraciones an-
i Tiores, aconsejaban á los capitalistas cstranjeros
110
mezclarse
en
nuestros
CID préS1.11.0S
y negociaciones . y el crédito nacional
\ 3(13 por
tierra, y
nuestro papel
era
menospreciado en todas
r;1 rt
cs.
liailesterft
‘
h acreditO (!ompletainente con sus sabias
dispo
Formo el eran libro de la deuda consoUdada , señalando
;,
►
ifi
lós para el pago de los intereses (le seiscientos millones; plan-
'
►
la caja de amortizacion
y
nombrO la comision de liquidacion
111
.
11(13 (51:11
►
11r3 , vol) ('uvas
medidas elevo nuestro crédito á
imerK1
y vffippif
»
►
a introducir en nuestra Hacienda el sis-
!,
,
nu
t
de orden qm
.
nwditaba ,
cu
y
o resultado debla ser la nivela-
1r>11
de los gasto; co
►
los
pr
►
duetos.
'P11
en el orden econi
►
mico
era nna suerte , para el orden
LubPrnati‘o era tina dvsuracin.
rranquil
►
Fer11a11d9
la parte rentística con
el talento
y
ha-
Hiblad de n3lit
'
st
t'
1
'
o
dedieaba
eseltisivainente al planteamien-
il)
de su
política malhadada.
La Francia y demás
naciones aliadas trataron de hacerle
ve
266
CAPITULO XXXI.
otra vez los peligros que corria su trono . si a fuerza de hostigar
á
los vencidos, resucitaba la revolucion , y le dieron nuevos con-
sejos proponiéndole una amnistía general cine llevase el consuelo
á las numerosas
familias que geinian en la emigracion.
Compadecido por fin publicó ese decreto de perdon , pero con
tantas escepciones , con tantas
►
ahas que , en vez de indulto , era
mas bien una órden de prosceipcion. Infinitas eran las personas v
hasta clases enteras las que quedaban condenadas al ostracismo,
teniendo muchos liberales que huir al estranjero, en virtud de
aquel decreto , despues de haber vivido en España hasta su publi-
cacion sin ser de nadie perseguidos ni aun molestados.
Su exacto cumplimiento , sin embargo , hubiese sido un bien
en aquellas circunstancias, porque al menos hubieran tenido un
límite cierto y legal las persecuciones políticas.
Pero seguian siendo estas tan arbitrarias y caprichosas, que
los ministros moderados no podían contenerlas en ninguna parte,
y sus nobles intentos para lograrlo causaron la calda del conde
de Ofalia y D.
José de la Cruz.
Sucedió al primero en la secretaría de Estado
D. Francisco
Zea
Bermudez, diplomático de nota y profundo conoced3r de la po-
lítica europea , absolutista ilustrado , quien , burlando las espe-
ranzas del bando intolerante , se afilió desde un principio en el
de la conciliacion y la templanza. Sus consejos , ó mas bien , la
falta de provocacion y resistencia por parte de los liberales, hizo
que aflojase algo el rigor de sus contrarios, despues de las eje-
cuciones y encarcelamientos ocasionados por las escepciones del
decreto de amnistía.
Emigrados en el estranjero muchísimos y los mas importantes
constitucionales, no podía tener objeto la persecucion, y la im-
potencia y debilidad de
los
vencidos calmaron bastante el odio
la ira de los vencedores.
Estaban estos ademas cansados de castigar , y hay ocasiones
en las revueltas populares en que también se perdona por can-
sancio.
Mucho contribuyeron á tan deseada tregua
los
esfuerzos de
los
realistas moderados, que con la subida de Zea cobraron nuevo
RES f k n(lION A13
.;
OLI T1STA
1813.
9.61
aliento para dar otro rumbo á la nave politica , próxima á
nau-
fra
fr
ar en
s;itu
r
riento mur de las pasiones.
e entre todos el insigne literato 1). Javier de Burgos,
comisario
(Al
un
i
ces de la caja de
.
arnortiLlcion en I'aris y persona
Tte. nierecia
rtlspeto y aprecio de Fernando.
Entre la turba de cortesanos
y
adtiladJre
rodealran su
trono
,
halagando sus instiitto, despl'iticos y aplaudiendo sus Un–
prucler
i
cias politicas ,
(
l
)11S1.1dit
1111
espariol
corno el
señor
Bur-
ríos ,
que ju
l
i;áribse el porvenir y esponkyitilose á perder la gracia
del monarca ,
►
ot.
°
afecto al desnudo lenguaje de la verdad , se
atreviese á levantar su elocuente y conciliadora voz en defensa de
los buenos principios de 4,...,obierno.
Así
se e•presaba H Sr. iltir(4-os en algunos párrafos (le su
cé-
lebre representacion al rey.
1) e
vuestra corona , sei
s
ior, se
hall
desgajado los dos florones
tliagniiie¿o:, con 11ue Gules y Pizarro adornaron la (le Carlos I.
millout
.
s tle
si
.
11,11110., cuenta hoy indios la monarquía es-
►
añola que contaba en 1808. El pabellon (le los insurgentes
de
Nlejico tremola en fin sobre las almenas de San Juan de Ulcía , y
es de temer que el de los insurgentes del Perú
ondee en breve so-
bre las
del Callao.
aEst
.
o.,
iirdles son
sin
duda
guisi...'s;
pero , señor , hay otro que
tantI
►
cuanto no todos le
reputan mal. Este es el cáncer
que 41(
.
vo
l
'a la iirtnar(plia
y sin
(
.
11)
:
11
estirpacion ningun poder
humano Hasta , no
digo á restablecer su esplendor,
pero ni á pro-
longar su e\kiencia. V.
a(li\
►
'a
.
,.111 r
sfuerzo que hablo de la
discordia.
X
mí, (Iiiv
miro como
►
riint,..ra necesidad el sofocarla,
toca decir de qme manera empez
►
á agitar sus teas entre
ilootros,
ni el
►
nin
los errores o la.; visiones han alimentado el in-
cendio violento (
111
t
.
ellas ocasionaron. Misionero de paz ,
sin la
cual
111
►
prlp,iiruid;,11
11i
vo disculpo á los autores
(le
LIS 1
n
1'1)(Ti
►
l'i(
►
Ile-;
en niirstn);
(Iras han afligido y
(
I
t'
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►
1a1
►
la l'H
r
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-
iá
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l
er
.
como son la calanii(1;01 peculiar de esta
epoca , no t
.
,
,
;11 enumerar wil
.
str
►
s
[hales ,
dejar de insis-
tir sobre
En 1808 era el
, v no siem-
pre podio la auto.
)
11
(
1a
d
(
►
oner:,e á sus decisiones tumultuosas. Mas
TAVRACION ABSOLUTISTA DF.
1823.
275
Efecto tam
►
ien de las circunstancias,
único poder que Fer-
nando babia ciegamente respetado desde niño, fué el halagüeño
decreto prometiendo indulto á los fanáticos realistas , complica-
dos en las tramas y sublevacion
(le
Bessieres , y la formal nega-
tiva de restablecer la Inquisicion , que a todo trance el mismo
partido Erslagado h' extgia.
Producto de aquel sistema
de
equilibrio y desconfianza, fué la
subida al poder del duque
►
lel Infantado, furioso absolutista, y
la conscrvacion en el ministerio ele Ballesteros , cada dia mas
respetado v querido de Fernando , que aprobaba gustoso sus
reformas con
tendencias
liberales.
Nada revela tanto el talento , la constancia
y
la habilidad fi-
nanciera de aquel honrado ministro,
como
la circunstancia de
cubrirse t
►►
las las necesidades mas imperiosas de la nacion y
pagarse religiosamente los sueldos de todos los
empleados , á pe
-
sal
.
de la escasez de los recursos, y no obstante que la política y
el mal “
►
bierno creaban obstactilos donde la Hacienda tropezaba.
k aquella
época y aquel ministro se debe la práctica formal
adoptada en los gobiernos representativos de confeccionar en el
año ariteri,)r lo; prt
.
snpul
l
stos de gasto; é ingresos dcl inmediato.
Remitidos por lo; d
,
quas rnini -ferio; al de Hacienda , que los
Cen-
iir
.
;11
►
3 ,
y ili;cutidos en con,ej
,
) dt
.
ministros , pasaban á la regia
ap
•
ob:trion , turno ahora a la di'
las COrtes.
1)tivil
►
s por segun ia vez los realistas exaltados de las riendas
del g()1)it
b
rno , que man
►
.
1,
►
1)an
en
la
parte
política
las rudas é
ines-
()ellas mano;
►
v inf,
11
1,
4
,1
0
y
Cdornarde ,
entregaronse con nuevo
;Wat
'
a su sistema t'As orito (le
►►
resion
111!
anarquía.
El
r
►
.
y ,
ri,frt,ual),1 , aunque con ruiedo v suavi-
dad
impetn;
►
le sil desordenada carrera.
con]
►
,uchl, que las
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eran el único
►
o
►
u
r
que
aquella eft)(
.
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►
iliaba leves. lasque entonces sobre-
vinier
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en el interi,
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y
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recian notablemente
los planes
.
y
terilklif i.ts
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►
rr;inizador.
mut etni.;ra•ion
fori
►►
;a es sin duda una de
las
111
►
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s
ut.dell ()culi
'
.
al hombre , porque el amor
á
la
patria es tamliien
tmo de
i
sentimientos
mas vivos ,
una
de
las
RESTA(. RACIoN AlIOLUTISTA DE
18'23.
969
Púsose otra vez
a. la Orden del dia el terror en las poblaciones,
y severos decretos, condenando á muerte á toda clase de conspi-
ganizaron de nuevo el
radores y creando comisiones militares, or
sistema de rigor
y de lucha a muerte que tan fatales consecuen-
cias produjo despues de los primeros tiempos de la restauracion
liberal.
Niegas(' nuestra pluma a trazar' las terroríficas escenas que lle-
naban de luto y consternacion a los que no tomaban parte eu
ellas.
Las comisiones militares, á semejanza de I( s tribunales de
sa-
lud pública ,
or'anizados en los departamentos de Francia por la
Convencion , juz;:tiran
y
sentenciaban por su capricho , espar-
ciendo con su cruellad la desolacion y la sangre por toda la pe-
nín,11 la.
Infinitas fueron las ejecuciones sitie no tuvieron mas causa
que un rica á la Constitucion , un
muera
á Fernando una du-
dosa complicidad en los crímenes y eseesos de la
(
.
1
►
oca
anterior.
Los fusilamientos por la espalda eran harto frecuentes , ti la
horca funcionaba
sin
de...canso.
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,
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que
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Ild(`
1
►
.
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tin
,
'
,jos dviirios
►
pulares
y
monárquicos errores; fanatismo en las clases , ambicion en los
Pril
►
►
pe
rn L lii.tHria
Í6
CAPÍTULO \\X1.
afeeci011t'S
1118S
imperiosas
∎
constantes.
Y como todo mal presen
te enp-endra una
esperanza,
y
de todo bien perdido nace
un re-
cuerdo ; y como toda persona (pie aguarda
y recuerda vive d(b
ilusiones , la imaginacion del
emigrado
se
3iimenta de ellas
talla por dulces memorias , por fascinador( s deseos seduci(la.
He aquí la causa de esas invasiones armadas sin objeto
y
sin
resultado ; he
aquí el in,-)tiv) de
esos descabellados desembarques
(le emigrados , que
,
pere'en por I() general al pisar
de
nuevo las
pla
y
as de la patria ; he aquí el móvil (1t
esas conspiraciones
en
Dais estranjero , infecundas siempre , siempre funest:is
para 10:
mismos
conspíradores ; la ilusion.
Ella los anima y
embravece
en sus arriesgada:: empresa's
les hace ver por su engañoso prisma que la patria les espera an-
helante; que solo ellos podrán hacer pedazos sus caderia , v que
la presencia de un pui),ado de hombres en las costas o en los mon-
tes del pais abandonado lo sublevará en masa , v dirigido por
ellos derrocará la tiranía
y
los proclamará
sus salvadores.
Esas fueron las ilusiones de I()
.
; emigrados liberdles durante la
dominacion (le Fernando
Vil ,
y esas han sida
y
siempre las
de todos los que gimen lanzados por la política en estranjero
suelo.
Disculpable es ese error en las masas del pueblo que invaden
en son de guerra su querido pais, arrastralas por los tiernos
afee
-
tos de la familia NT (h la patria ; pero no son dignos de la menor
disculpa los que dirigen impunemente esas conjuraciones y los
jefes que las practican . porque saben O deben saber de ;interna
no por la esperiencia lo inútil de sus esitierzos y lo sangrimo
(le sus resultados.
t
fuál debe ser siempre el que consigan ciento O doscientos
hombres que :1tacan
un
¡mis constituido , con
1111 gobierno , bue
110
0 malo, con ejercito \ con recursos: El hallar la mirei te en vez
de. la victlria ,
el atraer Sobre sus ;11111 pos
y
correligionarios
el
rayo airado del poder ; el desacreditar la causa que defienden con
inútiles est'uerzos , de nadie secundados ,
y
el proporcionar nue
vas desgracias á su pais.
De suerte que
esas
invasiones de emigrados . con el
objeto
de
RESTAUltAlloN ABSOLUTISTA DE 1823.
277
trastornar
un
reino , si son en política
1111
crimen , son
tambien
en moral una falta , como indica un conocido escritor moderno.
d !lazar] con sesenta horn-
V.-1
que
ntlev() 41eSeillbare()
bus
éqi
provifiria
fle
.
solo sirvio, como el (le 'Valdés
t
Tarifa , p;ira exasperar al bando realista ; para contener á
l'er-
fiand
►
cri
1
.
1 eunino
de la rinplerá('i')11: empeorar
situation (le los
liberales (le la península , y desneyeditar la causa del liberalismo.
Con
i•
-ta.s ii:i
►
rittiencias
l
►
s cailos volvto á recobrar nuestra
lírica cierta riidcza y tirantez precursoras de
nuevos
males.
dejo de contribuir tambien á ello el nuevo aspecto político
II,. Europa
l'
►
r la muerte (1,1
►
rittlente Luis \VIII
oeur>
el solio de
1 r
.
:011
.
i
►
d.
,
koto G. 1 los
,
que al poco tiempo de su reinado
t
►
,iteritar a su pueblo con la irritante proteccion
:1
1
e
dispen-aba a la aristocracia.
I,a
liberal e
Hl i
.
re motivo volviO a agitarse en la mente
de los cilitladaiws de Paris, V hasta en las eánlaras se escuchablin
vi'/,
(in
111111110 t'S(H
4tue ,
recordando las
►
asa(las re-
voluciones por via de eopsejo, no son otra cosa que disfrazadas
:,,ileriazas para el porvenir.
imperio
111
:0
,
pesar di
.
sí' tradicional solidez • se conmo-
‘il
p
i
m
►
i
p
ri
11111.3(.;in
de
las revueltas. La usurpaciorl (le
troli
►
por
‘
1iel
►
1i17,, 111j1)
menor de Alejandro , que habla de-
pulo por hereden)
al
dth
,
iie Con
s
tantino , fue causa de profundas
divisiones ('II el ejercito V en la
creando
In rlue_!vo
partidg
t[
.
tendent las liberales ,
41
Indo
iriárgk-n á sangrientos castigos.
Grecia ,
maestra del ¡within , la bella matrona de la antigire-
d;t1 , habla despertado de su profundo sueño
al hallarse ata-
d , r
►
t
ti
pi,
►
pro
ti
li) ;lis
('alienas
al simple
recuerdo de su
lolatcura \ Francia,
111;H
(i(ie, por
r
zusto. en odio á la
51.11)1111w
.
Llerar
►
n la libertad (le la (recia , que
I
111111'/
115.11` 1)11',1
(lt, sus rvelifTdrys.
El itil
b
l
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rallo
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la
politica itortlic.
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Tiran(
'
)
de alar-
mar
a
Fernaltdo que se ;I
►
erei
►
io desde entonces á la defensa
de
St1 SObtrailia.
278
CAPÍTULO
XXXI.
Al heredar la corona lusitana el emperador del Brasil , D. Pe-
dro, cedióla á su hija doña María de la Gloria, dando á los portu-
gueses una carta otorgada á semejanza de la francesa.
Decidióse el monarca español á destruir por todos medios las
vecinas instituciones , mas hízole desistir de tan temerario pro-
yecto la actitud de la Gran Bretaña, que por oposicion á la corte
española envió sus tropas en defensa de la Constitucion de Por-
tugal.
El sabio ministro Canning se declaró en el parlamento inglols
esforzado campeon de las ideas liberales , y amenazó á la penín-
sula ibérica con la influencia de sus notas y el poder de sus es-
cuadras.
Inútil es decir la alegría que inspiraron estos sucesos á los li-
berales españoles , y el espanto que sembraron entre los realistas
furibundos.
El rey ya no pensó en otra cosa que en la conservacion de su
soberanía, resuelto á resistir á todo y á emplear en la resistencia
el rigor casi olvidado de años anteriores.
Empezó, pues , á mimar á los suyos con recompensas y pri-
vilegios , y á intimidar á sus contrarios con terribles amenazas.
Pero ya no era la persecucion por sistema como antes , sino
la que le aconsejaba su propia conservacion ; de suerte que la
actitud pacífica de los liberales , harto escarmentados ya de cons-
piraciones y revueltas , apaciguó su ira é inutilizó sus amenazas.
Otros enemigos tenia Fernando entonces mas temibles y mas
osados , y de quienes habia tiempo que desconfiaba.
Eran estos los fanáticos de su propia comunion , profundamen-
te resentidos y disgustados con la política templada que venia
practicándose ya en las regiones del poder.
En el capítulo siguiente veremos los efectos de ese disgusto y
la rigorosa resistencia que oponia Fernando á los distintos y osa-
dos
enemigos que
rodeaban
su
trono y atentaban
á su corona.
CAPÍTULO XXXII.
Ultimos años del reinado de Fernando •VII.
SUMARIO.
1.(-,,irit,
►
r
►
pmt,
►
C.-ttallina.—.
.-;u ob
j
eto y su desenlace.—Imparcialidad del
wi
l
f! jui
--f ),.den en la .ilnunktrit
•
ion.—Toleraneia política y relig,iosa.--
‘1,11
,
1
oplie-ta..
rontianza dc? Fernando.—Muerte de
1
t malia.—Nne\ o unlaee del rev.—Anugu
►
derecho de
SUCCSIOT1
t. corona.
Ley Stí/ica.--Pi
..
.r.zanatica de Carlos IV.—Su promul;,
T
acion, su
consvenieneia.—Nacirniento de la inNitta Dona 15-ithel.--Espe-
r 111/T-> de los li
►
erale, —.1()rnadas de julio en ['cris.—Nuevas imprudencias
e;
1
1.
1
nole, —C;trnbio en la conducta y
e
n el carieter de Fer-
nando \ Sitnacion de los p
q
rtidos al eniermar el rev.—Traielort de Ca-
l
►
:n
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11
.
de
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debliplad de lo, re
y
es.—La inianta Dona (.arlota.—()rganinirion
partido erktmo.—Illinillnilento del bando carli,ta.—I)espotismo ilustra-
do.
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C:-Htina.--Sii,
dperetes sobre amni,-
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,10,.—Irrepenti-
miento del
tinIlln entre
Cristina \ los liberales.—)linistr-
no
—511)virri
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riti
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tavor de D.
desarme
reall,ta,
crktino,
I). Carlos
Portugal —Caracter
1
,,r,onaje. - -Ottento,a jura le la reina Dofia
1)
(„Irlo
.
;
piranictito.----Sn correspondencia con el monarca.—
Principins de I,t .;,iierr.i civil —Acertada k-it
►
z}racion del re
y
.—Su muerte.
-EvIrripti
Ir
Bit
relnadi
►
Desde el decreto de amHistra, segun indicamos er) otro lugar,
databa entre los restauradores esa division que, pr()fundizandose
volt 11.;
po,,teriores , (lebia producir
Mas
tarde o
mas tcmpran
►
un brusco rompimiento.
I,:t suspension del sistema (le uncorosa venganza , ejercido en
in
.
,
'
los primero; ai
lft
;
contra los liberales ; la inclinacion de Fer-
nando á sustituir a las arbitrarias' medidas políticas , disposicio-
nes de legislador) y buen g()bierno ; los sucesos de Portugal; el
280
CAPÍTULO XXXII.
prestigio que en otras naciones iban adquiriendo ya las máximas
liberales ; el temor de que ced:ese al
el nio!arc a á las reiterada
exigencias de la Francia , ellealfiinad:ts á e:stablecer en la peilin_
sula
un
gobierno con formas repres(
.
ntativas , t empla(!o V conci-
liador como el inaugundo en Lisboa todas estas ea
, abul-
tadas por la ambicion , aun no satisfecha , y por el encono polí-
tico, aun no apagado , del bando reaccionario , prepararon la su -
blevacion de Cataluña con inmensas ramiticaciones en las (lemas
provincias , y sumamente grave por su aspecto y por las circuns-
tancilt en que estallaba.
Llamábanse los
agraviados
aquellos insurrectos
.
realistas que
alzaron el pendon de la guerra civil en el antiguo
PI
ineipado,
cohonestando su crimen con la supuesta esclavitud del rey ,
quien se pintaba como víctima en su propio palacio de falsos rea-
listas ó disfrazados masones.
Bien sabian todos , y mejor que todos Fernando , cuál era el
verdadero móvil de tan injustificada insurrecciun.
A nadie se ocultaba , por poco enterado que de la política es-
tuviese, que el principal objeto del movimiento de Cataluña no
era otro que la abdicacion del rey á favor del infante D. Carlos.
Hacia ya mucho tiempo que su nombre servia de bandera á los
fanáticos , que creian poder realizar mas fácilmente á su nombre
sus planes de esterminio y medro personal.
El carácter apático del infante , absolutamente dominado por
su esposa Doña María Francisca, alma y centro .de aquella trama,
su exageracion religiosa , su conocida ineptitud para dirigir la
nacion en circunstancias tan difíciles , eran un mérito á los ojos
de los descontentos, que podrían con tal rey disponer á su ea
pricho de la monarquía.
Ageno á tanta intriga , reprobaba D. Carlos los descabellados
proyectos de sus parciales ; pues príncipe de conciencia, solo de-
seaba ocupar el trono español cuando la muerte del legítimo mo-
narca le facilitase el camino para llegar á él.
Esta falta de ambicion , esta rectitud de juicio, esta indife-
rencia política de D. Carlos, mal interpretadas por sus parciales,
servian de aguijon á sus
planes trastornadores,
TIAI()*
k
n
n
s
DEI, REINADO DE FERNANDO
vil.
'281
N
a
en
1. de
ilosiembre
(le
1S1.6 la llamada
fetleracion (le los
rea-
.
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'
1
'
¡,
bid
pui
►
tirado
un trandiesto á
los
españoles
anate-
.1,,itizaild
►
la 1, 1
.
r.incia del
fr
obi
t.
rw
-i
como
causa de una
próxinia
,
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f'lititi
►
►
liberal ,
indicaba
como
único
y
pronto
reinullii
►
ete!-1
,
til w-p))111-11
N'eñor ir; (ante 1). Carlos.
Ni
el mini.sterio , ni Fernand9 . que tenia fieles espías en el
los conjurados
,e
reunian,
ereye-
Will() lb' SU
hermano,
donde
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,
11
nti
►
a en la realizavi
►
n de aluenos planes.
I.a rebeli
►
n de Cataluña sacoies de su error. Solo Porfia salvar
al monarca
la
encrIzia de carácter y en decto fue energico con-
tra
cestumbre.
Justamente irritado de que sus mismos partidarios le
dispu-
taso", 1,1 solit'raii:a
y
le creasen nuevos contlic1): , acudió en
persona
a
casugarlos t
lo
hizo sin genero alguno de contempla-
, sir' i,
,
ndose
dtil
brazo de hierro del conde de España;
br
►
t
►
cansado al
poto tiempo 4l1 descargar furiosos golpes
sübre los r,i,dist
d
s, cavo 1
.
►
100 una maza sobre los liberales del
Principado , .,iplastandolos sin compasion.
Casi t
►
.l
►
s los jefes de los
ay rariqdos
realistas fueron arcabu-
ecados,
vietimas
del sistema de rigor
v
de crueldad ensayado
vir ellos en la ja
.
rsecin ion de los liberale.s.
La fatilid 111 ron que
Fernando , á la simple publica-
n'
I
on ,1(• una proclama , el imponente alzamiento del Principado,
hace pr
►
sffinir que
no
hit
.
ageno
el monorca á su preparacion y
desarrollo.
En el
carácter astuto (le Fernando no es de estraña
►
diese él
mismo vida y Miento a la rebelion de Cataluña para cohonestar
ton
resistencia á la• reformas políticas , que la Francia le
im ej,11
►
,1
y
aun exiHa.
Ea esti ilnallo cast1:..:0 quo stifri ron los rebeldes, abandonados
ahl)ra., como
en
la ,uld,vacion dv Ilessiüres, por
los jefes
del
rea-
lismo
dcs
►
b, h corte
.
los incitaron
introdujo el desmayo
efl
la
,
ti
►
,
riniti
►
al.lun resp
i
.ro a la causa liberal. Nive-
lando
a ambos 1
:
culmino VII tim h
elichilla
del
terror. habla
roto por lin su despreciable papel de
ji.<1
.
de lin partido , sustitu-
yendole con la sarta investidura de rey.
282
CAPÍTULO XXXII.
Su gobierno cambió
de índole sin cambiar de forma , y Fer-
nando
empezó á
gobernar sin desprenderse
.
de su absolutismo,
con la templanza y cordura con que para bien (le todos debió ha-
ber inaugurado
su
segunda restauracion.
Introdújose el órden y el acierto
en casi
todos los ramos (le la
administracion, elevóse á grande altura nuestro crédito en los
mercados estranjeros ; pagábase puntualmente al ejército , si bien
corto , escelentemente organizado.
Los empleados todos y las clases pasivas cobraban mensual-
mente sus sueldos , como no habla sucedido desde la época de
Carlos
III.
Los constitucionales de la península vivían ya tranquilos y
respetados , si bien la espada de la justicia estaba afilada v desnu-
da en todas partes para herir instantáneamente á los que dentro
ó
fuera tratasen de perturbar el órden.
Logróse el anhelado objeto de nivelar el presupuesto de ingre-
sos con el de gastos , subiendo este último á la cantidad de cua-
trocientos cuarenta y ocho millones cuatrocientos ochenta y ocho
mil seiscientos noventa reates.
Cortísima cifra que revela el órden y la economía con que en
aquella época se administraba , y que sirve de fundado argumento
en la parte rentística contra los sistemas modernos , que por lo
complicado (le su ináquina han cuadruplicado los gastos, si bien
por su índole son mas apropósito para el desarrollo y aumento
de los productos.
En materias religiosas no existia ya la risible intolerancia de
años anteriores, ni en cuanto á opiniones políticas se observaba
tampoco la rigidez que hasta entonces habia servido como de
mordaza á los labios de los constitucionales.
En
el hogar doméstico y en las reuniones privadas empezaban
aquellos á discutir en voz baja sus máximas favoritas , y los me-
nos marcados iban ocupando las vacantes de las oficinas, especial-
mente
las
de Hacienda, y los huecos del ejército.
Ya la queja no era un crimen ni la opinion un atentado.
El cansancio en los
absolutistas y el desengaño ó el escar-
,
miento en los liberales , hacian ver á los últimos con alegría , sino
LTIMOS AS(.15 DEL
BEIN.tI)0
DE FEP.N.k
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DO
VII.
483
3
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embargo. con las desventajas de !os sistemas
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ve/ et.m h politica de su gobierno, originándose de
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T
ia
Fernando en M de marzo de 1815 al presiden-
te del consejo
de ministros el
siguiente aut
►
grafo decreto :
Desde el dia en
pie se
publique el decreto de reformas , nin-
cr
un
secretario
del despacho
me propondrá para los empleos
á
►
ii
p
2,1inii qme no sea cesante,
siempre que ha
y
a tenido buena con-
►
ucta
(Ir'
Constitticion.
Asunis,no
desde
dicho dia
no se dará pension ninguna por
ningnn ramo de cualquier clase que sea , escepto las de regla-
►
ento como viudas cu
y
os maridos hayan muerto en acciones de
1.111t'IT:1,
retiros
premios. etc.
No se dará nidos á reclamacion alguna , sea
de quien quiera;
y
de su cumplimiento hago responsables á los
secretarios del
th'Spne1111.
Sabías
y
elm\
en it
q
lt ns
medidas para matar la empleomanía,
Tic iba dearroll
inl
h
t'II E 'palla
desde principios
del siglo . y
que cs
1,1 carc
►
nul v
el deseredito de los
gobiernos representad-
sos
donde por s
q
misma esencia
y
por su forma ha
y
muchos mas
liwdits para satisfacer
las ambiciones.
\
á
com
►
ren,lera
luy estos actos de huna administracion y
otros
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la Misma
indobi
moderada . aun en la esfera de la
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Lzo
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ierno ernn in,pirados
por Ballesteros . que
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dt1 camino de perilicion v descre-
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que
lista entoners los ambiciosos y aduladores
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(1111)1101'3u.
A
tin segnia Cal
p
inarde garal-Dln
del
favoritiSITIO
de la corte y
protegiendo á los
carlistas.
asi llamados, desde la rebelion de Ca-
taluña, los insaciables partidarios del terror.
•
'90
CAPÍTULO XXXII .
Publicada en aquella ocasion , de.1;uc.,
un olvido de cua-
renta años , parecia y era en realidad un guante arroyado al par-
tido carlista ; la bandera de nuevas ideas , de otros hombres , de
futuros cambios de política.
Los carlistas , y especialmente su jefe , reco
g
ieron el guante
y se previnieron 'para la
.
lucha. El infante 1). Carlos protestO for-
malmente contra aquella innovticion , que iba
privarle tal vez
de la ansiada corona. Pero no tildó , como sus parciales. de falso
el cuaderno de Córtes de 1789 , sino que , abroquelado en su con -
ciencia y en el derecho que creia asistirle
►
retendia que ni las
Córtes ni su padre habían podido despojarle en aquella epoca de
sus derechos á la corona , por su nacimiento adquiridos , v de la
cédula de Felipe V derivados.
Sostenian ademas él y los suyos que no habla en los, hombres
facultad para anular unos derechos concedidos por la Providencia,
y que al paso que rendirían homenaje á la descendencia del rey,
si por ventura fuese varon el regio vástago, no cejarian un ápice
de sus pretensiones , si era una infanta la que estaba para venir
al mundo.
Sabida la resolucion de D. Carlos, anunciada sin duda ni va-
cilacion alguna ; conociendo la fria severidad de su carácter, su
entereza y resolucion , y la inflexibilidad de s,u conciencia ; tulio}
do en cuenta ademas el crecido número
y
sobrada osadía (le sus
parciales , era fácil vaticinar una guerra civil , mas ó menos pró-
xima , pero tremenda y asoladora siempre.
Mucho se ha escrito sobre si era
ó
no ley legítima . justa .;
conveniente la pragmática referida. Punto es este harto dilucidado
ya para que en su examen nos detengamos.
Nosotros creemos en su legitimidad, porque tan legítimo so
:verano era Carlos IV al restablecer la antigua ley de Partida , co-
mo su abuelo Felipe V , al restablecer la
ley ,svilica;
admitimos su
justicia , porque era un acto de respeto al derecho cornun espafiol,
tan venerado como tradicional , que debe ser y ha sido siempre
idéntica-rtmiforme en las familias de los reyes , como en las fa-
milias de los súbditos. Sostenemos su conveniencia , porque ade-
mas de estar su doctrina ajustada á la ley civil del mino , conjú-
11,Ti
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DEL
ItEIN1D0 DE FERNANDO
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1
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►
292
CAPÍTULO XXXII.
La carta otorgada por
Lui.5
XVIII, era ya insuficiente é into-
lerante su aplicacion. Faltó , pues , el equilibrio en los poder,.
públicos , corno es coman y de esencia que falte en los gobierno,
representativos , y al paso que crecieron las exigencias , creció h
presion ; y á la vez que iba desarrollándose
el
orgullo del poder
del pueblo , se aumentaba tambien y en igual proporeion el
ami
-
so del poder real. El choque de ambos era ya irremediable , y el
que se adelantase con decision en la embes:ida llevaria una gran
ventaja.
Quiso aprovecharse de ella la corte de tas 'fullerías , y en-
greida con la reciente conquista de Argel , trató de destruir
la
moderada Constitucion francesa. Como Freliminar, publicó
Ca
r-
los X en 25 de julio de 1830 los cuatro decretos siguientes . (.0
nocidos por
las ordenanzas de julio
1.°
Suspendiendo la libertad de imprenta por lo que mira a los
periódicos, que debian pedir licencia al gobierno cada tres mesr,s.
Disolviendó la Cámara de los diputados antes de reunirse.
3.° Estableciendo el censo electoral en las listas de imposicion
territorial, personal y moviliaria. t.° Convocando de nuevo las
cámaras para el 28 de setiembre. Conforme al primer decreto ,
podian darse á luz los periódicos sin conseguir de antemano h-
cencia , y los periodistas publicaron el 27 los suyos, depreciar.: o
el mandato como contrario al código constitucional que regia. FI
gobierno envió piquetes á destruir lis prensas , y trabóse la lucia
entre los artistas que defendían las imprentas y los agentes d,
poder, que querian penetrar á la fuerza ,
é
inutilizar los mold,
Los amantes de la libertad . entre quienes brillaban varios orad,)
res elocuentes , encaramáronse sobre las sillas en las plazas púl):i-
cas , en los paseos y en los puntos mas conocidos. Los ciudadan(),
entusiasmados á su voz , corrieron á las armerías. y se proveyerf yn
de armas : formaron barricadas con las piedras de las cantes , que
arrancaron en un momento , y con los muebles de las casas.
lucha se encarnizó con la resistencia de las tropas; el general La
fayette mandaba la guardia nacional: los suizos que tenia Carlos
en su guardia , defendieron con heróico ardimiento los pueste-;
confiados á su custodia. Tomó
el pueblo á viva fuerza el Louvre.
kSOS
11111,4,51
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F.E10,190
293
Tufkria, y iod(), los fidifieios
ifttportancia ,
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it fin, Carlos X tits-o que emprender la fuga ,
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para que los juzgase.
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dejad 1
e\istir Jorge IV . res- de Inglaterra,
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s Ido junio , y le svp
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príncipe Guillermo.
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twis
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incendio de la revo!ucion
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ya s( -abe (pu allí, tina vez encendido el Fuego
po-
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sanz-re que lo apague . aunque en sangre
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294
CAPÍTULO XXxn.
Mientras aumentaba con aquel cambio el temor de Fernando,
aumentaba la osadía de los liberales , protegidos al principio por
el nuevo gobierno &anees. Reconocido este al fin
p
ir Fernan-
do
VII,
pagóle su adhesion internando á los emigrados.
No dejaron estos de fraguar conspiraciones dentro y fuera
del reino, para trastornar el órden, y derrocar el gobierno ab
soluto.
El mas terrible desengaño mataba sus nuevas ilusiones. Al
invadir nuestras fronteras, se velan abandonados de los pueblos,
que marchaban á la montaña. Hambrientos y cicstrozabs , mal-
diciendo su fortuna , y renegando de sus compatriotas , que no
se levantaban en masa para proclamar el código de
. cuya
bandera enarbolaban, volvían á sus clubs en el estranjero re-
gando el camino con su propia sangre.
Víctimas de esas locas espediciones, abortadas del estranjero,
interior,
y de esas conspiraciones basensátas , fraguadas c
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fueron por entonces
Chapalangarra ,
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Manzanares , Aliyar, Doña Ma-
ñana Pineda , Torrijos, Lopez Pinto Florez Calderon, Fernandez
Colfin y otros muchos liberales.
Como era consiguiente, volvió el sistema de terror del año 2
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.
con sus decretos de pena capital, sus comisiones militares . su
policía y sus venganzas. Pero hay que ser justos. En esta época
fueron la causa única de las nuevas demasías los imprudentes
liberales.
Con sus invasiones
é
intentonas de conjuracion irritaron de
nuevo á Fernando, (lie no veia ya entonces en aquel rigor mas
que la conservacion de su trono y de su soberanía. Tambien con-
viene dejar al leon cuando duerme, y no herirle en ese estado, si
la herida no ha de ser mortal.
En aquella situacion de incertidumbre y de alarma , tli-die po-
dia prever el rumbo de la política española. Todos los peligros que
amenazaban podian conjurarse aun. La revoluion , pie renacia
en la península á consecuencia del triunfo popular de Francia.
podría estrellarse como otras veces en la severidad de Fernando.
Por otra parte, el descontento y maquinaciones de la fraccion
carlista , podría destruirse muy bien con el nacimiento de un
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296
CAPÍTULO XXXII.
quedarian
completamente destruidas esas simpatías y esos dere -
chos ante las bayonetas de los realistas y el violento empuje de
una reaccion organizada y atrevida.
A pesar de la seguridad del triunfo, comprendieron los parti -
darlos de D. Carlos, dirigidos y alentados por su vela( mente
decidida esposa , y entre ellos el ministro Calomarde, que con-
venia mucho quitar á las hijas de Fernando y á sus tímidos de-
fensores todo pretesto legal , ya que de antemano y cautamente
les habían quitado los elementos de fuerza con que contar pu-
dieran.
Era preciso á todo trance que el mismo monarca en virtud de
otro decreto revocase la pragmática por él publicada , v despojase
á sus hijas de la sucesbn á la corona.
Ardua empresa era esta , y de ella se encargó principalmente
Calomarde para borrar con este servicio al bando furibundo sus
traiciones anteriores, especialmente en la rebelion de Cataluña,
que ayudó á ahogar en sangre despees de haberla aplaudido y
fomentado.
Esta debilidad en los hombres de gobierno sin aliento ni co-
razon para conjurar las circunstancias; esa flexibilidad degralan-
te en los consejeros de príncipes y reyes; esa cobardía ante el
peligro y esa miserable propension en los políticos á arrodillarse
ante el astro que alumbra y volver la espalda al que se apaga,
fueron causa de las miserias de Bayo
y
a en 1808, de las impru-
dencias de 181k , de las tropelías del año .9.3 y de los escándalos
de 1832.
Fácil les fué á Calomarde y demas conjurados arrancar de los
labios de un moribundo la revocacion de la pi agmática de Car-
los IV ; revocacion tan inhumana como impolítica, porque á la
vez que el padre arrebataba una herencia legítima á sus hijos
sembraba el rey entre sus súbditos el gérmen dP, una guarra de
sucesion, de una guerra civil que necesariamente labia de con-
vertir el reino en un mouton de sangrientas ruinas.
Atemorizados los reyes con los augurios de tantas calamida-
des, cedieron al injusto despojo de sus hijaY,, creyendo así ase-
gurar la tranquilidad de los españoles. Acto de abnegacion , sa-
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298
CAPÍTULO
xx\n,
sus consejeros. Hizo pedazos el decreto original de Fernando en
favor
de la
sucesion
del
infante . y ahogó en un momento los
ya
triunfantes planes de la reaccion.
Bien pronto dió resultados la enérgica condin ta de la infantit.
LOS
absolutistas moderados abandonaron su ileíit:Id indiferente
apática, y se pusieron al lado de la reina hasta entonces de todos‘
abandonada. Muchos jóvenes de la nobleza. generales ,
trados y hombres de letras corrieron
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decidido apoyo á la causa de la reina , pactaron tácitamente con
ella
el
triunfo del liberalismo en pago de aquel servicio.
Organizose como por encanto un numeroso partido
favor
de las hijas de Fernando , escogidas ya como bandera ó como es-
cudo de futuras reformas.
Los antiguos realistas y liberales llaidwonse desde entonces
carlistas
y cristinos, y la cuestion dinástica quedó envuelta en la
cuestion política.
La inesperada mejoría del monarca , al paso que arrancó un
ahullido de dolor a los envalentonados carlistas , agrupó en der-
redor del trono á los absolutistas cuerdos y
.
á los templados libe-
rales, cambiando por completo la
euestion
dinástica y sembrando
esperanzas y temores en los partidos opuestos.
Resultado de aquel trastorno de ideas y de intereses fue la
completa destitueion del ministerio , enemigo declarado de los
derechos de la infanta, y el destierro de Calumarde, personitica
cion del bando derrotado. Para que el cambio fuese radical, hube
necesidad de sacrificar al ministro (k Hacienda IlalleAcros. que
no pudo destruir la traición de sus compaiwros eu la Granja.
Descollaba entre los nuevos consejeros de la corona por su in')
deracion
sabiduría . D, Francisco Lea Berwmdez. diplonratico
de fama , decidido partidario de la monanin temidada.
No era ciertamente este personaje el mas apropi'
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ÚLTIMOS ANOS DEL REINADO DE FERNANDO
VII.
307
timidad de la infanta vino á colmar la medida de
su
deses-
peracion.
Movimientos parciales en algunas provincias proclamando 15
D. Carlos, eran otros tantos chispazos del fuego que ardia oculto
en todas ellas, atizado desde la corte por la regencia secreta , y
desde Leon por su famoso é inquieto obispo D. Joaquin Abarca.
El ministro presidente Zea Bermudez , ilustrado y enérgico,
pero poco conocedor de la situacion que manejaba, de acuerdo
con Fernando adoptó un sistema de represion y contemporizacion
á la vez , que producía resultados contrarios á los
que
se proponía.
El simultáneo desarme (le los realistas pronunciados y de los
cristinos imprudentes, en vez de contener exasperaba ; en vez de
conciliar desunía.
Como amenaza al espíritu reformador y muestra de confianza
para el realismo , encargóse otra vez Fernando de las riendas del
gobierno supremo , á pesar de la impotencia física que le consti-
tuia en una nimia mecánicamente animada; en un cadáver gal-
vanizado.
Siendo la duquesa de Beira el alma de las intrigas de la corte,
y fraguándose en su cuarto las inmensas conspiraciones carlistas
que amagaban estallar en todo el reino, consiguió Fernando mar-
chase
á
Portugal y que el mismo D. Carlos y su familia „ junta-
mente con el infante D.
SA)astian,
se decidiesen á acompañarla.
La inoportuna salida de D. Carlos de los dominios españoles
fué entonces y ha sido luego duramente censurada por sus mis-
mos adeptos, calificándola de cobardía y abandono de su causa.
Ya hemos dicho en otra parte, y así nos lo prueba la historia
contemporánea , que D. Carlos no era un príncipe ambicioso,
si
no
preocupado , que sostenía sus derechos , estimulado por su
conciencia y no seducido por el brillo de un trono.
La conciencia, pues, sus preocupaciones religiosas le obliga-
ron á salir entonces de España para no verse en el duro trance de
prestar un falso juramento á la infanta doña Isabel, ó de adquirir
el odioso
título (le usurpador
de un trono , viviendo aun su legí-
timo dueño.
A. ser ambicioso el infante D. Carlos , á estar dotado de
la sa-
308
CAPÍTULO
XXXII.
gacidad , del valor y de la audacia ;le lbs usurpadores , fácil
le
hubiera sido á la muerte de su hermano arrancar de las débiles
manos de una niña el cetro de Castilla, con el apoyo de doscien-
tas mil bayonetas de voluntarios realistas y el interesado auxilio
del numeroso clero y de las clases privilegiadas.
Tal vez la escesiva confianza de D. Carlos en la adhesion
fuerza de aquellos elementos, le aconsejarla aquel paso que le
alejaba para siempre del trono.
Libre de ese obstáculo el monarca , desanimado el bando car-
lista por la ausencia de su jefe ; contenidos , si no acobardados
los liberales con las amenazas de Fernando, fijó este toda su aten-
cion en legalizar la cuestion dinástica, obrando mas bien como
padre que como rey.
Anuncióse, pues, con desusado estrépito la jura de la infanta
Isabel, como princesa de Asturias , y la nacion , entre fiestas
regocijos , apartó por un momento sus Ojos del negro porvenir
que se acercaba.
Verificóse aquel acto de religiosa grandiosidad el 20 de ju-
nio de 1833 en el real monasterio de San Gerónimo, con todas las
ceremonias de costumbre y con una pompa y una suntuosidad de
que no habia memoria entre los espectadores.
Los miembros de la real familia , los cardenales, los obispos.
los grandes de España , los títulos de Castilla , los generales , los
altos magistrados de la nacion , los procuradores de las ciudades
y villas de voto en (Irles, cuanto de notable habla en España en
posicion, en letras y en armas , todo concurrió á la jura de
la
infantas , ante quien todos doblaron la rodilla y prestaron el tan
monárquico
C01110
tradicional pleito-homenaje.
En Madrid y en las provincias el regocijo fué universal. Aquel
acto, con sus imponentes ceremonias , con el boato de que se
revestía , con sus recuerdos históricos , con sus reminiscencias de
la edad inedia , impresionaba vivamente
la imaginacion
(1(1
►
ue-
blo
que ,
no viendo en él, á causa de su imprevision , la fatídica
promulgackm de la guerra cisil corria loco
de
contento y de
monárquico entusiasmo á depositar su lealtad y su cariño a
los
pies de sus soberanos.
ÚLTIMOS AÑOS DEL REINADO DE FERNANDO
vil.
309
Pronto vino á furbar tanta alegría, tan embriagador regocijo,
una fatal noticia. El infante D. Carlos, á pesar de las súplicas y
reconvenciones del monarca se negaba obstinadammte á prestar
el juramento que la nacion l' Aja prestado.
Esa negativa que aparentemente no era otra cosa que la di-
sidencia de un individuo do la regia familia , significaba en rea-
lidad la rebelion de un partido numeroso ; la solemne protesta
de un
.
derecho ; la iniciativa de una devastadora lucha de sie-
le años.
El ministerio , que á la sazon aconsejaba á Fernando , recha-
zaba las pretensiones del infante con una dignidad que le honra,
al paso que son tatnbien dignas de respeto y admiracion la me-
sura
y
entereza con que D. Carlos defendía sus aspiraciones á la
corona , fundadas en el derecho divino , y sostenidas por una se-
veridad de conciencia y 'una inflexibilidad de principios político
religiosos . que en gran manera lo disculpan.
La correspondencia seguida entre ambos hermanos á causa
de esa negativa es sobrado interesante como curiosa , para que
nuestra historia deje de ocuparse de ella.
Fernando escribió á D. Carlos el 21 de abril una afectuosa
carta en que exigia del infante que sin violentar su conciencia
manifestase claramente su propósito de concurrir ó no á la jura
la princesa Isabel , su heredera. E! embajador
D.
Luis Fer-
nandez de Córdova puso en manos de
D.
Carlos en Ramalhao;
cerca de Lisboa, en 29 del mismo mes la carta del rey , á la que
contestó su hermano en los térniinos siguientes :
«Mi muy querido hermano de
mi
corazori , Fernando mio de mi vida:
visto con el mayor gusto por tu carta del
23,
que me has escrito aunque
sin tiempo, lo que me es motivo de agradecértela mas, que estabas bue-
no ,
y
Cristjna y tus hijas; nosotros lo estarnos, gracias á Dios. Esta ma-
ñana. á las diez peco mas ó menos vino mi secretario Plazaola á darme
4
,
%enta
de
un oficio que habla recibido de tu ministro en esta corte Cór-
doba , pidiéndome hora para comunicarme una
real órden que 'labia re-
cibido ; le cité. á
las doce, y habiendo venido á la una menos minutos, le
hice entrar inmediatamente ; me entregó el oficio para que yo mismo me
enterase de él, le leí, y le dije que yo directamente te
respondería, por-
Tie así convenía á
mi
dignidad y carácter,
y porque siendo tú mí
rey y
señor, eres
ai mismo tiempo mi hermano,
y
tan queridos toda la vida,
310
CAPÍTULO XXXII.
habiendo tenido el gusto de haberte acompafiado en todas tus
.
desgra-
cias.—Lo que deseas saber es si terno ó no tengo intencion de jurar á tu
hija por princesa de Asturias : cuánto desearia poderlo hacer ! Debes
creerme , pues me conoces, y hablo con el corazon , que el mayor gusto
que hubiera podido tener seria el de jurar primero, y no darte este dis-
gusto y los que de él resulten , pero mi conciencia y mi honor no me lo
permiten ; tengo unos derechos tan legítimos á
la
corona , siempre que te
sobreviva y no dejes varon , que no puedo prescindir de ellos: derechos
que Dios me ha dado cuando fue su voluntad que yo naciese, y solo Dios
me los puede quitar concediéndote un hijo varon, que tanto deseo 's-o,
puede ser que aun mas que tú; ademas, en ello defiendo la justicia del
derecho que tienen todos los llamados despues que yo, y así me veo en
la precision de enviarte la adjunta declaracion , que hago con toda for-
malidad á tí y á todos los soberanos, á quienes espero se la harás (omu-
nicar.—Adios,i.ni muy querido hermano de mi corazon : siempre lo será
tuyo , siempre te querrá , siempre te tendrá presente en sus oraciones este
tu mas amante hermano.—M.
CARLOS. »
La formal protesta
.
, que acompañaba á la carta anterior , es
taba concebida en estos términos:
«Señor: Yo Carlos María Isidro de Borbon y Borbon , infante de Es-
paña.—Hallándome bien convencido de los legítimos derechos que me
asisten á la corona de España, siempre que sobreviviendo á V. M. no
deje un hijo varon , digo: que ni mi conciencia ni mi honor me permiten
jurar ni reconocer otros derechos, y así lo declaro.—Palacio de Ra-
malhao 29 de abril de 1833.—Señor.—A. L. R. P. de V. M. —Su mas
afecto hermano y fiel vasallo, el infante D.
CARLOS.»
Despues de estendidas las anteriores carta y protesta , don
Carlos las circuló por el corroo á los obispos, grandes , diputa-
dos y presidentes de los consejos, pero el gobierno. español se
apoderó de los pliegos en el correo : tambien remitió el infante
copia
.
el 23 á los gabinetes europeos acompañándola con una car-
ta: y Augusto de Saint Silvain , titulado ba
•
on de los Valles,
partió á Francia é Inglaterra á entregarlas á los respectivos mo-
narcas. Al propio tiempo imprimió el liaron varios opúsculos so-
bre los derechos del infante , que derramó profusamente por to-
das partes y que los contrabandistas introdujeron desde Bayona
en la península
española. El rey de Nápoles unió tambien
en 18
de mayo su protesta ante todos
los
reyes contra la jura de la
ÚLTIMOS ANOS DEL REINADO DE FERNANDO vil.
311
princesa Isabel, en cuyo documento que remitió al ministerio
nuestro embajador en aquella corte , se leia el párrafo siguiente:
En su consecuencia , y en conformidad de las medidas de mi
augusto padre adoptadas en 22 de setiembre de 1830 para la
conservacion de aquel derecho , es mi deber , en honor de mis
derechos y en cumplimiento de las sagradas obligaciones en que
la divina Providencia ha querido colocarme, protestar formal-
mente, como de hecho lo hago ante todos los soberanos legíti-
mos de todas las naciones, contra la pragmática sancion de 29
de marzo de 1830, y contra todo lo que pueda alterar los prin-
cipios que hasta ahora han sido la base del esplendor de la casa
de Borbor , y de los derechos incontestables que he adquirido
por la ley fundamental religiosamente observada y comprada 'á
costa de tantos sacrificios. »
En vista de la negativa de D. Carlos á jurar á la heredera del
cetro , Fernando volvió á escribir al infante :
«Madrid 6 de mayo de 1833.—Mi muy querido hermano de mi vida,
Carlos de mi corazon. He recibido tu muy apreciable carta de 29 del pa-
sado, y me alegro mucho de ver que estabas bueno, como tambien tu mu-
jer é hijos: nosotros no tenemos novedad , gracias á Dios.—Siempre he
estado persuadido de lo mucho que me has querido. Creo que tambien lo
estás del afecto que yo te profeso, pero soy padre y rey , y debo mirar
por mis derechos y los de mis hijas , y tambien por los de mi corona.—
No quiero tampoco violentar tu conciencia, ni puedo aspirar á disuadirte
de tus pretendidos derechos , que fundándose en una determinacion de
los hombres, crees que solo Dios puede derogarlos. Pero el amor de her-
mano que te he tenido siempre me impele á evitarte los disgustos que
te
ofrecerla un pais donde tus supuestos derechos son desconocidos, y los
deberes de rey me obligan á alejar la presencia de un infante, cuyas pre-
tensiones pudiesen ser pretesto de inquietud á los mal contentos.—No
debiendo pues tu regresar á España por razones de la mas alta política,
por las leyes del reino,
que así
lo
disponen espresampte, y por tu misma
tranquilidad , que yo deseo tanto corno el bien de
mis
pueblos, te doy li-
cencia para que viajes desde luego con tu familia á los Estados Pontifi-
cios , dándome aviso del punto á que te dirijas , y del en que fijes tu re
—Al puerto de Lisboa llegará en breve uno de mis buques de
guerra dispuesto para condueirte.—España es independiente de toda ac-
cion
é influencia estranjera
en lo que pertenece á su régimen interior ;
y
yo obraria contra la libre
y
completa soberanía de mi trono, quebrantando
312
CAPÍTULO XXXII.
con mengua suya el principio de no Intervencion adoptado generalmente
por
los gabinetes de Europa , si hiciese
la courInieacion que me pides en
tu
carta.---odios, querido Carlos
mio; cree qtic,
te
qi
e
te quiere
y
te querrá siempre tu afectísimo é le
variable
hermano.
—FEBNANDo.»
Al
dia siguiente ordenó el monarca que la fragata
Lealial
pa-
sase á Lisboa á las órdenes de D. Carlos para trasladarse con su
familia al puerto de Civita-Yeebia, y comuni6ronse á su jefe
D.
Bruno Roque Guruceta instrucciones reservadas relativas á su
encargo por si encontraba en el camino buques e3tranjeros, ó por
si S. A. quería variar de rumbo. Tambien se mandó á las oficinas
de Hacienda de Galicia que le entregasen trescientos mil reales
para atender á los gastos de la mesa. D. Carlos respondió así :
«Mafra
13
de mayo de 1833.—Mi muy querido hermano niio de mi co-
razon , Fernando mío de mi vida.--Ayer á las tres de la
tarde
recibí
tu
carta del 6 , que me entregó, Córdova , y me alegré mucho de ver que no
tenias novedad , gracias á Dios: nosotros gozamos del mismo beneficio
por su infinita bondad: te agradezco mucho todas las espresiones de ca-
riño que en ella me manifiestas, y cree que sé apreciar y dar su justo
valor á todo lo que sale de tu corazon: quedo igualmente enterado de mi
sentencia de no deber regresar á España ; por lo que me das tu licencia
para que viaje desde luego con mi familia á los Estados Pontificios, d.ln
dote aviso del punto á que me dirija , y del en que lije mi residencia :
lo primero te digo que me someto con gusto á la voluntad de Dios, que
así lo dispone: en lo segundo no puedo menos de hacerte presente que
me parece que bastante sacrificio es el no volver á su patria , para que
se le añada el no poden vivir libremente en donde á uno mas le conven-
ga, para su tranquilidad, su salud y sus intereses: aquí hemos sido reci-
bidos con las mayores consideraciones y estamos muy buenos; aquí pu-
diéramos vivir perfectamente en
.
paz y tranquilidad , pudiendo tú
estar
bien persuadido y sosegado de que así como he sabido cumplir con mis
obligaciones en circunstancias muy críticas dentro del reino , sabré del
mismo modo cumplirlas en cualquier punto que me halle fuera de él,
porque habiendo sido por efecto de una gracia muy especial de Dios,
esta nunca me puede faltar : sin embargo de todas estas reflexiones estoy
resuelto á hacer tu voluntad , y :1 disfrutar del favor que me haces de
enviarme un buque de guerra dispuesto para conducirme ; pero antes ten-
go que arreglarlo todo y tomar mis disposiciones para mis particulare.;
intereses de Madrid, viéndome igualmente precisado á rLcurrir á tu bon-
dad para que me concedas algunas cantidades de mis atrasos; nada te
pedí ni te pidiera para un viaje que hacia por mi voluntad , pero este
va-
ÚLTIMOS AROS DEL REINADO DE FERNANDO
vil.
313
ria enteramente de especie, y no podré ir adelante si no me concedes lo
que te pido.—Resta el último punto, que es el de nuestro embarque en
Lisboa. Cómo quieres que nos metamos otra vez en un punto tan con-
tagiado , y del que salimos por la epidemia? Dios por su infinita miseri-
cordia nos sacó libres , pero al volver casi seria tentar á Dios : estoy
persuadido de que te convencerás , así como te seria del mayor dolor y
sentimiento si por ir á aquel punto se contagiase cualquiera, é infestado
el buque pereciésemos todos.—Adios, querido Fernando mio : cree que te
ama de corazon , como siempre te ha amado y te amará , este tu mas
amante hermano.—M.
CARLOS.
La resistencia de D. Carlos á embarcarse en el acto y salir de
1a península antes de la jura de la princesa Isabel motivó otra
carta de Fernando,
«Madrid '20 de mayo de 1833.— Mi muy querido hermano de mi vida,
Carlos mio de mi corazon. He recibido tu carta del 13, y veo con mucho
gusto que estabas bueno, como igualmente tu mujer é hijos: nosotros con-
tinuamos buenos, gracias á Dios.—Vamos á hablar ahora del asunto que
tenernos entre manos. Yo he respetado tu conciencia
.
, y no he juzgado ni
pronunciado sentencia alguna contra tu conducta. La necesidad de que vi-
vas fuera de España
es
una medida de precaucion tan conveniente para tu
reposo corno para la tranquilidad de mis pueblos, exigida por lasMas justas
razones de política
é
imperada por las leyes del reino, que mandan alejar
y estrañar los parientes del rey que lo estorbasen manifiestamente. No es
un castigo que yo te impongo, es una consecuencia forzosa de la posicion
en que te has colocado.—Bien debes conocer que el objeto de esta disposi-
cion no se conseguirla permaneciendo tú en la península. No es mi ánimo
acusar tu conducta por lo pasado, ni recelan de ella en adelante : sobradas
pruebas te he dado de mi confianza en tu fidelidad, á pesar de las inquie-
tudes que de tiempo en tiempo se han suscitado, y en que tal vez se ha
tomado tu. nombre por divisa.—A. fines del año pasado se fijaron y espar-
cieron proclamas, escitando á un levantamiento para aclamarte rey , aun
viviendo yo ; y aunque estos cierto de que estos movimientos y provoca-
ciones sediciosas se han hecho sin anuencia tuya , por mas que no hayas
manifestado públicamente tu desaprobacion , no puede dudarse de que tu
presencia ó tu cercanía serian-un incentivo para los díscolos, acostumbra-
dos á abusar de tu nombre. Si se necesitasen pruebas de los inconvenien-
tes de tu proximidad , bastará ver que al mismo tiempo de recibir yo tu
carta primera se han difundido en gran número para alterar los ánimos
copias de ella y de la declaraeion que la acompaña, las cuales no se han
sacado ciertamente del origaial que me enviaste. Si tú no has podido pre-
caver la infidelidad de esta publicacion , puedes conocer á lo menos la ur-
3 1 I.
CAPÍTULO XXXII.
gencia de alejar de mis pueblos cualquiera origen de turbacion , por mas
inocente que sea. Señalando para tu residencia el bello pais y benigno
clima de los Estados Pontificios, estrado que prefieras el Portugal cele()
mas conveniente á tu tranquilidad, cuando se halla combatido por una
guerra encarnizada sobre su mismo suelo , y como favorable á tu salud
cuando padece una enfermedad cruel , cuyo contagio te hace recelar que
perezca toda tu familia. En los dominios del Papa puedes atender como
en Portugal á tus
intereses.—No
te someto á. leyes nuevas ; los infantes de
España jamas han residido en parte alguna sin conocimiento y voluntad
del rey : tú sabes que ninguno de mis predecesores ha sido tan condescen-
diente como yo con sus hermanos.—Tampoco te obligo (1 volver á Lisboa,
donde solo parece que temes la enfermedad que se propala por otros pue-
blos ; puedes embarcarte en cualquier pueblo de la bahía , sin tocar en la
poblacion ; puedes elegir algun otro de estas inmediaciones proporcienado
para el embarque. El buque tiene las órdenes mas estrechas de no coma
airar con tierra, y debes estar mas seguro de su tripulaeion , que
.
no habrá
tenido contacto alguno con Lisboa, que de las personas que te rodean en
Mafra.--E1 comandante de la fragata tiene mis órdenes y fondos para hacer
los preparativos convenientes á tu cómodo y decoroso viaje : si no te sa-
tisfacen, se te proporcionarán por mano de Córdova los auxilios que hayas
menester. Yo tomaré conocimiento y promoveré el pago de los atrasos que
me dices y en todo caso hallarás á tu arribo lo que necesitares. Me ofen-
derias si desconfiases de mí.—Nada, pues, debe impedir tu
,
pronta partida,
y yo confio en que no
retardarás mas esta prueba de que es tan cierta como
creo la resolucion que manifiestas de hacer mi voluntad.—Adios, mi que-
rido Carlos. Siempre conservas y conservarás el cariño de tu amantísimo
hermano.—FERNANDO.»
Respondió el infante ofreciendo obedecer las órdenes del rey
cuando pasase el Corpus.
«Itamalhao 2'7 de mayo de 1833.—Mi muy querido hermano de mi vida,
Fernando mio de mi corazon : Antes de ayer 25 recibí la tuya del 2
►
,
tuve el consuelo de ver que no habra novedad en tu salud ni en la de Cris-
.
tina y niñas; nosotros todos estamos buenos, gracias á Dios por todo.—
Voy
responderte á todos los puntos de que me hablas : dices que has respetado
mi conciencia ; muchas gracias : si yo no hiciese caso de era y obrase
contra ella, entonces sí que estaba mal y tendría que temer mucho, y con
fundamento: que no has pronunciado sentencia contra mi conducta, sea lo
que quieras; lo cierto es que se me carga con todo el peso de la ley , por-
que dices que es una consecuencia forzosa de la posicion en que me he
colocado; quien me ha colocado es la divina Providencia mas bien que
yo .mismo.—No es tu ánimo acusar mi conducta por lo pasado, ni recelar
ÚLTIMOS AROS DEL REINADO DE FERNANDO
VII.
315
de ella en adelante ; tampoco á mí me acusa mi conciencia por lo pasado; y
por lo de adelante, aunque no sé lo que está por venir, sin embargo tengo
entera confianza en ella , que me dirigirá bien como hasta aquí , y que yo
seguiré sus sabios consejos mucho se me ha acusado , pero Dios por su in-
finita misericordia ha permitido que no tan solo no se haya probado .nada,
sino que todos los enredos que han armado para meter cizaña entre nos-
otros y dividirnos, por sí mismos se han deshecho y han manifestado su
falsedad ; solo tengo un sentimiento que penetra mi eorazon , y es que es-
taba yo tranquilo de que tú me conocías , y estabas tan seguro de mí y de
mi constante amor, y ahora veo que no; mucho lo siento: en cuanto á las
proclamas, no he desaprobado en público esos papeles porque no venia
al caso, y creo haber hecho mucho favor á sus autores, tan enemigos tuyos
como inios , y cuyo objeto era , como he dicho arriba , romper ó cuando
menos aflojar los vínculos de amor que nos han unido desde nuestros pri-
meros arios; y en cuanto á las copias de mi carta y declaracion que se
han difundido en gran número al momento, yo no puedo impedir la publi-
cacion de unos papeles que necesariamente debían pasar por tantas
ma-
nos.-
-
--Te daré gusto y te obedeceré en todo; partiré lo mas pronto que me
sea posible para los Estados Pontificios, no por la belleza, delicia y atrac-
tivos del pais , .que para mí es de muy poco peso, sino porque tú lo quie-
res, tú que eres mi rey y señor, á quien obedeceré en cuanto sea compa-
tible con mi conciencia ; pero ahora viene el Corpus y pienso santificarlo lo
mejor que pueda en Mafra , y no sé por qué te admiras que yo prefiriese
quedarme en Portugal , habiéndome probado tan bien su clima, y á toda mi
familia, y no siendo lo mismo viajar que estarse quieto: yo no te dije que
temiese el perecer yo y toda mi familia, sino que si nos íbamos á embarcar
á Lisboa, podio cualquiera contagiarse al pasar por aquella atmósfera pes-
tilencial, y despues declararse en el buque, donde podíamos perecer todos:
ahora con tu permiso de podernos embarcar en cualquiera otro punto, es-
pero ver á Guruceta , que aun no se me ha presentado , para tratar con
él : te doy las gracias por las órdenes tan estrechas que has dado á la tri-
pulacion ; es regular que así las cumpla: mientras tanto el buque se está
impregnando de los aires precisamente de Belen adonde
.
está fondeado; y
las personas que me han rodeado en Mafra son las mismas que aquí y en
todas partes, que son las de mi
servidumbre.—Me
parece que he respon-
dido á todos los puntos en cuestion , y me viene á la memoria Mr. de Gor-
set : ¿ no te parece que tiene alguna analogía? Esto te lo digo porque no
siempre se ha de escribir serio , sino que entre col y col viene bien una
lechuga.—Adios , mi querido Fernando ; da nuestras memorias á Cristina,
recíbelas de María Francisca , y cree que te ama de corazon tu mas amante
hermano.--M.
CARLOS.»
316
CAPÍTULO XXXII.
Mas en vez de cumplir el infante su palabra, y cuando ya se
hallaba surta y preparada la fragata
Lealtad
partió secreta
y
precipitadamente de Rarnalhao, en compañía de su esposa
é
hijos
y thl la princesa de Beira para. Coimbra ciudad vecina á la raya
de España. Antes (le partir D. Carlos participó el viaje á su her-
;nano en la siguiente carta, pretestando el deseo que tenia de
despedirse de D. Miguel y de las infantas sus cuñadas.
Ramalhao
28 de mayo de
1833.—Mi
muy querido hermano mio de mi
,orazon ,
Fernando mio de mi vida : Me alegraré que continúes sin la me-
nor novedad
en tu
salud, y Cristina y niñas; nosotros todos estamos buenos
gracias á Dios,
y
de viaje:
el segundo motivo que tuvimos
pala
pedirte
permiso para este viaje fué el de que María Francisca tuviese el gusto
dt.
volver á ver y abrazar
á sus hermanos; el mismo deseo nos ha manifes-
lado Miguel siempre, diciéndonos que sentia tanto que las circunstancias
113
le permitiesen volver
á
vernos,
pero que lo deseaba mucho; nos hemos
estado tranquilos, y mas
habiéndome
manifestado Córdova que no
era tu
voluntad que fuésemos
á Braga; pero habiendo recibido tu órden de ir á
Roma ,
me pareció muy justo despedirme de él, y hacerle
ver mi senil -
miento de no haber podido
aprovecharme de esta ocasion de abrazarle
y
conocerle, y que esta ya no volverla, y así que le deseaba todas
las felici-
dades,
y que le estaba muy agradecido de la buena
acogida que
habíamos
tenido en Portugal : á esto me ha contestado últimamente ,
que pues que
nos Íbamos, quería que antes que nos embarcásemos fuésemos á
Coimbra,
á donde tendríamos el gusto que tanto deseábamos todos, y que
para él
seria
el mayor sentimiento que habiéndonos estado nosotros tanto tiempo,
fuésemos sin habernos visto; ya ves que á una invitacion corno esta ,
y
siendo
á
Coimbra, hubiéramos sido muy groseros si no consentíamos gus-
tosos, y estóy muy convencido que penetrado tú de estas razones, lejos
de
desaprobarlas,• te hubiera disgustado que no lo hiciésemos, y así hoy
va-
mos
á Mafra, y mañana, Dios mediante, continuaremos.—Adios, Fernando
mio de mi corazon , memorias como siempre, y cree que to ama de cora-
zon
tu mas amante
hermano.—M.
CARLOS.»
El embalador Fernandez de Córdova desplegó una actividad y
firmeza superiores á todo elogio ; á su celo é inteligencia se de-
bió el que los carlistas no pudiesen llevar á cima los planes
que
atizaban en Tolosa Caloniarde y el conde de España, que desde
Italia habia pasado á Francia. Fernando convino en que su her-
mano
pasase el dia del Corpus
en Mafra , y le escribió así :
ÚLTIMOS AÑOS DEL REINADO DE FERNANDO
VII.
323
Por todas partes se sucedian las conspiraciones en diversos
sentidos.
La guardia real se sublevaba en el mismo palacio, puesto bajo
su custodia , y la milicia realista abandonaba las ciudades y enar-
bolaba en los montes de Aragon y de Toledo , en las campiñas de
Valencia y en las llanuras de Castilla el negro estandarte de la
rebelion.
Los liberales, por su parte , se armaban en secreto , y resta-
bleciendo sus sociedades masónicas , fraguaban sin cesar proyec-
tos de dominacion y de venganza.
El volean de la revolucion ardía oculto en el seno de la socie-
dad , próximo á desbordarse y á inundar con su hirviente laba los
•
campos y las ciudades.
La muerte de Fernando
VII
hizo que el cráter reventara , con-
moviendo con su violenta sacudida los mas hondos cimientos de
la nacion.
A una botella de cerveza , dicen que comparaba Fernando
VII
la España , siendo él el tapon que contenia su fermentado liquido.
Tan prosáica comparacion era exacta por nuestra desgracia.
Eolo de la política española, soltó al morir
los
vientos de la tem-
pestad que , rugiendo furiosa por el horizonte de la península, la
destruyó con
sus
rayos anegándola en una lluvia de sangre.
Murió Fernando
VII
el 29 de setiembre de 1833, llorado de
pocos , reconciliado con muchos, temido de todos.
Su reinado fué • una serie continua de peripecias para la mo-
narquía pura. Eslabon en la cadena de los tiempos; transicion en-
tre la sociedad antigua y la moderna ; ruinas de un siglo que se
desmorona y cimiento de otro que se alza lleno de juventud y de
vida , el reinado de Fernando
VII debió resentirse de
los
violentos
choques entre la civilizacion del mundo moderno y la rudeza de
la edad pasada ; de la lucha de la filosofía con el fanatismo ; de
los combates de la reforma con la reaccion.
Con mas pasion que talento ; débil de carácter , suspicaz , des-
confiado , pudo dominar á
los hombres ,
pero no vencer á las cir-
cunstancias.
Monarca de derecho divino , prefirió el reinar al gobernar;
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