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La desventurada historia del Torín. La primera plaza de toros permanente de Cataluña

González Moreno-Navarro, Antoni

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LA DESVENTURADA HISTORIA DEL TORÍN, LA PRIMERA PLAZA DE TOROS PERMANENTE DE CATALUÑA Antoni González Moreno-Navarro* l espacio taurino, es decir el ámbito, el lugar donde desde tiempos inmemoriales se produce el juego (ritual o festivo) del hombre con el toro, se ha diversificado en los últimos siglos, en paralelo con la evolución del propio juego. Hasta finales de la época moderna, el lugar habitual de todo tipo de funciones taurinas, caballerescas o populares era el espacio público habilitado a propósito, escenario habitual todavía hoy del correbou.1Después, a medida que ganaba terreno el espectáculo cada vez más profesional y reglamentado que conocemos como corrida2, a causa del inten- * Arquitecto. restaurador de monumentos. Autor de Bous, toros y braus. Una tauromaquia catalana (1996). Crítico taurino de Diari de Barcelona (1987- 1992), Avui (1995-1997) y La Vanguardia (1999-2005). 1Históricamente, el juego de los bueyes ha sido denominado en Cataluña cós de bous, fer córrer els bous o simplemente córrer els bous (de aquí el correbou de las comarcas del interior –en Cardona, corre de bou– o los bous de las comarcas meridionales). 2 Desde su mismo inicio, para designar en catalán esta variedad del juego con el buey, se utiliza la expresión correguda de bous –según el diccionario de Alcover y Moll, «nombre bien catalán, general y popular todavía en todo el País Valenciano– o bien, en las otras regiones del dominio linguístico, el castellanismo corrida» (Lo testimonian, por ejemplo, documentos de Olot del siglo XVIII). Hoy, E Revista de Estudios Taurinos N.º 26, Sevilla, 2009, págs. 61-78 Antoni González Moreno-Navarro 62 to de controlar desde el poder la fiesta taurina y la necesidad de racionalizar el espacio urbano, nació el edificio taurino especializado, denominado plaza en recuerdo del espacio donde originariamente se celebraban las funciones que acoge. Las primeras construcciones taurinas levantadas con una cierta voluntad de permanencia, aunque sólo fuera temporal, se hicieron de madera. Es el caso de las primitivas plazas de toros catalanas, las de Barcelona, Olot, Vic, Sabadell, Manresa o Ripoll. Más adelante comienzan a levantarse plazas hechas de obra. Barcelona fue una de las primeras ciudades de España en decidirse a hacer un edificio así, ya que a comienzos del siglo XIX solamente existían las de Madrid (construida en 1754), Sevilla (1761), Zaragoza (1764), Ronda (1785), Aranjuez (1796), Valencia (1798) y El Puerto de Santa María (1802). Se tiene noticias de dieciséis de estas plazas hechas en Cataluña a lo largo de los siglos XIX y XX: las tres de Barcelona (El Torín, Las Arenas y La Sport-Monumental) y las de Tortosa (iniciada en 1843), Olot (1859), Tarragona (1883), Sabadell (1884), Figueras (1886), Manresa (1887), Camprodón (1890), Mataró (1894), Santa Eugenia de Ter (ahora Gerona, 1897), Vic (1917), Cardona (1941) –desmontable, pero permanente–, Sant Feliu de Guíxols (1956) y Lloret de Mar (1962), además de las destinadas a uso turístico (Vilassar de Dalt, Sant Cebriá de Vallalta o Cambrils) o las propias de las ganaderías de reses bravas (en el barranco de Lloret de Tortosa y en Alfara de Carles). este segundo vocablo continúa bien arraigado en el mundo taurófilo pese a los intentos, de raíz ideológica más que científica, de sustituirlo por un galicismo moderno, cursa, sin relación con el contenido del juego que se pretende definir (es evidente que ni los toros ni los toreros hacen curses, es decir carreras). La desventurada historia del Torín,... 63 LA PLAZA DEL TORÍN DE BARCELONA La construcción y el inicio de la actividad de la primera plaza de toros permanente de Cataluña fueron agitados. Y sus desventuras, como veremos, no acabaron aquí. Las disputas y tensiones en torno a la propiedad y el uso durarían hasta su ocaso, también accidentado y triste. E incluso, una vez desaparecido su rastro del solar que la acogiera, éste ha propiciado uno Fig. n.º 3.- Planta y alzado de la plaza de toros de Zaragoza, proyecto que sirvió de modelo para la plaza de toros de Barcelona. de los últimos sobresaltos de la ensoberbecida y laxa ciudad de Barcelona de finales del siglo XIX. (Un fenómeno según parece inherente al ocaso de los espacios taurinos barceloneses: la plaza de toros de Las Arenas ha sucumbido ridiculizada y todavía no sabemos, aunque lo intuimos, qué pasará con la Monumental). La desventura de la plaza de toros del Torín no ha tenido nada que ver, sin embargo, con la historia taurina del edificio. Antoni González Moreno-Navarro 64 UNA HISTORIA TAURINA DE LO MÁS NORMAL El edificio se levantó el año 1834 en los terrenos delimitados por las calles de los Pinzón, Doctor Aiguader, Balboa y Salvat Papasseit, tocando la Ronda del Litoral. Por su situación, cerca del centro político y social de la ciudad, se consideró siempre un equipamiento ciudadano, relacionado con el barrio de la Barceloneta por la proximidad física, no por ninguna vinculación de otra índole. La plaza se denominó oficialmente durante muchos años “plaza de toros de Barcelona”, fue llamada popularmente El Torín y sólo en el siglo XX, cuando ya funcionaban las otras plazas con las que contó la capital, se la conoció como “la antigua de Barcelona” o “de la Barceloneta”. La plaza se inauguró el 26 de julio de 1834. El primer toro que pisó la arena pertenecía a la ganadería de Javier de Guendulain y los primeros matadores fueron Juan Hidalgo y Manuel Romero Carreto. Aquel primer año se celebraron siete corridas y, según Guitert de Cubas, «esas funciones eran recibidas por el público con loca aceptación»3. No tan tranquila fue la temporada de 1835. Se inauguró el 28 de mayo y la empresa pudo ofrecer, entre otros espectáculos, siete corridas de toros. De la última, la del 25 de julio, hablaremos más adelante. Después, la actividad taurina del Torín no se reemprendió oficialmente hasta el día de San Pedro de 1850 y durante tres cuartos de siglo continuó con diversas vicisitudes, hasta que la apertura, el año 1900, también el día de San Pedro, de la segunda plaza de toros de Barcelona, la de Las Arenas, y más tarde, el 12 de abril de 1914, de la Sport (convertida en Monumental el año 1916), marcó el inicio de su declive. El éxito de estos edificios, mejor equipados y con mejores comunicaciones (la marginación urbana del Torín se había iniciado ya en 1848 con la nueva vecindad del ferrocarril), fue definitivo. 3Avelino Guitert de Cubas: Barceloneta, 1897. La desventurada historia del Torín,... 65 Fueron tres cuartos de siglo de historia de lo más normal. Con días de enfado general y griteríos, y con jornadas de entusiasmo colectivo, con sus anécdotas amables y también con sus tragedias. Con peculiaridades y tradiciones locales (como la costumbre que duraría casi cuarenta años de pedir el público al presidente que sacase un toro más de los anunciados, el “toro de gracia”). Con toros y toreros favoritos. En cuanto a los primeros «era providencial la predilección del público barcelonés por las 4 Rafael López Chacón: Toros en Barcelona, Barcelona, Editorial Borrás, 1946. Fig. n.º 4.- Proyecto de los maestros Vilardebó y Fábregas, 1827. reses de gran tamaño, hasta el extremo de que los ganaderos llamaban ‘toro catalán’ a todo astado corpulento»4. Entre los segundos, debe destacarse a Rafael Molina, Lagartijo, de quien se diría que era “el torero de Barcelona” y en honor del cual, en 1877, sonó la música mientras toreaba, hecho que ocurría por primera vez en una plaza; y Pere Aixelá, Peroy, natural de Torredembarra, que el 12 de junio de 1864 recibiría la primera alternativa de un torero de la tierra. Antoni González Moreno-Navarro 66 Una historia con protagonistas que también lo eran de la vida social, como Rossend Arús y Arderiu, famoso por su valioso legado a la ciudad, la biblioteca pública de su nombre, poeta y dramaturgo, periodista y crítico taurino –fundador de la revista Pepe-Hillo–, que haría de empresario del Torín en 1873. Y con espectadores ilustres: el 28 de diciembre de 1860, la reina Isabel II. Dos años después, el 12 de octubre de 1862, la princesa María Clotilde, hija de Víctor Manuel, rey de Italia, y su esposo José, conocido como el príncipe Napoleón, y el 24 de setiembre de 1871 (para presenciar la primera corrida de la Merced de la historia), el rey Amadeo I. El año 1888 asistió la reina regente, María Cristina, que se encontraba en Barcelona con motivo de la Exposición. Una historia, en fin, como la de tantas otras plazas de toros importantes de aquella época, con una programación bien diferente de la de las actuales. De ello nos informa un documento excepcional. Se refiere a la “novillada” celebrada el 14 de setiembre de 1862. Las “novilladas” de entonces (que no tienen nada que ver con las corridas de toros jóvenes de ahora) eran espectáculos mixtos, con bueyes con los cuernos protegidos, para diversión de aficionados y a veces, no siempre, toros para profesionales. La fiesta se complementaba con juegos y pantomimas. Este tipo de espectáculos, a menudo mayoritarios en las programaciones de las temporadas del Torín, no eran bien vistos por los aficionados a la tauromaquia y habían sido ya denunciados en 1841 en un folleto titulado “Advertensias per los concurrents a la plasa de toros y reglas per entendre aqueixa clase de espectacles”, documento de gran interés para la historia taurina y uno de los más antiguos referentes a la tauromaquia escritos en lengua catalana. La “Regla XX” dice así: «En tota funció formal de toros ó novillos de mort, es molt impropi que haixi embolats per lo públic ó toros per capas solas. Eixo las mes de las vegadas no es altra cosa que voler entretenir a la gent y estalviarse la La desventurada historia del Torín,... 67 empresa toros y caballs». A pesar de todo, la celebración de «novilladas» fue habitual en el Torín hasta 1889, después de que se iniciase el declive a raíz de la tragedia del 15 de junio de 1881, cuando, en medio de la algazara popular, el aficionado alemán Paul Wandresahen resultó herido mortalmente. Aquella «novillada» de 1862 fue una de tantas. Pero en las gradas se hallaba un personaje singular que la inmortalizaría: el escritor danés Hans Christian Andersen, que hacía ocho días que había entrado en Cataluña por La Junquera. Depués de pasar una semana en Barcelona, había decidido conocer qué cosa era “el espectáculo más popular entre todas las clases sociales” del país, pese a que le advirtieron que la fiesta anunciada para el domingo no era una corrida seria. En su magnífico libro I Spanien, publicado en 18635 nos narra, con una prosa encantadora y exenta de cualquier juicio en pro o en contra de la fiesta, todo lo que vio y vivió aquella tarde en la plaza del Torín (la pantomima de moros y cristianos para empezar, los bueyes con cuernos vendados para los aficionados, los dos toros jóvenes para presuntos profesionales). E incluso explica cómo habían llevado los toros a la plaza: «desde las montañas», dice, «acostumbran a conducirlos al pueblo con dos cencerreros». No sabía que faltaba bien poco, menos de un año, para que cambiase el medio de transporte y fuese precisamente la plaza del Torín la que estrenase un sistema que todavía hoy sigue vigente: el transporte por carretera o ferrocarril con los toros en cajas o jaulas individuales. La antigua plaza de la Barceloneta cerró sus puertas al acabar la corrida del 23 de setiembre de 1923. Ramiro Anlló, Nacional IV, de quien dice Cossío que «por una afición más teórica que práctica, perdió su puesto en el Cuerpo de Correos, sin 5 Editado en castellano por Alianza Editorial en 1998 con el título de Viaje por España, con traducción, epílogo y notas de Marisa Rey. Hemos utilizado la tercera edición (Madrid, 2004). Antoni González Moreno-Navarro 68 lograrle, de un modo fijo y definitivo, en el taurino»6, al menos pasaría a la historia por haber matado el último toro en el primer espacio taurino permanente de Cataluña. LA DESVENTURADA HISTORIA NO TAURINA La idea de construir una plaza de toros fija en Barcelona surgió de la Junta de la Casa de Caridad. Desde su creación, por una real orden de Carlos IV de 1802, su ámbito, de hecho y de derecho, fue todo el Principado, y pronto los recursos, procedentes de la aportación del rey y de las administraciones locales, las limosnas y los beneficios de rifas y bailes de máscaras, se hicieron escasos. Este fue el motivo por el cual la Junta pidió al rey permiso para promover corridas de toros, como ya venían haciendo con éxito otras instituciones similares en otras ciudades. La petición se concretó en la posibilidad de organizar ocho corridas cada año y de construir el edificio estable para celebrarlas. La autorización real llegó en marzo de 1827 y la Casa de Caridad enseguida se puso manos a la obra para buscar los terrenos donde levantar el edificio. El 2 de mayo siguiente, el capitán general, marqués de Campo Sagrado, presidente de la Junta, encargó al ingeniero militar Eusebio Antonio de Ruiz un informe referente al lugar más idóneo para edificar la plaza. En su escrito, entregado el día 8, el coronel Ruiz analiza cuál es «la posición ó solar más propio para un circo ó Plaza redonda destinada á corridas de toros, Novillos, Juegos Olímpicos, y en general á parte de los espectáculos que puedan ofrecerse al numeroso vecindario de Barcelona», y pronto 6José María de Cossío: “Inventario biográfico de diestros que han pisado los ruedos”, Los Toros. Tratado técnico e histórico, vol 3, Madrid, Espasa-Calpe, 1943. concluye que no ha de ser intramuros, por «la falta de espacio, que siempre sería muy ahogado y costoso, la poca conveniencia para las gentes y carruajes, las grandes reuniones peligrosas á la salud o á la tranquilidad pública, y otras razones,..». Tampoco considera oportuno hacerla más allá de la faja donde no estaba permitido «edificar sólidamente», ya que «sería olvidarse de su objeto que aspirará siempre á la grande concurrencia y á los medios de atraerla proporcionándola todas las comodidades posibles». Y dentro de esta faja, después de un cuidadoso análisis de estrategia defensiva, aconseja ubicarla «por la parte de la Barceloneta, con tal que no sea con mucha aproximación a los glacises ni a las orillas del mar». Precisa después un espacio «comprendido entre el camino arrecife que dirige al fuerte de D. Carlos, y el que está proyectado de la misma naturaleza desde aquel á la Barceloneta (...) cercano á las puertas del mar y á las concurrencias y comodidades que estas proporcionan; cerca de la Bahía y Barceloneta que darán muchos espectadores, comodidad de fondas, cafés, y espacios abrigados o frescos en las próximas manzanas de casas de la Barceloneta que tendrán en ello un motivo de fomento; espacio extraordinariamente despejado é inmediato para los carruages, formación de tropa, etc.». Por otra parte, el ingeniero Ruiz expone que de hacerse el edificio en aquel lugar, en caso de conflicto bélico, sería posible «dirigirle muchos fuegos de cañoneras (...) que en pocos minutos tendrían destruido el sencillo muro circular que será sumamente necesario, y que sólo remontará hasta la misma altura uniforme de las casas próximas». Para encargar el proyecto, la Junta invitó a diversos profesionales a presentar propuestas. El edificio debía ser de obra de fábrica hasta cierta altura, y el resto, de madera, ya que, a consecuencia del informe del coronel Ruiz, la capitanía general consideró que la parte superior debía de poder desmontarse si así lo requería la operatividad de la vecina Ciudadela. El 22 de agosto, La desventurada historia del Torín,... 69 Antoni González Moreno-Navarro 76 oferta por las excelentes comunicaciones de los terrenos por tierra y por mar y por el hecho de que el ejército todavía podría reutilizar los materiales constructivos procedentes del derribo de la vieja plaza. Desatendida la oferta, el edificio, abandonado, empezó a morir. El arquitecto Francesc Berenguer Beillvehí firmó en 1930 una valoración de los terrenos en la que hacía referencia a su estado terminal. Y al edificio todavía le faltaba sufrir algunos otros sobresaltos. El primero ocurrió el 15 de marzo de 1937. Ocho meses después de empezada la Guerra Civil, la ciudad sufre el primer bombardeo de la aviación fascista. En la Barceloneta, «donde a pesar de que las explosiones se pierden en la playa y el mar, una bomba que cae al lado de una lechería causa muchos heridos entre la gente que hacía cola para comprar»7No fue la única bomba que alcanzó los edificios. El viejo Torín también recibió un impacto. El subdirector y secretario general del comité directivo del Control Obrero del Banco Urquijo Catalán (que ya, de hecho, era el propietario del inmueble) será quien presentará la denuncia al juez encargado del sumario abierto. El segundo sobresalto, por la misma causa, se producirá el primer día de 1938. Las bombas caen desde diversos “Savoia S.81” de la Aviación Legionaria italiana. En la plaza de toros resultan destruidos los corrales y una parte de las bóvedas de las gradas. Acabada la guerra, se producirá un nuevo sobresalto, pero éste no afectará a la materialidad del inmueble abandonado, sino a los intereses económicos de los propietarios. El Ayuntamiento de Barcelona expone al público en 1939 el “Proyecto de nueva urbanización y alineaciones de la barriada de la Barceloneta,” que parece olvidar aquellos intereses. De sus 15.000 metros cuadrados, sólo 1.266, según las alegaciones de los empresarios, 7 Santiago y Elisenda Alberti: PerilI de bombardeig! Barcelona sota les bombes (1936-1939), Barcelona, Albertí, 2004, pág. 97. La desventurada historia del Torín,... 77 resultan potencialmente aprovechables. El recurso prospera en parte y los terrenos son calificados como industriales. La historia del Torín estaba a punto de cerrarse definitivamente. El Banco Hispano Americano, propietario de hecho de los terrenos y de los inmuebles por transferencia del Banco Urquijo, manda derribar el edificio taurino en 1946. Ocho años después todos los terrenos eran propiedad de Catalana de Gas, que cons- Fig. n.º 8.- Vista de la Torre del Gas desde la parte alta del paseo de Sant Joan. truyó en el solar un campo de fútbol para los empleados. Cincuenta años más tarde, la misma compañía, exactamente en el sitio que ocupó la plaza extramuros, ha levantado un discutible edificio (más estrambótico que genial, como pretenden algunos) que, si bien recordará siempre a los aficionados donde estuvo la primera plaza de toros permanente de Cataluña, supo- Antoni González Moreno-Navarro 78 ne una nueva muralla que se interpone entre la ciudad y su horizonte marítimo («Nos han birlado el mar», ha escrito un vecino del paseo de Sant Joan, lamentándose de que se haya mutilado una de las perspectivas urbanas más bellas de la ciudad)8. Los ciudadanos, como la Casa de Caridad, no hemos tenido suerte con la desgraciada historia de la vieja plaza de la Barceloneta. 8Lluís de Grassot: “Ens han pispat el mar”, Sant Joan de Dalt, n. 1, invierno de 2006.