scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Rabadanes: una nueva necrópolis de época tartésica en el bajo Guadalquivir

Pellicer Catalán, Manuel; Escacena Carrasco, José Luis

Abstract

El hallazgo de una necrópolis del Hierro Antiguo en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) ha revelado de nuevo los problemas para el conocimiento del mundo funerario de época tartésica. Éstos se refi eren sobre todo a la falta de tumbas anteriores a la colonización fenicia y a la atribución étnica de las fechadas en el Periodo Orientalizante.

Full text

7 INTRODUCCIÓN Con motivo de la aprobación en 1999 de un proyecto arqueológico de investigación sistemática por parte de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, un equipo de las Universidades de Sevilla y Málaga dirigido por el profesor José Beltrán Fortes comenzó una serie de trabajos de campo en el área de la margen izquierda del Guadalquivir que delimitaba en la Antigüedad el Golfo Tartésico. Como primera fase de esas investigaciones, se abordó la recopilación de la documentación arqueológica existente hasta la fecha. Asimismo, se llevaron a cabo algunas excavaciones de salvamento, cuyos resultados quedarían más tarde integrados en el mencionado proyecto. Algunas de las primeras intervenciones se centraron en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, cuya corporación municipal había dado sobradas muestras de preocupación por el estudio y protección de su patrimonio histórico1. Fruto de estas actividades fue la excavación arqueológica llevada a cabo en el Cerro Mariana, uno de los núcleos prehistóricos y protohistóricos originarios de la actual población (Beltrán y Escacena, 2001). Igualmente, no menos importante ha sido el análisis de los restos romanos, resultado de los cuales puede ser, entre otros, la identifi cación de este enclave con la antigua ciudad de Conobaria y el consiguiente rechazo de que se trate de Vgia, como tradicionalmente se había venido defendiendo (Beltrán, 1999). Después de las excavaciones del Cerro Mariana en 1998-99, pero antes de entrar en vigor las normas legales de protección del yacimiento una vez reconocida la riqueza arqueológica del 1. Además de agradecer al Profesor J. Beltrán que haya contado con nosotros como colaboradores en el Proyecto, queremos mostrar nuestro reconocimiento aquí a D. Francisco López, concejal delegado de Patrimonio del Ayuntamiento de Las Cabezas de San Juan, y a D. Antonio Jiménez, quienes nos han facilitado en todo momento el acceso a la información y el contacto con los descubridores de la necrópolis. LVCENTVM XXVI, 2007 RABADANES. UNA NUEVA NECRÓPOLIS DE ÉPOCA TARTÉSICA EN EL BAJO GUADALQUIVIR* RABADANES. A NEW NECROPOLIS IN THE LOWER GUADALQUIVIR DATING TO THE TARTESSIAN ERA MANUEL PELLICER CATALÁN JOSÉ LUIS ESCACENA CARRASCO Universidad de Sevilla Resumen. El hallazgo de una necrópolis del Hierro Antiguo en Las Cabezas de San Juan (Sevilla) ha revelado de nuevo los problemas para el conocimiento del mundo funerario de época tartésica. Éstos se refi eren sobre todo a la falta de tumbas anteriores a la colonización fenicia y a la atribución étnica de las fechadas en el Periodo Orientalizante. Palabras clave: Fenicios, Tartessos, necrópolis Abstract. The discovery of an Iron Age necropolis in Las Cabezas de San Juan (Seville) has once again revealed the problems of understanding the funerary world of the Tartessian era. These are primarily due to the lack of an archaeological record before Phoenician colonization and the ethnic attribution of tombs dating to the Orientalizing period. Key words: Phoenicians, Tartessos, necropolis * Trabajo elaborado en el marco del grupo de investigación HUM-402 del III Plan Andaluz de Investigación (Junta de Andalucía). 8 casco histórico de Las Cabezas de San Juan, se produjo el hallazgo que motiva la presente publicación, consistente en una serie de tumbas de época tartésica que sugieren la existencia de un cementerio protohistórico en el barrio de Rabadanes, formando una necrópolis que vendría a sumarse a las ya conocidas en el territorio tartésico y recogidas en la literatura arqueológica tan- to en repertorios comarcales (Sánchez Andreu, 1994) como regionales (Torres, 1999). El rescate de toda la información concerniente a tal descubrimiento lo debemos a D. Juan José Guijo Carretero, vecino de Las Cabezas de San Juan y uno de los trabajadores que intervinieron en la obra que dio con la necrópolis. En sus notas está basado en parte nuestro trabajo y la valoración de los restos. Toda la documentación procede del solar del antiguo Cine San Juan, que fue vaciado en 2002 para proceder a una nueva construcción. Con motivo de esas remociones de tierras se controlaron hasta ocho conjuntos de restos, que fueron recopilados en sendos paquetes y depositados en la Colección Histórica Municipal de Las Cabezas, con ubicación actual en el edifi cio del Ayuntamiento. Por tanto, ante la imposibilidad de ofrecer una información más detallada, en este trabajo presentamos la documentación y su valoración según esos lotes separados por los propios descubridores. En algún caso, estas personas tomaron referencias de las circunstancias del hallazgo, de forma que hoy podemos precisar algunas cuestiones sobre estratigrafía o sobre cómo estaban ordenados los ajuares de algunas de las sepulturas. En conjunto, parece que la necrópolis se concentraba en la delantera del solar, ya junto a la calle de acceso al mismo, de forma que algunos enterramientos se situaban casi debajo de la propia acera que pasa por delante del inmueble. Este emplazamiento corresponde a una de las zonas más altas del pequeño cerro sobre el que está emplazado el barrio de Rabadanes, a su vez situado en la ladera norte del cabezo que ocupa el casco antiguo de la población, junto a la antigua ruta que comunica con Los Palacios y Sevilla. Este camino pudo ser ya, por tanto, una vía de entrada al asentamiento protohistórico. Las urnas mejor conservadas se encontraron encajadas en huecos excavados en el suelo virgen, compuesto en parte por materiales calizos, y estaban cubiertas por un estrato de tierras negruzcas y humus que medía entre 40 y 50 cm. Éstas son las únicas referencias topográfi - cas tomadas en su día, sin que existan por tanto datos relativos a la distribución espacial de los Figura 1: Reconstrucción de la línea de costa de la desembocadura del Guadalquivir en época tartésica. 9 hallazgos ni a la posibilidad de que las sepulturas estuvieran cubiertas por estructuras tumulares o señaladas al exterior por algún elemento. CONTEXTO PALEOGEOGRÁFICO, HISTÓRICO Y ARQUEOLÓGICO La localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan, identifi cada hoy como ya hemos señalado con la antigua ciudad de Conobaria, se encuentra en la actualidad relativamente distante de la costa atlántica. Sin embargo, cuando nació en este punto el primer asentamiento humano, detectado hasta ahora sobre todo en el sector de la población conocido como Cerro Mariana, el límite oriental de la comarca de Las Marismas constituía el litoral de una gran ensenada marina que los textos antiguos conocieron como Golfo Tartésico primero y como Lago Ligustino después (Fig. 1). Los intentos de reconstruir el paisaje de tiempos prehistóricos y protohistóricos se han abordado desde dos puntos de vista distintos: la lectura de los textos antiguos y los estudios paleogeográfi cos. El poeta latino Rufo Festo Avieno cita un extenso golfo marino en la desembocadura del Guadalquivir, luego convertido en lago litoral en época romana (Ora Maritima 265 y 284). Este ambiente ha sido confi rmado por análisis geológicos, que sostienen la formación de la actual comarca de Las Marismas en un medio salobre (Gavala, 1959; Menanteau, 1982; Borja y Díaz del Olmo, 1994; Arteaga et alii, 1995). Dicha bahía logró su extensión mayor hacia mediados del Holoceno, con el máximo transgresivo fl andriense. Sin embargo, los limos y otros sedimentos que arrastraba el río a lo largo de su cauce fueron colmatándola, y comenzó a formarse hacia el 2000 a.C. un delta que motivó el avance de la desembocadura y el relleno de la cubeta del golfo. En época tartésica, esa zona deltaica se encontraba a la altura de Coria del Río, donde el estuario formaba un estrecho (Arteaga et alii, 1995, 116-117). La enorme ensenada prosiguió luego su proceso de colmatación, y curso arriba de las bocas del río comenzó a dibujarse una llanura de inundación hasta la altura de Sevilla al menos. En época turdetana, el relleno del golfo continuó hasta reducir sus orillas, y dio lugar a que en algunos puntos de la vieja línea de costa no llegasen las aguas marinas más que con la pleamar. Son los esteros que describen las fuentes grecolatinas. En tiempos romanos, la desembocadura del Guadalquivir había alcanzado ya la zona de Lebrija, localidad vecina de Las Cabezas de San Juan (Arteaga et alii, 1995, 118). El paisaje del golfo tartésico ha podido reproducirse con las inundaciones de los últimos inviernos (1996 a 1998), cuando las aguas del río ocuparon la marisma hasta alcanzar el antiguo litoral. A. Schulten (1955, 115) señaló también esta cuestión en sus comentarios sobre la Ora Maritima: «El lago ligustino es la marisma más abajo de la ciudad de Coria. El río, cuando baja lleno por efecto de las lluvias, aún hoy suele formar un lago». Si para el entorno paleogeográfi co se cuenta con datos sufi cientes como para reconstruir la desembocadura del Guadalquivir, no ocurre lo mismo en relación con el entorno ambiental, donde se ha acusado hasta ahora la falta de análisis polínicos o antracológicos, entre otros, que posibiliten conocer la vegetación e incluso el clima del momento. Lo mismo ocurre con la fauna, solo analizada hasta ahora en Lebrija (Bernáldez y Bernáldez, 2000)2. Esta carencia de datos hace que se haya recurrido tradicionalmente a las fuentes escritas grecolatinas y a testimonios de cultura material para aportar algunas reconstrucciones del paleoambiente protohistórico. La abundancia de ciudades en la orilla oriental del golfo tartésico pone de manifi esto que aquella zona no debió de ser poco afortunada en cuanto a recursos. El propio río y el golfo en el que éste desembocaba se pudieron explotar como vías de comunicaciones y de salida de los productos de la tierra; de la misma forma, la fertilidad del suelo facilitaba los cultivos. Precisamente las campiñas situadas en el entorno de Las Cabezas de San Juan constituyen una de las zonas agrícolas más fértiles del Valle del Guadalquivir. Desde este lugar privilegiado, el asentamiento del Cerro Mariana dominaba, pues, dos ambientes distintos: uno agropecuario al este y otro acuático al oeste. Como acabamos de adelantar, el primero le proporcionaba buenas tierras para una agricultura de tipo mediterráneo y para la cría de ganado; en cambio, el segundo le facilitaba las comunicaciones marítimas y fl uviales y le dotaba de humedales de los que extraer recursos cinegéticos. En este ambiente, la obtención de sal marina está constatada desde fi nes del Neolítico en la orilla opuesta del golfo, en el sitio conocido como La Marismilla (Escacena et alii, 1996). En el entorno de esta antigua ensena- 2. Los restos óseos estudiados corresponden a la excavación llevada a cabo en 1986 en la calle Alcazaba (Caro et alii, 1987). 10 da marina, las reconstrucciones paleoambientales han sostenido tradicionalmente la existencia de bosques de tipo mediterráneo con especies como el palmito, la encina, el alcornoque, el acebuche y el pino piñonero, o con arbustos como el lentisco, la jara, el romero y la aulaga, entre otros (Díaz del Olmo, 1989, 16-20). Las excavaciones de 1998-99 en el sector de la ciudad antigua conocido como Cerro Mariana han revelado la existencia sobre el cabezo natural de unos 3 m de estratigrafía protohistórica, sobre la que existía hasta hace poco una acumulación de niveles romanos y medievales retirados en remociones recientes. Dicha secuencia se inicia a fi nales del siglo VIII o comienzos del VII a.C., pudiéndose relacionar con un área periférica de la población protohistórica, la de su fl anco meridional. La ocupación más antigua comienza en el área sondeada del Cerro Mariana con una choza circular construida con un muro de piedra caliza de procedencia local (Fig. 2). Esta pared se asienta directamente sobre el substrato geológico, es decir, carecía de cimiento. El interior de la cabaña se dotó de un suelo elaborado con una fi na película de tierra roja. En el centro de la estancia se documentaron las huellas de dos hogares, que revelan el posible uso de estufas similares a las constatadas en las casas redondas de Acinipo (Aguayo et alii, 1986). Amortizada esta primera construcción, se superpusieron sobre ella diversos estratos en los que se documentan estructuras de muros rectos y pisos de tierra batida. No obstante, entre las viviendas de planta rectangular o cuadrada, de tradición oriental, aparecen cabañas de planta circular u oval de raigambre autóctona. Ambos tipos conviven en el asentamiento protohistórico durante casi todo el Hierro Antiguo. Además de las estancias con paredes de piedra, que pueden interpretarse fácilmente como viviendas, se registró una estructura oval que desde los niveles del siglo VI a.C. perforaba las capas más viejas infrapuestas y que parecía una oquedad usada como cocina. Esta estructura carecía de muros de cierre, y sólo contenía abundantes restos de carbón y ceniza, además de ollas ennegrecidas de cerámica a mano. La cabaña circular que inaugura el hábitat en esta parte excavada disponía de una puerta hacia el este. Por fuera, el acceso a este vano se pavimentó con piedras, también como las chozas de Acinipo, formando un pequeño porche al que desembocaba al menos un senderillo enlosado con fragmentos de cerámica. El umbral se marcó con una fi la de siete conchas marinas. En cambio, a las estancias de muros rectos se entraba por puertas precedidas de escalones rectangulares empedrados (Fig. 3). La estratigrafía del Cerro Mariana revela, en resumen, una importante fase constructiva de época tartésica en la que cohabitan dos costumbres arquitectónicas: la que levanta casas de muros rectos, posiblemente como infl uencia de la colonización fenicia, y la que fabrica chozas circulares, de herencia vernácula. Esta zona del hábitat no fue abandonada tras la ocupación de Figura 2: Cabaña circular de época tartésica localizada en el Cerro Mariana, yacimiento identifi cable con la antigua Conobaria y núcleo original de la actual población de Las Cabezas de San Juan (Sevilla). Figura 3: Construcción de muros rectos del Periodo Orientalizante. Cerro Mariana. 11 época tartésica, como de hecho ocurrió en muchos otros poblados de la época (cf. Escacena, 1993). Esto es de especial interés a la hora de valorar la cronología de la necrópolis de Rabadanes, que sí se limita al Hierro Antiguo como veremos. En el contexto inmediato de la ciudad de Conobaria, y con posición paleoecológica similar, se desarrollaron hacia el sur los enclaves de Nabrissa (Lebrija) y Asta Regia (Mesas de Hasta, en Jerez de la Frontera). Hacia el norte se situaban las bocas del Guadalquivir, que en tiempos tartésicos controlaban los asentamientos de Caura y Orippo. LA NECRÓPOLIS Como hemos indicado, los hallazgos correspondientes a la necrópolis de Rabadanes se localizan dentro del actual casco urbano de Las Cabezas de San Juan (Fig. 4). Las obras que la pusieron al descubierto motivaron el hallazgo de una gran cantidad de restos cerámicos. Alguno de esos vestigios, principalmente los de los conjuntos I, II y V, tenían sufi ciente entidad como para deducir que el yacimiento se trataba realmente de una necrópolis. De hecho, el grupo I incluía una urna bicónica que conservaba aún los restos óseos incinerados del difunto. En cualquier caso, con la información suministrada por el obrero que tuvo la precaución de recoger los distintos lotes, no es posible hoy identifi car automáticamente cada conjunto de hallazgos con una sepultura. De ahí que en la descripción y análisis que exponemos a continuación encontremos agrupaciones que sólo disponen de un fragmento de vasija. Conjunto I Corresponde con claridad a un enterramiento, ya que se han conservado los restos de la incineración3. Apareció muy cerca de la acera delantera del solar, en un hueco practicado sobre el sustrato calizo del cabezo (Fig. 5). Se trata de la tumba más intacta de todas, pues la urna cineraria se halló tapada con un gran cuenco que había protegido el ajuar funerario, compuesto por un pequeño recipiente de cerámica y por una pulsera de bronce (Fig. 6). El recipiente cinerario (CSJ-I-04) pertenece a la forma denominada urna bicónica. Está elaborado a mano, con base plana y borde elevado. Su perfi l corresponde al tipo T1C de las ur- 3. Los restos óseos están siendo estudiados en la actualidad por J.C. Pecero. Aunque aún no disponemos de un dictamen defi nitivo, a simple vista parece que podrían pertenecer a dos individuos, uno de ellos al menos de edad subadulta. Igualmente, su coloración sugiere una cremación bastante homogénea, que ha debido de alcanzar al menos los 650º C., aunque algunos fragmentos más resguardados del fuego sólo llegaron al parecer a los 350º C. Figura 4: Ubicación del Cerro Mariana y de la Necrópolis de Rabadanes en el casco urbano de Las Cabezas de San Juan. Figura 5: Incineración en urna bicónica del Conjunto I. Foto tomada en el momento del hallazgo. 12 nas cinerarias de Les Moreres (González Prats, 2002, 239 y Fig. 182). En el yacimiento cordobés de Vega de Santa Lucía (Palma del Río) se localizó en la estructura denominada Fondo 4 (Murillo, 1994, 11, Fig. 4.53). Aunque allí acompaña sólo a cerámicas a mano, entre éstas están presentes cuencos con borde engrosado hacia el interior que no son necesariamente precoloniales. En consecuencia, y a falta de otra referencia cronológica más precisa, parece arriesgado llevar la forma más allá de comienzos del siglo VIII a.C., sobre todo porque los contextos más claros del Bajo Guadalquivir en los que se documenta este tipo son todos de la fase tartésica coetánea de la colonización fenicia, como veremos. Así, tal vez la referencia más precisa para su datación sea la necrópolis de Setefi lla, en la que se usó como urna cineraria en los túmulos A (Aubet, 1975, 117, urna 47, Fig. 50, nº 3) y B (Aubet, 1978, 193, urna B13, Fig. 20, nº 1; 196, urna B16, Fig. 22, nº 1; 204, urna B23, Fig. 28, nº 2), con una fecha que la excavadora considera del siglo VII a.C.4 Igualmente, en el ámbito gaditano también su cronología pertenece al Hierro Antiguo, porque está constatado su empleo como recipiente funerario en el enterramiento 34 del túmulo 1 de Las Cumbres, necrópolis de la colonia fenicia de Doña Blanca (Ruiz Mata y Pérez, 1989, 294, Fig. 4. Aunque hemos citado aquí como paralelos sólo las urnas bitroncocónicas de Setefi lla que sirvieron como contenedores de la incineración, en esta necrópolis se hallaron bastantes recipientes de este tipo que aparentemente carecían de contenido. M.E. Aubet señala varias veces este hecho, lo que le lleva a pensar en determinado momento que llevaran en su día ofrendas de alimentos hoy perdidas o que fueran urnas cinerarias simbólicas (Aubet, 1975, 77, 96 y 138). 1). Dicha sepultura pertenece a la primera mitad del siglo VIII a.C. La urna cineraria antes analizada iba cubierta por un gran cuenco carenado en posición invertida, de fondo plano y al menos con un par de mamelones alargados casi tangentes que llevan perforación vertical (CSJ-I-03). Sin más referencia que su tipología, esta forma carece hoy de precisión cronológica, sobre todo cuando se fabrica a mano como en este caso. Por eso, sólo puede ser atribuida de forma genérica al mundo tartésico. Dentro de la urna cineraria acompañaban a la incineración dos objetos: un pequeño cuenco de cerámica a mano y una pulsera anular de bronce. El recipiente cerámico pertenece a un tipo evolucionado de vasito de tendencia bicónica (CSJ-I-02). Esta clase se ha querido llevar muy atrás dentro del mundo tartésico precolonial, pero hoy está también constatada en el Hierro Antiguo, al menos a fi nales del siglo IX y en la primera mitad del VIII a.C. según las últimas intervenciones en el Carambolo (Fernández Flores y Rodríguez Azogue, e.p.). A causa de la oxidación, la pulsera de bronce apareció fragmentada en varios trozos. Aun así, parece que se trató en su día de un aro cerrado con sección circular (CSJ-I-01). En conjunto, y en atención a los materiales arqueológicos que contenía, esta tumba podría ser datada teóricamente entre los siglos VIII y VII a.C. Aunque el pequeño cuenco alojado dentro de la urna admitiría una fecha aún más vieja, el empleo como recipiente cinerario del vaso bicónico a mano no está constatado antes del siglo VIII a.C. en los yacimientos más cercanos y con datación segura que nos han servido de referencia cronológica. Aun así, como el cuenco no corresponde a un tipo demasiado reciente dentro del Hierro Antiguo, se podría proponer para este conjunto una fecha de la primera mitad del siglo VIII a.C. Conjunto II Del Conjunto II poseemos menos información que del anterior. Por tanto, la reconstrucción funcional de cada pieza dentro de este lote según la recogemos en nuestra Figura 7 debe ser tenida por una mera hipótesis basada en lo conocido para el Conjunto I. Por lo pronto, no existen datos referidos a los restos de la supuesta incineración, ni tampoco un registro pormenorizado de la posición que cada una de las tres vasijas que lo componen tenía en la posible sepultura. Figura 6: Conjunto funerario I. 13 La pieza interpretada como recipiente cinerario es una urna bicónica elaborada a mano, con base plana, cuello estrangulado y borde saliente (CSJ-II-01). La forma es típica del Bronce Final en casi toda la geografía europea, incluyendo la práctica totalidad de la Península Ibérica. Pero su cronología se adentra también en el Hierro. En consecuencia, este tipo de vaso no ofrece tanta precisión temporal como la urna bicónica del Conjunto I. Supuestamente realizaba la función de tapadera en este caso un gran cuenco carenado, de fondo plano y borde ligeramente engrosado, que lleva por fuera un mamelón perforado verticalmente (CSJ-II-03). Ya hemos advertido al analizar la tumba anterior que sobre esta forma de cerámica a mano tampoco pueden llevarse a cabo precisiones cronológicas ajustadas, de manera que sólo señalaríamos su especial abundancia dentro del mundo tartésico. Finalmente, a tenor de la pauta marcada por el Conjunto I, es posible que el pequeño cuenco carenado de este lote (CSJ-II-02) se encontrara dentro de la urna cineraria. Se trata de una pieza también fabricada a mano, que posee una silueta vinculada igualmente al horizonte tartésico del Guadalquivir inferior y medio, siendo especialmente abundante esta variedad con ombligo en la base en los momentos más viejos del Hierro Antiguo. Dentro de Andalucía occidental, quizás uno de los sitios en que esta especie está mejor fechada corresponda al Cabezo de San Pedro (Huelva). Allí abunda en la fase I, fechable a fi nes del siglo IX y en la primera mitad del VIII a.C. (Blázquez et alii, 1979, Fig. 11 ss.). Corresponde al tipo B.I de Ruiz Mata (1995, Fig. 7, nº 6-8 y 13), que el autor fecha en el Bronce Final prefenicio en la suposición de que el “fondo de cabaña” del Carambolo corresponde a esta cronología anterior a la presencia semita (Ruiz Mata, 1995, 266), cosa que no puede sostenerse después de las últimas intervenciones en lo más alto del yacimiento (Fernández Flores y Rodríguez Azogue, 2005). El estudio de este segundo grupo de piezas sugiere que nos encontramos, como en el caso anterior, ante una sepultura de incineración correspondiente con toda probabilidad a la primera mitad del siglo VIII a.C. Conjunto III Está compuesto por un solo fragmento correspondiente al cuello y borde de un vaso tipo Cruz del Negro (CSJ-III-01). Su hipotético uso como urna cineraria en la necrópolis de Rabadanes vendría avalado por otros casos similares procedentes del mundo tartésico y de la zona malagueña. Aun así, conviene recordar que en estos mismos cementerios dicha vasija no desempeñó siempre la función de contenedor de la incineración. Dentro de esta forma se han distinguido distintas variedades, por lo que nos limitaremos a recoger unos cuantos paralelos bien fechados de la modalidad más parecida a nuestro ejemplar, que tiene el cuello de tendencia cónica, el borde engrosado y una pequeña arista apenas insinuada a la altura de las asas. Se trata de un vaso a torno, de pasta clara, superfi cie exterior alisada y barniz rojo coral en la mitad superior del cuello y en el borde (Fig. 8). Quizás uno de los ejemplares más parecidos a éste de Las Cabezas sea el encontrado en Figura 7: Conjunto II. Figura 8: Conjunto IV. Urnas. 14 el Cerro de la Cabeza de Santiponce (Sevilla). Aunque éste lleva todo el exterior barnizado de rojo, la silueta es casi idéntica al nuestro, faltándole incluso el resalte que otros modelos llevan en la zona de la soldadura superior de las asas con el recipiente. Este paralelo se localizó en el estrato II, de la segunda mitad del siglo VIII a.C. (Domínguez de la Concha et alii, 1988, lám. LIII, nº 681). Tal variedad es común en momentos viejos de la presencia fenicia, siendo muy característica de las colonias de la costa mediterránea andaluza (Belén y Pereira, 1985, Fig. 6, nº 1-3). No obstante, penetró muy pronto también por el Guadalquivir, como demuestran los ejemplares del Carambolo (Belén y Pereira, 1985, Fig. 6, nº 4-6). Como conclusión de este breve estudio, podemos proponer que, si este ejemplar tuvo uso funerario en el yacimiento de Rabadanes, habría pertenecido a una sepultura datable en torno a la segunda mitad del siglo VIII a.C. Esta cronología se acerca a la más antigua propuesta para su presencia en la Península Ibérica –en torno al 750 a.C.-, por lo que no sería extraño que nos halláramos ante un vaso importado dado que su pasta tampoco coincide del todo con los grupos señalados por Belén y Pereira para los ejemplares andaluces. A favor de esta misma idea habla el hecho de que los cuellos que presentan su parte más estrecha junto al borde se parecen más a los escasos ejemplos orientales conocidos que se tienen por prototipos, como el procedente de Tell Qasile (Belén y Pereira, 1985, 320). Conjunto IV El lote de fragmentos cerámicos pertenecientes al Conjunto IV tampoco dispone de precisiones sobre su ubicación y funcionalidad. Presenta básicamente dos grupos de piezas, uno perteneciente a grandes vasos de cuello acampanado, del tipo conocido como à chardon (Fig. 9), y otro con recipientes abiertos de menor tamaño (Fig. 10). A estas dos partes de cerámica fabricada a mano hay que sumar la boca de un ánfora fenicia (Fig. 10, CSJ-IV-01). De nuevo partimos de la hipótesis de que este paquete de tiestos corresponde a una sepultura. De ser así, la propuesta más verosímil podría reconocer como urna cineraria los restos identifi cados como vaso à chardon (Fig. 9), que tienen muchas probabilidades de haber formado parte de un mismo recipiente. Se trataría de una vasija con cuerpo de tendencia esférica y fondo plano del que se habría conservado la base (CSJ-IV-09) y parte del hombro (CSJ-IV-03). Dicho cuerpo es de superfi cies rugosas, lo que responde a la tónica general de fabricación de tales recipientes a mano en época tartésica. A partir del hombro, marcado con una pronunciada carena, se desarrolla un gran cuello abocinado que lleva la superfi cie externa tratada con un espatulado vertical (CSJ-IV-05 y CSJ-IV-12). La pieza acaba en un borde ligeramente indicado hacia el exterior (CSJ-IV-07). Aunque ha sido imposible calcular el diámetro de la boca de la supuesta urna cineraria, Figura 9: Conjunto IV. Urnas. Figura 10: Conjunto IV. Cuencos. 15 entre los demás testimonios que componen el Conjunto IV sólo el mayor de ellos podría haber sido usado como tapadera, ya que los vasos à chardon suelen presentar bocas muy anchas. Se trata de un recipiente a mano y de cocción reductora que podría haber alcanzado unos 40 cm de diámetro máximo (CSJ-IV-08). Los demás fragmentos agrupados en este conjunto, que podemos identifi car como restos del ajuar que acompañaba a la incineración, corresponden a un cuenco simple en forma de casquete esférico (CSJ-IV-02), a una pequeña escudilla (CSJ-IV-04) y a cuencos carenados (CSJ-IV-06 y CSJ-IV-10). Dada la escasa precisión cronológica que ofrecen todos estos materiales, la fecha más ajustada para esta supuesta tumba vendría proporcionada por el fragmento de cerámica a torno identifi cado como boca de ánfora fenicia (CSJIV-01). Se trata de un tipo de cuello elevado ligeramente engrosado y hombros con tendencia horizontal que se asemeja al tipo 9 de Tiro, donde aparece en los estratos VI-III, de la primera mitad del siglo VIII (Bikai, 1978, lám. XXI, nº 11). Dentro de las ánforas fenicias occidentales, correspondería al tipo R-1, o T-10.1.1.1 de Ramón (1995, 229-230), que abarca la segunda mitad del siglo VIII a.C. y los comienzos del VII. Esta fecha cierra el espectro cronológico más amplio suministrado por el vaso à chardon a mano, que en el mundo tartésico de Andalucía occidental se usa durante todo el Hierro Antiguo sin apenas variación tipológica (Ruiz Mata, 1995, 277- 278). En conclusión, en líneas generales podría fecharse este probable enterramiento entre el 750 y el 675 a.C. Conjunto V El grupo de restos atribuido al Conjunto V está compuesto también por dos tipos de recipientes. A un lado se pueden señalar los grandes vasos cerrados (Fig. 11), formados tanto por el tipo bicónico (CSJ-V-01) como por vasos à chardon (CSJ-V-04, CSJ-V-05, CSJ-V-07, CSJ- V-08 y CSJ-V-10). De otra parte se agrupan los recipientes abiertos (Fig. 12), en este caso representados por cuencos simples de tendencia hemisférica (CSJ-V-6, CSJ-V-11 y CSJ-V-12), grandes cuencos carenados (CSJ-V-02, CSJ-V- 03 y CSJ-V-13) y una pequeña taza de tendencia bicónica con decoración interior de retícula bruñida (CSJ-V-09). Todas estas vasijas están fabricadas a mano. Si la sepultura del Conjunto I puede servir de pauta dentro de esta necrópolis, es posible que las obras que la destruyeron arrasaran en Figura 11: Conjunto V. Urnas. Figura 12: Conjunto V. Cuencos.