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Retórica (instituciones de oratoria)

Navarro Gómez, Francisco José

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Giambattista Vico RETÓRICA (INSTITUCIONES DE ORATORIA) Selección de los 10 primeros capítulos de las Institutiones Oratoriae de Vico. Traducción del latín y notas por Francisco Navarro Gómez [1] EL NOMBRE DE LA RETÓRICA Si la “retórica” [rhetorica]1pudiera verterse en latín con la elegancia griega que la caracteriza, se diría “lo que fluye” [fluentia]2o “lo que se dice” [dicentia]. Pues ni “facundia” [facundia] ni “elocuencia” [eloquentia]3corresponden aptamente a esta voz griega. En efecto, facundia es aquella virtud propia de la oración por la que lo que se dice no parece proceder de ningún arte o preparación, sino de la naturaleza misma, y, más aún, da la impresión de no ser tanto el orador como las cosas mismas las que hablan. En latín se llamó “facundia” [facundia] por “facilidad”4[facilitate], que los antiguos llamaban “faculitas”5, y que posteriormente, tras contraerse, dio como resultado “facultad” [facultas]: la que sin duda es, y así se la considera, como la más difícil y, por ende, la suprema virtud de este arte, cuya consecución es más práctica que normativa. Respecto a la elocuencia, aun siendo también otra virtud del discurso igualmente principal, con la que se defienden abierta y explícitamente diversas causas, no se contiene en ella, no obstante, toda la fuerza de la oración. Antes bien, un estilo discursivo sublime gusta de una forma de expresión que deje a los oyentes muchas cosas sin desvelar, otras muchas truncadas, muchas en suspenso, y muchas que reflexionar6. Por estas razones los latinos usaron –como en muchísimas otras disciplinas– el vocablo7“retórica” [rhetorica] en lugar de uno latino. Ahora bien, “rétor” [rhetor] es para los griegos el mismo orador8: pues el siglo de oro de la filosofía griega carecía de un nombre para tal técnico9, ya que la retórica se aprendía junto con la propia filosofía. En efecto, la filosofía forma la mente del hombre con las verdaderas virtudes del ánimo, y, aún más, lo enseña a pensar, hacer y decir cosas verdaderas y dignas10. Así pues, será óptimo orador11 aquel que habla desde la verdad y de acuerdo con la dignidad12. Y es el caso que Demóstenes fue oyente13 de Platón14 durante muchos años, y Cicerón15 reconoce haber extraído toda su fecundidad y fuerza discursiva de la Academia. Mas cuando los estudios de la filosofía se separaron de los de la elocuencia16 –a los que por naturaleza estaban unidos– y comenzó la desunión entre lengua y corazón, los profesores de este arte, faltos de la filosofía y simples charlatanes17, se arrogaron el nombre de sofistas, esto es, el nombre antiguo de los filósofos. También para los latinos carece de nombre un perito en este arte, por serles desconocido. Pero más tarde se le acomodó la denominación griega de “orador”, quizás porque, cuando los romanos comenzaron a pasar a Grecia para aprender el arte retórica, los oradores griegos olían todos ellos a escuela18. 415©Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003) Sevilla (España). ISSN 1130-7498 © de la traducción y notas Francisco J. Navarro Gómez Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 415 “Declamar” [declamare] era, de un lado, durante el régimen republicano, prepararse en casa, en voz muy alta, las causas que los oradores iban a defender en el foro19. Y de otro, en el principado, significó defender causas ficticias, un género de ejercitación este con el que los bisoños podían adquirir experiencia para las verdaderas20. No debemos omitir, por último, que se calificaba de “diserto” [“disertus”], por su suma elegancia discursiva, a quien era consumado perito en palabras y sabía emplearlas con destreza, tal como Pitias, en la obra de Terencio, se burla de Parmenón: “¡Y yo que antes te tenía por hombre avisado y diserto!”21. “Elocuente” [“eloquens”]22 es en cambio quien, siendo insigne en todos los estilos del discurso, está igualmente pronto ante todo género de causas, y se distingue en todas las virtudes de la oración, ante todo en la verdad y la dignidad. Por ello Antonio, el orador, decía en la obra de Cicerón (en los libros del De oratore) que había visto a muchos disertos, mas a nadie elocuente23. [2] DE LA NATURALEZA DE LA RETÓRICA La retórica o elocuencia es, por su parte, la “facultad de decir en la forma apropiada para persuadir”24. Facultad, digo, porque los en ella instruidos “se expresan con facilidad”, como si de “facilidad” [faculitas] se tratase25. Pues quien, con nombre digno de la realidad que representa, quiera llamarse orador debe actuar sin trabas26 en la defensa de sus causas. De otra parte, “decir” [dicere] es pronunciar discursos con los mejores pensamientos y selectísimas palabras, y hablar tras colocarlos en forma conveniente dentro de determinados períodos oratorios y ordenarlos en modo tal que resulten placenteros para los oídos, de lo que resulta que decir es privativo del orador. Mas el orador debe decir “en la forma apropiada para persuadir”27, esto es, que con su elocución28 procure inducir en el oyente una disposición de ánimo conforme con su discurso, para que, en lo que hace a la causa, consienta con él. No sin razón se dice lo de “en la forma apropiada para persuadir”. Pues es deber del orador orientar y encauzar todos su propósitos a persuadir con su elocución tal como es cometido del médico el sanar29 y de un jefe militar el vencer. Mas, si aun habiendo cumplido fielmente su obligación, no logra alcanzar tal objetivo, no debemos imputar a la fortuna lo que incumbe a la destreza. En efecto, la persuasión, como la salud, como la victoria, no está en manos de la fortuna. Y aún más en el caso de la persuasión que en el de la salud o la victoria: porque se sanan o vencen los cuerpos, a los que se puede domeñar por la fuerza; el orador, en cambio, se ve concernido por la voluntad de los oyentes, una voluntad que sólo ante Dios, que inclina las voluntades, se retira vencida. Y persuadir es, en verdad, inducir en el oyente una disposición de ánimo conforme al discurso, esto es, que el oyente quiera lo que propone el discurso. Si el orador lo logra, acompaña entonces a la virtud de su pericia el éxito de la obra realizada. Hay, con todo, quienes piensan que es orador quien ha logrado persuadir30. Y así esta “facultad” [faculitas], ejercida correctamente, inclina al lado opuesto los ánimos, por más obstinados que éstos sean. Había deseado ardientemente el pueblo romano la promulgación de la ley agraria. Cicerón con sus acciones oratorias contra Rulo31 lo hizo mudar de parecer, para que la rechazara. César, tras profunda meditación, emprendió su proyecto conducente Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003)416 Giambattista Vico Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 416 a condenar a Ligario. Cicerón con su discurso32 lo apartó de su decisión y lo inclinó a la clemencia. Concluyen, así, de todo ello que no hay discurso en aquella causa en la que no se ha logrado persuadir. [3] SOBRE LAS PARTES DEL OFICIO DE ORADOR Fin primero del orador, como hemos dicho, es doblegar los ánimos con la dicción. Por ello los apartados del menester de orador son “deleitar” [delectare], “enseñar” [docere] y “conmover” [commovere]33. Y será sin duda el mejor orador aquel que, con la alusión a las mejores tradiciones, se concilie ya desde los comienzos del discurso los ánimos del auditorio, para que le preste oídos voluntaria y gustosamente. Y en la propia entonación proporcione con sus argumentos crédito a su causa, para que la crean verdadera; y aplique hasta el límite a los ánimos de sus oyentes una suerte de fuegos de la elocuencia y conmueva los afectos que quiera, para que hagan lo que pretende34. De estos apartados, el primero ambiciona vivamente la dulzura, el segundo la agudeza y el tercero la fuerza discursiva. Y de este modo el orador cautiva a sus oyentes con el encanto, los mantiene en su poder con la verdad y les imprime un viraje con el afecto. Son, pues, las primeras las intrigas y lo último la maquinaria bélica; mas la generosa virtud de la elocuencia reside en los argumentos. Y es, sin duda, de todo punto necesario y no admite excusas el granjearle crédito a la causa. Ninguna otra cosa exigen de un orador los sabios, dado que éstos siguen la verdad por el hecho de serlo35. Mas ya que la elocuencia se ha hecho para la muchedumbre y el vulgo, a quienes la verdad les resulta ingrata –salvo que alguna suerte de encantos la torne grata–,y no obran con corrección –si no se ven arrastrados por cierta incapacidad de moderar sus caprichos–, por todo ello debe hacer su discurso seductor por las conductas e inflamado por las pasiones36. Principalmente en estos apéndices se contiene la elocuencia, y de ningún otro modo se celebran sus sacramentos. [4] SOBRE LA MATERIA DE LA RETÓRICA Es tarea de la retórica la de persuadir o doblegar la voluntad ajena37. Y la voluntad es árbitra de lo que debe hacerse o rehuirse. Y es, en consecuencia, materia de la retórica cualquier cosa sometida al debate de si debe hacerse38. No se trata, con todo, de que el orador no pueda tampoco hablar de cuestiones a las que atiende la mera especulación teorética, siendo así que con frecuencia debe hacerlo39: como “dudó un día Cristóbal Colón de si al otro lado del Océano existían otras tierras”. Mas el orador no trata tal género de cuestiones40 para que el oyente adquiera el solo conocimiento de las cosas y le dé crédito, sino que las trata en tanto en cuanto pueda sondear qué debe hacerse en lo sucesivo. De donde podemos otear cuán amplios confines abarca el dominio del orador, que puede perorar de absolutamente cualquier cosa de forma adornada y copiosa. Una tal materia es, o bien un argumento universal, o bien una cuestión particular; son argumentos universales aquéllos como el de la virtud, la justicia, el Estado o las leyes; y ésta es más bien materia propia de los filósofos. Es una cuestión particular la que se establece respecto de alguna cosa particular, y ésta puede ser genérica o específica, donde aquélla es indeterminada [infinita] y ésta se denomina determinada [finita]41. Es indeterminada la cuestión en la que se plantea una pregunta genérica universal, del tipo de si “debe concederse la Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003) 417 Instituciones de Oratoria [Selección] Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 417 paz a los enemigos que la piden”. Es, en cambio, determinada la cuestión que restringe una cuestión indeterminada a circunstancias concretas, como “si debe concederse la paz a los pérfidos y a quienes quebrantan los tratados”42. La cuestión determinada es materia propia principalmente del orador, ya que éste no asume la defensa de causa alguna sino aquellas que la utilidad de bienes43 y reos pone en sus manos. Para explicar, probar y adornar la verdad44, en ocasiones el orador despoja una cuestión determinada de sus circunstancias, la extrae de los angostos límites de éstas al campo amplísimo de lo genérico y la remite a la indeterminada45. Y es sin duda éste el método discursivo que los mejores oradores utilizan: pues quien conoce las cosas cada una en su propia especie difiere tanto de aquel que distingue la universalidad genérica cuanto quien ve de noche a la luz de un candil de quien lo hace durante el día y a pleno sol46. En verdad que si Cicerón hubiese expuesto los méritos propios de Pompeyo47, habría enseñado tan sólo que Pompeyo había sido un gran general en jefe, mas, al describirlo modelado a imagen del óptimo general, puede referir con toda justicia el juicio que le merecen todos los jefes militares a la causa de Pompeyo. Se reconoce que un tal género discursivo, que Gaetano Argento llevó hasta la más alta cima de la perfección, lo introdujo en el foro romano el propio Tulio, así como fue Francisco de Andrea el primero en introducirlo en el de Nápoles48. Mas al tratar una causa genéricamente se provoca poco la pasión, pues los géneros de las cosas son inteligibles para una mente más depurada; en cambio las emociones anímicas se presentan a través de los sentidos, por cuyo intermedio se despiertan las imágenes de las cosas singulares. De ello se origina –a mi juicio– el que muchos de los que en nuestra época se dirigen a una asamblea pequen del defecto de dejar frío al auditorio; pues al hablar genéricamente de la virtud cristiana y de los pecados opuestos a ella, suscitan unos efectos oratorios ante los que no se conmueve nadie o ciertamente muy pocos49. Obrarían mejor, por ello, al disertar sobre argumentos de filosofía cristiana, sirviéndose de un género de discurso enteramente sosegado y desempeñando tan sólo aquella parte de la tarea oratoria con la que mostrar las conductas mejores para el deleite, como corresponde a los filósofos en la disertación: y así aprobaría yo por esta razón el género de dicción empleado en los diálogos de Sócrates. Y quien se ciñe a los breves límites de una cuestión determinada se mantiene confinado en una pequeña balsa de agua estancada; en cambio quien accede a los géneros mana de las fuentes perennes de la elocuencia. Y es pobre el ajuar para el discurso del que proveen las circunstancias de la causa, mas los géneros lo procuran en abundancia para cualquier necesidad actual. [De los tres géneros de causas] Tres son los géneros de las cuestiones determinadas: “demostrativo” [demonstrativum], “deliberativo” [deliberativum] y “judicial” [iudiciale]50. El demostrativo se mueve entre la loa y el vituperio. El deliberativo persuade o disuade en previsión de un momento futuro51. El judicial acusa o defiende en un debate sobre el pasado. Propone así el demostrativo la honestidad o la deshonra; el deliberativo la utilidad o inutilidad; y el judicial el rigor o la equidad52. Las emociones propias del primer género son la admiración, el deleite y la emulación, y, como contrapartida, el desprecio, la abominación y la huida53; las del segundo son la esperanza o el miedo; las del último el odio o la misericordia. Loas e invectivas en nada conciernen a los oyentes; la toma de decisiones incumbe Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003)418 Giambattista Vico Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 418 por entero a aquellos que deliberan; la defensa es cosa del interés tanto de los jueces como de los reos, si bien más de los reos que de los jueces. Se distinguen, por último, el género exornativo por el placer, el senatorio por la dignidad y el forense por la dificultad. Por ello, tal como los pintores en cuanto saben dibujar perfectamente y matizar con colores la cabeza humana, producen ya en sus cuadros todas las imágenes de las cosas, así entre los antiguos la retórica se ocupaba casi por entero en el género forense54. Pues los dotados de destreza en las causas forenses dispondrán sus actividades suasorias y laudatorias con facilidad y rigor muy superiores. [5] SOBRE LAS AYUDAS DE LA ELOCUENCIA Ahora bien, tal facultad de hablar en forma adornada y copiosa55 de cualquier asunto propuesto56 se adquiere por naturaleza, con la técnica y con el ejercicio. A cualquier cosa que nos encamina la naturaleza, es la técnica la que dirige y el ejercicio el que perfecciona. Es fecunda la naturaleza, mísera la técnica, y el ejercicio y el esfuerzo ímprobo son invictos57. [6] AYUDAS DE LA NATURALEZA Los medios auxiliares de la naturaleza58 son corporales los unos y anímicos los otros59. Son los del cuerpo una voz sonora y apta para las grandes asambleas; matizada, capaz de pronunciar cada una de las letras con su propio legítimo sonido; melodiosa, capaz de emitir los sonidos en un tono más grave, o de provocar en ellos una inflexión, o en un tono más agudo. Que los pulmones sean resistentes, lo suficientemente robustos como para sostener una larga tensión vocal, y le basten a alguien que debe hablar durante muchas horas. Y que le asista también, por último, la dignidad del rostro y del cuerpo entero y la gracia de los ademanes60. Las ayudas del ánimo consisten en una índole especialmente dotada para la elocuencia: pues nada podrás llevar a buen término, por vulgar y obvio que sea –menos aún tamaña empresa como la de ganarse los ánimos con el discurso–, a disgusto y contra tu propia naturaleza. Un muy encendido afán oratorio: pues sucede a menudo que los grandes ingenios, por exceso de confianza en sí mismos, desdeñan de plano aquello para lo que han nacido. Que no le sean, por ello, ingratas las vigilias ni penosas las labores, que lo haga todo con atención y nada con indolencia. Que sin disgusto sude y de buen grado pase frío61. Y se deleite con la única y excelsa loa de ser un óptimo orador. Que disponga de un ingenio agudo para el razonamiento, para penetrar con la mayor rapidez en la médula del asunto de que se trata, y examine, colija y aplique felizmente a su causa todo lo que incumbe a la cuestión y lo una a ella con éxito62. Que tal ingenio tenga, asimismo, facilidad para explicar, de modo que se dejen ver las cosas en los pensamientos y éstos en las palabras con mayor transparencia que el vidrio63; y sea también versátil, y mude a lo jocoso, a lo serio, a lo suave, a lo áspero64, al de grado o por fuerza, a lo grande, lo moderado o lo fútil más rápido que Proteo. Que sea sólido el juicio, para que se deleite tan sólo con la verdad; y lo acompañen el criterio para conocer y amar todo lo que conviene, una pujante fantasía para hacer suyos los hábitos y emociones ajenos, y una memoria, por último, firme y duradera. De tales dotes naturales, cultivadas por la técnica y reafirmadas por el ejercicio65, nacen luego aquellas Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003) 419 Instituciones de Oratoria [Selección] Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 419 raras y preclaras virtudes de la oración: la de ser plena66, diáfana, múltiple, variada, verdadera, digna e impregnada de sentimiento anímico. [7] POR QUÉ SON TAN RAROS LOS ORADORES BRILLANTES De ahí nos es dado comprender las causas por las que son tan raros los oradores brillantes: pues esta facultad discursiva crece de la conjunción de cosas absolutamente contradictorias entre sí67. En efecto, requiere una robustez corporal que sirve de impedimento a los libérrimos movimientos anímicos y se debilita con la meditación y otras actividades mentales68. Las personas ingeniosas tienen escasa capacidad memorística, y en cambio los memoriosos rara vez son agudos, porque en su mente siempre domina lo ajeno; mas aquéllos, cautivados por su afán inventivo, se detienen poco en lo ajeno. Nada le resulta tan adverso al juicio como una pujante fantasía, que con sus imágenes provoca las pasiones por las que casi todo se juzga erróneamente69. Los ánimos apacibles se conmueven difícilmente y difícilmente se exasperan. Quien se esfuerza en lo grande desdeña lo insignificante, y los ingenios adolescentes se aterrorizan ante la dificultad70 de las cosas grandes y menosprecian, en cambio, la sencillez de las insignificantes. Los hombres severos son poco dados a las bromas, y por el contrario las personas ligeras y frívolas se tornan en graciosos parásitos y bufones71. Las ocurrencias, en efecto, sazonan el discurso mediante un cierto fraude contra la verdad, y en cambio quienes están habituados a las agudezas no se distinguen en el severo arte de juzgar72. Mas la mayor dificultad estriba en lo siguiente: el hecho de que un orador cuerdo debe enloquecer y, como dice el cómico, “perder la razón con toda la razón”73, esto es, debe inflamarse, con su técnica, de las más graves perturbaciones anímicas. Por tanto, si te sientes incapaz de garantizar todas estas virtudes de la oración, elige un género de discurso adecuado a tus fuerzas. Efectivamente, no soportando el joven Cicerón –por la excesiva esbeltez de su cuerpo– la amplia y sonora forma discursiva en la que se hallaba empeñado, regresó a Grecia para volver a formarse con el estilo sutil de la escuela de Lisias. En el curso de este viaje fortaleció su cuerpo y sus miembros, y se reorientó a la estructura discursiva grande y amplia. [8] DE LA FORMACIÓN CIVIL DEL FUTURO ORADOR Yo atribuiría sin duda la formación civil a la naturaleza74, cuya fuerza es tan grande que, al ser la índole humana casi tan maleable como la cera –por lo que es tanta la diversidad de costumbres e instituciones entre los distintos pueblos–, se podría dudar si la naturaleza humana consiste en alguna otra cosa que no sea la propia formación. Que no sea ésta, por tanto, ni severa ni rígida, pues el hielo les resulta hostil a los brotes tiernos; ni evolucione entre la lisonja y la complacencia, para que el ingenio no se ensoberbezca; sino que sea libre y liberal, de modo que reconozca haberse equivocado y guste de ser corregido. Es por ello preferible que sea educado en unión de sus iguales75, para que junto con ellos aprenda el sentido común76, norma de toda prudencia y elocuencia. Y no existe, sin duda, cosa alguna que hayan dicho Demóstenes o Cicerón77 que, tras haberla dicho, no haya pensado cualquier hombre rudo o iletrado que también él habría podido inventarla. Mas es útil, ante todo, lo de que crezca [el discípulo] en aquella ciudad que sea capital de la nación, pues el Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003)420 Giambattista Vico Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 420 propio esplendor y la magnificencia de la ciudad forman ánimos espléndidos y magníficos. Y la experiencia nos demuestra que los ingenios sublimes y dignos han florecido en los más grandes y florecientes imperios: pues según nos sean prósperas o adversas las circunstancias, así también somos nosotros grandes o humildes. Es por ello muy conveniente para la grandilocuencia el formar un ánimo recto y grande por medio de la instrucción. En efecto, en el Estado de Esparta, de una elevadísima virtud, nada se pronunciaba salvo lo que fuese de consuno sublime y magnífico. De donde la gran copiosidad de apotegmas laconios. Y los sabios cristianos, habituados a una larga y aguda meditación en la divinidad infinita y en las cosas divinas, difunden por doquier palabras henchidas de sublimidad y las más dignas de recuerdo. Y, por el contrario, puesto que la nación francesa está imbuida de elegantísimas costumbres, no resulta fácil encontrar en su lengua un dicho sublime78. Y una relación mantenida con los más cultos y liberales de la nación procura la urbanidad y la elegancia del discurso. Mas nada hay más útil que el que un adolescente se imbuya de las mejores costumbres, de las buenas artes del ánimo y de las virtudes. Pues la probidad en la vida le granjea al orador la mayor gravedad: y a la sabiduría, que es la regla de lo que se debe hacer y evitar79, la acompaña fácilmente, como una sirvienta, la elocuencia80, que es la destreza en lo que se debe decir y callar81. [9] DE LA FORMACIÓN LITERARIA PREPARATORIA DE LA RETÓRICA Guarnecido con estos medios auxiliares naturales que hemos dicho, que el joven, antes de procurarse las ayudas de tal arte, obtenga la formación literaria que éste precisa82, para no obrar insensatamente como quien diseña un edificio antes de haber adquirido el solar y la madera para construir. Y al principio no hay razón para que yo le aconseje que se instruya muy bien en la disciplina gramatical83: “pues es ridículo que quienes no saben hablar se afanen en ser elocuentes”84. Que aprenda, en cambio, la geometría por medio de las figuras85, para, simultáneamente, adquirir el arte de la disposición y –con ayuda de la propia fantasía, para la que los niños están muy capacitados86– habituarse a colegir la verdad. Pues vale tanto el importar al discurso civil el método geométrico como el suprimir de los asuntos humanos el capricho, la irreflexión, la ocasión y la fortuna; y no admitir nada agudo en el discurso, ni mostrar nada sino lo que tenemos a los pies; no dar nada que llevarse a la boca a los oyentes, como a los discípulos, sino lo previamente masticado; y, para resumirlo en una sola expresión, representar en la reunión el papel de docente en lugar del de orador87. Así pues, instrúyase el futuro orador en aritmética, más en verdad para no ignorarla que para saberla. Pues la de los números es una ciencia muy delicada, y las cosas delicadas son nocivas para la elocuencia, cuyo cuerpo es preciso cuidar de que sea sólido y resplandezca por su musculatura, y refulja, lleno de jugo, con sano color. En lo que atañe, en cambio a la filosofía, tal como antiguamente ni la doctrina de los epicúreos ni la de los estoicos eran de utilidad para la elocuencia –porque los epicúreos se contentaban con una expresión desnuda y simple de las cosas, en tanto que los estoicos, debido a su excesiva inclinación por la sutileza, trituraban y desmenuzaban cualquier cosa demasiado generosa existente en el discurso y en su propio espíritu, y, tras extraerle todo el jugo, ponían al descubierto sus huesos desnudos, y ni siquiera articulados– tampoco hoy resultan de muchísima utilidad a Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003) 421 Instituciones de Oratoria [Selección] Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 421 los intereses de la oratoria ni la doctrina cartesiana ni la aristotélica de nuestra época: éstos, por toscos y rudos; aquéllos, por descarnados, secos y áridos; de modo que creo que la actual elocuencia, siendo así que nosotros cultivamos muchísimo la lengua latina, adolece de un defecto contraído en la propia realidad, y que se ha corrompido sobre todo a causa de que las cuestiones filosóficas se transmiten sin brillantez alguna, y sin ningún ornato ni fecundidad. Mas, al ser la filosofía el instrumento más necesario para la retórica88, busqué en otra parte la idea de cómo podría enmendarse este inconveniente de nuestro método de estudios89. Y quisiera que el joven discípulo se instruyese en la música90 denominada “práctica” para moldear un oído armónico, el que emite sus juicios acerca de los ritmos tanto poéticos como oratorios; y tanto más por su exquisito gusto que por el cómputo de los pies métricos. Y finalmente, si nos depara la suerte el disfrutar de algún ilustre actor escénico –como Cicerón encontró a Roscio91–, es de gran ayuda que el joven aprenda de él, con la representación de muchas obras teatrales, la dignidad de la actuación92. [10] MEDIOS AUXILIARES DEL ARTE Dotado de tal estímulo y enriquecido por tal instrumento, el adolescente será conducido a la elocuencia de la mano de la técnica. Una técnica que divide sus preceptos sobre el decir en cinco partes93; y éstas son: “invención” [inventio], “disposición” [dispositio], “elocución” [elocutio], “memoria” [memoria] y “actuación” [pronunciatio]94. La invención excogita los argumentos idóneos para persuadir. La disposición dispensa y distribuye ordenadamente los argumentos encontrados por las diversas partes de la oración. La elocución adorna los tópicos hallados y dispuestos con la luz de las sentencias y lo más selecto de las palabras95, y con su ajustada, precisa y rítmica composición96. La memoria guarda en su despensa97 los tópicos hallados, dispuestos y adornados y los conserva bajo custodia fiel y duradera. La actuación, finalmente, pronuncia el discurso con la apropiada modulación vocal, el semblante conveniente y el adecuado ademán corporal. Mas sin la naturaleza y sin el ejercicio la técnica es una mísera fábrica del decir98. Pues todos aquellos que han recibido una formación y una acabada educación liberal99 han estudiado la técnica retórica; mas ¿cuán pocos resultaron por ello elocuentes amén de disertos100? Hecho este que se podría confirmar con el siguiente argumento: el de que Cicerón no encontró en toda Grecia a ningún maestro en esta técnica [retórica] que fuese elocuente él mismo. Y aquellos ejercicios retóricos preparatorios101 de los sofistas son un género de ejercitación en la elocuencia ya periclitado, y que más bien sirve para formar al artífice de un discurso vanilocuente, inepto e irreflexivo que a un auténtico orador. Me parecería, por tanto, que más vale enseñar a los jóvenes esta técnica con un muy reducido número de prescripciones, mas copiosa en grado sumo en óptimos ejemplos. Sin lugar a dudas, los pintores que se afanan en sobresalir en su arte no pierden mucho tiempo en sutiles discusiones sobre el mismo, sino que consumen muchos años dibujando y pintando copias de los originales de los mejores artistas102. De modo que quizás no faltaría a la verdad al afirmar que la óptima técnica oratoria sería una amplia colección de ilustres fórmulas retóricas recopiladas de los mejores oradores sin excepción y propuestas a los jóvenes para su imitación. Pero veamos seguidamente cada una de las partes del arte retórica, en el mismo orden en que las hemos enumerado. Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003)422 Giambattista Vico Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 422 NOTAS DEL TRADUCTOR N.B.- La presente traducción toma por base textual latina la definitivamente establecida en GIAMBATTISTA VICO, Institutiones Oratoriae, Testo critico, versione e commento di GIULIANO CRIFÒ, Istituto Suor Orsola Benincasa, Napoli, 1989. El texto completo de esta obra de Vico –compuesto por 67 capítulos– ha sido traducido enteramente por nosotros del latín para su edición en las Obras de Vico (Ed. Anthropos “Serie Humanismo”, Barcelona) de próxima aparición. 1. < gr. rJevw : “fluir”, “manar”, “correr”. Cf. ALCUINO: Disputatio de rhetorica, 3 : Unde dicta est rhetorica? Apo tou retoreuein, id est copia locutionis. QUINTILIANO: Instit. orat., II, 14, 1 ss. 2. Cf. A. MARCELINO: Historiae, XXX, 4, 10: ... eloquentiam inanis quaedam imitatur fluentia loquendi. 3. Como, no obstante, se la tradujo con bastante frecuencia (v. KENNEDY, G.: The Art of Rhetoric in the Roman World, Princenton U.P., Princenton New Jersey, 1972, p. 7) y a la que la asimila CICERÓN: De inventione, I, 6: ... artificiosa eloquentia, quam rhetoricam vocant... Y QUINTILIANO: Instit. orat., II, 14, 2: ... rhetorice talis est qualis eloquentia... El propio Vico las identifica, al inicio del capítulo siguiente [2]. Acerca de su origen, v. CICERÓN: De inventione, I, 2; De oratore, I, 32, 146. QUINTILIANO: Instit. orat., III, 2, 1 ss. 4. No existe tal relación etimológica de facundia con facere, como apunta Vico, sino con fari (“decir”, “hablar”); v. MARTIN, F.: Les mots latins, Librairie Hachette, Paris, 1978, pp. 85-86. 5. Cf. nuestra versión de Sobre la revelación de la antiquísima sabiduría... [en adelante DAIS], cap. VII § I (De la facultad), en G. B. VICO: Obras. Oraciones Inaugurales & La antiquísima sabiduría de los italianos, trad. y notas de Francisco J. Navarro Gómez, Presentación de Emilio Hidalgo-Serna, Introd. de José M. Sevilla, Ed. Anthropos, Barcelona 2002, p. 177 –a la que, salvo expresa mención en sentido contrario, corresponden los diversos pasajes citados de la obra latina viquiana a lo largo del presente volumen –: “Facultas se pronunciaba como si fuese faculitas, de donde posteriormente facilitas [“facilidad”], como si se tratase de una habilidad expedita y pronta para actuar. Así pues, la facilidad es aquella mediante la que la potencia es llevada al acto. El alma es potencia; la visión, un acto; el sentido de la vista, una facultad...” 6. Frente a la oración “plena” a que se alude en Del método de estudios... [en adelante De nostri] III, p. 83: “De donde surge aquella suma y rara virtud de la oración por la que se llama ‘plena’ a la que no deja nada intacto, nada sin aducir, nada que desear a los oyentes...”, y haciendo bueno el aserto de CICERÓN (Topica, 33): ...non est vitiosum in re infinita praetermittere aliquid. 7. Griego. 8. Cf. CICERÓN: Orator, XIX, 61: Sed iam illius perfecti oratoris et summae eloquentiae species exprimenda est. Quem hoc uno excellere [id est oratione], cetera in eo latere indicat nomen ipsum; non enim inventor aut compositor aut actor qui haec complexus est omnia, sed et Graece ab eloquendo rhetor et Latine eloquens dictus est; ceterarum enim rerum quae sunt in oratore partem aliquam sibi quisque vindicat, dicendi autem, id est eloquendi, maxima vis soli huic conceditur. V. CALBOLI MONTEFUSCO, L.: Consulti Fortunatiani. Ars Rhetorica, Introd., ed. critica, trad. italiana e commento a cura di Lucia Calboli Montefusco, Pàtron ed., Bologna, 1979, p. 251ss. LAUSBERG, H.: Manual de Retórica literaria, Ed. Gredos, Madrid, 1966 (1999 4ª reimpr.) (orig. alemán 1960), §§ 1243-44. 9. De hecho, la retórica (en latín ars) era en griego ( tevcnh ) rJhtorikhv , según acuña PLATÓN: Phaedrus, 261a (Mas v. KENNEDY, G.: The Art of Persuasion..., cit., pp. 16 ss.). Un ars, el ars dicendi, basado en multo labore, adsiduo studio, varia exercitatione, plurimis experimentis, altissima prudentia, praesentissimo consilio (QUINTILIANO: Instit. orat., II, 13, 15). Con todo, no faltan aquellos –como afirma Platón en el Gorgias, 462c, o Antonio en el De oratore de Cicerón, II, 57, 232 (v. QUINTILIANO:Instit. orat., II, 15, 24 y II, 17, 5 respectivamente)– para quienes la retórica es más bien una práctica que un arte, tesis que Quintiliano se encarga de desmontar con sus argumentaciones en Instit. orat., II, 17, 1 ss. V. LAUSBERG, H.: Manual..., cit., §§ 1-8. 10. “Hemos enumerado, como suplicios de la corrupta naturaleza humana, lo infacundo de su lengua, las opiniones de su mente y los vicios de su ánimo. Por ende, sus dotes, ya enmendada, son la elocuencia, la ciencia y la virtud: que son como tres puntos que describe en su giro el orbe entero de las artes y las ciencias. En efecto, en estas tres muy preclaras cosas está contenida la sabiduría: saber con seguridad, obrar rectamente, hablar de forma adecuada...”, dice en Oración inaugural VI. 11. Magnífica descripción del perfecto orador en PLINIO EL JOVEN: Epistulae, II, 3, 1 ss., tomando el modelo de Iseo, contemporáneo suyo. Cf. CICERÓN:Orator, XIX, 61 ss; De oratore, III, 21, 81 ss. QUINTILIANO:Instit. orat., Proem., 9 ss. V. COUSIN, J.: Études sur Quintilien, Ed. BRG. P. Schippers N.V., Amsterdam, 1967, pp. 11 ss. 12. El vir bonus dicendi peritus, de Catón a Quintiliano. 13. La voz “audire” y otras emparentadas etimológicamente con ella se usan muy a menudo para significar a los alumnos en una clase magistral. Así: Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003) 423 Instituciones de Oratoria [Selección] Notas del traductor Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 423 trata prácticamente de una adecuación al arte propuesta del cursus doctrinarum que aparece explicitado en la Oración inaugural VI –2ª parte del argumento– con la adición de dos notas imprescindibles para el tema que nos ocupa, a saber: el estudio del ritmo no poético, sino retórico (esto es, el “número oratorio”), y la práctica de la actuación (pronuntiatio o actio [v. infra, [10] nota 2]). V., asimismo, CICERÓN: Orator, XXXII, 113 (donde, entre las materias que deben integrar la formación del orador, se señalan –amén de la propia retórica– la dialéctica, la filosofía en general, física, derecho e historia) y QUINTILIANO: Instit. orat., II, 5, 1 ss.; X, 1, 27 ss.; XII, 3, 1 ss. y 4, 1 ss. 93. Cf. ALCUINO: Disputatio de rhetorica, 4. Ad Herennium, I, 3. CICERÓN:De inventione, I, 9; De oratore, I, 31, 142 y II, 19, 79 (De hecho, el libro II está dedicado a la inventio, dispositio y memoria, y el III, a la elocutio y la actio); De partitione oratoria, 3; QUINTILIANO:Instit. orat., III, 3, 1 ss., donde tales partes de la retórica se definen como officia oratoris. Resulta significativo en tal sentido el pasaje de ARISTÓTELES: Rhetorica, 1403b, donde distingue tan sólo tres de estas partes, si bien el término empleado para definir la segunda: levxiı , suele inducir a error. Pues no se trata aquí tanto de un paralelo de la elocutio, como en ocasiones se ha pretendido –con lo que, mutatis mutandis, vendría a coincidir Vico al tratar precisamente de las mismas tres partes, prescindiendo prácticamente (v. [67]) de memoria y actio– , sino precisamente de ésta última, como claramente se deduce del desarrollo de tal apartado, a partir de mediados de 1403b y 1404a. V. BERISTÁIN, H.: Diccionario..., cit., p. 422. CALBOLI MONTEFUSCO:Consulti..., cit., pp. 265-268. LAUSBERG, H.: Manual..., cit., §§ 255 ss. MARTIN, J.: Antike..., cit., p. 11. 94. Preferimos la versión “actuación” –también la actual “declamación”, si no fuese porque “declamar” posee una especial acepción en el tema que nos ocupa (v. [1])– para “pronunciatio”, como compendio de gestos, tono y pronunciación, por entender que, v. g. en QUINTILIANO: Instit. orat., I, 2, 31, la actitud del cuerpo viene recogida por el término “habitus” o por “incessus” –citados junto a “pronuntiatio”– amén del “motus corporis”. Asimismo, para ejercitar la memoria, la voz y la “pronuntiatio”, el orador habrá de aprender a “decir sus discursos en pie con voz clara y de qué modo deberá comportarse” (ibidem, I, 11, 14); máxime cuando no cabe separar la “pronuntiatio” de la persona del orador, de sus ademanes, de la chironomia (sic: ibidem, I, 11, 16-17): así, se enumera “compositio gestus pronuntiatio vultus motus” (ibidem, I, 12, 4). V. también ibidem, III, 3, 1-3: Omnis autem orandi ratio, ut plurimi maximique auctores tradiderunt, quinque partibus constat: inventione, dispositione, elocutione, memoria, pronuntiatione sive actione (utroque enim modo dicitur)... Verum haec cuncta corrumpit ac propemodum perdit indecora vel voce vel gestu pronuntiatio. Y en XI, 3, 1: Pronuntiatio a plerisque actio dicitur, sed prius nomen a voce, sequens a gestu videtur accipere. Namque actionem Cicero alias "quasi sermonem", alias "eloquentiam quandam corporis" dicit. Idem tamen duas eius partis facit, quae sunt eaedem pronuntiationis, vocem atque motum: quapropter utraque appellatione indifferenter uti licet. Asimismo, en Ad Herennium, I, 2, 3: Pronuntiatio est vocis, vultus, gestus moderatio cum venustate (los subrayados son nuestros); y en CICERÓN: De inventione, I, 9: pronuntiatio est ex rerum et verborum dignitate vocis et corporis moderatio. Se trata, pues, de un compendio de pronunciación vocal, aspecto del rostro, gesto de la mano y ademanes corporales que aparece ya tratado, en buena medida, por la retórica griega dentro de la sección dedicada a la uJpokritikh;tevcnh , concretamente en el apartado que versa sobre el recitado en la representación dramática (v. g., ARISTÓTELES: Poëtica, 19, 7 y Rhetorica, III, 1, si bien deja constancia –ibidem, 1404a– de que ésta última debe mucho a la naturaleza y poco al arte). En tal sentido, actio es la representación escénica a que se dedica y que se ha de imitar de Roscio ([9], in fine). 95. En probable referencia a las figuras de pensamiento y de dicción. 96. La “apta et numerosa oratio” de Cicerón (especialmente en el Orator –passim–, cuya segunda mitad se dedica casi íntegramente al tema de la armonía en la prosa), la prosa rítmica, con unos finales rítmicos basados en la estructura de los pies métricos que vienen a caracterizar los diversos períodos oratorios (cláusulas), y que, cuando se encuentran aliados al contenido semántico, dan lugar a un paralelismo forma-sentido conocido como epífora en retórica. 97. V. DAIS, VII § III. 98. Cf. QUINTILIANO: Instit. orat., III, 2, 1-3. 99. La expresión es de CICERÓN:De finibus, III, 38. 100. Acerca de la diferencia entre eloquens y disertus, v. § [1]. 101. Progumnavsmata . Son famosos, v. g., los de Hermógenes, una de las cinco obras incluidas tradicionalmente en su Tevcnh rJhtorikhv , si bien su autoría ha sido puesta por algunos –Rabe– en tela de juicio. (Existe traducción castellana: TEÓN, HERMÓGENES, AFTONIO: Ejercicios de retórica, Ed. Gredos, Madrid, 1991). Cf. PROS ALEXANDRON , 29, 4. QUINTILIANO: Instit. orat., I, 3, 1 ss. V. COUSIN, J.: Études..., p. 79. 102. Mas, paradójicamente, es ésta precisamente la causa, según el propio Vico, de que no lleguen a destacar. Cf. De nostri, XII. *** Cuadernos sobre Vico 15-16 (2003)430 Instituciones de Oratoria [Selección] Notas del traductor Vico15.qxd 3/2/04 12:37 Página 430