Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental
Abstract
Tomando como punto de partida la idea de Arendt sobre la banalización del mal –asumido de manera irreflexiva e indiferente en ciertos contextos–, pretendo mostrar algunos mecanismos de la época actual que contribuyen a que el mal sea considerado como algo trivial e inevitable. En particular, existen ciertos automatismos sociales que fomentan el fatalismo o la inconsciencia, lo que a su vez converge en dos realidades transversales que exacerban el daño: la creciente desigualdad y la crisis ambiental.
Full text
Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Other banalities of evil: Growing inequality and environmental crisis Luciano Espinosa Rubio1 Universidad de Salamanca (España) ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4663-6173 Recibido: 8-11-2020 Aceptado: 2-02-2021 Resumen Tomando como punto de partida la idea de Arendt sobre la banalización del mal –asumido de manera irreflexiva e indiferente en ciertos contextos–, pretendo mostrar algunos mecanismos de la época actual que contribuyen a que el mal sea considerado como algo trivial e inevitable. En particular, existen ciertos automatismos sociales que fomentan el fatalismo o la inconsciencia, lo que a su vez converge en dos realidades transversales que exacerban el daño: la creciente desigualdad y la crisis ambiental. Palabras-clave: mal, banalización, automatismos sociales, desigualdad, crisis ambiental. Abstract Taking Arendt’s idea of “banality of evil” as a starting point –which is assumed in a rash or indifferent manner in some contexts–, I intend to show some current mechanisms that contribute to consider evil like something trivial or unavoidable. Specifically, there are certain social automatisms that foster 1 ([email protected]). Profesor titular de Filosofía en la USAL, sus temas centrales de investigación son la Antropología, la Filosofía de la naturaleza y la ecología social, el pensamiento de Spinoza y la relación entre Filosofía y Literatura. Algunos de los últimos trabajos son: “El ser humano y los algoritmos”, Dilemata 33 (2020) 235-250; “Reflexiones sobre Antropoceno y colapso”, Azafea 21 (2019) 11-31; “La ilustración ayer y hoy”, Bajo Palabra 18 (2018) 151-182; “El pensamiento narrativo de Spinoza”, Co-herencia Vol. 15, nº 28 (2018) 271-295.
150 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 fatalism or unawareness, which in turn converge in two all-embracing realities that exacerbate the harm: growing inequality and environmental crisis. Keywords: evil, banality, social automatisms, inequality, environmental crisis. 1. Sentido y propósito Retomar la célebre expresión de Hannah Arendt sirve para proponer un análisis del presente al hilo de graves problemas no suficientemente considerados en la práctica. Y ello supone, de paso, contextualizar la pandemia de covid-19 y mostrar que hay otras amenazas previas y posteriores, entre las que destacan la desigualdad (con sus derivadas de pobreza, racismo, falta de servicios sociales, etc., que aumentan la morbilidad y la mortalidad del virus) y las de tipo ambiental (emergencia climática, pérdida de biodiversidad, contaminaciones masivas, etc., que también favorecen las epidemias). Se trata de reflexionar sobre algunos lazos entre factores estructurales ya automatizados, que generan males más o menos aceptados de manera rutinaria, es decir, banalizados; lo que además acentúa ciertas disonancias cognitivas que impiden afrontar un posible desastre global a medio plazo. Hablamos del mal –como hizo la autora alemana– en términos postmetafísicos, uniendo bajo ese nombre sus tradicionales facetas morales y físicas (aquí ecológicas), pero no menos sociales, lo que significa que no cabe referirlo a ningún orden prefijado, sea en forma de plan providente, de fines últimos o de Sentido con mayúscula, como tampoco a un ser humano caído. Lejos de una supuesta corrupción originaria o del marco teórico basado en la vieja identidad de los trascendentales, hay que referirse a las circunstancias y al juego de fuerzas, pasiones e intereses que deciden el signo de las cosas en mayor o menor medida. La contingencia de las relaciones, la fragmentación y la pluralidad de los valores obligan a pasar de los discursos esencialistas al tratamiento exterior de las existencias, siempre ligado al espacio y al tiempo. El mal no es ausencia o “partero” del bien, sino un conjunto variado de daños causado por factores históricos. No hay diagnósticos ni recetas definitivas, claro, pero sí crítica a unas simplificaciones ético-políticas y tecnológicas que resultan inaceptables. Hay que ocuparse, pues, de los bienes y males en situación, a partir de un enfoque descriptivo que se aleja por igual del pesimismo y del optimismo ideológicos (pecado y/o progreso, etc.), para ceñirse a ciertos aspectos contrastables. Quiere decirse que ni Hobbes ni Rousseau son referencias antropológicas válidas en este contexto, por abreviar, ante la evidencia de que los humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor sin distinción de
151 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 origen y lugar, incluso en la conducta de un mismo sujeto. La contradicción y la multivocidad se adueñan del mundo humano, en ausencia de un eje de coordenadas absoluto, pero eso no implica renunciar a los juicios que cada caso demande, sino que justamente obliga a ello sin tener guía previa, según estableció la propia Arendt con lucidez y compromiso. Cabe tener en cuenta la concurrencia de al menos tres factores antropológicos preliminares, ofrecidos como hipótesis genéticas de la cuestión. Primero, el mal voluntario en sus muchas variantes constituye un fenómeno que parece universal, lo que ha llevado a pensar en un hipotético desajuste evolutivo de la especie a la hora de encauzar la complejidad de sus pulsiones, afectos, deseos e ideas; algo que Paul McLean denominó esquizofisiología (referido a la insuficiente integración de los niveles cerebrales reptiliano, mamífero y del neocórtex en la filogénesis humana) y que el ensayista A. Koestler glosó como un defecto de ingeniería o encaje orgánico de consecuencias prácticas devastadoras (Koestler, 1982: 255-276). En segundo lugar, como contrapartida, algunos estudiosos contemporáneos (Hauser, 2006; Gazzaniga, 2006) insisten en el carácter adaptativo de la empatía y la compasión, lo que equilibra la balanza con buenas dosis de ayuda mutua y cooperación, sentando así las bases de la moralidad en tales propensiones emocionales filogenéticamente adquiridas. Tercero, el largo aprendizaje histórico-cultural acaso haya tenido un efecto apaciguador en las expresiones de la violencia, gracias a mecanismos civilizadores (jurídicos y políticos, comerciales y cosmopolitas, de usos y costumbres…) que la palían, ya que no la resuelven (Pinker, 2012). Huelga decir que en todo esto caben muchos matices e incluso objeciones que ahora no pueden desarrollarse, pero los tres aspectos (psicofísico, social e histórico) esbozan un terreno de juego flexible, naturalista y polivalente. Como no se buscan fundamentos inalterables, basta con aludir a esta mínima variedad de registros para prevenirse contra las explicaciones unidimensionales o reduccionistas. La dificultad estriba en conciliar la complejidad de los vínculos con la repetición de los males y sus justificaciones, así como relacionar las formas de dominación y explotación según criterios raciales, nacionalistas, de creencias..., en los que a menudo subyace la fatal dualidad entre los puros y los impuros de una u otra clase. Desde ahí hay un paso hasta el fanatismo y el consiguiente desprecio por los otros, cuyas manifestaciones son inevitables productoras de dolor y barbarie (Oz, 2018: 20). La insidiosa búsqueda de autenticidad y seguridad a toda costa conduce a las respuestas dogmáticas que tienen secuelas casi siempre sangrientas. Salta a la vista lo frágil y falible de la condición humana, especialmente en situaciones de miedo, crisis y anomia como la actual, donde existen tantas presiones cruzadas y cuesta asimilar la aceleración y la incertidumbre de los procesos en curso.
152 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 Recuérdense las varias crisis convergentes (sanitaria, institucional democrática, climática, geopolítica, el agotamiento de bienes y recursos, ecológica en general, de corrupciones estructurales y opacidad económica, injusticias fiscales y comerciales, etc.), a la vez que el gran desafío que suponen la propiedad oligopólica y el uso abusivo de nuevas tecnologías revolucionarias. Todo lo cual arroja un conjunto de retos cuajado de saltos cualitativos (en cantidad e intensidad) que alumbran un cambio de época, como se ha dicho tantas veces. De ahí que unas cuestiones tan delicadas requieran afinar el juicio filosófico y político, more arendtiano, así como una prudente ética de la responsabilidad, dicho con Weber. La aplicación conceptual de la banalización puede aportar alguna luz, en la medida en que el primer paso es combatir cierta inercia negligente e irresponsable ante unos peligros gigantescos. 2. La banalidad como herramienta de análisis Debe recordarse que Arendt afrontó circunstancias de una dureza extrema, donde el terror puro pretendía destruir toda forma de libertad y por ello de humanidad. Lo interesante ahora es que evolucionó desde su primera idea (que ya modificaba la noción kantiana) de mal radical aplicada a los totalitarismos, hacia la célebre del mal banal, chocante de entrada pero más explicativa y sutil, según manifestó en carta a G. Scholem (Arendt, 2007: 470). En un principio, el totalitarismo suponía para ella un fenómeno monstruoso que desbordaba las categorías éticas y religiosas tradicionales por su afán de apoderarse absolutamente del ser humano, considerado sin valor propio, pues anula a la “persona jurídica”, a la “persona moral” y a su última condición de “individualidad”, espontánea y libre en alguna medida, lo que permite usarlos y aplastarlos sin reservas; males inauditos, en fin, que son “incastigables” e “imperdonables” (Arendt, 1987, cap. 12.3). La nadificación de los seres humanos abrió la puerta al infierno en la tierra. Pero el juicio a Eichmann en Jerusalén (1961) produjo el cambio de opinión que completa lo anterior sin sustituirlo: lo paradójico y tremendo es que ni siquiera ese tipo de mal tiene consistencia y profundidad para el acusado y muchos otros cómplices (aunque siga siendo inconmensurable en sí), y tampoco responde a una conducta del todo consciente y/o motivada. El oficial nazi se consideraba un mero engranaje de una gran maquinaria impersonal a la que debía obediencia, sin entrar en consideraciones morales que parecen fútiles: matar de manera industrializada era un problema logístico, y en cuanto al resto de aspectos bastante trivial. Por otro lado, aparte de este caso, la autora entiende que hay otro factor que contribuye a banalizar: el hecho de que las intenciones no siempre se corresponden con las consecuencias de los actos, dadas las muchas interferencias e imprevistos posibles, de modo que
153 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 a veces es difícil establecer conexiones claras. Algo que se puede aplicar al presente, donde se apela como disculpa de los males a los muchos factores mezclados e ingobernables, mientras avanza el ataque directo e indirecto hacia la personalidad jurídica, moral e individual. Sin entrar en las críticas acervas que Arendt recibió por la supuesta ingenuidad o indulgencia con el verdugo, debe notarse que su tesis se apoya en el trasfondo de un mundo contingente en el que nada tiene un peso absoluto y no cabe atribuir sentido radical ni siquiera a lo más doloroso. Quizá lo terrible es que algo de ese calibre carezca de sustancia en el sujeto o en la historia, de modo que resulte demasiado fácil ejercerlo y expandirlo: es relativamente simple en su origen y demoledor en sus efectos, luego sigue siendo un mal espantoso, pero de otra manera. Arendt asegura que “lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo terrible y terroríficamente normales (…) comete sus delitos en circunstancias que casi le impiden saber o intuir que realiza actos de maldad” (Arendt, 1999: 417). No hay exculpación, pues la filósofa considera que todo ser humano es responsable de sus actos –tanto el verdugo como la víctima tienen capacidad de juicio y acción, aun modulados por la circunstancia respectiva–, lo que aduce es que el contexto desfigura el calado de las cosas y crea confusión o inconsciencia, hasta concluir que cualquiera puede cometer las mayores aberraciones, dadas las condiciones oportunas. En una segunda lectura, la banalización es una categoría que opera como crítica de esa escalofriante normalidad: la situación aceptada en virtud de la cual un sujeto sigue de grado o se deja llevar por la corriente mayoritaria de opinión, la autoridad, el dogma, la burocracia, etc., sin ejercer su raciocinio ni su libertad. Lejos de ser una eximente, ese entorno moral y jurídico tan degradado hace aún más necesaria la toma de partido, como hicieron otros, pero la gravedad del asunto queda a menudo encubierta. Y ése es el núcleo de la postura de Arendt: a pesar de que los medios se imponen cada vez más a los fines en la sociedad tecnocrática, anónima y con frecuencia anómica, además de ciegamente confiada en la tecnología, nunca se puede eludir la responsabilidad que cada uno tenga en lo que ocurre (Arendt, 2007: 81). Frente al totalitarismo citado o ante la posterior organización social administrada, sibilina por su tono más benévolo, cada uno tiene que asumir una posición íntima y cívica contraria a la barbarie, sea ésta explícita o implícita. Por eso importa mucho aprender de la historia cómo son y actúan los humanos en ocasiones terribles, aplicando una lectura rigurosa que ayude al menos a preparar cierta actitud de alerta ética y política (Hermosa, 2018), toda vez que nos dice una y otra vez que nada es imposible…
154 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 Nunca son de recibo excusas como la obediencia debida o la rutina, ni tampoco la ignorancia voluntaria, aunque las circunstancias las promuevan. El esfuerzo por pensar, decidir y elegir define la vida humana, a pesar de las evidentes dificultades de toda clase, luego la omisión es censurable. Lo peligroso es aceptar la normalidad del mal, sin caer en la cuenta de que la falta de discernimiento supone el primer paso hacia la injusticia y el crimen. No hay que ser perversos para ser cómplices, resulta fácil deslizarse si uno no entiende que todo daño evitable debe ser combatido sin cejar, entre otras cosas porque el sufrimiento es uno de los elementos comunes e igualadores de la condición humana (Oz, 2018: 65ss). El mal puede ser superlativo o atenuado, pero su presencia obliga siempre a no cerrar los ojos. Lo denunciado aquí –según el uso que hago de lo banal– es la automatización de los procesos que causan y consienten el mal, por ejemplo mediante la supuesta impotencia para cambiar nada, la anestesia consumista, el desconocimiento buscado, la desgana…; o por la interiorización del miedo y de los procedimientos sociales que diluyen u ocultan los males. Frente a ciertas simbólicas del mal que insisten en la labilidad humana, la voluntad depravada o incluso en el siervo arbitrio que lo hacen inexorable (Ricoeur, 1982), la pensadora alemana eleva el discurso hacia la profunda superficie de las cosas: mostrar su banalidad significa negar la oblicua justificación metafísica o social de la culpa y la redención, pues el daño es grande aun siendo contingente. Hay conflictos y aporías, pero es indispensable oponerse a toda estrategia de naturalización del mal, lo que incluye en primer lugar su olvido en uno u otro grado. Sea en el nazismo o en la alienación de las masas merced a la mercantilización de la vida, lo decisivo para Arendt es anteponer el reconocimiento de los otros en su integridad personal y política como un imperativo que no admite excepciones, al margen de especulaciones abstractas y de cuáles sean los tipos de perdón o castigo establecidos. 3. Algunos males automatizados y diluidos En sociedades como las occidentales, con crisis simbólicas y de representación (política, conceptual, estética…), por ello en gran medida deslegitimadas, aparecen dos factores que refuerzan los mecanismos aquí tratados: un exceso de complejidad (y por ende de mediaciones) que conduce a morir de éxito y, por otra parte, la independencia creciente de esas sofisticadas estructuras de toda clase respecto al ser humano. Lo primero significa que tal cantidad de agentes, variables y relaciones, así como de procesos impredecibles, generan una extrema fragmentación y vulnerabilidad; y lo segundo supone que la densidad de los vínculos tecnológicos, junto a la especialización de
155 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 los procedimientos, produce un funcionamiento cada vez más impersonal y a menudo incontrolable. Esas redes son tan tupidas que empujan a huir hacia delante en una dinámica ciega, so pena de que cualquier duda o bloqueo haga que las fichas empiecen a caer en cascada. La banalización emerge del automatismo porque la forma histórica de la hiperconectividad (compatible con la dislocación) y su fondo moral se confunden: no se puede, luego no se debe hacer otra cosa. Son dispositivos tenidos por imprescindibles, pero hay pérdida de confianza respecto a unos fenómenos que parecen fatales en virtud de lógicas necesarias. La complejidad sistémica resulta inextricable e inmanejable, y así todo conspira para crear una suerte de caos en el orden y viceversa, donde nadie gobierna los procesos. El poder global en sus diversos registros (políticos, económicos, militares…) se ha dividido y sus agentes son más efímeros que en el pasado (Naím, 2013), lo que es positivo frente a viejos y largos monopolios, pero a costa de que no haya canales de cooperación y equilibrio. Se dispara la capacidad humana para modificar lo dado, que hasta llega a construir nuevas dimensiones de lo real (virtual, digital), a la vez que hay una mayor impotencia a la hora de decidir los objetivos. Los individuos, en principio más libres, no tienen auténtica fuerza para gestionar sus vidas ni canalizar anhelos colectivos, ante una subjetividad colonizada y unas estructuras materiales que se han ido de las manos. Vale destacar cuatro temas que concretan lo dicho y centran los debates en torno a los actuales retrocesos en libertades y derechos. En primer lugar, muchos defienden una lógica del poder sectario que vuelve al enfrentamiento de todos contra todos y cuyo resultado es de suma cero, a la vez que se refuerzan las viejas ideas de identidad monolítica y de violencia estratégica como arietes de tal actitud. Ahí encajan las conocidas formas iliberales que socavan la democracia y sus instituciones, a manos de populistas y postfascistas, amén de otros fenómenos como la llamada postverdad, sostenido todo por una voluntad de mentira y distorsión generalizada (Snyder, 2018; Runciman, 2019). Siempre hubo luchas y abundantes mentiras, pero menguan los frenos del sistema contra la extrema ideologización de discursos y prácticas. La racionalidad argumentativa y los acuerdos multilaterales ceden terreno ante la demagogia y la política de hechos consumados, mediante plataformas de engaño a gran escala y la mercadotecnia de las mil caras. Mientras, la destrucción de lo común avanza a pasos agigantados, ante una extraña mezcla de gregarismo y fractura social, todo ello adobado con el miedo, lo que produce en los individuos una mayor voluntad de servidumbre. En segundo lugar, es harto conocido el economicismo que define al mundo contemporáneo, según una lógica de la ganancia a toda costa, que igualmente anula los frenos previos a manos de la “desregulación”. Que la
156 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 economía impone sus reglas a la política es cosa sabida, pero la soberbia y la traición de las élites llegan hoy al paroxismo (Riemen, 2018). La llamada Gran Recesión ha mostrado su cara más injusta con la descarnada privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas, multiplicando la precariedad no sólo económica sino también simbólica (Espinosa, 2015), y es obvio que no cabe esperar nada mejor de la parálisis ocasionada por el covid-19. Además, hechos como las prácticas bursátiles especulativas (robotizadas en gran medida), la “deslocalización” de la producción y la “externalización” de los costes y daños (en particular los ecológicos), contribuyen a los automatismos de fondo. Sin olvidar las exacciones e imposiciones comerciales del Norte al Sur en virtud de tratados ajenos al derecho ordinario, así como los paraísos fiscales que permiten evadir recursos impositivos muy necesarios. En una palabra, la famosa financiarización de la economía y sus esotéricos productos (ajenos a la economía real) potencian aún más la desigualdad y la deuda generalizada, sin que el capitalismo de casino haya desaparecido. En tercer lugar, destaca la tecnologización masiva de la existencia, travestida como nueva lógica del progreso informacional que apela para casi todo a sedicentes soluciones milagrosas. Las clásicas advertencias contra la ocupación de los espacios comunicativos, que no debe confundirse con una tecnofobia de cuño metafísico, se ven justificadas ante la apropiación absoluta de la vida por parte de un proceso integrado: aparatos y pantallas por doquier, sistemas expertos, Big data, inteligencia artificial, robótica, tecnologías NBIC (nano-bio-informacional-computacional), internet de las cosas, redes sociales –más el uso eventual de todo ello para proyectos transhumanistas– son algunos de sus hitos. Aunque los beneficios prácticos sean innegables, también producen una suerte de algoritmización de la vida, con sus propias imposiciones y riesgos (Espinosa, 2018). No hacen falta distopías para apreciar que son dinámicas de muy difícil supervisión democrática, donde lo que facilita la vida a la vez la enajena (dependencia absoluta, espionaje y manipulación, ingeniería social…). Se trate de infraestructuras básicas, modos sociales de relacionarse, actividades profesionales o sistemas de armamento, por dar ejemplos variados, todo tiene facetas cruciales que se automatizan, ahora en sentido literal, y escapan al control ciudadano e incluso al de los expertos, por lo demás ungidos con poderes extraordinarios. En cuarto lugar, es sabido que el mundo rico exprime a los países denominados en vías de desarrollo (recursos materiales, trabajo semiesclavo, comercio injusto…), además de evacuar hacia ellos sus miserias (basuras contaminantes, venta de armas, tráficos ilegales de toda clase). Se trata de nuevos colonialismos que constituyen una lógica de la externalización de las contradicciones, dirigida por países, corporaciones e instituciones internacionales (OMC, FMI), donde la estructura socioeconómica funciona a
157 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 costa de terceros. Por otro lado, las migraciones generan miedo y facilitan el auge del populismo, con el consiguiente cierre de fronteras y la defensa aún más egoísta de los privilegios, aunque enmascarando siempre esos “mecanismos” explotadores de fondo (Lessenich, 2019). El peculiar automatismo de tales asimetrías, justificado con mentiras y medias verdades (como el tópico de la exclusiva innovación occidental en todos los campos, la violencia endémica y la corrupción de las élites del Sur, o que los migrantes quitan empleo y generan gastos, etc.) ha servido para legitimar los abusos. Diríase que las cosas ocurren solas o que unos son más civilizados que otros y se pueden permitir cualquier cosa: abandonar a los pobres de la Tierra, dejarlos morir en el camino o llevarlos a campos de internamiento, cada vez más parecidos a los de concentración, según la cruel realidad que ya anticipaba Hannah Arendt. Ni que decir tiene que este breve resumen de cuatro asuntos no abarca la inmensa complejidad de las cosas y que tampoco apela a la nostalgia por un pasado mejor que nunca existió. Pero hay motivos para preocuparse cuando lo que se llamaba violencia estructural (tan vaga como se quiera, pero efectiva), se refuerza con estos dispositivos institucionales, económicos, tecnológicos y neocoloniales casi autónomos respecto a la voluntad colectiva y ya normalizados en una nueva lógica de la exclusión. Por supuesto que hay centros de poder que dirigen en parte los procesos, pero las crisis globales mencionadas convergen con estas otras formas en una gran heteronomía transversal. Lo cual no significa que todos seamos responsables y que nadie lo sea, o que haya que ceder ante mecanismos imparables cuya transformación –se dice– provocaría desajustes y trastornos mayores, sino que hay grandes dificultades para controlar lo que ocurre, así como distintos grados de responsabilidad (por acción y omisión), y que desviar el juicio apelando al curso necesario de las cosas es una añagaza, según estableció Arendt. Impulsar tales modelos de vida es más grave que resignarse pasivamente, aunque todo coadyuve a configurar un mundo cada día más desbocado. Carecemos de un proyecto amplio de convivencia y de gobernanza global, luego esos automatismos son más poderosos y sus “efectos colaterales” peores. Pero siempre hay un margen de elección (cualquiera que sea) de los sujetos, por cuanto aquellas lógicas no son inmutables ni eliminan la contingencia histórica. Lo único seguro frente a tantos condicionantes es que hay que optar, incluso entre males, y que eso exige un juicio cuidadoso en cada ocasión. Hay que insistir en que naturalizar el mal (lo que incluye su resignada aceptación histórica) es la forma paradójica de banalizarlo. A tenor de lo expuesto, la noción de vida se convierte hoy en una categoría técnica (en lugar de biológica, histórica o biográfica), dada la ubicua presencia de las mediaciones tecnológicas. El análisis de G. Anders sobre “la dictadura de la técnica” y el “totalitarismo de los aparatos” que impregnaba todas las facetas
164 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 este idealismo es la primera vía para combatir el cinismo y la indiferencia de tantos individualistas, si se quiere paliar el desastre. El dogmatismo del mercado exige una “fe ciega” que no tolera alternativas, lo que genera un tipo de vida insolidaria que corroe la imprescindible fe depositada en la humanidad, aunque sólo sea en la capa de civilización que tanto ha costado crear (Judt, 2011: 192s., 219). Los rasgos simbólicos y morales son aquí determinantes: cuando se combina el fundamentalismo capitalista con otros tipos (nación, dioses, ideas, líderes) el resultado es explosivo, y eso acontece –insiste el autor– porque el desprestigio de las instituciones y el déficit democrático de las sociedades dejan paso libre a un egoísmo (individual y colectivo) sin límites, en tanto que modelo único. Luego parece urgente repensar la democracia, sin destruir sus instituciones, antes de que sea definitivamente secuestrada. La derecha neoliberal es hoy la revolucionaria al minimizar el Estado y otras formas de integración cívica mediante la fuerza del dinero, la presión laboral y la propaganda; de ahí que “En una democracia moderna se puede engañar a la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo, pero hay que pagar un precio” en descomposición social y en autoritarismo (Judt, 2010: 187 y 166). Mal deben ir las cosas cuando la célebre tesis de Lincoln sobre la imposibilidad de la mentira generalizada y su duración ya no tiene vigencia. Por eso es tan necesaria una actitud de corte socialdemócrata, añade, y recuperar aquella narración moral de la vida colectiva, so pena de volver a la lucha descarnada. Los hechos posteriores le dan la razón, cuando nuevos medios tecnológicos (tan útiles en muchos aspectos) han ayudado a fortalecer grupos sectarios que trabajan y se comunican en red, con intensa manipulación informativa y extendida aceptación voluntaria de la mentira. Lo que supone otra forma de automatismo y de ceguera culpable, por más duros que sean el miedo y la desorientación. La llamada guerra de los relatos, tan en boga, está siendo ganada por quienes mienten, simplifican y disgregan, no por quienes buscan la verdad y la cohesión mínima para una sociedad ya de por sí fragmentada. El análisis de Judt es, como todos, incompleto (no desarrolla lo medioambiental) y es obvio que no cabe volver a los “felices treinta” años posteriores a la guerra mundial, pero pone el dedo en la llaga respecto a la necesidad de poderes públicos comprometidos con el bien común. Tampoco creo que basten los estados nacionales, como propone, salvo que se coordinen con mayor firmeza y alcance global, según demuestran el muy insuficiente Acuerdo de París (2015) sobre cambio climático y la actual pandemia. Hace falta una política de la complejidad que ensaye acuerdos variables y transitorios, gestión de flujos globales contingentes, coordinación de actores plurales, consensos abiertos a los disensos, en fin, una “democracia agonal” (Innerarity, 2002: 90ss., 137-145); pero apenas hay tiempo y voluntad, amén de
165 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 que ya no parece suficiente una descentralización flexible ante desafíos tales. Vivimos circunstancias extraordinarias y no hay consensos claros, aunque deban tomarse rápidas medidas que estén a su altura de los peligros. La moderación gradualista no consigue avances notables y la confrontación directa tiene las de perder y podría ser contraproducente. Mientras tanto, el margen de maniobra para suavizar las nefastas consecuencias del llamado Antropoceno es de pocos años, a la par que todos los indicadores empeoran y se aceleran (Espinosa, 2019). A modo de mal menor, conviene hacer un planteamiento multidimensional en positivo, promoviendo medidas macro y microscópicas, sumando en lo posible toda suerte de poderes (gobiernos locales, regionales y nacionales, empresas y sindicatos, otras plataformas ciudadanas, etc.), pero con prohibiciones y fuertes medidas coercitivas (“legislación radical”), además de fiscales (Giddens, 2010: 89, 131-141, 182). El grave problema es que no hay voluntad política suficiente y que los muchos grupos de presión mantienen sus privilegios, además de que la geopolítica mundial se adentra en una nueva guerra fría que empieza por ser comercial. Sin embargo, toca hacer de la necesidad virtud, según enseña el adagio, a pesar de los muchos pesares: que la temperatura media del planeta suba un poco más o un poco menos decide sobre la vida de cientos de millones de personas y otros seres vivos, y eso ya es mucho. No hay panaceas, pero debe aumentar la presión ciudadana en cualquiera de sus manifestaciones, sea el valioso movimiento juvenil Friday for Future o la acción de las ONG que tanto han luchado, así como el compromiso a fondo de estudiosos y medios de comunicación (explicar las causas y no sólo los efectos, hablar de los responsables y no sólo de las víctimas). Son los votos y los boicots concretos, la presencia constante en los espacios públicos y, en general, la amenaza de pérdida de poder y de beneficios lo que empujaría a las élites en otra dirección. Son necesarios mayores contrapoderes pacíficos, cargados de argumentos, sí, pero capaces de inclinar la balanza global de fuerzas, por plurales que sean las corrientes en su seno. De ahí que haya que utilizar todos los medios lícitos disponibles y cuidar el sentido de la oportunidad, sumando los movimientos reivindicativos que N. Klein ha denominado Blockadia (2015: cap. 9-13). Porque los grados importan mucho, e incluso saberse derrotados –que no moralmente vencidos– no exime de esa lucha, nunca banal. 5. Epílogo Existe un tremendo desbordamiento por exceso de complejidad: muchos planos y variables en juego, con relaciones incontrolables e impredecibles, tensiones múltiples y una gran urgencia para actuar a tiempo. La inercia mental
166 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 y los automatismos materiales, la feroz competencia en todos los órdenes, las mentiras sobre los costes y beneficios de los modelos en liza, los intereses y los poderes opuestos a cualquier enmienda… son lastres inmensos. Pero en la desmoralización (presente en los apocalípticos y los integrados, por distintos motivos) que acompaña a esta situación nada es neutral a estas alturas y no cabe ponerse de lado. La suma de las injusticias y malestares no puede escamotearse ni disimularse más. Desde dentro de la ortodoxia capitalista, por dar un ejemplo reciente, el reputado profesor de la escuela de negocios de Oxford Colin Mayer denuncia que la obtención de ganancias a toda costa y olvidar las funciones sociales de la empresa, según las prácticas habituales, “conduce al caos, el fraude y la corrupción (…) Lo que puede suponer un cataclismo humano, social y político” (El País Negocios 21-7-2019). Aunque se podría ir bastante más lejos en el cuestionamiento, el aviso desde dentro es claro, como también expresan economistas reconocidos como P. Krugman, J. Stiglitz, J. Sachs o A. Costas. Por otro lado, el pacto medioambiental a escala planetaria tendría que incluir cambios de fondo y otro contrato social (política democrática multilateral, revolución económica sostenible, distribución de la riqueza, coordinación tecnológica, de convivencia y formas de vida…), para ser efectivo. Ya no basta con evitar el derroche y ser más eficientes, ni siquiera con la famosa transición energética. Incluso las variantes del llamado Green Deal y sus inversiones transformadoras parecen insuficientes (en la UE un 30% del presupuesto plurianual y del Fondo de Reconstrucción aprobado en 2020), aunque sean útiles, si no desemboca en la creación de otro estilo de vida. Una posible clave psicosocial del presente reside en esta peculiar combinación: “la sociedad da la impresión de escorarse paulatinamente hacia un sentimentalismo extremo, probable reverso compensatorio del incontestado triunfo político de la razón instrumental, de su pragmatismo y de su tecnocracia” (González de Ávila, 2017: 386). La chocante mezcla de la caliente emotividad y de la fría instrumentalización es uno de los ejes de la banalización en una sociedad infantilizada y sin perspectiva histórica, narcisista y pasiva, confusa. Lo curioso es que esas emociones son gregarias y repetitivas, manipulables cuando falta la crítica; mientras que la lógica utilitaria genera novedad tecnológica ante cada problema, pero limitada al propósito de ser eficientes y rentables, sin alternativas ético-políticas de conjunto. Hay algo mecánico y superficial en todo esto, más allá de la falsa compensación mutua, ante la ausencia de reflexión sobre los fines y los medios globales. El desafío es gigantesco, aunque muchos se nieguen a verlo en su crudeza, pero los efectos lacerantes en la vida cotidiana se sienten desde hace tiempo: la degradación de las condiciones laborales y el imperio de una lógica de usar y tirar han conducido al desarraigo y la precariedad en grado sumo, además
167 Otras banalizaciones del mal: desigualdad creciente y crisis ambiental Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 de crear resentimiento e infundir miedo. Y, como es sabido, ante las crisis más graves el ser humano suele buscar refugio en las comunidades cerradas que ofrecen protección y consuelo, con pautas sociales excluyentes respecto a lo considerado ajeno, terreno abonado para los demagogos de turno. Desde tal desestructuración hasta llegar al totalitarismo y al sálvese quien pueda hay poca distancia, como ya se ve en tantos lugares. Por eso hay que decir la verdad sobre las amenazas y los sacrificios necesarios, aunque no quieran oírse. Es indispensable mantener abierto el futuro en la propia conciencia y para las generaciones venideras, lo que demanda decrecer por parte de los países ricos y transferir toda clase de medios a los demás, cultivar una austeridad elegida como norma de vida y gestionar la demanda de tantos consumos inviables, educar de manera transversal en valores ecológicos y de biofilia, crear ideales de fraternidad cosmopolita ante la xenofobia, recuperar habilidades manuales y de autogestión para desenvolverse en entornos de proximidad… La lista es larga y no es éste el lugar de concretar medidas, pero el primer paso es romper con los automatismos citados y la banalización derivada, sea de carácter frívolo, asustadizo o fatalista. De otro modo, parece que vamos hacia el suicidio colectivo, pasando por el crimen y la desesperación.
168 Luciano Espinosa Rubio Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 24, nº 49. Primer cuatrimestre de 2022. Pp. 149-169. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2022.i49.07 Bibliografía: Alba Rico, S. y Fernández Liria, C.: El naufragio del hombre, Hondarribia, Hiru, 2010. Anders, G.: La obsolescencia del hombre. Sobre la destrucción de la vida en la tercera revolución industrial, Valencia, Pre-Textos, 2011. Arendt,H.: Los orígenes del totalitarismo, vol. 3: Totalitarismo, Madrid, Alianza, 1987. –– Eichmann en Jerusalén, Barcelona, Lumen, 1999. –– La condición humana, Barcelona, Paidós, 1993. –– The Jewish Writings, New York, Schocken Books, 2007. –– Responsabilidad y juicio, Barcelona, Paidós, 2007. Espinosa, L.: “Realidades sociales dislocadas, estilos de vida precarios. Notas para una antropología de la crisis económica y simbólica”, Mundo Nuevo, VI, nº 14 (2015) 137-172 (también en la red). –– “La mano y el algoritmo. Una antropología compleja ante los desafíos del presente”, Araucaria 40 (2018-2) 109-136. –– “Reflexiones sobre Antropoceno y colapso”, Azafea 21 (2019) 11-31. Estefanía, J.: La economía del miedo, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2011. Gazzaniga, M. S.: El cerebro ético, Barcelona, Paidós, 2006. Giddens, A.: La política del cambio climático, Madrid, Alianza, 2010. González de Ávila, M.: “Emoción / emocionalismo desde la semiótica y las ciencias sociales”, en G. A. Schwartz y V. E. Bermúdez (eds.): Nodos, Pamplona, Next Door Publishers, 2017. Hauser, M.: La mente moral: cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal, Barcelona, Paidós, 2008. Hermosa, A.: El hombre tras los hechos. Naturaleza humana y política en la historia clásica, Sevilla, Athenaica, Ed. Universitarias, 2019. Innerarity, D.: La transformación de la política, Barcelona, Península, 2002. Judt, T.: Sobre el olvidado siglo XX, Madrid, Taurus, 2008. –– Algo va mal, Madrid, Taurus, 2010. –– El refugio de la memoria, Madrid, Taurus, 2011. Klein, N.: La doctrina del shock. El capitalismo del desastre, Barcelona, Paidós, 2007. –– Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima, Barcelona, Paidós, 2015. Koestler, A.: En busca de lo absoluto, Barcelona, Kairós, 1982 Lessenich, S.: “Fin a la hipocresía colectiva”, El País 25-8-2019 Levitsky, S. y Ziblatt, D.: Cómo mueren las democracias, Barcelona, Ariel, 2018.
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